Tres reseñas publicadas en el periódico

Portada del periódico que tiene a bien publicar mis reseñitas.

Como ya hay que hablar de “antes de la pandemia” y después se podrá decir “después de la pandemia”, pues eso, antes de la pandemia me encontré por la calle a Remedios Sánchez. Granada es ciudad pequeña y encontrarse amigos en el paseo o en las gestiones es normal, cosa que a barceloneses o madrileños les cuesta comprender. Pues sí, me encontré a Remedios Sánchez, profesora de la UGR y Secretaria de la Asociación Andaluza de Críticos y Escritores. Además de los saludos pertinentes y los tan granaínos “me alegro de verte”, que cuando son auténticos dan alegría y cuando son mera formalidad o hipocresía, dan pena, siendo en este caso, por suerte, lo primero, me propuso elaborar reseñas de libros para la Página de Libros, del periódico Ideal, diario (aún escrito, aunque quizá por desgracia dure poco) de las provincias de Granada, Jaén y Almería. Le adelanté que me dedicaría, si era posible, casi exclusivamente a la prosa, pues pocos conocimientos, si no son los del goce, tengo de poesía. De lo otro tampoco son aquellos para echar cohetes, solo dispongo de ese goce y del corazón, máquina corporal que, en colaboración con el cerebro, nos produce algunos beneficios. He elaborado hasta ahora 24 reseñas, 20 publicadas a día de hoy y 4 pendientes. Las reseñas tienen una extensión determinada, más bien exigua, de la que uno no puede sobrepasarse. Como siempre, esto obliga a resumir, comprimir, sintetizar. No es mal ejercicio para un escritor. Además, eso es lo que hay.

No pensé colocarlas en este blog tras haberlas publicado el periódico, considerando que no son sino reseñas sin demasiada importancia si no es la de animar a la compra y lectura de algunos libros actuales que me han gustado. He hecho algunas de publicaciones de amigos, no por sentirme obligado, sino por verdadero gusto. Al revés de lo que opina cierto colega, estas no son críticas sino reseñas, humildes reseñitas que se hacen, sobre todo, por darle gusto a Remedios, por dar algo de publicidad a libros que me agradaron. Críticas no son porque de serlo, no tratarían solo de libros recién aparecidos, recientes, ni serían exclusivamente de libros de los que hablo bien, sino también lo serían de aquellos que no me han gustado nada, señalando en ellos los defectos, cosa que me exigiría mi ética pero me prohíbe mi vergüenza.

Reseña ya publicada de Los europeos, de Orlando Figes, libro del que ya hablé en este blog.

Lo curioso, la vida da muchas vueltas, es que si Remedios Sánchez es amiga de Granada, conocida de los múltiples actos culturales que en nuestra ciudad, precovid, se dan, ella es Secretaria de la antedicha Asociación, Francisco Morales Lomas es su Presidente. ¿Qué por qué digo esto?, porque Paco llegó al Instituto de Guadix el mismo año que yo, en septiembre del 81, recién conseguidas las oposiciones ambos, recién acabada la carrera él y recién casado con Pilar, buenos amigos cuya relación se fraguó allí, los dos unos pipiolos con veinte y muy pocos años. Solo estuvieron un año en Guadix, luego él se trasladó a Barcelona para acercarse a uno de los centros de la producción y publicación literaria, aunque poco tiempo después volvió a Andalucía, concretamente a Málaga, y se convirtió, no solo en excelente escritor, novelista y poeta, sino en crítico de campanillas. Nuestras vidas se separaron, pero al empezar yo a publicar y meterme en este mundillo coincidimos y, también de veras, “nos alegramos de vernos”.

Pongo aquí hoy tres de estas reseñitas: a Luis Rodríguez no lo conozco de nada, simplemente su novela me dejó patidifuso. A Sergio Mayor lo sigo en facebook, hemos intercambiado algún privado y me agradeció la reseña. José Vicente Pascual sí es amigo, muy buen escritor y la persona gracias a la cual, además de al fallecido Gregorio Morales, entré en el ambiente literario granadino. Espero que os tienten a leerlos pues las tres obras son interesantísimas.

Cuando la aventura es la misma narración

8.38 Luis Rodríguez. Editorial Candaya. 2019.

Miguel Arnas Coronado

Enfrentarse a una novela que recuerda por su hechura al Tristram Shandy o a Jacques el fatalista no es moco de pavo. Porque, al igual que esas, promete que va a contar una historia, la de los emboscados o maquis Opo y Manuel, y la del brigada Aníbal Briz, y no la cuenta. Porque su verdadero tema es la novela en sí, el hecho de la escritura. El propio Luis Rodríguez es el personaje que va a escribir la novela, 10 años mayor que el autor y suicida. En torno a las dificultades de contar algo y de sus diferentes interpretaciones es de lo que va el asunto. Asunto que se complica, se va por las ramas, tantas como casas tiene el pueblo inventado de Soyube, en Cantabria, sus habitantes y algunos santanderinos. Suena esta novela a las conversaciones de chimenea donde se empieza a hablar de si llueve o no y se acaba contando la historia de la aparecida de tal y cual, pasando por las veleidades eróticas de la vecina de enfrente. Pero aderezado con reflexiones sobre el hecho de narrar. Esa novela, que no se llega a escribir a causa del suicidio, o quizá solo desaparición y emboscamiento, de Luis Rodríguez, cuenta algo que calienta la cabeza de los soyubianos e incluso de los capitalinos, dando lugar a que la narre una niña de doce años, Claudia, que habla como si tuviera cuarenta, o un empleado de banca que acaso atraca otros bancos o quizá es víctima de alguno de esos atracos. Pero apenas rozan el tema de la novela: son historias raras como esa extrañísima lotería en la que participa todo el pueblo. El azar como protagonista, pues es ese azar el que impide que la novela sea escrita y quede para lo posteridad, quedando a cambio las lucubraciones de unos vecinos que se reúnen en la taberna frente a unos vasos de vino y hablan y hablan. Y como contrapunto, también la lógica protagoniza estas divagaciones de personajes y autor. Los problemas lógicos, que recuerdan los de Lewis Carroll aunque más populares, próximos a los chascarrillos y a los absurdos que se plantean las tertulias de aldea en las tabernas. En tiempos de un realismo un tanto romo, esta es narración digna y necesaria.

Ciudad donde se muere, donde se vive

Sergio Mayor Ciudad mori. Karima Editora

Miguel Arnas Coronado

¿Granada es una ciudad o una mujer? Seductora, aromada, semioculta, epifanía para los ojos. Esa es la visión de Sergio Mayor. El título es juego de palabras con el memento mori, momento de la muerte, recordatorio. Y es ciudad que hace morir de amor. Es mujer que hace morir de amor. Un paseo por la ciudad como se pasea por un cuerpo, con delectación.

¿Y la prosa? No se busque argumento. Es soliloquio de vividor en fragmentos cortos, como la respiración del enamorado. Conocí a Sergio en facebook y me fascinaron esos textos que colocaba. Siempre creí que debió publicarlos y lo ha hecho con algunos, mejorándolos. Demuestra que se puede gozar tanto de los pecados como de las virtudes, de la cháchara de los borrachos como de los libros u obras de arte que ha cortejado, de las músicas que ha compartido, de las ginebras que ha saboreado. Pero, ¿es importante si Sergio Mayor disfruta o no con sus cosas? El asunto estriba en que me hace disfrutar a mí y, seguro, a todo posible lector. Si este ama a Granada y la ha galanteado como él hace, mejor. Pocos libros se han escrito tan poéticos como este, con palabras arrobadas de amor y rencor por esta ciudad. Y se han escrito pocos porque es difícil amar tanto.

Podrá achacársele dificultad, pero es falsa: hoy no la hay pudiendo consultar cosas en internet. Nombres de poetas, conceptos místicos, canciones que pueden oírse cuando de ellas habla Mayor. Historias inventadas, porque ninguna vida da para todos esos licores bebidos a lo largo del mundo, pero la imaginación es viva y visual: Sergio Mayor ha viajado con la cabeza, y con ella se viaja mucho mejor que con los pies, las ruedas o los cascos de los caballos. Aquí está Huysmans, Swedenborg, Lowry, aquí está la maldad y también la bondad.

Al batiburrillo, añádasele el sentido del humor, las alusiones extemporáneas que hacen saltar la conciencia de que no estamos ante descripciones al uso sino ante un exabrupto, salida de tono, el resoplido de un búfalo cansado.

“Escribo de Granada como el jesuita que practica sus ejercicios espirituales”. Sobre todo, la ciudad. Aquella mujer le contagió, dice, “una teología venérea”. ¿Cabe mayor imaginación, más grande riqueza?  Mayor, lo he leído de su prologuista, habla como el cónsul Firmin lo hizo en Bajo el volcán: desde la locura. ¿Es solo esto Ciudad mori? Es mucho más: amoríos, alcoholismo, amplísima cultura, misticismo, delectación.

De idéntica forma que el musulmán tiene la obligación de peregrinar una vez en su vida a La Meca, el granadino debería tener el deber de rezar este libro. Han leído bien: rezarlo.

Primeras pinturas, primeros balbuceos

El alma en la piedra

José Vicente Pascual. Ed. Pámies. 2020

Miguel Arnas Coronado

Una tribu que ya no es nómada. Cazadores-recolectores pero sedentarios. Es novela histórica, sí, mas ¿qué historia si hablamos de la prehistoria? Esa es la maravilla de esta obra: que siendo histórica es totalmente producto de la imaginación y ficción del autor, aunque para su escritura se haya basado en los múltiples estudios etno y antropológicos que existen sobre aquella época que abarca aproximadamente entre los 15000 y los 10000 años antes de nuestra era.

Dos son los seres alrededor de quienes sucede esta historia, aunque a su vez alrededor de ellos existan otros tantos personajes que enriquecen el cuento. Esos dos seres son una osa y un humano que pinta en las paredes de la cueva los animales cazados y comidos. La osa se convierte de depredadora en presa y es abatida. El hombre, depredador, deviene presa tanto para otra osa que aspira vengar la muerte de la anterior, como para otros humanos habitantes del llano y caníbales. Esta es la aventura que José Vicente Pascual sabe describir, ambientar e intrigar con ella al lector.

Pero hay una reflexión sobre temas aparentemente secundarios aunque vitales. La pintura prohibida de seres humanos y de depredadores, es decir, el tabú mismo que nadie sabe de dónde procede ni qué utilidad tiene pero se sigue respetando y de cuya transgresión vienen todas las desgracias y maldiciones. El respeto del clan por quien conoce esos tabús, el chamán, el anciano, que ejerce su poder de forma acertada a veces y equivocada las más. El miedo, constante en los miembros del clan Tiznado, de ser devorados, sea por animales, sea por otros hombres. El deseo de reproducción, tanto en hombres como en mujeres. El papel de ellas como dueñas de esa reproducción deseable y de los secretos de la curación, el alimento y del lenguaje. El odio ancestral de ese clan del llano, odio y deseo de muerte que no procede solo de la antropofagia, ni tampoco de la competencia, sino de algo desconocido, antiguo, mistérico. A fin de cuentas, ¿qué pasó en la guerra serbo-bosnia?: odios con quinientos años de antigüedad, recuerdos de algo que nadie puede recordar por haber sucedido entonces. 15000 años después sigue pasando lo mismo. Todos esos ingredientes conforman una novela magistral que atrapa, de la que se goza y que intriga. El autor, de larga trayectoria literaria, se ha lucido una vez más y nos ha seducido con su cuento de humanos primitivos.

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Porrón de Elea

Hace exactamente 8 años ya publiqué en este cuaderno de bitácora la crónica de agrias disputas entre José Luis Gart y yo sobre los intríngulis de los Pneuma y Poemai de Porrón de Elea y quién debía llevarse las glorias de su descubrimiento. No quiero alardear de nuevas investigaciones ni de novísimas respuestas, pero expondré lo cierto, lo histórico, lo definitivo. La revista Absolem. La oruga azul, ha tenido a bien publicar estas inquisiciones nuevas sobre el ínclito presocrático y yo desde aquí se lo agradezco. El lector juzgará.

LOS MISTERIOSOS ROLLOS DE PORRÓN DE ELEA

Miguel Arnas Coronado

Cuando el turco Quismet Ustuclul conoció a Roberto López no estaba en su mejor momento profesional. Un espía mediocre sólo se mantiene si husmea asuntos mediocres. En nómina del Mossad, Quismet vigilaba las actividades de los grupos islámicos proliferantes en Granada y provincia. Estos grupos estaban compuestos por inofensivos místicos y vigilarlos no tenía más razón para el Mossad que mantener el control de todo. Quismet llevaba en Granada una vida inocua, tratando, entre el calor andaluz, de no quitar ojo a mujeres cejudas cubiertas con gabardina y shador, o a barbudos en mangas de camisa y cráneo rasurado. Combinaba sus actividades secretas con negocios muy propios de su nacionalidad y de su ascendencia hebrea por vía de abuela materna, ascendencia de la cual había logrado un remoto apellido Peretz y un español pronunciado a la antigua lleno de camaretas, agoras, ondses y dodsenas. Conoció a Roberto López Pedrosa al paso de éste por la ciudad, de regreso de una misión en Almería, misión que le había dado más de un disgusto y por culpa de la cual se vio envuelto en ciudad ajena en toda la patulea del intento de golpe de Estado del 81. Porque también Roberto López trabajaba para unos servicios secretos, en este caso para el SSME, Servicio Secreto Militar Español, a las órdenes del general Reguero. Descansó en Granada y tuvo tiempo de coincidir con Quismet, intercambiar impresiones y recibir la oferta de compra de unos rollos antiguos, escritos en griego, lengua que Quismet conocía sin dominar, obra al parecer alusiva a cierto Porrón de Elea, acompañada de citas textuales de su obra perdida, sin duda filósofo presocrático con influencias de Epicuro y Heráclito; la primera sospecha de falsía por el presunto comprador se dio al recordar que Epicuro fue posterior a los presocráticos.

Quismet nada le dijo de cómo habían llegado a sus manos, y si lo hizo, mintió. López, aficionado a mercadillo y engañabobos como Quismet, supo ponerse a su altura con disimulo y logró una rebaja en el precio tan sustancial que cerraron el acuerdo. Regresó a Barcelona cargado con los manuscritos, procedió a traducirlos y se aprendió párrafos completos de memoria, párrafos que recitaba a sus embelesadas amigas que, admiradas de la erudición y muertas de risa por los estrafalarios aforismos del presocrático, se rendían a los morenos brazos del seductor López. Hizo, al cabo del tiempo, entrega de ellos a la Universidad barcelonesa, manera sibilina de adquirir fama y continuar en el candelero femenino, actividad valorada por él más que ninguna.

Sabido es que, ante la aparición de creaciones antiguas y desconocidas, sobre todo si su descubrimiento viene rodeado por una nebulosa de misterio, surgen las más variopintas teorías que contradicen versiones más o menos oficiales. Un grupo de despechadas (por abandonadas) amigas de Roberto López, comparecieron de inmediato tras el portentoso interés universitario por los manuscritos, asegurando que él ya les había contado las aventuras y teorías de Porrón de Elea, allá por la temprana fecha del año 68, cuando, estudiante preuniversitario y subyugado por Parménides, Zenón y otros, se había inventado un rijoso filósofo que aseguraba cosas tales como “lo único que merece la pena hacerse es la coyunda”, y que tras sesudas demostraciones sobre el sentido del verbo hacer y su comunidad etimológica con poetizar, conseguía vencer las más acérrimas virtudes. Se vendría así abajo toda la historia de Quismet Ustuclul y serían, por supuesto, falsos los manuscritos de Porrón y de su exégeta autor de los manuscritos, de quien se especulaba podía ser Plotino o quizá el docto esclavo Epícteto.

Pero sigamos el rastro de Roberto López, el último detentador particular y conocido de los manuscritos, y con más precisión, sigamos el rastro de estos últimos. Hay quien dice, lisa y llanamente, que no existen. Es demostrable que los tan traídos manuscritos desaparecieron nada más llegar a la Universidad barcelonesa, anunciando su rector, el señor D. Mariá Sistachs i Viadiu, que para desgracia de la filología, la humedad catalana los había deteriorado hasta un extremo, convirtiéndolos en ilegibles; habían sido enviados para su casi imposible recuperación a la universidad de Brightonhyde, USA. También es demostrable que el señor D. Mariá Sistachs i Viadiu había a su vez desaparecido misteriosamente de la ciudad condal dejando atrás una malcarada esposa y cuatro hijos ataviados a lo punky. Corrió el rumor dudoso sobre si había sido visto en las Bahamas acompañado de algunas mulatas aparentes.

Athene (Minerva), Apollo, Sacrifice to Mars; Other Mythological Figures Engraving Antique Illustration, Published 1851., Source: Original edition from my own archives. Copyright has expired on this artwork. Digitally restored.

Resumiendo, de dos versiones disponemos sobre la posible naturaleza de estos escritos de y sobre el presocrático Porrón de Elea: tal vez Roberto López logró de veras obtener los manuscritos comprándoselos al turco Ustuclul, quizá Roberto López se inventó de cabo a rabo al personaje, inventándose, de paso, la existencia de los manuscritos.

¿Habrá una tercera? En febrero del 96, un desconocido Miguel Arnas publicó en la revista Ficciones de Granada una selecta enjundiosa sobre la filosofía de Porrón de Elea, más amplia que la aquí consignada, atribuyéndole la fábula a un tal Carlos Moreno, quizá un personaje de sus novelas pues se dice en los mentideros que el tal Arnas es novelista.

Tal vez no remate aquí la historia. ¿Existió verdaderamente Porrón de Elea? Es más, ¿existen Roberto López, Quismet Ustuclul o Miguel Arnas? Volvemos al problema de siempre, ¿quién narra? Tal es la respuesta al enigma Porrón: otra pregunta.

Pneuma y poiemai de Porrón de Elea

Porrón de Elea, a quien los chinos, con su tópica confusión de líquidas, cambiaban el nombre por otro figurable y de connotaciones diferentes, aseguraba que el cosmos tenía forma cónica.

Los primeros conocimientos geométricos sobre el cono datan de Menecmo y Apolonio de Perga, pero Porrón, como en tantas cosas, fue un adelantado, suponiendo que naciera antes que el primero.

Según él, la base de ese cono cósmico era infinita. En dicha base, y también en su generatriz, moraba la divinidad, causa generativa, como su propio nombre indica, del cosmos. En el vértice se situaba la méntula de la divinidad.

El cono porrístico o porrero, pues en dicha derivación no se ponen de acuerdo los exégetas, es, a pesar de su extensión, finito: lo infinito es su base y su vértice: lo extenso y lo intenso. Es éste uno de los enigmas de la cosmología porrera (adoptaremos aquí este derivado por parecernos más exento de alusiones indeseables a nuestro tratado). Pero dicho enigma tiene, como casi todo, su explicación.

El cosmos tiene medida, es mensurable y, por tanto, finito. Por contra, la divinidad carece de ella: su base es desmesurada, así como su vértice, aunque éste lo es, digamos, de signo negativo pues la imposibilidad de medición es debida a su pequeñez extremada o atómica, indivisible. Mas la manifestación de la divinidad es su filósofo (su en el sentido de propiedad exclusiva en ambos sentidos, es decir que la divinidad no tenía otro filósofo-cosmógono sino él), y el esquema cónico universal se reproducía en el microscosmos de Porrón de Elea. De tal guisa, el diminuto príapo porrero era la epifanía de la divinidad en el mundo conocido.

En el vértice, hemos dicho, se situaba según el eléata la méntula de la Divinidad, que al girar el cosmos cónico, se retorcía y retorcía hasta que el dolor se hacía insufrible. Cuando tal malestar se producía, la Divinidad invertía el sentido de giro cósmico. De tales inversiones se deriva, con una explicación que riza el rizo del absurdo vital, la fortuna, la suerte, la moira o la baraka, y según se tome, el eterno retorno. Esta creencia es la causa de uno de sus fragmentos: “lo que ha sido, a menudo no vuelve más, y sin embargo, a veces, lo que será ya ha sido”.

Porrón, si bien consciente de la categoría chuchurrinosa de su miembro, se sentía orgulloso de él por dos razones: a/ por ser la manifestación del sistema cónico de la divinidad y b/ carecía de recambio.

La desmesura priápica porrera y divina, tenía su correspondencia social. Una correspondencia en el jardín, que así era llamada la diminuta comunidad formada por Porrón, sus discípulas o amantes (como prefería nombrarlas), y sus discípulos o amigos. Puede colegirse la preferencia sexual del eléata, preferencia por la que fue muy criticado.

Volvamos a la desmesura. Ésta no se exteriorizaba en el priapismo de Porrón, sino en la inmoderación de su eros. No vayamos a creer que Porrón era físicamente un anormal, ni por uno ni por el otro aspecto. Porrón era priápicamente diminuto como la mayoría de machos humanos. Sólo una minoría goza de un tamaño auténticamente desmesurado; pero esta minoría no goza de ser la manifestación microcósmica de la Divinidad.

Así, lo único que en el cosmos tiene derecho a ser desmesurado es la infinitud del vértice divino, y la constancia erótica de Porrón y sus amantes. Porque si el paralelismo entre el vértice divino, decreciente hasta la plétora, y el extremo priápico del filósofo, más bien cilíndrico y en ocasiones esférico o informe, podía entrar en contradicción (contradicción que preocupó innúmeras veces a Porrón durante su vida), no había, sin embargo, paradoja alguna entre dicho vértice divino y la más íntima feminidad, a su vez cónica aunque a la inversa de la conicidad teológica.

Porrón reconoció la urgente importancia de lo femenino. Esa importancia la da la infinita generatriz cónica, símbolo de: a/ la desmesurada capacidad humana, animal y vegetal de generación y b/ la desmesurada capacidad porrera de generación, contacto necesario éste entre la desmesura divina y la humana.

No debemos inferir de esto último que Porrón daba una importancia vital a la maternidad, es decir, a la reproducción. Cuando Porrón habla de generación, se refiere a la monstruosa capacidad vital de placer, titilación microcósmica que repercute en el macrocosmos y en la creación, en el caso humano, de pensamiento. Porrón, es más, entendía la reproducción como un mal, a veces necesario, a veces evitable. “¡Que se perpetúe quienquiera!”, exclama en otro de los múltiples fragmentos sueltos que nos quedan, para goce y disfrute de las generaciones venideras.

Pero acaso el mayor logro filosófico de Porrón estriba en un celebérrimo aforismo que reproduciremos al final. Ya se ha hablado de las investigaciones porreras sobre las curvas cónicas. Entre ellas, la elipse era su favorita. La aplicó innumerables veces en los parterres de su jardín (de inspiración epicúrea) dándoles forma elíptica mediante el célebre trazado del jardinero: dos estacas hundidas en el suelo, una cuerda de longitud mayor que la distancia entre ellas y sujeta a dichos maderos por sus extremos, y una tercera estaca marcadora del mantillo conservando tenso el triángulo formado por la cuerda entre las dos estacas fijas y la móvil que se movía alrededor de ellas. Pues bien, reflexionando sobre esa característica de la elipse que tiene dos centros, al revés del círculo que tiene uno solo, llegó a dos conclusiones diferentes: en primer lugar, que la forma perfecta y bella no es el círculo sino la elipse, y que a imitación de ella, los humanos debemos “no tener jamás una sola idea ni un solo amante”.

En un próximo volumen hablaremos de la amistad entrañable, ya en edad provecta, de Porrón de Elea con otro filósofo de fama: Heráclito Ris.

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Artículos periodísticos

Coloco de nuevo dos artículos de los sacados en el periódico Ideal en su sección De Buenas Letras. Espero que os sugieran algo bueno.

De utilidades y conveniencias

Portada del libro de Ramón Tamames

En estos meses de confinamiento, y lo que nos queda por pasar, ha sido muy útil tener un entretenimiento concreto, una forma de pasar el tiempo que no sea aplatanarse frente al televisor ni salir a correr por calles o caminos, actividad vetada. Leer sirve tanto como hacer maquetas. Solo que lo primero acostumbra tener mala fama en este país de todos los diablos donde he sido insultado alguna vez con la palabra intelectual.

Por la entidad a la que pertenezco, se me supone afición a leer y escribir. En estos meses me ha dado por leer historia, además de mis habituales temas: novela o cuento, ensayo, preferentemente literario y filosófico. Mas, durante unos meses, historia: la biografía de Hernán Cortés, de Tamames, la de Shakespeare, de Greenblatt, la del emperador Carlos y la de su hijo Felipe, ambas de Parker. Leer historia tiene como ventaja-inconveniente que te enteras de las cosas. ¿Por qué inconveniente?, porque dinamita el prejuicio. Los prejuicios son como los zapatos viejos, muy cómodos aunque atenten contra la industria y el buen gusto. Calzarse unos nuevos puede producir ampollas, pero es absolutamente necesario porque el apoltronamiento prejuicioso es nefasto para la inteligencia. Muchos creen que la conquista americana por los españoles fue nefasta. Seguramente con razón, pero no tanta. Tamames no es sospechoso de conservadurismo, ni económico ni político. Los reinados del emperador Carlos y su hijo Felipe tuvieron sombras y luces. Muchos ven solo las sombras. Parker pone luz, no para eliminar las negruras sino para darla a todo, lo bueno y lo malo. La biografía de Shakespeare no es una mera enumeración de acontecimientos y éxitos teatrales o fracasos amorosos, sino un retrato profundo de una sociedad. A veces temo que la formación histórica de nuestra juventud, tan dada a juzgar con patrones actuales los hechos antiguos (y es antiguo todo lo de 20 años atrás) alcance el nivel de preguntarse por qué Carlos V no les ponía un whatsapp a sus conquistadores en América para enterarse de cómo iba el asunto, o cómo es que estos no hacían una transferencia bancaria a los Felipes Habsburgo con el oro capturado en lugar de enviarlo por barco, con la de piratas que había. Lo peor no es eso: los jóvenes suelen ser ingenuos respecto a lo que ignoran. Lo peor es la gente madura que se aferra a lo que cree saber sin ponerlo jamás en duda leyendo o enterándose de la verdad.

Una consigna

José María Gil Robles

En 1934, durante la II República, un grupo de partidos conservadores ganaron las elecciones. Entre esos partidos se contó la CEDA, Confederación Española de Derechas Autónomas, con un presidente, José María Gil-Robles, que reunía las características de algunos líderes fascistas de Europa, al menos en sus intenciones primeras, a pesar de lo cual, en el 36 se fue de España y no pudo volver hasta 1953, con una actitud clara de oposición al régimen del general Franco y a favor de la monarquía.

En los tiempos de la fundación y triunfo de la CEDA, así como otros partidos no democráticos europeos también los tenían, se impuso un eslogan que caracterizaba a su jefatura e ideología: Todo para el Jefe. Como buena frase política, se repetía hasta la saciedad. La CEDA no era Falange, aunque algunos de sus postulados se aproximaban peligrosamente.

Mi padre, barcelonés, me contaba que entró en una ocasión en los servicios de una cervecería famosa de la ciudad y vio una pintada que decía así: ¡No tirar de la cadena!, ¡todo para el Jefe! Admirable la capacidad del pueblo español de traducir a broma las barbaridades que siempre han hecho y dicho sus dirigentes (podría decirse de nosotros aquello de “qué gran vasallo si hubiere mejor señor”). La chirigota siempre ha hecho daño a esos mismos dirigentes cuando se toman demasiado en serio a sí mismos. Y esto se da no solo en casos de clarísima dictadura, sino también en ciertos dirigentes democráticos que se creen imprescindibles e insustituibles.

CArtel electoral en la Puerta del Sol madrileña. Justo encima de donde hoy aún está Doña Manolita. No sé yo.

Muchos opositores a esos dirigentes que se toman a pechos a sí mismos consideran que la cuchufleta va en contra de la seriedad que exige la Historia, la Política, el Pueblo y el País, magnificación de lo que ellos consideran trascendente. Están en un error, y aunque no lo estén, los españoles nos seguiremos tomando a chufla lo que hagan. Si nos reímos del dictador a pesar del peligro, seguiremos riéndonos de los políticos democráticos porque es la manera de darle salida de espita a la impotencia que el pueblo tiene ante quien está arriba. La pregunta, para mí importante, que no trascendente, es: ¿seguirán pensando algunos seguidores de ciertos mandamases de hoy, que todo se debe al Jefe, que todo debe darse en función de los deseos, oníricos a veces, del Jefe? Cada partidario verá la paja en el ajeno y no la viga en el propio. Tendremos que seguir riéndonos. Además, la chanza, la mojiganga son dignas de estudio lingüístico, que los hay.

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Encuesta-entrevista para Absolem-La oruga azul

La narradora y poeta, mi buena amiga Carmen Hérnández Montalbán, que fue alumna de Rosa, mi mujer, en Guadix, me pidió contestar a una especie de encuesta-entrevista para la revista electrónica Absolem-La oruga azul en su número de 29 de noviembre de 2020. En este aciago año pasado, que continúa, de momento, en el presente porque las fechas señaladas no cambian nada sino que el tiempo es un continuo de aconteceres o hastíos, contestar a la dicha entrevista, no solo fue un placer sino también un honor y un entretenimiento sano. La coloco a continuación por si a alguno de los amigos a quienes alcanza este blog le apetece leer sobre mis manías, inquietudes y pamplinas varias. Gracias por vuestra lectura.

HABLANDO DE LETRAS

-Breve reseña biobibliográfica.

Mi nombre es Miguel Arnas Coronado y vivo en Cájar, Granada. Nací en Barcelona en 1949. Sin alcanzar la categoría de anciano, me acerco. Mi afición a la literatura, porque afición es, me viene de antiguo. Me fui a vivir a Guadix en el 80. Allí encontré tiempo para escribir, meditar y encontrar a mi amor. En el 89 nos vinimos a vivir a la capital. En el 2003 publiqué mi primera novela, que era la tercera escrita por mí, Bajo la encina, en la colección Granada Literaria del Excmo. Ayto. de esta ciudad. En el 2007 se me concedió el premio Ciudad de Guadalajara de novela por Buscar o no buscar, que fue publicado por Ediciones Irreverentes. En 2010 fui premiado con el Francisco Umbral de Majadahonda por la novela La insigne chimenea, que se publicó en editorial Everest. La editorial granadina Nazarí me ha publicado dos novelas: Ashaverus el libidinoso y Nos. La editorial granadina Artificios publicó mi libro de poemas en prosa Piano en pájaro, en tanto fue la editorial madrileña Adamaramada la responsable de publicar otro poemario semejante, El árbol. La editorial Port Royal me publicó la continuación de Ashaverus, que titulé Ashaverus el creador. Además, guardo en mi disco duro 13 novelas inéditas. He participado en unos cuantos libros de cuentos de autoría común, así como he colaborado con críticas y reseñas en algunas revistas. En 2016 ingresé como miembro de número en la Academia de Buenas Letras de Granada, y fue en el seno de ella que publiqué la novela Concierto triste para trío y coro. Siempre termino este tipo de biobibliografías con la frase siguiente: confieso que he escrito y leído como el lujurioso confiesa que fornicó.

-¿Qué significa para usted la lectura y la escritura?

Se escribe porque se lee. También acostumbro asegurar que, por haber sido profesor de dibujo técnico, y por tanto, de geometría, sé que un plano se define, entre otros conceptos, por tres puntos. Pues bien, el plano de mi vida se define por los siguientes: la literatura, la música y el amor. Sin ellos mi vida carecería de sentido. Leer es discutir con las personas más inteligentes de la historia. He dicho discutir porque al leer uno puede o no estar de acuerdo con lo que el autor asegura, incluso puede entusiasmarle o disgustarle la forma en que lo dice. Respecto a escribir, a veces es una forma de ahorrarse el psiquiatra con la llamada autoficción. Otras, cuando uno se inventa mundos, es manera de vivir muchas vidas. Mis personajes son mis amigos y también platico con ellos.

-Cite los títulos de algunos libros con los que ha disfrutado y cuéntenos el motivo.

Siempre se evoca el goce último, pero trataré de evitarlo. Al principio leí mucha novela. Luego me decanté también por el ensayo. He leído abundante filosofía, tal vez porque mis estudios no fueron humanísticos sino tecnológicos y ese defecto de formación académica me hizo rebuscar en lo que espiritual y psicológicamente me motiva. Disfruté con Rayuela, de Julio Cortázar. He adorado los diarios (Radiaciones y Pasados los setenta) de Ernst Jünger. Juan Goytisolo, Benito Pérez Galdós, Max Aub y, desde luego, todo Cervantes. Recomiendo mucho a un novelista español aún vivo y en activo: Gonzalo Hidalgo Bayal. Me encantó leer a fondo al filósofo Eugenio Trías y a la pensadora María Zambrano. En Historia me encanta la de la cultura, es decir, aquella en la que se cuenta la forma de vida de la gente corriente y la evolución de las artes, la ciencia y la tecnología. Mi última lectura de veras arrebatadora a este respecto ha sido Los europeos, de Orlando Figes. Y dejo sin mentar un ciento, pues como soy muy enamoradizo, enumerar todos mis amores sería imposible. La cultura, decía Nietzsche, es producto de la casualidad, o dicho de otra forma, del boca a boca. Y yo hago mucho caso de determinados amigos o revistas literarias que me recomiendan esto o lo otro.

-¿Cree que los certámenes literarios son catalizadores fiables de la buena literatura?

Mis dioses lares: Julio Cortázar

Como he dicho anteriormente, he ganado dos premios literarios. Son fiables los pequeños, los que convocan algunos Ayuntamientos o Diputaciones. En cierta ocasión hablé con una persona que había ganado el Planeta y me confesó abiertamente que es un premio adjudicado con anterioridad: a esta persona “le encargaron un Planeta” meses antes de que se fallara a su favor. En ninguno de los dos que gané me conocía nadie, y en el Francisco Umbral de Majadahonda estaban en el jurado nada más ni nada menos que Soledad Puértolas, Fernando Sánchez Dragó y Luis Mateo Díez. Lo malo de estos premios es que la organización paga al autor y al editor y este, a menudo, se desentiende de obra y escritor por la simple razón de que ya han cobrado, les compensa la edición. En el mundillo de las editoriales hay gente honradísima y gente cuya honradez parece un trapo percudido. Y no debemos olvidar que, también en cuestión cultural, darle a la gente lo que quiere es puro populismo, demagogia, ese gran mal que afecta a nuestra sociedad.

-¿Qué opina del mundo editorial en la actualidad?

Ya he apuntado algo en la anterior respuesta. Son mejores las pequeñas que las grandes. Planeta, por ejemplo, ha dejado de publicar libros, si no son los de su afamado premio. Ya posee otras editoriales que se dedican a ello. La edición es un negocio. A veces es un negocio heroico, pero no podemos creer que un editor se arruinará por publicar a alguien desconocido. Se lee muy poco. Vender libros en España hoy es casi tan difícil como vender calefactores en el trópico. De modo que con cada publicación el editor se la juega. Tusquets, por ejemplo, publica libros mediocres y vendibles para poder editar maravillas menos rentables. O Acantilado. Normalmente, con las editoriales pequeñas el autor se compromete a vender un mínimo de tantos ejemplares. Si no consigue venderlos, el autor deberá comprar el resto de ese mínimo. Hablo de los editores honestos. Luego están los que te cobran la edición más su ganancia, así, descaradamente, y luego, tú espabila. Una edición de un desconocido en una editorial pequeña puede alcanzar en nuestro país a los 200 o, siendo muy optimistas, los 500 ejemplares. En Francia, en las mismas circunstancias (desconocido y editor pequeño), se alcanzan con facilidad los 10000. Y pienso que un país que no lee, un país inculto, jamás será un país rico, y si lo es, le durará poco.

Mis dioses lares: Ludwig van Beethoven

-¿Cuál es, en su opinión, la brújula de un buen crítico literario?

Con franqueza, no tengo ni la más remota idea. Ya he dicho que mis estudios académicos no fueron del ámbito de las humanidades, de modo que lo que aprendí sobre lo literario lo hice por mi cuenta. Las críticas o reseñas que he escrito las elaboré siguiendo mi gusto, fueron construidas con el corazón, apenas con la cabeza. No tengo método ni brújula. Sé lo que me place y también lo que me aburre o deprime por falta de calidad, y con eso escribo como quien habla con un amigo para convencerlo de que lea esto o aquello.

-Cite sus libros y diga con pocas palabras qué puede encontrar el lector en cada uno de ellos.

Mis dioses lares: Miguel de Unamuno

De mis dos libros de poemas en prosa creo que puede sacarse belleza y pensamiento, o cuanto menos eso intenté. Bajo la encina habla de un fracaso, alguien que quiere cambiar el mundillo que lo rodea y no lo logra: es, más o menos, un trío amoroso. La insigne chimenea, es crítica social y política mezclada con sentido del humor que raya en la ridiculización. Soledad Puértolas me dijo que se había reído mucho con ella. Buscar o no buscar es casi novela negra con una crítica mordaz al terrorismo y al fundamentalismo político. Los dos Ashaverus son la crónica de la curiosidad y el riesgo, mezclada con otra de mis obsesiones: el judaísmo y la Cábala, a los que añado el erotismo. Nos es la memoria de la Transición española desde la óptica de la enseñanza: narra el proyecto de un instituto (lo que luego se institucionalizó en la reforma educativa de 1990, la llamada LOGSE) que fracasó por culpa de las disensiones entre el profesorado (el peor enemigo de la izquierda política es la izquierda) y por falta de tiempo: una enseñanza como debería ser esa requeriría una dedicación de 25 horas al día. Sé que más de uno se reirá de esto, pero estoy convencido de que es cierto. En el Concierto triste traté de explayarme en el detalle de un ser humano. Cuando ya la hube escrito me percaté de que había retratado a ese hombre que María Zambrano definió como el exiliado o el idiota (no se tome este término en el sentido de majadero sino en el de alguien separado de la sociedad, no por decisión propia sino ajena, el que es alienado por los demás).

Por último solo quiero agradecer a esta revista la oportunidad de expresar mis inquietudes literarias. De lo dicho anteriormente se deduce que si algo deseo es ser leído (las posibles y probablemente inexistentes ganancias económicas me importan un bledo), y estas entrevistas pueden ser plataformas para hacer que a alguien le pique la curiosidad y me lea. Gracias.

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El tapiz de la servidumbre

El escritor granadino, y miembro correspondiente de la Academia de Buenas Letras de Granada, Francisco (Paco, siempre, para los amigos) Gil Craviotto.

El año 2007 se propuso, en el seno de la antigua Tertulia del Salón de Granada, homenajear al escritor Francisco Gil Craviotto mediante un librito en el que sus amigos escritores, e incluso un pintor, nos encargaríamos con nuestras obras de obsequiarle con una velada-sorpresa agradable. Gil Craviotto, granadino de pro, ha vivido muchos años en París. Allí viven sus hijas y conserva casa. Por su categoría de francés de adopción, se me ocurrió la narración que adjunto en la cual dos amigos, Michel de Montaigne y Étienne de la Boétie sostienen una conversación. La incluí con la esperanza de que le agradase y satisficiera su talante liberal y su muy conocida repugnancia contra todo tipo de sumisión. Michel de Montaigne, autor de los célebres Ensayos (hay en la actualidad una edición completa en Acantilado), reflexionó por extenso y de forma nada rígida sobre todo los temas habidos y, casi, por haber. De su amistad con Étienne surgió uno de los ensayos que dedicó, justo, a ese tema, la amistad; y fue ello por la prematura muerte de aquel, víctima, al parecer, de una disentería, a los 33 años. Este De la Boétie escribió una maravilla (es algo más que un pequeño tratado, es una delicia para cualquiera que piense que la libertad es vital para el humano) titulada Discurso sobre la servidumbre voluntaria o Conta el uno, en donde se preguntaba el autor el porqué de la obediencia ciega y fanática a una sola persona, caso de los reyes (o los presidentes de repúblicas bananeras, que para el caso es lo mismo), pero también aplicable, hoy, a cualquier líder de apariencia carismática que sabe engatusar con palabritas en las que se cuelan, no mentiras, sino falacias que son seductoras a los oídos de quienes se emboban con ellas. Hay hoy edición, creo, en Mandala, Trotta y una bilingüe en Tecnos. Si los Ensayos de Montaigne son recomendables, el Discurso de De la Boétie es imprescindible. Se me ha ocurrido añadir este cuentecito, escrito para una ocasión especial, en mi blog por si alguno se entusiasma en la lectura de estos dos grandes de la literatura mundial. De Étienne puede deducirse mi pasión de lo que acabo de decir, y de Montaigne me gusta repetir que hay tres Migueles que me exaltan: Montaigne, Cervantes y Unamuno (y debería añadir a Bulgákov). Aclarararé que por un artículo de Pablo Sol Mora en la revista Letras libres nº 228, sé que la torre donde transcurre la acción del cuento tiene varios cuadros con escenas clásicas que se conservan de la verdadera decoración de Montaigne, pero no existe en ella, que sigue en pie en el pueblo de Castillon-la-Bataille y fue propiedad del ensayista francés y la que, por desgracia, no he tenido oportunidad de visitar, no existe, digo, ningún tapiz que recuerde, ni por asomo, al descrito por mí. Espero que os guste

El tapiz de la servidumbre

Torre del chateau que fue propiedad de Michel de Montaigne y donde este pasó sus últimos años

Las copas se han llenado de un vino de Saint-Emilion, áspero y negro, clareado con agua, miel y canela al estilo romano, gusto que pocas veces se permiten los amigos en sus veladas pero justificado hoy por el temprano calor primaveral y la rudeza de un día de caza.

Michel de Montaigne y Etienne de la Boëtie descansan en el salón del primero en este junio de 1563. Michel es tres años más joven y, desde luego, más corpulento. Ambos están satisfechos de su propio cansancio. Al segundo, lo sabemos nosotros mas no él, le quedan dos fugaces meses de vida. A pesar de su juventud, ambos son exquisitamente cultos y gozan de sus conocimientos como otros de su clase gozan de posición militar.

Un tapiz algo polvoriento, mas al que Michel cuida como a las niñas de sus ojos, impidiendo que las criadas lo tundan demasiado, adorna el salón. Representa unos salvajes semidesnudos y con cresta de pelo en la cabeza, pertenecientes a ese nuevo mundo del que aún se sabe tan poco. El artista dibujó a los indios homenajeando a una reina vestida de terciopelos y con escote abundante, sentada de lado en su trono, como si estuviese a punto de intervenir en algo, coronada de oro, rubíes y esmeraldas y con zapatitos de raso que contrastan con los burdos pies desnudos de los aborígenes. A lo lejos, caballeros, hombres a pie y perros persiguen a otro salvaje que se supone huido de la generosa tutela de la reina.

Los dos amigos están sentados en amplios butacones de madera noble de las Indias, cubiertos de cojines de pluma forrados en algodón para paliar el calor. Los ilumina el sol poniente desde la ventana de vidrios cuartelados a la que han descorrido cortinajes, pues Michel conoce el aprecio de su huésped por la luz natural y el aire libre. Las camisas abiertas, las calzas descolgadas, la actitud abiertamente amistosa habla de una confianza antigua. La conversación confirmará un afecto que durará años pues Michel jamás olvidará a su amigo Etienne.

Michel Eyquem de Montaigne

-¿Os gusta el tapiz?

-Es admirable.

-Fue regalo de un embajador inglés a mi padre, de aquellos tiempos felices en que fuimos aliados, quien a su vez lo recibió como parte de la dote de su esposa española. Pero ¿qué es lo que os llama tan poderosamente la atención?

-La actitud humilde, dadivosa de los indios. Es, evidentemente, una impostura, una licencia artística a mayor honra de la reina española, la madre del rey Carlos.

-¿Por qué ha de ser una impostura, Etienne?, ¿no creéis que os habéis vuelto en exceso exigente, incisivo? Y en cualquier caso, ¿ese envilecimiento no es esperable en el vencido?

-Acaso tengáis razón –contesta éste tras un momento de examen- no hay ningún motivo para creer que sea una impostura. Es mi enfado, mi rabia ante tal servilismo, servilismo en el que todos caemos. En el fondo, el vencido siempre mantiene la bajeza de esperar clemencia.

La estancia es una de las habitaciones redondas de la torre en la cual, años más tarde, Michel se refugiará hasta su muerte y donde redactará el tercer libro de sus Ensayos. La luz del ocaso, casi ya necesitada de las bujías, resalta de forma extraña el tapiz. La curvatura de la pared hace que los salvajes, cuyos cuerpos musculosos en los hombres y sensualmente redondeados en las hembras ocupan el centro del paño, dejen más cercanos a los espectadores las figuras de los extremos, la reina y ese cimarrón que escapa acosado por la jauría, los caballeros y una multitud de indios de minúscula estatura comparada con los gigantescos jinetes y el huido.

Sobre las cabezas de ambos amigos, una lámpara redonda provista de ocho bujías parece dispuesta a sustituir orgullosamente al sol cuando éste desaparezca. La lámpara semeja burda imitación de la corona que adorna la real testa de la reina española.

-¿Sabéis lo que más me molesta, Michel?

-¿El servilismo del que hablabais?

Étienne de la Boétie

-Como vos mismo decís, el servilismo puede ser esperable.

-Pensad, Etienne -interrumpe Michel Eyquem de Montaigne, más joven y más impulsivo- que la reina ofrece a sus vasallos seguridad y religión.

-No hay duda, y con ello salen ganando, pero no es la reina quien me preocupa. De todos es conocida la rapacidad de virreyes, adelantados y colonos que los españoles han enviado a ese nuevo mundo, y que tarde o temprano otros reinos europeos se apresurarán a enviar para afanar su parte del pastel. Tanto es así que me han informado de cierto fraile de religión dominica que anda reclamando en la corte la exención de esclavitud a los indios, pues éstos no aguantan ni el trabajo ni esa condición. Me han dicho que mueren a miles.

-Sin embargo, insisto, esos pueblos adquirirán algo que no tenían, civilización.

-Sois juvenilmente ingenuo, Michel. ¿Os habéis preguntado si la desean?

-¿Queréis decir que acaso sin civilización, ciencia ni religión eran más felices?

-También ellos tenían sus formas de tiranía. Es por ello por lo que con tanta disposición han acatado las nuestras. Ni siquiera ahora, tras todos estos años desde que escribí el Discurso que tanto decís admirar, creo en el Gobierno de la República Veneciana. Me consta que la tiranía y la corrupción campan allí por sus respetos tanto como por cualquier otra monarquía.

Edición española bilingüe del Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de la Boétie, que deberían leer todas las personas que se consideran libres

-¿Entonces?

-No me habéis dejado que os diga qué cosa me molesta más del dibujo del tapiz.

-¡Oh, perdonad!, algún día aprenderé a escuchar, y sobre todo a escucharos.

-Contentaos con saber escuchar en general, Michel. Esas figuras enanas que persiguen al huido son, del tema representado, lo que más odio. ¡Persiguen a su semejante, a su igual!, ¡y lo hacen por orden ajena, no de su caudillo, sino a instancias del conquistador! La servidumbre es una mera cuestión de hábito. Se empieza por el miedo y se acaba en la complacencia.

-Ese es el asunto, Etienne, el miedo.

-¡El miedo, el miedo! No sólo degrada a quien lo padece sino sobre todo a quien lo inspira. Miradlos, fijaos bien en esos que postrados ante la reina le rinden pleitesía.

-Me fijo y os digo que a pesar del cansancio de la jornada, aún sería capaz de pasar un rato con alguna de esas indias de carnosidades morbosas.

-Guardaos de la lujuria, amigo Michel. Ella es gusano que corrompe antes de la tumba, y si no, pensad en la insania de esa reina que domina la parte izquierda del tapiz y que fue la culpable de la pérdida de su trono. Volveré al miedo, con vuestro permiso pues sois mi anfitrión. Los que rinden pleitesía obtienen a cambio un bien inapreciable, o dos, como habéis dicho antes, religión y seguridad. La primera, sobre todo, es un bien que nosotros, que lo poseemos, no apreciamos en todo su valor. En cambio, esos que corren tras el huido, ¿qué obtienen a cambio? Os lo diré, nada. Ni siquiera la protección o preferencia del señor, pues esta preferencia desaparecerá igual que vino, por el más inicuo detalle. No son personas para sí y para su comunidad, son personas para otro. Los perros de la jauría tienen más independencia de criterio que estos. ¿Qué bravura van a demostrar contra ese desgraciado?, y si la muestran, ¿cuál no sería la derrochada en caso de tener que defender su libertad?, ¿no sería esa ocasión para que el tirano de turno se eche a temblar?

-Os admiro, Etienne. Filosófico estáis. Yo, sin embargo, en este momento sólo ansío cenar y acostarme.

Portad de la edición de Acantilado de los Ensayos de Michel de Montaigne

-Tenéis razón. No sé qué cosa pueda ocurrirme en estos últimos meses que me parece faltarme el tiempo, de modo que si no os incomoda me quedaré después de cenar en vuestra biblioteca hasta que el sueño sea más fuerte que yo. Si no nos viéramos mañana, pues partiré temprano, agradecedle a monseigneur de Montaigne, vuestro padre, su hospitalidad. Y a vos no es preciso os muestre mi reconocimiento por la jornada tan grata y vuestra compañía, siempre estimulante.

Se dirigen a la cocina donde las criadas han preparado algo de comer. La escena del tapiz parece tomar vida en la oscuridad. Los perros corren tras el huido. Los caballeros lo alcanzan pero dejan que sea la jauría quien lo ultime, y sin embargo, los perros son ahuyentados en última instancia por los indios que, entre alaridos, lo tajan con sus recién adquiridas armas de acero. Mientras, la untuosidad de los nuevos siervos de la reina rebosa halagos y zalemas. Juana I de Castilla, Aragón y Navarra, con la mirada un tanto perdida, indica con el gesto su voluntad de que aquéllos se aparten y acaricia melosa un perrillo que a sus pies cumple la función de simbolizar fidelidad.

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Los europeos, de Orlando Figes

Portada de la edición de Taurus (Mondadori Random House editorial) de Los europeos. Tres vidas y el nacimiento de una cultura cosmopolita, de Orlando Figes

A los amigos, a los esposos o las esposas (léase también novios, pues hoy en día es casi lo mismo, solo que no inscritos en registro) hay que criticarlos siempre para que no se crean más de lo que ya son. A menudo le comento a mi amigo Jesús Moreno Sanz que me sale carísimo. Y es cierto. Cuando me recomienda un libro me veo obligado a comprarlo porque, igual de a menudo, sus recomendaciones son como las de usar la mascarilla en algunos países donde no se ha puesto obligatoria o las de no salir de casa. Por eso me sale caro. Son dineros gastados con gusto, pero son dineros. Lo mismo de caro le salgo yo a mi amigo Ismael Ramos, que también se ve compulsado a comprar mis recomendaciones, de modo que esto se convierte en una cadena que es, justo, la que conforma la cultura. Ya lo dijo Nietzsche, que la cultura es casualidad, y se refería a esto: al boca a boca en cuestión de libros, músicas, exposiciones plásticas e incluso en innovaciones científicas.

La penúltima recomendación de Jesús fue Los europeos, de Orlando Figes. Ya hubo una novela titulada así de Henry James, a quien Figes nombra y lo relaciona con los personajes que protagonizan su obra. Porque usando tres personajes como excusa, este autor inglés pero nacionalizado alemán desde el Brexit, hace un repaso a la historia cultural de Europa y sus individuos en el siglo XIX. De todas las historias de la historia (como diría León Felipe en un célebre verso), la más interesante es la historia cultural. Y entretenida.

Pauline Viardot en su papel de Orfeo (papel elaborado antiguamente para contratenor o castrato), ópera de Gluck

Digo entretenida porque, como en esas revistas mal llamadas femeninas, o en los televisivos programas basura, hay también chismorreo porque los artistas suelen ser muy amorales, mire usted, y andan “arrejuntándose” unos con otras o con otros como si no existiera una cosa llamada moral y solo hubiera arte por ahí. Pero en fin, lo cierto es que se repudiaban esos devaneos (y se repudian, no me vengan con tonterías) pero todo el mundo quería olisquear en intimidad ajena.

Además, está la historia propiamente dicha. Figes nos ilustra de cómo los avances técnicos del siglo XIX favorecieron, no solo la extensión de la cultura a lugares tan perdidos como la península ibérica o Rusia. El ferrocarril (avanzar a 60, y aun 80 km/h. no es lo mismo que una diligencia que alcanzaba los 15 en buen terreno), el telégrafo, las nuevas técnicas de imprenta, la fotografía (al principio llamada daguerrotipo y luego… selfie, ¡puñeta!), todo eso junto logró que las formas artísticas, es decir, literarias, musicales, plásticas, se extendieran por toda Europa alcanzando una cierta homologación, eso que hoy llamamos globalización, pero que entonces atañió a la cultura y no a lo político y económico. Fue todo un intento, casi de forma involuntaria, de unificar Europa, unificación que hundieron los nacionalismos varios y que desembocó en el naufragio total con la guerra franco-prusiana de 1870-71. También en política hubo un intento de unificación con las diferentes Internacionales, unificación que, como la fotografía que desembocó en selfie, el internacionalismo proletario se corrompió en estalinismo. Los humanos somos como el rey Midas, solo que todo lo que tocamos lo convertimos en mierda y no en oro.

Pauline Viardot ya jubilada del bel canto

Esos tres personajes, pues no en vano el librote (538 páginas de texto más un montón de notas e índices; notas que no son sino indicaciones de las fuentes de las citas de cartas, notas de diario, etc., y que por lo tanto no dificultan la lectura si no es para el experto que busca rastrear dichas fuentes) lleva como subtítulo Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita, son Ivan Turguénev, escritor y el más célebre novelista ruso de aquel siglo, Pauline Viardot-García, hermana de María Malibrán, sopranos ambas hijas de Manuel García, tenor español y profesor de canto, y esta Pauline amante del narrador ruso, y el marido de ella, Louis Viardot, animador cultural, experto en cultura española, traductor, escritor de libros de viaje y esposo muy, pero que muy comprensivo, y no solo porque era 21 años mayor que Pauline, sino porque creía firmísimamente en la libertad, empezando por la libertad individual. Viardot fue divulgador de arte, que no crítico aunque también: escribió varios libros sobre los museos europeos y lo que en ellos merecía el gusto de verse, destacando los detalles que al viajero podían pasarle desapercibidos. En fin, tres intelectuales de talla porque Pauline, además de cantante de ópera, se dedicó, como otras prima donnas, a la enseñanza en sus últimos años y además fue compositora, si bien en aquel siglo en el que se avanzó mucho pero nunca lo suficiente, las mujeres no debían componer, y grandísimas músicas como Fanny Mendelsohn o Clara Schumann pasaron desapercibidas en sus obras por ser mujeres (incluso uno de los primeros cuartetos de Felix Mendelsohn fue compuesto por su hermana, cosa que él mismo reconoció, y se dice en este libro, cuando hubo de ser interpretado).

Paul Viardot en un grabado hecho cuando era joven

Las mujeres no podían, según cuenta Figes, tocar instrumentos de viento porque había que poner los labios en postura desagradable, ni tampoco el violín por tener que torcer el busto, y menos el violonchelo por ser necesario abrirse de piernas, de modo que quedaban relegadas al piano (se toca con las piernas juntas) o al canto, siempre y cuando este no fuera sacro y dentro de la iglesia, porque en ellas, y siguiendo en plan fundamentalista a San Pablo, las mujeres debían permanecer en silencio.

Turguénev tomó la responsabilidad, como cosmopolita, pues vivió en París principalmente, y también en Londres y Baden-Baden, de difundir en Europa la literatura rusa, y si se conoció a Lermontov o Pushkin en Francia, Inglaterra o Alemania, fue gracias a sus traducciones. Figes se extiende mucho con esta proliferación de ediciones traducidas, que también fueron posibles gracias a técnicas de imprenta que abarataron costes. Es algo que hoy, cuando la máxima aspiración de alguien es comprarse un coche lo más rápido posible (limitación de velocidad 120) y que haga mucho ruido o, cuanto menos, que sea aparatoso, no valoramos, pues entonces, los avances tecnológicos posibilitaron que grandes masas de clase media baja, y aun de las clases trabajadoras en Francia, Inglaterra, Alemania, Austria, Polonia, etc., pudieran leer literatura oriunda o traducida, también gracias a su recién adquirida alfabetización. La modernidad se extendió por Europa como una gran mancha, abarcando incluso a países tradicionalmente retrasados como España: ¿cómo, si no, pudieron darse fenómenos de ventas como Pedro Antonio de Alarcón, Juan Varela, Benito Pérez Galdós o Emilia Pardo Bazán? Otro aspecto que describe Figes es el de la consecución de los derechos de autor extendidos a la legislación de todos los países y la lucha contra la piratería, tanto en literatura como en música, batalla esa en la que Turgénev tuvo gran protagonismo.

Ivan Turguenev pintado por Alexei Harlamov

Pero quizá donde más insiste Figes es en la música. Las descripciones que hace de las representaciones operísticas, así como de la evolución de ese teatro musical, desde Rossini, Bellini y Donizetti hasta Verdi, Massenet, Wagner o Richard Strauss, y de las óperas nacionales, como Weber y Beethoven en Alemania, Grieg en Suecia, Meyerbeer en Francia, o en este país la opereta, con el gran Offenbach y sus tremendos éxitos, son de una ilustración musical sugestiva. Al seguir la evolución y gustos de Pauline Viardot como primerísima soprano europea, con sus giras por todo el continente gracias a los trenes, que posibilitaban la movilidad de grandes compañías, incluidos cantantes, coros, tramoyistas, músicos, etc., hace una historia de la música que puede poner al día a cualquier persona que no disponga de una gran cultura al respecto.

Portada de la traducción española de Cátedra de Padres e hijos, de Iván Turguénev

Sus papeles de diva con Mozart, Gluck, Rossini, en la Norma de Bellini (que luego Callas interpretaría con igual magisterio), en las grandes óperas (para distinguir de la ópera bufa) de Meyerbeer, hicieron gentes entonces, pues literalmente había peleas por conseguir una entrada para sus representaciones, o incluso para rozar el borde de su vestido, y hoy nos sirven para conocer la evolución de aquel teatro musical que hoy es apreciado por algunos aficionados aunque ha perdido su predicamente ante cierta juventud. Su protección a Gounod, por ejemplo, la promoción de Meyerbeer, pues nunca se sabrá si la gente iba a escuchar aquella música, hoy casi olvidada, o a escucharla a ella, el gusto por la música entonces moderna, como era la de Wagner, la de Berlioz, Massenet o la de los modernísimos como Fauré o Debussy, fue decisiva para estas músicas.

Portada de una edición del siglo XIX de Las maravillas de la escultura, de Louis Viardot

Número enorme de intelectuales, escritores, compositores, pintores y escultores pueblan sus páginas, y esa multitud puede hacernos acudir a la wikipedia para interesarnos por tal o cual, cuya obra nos picará la curiosidad, lo que siempre es de agradecer por lo que de formación cultural implica y por el placer que esas novelas, óperas, cuadros pueden proporcionarnos. No me extiendo más en la recomendación de este libro, imprescindible como formación y gratísimo de lectura. Y no me extiendo porque, de la misma forma que critico a mis amigos, estos me critican a mí, y ya pregona José Luis Gärtner que soy incapaz de síntesis, de resumen. Aunque también es cierto que, ¿cómo sería esta reseña o recomendación si en lugar de todo este rollo hubiera dicho escuetamente: léanlo, es muy bueno, o peor: ‘tá bien?

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Una sorpresa

Max Aub ya en los años 70

Aquellos de mis lectores de este blog que hayan leído mis novelas dedicadas a las aventuras de Enrique Fuster Bonín, tituladas Ashaverus el libidinoso y Ashaverus el creador conocerán la amistad de este con el escritor español, de origen germano-judío, Max Aub, a mi entender, uno de los mejores narradores de la literatura hispana del siglo XX.

Se conocieron en la cafetería El Oro del Rhin, de Barcelona, en la tertulia que reunía a los colaboradores de la revista Azor, dirigida por Luys Santa Marina, y que tenía tintes falangistas aunque aceptaba la contribución de escritores de otro cariz, como el mismo Max Aub.

Acabaron una noche en el cabaré La Criolla, donde se sinceraron, judíos ambos, al fin y al cabo.

Portada de Ashaverus el libidinoso, publicada por editorial Nazarí en 2014

Volvieron a encontrarse bajo la lluvia en París, asomado Aub al Pont Neuf. A Fuster le pareció que el hombre abocado al puente podía tener intención de suicidarse. Pero no, solo contemplaba el fluir de las aguas, y la sorpresa fue de ambos cuando, españoles en agosto del año treinta y siete, se tropezaron en París al echarle Enrique la mano al hombro al aparentemente desconocido y suicida, y encontrarse con que era su amigo Max. Fue este quien lo llevó a casa de Federico Mompou para que le consiguiera algún empleo en la capital francesa, negándose a llevarlo a ver a Picasso, por quien estaba en París para encargarle el Guernika por delegación del Gobierno de la República, aduciendo la tacañería del pintor y su renuencia a ayudar a cuantos españoles se presentaban en París en aquella época dura o en otras anteriores. Mompou ayudó a Enrique Fuster recomendándole a su amigo el editor Rancaño (de quien en alguna otra entrada en este blog hablaré sobre la casualidad que representó su apellido), quien lo contrató como traductor, puesto que el español hablaba perfectamente francés, alemán e inglés.

Enrique y Ana, su mujer, se fueron a vivir a París en 1946, para que ella estudiara allí medicina, y se quedaron en la ciudad hasta 1976, año en el cual la curiosidad pudo con él y regresaron a Barcelona para averiguar qué era eso de la Transición. Cuatro años antes, poco antes de la muerte de Max Aub, Enrique se lo encontró en la Librería Española de la Rue du Seine. Lo invitó a comer y Ana Sefamí, esposa de Enrique, a quien el novelista no conocía, le preparó, a instancias propias, una tortilla de patata con cebolla (algunos dicen que la verdadera tortilla de patata no es tal si no lleva cebolla; otros afirman lo contrario, seguramente por odio a la cebolla y su gusto repetitivo). Tertuliaron después de comer y Max le comentó a Fuster que en su honor le había puesto Enrique al protagonista de una novela que debía ser la mejor de su producción. Puede quedar la duda si lo dijo por quedar bien y animado por el coñac Napoleón, porque también podría ser que se la hubiera dedicado a su amigo Enrique Díez-Canedo.

Portada de Ashaverus el creador, publicada por editorial Port Royal en 2018

Hasta aquí el cuento que yo narraba en mis novelas. Mi querido Enrique Fuster Bonín, personaje inventado y que tiene de mí solo la curiosidad, porque ya quisiera yo poseer la valentía de meterse en la boca del lobo como él hizo, mi querido Enrique a quien a veces parece que tenga delante, charlando ambos y bebiendo una cerveza con las tapas de salchichón y chorizo casero que suele disponer mi esposa, él, que aunque judío, no le hace ascos a la chacina. Ahora tendría 119 años, pero no hay nada imposible para un muerto, y menos para un personaje de ficción.

Pues bien, leyendo los diarios de Max Aub, editados por Renacimiento, que abarcan desde 1939 hasta 1972 (Aub murió el 22 de julio de ese mismo año, de vuelta en México), me tropiezo con una entrada del mes de junio de ese último año de su vida, en París, donde, con el estilo telegráfico que caracteriza a esa obra suya de apuntes cotidianos, dice: “Rue du Seine, Enrique Fuster. Tortilla de patatas en su casa. Exquisita. Charla por lo largo. Un hombre interesante, este Enrique. Un aventurero. Y de una curiosidad insaciable”.

Como si a Aub se le hubiera presentado en su casa, una tarde de lluvia mexicana, el mismísimo Josep Torres Campalans con una carpeta de óleos bajo el brazo y, esta vez, no pintados por Picasso, sino por él mismo.

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Dos artículos periodísticos

Recorte de la página de Ideal del 12-3-2020 con el artículo de mi autoría.

De nuevo coloco en este blog dos artículos de los que el periódico Ideal de Granada publica a los miembros de la Academia de Buenas Letras. El primero habla de qué cosa fueron las academias en el pasado. El segundo habla de tres mujeres místicas del Medievo, que no fue, ni mucho menos, tan oscuro como se ha dicho. Del primero ignoro si se ha publicado aunque supongo que sí por el tiempo que hace se lo envié al responsable, mi compañero de la Academia y amigo, Esteban de las Heras. Y lo ignoro porque con esto del coronavirus y la dichosa pandemia consecuencia de él, Esteban no ha recibido los pdf de dichos artículos publicados, y por tanto, no los ha enviado a los académicos. Espero no quebrar la condición de inéditos que se exige para estos artículos. Confío en que os gusten.

La Edad Media no tan oscura

Que el Medievo no fue tan oscuro como se nos pintó en el XIX está ya muy demostrado. La religión, que dominó entonces, también puede y debe ser luminosa, los místicos nos lo demostraron. Hubo tres mujeres (fueron más pero me voy a centrar en ellas) en esa época que abundaron en la idea de luz, de repulsa de la oscuridad: Santa Hildegard von Bingen,

Dibujo de una de las visiones de santa Hildegard von Bingen, dibujos que los efectuaba un monje amigo las descripciones de ella.

Hadewijch de Amberes y Juliana de Norwich: alemana, holandesa e inglesa respectivamente.

Hildegard (1098-1179) es muy conocida por sus composiciones musicales. Sus visiones, editadas en español por Siruela, son apocalípticas, muy simbólicas y visuales. Van acompañadas de dibujos ilustrativos que no hizo ella sino un monje que la ayudaba en eso. El color y las alegorías caracterizan tanto las imágenes como los textos. Por descontado que su teología es escolástica, pero de forma imaginativa, onírica. Es una de las cuatro Doctoras de la Iglesia.

Hadewijch (finales del XII-c.1248) fue beguina. Las beguinas no eran monjas sino mujeres que vivían en comunidad, viudas o solteras. Se comprometían, no solo a una vida común y religiosa, sino a servir a los demás. Ni siquiera hay certeza absoluta de que sus visiones, poemas y cartas sean de ella y no de toda una comunidad. Nada o muy poco se sabe de su vida, solo que al final tuvo que huir de la represión eclesial que significó el ataque a una espiritualidad libre. Sus poemas, cartas y visiones son tan eróticos como pueda serlo el Cantar de los Cantares, donde el amor profano se confunde y se imbrica con el sagrado. Es lo que se llama “mística nupcial”.

Juliana de Norwich

Juliana de Norwich (1342-1416), fue anacoreta en una celda construida junto a la iglesia de San Julián, en Norwich. De sus experiencias se trasluce un optimismo supremo, pues repite innúmeras veces las palabras que le dijo Dios: “todo acabará bien”. Para ella, incluso el pecado es bueno y positivo pues el dolor por haberlo cometido hace reconciliarse al hombre con Dios. Rayaba esto en la herejía y llevó buen cuidado de matizar sus palabras, de ajustarlas a la ortodoxia y adherirse fielmente a la Iglesia, a pesar de lo cual lo suyo sigue sonando a sacrilegio.

Siempre me ha llamado la atención el desapego actual hacia nuestra historia religiosa, digamos hacia nuestra mitología, cuando nos despendolamos por saber y gozar con las mitologías antiguas, sean griegas, hindúes, nórdicas o celtas. Todas tienen el pecado como límite. No el mismo, pero…

¿Qué fueron las Academias?

Reunión de la academia francesa de las ciencias Grabado de Sébastien LeClerc

La palabra Academia procede de cierto bosquecillo que albergó la tumba de Academo o de un rico que cedió su propiedad a la ciudad de Atenas. En él se daba una tertulia donde se opinaba, se criticaba y se recibían críticas. Véanse los diálogos platónicos. En Roma se las llamó universitas. En el Renacimiento comenzaron las tertulias, a las que se llamó academias, donde se discutía de todo. La palabra tertulia, según Corominas y Von Schack, viene de lo que hoy llamamos gallinero en los teatros: allí se juntaban los señores y clérigos para estar separados del populacho que llenaba la platea, y se discutía. Se puso de moda hablar sobre Tertuliano, y de ahí el nombre. En el siglo XVII proliferan las Academias, que siguen siendo tertulias. Ya hablé en esta columna de las integradas por los sefardíes de Ámsterdam. Luego nacieron los salones, donde una señora, normalmente, convocaba a artistas y hombres de ciencias para amenizar charlando, y no de banalidades, las tardes y noches. La literatura está llena de muestras de ellas.

Salón de la Real Academia de la Lengua Española

En 1582 apareció la primera Academia de la Lengua, en Italia y para regular el toscano en oposición al latín universitario. Luego, las Academias oficiales se propagaron. Las hubo de Ciencias, de Arte, etc. En Francia se fundaron varias como oposición a la rigidez universitaria. Lo curioso es que los universitarios fueron copándolas y se produjo un fenómeno extraño: la inversión; las Academias fueron aún más conservadoras, en el XIX, que las Universidades. De hecho, la palabra francesa academisme quiere decir falta de originalidad, y la inglesa academic, significa poco práctico. Las Academias, que empezaron como simples tertulias pero de las que surgieron ideas nuevas que modificaron el arte y las ciencias, no estaban reguladas, no dependían de subvenciones ni de gobiernos, eran libres dentro de la libertad que permitían estos, aunque siempre tuvieron mayor independencia las clases poderosas y cultas que los pobres. Cuando se institucionalizaron no solo perdieron autonomía por las monarquías o repúblicas que las pagaban, sino que la perdieron porque así lo desearon, apartándose con cerrilismo de las nuevas tendencias que calificaron de escandalosas. No solo lo que toca el poder lo corrompe, sino que el poder, según parece, es apetitoso aunque sea mínimo. Sería deseable recuperar aquella independencia y la compensación, que no oposición, a la rigidez universitaria, además de ser foros de debate.

Extraigo los datos históricos de tres artículos magistrales del mexicano Gabriel Zaid en la revista Letras Libres de España.

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Limónov, de Emmanuel Carrère

Portada de la edición de Anagrama de Limónov, de Emmanuel Carrère, en traducción muy digna de Jaime Zulaika

Limónov. Es un nombre que en España suena a cachondeo: podría llamarse también Patátov. Pero Limónov existió. Murió hace unos meses, concretamente el 17 de marzo de este año 2020, habiendo nacido en el 43.

Acabado el confinamiento, algo que yo ansiaba tal vez no tanto como el drogadicto ansía encontrar a su camello, pero casi, era pasarme por las librerías. De lance hay algunas en Granada, quizá porque los hijos de los letraheridos no quieren para nada los libros y los venden al peso, o algo parecido. No saben los fríos que los libros quitaron en el asedio de Sarajevo: quien tenía una biblioteca, tenía una bendición. Pues bien, pasé por Atlas, una de esas librerías de lance. Saludé a Emilio, el dueño, me alegré de verlo sano y husmeé entre los estantes y un mostrador donde los libros están visibles, asequibles, con la portada hacia arriba. No iba a comprar nada, pero me dio algo de reparo porque sé los apuros que han pasado los libreros. Vi un par de ejemplares que podían interesarme. La literatura francesa me gusta porque no solo los creadores se toman a sí mismos en serio sino porque los lectores franceses también toman en serio a sus creadores. Tiradas de 2000 ejemplares en Francia son normales con los escritores desconocidos, de modo que a los conocidos se les publica a lo grande. Vamos, que no es España, donde una tirada de 200 para un desconocido como mi persona es difícil colocarla. Vi que el autor era Emmanuel Carrère y dije, bueno, pues este. El título era Limónov. Como no conocía al personaje, un tipo real como he dicho más arriba, pensé que podía ser una broma de esos franceses que inventaron la patafísica, un invento como el de Max Aub y su Josep Torres Campalans. Leí algo de la contraportada y vi que el autor declaraba: “Limónov no es un personaje de ficción. Existe y yo lo conozco”. Y ahora invito a quienes me lean a que consulten Limónov en el buscador Google. Verán. Al leer ese encabezamiento del texto de contraportada pensé, esto promete. Y puse el billete de 10 € ante Emilio. “Justo y cabal”, exclamó el joven, porque aún lo es aunque, frisando los cincuenta, le queda poco de serlo.

Emmanuel Carrère.

La verdad es que he tenido mucha suerte con los libros que he leído en este confinamiento, lo he dicho ya en algún otro sitio. Ninguno ha sido un pestiño. También es verdad que con los años uno gana en perspicacia a la hora de comprarlos. También toca leer alguno de alguien que te ruega una lectura porque sabe que has publicado y te pide que le digas lo que piensas; no todos se lo toman bien, pero así somos los humanos.

Me suele suceder con los libros: al principio me cuesta entrar en ellos, pero con este se me fueron poniendo, metafóricamente, claro, los ojos como platos, es decir, platónicos. ¡Qué personaje!, como Louis Ferdinand Céline pero en más humano, lo que no le resta en absoluto ser un “hideputa”, como decían los del Siglo de Oro. Pero un hideputa que tiene sus ramalazos de buena persona. Claro que cuando acabe de explicar de qué iba el tipo, muchos estarán en desacuerdo conmigo y solo de acuerdo en el insulto.

Se llamaba en realidad Eduard Veniamínovich Savienko. Como era un hombre ácido, algunos amigos le pusieron Limónov, puesto que en ruso, limón se dice limon, así, en llano. La madre de Carrère es rusóloga, historiadora de ese país y, si bien francesa, de origen georgiano, de modo que al novelista francés no le costó conocer al personaje e investigar sobre él. ¿Es una biografía? No. Al menos no lo es a secas. No es la obra de un historiador o biógrafo sino la de un literato. Biografía novelada la nombran. Para mí, es más novela que vida real. Escrita con técnicas novelísticas y con un lenguaje propio de un gran escritor. La traducción también es impecable, con algunas notas para facilitar la comprensión de ciertos términos e instituciones soviéticas, o de la sociedad posterior (¿se le puede llamar democrática?, ¡por Dios bendito y la Virgen Santa!).

Limónov y Elena Scapova

Nacido en 1943, LImónov se educó en la sociedad soviética. Fue un dandy en Moscú, novio de una de las muchachas más atractivas de la ciudad, una pintora que, muerto Stalin, pudo pintar lo que le salió de sus pinceles. Fue protagonista de lo más underground, lo más punky de aquel país que no era libre aún, ni mucho menos, pero donde se permitían algunas cosillas por las cuales el georgiano Dzhugashvili, alias Stalin, habría enviado a Siberia a su misma madre. Empezó escribiendo poesía y acabó en la novela, con mucho de Henri Miller y otro tanto de Bukovski; pero no eran influencias: aunque quizá los leyó, él escribía dando detalles de su vida privada o “dormitorial”. Emigró a Nueva York (las autoridades postestalinistas pensaban, en plan moderno, que enemigo que huye, puente de plata) con otra mujer, esta vez poetisa. Vivió en París y a la caída del sistema comunista volvió a Moscú. No le gustó lo que veía: la desmembración del imperio soviético, el comportamiento de Gorbachov quien, según él, fue un tonto a quien todo se le escapó de las manos, el gobierno de Yeltsin que, también a su entender, puso en ridículo a Rusia, el nuevo capitalismo feroz del país, donde antiguos miembros de la élite política soviética se estaban enriqueciendo y formando la nueva élite capitalista e incluso monopolizadora. Junto a Kaspárov, el campeón de ajedrez, fundó un partido llamado Nacional Bochevique, donde militaban jóvenes de extrema derecha y de extrema izquierda, añorantes del viejo sistema. Sus guardaespaldas eran cabezas rapadas vestidos íntegramente de negro, nacionalistas, a quienes mejor se les llamaba nazionalistas, y bolcheviques porque en las manifestaciones gritaban ¡Beria! y ¡Gulag! He llamado en algún momento nazionanistas a ese tipo de individuos, que están por todas partes, claro por lo de nazis y porque se hacen pajas mentales.

Eduard Limónov con otra de sus “musas”

Limónov estuvo al lado del criminal de guerra Radovan Karadzic, por ese nazionalismo que lo caracterizó y también por una tontería de paneslavismo muy semejante al que llevó al Bronsky de Ana Karenina a luchar en la rebelión de Serbia contra los turcos. En 2001 fue encarcelado con la acusación de terrorismo. Es una manera de quitarse de encima a las moscas cojoneras. Hay otra más contundente: la que llevó a la periodista Anna Politóvskaia a ser ametrallada a la salida de su casa. Luego el poder le echa la culpa a quien sea y a tomar viento. Lo liberaron antes de tiempo a cambio de reconocerse culpable. Defendido, entre otros, por el Pen Club, como gran escritor ruso (sin la calidad de otros, creo yo, como por ejemplo Vodolazkin, aunque con una frescura e inmediatez envidiable), al gobierno de Putin (putinesco) le resultaba incómodo tenerlo encarcelado. Pasó lo mismo en España con Miguel Hernández y, hay que decirlo, con Miguel de Unamuno: a Hernández fue más cómodo dejarlo morir de inanición y tuberculosis que matarlo como a García Lorca, y con Unamuno no quisieron reproducir el error cometido con el poeta granadino y lo condenaron a prisión domiciliaria hasta que el rector salmantino tuvo a bien morirse justo el último día de 1936, como si no pudiese soportar la vergüenza, no ya de aquel año, sino sobre todo la de no haber sido lo suficientemente lúcido como para ver qué era aquello que él apoyó al principio.

Limónov junto a la bandera insignia de su partido Nacional Bolchevique. Téngase en cuenta que en ruso limon quiere decir limón y granada de mano.

Es un resumen sandio y bobalicón de una vida pletórica y de una novela-biografía que hace palidecer a otras novelas hitóricas mal escritas, a veces, aburridas las más, y en ocasiones tontas hasta repugnar. Un efecto que consigue Carrère, no sé si intencionado o no, es poner en solfa ante el bienintencionado lector occidental todos sus conceptos políticos de izquierda, derecha, centro y demás memeces. Limónov adoraba a Stalin y a Lenin, pero también a Bakunin el anarquista. Es como si alguno de nosotros, españoles, admiráramos a Franco y Millán Astray, además de a Juan Negrín o a Azaña. En fin. Solo que Carrère hace esta contradicción comprensible retratándonos a un personaje que tiene más de molesto, incómodo, mosca cojonera, que de coherente. Limónov no fue un político, fue un punky, un escritor estrafalario que convirtió sus experiencias íntimas, vagabundas, borrachuzas, políticamente incorrectísimas, en literatura. Libro admirable el de Emmanuel Carrère, bien construido, que convierte una vida, sí, aventurera, pero que en ocasiones puede ser aborrecible como lo fue, ya lo he dicho, la del francés Céline o la de los mujeriegos y algo alcohólicos, e incluso drogatas Burroughs, Miller o Bukovski. Limónov fue, según Carrère, fiel a sus esposas y novias, solo que tuvo tantas que hablar de fidelidad se convierte, cuanto menos, en conflictivo y casi increíble. Ellas lo fueron a él a medias nada más. Conocer la historia de la Rusia de los últimos años, con ese personaje tramposo que es Putin, y que en el fondo tanto se parece a Limónov, como nos demuestra el autor, es una tentación grande y algo sumamente útil para sacudirse los idealismos pánfilos que nos aquejan a algunos occidentales. Y desde luego, si el o la lectora es feminista acérrima (como se puede ser católico acérrimo) odiará al personaje. Este libro tiene varios premios franceses: el Renaudot, el de la Lengua y el Prix des Prix.

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Confinamiento y lecturas

Santa Bárbara leyendo, de Robert Campin en el Museo del Prado

En estos días aislado, confinado, encerrado, he leído tanto y he escuchado tanta música que los ojos me rechinan y los oídos sonríen. Es curioso porque eso de leer ha estado mal visto, y sin embargo a mí me ha servido para pasar el confinamiento entretenido, divertido, vivo, sin amarguras, sin que mi rutina se haya ido al carajo. Pero he visto tantas miradas de desprecio por esa manía mía de leer…, hasta que ahora, mira por dónde, resulta que sirve para algo, y han vuelto a leer los que antes no tenían tiempo, o eso decían, e incluso aquellos que despreciaban a quien lo hacía. Porque en algo hay que entretenerse.

Hablaré, si se me lo permite, y permiso para hablar es venia de ser escuchado, de las lecturas. Dos esenciales, aunque otras ha habido: Solenoide, de Mircea Cartarescu y lo que en principio creí relectura pero no: resulta que en su momento empecé a leer el libro y por lo que sea (debe hacer 35 años) lo abandoné (no puedo recordar la causa), Terra nostra, de Carlos Fuentes.

Comentado este estado lector de la última con mi querido amigo Fernando de Villena me dijo: ¡Qué novelón!, esos escritores de entonces tenían ambición. Y nada más cierto. Ambición. No de ventas, y apenas de ser leídos, aunque eso sí, sino ambición de modelar la arcilla de la novela, crearla nueva partiendo de la vieja cerámica, en este caso de la novela

Portada de Terra nostra, de Carlos Fuentes, en la edición de Seix-Barral

del Siglo de Oro, porque tal cosa hizo el mexicano, pero dinamitando la historia, recreándola e imponiendo la fantasía a los áridos tratados de Historia de España. Fantasía que se da por modificar la historia que fue, relatando la que pudo ser o la que el autor se inventa, y contando actos fantasiosos, falsos, imaginativos.

Esa ambición de la que me hablaba Fernando debería ser inherente al hecho artístico, no por el mero hecho de innovar, por la falsa creencia de que todo lo nuevo es bueno y si se crea artísticamente sin descubrir algún recurso novedoso, el producto no vale. No. Pero sí por no retreparse en lo ya hecho, lo manido, lo trillado. La creación debe ser incómoda para el artista y para el espectador, lector o melómano. Incómoda en el sentido de que la creación golpee de una forma u otra, sacuda, no deje tranquilo o, como se decía antes, amuermado, con el cerebro en su posición, descansen. Solo así, agitando o vapuleando, la tradición o la innovación pueden ser verdaderamente artísticas.

Esa ambición literaria apenas se encuentra hoy en España, y cuando la hay carece de lectores. Algo parecido ocurre con la música. En el cine o el teatro, artes que deben ser rentables porque no queda más remedio, la ambición no renta: se queda en lo camerístico, lo minoritario; lo que no es malo, pero sí es lástima. En la pintura y la escultura, la originalidad o lo revolucionario se somete al mercado del arte, que funciona según la nombradía que tenga el artista: ella es la que hace que el producto se venda o quede

Carlos Fuentes, el atractivo escritor mexicano a quien mi Enrique Fuster Bonín, en Ashaverus el creador, le levantaba las minas en las fiestas.

absolutamente relegado, con independencia de la calidad, sea esta conservadora u original (algo así también ocurre con la novela, sobre todo; la poesía está colonizada por unos pocos y parece que eso es lo único que se hace). Eso sí, si es muy conservadora, mirada por el gran público logrará cierta admiración porque lo que se aprecia no es el arte sino la artesanía.

Esa ambición hoy debe buscarse fuera. Cartarescu es un Pynchon metafísico. Un posmoderno que escribe como le sale del alma. Ambos, Fuentes hace 45 años y Cartarescu hará no más de tres o cuatro, han escrito sobre la tiranía. El primero narra la obcecación con lo religioso y la escatología, la trascendencia del Más Allá y la muerte en los Habsburgo. Y tergiversa la historia porque la reescribe, porque la historia que Fuentes cuenta no es la Historia, sino la que él quiere que sea: no es una novela histórica como hoy se estilan (por otra parte llenas de incongruencias, como una que leí también en este confinamiento en la que se pone a un moro del tiempo de Muhammad I, el constructor de la Alhambra, a tomarse un chocolate) sino que lo de Fuentes es literatura, o dicho de otra forma, mentira, como fue mentira muy verdadera la historia de don Quijote o la de Hamlet. Como si se me ocurriese escribir una novela sobre Napoleón, que fue un rey irlandés inventor de las alpargatas a pedales. ¿Es histórica porque habla de Napoleón?

Portada de Solenoide, de Mircea Cartarescu en la edición de Impedimenta

Cartarescu cuenta la forma de vida y las escapatorias imaginarias e imaginativas en la Rumanía del régimen, falsamente comunista, de Ceaucescu. Esas escapatorias imaginarias pasan por los efectos de varios solenoides bajo el suelo de Bucarest y que permiten levitar a algunos de sus habitantes, digamos que escogidos por ser iniciados, o al fin, levitar a la misma capital, como levitó Castroforte del Baralla en La saga/fuga de JB, de Gonzalo Torrente Ballester, otro ambicioso en algunas novelas, hasta que llegó el premio Planeta. Ambas ambiciosas, ambas, novelones de casi ochocientas páginas. Ambas muy recomendables. Pero no son literatura de tumbona, son literatura de pensar. Y pensar, ya sabemos, no está de moda, no es aconsejables, duele.

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