Presentación de mi novela Concierto triste para trío y coro.

Portada de Concierto trsite para trío y coro

El día 14 de mayo de este año, en el Centro Artístico de Granada, Fernando de Villena me presentó mi novela Concierto triste para trío y coro, editada por Alhulia con el patrocinio y en el seno de la Academia de Buenas Letras de Granada. Aquí adjunto un resumen de la hora completa en la que estuvimos hablando en forma de presentación-entrevista.

Presentar hoy a nuestro amigo Miguel Arnas Coronado en el Centro Artístico puede resultar algo redundante puesto que es uno de los miembros más queridos y activos de esta noble institución, pero por si alguno de los presentes lo ignora, diré que nació en Barcelona en 1949 y que, aunque ha escrito dos libros de poemas en prosa (“El árbol” y “Piano en pájaro”) y numerosos artículos de diversa índole que aparecen en prensa y en su blog, donde más se mueve como pez en el agua es en la narrativa, en la que ya nos ha dejado las novelas “Bajo la encina”, “Buscar o no buscar”, “La insigne chimenea”, “Ashaverus el libidinoso”, “Nos” y “Ashaverus el creador”. A toda esta obra se viene a sumar hoy la novela que presentamos: “Concierto triste para trío y coro”, publicada por la editorial “Alhulia” en la bellísima colección “Mirto” de la Academia de Buenas Letras de Granada a la cual pertenece el autor como miembro de número.                                                                                                                                                   Pregunta: ¿Consideras importante que el libro aparezca avalado por esta Academia cuyo prestigio en Granada no hace sino crecer?

Para mí es importantísimo pues, como sabes, y tú mejor que nadie ya que fuiste uno de mis mayores avales para ingresar en ella, es un honor inmenso que se me hizo y que agradezco. Desgraciadamente, el número de lectores es cada vez más exiguo, de modo que la trascendencia que puede tener un nuevo libro, y menos aún de alguien casi desconocido si no es por los amigos que me apreciáis y por este Centro Artístico granadino tan histórico, esa trascendencia es mínima. Tal vez ocurre lo que tanto he repetido: muchos leen para no calentarse la cabeza, para que se les repita lo que ya saben y corroboren sus opiniones. Tienen trascendencia las personalidades televisivas, sobre todo. Quienes nos dedicamos a esta humilde labor de intentar convertir en arte historias y lenguaje, como tú o como yo, aunque tú con más ciencia, poco podemos hacer en ese ambiente de decadencia cultural. Mi ambición, eso sí, es ser leído. Me importan un ardite la fama o el dinero. Mi sueño es ver a una persona desconocida, en un autobús, en una plaza, leer alguno de mis libros. 

La Presidenta del Centro Artístico, Lliterario y Científico de Granada, junto al presentador, Fernando de Villena y un servidor

El título de la novela me parece muy acertado pues la trama de la misma la conforman tres personajes principales y un coro de secundarios, y tanto sobre unos como sobre los otros planea la tristeza o incluso la derrota. De este modo, podemos hablar de una novela desoladora, terrible, amarga. Y sólo algunos personajes femeninos de segunda fila como María o Assumpta se salvan de ese negro panorama. En toda la obra se deja sentir la angustia de una muerte que tuvo lugar en el pasado. Es una historia que se nos va desvelando poco a poco hasta alcanzar el unamuniano final.

Es un título musical. Ya conoces mi obsesión por relacionar ambas artes, la literatura y la música. Es curioso porque es una de mis pocas novelas donde en su contenido ninguna referencia musical hay, solo en el título y en los encabezamientos de los capítulos que titulo con los nombres que se adjudican a los tempos de los movimientos sinfónicos: adagio, andante, allegretto, etc. Es un trío no amoroso sino de personas que tienen una relación que es cualquier cosa menos de amor, y por otra parte aparecen una serie de personajes secundarios que componen una suerte de coro, de polifonía acompañante, más en el sentido de coro griego que expresa la doxa, el buen juicio, que en sentido musical, pero eso que lo juzgue el lector, que lo interprete él de una forma o de otra.

Pregunta: ¿Por qué ese pesimismo? ¿Y qué hay de Unamuno en la novela?

Soy pesimista social. Me gustan los individuos, las personas y creo en ellas. Eso me une a Unamuno que fue y sigue siendo muy importante para mí, tanto en sus novelas como en sus artículos y su poesía. Unamuno no creía demasiado en las reformas sociales como solución a los problemas individuales, pero sí creía en individuos buenos que llegan a negarse a sí mismos en pro de los demás, como Manuel Bueno, el protagonista de San Manuel Bueno, mártir. Mi personaje, Óscar, tiene fe en las personas, y mucho más en los niños. Su padre, que tiene una aparición lateral y corta en la historia, el alemán Ludwig Gütig, toma una decisión que le cuesta la vida, se supone, y la toma precisamente porque no puede soportar ese maltrato a las personas. Esa bondad de Óscar choca en un mundo sin fe, sin bondad alguna. Pero en ella lo acompañan dos mujeres de ese coro acompañante: María y Assumpta, ambas mujeres galdosianas, mujeres que practican la compasión.

Fotografía de Ángel Gallego, inspirador de esta novela. Él es Óscar aunque las anécdotas vitales no coincidan del todo.

A Óscar lo dejo hablar, o mejor dicho sentir, porque pensar, lo que es pensar, el pobre no piensa demasiado, lo dejo hablar como recomendaba Unamuno, que decía que en la novela se debía dejar hablar a los personajes, “aun cuando no tuvieran nada que decir”. Óscar, con su sentir, detecta que el mal está en el nihilismo, no religioso, ni mucho menos, sino en el nihilismo total, en el egoísmo como religión y ese echar balones fuera de Cata, la personaje que forma la segunda pata de ese trío, ese achacar a otros las culpas de lo que ocurre es el mal que produce la muerte, aunque Óscar no la juzga, solo lo siente en su interior sin manifestarlo.

Antes hablaba de la ausencia de música en esta novela, pero hay en ella una música figurada, la de la naturaleza que tanto adora Óscar y la cacofonía del egoísmo enfermizo de Cata y de su ex marido, Rafael, la tercera pata del trío.

Miguel Arnas nos demuestra aquí una vez más que es un magnífico conocedor del alma humana y tal vez este “Concierto triste…” pueda por ello calificarse como novela psicológica protagonizada por perdedores.

Pero además de ese pesimismo unamuniano, la novela contiene otras claves que es necesario señalar. No falta aquí el humor socarrón al que nos tiene habituados el autor, aunque no en la medida de otras novelas suyas. Sin embargo, la obra ha crecido en ternura cuando analiza a algunos de los personajes y ello porque al menos el protagonista está inspirado en alguien de carne y hueso, un amigo de Miguel, ya desaparecido, lo que convierte la obra en un tributo de amistad.

Pregunta: Por experiencia propia puedo afirmar que Miguel es muy amigo de sus amigos. Pero, ¿podrías hablarnos del personaje real que te inspiró al Oscar de la narración?

Para mí la amistad es como el amor, pero sin sexo. Incluso a veces sin celos porque es más fácil eliminarlos en la amistad que en amor. Mi novela está inspirada en mi amigo Ángel Gallego, que falleció en mayo de 2016. No narra con fidelidad su historia porque me invento muchas anécdotas, pero se acerca. Sobre todo intento retratar al personaje, que era de una bondad apabullante. A él le debí mucho en mi vida y su aparición en la de Rafael y Cata refleja aproximadamente lo que ocurrió. Eso sí, ni yo soy Rafael ni Cata es mi ex esposa, ni el niño Ernesto es nuestro hijo Miguel. En absoluto. Cata es el producto de una educación regalada en exceso y del rechazo escolar por su físico, lo que hoy llamamos bulling pero sin violencia porque en todo caso la violencia la ejerce ella misma contra esas compañeras que la ridiculizan. Eso desencadena un carácter incapaz de comprender las necesidades de los demás y tan protector con su hijo, al tiempo que inepta para darle cariño y cuidados, que no lo deja vivir. Rafael padece un síndrome de Asperger. Es un caso de libro, no refleja a persona alguna que yo conozca. Dos seres así juntos son como el sodio y el agua: explotan, y las víctimas son el niño Ernesto y Óscar.

Presidenta, presentador y autor ya en la mesa.

Repito, este libro es un homenaje, un gran acto de amor y respeto por mi amigo Ángel, aunque no cuenta su vida, solo se aproxima. Sí es cierto un detalle que caracteriza a Óscar: la mezcla de español y catalán que habla. Ese era el extraño lenguaje de mi amigo Ángel a quien se le habían pegado palabras, sobre todo términos agrícolas, del catalán que él entendía perfectamente pero no hablaba bien.

En segundo lugar diré que el novelista es un excelente creador de atmósferas, aunque su mundo literario es casi siempre Barcelona, ciudad de la que ofrece una visión culta, tolerante y cosmopolita sin la reducida perspectiva del nacionalismo.

Y otras dos preguntas: ¿Quieres decir algo de aquella Barcelona en comparación con la de hoy? ¿Cuándo nos ofrecerás una novela ambientada en Granada?

Aquella Barcelona no tiene nada que ver y sí tiene que ver. Me llamó la atención cuando estuve la última vez en 2016 ver tanta gente vestida igual o parecido que en tiempos de la Transición, indumentarias progres de entonces. Uno es de donde hizo el bachillerato. Barcelona fue para mí muy importante, además es ciudad donde puede suceder cualquier cosa. En todas, pero en esa más. Granada ya es mi ciudad, y con todo me cuesta escribir sobre ella. Tal vez porque carezco de recuerdos históricos de sus calles. Tengo un proyecto de escribir una novela sobre la tertulia del Rinconcillo comparándola con la que disfrutamos durante años como tertulia del Pelín o del Salón, con personajes reales, quienes participamos en ella, y otros inventados. Ojalá sepa llevarlo a cabo.

De Barcelona recuerdo sobre todo, además de sus calles y los personajes y amigos a quienes conocí, las excursiones, la naturaleza que tan importante es para mí. Ese amor mío lo reflejo en Óscar, pero combinado con una pureza típica en él. Para Óscar, la naturaleza es lo genuino, lo importante, de ahí su obsesión por mostrarles a los niños de dónde viene la comida que consumen, la importancia de comer bien y conocer a quienes o a qué se sacrifica para poder alimentarnos.

Denotando cierta tristeza, que no es mi natural pero se concierta con la novela, me pillaron hablando de ella.

También quiero mencionar el valor del lenguaje de Miguel Arnas: un lenguaje sencillo, pero que recurre a menudo a lo poético, a las metáforas y sobre todo a los símiles.

En la novela encontramos ardides de gran conocedor del género, como cuando el autor se introduce en la propia narración, y, sin embargo, la obra, con ese narrador omnisciente que actúa como una cámara cinematográfica, debe mucho al objetivismo francés. Y también en el personaje principal encontramos mucho de voyeurismo. Pero, ya lo dije antes: varios personajes están tratados con amor y Miguel Arnas nos viene a decir: He aquí una vida insignificante, sí, pero ¿hay vidas insignificantes?

¿Qué respondes a eso? ¿Cualquier persona puede ser protagonista de una novela? 

 Cualquiera puede ser protagonista de una novela, por supuesto. La vida anodina de un Leopold Bloom en el Ulises, de James Joyce. El mismo Sancho Panza es casi anodino aunque puesto junto a su señor, don Quijote, tiene de anodino lo mismo que de comedido en sus pitanzas. La verdad es que después de mi personaje Enrique Fuster era conveniente pasar a una vida menos aventurera. Enrique me costó mucho porque yo no soy nada aventurero, soy más bien apocado. Pero para mí lo importante es el cómo, no solo el qué, aunque sé que eso no es popular. La gente necesita historias divertidas, en el sentido etimológico de la palabra, historias que viertan hacia otro lado de sus vidas que acostumbran a ser anodinas, ellas sí. Por eso te agradezco mucho que digas lo del lenguaje. Esa es la diferencia, creo yo, entre el periodismo de hoy y la literatura. El periodismo responde a algo inmediato y demasiado a menudo, y por desgracia, elaborado de cualquier manera. La literatura, y tú lo sabes, no puede hacer tal cosa.

Por otra parte, para mí es muy importante quién narra. El narrador omnisciente tan decimonónico, está pasado de moda. Sin contar con que, para mí, la omnisciencia es un tanto fanfarrona porque ella es atributo del Dios cristiano. Además, ¿de dónde sale?, ¿quién es omnisciente de todo lo que va a ocurrir? Es falsa, postiza. Es evidente que en la narración, el narrador es ese individuo que escribe, su autor, pero como todos estamos de acuerdo en que a veces parece que alguien te dicte, que no salga de ti, hay que inventarse algo que justifique esa vicariedad, digamos. De ahí que al final juegue con esa posibilidad de que sea la esposa del matrimonio francés quien narre la historia de Óscar, pues evidentemente no va a ser él quien lo haga.

Respecto al voyerismo de Óscar, ocurre que este disfruta mirando la felicidad de los demás, esa felicidad que él no tiene. Por eso mira por la ventana de la habitación de la pareja francesa, y no por un asunto sexual sino por fisgonear y deleitarse con esa felicidad de la vida cotidiana, felicidad que él apenas tiene pues le arrebataron lo que más quería, al niño Ernesto.

Hallamos también en las páginas de este “Concierto” una pincelada sobre el tema de los nazis y los judíos que ya amenaza con convertirse hoy día en un género literario y cinematográfico tal el de los indios y los cowboys. Y desde luego se critica la política catalana en su cerrazón.

Josep Pla

No faltan además algunas poéticas descripciones urbanas y, para terminar, yo afirmaría que en las impresiones de paisajes y personas Miguel Arnas es comparable a Josep Pla.

Y le dejo ya la palabra a nuestro escritor para que añada cuanto desee.

En el siglo XX sucedieron eventos históricos de gran importancia y fueron achacables a las ideologías: nazis, o sea nacionalistas, y al comunismo. Del segundo han hablado mucho los autores rusos y de Europa del este, así como chinos y cubanos. Menos, los del resto del mundo a pesar del espanto que representó y sigue representando. Max Aub criticó bastante el fenómeno del socialismo real, del comunismo burocrático y dictatorial. Respecto al nazismo, el horror fue tamaño que es lógico que se siga hablando de él. Exorcismo y advertencia para que no retorne. Aunque siempre retorna y retornará, y si no que se lo pregunten a los bosnios. De todas formas, es muy negativo crear arquetipos que abarquen a toda una nación o raza o religión, primero porque tal cosa es un prejuicio y segundo porque el literato que cae en ese error es un mal literato, un nefasto narrador. Ludwig Gütig, el padre de Óscar es un alemán como hubo tantos, bondadoso, como indica el apellido que adopta, y que se horroriza, no con lo de los judíos que apenas vive sino con la represión hacia la población francesa, que la hubo y terrible, no solo con las represalias a raíz de los atentados, donde un alemán valía por diez franceses cualesquiera, indiscriminados, sino también donde los resistentes, maquisards, detenidos, eran torturados salvajemente y hubo casos de ejecuciones sumarias con lanzallamas.

También de la Guerra Civil española se ha hablado mucho en literatura, y es curioso porque tanto repetir lo de la memoria histórica, y la literatura es memoria, diferente de la Historia con mayúscula, la que investigan los expertos y aparece escrita en los manuales, tanto hablar y de esa literatura pocos leen. ¿Quién lee hoy, por ejemplo, a Max Aub y su Laberinto mágico?, ¿quién a Juan Benet aunque se invente un territorio?, ¿quién a Gironella o a Foixá?

La política catalana es importante para mí por mi origen y mis querencias, por lo que decía antes respecto a Barcelona. Me preocupa y mucho. Compararme con Josep Pla es un

Portada de Bajo la encina

honor. Me han comparado con Gabriel Miró en la primera novela que publiqué, Bajo la encina, y eso me hizo temblar las canillas.

Debo indicar, como aviso a navegantes, que a pesar de la tristeza del cuento, tengo dos detalles de humor que hacen de contrapunto a tanta congoja: el cómo san Vicente Ferrer, allá a finales del siglo XV, le cambia el nombre al pueblo donde vive y trabaja Óscar y le pone Sant Iscle dels Fotuts, sabiendo que fotuts en catalán tiene el valor aquí de taimados, marrulleros o como se dice en Granada, “joíos”. Y la segunda anécdota es la carta que la tía Ernestina le envía al Gobern de la Generalitat ante la insistencia de que le catalanicen el nombre al hotel rural de su posesión y en el cual trabaja Óscar.

Por cierto, la tía Enriqueta es un personaje que me gusta especialmente: su mal carácter, su mandar al cuerno a quienes la incordian, su independencia que ya en las primeras décadas del siglo XX pone de manifiesto. Es una persona, a mi entender, ejemplar por esa autonomía respecto a la burguesía biempensante barcelonesa. Hace siglos, ese tipo de mujeres se hacían monjas porque allí estaban protegidas y las dejaban en paz y casi, casi, hacer lo que quisieran. En el siglo XX las tías Enriquetas, al menos si eran ricas, pudieron, no ya enfrentarse a una sociedad sino mandarla a hacer puñetas. Muchas gracias.

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Matemágicas. Poesía y matemáticas, de Emilio Ballesteros

La qubba del Cuarto Real de Santo Domingo de Granada

El pasado 6 de mayo presenté en el Cuarto Real de Santo Domingo de Granada, un antiguo edificio nazarí restaurado en edificio moderno aprovechando cuanto de aprovechable había en el viejo palacio, incluida una qubba o sala de recepciones, presenté, digo, un libro de mi amigo Emilio Ballesteros llamado Matemágicas. Poesía y matemáticas. El interés del libro puede colegirse, espero, de mi presentación que aquí coloco.

En cierta ocasión recitó en Granada poemas suyos una poeta, quizá la más grande entre las mujeres aún vivas que escriben poesía en España. Lo hizo junto a un poeta famosillo, de esos que, como gracias a la fama publican todo cuanto escriben, ya no se preocupan por la calidad, no tienen esa dignidad exquisita que hace falta en cualquier artista: la de estar medianamente satisfecho, nunca del todo, de su propia obra. Este poeta recitó cuatro poesías. La primera y la última no estaban muy mal, quizá porque, como dijo el lírico alemán Gotfried Benn, un poeta puede envanecerse de haber escrito tan solo dos o tres versos inmortales; es muy raro que alguien haga alguno más de esos dos o tres. Puedo

Emilio Ballesteros

garantizarles que en esos dos poemas no había ningún verso de los que hablaba el germano, pero más o menos se sostenían. Los otros dos que recitó eran infumables. Las octavillas que tirábamos durante la clandestinidad tenían más lirismo del que ese señor puso en ellos. Pues bien, al acabar el acto me dirigí a la poeta, que me obsequia con una amistad inmerecida, y le pregunté, ¿qué te han parecido los poemas de Fulanito de Copas?, y la señora me respondió con cuatro escuetas palabras que bastaban para sentenciar lo escuchado, a saber: “que no es poesía”.

Explico esto porque el libro que presento viene a decir justamente eso en su prólogo. No basta con cortar las frases antes de llegar al margen para que lo escrito sea poesía. Hoy cualquiera la escribe y muy pocos alcanzan a rozar la sublimidad. Porque la poesía debe ser sublime o no ser. Eso no quiere decir que haya que prohibir nada, pero señoras y señores, es como si yo digo que juego al fútbol, cosa que es falsa, y tengo la osadía de alardear de ello ante Messi o ante Sergio Ramos, y nombro a dos para evitar que nadie de los presentes se mosquee conmigo.

Portada de Matemágicas. Poesía y matemáticas, de Emilio Ballesteros

Este libro, Matemágicas. Poesía y matemáticas, es en realidad una poética, la poética de Emilio. ¿Están todas las claves de su poesía en este volumen que presento? Creo que no, pero se aproximan. Es una poética porque, si bien como ejemplos de lo que dice entresaca poemas de otros poetas, también los suyos ejemplifican su teoría. Y esta tiene que ver tanto con las matemáticas como con la física. Habla de los colores al principio. Ustedes dirán, ¿qué tienen que ver los colores con las matemáticas? Todo. Los colores no son sino longitudes de onda. El color que vemos es el que no retiene el objeto observado. Una cosa roja absorbe toda la gama de colores de la luz que recibe menos, justamente, la correspondiente al rojo. Y ese color que devuelve, y por eso lo vemos, es a su vez un foco de luz de un solo color, una emisión de fotones que se comportan como ondas. Y la longitud de onda es ni más ni menos que la distancia entre sus crestas, pues una onda, como la de radio o la que nos permite usar los móviles, es parecida a las ondas que se producen en una superficie de agua cuando se tira una piedra: se forman pequeñas olas a cierta distancia una de otra.

Los humanos vemos un espectro de colores reducido. Otros animales nos superan. Las libélulas, por ejemplo, ven muchísimos más colores. Nosotros vemos los que están entre la longitud de onda del violeta y la del rojo. Aquella tiene una distancia entre crestas de 400 nanomilímetros y esta, la del rojo, una distancia entre crestas de 700 nanomilímetros. Y repito, ustedes dirán, ¿qué diablos tiene que ver eso con la poesía? Mucho, porque los poetas utilizan esos colores como definición, como metáfora, como semejanza, como

Portada de la primera edición de Azul de Rubén Darío

símbolo: Azul, de Rubén Darío, verde que te quiero verde, de Lorca, los amarillos de Elena Martín Vivaldi, el negro de la leche negra del alba de Paul Celan, rojos de Miguel Hernández y del propio Emilio Ballesteros, aunque él nos presenta toda la gama de colores, como demuestra y muestra en este libro. Y al usar esos colores están remitiéndose los poetas, también, a conceptos físicos y por tanto matemáticos.

Bien, estos discursitos como el que me gasto, obnubilan al público y permiten al presentador quedar como un caballero culto y de formación sólida. Y no se trata de eso. Ni muchísimo menos. Ahondemos en todo esto de las matemáticas y la poesía. Verán, como ejemplo del azul contrastando con el rojo incluye un poema suyo llamado La mer, el mar, la mar, y lo precede de una cita del cantautor francés Charles Trénet. Lo hace así porque la primera poesía fue cantada. Hoy nos extraña porque a la poesía que cantan algunos cantantes suele sucederle como al poeta del que hablaba al principio: que no es poesía, pero los recitadores utilizaban muletillas, estribillos y rimas, no solo para facilitar la memoria sino para darle ritmo a su recitado. Y el ritmo es matemáticas. Los ritmos se representan en música por fracciones. Si eso no es matemáticas, que venga Dios y lo vea. De hecho, toda la música es matemática. Un intervalo de quinta no es sino la diferencia de cinco tonos entre una nota y la siguiente. Esos tonos musicales se conseguían, según Pitágoras, haciendo vibrar una cuerda dividida, cada vez, por la mitad. Los tempos, es decir lo rápido o lento que se interpreta una música, es decir los Adagio, Presto, Allegro o Andante, expresan, cuántas negras, esas notas que son la mitad de una blanca y el doble de una corchea, deben caber en un minuto. Eso desde que se inventó el metrónomo, antes era más subjetivo.

Establecida la enorme deuda que la música tiene con las matemáticas, haremos un silogismo: si la música es matemáticas, y la poesía es música, la poesía es matemáticas.

El color verde en el Islam

Espero haberlos dejado boquiabiertos. Como dice el eslogan de un programa de Radio Clásica: la ciencia enseña a ver lo que todo el mundo ha visto, pero a pensar lo que nadie ha pensado. Bueno, decir nadie es una fatuidad, porque estoy seguro de que muchos de los presentes sabían lo de la poesía es música y matemáticas mucho antes de que Emilio, o yo mismo ahora, lo dijésemos. Continúo con el libro. Respecto a los colores hay dos aspectos que Emilio no dice pero sugiere: el místico y el simbólico. En las visiones místicas, sobre todo en el sufismo, los colores tienen un gran papel, especialmente el verde (Henry Corbin, el gran estudioso de la mística musulmana, lo demuestra). Todos sabemos también que los colores sugieren símbolos. Se dice de los rojos y amarillos que son cálidos, en tanto los azules y verdes son fríos. Pues uno toca objetos de esos colores y tienen la misma temperatura unos que otros. Luego eso tan simple, que conoce cualquier pintor y aun fotógrafo, ya es simbología. También de eso habla Emilio.

Pero Matemágicas no se reduce a los colores porque después analiza dos aspectos de la matemática más pura, menos física como son los colores, a saber: los números, que son aritmética, y las formas, que son geometría. Respecto a los números analiza su papel, sobre todo en la métrica, aunque no solo, porque las primeras cifras no responden a ninguna métrica de versificación. Ahí entra de nuevo el misticismo y la simbología: del cero como nada, del cero como invento de los matemáticos árabes, del cero como indicación de la nada malévola según explica Rüdiger Safranski en su El mal o el drama de la libertad. Luego Ballesteros analiza el papel del uno como unidad, del dos como dualidad, del tres como número del cristianismo, así como luego habla del cinco, número insignia del Islam y del siete, número no solo preferido de los pitagóricos y simbolizando la inteligencia, sino representativo del judaísmo. Para los porqués preferiría que ustedes leyeran el libro sin que yo me extienda más aquí.

El gran poeta y amigo Enrique Morón

Pero sí quiero hablar de la versificación, de la métrica. Verán: si yo tuviera que dar clase de esa disciplina poética elegiría este libro para hacerlo porque los ejemplos de versos de diferentes longitudes silábicas, lo que representan y en qué tipo de poesía se emplean, son tan sustanciosos y bien explicados que de veras, podría ser este un libro de texto.

En esta parte, utiliza ejemplos de Enrique Morón y sus Odas numerales, otro caso lírico de esos contactos que parecen absurdos entre poesía y matemáticas y cuya absurdidad demuestra aquí Emilio ser una absurdidad en sí mayor aún (es aquello que la negación de una negación es una afirmación). Pero claro, no solo da ejemplos de Morón sino de infinidad de poetas más, pasando también por sí mismo, como ya he dicho.

El estudio de esos números llega hasta el catorce, cantidad de sílabas de un alejandrino y número de días que tarda la luna en cambiar de signo: desde la llena hasta la nueva, y la luna también tiene un gran papel simbólico en numerosas religiones y mitologías, aunque de las hoy más practicadas, esencialmente es el Islam la que tiene la luna como emblema.

Como he dicho antes, Ballesteros dedica un capítulo a las formas. También Enrique Morón dedicaba algunos poemas de sus Odas numerales a las formas: la recta, el ángulo, la circunferencia, el polígono, etc.; e incluso a los signos, porque Morón poetizaba el signo más, el menos, el por, el infinito. Un repaso, vamos. Pues bien, Emilio también les da un repaso, y añade algo que me pareció interesantísimo: en los poemas gráficos, es decir en

Poema de Emilio Ballesteros en espiral titulado Espirales cósmicas, de su libro El viaje infinito

los caligramas, estos toman formas que pueden ser dibujos figurativos o también geométricos, y él mismo tiene en El viaje infinito, poemario enormemente recomendable por su riqueza, un poema helicoide, otro circular y otro espiral. En este mismo capítulo dedicado a las formas, consagra también unos párrafos al símbolo de infinito, hallazgo matemático cuya grafía se encuentra por primera vez en los escritos de John Wallis en el siglo XVII, pero cuya antigüedad como concepto es mucho mayor, pues el ouróboros, ese símbolo iconográfico consistente en una serpiente que se muerde la cola y cuya representación ya se hallaba en los albores icónicos de la historia del mundo: en el disco de Benín, el ouróboros, digo, ya es símbolo de ese infinito extraño, difícil de comprender para nosotros que somos tan finitos si no somos creyentes.

Es curioso porque uno consulta esta entrada, disco de Benín, en internet, y ¡habla de discotecas en Benín!, ¡pues vaya! Es una lástima porque el tal disco, que es de bronce si no me equivoco, es bellísimo y notable. Hay que recurrir a un diccionario de símbolos en papel. Y es que lo nuevo no siempre puede sustituir a lo viejo. Este disco de Benín, que simboliza el infinito, también alude al contacto entre el mundo de arriba y el mundo de abajo, lo macrocósmico y lo microcósmico, que luego los gnósticos aprovecharon

El ouroboros

convirtiendo el ouróboros, o sea el infinito, en su símbolo favorito.

En fin, de todo esto habla Emilio Ballesteros en un libro que, como tantos de sus poemarios y novelas, es absolutamente recomendable. Pero no acaba aquí la cosa porque yo debo añadir alguna más como corroboración de sus teorías en otras que él no cita, seguramente por economía, pero que yo sí me voy a permitir mencionar.

Primera: el OuLiPo. Esta entidad, nacida del Collège de Pataphisique de Paris, tiene como nombre el acróstico de Ouvroir de Littérature Potencielle, es decir, Obrador de Literatura Potencial, y sus objetivos consistían en plantear obstáculos, trabas o constricciones a la creación literaria que favorecieran, justamente, esta creación, entregando a otros escritores o a los mismos que componían el grupo, herramientas para agilizar, innovar y/o acicatear su creatividad. Lo que tiene que ver con el libro de Emilio es que esas trabas se basaban muy a menudo en las matemáticas, pues no en vano sus creadores primeros fueron Raymond Queneau, escritor y matemático aficionado, y François Le Lionnais, matemático. Una traba típica, no del OuLiPo sino anterior a él en quinientos años, es la que conforma ciertas estructuras poéticas como, por ejemplo, el soneto, que ha de tener catorce versos, de doce o catorce sílabas cada uno, aunque hay otras métricas, que rimen de tal o cual manera y cuyo ritmo sea este o aquel. Es un condicionamiento. Las trabas poéticas propuestas por el OuLiPo fueron, también por

Fotografía del equipo fundacional del OuLiPo. Entre otros, Raymond Quemeau, François Le Lionnais, Italo Calvino, Georges Perec, etc.

ejemplo, crear poemas cuyos versos tuvieran cada uno la longitud silábica correspondiente a las cifras del número pi (π); el tautograma, poema formado por palabras que empiezan todas por la misma letra, aunque esta traba es lo que ellos llamaban un plagio por anticipación, porque está en poemas latinos y en uno de Quevedo que dice más o menos así: “Antes alegre andaba, agora apenas/ alcanzo alivio, ardiendo aprisionado,/ armas a Atlántida aumento acobardado;/aire abrazo, agua aprieto, aplico arenas”; o la escritura ropálica, donde cada palabra de un verso tiene una sílaba más que la palabra anterior, produciéndose un efecto de incrementación parecido a la pirámide o a la espiral de la que habla Emilio en ese penúltimo capítulo dedicado a las formas. (A esos rosales convendría despulgonarlos eficientemente, sutilísimamente, desconsideradamente, sería un ejemplo de esa escritura).

Segunda: Clara Janés. A la grandísima poeta siempre le ha obsesionado la ciencia, y especialmente las matemáticas, en contacto íntimo con la poesía. Ya en su poemario Vilanos hablaba de números, y especialmente en su Fractales utiliza ya las altas matemáticas, aunque en este caso deberíamos hablar de geometrías, con una eficacia

La gran poeta Clara Janés

enorme. Pero esa obsesión no se ha reducido a estos dos libros de poemas, sino que en cada una de sus nuevas producciones aparecen sus conocimientos y desvelos sobre mística, gnosticismo, simbología, erotismo y esoterismo, ciencia en su sentido más amplio y matemáticas. En su último libro, del que ya hablé el pasado mes de abril y muy recomendable, encontramos la siguiente joya: “Y aquí, juicio, se llega al claro nueve,/ Tres veces tres, el número gallardo./ Los ciclos van a su compás concordes./ Y la Realidad se multiplica/ Sin cesar por su causa, en el abrazo/ De lo que viene y lo que está; al ritmo/ De una energía viva, impetuosa,/ Invisible y latente en lo visible./ Todo te crea, amada, en las esferas,/ Y así, en lo oculto, tu esencia palpita,/ Flor sin sombra más allá de los ojos”. Poema de Kamasutra para dormir a un espectro. Y he leído esto porque guarda una enorme coherencia con las propuestas de Emilio Ballesteros, porque Emilio, querido amigo, ser comparado con Clara Janés, dentro de las diferencias, naturalmente, no es cualquier cosa, y te ofrezco este paralelo de corazón y con algo de conocimiento de causa, pues he leído un buen número de poemarios tuyos y suyos.

Tercero: al empezar a leer el libro para elaborar esta presentación, lo primero que se me vino a la cabeza fueron las Odas numerales de Enrique Morón, ya nombradas. Luego me percaté de que Emilio las nombraba. Pero no fue solo Morón el hacedor de poemas dedicados de una forma u otra a números o poesía. Además de la ya mentada Clara Janés,

Gabriel Celaya

tenemos a Grabriel Celaya en su Así soñé yo la verdad, que dice: “Kepler miró llorando los cinco poliedros/ encajados uno en otro, sistemáticos, perfectos,/ en orden musical hasta la gran esfera.// Amó al dodecaedro, lloró al icosaedro/ por sus inconsecuencias y sus complicaciones/ adorables y raras, pero, ¡ay!, tan necesarias,/ pues no cabe idear más sólidos perfectos/ que los cinco sabidos, cuando hay tres dimensiones”. Y no debe olvidarse que Celaya era ingeniero de profesión y estudios. Rafael Alberti, León Felipe o Pedro Salinas ratifican las ideas que Emilio Ballesteros vierte en este libro que encontré, al leerlo, y más al releerlo para elaborar esta presentación, apasionante. Y siguiendo con las corroboraciones, pensemos en algunos de los poetas más importantes de la historia: Dante, por ejemplo, impone estructuras numerales en su Divina Comedia, y no hay sino leer El esoterismo en Dante, de René Guénon para comprobar que, además, esas estructuras numerales tienen mucho que ver con la simbología y con la mística, con posturas religiosas opuestas, y por tanto ocultas, al Papado y a la ortodoxia eclesial. En la Odisea hay tres partes diferenciadas: el regreso de Ulises a Ítaca; el viaje de Telémaco, su hijo, en busca de su padre; y un conjunto de historias donde abundan los monstruos, lugares fantásticos y peligros propios de los viajes por mar en frágiles navíos; y esas tres partes son como aquellas que los griegos creían componen al humano: espíritu, alma y cuerpo; sin contar con que sus editores quisieron que fueran 24 los cantos que la componen, tantas como letras tiene el alfabeto griego.

En la mesa, el editor de Esdrújula Víctor Miguel Gallardo, Emilio Ballesteros y quien esto escribe

Goethe creó la teoría de los colores, volviendo a aquello de la física y en El poema del Mío Cid, poema fundacional del castellano primitivo, se repiten los números tres, cinco y siete, números referencia del cristianismo, el Islam y el judaísmo como dije antes. ¿Coincidencias? ¡No!, el número marca la composición poética y esta, normalmente, quiere decir mucho más de lo que dice, y a buen entendedor, salud, como decían los anarquistas en la Transición española.

No dejen ustedes de estudiar este libro de Emilio Ballesteros. Los atrapará como a mí. Cómprenlo, regálenlo, obséquienlo a sus sobrinas si ellas tienen veleidades poéticas, ¡róbenlo si es preciso!, ahora que no me oyen ni el autor ni el editor, pero ¡caramba!, léanlo y dénselo a leer a los demás. Libros como este forman parte de esa media sonrisa que se le queda a uno al estirar la pata (patas, porque son dos) y que indica los buenos momentos que uno (y aquí no son dos, porque cada uno se muere solo) que uno pasó en su vida. Muchas gracias.

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Segunda parte de El libro más curioso de mi biblioteca

Pimera página introductoria de Confusión de confusiones, de Joseph Penso de la Vega en Ámsterdam 1688

Confusión de confusiones, de Joseph Penso de la Vega. Es también un facsímil. Penso de la Vega perteneció a la Academia de los Floridos, aquella tertulia del Ámsterdam del siglo XVII en la que también participó Isabel Rebeca Correa, presunta autora de la novelita sobre Todros ben Virga, que introduzco en mi novela Ashaverus el libidinoso, y protagonista de la autobiografía apócrifa que incluyo en Ashaverus el creador. Su hallazgo fue una de las casualidades que me acompañaron en la elaboración y documentación de estas novelas. Fue también un regalo de mi esposa y comprado a Ignacio Martín Villena, de quien hablé sobre el Liber Chronicorum. Su armazón es un diálogo entre un Filósofo, un Comerciante y un Accionista. Las acciones bancarias acababan de inventarse por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales u organismos afines. Invertir en uno o dos barcos que zarpasen hacia las Indias para comprar u obtener (el robo o la compra a cambio de naderías era normal) especias y otras riquezas era arriesgado: estaban los naufragios y los piratas malayos o ingleses. En cambio, invertir en una organización para la cual zarpasen muchos barcos era diversificar riesgos, ampliar el porcentaje de

Un servidor hablando de su pasión: sus libros

barcos que llegaban con bien a los puertos holandeses. Llegaron a sacar beneficios del 300 % anual. Penso de la Vega era experto en tales especulaciones. Tenía tres principios sobre su experiencia: no dar consejos a nadie, que nadie esperase gran cosa de su inversión, pues lo mismo se gana que se pierde, y no gastar en invertir más de lo que se tiene. Como buen judío, no solo era inteligente sino además hábil negociador. En el diálogo, el Accionista trata de convencer a los otros dos. En tanto al Comerciante le da miedo, el Filósofo no hace sino aducir razones metafísicas que lo hacen caer en un feroz ridículo. Es hilarante en ocasiones. Leí también un breve párrafo.

Portada de Umbría lumbre, de Mario Satz

Umbría lumbre, de Mario Satz. Mario Satz me obsequia con su amistad desde hace unos meses, desde que empezamos a cartearnos por correo electrónico. Pero el libro lo compré y leí en 1992. Para mí fue una revelación: me mostró cómo los misticismos, a mí que no soy, con precisión, creyente, son todos muy parecidos, desde el cristiano hasta el islámico, pasando por el hebreo. Es un estudio de la poesía y las prosas de San Juan de la Cruz, comparándolas con el sufismo, o misticismo islámico y la cábala (sería mejor decir cabalá). Lo curioso del libro es que en él, sin obstar a su grandísima calidad y sabiduría, tengo trascritas al hebreo las palabras en ese idioma pero escritas con alfabeto latino, pues la editorial no puso esas palabras hebreas con las letras del alefato. Tanto me entusiasmó. También esas trascripciones me hicieron comprender muchas cosas, y algunas de ellas las expliqué aquí, en el Centro Artístico, durante la conferencia que di hablando de la Cábala hebrea. Leí un fragmento donde se habla del medaber, el intermediario o portavoz, el que habla, asimilándolo al papel de la lengua, pues, como dice un antiguo proverbio: “La muerte y la vida están en poder de la lengua y el que la ama comerá de sus frutos”. ¿Nos

Una de las páginas de Umbría lumbre con un Árbol de la Vida cabalístico y mis trascripciones al hebreo

extraña que un escritor se interese por la Cábala, ya que esta da papel primordial a la letra, a la palabra? Y Mario Satz, ya lo he dicho en algunas ocasiones, es el mayor entendido en Cábala que escribe en español. Un sabio, no de conocimientos (los conocimientos son una pamema muy adecuada a nuestro mundo utilitarista) sino de sabiduría.

Poesìa soviética, antología de 1987, traducción de escritores cubanos. Este libro lo seleccioné por malo e indignante. Mi amigo Rafael Guzmán Tirado, catedrático de eslavas de la Universidad de Granada, me lo regaló al volver de Rusia en 1998, creo. Para empezar, algunas traducciones son deprimentes. Ripios y más ripios. Leí un fragmento de

Portada de Poesía soviética, antología.

poema para demostrarlo. Hay algunas de ellas que sí son buenas, como por ejemplo las de Eliseo Diego, uno de los intelectuales cubanos que hizo un buen trabajo. Leí también el principio de un poema de Maiakovski dedicado a Lenin. Pueden imaginárselo. Desde luego, del suicidio de este poeta en 1930, cuando a Stalin ya se le habían visto las intenciones, no dice nada. Mas lo peor del libro son las mínimas biografías de los poetas antologados. Especialmente las de tres poetas disidentes: Anna Ajmátova, Ossip Mandelstam y Marina Tsvietáieva. Para empezar los califica como poetas soviéticos. Habría sido como si Franco clasificase a Miguel Hernández como poeta franquista, puesto que escribió algunas obras cuando ya el general gallego había ocupado el poder. Vergonzoso. Expliqué la anécdota de la pobre Ajmátova, cuyo primer marido Nikolai Nikolaievich Gumiliov fue fusilado pues era oficial del ejército del zar, y cuyo tercer marido y su hijo fueron enviados a Siberia. Aguardando en la cola de la prisión para entregarle un paquete de comida a su hijo, hazaña que no siempre tenía éxito, no por la cola, sino una vez llegada a ventanilla, aguardando, digo, se le acercó una señora empañolada de negro y

Anna Ajmátova retratada por Nathan Altman

le preguntó si ella era la escritora; Anna asintió y la señora le preguntó si podría explicar eso, lo que estaban viviendo, fuera de Rusia. Es relato que pone los pelos de punta. Desde luego, en las biografías nada dice de eso ni de que Mandelstam fue enviado a Siberia y, al parecer, murió en el tren de transporte de ganado donde fue introducido, ni del suicidio de Tsvietáieva al volver de París a su patria. Leí un poema de Gumiliov, el primer marido de Ajmátova, titulado Me he burlado de mí mismo, traducido por Jorge Bustamante García (se encuentra fácilmente en internet en la página amediavoz).

Vista la hora me di cuenta de que podía hablar del séptimo libro.

Portada de La caza del Snark, de Lewis Carroll

La caza del Snark, de Lewis Carroll. El reverendo Dogson, cuyo seudónimo era Lewis Carroll, escribió dos obras famosas, sobre todo la primera: Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo. Pero también escribió, por ejemplo Matemática demente, con cuentos matemáticos de lógica y absurdidez. Y este La caza del Snark, un libro divertido donde se narran las aventuras de ciertos individuos para cazar al “snark”, un bicho que nadie sabe cómo ni qué es. Las ilustraciones hechas a propósito para la primera edición, fueron de un tal Henry Holiday, y este libro que poseo es una edición posterior pero en la que se incluyen versos geniales y delirantes dibujos, como delirante es la propia narración poética. Elogié lo que cada uno tiene de niño, sin lo cual, dije mirando hacia Ángel Olgoso, el Rector Magnífico del Instituto Patafísico, no seríamos lo que somos. Mostré algunas de dichas ilustraciones y leí un pequeño fragmento. Más tarde, mi querido amigo Ismael Ramos me contó que había representado esta obrita en teatro, situándola como la creación imaginativa de un niño que se aburre.

Uno de los maravillosos dibujos de Henry Holiday para La caza del Snark

Acabada la exposición, Juan Chirveches me preguntó si había algún otro libro destacable entre los míos. Sí, le contesté, claro, pero es difícil ir eligiendo: esa Gramática de Lebrija, por ejemplo, de la que ya hablé, pero mi pasión por los libros es tal que todos son como hijos, es imposible diferenciar y apreciar más a uno que a otro. Recordé la anécdota, al leer el fragmento de La caza del Snark, de la novela Morfina, de Mijail Bulgákov, novela en la que este escritor ruso, autor de una de las novelas más importantes del siglo XX: El Maestro y Margarita, narra sus vicisitudes como médico en un hospital en medio de la planicie, creo que muy al sur de Moscú y la ignorancia, esperable desde luego, de los campesinos rusos. La historia es la siguiente: atendiendo a un parto difícil porque el niño venía atravesado, notó al hacer el tacto cierta

Portada de Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie

sustancia untuosa en el útero de la madre. ¿Esto qué es?, pensó. Y resultó que las comadres del pueblo, cuando notaban que el niño no quería salir introducían en el sexo de la madre un terrón de azúcar para atraerlo. Hilarante y triste al mismo tiempo.

Recordé también un libro extraordinario que tengo desde hace años en mi biblioteca y que ha sobrevivido a préstamos: Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie, noble francés amigo de Michel de Montaigne que murió muy joven, maravilla de opúsculo, porque lo es por su escasa extensión que es, ni más ni menos, un primer ensayo del anarquismo ¡¡¡del siglo XVI!!!.

Preguntó Juan si había algún libro leído últimamente que me hubiera impresionado. No pude por menos que

Clara Janés

mencionar el poemario de Clara Janés Kamasutra para dormir a un espectro, uno de los pocos libros de poemas que he leído completo, pues normalmente en estos libros se picotea, se leen algunos poemas y otro día se leen algunos más. Muy recomendable ese último libro de Clara Janés.

Algunas personas se aproximaron a la mesa para hojear los libros primero y último: el Liber chronicoum y La caza del Snark, sobre todo el primero, porque las ilustraciones son muy bellas. Agradecí profusamente a Juan Chirveches y al Centro Artístico la oportunidad de disertar sobre mis cosas, que pueden no interesar a nadie y sin embargo allí tienen buena acogida. Y se acabó: cada mochuelo a su olivo.

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Los libros más curiosos de mi biblioteca (1ª parte)

Junto a Juan Chirveches, vocal de literatura del Centro Artístico de Granada

Juan Chirveches, vocal de Literatura del Centro Artístico, Literario y Científico de Granada, ha organizado un ciclo de charlas por parte de distintos intelectuales de Granada para hablar del o los libros más curiosos de la biblioteca personal. Entre distinguidos personajes como Fernando de Villena, Álvaro Salvador, Manuel Titos o Ángel Olgoso, este 6 de abril me tocó a mí hablar de ese asunto: ¿cuáles son los libros más curiosos de mi biblioteca? Me fui cargado, sobre todo por uno del que hablaré a continuación. El planteamiento que me hice fue hablar de libros que, si no por curiosos o extraños para la gente, sí al menos son libros especiales para mí por diferentes motivos.

Colocaré en mi blog la trascripción aproximada de lo que hablé, y lo haré en dos partes para no poner una entrada cansina.

En mis manos, el primer libro curioso que presenté, Liber Chronicorum. Puede hacerse una idea, por comparación, del tamaño del volumen.

Juan empezó la charla haciéndome las preguntas de rigor que formula a todos los invitados a este ciclo: ¿cuántos libros tienes en tu biblioteca personal?, unos cuatro mil, tampoco los he contado; ¿qué autores te son más atractivos o cuál es tu canon?, soy muy enamoradizo y lo mismo me enamoré en su momento de Julio Cortázar que de Ernst Jünger, Malcolm Lowry, Galdós o muchos más; es muy difícil contestar a eso porque tengo en mi haber muchos enamoramientos o predilecciones; ¿qué otros libros curiosos tienes además de los que traes?, tengo un facsímil de la Gramática de Nebrija y… pues no sé, tampoco es que yo tenga joyas de un valor de cambio enorme, pero sí tengo libros que para mí tienen un gran valor de uso.

Acto seguido, el presentador, Juan Chirveches, me dejó solo en la mesa para que me explayara en esos libros que aporté.

El primero fue el Liber Chronicorum, de Hartman Scheidel, editor, facsímil del original de 1493. Tres kilos y medio de libro; respecto a las dimensiones pueden apreciarse en la fotografía. En él se habla ya de la toma de Granada pero no del descubrimiento de

Xilografía de la ciudad de Nüremberg del Liber Chronicorum

América, quizá porque aún no les había dado tiempo de tomársela demasiado en serio. El libro tiene gran cantidad de ilustraciones (xilografías) hechas por Wilhelm Pleydenwurff y Michael Volgemut. Pero uno de los aprendices de estos grabadores fue Albrecht Dürer, es decir, Durero, de lo que puede deducirse que hay obra suya en él. Fue publicado en latín (unos 1000 o 1500 ejemplares) y en alemán (unos 600). Este libro lo vi por primera vez en casa del hermano de Fernando de Villena, mi amigo Ignacio Martín Villena, que tiene uno de los pocos originales que quedan en el mundo. Además, el suyo está completo, puesto que muchos de esos ejemplares tienen hojas arrancadas para ser vendidas como hojas sueltas (grabados para colgarlos en las paredes). La impresión de ese original está en color. Una maravilla. Lo comenté con mi mujer y mi hijo pequeño, Julio, que aún vivía en casa. Muy poco después llegó una publicidad de cierta editorial dedicada a publicar facsímiles con una oferta de

Montruitos o seres humanos raros representados en la versión original (en color) del Liber Chronicorum.

este libro más otros varios: la Gramática de Nebrija, la Mujeres Preclaras, de Boccaccio y otro par. Me regalaron el lote. Le tengo, por eso, un especial cariño. Enseñé varias ilustraciones: una danza de la muerte, varias litografías de ciudades diversas que responden poco a la realidad, y aún menos las ciudades antiguas como Babilonia y otras.

Espejo, antología de cuentos húngaros. Publicado a mediados de la década de los 60. Me lo regaló mi amiga Judith Sárosdy en 1972. Las traducciones son magníficas. Varios autores de los antologados han sido después famosos o ya lo eran antes, como Tibor Déry o Attila József. Uno de los traductores se llama José María Rancaño. Es curioso el apellido, no demasiado habitual en España. En mis años de profesor en Barcelona, desde 1977 hasta el 80, conocí a dos muchachas, hermanas: Amelia y Emilia Rancaño; tenían otra hermana, a la que no llegué a ver nunca, que se llamaba Amalia. Caprichos del padre, parece ser. Este hombre, el señor Rancaño, trabó amistad, creo que en el campo de concentración de Vernet, con Max Aub, otro de mis escritores muy apreciados. Cuando escribí Ashaverus el libidinoso, me pregunté cómo llamar al editor que contrata a Enrique Fuster en París a instancias de Max Aub y de Federico Mompou, y me dijo ¡Rancaño!, por

Portada de Espejo

las Rancaño sisters. Pues bien, ya publicada la novela, me enteré de que uno de los editores de la emigración española en la capital francesa se llamó Rancaño, dueño de Editorial Nuestro Pueblo. Casualidades. Leí, después de narrar estas anécdotas, un fragmento muy corto del cuento Szerelem, Amor, de Tibor Dery.

Libro de Manuel, de Julio Cortázar. Este libro lo llevé porque, sin ser raro, no es habitual. Desgraciadamente, casi ha caído en el olvido. Fue la última novela que escribió Cortázar porque Los Autonautas de la Cosmopista no se puede considerar novela, si bien es cierto que el mismo autor nos convenció, como ya venía siendo teoría narratológica, que novela es todo, o cuanto menos, en la novela cabe todo. El libro habla de un grupo de latinoamericanos que planea secuestrar al

Portada del Libro de Manuel, de Julio Cortázar

Vip (Very Important Person) y a su mujer, la Vipa para exigir la liberación de presos políticos de América del Sur y Centroamérica. No quieren hacer daño a nadie sino solo publicitar la situación política allá. En eso, Cortázar se mostró muy ingenuo porque el terrorismo no suele ser inocuo. Todo sale mal y acaban todos en la cárcel, claro. La innovación que introduce el novelista en esta obra es la inclusión de recortes de periódico en sus páginas, además de su lenguaje ligero y directo, lleno de argentinismos, y la característica coral de ella. Este libro lo incluyo, además de por mi fascinación por él, por estar hecho polvo, deshojado y con el lomo inexistente (por broma, miré con sorna a mi amigo Ángel Moyano, excelente editor cuidadosísimo, y le aseguré que la edición no era suya). Mi admiración por Cortázar me llevó a ponerle Julio a mi hijo pequeño por el autor argentino, allá por el año 86. Leí un fragmento pequeño de un  diálogo entre Susana y Ludmila, dos personajes. Hablé también de cierto ensayo corto escrito hace años comparando varias escenas de novela y cine con sodomizaciones femeninas: esta de la que hablé, en Libro de Manuel, una escena de La cólera de Aquiles, de la cuatrilogía

Ejemplar del Libro de Manuel que poseo abierto por la página de la que leí un fragmento. Puede verse el estado cochambroso del tomo.

Recuento, de Luis Goytisolo, la famosa secuencia de la mantequilla en El último tango en París, de Bernardo Bertolucci y otra de Muerte a crédito, de Louis Ferdinand Céline, y justo en esta última, escrita por un antisemita colaborador de los nazis y peor que ellos, o sea un hijo de perra enorme, es la única donde la mujer disfruta del acto, en tanto en las otras son formas de demostrar a las “víctimas” su aburguesamiento y los prejuicios que las bloquean. Curiosamente, olvidé en este acto que narro de incluir otra escena famosa y que también entraba en mi comparata: la de Paradiso, de José Lezama Lima, donde la criadita española se deja sodomizar por Farraluque para preservar su virginidad. Es lástima que esas innovaciones artísticas en la novela, como las elaboradas por Cortázar, Perec, Sebald, Bulgákov, Julián Ríos, Juan Goytisolo, etcétera, no tengan hoy éxito y nadie que pretenda ser leído se atreva con ellas.

Continuará en la segunda parte.

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Comparata de dos novelas menores: Tristana y Troteras y danzaderas.

Portada de la novela Tristana, de don Benito Pérez Galdós

Tristana, de don Benito Pérez Galdós y Troteras y danzaderas, de don Ramón Pérez de Ayala, tienen en común sus mujeres. Si en la primera el protagonismo se lo lleva, indudablemente, ella pues incluso da título a la novela, en Troteras y danzaderas trataré de demostrar que, si bien es novela coral y el protagonismo propiamente se lo llevan Alberto Guzmán y Teófilo Pajares, Verónica y Rosina, pero sobre todo la primera, son secundarias tan importantes por lo que de ellas se dice que los dos hombres y artistas que parecen dirigir la obra.

El argumento de Tristana es triste. Huérfana y protegida por un caballero, don Lope, que parece sacado de novelón de capa y espada, antiguo don Juan y con más ínfulas que el hidalgo de las migas en el Lazarillo, es “deshonrada” por él, que no puede evitar su donjuanismo ya bastante otoñal, y le sirve, además de Saturna, de criada aunque según el don sea hija y a veces querida, porque decir amante sería incierto: al fin y al cabo amante es la o el que ama, y ella tiene con él una relación de respeto-odio que no se acerca ni por asomo al amor, para posteriormente sentir una especie de lástima cuando don Lope alcanza la verdadera senectud. Paseando con la criada Saturna se tropieza con un joven, Horacio, pintor, del que se enamora. Ha sido algo antes cuando descubre que sus inquietudes, sus deseos de independencia económica pasan por dedicarse al arte, pues las mujeres de la época tienen, como muy bien le dice Saturna, cuatro salidas de independencia económica: servir, la costura, el teatro, y este es poco honesto y respetable, y… la otra; es entonces, digo, cuando le da primero por pintar y demuestra tener buena habilidad, y luego por los idiomas, con lo que podría ser profesora, y muestra gran disposición y facilidad para aprenderlos; posteriormente estudia música y también ahí manifiesta tener dotes. Es decir, que a Tristana le sobran inteligencia y sensibilidad.

Fotograma de la película Tristana, de Luis Buñuel

Cuando el joven Horacio se va a su pueblo levantino, Tristana enferma y los médicos (uno de ellos, el doctor Miquis ya conocido de otras novelas galdosianas) se ven obligados a amputarle una pierna. No enferma por la marcha del novio sino porque la naturaleza tiene sus cosas, y nadie estamos libres de la enfermedad sorpresiva y a veces letal. El pintor vuelve para ver a la enferma coja, mas ya no sienten ambos el mismo amor y Tristana se aficiona, cuando ya puede caminar con muletas, a la iglesia, en lo que la sigue un don Lope casi gagá. Cierta beata consigue convencerlos de la necesidad de poner en orden sus asuntos ante Dios y acceden a casarse, aunque ese sea ya, ahora sí, un matrimonio blanco.

Troteras y danzaderas describe la bohemia madrileña: poetas, pintores, actores, empresarios de espectáculo sin ningún éxito, el ambiente de las pensiones de mala muerte en las que viven pero apenas pagan, las tabernas que frecuentan donde ocurre lo mismo que en las pensiones. Pero son dos las mujeres que en esta novela me interesan: Rosina y Verónica. La primera fue “deshonrada”, como Tristana, en su pueblo cántabro por un joven de vacaciones, Fernando, que luego se convierte en galán de la floreciente industria cinematográfica. En Madrid se convierte en la mantenida de un inversionista y político llamado don Sabas, prototipo de la sinvergonzonería política y empresarial hispana, cuyas características y opiniones son tremendamente actuales, por desgracia. La segunda, Verónica, es prostituta. Pero se codea con los artistas y estos la introducen en un cierto mundillo cultural. Ambas tienen inquietudes. Rosina acompaña a Teófilo al Museo del

Portada de la novela Portada de la novela Troteras y danzaderas, de don Ramón Pérez de Ayala

Prado y allí, ante Las Meninas velazqueñas da unas ideas que dejan pasmado al poeta. Verónica comenta con Alberto la traducción que este está haciendo del Otelo de Shakespeare, apasionándose con las actitudes de Yago, Desdémona y Otelo, llegando incluso a negarse a escuchar la escena de la muerte de la esposa del moro veneciano porque no puede soportar que sea castigada a pesar de su inocencia. Ambas tienen la suficiente sensibilidad y sentido crítico, mas no ese serio y encorbatado de los intelectuales estériles que sientan cátedra con sus palabras, sino el apasionado de una persona que siente.

Y nótese que digo persona. La palabra, como es sabido, procede del latín personare, aquella máscara o carátula que llevaban los actores con una especie de trompetilla que aumentaba el volumen de sus voces. Persona: la que se hace oír. Y se hace oír con razones y sentimientos, no con pamemas.

También Tristana quiere hacerse oír. Desea su independencia, ella que se educó bajo la protección de sus padres y ahora tiene la protección de un hombre que, si bien la alimenta, digamos caritativamente, también abusa de ella o ha abusado. Ella quiere ser persona, hacerse oír.

Rosina y Verónica acaban bien, digamos. La primera llega a ser cupletista de fama y, huyendo de su mantenedor, el político don Sabas, y también del amor serio de Teófilo, se va con Fernando, su desflorador y padre de su hija. De Teófilo, poeta, se enamora en comparación con don Sabas en algo que recuerda a las damas medievales que amaban a sus trovadores, finos y galantes, comparándolos con los guerreros burdos y brutales que eran sus maridos. En este caso, don Sabas no es exactamente burdo ni brutal, sí viejo y

Ramón Pérez de Ayala retratado por Gregorio Prieto

muy pagado de su dinero. Aunque hay algo peor en don Sabas: considerándola como solo una puta, de lujo y mantenida, pero puta, no le importa que coquetee y aun se acueste con Teófilo. No son celos lo que se echa a faltar sino consideración. Piensa que joven y viciosa, es lógico que busque a otros aun viviendo de su dinero. Como actitud es un insulto repugnante.

¿Por qué se va con Fernando y desprecia el amor serio, verdadero de Teófilo? Por amor, porque también es amor la atracción física, la admiración de esa fortaleza que hace gozar, en tanto Teófilo la rodea de atenciones pero no alcanza, se da a entender, la capacidad amatoria de Fernando. Es persona: quiere hacerse oír en su sexualidad, aunque Pérez de Ayala habla siempre de sensualidad. Y es que la novela se publicó en 1913.

Verónica llega a ser bailarina. Y lo consigue sin estudios, expresándose sobre el escenario tal es ella. Algunos de sus amigos la ven bailar apasionadamente, ella sola, siguiendo solo la música y su propio cuerpo, y la convencen para que debute, teniendo un gran éxito. También ella se hace oír. Es su cuerpo el que grita armonía y ritmo, el que grita danza. En cambio ella no quiere amores. Debería haberse enamorado de Alberto, pero no es así. Ella quiere su independencia, cuando al fin consigue desprenderse de los hombres que le pagaban el placer efímero. El de ellos, claro. Verónica lo único que obtenía era un mal vivir para ella y su familia. Por eso no quiere amores.

Ellas son, pues, las verdaderas protagonistas de esta novela coral, pues hablar de la bohemia lo habían hecho ya otros que alcanzaron, si cabe e indirectamente, más fama que Pérez de Ayala, como es Henri Murger (¿quién se acuerda hoy de él?), autor de la obra en la que se basó el libreto de la ópera La Bohème de Puccini. Se dice de esta novela que tiene diversos puntos de vista, que va de una historia a otra con agilidad, que fragmenta las acciones, que las simultanea. La técnica es ambiciosa, cierto, incluso el uso del habla popular, con los diferentes acentos (eso sí, en el andaluz no atina el cántabro don Ramón). A veces parece deslavazada, la verdad, y no es la mejor novela del autor, con obras maestras como A.M.D.G. o Tigre Juán y El curandero de su honra, y sin embargo es digna de consideración.

Benito Pérez Galdós retratado por Joaquín Sorolla

Ya he dicho que la historia de Tristana es triste, como su propio nombre, un nombre masculino y feminizado, como el de la criada Saturna. Y es que Galdós era bastante pesimista. Ella aspira a su independencia, a su libertad y Saturna, la analfabeta, intenta demostrarle cómo en la sociedad que viven, la mujer solo tiene esas salidas de las que ella le habla. Finalmente es la realidad, la sucia realidad la que le demuestra que son esas las salidas y no hay otras. Ni siquiera el matrimonio feliz con Horacio, que no le daría la independencia total ni mucho menos, pues ella no para de repetir que cada uno en su casa, ella con sus pinturas o sus idiomas o la música, y él con los cuadros. Ganándose la vida aparte y compartiendo solo lo compartible, no toda la vida en su inmensa riqueza. Tampoco esta obra de Galdós es Fortunata y Jacinta ni Los Episodios Nacionales, pero Galdós, veréis, es como el marrano: de él se aprovecha todo, hasta los andares.

Hoy se ha puesto de moda que las mujeres, por otra parte, al parecer, casi las únicas lectoras, lean solo a mujeres. Es estupendo que se lea y promocione a las escritoras, pero no nos debemos circunscribir a un solo tipo de lectura, y menos por el sexo. Eso lo hacen, dicen, los norteamericanos: los negros leen a los negros, los italianos a los italianos y las mujeres a las mujeres. Es un error. Muchas de las mujeres que hoy escriben serán olvidadas. Muchos hombres también. Pero deberíamos atender a la calidad, y no al género. Leer a Galdós o a Pérez de Ayala puede ser tan concienciador o más que cualquiera de los textos que hoy se estilan. ¿Por qué los olvidamos, ladeamos, ninguneamos? ¿Es excusa que ellos sean de otros tiempos? Wollstonecraft escribió hace dos siglos, Beauvoir lo hizo hace setenta años, y no obstante, siguen vigentes en algunas cosas.

 

Este artículo ha salido publicado en el Boletín nº 11 de la Academia de Buenas Letras de Granada, y puede verse en la siguiente página web: https://academiadebuenasletrasdegranada.org/boletin/

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Dos nuevos artículos en el periódico Ideal

El primer artículo

Coloco aquí otros artículos aparecidos en la sección que el periódico Ideal de Granada dedica a los miembros de la Academia de Buenas Letras de Granada. Leí con gran entusiasmo el diario de viaje que Pedro Antonio de Alarcón escribió sobre el suyo empezando en París y terminando en la Italia removida por la guerra de unificación. La anécdota que cuento aparece en ese libro y atañe a Granada por ambos protagonistas. El otro artículo es producto de uno de esos momentos en que se pone uno a pensar. Quizá ese pensamiento no interese a nadie o quizá sí. El tiempo es la gran tragedia: siempre es corto o inoportuno para quien lo sufre.

El gran tour de Pedro Antonio de Alarcón y su amigo Giorgio Ronconi

Pedro Antonio de Alarcón

Hay en Guadix un monumento a aquel su ilustre paisano. Aparece sentado, con la mirada en el horizonte como si evocara pasadas aventuras en tierras lejanas. Y digo pasadas porque las corrió. El 29 de agosto de 1860 salió de Madrid para llegar a París. Tren, barco y paciencia. Horas o días, y disfrutar del paisaje y de la compañía, de las múltiples vicisitudes que entonces tenían los viajes, no como hoy donde el destino es lo importante sin gozar del itinerario. Tras una estancia en París, el final del viaje debía ser Nápoles, tras cinco meses de goce e incidencias de toda clase.

De ese viaje surgió una memoria y un libro, más de seiscientas páginas donde el lector puede sentirse compañero del accitano, de su capacidad de observación y de su prosa.

Desde años antes, era típico entre los jóvenes ingleses de las clases pudientes viajar a Italia. A eso lo llamaban el Gran Tour. Era su iniciación. En todos los aspectos: artísticos, de relaciones sociales, históricos y hasta eróticos, todo hay que decirlo.

Pedro Antonio de Alarcón

Para Pedro Antonio no era una iniciación, de ningún modo. Tenía 27 años cuando lo emprendió, ya había gozado del éxito en Madrid con una novela y un drama e incluso tenía experiencia en narraciones viajeras, pues había publicado algunas de ellas en el periódico El Museo Universal. Para concretar más sus triunfos, tenía escrito y publicado en 1859 un libro también extenso llamado Diario de un testigo de la guerra de África en el que pormenorizaba sus experiencias como soldado y periodista en aquella contienda.

De Madrid a Nápoles es rico en todos los aspectos. Una anécdota es quizá la que más me emocionó de las tantas y tantas que lo adornan. Alarcón no detalla cómo se encontró en la capital francesa con el cantante de ópera Giorgio Ronconi, a quien conocía por sus exitosas actuaciones en el Teatro Real de Madrid, pero este, tras exigirle que fuera de rigurosa etiqueta, lo condujo en tren y en noche cerrada a las afueras de París. No consintió en decirle el destino al que se dirigían, solo habló de “una gran sorpresa”. El caso es que, apeados en cierta solitaria estación, se encaminaron hacia una casona que resultó ser la mansión de Gioacchino Rossini, el famoso autor de Guillermo Tell. Este llevaba ya retirado treinta años y dedicaba su ocio a recibir amigos en casa y dar soirées musicales en las que siempre, según Alarcón, estrenaba alguna pieza pianística: divertimentos y aun tonadas humorísticas. En efecto, el viaje fue una gran sorpresa, pues el joven Pedro Antonio se encontró de pronto frente al músico que había sido la admiración de toda Europa y causa de las iras de Beethoven.

El barítono Giorgio Ronconi

Ronconi, (de mote “Ropones” en la Granada de entonces) que había estrenado varias óperas de Donizetti y el Nabucco de Verdi, actuó por última vez en Madrid representando Lucrezia Borgia, que fue un fracaso pues había empezado a perder la voz. Decidió instalarse en Granada, quizá animado por el escritor, donde compró el Carmen de Buenavista, sito entre la Cuesta del Realejo y el callejón Niño del Royo. Este Carmen se denomina hoy de Ronconi, donde el barítono o tenor, pues su tesitura era amplia, estableció una escuela de canto. Finalmente, se fue a Madrid donde murió, quizá víctima en Granada de desidias políticas o Dios sabe qué. Acaso sería una buena idea recuperar dicho Carmen e instalar en él algún museo musical u operístico, recompensando

El Carmen de Ronconi en la cuesta del Realejo, en Granada

así algún mal rato que, seguramente, el cantante debió pasar en nuestra ciudad. Es lástima que haya sido olvidado y los visitantes o, aún peor, los lugareños que por allí pasamos, ignoremos quién fue ese Ronconi que da nombre italiano a una casa granadina.

El tiempo petrificado

Es un tópico quejarse de la falta de tiempo, de la velocidad que nos imprimen trabajo, obligaciones y necesidades de tal forma que nuestra vida se dispara hasta tal extremo que llegamos a casa exhaustos, no por fatiga como antaño se fatigaba el campesino o el minero, sino por velocidad, siempre corriendo de un lado a otro.

El dios Cronos devorando a sus hijos, de Goya

Pero no hemos pensado qué ocurriría si se nos congelara el tiempo. Tal vez no haya imagen más terrorífica que esa. Se nos debería representar cuál sería nuestra suerte: podríamos estar sentados o derechos, qué más da, y ver cómo transcurre la vida a nuestro alrededor, cómo la gente camina sometidos a esa aceleración que imprime la vida hoy, todos haciendo cosas mientras nuestro cuerpo permanece ahí, paralizado porque el tiempo no pasa, seríamos invisibles para los demás porque los demás no ven el ayer ni el anteayer. Ellos no se cruzan de nuevo con ese vecino o con aquel coche verde de hace un mes o un año. Los fosilizados seríamos exánimes pero lúcidos, sin poder intervenir en nada porque nuestro tiempo se quedó en pasado. Impotentes, espectadores sin poder siquiera pensar, solo ver, oír, oler, sentir, quizá gustar el sabor de los labios de aquella persona que nos ha atravesado como se atraviesa el aire, pero sin poder degustarlos, gozarlos, poseerlos.

La Medusa, en la mitología griega, petrificaba con su mirada. Sus víctimas quedaban así, como he descrito antes, en un estado de perfecto terror y por los siglos de los siglos, inmovilizados, solo consciencia, pues ni morían ni les pasaba el tiempo. Perseo, a quien la diosa Atenea le obsequió con un escudo-espejo, pudo decapitarla sin peligro, pues Medusa

La Medusa, de Caravaggio

se petrificó al ver su propio reflejo. La diosa Atenea fijó esa cabeza terrible, con serpientes en lugar de cabellos, en su escudo, lo que lo convertía en una poderosa arma.

Las serpientes en continuo movimiento son lo contrario a la paralización a que sometía a sus víctimas. Las serpientes viven un presente que se convierte en futuro y que fue pasado. Las víctimas viven un presente perfecto, eterno. San Agustín decía que el pasado no existe porque ya fue, el futuro aún no existe, luego solo hay presente, pero el presente es un fluir constante, inasible, veloz. De esa velocidad del presente curaba la Gorgona Medusa congelándolo, convirtiendo la muerte en eterna vida inmóvil.

Por eso no deberíamos quejarnos de ese tiempo que se nos escapa como nieve entre las manos, pues además, nos las deja frías. No deberíamos quejarnos de la falta de tiempo porque acostumbramos perderlo de la forma más deprimente. Sí deberíamos quejarnos de la velocidad impuesta por un sistema de vida del que no sabemos escapar, justo igual que si estuviéramos petrificados, en una petrificación movediza.

Prensa hidráulica semejante a la que vi trabajar tras una mampara aislante

Vi una vez una prensa que producía láminas para radiadores de automóvil. Funcionaba a 600 golpes por minuto. El ruido era tan infernal que la habían instalado en el interior de una urna insonorizada. La vista no era capaz de ver qué diablos hacía aquella máquina. Así estamos nosotros: metidos en una urna en la que nos encerramos nosotros mismos por incapacidad, impotencia, debilidad para salir del marasmo. En esa urna, nuestra velocidad es tan grande, tan ruidosa, tan invisible, tan impalpable, tan insulsa que nos hemos convertido en piedra, en un eterno presente terrorífico, tanto como pudo serlo el del señor Valdemar en el cuento de Edgar Allan Poe, quien sometido a hipnosis en su agonía para que le contase al hipnotizador alguna cosa del Más Allá, acabó rogando, urgiendo, exigiendo con voz cavernosa ser liberado de aquel horrible tormento, y dejado morir al fin.

¿Han visto ustedes la película Y Johnny cogió su fusil? Pues eso.

Bendigamos el tiempo, el que nos es dado o nos toca en suerte, es lo mismo.

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Artículos en el diario Ideal

Aquí van  otros dos artículos de los publicados en Ideal a través de la Academia de Buenas Letras de Granada. El primero se ha escrito con la esperanza de que alguien se acuerde del insigne y desaparecido escritor, poeta y pintor cubano Severo Sarduy. Si hubo un barroco caribeño, que lo hubo, Sarduy es el ejemplo del barroquísimo caribeño-parisino, pues allí buscó refugio. Lo conocí a través de Juan Goytisolo y Julio Cortázar, disparaderos ambos de otros escritores y artistas para muchos de nosotros que fuimos algo más jóvenes que ellos. El otro es homenaje a una excelente poeta chilena residente en Granada, donde ha encontrado inspiración y amor, dos cosas sin las que el artista no puede vivir. Espero que os gusten.

¿Alguien se acuerda de Severo Sarduy?

Severo Sarduy

Alguien dijo que hay escritores que se sirven del lenguaje y otros que sirven al lenguaje. ¿Qué cuál es la diferencia? Los primeros usan el lenguaje como usan la servilleta, para aquello que consideran útil. Los segundos veneran el lenguaje y lo modulan, lo crean, lo imaginan en obras donde él es el protagonista. James Joyce, Juan Goytisolo, Luis Martín Santos, Mijail Bulgákov, Paul Celan, Julián Ríos, José Lezama Lima… entre otros muchos. Y Severo Sarduy.

Este cubano exiliado en París desde 1960 fue poeta, ensayista, pintor y novelista. Todo eso.

Como poeta fue extremadamente barroco en sus postrimerías. Al principio, rindió homenaje a la poesía, la música y la imaginería popular cubana. Curiosamente, idénticas características tiene su novelística con algunas salvedades. Como ensayista le preocupó el barroco del Siglo de Oro español, el cubanismo, la música popular y la literatura de su país.

Cuadro de Severo Sarduy, con eso que parece una caligrafía o un texto ininteligible

Su pintura es abstracta y algunas de sus telas son inconfundibles. Preguntado por el motivo de su pintura contestó: “pinto porque escribo”. Y esa afirmación la lleva, en algunas de sus obras, hasta el extremo. Juan Goytisolo, que fue amigo suyo en la capital francesa, decía que dichos lienzos son diminutas caligrafías inexistentes repetidas hasta el agotamiento. Textos incomprensibles, pues no hay alfabeto al que respondan. Un rellenar la tela de arriba abajo y de izquierda a derecha, aunque en ella no exista norte ni sur, este ni oeste. Tiene algunos paisajes y figurativismos muy mitigados donde lo importante es el color y la evocación, siempre, de su querida isla de la que, a pesar de su estancia en París hasta su muerte en 1993, espiritualmente nunca salió. Hay una influencia, más que paisajística, anímica, tanto en su obra gráfica como en sus narraciones, de la India y su espiritualidad tan a flor de piel.

Respecto a sus novelas, unas cuantas características las resumirían si es que esta aberración que acabo de escribir fuera posible. La homosexualidad, o más bien, la indefinición sexual de sus personajes es una de ellas. El transformismo o la mutación, quizá, serían una descripción más precisa de esos héroes, que acaso sean heroínas. La mezcla de cultura popular y alta cultura, signo incontestable de un cierto posmodernismo. La no pertenencia a familia ni grupo de esos mismos personajes, que a menudo van a la busca de un amor, las más veces homosexual, o de una metamorfosis que los convierta en seres nuevos, sea esta física o mental, que para el caso de Sarduy es lo mismo. Cuba y su santería, sobre todo en su segunda novela De donde son los cantantes. La reivindicación de una libertad que en ningún caso es política, sino de costumbres. La religiosidad hindú, sus intrincados dioses, su contemplación, los éxtasis y el quietismo, y también, claro, la ascesis más severa, la realización mental a través del cuerpo y a la inversa. Y el humor, por supuesto.

Portada de Cobra, de Severo sarduy

Sus novelas son complicadas, a qué negarlo. A diferencia de Lezama Lima, de quien tiene un barroquismo semejante (con Carpentier fueron clasificados como barroco caribeño), él sí mezcla lo popular y lo culto, como hizo de una forma mucho más moderada Cabrera Infante.

Una verdadera lástima que hoy esté tan olvidado, ninguneado. ¿Difícil?, por supuesto. Pero ¿qué amor es delicioso si no tiene su pizca de dificultad? De hecho, toda esa generación llamada del boom está hoy olvidada o casi. Sus epígonos en España, o están tan arrinconados como ellos, o son inexistentes. Por suerte, nos quedan otros latinoamericanos que mantienen la respetabilidad del español. Una pena no dejar influencias. Eso sí, todo el mundo habla de aquellos autores… sin leerlos.

Una chilena en Granada

Marina Tapia con su poemario El relámpago en la habitación en las manos

Cualquiera sabe que para que se sostenga un taburete se necesitan tres patas. Sostenerse en dos es difícil pero posible: nosotros lo hacemos. Cuanto menos, que sean esas dos. El español se sostiene porque se habla aquí y allá. Sin ese allá, sería mucho más pobre. ¿Cuánto les debemos literariamente hablando a los latinoamericanos? No es ya cosa del llamado boom, sino desde siempre. Ahora mismo. Hace quinientos años. Siempre. Tenemos el privilegio de tener en Granada, ciudad de poetas, a una chilena que escribe poesía.

Marina Tapia, chilena de nacimiento y granadina de adopción y de amores, es poeta de campanillas. Premios ha recibido, pero no hablaré de ellos porque lo importante es lo que dice, lo que anuncia, el reconocimiento viene de sí. Su último libro publicado, Marjales de interior, fue escrito en Fuentevaqueros, mientras ella vivió allí durante un año.

María Zambrano, la gran pensadora malagueña, decía que inevitablemente la poesía se acerca a lo sagrado. En este libro de Tapia hay tres aspectos sacros que son tratados con belleza nada desdeñable: el tiempo, tanto en el aspecto del paso de él como en el climático, la naturaleza y el amor.

Marina Tapia con el poeta cartagenero Antonio Marín Albalate

El tiempo es cíclico: las cuatro estaciones aludidas de forma un tanto lateral, sutil. La naturaleza está presente en todo el poemario, brilla como los cerezos en abril. El amor está imbricado en las otras índoles y la muestra mayor está en el único poema en prosa del libro, titulado Carmen de los mártires. Empieza con una invocación, con un deseo gritado: “Qué debo hacer, decidme, para quedarme allí”, equivalente al goetheano “¡Detente, instante, eres tan bello!”. Y ese anhelo de parar el tiempo tiene dos motivos que coinciden con los otros dos motivos del libro: la esencia de ese jardín, su carácter de hortus conclusus, la naturaleza civilizada, domesticada pero no por ello menos hermosa, y el amor con quien comparte instante, sentimiento y embeleso.

En el eficaz prólogo se dice: “Ahora, con este Marjales de interior, ha compuesto una oración a la totalidad, escrita como quien oye un pájaro”. Las alusiones a la mística son constantes, a una mística particular e intransferible, una mística sin Dios, quizá, pero en la que se ha sustituido a este por la naturaleza y el amor, que para hacerlo bien, habría que escribir ambas palabras con mayúscula pues ambas fueron Dioses. ¿Panteísmo?, quizá. Pero misticismo, seguro. Esa apreciación del prologuista, alusiva a la escucha de los pájaros, es decir al lenguaje de los pájaros: hablarlo, comprenderlo, es hablar con Dios o con los Dioses pues es ese el lenguaje que Ellos utilizan, convirtiendo a los pájaros en intermediarios.

Con la editora y escritora Ana Morilla

Así es todo el libro. En Carta antes del viaje, poema preparatorio, aludiendo al corazón dice: “Que curaste tu arritmia en la vega./ Que de nuevo sonríes.// Espero tu respuesta, quiero ir”, y ese es otro motivo que mezcla los esenciales: el viaje, el quitarse de en medio para reiniciar la vida, el ponerle voluntad para ser de otro lugar, pues no elegimos el punto de nuestro nacimiento. Ella de Chile a Andalucía, yo de Barcelona a Granada. No deberíamos sentirnos orgullosos de nuestro lugar de nacimiento pues nos vino dado, sino del lugar en el que queremos vivir, aunque sea el mismo, pues es producto de nuestra voluntad, y ay de aquel que se queda por inercia.

La poeta está presente ante el desarrollo y la variación de la naturaleza. También lo está ante lo mismo del amor. Y lo grita susurrando, con grito suave de mujer porque también ellas son cíclicas. Y los últimos poemas son una despedida aterciopelada, mansa, un olvido de lo secundario para eternizar lo importante: el tiempo, la naturaleza, el amor.

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