Un francés y dos españoles: comparación entre tres novelas que tratan la educación religiosa a principios del siglo XX

Octave Mirbeau (1848-1917)

Tal vez en abril o mayo de este año, Francisco Gil Craviotto me pidió que diera una conferencia para la Maison de France de Granada donde se quería conmemorar el centenario de la muerte del escritor francés Octave Mirbeau. Él mismo me ofreció el tema: puesto que la novela que había traducido de ese autor y publicado en Granada hacía poco, Sebastien Roch, trataba de las escuelas de curas, concretamente de jesuitas, ¿por qué no la comparaba con el AMDG de Ramón Pérez de Ayala, y de paso con la de Alejandro Sawa, Criadero de curas, que aun no tratando de escuelas jesuíticas, sí habla de un seminario? A mí eso de la literatura comparada siempre me ha gustado, de modo que en agosto me puse las pilas y la escribí tras leerme o releerme los tres textos, pensando luego darle un último repaso. El día 13 de noviembre, en el Cuarto Real de Santo Domingo la leí ante madame Françoise Souchet, presidenta de dicha casa de Francia en Granada y monsieur Pierre Michel, presidente de la Sociedad Octave Mirbeau de Angers, Francia. Me presentó Francisco Gil Craviotto. Esta fue la conferencia. Aviso que es larga: me pidieron que hablara, aproximadamente, durante 45 m., y así lo hice. Espero que os guste.

Yo estudié en una escuela de curas. Cursé cinco años en el Colegio La Salle Condal de Barcelona, regentado por los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Nunca me he arrepentido de esa educación, y no porque siga siendo creyente, que no lo soy, sino por su calidad, al menos en ciencias, y por la disciplina en el estudio y el trabajo que me inculcaron. Mi padre, obrero, gastaba la mitad del mayor de sus sueldos, pues tenía tres empleos para poder mantener la familia, en la mensualidad de esa institución educativa.

La Salle Condal de Barcelona en 1924

Recuerdo que, quizá en segundo de Bachillerato, que cursé con 11 años, hubo un problema con un libro que mi padre no me podía comprar o quizá no encontraba en las librerías. El hermano D., Prefecto, me llamó a su despacho y me dijo no sé qué sobre el libro. Mientras hablábamos, el lasaliano empezó a tocarme la pierna izquierda, la más cercana a él, pues estaba sentado y yo de pie y vestido, naturalmente, con un pantalón corto. Sentí extrañeza, no incomodidad ni asco, tanta era mi inocencia en aquel momento. De inmediato, el hermano Dionisio dejó su soba y me hizo salir del despacho. El hombre se reprimió, simplemente, que es lo que hay que hacer.

No parece extraño que, de tanto repetir que las mujeres son el demonio, que tienen en su cuerpo la entrada al infierno, los curas y frailes se decanten por los niños, al menos en estos últimos cien años que, según algunos historiadores de la Iglesia, ha sido la primera vez en que de forma genérica se ha respetado el celibato. No en vano Zwinglio, el reformador del siglo XVI, en su tesis 49 decía: “No conozco escándalo mayor que el de prohibir el matrimonio a los eclesiásticos y el de autorizarles el mantenimiento de una concubina pagada”. Digo esto porque en las tres novelas que voy a comentar se da el caso de abusos sexuales, aunque en una de ellas, la de Alejandro Sawa, no hay propiamente tales sino la aplicación sobre un adolescente de un sadismo fuera de lo común, y el sadismo, que se sepa, es una perversión sexual si no es aceptado por un masoquismo de la parte contraria.

Empiezo esta charla con consideraciones teológicas, o casi, porque es imprescindible para la comprensión de estas tres obras. En verdad, además de describir una realidad, pues no en vano son realistas, ponen en solfa no solo la educación religiosa, sino también ciertos aspectos de la misma religión, y todo eso con la libertad que da el estar fuera de ella. Tanto Pérez de Ayala como Octave Mirbeau se plantean, como luego demostraré, que quizá podría creerse en un Dios menos terrible, menos vengativo y amedrentador, en un Dios comprensivo con las debilidades humanas pues, al menos teóricamente, esas debilidades las creó Él mismo. Y sobre todo, en un Dios más justo, dando importancia a lo que realmente la tiene: el latrocinio, la hipocresía, la preferencia por los privilegiados de la tierra, la violencia, en lugar de penalizar tanto el sexo y la desobediencia a los enseñantes sacerdotes. De hecho hay momentos en los que no se sabe si la religiosidad infantil de Sebastián, tan fuerte, es propia o identificable con la del mismo autor. Cuando el vecino Larroque, de Pervenchères, agoniza y entra el párroco a visitarlo, los ánimos de este son mucho más eficaces que los de Sebastián, y consiguen darle esperanza, no solo de seguir vivo, sino sobre todo del milagro. Cuando sale de la casa, Sebastián, ya veinteañero, piensa que si él agonizase llamaría a un cura.

Pues de la novela de Mirbeau ya ha hablado mi colega y amigo Francisco Gil Craviotto, y demasiado bien como para que yo trate de alcanzarle, me ceñiré a compararla con las otras dos aunque antes daré un par de pinceladas sobre la personalidad y obra de los españoles.

Ramón Pérez de Ayala, periodista, diplomático y escritor, nació en 1880. Puede encuadrársele en el realismo, sí, pero es un realismo modernista al que dieron en llamar novecentismo, con un estilo brillante y rico de leer, lleno de arcaísmos y de localismos, incluso de formas dialectales, que le da a su prosa un aire reflexivo acompañante de veras

Ramón Pérez de Ayala

del contenido y mensaje de sus novelas. A.M.D.G. (Ad maiorem Dei Gloriam, Para la mayor gloria de Dios, que es el lema de los jesuitas), su narración sobre un colegio de jesuitas en la ciudad llamada por él Regium, trasunto de Gijón, en Asturias, fue publicada en 1910. Las críticas que hicieron José Ortega y Gasset y José Ferrándiz cuando apareció impresa, hablan de su calidad. Mas no es solo su calidad, sino su oportunidad, en una España colonizada por el jesuitismo, a pesar de lo cual no fue prohibida hasta el nefasto franquismo, siendo la última edición de 1931 hasta que se volvió a publicar a la vuelta de la democracia. Es novela anticlerical, no antirreligiosa, y posteriormente lo reconocerá así su autor tras el desastroso estreno de la mala obra de teatro inspirada en ella, cuya adaptación se debió a Julio Gómez de la Serna.

Alejandro Sawa, prototipo de bohemio madrileño de principios del siglo XX, fue el inspirador del personaje valleinclanesco Max Estrella. Nacido en 1868, escribió su novela corta Criadero de curas en 1888, y en ella habla de un Seminario en el que ingresan al niño Manolito a la muerte de su madre, porque desde pequeño parecía destinado a ser cura.

Situados en el tiempo, deberíamos pasar lo antes posible a las comparaciones, que no siempre deben ser odiosas.

Lo primero, por supuesto, sería decir que las tres son bastante autobiográficas, haciendo lo que debe hacer un buen novelista: distorsionar la realidad para que esta sea literaria.

Respecto a los antecedentes de los niños protagonistas, sin duda los mejor descritos son los de la novela francesa y la de Sawa. En Mirbeau, el señor Joseph Hippolyte Elphège Roch es un perfecto imbécil. De hecho, Mirbeau podría haber ambientado su obra en Yonville, el pueblo donde vive el matrimonio Bovary en la novela de Flaubert. Es un burgués orondo, si no avaro, sí continuo contador de su capital, exhibicionista de su “petite grandeur”, gustoso de soltar discursos que nadie comprende, en los que además de repetirse más que la morcilla, expresa una cantidad de lugares comunes y despropósitos que podría haber integrado el Catalogue des idées reçues, siguiendo con el paralelo flaubertiano. En Cataluña los llamamos “botiguers”, tenderos, y el paradigma de esos

L’Auca del senyor Esteva, de Santiago Rusiñol

diminutos burgueses porque ni siquiera alcanzan el grado de pequeños, fue el personaje del Auca del senyor Esteva, de Santiago Rusiñol. En realidad, la negativa de monsieur Roch de que su hijo estudie música es idéntica a la negativa del senyor Esteva de que su hijo sea escultor. Escuchando al bobalicón padre de Sebastián, porque leer sus mamarrachadas es casi oírlo, llega uno a la conclusión de que la Revolución Francesa no sirvió para nada. Su fijación con la nobleza, con los aristócratas, con la gente de categoría, a las que quiere asimilar a su hijo Sebastián, es enfermiza. Con razón dijo, no sé si Lukacs o Lenin, que para entender el período burgués de Louis Philippe, aunque en este caso sea el de Napoleón III, nada como leer a Flaubert en lugar de a los historiadores. La tía Rufina es quien le dice la verdad a Sebastián, pero las verdades duelen y además, son en ocasiones difícilmente asimilables por un niño, de modo que en principio esas palabras lo impresionan pero sin comprenderlas. El padre desea que su hijo vaya a ese colegio, no porque pueda recibir una buena enseñanza sino porque allí se codeará con la élite y porque cree, como buen cretino, que la pátina que le dejen personas con tanta influencia como los jesuitas le harán en un futuro pertenecer a esa raza superior que él cree ver en grandes propietarios, dueños de industrias y aristócratas. La realidad que el mismo Sebastián atisba en el castillo de la familia Kertal, que está casi en ruinas, recuerda en la esencia al episodio del Lazarillo de Tormes en el cual el hidalgo se echa migajas de pan, que tiene atesoradas en un baúl y que están ya duras como ripios, en la barba para simular que ha comido, saliendo a la calle así maculado de migas y hurgándose los dientes con un palillo. La única oportunidad en que esa estulticia humana, que es el padre, se  humaniza es en la despedida al niño en la estación, y en ese momento Sebastián se enternece por su padre.

En la novela de Pérez de Ayala, la madre del niño protagonista, Bertuco, falleció y el padre siempre está ausente, con lo que el niño se cría, hasta el ingreso en el colegio jesuítico, con su tío don Alberto y la anciana criada Teodora, quien, por cierto, habla bable, el dialecto asturiano y así lo trascribe fielmente Pérez de Ayala anticipándose a Cortázar, por ejemplo y otros latinoamericanos que escribieron el español auténtico de las calles y campos hispanos.

Alejandro Sawa

En Criadero de curas, de Alejandro Sawa, los ascendientes del niño Manolito lo ven desde pequeño tan aficionado a las cosas de Iglesia que lo predestinan al curato. El niño se monta su altarcito como otros se hacen su fuerte de indios, reproduce con fijación infantil los movimientos del cura en la misa, recita de memoria las oraciones. Me perdonarán que vuelva por un instante a la anécdota privada: eso también lo hacía mi hijo menor, y hoy tiene de cura lo mismo que yo: nada. Los padres de Manolito son piadosos, abulenses convencidos de tener a santa Teresa como ascendiente, pero a la muerte del padre, la madre, que también se sabe enferma, se empeña en que el chiquillo no ingrese en el Seminario hasta que ella muera, cosa que ocurre en menos de un año, pero en ese tiempo el muchacho se percata de que carece por completo de vocación, mas por su falta de entidad legal no puede negarse, y con el cadáver de su madre aún sin enterrar, lo obligan a internarse en el colegio. Al revés de los otros dos protagonistas, nunca saldrá del edificio si no es con los pies por delante.

El protagonista de Sebastián Roch es el mozo que da nombre a la novela, y el narrador lo sigue hasta su desdichado final. En la narración de Pérez de Ayala, el protagonismo, creo yo, lo asume el propio edificio del colegio jesuítico, aunque el autor se centra en la figura de Bertuco, pero se habla mucho de los curas, de los compañeros del niño, de cómo la Compañía logró edificar e inaugurar la escuela, se habla de los hábitos y reglas de los jesuitas, de las argucias para conseguir dinero, de su papel de confesores y regentes de la vida espiritual de la ciudad de Regium que, ya dije, es Gijón.

En la obra de Sawa aún me pregunto quién es el protagonista. Quizá no lo hay y el protagonismo se cede a la mala uva, al sadismo, permítanme, a la mala leche, a la horrorosa represión que se ejerce sobre las mentes y los cuerpos de los niños en el Seminario. Eso es lo peor de esta novela: no que no haya protagonista sino que retrata un mundo en blanco y negro, sin matices, sin grises. Es una película de indios, un cuento con buenos y malos porque los curas son todos muy malos y los niños todos muy buenos, aunque tal vez su autor quiso componer una pintura como los aguafuertes goyescos. En Sebastián Roch y en AMDG, la humanidad de los personajes centellea en algunos casos. Mucho más en esta segunda obra, en AMDG, aunque el padre Marel en la novela francesa es bondadoso pero cobarde, y muy disciplinado, como corresponde a la mentalidad jesuítica, pues no en vano Ignacio de Loyola, su fundador, fue militar y la constituyó con orden militar.

¡Y es que los jesuitas…! Los jesuitas, la verdad es que son punto y aparte. Nacen al mismo tiempo que las intenciones de reforma dentro de la Iglesia católica, intenciones y casi urgencias que ya se venían produciendo desde antes del desafío luterano, pero que este no hizo otra cosa que acelerar y decidir a un papa, Paulo III, pues algunos de los  anteriores, León X y Clemente VII,  se negaron a convocar un concilio, convocatoria a la que apremiaba el emperador Carlos V y algunos príncipes alemanes, y a la que se negaban Francisco I de Francia y Enrique VIII de Inglaterra. Ignacio de Loyola la funda en ese ambiente de necesidad de reformas, reformas que, desde luego, y en lo que el pueblo podía observar, no se dieron. Las expectativas que no se cumplieron no eran ya cuestión de mayor o menor severidad, de mayor o menor actividad de la Inquisición, sino de ejemplo,

San Ignacio de Loyola

de modelo moral, tanto de las autoridades vaticanas o locales, o sea los obispados, como del bajo clero: párrocos y frailes. Pero sí es cierto que colaboraron en el desarrollo del capitalismo. M. Robertson, en su The Rise of Economic Individualism, de 1933, dice: “El argumento según el cual el calvinismo relajó la disciplina del cristiano en su comportamiento ante los asuntos económicos es incierto. El jesuitismo relajó mucho más que cualquier otra rama religiosa esta disciplina. Pero ello no fue debido a que el jesuitismo fuera especialmente favorable al estímulo del espíritu capitalista, sino porque los jesuitas fueron, como los más preeminentes casuistas y confesores, quienes estuvieron más en contacto con el mundo laico, con sus anhelos y sus dificultades”.

Los autores Ricardo García Cárcel y Josep Palau i Orta, historiadores de la Universidad Autónoma de Barcelona, que colaboraron en la Historia del Cristianismo publicada por editorial Trotta en 2006, en su artículo titulado Reforma y Contrarreforma Católicas, dicen: “Las innovaciones de la Compañía son incuestionables: la introducción del concepto de productividad o de rentabilidad del propio trabajo, que implicaba la exención de penitencias feroces de otras órdenes y un concepto pragmático y voluntarista de la vida, nada contemplativo (de ahí su afamado optimismo religioso de salvación, contra el que tanto lucharon los teólogos de Port Royal), el retraso de la profesionalización con un largo período de formación (a tal norma es debido que en AMDG haya jesuitas, hermanos, legos, etc.; incluso el P. Atienza, tan inteligente y creativo, tan formado, aún no ha profesado como jesuita), el sentido jerárquico militar de la

Jesuitas

disciplina y la obediencia al superior, el romanismo o fidelidad al Papado por encima de la lealtad política a la propia Corona (ese es el motivo de tanta expulsión de jesuitas en diversos países europeos y americanos), la preocupación mediática o control de la enseñanza y de todas las vías de aprendizaje, la trascendentalización del monopolio de los confesionarios conscientes de la importancia del control de las conciencias, novedades formales como la ausencia de hábito propio (San Ignacio solo los instó a que vistieran la sotana de los clérigos honestos del lugar donde estuvieran, eso sí, de color negro) o el abandono de la práctica del coro”.

Pero hay más características jesuíticas: y podríamos empezar por: 1/ la negativa a la mendicación, lo que no les impide pedir, no limosna sino herencias a ricachones y sobre todo ricachonas, garantizándolas que tal acto de caridad les avalará una eterna estancia agradable en el cielo. 2/ la hipocresía, la untuosidad para lograr sus fines, y no hay más que leer la que derrocha el P. de Kern con Sebastián; además, esa hipocresía les hace decir acá esto y allá lo contrario, según conveniencia; tal cosa parece contradecir un tanto su militarismo, pues el militar suele ser hombre de palabra… excepto cuando da un golpe de Estado y traiciona sus juramentos. 3/ el sadismo, a veces, aunque eso depende más de los individuos que de la propia entidad. 4/ las condenas al ostracismo y a la reclusión de los compañeros que, por cualquier motivo, pueden ser sospechosos. 5/ los recelos de todo, porque funciona lubricadísimamente la maledicencia, el chismorreo (que según ellos no es tal sino obligación de denunciar las malas tendencias del compañero), así como los malos pensamientos allí donde no hay, por definición, sino pureza: en la infancia. 6/ la insistencia en esa pureza que se sitúa exclusivamente en la entrepierna masculina, porque la femenina se da por sentada, como si eso fuera un dogma inamovible e incomprobable. Y por último, aunque hay más que no se me ocurren, 7/ esa máxima siniestra y, curiosamente, también leninista: el fin justifica los medios.

Todo esto no es sino forma de mostrar cómo, al igual que cualquier institución civil, militar o religiosa, la Compañía de Jesús tuvo y tiene aspectos muy negativos y otros positivos y eso es consecuencia de sus contradicciones en lo pregonado que antes señalé.

Misiones en Latinoamérica. Jesuitas en la aldea de los Tapuyos. Cuadro de Mauricio Rugendas

No podemos olvidar el papel que tuvieron en las Fundaciones del Paraguay, Brasil, Uruguay y norte de Argentina, papel civilizador y organizativo estupendo. Y también: mientras las misiones jesuíticas de predicación en la España del XVII pregonaban el pecado y los terribles tormentos del infierno, en China respetaron e incluso promocionaron los días dedicados a Confucio y se negaron a representaciones sangrientas de la crucifixión de Jesús para no ofender susceptibilidades de posibles conversos, por interés y productividad, claro.

En AMDG, hay un capítulo llamado Fronti nulla fides en el que Telva les burres, la madame de una casa de lenocinio, o como la llama Pérez de Ayala, la “celestina”, acude al colegio de los jesuitas para ser reconvenida por las damas de sociedad, o “madreselvas”, como son denominadas por los Reverendos Padres, por una monja, Sor Florentina, y el por P. Olano, el prototipo junto al P. Mur de esa hipocresía malvada. Acaba la escena en un viejo chiste, que es el recordatorio irónico a las damas de que sus respectivos padre y marido suelen ir por la casa comportándose como auténticos caballeros. Solo le faltó a Pérez de Ayala poner en boca de la meretriz aquello de “y a todo esto, cuán caro se hace de ver por nuestra casa su paternidad”, para acabar con la guinda sobre el pastel. Quizá no lo escribió por un prurito de autocensura. Ese intento de intervenir en la vida, no solo religiosa sino moral y política de las ciudades o lugares donde vivían, es otro componente importante de la Compañía de Jesús y en ese capítulo que, aparentemente carece de contacto con lo demás, lo confirma. Y digo que carece de contacto pero claro que lo tiene para demostrar ese intervencionismo, y narrativamente funciona como las novelas dentro de la novela al estilo cervantino, lo mismo que el episodio de Ruth, la inglesa.

En Sebastián Roch, el P. de Kern abusa del protagonista y este queda sumido en un estado de estupefacción y desesperanza producto, sí, de la humillación y del asco, pero también de haber roto esa pureza de la que tanto hablan los curas. Sin embargo, el jesuita no tiene sentimiento de culpa alguno. Luego, la explosión de Sebastián ante el P. Marel contándole todo lo sucedido, y su silencio, o mejor dicho, el silencio del Rector, que es informado por Marel puntualmente sin que haga nada contra el acosador, da una idea clarísima, primero de la hipocresía que impide que se reconozca el pecado por miedo al escándalo, sin recordar el fragmento evangélico en Lucas 17 1-6 sobre la corrupción o la provocación de escándalo en “uno de estos pequeños”, y segundo de la obediencia militar en el seno de la Orden, obediencia que más parece la de marines norteamericanos, auténticas máquinas de matar después de haber sido sometidos a entrenamientos, maltratos y humillaciones sin fin, que la de civiles, aunque sean religiosos, cuya única obediencia debería ser, según sus reglas, a Jesús y al Papa, pero como el representante inmediato de este es el Rector de la entidad o el Provincial, todo queda justificado y en casa. Sebastián ya había perdido la “pureza” con su amiguita del

Actual colegio de preparatoria San Francisco Javier de Vannes, Francia

pueblo de Pervenchères de una forma absolutamente infantil, o al menos ese es el remordimiento que de continuo saca a relucir el pobre cuando es aleccionado por los jesuitas sobre los pecados de la carne, pero su experiencia con el P. de Kern es algo mucho más allá. En el fondo, lo primero son juegos de niños producto de la curiosidad de unos por otros. Lo segundo no, lo segundo es perfectamente adulto para el cura, no para el niño, y eso es lo que le asquea. Pero al mismo tiempo, siente una inclinación, un gusto que años más tarde le hace sufrir sueños dolorosos y placenteros todo a la vez.

En AMDG, el enfermero hermano Echevarría toca a los niños cuando les tiene que tentar la barriga para ver si padecen empacho o cualquier otra afección. Bajando, bajando, alcanza la “punta de la barriga”, como dice Pérez de Ayala evocando a La Celestina, de Fernando de Rojas. Bertuco, que también acaba siendo víctima de tal cosa, simplemente le aparta la mano y se aparta él mismo, aunque le consta que otros adolescentes, complacidos con el tratamiento, se han dejado hacer.

Curas

En la obra de Sawa, en cambio, ya he comentado que la única sexualidad existente es la del sadismo, más propio de las policías dictatoriales en sus interrogatorios que de un colegio de niños y adolescentes. En el capítulo V, titulado A muerte, la reunión de curas empeñados en la lucubración de castigos para Manolito cuando este huye del Seminario es un muestrario de monstruosidad, de perversidad que si no digno de sex shop especializada, sí es digno de manual de policía social o de Inquisición terrible, o de retorcida escena del divino Marqués de Sade. Porque para colmo, no solo se escapa Manolito del Seminario, sino con él cincuenta y cinco mil duros que la madre deja dispuestos en el testamento. Ahí ninguno de los curas tiene nombre, para acentuar más su inhumanidad. Curiosa es la comparación que los tres autores hacen entre los sufrimientos de los niños y los de Cristo en el Gólgota.

Y habré de volver a la teología, quizá porque es el cristal de aumento a través del cual mejor se verá la desviación de estos curas y jesuitas protagonistas, también, de estas novelas. Se sabe que los Mandamientos católicos son diez, de los que dos contemplan la sexualidad, el 6º y el 9º. El primero de ellos dice “No cometerás actos impuros”. Si siguiéramos los preceptos judíos, en los que están basados pues se extraen precisamente de dos de los libros de la Torah o Pentateuco, cometer actos impuros sería por ejemplo, comer cerdo o cualquier animal impuro como serpientes o lagartos, pero admitamos que la Iglesia ha reducido la impureza a los asuntos sexuales, en pareja o en solitario. Bien, son actos. Pero el 9º dice “No consentirás pensamientos ni deseos impuros”. Vale. ¿Quién puede dominar sus pensamientos o sus deseos? Eso ni siquiera está en la Biblia, ni en Éxodo 20, ni en Deuteronomio 5. Es un invento puramente católico, cristiano. Por supuesto, lo que hay que hacer es reprimir la puesta en acción de esos pensamientos, porque si, por ejemplo yo tuviera tendencias pederásticas y me gustasen las muchachitas de catorce años, el único camino es la autorrepresión de esas tendencias, mas no podré, claro está, impedir mis sueños con ellas. Ni en ese aspecto, el cristianismo oficial es humano. ¿Por qué? La respuesta la han dado algunos teólogos que sí han pensado en estas cosas un poco a contracorriente de la escuela ortodoxa (léase, por ejemplo, a María Tabuyo, presidenta de la Asociación de Teólogas femeninas de España). Según esos estrafalarios de la ortodoxia vaticana, el cristianismo que finalmente se impuso fue el paulino en lugar del que deseaba seguir la línea, por ejemplo, de San Pedro y otros apóstoles. Cristo perdonó en varias ocasiones a mujeres adúlteras, se rodeó de prostitutas y mala gente, pero insultó con rabia a los hipócritas (sepulcros blanqueados) y arremetió violentamente contra quienes hacían negocio a costa de la religión. Ni siquiera la Vulgata consiguió ocultar esto. Con razón la Iglesia, hasta el siglo XX, casi, no fue en absoluto partidaria de que los fieles leyesen y pensasen por su cuenta los textos sagrados. Ahora no les ha quedado más remedio, y no solo porque se quedan sin clientela sino porque no han tenido otra opción que aceptar el racionalismo, con toda la moderación que se pueda dar a este concepto. Además de que también ellos, con la escolástica aquinate y aristotélica aceptaron de entrada ese racionalismo que luego los ha fagocitado sin compasión.

Sin embargo, curiosamente, y ahora lo demostraré, se admite entre los jesuitas pasar del deseo a la realización del acto, lo que es el colmo de la doblez. Me explico: cuando el P. Olano, en AMDG, trata de violar a la inglesita Ruth Flowers, se quita el hábito. Esta inglesa es esposa de un ingeniero español que dirige las obras del puerto de Regium. No se sabe si es protestante o judía. El esposo, tanto como ella misma, es incapaz de manifestar su amor, de decir palabras cariñosas, de demostrar su deseo, y la mujer se siente incitada hacia la religión católica como consuelo por lo que interpreta como desamor. Pide consejo en el Colegio de jesuitas y le adjudican como iniciador al P. Sequeros, el místico que apenas tiene responsabilidades en la institución. Este siente un infinito amor sagrado por esa mujer, amor que en ningún momento se mezcla conscientemente con un amor profano pues el cura es un verdadero místico, un alma de Dios que además quiere con verdadero cariño a los niños internos en el Colegio. Pero en oración, exclama “¡Si supieras, Ruth, cuánto te amo, cuánto, cuánto…!”, frasecita que el hermano Cervino, un correveidile, escucha y entiende como hoy lo entendería cualquiera: que el P. Sequeros y la inglesita “se entienden”, pero tal conclusión es evidentemente falsa. Se lo denuncia al Rector, como es su obligación según las reglas de la Orden, y este aparta a Sequeros de la catequización. Eso sucede un día antes del bautismo de la inglesa. Cuando la novedad es comunicada a

Vicios privados, pública virtud

Ruth, se encalabrina y exige ver a su adoctrinador. Olano, que la atiende, decide que si una mujer se ha acostado fuera del matrimonio con uno, y es lo que él colige como toda la Congregación, se puede acostar con cualquiera, de modo que intenta violarla. Y es para eso que se quita el hábito. Ramón Pérez de Ayala, que se estudió bien las normas y autores que elaboraron las costumbres y reglas que rigen la Compañía de Jesús, dice literalmente en ese capítulo: “Así, Olano no ignoraba que el religioso que se despoja de sus hábitos, se hace ipso facto reo de excomunión; pero, el mismo aligeramiento indumentario se trueca en acto meritorio cuando, por no profanar las santas vestiduras, se realiza para fornicar, por ejemplo, o ir de incógnito a un prostíbulo, según concretamente se asegura en los Veinticuatro Padres, en la praxis ex Societatis Jesu scola, y en el padre Diana: Si habitum dimitat ut furetur occulte vel fornicetur. Ut eat incognitus ad lupanar”. Hasta aquí la cita. Bien. Alucinante. ¡Viva la hipocresía!, ¡que los sepulcros blanqueados se conviertan en modelos de moralidad y santidad!

Pero volvamos a la comparación de nuestras novelas aunque antes permítanme que me justifique: si traigo a colación estos ejemplos o estas anécdotas, por otra parte extraídas de los textos que nos ocupan, no es por animadversión, pues soy muy consciente de que muchas cosas han cambiado (desgraciadamente no todas), sino porque vienen a cuento de esta charla en la que se trata de analizar cómo los autores correspondientes critican, y en qué y por qué motivos, aquella educación. He sido profesor de enseñanza secundaria durante 33 años y sé que no todo puede ser palo, ni muchísimo menos, si bien tampoco todo puede ser zanahoria porque el fracaso es seguro, como ya está sucediendo. Por otra parte, soy exquisitamente respetuoso con los creyentes, al menos con los sinceros.

Y a pesar de todo, sonríen

Si les parece bien nos ocuparemos ahora de los alumnos compañeros de los protagonistas. Manolito, en Criadero de curas, solo tiene un amigo y de hecho es el único que, además de aquel, toma nombre y carta de existencia en el Seminario del que se habla. Con este Federico se da un episodio que clarifica la mentalidad católica que los curas, por un método absolutamente deleznable, trataban de inculcar a sus pupilos. Federico es castigado por ser el único de la clase que se sabe la lección. El cura lo justifica alegando que en el mundo, es decir, no en el Más Allá, deberán pagar justos por pecadores, pues a fin de cuentas ese es el espíritu del pecado original. Manolito se levanta y le dice al sacerdote que eso es injusto. La reacción de este es castigar a Manolito en lugar de a Federico, pero a este le mantiene otro tipo de castigo peor.

En AMDG hay porción de alumnos, aunque quizá el más simpático es Coste el gallego. Incluso aparecen las típicas trastadas de los niños en clase, que mientras unos jesuitas aceptan con bondad, otros castigan con maldad desproporcionada. Y los paradigmas de esto último son el P. Eraña, a quien se aplica el mote de Conejo, y el P. Mur, la bestia parda, o negra, de la novela, trasunto, al parecer, de dos jesuitas reales que impartían clases en el colegio de Gijón, los Padres Gutiérrez y González; de uno de ellos dice Pérez Ferrero, biógrafo del novelista, que “tenía proclividades de rata de alcantarilla”, y no olvidemos que los múridos son la familia de roedores que abarca ratas y ratones.

Una anécdota ilustra esto: Conejo está explicando la frase evangélica de que es más difícil que entre un camello por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos y exclama,

La carne es débil

¿de qué le van a servir al rico sus riquezas para ir al cielo?, ¿irá en coche?, ¿en ferrocarril rápido?, ¿montado en una bala de cañón?, y en ese momento, para coronar onomatopéyicamente la hipérbole artillera del jesuita, Coste suelta una ventosidad atronadora y explosiva. Los alumnos se ríen y el P. Conejo tiene que reprimirse la carcajada. En cambio, por asuntos menos graves, el P. Mur castiga obligando a algunos niños, por ejemplo, a meterse en el hueco del púlpito del refectorio, diminuto nicho en el cual caben retorciendo los miembros y del que salen al cabo de unas horas acalambrados y doloridos. De nuevo el sadismo, como en los otros dos textos.

En la obra del francés, la primera humillación que Sebastián recibe en la escuela procede de un compañero, el pequeño aristócrata Guy de Kerdaniel, a quien al final veremos muerto como oficial en la guerra Franco-prusiana. El primero y único que se le acerca con buenas intenciones es Jean de Kerral, con esa bondad impuesta de ayuda al débil pero que no tiene al lado auténtico afecto. De hecho, lo invita a su castillo (en ruinas, como ya he dicho) pero cuando le dice a sus padres que Sebastián es hijo de un quincallero, estos se niegan y él se lo comunica a su amigo sintiéndolo mucho pero viéndolo natural, presumible. ¡Pero con Kerral va Bolorec!, y este es el personaje más interesante de la escuela. Un nihilista que no hace caso de nadie, de clase pobre, aún más que el protagonista, que no demuestra perturbación por las humillaciones de los alumnos ricos, que siempre está tallando madera y a quien uno le augura un futuro entre los artistas impresionistas o expresionistas, si bien se ventea que resultará ser uno de los futuros héroes de la Commune de 1871, ya fuera del panorama de la novela.

Esta última novela es la única de las tres, como ya he anticipado, donde el narrador sigue las huellas del protagonista una vez salido de la escuela. Criadero de curas acaba con la muerte de Manolito, el niño protagonista. AMDG finaliza justo cuando Bertuco sale del colegio. Sebastian Roch es expulsado del San Francisco Javier y queda convertido en un “adolescente desorientado, desequilibrado, culpabilizado”, como cita el traductor en su introducción, a consecuencia de la violación. En AMDG el autor solo hace un augurio de las consecuencias de la terrible humillación como castigo que el P. Mur inflige a Bertuco: dice que no reirá más; eso resume toda una vida sin que sea necesario entrar en más detalles.

Castigos corporales. Pero lo peor son las humillaciones

Ya he hablado algo de los curas que pueblan los tres textos, pero insistiré porque hay algunas personalidades interesantes. En la obra de Mirbeau los hay con nombre, si bien aparecen tan poco que ni siquiera merece la pena consignarlos. Solo el P. Marel, el pederasta P. de Kern y el rector son dignos de mención. Como en AMDG los P’s. Eraña, malnombrado Conejo, y Mur, los franceses son paradigmas de la educación algo más relajada y de la basada en puro palo. Lo curioso es que, según mi experiencia, el asunto continúa siendo idéntico por muchos buenos propósitos que se plasmen en los llamados “Diseños Curriculares”, “Programaciones” o como quieran ser denominados hoy. En la secundaria, existe el buen profesor, capaz de captar la atención y provocar la curiosidad del alumno, y el mal profesional que, pues no existe hoy apenas el palo, solo castigan a los pupilos con la indiferencia y el cumplimiento apenas por encima de las obligaciones.

Con todo, quizá quien más humaniza a esos curas, porque los individualiza, hace que la espiritualidad o mentalidad o psicología de cada uno sea diferente y realmente novelística, es Pérez de Ayala. Y no porque les tenga más cariño que nadie. En el capítulo titulado Mirabile Visu los define así: “bestias negras y traidoras, hijas de la lobreguez y de la inmundicia, ratas y murciélagos enormes”. Y desde luego, siguiendo una no sé si justificada leyenda negra española, los hace sucios, con una ropa interior asquerosamente maculada, apestosa y remendada, no por pobreza, que también porque el P. Arostegui, Rector del colegio, destina todo el dinero recaudado a otros fines como la Provincia o Roma, sino por dejadez y adanismo.

Monasterio de San Zoilo en Carrión de los Condes, actualmente un hotel

Y en ese colegio, el del asturiano Pérez de Ayala, hay una personalidad interesantísima: la del P. Atienza. Es trasunto de Julio Cejador, antiguo profesor del colegio de San Zoilo de Carrión de los Condes donde estudió Pérez de Ayala entre los 8 y los 10 años, jesuita exclaustrado y filólogo de campanillas, que vivió en casa de su alumno Ramonín, autor de la novela que comparamos, cuando se salió de la Compañía. El ficticio Atienza es un intelectual de gran talla, un investigador. Athanasius Kircher también jesuita, lo fue y de órdago en el siglo XVII. Los jesuitas siempre tuvieron una gran formación cultural. En general, supongo que habrá excepciones, y nuestros autores las denuncian, o en cualquier caso no hay sino leer las críticas del antiguo jesuita Miguel Mir. Pues bien, Atienza se ríe de sus compañeros, los ridiculiza, “sin acritud”, como dicen los políticos, con la sana intención de que se percaten de sus pecados y defectos y los enmienden. Utiliza un ingenio finísimo, casi un wit inglés. Por ejemplo, al P. Mur lo llama Petrita, quizá por su empalago acompañado de su mala uva y de un cierto atildamiento. Amonestado, él mismo solicita el aislamiento en su celda dedicado a sus investigaciones. Pero cuando llega el momento de publicar su libro, consagrado al concepto de evolución (Darwin hizo mucho daño a los literalistas bíblicos), la Compañía le niega este derecho. Pues bien, decide escaparse y cuando el tío Alberto va en busca de Bertuco para llevárselo cuando este enferma a consecuencia de la humillación del P. Mur, Atienza, que había sido compañero de bachillerato de Alberto, se cuela en su coche y sale de estampía.

La pérdida de la fe en las víctimas de la mala saña o la mala gestión de los curas aparece en los tres libros, aunque en el de Sawa no da tiempo de mostrarla por cuanto el pobre Manolito muere de miedo. La aventura de Ruth, tras el intento de violación del P. Olano, continúa y nos prueba la gran capacidad narrativa de Pérez de Ayala. Al principio de la novela cuenta una anécdota sobre un tal Gonzalfáñez, uno de esos personajes que había en todos los pueblos españoles, ancianos, cascarrabias pero honestos a machamartillo, que suelen estar en contra de todo y de todos, y encima con razón. Pues bien, tras ese intento de violación, Ruth, cuyo marido ingeniero se ha suicidado, vaga por las “veredicas y pradezuelos” y es encontrada en estado de shock, y protegida por Gonzalfáñez, un ateo irredento, que no había vuelto a aparecer desde el principio y de quien uno pensaba ¿este qué pintaba ahí?, ¿no será un error del novelista?

Nada como la naturaleza para los niños (que no hayan nacido en el campo, en cuyo caso se aburren, como es lógico)

Otro aspecto a destacar y en el cual coinciden las tres narraciones consideradas es el papel sobre los niños o adolescentes de la naturaleza, la que han vivido de niños, antes de entrar en esos lugares donde se pretende los van a educar. Sebastián en su pueblo apenas jugaba con otros niños porque el mameluco de su padre se lo impedía por considerar que un futuro educando de los jesuitas no debía codearse con hijos de jornaleros, ganaderos o destripaterrones. Además es niño retraído y falto de cariño. La única relación que finalmente se le permite es con Margarita, hija de la encargada de Correos y huérfana de un general del ejército. Esos ascendientes sí parecen dignos de la fatuidad idiota de su padre. Los bosquecillos, los regatos de agua son el motivo de su nostalgia. Solo tiene una ilusión al llegar a Vannes, localidad donde está ubicado el colegio, relacionada con la naturaleza: ver el mar, y cuando al fin lo ve es un mar sucio, portuario, propio de una dársena o rada, maloliente y pringoso.

Bertuco, igualmente, siente morriña de los juegos y travesuras en su pueblo donde la ausencia del padre y la bondad del tío Alberto le permiten campar a sus anchas con apenas responsabilidades si no es la de acudir al colegio de Pilares, trasunto de Oviedo, donde el narrador reconoce que no ha aprendido nada si no es unos deberes hechos de cualquier manera y unos conceptos aprendidos de memoria e incomprendidos. También hay una

Clima desapacible en la Bretaña francesa

niña con la que Bertuco ha tenido ciertas iniciaciones, pero no debe de considerarse asunto trascendental si no es en la mala conciencia que los jesuitas tratan de inculcarle, porque no vuelve a aparecer en toda la narración. Hay algo que une, en lo que atañe a naturaleza, las historias de Octave Mirbeau y Ramón Pérez de Ayala: ambos colegios están sometidos a un clima desapacible, lluvioso, lleno de nieblas, fríos e indefiniciones.

Manolito, el niño que protagoniza Criadero de curas, no ha conocido esa naturaleza que tanto añoran los dos zagales anteriores, pero ha conocido a su madre. ¿Y hay mayor naturaleza que la que ellas nos prodigan con sus besos, sus caricias y sus achuchones? Y esa ausencia es lo que produce la melancolía del niño. De hecho, cuando muere a causa del pánico a resultas de encerrarlo en una especie de calabozo subterráneo, oscuro y lleno de ratas y arañas, como castigo por su intento de fuga, lo hace llamando ardientemente a su madre.

Por último, creo yo, o casi, quedan las fugas. Sebastián Roch no se fuga porque parece imposible. A él lo echan. ¿Por qué?, pues porque después de la corrupción a la que lo somete el P. de Kern, este quiere más pero se da cuenta de que el niño no consentirá, además de que corre el riesgo de ser denunciado, como en verdad ocurre. Aprovechando que lo ve salir con Bolorec de la desierta clase de música, los denuncia falsamente por cometer el pecado de sodomía que él comete en verdad, y ambos son expulsados. Tras ello, Sebastián, que vuelve a su pueblo, claro está, se encuentra con la regañina y posterior indiferencia de su padre, y con la impotencia para aceptar los requerimientos amorosos de Margarita que se ha convertido en una mujer. ¡La pobre!, uno llega a compadecerse de ella porque lo que pide es lo que le exigen las hormonas y su feminidad. Pero Sebastián ha culpabilizado el sexo, incluso el voluntario y sano, no solo el perverso. Finalmente, una noche en el bosque consiguen consumar para gusto de ambos, aunque a Sebastián no lo abandona el sentimiento de culpa, quizá porque él es incapaz, menos de hacer el amor, que de sentir amor. Casi inmediatamente después se declara la guerra Franco-Prusiana y Mirbeau aprovecha para darles un buen varapalo a los militares que complementará luego Kubrik en Senderos de Gloria, por ejemplo.

Gijón, o sea Regium

Bertuco no huye, es Coste quien huye e, ignorante del camino y miedoso de la tormenta, se despeña de noche en un acantilado. Bertuco enferma como consecuencia de que el sádico P. Mur lo obliga a lamer el suelo en un pasillo muy cerca de los “lugares”, eufemismo jesuítico para denominar los retretes, enfermedad que le hace rogar a su tío que lo saque del Colegio.

Manolito sí huye y es encontrado por un hombre de los muchos que lo buscan aspirando a la recompensa que los curas del Seminario han ofrecido por él. Como si fuera un delincuente.

Una coincidencia curiosa hay en las novelas del normando y del asturiano: Bertuco y Sebastián escriben un diario hacia el final de la novela, un diario inacabado en ambos casos y que es un intento por parte del autor de acercarse más al espíritu de los protagonistas. En este último, además, hay reflexiones que podrían atribuirse a Nietzsche.

Solo queda recomendarles la lectura, especialmente de estas dos recién aludidas, pues la de Sawa adolece de poca calidad, para disfrute y conocimiento. Respecto a los sacerdotes, debería ser, justamente, lectura obligada para saber aquello en lo que hasta ahora han fallado y, al estilo irónico del evadido P. Atienza, puedan purificarse de sus pecados. Y en lo que atañe a profesores, también les exhorto a leerlas para evitar barbaridades, pero en la clara conciencia de que los competidores que hoy tiene la enseñanza son múltiples, y se llaman: móviles, televisión, internet y la poca consideración social que en la actualidad tiene la enseñanza reglada como fuente de sabiduría. En lo que afecta a las autoridades educativas solo sería necesario una cosa: que piensen, nada más, con eso bastaría. Gracias.

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Amistad. Homenaje a Ismael Ramos

Hay personas cuyo trato no solo enriquece sino que, además, lo hacen sentir a uno algo, alguien. ¿Alguien especial?, con toda probabilidad. Alguien que cuenta.

POrtada de Musicotramas, de Ismael Ramos

El pasado martes estuve en la presentación de un librito llamado Musicotramas, de Ismael Ramos. Según aseguró el autor, el título debería haber sido Musicodramas, pero se le fue el dedo y cambió la d por una t. En la sala del Centro Artístico de Granada, además de un buen número de amigos, estaba la hija de Ángel Barrios, guitarrista y compositor granadino (1982-64). Esta señora tuvo como padrinos de bautismo a Manuel de Falla y a su hermana María del Carmen. En fin, una auténtica muestra de la historia de la música granadina, pues su padre fue también muy amigo de Lorca y colaboraron en composiciones, como por ejemplo en un ballet sobre el poema Preciosa y el aire.

El librito es producto de una demanda que la Junta de Andalucía le hizo al autor para que hablase de unos cuantos músicos, en este caso 10, andaluces. Se trata de dramatizaciones sobre la vida y obra de esos compositores o intérpretes, como si ellos mismos, o a veces un simple narrador y una narradora, intervinieran desde el pasado con voces de hoy. Pudiéramos decir que es teatro radiofónico, y realmente, algunos de esos diálogos fueron grabados por los integrantes del grupo  Histrion, e Ismael nos deleitó con fragmentos de esas grabaciones en lugar de leer él mismo su obra. Lo gracioso es que el libro lleva música incorporada. O casi. En mitad de esas pláticas, que a veces implican, como ya he dicho, al mismo músico de quien se habla, se citan composiciones de tales autores y en nota al pie se hace referencia a ellas, con lo que el lector puede acompañar el deleite de esos coloquios con la audición de esas músicas que con facilidad pueden encontrarse en Spotify o cualquier otra plataforma musical. Una joya que presenta a diez personas: Zyriab, Francisco Guerrero, Luis de Narváez, Isaac Albéniz, Manuel de Falla, Ángel Barrios, Joaquín Turina, Francisco Alonso, Andrés Segovia y Manuel Castillo, hablando personalmente o referidas a ellos, todos andaluces aunque Zyriab nació en Bagdad e Isaac Albéniz fue catalán, mas su música es tan andaluza, española e internacional que podría llamársele cataluz, como quien esto escribe.

Trío Albéniz. El del centro es Ismael Ramos. A la derecha, José Luis Recuerda a la bandurria, y a la izquierda, José Armillas, guitarra

Por desgracia el libro ha sido publicado en versión no venal, es decir que lo ha editado el propio autor, imprimiendo unos cuantos ejemplares que se agotaron en la presentación. El precio era la voluntad, innegable forma de manifestar su anarquismo y su generosidad. No creo que nadie se lo llevase sin pagar algo: “a cada uno según sus necesidades, cada uno según sus posibilidades”. De manera que esta vez no hago la reseña para que mis lectores lo compren, aunque siempre pueden tomarse el trabajo de localizar a Ismael Ramos por internet, que está y mucho, pues es el laudista del trío Albéniz, uno de los mejores conjuntos musicales de España (bandurria, guitarra y laúd), y pedirle que lo reimprima y se lo envíe. Os aseguro que es una experiencia, indudablemente musical, pero también literaria, pues por ejemplo, el diálogo que plantea sobre Falla, repasando en él los cuatro elementos: agua, fuego, tierra y aire, es de antología y merecedor de ser el fruto de la pluma de un experto y vigoroso literato, capaz de expresar la belleza en las palabras de idéntica forma que es capaz de expresar la belleza en la música. Ismael es un artista integral y puede atestiguarse: músico (también ha sido y es compositor), literato, diseñador, teatrero (director y autor).

Abogado, porque también tiene esa carrera, lo es del sindicato libertario granadino. Profesor de secundaria, por descontado de música, si bien contemplando la agonía de esta asignatura, ha decidido pasarse a historia tras aprobar la correspondiente oposición. Lo he

Portada de la lujosa edición de la ópera La pájara pinta, música de Elizalde y libreto de Alberti, edición que corrió a cargo de Ismael Ramos

visto ser abordado en la calle por una jovencita quien, saltando de alegría, lo saludó como el mejor profesor que ha tenido nunca. Colaboró en la edición de la ópera basada en La pájara pinta, de Alberti, con música de Federico Elizalde e incluso dirigió a la orquesta en los ensayos. Publicó una biografía sentimental-musical de Ángel Barrios. Si tuviera barba y el pelo largo y lacio, parecería una reproducción de Leonardo da Vinci, pero no: es calvo y barbilampiño o casi.

¡Ah!, y también es patafísico. Diréis, claro, es de tu mismo club. Ya quisiera yo pertenecer a su mismo club, el de las buenas personas, el de quienes saben hacer bien lo que hacen y con eficacia, y darse a los demás sin esperar nada, ni siquiera reconocimiento en el más allá. Porque sobre todo es un gran ser humano, como le decían a Henry Miller. Un gran ser humano.

Le pedí que me acompañara con su música en la presentación de mi libro Piano en pájaro, serie de poemas en prosa sobre el tema de la música, que se hará en el CALC granadino el 11 de octubre de este año. Se despendoló. Vista su predisposición y abusando, le he pedido que además me lo presente

Dos pájaros para un piano. La amistad honra, y algunas más.

con sus palabras. Aceptó porque cuando un amigo le pide un favor, corre. Al menos cuando un amigo lo es de veras. Ismael no es un pánfilo, por supuesto (en el sentido etimológico de esta palabra: pánfilo es el que se enamora de todo o le gusta todo).

Al principio dije que hay personas que lo hacen a uno sentirse alguien. ¿Entendéis ahora por qué? Quizá otro con sus logros habría degenerado en engreído. La excelencia siempre es humilde. No todos los humildes son excelentes, pero sí es cierto que aquellos que no lo son dejan mucho que desear en excelencia. Seguro.

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Pequeños tratados, de Pascal Quignard

Caja con los dos tomos de Pequeños tratados, de Pascal Quignard

Hay libros que se le quedan a uno plasmados en el cerebro como un sello en una carta: hay que romper el sobre para poder coleccionar el sello. Hay lecturas veraniegas que impresionan, y no porque en verano tenga uno más tiempo de leer: para mí siempre son vacaciones a estas alturas de vida. Tampoco porque sean ligeras e intrascendentes, apropiadas para leer en la tumbona tostándose al sol como lagarto sin hambre. Sino porque son estupendas, y cuando me encuentro con ellas, tanto si son estivales como invernales, me gusta comentarlas aquí para poner en común con los amigos aquello que me ha sorprendido y golpeado, siempre en el sentido metafórico del verbo. Exactamente igual que cuando uno conoce a una persona de la cual se enamora: apetece presentarla a los amigos, si estos lo son de veras, para mostrarles no los éxitos sino la suerte.

No sé si habréis visto la película a la cual puso música Jordi Savall, Tous les matins du monde, Todas las mañanas del mundo en la que se hablaba de la conflictiva relación entre Monsieur de Sainte Colombe, violista, y Marin Marais, también intérprete de la viola da gamba. La película aprovechaba la coyuntura de ese vínculo de profesor-alumno para hablarnos de lo puritanos y ascetas que eran los adeptos a las ideas que difundieron Cornelius Jansen, Jean Duvergier de Hauranne, abad de Saint Cyran y más conocido por el mismo nombre del monasterio que regentó, y Blaise Pascal, es decir las críticas a la Iglesia romana emergidas del convento de Port-Royal durante aquel siglo XVI tan rico en

Escena de Tous les matins du monde, película de Alain Corneau

esas censuras a una Iglesia que se había convertido en lo contrario de lo que predicaba. Pues bien, esa película se basaba en la novela homónima de este mismo Pascal Quignard del que aquí comento esta nueva obra.

El libro se presenta en dos tomos metidos en una cajita hermosa, es decir que nada más la presentación ya es atractiva aunque la ilustración de la portada nada diga. Pero empezad a leer y veréis. Es una miscelánea de artículos o ensayos. Por eso nombra varias veces a Michel de Montaigne, porque seguramente en esta obra se inspiró en su paisano. Trata de la lectura en sí, de lo moderna que es, por extraño que hoy nos parezca, la lectura para sí, sin vocalizar las palabras o hacerlo con llaneza en voz alta. Trata de los libros, de la historia de ellos desde los volúmenes, que en Roma eran los rollos de pergamino o papel y de ahí el nombre, volumen que viene del verbo latino volvere, hasta el libro propiamente dicho que nace

Pascal Quignard

antes de la imprenta. Habla de personajes europeos extraños por desconocidos pero que marcaron la historia. Y todo con un estilo impecable, pues la traducción, cuidadosísima, de Miguel Morey, se lee con la fluidez de la buena prosa.

Estoy de acuerdo con la reseñadora Azahara Alonso que en la página web de Ámbito cultural asegura que son fragmentos. Cierto, pero la palabra fragmentos da la sensación de inacabados o faltos, de pedacitos que sí, se complementan entre ellos pero que hay que organizar como si de un puzle se tratara. Estos fragmentos valen por sí mismos como los añicos que quedan tras la rotura de un espejo: cada uno puede reflejar la realidad exactamente igual que el espejo entero, solo que el reflejo será tanto más pequeño cuanto más pequeño sea el trozo. Esa sensación de la realidad fragmentada, de poder apreciar un todo desde una pequeña parte de ese todo, es quizá la descripción mejor de este libro.

Son aspectos secundarios, digamos, de la historia, con personajes desconocidos para el común. Y ejemplo de ellos son Pierre Clement, traductor al latín de la obra de Blaise Pascal. Sinesio de Cirene y el invento de la excomunión, artificio que sirve para lo peor que le puede ocurrir a alguien que tenga muy interiorizado el concepto de la pertenencia a

Étienne de la Boétie y su Discurso sobre la servidumbre voluntaria o Contra el uno

grupo: la expulsión de su comunidad. Étienne de la Boétie, íntimo amigo de Montaigne, que le dedicó su ensayo Sobre la amistad y que fue autor de un librito también recomendable, muy recomendable, que es el Discurso sobre la servidumbre voluntaria, primer estudio sobre lo nefasto del poder unipersonal, y por ende, primer estudio sobre la Divina Acracia.

La editorial Sexto Piso ha recibido innumerables alabanzas por esta edición, por otra parte muy cuidadosa, aunque el precio es elevado y merece la pena practicar el préstamo. Yo de momento ya se lo he prometido a mi amigo Ignacio a quien le puede interesar mucho pues es intelectual de talla, anticuario y librero de antiguo. De veras, es de esos libros que merece la pena leer y, si gusta, que gustará, comprarlo porque puede ser de esos que se tiene en la mesilla de noche para relecturas salteadas.

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Tour por los Países Bajos II

Continúa la crónica de ese viaje. Lo dejé saliendo de Ámsterdam.

La Haya. Tribunal internacional de Justicia

Den Haajjjjjj. Así fuimos despertados de la modorra autocaril al llegar a la ciudad de La Haya, cuyo nombre en neerlandés, Den Haag, se pronuncia exagerando bastante la guturalidad, según lección de Roberto el guía (Führer en alemán, aunque él aseguraba que por eliminar asimilaciones, a los guías turísticos se les llama Reiseleiter). A menudo no sabíamos si estaba de cachondeo o en serio. La llama de la paz frente al Palacio de Justicia Internacional: ver el lugar donde fueron juzgados Mladic y Karadzic, los asesinos serbios de Srebrenica y Sarajevo, emociona aunque no quieras, pues toda condena se queda corta.

En Delft no encontramos el amarillo Vermeer si no fue en reproducciones de sus cuadros, porque los cuadros de este pintor no están en Delft. Sí resultó interesante ver ambas iglesias, la Nueva y la Vieja, aunque a la terminación de ambas las separan solo 80 años, al

Vidrieras de la Iglesia Nueva de Delft

parecer. No subimos a la torre de la Nueva, Nieuwe Kerk, la más alta, porque la artrosis nos impide subir torres ni escalar Everestes.

Róterdam fue tan bombardeada que apenas quedó nada en pie. Era un puerto de abastecimiento y los nazis lo querían para sí. Luego fue un puerto de abastecimiento alemán y los aliados también lo bombardearon.  Las historias bárbaras de la Segunda Guerra Mundial quedan aquí en el aire. Acaso mientras las recordemos, las evitaremos. Lo triste es que ciertos idealismos que disfrazan al humano de lo que no es, hagan repetir aquello; eso sí, revestidos de muy buenas intenciones. Porque no se puede negar que los nazis tenían buenas intenciones: deseaban devolverle al pueblo alemán el orgullo arrebatado, no solo por la derrota de la Primera Gran Guerra sino resarcirlo y liberarlo del nefasto e irreflexivo Tratado de Versalles.

La entrada en Bélgica fue adornada por el himno nacional belga. Roberto es asturiano pero nacido en Bruselas. Las emigraciones siempre han sido buenas. Ahora parece que no tanto. Todos tenemos miedo, y resulta que cada uno ya no es dueño de su miedo. El caso es que empezó a hablarnos de Leopoldo II. Además de genocida en el Congo, era partidario de la grandeur antes de que la inventara De Gaulle. Mientras los holandeses,

Estación central de Amberes. La obra a lo grande de Leopoldito II

muy calvinistas ellos, no demuestran ni demostraban su poderío económico con alardes publicitarios, Leopoldito, como lo llama el guía, era partidario de mostrar al mundo lo rico que era el país, pequeño solo en tamaño. La estación central de Amberes es muestra de esa ostentación. El paseo hasta la Plaza Mayor (Grote Markt) nos permite ver la catedral por fuera: había oficio religioso o no tenían ganas de dejarnos entrar. En la Plaza Mayor, la estatua dedicada al centurión que cortó la mano al gigante que hacía pagar por pasar por el río Escalda y al que no pagaba, a su vez le cortaba una mano. La colosal extremidad fue arrojada al río por el bravo centurión. Es lo que tienen los grandes ejércitos, como el romano, que no hay quien les pueda. Mano por mano, no está mal. El caso es que según la leyenda de ahí proviene el nombre de la ciudad: Ant, mano y Werpen, arrojar, es decir, Antwerpen. De estas chorradas se entera uno por internet, y hay que hurgar, o porque el guía es un tipo en condiciones.

Plaza Mayor de Amberes

La llegada a Brujas, espectacular, porque Roberto nos llevó de paseo solo a quienes no estábamos demasiado cansados, para ver la Plaza Mayor iluminada. Brugge, que es su nombre en flamenco, o sea en neerlandés (la u es como la u francesa), ya que Bélgica tiene dos lenguas diferentes: el flamenco y el valón, el primero holandés y el segundo francés, Brugge quiere decir puentes, o puertos de atraque, nada que ver con esas elementas montadas en escobas. Tenía un canal natural de unión con el mar y en el siglo XVI los sedimentos lo cubrieron, de modo que dejó de ser lugar de comercio. De todas formas, les dio tiempo de inventar la Bolsa, lugar donde se negocia el precio de compra y venta de mercancías. Roberto, hombre sabio en anecdotarios curiosos, nos contó que en la ciudad había una posada de cierto donaire llamada La Bourse, y los comerciantes decían a sus familiares que se iban allá, a La Bourse. De ahí el nombre. Hay historias más creíbles, pero esta es bonita y si non é vero, é ben trobatto.

Brujas. Uno de los innumerables rincones fantásticos

Brujas es una ciudad de cuento fantástico. Se ha conservado casi abandonada desde aquella debacle, de modo que los edificios, o cuanto menos la mayoría de ellos, son producto de la abundancia económica y de la despoblación sin que el deterioro sea excesivo. Hay incluso un beguinato. Las beguinas eran mujeres que, sin querer meterse a monjas, ingresaban en tales instituciones donde formaban lo que hoy llamaríamos una cooperativa. Era una forma de no correr peligros que hoy nos parecen horrorosos pero que durante muchos siglos fueron normales.

La Madonna de Miguel Ángel. Se la encargaron, luego no la quisieron y un comerciante flamenco la compró para llevársela a su pueblo: Brugge

No logramos ver la Virgen tallada por Miguel Ángel porque llegamos media hora antes del cierre y ya no vendían tickets. Tampoco es muy inteligible por cuanto en esa semana final de abril no había tanto visitante. Sí vimos el museo Groeninge, que tiene una hermosa colección de pinturas flamencas. No es un museo que agobie, prudente pero hermoso. La sorpresa vino en un bar. Ya nos había hablado Roberto de las cervezas belgas (cerveza, chocolate y cómics, son las grandes producciones belgas). Las trapists son cervezas hechas por los monjes, y son las mejores. Por el colocón que me produjo una, puedo garantizarlo. Pero llegar a un bar, tratar de pedir dos cervezas trapists y que el camarero te responda sin que te enteres de un cuerno (tampoco se expresó en francés, si es que conocía esa lengua) y que el cliente en la barra levante la cabeza y te diga en español si necesitas ayuda, es reconfortante. Un técnico, me pareció entender, que había vivido varios años en España enviado por su empresa. Lo invitamos a la suya, naturalmente. Eso sí lo entendió el camarero.

El problema de estos viajes es que son un aperitivo, solo un aperitivo: te dejan las ganas de volver y ver más porque siempre te quedan cosas por ver: no da tiempo de todo. Pero está bien. Con la experiencia quizá volvamos, no es tan difícil hacerse entender. De hecho, no vimos Lieja ni Utrecht, que están muy cerca en tren de Ámsterdam. Siempre y cuándo, claro, no te saquen del vagón con prisas y cambies sin saber muy bien a dónde te llevan.

Gante. Castillo medieval de los condes de Flandes

En Gante nos sorprendió el castillo medieval. Pero nos quedamos con la boca abierta dentro de la catedral de San Bavón (el juego de palabras con San Bobón era inevitable, aunque el tal Bavón resultó ser un jefe bárbaro que se convirtió e hizo convertir a todo su pueblo; normal entonces; la Iglesia, muy hábil, lo canonizó por política) y fue por la amabilidad de nuestro guía y por lo que nos recomendó ver. Aseguró que en una pequeña dependencia había un cuadro hermosísimo de Jan van Eyk a quien ayudó esta vez su hermano Hubert. Justamente, me llevé para lectura durante el viaje Los reconocimientos, de William Gaddis, un posmoderno norteamericano. En esta novela, a uno de los personajes le encargan falsificar un cuadro firmado por Hubert van Eyk de quien no se ha conservado nada pintado si no es la colaboración con su hermano en esta Adoración del Cordero Místico. Casualidades. Pues bien, el guía quería decir que, mientras el resto veían la Iglesia, quienes estuvieran interesados podían ver el cuadro, pero nosotros entendimos que podríamos verlo a la salida. Cuando vimos que el grupo salía de la iglesia, se lo dijimos. Nos señaló unos árboles y dijo que allí llevaría al personal

La Adoración del Cordero Místico, de Jan y Hubert van Eyck

a visitar a “Madame Pipí”, y mientras, nosotros podíamos ver el cuadro. Nos esperó. Un detalle de agradecer.

Si en Vollendam comimos arenques, en Brujas y en Bruselas había que comer frikandel. También os digo que como el gazpacho o la paella, nada. Los arenques sí están buenos. Para el frikandel, prefiero la botifarra amb mongetes. Pero bueno, donde fueres, haz lo que vieres.

Desde Bruselas vimos Lovaina, Leuven allí, que es ciudad universitaria y con algún barrio antiguo bonito. Hartura de caminar. Ante un edificio muy hermoso, creo recordar que con dependencias universitarias, hay una enorme aguja con una enorme mosca pinchada. Cada uno que esculpa lo que le dé la gana: aquello quedaba allí como un Cristo con dos pistolas.

El Atomium. Como no había nadie que le aguantase las bolas, estaba a punto de caer, como puede observarse

Bruselas es punto y aparte, como Ámsterdam. Lo primero, el Atomium, como si fuera imprescindible. La verdad es que me hizo ilusión verlo porque mi padre me hablaba de él cuando se acababa de construir para la Feria Internacional, y me enseñó fotografías en el periódico. Yo tenía entonces 9 años. ¡Qué tiempo pasado! De la misma forma que determinadas novelas que en su momento fueron fastuosas, y sin embargo no aguantan años después una relectura (me pasó con Henry Miller; ya sé que blasfemo, pero es así), esta macroescultura arquitectónica no soporta bien una revisión. ¡Y eso que le acababan de lavar la cara, puliendo las esferas! Además, no soporté las fotos haciendo ver que aguantaban en la mano las bolas, como hay quien se la hace impidiendo que se caiga la torre de Pisa. ¡Que aguanten otras!

El Ayuntamiento, en la célebre Plaza Mayor, es un alarde de esculturas góticas. Entre ellas, como no, está la de Leopoldito, que se tuvo que poner en lugar visible: en una esquina; eso sí, no es gótica pero bien imitada. Odiamos las imitaciones y las falsificaciones. El sobrino y sucesor de este rey tiránico y asesino fue Alberto, muy querido por su pueblo porque en la Primera Guerra Mundial se metió en las trincheras con sus soldados, además de contestarle a los alemanes a su pedido de pasar por Bélgica para atacar Francia, que una nación no es un camino. En cambio, Alberto I no

Bruselas. Ayuntamiento. Pequeña muestra de la cantidad ingente de estatuas góticas y no tan góticas

puso su estatua en el Ayuntamiento de Bruselas, que tiene trescientas y pico, y no por miedo a las alturas pues en realidad, murió escalando las montañas del sur del país. Esa Plaza recuerda las Ramblas barcelonesas, la plaza del Callao madrileña o la Fuente de las Batallas granadina: un gentío, por todas partes, denso, impenetrable a veces.

Entramos en el Museo Real de Bellas Artes, aunque en realidad no vimos sino la exposición permanente sobre la vida y la obra de René Magritte. Mereció la pena. No están la mayoría de sus cuadros famosos porque seguramente están en USA, pero hay lo suficiente para impresionar. Además, han expuesto en vitrinas numerosa documentación, desde revistas dadaístas y surrealistas de la época hasta correspondencia personal. Y algunas de sus frases y opiniones escritas en las paredes, por suerte en francés. La que más me impresionó fue la siguiente: «La liberté, c’est la possibilité d’être et non l’obligation d’être», es decir «la libertad es la posibilidad de ser, no la obligación de ser». Sin comentarios.

La iglesia del Sablon y la Catedral son destacables, aunque lo que más llamó nuestra atención fueron sendos púlpitos grandilocuentes tallados en madera, con escenas bíblicas y horror vacui, es decir sin un rincón siquiera sin esculpir, allá donde la vista pueda descansar. También en la catedral de San Bavón de Gante había un púlpito semejante. Las

Bruselas. Púlpito de la Catedral, obra de Hendrik Frans Verbruggen

vidrieras son también hermosas. Junto a la iglesia del Sablon y por ser sábado, mercadillo de antigüedades. Cosas preciosas.

Por la tarde, muy cansados, decidimos subirnos a un taxi porque la estación de metro cercana al hotel estaba cerrada: a 200 m. del hotel está el edificio del Euractiv Brussels Office, es decir el lugar donde se reúnen los jefes de gobierno europeos, y ese día, cenáculo. Casualidades. Tampoco hubiéramos podido llegar bien porque no permitían acceso a pie, y hubiera sido un lío armados de un mapa a escala tan grande como el que teníamos. Al salir del hotel por la mañana, nos vimos obligados a coger el metro en Maalbeek, ¿os suena? Nada, donde ha caído una bomba ya no vuelve a caer otra, según la ley que rige los bombardeos.

Por otra parte y para colmo, aviso de bomba. Todos soliviantados, como es natural. Nunca sabremos si esos avisos son un infundio del poder para aumentar la seguridad, si son reales, o son producto de la llamada de ciertos gamberros que disfrutan sembrando el caos y el miedo. No olvidemos nunca que el miedo es el recurso del Estado, y si hay antisistemas que hacen esas cosas, están siendo más Estado que el propio Estado. En fin, el taxi no pudo entrar en el boulevard Charlemagne desde el sur, de modo que tuvo que dar una vuelta enorme para tomarlo desde el norte y dejarnos al otro lado de la calle del hotel Silken. 29 €. Una pasada. El taxista, un hombre mayor que fumaba dentro del taxi (no sé si es que eso está permitido en Bélgica), insultador de otros conductores (salopard, algo así como gilipollas, le escuché decirle al chofer de un Mercedes que quiso hacerse el listillo), tampoco llevaba a la vista el taxímetro. Pero al fin estábamos en el hotel y muy fatigados.

Foto de grupo en el comedor del hotel Silken de Bruselas. Es la despedida

Durante la cena se homenajeó al guía Roberto, que nos había conseguido un viaje grato e instructivo. Nos despedimos todos, intercambiando en algún caso tarjetas o números de teléfono para el whatsapp o correos electrónicos. Ha sido un placer, fue la frase más repetida. La verdad es que la gente bastante bien, cosa difícil cuando hay de todo como en botica. Algún incidente algo desagradable hubo, es cierto, pero quedó en tontería. El matrimonio canario, taxistas, las dos parejas vascas, los valencianos, uno de ellos, Jordi, escritor de relatos, las cuatro mujeres catalanas, una de ellas con 78 años aunque parecía sesentona, las dos parejas también catalanas, tarraconenses, entre ellos Ana que llamaba a mi Rosa su segunda mamá, el

Como concesión a lo popular, fotito de los protas en el Jardín del Mont des Arts de Bruselas

catalán casado con una italiana de Bologna, los pasteleros de Loja, pues resulta que nada más iniciar el viaje nos percatamos de que llevábamos como compañeros a paisanos de Rosa: los que nos venden los pastelillos blancos tan ricos, el matrimonio argentino, de Entrerríos, que me hicieron recordar a José Larralde.

El viaje de vuelta bien, gracias.

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Viaje-tour por los Países Bajos I

No fue un viaje infortunado a pesar de que lo que mal empieza, mal acaba. En el hotel de Madrid donde dormimos, pues el avión destino Ámsterdam salía muy temprano por la mañana, hubo un apagón de luz que duró más de tres horas. La ventaja es que nos fuimos a dormir muy temprano.

El grupo: no estamos todos. Éramos unos 30. En el centro y a la izquierda, con gafas claras y sonriente, el guía Roberto,

Siempre  odié ir detrás de un paraguas o un abanico. Cuando veo esos grupos de turistas siguiendo a un guía en manada, borreguilmente tras el cencerro, se me ponen los pelos de punta. Con todo, propuse a Rosa hacer un tour por los Países Bajos por la dificultad del idioma. Apenas farfullo tres palabras en inglés y tengo una soltura muy limitada con el francés. Ni te cuento del neerlandés. Por eso nos decidimos. Al principio, ir detrás del paraguas marrón de Roberto me deprimió hasta que me di cuenta de que bajo ese paraguas cerrado había un gran ser humano. Y lo de grande, en ambos sentidos. Nos tocó en suerte un guía que, no solo explicaba los lugares, sino que nos hablaba de historia (y no únicamente de reyes y duques, sino de la historia mínima, la intrahistoria, que decía Unamuno, la de las personas aparentemente sin trascendencia pero que les tocó vivir un tiempo u otro), conocía anecdotarios de lugares y barrios, nos habló de lingüística y se empeñó en que aprendiéramos los rudimentos de la pronunciación neerlandesa y cuatro expresiones, unas útiles y otras simplemente cachondas. Amenizaba los viajes en autobús, que allí no son largos, con ilustraciones que incluso llegaron a ser gráficas al aportar un mapa de Holanda hecho con un rotulador, para que comprendiéramos la estrategia de los diques (damm, en aquel idioma; ¿tendrá algo que ver con la cerveza barcelonesa?). Pues, ¿y el conductor del autobús?, un abulense llamado Enrique, que hablaba lo justo y siempre con amabilidad, paciente y de sonrisa fácil, aparte de habilísimo con semejante trasto, tan grande.

Esta fue la primera sorpresa grata. Lo que demuestra que no hay nada más tonto que el prejuicio.

Ámsterdam es populosa. En el Rijksmuseum pido two tickets a una señorita y le comento a Rosa que no vamos a coger audioguías. La señorita me responde en español. Me fijo y la tarjeta identificativa dice Lloveras. Catalana. Nos sonreímos y le hablo del alivio que uno siente cuando se escucha contestar en el idioma propio. Quizá es la invasión catalana al mundo. Cuando alcancen el desierto de Taklamakán habrán cubierto objetivos.

La novia judía, de Rembrandt

Vi en ese museo el cuadro La novia judía, de Rembrandt. Se ha dicho con insistencia que en esa pintura el artista representó a Miguel de Barrios y Abigail de Pina, hija de Isaac de Pina y segunda esposa de Miguel. La ilusión fue mayúscula por una razón: Miguel e Isaac pertenecieron a la Academia de los Floridos, tertulia de la que participaban también Isabel Rebeca Correa y su marido Nicolás Oliver Fullana. En la continuación de mi novela Ashaverus el libidinoso, Ashaverus el creador, convierto a esta Isabel Rebeca en verdadera autora del manuscrito del primer Ashaverus que cuenta la azarosa vida de Todros ben Virga, de modo que utilizo un personaje real, que en verdad era escritora y poeta y tradujo del italiano y en verso el Pastor fido, de Gian Batista Guarini. En esa continuación o segunda parte, hay otro manuscrito, este más buscado que encontrado, en el que Isabel Rebeca cuenta su vida y el amor que tenía por su marido Nicolás; en ella hablo de su gran amistad con Abigail de Pina (debió de ser cierta pues ambas pertenecían a la comunidad judía amstelodana, ambas estaban ligadas a la antedicha Academia y ambas sefardíes asistían a la sinagoga). Conocía ya el cuadro, por supuesto, pero la emoción fue grande.

Lo mismo que la emoción que sentí al entrar en la sinagoga o esnoga portuguesa sefardí de esa misma ciudad, a cuya inauguración en 1675 debió asistir Isabel Rebeca con 25 años. Y pasear por el barrio judío, el Jodenbuurt, del que no quedó casi nada en la II Guerra Mundial.

El Rosse buurt de Ámsterdam

El Rosse buurt, o Barrio rojo, me dejó un tanto indiferente. Es de esas cosas que si ya la has visto en televisión, te haces una idea. O cuanto menos esa es mi impresión. Roberto nos lo hizo patear a conciencia, tomando las calles en zigzag. No así los canales, nosotros que somos de secano, pues esos sí nos sorprendieron.

Ámsterdam está llena de casas inclinadas. Unas lo están porque han cedido los pilotes que sirven de cimentación. Otras lo son de fachada: las que así se ven es porque tenían almacenes en los pisos altos: si inclinan la fachada y ponen en lo alto una viga y una polea, se puede subir las mercancías sin que tropiecen en ventanas y enfoscados. Te fijas si te hacen reparar en ello o lo has leído en algún lado. Esos pilotes no han impedido edificar iglesias con campanarios muy altos. La mayoría son calvinistas, desnudas de cualquier imagen, pero también está la de San Nicolás, que es católica.

Se ha dicho mucho que en Ámsterdam hay muchas bicicletas y todo el mundo va en ellas. Es como decir que en Venecia hay barcas. Casi no les queda más remedio a causa de los canales y la estrechez de los espacios entre ellos y las casas, al menos en el centro de la

Bicicletero en Gante.

ciudad. Pero eso no obsta para que haya coches. La autovía que llega a la ciudad desde el sur tiene cuatro carriles en cada sentido. Pues bien, a primera hora de la mañana, atasco. Hay coches, y muchos. Tardamos veinte minutos en atravesar la plaza entre Sint Nikolaaskerk (el templo católico) y la Estación central de Ámsterdam en autocar: tranvías, autocares turísticos, coches. Eso sí, los carriles para bicicletas son absolutamente respetados, aunque si un peatón se despista puede ser atropellado por una bici. Hay que caminar con mucho cuidado, no por los coches o los tranvías sino por las bicis. Eso sí, el aparcamiento de bicicletas de la Estación Central recuerda al ejército de guerreros chinos de terracota de Xi’an.

Otra sorpresa importante fue la visita al gran dique que separa el Mar del norte del Zuidersee o Mar del sur, que gracias al dique se ha convertido en un lago de agua dulce.

Puente sobre la autovía que pasa sobre el dique. el horizonte es el del Mar del Norte y la estatua a la izquierda y lejos, es la de Cornelis Lely

Adornado, sí, con un viento exagerado que, como decía mi tío Joaquín, era mejor mantener la boca cerrada para que el viento no se llevase la dentadura postiza. La explicación de cómo fue la idea de Cornelis Lely, un gran ingeniero que fue ministro (¿pero no tenían que ser todos abogados, de forma que sepan mucho de leyes pero ni pajolera idea de todo lo demás?, ¿Spain is diferent?). Los trabajos que debieron hacer con medios rudimentarios y la solidez de la obra que ni siquiera los alemanes pudieron dinamitar. Cómo desalaron ese Mar del Sur simplemente porque las aguas del Rin limpiaron la sal, cómo muchos pueblos pesqueros se quedaron sin pesca (solo sobrevivieron las anguilas), y cómo el gobierno holandés de entonces proporcionó otras actividades económicas a aquellas zonas condenadas al paro y al hambre porque ya no podían dedicarse a la industria pesquera. ¡Jolín!, ¡un gobierno que sirve para algo!, ¡yo pensaba que no existían!

Volendam

El mismo día, Vollendam y Marken. Lluvia y frío. Pueblos bonitos, mantenidos para el turismo. Nos llama la atención que las casas de madera tengan un zócalo de ladrillo: esas casas de madera eran palafitos, y al desecarse el pólder, se ganó un semisótano. Quesos. Una granja. Compramos alguno y os garantizo que están buenísimos. Si ese es el precio que hay que pagar por este tipo de viajes (te llevan de visita a esta granja quesera y a una factoría de diamantes) porque agencias o guías cobran comisión por tal cosa, en el caso de los quesos merece la pena pagarlo. No es la tienda de suvenires repugnantes.

Los molinos conservados en Zaanse

Y los molinos, naturalmente. Me impresionó en especial la aclaración de Roberto: mediante esos molinos de viento (me temo que es inconcebible un Quijote holandés) aserraban a la perfección los maderos para la construcción de barcos, de forma que era rapidísimo construirlos, superando así con facilidad a la temible armada inglesa. El gran Michiel De Ruyter, almirante de esa flota neerlandesa, que protegía con eficacia a los barcos mercantes de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, inventores de la acción bancaria como forma de capitalización. Los viajes, para mí, no son solo hacerse fotos o ver iglesias o museos, ni siquiera ver lugares típicos; es conocer gente, sí, pero sobre todo, ver cómo viven y por qué otras naciones que tienen otra historia y otra costumbre. La historia de esas naciones es diferente; la gente también, pero cada vez nos parecemos más a causa de la dichosa televisión y la americanización de todo. Por eso es tan interesante la historia y la intrahistoria.

Luego, la subsiguiente explicación sobre el sentido práctico de los holandeses, gobernantes y gobernados, muy calvinistas ellos pero sin la bestialidad fundamentalista de Calvino que hizo estragos en Ginebra, encarcelando o ejecutando a todo aquel que no fuera de su honda o simplemente bailara o hiciera música que no fuera de iglesia. Los holandeses son más prácticos: calvinistamente saben que pocos humanos se salvarán en el Juicio Final, y lo más probable es que quienes se salven serán calvinistas. Desde luego, no serán papistas.

Sinagoga sefardí de Ámsterdam.

De modo que, quienes no sean calvinistas, como los judíos, que hagan lo que les venga en gana siempre y cuando no practiquen ningún proselitismo público. Incluso aceptaron, con reticencias, algún que otro católico (muy vigilados, naturalmente, para que no espiaran para el rey español). Ese sentido práctico ha hecho que semilegalicen, pues saben que no pueden impedirlo, las drogas blandas y la prostitución. De esta última se han quitado de encima el problema de los macarras, de la explotación y de la desatención médica, pues las meretrices pagan su seguro de autónomos así como impuestos, tienen Seguridad Social y percibirán una jubilación como cualquier ciudadano. No entramos en ningún Coffee-shop. Me temo que ver los cuadros de Rembrandt, Frans Hals, Vermeer, etc. ya es alucinante de por sí.

Para emoción fuerte la que tuvimos en la vuelta en tren, Rosa y yo solos, a Breukeleen. En primer lugar, aclarar que el hotel en ese pueblo se lo cambiaron a la agencia en el último momento. Está a 23 km. de Ámsterdam y es el origen del nombre del barrio neoyorkino de Brooklyn, porque los ingleses no sabían pronunciar Breukeleen (ese diptongo eu es como en francés y las dos es se pronuncian como una e larga). Bien, cuando decidimos visitar el Rijksmuseum y las sinagogas, el autobús nos llevó a Ámsterdam pero no pudo devolvernos, de modo que nos propuso el guía tomar un tren. Nos dio toda clase de explicaciones pero estas nunca son suficientes. De momento, no comprendimos cómo diablos funcionaban las máquinas expendedoras de billetes. Tuvimos que buscar la oficina donde se expedían personalmente. El empleado nos dice: andén 4B (imaginaos para un

Estación Central de Ámsterdam.

oído semivirgen en cuestiones angloparlantes cuando una voz rápida y un tanto gutural te dice foobi). Buscamos, encontramos y dice 4A, no 4B. Bravo. Preguntamos a un muchacho y nos dice en inglés que él es finlandés y ni puñetera idea. Vale. Por fin vemos dos paneles luminosos: uno decía Utrecht y Rotterdam, sin más, y otro lo mismo pero nombrando todas las estaciones y apeaderos. Evidentemente, eso quería decir que uno era directo y el otro se detenía hasta en Breukeleen. Nos subimos y empezamos a relajarnos. Con las mismas vemos que todo el mundo se levanta y sale del tren apresuradamente tras un mensaje de megafonía. ¿Qué podíamos hacer? Nadie sabía la hora que era, ni siquiera los empleados ferroviarios, pero al parecer no era bomba sino avería. ¡Uf! ¿Y ahora cuál pillamos? Por fin veo que en el otro andén (la estación se parecía mucho a la de cercanías en Atocha), el de los trenes directos, indica el nombre de todas las estaciones intermedias, Breukeleen y la estación que está al lado del estadio del Ajax. Me negué a seguir preguntando, nos subimos y que sea lo que Dios quiera. Llegamos. Menos mal.

Continuará la próxima semana.

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Al límite, de Thomas Pynchon

Portada de la novela Al límite, de Thomas Pynchon, editada por Tusquets

Ya en otras reseñas para este blog me preguntaba yo qué me da Thomas Pynchon que, con este, ya llevo tres artículos dedicados a sus novelas. ¡Y mira que es difícil de leer a veces! Quizá es eso precisamente: una reacción ante esa tan trivial y repulsiva imposición de la estructura antigua, y que hoy se consigna como imprescindible para la narrativa: lo lineal, lo sentimental, el sobado planteamiento-nudo-desenlace.

Al límite es novela recordatoria de las anteriores Vicio propio, Vineland o La subasta del lote 49. Novelas de investigación pero cuya pesquisa lleva a escasas certezas y sí a muchas teorías e incluso a paranoias, a obsesión pynchoniana con las conspiraciones del Estado norteamericano o de empresas íntimamente ligadas a él. Y ahí está lo curioso y original de Al límite: en ella, y después de muchas críticas por esa conspiranoia, el autor se ríe muy seriamente de sí mismo y de las conspiraciones. Novedad grande, porque si Cervantes se rió de las novelas de caballerías, anteriores a él y de las que él no escribió ninguna, Pynchon se cachondea de su propia obra al tiempo que de todos aquellos que lo han criticado.

Abarca la narración un año en la vida de Maxine, una judía neoyorquina madre de dos hijos que se dedica a investigar casos de fraude fiscal. Le han retirado la licencia por meter la nariz excesivamente donde no debiera, lo que le permite ir por libre. Todo sucede entre primeros de año de 2001 y enero de 2002, así que pilla en medio el atentado del 11 S. No es que todo gire en torno a ese horror, pero sí buena parte de la trama se refiere a él.

Investiga la protagonista a un empresario de grandísimo éxito en el terreno de la cibernética, Gabriel Ice, tanto en software (programas), como en hardware (soporte físico

Nueva York antes del 2001

de tales programas) y en inversiones extrañas y desviadas, protegiendo con dinero empresas y organizaciones por mandato indirecto, es decir organismos a quienes el Estado quiere favorecer pero sin mancharse, por lo que utiliza a particulares que hacen de intermediarios. El tema es viejo como la misma política, pero lo curioso es que Maxine averigua poco y desordenado.

Y esa es la gracia, que para algunos será desgracia, de esta novela: la trama y la cantidad de personajes es de tal complejidad que es casi imposible seguirla, y finalmente no se llega a conclusiones determinantes, sino a un monto de teorías y de posibles conspiraciones. Tal es el recurso que Pynchon utiliza para reírse de la paranoia ajena y propia: aportar tantos indicios de conspiración que todos parecen ciertos y ninguno de ellos plausible.

No debo entrar en detalles de los posibles contubernios que rodean, entre otras cosas pero principalmente a esta, al 11 S neoyorquino, de la misma forma que en novela de crímenes no debe el reseñista decir quién es el asesino (aunque siempre pueda ser el mayordomo). Sí queda claro que los negocios de Garbriel Ice que lo enriquecen en muy poco tiempo haciendo que nade en monedas de oro como el tío Gilito, no son limpios ni mucho menos.

Peral en flor

Este empresario queda eficazmente retratado en la escena callejera de la discusión tras el alejamiento de su esposa Tallis: inseguro, convencido de que sus abogados todo lo podrán porque todo lo puede el dinero, amenazando que se quedará con todo, y al comprobar que su mujer no desea arramblar con la mitad del capital, advirtiendo que se quedará con el hijo de ambos.

Los personajes, aunque muchos, están definidos, si bien insiste mucho más en los más principales, por descontado, quedando la mayoría de los otros en un marasmo de hackers, nerds, geeks, etc., todos frikis o chiflados de la informática, incluida en ella la programación, claro, y no solo el quedarse pegados ante la pantalla con un juego. El título inglés de la novela es bleeding-edge, que según especifica, y citando el contenido de la narración, el glosario de términos que al final se incluye es “una tecnología sin ninguna utilidad demostrada todavía, material de alto riesgo, algo con lo que solo se sienten cómodos los adictos a la adopción temprana de novedades”. Los motivos por los que se ha traducido como Al límite tampoco están muy claros, aunque hacia el final de la obra algunos personajes, y especialmente la protagonista Maxine, se encuentran así, al límite.

Ya sabéis

Supongo que si se hubiera titulado con el nombre original en inglés, tal cosa habría echado atrás a muchos lectores. Pero el título es explicativo: todo es demasiado nuevo e ininteligible, los diferentes contubernios propuestos no tienen “utilidad demostrada todavía”, pero son explicativos de que un Estado, y menos uno tan poderoso económica, política y militarmente en el mundo como USA, tiene mucho más parte oculta que a la vista, como un iceberg. Se dijo con insistencia que en las torres no había en el momento del atentado ni un solo judío. Este reseñista, extrañado, miró listas y pudo ver apellidos indudablemente judíos, pero por otra parte, los hebreos tienen fama de discutir siempre, de modo que si se hubiera corrido la voz, avisando del inminente atentado y del riesgo de muerte, al cabo de poco lo habría sabido hasta el último vendedor de salchichas de Manhattan. Tal vez pensando en ese rumor, Pynchon cuenta otro: puesto que los carritos de venta de café, donuts y cruasanes cercanos al World Trade Center eran propiedad, en su mayoría, de musulmanes, se dijo que ese día no había uno solo en las inmediaciones de los edificios gemelos. Esa es la risa de Pynchon. Lo que no quiere decir que desmienta nada, sino que se mofa de algunos extremos, puesto que la rumorología es a menudo ridícula. Basta escuchar en un barrio o en un pueblo lo que comadres y compadres dicen de fulanita o de menganito, y el mundo, en el que está inmerso Nueva York, es a menudo pueblerino.

El tipo que va con una cámara rodando (que por cierto se llama Reg, demasiado semejante a rec) es demasiado increíble para ser real: nadie lo ve y puede ser de lo más impertinente y cotilla con escenas de aparente confabulación en la que están implicados estamentos u organizaciones que superan a la CIA en perversidad y abuso.

Thomas Pynchon en una de las únicas fotos que se tienen de él. Ahora tiene 80 años.

En la novela entran, por descontado, muchos de los tics y características del novelista norteamericano. Maxine se mete en una especie de juego de ordenador, Deep Archer, en el cual, como en un programa de inteligencia artificial, personas vivas o ya muertas, hablan con ella, la llevan a lugares alucinantes o le proporcionan datos que pueden o no ayudar en su investigación; es decir, la ya tradicional y muy postmoderna introducción de elementos fantásticos tratados como si fueran la realidad más pedestre. La narración alterna el uso de los verbos en pasado con el presente, lo que distancia o acerca al lector según la intención del autor. Los diálogos tienen dos caras: por una parte son tan realistas como pudieran ser los de Hemingway (lo que tiene un gran mérito), pero al mismo tiempo Pynchon concede a sus personajes, especialmente a la protagonista y a su casi anciana amiga March, una ingeniosidad y una capacidad de improvisación en las palabras y en los argumentos, así como en los insultos, que no parece demasiado natural. Claro que, como March y Maxine son judías, igual ese wit inglés, ese ingenio es habitual entre los judíos neoyorquinos. La inclusión de palabras en otros idiomas, como el español, el yidish, el ruso o el italiano (que en la traducción española no incluye equivalencia, seguramente a imitación de la versión original inglesa, pero que ni falta que hace porque uno puede imaginarse lo que están diciendo o qué clase de insulto o improperio es la palabra usada) recuerda novelas anteriores de Pynchon como El arco iris de gravedad.

Maxine, Heidi, Vyrva, personajes de la novela, son hijas de aquellos hippies de los años sesenta, y ellas también, a su manera, son marginales a pesar de su vida cotidiana más bien burguesa, porque su obsesión con los ordenadores las lleva a meterse en terrenos resbaladizos que minan los aparentemente seguros terrenos de gubernamentales y capitalistas (la locución “capitalismo tardío” se repite innumerables veces). También los personajes de Vineland, La subasta del lote 49 o Vicio propio eran a su vez hippies ellos mismos o herederos y añorantes de aquellos tiempos.

Circuito cibernético

Otra característica de la práctica del postmodernismo norteamericano es la relación irónica con la tradición, y a eso me refería al hablar de los diálogos que son hemingwayanos al tiempo que antinaturales. Otra ironía grande es la preocupación maternal de Maxine por sus hijos y su seguridad, mezclada con su inconsciencia de meterse en secretos cuya investigación hace peligrar esa misma seguridad. Y por último la mezcla de la alta cultura (a los padres de Maxine les chifla la ópera italiana y han conseguido contagiar tal afición a sus nietos) con el rock ochentero y noventero más duro y ruidoso, así como con las baladas cuyas letras, no solo cita Pynchon, sino que a menudo se las inventa metiéndolas de rondón en el texto. Y aun una más: los encuentros casuales en ciudad tan enorme como Nueva York, difíciles pero que el autor los hace posibles y creíbles.

Podría acusarse a Pynchon de que se repite, de que hay asuntos que salen en todas sus novelas, o casi. Cierto, pero lo compensa con una calidad de prosa envidiable. Otro aspecto que hoy se valora mucho es la documentación para escribir algo (es una pregunta recurrente, ¿y te has tenido que documentar mucho para esto?), y en eso nada se le puede reprochar porque el novelista, o ha sido programador, hacker o algo peor, o se ha leído un montón de libros de informática, que por suerte entonces, en el 2001, no era tan compleja como hoy, aunque también tenía su carga de profundidad.

En fin, otra exquisitez que nos obsequia un hombre, que tiene ya 80 años, del que hay un solo retrato de cuando hizo la mili, al que nunca le darán el Nobel porque no aparecería ni a recogerlo ni en ningún medio de comunicación, al revés de tantos que solo buscan la fotografía, la televisión y la fama, y que tiene ya una obra consolidada, rica y osada. Tusquets, editorial de riesgo, no se reprime de publicarlo, lo mismo que no se reprime de publicar a un español que se mete en honduras literarias y que no responde a lo manido y “tumbonero” (de tumbona), como es Gonzalo Hidalgo Bayal. Léase a Pynchon y no apure no comprender alguna de sus partes porque lo importante de él es el conjunto.

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Qué sé yo de Patafísica o cómo adaptarla a los tiempos que corren.

Alfred Jarry antes de su última petición antes de espicharla: un escarbadientes

Alfred Jarry antes de su última petición antes de espicharla: un escarbadientes

De entrada debe saberse que la Patafísica fue inventada como nombre por Alfred Jarry, escritor francés de principios del XX que compuso la maravilla aquella del ciclo teatral sobre Ubu, que inaugura el teatro del absurdo y la ridiculización de realeza, aristocracia, milicia y burguesía. Pero no es ahí donde Jarry utiliza el palabro Patafísica sino en Gestas y opiniones del Doctor Faustroll. Citando a nuestro Rector Magnífico Ángel Olgoso, “Patafísica es una formación onomatopéyica a partir de sucesivas contracciones de epi ta meta ta physika, es decir, la ciencia que se sobreañade a la metafísica, extendiéndose más allá de ésta como ésta se extiende más allá de la física”. También es la ciencia de las soluciones imaginarias, o la ciencia que estudia las excepciones (si es que puede haber tal ciencia).

En los años cincuenta del pasado siglo nació en París el Collège de Pataphysique al que pertenecieron o pertenecen tipos como Umberto Eco, Fernando Arrabal, Boris Vian, Georges Perec, Raymond Queneau, Marcel Duchamp, etc.

En el 2007 se desoculta al fin el Institutum Pataphisicum Granatensis (ya sabemos que

Alfred Jarry montado en la bicicleta que nunca acabó de pagar

Alfred Jarry montado en la bicicleta que nunca acabó de pagar

debería ser, en puro latín, Granatense; pero así se consigue latinajo en lugar de latín; nada más patafísico que el latín macarrónico). Actualmente pertenecemos a él más de treinta Sátrapas Trascendentes. ¿Somos Sátrapas?, si no tenemos mando en plaza, ni poseemos harén, y ni siquiera arenque, ¿cómo vamos a satrapear? ¿Somos trascendentes? Si no somos ni necesarios, ¿cómo vamos a ser trascendentes?, pero lo importante y lo tradicionalmente patafísico es ponerse nombres rimbombantes. Existen cargos como la Secretaría del Departamento de Cábala Agnóstica, o el del Departamento de las nubes, los silencios y los eremitas, la Cátedra de Iconoplastia o la de Liricogénesis Despojada.

¿Es esto reírse de algo? Es esto reírse de algo. Aún hay entes mal llamados humanos que gozan con poseer una gerencia, una jefatura de Recursos Humanos, una subsecretaría o un ministerio, aunque sea de cosas totalmente inútiles. ¿Están pagados nuestros cargos? Están pagados nuestros cargos porque, a fin de cuentas, por mucho glamour y categoría que conceda un carguito, nada como un buen salario, y nada mejor que buenas mordidas. El Rector Magnífico, Ángel Olgoso, cobra tres trillones de agapitercios al mes (¿o era por

Cuerpo de Sátrapas del Institutum Pataphisicum Granatensis (incompleto)

Cuerpo de Sátrapas del Institutum Pataphisicum Granatensis (incompleto)

quincena?), pero como se gasta en euros la publicación de la revista interna El Escarbadientes Espiral, de la que ya han salido 19 números, además de numeroso material que nos obsequia al resto de omisionados (de omisión más que de comisión), ignoramos si le sale a cuenta. Las omisiones o primas que recibimos los Sátrapas son tan sustanciosas como los nueve millones de agapitercios, y nuestro salario monta unos veintisiete millones de agapitercios en negro, naturalmente. Y acaso se preguntarán ustedes, ¿qué valor de cambio tiene el agapitercio? ¡Y a ustedes qué diablos les importa!, ¿eh?

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El Rector Magnífico Perezoso, Ángel Olgoso, amenazado y amordazado, o mejor dicho entaponado con corcho vinatero. Los plátanos no llegaron a dispararse: estaban duros porque el proveedor los compró de baratillo

La actividad más importante del Institutum es los ágapes estacionales. Uno en cada estación del año. La afluencia de personal oscila entre la decena y la docena y media. El ágape clásico es deleitar el pico, usíase el hocico, comiendo, bebiendo y demás, adornándolo con la conversación. Esta puede ser sabia o no, ad libitum. Los antiguos griegos lo oponían a Eros. Una lástima, porque excepto honrosas excepciones, por otra parte conocidas, no hay refocile de miembros y miembras, a no ser cada uno en su casa y Dios en la de todos. Acostumbra suceder en tales ágapes que alguien aporta un escrito con sesudas investigaciones patafísicas, un pataobjeto en forma de máquina que no fabrica absolutamente nada u objeto de gran utilidad y veracidad (una vez apareció el ínclito Sátrapa Guillermo, especialista en tales asuntos, con la vera huella del pie de Viernes, el amigo de Robinson Crusoe), una canción, como es el caso del Himno de la Camellería Patafísica, o música patafísica que de todo hay. Incluso apareció una santa imagen reducida del Père Ubu. Gran deleite producen estos ágapes por las defenestraciones de las que los seguidores de este blog tienen ya cumplida noticia. El golpe de Estado a plátano armado en el que el Rector Magnífico y Perezoso, Ángel Olgoso (nótese la rima) fue depuesto, defenestrado, propuesto nuevamente para el cargo, pues hasta entonces lo había hecho muy bien, y elevado a la categoría que le corresponde por votación unánime, ese golpe de Estado fue famoso aunque no ocupó la primera página de los periódicos porque ese día los caballos se pusieron a hablar en perfecto inglés, y esa noticia era más importante. Posteriormente, todos los Sátrapas quisieron ser defenestrados (la envidia es mala muy mala) y se procedió al hecho en diferentes sesiones.

Y bien, acabo de hablar de reírse de algo. Ahí está buena parte de la cuestión. ¿Somos pioneros o abanderados en ese tema? ¡Noooo! Ya Henry Bergson escribió un libro sobre él. En la actualidad, los premios IgNobel, que se otorgan a quienes han inventado o investigado asuntos tan absurdos como demostrar que el asma se puede curar subiéndose en una montaña rusa, al inventor de un sistema electromecánico para atrapar secuestradores aéreos a base de una escotilla, un empaquetador y el lanzamiento de individuo así encapsulado al aire, con su paracaídas para que no haya nada que lamentar y sí tipejo al que encarcelar, o la propuesta de ilegalización del aplauso público por el presidente de Bielorrusia, Lukashenko. A menudo, los inventores o investigadores premiados (si son políticos, no) se personan en la adjudicación de los premios IgNobel y suelen reírse de sí mismos.

Père Ubu

Père Ubu

La risa es sana y buena para el cutis, eso no tiene duda.

Pero, ¿se trata de épater le bourgeois, es decir de molestar al burgués? En mi opinión ya no, y ahí va mi llamamiento a la actualización. Para molestar de veras al burgués, creo yo, bastaría con quitar de en medio todos los teléfonos móviles, Ipods, tabletas, etc. O lo que sería equivalente: provocar un apagón mundial cibernético, es decir de todas las webs, redes sociales, de internet en pleno. ¿Quién se quedaría indiferente ante todo ello?, unos cuantos pueblerinos (también llamados villanos que acostumbran a tener algo de villanía pero no toda), algunos salvajes de las selvas y muchos, muchos paupérrimos de ciertos países de los mal llamados en vías de desarrollo porque sus vías ya descarrilaron hace tiempo. El resto, todos somos burgueses. “El sueño entero de la democracia reside en elevar al proletariado al nivel de estupidez del burgués. En parte, éste es un sueño que ya se ha realizado. El proletariado lee los mismos periódicos y tiene las mismas pasiones que el burgués”, y es frase de Gustav Flaubert, es decir de hace por lo menos 137 años. Según Ernst Jünger, que en eso de la lucidez tumbaba a más de uno excepto en su época casi juvenil, cuando cayó en las garras de un nacionalismo que siempre, o casi siempre, es estúpido, decía que trabajamos incluso cuando estamos de vacaciones porque durante ese tiempo también hacemos lo que es obligado, es decir lo que hace todo el mundo: playa, hoteles rurales, cruceros, viajes programados, etc., y que se convierte en un trabajo porque con ello nos damos poco placer (comparado con ir por libre) y producimos una plusvalía considerable a otros. Pagar la tarifa del celular (homenajeemos a nuestros colegas latinoamericanos) se ha convertido en algo mucho más importante y vital que comer o tener electricidad.

La Sátrapa Trascendente Celia Correa abrazada a la imagen sacrsanta y reducida del Père Ubu, obra de la imaginera Marina Tapia

La Sátrapa Trascendente Celia Correa abrazada a la imagen sacrsanta y reducida del Père Ubu, obra de la imaginera Marina Tapia

Todos aspiramos a tener un teléfono móvil (o equivalentes) y pagar la mensualidad, por supuesto, ordenador, coche, casa, segunda vivienda. El coche no debe ser de calidad y seguro, sino aparente, lujoso. La casa es importante que sea más grande y equipada que la del vecino. Importantísimo tener una cocina completa y espaciosa aunque ya no cocinemos. El Voyvolando y el Pizzahut son nuestros proveedores de rancho. Somos burgueses. No podemos incomodar o impresionar al burgués porque nosotros mismos estamos dentro de esa categoría.

Cuantos esfuerzos hagamos patafísicos y otros por molestar al burgués son inútiles, en mi opinión.

Dos principios quisiera yo que fuesen patafísicos y entrarían en los extremos que acabo de mencionar: a) el mayor logro de la derecha, y no solo en este país, ha sido convertir a todos los partidos de izquierda en derechas, y nótese que digo todos aunque algunos quieran creer que hay excepciones; b) el político español, quizá más que otros, es el anti Midas: el rey Midas lo convertía todo en oro, en tanto el político español lo convierte todo en mierda. Ojalá fuera Mierdra (grito de guerra de los patafísicos).

¿Nos queda la risa? Nos queda la risa. Pero solo como rebeldía propia, individual, personal aunque no intransferible. Como piratas que se gozaran de serlo pero sin robar a nadie, pues en el momento en que robasen se convertirían en idénticos al enemigo, o si hay que transigir, en robar lo justo para la juerga, porque la fiesta, el desmadre, la orgía, sería lo único que compensaría nuestro aburguesamiento. Es decir lo inútil, lo placentero, eso sí, ¡sin beneficio económico!

Multitudinaria defenestración del Rector Magnífico Perezoso, Ángel Olgoso. Salió tan bien que se ha ido repitiendo para los diferentes Satrapillas

Multitudinaria defenestración del Sátrapa Trascendente recién ascendido a las alturas, Ismael Ramos, cuya cara de angustia delata el temor a que puños, capones y muletazos caigan sobre su calva.

La seriedad está bien para los asuntos serios, pero cuando la seriedad encubre la estupidez, ahí debemos estar los patafísicos. La mediocridad se ha vuelto ingrediente imprescindible de cuantos propietarios de DNI hay en este país, y en otros. La mediocridad es risible. Y no es solo burguesa (aunque si recordamos que todos somos burgueses, sí lo es, claro). Cuando un niñato le hace la vida imposible al empollón de la clase, ese niñato no es del todo burgués por falta de peculio, pero aspira a serlo. Y lo conseguirá.

¿He hecho alguna propuesta? Hacer propuestas reales no es patafísico. De modo que ahí os quedáis.

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