Artículos míos aparecidos en el periódico Ideal

A los miembros de la Academia de las Buenas Letras de Granada nos pide colaboración el periódico Ideal de Granada en forma de artículos cortos que no deben superar las 600 palabras. Estas colaboraciones aparecen cada jueves. Estas son las dos últimas mías que el diario me  ha editado.

Una publicación necesaria

Compré un libro por internet. Hacía tiempo que lo buscaba. Se trata de Perfección y fracaso de la técnica (Die perfektion der technik), de Friedrich Georg Jünger, hermano del mucho más famoso Ernst Jünger. Solo se había publicado de él en España Los mitos griegos, un texto imprescindible por sus análisis sobre el titanismo. Su poesía no está traducida al español.

Portada de La perfección de la técnica, precisamente la edición que no tengo.

Portada de La perfección de la técnica, precisamente la edición que no tengo.

Bien, recibo el libro, abro el paquete y empiezo a hojearlo. Me percato de que la encuadernación es paupérrima: las páginas están grapadas (con 3 grapas metálicas mal distribuidas) y encoladas a la cubierta, rústica, por supuesto. Edición mexicana de 1999. Debemos aprender de nuestros hermanos latinoamericanos. Al menos ellos leen, me parece. Es curioso porque ya escrito este artículo veo en un escaparate de librería una edición española del texto: publicado este año 2016 por Página indómita.

Y no es que el libro sea moco de pavo. Su contenido, quiero decir. Escrito en los primeros años 30 del pasado siglo, fue destruido varias veces, reescrito y publicado al fin en Alemania en el año 46. Llegó a ser inspiración y base teórica del movimiento ecologista. No por planteamientos visionarios o ese buenismo que a veces desprestigia a algunos bienintencionados, sino con un estudio en profundidad del mundo técnico, masivo, industrial y productivo. Ni siquiera plantea enfrentamientos ni propuestas revolucionarias. Solo señala, explica con lucidez envidiable en qué consiste este mundo técnico en el que vivimos y aplica esos esclarecimientos a todos los ámbitos de la vida: lo fabril, el deporte, el ocio, la guerra, etc.

¿Cómo es que no se había publicado hasta ahora en España para ilustración de un movimiento tan fuerte como el ecologismo? Tal vez seamos más de inventar ideas o acciones que de elaborarlas partiendo de donde ya llegaron otros. Así nos luce el pelo.

Friedrich Georg Jünger

Friedrich Georg Jünger

Jünger muestra y demuestra, no solo el esquilmo de los recursos naturales inherente a la sociedad industrial, sino también cómo el maquinismo y su inevitable consecuencia, la organización técnica, en lugar de liberar al hombre del trabajo se lo agrava, haciéndole depender absolutamente de la máquina incluso en sus ocios, pues el reloj, máquina al fin y quizá la más esclavista, rige también nuestras actividades “libres” (o la dependencia del móvil, p. ej.). También nos señala cómo la alienación del trabajador no viene por su falta de propiedad de los medios de producción sino que procede sobre todo de la subordinación tiránica del hombre a la máquina y la productividad. La música preferida y oficial de la URSS es clarísima muestra de ello: mecánica, repetitiva, titánica pero no heroica, parece música de guerra, mas no de guerra de hombres sino de máquinas.

Cuando este libro se publicó la robótica no había llegado a su auge en los centros de producción. Sin embargo, la descripción de la sociedad sigue teniendo absoluta vigencia: no hay más que echar una ojeada dentro de esas oficinas donde cada empleado tiene ante sí una pantalla de ordenador o varias, y cómo durante un tiempo marcado, el laboral, toda la atención de este es exigida por la máquina (ingenio sin sentimientos, es preciso recordarlo). Incluso el técnico que controla robots de mecanizado o de montaje en una cadena está supeditado a ellos, pudiendo ocurrir que el más mínimo descuido provoque un parón en la producción por más tiempo del deseable. Y el parón productivo es la mayor catástrofe que le puede caer a una fábrica. A fin de cuentas, y Friedrich Georg Jünger ya lo insinúa, es tan importante en nuestra sociedad el consumo como la producción misma. ¿Hay consumo porque hay producción, o hay producción porque hay demanda como quieren hacernos creer?

Mijail Bulgákov, un grande de la narrativa

Si hubiéramos de confeccionar una de esas absurdas listas con “las 25 mejores novelas escritas en el siglo XX”, es seguro que El Maestro y Margarita, de Mijail Bulgákov, estaría en ella. Claro que no fue ese el único libro que escribió.

Se hizo simpático al régimen soviético escribiendo una sátira teatral sobre Iván el Terrible, lo que machacaba el zarismo. Pero al mismo tiempo inició su carrera como narrador con más sátiras sobre la situación de aquel momento, y eso ya ofendió al Sistema. Tal vez una de sus primeras novelas blasfemas fue Los huevos fatídicos. No se rían ustedes, porque la cosa tuvo y tiene… perejiles.

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Portada de la hilarante novela Los huevos fatídicos

Pues bien, la novela, recientemente publicada y por tanto asequible en librerías, narra las desventuras de un científico, muy estilo universitario alemán, versión granaíno mala-follá, que descubre casualmente, como suele suceder en ciencia, el modo de potenciar mediante rayos luminoso-calóricos de incubación la madurez rapidísima de huevos de aves y reptiles. Y no solo la madurez, sino un tamaño del animal muy considerable. Por supuesto, el descubrimiento se mantiene en pruebas hasta que se evidencie su validez y control. Pero ahí entran los periodistas y, no faltaba más, los funcionarios del partido.

Si algo caracterizó a la industria soviética fue la alta voluntad de eficacia y productividad, aspiraciones que siempre se iban al garete por uno u otro motivo, normalmente por exceso de burocracia y/o dirigentes inútiles.

Da la casualidad de que en ese tiempo una especie de peste aviar acaba con casi toda la cabaña gallinácea de la República, con la consiguiente escasez de huevos, en el buen sentido de la frase. De modo que urge poner al día los ensayos del científico Pérsikov. Y eso sí, que rindan, que rindan mucho. Y si no rinden, la responsabilidad siberiable será de esa estirada rata de laboratorio.

Por supuesto, Pérsikov se pone a la tarea, pero la ciencia no quiere prisas. Las cosas salen cuando tienen que salir, no a capricho de un político. Porque el problema, y me repito, es que no hay huevos: no hay gallinas que los pongan para continuar con los experimentos. Se hace pedido al extranjero, naturalmente Alemania, que son más serios.

Mijail Bulgákov

Mijail Bulgákov

La cosa se complica porque un arribista, un aprovechado llamado Fatum, roba las incubadoras que generan los rayos milagrosos, para que salgan gallinitas como churros. El fulano quiere bienquistarse con las autoridades solucionando problemas irresolubles a la corta.

Mientras este pide huevos de gallina, Pérsikov, como buen experimentador, pide huevos de avestruz, serpientes varias, iguanas y otros bichos. La gran eficiencia burocrática hace que se permuten los huevos y que, mientras Pérsikov se queda con un palmo de narices, el ignorante de Fatum meta en las incubadoras los huevos recibidos, que producen anacondas de 30 metros, avestruces dinosáuricas, aguiluchos como bombarderos Mig. Y hablando de bombardear, eso es lo que se ve obligado a hacer el gobierno con la región de Smolensk, donde Fatum tiene su factoría, para acabar con tanto bicho monstruoso.

Da mucha risa, pero lo triste es que apenas 10 años más tarde, cuando la novela ya se había vendido como rosquillas y el mal fario había caído sobre Bulgákov, Lysenko, el falso biólogo que intentó cambiar los cultivos de cereales en toda Rusia, provocó una hambruna en la URSS que se llevó por delante a tantos rusos como se llevó luego la 2ª Guerra Mundial. Y por idéntico motivo que ocurre en la novela: una mezcla de ideologismo, ignorancia, fatuidad, protección de unas autoridades obsesionadas con la productividad y competir con el capitalismo occidental. Y luego dicen que Julio Verne hizo novelas anticipativas.

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Un Museo modélico, moderno y meritísimo.

Edificio en el que está ubicado el Museo en cuestión.

Edificio en el que está ubicado el Museo en cuestión.

Debo reconocer que este artículo no es patafísico o lo es de forma lateral y asentadiza. No cumple el sacro principio de hallar soluciones imaginarias por cuanto la solución está hallada y nada tiene de imaginaria. Responde a una realidad muy real y existente, con cargo al presupuesto municipal, de la Comunidad y estatal, que no estático. No es una excepción aunque en cierta forma sí, y eso es en lo único que mi descubrimiento puede expresar esas inquietudes científicas que a todos nos mueven… o menean.

Queridos colegas, cofrades, conmilitones. Declaro que descubierto lo descubierto, no hay en el mundo Museo comparable. Ni Prado, ni Louvre, ni Ermitage, ni British, ni MOMA. Una ciudad que posee semejante portento de la no-naturaleza, como es un museo y su contenido (incluso los de Ciencias Naturales no son naturales: su cabida, por el mero

Puerta del Museo. Repárese en el anuncio de su contenido

Puerta del Museo. Repárese en el anuncio de su contenido

hecho de estar en un Museo, ha dejado de ser natural), y siendo lo que este expone de tanto valor pata y potafísico (de potare, beber en latín y vomitar en carpetobetónica habla), merecería estar, no ya en todas las guías turísticas, sobre todo las secretas, sino de ser de obligada visita para párvulos y jubilados por el aquel de la simetría que la vida en su esencia padece.

Ciudad Rodrigo constaría así en los itinerarios de todos los cruceros del mundo, sobre todo habida cuenta que el río Águeda no es navegable sino para barquichuelas y qüinsmeris. Los tours pasarían así por Londres, Roma, Atenas y Pekín en un solo día… y veinte en Ciudad Rodrigo.

Porque el Museo del que hablo merece una muy larga estancia, una detallada visita y un estudio exhaustivo por ser tan didáctico que los Estados se ahorrarían en Universidades lo que no se ahorran en corruptelas.

Vitrinas con un contenido que es continente.

Vitrinas con un contenido que es continente.

Porque dilectos camaradas, compañeros, compañones y compañonas, compinches, comadres y compadres, se trata nada más ni nada menos que del Museo del Orinal. Como suena: Museo del Orinal. Y su fundador, un filántropo mirobrigense de pro llamado Peseto, al que se le calcula algún antecedente catalán de evidencia prístina porque no se le adjudica así como así semejante apodo a un no vernáculo de Girona (para facilitar imposibilidades hispanas, pronúnciese Chirona), su fundador, repito, merecería ser esculpido en bronce y colocado en céntrica plaza de todas las capitales mundiales para regocijo de palomas y pauta de futuros próceres, pues él lo fue más que Viriato, Lincoln, Jordi Pujol y Arias Navarro.

En vitrinas y estanterías, en repisas y anaqueles, los hay de porcelana, de arcilla, de oro y plata, de loza, de metal labrado. Los hay de cerámica de Muel, Manises, Talavera y Granada, incluso alguno de Purullena. Los hay decorados como las vajillas londinenses o cartujanas, con lo que algún malintencionado puede confundirlos con un plato hondo y

Orinales de sillita, para hacerlo cómodamente y dar trabajo a los demás

Orinales de sillita, para hacerlo cómodamente y dar trabajo a los demás

mandar comer sopas en ellos, los hay peninsulares, alemanes, franceses, chinos, árabes, los hay diminutos como dedales para casitas de muñecas y enormes donde cabe lo mucho y lo poco, los hay de silla para damas, caballeros e infantes, a medida y estándar, sencillos y de loza blanca como los platos de ciertos restaurantes lujosos o de polígono (nada como los restoranes de polígono industrial, poligonales o poligámicos, para facilitar tránsitos y agujerear colones), los hay adecuados para varones y otros para señoras o señoritas.

Orinales para damas viajeras. No hay como ser moderna

Orinales para damas viajeras. No hay como ser moderna

Hay dos apropiados para los cansinos trayectos en carruaje y son de diseño especial para damas, pues son estrechos y alargados, elípticos y dispuestos a ser alojados bajo basquiñas, sayas, faldas y guardainfantes. Tres hay de origen chino y solo utilizables para samuráis y chuenláis, es decir para varones pues las damas jamás atinarían en el agujero en forma de gollete de botella, aunque sea este, como es en todos ellos, de considerable tamaño: superan los siete centímetros de diámetro. Y esa es una de las virtudes sociológicas y etiológicas del Museo, pues nos muestra las contradicciones y costumbres de las diversas etnias y países. Los orientales, famosos por lo chuchurrinoso de sus príapos, se marcan el farol de exagerar en el diámetro del agujero por el cual introducir el miembro y desbeber, cuando quizá con tres o cuatro centímetros les habría bastado, pero quien no se hace publicidad de sí mismo no se come una rosca, ni de geisha ni de concubina, por mucho que se hable de la obligatoriedad del débito.

Orinal chino para aborígenes superdotados. Obsérvese que con la boquilla se obtiene la cuadratura del círculo

Orinal chino para aborígenes superdotados. Obsérvese que con la boquilla se obtiene la cuadratura del círculo

Los hay con asa y sin asa, con reborde y sin él, aunque estos son más raros pues se clavarían en el nalgatorio dejándolo marcado para siempre, sobre todo en caso de que el usuario sufriera cámaras.

Para colmo, ya que el local aprovechado para ese menester es colindante con la oficina de la Delegación de Trabajo y Empleo de la Junta de Castilla y León, y contemplada la abundancia de vacantes de calidad que existe hoy, no solo en esa Comunidad sino en toda la Nación, la coincidencia está quetecagas.

Y hablando de coincidencias, es asimismo notable que la puerta del Museo es frontera a la Catedral de Ciudad Rodrigo, de modo que no está de más recordar con ello a la humanidad tanto aquello famoso de que inter fesces et sanguem nascemus, como el famoso qui non cachinnat non cacat, como el sic transit gloria mundi, para acabar con caga el pobre, caga el rico, caga el rey y caga el papa, y de cagar, nadie se escapa.

El tío Peseto ataviado como merecía

El tío Peseto ataviado como merecía

Solo una cosa se echa a faltar en este encomiable e inolvidable Museo: la música ambiental. Pero no una música cualquiera sino aquella que componía el grito estentóreo antañón del ¡agua va!, que tanto se oía por las calles de las ciudades decentes, favoreciendo la venta y producción de paraguas, levitas y chubasqueros, así como la de sombreros de ala anchísima o mexicana. Sin olvidar que, si hoy estamos tan calvos es por la ausencia de aquel fenómeno tan ciudadano y grato al oído, al olfato, la vista, al tacto y si se me apura, hasta al gusto porque algo siempre rezumaba.

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Estampas de vejecia, poemario de Fernando de Villena

Portada de Estampas de Vejecia, de Fernando de Villena, en editorial Carena

Portada de Estampas de Vejecia, de Fernando de Villena, en editorial Carena

¿Para qué os voy a engañar?, yo no soy crítico de poesía. Apenas entiendo de novela, y sin embargo me arriesgo a hacer algo, de modo que no sé cómo tengo la osadía de escribir sobre un poemario. Me anima la amistad y el reconocimiento del gran valor de este libro. Amistad que me honra y formará parte de esa media sonrisa que a uno se le queda después de pasado al otro barrio y que indica a las claras aquello de ¡que me quiten lo poco que he bailado! Me decide a hacerlo y lo haré desde mi propio punto de vista, tan subjetivo, tan ignorante, ensayando nada más a escribir unas líneas que se acerquen en lo poético de mi prosa a la poesía del autor, pues no sabiendo apenas de métrica ni de retórica ni de rima, solo puedo ponerme a la tarea subjetivamente, pues no soy un objeto, como diría Unamuno.

Pero hablar bien de los libros de los amigos no tiene mérito, a no ser que uno justifique lo que se dice ¡y con claridad y conocimiento! Ese es el problema, el conocimiento. También, por supuesto, la claridad. Lo intentaré, y lo haré menos por amistad, que también, que por admiración a un poeta que se ha superado a sí mismo, y eso ya era difícil después de una larguísima trayectoria y poemarios extensos como su serie Mediterráneo.

Fernando de Villena vive en provincias, en uno de esos lugares apartados de los centros de decisiones literarios, en un lugar donde los acontecimientos no se celebran en los suplementos literarios periodísticos ni en las tertulias televisivas, que por otra parte, ya apenas hay si no es en la 2, y esa no la ve nadie porque no tiene fútbol ni famosos ni cantantes. A pesar de vivir en este lateral de los eventos literarios, de las celebridades y de las ventas (porque ventas quieren decir lectores, no dinero; el 10 % que dejan los derechos de autor es rentable a partir de los 100000 ejemplares, y no los 500 que, como mucho, se venden en poesía), Fernando es nombrado en la Historia crítica de la literatura, de Francisco Rico. Lo que ya garantiza unas cuantas cosas.

Bien, entremos en faena. Noto en Estampas de vejecia una mejora enorme respecto a

Fernando de Villena

Fernando de Villena

anteriores poemarios de mi amigo Fernando, una madurez que se hace agridulce porque responde a una mayor edad del autor. Pero no todo el mundo responde a la edad con madurez. Las arrugas no siempre significan sabiduría. A veces, muy al contrario, implican mayor necedad. No es el caso, como digo. Los temas son los habituales en él: nuestro país, que le molesta como mosca cojonera sin que exactamente le duela, la injusticia social, la naturaleza y el mar, sobre todo, ese pueblo marinero y estival que es Almuñécar, su amor conyugal y paternal. Pero se añade un tema que ya venía apareciendo en libros anteriores y que da título al poemario: la vejez, que en el caso de Fernando solo apunta pues nos llevamos 7 años y en mi caso conservo alguna agilidad e inocencia (al menos por lo que esta implica de curiosidad; además de cierto gamberrismo adolescente, cosa que en ocasiones nos une pues ambos somos patafísicos), así deduzco que, aunque ya empieza a mirar las cosas desde esa perspectiva alta que dan las canas, aún es capaz de saltar a la comba si se terciase. Porque respecto a lo de encandilarse y entusiasmarse, demuestra a diario que sabe hacerlo.

La lectura de estos poemas produce un inmenso placer, sobre todo porque un profano como yo goza hasta el extremo con determinadas imágenes que pueden saborearse como un helado veraniego. Eso es lo que los profanos disfrutamos: imágenes, comparaciones, reflexiones. Señalaré unas cuantas de las que me han conmovido (y no hablo de lágrimas porque soy consciente de que los viejales somos tendentes a estas cosas y me niego a extender efectos que solo afligen a una parte de la población).

La villa de Almuñécar donde se siente tan a gusto

La villa de Almuñécar donde se siente tan a gusto

Uno se encuentra con la siguiente perla nada más completar la lectura del primer poema, y conste que pocas formas de hablar de la vejez, y luego de la muerte, se han visto tan eficaces desde Manrique: “que siempre pierde el río su pulso con el mar”. ¡Bravo! Y acaba este primer ejemplo con “así como a las piedras las va puliendo el mar”. La infinita paciencia del tiempo. Paciencia que no demuestra el tiempo tanta con nosotros, pues vivimos nada más que una vida, que se sepa, y para saber todo lo que desearíamos saber necesitaríamos por lo menos diez. Y aquí no hay Mefistófeles que valga porque desde este malhadado siglo XX recién fallecido, no hay diablo que se atreva a competir en maldad con la raza humana.

De la noche dice en el poema Nocturno: “es un alud que se detuvo en vuelo,/ nieve de dioses”, y lo afirma para demostrar cómo la noche es blanca en los campos. El amor de Fernando de Villena por la naturaleza es extenso, quizá porque ama la vida.

En el soneto Recaída habla de la muerte tal vez cercana y dice, refiriéndose a su amada, que ya no sentirá “ese cuerpo de abriles y de yodo”, y remata el poema con el siguiente terceto: “Pero quieres sentir y aún te afanas/ por la dicha del aire que respiras/ por las sombras que ves, aunque son vanas”. Lo que dije antes: ama la vida tanto que hasta la acepta como es; no sin lucha, no sin oposición, pero acepta el dolor y hasta la ausencia.

Su Mediterráneo azul

Su Mediterráneo azul

En el poema Tristeza invita a los amigos a seguir celebrando, aun cuando él ya no esté: “Y mojaré mis labios invisibles/ en todas vuestras copas”. Si ha lugar y los demás no nos retiramos antes, lo haremos y te presentiremos.

Fernando de Villena es capaz de versificar tanto con métrica y en las formas clásicas (hace sonetos de una perfección grande) como en verso libre. Pero me da la sensación que se siente más espontáneo en estas formas sin forma, digamos, es decir en el verso libre y en el blanco. A lo mejor es, simplemente, que a mí me gusta o me dice más. Ya dije que soy subjetivo porque no soy objeto.

Las alusiones mitológicas son abundantes pero prudentes. Quiero decir que no agobia con un exceso de culturalismo sino que este entra como algo perfectamente natural y que responde, con sencillez, al sentimiento de lo que desea expresar poéticamente. “E ignoro si veré el sereno lago”, dice en el poema Ante la esfinge, aludiendo, claro, a la laguna Estigia, donde el barquero Caronte pasa las almas de los muertos desde este mundo al otro tras haber bebido del río Leteo, río del olvido.

Por supuesto, no intento con este picotear entre los versos de Estampas de vejecia resumir ni exponer de forma total en qué consiste el libro. NI mucho menos. El poemario es TODO el poemario, no un florilegio de citas. Si les ha tentado lo poco que les cuento, lean el libro, no se conformen con cuatro menciones que dan idea, solo idea, de la riqueza de estos poemas.

Libro para releer, para paladear, para inspirar. Reflexión en forma de poesías donde se transparenta el alma del amigo Fernando de Villena, un alma clara como las aguas de los arroyos de montaña o como ese mar que tanto ama.

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Nemo, de Gonzalo Hidalgo Bayal

Gonzalo Hidalgo Bayal

Gonzalo Hidalgo Bayal

Ya he hablado en dos ocasiones de Gonzalo Hidalgo Bayal en este blog. Ahora ha aparecido una nueva novela suya. Placer puro por 19 €. Y no exagero ni un punto. El extremeño sigue deleitándonos con esas historias suyas que cuentan el alma más pura de los pueblos o ciudades pequeñas que no es precisamente un alma impoluta ni ingenua ni indefensa. Nadie como él para retratar ese espíritu conservador, aprensivo ante lo extraño, chismoso y ruin de las zonas rurales, pero también humanitario a veces, admirativo de aquellos que han sabido o querido llegar más lejos que ellos. Pueblos aburridos donde todo el mundo sabe todo de todos. Nada de idealizar el campo, nada de alabanza de aldea, sino realidad pura y dura pero narrada desde una técnica y sabiduría envidiables.

Aquel general bajito que era gallego quiso hacer de nuestro país un pueblo inmenso, lleno de cotillas y de beatas (o beatos para satisfacer a todo el mundo). Quizá si supiéramos reaccionar contra toda la herencia de aquel individuo que nos jorobó durante casi cuarenta años, además o en lugar de meternos con cosas irrelevantes, intentaríamos acabar con ese afán de chismorreo, con ese miedo al foráneo, con la obligatoriedad de ser todos iguales o parecidos. Pero no, es más fácil lo otro. Vaya aquí la reseña de esta novela estupenda de un casi desconocido escritor extremeño que publica en Tusquets, nada más ni nada menos, y que merecería estar en las listas de ventas más importantes de este puñetero país que no lee. Por cierto, me he enterado de que Franco no leía, ¡a ver si empezamos a leer todos, aunque solo sea por llevarle la contraria!

Nemo, novela, es, por el contrario, un homenaje al silencio, un estudio sobre la afasia, el mutismo, y justo por eso es un estudio sobre el lenguaje, las palabras, la lengua, eso que usamos para comunicarnos de una forma u otra, incluso para no comunicarnos en absoluto. Muy reciente es su publicación, en la siempre fiel editorial Tusquets, pues salió al mercado en enero de 2016.

Portada de Nemo

Portada de Nemo

Un hombre pide hospedaje en un pueblo (esta vez no es Murania porque no se le pone nombre, pero bien pudiera serlo). El hombre no habla. Ni por imposibilidad física ni psíquica, ni por promesa ni por penitencia, simplemente no habla, no se comunica ni con gestos ni de ninguna forma. El pueblo lo acoge con amabilidad, algunos, pero con una morbosa curiosidad, y tal vez es esa misma curiosidad la que lleva a casos de insulto y agresión, casos estos sobre los que se desconoce al o los culpables. Pero el hombre aguanta estoicamente porque aún la defensa propia es comunicación, pues es exclamar ¡YO!

Como no habla, tampoco tiene nombre y la vox populi le coloca el de Nemo por el latín nadie, más que por alusión alguna a Verne (aunque podría entenderse la coincidencia con el capitán del Nautilus como alguien que conduce hacia un futuro utópico, rebelándose contra un presente inhumano). La crueldad infantil, y también la no tan candorosa, le impone variándolo el nombre de Nimú, por el aquel de que no dice ni mú, pero como tal crueldad no prospera este nombre en el trascurso del memorándum del narrador si no es para señalar esa brutalidad villana ante lo diferente. En realidad, ninguno de los habitantes del pueblo tiene nombre excepto uno: el Fiat, nombre que también viene del latín sea o hágase, no de la marca de automóviles. El resto de pueblerinos tienen los nombres correspondientes a su oficio: el cazador, el guardián de la fortaleza, el bodeguero, el carpintero, etc., o apodos como el papagayo o el petirrojo. Todos esos nombres escritos en minúscula excepto los mencionados anteriormente, a los que sí cabría llamar nombres propios. Quizá porque el Fiat, en su bondad ingenua, es antecesor o introductor de la humanidad de Nemo.

Toda la narración gira en torno a la vida monótona que lleva el hombre y los porqués y los cómos de su actitud. Y esa narración transcurre, como es de esperar de la vida pueblerina de los hombres, (si en La sed de sal una de las pocas mujeres que aparecen es la desaparecida, que por eso mismo no aparece, aquí solo dos tienen cierta concurrencia pero escasa: el ama y la ventera) en la bodega. Allí se fraguan las conversaciones que no son precisamente populares sino en el estilo del narrador que, digamos, es el propio Hidalgo Bayal. Porque el narrador es el escribiente, una especie de cronista  o encargado de levantar acta sobre los avatares de la estancia de Nemo en el pueblo, estancia que abarca algo más de un año, es decir un ciclo natural campesino. La primera persona es, por tanto,

El silencio

El silencio

la que lleva la sintaxis del cuento, pero es una primera persona objetiva (solo al final es verdaderamente subjetiva) y común. El narrador, a quien se le atribuye un bachillerato y nada más (será de los de antes), tiene el habla del propio autor, de modo que la novela no cumple los principios bajtinianos de polifonía, excepto, quizá, cuando habla el viejo, un sentencioso que emite “senectas”, sentencias o aforismos apropiados a su condición de anciano, o lo que dice el ermitaño, que no da sermones sino especulaciones, por lo que apenas hay diferencia en la tonalidad de las palabras. A este reseñista le da la sensación de que ni falta que le hace a don Gonzalo el cumplimiento de esa ley novelística.

Es verdad que hay un cierto amago de contagio de la actitud de Nemo en los paisanos, pero sin mayor éxito. Ya está algo manida, sobre todo en el cine, la historia del forastero que llega a un lugar y todo lo trastoca, como en Teorema de Pasolini, pero esta novela plantea el tema de forma innovadora, genial, y sobre todo, aunque extrañe, actual, y al final aclararé esta afirmación.

Los cuentos que se entreveran, de forma muy cervantina, son especie de mitologías o leyendas del pueblo, leyendas que mantienen su condición de tales por cuanto siempre se duda de su veracidad. También los objetos son sagrados o míticos, como la jarra de vino del Fiat que pasa por herencia legítima a Nemo. Pero esas mitologías se acercan más a lo bíblico que a lo clásico. El personaje de Nemo, que debería hacernos pensar en Bartleby y su “preferiría no hacerlo”, se acerca más a un Precursor, a un Predecesor, si no a un Redentor al estilo de Cristo, o cuanto menos, al Bautista, pues se repite la frase de “aquel que clama en el desierto” como símbolo paradójico del silencio que protagoniza la novela. Y digo esto porque las alusiones literarias, incluso cinematográficas o bíblicas, tanto del viejo como del nuevo Testamento, son abundantísimas pero sin agobiar, sin obligar al lector a ser un doctorado en literatura universal o en teología, como ya he dicho que es habitual en la literatura de este extremeño.

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Gonzalo Hidalgo Bayal

¿Y el estilo? Hidalgo Bayal no le teme a las frases largas y las usa con gran maestría, sin que se dificulte en ningún momento la lectura, que no es fluida, y no por defecto de redacción o sintaxis sino por lo denso del contenido expresado. Sentenciosa, como las anteriores, con un uso sapientísimo de las palabras y de las expresiones. Incluso le agrada jugar con ellas y continúa con el uso de palíndromos, polisemias, paronomasias, etc., pero como en el caso de las citas o alusiones y en anteriores obras novelísticas, sin que ello implique una sapiencia lingüística por parte del lector, sino un solaz grato y sano. Se paladean las palabras. Recuerda su prosa a la de su maestro Sánchez Ferlosio, cuanto menos a la de sus ensayos que son muchos y sustanciosos, pero también suena a la de Jünger en sus diarios o, por lo primorosa y cuidada como la de un orfebre, a la de Ángel Olgoso, con la diferencia de que este se ciñe a narraciones cortas, mientras Hidalgo se dedica a la larga distancia, con lo que no puede permitirse el lujo de fatigar con excesos que, si a la corta son deliciosos, en la dilatación de una novela pueden resultar farragosos.

También está presente, como no podía ser menos, la socarronería e incluso la hilaridad. Lo socarrón es pueblerino, labriego, como propia de todo aquel que espera del cielo la suerte. E hilarante es, por ejemplo, la gansada de la que es víctima el bodeguero cuando le da por caer también en el mutismo, hasta el extremo de que en ese capítulo el lector ni podrá ni deberá aguantarse la risa. Porque el texto se divide en 131 capítulos (en La sed de sal eran 111) que abarcan desde las tres o cuatro páginas hasta la media o aun menos, intercalados de coplas de cuatro versos la mayoría de ellas, como si ese hábito campesino de la trova o las coplillas hubiese de tener también cabida en narración tan villana (en el sentido clásico: propia de villa) como esta. Esas coplas están a intervalos casi regulares: cada 8 o 4 capítulos.

Narración metafórica, podría decirse, aunque me gusta más calificarla de narración metafísica, puesto que existe la poesía metafísica. Narración donde se plantean las grandes

Franz Kafka

Franz Kafka

preguntas humanas y que tradicionalmente se ha dedicado a responder la filosofía. En ese sentido se acerca a los recursos del Criticón, de Gracián, como ya he dicho de otras obras, o asimismo a cualquiera de las obras de Kafka o de Bernhard. Libro este, como los anteriores, de lenta digestión, ni mucho menos de lectura en una sentada o, como suele decirse, no “engancha desde el principio y no se puede dejar”. Si esta novela engancha es por su calidad, no porque quiera uno saber cómo acaba.

Todo Nemo es un gran enigma, incluso en ese final no exactamente inesperado pero que sí proporciona cierta extrañeza. Es un enigma para los paisanos de ese pueblo también enigmático, y para el lector. En un momento dado, el viejo, por boca del narrador, dice: “No es el silencio sino el tedio lo que define la neminidad” (lo propio de Nemo). El descubrimiento de que el único equipaje del viajero afásico, conservado en cajas, es un sinfín de fotografías de palomas hechas en varias ciudades europeas a lo largo de muchos años, más una colección de relojes de pulsera, no precisamente antiguos ni valiosos, induce al gozador de este texto a recurrir a la simbología, a la metáfora, al pensamiento.

Rafael Sánchez Ferlosio

Rafael Sánchez Ferlosio

Libro para meditar. Porque es inmensa meditación sobre el lenguaje y su ausencia, sobre la consideración que nos merecen los otros y la inutilidad, muy a menudo, de la comunicación, sobre la blasfemia que significa el uso de la palabra, del uso del nombre en vano, sobre lo soez de parlotear mucho para no decir nada. Y eso en tiempos en que todos estamos muy “comunicados”. Libro que lucha contra esa manía de estar en perpetua conversación, sobre todo “movilística” para nada, para no decirse nada, para dejar a cada uno con el culo al aire en sus propios problemas reales. Tiempo de falta total de consideración hacia los demás. No ya falta de respeto, sino de consideración porque el otro no es considerado persona, no es considerado existente. Solo los amigos de facebook, twiter, linkedin y demás zarandajas son considerables. Los otros, al ser de carne y hueso y tener problemas no virtuales, no existen, y no hay sino pasear las calles, entre la multitud, para comprobar esa inexistencia propia y ajena. Como mucho, alcanzamos la categoría de molestia para los demás.

El silencio voluntario

El silencio voluntario

Para mi gusto es novela que supera, sin que ello vaya en detrimento de la calidad de ellas, a las anteriores Paradoja del interventor y La sed de sal.

No es Gonzalo Hidalgo Bayal escritor desconocido, pero tampoco es conocido, mediático. Y, si no famoso, porque le debe repeler la fama, sí debería ser destacado, leído. En nuestras manos, bolsillos y ojos está que este extremeño sea leído. No todo ha de ser Zafón, Dueñas o Falcones. No todo ha de ser repetitivas lecturas de autores clásicos o ya consagrados porque, como ya dije al principio, más allá de las fronteras de mi pueblo también hay vida.

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Nebiros, de Juan Eduardo Cirlot

Portada de Nebiros, de Juan Eduardo Cirlot, en la edición de Siruela

Portada de Nebiros, de Juan Eduardo Cirlot, en la edición de Siruela

Juan Eduardo Cirlot es principalmente conocido por su poesía, en ciclos o poemarios como Bronwyn o Del no mundo (este último una antología o colectánea), ya reseñadas por mí para la revista Adamar, y también por obras en prosa como el Diccionario de los símbolos. Ahora Siruela publica Nebiros, la única novela escrita por el autor e inédita por el veto de la censura franquista.

Nebiros es un demonio encargado del desorden y del pecado desconocido, y esos son los problemas del protagonista, un individuo sin nombre, dueño de una pequeña empresa en la que él mismo trabaja como oficinista, trabajo que ni le produce beneficio pues siempre está al borde de la quiebra, ni le satisface lo más mínimo, y que durante una post-jornada se dedica a callejear y reflexionar, o mejor, más que reflexionar, lucubrar, calentarse la cabeza. Y aun llega más allá porque el tipo parece tener altibajos sentimentales o peor, trastorno bipolar: lo mismo padece una euforia casi mística que ve a los demás como enemigos porque él mismo es enemigo de sí mismo. Una educación demasiado férrea, la influencia de la religión más represiva, una sensibilidad exacerbada, un sentimiento de culpa dañino. Esos son los demonios del protagonista. Nebiros, en suma.

No estoy de acuerdo con la contraportada en la que se asegura que el protagonista “pasea” por los prostíbulos nocturnos de la asimismo innominada ciudad portuaria (quizá no sea sino un recurso comercial). De hecho entra en dos. Del primero huye. En el segundo sí alquila una mujer, y elige a la más fea. El atolladero del hombre no son los prostíbulos sino las relaciones con los demás, y en ese demás entran sus relaciones con las mujeres. Antaño una le dijo no, cosa que todos hemos debido soportar mal que bien. Pero se pasa esa noche meditando si debería asentar su vida, valorando incluso casarse con la señora que le hace la limpieza en su casa, de quien admira la pelambrera de sus axilas, y no es asunto de fetichismo sino de vulgaridad porque huye de lo selecto, de modo que su desconsideración social no es altanería, sino solo eso, desconsideración social: él no se piensa superior a nadie.

Juan Eduardo Crilot en 1945 en la Rambla barcelonesa

Juan Eduardo Crilot en 1945 en la Rambla barcelonesa

Nos viene a decir el poeta-novelista  que el sexo o la ternura (lo que viene a ser lo mismo), no es sino un puente que facilita la travesía siempre peliaguda entre los otros y el yo. Puente también difícil, si no imposible, pero puente a la postre continuamente dinamitado por cada uno de nosotros, por moralistas y por los otros para quienes todo son trabas o ascos.

De hecho, el paseo no es por los prostíbulos sino por esa ciudad enemiga, llena de gente que él cree lo miran con odio o, lo que es peor, con indiferencia, resaltando sus ridiculeces, su traje ajado, sus manchas. El paseo es por su propia individualidad y por la existencia de los otros, haciéndole exclamar para sí mismo en cierto momento: “¡Sus semejantes! Otra vez la difícil palabra, clavada ante sus ojos, desprovista de toda significación”. Y algo antes: “Lo único realmente espantoso era la nada, ser una sombra, transitar en silencio sin ser visto por la gente, sin ser querido ni aborrecido, sin sentir el beso ni el golpe de los demás, de aquella masa incierta que le atraía y rechazaba como una marea continuamente presente en su pensamiento”.

Sí, no se puede negar que la educación religiosa marcó al personaje, y lo menciona así: “…una inmensa sensación de culpabilidad…que había recibido en su infancia, en el colegio de los Padres Jesuitas”, lo que nos hace recordar a A.M.D.G., de Ramón Pérez de Ayala y a Sébastien Roch, de Octave Mirbeau, pero las severas admoniciones del padre también tienen su papel. Y es curioso cómo hacia el final de la novela encuentra entre los papeles de este, nunca revisados, un diario con anotaciones íntimas en las que se ve extrañamente retratado, como si ese demonio, Nebiros, también hubiese atormentado al progenitor.

Selección de programas de radio censurados como "no radiables" por la censura franquista. Nótese que hay uno en catalán que se llama "Amb Deu al costat", "Con Dios al lado", o sea que se censuraba hasta a Dios

Selección de programas de radio censurados como “no radiables” por la censura franquista. Nótese que hay uno en catalán que se llama “Amb Deu al costat”, “Con Dios al lado”, o sea que se censuraba hasta a Dios

Pero Cirlot, muy en la línea existencialista que en el año 50 era tan actual, hurgó, como ya he insistido, en la idea de que el conflicto es con los otros. La religión, así, no es sino un fenómeno social más. Por eso esta obra es heredera de La náusea o El muro, novelas sartrianas. Incluso en el aspecto social, hay un odio, más que un desprecio hacia todo socialismo, entendiendo este no como idea política (tema este que al personaje le importa un comino), sino como preferencia de la sociedad, del grupo, frente al individuo.

Llama la atención también la aparición de actrices de cine, verdaderas o inventadas, como la que inspiró el ciclo de poemas de Bronwyn, y que son especie de modelos o sueños del personaje. Lo cierto es que cada escritor tiene sus constantes y sus obsesiones.

 Y todo eso en una prosa envidiable, digna de poeta de su calidad. Una prosa silenciosa, pues no hay ni un solo diálogo, que golpea, que grita al oído del lector verdades como puñetazos, aunque solo sean las verdades del protagonista, o quizá del autor.

No obstante, si bien la novela es muy buena (¡y corta!, lo que no es moco de pavo en tiempos de prisas) como corresponde a autor tan genial, lo que me ha parecido tan interesante como la obra en sí es el añadido por la editora Victoria Cirlot, su hija, de los pasajes subrayados por la censura y que el autor se negó a eliminar, consecuencia de lo cual ha sido que no se publicase hasta hoy (aunque no estaría de más recordar que esa censura acabó hace 40 años, y no debemos excusarnos en ella para justificar la indiferencia del español medio hacia la literatura de calidad). A este reseñista le da la sensación, analizando esos subrayados y pensando en la lógica cronología de la lectura, tanto por parte mía como por el censor, que este no se percató del aspecto tan espinoso que planteaba Cirlot, sino que solo reparó en los párrafos de contenido sexual o prostibulario. Eso me confirma en la idea de que a la censura se le escapaban las mejores por su obsesión ultramontana con la entrepierna. Al parecer, según esos señores, Dios no residía en el cielo sino en lugares más íntimos, malolientes y, en su opinión, pecaminosos.

Victoria Cirlot, hija del escritor y autora del epílogo de esta novela, donde se cuenta la azarosa historia de su no publicación.

Victoria Cirlot, hija del escritor y autora del epílogo de esta novela, donde se cuenta la azarosa historia de su no publicación.

Solo a partir de la última tercera parte del texto, aproximadamente, el revisor empezó a husmear el contenido altamente antisocial y antirreligioso (no se olvide que religión es la forma comunal y societaria de relacionarse con la divinidad) de la ficción que tenía entre sus manos. “¿Por qué tanto vicio? Sencillamente, porque el contacto carnal se puede lograr cuando se quiere y el sentimental o espiritual no”, nos dice al principio de uno de esos párrafos censurados. Me temo que, por mucho que anatematizasen la prostitución, y ante la impotencia de lograr un trato social amable y tolerante, un “contacto espiritual” por definición imposible si tenemos en cuenta la obligatoriedad de la ortodoxia y por tanto la sospecha que cae sobre toda divergencia, y por definición imposible si pensamos en la calidad biválvica de una sociedad donde nadie se sincera y menos aún escucha, en el fondo estaban de acuerdo con el meretricio por representar un mal menor, y a los malos (y sobre todo a las malas) que los mate Dios. “Pero ¿la bondad de los justos, valía lo bastante como para compensar la existencia de las abominaciones de los malos?”, se pregunta en otro párrafo, lo que pone en duda el sentido mismo de la existencia de Dios porque le arranca a la consciente vida humana el vector de salvación, le arrebata la “trayectoria Noé”, el rescate teleológico por la presencia de un justo. Demasiado inculto el censor, ni idea de teología por muchos estudios de ella que tuviera, estudios que más parecían memorización de papagayo que interiorización de la fe. Al revés de los censores soviéticos, nuestros carpetovetónicos curánganos no se enteraban de la misa la mitad.

Muy recomendable esta Nebiros de Juan Eduardo Cirlot en una edición cuidada y con un epílogo de la misma editora, Victoria Cirlot, muy ilustrativo de la peripecia del manuscrito, así como de la obra en sí.

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El condón perfecto

Esta conferencia sobre ardua investigación del Institutum Pataphisicum Granatensis se impartió desde la cátedra (al conferenciante no le faltó ni la muceta ni el birrete; le sobraron un par de zancadillas, pero la vida es así) en el Ágape Estacional de Invierno (si no recuerdo mal porque me han puesto falta en un par de ágapes: los contratos de la NASA y del MI6 me tienen frito). Fue aplaudido poco, pues para tragar el embolado a todo el mundo le pilló con el vaso en la mano en el final, de lo que se deduce que por el gorgoteo de apenas nada debieron enterarse.

Individuo dispuesto a tomarse una pastilla efervescente para el ardor de estómago

Individuo dispuesto a tomarse una pastilla efervescente para el ardor de estómago

Se sabe, dilectos sátrapas, ínclitos patafísicos, ilustrísima, porque algo tiene de obispo, Rector Magnífico, que el insigne Bill Gates ha convocado un concurso de ideas para fabricar, primero como prototipo y luego en serie, el preservativo perfecto. Digo yo que, consideradas las penurias pecuniarias del Primate Optimate que imprime y proyecta en perfecta privacidad el panfleto El Escarbadientes espiral, y es lástima que no le haya puesto un título con más pés para continuar escupiendo los paluegos que quedaron entre mis dientes tras esta opípara pitanza, digo yo que deberíamos participar en el concurso y ganarlo.

Como ingeniero titulado con menos ingenio que una hormiga en procesión, se me permitirá que exponga varios planes para tal aparejo penal, de pene que no de pena, aunque haya penes que sean de pena:

En primer lugar creo que debería poseer un sistema de autoimplantación, es decir que, extraído de su bolsita habría de salir disparado para aterrizar plácidamente, porque si no ¡qué dolor!, en el extremo priápico del interfecto que agraciadamente, pretenda utilizarlo. Si existen sensores que guían los misiles hacia su objetivo, equivocándose a veces y produciendo daños colaterales, debería mejorarse el sistema porque supongamos por un

Para comerse un plátano, todas las precauciones son pocas

Para comerse un plátano, todas las precauciones son pocas

momento que aterrice en lugar erróneo, por ejemplo en el gollete de la botella que se consume para desinhibirse, con lo que la desinhibición quedaría completamente inhibida. Tampoco deberá posarse sobre dedo alzado alguno porque si se abriera, por el aquel de la broma, en el interior de iglesia, mezquita o sinagoga en el momento álgido (álgido porque es de inflexión de todo un proceso retórico) de alzar el imam, sacerdote, pastor o rabino su dedo índice para amenazar, asunto este harto habitual, y ridículamente se le colocase en su extremo uñífero un obsceno pájaro cauchil, la cosa no sería de primera página en los pasquines, sino que alcanzaría la calidad de causante de campana y se acabó, o cierre por obras de la iglesia, mezquita o sinagoga. Por suerte, disfrutamos de un argentino que vendría a apagar los fuegos, lástima que no lo hay israelí o islámico.

Habida cuenta de los progresos técnicos en nanotecnología, con esos motores eléctricos (o Dios sabe de qué energía se abastecen) de menos de medio milímetro de longitud, capaces de elevar o bajar cualquier… bueno, lo que sea, desenrollar el condoncito a lo largo del miembro en cuanto éste tocara glande, no sería problema alguno.

Reciclaje

Reciclaje

Aprovechando asimismo esos motores el preservativo en sí debería vibrar tanto hacia dentro como hacia fuera para prever sexos sosos, pues nos sorprendería lo someramente sosegados que son solteros y solteras, desposados y desposadas hasta el soponcio. Esta característica haría también las delicias de onanistas y onanistos, que simple y llanamente podrían hacerse ilusiones. Al fin y al cabo, la sociedad en pleno consiste hoy en eso: hacerse ilusiones.

Por no hablar de aplicarle un diminuto MP3 capaz de emitir música suave y acorde con el acto. Películas porno no, porque evidentemente en cuanto se instala el adminículo queda oculto en las interioridades y no da opción a ver nada si no es porque el asunto es tan grato que los incumbidos vean nubecitas o alucinen en colores.

Reciclaje en casa de unos pervertidos

Reciclaje en casa de unos pervertidos

Por lo que atiende a las horizontales que verticalmente esperan en ciertas esquinas o zonas de la ciudad, podrían colocarse un profiláctico en cada oreja para escuchar música, en lugar de esos horrendos auriculares, casi siempre blancos para que hagan juego con las botas altas de plástico barato.

Respecto a los sabores estamos hartos de que haya un solo sabor por condón. Don sabor debe ser un invitado más a la fiesta y, quizá con un mando a distancia, podría disfrutarse de sabores tan extraños hasta ahora como el gazpacho, el ceviche de cuy  o la caipirinha, cambiándose a voluntad de la interesada o interesado. Si se le pudiera añadir, no ya un sabor sino un auténtico cocido madrileño o filete con patatas, emplatado y con cubiertos, servilleta y vino reserva, nos ahorraríamos la cena quedando satisfechos de muchas más cosas que la normal y esperable.

Y llegando ya al final, el artefacto, porque artesanía a fin de cuentas sería fabricar el prototipo y aún más, probarlo en caso y tiempo real, habría de despegarse de donde se insertó con un sistema de autodestrucción, por supuesto sin merma del medioambiente ni de la capa de ozono, y mucho menos del usuario, para no comprometer inspecciones, por ejemplo, de mamás capciosas que exploran debajo de las camas tras dejar al vástago un fin de semana solo con prohibición expresa de hacer fiestas en la casa.

Verdades. A veces. Solo a veces

Verdades. A veces. Solo a veces

Otro aspecto a considerar sería el de las pruebas del prototipo. Lo que en latín vulgar se llama testar, palabro que procede etimológicamente de “echarle cabeza”. Se requerirían dos extremos en lo que atañe al tamaño, ¡coño! Sin duda, por un lado convendría contratar, aunque fuese a la fuerza, a Nacho Vidal. Por otro lado se presenta una grave dificultad pues nadie reconoce así como así la categoría de chuchurrinoso de su príapo. Solicitarle el servicio a cualquiera de los presentes es comprometido, por el peligro de daño glandeal en caso de no haberse perfeccionado el sistema de inserción, y por el ridículo. Practicando el sano ejercicio de la meditación, recordamos que la Divinidad a la que hacía referencia Porrón de Elea, y a cuyo pene estaba ligado el cono cosmológico, sí reconocía esa característica propia, de modo que podría ofrecérsele un contrato basura, pues a fin de cuentas, hoy cualquiera se da con un canto en los dientes por lograr tal cosa, y más un dios en el paro. La ventaja de este fichaje sería inmensa ya que la publicidad de nuestro producto podría fácilmente ser ¡El condón Divino!

Hacer globitos siempre ha sido un uso alternativo del condón. Cada uno se entretiene en lo que puede. O en lo que le dejan

Hacer globitos siempre ha sido un uso alternativo del condón. Cada uno se entretiene en lo que puede. O en lo que le dejan

En lo que afecta al amor, asunto discutido siempre por los Escolásticos, queda aparte y al libre albedrío de cada uno porque la verdad es que hay que adobar esta cuestión con imaginación, catapón, catapón, para que emerja amor así como así.

Distinguidos sátrapas y sátrapos, no echemos en saco roto esta idea porque ya se sabe, ¡preservativo roto, bombo que te crió!

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Artículos en el periódico Ideal de Granada

Estos dos artículos fueron publicados en el periódico Ideal de Granada. Es gracia que se da a la Academia de las Buenas Letras, una columna semanal reservada a los académicos para que publiquen lo que vean conveniente. Columna corta, claro está: no más de 600 palabras, pero está muy bien porque permite expresar nuestra opinión en temas cercanos a la ciudad o a la literatura y la lengua. Ahí van estos dos primeros míos. Espero que os gusten.

La Academia amstelodana de los Floridos.

Ámsterdam, segunda mitad del siglo XVII. La ciudad se ha convertido para los judíos sefarditas, es decir los procedentes de España y Portugal, en una segunda Sefarad, tierra de acogida. Expulsados de España, o mejor, perseguidos por judaizantes, hostigados en Portugal, algunos judíos marranos van a parar a esa ciudad, donde la primera democracia europea los acoge benévola. La palabra marranos viene de marrar, equivocarse, aunque las otras connotaciones son también considerables. Allí gobiernan los calvinistas que creen en la predestinación. Si Dios predestina a sus elegidos, ¿quiénes iban a ser estos sino los propios calvinistas?, luego los otros no molestan: son bienvenidos. Todos excepto los católicos que tienen prohibida su liturgia.

Plano antiguo de Ámsterdam

Plano antiguo de Ámsterdam

Allí forman los hebreos una comunidad floreciente y rica. ¿Por qué?: debido a su manía de que los niños, pobres y ricos, estudien, y por tanto tengan capacidades diversas, entre otras la contabilidad y el enriquecimiento. La Compañía Holandesa de las Indias Orientales y su invento de las acciones no es asunto banal.

Los sefardíes venían de lugares donde se les obligó a bautizarse, pero continuaban practicando ciertos ritos no visibles arraigados en el judaísmo. No creían, por tanto ya, o habían perdido la costumbre de la fe, ni en el cristianismo ni apenas en el judaísmo. Solo les quedaba el nuevo racionalismo inventado, entre otros, por René Descartes. Bento de Espinosa, o Baruch Spinoza, es una muestra de ello.

Manuel de Belmonte, judío y conde palatino del rey español, funda primero la Academia de los Sitibundos, y en 1685, quizá para soslayar un tanto la vigilancia de la sinagoga, la Academia de los Floridos, asamblea a la que llamaríamos hoy tertulia, conciliábulo en el que se reúnen las mentes más preclaras intelectualmente de la comunidad. En ella se discuten los textos sagrados judíos, pero sobre todo, se lee y critica la poesía compuesta por los miembros de la Academia, se hace música, se comenta a los nuevos pintores holandeses, se ríe.

Isaac Aboab de Fonseca, rabino máximo de la sinagoga, desconfía porque se dedican a asuntos laicos como la literatura y otros temas superficiales. Consigue colar entre sus miembros, y como fiscal, al severísimo Orobio de Castro, antiguamente torturado por la Inquisición española. Pero Orobio no se atreve del todo, al parecer, a meterse con lo más “florido” de la sociedad sefardí, y además la salud no lo acompaña.

Joseph Penso de la Vega

Joseph Penso de la Vega

Muchas de las reuniones de esa Academia se celebran en casa de Isabel Rebeca Correa, poeta, traductora del Pastor Fido de Guarini, mujer sabia, y tercera esposa de Nicolás Oliver Fullana, un personaje propio de novela. Entre sus miembros están Joseph Penso de la Vega, cuya Confusión de confusiones es una delicia hilarante y barroca en forma de diálogo entre un filósofo, un comerciante y un accionista, Miguel de Barrios, autor de Flor de Apolo, Piratas de la América, etc., su esposa, Abigail de Pina, representada por Rembrand en La novia judía, el propio Oliver cuya colaboración en un Atlas mundial es notoria, etc.

Sobre todo el personaje de Isabel Rebeca Correa autora, además de la antedicha traducción, de un libro de poemas perdido, sería digna de ser investigada en profundidad, tanto por sabia como por mujer, pues no era habitual que una muchacha fuese tan culta, ya que entre los judíos la mujer no podía estudiar el Talmud, en tanto ella hablaba y comprendía español, portugués, italiano, francés, latín, griego y hebreo. También estos emigrados forman parte de la historia española: escritores en español, herederos de Góngora, Lope, Calderón o Gracián, son también nuestros ancestros literarios.

La habitación cerrada, de Juan José Castro

Juan José Castro, nacido en Motril y residente en nuestra ciudad de Granada, obtuvo el pasado año el Premio Internacional de «Poesía Antonio Machado en Baeza». Independientemente de galardones, el libro es un  hallazgo para el lector, un conjunto de poemas no excesivamente largos que golpean, como debe ser en toda literatura o producto artístico que merezca tal nombre.

Juan José Castro

Juan José Castro

Sin alharacas retóricas, habla de la soledad y del dolor, pero también de la magia de los objetos, de los recuerdos y de la sabiduría del autor. Su valor no se reduce a la técnica, lo que es siempre de agradecer porque los alardes satisfacen a los entendidos pero no al común de los lectores. Es un poemario inteligente compuesto en apariencia por una persona de mucha más edad de la que tiene Juan José, de contenido denso y sugerente, que nos enseña qué es la poesía y qué es la vida. Con su lectura, el goce está garantizado.

Porque, ¿qué les exijo yo a unos poemas? Exijo que me digan algo importante, que me afecte, que llegue a mi más hondo yo. Se habla de la poesía sencilla que pueda ser entendida por todo el mundo. La poesía sencilla, de cuya interpretación solo pueden esperarse lugares comunes, vulgaridades, simplemente no es poesía. Quien esto pregona, a mi entender, desprecia al lector. La palabra poética debe contener en su interior un mundo, una riqueza de la que carece la palabra cotidiana. Si un poema dice exactamente lo mismo a uno y a otro, su calidad es sospechosa. La poesía debe sugerir más que decir, debe ser tan exquisita que si nos pusiéramos a hablar de ella llenaríamos tomos, sin contar con que un lector diferente llenaría a su vez otro buen número de páginas. La poesía debe tener más detrás de ella que delante. Y no por difícil, sino por densa, cargada, henchida. Antonio Machado, que da nombre al premio otorgado a este poeta granadino, escribe poesía sencilla, sí, pero no cumple esos preceptos requeridos por ciertos “oficialistas” de ser comprendida por todo el mundo a la primera lectura de la misma forma que se comprende una frase del tipo “esto es una mesa”. También Jaime Gil de Biedma está “aquejado” del mismo bien y al ser leído, uno se percata de que el trasfondo del poema es mayor que la simple carga de palabras que aporta.

La habitación cerrada

La habitación cerrada

La primera parte del poemario de Castro viene dedicada a la enfermedad sufrida por su padre y de la que, por suerte, mejoró. Son poemas de soledad y dolor, de humanidad. “Di, qué escribe el azul de tus venas y en dónde/ te vas hundiendo.” Eso quiere saber el poeta/hijo, qué palabras salen del dolor y dónde va el padre, en qué absurdo mundo de muerte se sumerge. La segunda parte, “Los lirios amarillos”, son recuerdos con su punto nostálgico pero también divertido. “Las heridas o los nombres” es la constatación sorprendente de la propia madurez, de las experiencias adquiridas y ya pasadas. Y el último poema, “Pequeño legado”, forma la herencia dejada a los hijos pero también al lector, como si éste fuera hijo, no del poeta, sino del poema, y ahí está la gracia de esa polisemia, de esos muchos sentidos que unos versos deben tener si es que merecen ser considerado tales: el poema enriquece a quien lo lee como el legado sentimental enriquece a los hijos.

Un libro recomendable, de esos que uno guarda en la estantería y, de vez en cuando, después de esas dos primeras lecturas inevitables, saca para gozarlo nuevamente con algún poema suelto.

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