El condón perfecto

Esta conferencia sobre ardua investigación del Institutum Pataphisicum Granatensis se impartió desde la cátedra (al conferenciante no le faltó ni la muceta ni el birrete; le sobraron un par de zancadillas, pero la vida es así) en el Ágape Estacional de Invierno (si no recuerdo mal porque me han puesto falta en un par de ágapes: los contratos de la NASA y del MI6 me tienen frito). Fue aplaudido poco, pues para tragar el embolado a todo el mundo le pilló con el vaso en la mano en el final, de lo que se deduce que por el gorgoteo de apenas nada debieron enterarse.

Individuo dispuesto a tomarse una pastilla efervescente para el ardor de estómago

Individuo dispuesto a tomarse una pastilla efervescente para el ardor de estómago

Se sabe, dilectos sátrapas, ínclitos patafísicos, ilustrísima, porque algo tiene de obispo, Rector Magnífico, que el insigne Bill Gates ha convocado un concurso de ideas para fabricar, primero como prototipo y luego en serie, el preservativo perfecto. Digo yo que, consideradas las penurias pecuniarias del Primate Optimate que imprime y proyecta en perfecta privacidad el panfleto El Escarbadientes espiral, y es lástima que no le haya puesto un título con más pés para continuar escupiendo los paluegos que quedaron entre mis dientes tras esta opípara pitanza, digo yo que deberíamos participar en el concurso y ganarlo.

Como ingeniero titulado con menos ingenio que una hormiga en procesión, se me permitirá que exponga varios planes para tal aparejo penal, de pene que no de pena, aunque haya penes que sean de pena:

En primer lugar creo que debería poseer un sistema de autoimplantación, es decir que, extraído de su bolsita habría de salir disparado para aterrizar plácidamente, porque si no ¡qué dolor!, en el extremo priápico del interfecto que agraciadamente, pretenda utilizarlo. Si existen sensores que guían los misiles hacia su objetivo, equivocándose a veces y produciendo daños colaterales, debería mejorarse el sistema porque supongamos por un

Para comerse un plátano, todas las precauciones son pocas

Para comerse un plátano, todas las precauciones son pocas

momento que aterrice en lugar erróneo, por ejemplo en el gollete de la botella que se consume para desinhibirse, con lo que la desinhibición quedaría completamente inhibida. Tampoco deberá posarse sobre dedo alzado alguno porque si se abriera, por el aquel de la broma, en el interior de iglesia, mezquita o sinagoga en el momento álgido (álgido porque es de inflexión de todo un proceso retórico) de alzar el imam, sacerdote, pastor o rabino su dedo índice para amenazar, asunto este harto habitual, y ridículamente se le colocase en su extremo uñífero un obsceno pájaro cauchil, la cosa no sería de primera página en los pasquines, sino que alcanzaría la calidad de causante de campana y se acabó, o cierre por obras de la iglesia, mezquita o sinagoga. Por suerte, disfrutamos de un argentino que vendría a apagar los fuegos, lástima que no lo hay israelí o islámico.

Habida cuenta de los progresos técnicos en nanotecnología, con esos motores eléctricos (o Dios sabe de qué energía se abastecen) de menos de medio milímetro de longitud, capaces de elevar o bajar cualquier… bueno, lo que sea, desenrollar el condoncito a lo largo del miembro en cuanto éste tocara glande, no sería problema alguno.

Reciclaje

Reciclaje

Aprovechando asimismo esos motores el preservativo en sí debería vibrar tanto hacia dentro como hacia fuera para prever sexos sosos, pues nos sorprendería lo someramente sosegados que son solteros y solteras, desposados y desposadas hasta el soponcio. Esta característica haría también las delicias de onanistas y onanistos, que simple y llanamente podrían hacerse ilusiones. Al fin y al cabo, la sociedad en pleno consiste hoy en eso: hacerse ilusiones.

Por no hablar de aplicarle un diminuto MP3 capaz de emitir música suave y acorde con el acto. Películas porno no, porque evidentemente en cuanto se instala el adminículo queda oculto en las interioridades y no da opción a ver nada si no es porque el asunto es tan grato que los incumbidos vean nubecitas o alucinen en colores.

Reciclaje en casa de unos pervertidos

Reciclaje en casa de unos pervertidos

Por lo que atiende a las horizontales que verticalmente esperan en ciertas esquinas o zonas de la ciudad, podrían colocarse un profiláctico en cada oreja para escuchar música, en lugar de esos horrendos auriculares, casi siempre blancos para que hagan juego con las botas altas de plástico barato.

Respecto a los sabores estamos hartos de que haya un solo sabor por condón. Don sabor debe ser un invitado más a la fiesta y, quizá con un mando a distancia, podría disfrutarse de sabores tan extraños hasta ahora como el gazpacho, el ceviche de cuy  o la caipirinha, cambiándose a voluntad de la interesada o interesado. Si se le pudiera añadir, no ya un sabor sino un auténtico cocido madrileño o filete con patatas, emplatado y con cubiertos, servilleta y vino reserva, nos ahorraríamos la cena quedando satisfechos de muchas más cosas que la normal y esperable.

Y llegando ya al final, el artefacto, porque artesanía a fin de cuentas sería fabricar el prototipo y aún más, probarlo en caso y tiempo real, habría de despegarse de donde se insertó con un sistema de autodestrucción, por supuesto sin merma del medioambiente ni de la capa de ozono, y mucho menos del usuario, para no comprometer inspecciones, por ejemplo, de mamás capciosas que exploran debajo de las camas tras dejar al vástago un fin de semana solo con prohibición expresa de hacer fiestas en la casa.

Verdades. A veces. Solo a veces

Verdades. A veces. Solo a veces

Otro aspecto a considerar sería el de las pruebas del prototipo. Lo que en latín vulgar se llama testar, palabro que procede etimológicamente de “echarle cabeza”. Se requerirían dos extremos en lo que atañe al tamaño, ¡coño! Sin duda, por un lado convendría contratar, aunque fuese a la fuerza, a Nacho Vidal. Por otro lado se presenta una grave dificultad pues nadie reconoce así como así la categoría de chuchurrinoso de su príapo. Solicitarle el servicio a cualquiera de los presentes es comprometido, por el peligro de daño glandeal en caso de no haberse perfeccionado el sistema de inserción, y por el ridículo. Practicando el sano ejercicio de la meditación, recordamos que la Divinidad a la que hacía referencia Porrón de Elea, y a cuyo pene estaba ligado el cono cosmológico, sí reconocía esa característica propia, de modo que podría ofrecérsele un contrato basura, pues a fin de cuentas, hoy cualquiera se da con un canto en los dientes por lograr tal cosa, y más un dios en el paro. La ventaja de este fichaje sería inmensa ya que la publicidad de nuestro producto podría fácilmente ser ¡El condón Divino!

Hacer globitos siempre ha sido un uso alternativo del condón. Cada uno se entretiene en lo que puede. O en lo que le dejan

Hacer globitos siempre ha sido un uso alternativo del condón. Cada uno se entretiene en lo que puede. O en lo que le dejan

En lo que afecta al amor, asunto discutido siempre por los Escolásticos, queda aparte y al libre albedrío de cada uno porque la verdad es que hay que adobar esta cuestión con imaginación, catapón, catapón, para que emerja amor así como así.

Distinguidos sátrapas y sátrapos, no echemos en saco roto esta idea porque ya se sabe, ¡preservativo roto, bombo que te crió!

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Artículos en el periódico Ideal de Granada

Estos dos artículos fueron publicados en el periódico Ideal de Granada. Es gracia que se da a la Academia de las Buenas Letras, una columna semanal reservada a los académicos para que publiquen lo que vean conveniente. Columna corta, claro está: no más de 600 palabras, pero está muy bien porque permite expresar nuestra opinión en temas cercanos a la ciudad o a la literatura y la lengua. Ahí van estos dos primeros míos. Espero que os gusten.

La Academia amstelodana de los Floridos.

Ámsterdam, segunda mitad del siglo XVII. La ciudad se ha convertido para los judíos sefarditas, es decir los procedentes de España y Portugal, en una segunda Sefarad, tierra de acogida. Expulsados de España, o mejor, perseguidos por judaizantes, hostigados en Portugal, algunos judíos marranos van a parar a esa ciudad, donde la primera democracia europea los acoge benévola. La palabra marranos viene de marrar, equivocarse, aunque las otras connotaciones son también considerables. Allí gobiernan los calvinistas que creen en la predestinación. Si Dios predestina a sus elegidos, ¿quiénes iban a ser estos sino los propios calvinistas?, luego los otros no molestan: son bienvenidos. Todos excepto los católicos que tienen prohibida su liturgia.

Plano antiguo de Ámsterdam

Plano antiguo de Ámsterdam

Allí forman los hebreos una comunidad floreciente y rica. ¿Por qué?: debido a su manía de que los niños, pobres y ricos, estudien, y por tanto tengan capacidades diversas, entre otras la contabilidad y el enriquecimiento. La Compañía Holandesa de las Indias Orientales y su invento de las acciones no es asunto banal.

Los sefardíes venían de lugares donde se les obligó a bautizarse, pero continuaban practicando ciertos ritos no visibles arraigados en el judaísmo. No creían, por tanto ya, o habían perdido la costumbre de la fe, ni en el cristianismo ni apenas en el judaísmo. Solo les quedaba el nuevo racionalismo inventado, entre otros, por René Descartes. Bento de Espinosa, o Baruch Spinoza, es una muestra de ello.

Manuel de Belmonte, judío y conde palatino del rey español, funda primero la Academia de los Sitibundos, y en 1685, quizá para soslayar un tanto la vigilancia de la sinagoga, la Academia de los Floridos, asamblea a la que llamaríamos hoy tertulia, conciliábulo en el que se reúnen las mentes más preclaras intelectualmente de la comunidad. En ella se discuten los textos sagrados judíos, pero sobre todo, se lee y critica la poesía compuesta por los miembros de la Academia, se hace música, se comenta a los nuevos pintores holandeses, se ríe.

Isaac Aboab de Fonseca, rabino máximo de la sinagoga, desconfía porque se dedican a asuntos laicos como la literatura y otros temas superficiales. Consigue colar entre sus miembros, y como fiscal, al severísimo Orobio de Castro, antiguamente torturado por la Inquisición española. Pero Orobio no se atreve del todo, al parecer, a meterse con lo más “florido” de la sociedad sefardí, y además la salud no lo acompaña.

Joseph Penso de la Vega

Joseph Penso de la Vega

Muchas de las reuniones de esa Academia se celebran en casa de Isabel Rebeca Correa, poeta, traductora del Pastor Fido de Guarini, mujer sabia, y tercera esposa de Nicolás Oliver Fullana, un personaje propio de novela. Entre sus miembros están Joseph Penso de la Vega, cuya Confusión de confusiones es una delicia hilarante y barroca en forma de diálogo entre un filósofo, un comerciante y un accionista, Miguel de Barrios, autor de Flor de Apolo, Piratas de la América, etc., su esposa, Abigail de Pina, representada por Rembrand en La novia judía, el propio Oliver cuya colaboración en un Atlas mundial es notoria, etc.

Sobre todo el personaje de Isabel Rebeca Correa autora, además de la antedicha traducción, de un libro de poemas perdido, sería digna de ser investigada en profundidad, tanto por sabia como por mujer, pues no era habitual que una muchacha fuese tan culta, ya que entre los judíos la mujer no podía estudiar el Talmud, en tanto ella hablaba y comprendía español, portugués, italiano, francés, latín, griego y hebreo. También estos emigrados forman parte de la historia española: escritores en español, herederos de Góngora, Lope, Calderón o Gracián, son también nuestros ancestros literarios.

La habitación cerrada, de Juan José Castro

Juan José Castro, nacido en Motril y residente en nuestra ciudad de Granada, obtuvo el pasado año el Premio Internacional de «Poesía Antonio Machado en Baeza». Independientemente de galardones, el libro es un  hallazgo para el lector, un conjunto de poemas no excesivamente largos que golpean, como debe ser en toda literatura o producto artístico que merezca tal nombre.

Juan José Castro

Juan José Castro

Sin alharacas retóricas, habla de la soledad y del dolor, pero también de la magia de los objetos, de los recuerdos y de la sabiduría del autor. Su valor no se reduce a la técnica, lo que es siempre de agradecer porque los alardes satisfacen a los entendidos pero no al común de los lectores. Es un poemario inteligente compuesto en apariencia por una persona de mucha más edad de la que tiene Juan José, de contenido denso y sugerente, que nos enseña qué es la poesía y qué es la vida. Con su lectura, el goce está garantizado.

Porque, ¿qué les exijo yo a unos poemas? Exijo que me digan algo importante, que me afecte, que llegue a mi más hondo yo. Se habla de la poesía sencilla que pueda ser entendida por todo el mundo. La poesía sencilla, de cuya interpretación solo pueden esperarse lugares comunes, vulgaridades, simplemente no es poesía. Quien esto pregona, a mi entender, desprecia al lector. La palabra poética debe contener en su interior un mundo, una riqueza de la que carece la palabra cotidiana. Si un poema dice exactamente lo mismo a uno y a otro, su calidad es sospechosa. La poesía debe sugerir más que decir, debe ser tan exquisita que si nos pusiéramos a hablar de ella llenaríamos tomos, sin contar con que un lector diferente llenaría a su vez otro buen número de páginas. La poesía debe tener más detrás de ella que delante. Y no por difícil, sino por densa, cargada, henchida. Antonio Machado, que da nombre al premio otorgado a este poeta granadino, escribe poesía sencilla, sí, pero no cumple esos preceptos requeridos por ciertos “oficialistas” de ser comprendida por todo el mundo a la primera lectura de la misma forma que se comprende una frase del tipo “esto es una mesa”. También Jaime Gil de Biedma está “aquejado” del mismo bien y al ser leído, uno se percata de que el trasfondo del poema es mayor que la simple carga de palabras que aporta.

La habitación cerrada

La habitación cerrada

La primera parte del poemario de Castro viene dedicada a la enfermedad sufrida por su padre y de la que, por suerte, mejoró. Son poemas de soledad y dolor, de humanidad. “Di, qué escribe el azul de tus venas y en dónde/ te vas hundiendo.” Eso quiere saber el poeta/hijo, qué palabras salen del dolor y dónde va el padre, en qué absurdo mundo de muerte se sumerge. La segunda parte, “Los lirios amarillos”, son recuerdos con su punto nostálgico pero también divertido. “Las heridas o los nombres” es la constatación sorprendente de la propia madurez, de las experiencias adquiridas y ya pasadas. Y el último poema, “Pequeño legado”, forma la herencia dejada a los hijos pero también al lector, como si éste fuera hijo, no del poeta, sino del poema, y ahí está la gracia de esa polisemia, de esos muchos sentidos que unos versos deben tener si es que merecen ser considerado tales: el poema enriquece a quien lo lee como el legado sentimental enriquece a los hijos.

Un libro recomendable, de esos que uno guarda en la estantería y, de vez en cuando, después de esas dos primeras lecturas inevitables, saca para gozarlo nuevamente con algún poema suelto.

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Discurso para la Academia

Local del Paraninfo de la Universidad de Granada

Local del Paraninfo de la Universidad de Granada

El pasado día 9 de mayo tuve el honor y el privilegio de leer el discurso de entrada en la Academia de las Buenas Letras de Granada. Todo eso tiene un ceremonial y un protocolo imprescindible, pero sobrellevando eso, que tampoco es excesiva carga, pude durante media hora exponer mi idea respecto a algo que me obsesiona desde antiguo: los contactos entre la música y la literatura narrativa de cualquier tipo. El discurso, o cuanto menos un artículo con ese contenido, ya lo tenía escrito desde el verano del 14, pues un par de años atrás ya me había dicho mi amigo Fernando de Villena que debería entrar en esa institución. En el año 13 Pepe Gutiérrez, actual bibliotecario de la Academia, me habló de lo mismo y empecé a calibrar la necesidad de escribir algo que pudiera ser utilizado en tal ocasión. Cuando me puse a escribir lo hice de la siguiente manera: si me nombran académico lo leeré allí, y si no, no se pierde nada, lo colocaré en el blog. A principios de este año fui propuesto y en febrero aceptado por mayoría simple de los académicos presentes en Reunión Ordinaria. La cosa iba en serio. Ya era académico electo; cuando leyese el discurso sería académico de facto. Para colmo, el escritor Antonio Muñoz Molina había sido ya elegido como Académico Honorario e iba a leer el discurso en mayo, pero por cuestiones de agenda tal cosa sería imposible y lo pospuso para noviembre, de modo que me tocó a mí hacerlo en mayo. Ser telonero o sustituto de Muñoz Molina no es moco de pavo, y se me cayó encima la responsabilidad, y no solo por ese aspecto, como si fuera una gratísima losa de tonelada y media.

Eso de los factos, que nada tienen que ver con los fastos, ya empezaba a molarme. Me puse a trabajar porque el artículo abarcaba las veinte páginas y había que reducirlo a once. Desde luego, y contra viento y marea, conservaría la anécdota verídica que lo encabeza. Y así lo hice.

Algunos amigos: José Luis, Carmen Mari, Ismael, Celia y Marina

Algunos amigos: José Luis, Carmen Mari, Ismael, Celia y Marina

Al acto acudió mucha gente de la que yo deseaba que acudiera. Fue una gran alegría ver allí a muchos amigos a quienes les fue posible acudir (piénsese que estos actos académicos en Granada siempre son los lunes a las 8 de la tarde y no todo el mundo puede despendolarse a esa hora), además de mis familiares más allegados, entre los cuales, mis dos hijos hicieron un esfuerzo considerable para acudir desde Barcelona y Sevilla, y con sus respectivas parejas. Esto último me hacía especial ilusión. Más ilusión que vestirme de chaqué, y tanta como el hecho mismo de entrar en la Academia. Los ceremoniales se celebran en el paraninfo de la Universidad de Granada (la vieja broma de asegurar que habría preferido la paraninfa está ya un tanto manida). Se lee desde una especie de cátedra o púlpito al que se accede por unas escalerillas. Antes de leer mi discurso, leí una pequeña introducción más personal y que no entró en el libro publicado por la Academia. Luego, el Presidente de la misma te da a leer la promesa de cumplir los estatutos y “servir de algo” en ella, cosa que intento e intentaré, y te enmedallan y te entregan un diploma. Acto seguido y sin más dilación que los inevitables aplausos, el último académico en haber ocupado sillón lee una respuesta, que podréis leer después de mi discurso y que Virgilio Cara, poeta, encargado de ello, bordó con una calidad y “profesionalidad” digna de encomio. En fin, podéis imaginaros.

El sátrapa César Requesens y el Rector Magnífico y Perezoso, Ángel Olgoso, hojameneándome

El sátrapa César Requesens y el Rector Magnífico y Perezoso, Ángel Olgoso, hojameneándome

Acabado el acto y cambiado de ropa, los patafísicos me homenajearon (u hojamenearon) debida y preceptivamente con espantasuegras y mucho cochineo fino. Por supuesto, luego lo mejor: las cervezas con los amigos, los familiares, colegas académicos, fans, etc.

Aquí adjunto discurso y contestación para deleite o aburrimiento, según  cada uno. Gracias por vuestra lectura.

Introducción

Ilmo. Sr. Presidente, Ilmos. Sres. y Sras. Académicos, amigos del público. Es para mí un honor ingresar en esta Institución y espero estar a la altura de mis distinguidos colegas, y más debiendo suceder a mi predecesora en la letra cuyo sillón ocuparé, Ilma. Sra. doña Concepción Argente, experta estudiosa del teatro del siglo de Oro, o de la edad de Oro como prefieren decir algunos, así como de los poetas de y en la Guerra Incivil Española, sobre todo de Alberti. Me causa especial contento ocupar esa letra N, inicial letra de niño, de nada y de una palabra hermosa y sabrosa: níscalo. Quiero pedir excusas a algunos de mis amigos que acaso se sientan defraudados por este honor que se me hace, si bien quiero recordarles la dialéctica, Heráclito, los contrarios… Me gusta ser un Jano bifronte, ser dos, cuanto menos, ya que solo en mis ficciones puedo ser muchos. En fin, con el permiso de todos ustedes, pasaré a lo serio.

Estructuras musicales en la narrativa

En plena lectura

En plena lectura

De niño, mi padre quería que yo fuera músico. La Segunda República empezó siendo él un adolescente y acabó, con el inicio de la ominosa guerra, al cumplir sus veinte años. El intervalo democrático comprendió un tiempo de libertad cultural y de posibilidades y él, hijo de trabajadores y empleado de una camisería, soñó con dedicarse a la música. Cuando fue movilizado, mi abuela ya tenía mil pesetas ahorradas para comprarle el instrumento elegido, un saxofón. Como no fue posible, trasladó a mi persona su, llamémosla así, frustración. Empecé a estudiar solfeo y violín, pero una enfermedad mía hizo fracasar también esa esperanza paterna. Tampoco era yo muy hábil en ese oficio de intérprete musical, para ser sincero. Cuando en el año 2000 vaciamos el piso de mis padres en Barcelona porque ya se habían venido a vivir a Granada con nosotros, encontré, entre papeles y documentos, un sobre con las mil pesetas en dinero republicano.

He intentado contar una historia componiendo algo semejante al tema y desarrollo musical que se impuso a partir del clasicismo y el romanticismo como forma más evolucionada que el tema y variaciones. El tema sería la voluntad de mi padre de convertirme en músico, y el desarrollo el porqué, el cómo y el motivo del fracaso, con una coda final o vuelta al principio del tiempo de la segunda República, con ese hallazgo de las mil pesetas ahorradas por mi abuela.

Tras este ejemplo y entrando en materia, se ha hablado mucho de los contactos evidentes entre poesía y música, pero menos sobre los existentes entre ella y la narrativa. Durante

Mijail Bajtin

Mijail Bajtin

este pasado siglo XX, el ruso Mijail Bajtin sentó las bases para el asunto afirmando que el lenguaje narrativo requiere la polifonía, y se refería con ello a que en la novela no solo cada personaje tiene su propio lenguaje, sino que todos los lenguajes entran en ella, desde los técnicos hasta los periodísticos o el lenguaje epistolar, que hoy estaría sustituido por el que se emplea en los correos electrónicos, los twit o los whatsapp. Nótese que Bajtin no empleó palabras como la multivocidad o multiplicidad de lenguajes sino la polifonía, vocablo eminentemente musical.

Con este interés mío, ¿trato de demostrar algo? Más bien intento mostrar, indicar un camino que podría recorrerse en futuras investigaciones. Solo ensayaré, en el sentido montaignesco de la palabra, cómo, jugando, jugando, pueden interrelacionarse ambas disciplinas, musical y literaria.

Familiares y amigos afanados en lo de verdad importante: las cervecitas

Familiares y amigos afanados en lo de verdad importante: las cervecitas

Basándome en mis propias limitaciones, quisiera iniciar el ensayo con una traba que se intuye nada más empezar a reflexionar sobre el tema: si bien es cierto que ambas disciplinas se desarrollan en el tiempo, también lo es que la música puede, si así lo desea, gozar de la simultaneidad, mientras a la literatura no le queda más remedio que someterse al orden temporal, a lo progresivo. La música es tiempo puro: el de su interpretación. La narrativa es el tiempo narrado y el tiempo invertido en leer. En la narrativa no puede haber contrapunto, al menos simultáneo, mas si consideramos la memoria como un ente que funciona en el tiempo pero permite cierta concomitancia, sí lo hay. Además, si en la literatura hay mímesis, imitación de la naturaleza, la música carece de ella, o apenas. Estas discordancias parecen dar al traste con toda comparación. Pero no. El parangón puede estar no en las esencias, sino en las armazones. Y ahí voy.

Julio Cortázar, el gran cronopio

Julio Cortázar, el gran cronopio

No hablaré de algo demasiado evidente: el ritmo de la prosa. Y no voy a hablar de ello porque ahí es donde este género literario se acerca más a la poesía y ya he dicho que la evidencia es ahí tan grande que no merece la pena incidir en ella. Con todo, es necesario señalar las palabras de Julio Cortázar en Clases de literatura. En su clase titulada “Musicalidad y humor en la literatura”, trata de definir en qué consiste eso del ritmo y la música en la prosa, y no lo hace. Afirma que es como una pulsión, pero ni especifica ni describe nada, lo deja en el aire. Tal vez porque no existe descripción ni enunciación, sino que en efecto, ese ritmo es más una intuición que una técnica bien precisada.

Tampoco quisiera incidir en las narraciones que tienen por tema la música o por protagonistas a músicos, desde el Doktor Faustus de Thomas Mann, El hombrecillo de los gansos de Jacob Wesserman, El invierno en Lisboa de Muñoz Molina, El malogrado de Thomas Bernhard, El perseguidor de Julio Cortázar, hasta algunas obras de Boris Vian. Además de muchas otras que ignoro o no recuerdo.

Alejo Carpentier

Alejo Carpentier

Sin embargo, hay una novela que no es ya que hable de músicos, sino que ella misma es música: Concierto barroco, de Alejo Carpentier. El inicio de ese texto es sonoridad, pero me he prometido no hablar de la prosa que imita a la poesía o a la música sino de las estructuras que arbotantan, que soportan el armatoste narrativo o que componen el esqueleto de la máquina del relato. Este Concierto barroco de Carpentier cuenta el viaje de cierto señor mexicano a Europa, acompañado de su criado negro Filomeno. En Venecia coinciden con Vivaldi, Haendel y Scarlatti, montando lo que bien pudiera ser narrativamente hablando un “concerto grosso”, es decir una de esas piezas barrocas que son “grossi” porque son para muchos instrumentos, cada uno de ellos solista, como reconoce el mismo Carpentier en el capítulo V, donde tocan todos con las pupilas del Ospedale della Pietá, y se teme que finalmente tocan no solo música. En ese capítulo se da un curiosísimo fenómeno: el negro Filomeno se arranca a improvisar ritmos afrocubanos mientras los celebérrimos compositores hacen sonar sus barrocas armonías, y es que Carpentier amalgama las melodías y ornamentos barrocos con lo que luego conoceríamos como jazz latino. Y todo esto con palabras e imágenes, sin que del libro emerja ni una sola nota si no es en la imaginación del pasmado lector. En un borgiano juego de retroinfluencias, aparece ante ellos la tumba de Stravinski, el negro Filomeno habla de “jam sessions” y ven pasar el ataúd de Wagner. Todo un juego con el tiempo, cosa que la música también es: juego con el tiempo. La coda final, es decir el último capítulo, tal vez desmerezca un tanto de la brillantez de todo lo anterior, pero de todos los viajes se retorna y las vueltas siempre tienen su punto de nostalgia, y hasta si se me apura, de aburrimiento, aunque la aparición en la Venecia dieciochesca de Louis Armstrong es, más que genial, angelical.

Los académicos discutiendo si merezco aprobar o un par de patadas en el trasero (más una coca de parte de Enrique Morón, a quien no se ve pero está meditando a un lado)

Los académicos discutiendo si merezco aprobar o un par de patadas en el trasero (más una coca de parte de Enrique Morón, a quien no se ve pero está meditando a un lado)

Este capricho mío por comparar los armazones o andamiajes de la narrativa con los respectivos de la música, aparte de venirme de antiguo por mi pasión hacia ambas artes, se disparó con una observación de George Steiner en su libro Lenguaje y silencio asegurando que la novela La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, una de esas cinco o seis novelas imprescindibles del siglo XX, era un cuarteto de cuerda. El libro, en el que el autor austríaco fabula la agonía del poeta latino en Brindisi, narra también la visita de su amigo el poeta Lucio Vario y la del César Augusto para consolarlo en su enfermedad y tratar de convencerlo de que no destruya el manuscrito de la Eneida y tiene, en efecto, los movimientos de una pieza de cámara, con la alternancia de rápidos-lentos, la exposición de temas y su desarrollo, y la voz cantante y acompañamiento de uno u otro instrumento, es decir, personajes, en las diferentes escenas. El relato empieza con la descripción de la nave en medio del mar. Aparece brevemente el César que, con un planteamiento un tanto estrafalario, es el segundo tema de la novela a pesar de surgir antes que el principal, y de inmediato asoma asimismo fugazmente Virgilio, primer tema, en el que se apunta el asunto de la muerte que, sin ser central, es el que lo abarca todo. El contrapunto o contraste, como una fuga, se plantea en ese primer capítulo entre los cortesanos que comen y juegan en la cubierta, y los esclavos que reman en la sentina. Los capítulos de esta novela son cuatro, como los movimientos de una pieza de cámara según lo ya expuesto: ‘El

Portada de la edición española de La muerte de Virgilio, de Hermann Broch

Portada de la edición española de La muerte de Virgilio, de Hermann Broch

arribo’ – Andante, ‘El descenso’ – Largo, ‘La espera’ – Allegro, por la larguísima conversación con Augusto, y ‘El regreso’ – Lento, como un cuarteto de cuerda o una pieza de cámara para 7 instrumentos, o 7 personajes. Este último capítulo es un Lento agonizante que recuerda al también último de la 9ª de Mahler con ese irse apagando, reduciéndose al silencio. En realidad ese último capítulo es la narración de una des-creación, o sea la narración bíblica de la creación pero al revés, desde el hombre hasta la luz y el caos.

Con todo, la forma musical más cercana a la narrativa es la fuga. Se trata, resumiendo mucho, de la persecución y combinación de dos o más temas que se repiten variándose. Hay un cuento de José María Merino que me parece ejemplar, aunque otros casos mucho más extensos se dan en la literatura mundial. El relato, llamado El viajero perdido, habla de un escritor que escribe un cuento, mas el temor a que lo ocurrido en él se repita en su vida privada, le hace destruir el archivo de su ordenador. Sin entrar en el detalle de esta narración, quiero señalar la persecución de ambos temas, el real y el de la ficción, de forma armónica y variada, con un final en el que ambos temas coinciden o podrían coincidir aunque solo sea en la imaginación temerosa del escritor. Eso es justamente lo que ocurre en música.

Mas recuerdo otras narraciones que hasta el título lo tienen musical, y digo narraciones en plural porque son cuatro. Me refiero, naturalmente, a las Sonatas de don Ramón del Valle Inclán, donde indudablemente se escuchan los ecos, no ya de Vivaldi, sino sobre todo de Haydn con su oratorio Las Estaciones. Tomemos tan solo la inicial Sonata de primavera, y observaremos de inmediato que, si el tema de lo que se cuenta es eminentemente visual, como es de esperar en cualquier narración, tras eso que uno imagina relacionado con la vista hay una constante referencia a los sonidos que se producen en las calles de la ciudad

El marqués de Bradomín encarnado por Paco Rabal

El marqués de Bradomín encarnado por Paco Rabal

donde arriba el marqués de Bradomín. Además, la alternancia de escenas de acción y descripciones bien adjetivadas responde a la “estructura sonata”. Volviendo por un momento a la adjetivación, piénsese que muchos llaman “colorido” a la habilidad en aplicar adjetivos, y en música también se llama así a la distribución en diferentes instrumentos, es decir al sonido final que se aplicará a las notas. Si a eso añadimos que los temas erótico y el de la muerte se persiguen, tenemos ahí, sin ningún género de dudas, un movimiento fugado que no se finaliza porque no puede haber final en ese sempiterno juego entre Eros y Tanatos, que se repite en las cuatro novelas que forman la biografía sentimental y católica, aunque no fea, del Marqués de Bradomín.

Aún hay otra obra, esta vez inglesa, que tiene el título y las intenciones musicales: Contrapunto, de Aldous Huxley. El autor persiguió en ella contrapuntear, es decir oponer dentro de la armonía, a los personajes protagonistas. Con todo, y prescindiendo del título, eso se hace en narrativa desde que existe, porque a fin de cuentas, ¿no están contrapunteados Don Quijote y Sancho, es decir opuestos pero armónicos?

Dos escritores de habla inglesa fueron, al mismo tiempo, compositores: Paul Bowles y Anthony Burgess. De este último todos tenemos in mente la novela La naranja mecánica, con el uso sonoro, no ya de Beethoven, sino de las palabras rusas que utilizan sus

Aún discuten, pero ya parecen ponerse de acuerdo en decir "bueeeeno, que entre..."

Aún discuten, pero ya parecen ponerse de acuerdo en decir “bueeeeno, que entre…”

protagonistas que le dan una musicalidad grande, pero aún más recordamos la película de Stanley Kubrick. Sin embargo, hay una obra de Burgess donde el intento de esa forma musical aplicada a la narrativa es evidente: Sinfonía Napoleónica, una novela en cuatro movimientos. En efecto, la novela tiene cuatro capítulos asimilables a los movimientos de la 3ª sinfonía beethoveniana más una “Obertura” y una “Coda” dedicada al lector. En esa “Coda”, escrita en verso, el propio autor reconoce la dificultad e incluso la imposibilidad de esa forma sinfónica en la novela.

Respecto al tema y variaciones, tan apreciado por todas las épocas musicales desde el primer barroco, tenemos un ejemplo clarísimo de este aspecto en la literatura narrativa: Ejercicios de estilo, del patafísico y oulipiano Raymond Queneau, libro consistente en tomar una anécdota absolutamente irrelevante y contarla de 99 maneras diferentes: con vacilaciones, desde el punto de vista subjetivo, con negatividades, preguntas o admiraciones, siguiendo diferentes figuras retóricas o con lenguajes como el botánico, médico, injurioso, gastronómico, zoológico, etc. Él mismo, Queneau, declaró que había

Raymond Queneau preguntando por teléfono si ahí lavan para acabar contestando ante la negativa, ¡pues qué guarros!

Raymond Queneau preguntando por teléfono si ahí lavan para acabar contestando ante la negativa, ¡pues qué guarros!

escrito su libro inspirándose en las Variaciones Goldberg, pero que no eran variaciones sobre un tema sino prosas sobre el principio mismo de la variación. ¡Pero este juego tan oulipiano tiene un antecedente!: el monólogo de Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand, en el acto I, escena IV, con las diferentes descripciones de su desproporcionada nariz que tan hilarantes nos parecen.

Desde luego, existe otro caso novelístico del uso del tema y variaciones, y es el Cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, donde en la cuatrilogía se cuenta prácticamente la misma historia pero desde varios puntos de vista diferentes hasta que al final se comprende mediante superposición y adición todo el intríngulis de personajes, amoríos, soledades e incluso tráfico de armas.

Debo aclarar que no afirmo que en la mente del creador literario esté el aprovechamiento de las estructuras musicales sino creo que éstas surgen de forma espontánea y es tarea del crítico localizarlas, señalarlas. Por eso me gustaría aludir a casos literarios que recuerdan, aunque solo sea remotamente, formas musicales y donde el narrador no tiene, o al menos no consta, consciencia de esos usos, y el crédito de ellos solo depende de la intuición de este ensayista u opinador.

Portada de La Regenta, con el maravilloso cuadro de Madrazo que representa a la condesa de Vilches

Portada de La Regenta, con el maravilloso cuadro de Madrazo que representa a la condesa de Vilches

Tomemos, aunque sea por casualidad, La Regenta, de Leopoldo Alas “Clarín”. Es famoso el análisis de ese “zoom” cinematográfico desde la torre de la Catedral de Vetusta sobre la ciudad que otean los pillos Bismarck y Celedonio. Desde allí ven primero la ciudad, luego al magistral, don Fermín de Pas, tras lo cual Celedonio recuerda cuando ve a la señora Regenta leyendo un libro en el Parque de los Ozores. Ahí están los tres asuntos de la novela como se esbozan los temas de una sinfonía que se desarrollarán más tarde: la ciudad, resumida en ese “hacía la digestión del cocido y la olla podrida”, el Magistral, todo ansia de poder y ambición, y la Regenta, leyendo y por tanto ensoñando, puesto que su vida es tan provinciana y aburrida que no halla refugio en otra cosa más que en el sueño literario, como Emma Bovary. Y todo eso, claro está, en el primer capítulo, en la introducción o, si queremos llamarlo así, en la obertura.

Las desventuras del joven Werther, de Goethe, recuerda, como es de esperar, al concierto también romántico para instrumento solista y orquesta. Incluso La educación sentimental, de Flaubert, es ni más ni menos que eso aunque no sea ya romántica sino naturalista. Sin embargo, ¿es que Tiempo de silencio, de Martín-Santos, no evoca uno de esos conciertos contemporáneos para solista y orquesta donde aquel compite, no ya con toda la orquesta, sino con otros instrumentos individualmente, hasta el extremo de que alguno de ellos no específicamente solista cumpla valores semejantes al titular, como puede encontrarse en las composiciones de Andrzej Panufnik o las de Hans Pfitzner?

Asimismo, en la obertura de la novela Bajo el volcán, de Malcolm Lowry que, por cierto, también hace un “zoom” cinematográfico al principio, tenemos el planteamiento de los temas que recorrerán la obra en esa conversación entre el doctor Arturo Díaz Vigil y el señor Jacques Laruelle que conforma el primer capítulo.

Respecto a trucos narrativos que siguen aspectos de la “estructura sonata”, con la alternancia de escenas rápidas, con acción, y escenas más reflexivas o descriptivas, eso lo hace cualquier narrador. Tómese, sin ir más lejos, La transformación de Franz Kafka y podrá evidenciarse esta técnica.

El elegantísimo Fernando de Villena con chistera arriba. ABajo: se empieza chistereando y se acaba chispeando con Ángel Olgoso y Enrique Morón, ya cuando las cervecitas

El elegantísimo Fernando de Villena con chistera arriba. ABajo: se empieza chistereando y se acaba chispeando con Ángel Olgoso y Enrique Morón, ya cuando las cervecitas

Fernando de Villena en su novela Mundos cruzados, que también tiene mucho de sonata por esa alternancia, utiliza un tema que es un objeto, un reloj, que va pasando de mano en mano por herencia o sustracción y que en cada caso genera una historia. Variaciones o, mejor, desarrollo de un tema: el del reloj y el tiempo.

Porque ese es un enfoque que sería necesario aclarar: la diferencia musical entre tema y variaciones y tema y desarrollo. El primero se diferencia del segundo en que mientras en las variaciones puede identificarse más o menos el tema, en el desarrollo no hay manera de identificar al final el tema-origen, es decir que va variando la frase musical original, variación que a su vez genera otras, de forma que el resultado final apenas tiene nada que ver con el principio.

No obstante, hay una discordancia, una desarmonía grande en este terreno de la música y la literatura. Sabido es que las épocas históricas producen formas artísticas más o menos uniformes, como he apuntado antes hablando de la novela de Goethe. El barroco, por ejemplo, tiene como característica el recargo de adornos, cosa que se da en casi todas las artes coetáneas tanto plásticas como literarias y musicales. Sin embargo, en literatura, una técnica como el tema y variaciones, tan apreciada en ese tiempo barroco, solo se da a las claras en el siglo XX con esos dos casos que antes he señalado, y lo equivalente al tema y desarrollo romántico puede verse en novelas del siglo XVIII como Jacques el fatalista, de Diderot, y en el Tristram Shandy de Sterne. Y es que la música va un poco a su aire.

Sigamos jugando, porque no otra cosa es este ensayo mío: una lucubración, pues a menudo en el juego, en la hipótesis, en la amistad, el vino o el amorío se encuentra más verdad que en la seriedad, el teorema o la laboriosidad excesiva.

Y yo, erre que erre

Y yo, erre que erre

Como apuntes a mi teoría, pensemos en la novela coral, manida de tan nombrada hoy, o en los silencios de Samuel Beckett  que recuerdan mucho a los silencios tan musicales de John Cage. El Ulises de James Joyce y La saga/fuga de J. B. de Gonzalo Torrente Ballester podrían ser muestras de sinfonías por los temas diferentes que se siguen e incluso se simultanean. La primera sería una sinfonía atonal al estilo de Arnold Schoenberg o de Alban Berg. La segunda, postromántica, se acerca a Gustav Mahler con quien la une algo que me subyuga: la inclusión de temas populares en la alta cultura. Esa maravillosa saga/fuga de Torrente introduce temas de la leyenda y la mitología gallegas, pues no otra cosa es la levitación de la villa de Castroforte del Baralla. En música, esa inserción de lo popular se ha hecho desde Monteverdi hasta los folcloristas de los siglos XIX y XX, es decir Manuel de Falla, el padre Donostia, Antonio José Martínez Palacios, Bela Bartok o Zoltan Kodaly, llegando, por supuesto, a Mahler. En literatura, esa inclusión popularista se refleja en la polifonía de la que hablaba Mijail Bajtin, y aún más en las groserías y barrabasadas de Gargantúa y

La mesa parece haber tomado una decisión: no ha estado mal del todo

La mesa parece haber tomado una decisión: no ha estado mal del todo

Pantagruel. La llamada “Generación Nocilla” de la novelística actual española ha abusado de tal asunto, pero no hace falta recurrir a escritores que, aunque muy publicados, no han pasado aún al canon: don Benito Pérez Galdós, Valera, Pardo Bazán y otros de esa generación realista utilizaron las formas lingüísticas del habla popular hasta la saciedad.

Otros ejemplos que se me ocurren son los que siguen. La inclusión en la novela del siglo XX de argot o palabras o frases en otros idiomas, como ocurre en Louis Ferdinand Céline, Arno Schmidt, Julián Ríos o Juan Goytisolo, incluso el encaje de fórmulas matemáticas en la novela El arco iris de gravedad, de Thomas Pynchon, o las largas parrafadas en latín medieval o en esa mezcla vulgarísima que habla Salvatore, de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, recuerdan inevitablemente a las Ensaladas renacentistas de Mateo Flecha. El minimalismo de Philip Glass, consistente en la repetición y ligerísimas variaciones de una frase muy sencilla, suena a la literatura de Gertrude Stein o al experimentalismo sintáctico y de todo tipo de William Borroughs. De hecho, el mundo industrializado produce la repetición infinita de cosas, de modo que el minimalismo no es sino representación de ese mundo. Oigamos, por dar una muestra, un fragmento de los Retratos de la escritora norteamericana Gertrude Stein: “Como es natural los generales hacen algo. Es decir algo se hace cuando hay generales. Y un general si es general hace algo. Pensar en esto como en Henry James. Un general que hace algo. Qué hizo él cuando hizo algo cuando Henry James fue un general que hizo él cuando hizo algo y ciertamente lo hizo”. Y todo esto sin comas aunque sí tenga puntos y seguido. A ver si no suena a cualquiera de las Metamorfosis de Philip Glass.

No me fío un pelo

No me fío un pelo

Sigamos con la música contemporánea. Hoy en día se habla de ambientes sonoros más que de armonías, contrapuntos o ritmos. La música electrónica trata de acercarse a los ruidos, a esos ambientes que, nos guste o no, son los característicamente urbanos. No siempre es así, claro, ni la ciudad es siempre ruidosa ni la música electrónica es sistemáticamente cacofónica. Larva, de Julián Ríos, podría perfectamente ser la aplicación de ese tipo de música a la literatura. Y aún más el Finnegans wake, de Joyce, al que podríamos comparar asimismo con esas músicas para piano alterado o piano de juguete de John Cage.

Más feliz que una perdiz con el diploma.

Más feliz que una perdiz con el diploma.

Y por descontado, Julio Cortázar es jazz, y no solo por hablar de esa música en muchas de sus obras sino porque su prosa, tan sincopada, tan vivaz, de ritmos tan quebrados, es jazz. Respecto a Rayuela, deberíamos parangonarla a la dodecafonía o serialismo: una quiebra en el orden musical, este; una quiebra en el orden de páginas, y por tanto en el orden lector, aquella. Lástima que esas nuevas experiencias literarias no hayan sido continuadas, y no solo a causa de espurios intereses editoriales. Con todo, hay que admitir que un cierto desorden o entremezclamiento en la narración se ha puesto de moda en la novela, y si no léanse, por ejemplo, las de Sebald, Günther Grass o el actualísimo László Krasznahorkai.

Antes he hablado de Alejo Carpentier. Sus compatriotas Severo Sarduy, Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante pertenecieron, como él, al boom latinoamericano. El primero alcanza un nivel al que casi podría llamársele rococó, de recargo y amaneramiento en sus novelas Cobra o Cocuyo. Lezama tiene esa gran catedral barroca que es Paradiso, novela que si nos pusiéramos a compararla con la música barroca en cualquiera de sus aspectos podría írsenos el santo al cielo o volvernos tarumbas. Con Cabrera Infante retornamos a la

Guillermo Cabrera Infante tenía cara de mala follá, pero era un excelente escritor y con un sentido del humor encomiable

Guillermo Cabrera Infante tenía cara de mala follá, pero era un excelente escritor y con un sentido del humor encomiable

música popular, al bolero, al danzón y la rumba. Tres tristes tigres, su novela más significativa del “boom”, es una suite de danzas, especialmente rumba y bolero, aunque el bolero no sea exactamente una danza en sí. El capítulo ‘Rompecabeza’ recuerda mucho a Rayuela y es un juego de palabras extenso e intenso que evoca al estilo serial de Olivier Messiaen y a la dodecafonía donde todo parece desordenado, caótico, permisivo y sin embargo está sujeto a reglas muy estrictas. El capítulo dedicado a la aventura de Mr. y Mrs. Campbell con el bastón es otro aspecto de ese tema y variaciones tan mentado: es narrado por el míster, contestado por la señora, luego aparece el cuento escrito por el señor con ese tema y, por último, la lady rectifica y enmienda la plana detectándole fallos al cuento, no solo por no narrar la verdad sino también de vocabulario o de mentalidad machista e imperialista. Volvemos al tema y variaciones.

El profesor Antonio Sánchez Trigueros y Arcadio Ortega escuchan atentamente. Siempre amables

El profesor Antonio Sánchez Trigueros y Arcadio Ortega escuchan atentamente. Siempre amables

Nuestro Juan Benet podría ser en música Anton Bruckner, con sus grandes desarrollos, en tanto Ángel Olgoso sería sinfónicamente Jan Sibelius, más escueto, más partidario de las quintaesencias aunque, dado que Olgoso jamás haría una sinfonía, en verdad más se acerca a Anton Webern y a sus brevísimas piezas, o a Erik Satie, tan extravagante, sucinto y lírico, o a Federico Mompou, tan elevado, místico y poético. También Javier Marías podría acercarse a esos grandes desarrollos brucknerianos o mahlerianos. A fin de cuentas nadie como él para tardar 50 páginas en hacer salir a un individuo de una alcoba en Mañana en  la batalla piensa en mí.

El ensayo filosófico es otra forma de narrativa, aunque lo que en él se narra no es una acción externa sino una lucubración interna, la aventura del pensamiento. Eugenio Trías reflexionó mucho sobre la música. Sus ensayos El canto de las sirenas y La imaginación sonora son dos templos a la diosa música, pues la convierte no en musa sino en una auténtica Diosa Madre. En su otro ensayo El hilo de la verdad, que está en la onda de su

Mis primos también escuchan. La de en medio, mi señora, siente debilidad, y Arturo, el último, es que... bueno, también me aprecia

Mis primos también escuchan. La de en medio, mi señora, siente debilidad, y Arturo, el último, es que… bueno, también me aprecia

Filosofía del Límite, Trías aseguró que lo había escrito como unas variaciones, y en verdad lo son sobre ese sistema filosófico del Límite que le valió el premio Nietzsche en 1995, máximo galardón internacional a una obra filosófica. Pero quizá lo más interesante de la aportación musical de este filósofo y musicólogo al tema que aquí se trata fue mostrar en Drama e identidad cómo, si lo típico de la narrativa de suspense es mantener la intriga hasta el final para averiguar cómo se soluciona el misterio del asesinato, en la sinfonía se logra esa misma intriga con los diferentes cambios de tonalidad que causan idéntica emoción, el enigma por averiguar cómo saldrá el compositor del embrollo en el que se ha metido, para terminar en un modo musical determinado. En esto es especialista Anton Bruckner, de quien podríamos decir que vendría a ser el Edgar Allan Poe o el Arthur Conan Doyle de la música.

Los patafísicos Marina Tapia y Ángel Olgoso me homenajean de riguroso luto por mi virginidad académica

Los patafísicos Marina Tapia y Ángel Olgoso me homenajean de riguroso luto por mi virginidad académica

¿Se acaba aquí el interés de los filósofos españoles por la música? ¿Cómo olvidar que María Zambrano quería ser de pequeña una caja de música? Ni siquiera Trías alcanza esa sofisticación en las armonías y la melodía como nuestra filósofa, esa digitación, evocadora de la del pianista, con las palabras y los conceptos. La filosofía poética de la que habla, esa razón pasional, es un acorde perfecto como el que buscaba Federico Mompou en su juventud. La misma filósofa dice en Aurora: “la música sostiene sobre el abismo a la palabra”.

Ya para terminar, como coda, me gustaría hablar de mi propia obra. Casi siempre, de una forma u otra, he hecho aparecer la música en mis novelas. Suelo hacerla presente nombrándola, haciendo que mis personajes la escuchen o la tarareen. Pero de hábito utilizo esas estructuras musicales en la estructura misma narrativa, o al menos lo intento porque, como acabo de demostrar, mi obsesión es el contacto entre la música y la literatura. ¿Por una especie de complejo de inferioridad de la narrativa ante la música? Quizá. Tal vez para exorcizarlo es por lo que escribo este ensayo, sin más aspiraciones que las inherentes a osar leerlo en el seno de esta Institución, la Academia de las Buenas Letras de Granada, a la que agradezco enormemente la acogida que me hace y en la que espero no solo colaborar en todo cuanto pueda, asunto que por definición prometo, sino también aprender entre tantos amigos y amigas sabios a quienes espero no decepcionar. Me congratula mucho haber sido propuesto y electo para esta Academia por esos buenos amigos con quienes trabajar será un placer tan grande como el hecho mismo de la lectura y la escritura. Muchas gracias.

Respuesta:

Excmo Sr. Presidente, Excmos. E Ilmos. Sres. Académicos, Señoras y señores:

No solo me diplomaron sino que me enmedallaron. El presidente de la academia, Antonio Chicharro debió prever que soy un cabezón y no me entraría el cordoncico

No solo me diplomaron sino que me enmedallaron. El presidente de la academia, Antonio Chicharro debió prever que soy un cabezón y no me entraría el cordoncico

En aquel periodo de renovación poética que supuso en Francia la superación del Romanticismo y la aparición de movimientos como el Simbolismo o el Parnasianismo, Paul Verlaine reivindicaba en su Arte Poética el tradicional sincretismo entre música y poesía. Aquel grito de “¡La música ante todo. Siempre música!” no hacía sino recordar el origen mismo de la lírica y de la epopeya confundidas con la oración y con la expresión cantada del carácter de los pueblos. Y no sólo con la música. La poesía, la literatura, ha estado siempre vinculada, de una manera o de otra, al resto de manifestaciones artísticas con las que ha convivido y representado en todos los momentos de la historia, y más allá de la historia, el espíritu humano.

El tema que nos propone Miguel Arnas en su discurso, el de la posibilidad de comparar las estructuras de las obras narrativas con las de las musicales, tiene, dentro de la analogía de las artes, sus antecedentes más lejanos en Platón y Aristóteles y después en el ut pictura, poesis horaciano quien retomaba un aforismo de Simónides para decir que la pintura era poesía muda y la poesía pintura que habla; pasa por Leonardo y llega a Lessing, quien critica la posibilidad de que la poesía y las artes figurativas puedan remontarse a principios comunes ya que la primera es el arte del tiempo y las segundas, las artes de la simultaneidad; y, después de la revolución romántica y su tendencia a la unidad de las

El poeta Virgilio Cara (con ese nombre era de esperar el oficio) contestándome

El poeta Virgilio Cara (con ese nombre era de esperar el oficio) contestándome

artes que culmina en la obra total wagneriana donde se funden poesía, drama, artes figurativas y música, este debate seguirá cumpliéndose en las reflexiones y en las poéticas del siglo XX hasta el punto de que en los últimos años se ha producido, además, un esfuerzo por conjugar los estudios humanísticos descriptivos con las teorías filosóficas y científicas modernas.

Hoy se admite que las diversas artes tienen una evolución particular, que es innegable que guardan relaciones mutuas constantes que van de una dirección a otra sin determinar la evolución de las demás, que se mueven en un esquema de relaciones dialécticas que actúan en varios sentidos, que “hemos de entender la suma total de las actividades culturales del hombre como todo un sistema de series que evolucionan por sí mismas, cada una con su conjunto de normas propias que no son forzosamente idénticas a las de la serie vecina” (R. Wellek y A. Warren). Esto es, que las artes plásticas, la literatura y la música poseen una evolución individual con diferentes tempos y distinta estructura interna de elementos pero que puede admitirse que “hay un cierto aire familiar entre todas las obras de arte de un mismo periodo (…) y que las tradiciones ejercen una influencia diferenciadora no solo entre arte y arte sino también dentro de un mismo arte” (M. Praz).

Será en este contexto en el que habría que estudiar, por ejemplo, las relaciones que, sobre el motivo de La Siesta del Fauno, podrían establecerse entre el cuadro de Boucher, el poema de Mallarmé, el trabajo orquestal de Debussy y las coreografías de Nijinsky o abordar los talentos polifacéticos de muchos artistas (Leonardo de Vinci, Miguel Ángel,  E.T.A.Hoffmann. Arnold Schönberg) que han desarrollado sus capacidades a través de varios códigos comunicativos.

Virgilio venció y convenció. De brazos cruzados, Eduardo Castro (ilustrísimo) está convencido de que no le falta razón, y además de mis familiares, Miguel Ángel Contreras (ursus accitanus) también está disuadido de cualquier disensión.

Virgilio venció y convenció. De brazos cruzados, Eduardo Castro (ilustrísimo) está convencido de que no le falta razón, y además de mis familiares, Miguel Ángel Contreras (ursus accitanus) también está disuadido de cualquier disensión.

En todo caso, lo cierto es que, después de analizada la cuestión durante las últimas décadas, parece que se ha llegado a la conclusión de que los denominadores comunes para establecer la comparación de las artes sobre la base de analogías convincentes deben ser las poéticas, los procedimientos constructivos y las categorías históricas.

Y es así como Miguel Arnas aborda en su discurso la relación entre novela y música dejando a un lado las consideraciones sobre el ritmo de la prosa o  aquellas novelas que tienen la música como tema central o a los músicos como protagonistas y centrándose en los paralelelismos entre las que él llama armazones narrativas y las estructuras musicales.

El resultado de este análisis, planteado como un juego de recuerdos liberado de la rigurosidad de un estudio exhaustivo, es un catálogo de títulos que, por un lado nos descubre el sólido depósito de sus lecturas, que más tarde se articulará en su propia obra y, por otro, nos lleva a reconocer en la memoria los numerosos autores y textos que, como él, leímos de forma compulsiva (No es casualidad que en sus dos últimas novelas, Ashaverus, el libidinoso y Nos, reivindique los tres apoyos que, formando un mismo plano, constituyen lo más satisfactorio de su vida: el amor, la música y la literatura).

Johann Sebastian Bach, o la madre del cordero

Johann Sebastian Bach, o la madre del cordero

De los autores que cita Miguel Arnas el primero que, inevitablemente, utiliza como paradigma es Alejo Carpentier y su Concierto barroco, y del que nos permitimos recordar, siguiendo el juego que se ha propuesto en el discurso, la novela corta El Acoso, de la que el mismo Carpentier dijo que: “Está estructurada en forma de sonata: primera parte, exposición, tres temas, diecisiete variaciones y conclusión o coda”, la fuga que constituye Los pasos perdidos, donde la búsqueda de instrumentos musicales primitivos se convierte en la persecución de la identidad del pasado, o los relatos cortos Viaje a la semilla, Semejante a la noche o Los advertidos en los que sin duda se encuentran también elementos estructurales que nos remiten a la música (me atrevo a apuntar aquí que, tal y como Poe consideraba el cuento por su extensión y arquitectura como el género más cercano al poema, podríamos encontrar en los relatos breves un campo propicio para aplicar este estudio comparativo entre las diferentes artes); continúa Arnas recordando, y ya no podemos demorarnos en ellas, como sería de nuestro gusto, las obras de Hermann Broch, Valle- Inclán, Aldous Huxley, Anthony Burgess, Raymond Queneau, ilustre patafísico, como nuestro autor, o mi admirado Lawrence Durrell en cuyas novelas la analogía estructural es evidente: el concerto grosso, las piezas de cámara, la fuga, la sonata, la sinfonía, el tema con variaciones… y otros como Clarín, Goethe, Flaubert, Kafka, Lowry, Joyce, Cortázar, Lezama Lima, Cabrera Infante… quienes utilizan en el relato y construcción de sus historias diferentes formas musicales.

También Federico Mompou parecía estar o rondar por allí

También Federico Mompou parecía estar o rondar por allí

Es evidente, como hemos apuntado antes, que quien sabe leer la obra de los demás, procura escribir siguiendo parecidos parámetros. Y es así que Arnas ha reconocido lo íntimamente unidas que están en sus novelas, ya sea en la historia, ya en el armazón, la literatura y la música de tal manera que en Ashaverus, el libidinoso, novela en la que se aplica la técnica de la fuga, Ana, una de las protoganistas, a propósito de su hermano, pianista que recibe clases de Federico Mompou, dice: “La música le parece la culminación de la creatividad humana” y comparándola con la Medicina afirma que ambas son capaces de superar la lucha contra el dolor y la muerte: “La una en lo físico, la otra en lo anímico, en el consuelo contra la gran rabia de la vulgaridad de ser humano”.

Y lo más importante, con Rosa, el amor de mi vida, y con mis hijos

Y lo más importante: ya electo, con Rosa, el amor de mi vida, y con mis hijos

Desde luego, y después de leer este discurso y algunas de sus novelas y tras la oportunidad que he tenido de charlar con él en alguna ocasión, Miguel Arnas se revela como antídoto contra el hastío o el aburrimiento. Su amor por la literatura y por la música, su pasión por la lectura y por la escritura, el hecho de haber descubierto la música intrínseca de las palabras, de las lenguas, como el árbol del que hay que escuchar incluso su silencio, lo hacen un buen compañero en las labores que nos esperan en una Academia de Buenas Letras de Granada que hoy le abre sus puertas y lo recibe afectuosamente. Enhorabuena.

 

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Se murió mi Ángel

No quisiera convertir este blog en colección de panegíricos ni de necrológicas. Sé muy bien que tengo una edad tal que a mi alrededor van cayendo hasta que sea yo mismo quien caiga. Después de mi propia muerte no me será igual lo que ocurra, pero como no me enteraré, lo mismo da que lo mismo tiene. Con todo, cada vez que se va un amigo o un familiar querido, duele. Es el grito lo que me impulsa a escribir esto aquí.

Ángel a media luz en mi antigua casa de calle Entenza, en Barcelona

Ángel a media luz en mi antigua casa de calle Entenza, en Barcelona

No quiero aclarar quién fue Ángel para mí. Es demasiado íntimo. A veces la amistad es algo excesivo. En definitiva, no es sino como el amor pero sin sexo. Y lo cierto es que siempre he estado necesitado de cariño. Solo ahora parece que, más o menos, tengo cubierto el cupo, por suerte, a pesar de lo cual, un nuevo amigo o amiga siempre se agradece porque el afecto humano es tan grande como su capacidad de odio: cabe en él todo el resto de la humanidad.

Ángel era la bondad personificada, el paradigma de lo bondadoso. Y no obstante, nunca tuvo suerte. Tuvo pocos momentos de felicidad (cierto que como todo el mundo) pero si a otros les son dados tres de esos momentos, él gozó solo de uno y medio. Es triste. Yo hice bastante de lo que pude porque lo quería mucho, pero aunque hubiera hecho todo lo

Ángel con mi hijo Miguel, a quien tanto quiso y cuidó

Ángel con mi hijo Miguel, a quien tanto quiso y cuidó

posible (no es lo mismo que bastante) nunca habría compensado lo TODO que él hizo por mí en un momento muy difícil de mi vida.

Y ahora se me ha muerto. Cáncer de páncreas. Con unos dolores desgarradores que solo se

paliaban con morfina. Empezó con drogas y murió con drogas. También es desgracia. El médico de su pueblo no le hizo caso, tuvo que acudir a urgencias. No quiero ni pensar que aquel hipocrático (porque debió jurarlo, supongo) no lo atendiese por su aspecto, por su habla un tanto piantada, como decía Cortázar, o por ser madrileño, que también podría ser. Sería para maldecirlo y desearle lo propio.

Lo he llorado como se llora a un hermano. Acabo de borrar su contacto en mi móvil. Duele.

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Presentación de Los conciertos, novela de Fernando de Villena

Esta fue la presentación del libro de Fernando de Villena Los conciertos que se hizo en el Centro Artístico de Granada el pasado sábado día 23 de abril. Día fenomenal, por supuesto, para una presentación de libro. Me han pedido que la coloque en el blog para ver si alguien se anima y lo adquiere. Vosotros veréis. En la presentación hice algunas preguntas al autor, como a veces acostumbro, preguntas que aquí no reproduzco por no tener exactamente las respuestas, que Fernando improvisó.

Portada de Los conciertos, de Fernando de Villena

Portada de Los conciertos, de Fernando de Villena

Quiero comenzar esta reseña con preguntas, preguntas que no tendrán respuesta porque son retóricas, pero la literatura que no provoca preguntas no es literatura sino vulgar entretenimiento y, muy a menudo, ni siquiera eso.

¿Es esta una novela negra? Tiene detalles que inducen a creerlo: varios asesinatos, falsas pistas, una investigación no precisamente policial, en cambio carece de oscuridad y los personajes son luminosos, casi diría que llenos de bondad. Solo el asesino es tenebroso, y no digo más para no desvelar el final sorprendente. ¿Es una novela histórica?: como diría un gallego, lo es y no lo es. ¿Es novela musical, y lo digo por el título?, de musical tiene lo suyo: la novela es una fuga, y luego explicaré bien este aserto. ¿Es novela psicológica?, pues verán ustedes, bastante: los personajes tienen hondura, son entrañables y uno llega a apreciarlos como a verdaderos amigos.

He dicho que las preguntas no tendrían respuesta al ser retóricas y ya he dado algunas respuestas. Dubitativas, ambiguas, pero respuestas. Y es que el lector reescribe la novela que lee, la interpreta a su manera. Y el crítico, o en este caso este humilde reseñista, es un lector, digamos, privilegiado, aunque como tal también da sus respuestas que pueden ser ciertas o no, y no depende de nada, pues esas respuestas son personales e intransferibles, como corresponde al lector que es, al mismo tiempo, un gozador.

Y de goce se trata porque Los conciertos tiene la técnica de Las mil y una noches, la de la

Ambos dos en el Centro Artístico. La foto es debida a nuestra inefable Ana Jiménez

Ambos dos en el Centro Artístico. La foto es debida a nuestra inefable Ana Jiménez

seductora Scherezade que evitaba la muerte, no solo contando una historia nueva cada noche, sino dejándola sin resolver hasta la noche siguiente para que el Sultán, intrigado por la continuación, no la matase al amanecer. Es una técnica conocida, pero no por ello menos hechicera, menos sorpresiva y que produzca mayor placer al lector.

La historia de don Balbino, viejo maestro de escuela jubilado, actual y, precisamente, muy siglo XXI, que investiga y trascribe un manuscrito en la iglesia de San Juan de Antequera, se enlaza con la de Santiago, músico que va a parar a la Nueva España casi recién descubierta y conquistada, cuya vida es el contenido de ese manuscrito. Ambas historias se entrelazan como la serpiente al cuello del águila de Zaratustra, en buena armonía porque son los animales de un profeta. Y esa es la gracia musical de la que hablaba antes, porque Fernando ha hecho aquí una fuga, una fuga musical, esa técnica que consagró Johann Sebastian Bach y que consiste en combinar dos temas armónicos entre sí haciéndolos que se persigan uno al otro en el tiempo, variándolos y haciendo que finalmente coincidan en un contrapunto perfecto. Y garantizo que hacer una fuga musical en la novela tiene mérito, mucho mérito.

Además, siento que su literatura es entusiasta, y la palabreja viene del griego, de Zeus (por eso debiera pronunciarse enzeusiasta), del Dios máximo del Olimpo, y me da la sensación de que Fernando es, no ya religioso sino algo místico sin alharacas de trasposiciones ni arrobos. Su literatura es quizá pánica o panteísta, como si ese Dios en el que cree estuviera en todas partes, hasta en la maldad. Es por eso que es también teológica, en el sentido que le daba el gran novelista Miguel Espinosa, pues el autor se sorprende con todo aquello que

Fernando de Villena. Así es él.

Fernando de Villena. Así es él.

ve, es infantil, como si todo lo viera nuevo, lleno de belleza. Debo aclarar que, como consecuencia de todo ello, Fernando de Villena no se morirá nunca porque siempre, por muy sabio que sea, sabrá que le queda más por averiguar de lo que tiene ya sabido, y eso es muy bueno para el cutis, o dicho de manera menos castiza, conserva la juventud. En la parte de sus memorias llamada Hiemal dice: “La vida o es descubrimiento o no es vida”. Quien es sempiternamente curioso, ávido de hallazgos, es como aquel escalador de la montaña catalana de Montserrat que conocí y que escalaba de la siguiente manera: empezaba el ascenso y como en la primera presa no se sentía seguro, subía un poco más, y como a su vez temía despeñarse, ascendía un poco más, y como de nuevo le fallaba un pie o los dedos de la mano asidos a la piedra, se elevaba algo más, y así hasta coronar la aguja: perfectamente podría haber subido así, siempre en el albur de matarse, por lo menos trescientos metros. Así es Fernando, un escalador de riesgo que siempre busca el un poco más arriba, con la sola diferencia de que a quienes nos pasa algo parecido, sabemos que no hay cima, no hay cumbre.

Y bien, aquí es donde me decanto por lo que debe ser, creo yo y en mi modesta opinión, una crítica en condiciones de un texto. Porque no basta con decir es bueno, estupendo, maravilloso, ¡hay que decir por qué lo es!, y voy a tratar de hacerlo.

Las Américas. Pues mire usted por dónde

Las Américas. Pues mire usted por dónde

Me ha seducido que, a pesar de tener dos claros protagonistas, el punto de vista, es decir el lugar mental desde el que se narra, vaya cambiando centrándose en unos y otros con solo una excepción, creo yo, al menos en el cuento que se narra en la actualidad, o casi, y que tiene por actor principal a don Balbino el maestro. Es cierto que primordialmente la narración se plantea desde él, desde ese hombre bueno que, ya viudo y con poca motivación para la vida, encuentra en esa investigación de un manuscrito hallado en la sacristía de la Iglesia antequerana de san Juan un nuevo motivo para ella, y más desde que empiezan los asesinatos que tienen que ver, si bien sutilmente, con dicho legajo. Sin embargo, también esa focalización de lo que se narra se traspasa a algunos personajes que lo rodean, como a Benjamín el venezolano o incluso ¡a las fuerzas vivas de Antequera, el alcalde, el juez, el director del hospital!, y supongo que a Fernando le habrá costado muchísimo trasladar su mente narradora hacia esas personas a las que tiene especial encono pues representan lo peor de una sociedad ya de por sí con su punto de perversión.  Y digo que le habrá costado porque de hecho, uno de los pocos personajes en los que apenas se centra el punto de vista es en el asesino, y solo cuando se descubre que lo es, un ser malvado por indiferencia ante la suerte de los demás y obsesionado por un asunto que está ya marcando la maldad de nuestro mundo: la obsesión por no envejecer, el ver el envejecimiento como un desdoro, como una desdignificación, si se me permite el palabro. Pues es cierto que nuestra sociedad le teme menos a la muerte, a la que simplemente no menciona si no es a la violenta (incluso llegamos a renombrar con un eufemismo al cáncer, y lo llamamos “larga enfermedad”), le teme menos a la muerte que a hacerse viejo. Todos se estiran, se inyectan, se infiltran, se operan, se gimnastizan, ¡qué horror!, para acabar

Colegiata de Santa María la Mayor de Antequera

Colegiata de Santa María la Mayor de Antequera

más feos que estaban porque lo mejor que puede tener una persona es la sonrisa y esta a menudo se ve impedida por los estiramientos, convirtiéndose en una estúpida mueca. Hay varias novelas dedicada a ese tema en la historia de la literatura, desde El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde, hasta Viejo muere el cisne, de Aldous Huxley, pero Fernando de Villena no centra el asunto solo en esto sino en muchas cosas más, lo que convierte su obra en algo divertido e ilustrador hasta el extremo de caer uno en ese tópico, que en este caso es del todo cierto, de no poder abandonar su lectura hasta ver en qué diablos acaba todo eso.

Se encuentran en esta obra algunos de los tics ya distintivos y esperados en el autor, como arremeter contra los organismos internacionales de la banca y del capitalismo globalizado, o como el invento de personajes que tienen el nombre deformado y las características físicas y psicológicas de amigos suyos. En este caso es el poeta José Enrique Salcedo quien protagoniza una de las aventuras americanas de Santiago, el protagonista de la historia que aparece en el texto en cursiva. En otros casos ya lo ha hecho con diversos amigos, incluso conmigo mismo en la novela Iguazú, obra con la que esta tiene mucho que ver, aunque la técnica, a mi entender, se ha depurado. Por cierto, que en ese episodio con don Joseph Enrique Salcedo hay un detalle absolutamente quijotesco con esa sartén que ridículamente usa el personaje para protegerse de una lluvia de sapos. Y hablando del Quijote, los capítulos están titulados como en la novela fundacional, con descripción somera de lo que pasará en ellos y con su punto de sarcasmo.

¿Por qué creemos que nos fuimos a la conquista? Pues porque ellos y ellas andaban medio en cueros.

¿Por qué creemos que nos fuimos a la conquista? Pues porque ellos y ellas andaban medio en cueros.

Es curioso porque inmediatamente después de leer este libro, arremetí con las memorias de Fernando, con la cuarta parte de ellas titulada Hiemal, a la que ya he nombrado, y en ella dice el autor que su poesía lo es de la luz, y por tanto visual. En esta novela están todos los sentidos. Recuerda a un cuadro de Brueghel el joven, donde todos ellos están reflejados.

Quizá esa misma sensualidad o el entusiasmo que pone en todo le lleve a amar profundamente a los animales que aparecen en la narración, sin que en ningún momento les ceda la palabra como haría un fabulista, y ahí llama mucho la atención el final del primer capítulo, con ese ratón furtivo y raudo que atraviesa ya de noche, y con don Balbino solitario y trabajando, la sacristía de la iglesia de San Juan, final redondo que ya desde ese primer capítulo anima a la lectura haciendo augurar un goce casi perfecto.

Respecto a la novelita sobre el músico Santiago de Salvatierra debo decir, si antes no ha quedado claro con lo de la fuga, que aquí tenemos dos novelas por el precio de una, lo que está muy bien en tiempos económicos como este. Y siguiendo con ella, creo que mirándola, no ya con lupa, sino a simple vista, se percata uno de que Fernando de Villena se ha leído todas las crónicas de Indias que pueda uno imaginarse, y con gran aprovechamiento. Por el lenguaje, que remeda sin que llegue a agobiar el estilo, y por las descripciones de paisajes y gentes. Para que luego digan que el escritor debe vivir más que leer. Ambas cosas son imprescindibles para narrar bien, por mucho que ciertos cenutrios, por otra parte bien paniaguados, aseguren que ellos no leen porque es mejor vivir o para que sus lecturas no les condicionen el estilo. Pamplinadas, pamemas, pazguaterías.

Calle Infante don Fernando en Antequera

Calle Infante don Fernando en Antequera

Incluso diré que si nos metemos en honduras sobre la calidad de este tomo, habrá que destacar un párrafo del manuscrito en el que se narran las hazañas transatlánticas de Santiago donde se dice: “Mal año pues para los libros de caballerías e incluso para los de pícaros, el que me decida a dar a la estampa la relación de mis trabajos”. Esta frase es un juego metaliterario con el momento actual, cuando tanto se asegura que, si Cervantes publicase El Quijote, o Clarín su Regenta, pasarían sin pena ni gloria, y de esa vanalidad de hoy, de ese mal gusto y chabacanería de los tiempos presentes, se queja de continuo, y con razón, nuestro Fernando de Villena.

Aparece en la novela actual, esa en la que es protagonista don Balbino y más tarde también Benjamín, una jovencita india llamada Adriana que es asesinada cruel y diabólicamente, y con ello no desvelo nada porque en cualquier novela policíaca que se precie, aunque esta no lo es del todo, el suspense no viene del asesinado sino del asesino. Esta Adriana es la dulzura en persona, quizá la encarnación de ese deseo platónico de belleza, para nada sexual, que cualquier persona de edad siente. ¿No temió el autor que se le apareciera la india en su alcoba y le dijese, pero mire usted don Fernando, por qué me tiene que matar, a qué santo debo yo morir, que soy la hermosura, la candidez, la inocencia, y más aún habida cuenta que yo tengo ganas de vivir?, ¿quién le da usted derecho a hacerme estirar la pata de forma tan inhumana, en el pleno sentido de la palabra, por muy autor mío que sea?, ¿no debió recelar Villena que le pasara lo mismo que a don Miguel de Unamuno con su personaje Augusto Pérez?

Portada de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Fray Bartolomé de las Casas

Portada de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Fray Bartolomé de las Casas

Y para rematar, el remate, es decir, el final. Hay dos finales en esta novela, y no porque haya dos novelas. Mi intención es, precisamente, crear expectativas, enigmas que suelto como quien no quiere la cosa y que solo podrán resolverse si ustedes compran el libro y se enteran y dicen, ¡pero qué pedazo de sinvergüenza es el tío este que ha hecho la reseña o crítica!, ¡ahora comprendo lo que dijo! Pues eso, si quieren enterarse, léanla. No la roben porque el editor se enfadaría muchísimo. Decía que hay dos finales: el que resuelve los crímenes, porque hay más de uno, y el de verdad, porque tras el primero hay una segunda parte muy breve, pero que da cumplida cuenta del castigo al criminal, pues sin castigo podría creerse que en el mundo puede más el mal que el bien, y eso en mente tan teológica, como ya he dicho que tiene Fernando de Villena, no cabe. El primer final es sorpresivo porque nadie se espera quién es el asesino, incluso cediéndole la palabra, o sea el punto de vista, durante un par de páginas, y con eso ya estoy diciendo demasiado porque la pista falsa es la que uno cree verdadera. El segundo final es propio de alguien que cree fervientemente en la justicia divina, tanto en el castigo dado al criminal, como ya se ha dicho, como en el correctivo a las aburridas, fatuas, ególatras, mediocres fuerzas vivas de esa ciudad de Antequera, que no por inventadas son menos reales, y que tan bien describe el autor, a ellas y  a la misma villa malagueña,  como si las calles y las iglesias fueran unos personajes más de la narración. Reunidos esos señorones: cacique, nuevo alcalde aunque tan caduco como el anterior, y juez, Villena evoca unas palabras de Antonio Machado: el casino provinciano, paradigma de todo ese aburrimiento, de esa mediocridad, de ese fracaso inconsciente, porque el fracaso consciente da cierto aire heroico, pero el inconsciente, el que no sabe que es un fracasado, lo que tiene aire es solo de imbécil, y encima engreído.

Editorial Nazarí de Granada tendrá a bien enviarle a cualquier persona que la pida desde una librería de todo el territorio español, y parte del extranjero. Hacedlo, merece la pena.

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Presentación de Manual del Perfecto Malafollá, de Andrés Cárdenas

El pasado jueves 14 de abril, día de gran memoria, asistí a la presentación de un libro del periodista Andrés Cárdenas titulado Manual del perfecto Malafollá. El presentador era mi amigo y colega en la satrapía patafísica Andrés Sopeña.

Portada de Manual del Perfecto Malafollá, de Andrés Cárdenas

Portada de Manual del Perfecto Malafollá, de Andrés Cárdenas

En primer lugar debería aclarar qué es eso de la malafollá granaína, pero no puedo hacerlo porque ni el mismo Cárdenas llega a un acuerdo consigo ni con los múltiples autores que han teorizado sobre el tema. Se puede, eso sí, aproximar que la malafollá es aquel comportamiento que puede parecer mal educado sin llegar a serlo y que es producto, acaso, de un sempiterno mal humor. Pero eso nunca es todo, a causa de lo cual el libro está lleno de ejemplos, de casos en los que el propio Andrés u otros han sido testigos de las actuaciones de diversos malafollás, en particular siendo estos granaínos, para que el lector extraiga sus propias conclusiones… si se lo permite la carcajada.

Pero quizá debería hacer algo de historia y contar yo a mi vez una anécdota. El primero que publicó algo sobre el asunto fue Pepe García Ladrón de Guevara, con su libro La malafollá granaína (que la censura franquista, con su impertérrita y agresiva mala leche, obligó a titular La mala sombra granadina). Pepe compareció algunos días, pocos por desgracia pues vive lejos de Granada y la edad no le permite demasías, a la

Don José G. Ladrón de Guevara

Don José G. Ladrón de Guevara

Tertulia del Pelín, que fue previa aunque con los mismos componentes, a la Tertulia del Salón de Granada. En una de esas escasas ocasiones me tocó sentarme a su lado. Me presenté, charlamos. Con las mismas, dos individuos se acercaron a donde estaba él y uno le dijo al otro: “te voy a presentar a la mejor pluma de Granada”, señalándolo, a lo que Pepe, cejijunto pero no malhumorado, con arrestos pero sin bravuconería, es decir, con malafollá, exclamó: “¡yo de pluma no tengo una mierda!”.

En la presentación se citaron varias historietas más, porque allí donde pisa Andrés Sopeña hay sorna “pa’reventá”. De modo que ejemplarizó el caso, además de hablar del libro, claro, y de paso, con su pertinente malafollá, criticar al autor por haberle pedido esa presentación en lugar tan estrecho y diminuto como aquel donde estábamos (de hecho, estuve en pie durante todo el acto, no sé

Andrés Sopeña. Lo he visto en situaciones más comprometidas, pero ene sas no se deja fotografiar... apenas

Andrés Sopeña. Lo he visto en situaciones más comprometidas, pero ene sas no se deja fotografiar… apenas

si por local diminuto o por exceso de público, pero me consuela pensar que aún ningún jovenzuelo, que por otra parte no había ninguno o casi, me ofreció su asiento diciéndome “siéntese abuelo”). Tal vez el modelo de malafollá que más me divirtió fue el del tipo que llega al bar a las nueve de la mañana, con la barra totalmente vacía, huérfano de clientela, y pide un café, a lo que el camarero, educadamente, responde preguntando ¿solo?, y el otro contesta ¡¿pues no ves el gentío?!, o bien tras la pregunta ¿solo?, el otro escupe: si te vas tú y me dejas…, o si ya disfruta de mucha confianza con el camarero la respuesta es ¡pues tráete  a tu prima…!

En fin, las carcajadas habrían sido capaces de tirar las murallas de Jericó, pero como las del local son de hormigón en un viejo palacio nazarí, con sus almocárabes e inscripciones con versículos coránicos, a lo que el hormigón le va que ni pintiparado, pues soportaron el envite.

Andrés Cárdenas, autor del libro

Andrés Cárdenas, autor del libro

El libro está publicado por Port Royal, editorial cuyo propietario, Ángel Moyano, es de esos perfeccionistas que, si publica tan bien y con tanto cuidado para evitar erratas o fallos, y es tan asquerosamente profesional, estoy convencido de que lo hace para hundir en la miseria y la vergüenza a Planeta y a otras hierbas.

Luego seguimos la juerga los amigos (entre otros el antedicho editor por descansar de tan arduo trabajo) para continuar riendo, hablando de literatura, poniendo a parir a los políticos y rozando el tema del fútbol porque de todo ha de haber en la viña del Señor… menos uvas.

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Crónica del Ágape Estacional Patafísico del 11 de febrero de 2016

Charla postprandial

Charla postprandial

Se me pide que cronique el último Ágape Estacional del Institutum Pataphysicum Granatensis que tuvo lugar el pasado mes de febrero en su tradicional ubicación, la pizzería Bacus Romano de la ciudad de Granada. Pues bien, en realidad hay bien poco tema para una crónica, de modo que habrá que inventarse la mitad, y reto al personal a averiguar qué cosa es la inventada. Cenamos, eso sí, y algunos de forma opípara. Incluso se dio el caso de cometer un delito claramente punible en presencia de insignes catedráticos de la Facultad de Derecho granadina, delito que pasó desapercibido por razones que se mostrarán obvias en cuanto aclare en qué consistió el tal: la consumición ritual de absenta, con su cucharilla, su azucarillo y su rápida (sin pensarlo porque si lo piensas no lo haces) ingestión.

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Derrame del sacro líquido en el terroncillo para su depuración glucósica

Dicho mejunje diabólico que sirvió de inspiración a Toulouse-Lautrec para disipaciones varias en casas de mala nota, fue aportado por un individuo que ha sido capaz de elaborar nuestra página güé, en lo que demuestra a las claras su eminente inclinación hacia el crimen. Conste que los antedichos cátedros la consumieron en moderada abundancia.

No contentos con tales extremos, el Sátrapa Guillermo mostró la colección filatélica más demencial que pensarse pueda, pues consistía en páginas de

El Sátrapa Trascendente Guillermo ufanándose de su colección. El pasmo puede leerse en las caras absortas de los espectadores

El Sátrapa Trascendente Guillermo ufanándose de su colección. El pasmo puede leerse en las caras absortas de los espectadores

álbum rellenas cada una de ellas con idéntico sello, con lo cual puede decirse que, si bien se le calcula una fortuna de unas 2000 estampillas, la verdad es que con total seguridad solo tiene 20 sellos diferentes.

Y para colmo de recalcitrantes al jolgorio, nuestro buen güebero (de página güé) y suministrador de espiritosos néctares jarrynianos, nos aporta una RipiOda a Ofelia, cuyos ripios no corresponden a amada alguna aunque sí a hembra porque lo es de cerda vietnamita (omítanse pecaminosos conceptos imperialistas, que no los hay) que es su mascota hogareña y, según él, muy cariñosa, la cual (la RipiOda, no RipiOda a Ofeliala marrana; esperemos que nunca haya que repartir la marrana, san Agapito le dé larga vida) tuvo la bondad de repartirla impresa y puede verse en esa entrada bloguera, si bien aún no en la predicha página infernalmente internética. Se recomienda efusiva y desopilantemente su lectura.

Tras el preceptivo reparto de documentación a cada Sátrapa, donde pudo ver cada uno su ejemplar de El Escarbadientes Espiral, revistilla que lleva visos de convertirse en algo infinitamente más importante que toda la prensa diaria de este país, pues a fin de cuentas con los periódicos bastaría cambiar la fecha a diario y se podría comprobar que siempre dicen lo mismo, en tanto los Escarbadientes son machaconamente diversos, divertidos y diáfanos, tras ese preceptivo prorrateo, este cronista procedió a la asimismo preceptiva lectura de un texto en el cual, como de hábito, se estruja las escasas meninges para patafisiciar con deleite, esta vez glosando y ampliando la propuesta picabiana (de Francis Picabia) de eliminar las cárceles por el expeditivo sistema de tatuar la nariz de los interfectos con diversas y expositivas imágenes de las infracciones cometidas.

Temerosos de enfriamiento consecuencia de mojadina imposible, algunos se refugiaron bajo paraguas portadores de mala suerte.

Temerosos de enfriamiento consecuencia de mojadina imposible, algunos se refugiaron bajo paraguas portadores de mala suerte.

Ya aparecida la siempre tardona por atareada doña Celia, Sátrapa campanillera, surgió como de la nada Ana Jiménez, nuestra fotógrafa, cronista y reportera de la cultura granadina, la que nos hizo una foto donde algunos se refugian de una extraña lluvia en el interior del local, en absoluto achacable a goteras y sí a candonga, como puede verse en la fotografía adjunta.

Como estaba previsto en el orden del día, y originado por la más execrable de las envidias que agarró por banda a todos los Sátrapas desde la Defenestración previo golpe de estado de nuestro Rector Magnífico y Perezoso, todos los presentes, uno detrás del otro, fuimos defenestrados en las escalerillas

Defenestración de la Sátrapa Marina Tapia, aunque por la cara de terror exhibida por don Jaime Güebero, bien podría ser él el defenestrado

Defenestración de la Sátrapa Marina Tapia, aunque por la cara de terror exhibida por don Jaime Güebero, bien podría ser él el defenestrado

de acceso a la pizzería, pues de haberlo hecho en el interior, quizá el dueño habría llamado, aunque esté acostumbrado a tropelías, a los loqueros, de modo que habríamos

Defenestración de la Satrapesa doña Celia Correa que ya pasa sobre el cadáver del Sátrapa canarioflauta Carlos de la Fe. Osérvese que, ya animados, aparece la saña, la rabia y el piojo verde

Defenestración de la Satrapesa doña Celia Correa que ya pasa sobre el cadáver del Sátrapa canarioflauta Carlos de la Fe. Osérvese que, ya animados, aparece la saña, la rabia y el piojo verde

salido todos de allí saltando como canguros recién enculados con supositorios de guindilla. La Defenestración Colectiva transcurrió con absoluta normalidad, con los excesos

Defenestración del Sátrapa Miguel Arnas-elcomodón, que consintió barrabasadas pero sentado. Se fue perdiendo la rabia y apareciendo un desmañado cachondeo

Defenestración del Sátrapa Miguel Arnas-elcomodón, que consintió barrabasadas pero sentado. Se fue perdiendo la rabia y apareciendo un desmañado cachondeo

sangrientos deseables en estos casos, aunque esta vez nadie disponía de las armas reglamentarias (plátanos), sino solo de puños y expresiones bárbaras, zulús y maoríes.

Defenestración del Sátrapa Guillermo que cae realmente, lo que puede resultar dañino pues se observará que no lleva casco, al revés del piantado Doctor-Sátrapa Andrés Sopeña que se protege la sesera por si acaso.

Defenestración del Sátrapa Guillermo que cae realmente, lo que puede resultar dañino pues se observará que no lleva casco, al revés del piantado Doctor-Sátrapa Andrés Sopeña que se protege la sesera por si acaso.

Esta violencia tan Peckinpah puede observarse en el prolijo reportaje gráfico que acompaña a esta crónica. Quizá lo más doloroso fue la Defenestración del taburete que había en la puerta (lástima que solo se le vea el culo, aunque a lo mejor, como ciertas

Defenestración del taburete. Un dolor.

Defenestración del taburete. Un dolor.

personas, es lo mejor que tenía), y digo doloroso porque el taburete solo pasaba por allí, es decir que no era de la guerra.

Damas chismorreantes, que no chorreantes

Damas chismorreantes, que no chorreantes

De nuevo, como en la Defenestración de nuestro ínclito Rector, la señora que vio la escena dijo aquello famoso de “¡hay que ver, señores tan mayores!”. Tras lo cual, y cumplidos los trámites, y evidentemente este último es el primordial, cada mochuelo a su olivo, y como dicen en Valencia “¡au, a fer la má!”. Y quien quiera averiguar qué diablos significa esta expresión, internet, que para eso está.

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