Mi historia, algunos casos que recordar quisiera

Encaramado en el púlpito y con cara de circunstancias

Coloco aquí en mi blog el discurso que debí pronunciar ante la Academia de Buenas Letras de Granada al pasar a supernumerario. ¿En qué consiste eso?, se continúa dentro de la Academia pero sin derecho a voto. Cuando se elaboraron los estatutos de ella, el pensamiento que dirigió esta decisión fue dar cabida en nuestra Institución a los más jóvenes, apartando de las tomas de decisiones a los más viejos. Ahora ocurre que casi vamos más viejos que jóvenes, pero bueno, eso son cosas que pasan. El caso es que allá por el mes de febrero de este año, es decir, 6 meses antes de cumplir mis 70 y por tanto de alcanzar el grado de súper (siempre quise ser súper en algo y al fin lo logré), se me ocurrió de qué hablar y cómo. Ese es siempre el planteamiento que se debe uno hacer al empezar a escribir: de qué y cómo. Quizá esto último es lo más importante. La idea me la proporcionó mi compañero académico y amigo Esteban de las Heras, hombre honesto y bueno, que habló algo de su vida intelectual y decidí hacer lo mismo. Mi historia, algunos casos que recordar no quiero, dijo Antonio Machado, y me puse a hacer todo lo contrario, contando lo que sí quiero recordar y callándome lo estrictamente privado. Cuáles fueron mis influencias, además de las lógicas y desconocidas personalmente, que son los escritores: mis amigos, aunque alguno me dejé en el tintero, fueron esas influencias tempranas y a ellos quise homenajear. Aquí está el resultado. Espero que os complazca y os suelte, aunque solo sea, alguna sonrisa.

Excmo. Sr. Presidente,

Excmos. e Ilmos. Sres. Académicos,

Señoras y señores:

El Paraninfo de la Universidad de Granada

No me gusta que digan de mí que estoy en la tercera edad, porque si es tal, díganme dónde está o estuvo mi segunda. No me importa que digan que soy viejo porque es verdad, aunque eso sí, me defiendo, aún no soy un anciano, gracias. Hago este prolegómeno porque uno de los placeres del viejo es recordar, y eso no solo es así desde Epicuro, cuyo recuerdo guarde Dios, sino desde el alborear de la humanidad, allá cuando cuatro neuronas empezaron a juntarse con otras cuatro. Y mis recuerdos siempre están algo relacionados con esos tres puntos de los que llevo años diciendo que conforman el plano de mi vida: el amor, la música y la literatura. Pero estamos en una Junta Extraordinaria de la Academia de Buenas Letras de Granada y deberé hablar de literatura. De música se me escapará algo y el amor lo guardaré, con el permiso de ustedes, en el almario, que no armario, de mi intimidad.

La vida es a menudo simétrica. Se empieza aprendiendo a leer, escribir y hacer cuentas, y acaba uno aprendiendo a leer y a escribir, aunque si aún no sabe hacer cuentas lo tiene crudo para llegar a final de mes o se tiene que fiar de la declaración de renta automática entregada por Hacienda. Me gusta hacer bromas con la realidad porque así esta pierde algo de su dramatismo y aun de su tragedia.

Enid Blyton

Debo aclarar que mi primera lectura seria no fue de broma: la mitad de Los episodios nacionales de don Benito Pérez Galdós. Como tantos adolescentes de entonces, yo había leído a Enid Blyton y a Julio Verne, y no es que no sean serias sus narraciones sino que los Episodios lo son más y, encima, nuestros.

Tendría yo los quince años y ya había empezado a trabajar, al principio como aprendiz mecánico en la Escuela de Aprendices de Hispano Olivetti. Lo pasé mal porque tenía yo tanta gracia para la lima como para, años antes, la tuve para el violín: ninguna. Me consolaba de las dolorosas ampollas en las manos silbando o pensando el vals del Lago de los Cisnes, de Tchaikovski. De joven ya apuntaba maneras un tanto cursis.

Pero antes, la música había entrado a saco en mi vida. Y no hablo del empeño paterno porque estudiara solfeo y violín, instrumento este que se me truncó en las manos por enfermedad, lo que me libró de hacer el ridículo, sino hablo de la primera vez que escuché la 5ª sinfonía de Beethoven completa. Ya conocía el comienzo, claro, ¿y quién no?, pero escuchando la radio mientras me sometían a sesiones de infrarrojos, en el convencimiento médico de que tal terapia me sería beneficiosa, la programaron completa (sería Semana Santa) y coincidió en tiempo con aquel estar tumbado bajo una lámpara que emitía una luz rara, sin poder hacer nada y sumergido en el aburrimiento, porque es mi deber resaltar el hecho de que, para la formación artística de una persona, nada mejor que el aburrimiento

Marcel Proust, insigne enfermo

en su infancia o primera juventud. ¡Cuántos escritores se han hecho tales a consecuencia de una enfermedad infantil o juvenil larga, con inacabables días de cama y lecturas!

Mi formación continuó. Tras ser cesado de aquella Escuela de Aprendices por clarísima incompetencia, pasé a trabajar en varias oficinas técnicas como delineante, lo que no se me daba mal y me hastiaba casi tanto como los infrarrojos. Me hice lector de metro. Era el medio de transporte que debía tomar para ir desde mi casa a la oficina y más de una vez me pasé de estación, no por sueño, sino por interesarme demasiado en lo que leía. También en aquellas oficinas luminosas, mas no por ello menos tétricas, me acostumbré a encerrarme en el lavabo, sujeto el libro con el cinto del pantalón, para pasar un rato de lectura cuchitrilesca.

Todo a mi aire, según los libros caían en mis manos procedentes de dos fuentes: algunos que había comprado mi padre a cierto señor Sendra que vendía libros a domicilio y a fábrica, pues el buen hombre se pasaba por los lugares de trabajo donde se le permitía ejercer su oficio y colocaba entre los trabajadores enciclopedias u obras completas. Fue así como leí la curiosa ortografía de la traducción de Rabindranath Tagore por Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez. La otra fuente era el Círculo de Lectores. Devoraba los catálogos que enviaban mensualmente y hacía mi pedido con el refunfuñe de mi padre, pues el buen hombre no era tacaño sino simplemente pobre. Flaubert, Papini, Dostoievski, Tolstoi, Thomas Mann, aunque también Vicky Baum, Waltari, Ayn Rand o Passuth.

Fachada de la Escuela del Trabajo de Barcelona

Es decir, una formación absolutamente autodidacta. En mi escuela de los Hermanos de Lasalle no había estudiado apenas literatura. Debíamos aprendernos de memoria el lugar y fecha de nacimiento, así como las obras principales de Pereda o del padre Coloma pero apenas oímos hablar de Cervantes, Lope o Quevedo. Mucho menos, leerlos, ni tampoco a aquellos que nombré antes. No sé si los buenos Hermanos le tenían miedo a la lectura, porque me consta que en otras escuelas de la misma Congregación sí leían clásicos. También es cierto que dejé aquella escuela de Lasalle con catorce años, es decir, en cuarto de bachillerato, para estudiar Formación Profesional. El caso es que, la primera vez que yo leí el Quijote, tenía más de cuatro lustros.

Claro, olvidaba los tebeos. Me niego a llamarlos cómics porque algunos no tenían nada de cómicos y sí de épicos: Hazañas bélicas, Rintintín (nombre que yo, en mi ignorancia infantil, confundía con retintín), El Capitán Trueno, etcétera. En ellos y en los cromos comenzó mi obsesión coleccionista. Prefiero tener todas las novelas de Juan Goytisolo o todo lo publicado en español de Ernst Jünger o Thomas Pynchon, que solo lo que me gusta especialmente.

Mi padre, sonriente por toda la eternidad

Y ahí, además, estaba el señor Ángel Arnas Val. La rebeldía ante el padre es enfermedad que crea sus propios anticuerpos. Cuando empecé a llevarme bien con él, es cuando empecé a escucharlo. Contaba anécdotas de la guerra y de los campos de concentración franceses, o de los españoles, aún peores. Por no hablar de la posguerra, el hambre, la ilusión por sobrevivir y su colaboración casual con Socorro Rojo. Mi padre no era hombre valiente. Tampoco cobarde. Un hombre normal. Pero sabía contar historias y me contagió la manía. Solo que yo me las invento, aunque solo sea por llevarle la contraria al señor Arnas que contaba fielmente lo que le ocurrió.

Como puede colegirse de esto que acabo de contar, mi formación literaria fue ecléctica y muy poco poética, como algo ecléctico es este discurso o explicación. Pero lo prefiero así, pues de la misma manera que con la edad, me tocó ordenar aquellas lecturas y conocimientos al modo que lo hacen los jugadores de dominó después de revolver las fichas y elegir siete cada uno, de igual forma espero que mis oyentes o lectores organicen este follón narrativo en su cacumen para percatarse al fin de que en mi interior bulle un cincuenta por ciento de cordura y otro tanto de extravagancia. Extravagancia o chifladura que, por suerte o gracias a Dios, según convenga a cada cual, no he perdido a mis setenta.

Pero en realidad acabo de empezar, pues solo he hablado de mi infancia y primerísima juventud. Queda lo mejor, se lo garantizo.

Cuando acabé la Formación Profesional en sus dos ciclos, Oficialía y Maestría de Delineación, estudios que compaginaba con mi trabajo en la oficina técnica de la fábrica FRAPE, donde cumplí mi labor y aprendí de veras el oficio durante 9 años, leyendo a todo esto como un poseso cuanta novela caía en mis manos, me planteé qué hacer por las tardes y decidí continuar estudiando Ingeniería Técnica, estudios de los que nunca me he arrepentido pues me dieron una pátina científica y tecnológica, además de permitirme, años más tarde, ejercer de profesor de Dibujo Técnico en la Educación Secundaria.

La sierra de Montserrat

Quedaban los fines de semana, y en algo había que emplearlos. El ocio es lo contrario del negocio, y a pesar de que no he sido jamás buen negociante, tampoco he sabido estarme quieto. Me dediqué, con la misma pasión que a la novela, al excursionismo. Conocí Cataluña bastante a fondo y algunas zonas del Pirineo aragonés. Me encantaba el paisaje, el esfuerzo, el aire puro, el frío, las amistades.

Cuento esto del excursionismo porque es importante, no por engordar el discurso, que ya bastante engorda por asuntos de tiroides. No hablaré, así, de las múltiples aventuras, goces y desventuras que produce el deporte del montañismo. Rondaría yo los dieciocho cuando decidimos pasar un fin de semana caminando desde el nacimiento del río Llobregat, en Castellar d’en Hug, hasta la villa de Ribas de Fresser. Al llegar al refugio de Castellar, nevaba. Nos sacudimos la nieve de las mochilas y, en ese acto perruno de sacudirse, escuché una canción con acento argentino que me subyugó. En un rincón sonaba un radiocasete. Entonces no se veían muchos porque acababan de salir al mercado, y tanto la música como el aparato emisor me llamaron la atención. Quien cantaba-recitaba era el cantautor pampeño José Larralde; para mí, don José. El dueño de cachivache y cinta era un excursionista llamado Salvador Montero, un año más joven que yo y cuya amistad aún conservo.

De don José Larralde, el cantautor, diré que, aun a sabiendas de que soy hereje de lesa poesía, continúa siendo para mí dueño de una de las voces poéticas más importantes e

Salvador Montero en una excursión a Montgrony. Aquí hace de bolóbolo

inspiradoras. De Salvador Montero añadiré que era hijo de un constructor en la segunda mitad de la década de los sesenta. Podía permitirse el lujo de comprar libros, discos, películas que veíamos en su casa. Y debo aclarar que no es que no le diera valor a lo que tenía, sino que era y es tan desprendido que prestaba o regalaba libros o discos a quien estimaba y podía apreciarlos. Gracias a él conocí a Henry Miller, a Jean Genet, a Joyce, a D. H. Lawrence, algunos de cuyos libros estaban prohibidos en España o eran inencontrables. Me llevó a una librería de la barcelonesa calle Viladomat esquina Sepúlveda a cuyo dueño conocía. Nada más entrar, el hombre corrió una estantería y nos hizo pasar a un recinto, digamos, clandestino, donde uno podía encontrar una cantidad enorme de libros prohibidos, tanto por razones políticas como morales. Un paraíso.

En química se necesita un catalizador para posibilitar algunas reacciones. Sin ese producto pueden juntarse dos compuestos sin que ocurra nada. En su presencia, todo se dispara. Pues bien, Salvador Montero fue mi catalizador con el asunto de la literatura, o cuanto menos uno de ellos.

Fue por aquel entonces que, con varios amigos, adquirimos entradas para escuchar El Mesías de Haendel. En aquella España un tanto oscura, unos pensaban que esa música culta era una chorrada, y otros que escuchar música de iglesia era propio de meapilas. Para mí fue otra revelación. No es que me iniciara en la música solo con estas audiciones

Interior del Palau de la Música de Barcelona

de las que hablo, porque mi padre, gran amante de ella, compraba discos en Andorra, por más baratos, y tendríamos veinte o treinta: Tchaikovski, Beethoven, Mozart, Grieg, Vivaldi, etc. Pero escuchar en vivo y completo el oratorio al que me refiero, en el Palau de la Música barcelonés, tan bellamente decorado por Doménech i Montaner, con la claraboya de Antoni Rigalt i Blanch y las esculturas que bordean el escenario elaboradas por Diego Massana y Pablo Gargallo, escenario que yo conocía porque la entrega de notas finales del colegio de Lasalle se hacía allí, escuchar aquella música excelsa cantada, entre otros, por Sigmund Nimsgern y Siegfried Jerusalem, fue una iluminación.

Estos recuerdos que expongo son solo, como en cualquier ser humano, la punta del iceberg de lo que me ocurrió, de los libros que leí, de la influencia de las canciones de Joan Manuel Serrat y Paco Ibáñez, por ejemplo, en mis escasos conocimientos juveniles de la poesía. Soy de poco soñar, y normalmente no me acuerdo de los sueños o, a veces, pesadillas, que gozo o padezco, de modo que la entraña desconocida de estos recuerdos, aquello que aparentemente no quedó en mi cerebro, suelo sacarlo en mis narraciones y solo me doy cuenta de ello cuando lo tengo escrito: mis miedos, mis obsesiones, mis placeres discretos aparecen como por ensalmo en la pantalla de mi ordenador. En el sueño no existe el

Portada de una de las múltiples ediciones (no la que yo leí) de La montaña mágica de Thomas Mann

tiempo. En la narración, el tiempo vuela o se remansa. Nunca olvidaré el primer tomo de La montaña mágica, de Thomas Mann, y buena parte del segundo, páginas en las que se detiene el calendario y abarcan apenas unos pocos meses, en tanto el final se dispara y en escasos capítulos cubre cinco años, quizá porque en ese lustro apenas hay nada que contar. Tampoco en la narración hay tiempo, si no es el de la lectura, porque el tiempo contado no es físico, medible, sino literario, subjetivo. Y en eso del tiempo es magistral, porque enseña, el cine. Él fue uno de mis profesores y no me entretengo en nombrar cátedros de esta disciplina porque aquí tenemos al académico D. Ignacio Fernández Dugnac para hacerlo con más conocimiento que yo.

Como he dicho, compaginaba trabajo con estudios, de modo que me presentaba por libre y estudiaba en una academia. Fue allí donde conocí a Patrocinio Picazo. Era otro letraherido. La ventaja de tratar con camaradas de aficiones es que las vivencias que uno no ha tenido, quizá las tuvo el otro o viceversa. Es un intercambio de vidas, un trasiego de vinos de distintas clases del cual, quizá, surge un caldo de calidad inquietante o espléndida. No sé cuál fue mi destilación, si espantosa o magnífica, pero es la que tengo: descentralizada sobre todo, ecléctica y desordenada como dije, pero parto de un precepto que sirve para la de cualquier artista: que este debe dominar tal cantidad de disciplinas que quizá no hay suficiente vida con una sola, pero sin ser enfermizamente ambicioso, sí he intentado alcanzar, si no la maestría, al menos el grado de aprendiz en muchas materias.

Semana Santa en Ciurana. Patrocinio Picazo es el primero lor la izquierda.

Patrocinio Picazo, de extraño nombre para un varón, trabajaba en Seat antes de que llegaran los alemanes de Volkswagen y en su oficina no tenía gran cosa que hacer. En su tiempo libre tradujo los Pomes penyeach, de James Joyce. Ya es tener tiempo libre y voluntad. Él me llevó por otros senderos y diversas curiosidades además de aquellos que me había hecho transitar Salvador Montero y los que yo mismo había ensayado. Para ellos va mi homenaje y agradecimiento, pues gracias a su ayuda estoy aquí. También a las revistas literarias, pero ellas entraron de forma constante en mi formación a partir de mi llegada a Granada a los 31 años. Muy posteriormente me llegó el interés por la mística, tanto cristiana como islámica o hebrea. A menudo pienso que Patrocinio tuvo que ver en tal interés. Él y mi amiga Montserrat Cruz, a la que yo llamaba “la esotérica”. También es de agradecer tal fascinación porque los escritores somos gente individualista, en general, y la mística corresponde a ese individualismo, ese apartarse del gentío para ser uno ante la divinidad.

Montse Cruz con mi hijo Miguel. Tal vez el año 76

Friedrich Nietzsche aseguraba que la cultura es casualidad. En efecto: encontrarse con un texto rico, sugerente, es como ligar con una real moza por la calle: es tropezarse con algo o alguien que puede ser amado. Solo puede. Si no lo es, lo catamos y a otra cosa. Si lo es, lo gozamos y queda con nosotros, aunque sea un poso, para toda la vida. Porque la memoria de lo leído, al menos en los autodidactas y eclécticos como yo, no es un disco duro donde todo se acumula, sino especie de almacén con salida de deshechos: de vez en cuando se requiere una relectura o una evocación para volver a aprender de lo leído hace tiempo o para disfrutarlo de nuevo. La relectura es placer de viejos, porque uno ya sabe qué releer. Además, como en los viejos amores que retornan, uno se deleita más con ellas porque cuenta con cierta sabiduría, aunque solo sea la que aporta la edad.

Julio Cortázar

Cortázar, por ejemplo, me llevó a Lezama Lima y a Severo Sarduy en sus libros-miscelánea La vuelta al día en ochenta mundos y Último round. Y no solo a ellos, sino a apreciar más el jazz (cómo olvidar su artículo sobre Thelonius Monk o el gran Satchmo, es decir, Louis Armstrong; cómo no reverenciar a Charlie Parker y su agonía artística narrada en El perseguidor), la pintura moderna, a los “piantaos”, o el erotismo de las bicicletas. Juan Goytisolo me condujo de la mano a los clásicos más irreverentes.

También las revistas literarias, y aun políticas o culturales, me llevaron por ese camino del azar. De muchos de esos artículos no recuerdo nada en absoluto, pero entre todos formaron una especie de aluvión, una piedra de conglomerado que forma mi propia ciencia. Pobre, y, sin duda, algo desquiciada, eso no lo voy a negar, pero mía al fin y al cabo. Quimera, sobre todo Quimera, El viejo topo, Ajoblanco, Camp de l’Arpa o Claves, más, últimamente, Letras libres, son también las madres de este cordero que rehúye el rebaño, de este cordero que algo tiene de hormiguita o de camaleón, quién sabe.

Acaba uno por querer escribir aquello que le gustaría leer. También ocurre que ciertas obras marcan un camino e incluso otras insinúan temas. En mi caso han sido las personas que me han rodeado quienes me han inspirado personajes, además de, naturalmente, mi

Una de las innumerables manifestaciones reivindicativas durante la Transición Española

propia vida, la historia que he vivido con más gusto o disgusto. Todos los momentos son históricos, por supuesto, pero los hay con más enjundia, y yo viví la Transición. Esto de la Transición es como la Conquista de América, unos están orgullosos de ella y otros la denigran, en tanto algunos, con datos históricos comparativos, la juzgan. Lo que no se puede negar es que fue momento histórico y que tuvo aciertos como tuvo errores. Para unos, los errores serán estos, en tanto para aquellos esos errores serán aciertos. “La novela”, según María Zambrano, “no pretende restaurar nada, ni reformar nada; se sumerge en el fracaso y encuentra en él, sin razón y hasta sin fe, un mundo”. ¡En el fracaso, vean ustedes!, ¿o acaso no fracasaron don Quijote, al convertirse en Alonso Quijano el bueno, o Ana Ozores, la Regenta, enamorándose del cura y acostándose con el seductor pueblerino? Por no hablar de Emma Bovary, con sus obsesiones por el lujo y por cambiar la rutina, o la señora Karenina, encandilándose con un militar y creyendo que, de una forma u otra, la sociedad la aceptaría. La novela es el reino de la ambigüedad: es el lector quien debe juzgar lo narrado; si el autor juzga, hace una mala novela. De ahí la diferencia entre novela y panfleto. Y por azar, durante el siglo XX han abundado tanto los panfletos como las novelas ambiguas. Para la posteridad han quedado las ambiguas y alguna de las panfletarias, mal que solo sirvan de muestra, es todo.

Y ahí entra de nuevo Julio Cortázar. No solo innovó la narrativa con esa aleatoriedad de lecturas en Rayuela, sino que introdujo las figuras patafísicas de los tártaros: Polanco y Calac en 62, modelo para armar, o el encaje de recortes de periódico en El libro de Manuel. No he osado llegar a tanto. Ni siquiera conseguí leer del todo Larva, de Julián Ríos, a quien por cierto me llevó Goytisolo, aunque sí otras de sus obras, como la gran Sombreros para Alicia. Sé que, en algunos aspectos, me quedé anclado en ese experimentalismo, enfermedad de la que me curé relativamente en la segunda versión

Portada de Nos

reducidísima de Nos, novela que me publicó editorial Nazarí. Y no obstante, ¿por qué se puede innovar en pintura, en música, incluso en teatro pero no en novela?, ¿nos agarramos al entretenimiento sin calentarnos la cabeza?, ¡pues muy mal!

Sí he intentado agarrarme a mi modelo musical, imitando formas o estructuras musicales en mi narrativa: la fuga esencialmente, con la paralela historia de Todros ben Virga en Ashaverus el libidinoso, o la autonecrografía del diablo Dé en El desvelamiento, que permanece inédita y sin revisar. Incluso el uso y estudio del papel de la música y los números en la filosofía pitagórica en la también inédita El circo de Pitágoras. O la polifonía en las escenas grupales de Nos. Y no debo olvidar la mención de la también inédita La novena, cuya armazón sigue, espero que fielmente, la estructura musical de la novena sinfonía beethoveniana.

Pero, si no les importa, me gustaría seguir con mi historia, con todos esos casos que recordar quisiera y que algunos son vergonzantes, por eso no los digo, y otros son gratos y con ellos intentaré entretenerlos.

La mili fue tiempo de lectura. Y de amargura porque no hay cosa peor que sentirse inútil. Pero al final me supe organizar y tuve bastante tiempo libre que dediqué a leer. Dos lecturas fueron importantes: Borges, y su El Aleph y Luis Martín Santos con Tiempo de

José Lezama Lima

silencio. Toda una experiencia. Ya había leído el Ulises joyceano o Paradiso, de José Lezama Lima, prestados por Salvador Montero, como tantos libros, pero aquello de Martín Santos era otra historia, algo como de casa.

Acabado el período militar todo se disparó. Pareció ese tiempo atropellado del final de La montaña mágica. Me metí en la lucha sindical clandestina, me casé, tuve un hijo, cambié de trabajo, murió el dictador, empezó esa Transición que me obsesiona como tema novelístico, encontré empleo en la Enseñanza Secundaria, me separé, empecé a escribir en serio, me vine a vivir a Granada, conocí a mi amor por lo sentimental y esposa por lo legal. Por ese orden. Todo acelerado, sufriente, apasionado. Y, repito, empecé a escribir en serio. Lo hice casi a tientas, sin saber cómo hacerlo. Mi primera novela, Nos, tenía casi quinientas páginas. Veinticuatro años más tarde la reduje a la mitad y la publiqué. Estoy orgulloso de ella. Según algunos amigos es lo mejor que he escrito. Y es la que menos ventas ha tenido. Así son las cosas. Creo que refleja qué fue la Transición desde el lado menos poderoso. Refleja la ilusión de un grupo por hacer las cosas nuevas y bien. Y el fracaso, claro está.

Mi primera plaza granadina fue Guadix. Nueve años de relativo aislamiento. Fue bueno.

Nada más llegar a Granada en el año 90 me añadí a una tertulia en el bar del mismo nombre. Filosófica la llamaban. Unamuno reconoce que como mejor se piensa es conversando. Lo peripatético, vamos, pero sentados ante una cerveza, no paseando por un jardín. Y seguí escribiendo ficción. En el año 2003 ocurrieron dos cosas que me transportaron a un estado de optimismo exacerbado. La una, familiar, la reservo para mi

José Vicente Pascual

intimidad. La otra fue la publicación de mi primera novela, que en realidad era la tercera en mi producción, edición que fue gracias a mi querido amigo y académico D. José Vicente Pascual, que también tuvo en mi vida el papel de introductor en el ambiente literario granadino y a quien asimismo quiero aquí expresar mi agradecimiento. Mi euforia entonces, en aquel annus splendidus, la notaron incluso mis alumnos más crecidos. Muy poco tiempo más tarde y tras la práctica desaparición de la anterior tertulia, gracias a D. Gregorio Morales me añadí a la tertulia del Pelín, que después fue del Salón. Tal cosa me llevó no solo a posteriores publicaciones sino a amistades muy queridas y entrañables y a disfrutar de pláticas sobre los asuntos que me apasionan. Los dos premios de novela concedidos: el Provincia de Guadalajara por Buscar o no buscar, y el Francisco Umbral de Majadahonda por La insigne chimenea, no me catapultaron a la fama pero sí a la consideración literaria de mis amigos y al ingreso en esta Academia de la cual hoy se celebra mi paso a

Gregorio Morales

Supernumerario.

Porque esa fue la guinda del pastel: mi ingreso en la Academia de Buenas Letras de Granada. Nunca agradeceré bastante esta distinción que para mí significó no solo el reconocimiento y un agradabilísimo festejo a mi ego, sino la colaboración en proyectos de los que estoy satisfecho y espero los demás lo estén asimismo, y el contacto con nuevos amigos a quienes aprecio y con los que me regocijo en departir. Esta admisión fue, como digo, el colofón. Más, la correspondiente al Institutum Pataphisicum Granatensis que me permite sacar mi yo más satírico e irónico, mi risa que, como el amor, es vida siempre, y mi imaginación más alocada.

Tal vez con estos recuerdos estoy soñando, acaso porque en ellos deformo algo lo ocurrido tanto en mi exterior como dentro de mí de idéntica forma a como los espejos cóncavos o convexos deforman profunda o ligeramente lo reflejado. Es inevitable esa aberración que no es óptica sino sentimental porque el tiempo va entelando los acontecimientos, acaso magnificándolos, y debo reconocer que esa es mi tendencia desde que me vine a vivir a Granada y encontré la paz espiritual, física e intelectual.

Portada de Pasados los setenta, de Ernst Jünger

“La esperanza cumplida es un sueño potenciado”, dice María Zambrano. Y continúa: “sueño, porque confiere retrospectivamente carácter de sueño a la vida real”. Mi vida real, es cierto, se ha convertido en sueño. Nunca creí demasiado en la esperanza; para mí, la gran embustera, dije en un texto publicado. Y sin embargo, debo admitir que la tuve: la esperanza de ser leído aunque solo fuese por mis amigos, la esperanza de poder conversar amistosamente sobre esos temas que me mueven a vivir, la esperanza de saber todo lo que cabe en una vida, que no es mucho. Y las esperanzas cumplidas, las ilusiones realizadas, producen un éxtasis placentero incomparable.

Tengo de mi personaje Enrique Fuster Bonín, cuyas aventuras fueron publicadas por Nazarí y Port Royal en ambos Ashaverus, la curiosidad, una inmensa curiosidad que me convierte en niño de mirar pasmado o en adolescente malcontento. No tengo su valentía, y quizá por eso se la

Portada de Ashaverus el libidinoso

atribuí, para compensar mi propia timidez. Carezco de la capacidad seductora y amatoria de mi personaje Roberto, protagonista de Buscar o no buscar y que aparece en varias de mis obras inéditas. No tengo la lucidez de Simeón, coprotagonista de Nos. Ni siquiera poseo la esperanza de parecerme a ellos. Demasiado tarde, demasiada pequeñoburguesía por mi parte. Pero esos personajes existen en mi interior, son mis amigos invisibles a los que adoro y a quienes me gustaría parecerme. Solo un personaje, Julio, es mi otro yo. Apocado, tímido, honesto, sempiternamente insatisfecho. Es cierto que de algunos de esos defectos, no de la honestidad, creo, me han curado Granada y la edad. Solo en una novela publicada no he puesto nada de mí mismo y sí de un amigo real muy querido: la que esta Academia de Buenas Letras de Granada tuvo a bien publicarme en 2018, Concierto triste para trío y coro. Creo que en la novela es acto de lesa traición literaria la autobiografía, asunto que debería atañer con exclusividad al Diario o a la Confesión. Con todo, caí en ella en ciertos aspectos en aquella primera novela publicada por el Excmo. Ayuntamiento de Granada en su colección Granada Literaria, Bajo la encina. Y es que los principios, si no quiere uno convertirlos en fundamentalistas, lo mejor es traicionarlos… moderadamente. Estoy convencido de que la novela tiene como

Portada de Bajo la encina

asunto la ficción, el invento, aunque también es inevitable la entrada en ella de la idiosincrasia o las inquietudes del autor.

Y de lo que no hablaré es de la constante inseguridad, del trastorno bipolar no agresivo pero doloroso que me hace pasar de la euforia de sentir el trabajo bien hecho al desánimo porque lo escrito es un asco, incluido lo ya publicado. Y no hablaré porque no deseo confesión ni participación de ustedes en un problema que harto nos atosiga a muchos artistas… excepto a aquellos que están seguros de sí mismos o a quienes el éxito ha convencido de ello. ¿Y por qué sigo haciéndolo, por qué este “sufrigozo”? Escribo para gustar, para seducir, escribo para explicarme el mundo al mismo tiempo que me invento otro más (o menos) placentero en el que habitar, sigo escribiendo, o lo intento al menos, porque no puedo hacer otra cosa, escribo con la ilusión de ser eterno, y todas las ilusiones son falsas e ilusas.

En fin, todo este excurso, porque discurso no ha sido, tenía como objeto rememorar cuestiones, homenajear a amigos que me ayudaron en mi formación literaria y agradecer, repito, a esta Institución Académica que me ha permitido, no solo pertenecer a ella, sino sobre todo amistar con muchos de sus miembros y enriquecerme con sus conocimientos y sabiduría que han venido a complementar esa gran curiosidad que me mantiene vivo. Muchas gracias.

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Reseñas de tres libros, tres

Aquel que filosofaba a martillazos

Las reseñas de libros que coloco en este blog tienen una clara intención: animar a su lectura. Pienso que, si a mí me gustaron, también gustarán a los ojeadores de este cuaderno de bitácora en el cual el mar que se describe es el del goce de la lectura, de esa actividad que tiene dos enfoques: discutir con las personas más inteligentes que en el mundo han sido, y disfrutar de mundos imaginados y descritos con mayor o menor habilidad. La cultura es casualidad, dijo Nietzsche, y esa casualidad se da, sobre todo, en el boca a boca (no seáis mal pensados y no os figuréis besos retorcidos, que también así se trasmite la cultura, sino mensajitos que se dan de uno a otro, ¡por Dios Bendito!). A veces son las páginas culturales, siempre interesadas en promocionar ediciones y editoriales, y a veces el boca a boca llega por los amigos. Este último es aquí el caso.

Voy, pues a recomendar tres libros que en los últimos meses me han subyugado. Incluyo tres como el jugador de cartas hace su reparto en el tapete verde: para que el contrincante pueda elegir si se queda con una, con dos o con las tres. Los tres están escritos por amigos, pero también digo: aunque leo libros de amigos, no todos los recomiendo, no se me debe ni se me puede acusar de amiguismo ni de parcialidad. Lo de los amigos está muy bien, pero potenciar amiguetes no es honesto.

Portada de María Zambrano, mínima biografía

El primero será María Zambrano, mínima biografía, de Jesús Moreno Sanz, en editorial Isla de Siltolá. De Zambrano ya he hablado en este blog, pero su biografía no solo es interesante sino que explica algunos de sus pensamientos, sobre todo en lo que atañe a su discipulado, admiración y fidelidad a Ortega, su acercamiento y pasión hacia el misticismo y el gnosticismo, y el papel del exilio en la vida. Como se sabe, la malagueña tuvo que exiliarse a razón de la Guerra Civil: vivió en México, Cuba, Puerto Rico, Italia y Francia. Todo un periplo muy normal entre quienes tuvieron que dejar su casa por culpa de aquella guerra estúpida. Jesús detalla año por año estos avatares, su aprendizaje, sus primeras obsesiones académicas, su papel como intelectual en la 2ª República, el exilio y sus penurias económicas subsanadas muy a menudo gracias a los amigos y a una capacidad de trabajo que, si no tan grande como la de Unamuno, se le acercaba, la expulsión de Italia por culpa de la enorme cantidad de gatos que recogieron su hermana Araceli y ella, el refugio de La Pièce, cerca de Ginebra, la relación con Araceli y lo que significó su muerte para ella, la vuelta a Madrid y los trámites necesarios para tal cosa, con el dinero necesario para su mantenimiento, dónde viviría y quién o quienes la atenderían porque ya necesitaba, por la salud, atención continua.

El autor, Jesús Moreno fue uno de los principales artífices de esa vuelta, y por eso conoce de primera mano lo que ocurrió. Y lo cuenta con gracia, con estilo. Me leí el librito en un par de días: no pude dejarlo. Porque, además de un detalle de la vida, sin meterse en

Jesús Moreno Sanz en sus buenos momentos

camisas oncevarescas sobre el pensamiento de la filósofa, cosa que ya hizo en El logos oscuro, un obrón (u obra grande) en cuatro tomos donde pormenoriza sus ideas sobre todo en lo que atañen a la mística y la gnosis, sí que apunta sus inquietudes, como ya he dicho, y estas llevan de la mano hacia su reflexión. Ligero de leer, barato, manejable por ser libro chico, bien contado y con fidelidad. ¿Qué más hace falta que os diga? Tal vez destacar una anécdota pues a veces estas alegran una biografía llena de datos que podría, y no es el caso, ser árida: la primera idea de residencia en España en el año 84 fue Valdepeñas en un convento de monjas; le prepararon una estancia muy cómoda; para demostrarle a la Superiora que acomodar allí a esta señora, el negociador le dijo, ¡por Dios, hermana, que María Zambrano fuma y bebe güisqui!, a lo que respondió la monja con alegría, ¿de qué marca?

El segundo será una novela. José Antonio López Nevot ha escrito una maravilla llamada El jardín del Ginkgo, publicada en editorial Carena. Imagínense aquellos últimos años del franquismo, cuando ni siquiera la policía osaba hacer barbaridades con los militantes

Portada de El jardín del Ginkgo.

izquierdistas que encarcelaban porque no sabían por dónde iba a salir la cosa. O al menos eso fue así en muchos casos. En otros, no. Aquellos tiempos en que cualquiera podía ser un confidente o un izquierdoso, en los que el país lo mismo podía ir hacia algo mucho peor aún de lo visto, quedarse como estaba o mejorar.

El jardín, en el que en efecto, hay un Ginkgo, es el que está a un lado del edificio de la Facultad de Derecho de Granada, pero en ningún momento se aclara si la ciudad es la nuestra u otra cualquiera de las medianas que había y hay en España. El protagonista es un estudiante en esa Facultad, pero la trama, en la que ocurre todo y nada, es, como la califica otro amigo, expresionista, es decir reflejada en espejos deformantes, casi surrealista, absurda. Con una luz disparatada, deslumbrante en los días de sol y enlutada en las noches, donde perderse en la propia ciudad es normal. Hay personajes que podrían estar perfectamente en ambas Alicias, las de Lewis Carroll, como los dos profesores que aparecen disfrazados de esto o de aquello, que incordian a otro profesor más bisoño con quien el protagonista hace amistad, y que recuerdan a los absurdos gemelos Tweedledee y Tweedledum. Hay un cine con forma de huevo, con programas dobles donde ponen excelentes películas y bodrios; uno piensa en el ovoide

José Antonio López Nevot. Parece su foto de carné

Humpty Dumpty. Hay un grupo de extrema derecha casi inofensivo: les gustan los uniformes, las armas, ir a todas partes juntos, y solo se permiten darle una paliza a un absurdo vagabundo que reparte barajas pornográficas de cartas; en la presentación de esta novela los califiqué de más tontos que un zapato, y lo son: no reflejan a aquellas bestias pardas de los Guerrilleros de Cristo Rey sino que José Antonio se los inventa. Se roba un ornitorrinco disecado que asoma en el lugar más inesperado. Hay una chica (¿cómo no va a haber una chica?, ¡ay, las chicas…!) que parece la Maga cortazariana, y por eso aparece cuando menos se la espera. Hay un tipejo que se gana la vida robando libros. Parece un follón. Pues no. ¿O es que no recordamos lo absurda que fue aquella época?. Lo que pasa es que López Nevot la retrata absurdamente. Algo semejante ya hizo Cirlot en su única novela Nebiros, irracionalizar la noche porque la época que retrató en esa novela era irracional: un mundo de represión sexual y putas.

La tercera no es una guía turística. Tampoco es una novela. Ni mucho menos, una autobiografía sentimental. Porque es todas esas cosas a la vez. Se trata de Por los barrios de Granada, de Fernando de Villena, editada por Port Royal cuyo dueño, Ángel Moyano, también es amigo. Lo aviso para no darse a engaño. Pero prometo, y lo puedo prometer,

Portada de Por los barrios de Granada

que el libro me ha encantado y por eso le hago propaganda, no por nada espúrio. Fernando de Villena, además de ser una excelente persona, escribe bien y escribe mucho. Si algún día, que sea muy tarde, hubiera que publicar sus obras completas, estas llenarían estanterías, muchas. Goza de varias virtudes para poder tener una producción tan amplia: imaginación, una cultura envidiable, muy buena memoria y un dominio del lenguaje que ya quisiera más de uno.

El libro está dividido en capítulos, cada uno de ellos dedicado a un barrio o zona granadina. A su vez, en cada capítulo hay párrafos alternados entre la descripción, que nunca es rutinaria y sí poética, las aventuras del narrador y autor, el propio Fernando, casi todas en su infancia y juventud, y por último algunos de esos párrafos dedicados a personajes nacidos en Granada o que pasaron por aquí, y entre ellos los hay narrativos, hay cartas, opiniones de otros, encomios de la ciudad o añoranzas desde lejos. Debo aclarar que Fernando es también un gran conocedor de la historia, sobre todo de la del siglo de Oro, época en la que, me parece a mí, le habría gustado nacer. Aunque ya quisiera verlo yo con espada al cinto y desenvainándola para algo más que limpiarle el orín. Estos párrafos son subyugantes porque el lenguaje se adapta a los usos lingüísticos del siglo al que pertenecen, pudiéndose encontrar fragmentos con lenguaje del XVI o XVII, con estilo romántico o clásico, etc., asunto este para el que el autor tiene especial gracia. Y puedo

Fernando de Villena.

asegurar esto pues, sin haber leído su obra narrativa completa, sí me acerco bastante: una elegancia inmensa cuando se trata de usar los lenguajes que significaron las cotas más altas del español.

El amor por su ciudad es, desde luego, palpable. Como tantos que en ella han nacido o que vivimos entre sus calles y barrios, sí, pero él tiene esa iluminación exacta para revelar ese amor con palabras.

Debo aclarar que esta edición es segunda. Ya se publicó este libro, con el mismo título, en el año 94. Esta, de este 2019, elaborada magistralmente por editorial Port Royal, y con fotografías a color de nuestra “imperial y papal villa”, está corregida y aumentada mínimamente. El autor se planteó, al parecer, modificarla en profundidad, pero decidió al final dejarla casi como está, añadiéndole algún párrafo que enriquece más aún el libro. Y lo decidió así por puro respeto a lo que ya hizo y por un ataque de nostalgia, achaque este que padecemos todos los que superamos los cuatro lustros.

Son tres libros, tres, muy recomendables. Se leen del tirón, no puedes evitarlo. Producen placer. Ilustran y educan. ¿Qué más se puede pedir? En serio, leedlos, merece la pena.

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Dos artículos periodísticos

De nuevo coloco aquí dos artículos aparecidos en el periódico Ideal de Granada, en la sección que cede a la Academia de Buenas Letras de esta ciudad. Ambos se refieren a escritores un tanto en el umbral, fuera del ámbito normal o asiduo, Mario Satz y María Zambrano. Me entusiasmaría, más que me gustaría, que la lectura de ambos artículos os llevara a frecuentar a estos dos grandes, ella más conocida aunque poco leída (hay Institutos de enseñanza que llevan su nombre), él, por desgracia, no demasiado leído y menos conocido.

Mario Satz, un hombre sabio

Portada de Umbría lumbre

En el año 92 leí un maravilloso libro llamado Umbría lumbre. Era un análisis de San Juan de la Cruz comparándolo con el misticismo sufí y el hebreo. Desde entonces he intentado contactar con su autor, Mario Satz Tetelbaum. Un amigo común me dio su correo electrónico y desde hace solo unos meses nos carteamos. Con una generosidad admirable, al ser yo un desconocido, me ha enviado escritos y cuentos que han enriquecido mi espiritualidad.

Mario nació en Argentina y reside en Barcelona desde hace años, quizá tantos como los que yo mismo llevo viviendo en Granada. Con la idea de escribir una novela ambientada en Jerusalén, viajó allí pero se quedó estudiando hebreo y Cábala o misticismo hebreo y la Torá (el Pentateuco en la Biblia cristiana).

Con amplísimos conocimientos en mística hebrea y árabe, así como en budismo y en historia de las religiones, es, además de novelista, poeta (faceta poco conocida de él, al menos en España) y ensayista. Sus obras son un portento de sabiduría, tanto las puramente cabalísticas (conformadas por pequeñas narraciones en las que un rabino habla y reflexiona, así como un tratado pequeño y divulgativo titulado ¿Qué es la Cábala?), como las narrativas, novelas y cuentos. Estos últimos tienen mucho de las anécdotas o paradojas zen, con algo de Las Mil y una Noches, más los conflictos normales entre personas. Una amalgama de ensueño. Porque el ensueño forma parte de ellos.

Portada de Una piedrecita blanca

Las novelas también son motivo de cavilación, altamente negativas para todos aquellos que leen para no calentarse la cabeza. Una piedrecita blanca, La música de las esferas, La ocarina azul son algunas de ellas. Hablaré de la primera, quizá la que más me impresionó y que compartí con amigos. En primera persona narra la experiencia de una diminuta piedra que perteneció a un esenio, allá por el siglo I o años antes, quizá, del nacimiento de Cristo. Este se la regala a Juan el Bautista y este a Jesús. El Mesías cristiano se la regala a Juan el Evangelista y este a Juan el autor del Apocalipsis, en quien se centra la historia. Cuando no existían los móviles, la gente reflexionaba, y para ello era de gran ayuda manejar un objeto, distraer las manos de su inactividad. Y esa es la utilidad de la piedrecita. En Patmos, Juan vive numerosas experiencias en tanto escribe clandestinamente su texto, pues la isla está ocupada por los romanos. Texto lleno de inteligencia, trufado con los llamados pitgamei Jesu, reflexiones de Jesús, que Mario Satz se inventa y se las atribuye a tradiciones de los primeros cristianos, pero que si no son ciertas están bien halladas. Un regalo para el espíritu, aun para los no creyentes.

Sus textos cabalísticos, además del ya nombrado, son narraciones, digamos rabínicas, que ilustran la guematría, el notarikón o la temurá, métodos de alteración o metátesis de la lengua hebrea y que sirven para, relacionando palabras o frases, reflexionar con la misma agilidad y eficacia con que la razón sirve en la filosofía occidental. También tiene otros libros, como Árbol verbal o Senderos en el jardín del corazón, que son aplicación cabalística de esos métodos en la espiritualidad de la que tan precisada está nuestra sociedad, apresurada y materialista.

Mario Satz

En realidad, Satz es el mayor experto mundial vivo en Cábala que escribe y publica en español. Un hombre sabio de imprescindible lectura y caído, en muchos casos, en un olvido deplorable. ¡En este país donde se escribieron algunos de sus textos fundamentales como el Zohar!, y lo tenemos ahí, aún vivo y con sus libros disponibles.

Asegura que el conocimiento es centrífugo y la sabiduría centrípeta, es decir que el primero se dirige hacia afuera, hacia lo externo, en tanto lo segundo va hacia dentro, al interior. Recupérenlo, léanlo, reflexiónenlo, merece la pena.

María Zambrano, un necesario recordatorio

No se cumple centenario alguno de su nacimiento ni de su muerte. No hay obligación social, por estas majaderías de los aniversarios, de recordarla, pero debemos hacerlo para que no sea olvidada. Quizá sea la mayor pensadora de la historia de España junto a otras grandes como Teresa de Cepeda. Muchos aseguran que no fue filósofa sino pensadora, que lo suyo es el ensayo. Es cierto que no creó sistema filosófico alguno, pero si se considera filósofo a Ortega, con mucha más razón habría que calificarla de tal a María.

María Zambrano con Jesús Moreno Sanz

El pasado día 8 de marzo, Día de la Mujer, el director de la edición de las Obras Completas de la autora, Jesús Moreno Sanz, conferenció en el Centro Artístico de Granada sobre ella en una charla titulada: ¿Adónde te escondiste?: mística, gnosis y exilio en María Zambrano.

¿Mística? Siempre le obsesionó el tema. Ella era creyente y se interesó, no solo por el misticismo cristiano sino también por el sufismo o mística islámica. Declaró de Louis Massignon, islamista francés y católico convencido, que: ”él ha sido el único maestro que desde hace larguísimos años he tenido”. Reivindicó también las figuras y obras de Miguel de Molinos e Ibn Arabí.

¿Gnosis? Interesada por el taoísmo, estudió a Laotsé y a Zhuangzí. Al mismo tiempo, se interesó por los Coloquios de Royaumont, lo que la animó a estudiar los sueños como forma de conocimiento y contradecir, en cierta forma, a Freud.

María zambrano y una de sus maravillosas frases

¿Exilio? La marcó indeleblemente como a tantos españoles que en el 39 tuvieron que salir del país. Reflexionó sobre el tema y lo entrañó, palabra que ella utilizaba para decir que lo interiorizó. Su personaje del Bienaventurado, al que también llama Exiliado o Idiota, es el que renace en otro sitio ajeno, el sempiternamente ajeno vaya donde vaya o esté donde esté. El Exiliado es el invitado, el huésped, incluso puede concedérsele el título de residente, pero no se le “naturaliza”.

María Zambrano mantuvo discusión escrita con Nietzsche, con su maestro Ortega, con Heidegger, con Husserl. De su época, solo Zubiri estuvo a su altura (pero el donostiarra es mucho más abstracto) porque a Ortega llegó a superarlo. Conocida es la anécdota donde él le recriminó estar de vuelta mientras ellos aún estaban en el camino. Y se refería, claro, a sus reflexiones en torno al misticismo, tema que a don José siempre le dio un tantico de repelús.

De todo eso y de más se habló en esa conferencia. Jesús Moreno Sanz, en una extensa charla, nos trajo a la luz la existencia y el pensamiento de la malagueña. Pues además la adornó con anécdotas de su vida, que las hubo y muchas por cuanto fue una experiencia amplia y tan placentera como dolorosa. Anécdotas que denotaban un carácter fuerte y decidido, y también, cómo no decirlo, un sentido del humor excelso.

María Zambrano ya en Madrid

Aunque lo mejor siempre viene luego porque con algunos amigos nos fuimos a tomar algo tras la conferencia y allí nos bombardeó con más hablillas y más profundizaciones en el pensamiento de una mujer que fue importantísima y que, si no olvidada, sería exagerar, sí es cierto que muchos la conocen solo por el nombre de alguna plaza o calle, por como denominan a algún instituto de enseñanza o por el título puesto a una estación de tren. Cierto es que leerla es a veces dificultoso, pero quien no se moja no coge peces, y sumergirse en su pensamiento, rico y frondoso, es una aventura personal merecedora del esfuerzo.

De derecha a izquierda: Jesús Moreno Sanz, Celia Correa, presidenta del Centro Artístico de Granada y un servidor.

Por suerte, la magnífica edición de las Obras Completas, nos permite al fin acceder a unas versiones depuradas de los 23 libros que publicó aquélla, de entre los que me atrevería a recomendar, aunque sólo sea para meter el pie en piscina tan grata y enriquecedora, la lectura de tres de ellos: Filosofía y poesía, Persona y democracia, y El hombre y lo divino.

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Dos artículos periodísticos

Como otras veces, coloco aquí dos artículos aparecidos en el periódico Ideal de Granada, en la sección que cede a la Academia de Buenas Letras de esta ciudad. El uno es una reflexión, como se verá. El otro es homenaje a una persona que se dedica de forma altruista y por mera afición a fotografiarnos a todos los intelectuales granadinos en aquellos actos en los que participamos. Espero que os gusten.

La indiferencia

Portada de dos de los siete libros que conforman En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust

Me contaba un amigo filósofo, especialista en María Zambrano, la forma en la que leyó los siete tomos de A la búsqueda del tiempo perdido en su juventud: viviendo en una Residencia de Estudiantes madrileña, se sacaba un sobresueldo dando clases particulares en la otra punta de Madrid. Debía, por tanto, tomar un autobús y pasar largo rato en él. Leer en un medio de transporte como ese es incómodo si uno viaja de pie: baches, frenazos, acelerones. Sentado es más cómodo. Doy fe de ello por cuanto he sido lector de metro en Barcelona. Pues bien, él subía al autobús cojeando y atravesaba el pasillo haciéndose el rengo por ver si alguien le cedía el asiento. Normalmente lo conseguía y podía leer cómodamente su Proust. Parece historia extraída de nuestra picaresca.

Mi hijo mayor, nacido en el año 74, tenía que viajar a menudo conmigo en el metro o autobús barceloneses. Le enseñé a ceder el asiento a personas mayores, cojos (entonces no se decía discapacitados) y señoras embarazadas o cargando bebés. Con cinco o seis años, si podía sentarse lo hacía con la mirada atenta a cuantos subieran al transporte, y se levantaba apresuradamente ofreciendo su asiento a quien pudiera necesitarlo.

No solo quienes van absortos en el móvil, seres con quienes no se puede contar para nada, sino cualquiera que lleve la mirada perdida, ausente o vacía, joven o no tan joven, se abstendrá hoy de ofrecer su puesto a alguien en las circunstancias que antes detallaba. Ni siquiera se apartarán, como si el resto de la humanidad fuese transparente. Salvo excepciones, claro, que las hay. Si no las hubiera, tal vez me tentaría un suicidio colectivo.

Autobús hasta los topes (esto de hasta los topes se decía por los antiguos tranvías, donde la gente se encaramaba a los topes traseros para no pagar o cuando ya estaba el tranvía muy lleno).

¿Qué nos está pasando? Tal vez sea inexorable que la ciudad cruel nos oprime tanto que si alguien recriminase, oiga, ¿no ve que hay personas a su alrededor?, el interrogado contestaría, ¿personas, dónde hay personas?, mirando inquisitivamente a su alrededor como si en lugar de hallarse en mitad de Puerta Real, estuviese en la isla de Robinson.

¿Es que nos ha atacado de pronto y masivamente una epidemia de egocentrismo o de ignorancia de la existencia ajena? Hay enfermos que, desgraciadamente, son incapaces de sentir empatía alguna con las personas que los rodean, pero no es el caso. El personal, generalmente, no padece enfermedad. Simplemente nos negamos a contemplar la existencia del otro. No somos capaces de distinguir la molestia ajena, y por eso podemos ver sin inmutarnos a un discapacitado, una embarazada o una anciana que apenas puede agarrarse a la barra de sujeción del autobús, sin pensar que ese asiento que ocupamos podría ser mucho más necesario para esa persona que para el yo. Para esas cosas hay psiquiatras. ¿Será la psiquiatría el oficio del futuro, mucho más que el de diseñador de página web?

No solo es de buena educación ceder el asiento a personas mayores, sino propio de personas solidarias. Y ahora que se habla tanto de solidaridad…

Es evidente que, de inmediato, se piensa que la culpa es de la enseñanza, de la educación que imparten maestros y profesores de secundaria. No me imagino yo a esos profesionales poniéndole voluntad a demostrar a sus alumnos que los viejos o minusválidos merecen todo lo malo que les pase ¿Cómo podemos ser tan cínicos?, ¿cuándo hemos abandonado por completo la educación de nuestros hijos a la televisión o la calle? Cierto compañero escuchó una conversación de progenitores diciendo: ¿yo?, ¡vamos!, si mi niño se pone malo, lo llevo al médico, ¿no?, pues si tiene un problema en la escuela, que lo solucionen los maestros. Ese problema gravísimo de nuestra sociedad no se soluciona con asignaturas sino con sociedad.

O acabaremos como en la novela de Bioy Casares, Diario de la guerra del cerdo, donde el objetivo de bandas y grupos de jóvenes son los viejos, a quienes golpean o matan sin motivo alguno, solo porque sobran, ya no son útiles.

Nuestra fotógrafa, Ana Jiménez Valladolid

Granada es ciudad productora de sorpresas. Todas las ciudades lo son, es cierto, pero algunas más que otras. En estas son sus edificios, aquellas, los paisajes que las rodean, otras tienen una vida cultural intensa, las de más allá poseen barrios que maravillan. Unas son más acogedoras u hospitalarias, otras menos. Pero, ¿y las caracterizadas por sus personajes? Más que personajes, personalidades centradas en extraños entretenimientos, estrafalarios aunque todos lo seamos un poco.

Con la fotógrafa Ana Jiménez Valladolid, cronista gráfica cultural de la ciudad de Granada

En Granada es destacable todo lo dicho, pero conviene hoy hablar de uno de esos personajes: Ana Jiménez Valladolid. Maestra de escuela jubilada, andarina incansable aunque ya algún estrago sufre por la edad (si no los sufriera, sería angélica), tiene dos aficiones: una es un coleccionismo no muy habitual, el de los marcadores de libros, y por la cual suele pasarse por las Ferias del libro o librerías de la ciudad pidiéndolos a quien buenamente quiera dárselos, o en ocasiones los consigue por la colaboración de sus amigos. Es de la segunda afición de la que quiero hablar, homenajeándola de paso. Esta consiste en fotografiarnos a todos los personajes importantes, o no tanto, de la cultura granadina. Gasta una cámara digital, pequeña y manejable, armada de la cual se sienta en primera fila (cuando puede) de cualquier acto programado. La he visto salir corriendo, y lo de correr es literal pues camina con la ligereza propia de una quinceañera, de un acto a medio acabar para volar hacia otro y poder fotografiar a sus protagonistas. Y es que en Granada, la actividad cultural es, si atendemos comparativamente a su población, superior a la de algunas ciudades como Madrid, Sevilla o Barcelona.

Depués, revela en papel las que le interesa, apetece, o considera de calidad y las regala a quienes aparecemos en la imagen, quedándose siempre un ejemplar para ella que archiva en carpetas. Carpetas físicas, no virtuales. Y lo digo en plural porque Ana tiene una para cada personaje de la cultura granadina. Una para menganita, otra para zutanita, y la de más allá para fulanito o sotanito. Un fondo documental interesantísimo y abundante.

Uno cualquiera de los muchos actos culturales celebrados en Granada quién sabe cuándo. Ana Jiménez Valladolid está, como de costumbre, en primera fila para poder fotografiar a gusto. Aquí se la ve de espaldas.

La hemos homenajeado en el Centro Artístico, Literario y Científico de Granada, obsequiándola con un acto al que asistió engañada y un cartapacio con textos y dibujos de algunos que hemos sido fotografiados por ella. Fue un diminuto agradecimiento por su labor, por su tarea de hormiga que sí, a ella le da sentido a su existir, que la entretiene como cualquier afición, pero también da un servicio, no solo personal a cada uno de esos raros que nos dedicamos a escribir, pensar, pintar o hacer música, sino un servicio social que sería una verdadera lástima que se desperdiciara y perdiese.

Hay, pues, personas que se dedican a una afición que solo las beneficia a ellas, y las hay cuya afición, entretenimiento, afán o gusto beneficia a la comunidad. Ana hace historia con sus fotos, y no porque yo crea que nosotros, esos a quienes fotografía, seamos importantes, sino porque nuestra obra sí lo es para la ciudad en la que vivimos y el país en el que pagamos nuestros impuestos. Cualquier día se perderá todo esto, lo sé, víctimas de ese desprecio ancestral del español por la cultura, desprecio que últimamente se ve incrementado por esa pandemia llamada teléfono móvil. Pero entonces quizá seremos menos yoes, menos personas, menos individuos y nos habremos convertido más y más en borregos comandados, no ya por un pastor o dirigente, que ya de por sí es malo, sino por una maquinita absurda que nos hace creer que estamos “conectados”. Conectada con la realidad está Ana Jiménez Valladolid, con sus fotografías de esa realidad que hace moverse a la ciudad, que la aguijonea, la despierta, o cuanto menos eso intentamos, me parece a mí.

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Presentación de mi novela Concierto triste para trío y coro.

Portada de Concierto trsite para trío y coro

El día 14 de mayo de este año, en el Centro Artístico de Granada, Fernando de Villena me presentó mi novela Concierto triste para trío y coro, editada por Alhulia con el patrocinio y en el seno de la Academia de Buenas Letras de Granada. Aquí adjunto un resumen de la hora completa en la que estuvimos hablando en forma de presentación-entrevista.

Presentar hoy a nuestro amigo Miguel Arnas Coronado en el Centro Artístico puede resultar algo redundante puesto que es uno de los miembros más queridos y activos de esta noble institución, pero por si alguno de los presentes lo ignora, diré que nació en Barcelona en 1949 y que, aunque ha escrito dos libros de poemas en prosa (“El árbol” y “Piano en pájaro”) y numerosos artículos de diversa índole que aparecen en prensa y en su blog, donde más se mueve como pez en el agua es en la narrativa, en la que ya nos ha dejado las novelas “Bajo la encina”, “Buscar o no buscar”, “La insigne chimenea”, “Ashaverus el libidinoso”, “Nos” y “Ashaverus el creador”. A toda esta obra se viene a sumar hoy la novela que presentamos: “Concierto triste para trío y coro”, publicada por la editorial “Alhulia” en la bellísima colección “Mirto” de la Academia de Buenas Letras de Granada a la cual pertenece el autor como miembro de número.                                                                                                                                                   Pregunta: ¿Consideras importante que el libro aparezca avalado por esta Academia cuyo prestigio en Granada no hace sino crecer?

Para mí es importantísimo pues, como sabes, y tú mejor que nadie ya que fuiste uno de mis mayores avales para ingresar en ella, es un honor inmenso que se me hizo y que agradezco. Desgraciadamente, el número de lectores es cada vez más exiguo, de modo que la trascendencia que puede tener un nuevo libro, y menos aún de alguien casi desconocido si no es por los amigos que me apreciáis y por este Centro Artístico granadino tan histórico, esa trascendencia es mínima. Tal vez ocurre lo que tanto he repetido: muchos leen para no calentarse la cabeza, para que se les repita lo que ya saben y corroboren sus opiniones. Tienen trascendencia las personalidades televisivas, sobre todo. Quienes nos dedicamos a esta humilde labor de intentar convertir en arte historias y lenguaje, como tú o como yo, aunque tú con más ciencia, poco podemos hacer en ese ambiente de decadencia cultural. Mi ambición, eso sí, es ser leído. Me importan un ardite la fama o el dinero. Mi sueño es ver a una persona desconocida, en un autobús, en una plaza, leer alguno de mis libros. 

La Presidenta del Centro Artístico, Lliterario y Científico de Granada, junto al presentador, Fernando de Villena y un servidor

El título de la novela me parece muy acertado pues la trama de la misma la conforman tres personajes principales y un coro de secundarios, y tanto sobre unos como sobre los otros planea la tristeza o incluso la derrota. De este modo, podemos hablar de una novela desoladora, terrible, amarga. Y sólo algunos personajes femeninos de segunda fila como María o Assumpta se salvan de ese negro panorama. En toda la obra se deja sentir la angustia de una muerte que tuvo lugar en el pasado. Es una historia que se nos va desvelando poco a poco hasta alcanzar el unamuniano final.

Es un título musical. Ya conoces mi obsesión por relacionar ambas artes, la literatura y la música. Es curioso porque es una de mis pocas novelas donde en su contenido ninguna referencia musical hay, solo en el título y en los encabezamientos de los capítulos que titulo con los nombres que se adjudican a los tempos de los movimientos sinfónicos: adagio, andante, allegretto, etc. Es un trío no amoroso sino de personas que tienen una relación que es cualquier cosa menos de amor, y por otra parte aparecen una serie de personajes secundarios que componen una suerte de coro, de polifonía acompañante, más en el sentido de coro griego que expresa la doxa, el buen juicio, que en sentido musical, pero eso que lo juzgue el lector, que lo interprete él de una forma o de otra.

Pregunta: ¿Por qué ese pesimismo? ¿Y qué hay de Unamuno en la novela?

Soy pesimista social. Me gustan los individuos, las personas y creo en ellas. Eso me une a Unamuno que fue y sigue siendo muy importante para mí, tanto en sus novelas como en sus artículos y su poesía. Unamuno no creía demasiado en las reformas sociales como solución a los problemas individuales, pero sí creía en individuos buenos que llegan a negarse a sí mismos en pro de los demás, como Manuel Bueno, el protagonista de San Manuel Bueno, mártir. Mi personaje, Óscar, tiene fe en las personas, y mucho más en los niños. Su padre, que tiene una aparición lateral y corta en la historia, el alemán Ludwig Gütig, toma una decisión que le cuesta la vida, se supone, y la toma precisamente porque no puede soportar ese maltrato a las personas. Esa bondad de Óscar choca en un mundo sin fe, sin bondad alguna. Pero en ella lo acompañan dos mujeres de ese coro acompañante: María y Assumpta, ambas mujeres galdosianas, mujeres que practican la compasión.

Fotografía de Ángel Gallego, inspirador de esta novela. Él es Óscar aunque las anécdotas vitales no coincidan del todo.

A Óscar lo dejo hablar, o mejor dicho sentir, porque pensar, lo que es pensar, el pobre no piensa demasiado, lo dejo hablar como recomendaba Unamuno, que decía que en la novela se debía dejar hablar a los personajes, “aun cuando no tuvieran nada que decir”. Óscar, con su sentir, detecta que el mal está en el nihilismo, no religioso, ni mucho menos, sino en el nihilismo total, en el egoísmo como religión y ese echar balones fuera de Cata, la personaje que forma la segunda pata de ese trío, ese achacar a otros las culpas de lo que ocurre es el mal que produce la muerte, aunque Óscar no la juzga, solo lo siente en su interior sin manifestarlo.

Antes hablaba de la ausencia de música en esta novela, pero hay en ella una música figurada, la de la naturaleza que tanto adora Óscar y la cacofonía del egoísmo enfermizo de Cata y de su ex marido, Rafael, la tercera pata del trío.

Miguel Arnas nos demuestra aquí una vez más que es un magnífico conocedor del alma humana y tal vez este “Concierto triste…” pueda por ello calificarse como novela psicológica protagonizada por perdedores.

Pero además de ese pesimismo unamuniano, la novela contiene otras claves que es necesario señalar. No falta aquí el humor socarrón al que nos tiene habituados el autor, aunque no en la medida de otras novelas suyas. Sin embargo, la obra ha crecido en ternura cuando analiza a algunos de los personajes y ello porque al menos el protagonista está inspirado en alguien de carne y hueso, un amigo de Miguel, ya desaparecido, lo que convierte la obra en un tributo de amistad.

Pregunta: Por experiencia propia puedo afirmar que Miguel es muy amigo de sus amigos. Pero, ¿podrías hablarnos del personaje real que te inspiró al Oscar de la narración?

Para mí la amistad es como el amor, pero sin sexo. Incluso a veces sin celos porque es más fácil eliminarlos en la amistad que en amor. Mi novela está inspirada en mi amigo Ángel Gallego, que falleció en mayo de 2016. No narra con fidelidad su historia porque me invento muchas anécdotas, pero se acerca. Sobre todo intento retratar al personaje, que era de una bondad apabullante. A él le debí mucho en mi vida y su aparición en la de Rafael y Cata refleja aproximadamente lo que ocurrió. Eso sí, ni yo soy Rafael ni Cata es mi ex esposa, ni el niño Ernesto es nuestro hijo Miguel. En absoluto. Cata es el producto de una educación regalada en exceso y del rechazo escolar por su físico, lo que hoy llamamos bulling pero sin violencia porque en todo caso la violencia la ejerce ella misma contra esas compañeras que la ridiculizan. Eso desencadena un carácter incapaz de comprender las necesidades de los demás y tan protector con su hijo, al tiempo que inepta para darle cariño y cuidados, que no lo deja vivir. Rafael padece un síndrome de Asperger. Es un caso de libro, no refleja a persona alguna que yo conozca. Dos seres así juntos son como el sodio y el agua: explotan, y las víctimas son el niño Ernesto y Óscar.

Presidenta, presentador y autor ya en la mesa.

Repito, este libro es un homenaje, un gran acto de amor y respeto por mi amigo Ángel, aunque no cuenta su vida, solo se aproxima. Sí es cierto un detalle que caracteriza a Óscar: la mezcla de español y catalán que habla. Ese era el extraño lenguaje de mi amigo Ángel a quien se le habían pegado palabras, sobre todo términos agrícolas, del catalán que él entendía perfectamente pero no hablaba bien.

En segundo lugar diré que el novelista es un excelente creador de atmósferas, aunque su mundo literario es casi siempre Barcelona, ciudad de la que ofrece una visión culta, tolerante y cosmopolita sin la reducida perspectiva del nacionalismo.

Y otras dos preguntas: ¿Quieres decir algo de aquella Barcelona en comparación con la de hoy? ¿Cuándo nos ofrecerás una novela ambientada en Granada?

Aquella Barcelona no tiene nada que ver y sí tiene que ver. Me llamó la atención cuando estuve la última vez en 2016 ver tanta gente vestida igual o parecido que en tiempos de la Transición, indumentarias progres de entonces. Uno es de donde hizo el bachillerato. Barcelona fue para mí muy importante, además es ciudad donde puede suceder cualquier cosa. En todas, pero en esa más. Granada ya es mi ciudad, y con todo me cuesta escribir sobre ella. Tal vez porque carezco de recuerdos históricos de sus calles. Tengo un proyecto de escribir una novela sobre la tertulia del Rinconcillo comparándola con la que disfrutamos durante años como tertulia del Pelín o del Salón, con personajes reales, quienes participamos en ella, y otros inventados. Ojalá sepa llevarlo a cabo.

De Barcelona recuerdo sobre todo, además de sus calles y los personajes y amigos a quienes conocí, las excursiones, la naturaleza que tan importante es para mí. Ese amor mío lo reflejo en Óscar, pero combinado con una pureza típica en él. Para Óscar, la naturaleza es lo genuino, lo importante, de ahí su obsesión por mostrarles a los niños de dónde viene la comida que consumen, la importancia de comer bien y conocer a quienes o a qué se sacrifica para poder alimentarnos.

Denotando cierta tristeza, que no es mi natural pero se concierta con la novela, me pillaron hablando de ella.

También quiero mencionar el valor del lenguaje de Miguel Arnas: un lenguaje sencillo, pero que recurre a menudo a lo poético, a las metáforas y sobre todo a los símiles.

En la novela encontramos ardides de gran conocedor del género, como cuando el autor se introduce en la propia narración, y, sin embargo, la obra, con ese narrador omnisciente que actúa como una cámara cinematográfica, debe mucho al objetivismo francés. Y también en el personaje principal encontramos mucho de voyeurismo. Pero, ya lo dije antes: varios personajes están tratados con amor y Miguel Arnas nos viene a decir: He aquí una vida insignificante, sí, pero ¿hay vidas insignificantes?

¿Qué respondes a eso? ¿Cualquier persona puede ser protagonista de una novela? 

 Cualquiera puede ser protagonista de una novela, por supuesto. La vida anodina de un Leopold Bloom en el Ulises, de James Joyce. El mismo Sancho Panza es casi anodino aunque puesto junto a su señor, don Quijote, tiene de anodino lo mismo que de comedido en sus pitanzas. La verdad es que después de mi personaje Enrique Fuster era conveniente pasar a una vida menos aventurera. Enrique me costó mucho porque yo no soy nada aventurero, soy más bien apocado. Pero para mí lo importante es el cómo, no solo el qué, aunque sé que eso no es popular. La gente necesita historias divertidas, en el sentido etimológico de la palabra, historias que viertan hacia otro lado de sus vidas que acostumbran a ser anodinas, ellas sí. Por eso te agradezco mucho que digas lo del lenguaje. Esa es la diferencia, creo yo, entre el periodismo de hoy y la literatura. El periodismo responde a algo inmediato y demasiado a menudo, y por desgracia, elaborado de cualquier manera. La literatura, y tú lo sabes, no puede hacer tal cosa.

Por otra parte, para mí es muy importante quién narra. El narrador omnisciente tan decimonónico, está pasado de moda. Sin contar con que, para mí, la omnisciencia es un tanto fanfarrona porque ella es atributo del Dios cristiano. Además, ¿de dónde sale?, ¿quién es omnisciente de todo lo que va a ocurrir? Es falsa, postiza. Es evidente que en la narración, el narrador es ese individuo que escribe, su autor, pero como todos estamos de acuerdo en que a veces parece que alguien te dicte, que no salga de ti, hay que inventarse algo que justifique esa vicariedad, digamos. De ahí que al final juegue con esa posibilidad de que sea la esposa del matrimonio francés quien narre la historia de Óscar, pues evidentemente no va a ser él quien lo haga.

Respecto al voyerismo de Óscar, ocurre que este disfruta mirando la felicidad de los demás, esa felicidad que él no tiene. Por eso mira por la ventana de la habitación de la pareja francesa, y no por un asunto sexual sino por fisgonear y deleitarse con esa felicidad de la vida cotidiana, felicidad que él apenas tiene pues le arrebataron lo que más quería, al niño Ernesto.

Hallamos también en las páginas de este “Concierto” una pincelada sobre el tema de los nazis y los judíos que ya amenaza con convertirse hoy día en un género literario y cinematográfico tal el de los indios y los cowboys. Y desde luego se critica la política catalana en su cerrazón.

Josep Pla

No faltan además algunas poéticas descripciones urbanas y, para terminar, yo afirmaría que en las impresiones de paisajes y personas Miguel Arnas es comparable a Josep Pla.

Y le dejo ya la palabra a nuestro escritor para que añada cuanto desee.

En el siglo XX sucedieron eventos históricos de gran importancia y fueron achacables a las ideologías: nazis, o sea nacionalistas, y al comunismo. Del segundo han hablado mucho los autores rusos y de Europa del este, así como chinos y cubanos. Menos, los del resto del mundo a pesar del espanto que representó y sigue representando. Max Aub criticó bastante el fenómeno del socialismo real, del comunismo burocrático y dictatorial. Respecto al nazismo, el horror fue tamaño que es lógico que se siga hablando de él. Exorcismo y advertencia para que no retorne. Aunque siempre retorna y retornará, y si no que se lo pregunten a los bosnios. De todas formas, es muy negativo crear arquetipos que abarquen a toda una nación o raza o religión, primero porque tal cosa es un prejuicio y segundo porque el literato que cae en ese error es un mal literato, un nefasto narrador. Ludwig Gütig, el padre de Óscar es un alemán como hubo tantos, bondadoso, como indica el apellido que adopta, y que se horroriza, no con lo de los judíos que apenas vive sino con la represión hacia la población francesa, que la hubo y terrible, no solo con las represalias a raíz de los atentados, donde un alemán valía por diez franceses cualesquiera, indiscriminados, sino también donde los resistentes, maquisards, detenidos, eran torturados salvajemente y hubo casos de ejecuciones sumarias con lanzallamas.

También de la Guerra Civil española se ha hablado mucho en literatura, y es curioso porque tanto repetir lo de la memoria histórica, y la literatura es memoria, diferente de la Historia con mayúscula, la que investigan los expertos y aparece escrita en los manuales, tanto hablar y de esa literatura pocos leen. ¿Quién lee hoy, por ejemplo, a Max Aub y su Laberinto mágico?, ¿quién a Juan Benet aunque se invente un territorio?, ¿quién a Gironella o a Foixá?

La política catalana es importante para mí por mi origen y mis querencias, por lo que decía antes respecto a Barcelona. Me preocupa y mucho. Compararme con Josep Pla es un

Portada de Bajo la encina

honor. Me han comparado con Gabriel Miró en la primera novela que publiqué, Bajo la encina, y eso me hizo temblar las canillas.

Debo indicar, como aviso a navegantes, que a pesar de la tristeza del cuento, tengo dos detalles de humor que hacen de contrapunto a tanta congoja: el cómo san Vicente Ferrer, allá a finales del siglo XV, le cambia el nombre al pueblo donde vive y trabaja Óscar y le pone Sant Iscle dels Fotuts, sabiendo que fotuts en catalán tiene el valor aquí de taimados, marrulleros o como se dice en Granada, “joíos”. Y la segunda anécdota es la carta que la tía Ernestina le envía al Gobern de la Generalitat ante la insistencia de que le catalanicen el nombre al hotel rural de su posesión y en el cual trabaja Óscar.

Por cierto, la tía Enriqueta es un personaje que me gusta especialmente: su mal carácter, su mandar al cuerno a quienes la incordian, su independencia que ya en las primeras décadas del siglo XX pone de manifiesto. Es una persona, a mi entender, ejemplar por esa autonomía respecto a la burguesía biempensante barcelonesa. Hace siglos, ese tipo de mujeres se hacían monjas porque allí estaban protegidas y las dejaban en paz y casi, casi, hacer lo que quisieran. En el siglo XX las tías Enriquetas, al menos si eran ricas, pudieron, no ya enfrentarse a una sociedad sino mandarla a hacer puñetas. Muchas gracias.

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Matemágicas. Poesía y matemáticas, de Emilio Ballesteros

La qubba del Cuarto Real de Santo Domingo de Granada

El pasado 6 de mayo presenté en el Cuarto Real de Santo Domingo de Granada, un antiguo edificio nazarí restaurado en edificio moderno aprovechando cuanto de aprovechable había en el viejo palacio, incluida una qubba o sala de recepciones, presenté, digo, un libro de mi amigo Emilio Ballesteros llamado Matemágicas. Poesía y matemáticas. El interés del libro puede colegirse, espero, de mi presentación que aquí coloco.

En cierta ocasión recitó en Granada poemas suyos una poeta, quizá la más grande entre las mujeres aún vivas que escriben poesía en España. Lo hizo junto a un poeta famosillo, de esos que, como gracias a la fama publican todo cuanto escriben, ya no se preocupan por la calidad, no tienen esa dignidad exquisita que hace falta en cualquier artista: la de estar medianamente satisfecho, nunca del todo, de su propia obra. Este poeta recitó cuatro poesías. La primera y la última no estaban muy mal, quizá porque, como dijo el lírico alemán Gotfried Benn, un poeta puede envanecerse de haber escrito tan solo dos o tres versos inmortales; es muy raro que alguien haga alguno más de esos dos o tres. Puedo

Emilio Ballesteros

garantizarles que en esos dos poemas no había ningún verso de los que hablaba el germano, pero más o menos se sostenían. Los otros dos que recitó eran infumables. Las octavillas que tirábamos durante la clandestinidad tenían más lirismo del que ese señor puso en ellos. Pues bien, al acabar el acto me dirigí a la poeta, que me obsequia con una amistad inmerecida, y le pregunté, ¿qué te han parecido los poemas de Fulanito de Copas?, y la señora me respondió con cuatro escuetas palabras que bastaban para sentenciar lo escuchado, a saber: “que no es poesía”.

Explico esto porque el libro que presento viene a decir justamente eso en su prólogo. No basta con cortar las frases antes de llegar al margen para que lo escrito sea poesía. Hoy cualquiera la escribe y muy pocos alcanzan a rozar la sublimidad. Porque la poesía debe ser sublime o no ser. Eso no quiere decir que haya que prohibir nada, pero señoras y señores, es como si yo digo que juego al fútbol, cosa que es falsa, y tengo la osadía de alardear de ello ante Messi o ante Sergio Ramos, y nombro a dos para evitar que nadie de los presentes se mosquee conmigo.

Portada de Matemágicas. Poesía y matemáticas, de Emilio Ballesteros

Este libro, Matemágicas. Poesía y matemáticas, es en realidad una poética, la poética de Emilio. ¿Están todas las claves de su poesía en este volumen que presento? Creo que no, pero se aproximan. Es una poética porque, si bien como ejemplos de lo que dice entresaca poemas de otros poetas, también los suyos ejemplifican su teoría. Y esta tiene que ver tanto con las matemáticas como con la física. Habla de los colores al principio. Ustedes dirán, ¿qué tienen que ver los colores con las matemáticas? Todo. Los colores no son sino longitudes de onda. El color que vemos es el que no retiene el objeto observado. Una cosa roja absorbe toda la gama de colores de la luz que recibe menos, justamente, la correspondiente al rojo. Y ese color que devuelve, y por eso lo vemos, es a su vez un foco de luz de un solo color, una emisión de fotones que se comportan como ondas. Y la longitud de onda es ni más ni menos que la distancia entre sus crestas, pues una onda, como la de radio o la que nos permite usar los móviles, es parecida a las ondas que se producen en una superficie de agua cuando se tira una piedra: se forman pequeñas olas a cierta distancia una de otra.

Los humanos vemos un espectro de colores reducido. Otros animales nos superan. Las libélulas, por ejemplo, ven muchísimos más colores. Nosotros vemos los que están entre la longitud de onda del violeta y la del rojo. Aquella tiene una distancia entre crestas de 400 nanomilímetros y esta, la del rojo, una distancia entre crestas de 700 nanomilímetros. Y repito, ustedes dirán, ¿qué diablos tiene que ver eso con la poesía? Mucho, porque los poetas utilizan esos colores como definición, como metáfora, como semejanza, como

Portada de la primera edición de Azul de Rubén Darío

símbolo: Azul, de Rubén Darío, verde que te quiero verde, de Lorca, los amarillos de Elena Martín Vivaldi, el negro de la leche negra del alba de Paul Celan, rojos de Miguel Hernández y del propio Emilio Ballesteros, aunque él nos presenta toda la gama de colores, como demuestra y muestra en este libro. Y al usar esos colores están remitiéndose los poetas, también, a conceptos físicos y por tanto matemáticos.

Bien, estos discursitos como el que me gasto, obnubilan al público y permiten al presentador quedar como un caballero culto y de formación sólida. Y no se trata de eso. Ni muchísimo menos. Ahondemos en todo esto de las matemáticas y la poesía. Verán, como ejemplo del azul contrastando con el rojo incluye un poema suyo llamado La mer, el mar, la mar, y lo precede de una cita del cantautor francés Charles Trénet. Lo hace así porque la primera poesía fue cantada. Hoy nos extraña porque a la poesía que cantan algunos cantantes suele sucederle como al poeta del que hablaba al principio: que no es poesía, pero los recitadores utilizaban muletillas, estribillos y rimas, no solo para facilitar la memoria sino para darle ritmo a su recitado. Y el ritmo es matemáticas. Los ritmos se representan en música por fracciones. Si eso no es matemáticas, que venga Dios y lo vea. De hecho, toda la música es matemática. Un intervalo de quinta no es sino la diferencia de cinco tonos entre una nota y la siguiente. Esos tonos musicales se conseguían, según Pitágoras, haciendo vibrar una cuerda dividida, cada vez, por la mitad. Los tempos, es decir lo rápido o lento que se interpreta una música, es decir los Adagio, Presto, Allegro o Andante, expresan, cuántas negras, esas notas que son la mitad de una blanca y el doble de una corchea, deben caber en un minuto. Eso desde que se inventó el metrónomo, antes era más subjetivo.

Establecida la enorme deuda que la música tiene con las matemáticas, haremos un silogismo: si la música es matemáticas, y la poesía es música, la poesía es matemáticas.

El color verde en el Islam

Espero haberlos dejado boquiabiertos. Como dice el eslogan de un programa de Radio Clásica: la ciencia enseña a ver lo que todo el mundo ha visto, pero a pensar lo que nadie ha pensado. Bueno, decir nadie es una fatuidad, porque estoy seguro de que muchos de los presentes sabían lo de la poesía es música y matemáticas mucho antes de que Emilio, o yo mismo ahora, lo dijésemos. Continúo con el libro. Respecto a los colores hay dos aspectos que Emilio no dice pero sugiere: el místico y el simbólico. En las visiones místicas, sobre todo en el sufismo, los colores tienen un gran papel, especialmente el verde (Henry Corbin, el gran estudioso de la mística musulmana, lo demuestra). Todos sabemos también que los colores sugieren símbolos. Se dice de los rojos y amarillos que son cálidos, en tanto los azules y verdes son fríos. Pues uno toca objetos de esos colores y tienen la misma temperatura unos que otros. Luego eso tan simple, que conoce cualquier pintor y aun fotógrafo, ya es simbología. También de eso habla Emilio.

Pero Matemágicas no se reduce a los colores porque después analiza dos aspectos de la matemática más pura, menos física como son los colores, a saber: los números, que son aritmética, y las formas, que son geometría. Respecto a los números analiza su papel, sobre todo en la métrica, aunque no solo, porque las primeras cifras no responden a ninguna métrica de versificación. Ahí entra de nuevo el misticismo y la simbología: del cero como nada, del cero como invento de los matemáticos árabes, del cero como indicación de la nada malévola según explica Rüdiger Safranski en su El mal o el drama de la libertad. Luego Ballesteros analiza el papel del uno como unidad, del dos como dualidad, del tres como número del cristianismo, así como luego habla del cinco, número insignia del Islam y del siete, número no solo preferido de los pitagóricos y simbolizando la inteligencia, sino representativo del judaísmo. Para los porqués preferiría que ustedes leyeran el libro sin que yo me extienda más aquí.

El gran poeta y amigo Enrique Morón

Pero sí quiero hablar de la versificación, de la métrica. Verán: si yo tuviera que dar clase de esa disciplina poética elegiría este libro para hacerlo porque los ejemplos de versos de diferentes longitudes silábicas, lo que representan y en qué tipo de poesía se emplean, son tan sustanciosos y bien explicados que de veras, podría ser este un libro de texto.

En esta parte, utiliza ejemplos de Enrique Morón y sus Odas numerales, otro caso lírico de esos contactos que parecen absurdos entre poesía y matemáticas y cuya absurdidad demuestra aquí Emilio ser una absurdidad en sí mayor aún (es aquello que la negación de una negación es una afirmación). Pero claro, no solo da ejemplos de Morón sino de infinidad de poetas más, pasando también por sí mismo, como ya he dicho.

El estudio de esos números llega hasta el catorce, cantidad de sílabas de un alejandrino y número de días que tarda la luna en cambiar de signo: desde la llena hasta la nueva, y la luna también tiene un gran papel simbólico en numerosas religiones y mitologías, aunque de las hoy más practicadas, esencialmente es el Islam la que tiene la luna como emblema.

Como he dicho antes, Ballesteros dedica un capítulo a las formas. También Enrique Morón dedicaba algunos poemas de sus Odas numerales a las formas: la recta, el ángulo, la circunferencia, el polígono, etc.; e incluso a los signos, porque Morón poetizaba el signo más, el menos, el por, el infinito. Un repaso, vamos. Pues bien, Emilio también les da un repaso, y añade algo que me pareció interesantísimo: en los poemas gráficos, es decir en

Poema de Emilio Ballesteros en espiral titulado Espirales cósmicas, de su libro El viaje infinito

los caligramas, estos toman formas que pueden ser dibujos figurativos o también geométricos, y él mismo tiene en El viaje infinito, poemario enormemente recomendable por su riqueza, un poema helicoide, otro circular y otro espiral. En este mismo capítulo dedicado a las formas, consagra también unos párrafos al símbolo de infinito, hallazgo matemático cuya grafía se encuentra por primera vez en los escritos de John Wallis en el siglo XVII, pero cuya antigüedad como concepto es mucho mayor, pues el ouróboros, ese símbolo iconográfico consistente en una serpiente que se muerde la cola y cuya representación ya se hallaba en los albores icónicos de la historia del mundo: en el disco de Benín, el ouróboros, digo, ya es símbolo de ese infinito extraño, difícil de comprender para nosotros que somos tan finitos si no somos creyentes.

Es curioso porque uno consulta esta entrada, disco de Benín, en internet, y ¡habla de discotecas en Benín!, ¡pues vaya! Es una lástima porque el tal disco, que es de bronce si no me equivoco, es bellísimo y notable. Hay que recurrir a un diccionario de símbolos en papel. Y es que lo nuevo no siempre puede sustituir a lo viejo. Este disco de Benín, que simboliza el infinito, también alude al contacto entre el mundo de arriba y el mundo de abajo, lo macrocósmico y lo microcósmico, que luego los gnósticos aprovecharon

El ouroboros

convirtiendo el ouróboros, o sea el infinito, en su símbolo favorito.

En fin, de todo esto habla Emilio Ballesteros en un libro que, como tantos de sus poemarios y novelas, es absolutamente recomendable. Pero no acaba aquí la cosa porque yo debo añadir alguna más como corroboración de sus teorías en otras que él no cita, seguramente por economía, pero que yo sí me voy a permitir mencionar.

Primera: el OuLiPo. Esta entidad, nacida del Collège de Pataphisique de Paris, tiene como nombre el acróstico de Ouvroir de Littérature Potencielle, es decir, Obrador de Literatura Potencial, y sus objetivos consistían en plantear obstáculos, trabas o constricciones a la creación literaria que favorecieran, justamente, esta creación, entregando a otros escritores o a los mismos que componían el grupo, herramientas para agilizar, innovar y/o acicatear su creatividad. Lo que tiene que ver con el libro de Emilio es que esas trabas se basaban muy a menudo en las matemáticas, pues no en vano sus creadores primeros fueron Raymond Queneau, escritor y matemático aficionado, y François Le Lionnais, matemático. Una traba típica, no del OuLiPo sino anterior a él en quinientos años, es la que conforma ciertas estructuras poéticas como, por ejemplo, el soneto, que ha de tener catorce versos, de doce o catorce sílabas cada uno, aunque hay otras métricas, que rimen de tal o cual manera y cuyo ritmo sea este o aquel. Es un condicionamiento. Las trabas poéticas propuestas por el OuLiPo fueron, también por

Fotografía del equipo fundacional del OuLiPo. Entre otros, Raymond Quemeau, François Le Lionnais, Italo Calvino, Georges Perec, etc.

ejemplo, crear poemas cuyos versos tuvieran cada uno la longitud silábica correspondiente a las cifras del número pi (π); el tautograma, poema formado por palabras que empiezan todas por la misma letra, aunque esta traba es lo que ellos llamaban un plagio por anticipación, porque está en poemas latinos y en uno de Quevedo que dice más o menos así: “Antes alegre andaba, agora apenas/ alcanzo alivio, ardiendo aprisionado,/ armas a Atlántida aumento acobardado;/aire abrazo, agua aprieto, aplico arenas”; o la escritura ropálica, donde cada palabra de un verso tiene una sílaba más que la palabra anterior, produciéndose un efecto de incrementación parecido a la pirámide o a la espiral de la que habla Emilio en ese penúltimo capítulo dedicado a las formas. (A esos rosales convendría despulgonarlos eficientemente, sutilísimamente, desconsideradamente, sería un ejemplo de esa escritura).

Segunda: Clara Janés. A la grandísima poeta siempre le ha obsesionado la ciencia, y especialmente las matemáticas, en contacto íntimo con la poesía. Ya en su poemario Vilanos hablaba de números, y especialmente en su Fractales utiliza ya las altas matemáticas, aunque en este caso deberíamos hablar de geometrías, con una eficacia

La gran poeta Clara Janés

enorme. Pero esa obsesión no se ha reducido a estos dos libros de poemas, sino que en cada una de sus nuevas producciones aparecen sus conocimientos y desvelos sobre mística, gnosticismo, simbología, erotismo y esoterismo, ciencia en su sentido más amplio y matemáticas. En su último libro, del que ya hablé el pasado mes de abril y muy recomendable, encontramos la siguiente joya: “Y aquí, juicio, se llega al claro nueve,/ Tres veces tres, el número gallardo./ Los ciclos van a su compás concordes./ Y la Realidad se multiplica/ Sin cesar por su causa, en el abrazo/ De lo que viene y lo que está; al ritmo/ De una energía viva, impetuosa,/ Invisible y latente en lo visible./ Todo te crea, amada, en las esferas,/ Y así, en lo oculto, tu esencia palpita,/ Flor sin sombra más allá de los ojos”. Poema de Kamasutra para dormir a un espectro. Y he leído esto porque guarda una enorme coherencia con las propuestas de Emilio Ballesteros, porque Emilio, querido amigo, ser comparado con Clara Janés, dentro de las diferencias, naturalmente, no es cualquier cosa, y te ofrezco este paralelo de corazón y con algo de conocimiento de causa, pues he leído un buen número de poemarios tuyos y suyos.

Tercero: al empezar a leer el libro para elaborar esta presentación, lo primero que se me vino a la cabeza fueron las Odas numerales de Enrique Morón, ya nombradas. Luego me percaté de que Emilio las nombraba. Pero no fue solo Morón el hacedor de poemas dedicados de una forma u otra a números o poesía. Además de la ya mentada Clara Janés,

Gabriel Celaya

tenemos a Grabriel Celaya en su Así soñé yo la verdad, que dice: “Kepler miró llorando los cinco poliedros/ encajados uno en otro, sistemáticos, perfectos,/ en orden musical hasta la gran esfera.// Amó al dodecaedro, lloró al icosaedro/ por sus inconsecuencias y sus complicaciones/ adorables y raras, pero, ¡ay!, tan necesarias,/ pues no cabe idear más sólidos perfectos/ que los cinco sabidos, cuando hay tres dimensiones”. Y no debe olvidarse que Celaya era ingeniero de profesión y estudios. Rafael Alberti, León Felipe o Pedro Salinas ratifican las ideas que Emilio Ballesteros vierte en este libro que encontré, al leerlo, y más al releerlo para elaborar esta presentación, apasionante. Y siguiendo con las corroboraciones, pensemos en algunos de los poetas más importantes de la historia: Dante, por ejemplo, impone estructuras numerales en su Divina Comedia, y no hay sino leer El esoterismo en Dante, de René Guénon para comprobar que, además, esas estructuras numerales tienen mucho que ver con la simbología y con la mística, con posturas religiosas opuestas, y por tanto ocultas, al Papado y a la ortodoxia eclesial. En la Odisea hay tres partes diferenciadas: el regreso de Ulises a Ítaca; el viaje de Telémaco, su hijo, en busca de su padre; y un conjunto de historias donde abundan los monstruos, lugares fantásticos y peligros propios de los viajes por mar en frágiles navíos; y esas tres partes son como aquellas que los griegos creían componen al humano: espíritu, alma y cuerpo; sin contar con que sus editores quisieron que fueran 24 los cantos que la componen, tantas como letras tiene el alfabeto griego.

En la mesa, el editor de Esdrújula Víctor Miguel Gallardo, Emilio Ballesteros y quien esto escribe

Goethe creó la teoría de los colores, volviendo a aquello de la física y en El poema del Mío Cid, poema fundacional del castellano primitivo, se repiten los números tres, cinco y siete, números referencia del cristianismo, el Islam y el judaísmo como dije antes. ¿Coincidencias? ¡No!, el número marca la composición poética y esta, normalmente, quiere decir mucho más de lo que dice, y a buen entendedor, salud, como decían los anarquistas en la Transición española.

No dejen ustedes de estudiar este libro de Emilio Ballesteros. Los atrapará como a mí. Cómprenlo, regálenlo, obséquienlo a sus sobrinas si ellas tienen veleidades poéticas, ¡róbenlo si es preciso!, ahora que no me oyen ni el autor ni el editor, pero ¡caramba!, léanlo y dénselo a leer a los demás. Libros como este forman parte de esa media sonrisa que se le queda a uno al estirar la pata (patas, porque son dos) y que indica los buenos momentos que uno (y aquí no son dos, porque cada uno se muere solo) que uno pasó en su vida. Muchas gracias.

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Segunda parte de El libro más curioso de mi biblioteca

Pimera página introductoria de Confusión de confusiones, de Joseph Penso de la Vega en Ámsterdam 1688

Confusión de confusiones, de Joseph Penso de la Vega. Es también un facsímil. Penso de la Vega perteneció a la Academia de los Floridos, aquella tertulia del Ámsterdam del siglo XVII en la que también participó Isabel Rebeca Correa, presunta autora de la novelita sobre Todros ben Virga, que introduzco en mi novela Ashaverus el libidinoso, y protagonista de la autobiografía apócrifa que incluyo en Ashaverus el creador. Su hallazgo fue una de las casualidades que me acompañaron en la elaboración y documentación de estas novelas. Fue también un regalo de mi esposa y comprado a Ignacio Martín Villena, de quien hablé sobre el Liber Chronicorum. Su armazón es un diálogo entre un Filósofo, un Comerciante y un Accionista. Las acciones bancarias acababan de inventarse por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales u organismos afines. Invertir en uno o dos barcos que zarpasen hacia las Indias para comprar u obtener (el robo o la compra a cambio de naderías era normal) especias y otras riquezas era arriesgado: estaban los naufragios y los piratas malayos o ingleses. En cambio, invertir en una organización para la cual zarpasen muchos barcos era diversificar riesgos, ampliar el porcentaje de

Un servidor hablando de su pasión: sus libros

barcos que llegaban con bien a los puertos holandeses. Llegaron a sacar beneficios del 300 % anual. Penso de la Vega era experto en tales especulaciones. Tenía tres principios sobre su experiencia: no dar consejos a nadie, que nadie esperase gran cosa de su inversión, pues lo mismo se gana que se pierde, y no gastar en invertir más de lo que se tiene. Como buen judío, no solo era inteligente sino además hábil negociador. En el diálogo, el Accionista trata de convencer a los otros dos. En tanto al Comerciante le da miedo, el Filósofo no hace sino aducir razones metafísicas que lo hacen caer en un feroz ridículo. Es hilarante en ocasiones. Leí también un breve párrafo.

Portada de Umbría lumbre, de Mario Satz

Umbría lumbre, de Mario Satz. Mario Satz me obsequia con su amistad desde hace unos meses, desde que empezamos a cartearnos por correo electrónico. Pero el libro lo compré y leí en 1992. Para mí fue una revelación: me mostró cómo los misticismos, a mí que no soy, con precisión, creyente, son todos muy parecidos, desde el cristiano hasta el islámico, pasando por el hebreo. Es un estudio de la poesía y las prosas de San Juan de la Cruz, comparándolas con el sufismo, o misticismo islámico y la cábala (sería mejor decir cabalá). Lo curioso del libro es que en él, sin obstar a su grandísima calidad y sabiduría, tengo trascritas al hebreo las palabras en ese idioma pero escritas con alfabeto latino, pues la editorial no puso esas palabras hebreas con las letras del alefato. Tanto me entusiasmó. También esas trascripciones me hicieron comprender muchas cosas, y algunas de ellas las expliqué aquí, en el Centro Artístico, durante la conferencia que di hablando de la Cábala hebrea. Leí un fragmento donde se habla del medaber, el intermediario o portavoz, el que habla, asimilándolo al papel de la lengua, pues, como dice un antiguo proverbio: “La muerte y la vida están en poder de la lengua y el que la ama comerá de sus frutos”. ¿Nos

Una de las páginas de Umbría lumbre con un Árbol de la Vida cabalístico y mis trascripciones al hebreo

extraña que un escritor se interese por la Cábala, ya que esta da papel primordial a la letra, a la palabra? Y Mario Satz, ya lo he dicho en algunas ocasiones, es el mayor entendido en Cábala que escribe en español. Un sabio, no de conocimientos (los conocimientos son una pamema muy adecuada a nuestro mundo utilitarista) sino de sabiduría.

Poesìa soviética, antología de 1987, traducción de escritores cubanos. Este libro lo seleccioné por malo e indignante. Mi amigo Rafael Guzmán Tirado, catedrático de eslavas de la Universidad de Granada, me lo regaló al volver de Rusia en 1998, creo. Para empezar, algunas traducciones son deprimentes. Ripios y más ripios. Leí un fragmento de

Portada de Poesía soviética, antología.

poema para demostrarlo. Hay algunas de ellas que sí son buenas, como por ejemplo las de Eliseo Diego, uno de los intelectuales cubanos que hizo un buen trabajo. Leí también el principio de un poema de Maiakovski dedicado a Lenin. Pueden imaginárselo. Desde luego, del suicidio de este poeta en 1930, cuando a Stalin ya se le habían visto las intenciones, no dice nada. Mas lo peor del libro son las mínimas biografías de los poetas antologados. Especialmente las de tres poetas disidentes: Anna Ajmátova, Ossip Mandelstam y Marina Tsvietáieva. Para empezar los califica como poetas soviéticos. Habría sido como si Franco clasificase a Miguel Hernández como poeta franquista, puesto que escribió algunas obras cuando ya el general gallego había ocupado el poder. Vergonzoso. Expliqué la anécdota de la pobre Ajmátova, cuyo primer marido Nikolai Nikolaievich Gumiliov fue fusilado pues era oficial del ejército del zar, y cuyo tercer marido y su hijo fueron enviados a Siberia. Aguardando en la cola de la prisión para entregarle un paquete de comida a su hijo, hazaña que no siempre tenía éxito, no por la cola, sino una vez llegada a ventanilla, aguardando, digo, se le acercó una señora empañolada de negro y

Anna Ajmátova retratada por Nathan Altman

le preguntó si ella era la escritora; Anna asintió y la señora le preguntó si podría explicar eso, lo que estaban viviendo, fuera de Rusia. Es relato que pone los pelos de punta. Desde luego, en las biografías nada dice de eso ni de que Mandelstam fue enviado a Siberia y, al parecer, murió en el tren de transporte de ganado donde fue introducido, ni del suicidio de Tsvietáieva al volver de París a su patria. Leí un poema de Gumiliov, el primer marido de Ajmátova, titulado Me he burlado de mí mismo, traducido por Jorge Bustamante García (se encuentra fácilmente en internet en la página amediavoz).

Vista la hora me di cuenta de que podía hablar del séptimo libro.

Portada de La caza del Snark, de Lewis Carroll

La caza del Snark, de Lewis Carroll. El reverendo Dogson, cuyo seudónimo era Lewis Carroll, escribió dos obras famosas, sobre todo la primera: Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo. Pero también escribió, por ejemplo Matemática demente, con cuentos matemáticos de lógica y absurdidez. Y este La caza del Snark, un libro divertido donde se narran las aventuras de ciertos individuos para cazar al “snark”, un bicho que nadie sabe cómo ni qué es. Las ilustraciones hechas a propósito para la primera edición, fueron de un tal Henry Holiday, y este libro que poseo es una edición posterior pero en la que se incluyen versos geniales y delirantes dibujos, como delirante es la propia narración poética. Elogié lo que cada uno tiene de niño, sin lo cual, dije mirando hacia Ángel Olgoso, el Rector Magnífico del Instituto Patafísico, no seríamos lo que somos. Mostré algunas de dichas ilustraciones y leí un pequeño fragmento. Más tarde, mi querido amigo Ismael Ramos me contó que había representado esta obrita en teatro, situándola como la creación imaginativa de un niño que se aburre.

Uno de los maravillosos dibujos de Henry Holiday para La caza del Snark

Acabada la exposición, Juan Chirveches me preguntó si había algún otro libro destacable entre los míos. Sí, le contesté, claro, pero es difícil ir eligiendo: esa Gramática de Lebrija, por ejemplo, de la que ya hablé, pero mi pasión por los libros es tal que todos son como hijos, es imposible diferenciar y apreciar más a uno que a otro. Recordé la anécdota, al leer el fragmento de La caza del Snark, de la novela Morfina, de Mijail Bulgákov, novela en la que este escritor ruso, autor de una de las novelas más importantes del siglo XX: El Maestro y Margarita, narra sus vicisitudes como médico en un hospital en medio de la planicie, creo que muy al sur de Moscú y la ignorancia, esperable desde luego, de los campesinos rusos. La historia es la siguiente: atendiendo a un parto difícil porque el niño venía atravesado, notó al hacer el tacto cierta

Portada de Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie

sustancia untuosa en el útero de la madre. ¿Esto qué es?, pensó. Y resultó que las comadres del pueblo, cuando notaban que el niño no quería salir introducían en el sexo de la madre un terrón de azúcar para atraerlo. Hilarante y triste al mismo tiempo.

Recordé también un libro extraordinario que tengo desde hace años en mi biblioteca y que ha sobrevivido a préstamos: Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie, noble francés amigo de Michel de Montaigne que murió muy joven, maravilla de opúsculo, porque lo es por su escasa extensión que es, ni más ni menos, un primer ensayo del anarquismo ¡¡¡del siglo XVI!!!.

Preguntó Juan si había algún libro leído últimamente que me hubiera impresionado. No pude por menos que

Clara Janés

mencionar el poemario de Clara Janés Kamasutra para dormir a un espectro, uno de los pocos libros de poemas que he leído completo, pues normalmente en estos libros se picotea, se leen algunos poemas y otro día se leen algunos más. Muy recomendable ese último libro de Clara Janés.

Algunas personas se aproximaron a la mesa para hojear los libros primero y último: el Liber chronicoum y La caza del Snark, sobre todo el primero, porque las ilustraciones son muy bellas. Agradecí profusamente a Juan Chirveches y al Centro Artístico la oportunidad de disertar sobre mis cosas, que pueden no interesar a nadie y sin embargo allí tienen buena acogida. Y se acabó: cada mochuelo a su olivo.

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