Dos nuevos artículos aparecidos en el periódico Ideal

Como otras veces, coloco aquí dos artículos aparecidos en el periódico Ideal en la columna destinada a las colaboraciones de los miembros de la Academia de Buenas Letras. Espero que os gusten.

Louis Massignon

¿Nos hemos olvidado de Louis Massignon?

Solo con un detalle, hoy de absoluta actualidad, sabremos quién fue Louis Massignon. El artículo 14 de la Declaración Universal de Derechos Humanos dice así en su apartado 1:  “Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado”. A eso se le llama derecho de asilo. Pues bien, Louis Massignon fue al artífice de ese artículo, insistiendo, no solo de forma teórica y como intelectual de fama, sino también en la práctica, con manifestaciones públicas e instancias a los poderes internacionales para que ese derecho se incluyera en la Declaración.

No es moco de pavo hoy tal cosa, cuando todos sabemos de las cerrazones de algunos gobiernos europeos, por no decir nada de la presidencia norteamericana.

De este hombre, islamólogo de sabiduría inmensa y católico convencido, se dijo que era el más mahometano de los cristianos y el más cristiano de los mahometanos. Arqueólogo en sus primeros años y estudiante durante toda su vida del Islam y, especialmente, de sus místicos, fue compañero de fatigas de Lawrence de Arabia en su trato con las tribus árabes, él como representante de los intereses y compromisos franceses, y el militar inglés

Thomas Edward Lawrence, más conocido por Lawrence de Arabia.

de los británicos. Compromisos que ambos países, o mejor, sus respectivos gobiernos, rompieron con la Declaración Balfour, causando la indignación de Massignon y Lawrence, que vieron traicionada su “palabra dada” ante los dirigentes árabes.

En unas prospecciones en Siria, en 1908, fue detenido por las autoridades turcas acusado de espionaje. Prisionero y gravemente enfermo, había decidido suicidarse en su celda cuando recibió la visita de alguien a quien él denominó El Extranjero. La aparición le dio ánimos y motivos para seguir viviendo. Poco después, una familia de Damasco se presentó garante de su persona ante el Bajá turco (ser garante significaba entregar su vida a cambio de la del otro si este traicionaba a la autoridad) y logró retornar a Francia ayudado, incluso, económicamente por esa familia. Desde entonces adoptó esa religión abrahámica que basa su ética en el sagrado deber de la hospitalidad.

Dos libros de este hombre traducidos al español pueden encontrarse en el mercado: Palabra dada y Ciencia de la compasión. Ambos son compendios de artículos y conferencias que escribió o impartió durante toda su vida. El primero, acaso el más interesante, contiene ensayos sobre un místico sufí, Al Hallaj, que puede sernos a nosotros, de tradición cristiana, individuo muy atractivo; sobre Salman, el ayudante cristiano del profeta Mahoma; en torno a María Antonieta, Juana de Arco o Gandhi; discursos ante la Asamblea de las Naciones Unidas, etc.

Artículo publicado

Pero con este artículo quisiera yo animar a la lectura de un pequeño opúsculo de fácil lectura, Louis Massignon o La Hospitalidad al Extranjero, escrito por Jesús Moreno Sanz y publicado por La isla de Siltolá. Es un resumen explicativo y sencillo de la filosofía de este francés que se interesó por el Islam y las religiones abrahámicas donde el asilo, la hospitalidad, la acogida o el altruismo tienen tanto estudio y publicidad, en un mundo como el nuestro tan necesitado de que esto se recuerde y espolee. Porque es destacable que aguantamos al vecino pero no al emigrante, o soportamos al emigrante pero no al vecino. Porque comisionamos al Gobierno para que socorra al refugiado, sin percatarnos que ese dar sin interés, sin esperanza de compensación, es cosa individual, de cada uno, intransferible y, por supuesto, no delegable en Gobiernos e Instituciones que siempre regalarán con interés. Pues el interés es deleznable aunque solo lo veamos en los demás. Esa es la enseñanza de Massignon. Y eso lo dicen las religiones y cualquier ética seglar que seamos partidarios de asumir.

La radio

Artículo publicado

Inevitablemente, los viejos tendemos a la nostalgia. No quisiera caer en ella y menos aún en la total subjetividad, pero no puedo evitarlo: no soy objetivo porque, como D. Miguel de Unamuno, no soy un objeto.

En mi casa, durante mi infancia, se escuchaba la radio. En ella, un hogar humilde, no hubo televisión hasta que cumplí los veintitantos años. Ni falta que hacía. Se me viene a la cabeza, y esa evocación es el origen de este artículo, aquello que se cantaba: “Yo quiero un tebeo,/ yo quiero un tebeo,/ si no me lo compras,/ lloro y pataleo”. En la radio de entonces se hablaba poco aparte del noticiero o, como se le llamaba de forma tan militar, “el parte”. Sobre todo era música: copla, pasodobles, boleros hasta que a finales de los cincuenta llegó el pop y el rock.

La ventaja de la música es que, excepto en los conciertos, siempre es de fondo. Hoy se habla demasiado en las radios. Tanta palabra interfiere en casi cualquier trabajo a no ser que este sea muy repetitivo, muy aburrido. Las tertulias, a menudo políticas, o se escuchan o no se escuchan, no cabe ese término medio que ocurre con la música, sea del tipo que sea, buena o mala, clásica o popular, con la cual es posible dividir el cerebro entre lo consciente, lo que se trabaja, y lo inconsciente, ese fondo musical que acompaña sin llegar a adormecer. Las palabras emitidas requieren mucha más atención, a no ser que en realidad no se escuchen y ni siquiera se oigan, pero en tal caso, ¿para qué queremos la radio?

Radio de teclas, como la que había en casa de mis padres

Por no hablar de la televisión. Esta requiere, además, mirar, ver. La tele nos deja libres solo tres sentidos: tacto, olfato y gusto. Es cierto que se puede cocinar con ella en funcionamiento, pero corremos el riesgo de que se nos pegue el guiso y cuando el olfato nos avise, y el gusto nos lo confirme, sea demasiado tarde. La televisión es absorbente. Y luego nos quejamos de esas personas que siempre deben tenernos controlados, siempre a su vera, siempre sabiendo qué hacemos.

Se escuchaba mucho a Manolo Escobar. Recuerdo que a mi padre y a mí no nos gustaba nada. Debilidades. Lo que nunca calibramos es que podía ser peor. Y hoy es peor, francamente, pero ¿qué le vamos a hacer? La radio de entonces, con sus músicas dedicadas, “para mi papá, que me estará escuchando”.

También hablaban, claro, y no solo en el “parte”. Había seriales, como Tres hombres buenos o Ama Rosa, pero el goce máximo estaba por la noche. La serie humorística de Matilde, Perico y Periquín, con Pedro Pablo Ayuso, Matilde Conesa y Matilde Vilariño, el serial detectivesco Taxi Key o el insoportable Padre Venancio Marcos. Si bien, lo que

Radio de transistores, portátil y algo más moderna

contenía un verdadero éxtasis eran las sesiones de teatro radiofónico sobre las diez y media de la noche, en las que escuché casi todo Shakespeare, los hermanos Álvarez Quintero y Arniches. Mi padre entraba a trabajar a las seis de la mañana y para las diez de la noche estaba acostado, y con él, todos, ¡pero yo no podía dormir! Conseguí una radio portátil que acostaba conmigo en la almohada y, depende de cómo fuera la obra de teatro, aguantaba hasta el final o me quedaba dormido, a veces sin apagarla.

Y luego estaban los partidos de fútbol: no vistos sino imaginados según eran descritos.

Aquella radio acompañaba. El mundo puede ser peor o mejor, todo depende de sus habitantes. Hoy estamos satisfechísimos, tanto que siempre exigimos más opinando que esto no puede hacer otra cosa que mejorar. Tal vez nos equivoquemos. La televisión es estupenda, pero ¿es mejor, peor o indiferente? Respóndase cada uno.

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La trilogía de Jorge Carrión

El escritor Jorge Carrión

En estos tiempos duros que estamos viviendo, lo peor que nos puede atacar es el aburrimiento. Leer es una buena opción. Lo malo es que hay gente a quienes aburre leer. Habida cuenta que también hay gente a quienes les aburre el amor, uno puede temerse cualquier cosa del humano. Coloco aquí, en mi blog, este artículo o reseña triple, de las tres novelas que forman una trilogía escritas por Jorge Carrión. Es mi costumbre no atosigar a los lectores de este blog colocando en él demasiadas cosas y demasiado a menudo, pero si esta vez añado con una diferencia de escasos días otro texto es por ese miedo al aburrimiento que todos podemos padecer. No es momento de comprar estas novelas en una librería: están todas cerradas, pero sí se pueden localizar por internet o en plataformas de segunda mano como Iberlibro. También este artículo ha sido publicado en el Boletín número 13 de la Academia de Buenas Letras de Granada. Espero que os anime a leer a este autor tan interesante porque no solo, como digo en el texto, es autor de ficción sino de ensayos atractivísimos.

Portada del Boletín 13 de la Academia de Buenas Letras de Granada

Jorge Carrión (Tarragona, 1976) ha publicado varios ensayos: Norte es Sur. Crónicas americanas, Viaje contra espacio. Juan Goytisolo y W. G. Sebald, Teleshakespeare, Librerías o Barcelona. Libro de los pasajes. Librerías fue finalista del premio Anagrama de Ensayo y ha sido traducido y publicado en varios países. También es autor de una trilogía de novelas que carece de un título común: Los muertos, Los huérfanos y Los turistas.

En esos ensayos ya comparecen las inquietudes que le llevaron a escribir la trilogía: las series de televisión, y el viaje turístico como experiencia casi inane, donde el turista (que no el viajero) apenas se entera ni digiere lo que mira. Las tres novelas se leen independientemente pero están ligadas entre sí por ligeros detalles que, en las dos últimas, se descubren al final. Lo arrebatador de ellas es que retratan a la perfección el mundo moderno y las obsesiones que lo caracterizan: la necesidad de distracción, la obligatoriedad de divertirse, de pasarlo bien, eso que se ha dado en llamar “cultura del ocio”, el miedo al desastre nuclear provocado por políticos y grandes corporaciones privadas, y la urgencia de moverse de un lado a otro para encontrar en todas partes lo mismo, lo ya conocido aunque se disfrace de exotismo y de dolce fare niente.

En Los muertos se retrata lo que podría ser un mundo futuro o, acaso, un más allá, o escrito con propiedad, un Más Allá que nada tiene que ver con paraíso o infierno, sino

Portada de Los muertos en edición de Galaxia Gutemberg

quizá con un purgatorio que, como ya mostró El Bosco en su cuadro El jardín de las delicias, se parece mucho a nuestro mundo. Carrión no juega con la religión, ni siquiera con las religiones, sino con la ficción: se inventa un mundo. En él, aparecen en las calles de Nueva York los llamados “nuevos”, individuos que sorpresivamente y de pronto se manifiestan o, aparecen, porque no hay otra palabra, en los lugares más insospechados: andenes de metro o callejones. Estos individuos que aparecen no tienen memoria y, lo peor para ellos, ni siquiera tienen nombre, es decir, carecen de identidad. Muchos recurren, cuando consiguen acumular dinero suficiente para la consulta, a adivinos que “ven” su pasado y les adjudican un nombre. Otros caen en las manos de empresarios sin escrúpulos que los obligan a trabajar encadenados a máquinas. De estos últimos se dice que no parpadean: trabajan como autómatas. ¿Les suena?: algo muy semejante sucede en países del tercer mundo y esos empresarios bandidos son los dueños de afamadas marcas de ropa deportiva, por ejemplo, solo que Carrión se inventa la ausencia de parpadeo para darle más sensación de irrealidad, de ficción, un aire novelesco.

Uno de esos tipos es ayudado por un tal Roy después de haber sido apaleado por un grupito de cabezas rapadas. La acción transcurre alrededor de esos personajes. Sorprende el lenguaje: entrecortado, contundente y muy visual. Hasta que en la segunda parte el lector se entera de que está “leyendo” una serie de televisión llamada Los muertos, serie de gran éxito comercial, idéntico al que pudieron tener en su tiempo Perdidos o Los Soprano.

Serie de televisión Los Soprano

Porque esa segunda parte es el ensayo escrito por un intelectual sobre esa serie y su repercusión social, con fenómenos de aficionados y hasta de identificaciones físicas con los personajes, identificaciones que rayan en lo asombroso pues uno de los personajes de esa primera parte, la niña Jessica, resulta ser la niña vestida de rojo, único color aparecido en La lista de Schindler de Spielberg en la parte ambientada en los terribles años 40 del siglo pasado en Alemania y Polonia. Un detalle que es esencial para la concertación de la trilogía: los autores de esta serie televisiva que conforma toda la novela son un tal Mario Alvares y cierto Georges Carrington. Estos dos jóvenes, pues lo son, firman un contrato con la productora según el cual solo habrá dos temporadas de la serie y los actores y actrices que en ella participan no podrán trabajar en cine ni en televisión a partir del fin del rodaje. La idea de Alvares y Carrington es comprar una isla desierta con los beneficios ganados y apartarse del mundo.

La tercera parte es la segunda temporada de la serie. En ella se inicia un movimiento de repulsa hacia las autoridades de esa sociedad futura o irreal, o quizá escatológica, en forma de “comunidades”, integradas a veces por fanáticos de tal o cual personaje histórico o de la ficción, y con citas textuales de series televisivas reales: las de nuestro tiempo. Lo curioso es que finalmente se inicia un fenómeno que deshace esas comunidades: no hay represión, simplemente sus miembros empiezan a desaparecer. Nadie los rapta, nadie los secuestra: desaparecen igual que en la primera temporada aparecían aquí o allá. Pero esas desapariciones, que se inician como anomalía que ocurre a cualquiera y en cualquier lugar, y que son investigadas por unos periodistas que sospechan algo que no llega a esclarecerse del todo, como la mayoría de escándalos que han afectado a miembros de la clase política o empresarial de nuestra realidad actual, afectan también, igual que una pandemia, a dirigentes de esa sociedad. El clímax de esas desapariciones sucede cuando una enorme manifestación de un millón de personas, ocupa Central Park y en un plis plas, por ensalmo, desaparecen dejando el parque lleno de deshechos, muestra de que han estado allí pero ya no están.

Portada de Los huérfanos en la edición de Galaxia Gutemberg

Los huérfanos está escrita en primera persona, al revés de la anterior entrega que tenía un narrador omnisciente, excepto en ese ensayo que divide las dos “temporadas” de la serie, escrito con tono neutro, como corresponde al género. El protagonista, Marcelo, sobrevive con un reducido grupo de personas en un búnker bajo la ciudad de Pekín, donde se refugiaron tras una guerra nuclear que destruyó toda forma de vida en la Tierra. La convivencia en lugar tan exiguo, las paranoias de los habitantes y los celos o rencores entre ellos, la escasez de alimentos tras trece años de aislamiento, la sexualidad que sigue existiendo pero debe ser reprimida justo para evitar enfrentamientos entre ellos, el casi nulo contacto con otros supervivientes y la conciencia de la imposibilidad de salir al exterior porque los contadores Geiger de fuera siguen indicando un índice elevado de radiactividad, son el argumento obsesivo de la novela.

La red de Internet se ha caído solo en parte porque los satélites de comunicación siguen existiendo y los repetidores terrestres, aunque carecen de mantenimiento, continúan funcionando hasta que dejen de hacerlo, de modo que Marcelo mantiene contacto con un tal Mario. Hay historias truculentas, paranoicas. Hay un loco al que deben encerrar en un habitáculo del que se escapa. Hay una niña, Thei, nacida en el búnker a las pocas horas de cerrarse definitivamente. Hay un líder, padre de la niña. Hay varias mujeres que se vuelcan con la niña para satisfacer su ya segura frustrada maternidad, e incluso una

Esquema de un búnker antiatómico

atracción lésbica, quizá hacia la jovencita en que la niña ya se ha transformado. Incluso dos de los primeros habitantes del búnker se han suicidado. Hasta se da un duelo entre el mismo Marcelo y Chang, el líder o autoridad del búnker, pero es un duelo al ajedrez, partida que se narra detalladamente como si fuera una batalla o un partido de fútbol.

La acción, si es que la hay en el búnker, sucede en la cuarta o quinta década del siglo XXI. No nos lo sitúa Carrión demasiado lejano. Cuenta el mismo Marcelo, en parágrafos intercalados, de su actividad como investigador social para un organismo internacional, y nos habla de la sociedad anterior a la hecatombe atómica donde grandes grupos se obsesionaron con los personajes de ficción (de nuevo esa fijación con las imitaciones de personajes famosos que se da en nuestro tiempo), llegando el extremo a la existencia de un cirujano plástico que modifica las facciones de forma temporal, pues el operado puede recuperar sus facciones originales o volver a las intervenidas de forma voluntaria, con un grandísimo éxito en ese mundo pre-guerra atómica. Se dan así casos de reuniones de veinte mil personas con la misma cara: la de algún célebre actor o actriz de Hollywood.

El tal Mario, único contacto de Marcelo con alguien foráneo al refugio, y único, al parecer, habitante del suyo, acaba contándole en un largo correo electrónico cómo él y un amigo compraron una isla para apartarse del mundo y el aislamiento fue truncándose por admiradores, fiestas y orgías con esos visitantes, consumo de alcohol y drogas, etc. Es evidente que ese Mario es uno de los dos autores de la serie Los muertos, es decir, Mario Alvares, refugiado en un búnker construido en su propia isla. Su utopía televisiva se ha convertido en su misma muerte, si no física porque sobrevive, sí mental y moral.

La serie televisiva Lost

Por fin, Marcelo ve, en las últimas páginas, una hormiga vagabundear por las piezas del búnker. Eso podría querer decir que fuera hay posibilidad de vida, pero ¿ve realmente a la hormiga?, ¿es sugestión porque Mario le ha dicho en ese largo y último correo, pues ahí sí se da a entender que Internet se ha desmoronado, que cuenta hormiguitas?, ¿es la paranoia la que le hace verla?, ¿no sería de esperar una mutación monstruosa en la hormiga debido a la radiación? Nada de eso queda aclarado.

Los turistas cuenta en tercera persona la aventura de un hombre que, a causa de un accidente que lo deja absolutamente solo, sin familia, pero con una gran fortuna, decide pasar sus días sentado en una terraza-bar-restaurante del aeropuerto de Heathrow, en Londres, observando a las personas que forman la multitud y adivinando por su apariencia externa su historia, su destino y sus defectos o virtudes. La acción comienza cuando tras

Portada de Los turistas en edición de Galaxia Gutemberg

diez años de esa actividad absurda y del todo sedentaria, ve a una anciana de quien no consigue distinguir las facciones. La sigue, toma el mismo avión que ella dejándose incluso la chaqueta en la terraza-bar, y se dedica a perseguirla por medio mundo hasta que un accidente en un parque natural del sur de África, siega la vida de la mujer. A partir de ahí continúa esos viajes sin sentido y sin ver nada de esos países que visita hasta ir a parar a Egipto, donde coincide con otro turista norteamericano, un joven llamado Ahmed, que también hace una especie de vuelta al mundo caótica, yendo de un lado para otro. Establecen tanta amistad que el joven acaba por confesarle que no se llama Ahmed y no tiene orígenes iraníes, sino irlandeses y se llama George Bush. Nada tiene que ver, si no es la coincidencia de nombre y apellidos, con el que en ese momento es el presidente de los Estados Unidos. Es más, lo odia y odia lo que aquel hombre significa para su país y el mundo. Evidentemente, se refiere el autor al Bush padre, pues la acción se ambienta en el tiempo previo al atentado de las Torres Gemelas, ataque que representó casi el final del turismo por determinados países.

Safari de imágenes en África

El accidente que mata a la señora a la cual perseguía este señor Van der Roy (curiosa la coincidencia de apellidos o nombre propio con el Roy auxiliador del “nuevo” aparecido en el callejón, en la primera obra de la trilogía, Los muertos), que protagoniza la novela, se repite aunque de diferente manera en la persona del propio protagonista que queda en coma en un hospital cercano a Debah, en la península del Sinaí. Una mujer lo atiende, otra turista que a su vez había atendido hasta su fallecimiento a su marido, uno de los dos muertos en aquel accidente en Sudáfrica. Se da a entender al final que ambos acaban juntos. Pero ocurre antes algo que también enlaza esta novela con las dos anteriores. El trotamundos George conoce allí mismo, en Egipto, a otro joven norteamericano llamado Mario Alvares y este le propone cambiar su apellido paterno, Bush, por el materno Carrington. Se hacen íntimos. Ambos son inquietos, jóvenes y creativos, y se les ocurre escribir el guión de una película o serie televisiva que se podría llamar Los vivos.

Llama la atención esta simetría en las tres novelas, igual de simétrica que la que inicia el ciclo, donde en la primera “temporada” de la serie la gente aparece, y en la segunda la gente desaparece. La soledad de los personajes es también una constante: es cierto que el

Buceo

viejo morador del callejón donde aparece el “nuevo” en Los muertos lo socorre, pero esa acción está mal vista, e incluso las “comunidades” son reprimidas (ya he dicho que de una forma sutil, incruenta y extrañísima) porque representan amenaza contra el poder, amenaza que se revierte hacia él mismo. Incluso en la pequeña colectividad del búnker, la soledad es terrible porque solo se tienen entre ellos y se temen y odian más que se ayudan, lo mismo que en esa isla desierta que habita Mario Alvares, que sobrevive porque su amigo George, tras ver en la lejanía los múltiples hongos de las explosiones nucleares, ha matado a todos los otros habitantes de la isla y luego se ha suicidado, no sin antes encerrar a Mario en el búnker. La soledad del pobre hombre rico, señor Van der Roy, que rodeado de sirvientes y personas amables que lo atienden por sus generosas propinas, tiene finalmente suerte de encontrar a Sandra, la mujer que se dedica a cuidarlo porque es mejor atender a una persona que vagar sin sentido de un lado a otro sin mirar, en realidad, nada de lo que se ve.

Librerías, premio Anagrama de ensayo

Si la primera novela transcurre en una época sin tiempo, época que se insinúa podría ser hasta inexistente (un extraño Más Allá), la segunda sucede en un futuro que, si se ve como aún lejano, está ahí, a la vuelta de la esquina, pues puede llegar a ocurrir dentro de tres o cuatro lustros, en tanto la tercera tiene lugar en algún momento anterior a 1993, durante la presidencia de George Bush padre y la Primera Guerra del Golfo, que pareció iniciar toda una serie de acciones militares que nos han traído hasta aquí.

La primera sucede en ningún lugar, porque ese Nueva York del que se habla es una ciudad, digamos, inexistente, si entendemos como existencia aquello que se puede palpar, es una ciudad de ficción, mucho más ficcional que todas las Nueva York vistas en el cine y aun en las series de televisión actuales o pasadas. Los huérfanos está restringida al búnker, un lugar relativamente exiguo, donde sus moradores se tropiezan unos con otros en cuanto se mueven. Y la última entrega posee ubicaciones múltiples, si bien parece que nadie cambia de sitio porque todos los lugares son el mismo: semejantes a ese aeropuerto de Heathrow que, como todos los aeropuertos no es sino ningún lugar, un tráfago constante, unas multitudes que están y de pronto ya no están, embarcados en algún avión o vomitados por las salidas (vomitorium era el nombre romano de las salidas de los anfiteatros), igual que los personajes “desaparecidos” de la primera novela.

Se ha dicho de esta trilogía y de Jorge Carrión que “es uno de los autores que anuncian el turno del relevo” (Julio Ortega en Babelia, o al menos eso dice en la contraportada de Los turistas). La han alabado críticos y novelistas, como Juan Goytisolo. Lo cierto es que si la

El escritor granadino fallecido Gregorio Morales

literatura hoy ignora las ciencias evolucionadas actuales, los medios nuevos de comunicación, las redes sociales, no hará otra cosa que darnos más de lo mismo, repetir viejos moldes, o prodigarnos vinos nuevos en odres viejos. La literatura no puede ser ya la decimonónica. Gregorio Morales escribió un ensayo titulado El cadáver de Balzac, criticando esa literatura redundante. Muy respetable el siglo XIX y sus grandísimos autores, pero ¿consideraríamos a un pintor que no hiciera sino pintar un Greco tras otro? Y en efecto, Jorge Carrión, si no inaugura, sí al menos consolida y hace cosas nuevas, nos pone vinos nuevos en odres también nuevos. Más en Los muertos que en las otras dos, sí, pero las tres están tenuemente imbricadas y por tanto se implican una a otra. Es necesaria su lectura, y necesaria de forma consecutiva, gozando de esa trama que sigue, en cierta forma, a los héroes artísticos de hoy: los autores cinematográficos y televisivos, que también, a su manera, hacen ficción, y tal aseveración la confirma Carrión en sus ensayos, especialmente en Teleshakespeare y en numerosas entrevistas y artículos en la revista Quimera, de la que es asiduo colaborador.

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Cuento publicado en el Boletín de la Academia de Buenas Letras de Granada

Portada del Boletín nº 13 de la Academia de Buenas Letras de Granada

Coloco aquí hoy un cuento que publiqué en el Boletín número 13, julio-diciembre de 2019, de la Academia de Buenas Letras de Granada. En realidad no es un cuento sino que está integrado en mi novela inédita La novena, un intento que hice de combinar la novela con la música, aprovechando la estructura de la novena sinfonía de Beethoven y reflexionando en esas novenas sinfonías que, músicos como el mismo Beethoven, Bruckner, Mahler, Schubert (aunque este es muy discutible) y Vaughan Williams compusieron y murieron al poco. Mis esperanzas de que esa novela se publique o sea premiada son tan escasas que coloco aquí este fragmento como capítulo independiente.

La carta que Gustav Mahler nunca llegó a enviar a su esposa Alma

Mi queridísima Almscherl:

Me dispongo a escribirte una carta que no leerás. Parece no tener sentido, pues las cartas no se hacen para uno mismo sino para los otros, pero yo no sé hablarme, necesito hablarte a ti aun a sabiendas de que no serás la destinataria de estas palabras, y no lo serás porque siempre he sido alegre en mis cartitas y ya no puedo serlo, por eso no deseo que la recibas.

Gustav Mahler

Este año moriré, lo sé bien. Te escribo frente al mar, ya sabes, pues tú me acompañas en este viaje de vuelta a Europa. Aprovecho tu descanso en el camarote para escribirte estas frases que luego destruiré: bastante te entristecerá mi fallecimiento, o al menos eso quiero creer. Como cualquier enamorado adolescente, deseo confiar en que tu amor será tan grande como el mío, pero estoy demasiado cerca de la tumba para creer con ingenuidad en ello. También estoy demasiado cerca de la realidad para ser un tonto.

Siempre me he negado a pensar en la muerte, has sido más bien tú quien me ha prevenido contra ella. Me conminaste a que no pusiera música a las Canciones a los niños muertos de Rückert, y a los pocos años falleció nuestra pequeña María. Me prohibiste componer una novena sinfonía, ya que Beethoven, Bruckner y Schubert habían compuesto sus novenas y murieron después. También Dvorak, mi compatriota, hizo su novena y ya no compuso ninguna sinfonía hasta su muerte once años después. Compuse la que tenía que ser mi novena y, para engañar al destino la nombré La Canción de la Tierra. Ahora, sin poder evitarlo, he acabado la novena sinfonía. No iba a seguir haciendo trampas y llamarla Canción del Cielo, del Día o de las Zarandajas. He empezado la décima pero no la acabaré: la dejaré inacabada y otro la acabará por mí si es que alguien está dispuesto a ello. No me dará tiempo. Lo sé, y no quiero decírtelo.

Me hablabas, hace un par de años, de conquistar un centro espiritual. Tendrás tiempo de hacerlo. A mí ya no me queda, aunque debo reconocer ante ti que el dolor me ha hecho acercarme. El dolor por la pérdida de nuestra hija, la sensación de que puedo morir de un momento a otro sin haber acabado toda la música que necesito componer, sin haber dirigido todas las orquestas, todas las óperas, el dolor que me causó tu desafección. Desafecto esperable por mi terquedad de atender al trabajo y no a ti. Claro. ¡Qué daño me hizo la carta de Herr Gropius!

AUSTRIA – JANUARY 01: Alma Mahler (Mahler-Werfel), nee Schindler. Photography, 1909. (Photo by Imagno/Getty Images) [Alma Mahler-Werfel, geborene Schindler. Photographie, 1909.]

El mar está tan calmo que parece que uno pueda caminar sobre él. Pero tú sabes que eso a mí no me gusta, que me agrada la tormenta, el fragor insoportable, feroz como el tutti de una orquesta. Sin embargo, esta laguna que en cualquier momento puede transformarse en monstruosa, tiene su encanto, como si Dios pactara una tregua.

Una tregua como la que te ofrecí y sigo ofreciéndote.

Gropius. Aún duele esa herida a pesar de la cauterización que me aplicó el doctor Freud. La carta de Gropius me desgarró al decirme la verdad: yo ya no te quería porque estimaba más mi trabajo, y debía dejarle sitio a él que no caería en semejante error. Tú sabes que siempre he deseado hacer todas mis cosas junto a ti, contigo, y sin embargo hoy necesito escribirte esta carta sin que me veas, sin que sepas siquiera que la escribí, sin que la recibas ni leas nunca. ¡Pero si yo entiendo a la perfección que se enamorase de ti!, ¡eres una mujer tan hermosa, tan inteligente, tan exquisita!, y sin embargo, ¡yo te quiero solo para mí!, te quiero para mí, mas sin preocuparme de tenerte, sin desvivirme por estar junto a ti, solo pendiente de mi trabajo. Y por eso estuve a punto de perderte. Porque Gropius era tentador, lo sé. Y nunca sabrás, o quizá lo intuyas, cuánto he agradecido que me eligieras a mí, que ya empiezo a ser el pasado cuando él habría podido ser el futuro, que me prefirieras después de todo. Es verdad que luché por ti, no con Gropius sino ante ti, reconociendo mis errores, mis negligencias. Es verdad que rogué. Pero fuiste tú quien eligió.

Walter Gropius

Me voy apagando, y recuerdo el final del último movimiento de esta mi novena sinfonía. Poco a poco el silencio. Poco a poco, el barco insonoro surca un mar de aire, que no de agua. Dejarán de haber tutti para no haber sino silencio. Y no habrá aplausos. No los ha habido para esta mi novena: no presenciaré su estreno. No sabré nunca qué efecto produce sobre quien la dirija, en el público, en los músicos ese tema inicial, tan sereno como lo estoy yo hoy ante la muerte, no sabré si alguien se asustará con los fortissimi, no sabré si algún oyente sentirá el aletear de Átropos con su tijera que corta el hilo. No sabré si a cualquier crítico se le ocurrirá compararla con mi sexta y señalar que, en tanto en esta la muerte era temida, en mi novena se la espera.

Balneario de Tobelbad, donde Alma Mahler veraneó en 1910 y la siguió Walter Gropius

Te dejaré viuda. Y me duele, sí, no poder componer, dirigir, trabajar, pero más me duele no poder seguir amándote. En París intentarán curarme. Solo lo intentarán, lo sé, aunque ante ti diga y proclame que van a poder con la enfermedad. Yo sé que no. No. No volver a verte. Eso es lo imperdonable, por mucha vida eterna que me prometan, pues esa eternidad no tiene objeto sin ti. Tú eres mi Diosa, y no me importa blasfemar. Tú eres mi Diosa. También el sol es el Dios de este mar y este mar es el Dios del sol y del cielo entero. Tú eres mi Diosa. Al decir esto empiezo a sentirme ya un intruso, al igual que este barco es un intruso sobre el abismo.

Mi Almscherl, amadísima, queridísima Almscherl, cielo mío. Te voy a dejar sola y esta vez no será el trabajo quien te prive de mí sino la muerte, la maldita muerte. Ya pueden venir todos los Gropius del mundo y elegir tú entre ellos. Espero haberte merecido.

Tu Gustav

Alma Mahler (o mejor, Alma Schindler) y Walter Gropius cuando ya, enviudada de Gustav Mahler, se casó con el arquitecto fundador de la Bauhaus

Se levantó el hombre con gran esfuerzo. La voluntad lo puede todo, parecía pensar. Pero la voluntad no puede con la muerte. Desde que dirigió la orquesta en el Carnegie Hall con cuarenta de fiebre, parece invencible. Todo es apariencia. Con el mismo esfuerzo se acercó a la barandilla de estribor. Miró hacia abajo. El mar pasaba como el camino bajo el caminante. El agua ronroneaba suave contra el costado del barco, igual que si ambos se repartieran algo entre la caricia y el cachete. El papel en el que se entretuvo toda la tarde, y que había traído desde la hamaca hasta aquí con extremo cuidado, lo llevaba en la mano izquierda. De pronto, como si tuviera un insecto en la mano, acercó la otra y estrujó el papel, lanzándolo con fuerza, con inusitada fuerza pues este hombre no parecía capaz siquiera de levantar el brazo. Impulsado por el viento, el papel rebotó en la borda, se arrastró por la pared metálica, se enganchó en un ojo de buey pero cayó al agua, quedándose pronto atrás. Si el destino está escrito, pensó el hombre levemente abocado hacia el mar y sujetándose a un candelero, ¿a qué escribirlo más veces? Al levantarse, se había puesto la manta que lo abrigaba. Parecía el talit gadol de un viejo rabino. Ahora se tendió de nuevo en la hamaca arrebujándose en ella.

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Actuación en el teatro Isabel la Católica de Granada

Ismael Ramos

Hará un par de meses, mi querido amigo Ismael Ramos, músico de campanillas, para quien soy “el portador de la antorcha”, y no sé qué luz puedo aportar si me da miedo la electricidad a pesar de haberla estudiado, me avisó que me iba a embolicar. Se trataba de recitar un poema. No soy rapsoda y ni siquiera poeta. Pero a un amigo como Ismael no se le puede negar nada. Acepté. Por fin, me explicó: en la conmemoración del tercer aniversario de la revista granadina Alhóndiga, iba a introducir un homenaje al actor cartagenero Isidoro Máiquez (1768-1820) de quien se cumplen doscientos años de su fallecimiento. Este hombre modificó el teatro español, fue el primero en estudiar arte dramático fuera, en París, introdujo la costumbre de disponer sillas en la platea de los teatros y numerar las entradas, convirtió el recitado e interpretación en más natural de lo que se estilaba hasta entonces. Gran amigo de Moratín, influyó mucho en la escena de su época y vivió un tiempo en Granada, por lo que tiene una estatua en la plaza del Padre Suárez. Durante la ocupación francesa fue liberal, por lo que los partidarios de Fernando VII lo tildaron de afrancesado, y en la guerra de Independencia luchó contra los franceses en el levantamiento del 2 de mayo (echadle una

Isidoro Máiquez pintado por Francisco de Goya y Lucientes

hojeada a Wikipedia), por lo que fue tildado de absolutista por los afrancesados. Como tantos en esta España donde no hay dos sino tres, donde no hay tres sino una por cada español, pues todos estamos convencidos, no solo de la que proponemos, sino de que conseguiremos individualmente esa propuesta, imponiéndosela a los demás, y hoy sigue siendo así. Pues bien, la conmemoración y homenaje tuvo lugar en el teatro Isabel la Católica de Granada el pasado miércoles 26 de febrero, de modo que junto al actor Francisco de Paula Muñoz, perteneciente al grupo teatral Corral del Carbón, al trío Albéniz (mandolina, guitarra y laúd, este último tañido por Ismael) y a la directora de la revista, Ana Sánchez, me tocó leer el poema (más bien fue hacer el ridículo leyéndolo ante 500 personas) que adjunto, antecedido de una pequeña introducción. Ahí va, esperando que tras su lectura, os animéis a tomar el Palacio de Invierno o el Cuartel de la Montaña, ambas tabernas en algún lugar del país.

Cuentan las leyendas o dicen las malas lenguas, o quizá buenas, no sé, que cuando Isidoro Máiquez recitaba este poema, se ordenaba duplicar la guardia para prevenir altercados. También se dice, ignoro si con buenas o malas intenciones, que si a la función teatral

FernandoVII también pintado por Goya. Al aragonés no le hizo falta mala saña para pintarlo como era.

asistía el rey Fernando VII, el rey feo, porque lo era, el insigne actor se ponía de espaldas al palco real para recitarlo. Lo de la guardia da un poco de risa porque en este país siempre hemos hecho las cosas por si acaso. Se fusiló mucho por si acaso, una centuria después de estas actuaciones del gran Isidoro. Y es que, si ya el Poder no saca el revólver cuando escucha la palabra Cultura, sí es cierto que el vocablo en cuestión le produce indiferencia. Cualquiera que sea el Poder. Sin embargo, algo de repelús sí le da al sentir la palabra Libertad. La diga quien la diga, resulta que el Poder se pone a la defensiva, como si, inevitablemente, no solo el término, sino el concepto, fuera siempre contra él, contra ese Poder que, también sin poderse evitar, se apoltrona. Les pincha la palabreja Libertad. Por eso es bueno que se repita, de espaldas, de cara y de medio lado, porque si les pincha, igual les hace reaccionar. El poema que a continuación leeré, en homenaje al gran Isidoro Máiquez, que como ya digo provocaba la proliferación de guindillas a la puerta de los teatros, e incluso la indignación disimulada del rey Fernando VII por verle las espaldas, y aun aquello donde estas pierden su noble nombre, al ínclito actor, lo escribió cierto poeta llamado Cristóbal de Beña que hoy ya pasó al olvido. Pertenece al poemario La Lira de la Libertad. Poemas Patrióticos, aunque en realidad fue prólogo, escrito por Beña, a la tragedia Bruto o Roma libre, del conde Vittorio Alfieri que don Antonio Saviñón tradujo al español para ser representada en el teatro de Cádiz en “ocasión de celebrar los profesores cómicos la publicación de la nueva Constitución de la Monarquía Española”, y cito literalmente de su publicación. Dice así:

Cristóbal de Beña

LA LIBERTAD.

PROLOGO A LA TRAGEDIA

ROMA LIBRE.

C. D E BE ÑA.

Pueblo Español, cuyo poder un día
será otra vez terror al universo,
yo soy la LIBERTAD, que a los mortales
dio por su bien, cuando le plugo el Cielo.
Con la lanza, costosa al Africano,
yo misma armé la diestra a tus guerreros,
que, atados á la bárbara coyunda,
romper su infamia y su opresión quisieron.
Y a sus nunca domados corazones
cerqué tres veces de bruñido acero,
y diles el vencer, y que su nombre
de valor y virtud fuese modelo.
Yo escuché tus gemidos, yo tu llanto
estéril vi correr, oh digno Pueblo,
cuando en lazo servil el despotismo
pudo ligar tu generoso esfuerzo;
Mas vi también tras de la inercia torpe
cuál sacudiste los pesados hierros,
y arrostrando la fuerza y la perfidia
con voto ardiente me llamaste luego;
Y fui contigo, y la pequeña hueste
llevé al combate, y de laurel eterno,
con sangre de opresores salpicado,
ciñó su frente indómito el Guerrero.

El 2 de mayo, de Goya

Tus ciudades, tus montes y tus valles
con ala rapidísima corriendo,
blandí la antorcha del valor y al punto
tú te inflamaste en su divino fuego:
ni hubo ya resistir, que derrotadas
por donde quiera sin pensar se vieron
las pérfidas falanges, que el Tirano
lanzó en su mal a tu fecundo suelo;
Y mientras él, frenético y furioso,
sueña que extiende sobre ti su cetro,
tú, magnánimo Pueblo, tú, recibes,
tronar sus bronces sin pavor oyendo,
leyes justas, y santas, y durables;
Leyes escudo firme a los derechos,
que yo te vuelvo a dar, yo que amorosa
tu ruina aparto y en tu suerte velo.
Y deseando que tu vista ocupen
aquellos pocos, mas sublimes hechos,
que inspira mi Deidad a los humanos,
si admito grata su ferviente ruego,
ante tus ojos de la antigua ROMA
daré que nazca el esplendor primero,
cuando tras un baldón, nunca sufrido,
juró ser libre y quebrantó sus hierros.
La escena que presido encantadora
va a sacar del no ser por un momento
a la Ciudad, después Reyna del mundo,
dulce morada para mí otro tiempo.
Verás aquí abatida la insolencia
de los nobles procaces y altaneros,
y un REY, en su grandeza envanecido,
que del vasallo se gozó en el duelo,
verás también del Trono derrocado.

La casta Lucrecia

Escucharás el santo juramento
del intrépido BRUTO, cuando mira
de la hermosa LUCRECIA el frio cuerpo,
manchado feamente con la sangre
que ella misma sacó del casto pecho;
Y eterna execración a los tiranos
jurar con él al asombrado pueblo
también escucharás, y en bases nuevas
alzarse mirarás gobierno nuevo,
que torna en aguerridos ciudadanos
los que antes eran del ultraje siervos.
Al PUEBLO, Soberano de sí mismo,
verásle intervenir en el Congreso,
que formó por su bien, y allí explicando
su libre voluntad con libre acento.
Sabias leyes verás obedecidas,
que al Senador igualan y al Plebeyo;
verás en fin a un padre desdichado,
verás a BRUTO, al bienhechor del Pueblo,
que entrega a la segur de los lictores
de sus débiles hijos los dos cuellos.
Seducidos los míseros, que en ROMA
volviese a entrar TARQUINO consintieron,
olvidando á su Patria; mas perecen,
y ella se salva, y con tesón austero

Marco Junio Bruto

el fuerte BRUTO de virtud gloriosa
da en su heroico dolor ilustre ejemplo,
y su nombre y constancia esclarecidos
serán durables a la par del tiempo.
Tal fue, españoles, el origen alto
de la grandeza del Latino Imperio,
y tras la esclavitud más oprobiosa
tiene principio igual el poder vuestro.
Si entonces el Romano, enardecido
sobre el cadáver de LUCRECIA yerto,
juró venganza y muerte a los tiranos,
muerte y venganza con igual esfuerzo
jurasteis animosos por la sangre
de DAOIZ, VELARDE y otros ciento,
víctimas generosas de la Patria,
que no existiera si viviesen ellos.
Vosotros sin temer el poderío
del monstruo a quien el orbe viene estrecho
como al feroz TARQUINO los romanos
guerra, exterminación, rencor eterno
le jurasteis también y a sus ministros,
cual a MAMILIO visteis con desprecio.

Una de las portadas de la revista Alhóndiga.

Después vuestro augustísimo Senado,
cual pudo ser en la ciudad de REMO,
estableció la santa independencia
sobre inmutables sólidos cimientos:
Sonó su voz, temblaron los malvados,
y estremecióse el déspota en su asiento,
y la superstición y el fanatismo
del solio infame despeñados fueron.

Si por desgracia hubiere entre vosotros
traidores hijos, que en error funesto,
cual los de BRUTO, quieran que su Patria
vuelva otra vez al duro cautiverio,
la espada de la ley inexorable,
la espada de la ley caiga sobre ellos;
Padre era el CÓNSUL, padre cariñoso,
mas Romano nació, y esto es primero.
Tal cuadro, tal lección, tal semejanza
jamás olvides, generoso PUEBLO.
ROMA, cual tú, gimiera esclavizada,

El actual trío Albéniz, que remató el acto con una magnífica interpretación de piezas de William Byrd y Falla

cual tú quebró de tiranía el cetro,
vióse, cual tú, de nuevo envilecida,
y Señora del mundo vióse luego.
Tú misma, ESPAÑA, su poder burlaste,
cuando hubo en ti, cual hoy, valientes pechos;
Tú del Tirano que a la EUROPA oprime
desvaneces los áridos proyectos:
No temas, no, que en tu defensa esgrime
la LIBERTAD su vengador acero,
y escrito está en los libros del destino,
Que ES LIBRE LA NACIÓN QUE QUIERE SERLO.

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Dos nuevos artículos periodísticos

Sin comentarios

Incluyo ahora otros dos nuevos artículos de los que el periódico Ideal destina los jueves a colaboraciones de la Academia de Buenas Letras de Granada. Me dio por criticar ese pensamiento estúpido que se ha puesto de moda, pensamiento exclusivamente dedicado justo a no pensar, a no calentarse la cabeza. Prejuicios ha habido siempre, claro que sí, solo que ahora, tan científicos como somos, estamos convencidos de que no son prejuicios sino certezas. Ahí van con la esperanza de que gusten.

Del pensamiento simplón

Si el pensamiento único era nefasto, el pensamiento simplón lo es doblemente. Aclaremos conceptos. El pensamiento único es aquel que hace pensar a todo el mundo lo mismo. Herbert Marcuse muestra cómo las estructuras ideológicas de las clases dominantes (hoy, las multinacionales y especialmente las propietarias de redes sociales) se imponen en el personal, no solo desde las ideas mismas sino desde sus manifestaciones en medios de comunicación y el arte. Bien, esas clases dominantes pueden hacerlo: tienen poder para ello. Por eso consiguen que la gente piense lo que ellas quieren que piense. Ese “lo” implica que en realidad no hay pensamiento sino copia, seguimiento, imitación. Al parecer, todos queremos tener un yate o una moto potentísima, igual que ellos la tienen. De modo que han conseguido que sintamos como ellos desean. Y todos deseamos seguridad, por eso nos hacemos seguros de vida, de casa, de coche, de salud, etc. No se crea que estos deseos no sean ideas.

El artículo publicado

El pensamiento simplón ha ido más allá. Nótese que utilizo la palabra simplón, aumentativa coloquial de simple, mentecato, según el DRAE. En Granada se usa muchísimo para designar a persona bobalicona, tontorrona, aunque también es cariñoso. Y digo que ha trascendido el pensamiento simple porque ya no son solo las clases poderosas o dominantes sino cualquier organización, por mucho que repugne del poder tradicional, quien puede expresar ese pensamiento copiado por la gente. Ya sé que en eso consiste la democracia, naturalmente, o cuanto menos esta democracia formal que obtuvimos hace cuarenta años (las otras han fracasado estrepitosamente). Pero quizá, lo mismo que en el pensamiento único, en el pensamiento simplón la culpa la tiene quien cae en él. O más bien debería decir quienes caen en él, porque no es problema que individuos aislados o sueltos caigan en la simplonada, sino que masas enteras absorban y emitan ese pensamiento simplón.

¿Y en qué consiste ese pensamiento simplón? Hablando claro y directo, consiste en el mundo de buenos y malos, en la teoría aplicada de las películas de indios. Para que se me comprenda deberé, seguro, poner ejemplos. Hay quienes están a favor de la Iglesia o de las religiones y todo aquello que se salga de ellas es funesto. Y a su vez hay quienes consideran a las religiones engendros diabólicos para engañar a la gente y que deberían desaparecer. En cierta ocasión una persona me decía que el Rocío debería prohibirse. Te cargarías, le dije, 5000 años de tradición. ¡Imposible!, si el cristianismo no tiene más de 2000 años, me respondió. El Rocío es continuidad de antiguas romerías al templo de la diosa Ishtar, que estaba por allí, cerca de Almonte. Me miró con incredulidad: esa persona ya tenía su idea hecha.

Tampoco hay comentarios, ¿para qué?

Otra: quienes pertenecen o simpatizan, o solo son votantes de un partido. Todo lo que haga su partido estará bien hecho. Todo lo que hagan los demás, y sobre todo aquellos que jamás pactarían con el propio, estará mal hecho. Sea lo que sea, aunque le beneficie, porque si es así, será por demagogia o populismo.

Recuerda a los forofos de un equipo de fútbol. Los suyos jamás son penaltis. Si los contrarios no son pitados, el árbitro está vendido.

El pensamiento simplón en realidad permite no pensar, solo clasificar. ¿Quiénes son los buenos?, los míos. ¿Quiénes son los malos?, los otros. Y no hará falta juzgar cada hecho, sino solo mirar quién lo ha promovido. Si estos, bien. Si aquellos, mal.

Esta deformación cerebral tiene una ventaja enorme: la que acabo de describir en el anterior párrafo, pero pone en peligro la democracia, que es el sistema, como aseguraba María Zambrano, donde la persona puede manifestarse como persona, de per sonare, para sonar, para decir lo que en verdad piensa, no lo que solo repite.

Nada hay más necio que el prejuicio

Vivimos en un mundo regido por el utilitarismo, por la lógica. Lo que no es útil no sirve, se aparta. Un error porque, por ejemplo, ¿por qué ama usted a esta persona y no a otra? En tal caso, ¿lógica?: ninguna, no la busquen porque no la hay. La razón, entonces, por mucho que se pregone, no alcanza, no da casi ni para empezar, o solo para empezar.

El artículo publicado

Tenemos un cerebro que también tiene su economía. Ahorramos energía en él. Pero esa economía, ese ahorro como en ocasiones al avaro, nos sale cara. Es mucho más cómodo seguir el común sentir, el prejuicio, el creer que se sabe sin saber, que estar pensando y replanteándose las cosas de continuo. Y eso nos sale caro. Es funesto.

Hablaba en anterior artículo del “pensamiento simplón”. Este tiene mucho que ver con el prejuicio. En un mundo ideológico de buenos y malos es muy sencillo pensar: los buenos son los míos y los malos, los otros. Se prejuzga. Muchos creen, y lo peor es que lo pregonan, que tal o cual comunidad étnica (hoy no se debe decir racial, pero es lo mismo) es así o asá. Todos caemos en eso, sin querer o queriendo. Y lo malo es que introducimos en el mismo saco a toda esa comunidad. Y esta idea es idéntica a cuando negamos que esa misma comunidad no tenga, en general (es decir en un porcentaje más o menos alto, pues cuando hablamos de sociología siempre hablamos de porcentajes) esa característica o defecto que otros le achacan.

Es muy normal escuchar a alguien asegurar que no le gusta la música clásica, o el fútbol, o leer, o la copla. Pero ¿hemos escuchado, visto o practicado alguna vez eso que negamos nos guste? A menudo por leer un autor o escuchar tal o cual tipo de música, ya deducimos que en general ese autor o esa música no nos gustan. ¿Es lógico que juzguemos por un solo ejemplo? No, ¡y sin embargo lo hacemos! Lo hacemos por comodidad, por economía, para no pensar, para no calentarnos la cabeza. Todos, desde fuera y en los otros, pensamos que eso es una barbaridad. Tengo un amigo que le niega a cierto filósofo la calidad de tal porque habla de religión. Solo leyó el título de un libro de ese pensador que decía tal cosa: “Hablemos de religión” o quizá “La religión como meditación”, no sé, y si lo sé no quiero decirlo porque el ejemplo es falso, naturalmente. Ese erudito ya no le interesa. Pero ¿ha pensado que quizá al cavilar sobre la religión, el tal filósofo dice exactamente lo mismo que él opina? Si es así, no lo sabrá nunca porque esa negativa le impide que conozca nada de él. Se niega a cualquier otra obra de ese autor.

¡He tenido una idea!, ¡auch, auch, auch!

Lo mismo pasa en política o en tantas cosas. Oímos decir que tal medicamento es dañino. Hoy disponemos de un cúmulo de información en internet. No se nos ocurre consultarla a pesar de que nos pasamos el día pegados al móvil conversando patochadas si es que a tal engendro se le puede llamar conversación. Nos dijeron que es dañino, pues lo es. Sin más. Hay curas pederastas, cierto. Muchos quisieran que se prohibiera la religión. También hay entrenadores deportivos acusados de tal, pero ni por asomo se les ocurre proponer que se prohíba el deporte. El asunto ya está decidido, ¿para qué pensar más?

Unamuno creía en un hombre que fuera crítico con todo, que lo recapacitase todo. Nietzsche hablaba del superhombre, que viene a ser ese individuo activo que repiensa todo antes de formarse una opinión (no solo pero también eso). Zambrano teoriza el “hombre verdadero” (y mete en ese sustantivo hombre a los humanos todos, sin distinción). Deberíamos seguirlos. Pero no. Es más cómodo no pensar.

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Reseña en Quimera

A algunos les sorprenderá que tal vez en meses no coloque nada en el blog, y sin embargo ahora, en tan poco tiempo, ponga dos entradas. Y tendrán razón. Ocurre que la revista literaria Quimera ha sacado una reseña o crítica sobre un libro altamente interesante que habla de la llamada poesía de la Diferencia. Ahí va y espero que os guste.

Portada del número 432 de la revista Quimera

EL UNICORNIO EN EL CAFÉ LIBERTAD

25 AÑOS DESPUÉS. ANTOLOGÍA

(Ediciones “Carena”, Barcelona, 2019)

 

A inicios de los años noventa del pasado siglo, la corrupción política y económica en España era ya un escándalo silenciado. Tal vez la traca mayor de aquel pandemónium fue la Exposición Universal de Sevilla en el 92. Pero los diarios de ámbito nacional se hallaban bajo un férreo control ideológico y financiero que les impedía denunciar cuanto iba ocurriendo. Y todo era una verbena de inconsciencia y un cerrar los ojos a lo que inevitablemente se nos venía encima: la crisis que desde 2007 no nos ha permitido levantar cabeza.

En el ámbito cultural estaba sucediendo lo mismo: cierto número de escritores y artistas se habían enquistado en las instituciones públicas (Diputaciones, Ayuntamientos, Centros de las Letras y demás organismos vinculados al Ministerio o a las Consejerías autonómicas de Cultura) y desde esos lugares donde el dinero corría sin miseria ejercieron el más descarado tráfico de influencias.

Contra tal estado de cosas, algunos intelectuales alzaron la voz, primero individualmente y siempre desde tribunas muy modestas: periódicos provinciales con suplementos literarios como  “Cuadernos del Sur” de Córdoba, “Papel Literario” de Málaga o “La Isla” de Algeciras. Pero a partir de 1993 el clamor creció y surgió el movimiento de “la Diferencia” bajo el que se agruparon diversos escritores con estéticas muy diversas e independientes. Se pretendía denunciar toda esa corrupción que iba imponiendo una literatura oficial mínimamente crítica y muy acomodaticia con el poder.

Portada del libro reseñado: El Unicornio en el Café Libertad

Aquella revuelta, en cierto momento, llegó a trastornar todo el montaje del sistema de falsos valores culturales. Pero los popes de la crítica oficial arremetieron desde sus altas tribunas contra los disidentes; los acusaron de resentidos y establecieron contra ellos un silenciamiento aún mayor que el ejercido hasta entonces.

Hoy, veinticinco años después de aquel interesantísimo levantamiento contra la cultura oficial, uno de los poetas que la protagonizó y que también ha ejercido la crítica literaria, Pedro Rodríguez Pacheco, ha publicado un libro imprescindible: “El Unicornio en el Café Libertad”, donde lleva a cabo una crónica minuciosa de aquellos hechos y la acompaña con una antología y somera biografía, crítica o anecdotario de algunos de los poetas que participaron en los mismos (Manuel Jurado López, Pedro J. de la Peña, Ricardo Bellveser, Antonio Enrique, María Antonia Ortega, José Lupiáñez, Concha García, Antonio Rodríguez Jiménez y Fernando de Villena). Se echan de menos algunos nombres de grandes poetas que también participaron en los actos de aquellos días como Carlos Clementson, Enrique Morón, Juan J. León o Domingo F. Faílde (estos dos últimos, ya fallecidos), pero ello no desluce en nada este libro valiente y necesario para la plena comprensión de la historia de la literatura española en nuestro periodo democrático.

Página 62 de la revista Quimera, en la cual aparece esta reseña

Pero es que la publicación de “El Unicornio en el Café Libertad” ahora, un cuarto de siglo después de aquellas denuncias de los insumisos, posee una vigencia extraordinaria pues, lamentablemente, nada ha cambiado en el panorama cultural. Algunos de los mandarines de entonces siguen ejerciendo hoy su comisariado cultural desde las más altas instituciones del Estado; los principales medios de comunicación continúan dando la espalda a todas las voces críticas y la atonía es la norma en el panorama literario de nuestro país en tanto que muchas obras valiosas permanecen ocultas en editoriales periféricas o en los cajones de autores no bendecidos por quienes deciden lo política y literariamente correcto.

Si evidenciar la corrupción económica es obligatorio, hacerlo con la cultural es asimismo imprescindible aunque parezca importarle poco a la gente. Recomendar este libro, pues, es redundante. Simplemente, es fundamental, además de sugestivo por lo que tiene de antología de unos poetas casi desconocidos.

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Dos artículos patafísicos

Hace tiempo que no coloco aquí, en mi blog, ningún artículo patafísico. No es que hayan sido abandonadas las investigaciones del Institutum, sino que, acaso, no se me ocurrían temas para tales investigaciones. Hace pocos meses escribí, en nada, estos dos pequeños textos. El Rector Magnífico y Perezoso los imprimió y repartió entre los Sátrapas Trascendentes, que no sé si los disfrutaron o les aburrieron. Con todo, son escrititos entretenidos que no aspiran sino a la risa.

De la simplificación y eficacia del lenguaje

Las investigaciones del Institutum Pataphisicum Granatensis abarcan, por supuesto,

Retrato (apócrifo) de Álvaro Borja Yksmohc (S.J.)

también la rama y especialidad de la lingüística, generativa o degenerativa, depende de cómo. El lenguaje, como demostró Álvaro Borja Yksmohc (S.J.), debe ser útil y no extenso. Que el lenguaje no es algo determinante nos da idea un simple ejemplo: ¿ha cambiado algo el hecho de que al ladrón se le llame “usuario indebido de la propiedad ajena”, o simplemente “político corrupto”? Un ladrón sigue siendo un ladrón y una rosa es una rosa.

La reducción de los términos y de la gramática es imprescindible en un mundo tan tendente a la simplicidad como el nuestro. Así, debemos exclamar: ¡muera la sintaxis y la ataraxia!

Ya no necesitamos pedir de comer o lugar donde refugiarnos, para eso está internet o, en última instancia, la gestualidad. La multiplicidad de idiomas e idiolectos dificulta de manera tan inmensa la comunicación que hace inviable la globalización. El intento de convertir el inglés en lengua franca es encomiable, pero sigue siendo lengua compleja a pesar de su aparente simplicidad al eliminar distinciones de sexo o conjugaciones verbales. No basta, es evidente. Hay que ahondar en el uso tuiterino de la reducción drástica, no ya a ciento cuarenta caracteres, sino a muchos menos, quizá siete u ocho.

Retrato (también apócrifo) de Nonato Santiaguete Malik

A lo largo de estas arduas investigaciones patafísicas, el equipo dirigido por Atanasio Nonato Santiaguete Malik, insigne, es decir, sin signo alguno, ha podido observar cómo el insulto es de veras la única palabra imprescindible. ¿Ponerse de acuerdo?, ¿para qué?, lo importante es, o asentir, para lo que bastará un simple movimiento de cabeza arriba y abajo (en Turquía será de izquierda a derecha, pero es un simple detalle que simplifica mucho la educación y no precisa enorme capacidad cognitiva, reservada esta a las élites), o, en su caso, no negar, sino insultar. Así, palabras imprescindibles serían: imbécil, gilipollas (mejor gepé, es más corto) o en casos graves, hijoputa. Feminazi, fascista (o facha, más ligero en carga fonológica y ontológica), rojo de mierda o, en su defecto y por los mismos motivos que los dados en el anterior paréntesis, bolivariano (estalinista no: ¿quién se acuerda ya de Stalin?, ¿acaso no era el Gordo, del gran dúo cómico cinematográfico Stan, “Stanley”, Laurel y Oliver Hardy?). Términos como cretino, sandio o sansirolé quedan reservados a los mandarines.

¿Para qué decir es usted un imbécil, si basta con el término imbécil dicho con suficiente énfasis? En eso, los chinos, con la importancia lingüística del tono diferente de una palabra homófona a otra, lo que le da su carácter y significado, tienen mucho que enseñarnos.

El problema es para la convivencia diaria. Pero es problema mínimo. La sanidad debería reducirse a lo que sigue: mueca de dolor señalando el lugar donde duele, chequeo idéntico

Imagen de la Inteligencia Artificial. Tal vez también sea apócrifa

al que se hace a los coches, con ayuda cibernética (para eso no hace falta médico sino I. A.), tratamiento con indicación gestual de periodicidad, cantidad y plazo y, curación o persistencia, en cuyo caso se procederá a la eliminación por razones humanitarias y económicas.

La enseñanza, ¿para qué? Solo los predestinados a cubrir puestos dirigentes necesitarán algo más, no mucho.

El consumo: páginas web con los elementos a comprar, como ya existen, y cliqueo correspondiente. Este sistema puede utilizarse también para las pequeñas afecciones de salud, según ya se ha convertido en costumbre. También la utilización de drogas seguiría el mismo método. Al fin y al cabo, son lo mismo.

En caso de reclamación existen dos vías: el insulto o el asesinato. Preferentemente, este último, que puede ser, social hacia el protestante o personal hacia el dirigente industrial o económico, empresa prácticamente imposible, porque como Odiseus, se apellidan Nadie.

Puede traslucirse las ventajas de esta reducción drástica del lenguaje, tanto en cuanto a lo económico como a lo social y político. Al insultar se descarga adrenalina, lo que disminuye el riesgo de agresión. Respecto a la intimidad doméstica, este extremo propuesto por el Institutum Pataphisicum Granatensis ya está siendo practicado, con la sustitución de

Familia modélica

cualquier plática por la televisión, los videojuegos, las tablets y las redes sociales. ¡Lo que nos ahorraríamos en teléfonos y publicidad! Sin contar con el freno a diferentes problemas como la corrección política et allii, pues la intención es que nadie se tome en serio el insulto, como ahora nadie se toma en serio el lenguaje más que aquellos que están interesados en que este sustituya a la realidad o, simplemente la cambie invirtiendo procesos. Por otra parte, la tendencia actual a expresarlo todo con emoticones se está adelantando a nuestra propuesta, pero si tal tendencia subsiste y persevera, la afasia humana sería total, lo que iría en detrimento de la secular diferencia entre animales y humanos. Tal vez sería deseable. En tal caso, debería establecerse una investigación en el entorno de la Cibernética para poder enviar escupitajos virtuales. ¡Ese sí sería un adelanto!

Esperemos que este opúsculo elaborado tras arduos trabajos por nuestro Institutum, sea el último con tal profusión de palabras.

De la urgencia de derogar la llamada Ley del Divorcio

Las investigaciones y tareas del Institutum Pataphisicum Granatensis son múltiples y diversas. Mas no por ello menos trabajosas. Tras un silencio, no impuesto, sino presupuesto y causado por la desidia, flojera o galbana de algunos miembros dedicados normalmente a la confección de estos estudios e informes, retomamos el trabajo abandonado, quizá, por no tener cosa mejor que hacer.

T. H. Agapito Trasconejo en lamentable estado de postración

Lo social también atañe a nuestra Institución y es por ello que un amplio equipo, al frente del cual ha estado el ínclito T. H. Agapito Trasconejo, vicecurador sempiterno de nuestro Institutum, ha elaborado este documento que rompe esquemas, lo sabemos, pero que se muestra imprescindible en una sociedad cada vez más desnortada.

Para demostrar la necesidad de derogación de esa ley, y no solo en nuestro país, sino universalmente, será necesario recurrir a ejemplos. Supongamos una familia en una sociedad de tradición cristiana aunque ni en sueños piensen en las prácticas y dogmas de esa religión, sino solo en algunos ritos y fiestas. Quizá en ese ámbito, la principal celebración sea la Navidad, y a seguido de ella, el Año Nuevo. También la gran sociedad china celebra el Año Nuevo aunque desfasado en fechas, pero eso da igual: centrados en la anterior comunidad, que es la nuestra, entenderemos fácilmente los insalvables problemas que suscita la mencionada Ley en otras civilizaciones. Supongamos, repito, esa familia que acostumbra reunirse la Noche Buena, y aun la Navidad, la fiesta de San Esteban, celebrada en alguna Comunidad Autónoma que desea dejar de serlo, la Noche Vieja y el Día de Año Nuevo. Son cinco festividades en las que el concepto de familia somete a todo lo demás, aun considerando la costumbre juvenil de escaparse tras la ingestión de la uva, normalmente atragantadora y a veces regurgitadora. E imaginemos, por un momento, puesto que la imaginación prevé y anticipa cualquier evento que pueda caérsenos encima, aunque en algunos casos tal previsión provoca paranoias y esquizofrenias, imaginemos que los progenitores de tal familia se separan. Tal cosa implicará para los hijos pasar parte de dichas fiestas con un

El juicio de Salomón: consecuencias nefastas para los infantes ante la falta de toma de decisiones,

ascendente y otra parte con la otra ascendente. La imparidad del número cinco rompe cualquier paridad, cuanto menos en esa Comunidad Autónoma mencionada. Y peor aún: supongamos, pues suponer es la garantía del progreso, que a su vez, los progenitores de los padres de esa pareja están a su vez separados y reunidos a nueva pareja. El asunto se complica porque la reunión familiar pasa de dos a seis ramas: el abuelo paterno con su nueva novia, la abuela materna con su pareja conocida en un viaje del Imserso, la abuela paterna con su amigo íntimo resultas del club de lectura, el abuelo materno con su amiguita ecuatoriana, que son baratas, más los dos miembros divorciados de la pareja inicial. Complicadísimo. Si además de abuelos hubiese bisabuelos, aunque el asunto es cada vez más difícil por la dificultad de emanciparse, excepto en las familias gitanas (pues estos no se separan o mueren en el intento), la diversidad de hogares a los que atender alcanza niveles de locura.

Por suerte, los humanos tenemos la fea o bonita costumbre de morirnos, pero pronosticando un futuro no tan quimérico, en el cual se alcanzarían edades de entre los cien y los ciento cincuenta años gracias a prótesis y avances médicos, el problema no es tan incierto como se podría presumir.

Solución habría, imponiendo por Ley Orgánica la obligación de llevarse bien, pero tal extremo es utópico como lo es la posibilidad de vivir sin leyes, orgánicas o inorgánicas y ni siquiera vegetales.

Suicidio colectivo ubuense. No será tal la consecuencia de la derogación de la Ley del Divorcio… esperemos.

Además de la derogación de la Ley del Divorcio de forma mundial, y aun diríamos universal, existen algunas soluciones imposibles pero conllevables, a saber:

1.- Que no existiese matrimonio y así no nos tendríamos que divorciar. Dado que las parejas de hecho presentan idéntico problema a las parejas matrimoniales, la verdadera ley debería consistir en que no hubiera coyunda, lo que además de horrendo, frustrante y tedioso, daría de mano de una vez por todas con las razas humanas, pues al ser universal nuestra propuesta, afecta desde bollulleros hasta marcianos pasando por los indios yanomamis.

2.- Que se admita el asesinato discreto entre cónyuges, independientemente del sexo. Al disponer la exigencia de discreción, es evidente que desaparecería la violencia de género.

3.- La abolición de todo tipo de festejos, religiosos o no. El escolio a tal medida sería el aburrimiento, que unido a la desesperación, es el motivo histórico de algaradas, revoluciones, pronunciamientos, tumultos, asonadas y estropicios varios.

4.- La clonación y robotización, sobre todo de niños, de forma que, dando la sensación de que están, en realidad estén en otro lado. También servirían los hologramas. Solo que no es lo mismo. ¿Cómo besuquear, con mucho chasquido de labios y litros de saliva, a un niñito hologramizado o a un robot, por muy japonés que sea?

Adultos no renunciantes y salomónicos

5.- Que los descendientes renuncien voluntariamente a acudir a alguno o algunos de esos eventos familiares. Hoy en día, cuando tanto cuidado se tiene en no traumar a gentes o individuos aislados con decisiones discriminatorias, esta decisión equivaldría a un incremento de la ocupación laboral completa en el gremio de psicólogos o terapeutas sociales, o aumentaría el nivel de suicidios, tema este que si fuera discriminatorio, es decir, solo aplicado a parados, jubilados y demás elementos que gravan desconsideradamente el erario público, redundaría en un beneficio enorme, pero casualidad sería la coincidencia, y confiar lo social al azar es un error que siempre se paga con el infortunio, aunque es tan normal que quizá lo anormal es lo contrario.

6.- Que uno de los ascendientes convenza a su prole de la esencial maldad, crueldad, perversidad y sadismo del otro cónyuge. Esto es justo lo que acostumbra suceder, y por tanto, al ser solución manida, sobada y vulgar, no interesa a este Institutum ni a la Alta Comisión de Investigación contra la Disolución del Orden (A.C.I.D.O.).

Como puede comprenderse de las posibles soluciones apuntadas, mucho más hacedera se prevé la simple retirada de la nefasta Ley del Divorcio, con una policía mundial vigilante de que las parejas sigan celebrando las festividades, religiosas o no, en conjunto. Tal policía debería ser, en esencia, intervencionista y violenta, sin las delicadezas que las Fuerzas de Orden Público acostumbran detentar, con su habeas corpus, derechos humanos, ni puñetas (aunque siendo Granatensis nuestro Institutum, aun sabiendo que debería ser Granatense, podríamos decir ni pollas).

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