Reseña en Quimera

A algunos les sorprenderá que tal vez en meses no coloque nada en el blog, y sin embargo ahora, en tan poco tiempo, ponga dos entradas. Y tendrán razón. Ocurre que la revista literaria Quimera ha sacado una reseña o crítica sobre un libro altamente interesante que habla de la llamada poesía de la Diferencia. Ahí va y espero que os guste.

Portada del número 432 de la revista Quimera

EL UNICORNIO EN EL CAFÉ LIBERTAD

25 AÑOS DESPUÉS. ANTOLOGÍA

(Ediciones “Carena”, Barcelona, 2019)

 

A inicios de los años noventa del pasado siglo, la corrupción política y económica en España era ya un escándalo silenciado. Tal vez la traca mayor de aquel pandemónium fue la Exposición Universal de Sevilla en el 92. Pero los diarios de ámbito nacional se hallaban bajo un férreo control ideológico y financiero que les impedía denunciar cuanto iba ocurriendo. Y todo era una verbena de inconsciencia y un cerrar los ojos a lo que inevitablemente se nos venía encima: la crisis que desde 2007 no nos ha permitido levantar cabeza.

En el ámbito cultural estaba sucediendo lo mismo: cierto número de escritores y artistas se habían enquistado en las instituciones públicas (Diputaciones, Ayuntamientos, Centros de las Letras y demás organismos vinculados al Ministerio o a las Consejerías autonómicas de Cultura) y desde esos lugares donde el dinero corría sin miseria ejercieron el más descarado tráfico de influencias.

Contra tal estado de cosas, algunos intelectuales alzaron la voz, primero individualmente y siempre desde tribunas muy modestas: periódicos provinciales con suplementos literarios como  “Cuadernos del Sur” de Córdoba, “Papel Literario” de Málaga o “La Isla” de Algeciras. Pero a partir de 1993 el clamor creció y surgió el movimiento de “la Diferencia” bajo el que se agruparon diversos escritores con estéticas muy diversas e independientes. Se pretendía denunciar toda esa corrupción que iba imponiendo una literatura oficial mínimamente crítica y muy acomodaticia con el poder.

Portada del libro reseñado: El Unicornio en el Café Libertad

Aquella revuelta, en cierto momento, llegó a trastornar todo el montaje del sistema de falsos valores culturales. Pero los popes de la crítica oficial arremetieron desde sus altas tribunas contra los disidentes; los acusaron de resentidos y establecieron contra ellos un silenciamiento aún mayor que el ejercido hasta entonces.

Hoy, veinticinco años después de aquel interesantísimo levantamiento contra la cultura oficial, uno de los poetas que la protagonizó y que también ha ejercido la crítica literaria, Pedro Rodríguez Pacheco, ha publicado un libro imprescindible: “El Unicornio en el Café Libertad”, donde lleva a cabo una crónica minuciosa de aquellos hechos y la acompaña con una antología y somera biografía, crítica o anecdotario de algunos de los poetas que participaron en los mismos (Manuel Jurado López, Pedro J. de la Peña, Ricardo Bellveser, Antonio Enrique, María Antonia Ortega, José Lupiáñez, Concha García, Antonio Rodríguez Jiménez y Fernando de Villena). Se echan de menos algunos nombres de grandes poetas que también participaron en los actos de aquellos días como Carlos Clementson, Enrique Morón, Juan J. León o Domingo F. Faílde (estos dos últimos, ya fallecidos), pero ello no desluce en nada este libro valiente y necesario para la plena comprensión de la historia de la literatura española en nuestro periodo democrático.

Página 62 de la revista Quimera, en la cual aparece esta reseña

Pero es que la publicación de “El Unicornio en el Café Libertad” ahora, un cuarto de siglo después de aquellas denuncias de los insumisos, posee una vigencia extraordinaria pues, lamentablemente, nada ha cambiado en el panorama cultural. Algunos de los mandarines de entonces siguen ejerciendo hoy su comisariado cultural desde las más altas instituciones del Estado; los principales medios de comunicación continúan dando la espalda a todas las voces críticas y la atonía es la norma en el panorama literario de nuestro país en tanto que muchas obras valiosas permanecen ocultas en editoriales periféricas o en los cajones de autores no bendecidos por quienes deciden lo política y literariamente correcto.

Si evidenciar la corrupción económica es obligatorio, hacerlo con la cultural es asimismo imprescindible aunque parezca importarle poco a la gente. Recomendar este libro, pues, es redundante. Simplemente, es fundamental, además de sugestivo por lo que tiene de antología de unos poetas casi desconocidos.

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Dos artículos patafísicos

Hace tiempo que no coloco aquí, en mi blog, ningún artículo patafísico. No es que hayan sido abandonadas las investigaciones del Institutum, sino que, acaso, no se me ocurrían temas para tales investigaciones. Hace pocos meses escribí, en nada, estos dos pequeños textos. El Rector Magnífico y Perezoso los imprimió y repartió entre los Sátrapas Trascendentes, que no sé si los disfrutaron o les aburrieron. Con todo, son escrititos entretenidos que no aspiran sino a la risa.

De la simplificación y eficacia del lenguaje

Las investigaciones del Institutum Pataphisicum Granatensis abarcan, por supuesto,

Retrato (apócrifo) de Álvaro Borja Yksmohc (S.J.)

también la rama y especialidad de la lingüística, generativa o degenerativa, depende de cómo. El lenguaje, como demostró Álvaro Borja Yksmohc (S.J.), debe ser útil y no extenso. Que el lenguaje no es algo determinante nos da idea un simple ejemplo: ¿ha cambiado algo el hecho de que al ladrón se le llame “usuario indebido de la propiedad ajena”, o simplemente “político corrupto”? Un ladrón sigue siendo un ladrón y una rosa es una rosa.

La reducción de los términos y de la gramática es imprescindible en un mundo tan tendente a la simplicidad como el nuestro. Así, debemos exclamar: ¡muera la sintaxis y la ataraxia!

Ya no necesitamos pedir de comer o lugar donde refugiarnos, para eso está internet o, en última instancia, la gestualidad. La multiplicidad de idiomas e idiolectos dificulta de manera tan inmensa la comunicación que hace inviable la globalización. El intento de convertir el inglés en lengua franca es encomiable, pero sigue siendo lengua compleja a pesar de su aparente simplicidad al eliminar distinciones de sexo o conjugaciones verbales. No basta, es evidente. Hay que ahondar en el uso tuiterino de la reducción drástica, no ya a ciento cuarenta caracteres, sino a muchos menos, quizá siete u ocho.

Retrato (también apócrifo) de Nonato Santiaguete Malik

A lo largo de estas arduas investigaciones patafísicas, el equipo dirigido por Atanasio Nonato Santiaguete Malik, insigne, es decir, sin signo alguno, ha podido observar cómo el insulto es de veras la única palabra imprescindible. ¿Ponerse de acuerdo?, ¿para qué?, lo importante es, o asentir, para lo que bastará un simple movimiento de cabeza arriba y abajo (en Turquía será de izquierda a derecha, pero es un simple detalle que simplifica mucho la educación y no precisa enorme capacidad cognitiva, reservada esta a las élites), o, en su caso, no negar, sino insultar. Así, palabras imprescindibles serían: imbécil, gilipollas (mejor gepé, es más corto) o en casos graves, hijoputa. Feminazi, fascista (o facha, más ligero en carga fonológica y ontológica), rojo de mierda o, en su defecto y por los mismos motivos que los dados en el anterior paréntesis, bolivariano (estalinista no: ¿quién se acuerda ya de Stalin?, ¿acaso no era el Gordo, del gran dúo cómico cinematográfico Stan, “Stanley”, Laurel y Oliver Hardy?). Términos como cretino, sandio o sansirolé quedan reservados a los mandarines.

¿Para qué decir es usted un imbécil, si basta con el término imbécil dicho con suficiente énfasis? En eso, los chinos, con la importancia lingüística del tono diferente de una palabra homófona a otra, lo que le da su carácter y significado, tienen mucho que enseñarnos.

El problema es para la convivencia diaria. Pero es problema mínimo. La sanidad debería reducirse a lo que sigue: mueca de dolor señalando el lugar donde duele, chequeo idéntico

Imagen de la Inteligencia Artificial. Tal vez también sea apócrifa

al que se hace a los coches, con ayuda cibernética (para eso no hace falta médico sino I. A.), tratamiento con indicación gestual de periodicidad, cantidad y plazo y, curación o persistencia, en cuyo caso se procederá a la eliminación por razones humanitarias y económicas.

La enseñanza, ¿para qué? Solo los predestinados a cubrir puestos dirigentes necesitarán algo más, no mucho.

El consumo: páginas web con los elementos a comprar, como ya existen, y cliqueo correspondiente. Este sistema puede utilizarse también para las pequeñas afecciones de salud, según ya se ha convertido en costumbre. También la utilización de drogas seguiría el mismo método. Al fin y al cabo, son lo mismo.

En caso de reclamación existen dos vías: el insulto o el asesinato. Preferentemente, este último, que puede ser, social hacia el protestante o personal hacia el dirigente industrial o económico, empresa prácticamente imposible, porque como Odiseus, se apellidan Nadie.

Puede traslucirse las ventajas de esta reducción drástica del lenguaje, tanto en cuanto a lo económico como a lo social y político. Al insultar se descarga adrenalina, lo que disminuye el riesgo de agresión. Respecto a la intimidad doméstica, este extremo propuesto por el Institutum Pataphisicum Granatensis ya está siendo practicado, con la sustitución de

Familia modélica

cualquier plática por la televisión, los videojuegos, las tablets y las redes sociales. ¡Lo que nos ahorraríamos en teléfonos y publicidad! Sin contar con el freno a diferentes problemas como la corrección política et allii, pues la intención es que nadie se tome en serio el insulto, como ahora nadie se toma en serio el lenguaje más que aquellos que están interesados en que este sustituya a la realidad o, simplemente la cambie invirtiendo procesos. Por otra parte, la tendencia actual a expresarlo todo con emoticones se está adelantando a nuestra propuesta, pero si tal tendencia subsiste y persevera, la afasia humana sería total, lo que iría en detrimento de la secular diferencia entre animales y humanos. Tal vez sería deseable. En tal caso, debería establecerse una investigación en el entorno de la Cibernética para poder enviar escupitajos virtuales. ¡Ese sí sería un adelanto!

Esperemos que este opúsculo elaborado tras arduos trabajos por nuestro Institutum, sea el último con tal profusión de palabras.

De la urgencia de derogar la llamada Ley del Divorcio

Las investigaciones y tareas del Institutum Pataphisicum Granatensis son múltiples y diversas. Mas no por ello menos trabajosas. Tras un silencio, no impuesto, sino presupuesto y causado por la desidia, flojera o galbana de algunos miembros dedicados normalmente a la confección de estos estudios e informes, retomamos el trabajo abandonado, quizá, por no tener cosa mejor que hacer.

T. H. Agapito Trasconejo en lamentable estado de postración

Lo social también atañe a nuestra Institución y es por ello que un amplio equipo, al frente del cual ha estado el ínclito T. H. Agapito Trasconejo, vicecurador sempiterno de nuestro Institutum, ha elaborado este documento que rompe esquemas, lo sabemos, pero que se muestra imprescindible en una sociedad cada vez más desnortada.

Para demostrar la necesidad de derogación de esa ley, y no solo en nuestro país, sino universalmente, será necesario recurrir a ejemplos. Supongamos una familia en una sociedad de tradición cristiana aunque ni en sueños piensen en las prácticas y dogmas de esa religión, sino solo en algunos ritos y fiestas. Quizá en ese ámbito, la principal celebración sea la Navidad, y a seguido de ella, el Año Nuevo. También la gran sociedad china celebra el Año Nuevo aunque desfasado en fechas, pero eso da igual: centrados en la anterior comunidad, que es la nuestra, entenderemos fácilmente los insalvables problemas que suscita la mencionada Ley en otras civilizaciones. Supongamos, repito, esa familia que acostumbra reunirse la Noche Buena, y aun la Navidad, la fiesta de San Esteban, celebrada en alguna Comunidad Autónoma que desea dejar de serlo, la Noche Vieja y el Día de Año Nuevo. Son cinco festividades en las que el concepto de familia somete a todo lo demás, aun considerando la costumbre juvenil de escaparse tras la ingestión de la uva, normalmente atragantadora y a veces regurgitadora. E imaginemos, por un momento, puesto que la imaginación prevé y anticipa cualquier evento que pueda caérsenos encima, aunque en algunos casos tal previsión provoca paranoias y esquizofrenias, imaginemos que los progenitores de tal familia se separan. Tal cosa implicará para los hijos pasar parte de dichas fiestas con un

El juicio de Salomón: consecuencias nefastas para los infantes ante la falta de toma de decisiones,

ascendente y otra parte con la otra ascendente. La imparidad del número cinco rompe cualquier paridad, cuanto menos en esa Comunidad Autónoma mencionada. Y peor aún: supongamos, pues suponer es la garantía del progreso, que a su vez, los progenitores de los padres de esa pareja están a su vez separados y reunidos a nueva pareja. El asunto se complica porque la reunión familiar pasa de dos a seis ramas: el abuelo paterno con su nueva novia, la abuela materna con su pareja conocida en un viaje del Imserso, la abuela paterna con su amigo íntimo resultas del club de lectura, el abuelo materno con su amiguita ecuatoriana, que son baratas, más los dos miembros divorciados de la pareja inicial. Complicadísimo. Si además de abuelos hubiese bisabuelos, aunque el asunto es cada vez más difícil por la dificultad de emanciparse, excepto en las familias gitanas (pues estos no se separan o mueren en el intento), la diversidad de hogares a los que atender alcanza niveles de locura.

Por suerte, los humanos tenemos la fea o bonita costumbre de morirnos, pero pronosticando un futuro no tan quimérico, en el cual se alcanzarían edades de entre los cien y los ciento cincuenta años gracias a prótesis y avances médicos, el problema no es tan incierto como se podría presumir.

Solución habría, imponiendo por Ley Orgánica la obligación de llevarse bien, pero tal extremo es utópico como lo es la posibilidad de vivir sin leyes, orgánicas o inorgánicas y ni siquiera vegetales.

Suicidio colectivo ubuense. No será tal la consecuencia de la derogación de la Ley del Divorcio… esperemos.

Además de la derogación de la Ley del Divorcio de forma mundial, y aun diríamos universal, existen algunas soluciones imposibles pero conllevables, a saber:

1.- Que no existiese matrimonio y así no nos tendríamos que divorciar. Dado que las parejas de hecho presentan idéntico problema a las parejas matrimoniales, la verdadera ley debería consistir en que no hubiera coyunda, lo que además de horrendo, frustrante y tedioso, daría de mano de una vez por todas con las razas humanas, pues al ser universal nuestra propuesta, afecta desde bollulleros hasta marcianos pasando por los indios yanomamis.

2.- Que se admita el asesinato discreto entre cónyuges, independientemente del sexo. Al disponer la exigencia de discreción, es evidente que desaparecería la violencia de género.

3.- La abolición de todo tipo de festejos, religiosos o no. El escolio a tal medida sería el aburrimiento, que unido a la desesperación, es el motivo histórico de algaradas, revoluciones, pronunciamientos, tumultos, asonadas y estropicios varios.

4.- La clonación y robotización, sobre todo de niños, de forma que, dando la sensación de que están, en realidad estén en otro lado. También servirían los hologramas. Solo que no es lo mismo. ¿Cómo besuquear, con mucho chasquido de labios y litros de saliva, a un niñito hologramizado o a un robot, por muy japonés que sea?

Adultos no renunciantes y salomónicos

5.- Que los descendientes renuncien voluntariamente a acudir a alguno o algunos de esos eventos familiares. Hoy en día, cuando tanto cuidado se tiene en no traumar a gentes o individuos aislados con decisiones discriminatorias, esta decisión equivaldría a un incremento de la ocupación laboral completa en el gremio de psicólogos o terapeutas sociales, o aumentaría el nivel de suicidios, tema este que si fuera discriminatorio, es decir, solo aplicado a parados, jubilados y demás elementos que gravan desconsideradamente el erario público, redundaría en un beneficio enorme, pero casualidad sería la coincidencia, y confiar lo social al azar es un error que siempre se paga con el infortunio, aunque es tan normal que quizá lo anormal es lo contrario.

6.- Que uno de los ascendientes convenza a su prole de la esencial maldad, crueldad, perversidad y sadismo del otro cónyuge. Esto es justo lo que acostumbra suceder, y por tanto, al ser solución manida, sobada y vulgar, no interesa a este Institutum ni a la Alta Comisión de Investigación contra la Disolución del Orden (A.C.I.D.O.).

Como puede comprenderse de las posibles soluciones apuntadas, mucho más hacedera se prevé la simple retirada de la nefasta Ley del Divorcio, con una policía mundial vigilante de que las parejas sigan celebrando las festividades, religiosas o no, en conjunto. Tal policía debería ser, en esencia, intervencionista y violenta, sin las delicadezas que las Fuerzas de Orden Público acostumbran detentar, con su habeas corpus, derechos humanos, ni puñetas (aunque siendo Granatensis nuestro Institutum, aun sabiendo que debería ser Granatense, podríamos decir ni pollas).

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Mi historia, algunos casos que recordar quisiera

Encaramado en el púlpito y con cara de circunstancias

Coloco aquí en mi blog el discurso que debí pronunciar ante la Academia de Buenas Letras de Granada al pasar a supernumerario. ¿En qué consiste eso?, se continúa dentro de la Academia pero sin derecho a voto. Cuando se elaboraron los estatutos de ella, el pensamiento que dirigió esta decisión fue dar cabida en nuestra Institución a los más jóvenes, apartando de las tomas de decisiones a los más viejos. Ahora ocurre que casi vamos más viejos que jóvenes, pero bueno, eso son cosas que pasan. El caso es que allá por el mes de febrero de este año, es decir, 6 meses antes de cumplir mis 70 y por tanto de alcanzar el grado de súper (siempre quise ser súper en algo y al fin lo logré), se me ocurrió de qué hablar y cómo. Ese es siempre el planteamiento que se debe uno hacer al empezar a escribir: de qué y cómo. Quizá esto último es lo más importante. La idea me la proporcionó mi compañero académico y amigo Esteban de las Heras, hombre honesto y bueno, que habló algo de su vida intelectual y decidí hacer lo mismo. Mi historia, algunos casos que recordar no quiero, dijo Antonio Machado, y me puse a hacer todo lo contrario, contando lo que sí quiero recordar y callándome lo estrictamente privado. Cuáles fueron mis influencias, además de las lógicas y desconocidas personalmente, que son los escritores: mis amigos, aunque alguno me dejé en el tintero, fueron esas influencias tempranas y a ellos quise homenajear. Aquí está el resultado. Espero que os complazca y os suelte, aunque solo sea, alguna sonrisa.

Excmo. Sr. Presidente,

Excmos. e Ilmos. Sres. Académicos,

Señoras y señores:

El Paraninfo de la Universidad de Granada

No me gusta que digan de mí que estoy en la tercera edad, porque si es tal, díganme dónde está o estuvo mi segunda. No me importa que digan que soy viejo porque es verdad, aunque eso sí, me defiendo, aún no soy un anciano, gracias. Hago este prolegómeno porque uno de los placeres del viejo es recordar, y eso no solo es así desde Epicuro, cuyo recuerdo guarde Dios, sino desde el alborear de la humanidad, allá cuando cuatro neuronas empezaron a juntarse con otras cuatro. Y mis recuerdos siempre están algo relacionados con esos tres puntos de los que llevo años diciendo que conforman el plano de mi vida: el amor, la música y la literatura. Pero estamos en una Junta Extraordinaria de la Academia de Buenas Letras de Granada y deberé hablar de literatura. De música se me escapará algo y el amor lo guardaré, con el permiso de ustedes, en el almario, que no armario, de mi intimidad.

La vida es a menudo simétrica. Se empieza aprendiendo a leer, escribir y hacer cuentas, y acaba uno aprendiendo a leer y a escribir, aunque si aún no sabe hacer cuentas lo tiene crudo para llegar a final de mes o se tiene que fiar de la declaración de renta automática entregada por Hacienda. Me gusta hacer bromas con la realidad porque así esta pierde algo de su dramatismo y aun de su tragedia.

Enid Blyton

Debo aclarar que mi primera lectura seria no fue de broma: la mitad de Los episodios nacionales de don Benito Pérez Galdós. Como tantos adolescentes de entonces, yo había leído a Enid Blyton y a Julio Verne, y no es que no sean serias sus narraciones sino que los Episodios lo son más y, encima, nuestros.

Tendría yo los quince años y ya había empezado a trabajar, al principio como aprendiz mecánico en la Escuela de Aprendices de Hispano Olivetti. Lo pasé mal porque tenía yo tanta gracia para la lima como para, años antes, la tuve para el violín: ninguna. Me consolaba de las dolorosas ampollas en las manos silbando o pensando el vals del Lago de los Cisnes, de Tchaikovski. De joven ya apuntaba maneras un tanto cursis.

Pero antes, la música había entrado a saco en mi vida. Y no hablo del empeño paterno porque estudiara solfeo y violín, instrumento este que se me truncó en las manos por enfermedad, lo que me libró de hacer el ridículo, sino hablo de la primera vez que escuché la 5ª sinfonía de Beethoven completa. Ya conocía el comienzo, claro, ¿y quién no?, pero escuchando la radio mientras me sometían a sesiones de infrarrojos, en el convencimiento médico de que tal terapia me sería beneficiosa, la programaron completa (sería Semana Santa) y coincidió en tiempo con aquel estar tumbado bajo una lámpara que emitía una luz rara, sin poder hacer nada y sumergido en el aburrimiento, porque es mi deber resaltar el hecho de que, para la formación artística de una persona, nada mejor que el aburrimiento

Marcel Proust, insigne enfermo

en su infancia o primera juventud. ¡Cuántos escritores se han hecho tales a consecuencia de una enfermedad infantil o juvenil larga, con inacabables días de cama y lecturas!

Mi formación continuó. Tras ser cesado de aquella Escuela de Aprendices por clarísima incompetencia, pasé a trabajar en varias oficinas técnicas como delineante, lo que no se me daba mal y me hastiaba casi tanto como los infrarrojos. Me hice lector de metro. Era el medio de transporte que debía tomar para ir desde mi casa a la oficina y más de una vez me pasé de estación, no por sueño, sino por interesarme demasiado en lo que leía. También en aquellas oficinas luminosas, mas no por ello menos tétricas, me acostumbré a encerrarme en el lavabo, sujeto el libro con el cinto del pantalón, para pasar un rato de lectura cuchitrilesca.

Todo a mi aire, según los libros caían en mis manos procedentes de dos fuentes: algunos que había comprado mi padre a cierto señor Sendra que vendía libros a domicilio y a fábrica, pues el buen hombre se pasaba por los lugares de trabajo donde se le permitía ejercer su oficio y colocaba entre los trabajadores enciclopedias u obras completas. Fue así como leí la curiosa ortografía de la traducción de Rabindranath Tagore por Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez. La otra fuente era el Círculo de Lectores. Devoraba los catálogos que enviaban mensualmente y hacía mi pedido con el refunfuñe de mi padre, pues el buen hombre no era tacaño sino simplemente pobre. Flaubert, Papini, Dostoievski, Tolstoi, Thomas Mann, aunque también Vicky Baum, Waltari, Ayn Rand o Passuth.

Fachada de la Escuela del Trabajo de Barcelona

Es decir, una formación absolutamente autodidacta. En mi escuela de los Hermanos de Lasalle no había estudiado apenas literatura. Debíamos aprendernos de memoria el lugar y fecha de nacimiento, así como las obras principales de Pereda o del padre Coloma pero apenas oímos hablar de Cervantes, Lope o Quevedo. Mucho menos, leerlos, ni tampoco a aquellos que nombré antes. No sé si los buenos Hermanos le tenían miedo a la lectura, porque me consta que en otras escuelas de la misma Congregación sí leían clásicos. También es cierto que dejé aquella escuela de Lasalle con catorce años, es decir, en cuarto de bachillerato, para estudiar Formación Profesional. El caso es que, la primera vez que yo leí el Quijote, tenía más de cuatro lustros.

Claro, olvidaba los tebeos. Me niego a llamarlos cómics porque algunos no tenían nada de cómicos y sí de épicos: Hazañas bélicas, Rintintín (nombre que yo, en mi ignorancia infantil, confundía con retintín), El Capitán Trueno, etcétera. En ellos y en los cromos comenzó mi obsesión coleccionista. Prefiero tener todas las novelas de Juan Goytisolo o todo lo publicado en español de Ernst Jünger o Thomas Pynchon, que solo lo que me gusta especialmente.

Mi padre, sonriente por toda la eternidad

Y ahí, además, estaba el señor Ángel Arnas Val. La rebeldía ante el padre es enfermedad que crea sus propios anticuerpos. Cuando empecé a llevarme bien con él, es cuando empecé a escucharlo. Contaba anécdotas de la guerra y de los campos de concentración franceses, o de los españoles, aún peores. Por no hablar de la posguerra, el hambre, la ilusión por sobrevivir y su colaboración casual con Socorro Rojo. Mi padre no era hombre valiente. Tampoco cobarde. Un hombre normal. Pero sabía contar historias y me contagió la manía. Solo que yo me las invento, aunque solo sea por llevarle la contraria al señor Arnas que contaba fielmente lo que le ocurrió.

Como puede colegirse de esto que acabo de contar, mi formación literaria fue ecléctica y muy poco poética, como algo ecléctico es este discurso o explicación. Pero lo prefiero así, pues de la misma manera que con la edad, me tocó ordenar aquellas lecturas y conocimientos al modo que lo hacen los jugadores de dominó después de revolver las fichas y elegir siete cada uno, de igual forma espero que mis oyentes o lectores organicen este follón narrativo en su cacumen para percatarse al fin de que en mi interior bulle un cincuenta por ciento de cordura y otro tanto de extravagancia. Extravagancia o chifladura que, por suerte o gracias a Dios, según convenga a cada cual, no he perdido a mis setenta.

Pero en realidad acabo de empezar, pues solo he hablado de mi infancia y primerísima juventud. Queda lo mejor, se lo garantizo.

Cuando acabé la Formación Profesional en sus dos ciclos, Oficialía y Maestría de Delineación, estudios que compaginaba con mi trabajo en la oficina técnica de la fábrica FRAPE, donde cumplí mi labor y aprendí de veras el oficio durante 9 años, leyendo a todo esto como un poseso cuanta novela caía en mis manos, me planteé qué hacer por las tardes y decidí continuar estudiando Ingeniería Técnica, estudios de los que nunca me he arrepentido pues me dieron una pátina científica y tecnológica, además de permitirme, años más tarde, ejercer de profesor de Dibujo Técnico en la Educación Secundaria.

La sierra de Montserrat

Quedaban los fines de semana, y en algo había que emplearlos. El ocio es lo contrario del negocio, y a pesar de que no he sido jamás buen negociante, tampoco he sabido estarme quieto. Me dediqué, con la misma pasión que a la novela, al excursionismo. Conocí Cataluña bastante a fondo y algunas zonas del Pirineo aragonés. Me encantaba el paisaje, el esfuerzo, el aire puro, el frío, las amistades.

Cuento esto del excursionismo porque es importante, no por engordar el discurso, que ya bastante engorda por asuntos de tiroides. No hablaré, así, de las múltiples aventuras, goces y desventuras que produce el deporte del montañismo. Rondaría yo los dieciocho cuando decidimos pasar un fin de semana caminando desde el nacimiento del río Llobregat, en Castellar d’en Hug, hasta la villa de Ribas de Fresser. Al llegar al refugio de Castellar, nevaba. Nos sacudimos la nieve de las mochilas y, en ese acto perruno de sacudirse, escuché una canción con acento argentino que me subyugó. En un rincón sonaba un radiocasete. Entonces no se veían muchos porque acababan de salir al mercado, y tanto la música como el aparato emisor me llamaron la atención. Quien cantaba-recitaba era el cantautor pampeño José Larralde; para mí, don José. El dueño de cachivache y cinta era un excursionista llamado Salvador Montero, un año más joven que yo y cuya amistad aún conservo.

De don José Larralde, el cantautor, diré que, aun a sabiendas de que soy hereje de lesa poesía, continúa siendo para mí dueño de una de las voces poéticas más importantes e

Salvador Montero en una excursión a Montgrony. Aquí hace de bolóbolo

inspiradoras. De Salvador Montero añadiré que era hijo de un constructor en la segunda mitad de la década de los sesenta. Podía permitirse el lujo de comprar libros, discos, películas que veíamos en su casa. Y debo aclarar que no es que no le diera valor a lo que tenía, sino que era y es tan desprendido que prestaba o regalaba libros o discos a quien estimaba y podía apreciarlos. Gracias a él conocí a Henry Miller, a Jean Genet, a Joyce, a D. H. Lawrence, algunos de cuyos libros estaban prohibidos en España o eran inencontrables. Me llevó a una librería de la barcelonesa calle Viladomat esquina Sepúlveda a cuyo dueño conocía. Nada más entrar, el hombre corrió una estantería y nos hizo pasar a un recinto, digamos, clandestino, donde uno podía encontrar una cantidad enorme de libros prohibidos, tanto por razones políticas como morales. Un paraíso.

En química se necesita un catalizador para posibilitar algunas reacciones. Sin ese producto pueden juntarse dos compuestos sin que ocurra nada. En su presencia, todo se dispara. Pues bien, Salvador Montero fue mi catalizador con el asunto de la literatura, o cuanto menos uno de ellos.

Fue por aquel entonces que, con varios amigos, adquirimos entradas para escuchar El Mesías de Haendel. En aquella España un tanto oscura, unos pensaban que esa música culta era una chorrada, y otros que escuchar música de iglesia era propio de meapilas. Para mí fue otra revelación. No es que me iniciara en la música solo con estas audiciones

Interior del Palau de la Música de Barcelona

de las que hablo, porque mi padre, gran amante de ella, compraba discos en Andorra, por más baratos, y tendríamos veinte o treinta: Tchaikovski, Beethoven, Mozart, Grieg, Vivaldi, etc. Pero escuchar en vivo y completo el oratorio al que me refiero, en el Palau de la Música barcelonés, tan bellamente decorado por Doménech i Montaner, con la claraboya de Antoni Rigalt i Blanch y las esculturas que bordean el escenario elaboradas por Diego Massana y Pablo Gargallo, escenario que yo conocía porque la entrega de notas finales del colegio de Lasalle se hacía allí, escuchar aquella música excelsa cantada, entre otros, por Sigmund Nimsgern y Siegfried Jerusalem, fue una iluminación.

Estos recuerdos que expongo son solo, como en cualquier ser humano, la punta del iceberg de lo que me ocurrió, de los libros que leí, de la influencia de las canciones de Joan Manuel Serrat y Paco Ibáñez, por ejemplo, en mis escasos conocimientos juveniles de la poesía. Soy de poco soñar, y normalmente no me acuerdo de los sueños o, a veces, pesadillas, que gozo o padezco, de modo que la entraña desconocida de estos recuerdos, aquello que aparentemente no quedó en mi cerebro, suelo sacarlo en mis narraciones y solo me doy cuenta de ello cuando lo tengo escrito: mis miedos, mis obsesiones, mis placeres discretos aparecen como por ensalmo en la pantalla de mi ordenador. En el sueño no existe el

Portada de una de las múltiples ediciones (no la que yo leí) de La montaña mágica de Thomas Mann

tiempo. En la narración, el tiempo vuela o se remansa. Nunca olvidaré el primer tomo de La montaña mágica, de Thomas Mann, y buena parte del segundo, páginas en las que se detiene el calendario y abarcan apenas unos pocos meses, en tanto el final se dispara y en escasos capítulos cubre cinco años, quizá porque en ese lustro apenas hay nada que contar. Tampoco en la narración hay tiempo, si no es el de la lectura, porque el tiempo contado no es físico, medible, sino literario, subjetivo. Y en eso del tiempo es magistral, porque enseña, el cine. Él fue uno de mis profesores y no me entretengo en nombrar cátedros de esta disciplina porque aquí tenemos al académico D. Ignacio Fernández Dugnac para hacerlo con más conocimiento que yo.

Como he dicho, compaginaba trabajo con estudios, de modo que me presentaba por libre y estudiaba en una academia. Fue allí donde conocí a Patrocinio Picazo. Era otro letraherido. La ventaja de tratar con camaradas de aficiones es que las vivencias que uno no ha tenido, quizá las tuvo el otro o viceversa. Es un intercambio de vidas, un trasiego de vinos de distintas clases del cual, quizá, surge un caldo de calidad inquietante o espléndida. No sé cuál fue mi destilación, si espantosa o magnífica, pero es la que tengo: descentralizada sobre todo, ecléctica y desordenada como dije, pero parto de un precepto que sirve para la de cualquier artista: que este debe dominar tal cantidad de disciplinas que quizá no hay suficiente vida con una sola, pero sin ser enfermizamente ambicioso, sí he intentado alcanzar, si no la maestría, al menos el grado de aprendiz en muchas materias.

Semana Santa en Ciurana. Patrocinio Picazo es el primero lor la izquierda.

Patrocinio Picazo, de extraño nombre para un varón, trabajaba en Seat antes de que llegaran los alemanes de Volkswagen y en su oficina no tenía gran cosa que hacer. En su tiempo libre tradujo los Pomes penyeach, de James Joyce. Ya es tener tiempo libre y voluntad. Él me llevó por otros senderos y diversas curiosidades además de aquellos que me había hecho transitar Salvador Montero y los que yo mismo había ensayado. Para ellos va mi homenaje y agradecimiento, pues gracias a su ayuda estoy aquí. También a las revistas literarias, pero ellas entraron de forma constante en mi formación a partir de mi llegada a Granada a los 31 años. Muy posteriormente me llegó el interés por la mística, tanto cristiana como islámica o hebrea. A menudo pienso que Patrocinio tuvo que ver en tal interés. Él y mi amiga Montserrat Cruz, a la que yo llamaba “la esotérica”. También es de agradecer tal fascinación porque los escritores somos gente individualista, en general, y la mística corresponde a ese individualismo, ese apartarse del gentío para ser uno ante la divinidad.

Montse Cruz con mi hijo Miguel. Tal vez el año 76

Friedrich Nietzsche aseguraba que la cultura es casualidad. En efecto: encontrarse con un texto rico, sugerente, es como ligar con una real moza por la calle: es tropezarse con algo o alguien que puede ser amado. Solo puede. Si no lo es, lo catamos y a otra cosa. Si lo es, lo gozamos y queda con nosotros, aunque sea un poso, para toda la vida. Porque la memoria de lo leído, al menos en los autodidactas y eclécticos como yo, no es un disco duro donde todo se acumula, sino especie de almacén con salida de deshechos: de vez en cuando se requiere una relectura o una evocación para volver a aprender de lo leído hace tiempo o para disfrutarlo de nuevo. La relectura es placer de viejos, porque uno ya sabe qué releer. Además, como en los viejos amores que retornan, uno se deleita más con ellas porque cuenta con cierta sabiduría, aunque solo sea la que aporta la edad.

Julio Cortázar

Cortázar, por ejemplo, me llevó a Lezama Lima y a Severo Sarduy en sus libros-miscelánea La vuelta al día en ochenta mundos y Último round. Y no solo a ellos, sino a apreciar más el jazz (cómo olvidar su artículo sobre Thelonius Monk o el gran Satchmo, es decir, Louis Armstrong; cómo no reverenciar a Charlie Parker y su agonía artística narrada en El perseguidor), la pintura moderna, a los “piantaos”, o el erotismo de las bicicletas. Juan Goytisolo me condujo de la mano a los clásicos más irreverentes.

También las revistas literarias, y aun políticas o culturales, me llevaron por ese camino del azar. De muchos de esos artículos no recuerdo nada en absoluto, pero entre todos formaron una especie de aluvión, una piedra de conglomerado que forma mi propia ciencia. Pobre, y, sin duda, algo desquiciada, eso no lo voy a negar, pero mía al fin y al cabo. Quimera, sobre todo Quimera, El viejo topo, Ajoblanco, Camp de l’Arpa o Claves, más, últimamente, Letras libres, son también las madres de este cordero que rehúye el rebaño, de este cordero que algo tiene de hormiguita o de camaleón, quién sabe.

Acaba uno por querer escribir aquello que le gustaría leer. También ocurre que ciertas obras marcan un camino e incluso otras insinúan temas. En mi caso han sido las personas que me han rodeado quienes me han inspirado personajes, además de, naturalmente, mi

Una de las innumerables manifestaciones reivindicativas durante la Transición Española

propia vida, la historia que he vivido con más gusto o disgusto. Todos los momentos son históricos, por supuesto, pero los hay con más enjundia, y yo viví la Transición. Esto de la Transición es como la Conquista de América, unos están orgullosos de ella y otros la denigran, en tanto algunos, con datos históricos comparativos, la juzgan. Lo que no se puede negar es que fue momento histórico y que tuvo aciertos como tuvo errores. Para unos, los errores serán estos, en tanto para aquellos esos errores serán aciertos. “La novela”, según María Zambrano, “no pretende restaurar nada, ni reformar nada; se sumerge en el fracaso y encuentra en él, sin razón y hasta sin fe, un mundo”. ¡En el fracaso, vean ustedes!, ¿o acaso no fracasaron don Quijote, al convertirse en Alonso Quijano el bueno, o Ana Ozores, la Regenta, enamorándose del cura y acostándose con el seductor pueblerino? Por no hablar de Emma Bovary, con sus obsesiones por el lujo y por cambiar la rutina, o la señora Karenina, encandilándose con un militar y creyendo que, de una forma u otra, la sociedad la aceptaría. La novela es el reino de la ambigüedad: es el lector quien debe juzgar lo narrado; si el autor juzga, hace una mala novela. De ahí la diferencia entre novela y panfleto. Y por azar, durante el siglo XX han abundado tanto los panfletos como las novelas ambiguas. Para la posteridad han quedado las ambiguas y alguna de las panfletarias, mal que solo sirvan de muestra, es todo.

Y ahí entra de nuevo Julio Cortázar. No solo innovó la narrativa con esa aleatoriedad de lecturas en Rayuela, sino que introdujo las figuras patafísicas de los tártaros: Polanco y Calac en 62, modelo para armar, o el encaje de recortes de periódico en El libro de Manuel. No he osado llegar a tanto. Ni siquiera conseguí leer del todo Larva, de Julián Ríos, a quien por cierto me llevó Goytisolo, aunque sí otras de sus obras, como la gran Sombreros para Alicia. Sé que, en algunos aspectos, me quedé anclado en ese experimentalismo, enfermedad de la que me curé relativamente en la segunda versión

Portada de Nos

reducidísima de Nos, novela que me publicó editorial Nazarí. Y no obstante, ¿por qué se puede innovar en pintura, en música, incluso en teatro pero no en novela?, ¿nos agarramos al entretenimiento sin calentarnos la cabeza?, ¡pues muy mal!

Sí he intentado agarrarme a mi modelo musical, imitando formas o estructuras musicales en mi narrativa: la fuga esencialmente, con la paralela historia de Todros ben Virga en Ashaverus el libidinoso, o la autonecrografía del diablo Dé en El desvelamiento, que permanece inédita y sin revisar. Incluso el uso y estudio del papel de la música y los números en la filosofía pitagórica en la también inédita El circo de Pitágoras. O la polifonía en las escenas grupales de Nos. Y no debo olvidar la mención de la también inédita La novena, cuya armazón sigue, espero que fielmente, la estructura musical de la novena sinfonía beethoveniana.

Pero, si no les importa, me gustaría seguir con mi historia, con todos esos casos que recordar quisiera y que algunos son vergonzantes, por eso no los digo, y otros son gratos y con ellos intentaré entretenerlos.

La mili fue tiempo de lectura. Y de amargura porque no hay cosa peor que sentirse inútil. Pero al final me supe organizar y tuve bastante tiempo libre que dediqué a leer. Dos lecturas fueron importantes: Borges, y su El Aleph y Luis Martín Santos con Tiempo de

José Lezama Lima

silencio. Toda una experiencia. Ya había leído el Ulises joyceano o Paradiso, de José Lezama Lima, prestados por Salvador Montero, como tantos libros, pero aquello de Martín Santos era otra historia, algo como de casa.

Acabado el período militar todo se disparó. Pareció ese tiempo atropellado del final de La montaña mágica. Me metí en la lucha sindical clandestina, me casé, tuve un hijo, cambié de trabajo, murió el dictador, empezó esa Transición que me obsesiona como tema novelístico, encontré empleo en la Enseñanza Secundaria, me separé, empecé a escribir en serio, me vine a vivir a Granada, conocí a mi amor por lo sentimental y esposa por lo legal. Por ese orden. Todo acelerado, sufriente, apasionado. Y, repito, empecé a escribir en serio. Lo hice casi a tientas, sin saber cómo hacerlo. Mi primera novela, Nos, tenía casi quinientas páginas. Veinticuatro años más tarde la reduje a la mitad y la publiqué. Estoy orgulloso de ella. Según algunos amigos es lo mejor que he escrito. Y es la que menos ventas ha tenido. Así son las cosas. Creo que refleja qué fue la Transición desde el lado menos poderoso. Refleja la ilusión de un grupo por hacer las cosas nuevas y bien. Y el fracaso, claro está.

Mi primera plaza granadina fue Guadix. Nueve años de relativo aislamiento. Fue bueno.

Nada más llegar a Granada en el año 90 me añadí a una tertulia en el bar del mismo nombre. Filosófica la llamaban. Unamuno reconoce que como mejor se piensa es conversando. Lo peripatético, vamos, pero sentados ante una cerveza, no paseando por un jardín. Y seguí escribiendo ficción. En el año 2003 ocurrieron dos cosas que me transportaron a un estado de optimismo exacerbado. La una, familiar, la reservo para mi

José Vicente Pascual

intimidad. La otra fue la publicación de mi primera novela, que en realidad era la tercera en mi producción, edición que fue gracias a mi querido amigo y académico D. José Vicente Pascual, que también tuvo en mi vida el papel de introductor en el ambiente literario granadino y a quien asimismo quiero aquí expresar mi agradecimiento. Mi euforia entonces, en aquel annus splendidus, la notaron incluso mis alumnos más crecidos. Muy poco tiempo más tarde y tras la práctica desaparición de la anterior tertulia, gracias a D. Gregorio Morales me añadí a la tertulia del Pelín, que después fue del Salón. Tal cosa me llevó no solo a posteriores publicaciones sino a amistades muy queridas y entrañables y a disfrutar de pláticas sobre los asuntos que me apasionan. Los dos premios de novela concedidos: el Provincia de Guadalajara por Buscar o no buscar, y el Francisco Umbral de Majadahonda por La insigne chimenea, no me catapultaron a la fama pero sí a la consideración literaria de mis amigos y al ingreso en esta Academia de la cual hoy se celebra mi paso a

Gregorio Morales

Supernumerario.

Porque esa fue la guinda del pastel: mi ingreso en la Academia de Buenas Letras de Granada. Nunca agradeceré bastante esta distinción que para mí significó no solo el reconocimiento y un agradabilísimo festejo a mi ego, sino la colaboración en proyectos de los que estoy satisfecho y espero los demás lo estén asimismo, y el contacto con nuevos amigos a quienes aprecio y con los que me regocijo en departir. Esta admisión fue, como digo, el colofón. Más, la correspondiente al Institutum Pataphisicum Granatensis que me permite sacar mi yo más satírico e irónico, mi risa que, como el amor, es vida siempre, y mi imaginación más alocada.

Tal vez con estos recuerdos estoy soñando, acaso porque en ellos deformo algo lo ocurrido tanto en mi exterior como dentro de mí de idéntica forma a como los espejos cóncavos o convexos deforman profunda o ligeramente lo reflejado. Es inevitable esa aberración que no es óptica sino sentimental porque el tiempo va entelando los acontecimientos, acaso magnificándolos, y debo reconocer que esa es mi tendencia desde que me vine a vivir a Granada y encontré la paz espiritual, física e intelectual.

Portada de Pasados los setenta, de Ernst Jünger

“La esperanza cumplida es un sueño potenciado”, dice María Zambrano. Y continúa: “sueño, porque confiere retrospectivamente carácter de sueño a la vida real”. Mi vida real, es cierto, se ha convertido en sueño. Nunca creí demasiado en la esperanza; para mí, la gran embustera, dije en un texto publicado. Y sin embargo, debo admitir que la tuve: la esperanza de ser leído aunque solo fuese por mis amigos, la esperanza de poder conversar amistosamente sobre esos temas que me mueven a vivir, la esperanza de saber todo lo que cabe en una vida, que no es mucho. Y las esperanzas cumplidas, las ilusiones realizadas, producen un éxtasis placentero incomparable.

Tengo de mi personaje Enrique Fuster Bonín, cuyas aventuras fueron publicadas por Nazarí y Port Royal en ambos Ashaverus, la curiosidad, una inmensa curiosidad que me convierte en niño de mirar pasmado o en adolescente malcontento. No tengo su valentía, y quizá por eso se la

Portada de Ashaverus el libidinoso

atribuí, para compensar mi propia timidez. Carezco de la capacidad seductora y amatoria de mi personaje Roberto, protagonista de Buscar o no buscar y que aparece en varias de mis obras inéditas. No tengo la lucidez de Simeón, coprotagonista de Nos. Ni siquiera poseo la esperanza de parecerme a ellos. Demasiado tarde, demasiada pequeñoburguesía por mi parte. Pero esos personajes existen en mi interior, son mis amigos invisibles a los que adoro y a quienes me gustaría parecerme. Solo un personaje, Julio, es mi otro yo. Apocado, tímido, honesto, sempiternamente insatisfecho. Es cierto que de algunos de esos defectos, no de la honestidad, creo, me han curado Granada y la edad. Solo en una novela publicada no he puesto nada de mí mismo y sí de un amigo real muy querido: la que esta Academia de Buenas Letras de Granada tuvo a bien publicarme en 2018, Concierto triste para trío y coro. Creo que en la novela es acto de lesa traición literaria la autobiografía, asunto que debería atañer con exclusividad al Diario o a la Confesión. Con todo, caí en ella en ciertos aspectos en aquella primera novela publicada por el Excmo. Ayuntamiento de Granada en su colección Granada Literaria, Bajo la encina. Y es que los principios, si no quiere uno convertirlos en fundamentalistas, lo mejor es traicionarlos… moderadamente. Estoy convencido de que la novela tiene como

Portada de Bajo la encina

asunto la ficción, el invento, aunque también es inevitable la entrada en ella de la idiosincrasia o las inquietudes del autor.

Y de lo que no hablaré es de la constante inseguridad, del trastorno bipolar no agresivo pero doloroso que me hace pasar de la euforia de sentir el trabajo bien hecho al desánimo porque lo escrito es un asco, incluido lo ya publicado. Y no hablaré porque no deseo confesión ni participación de ustedes en un problema que harto nos atosiga a muchos artistas… excepto a aquellos que están seguros de sí mismos o a quienes el éxito ha convencido de ello. ¿Y por qué sigo haciéndolo, por qué este “sufrigozo”? Escribo para gustar, para seducir, escribo para explicarme el mundo al mismo tiempo que me invento otro más (o menos) placentero en el que habitar, sigo escribiendo, o lo intento al menos, porque no puedo hacer otra cosa, escribo con la ilusión de ser eterno, y todas las ilusiones son falsas e ilusas.

En fin, todo este excurso, porque discurso no ha sido, tenía como objeto rememorar cuestiones, homenajear a amigos que me ayudaron en mi formación literaria y agradecer, repito, a esta Institución Académica que me ha permitido, no solo pertenecer a ella, sino sobre todo amistar con muchos de sus miembros y enriquecerme con sus conocimientos y sabiduría que han venido a complementar esa gran curiosidad que me mantiene vivo. Muchas gracias.

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Reseñas de tres libros, tres

Aquel que filosofaba a martillazos

Las reseñas de libros que coloco en este blog tienen una clara intención: animar a su lectura. Pienso que, si a mí me gustaron, también gustarán a los ojeadores de este cuaderno de bitácora en el cual el mar que se describe es el del goce de la lectura, de esa actividad que tiene dos enfoques: discutir con las personas más inteligentes que en el mundo han sido, y disfrutar de mundos imaginados y descritos con mayor o menor habilidad. La cultura es casualidad, dijo Nietzsche, y esa casualidad se da, sobre todo, en el boca a boca (no seáis mal pensados y no os figuréis besos retorcidos, que también así se trasmite la cultura, sino mensajitos que se dan de uno a otro, ¡por Dios Bendito!). A veces son las páginas culturales, siempre interesadas en promocionar ediciones y editoriales, y a veces el boca a boca llega por los amigos. Este último es aquí el caso.

Voy, pues a recomendar tres libros que en los últimos meses me han subyugado. Incluyo tres como el jugador de cartas hace su reparto en el tapete verde: para que el contrincante pueda elegir si se queda con una, con dos o con las tres. Los tres están escritos por amigos, pero también digo: aunque leo libros de amigos, no todos los recomiendo, no se me debe ni se me puede acusar de amiguismo ni de parcialidad. Lo de los amigos está muy bien, pero potenciar amiguetes no es honesto.

Portada de María Zambrano, mínima biografía

El primero será María Zambrano, mínima biografía, de Jesús Moreno Sanz, en editorial Isla de Siltolá. De Zambrano ya he hablado en este blog, pero su biografía no solo es interesante sino que explica algunos de sus pensamientos, sobre todo en lo que atañe a su discipulado, admiración y fidelidad a Ortega, su acercamiento y pasión hacia el misticismo y el gnosticismo, y el papel del exilio en la vida. Como se sabe, la malagueña tuvo que exiliarse a razón de la Guerra Civil: vivió en México, Cuba, Puerto Rico, Italia y Francia. Todo un periplo muy normal entre quienes tuvieron que dejar su casa por culpa de aquella guerra estúpida. Jesús detalla año por año estos avatares, su aprendizaje, sus primeras obsesiones académicas, su papel como intelectual en la 2ª República, el exilio y sus penurias económicas subsanadas muy a menudo gracias a los amigos y a una capacidad de trabajo que, si no tan grande como la de Unamuno, se le acercaba, la expulsión de Italia por culpa de la enorme cantidad de gatos que recogieron su hermana Araceli y ella, el refugio de La Pièce, cerca de Ginebra, la relación con Araceli y lo que significó su muerte para ella, la vuelta a Madrid y los trámites necesarios para tal cosa, con el dinero necesario para su mantenimiento, dónde viviría y quién o quienes la atenderían porque ya necesitaba, por la salud, atención continua.

El autor, Jesús Moreno fue uno de los principales artífices de esa vuelta, y por eso conoce de primera mano lo que ocurrió. Y lo cuenta con gracia, con estilo. Me leí el librito en un par de días: no pude dejarlo. Porque, además de un detalle de la vida, sin meterse en

Jesús Moreno Sanz en sus buenos momentos

camisas oncevarescas sobre el pensamiento de la filósofa, cosa que ya hizo en El logos oscuro, un obrón (u obra grande) en cuatro tomos donde pormenoriza sus ideas sobre todo en lo que atañen a la mística y la gnosis, sí que apunta sus inquietudes, como ya he dicho, y estas llevan de la mano hacia su reflexión. Ligero de leer, barato, manejable por ser libro chico, bien contado y con fidelidad. ¿Qué más hace falta que os diga? Tal vez destacar una anécdota pues a veces estas alegran una biografía llena de datos que podría, y no es el caso, ser árida: la primera idea de residencia en España en el año 84 fue Valdepeñas en un convento de monjas; le prepararon una estancia muy cómoda; para demostrarle a la Superiora que acomodar allí a esta señora, el negociador le dijo, ¡por Dios, hermana, que María Zambrano fuma y bebe güisqui!, a lo que respondió la monja con alegría, ¿de qué marca?

El segundo será una novela. José Antonio López Nevot ha escrito una maravilla llamada El jardín del Ginkgo, publicada en editorial Carena. Imagínense aquellos últimos años del franquismo, cuando ni siquiera la policía osaba hacer barbaridades con los militantes

Portada de El jardín del Ginkgo.

izquierdistas que encarcelaban porque no sabían por dónde iba a salir la cosa. O al menos eso fue así en muchos casos. En otros, no. Aquellos tiempos en que cualquiera podía ser un confidente o un izquierdoso, en los que el país lo mismo podía ir hacia algo mucho peor aún de lo visto, quedarse como estaba o mejorar.

El jardín, en el que en efecto, hay un Ginkgo, es el que está a un lado del edificio de la Facultad de Derecho de Granada, pero en ningún momento se aclara si la ciudad es la nuestra u otra cualquiera de las medianas que había y hay en España. El protagonista es un estudiante en esa Facultad, pero la trama, en la que ocurre todo y nada, es, como la califica otro amigo, expresionista, es decir reflejada en espejos deformantes, casi surrealista, absurda. Con una luz disparatada, deslumbrante en los días de sol y enlutada en las noches, donde perderse en la propia ciudad es normal. Hay personajes que podrían estar perfectamente en ambas Alicias, las de Lewis Carroll, como los dos profesores que aparecen disfrazados de esto o de aquello, que incordian a otro profesor más bisoño con quien el protagonista hace amistad, y que recuerdan a los absurdos gemelos Tweedledee y Tweedledum. Hay un cine con forma de huevo, con programas dobles donde ponen excelentes películas y bodrios; uno piensa en el ovoide

José Antonio López Nevot. Parece su foto de carné

Humpty Dumpty. Hay un grupo de extrema derecha casi inofensivo: les gustan los uniformes, las armas, ir a todas partes juntos, y solo se permiten darle una paliza a un absurdo vagabundo que reparte barajas pornográficas de cartas; en la presentación de esta novela los califiqué de más tontos que un zapato, y lo son: no reflejan a aquellas bestias pardas de los Guerrilleros de Cristo Rey sino que José Antonio se los inventa. Se roba un ornitorrinco disecado que asoma en el lugar más inesperado. Hay una chica (¿cómo no va a haber una chica?, ¡ay, las chicas…!) que parece la Maga cortazariana, y por eso aparece cuando menos se la espera. Hay un tipejo que se gana la vida robando libros. Parece un follón. Pues no. ¿O es que no recordamos lo absurda que fue aquella época?. Lo que pasa es que López Nevot la retrata absurdamente. Algo semejante ya hizo Cirlot en su única novela Nebiros, irracionalizar la noche porque la época que retrató en esa novela era irracional: un mundo de represión sexual y putas.

La tercera no es una guía turística. Tampoco es una novela. Ni mucho menos, una autobiografía sentimental. Porque es todas esas cosas a la vez. Se trata de Por los barrios de Granada, de Fernando de Villena, editada por Port Royal cuyo dueño, Ángel Moyano, también es amigo. Lo aviso para no darse a engaño. Pero prometo, y lo puedo prometer,

Portada de Por los barrios de Granada

que el libro me ha encantado y por eso le hago propaganda, no por nada espúrio. Fernando de Villena, además de ser una excelente persona, escribe bien y escribe mucho. Si algún día, que sea muy tarde, hubiera que publicar sus obras completas, estas llenarían estanterías, muchas. Goza de varias virtudes para poder tener una producción tan amplia: imaginación, una cultura envidiable, muy buena memoria y un dominio del lenguaje que ya quisiera más de uno.

El libro está dividido en capítulos, cada uno de ellos dedicado a un barrio o zona granadina. A su vez, en cada capítulo hay párrafos alternados entre la descripción, que nunca es rutinaria y sí poética, las aventuras del narrador y autor, el propio Fernando, casi todas en su infancia y juventud, y por último algunos de esos párrafos dedicados a personajes nacidos en Granada o que pasaron por aquí, y entre ellos los hay narrativos, hay cartas, opiniones de otros, encomios de la ciudad o añoranzas desde lejos. Debo aclarar que Fernando es también un gran conocedor de la historia, sobre todo de la del siglo de Oro, época en la que, me parece a mí, le habría gustado nacer. Aunque ya quisiera verlo yo con espada al cinto y desenvainándola para algo más que limpiarle el orín. Estos párrafos son subyugantes porque el lenguaje se adapta a los usos lingüísticos del siglo al que pertenecen, pudiéndose encontrar fragmentos con lenguaje del XVI o XVII, con estilo romántico o clásico, etc., asunto este para el que el autor tiene especial gracia. Y puedo

Fernando de Villena.

asegurar esto pues, sin haber leído su obra narrativa completa, sí me acerco bastante: una elegancia inmensa cuando se trata de usar los lenguajes que significaron las cotas más altas del español.

El amor por su ciudad es, desde luego, palpable. Como tantos que en ella han nacido o que vivimos entre sus calles y barrios, sí, pero él tiene esa iluminación exacta para revelar ese amor con palabras.

Debo aclarar que esta edición es segunda. Ya se publicó este libro, con el mismo título, en el año 94. Esta, de este 2019, elaborada magistralmente por editorial Port Royal, y con fotografías a color de nuestra “imperial y papal villa”, está corregida y aumentada mínimamente. El autor se planteó, al parecer, modificarla en profundidad, pero decidió al final dejarla casi como está, añadiéndole algún párrafo que enriquece más aún el libro. Y lo decidió así por puro respeto a lo que ya hizo y por un ataque de nostalgia, achaque este que padecemos todos los que superamos los cuatro lustros.

Son tres libros, tres, muy recomendables. Se leen del tirón, no puedes evitarlo. Producen placer. Ilustran y educan. ¿Qué más se puede pedir? En serio, leedlos, merece la pena.

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Dos artículos periodísticos

De nuevo coloco aquí dos artículos aparecidos en el periódico Ideal de Granada, en la sección que cede a la Academia de Buenas Letras de esta ciudad. Ambos se refieren a escritores un tanto en el umbral, fuera del ámbito normal o asiduo, Mario Satz y María Zambrano. Me entusiasmaría, más que me gustaría, que la lectura de ambos artículos os llevara a frecuentar a estos dos grandes, ella más conocida aunque poco leída (hay Institutos de enseñanza que llevan su nombre), él, por desgracia, no demasiado leído y menos conocido.

Mario Satz, un hombre sabio

Portada de Umbría lumbre

En el año 92 leí un maravilloso libro llamado Umbría lumbre. Era un análisis de San Juan de la Cruz comparándolo con el misticismo sufí y el hebreo. Desde entonces he intentado contactar con su autor, Mario Satz Tetelbaum. Un amigo común me dio su correo electrónico y desde hace solo unos meses nos carteamos. Con una generosidad admirable, al ser yo un desconocido, me ha enviado escritos y cuentos que han enriquecido mi espiritualidad.

Mario nació en Argentina y reside en Barcelona desde hace años, quizá tantos como los que yo mismo llevo viviendo en Granada. Con la idea de escribir una novela ambientada en Jerusalén, viajó allí pero se quedó estudiando hebreo y Cábala o misticismo hebreo y la Torá (el Pentateuco en la Biblia cristiana).

Con amplísimos conocimientos en mística hebrea y árabe, así como en budismo y en historia de las religiones, es, además de novelista, poeta (faceta poco conocida de él, al menos en España) y ensayista. Sus obras son un portento de sabiduría, tanto las puramente cabalísticas (conformadas por pequeñas narraciones en las que un rabino habla y reflexiona, así como un tratado pequeño y divulgativo titulado ¿Qué es la Cábala?), como las narrativas, novelas y cuentos. Estos últimos tienen mucho de las anécdotas o paradojas zen, con algo de Las Mil y una Noches, más los conflictos normales entre personas. Una amalgama de ensueño. Porque el ensueño forma parte de ellos.

Portada de Una piedrecita blanca

Las novelas también son motivo de cavilación, altamente negativas para todos aquellos que leen para no calentarse la cabeza. Una piedrecita blanca, La música de las esferas, La ocarina azul son algunas de ellas. Hablaré de la primera, quizá la que más me impresionó y que compartí con amigos. En primera persona narra la experiencia de una diminuta piedra que perteneció a un esenio, allá por el siglo I o años antes, quizá, del nacimiento de Cristo. Este se la regala a Juan el Bautista y este a Jesús. El Mesías cristiano se la regala a Juan el Evangelista y este a Juan el autor del Apocalipsis, en quien se centra la historia. Cuando no existían los móviles, la gente reflexionaba, y para ello era de gran ayuda manejar un objeto, distraer las manos de su inactividad. Y esa es la utilidad de la piedrecita. En Patmos, Juan vive numerosas experiencias en tanto escribe clandestinamente su texto, pues la isla está ocupada por los romanos. Texto lleno de inteligencia, trufado con los llamados pitgamei Jesu, reflexiones de Jesús, que Mario Satz se inventa y se las atribuye a tradiciones de los primeros cristianos, pero que si no son ciertas están bien halladas. Un regalo para el espíritu, aun para los no creyentes.

Sus textos cabalísticos, además del ya nombrado, son narraciones, digamos rabínicas, que ilustran la guematría, el notarikón o la temurá, métodos de alteración o metátesis de la lengua hebrea y que sirven para, relacionando palabras o frases, reflexionar con la misma agilidad y eficacia con que la razón sirve en la filosofía occidental. También tiene otros libros, como Árbol verbal o Senderos en el jardín del corazón, que son aplicación cabalística de esos métodos en la espiritualidad de la que tan precisada está nuestra sociedad, apresurada y materialista.

Mario Satz

En realidad, Satz es el mayor experto mundial vivo en Cábala que escribe y publica en español. Un hombre sabio de imprescindible lectura y caído, en muchos casos, en un olvido deplorable. ¡En este país donde se escribieron algunos de sus textos fundamentales como el Zohar!, y lo tenemos ahí, aún vivo y con sus libros disponibles.

Asegura que el conocimiento es centrífugo y la sabiduría centrípeta, es decir que el primero se dirige hacia afuera, hacia lo externo, en tanto lo segundo va hacia dentro, al interior. Recupérenlo, léanlo, reflexiónenlo, merece la pena.

María Zambrano, un necesario recordatorio

No se cumple centenario alguno de su nacimiento ni de su muerte. No hay obligación social, por estas majaderías de los aniversarios, de recordarla, pero debemos hacerlo para que no sea olvidada. Quizá sea la mayor pensadora de la historia de España junto a otras grandes como Teresa de Cepeda. Muchos aseguran que no fue filósofa sino pensadora, que lo suyo es el ensayo. Es cierto que no creó sistema filosófico alguno, pero si se considera filósofo a Ortega, con mucha más razón habría que calificarla de tal a María.

María Zambrano con Jesús Moreno Sanz

El pasado día 8 de marzo, Día de la Mujer, el director de la edición de las Obras Completas de la autora, Jesús Moreno Sanz, conferenció en el Centro Artístico de Granada sobre ella en una charla titulada: ¿Adónde te escondiste?: mística, gnosis y exilio en María Zambrano.

¿Mística? Siempre le obsesionó el tema. Ella era creyente y se interesó, no solo por el misticismo cristiano sino también por el sufismo o mística islámica. Declaró de Louis Massignon, islamista francés y católico convencido, que: ”él ha sido el único maestro que desde hace larguísimos años he tenido”. Reivindicó también las figuras y obras de Miguel de Molinos e Ibn Arabí.

¿Gnosis? Interesada por el taoísmo, estudió a Laotsé y a Zhuangzí. Al mismo tiempo, se interesó por los Coloquios de Royaumont, lo que la animó a estudiar los sueños como forma de conocimiento y contradecir, en cierta forma, a Freud.

María zambrano y una de sus maravillosas frases

¿Exilio? La marcó indeleblemente como a tantos españoles que en el 39 tuvieron que salir del país. Reflexionó sobre el tema y lo entrañó, palabra que ella utilizaba para decir que lo interiorizó. Su personaje del Bienaventurado, al que también llama Exiliado o Idiota, es el que renace en otro sitio ajeno, el sempiternamente ajeno vaya donde vaya o esté donde esté. El Exiliado es el invitado, el huésped, incluso puede concedérsele el título de residente, pero no se le “naturaliza”.

María Zambrano mantuvo discusión escrita con Nietzsche, con su maestro Ortega, con Heidegger, con Husserl. De su época, solo Zubiri estuvo a su altura (pero el donostiarra es mucho más abstracto) porque a Ortega llegó a superarlo. Conocida es la anécdota donde él le recriminó estar de vuelta mientras ellos aún estaban en el camino. Y se refería, claro, a sus reflexiones en torno al misticismo, tema que a don José siempre le dio un tantico de repelús.

De todo eso y de más se habló en esa conferencia. Jesús Moreno Sanz, en una extensa charla, nos trajo a la luz la existencia y el pensamiento de la malagueña. Pues además la adornó con anécdotas de su vida, que las hubo y muchas por cuanto fue una experiencia amplia y tan placentera como dolorosa. Anécdotas que denotaban un carácter fuerte y decidido, y también, cómo no decirlo, un sentido del humor excelso.

María Zambrano ya en Madrid

Aunque lo mejor siempre viene luego porque con algunos amigos nos fuimos a tomar algo tras la conferencia y allí nos bombardeó con más hablillas y más profundizaciones en el pensamiento de una mujer que fue importantísima y que, si no olvidada, sería exagerar, sí es cierto que muchos la conocen solo por el nombre de alguna plaza o calle, por como denominan a algún instituto de enseñanza o por el título puesto a una estación de tren. Cierto es que leerla es a veces dificultoso, pero quien no se moja no coge peces, y sumergirse en su pensamiento, rico y frondoso, es una aventura personal merecedora del esfuerzo.

De derecha a izquierda: Jesús Moreno Sanz, Celia Correa, presidenta del Centro Artístico de Granada y un servidor.

Por suerte, la magnífica edición de las Obras Completas, nos permite al fin acceder a unas versiones depuradas de los 23 libros que publicó aquélla, de entre los que me atrevería a recomendar, aunque sólo sea para meter el pie en piscina tan grata y enriquecedora, la lectura de tres de ellos: Filosofía y poesía, Persona y democracia, y El hombre y lo divino.

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Dos artículos periodísticos

Como otras veces, coloco aquí dos artículos aparecidos en el periódico Ideal de Granada, en la sección que cede a la Academia de Buenas Letras de esta ciudad. El uno es una reflexión, como se verá. El otro es homenaje a una persona que se dedica de forma altruista y por mera afición a fotografiarnos a todos los intelectuales granadinos en aquellos actos en los que participamos. Espero que os gusten.

La indiferencia

Portada de dos de los siete libros que conforman En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust

Me contaba un amigo filósofo, especialista en María Zambrano, la forma en la que leyó los siete tomos de A la búsqueda del tiempo perdido en su juventud: viviendo en una Residencia de Estudiantes madrileña, se sacaba un sobresueldo dando clases particulares en la otra punta de Madrid. Debía, por tanto, tomar un autobús y pasar largo rato en él. Leer en un medio de transporte como ese es incómodo si uno viaja de pie: baches, frenazos, acelerones. Sentado es más cómodo. Doy fe de ello por cuanto he sido lector de metro en Barcelona. Pues bien, él subía al autobús cojeando y atravesaba el pasillo haciéndose el rengo por ver si alguien le cedía el asiento. Normalmente lo conseguía y podía leer cómodamente su Proust. Parece historia extraída de nuestra picaresca.

Mi hijo mayor, nacido en el año 74, tenía que viajar a menudo conmigo en el metro o autobús barceloneses. Le enseñé a ceder el asiento a personas mayores, cojos (entonces no se decía discapacitados) y señoras embarazadas o cargando bebés. Con cinco o seis años, si podía sentarse lo hacía con la mirada atenta a cuantos subieran al transporte, y se levantaba apresuradamente ofreciendo su asiento a quien pudiera necesitarlo.

No solo quienes van absortos en el móvil, seres con quienes no se puede contar para nada, sino cualquiera que lleve la mirada perdida, ausente o vacía, joven o no tan joven, se abstendrá hoy de ofrecer su puesto a alguien en las circunstancias que antes detallaba. Ni siquiera se apartarán, como si el resto de la humanidad fuese transparente. Salvo excepciones, claro, que las hay. Si no las hubiera, tal vez me tentaría un suicidio colectivo.

Autobús hasta los topes (esto de hasta los topes se decía por los antiguos tranvías, donde la gente se encaramaba a los topes traseros para no pagar o cuando ya estaba el tranvía muy lleno).

¿Qué nos está pasando? Tal vez sea inexorable que la ciudad cruel nos oprime tanto que si alguien recriminase, oiga, ¿no ve que hay personas a su alrededor?, el interrogado contestaría, ¿personas, dónde hay personas?, mirando inquisitivamente a su alrededor como si en lugar de hallarse en mitad de Puerta Real, estuviese en la isla de Robinson.

¿Es que nos ha atacado de pronto y masivamente una epidemia de egocentrismo o de ignorancia de la existencia ajena? Hay enfermos que, desgraciadamente, son incapaces de sentir empatía alguna con las personas que los rodean, pero no es el caso. El personal, generalmente, no padece enfermedad. Simplemente nos negamos a contemplar la existencia del otro. No somos capaces de distinguir la molestia ajena, y por eso podemos ver sin inmutarnos a un discapacitado, una embarazada o una anciana que apenas puede agarrarse a la barra de sujeción del autobús, sin pensar que ese asiento que ocupamos podría ser mucho más necesario para esa persona que para el yo. Para esas cosas hay psiquiatras. ¿Será la psiquiatría el oficio del futuro, mucho más que el de diseñador de página web?

No solo es de buena educación ceder el asiento a personas mayores, sino propio de personas solidarias. Y ahora que se habla tanto de solidaridad…

Es evidente que, de inmediato, se piensa que la culpa es de la enseñanza, de la educación que imparten maestros y profesores de secundaria. No me imagino yo a esos profesionales poniéndole voluntad a demostrar a sus alumnos que los viejos o minusválidos merecen todo lo malo que les pase ¿Cómo podemos ser tan cínicos?, ¿cuándo hemos abandonado por completo la educación de nuestros hijos a la televisión o la calle? Cierto compañero escuchó una conversación de progenitores diciendo: ¿yo?, ¡vamos!, si mi niño se pone malo, lo llevo al médico, ¿no?, pues si tiene un problema en la escuela, que lo solucionen los maestros. Ese problema gravísimo de nuestra sociedad no se soluciona con asignaturas sino con sociedad.

O acabaremos como en la novela de Bioy Casares, Diario de la guerra del cerdo, donde el objetivo de bandas y grupos de jóvenes son los viejos, a quienes golpean o matan sin motivo alguno, solo porque sobran, ya no son útiles.

Nuestra fotógrafa, Ana Jiménez Valladolid

Granada es ciudad productora de sorpresas. Todas las ciudades lo son, es cierto, pero algunas más que otras. En estas son sus edificios, aquellas, los paisajes que las rodean, otras tienen una vida cultural intensa, las de más allá poseen barrios que maravillan. Unas son más acogedoras u hospitalarias, otras menos. Pero, ¿y las caracterizadas por sus personajes? Más que personajes, personalidades centradas en extraños entretenimientos, estrafalarios aunque todos lo seamos un poco.

Con la fotógrafa Ana Jiménez Valladolid, cronista gráfica cultural de la ciudad de Granada

En Granada es destacable todo lo dicho, pero conviene hoy hablar de uno de esos personajes: Ana Jiménez Valladolid. Maestra de escuela jubilada, andarina incansable aunque ya algún estrago sufre por la edad (si no los sufriera, sería angélica), tiene dos aficiones: una es un coleccionismo no muy habitual, el de los marcadores de libros, y por la cual suele pasarse por las Ferias del libro o librerías de la ciudad pidiéndolos a quien buenamente quiera dárselos, o en ocasiones los consigue por la colaboración de sus amigos. Es de la segunda afición de la que quiero hablar, homenajeándola de paso. Esta consiste en fotografiarnos a todos los personajes importantes, o no tanto, de la cultura granadina. Gasta una cámara digital, pequeña y manejable, armada de la cual se sienta en primera fila (cuando puede) de cualquier acto programado. La he visto salir corriendo, y lo de correr es literal pues camina con la ligereza propia de una quinceañera, de un acto a medio acabar para volar hacia otro y poder fotografiar a sus protagonistas. Y es que en Granada, la actividad cultural es, si atendemos comparativamente a su población, superior a la de algunas ciudades como Madrid, Sevilla o Barcelona.

Depués, revela en papel las que le interesa, apetece, o considera de calidad y las regala a quienes aparecemos en la imagen, quedándose siempre un ejemplar para ella que archiva en carpetas. Carpetas físicas, no virtuales. Y lo digo en plural porque Ana tiene una para cada personaje de la cultura granadina. Una para menganita, otra para zutanita, y la de más allá para fulanito o sotanito. Un fondo documental interesantísimo y abundante.

Uno cualquiera de los muchos actos culturales celebrados en Granada quién sabe cuándo. Ana Jiménez Valladolid está, como de costumbre, en primera fila para poder fotografiar a gusto. Aquí se la ve de espaldas.

La hemos homenajeado en el Centro Artístico, Literario y Científico de Granada, obsequiándola con un acto al que asistió engañada y un cartapacio con textos y dibujos de algunos que hemos sido fotografiados por ella. Fue un diminuto agradecimiento por su labor, por su tarea de hormiga que sí, a ella le da sentido a su existir, que la entretiene como cualquier afición, pero también da un servicio, no solo personal a cada uno de esos raros que nos dedicamos a escribir, pensar, pintar o hacer música, sino un servicio social que sería una verdadera lástima que se desperdiciara y perdiese.

Hay, pues, personas que se dedican a una afición que solo las beneficia a ellas, y las hay cuya afición, entretenimiento, afán o gusto beneficia a la comunidad. Ana hace historia con sus fotos, y no porque yo crea que nosotros, esos a quienes fotografía, seamos importantes, sino porque nuestra obra sí lo es para la ciudad en la que vivimos y el país en el que pagamos nuestros impuestos. Cualquier día se perderá todo esto, lo sé, víctimas de ese desprecio ancestral del español por la cultura, desprecio que últimamente se ve incrementado por esa pandemia llamada teléfono móvil. Pero entonces quizá seremos menos yoes, menos personas, menos individuos y nos habremos convertido más y más en borregos comandados, no ya por un pastor o dirigente, que ya de por sí es malo, sino por una maquinita absurda que nos hace creer que estamos “conectados”. Conectada con la realidad está Ana Jiménez Valladolid, con sus fotografías de esa realidad que hace moverse a la ciudad, que la aguijonea, la despierta, o cuanto menos eso intentamos, me parece a mí.

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Presentación de mi novela Concierto triste para trío y coro.

Portada de Concierto trsite para trío y coro

El día 14 de mayo de este año, en el Centro Artístico de Granada, Fernando de Villena me presentó mi novela Concierto triste para trío y coro, editada por Alhulia con el patrocinio y en el seno de la Academia de Buenas Letras de Granada. Aquí adjunto un resumen de la hora completa en la que estuvimos hablando en forma de presentación-entrevista.

Presentar hoy a nuestro amigo Miguel Arnas Coronado en el Centro Artístico puede resultar algo redundante puesto que es uno de los miembros más queridos y activos de esta noble institución, pero por si alguno de los presentes lo ignora, diré que nació en Barcelona en 1949 y que, aunque ha escrito dos libros de poemas en prosa (“El árbol” y “Piano en pájaro”) y numerosos artículos de diversa índole que aparecen en prensa y en su blog, donde más se mueve como pez en el agua es en la narrativa, en la que ya nos ha dejado las novelas “Bajo la encina”, “Buscar o no buscar”, “La insigne chimenea”, “Ashaverus el libidinoso”, “Nos” y “Ashaverus el creador”. A toda esta obra se viene a sumar hoy la novela que presentamos: “Concierto triste para trío y coro”, publicada por la editorial “Alhulia” en la bellísima colección “Mirto” de la Academia de Buenas Letras de Granada a la cual pertenece el autor como miembro de número.                                                                                                                                                   Pregunta: ¿Consideras importante que el libro aparezca avalado por esta Academia cuyo prestigio en Granada no hace sino crecer?

Para mí es importantísimo pues, como sabes, y tú mejor que nadie ya que fuiste uno de mis mayores avales para ingresar en ella, es un honor inmenso que se me hizo y que agradezco. Desgraciadamente, el número de lectores es cada vez más exiguo, de modo que la trascendencia que puede tener un nuevo libro, y menos aún de alguien casi desconocido si no es por los amigos que me apreciáis y por este Centro Artístico granadino tan histórico, esa trascendencia es mínima. Tal vez ocurre lo que tanto he repetido: muchos leen para no calentarse la cabeza, para que se les repita lo que ya saben y corroboren sus opiniones. Tienen trascendencia las personalidades televisivas, sobre todo. Quienes nos dedicamos a esta humilde labor de intentar convertir en arte historias y lenguaje, como tú o como yo, aunque tú con más ciencia, poco podemos hacer en ese ambiente de decadencia cultural. Mi ambición, eso sí, es ser leído. Me importan un ardite la fama o el dinero. Mi sueño es ver a una persona desconocida, en un autobús, en una plaza, leer alguno de mis libros. 

La Presidenta del Centro Artístico, Lliterario y Científico de Granada, junto al presentador, Fernando de Villena y un servidor

El título de la novela me parece muy acertado pues la trama de la misma la conforman tres personajes principales y un coro de secundarios, y tanto sobre unos como sobre los otros planea la tristeza o incluso la derrota. De este modo, podemos hablar de una novela desoladora, terrible, amarga. Y sólo algunos personajes femeninos de segunda fila como María o Assumpta se salvan de ese negro panorama. En toda la obra se deja sentir la angustia de una muerte que tuvo lugar en el pasado. Es una historia que se nos va desvelando poco a poco hasta alcanzar el unamuniano final.

Es un título musical. Ya conoces mi obsesión por relacionar ambas artes, la literatura y la música. Es curioso porque es una de mis pocas novelas donde en su contenido ninguna referencia musical hay, solo en el título y en los encabezamientos de los capítulos que titulo con los nombres que se adjudican a los tempos de los movimientos sinfónicos: adagio, andante, allegretto, etc. Es un trío no amoroso sino de personas que tienen una relación que es cualquier cosa menos de amor, y por otra parte aparecen una serie de personajes secundarios que componen una suerte de coro, de polifonía acompañante, más en el sentido de coro griego que expresa la doxa, el buen juicio, que en sentido musical, pero eso que lo juzgue el lector, que lo interprete él de una forma o de otra.

Pregunta: ¿Por qué ese pesimismo? ¿Y qué hay de Unamuno en la novela?

Soy pesimista social. Me gustan los individuos, las personas y creo en ellas. Eso me une a Unamuno que fue y sigue siendo muy importante para mí, tanto en sus novelas como en sus artículos y su poesía. Unamuno no creía demasiado en las reformas sociales como solución a los problemas individuales, pero sí creía en individuos buenos que llegan a negarse a sí mismos en pro de los demás, como Manuel Bueno, el protagonista de San Manuel Bueno, mártir. Mi personaje, Óscar, tiene fe en las personas, y mucho más en los niños. Su padre, que tiene una aparición lateral y corta en la historia, el alemán Ludwig Gütig, toma una decisión que le cuesta la vida, se supone, y la toma precisamente porque no puede soportar ese maltrato a las personas. Esa bondad de Óscar choca en un mundo sin fe, sin bondad alguna. Pero en ella lo acompañan dos mujeres de ese coro acompañante: María y Assumpta, ambas mujeres galdosianas, mujeres que practican la compasión.

Fotografía de Ángel Gallego, inspirador de esta novela. Él es Óscar aunque las anécdotas vitales no coincidan del todo.

A Óscar lo dejo hablar, o mejor dicho sentir, porque pensar, lo que es pensar, el pobre no piensa demasiado, lo dejo hablar como recomendaba Unamuno, que decía que en la novela se debía dejar hablar a los personajes, “aun cuando no tuvieran nada que decir”. Óscar, con su sentir, detecta que el mal está en el nihilismo, no religioso, ni mucho menos, sino en el nihilismo total, en el egoísmo como religión y ese echar balones fuera de Cata, la personaje que forma la segunda pata de ese trío, ese achacar a otros las culpas de lo que ocurre es el mal que produce la muerte, aunque Óscar no la juzga, solo lo siente en su interior sin manifestarlo.

Antes hablaba de la ausencia de música en esta novela, pero hay en ella una música figurada, la de la naturaleza que tanto adora Óscar y la cacofonía del egoísmo enfermizo de Cata y de su ex marido, Rafael, la tercera pata del trío.

Miguel Arnas nos demuestra aquí una vez más que es un magnífico conocedor del alma humana y tal vez este “Concierto triste…” pueda por ello calificarse como novela psicológica protagonizada por perdedores.

Pero además de ese pesimismo unamuniano, la novela contiene otras claves que es necesario señalar. No falta aquí el humor socarrón al que nos tiene habituados el autor, aunque no en la medida de otras novelas suyas. Sin embargo, la obra ha crecido en ternura cuando analiza a algunos de los personajes y ello porque al menos el protagonista está inspirado en alguien de carne y hueso, un amigo de Miguel, ya desaparecido, lo que convierte la obra en un tributo de amistad.

Pregunta: Por experiencia propia puedo afirmar que Miguel es muy amigo de sus amigos. Pero, ¿podrías hablarnos del personaje real que te inspiró al Oscar de la narración?

Para mí la amistad es como el amor, pero sin sexo. Incluso a veces sin celos porque es más fácil eliminarlos en la amistad que en amor. Mi novela está inspirada en mi amigo Ángel Gallego, que falleció en mayo de 2016. No narra con fidelidad su historia porque me invento muchas anécdotas, pero se acerca. Sobre todo intento retratar al personaje, que era de una bondad apabullante. A él le debí mucho en mi vida y su aparición en la de Rafael y Cata refleja aproximadamente lo que ocurrió. Eso sí, ni yo soy Rafael ni Cata es mi ex esposa, ni el niño Ernesto es nuestro hijo Miguel. En absoluto. Cata es el producto de una educación regalada en exceso y del rechazo escolar por su físico, lo que hoy llamamos bulling pero sin violencia porque en todo caso la violencia la ejerce ella misma contra esas compañeras que la ridiculizan. Eso desencadena un carácter incapaz de comprender las necesidades de los demás y tan protector con su hijo, al tiempo que inepta para darle cariño y cuidados, que no lo deja vivir. Rafael padece un síndrome de Asperger. Es un caso de libro, no refleja a persona alguna que yo conozca. Dos seres así juntos son como el sodio y el agua: explotan, y las víctimas son el niño Ernesto y Óscar.

Presidenta, presentador y autor ya en la mesa.

Repito, este libro es un homenaje, un gran acto de amor y respeto por mi amigo Ángel, aunque no cuenta su vida, solo se aproxima. Sí es cierto un detalle que caracteriza a Óscar: la mezcla de español y catalán que habla. Ese era el extraño lenguaje de mi amigo Ángel a quien se le habían pegado palabras, sobre todo términos agrícolas, del catalán que él entendía perfectamente pero no hablaba bien.

En segundo lugar diré que el novelista es un excelente creador de atmósferas, aunque su mundo literario es casi siempre Barcelona, ciudad de la que ofrece una visión culta, tolerante y cosmopolita sin la reducida perspectiva del nacionalismo.

Y otras dos preguntas: ¿Quieres decir algo de aquella Barcelona en comparación con la de hoy? ¿Cuándo nos ofrecerás una novela ambientada en Granada?

Aquella Barcelona no tiene nada que ver y sí tiene que ver. Me llamó la atención cuando estuve la última vez en 2016 ver tanta gente vestida igual o parecido que en tiempos de la Transición, indumentarias progres de entonces. Uno es de donde hizo el bachillerato. Barcelona fue para mí muy importante, además es ciudad donde puede suceder cualquier cosa. En todas, pero en esa más. Granada ya es mi ciudad, y con todo me cuesta escribir sobre ella. Tal vez porque carezco de recuerdos históricos de sus calles. Tengo un proyecto de escribir una novela sobre la tertulia del Rinconcillo comparándola con la que disfrutamos durante años como tertulia del Pelín o del Salón, con personajes reales, quienes participamos en ella, y otros inventados. Ojalá sepa llevarlo a cabo.

De Barcelona recuerdo sobre todo, además de sus calles y los personajes y amigos a quienes conocí, las excursiones, la naturaleza que tan importante es para mí. Ese amor mío lo reflejo en Óscar, pero combinado con una pureza típica en él. Para Óscar, la naturaleza es lo genuino, lo importante, de ahí su obsesión por mostrarles a los niños de dónde viene la comida que consumen, la importancia de comer bien y conocer a quienes o a qué se sacrifica para poder alimentarnos.

Denotando cierta tristeza, que no es mi natural pero se concierta con la novela, me pillaron hablando de ella.

También quiero mencionar el valor del lenguaje de Miguel Arnas: un lenguaje sencillo, pero que recurre a menudo a lo poético, a las metáforas y sobre todo a los símiles.

En la novela encontramos ardides de gran conocedor del género, como cuando el autor se introduce en la propia narración, y, sin embargo, la obra, con ese narrador omnisciente que actúa como una cámara cinematográfica, debe mucho al objetivismo francés. Y también en el personaje principal encontramos mucho de voyeurismo. Pero, ya lo dije antes: varios personajes están tratados con amor y Miguel Arnas nos viene a decir: He aquí una vida insignificante, sí, pero ¿hay vidas insignificantes?

¿Qué respondes a eso? ¿Cualquier persona puede ser protagonista de una novela? 

 Cualquiera puede ser protagonista de una novela, por supuesto. La vida anodina de un Leopold Bloom en el Ulises, de James Joyce. El mismo Sancho Panza es casi anodino aunque puesto junto a su señor, don Quijote, tiene de anodino lo mismo que de comedido en sus pitanzas. La verdad es que después de mi personaje Enrique Fuster era conveniente pasar a una vida menos aventurera. Enrique me costó mucho porque yo no soy nada aventurero, soy más bien apocado. Pero para mí lo importante es el cómo, no solo el qué, aunque sé que eso no es popular. La gente necesita historias divertidas, en el sentido etimológico de la palabra, historias que viertan hacia otro lado de sus vidas que acostumbran a ser anodinas, ellas sí. Por eso te agradezco mucho que digas lo del lenguaje. Esa es la diferencia, creo yo, entre el periodismo de hoy y la literatura. El periodismo responde a algo inmediato y demasiado a menudo, y por desgracia, elaborado de cualquier manera. La literatura, y tú lo sabes, no puede hacer tal cosa.

Por otra parte, para mí es muy importante quién narra. El narrador omnisciente tan decimonónico, está pasado de moda. Sin contar con que, para mí, la omnisciencia es un tanto fanfarrona porque ella es atributo del Dios cristiano. Además, ¿de dónde sale?, ¿quién es omnisciente de todo lo que va a ocurrir? Es falsa, postiza. Es evidente que en la narración, el narrador es ese individuo que escribe, su autor, pero como todos estamos de acuerdo en que a veces parece que alguien te dicte, que no salga de ti, hay que inventarse algo que justifique esa vicariedad, digamos. De ahí que al final juegue con esa posibilidad de que sea la esposa del matrimonio francés quien narre la historia de Óscar, pues evidentemente no va a ser él quien lo haga.

Respecto al voyerismo de Óscar, ocurre que este disfruta mirando la felicidad de los demás, esa felicidad que él no tiene. Por eso mira por la ventana de la habitación de la pareja francesa, y no por un asunto sexual sino por fisgonear y deleitarse con esa felicidad de la vida cotidiana, felicidad que él apenas tiene pues le arrebataron lo que más quería, al niño Ernesto.

Hallamos también en las páginas de este “Concierto” una pincelada sobre el tema de los nazis y los judíos que ya amenaza con convertirse hoy día en un género literario y cinematográfico tal el de los indios y los cowboys. Y desde luego se critica la política catalana en su cerrazón.

Josep Pla

No faltan además algunas poéticas descripciones urbanas y, para terminar, yo afirmaría que en las impresiones de paisajes y personas Miguel Arnas es comparable a Josep Pla.

Y le dejo ya la palabra a nuestro escritor para que añada cuanto desee.

En el siglo XX sucedieron eventos históricos de gran importancia y fueron achacables a las ideologías: nazis, o sea nacionalistas, y al comunismo. Del segundo han hablado mucho los autores rusos y de Europa del este, así como chinos y cubanos. Menos, los del resto del mundo a pesar del espanto que representó y sigue representando. Max Aub criticó bastante el fenómeno del socialismo real, del comunismo burocrático y dictatorial. Respecto al nazismo, el horror fue tamaño que es lógico que se siga hablando de él. Exorcismo y advertencia para que no retorne. Aunque siempre retorna y retornará, y si no que se lo pregunten a los bosnios. De todas formas, es muy negativo crear arquetipos que abarquen a toda una nación o raza o religión, primero porque tal cosa es un prejuicio y segundo porque el literato que cae en ese error es un mal literato, un nefasto narrador. Ludwig Gütig, el padre de Óscar es un alemán como hubo tantos, bondadoso, como indica el apellido que adopta, y que se horroriza, no con lo de los judíos que apenas vive sino con la represión hacia la población francesa, que la hubo y terrible, no solo con las represalias a raíz de los atentados, donde un alemán valía por diez franceses cualesquiera, indiscriminados, sino también donde los resistentes, maquisards, detenidos, eran torturados salvajemente y hubo casos de ejecuciones sumarias con lanzallamas.

También de la Guerra Civil española se ha hablado mucho en literatura, y es curioso porque tanto repetir lo de la memoria histórica, y la literatura es memoria, diferente de la Historia con mayúscula, la que investigan los expertos y aparece escrita en los manuales, tanto hablar y de esa literatura pocos leen. ¿Quién lee hoy, por ejemplo, a Max Aub y su Laberinto mágico?, ¿quién a Juan Benet aunque se invente un territorio?, ¿quién a Gironella o a Foixá?

La política catalana es importante para mí por mi origen y mis querencias, por lo que decía antes respecto a Barcelona. Me preocupa y mucho. Compararme con Josep Pla es un

Portada de Bajo la encina

honor. Me han comparado con Gabriel Miró en la primera novela que publiqué, Bajo la encina, y eso me hizo temblar las canillas.

Debo indicar, como aviso a navegantes, que a pesar de la tristeza del cuento, tengo dos detalles de humor que hacen de contrapunto a tanta congoja: el cómo san Vicente Ferrer, allá a finales del siglo XV, le cambia el nombre al pueblo donde vive y trabaja Óscar y le pone Sant Iscle dels Fotuts, sabiendo que fotuts en catalán tiene el valor aquí de taimados, marrulleros o como se dice en Granada, “joíos”. Y la segunda anécdota es la carta que la tía Ernestina le envía al Gobern de la Generalitat ante la insistencia de que le catalanicen el nombre al hotel rural de su posesión y en el cual trabaja Óscar.

Por cierto, la tía Enriqueta es un personaje que me gusta especialmente: su mal carácter, su mandar al cuerno a quienes la incordian, su independencia que ya en las primeras décadas del siglo XX pone de manifiesto. Es una persona, a mi entender, ejemplar por esa autonomía respecto a la burguesía biempensante barcelonesa. Hace siglos, ese tipo de mujeres se hacían monjas porque allí estaban protegidas y las dejaban en paz y casi, casi, hacer lo que quisieran. En el siglo XX las tías Enriquetas, al menos si eran ricas, pudieron, no ya enfrentarse a una sociedad sino mandarla a hacer puñetas. Muchas gracias.

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