Una recomendación literaria

Wallace Stegner, autor de la novela que recomiendo

Ya una vez me “quejé” de alguno de mis amigos en este blog. Estos son quienes me recomiendan libros y me salen carísimos. A lo largo de mi vida han sido unos cuantos, la verdad. Y así me ha lucido el pelo: no tengo un chavo, aunque eso sí, conservo muchos libros y algunos amigos. Uno de los de toda la vida (nos conocimos teniendo él 16 años y yo 17) es Salvador Montero. Lo nombré y le agradecí su existencia amistosa en mi discurso de paso a supernumerario de la Academia de Buenas Letras de Granada. Son nada más ni nada menos que 55 años de amistad. Amicitia, que la llamaban los romanos. Así como Jesús Moreno Sanz, a quien ya “denuncié” aquí por lo mismo, me recomienda libros de filosofía, mitologías varias, historia, etc., Salvador me sugiere literatura, normalmente de esa algo despreciada por algunos elitistas, que consiste simplemente en contar historias bien contadas. No es que yo, a mi vez, desprecie la otra literatura, la experimental, la que juega con el lenguaje, las estructuras, las formas híbridas, muy al contrario, y lo he demostrado en Nos, en La insigne chimenea y en alguna otra inédita, pero también sé valorar un cuento, una anécdota bien narrada donde se manifiesta pura y llanamente al ser humano. La elaboración de un personaje, alguien que no (repito, NO) es el propio autor sino otro, el Otro, es asunto justamente de la literatura, y muchos excelentes autores, desde Dostoievski hasta Flaubert, desde Galdós hasta Luis Goytisolo, han sabido hacerlo con mucho mérito.

Una de esas recomendaciones (innumerables a lo largo de nuestra vida) salvadoreñas ha sido En lugar seguro, novela de Wallace Stegner, publicada en USA en 1987 y traducida aquí y editada por Libros del asteroide. Si me pongo a hablar de ella es porque me ha sorprendido gratamente. Otras veces lo he hecho: recomendar a los lectores asiduos de este blog alguna obra que, a mi vez, me ha impresionado. Además de las reseñas que hago para el periódico Ideal, siempre limitadas a novedades y a escasas palabras (el periodismo siempre limita las palabras; aunque solo sea en número y no en calidad o criterio), aquí me explayo, me estiro, entro en detalle, tengo mucha más libertad y no solo en extensión.

Portada de En lugar seguro, de Wallace Stegner, de editorial Libros del asteroide

Novela de casi cuatrocientas páginas, narra la peripecia de cuatro personas, dos matrimonios, que se conocen de jóvenes impartiendo clases ambos maridos en una Universidad provincial norteamericana. En tanto unos, Charity y Sid, tienen holgura económica, los otros, Larry y Sally han estudiado con becas y dependen del trabajo. Es Larry quien narra, pero la verdadera personalidad contada es la de los otros tres, especialmente la de Charity, auténtica protagonista del texto.

La generosidad de Charity y Sid y su hospitalidad hacen llevaderos los primeros años de los otros dos, hasta que, por fin, Larry consigue publicar y vivir de los derechos de autor o de ejercer de lector para una editorial, empleo que le proporciona Charity, justo en la empresa de un pariente. Pues, en tanto Sid continúa como profesor (las universidades norteamericanas no son como las de acá), Larry pierde su empleo al año de inciarlo por las envidias y temores que causan sus pequeños e iniciales éxitos literarios. En esta novela, los cuatro personajes son excelentes personas, si bien, claro está, cada uno con su defecto. Es novela de bondades, pero también de dominio, especialmente de Charity, arquetipo de la matrona estadounidense (no es judía) dominante, organizada y organizadora, incluso, hasta las últimas consecuencias. Son esas instituciones, integradas por personas con poder y que se empeñan en ejercerlo, las que se comportan mal; los individuos aislados, en la amistad que se profesan, son bondadosos, generosos, escuchadores de los problemas de los demás.

Charity es, como ya he dicho, el personaje más importante: su marido, hijo de banquero y heredero de una fortuna al fallecimiento del padre, habría querido dedicar su vida a escribir poesía; dos obstáculos dificultan esta intención: primero su padre que considera una pérdida de tiempo propia de diletantes esa afición; buena, quizá, como tal pasatiempo, pero exigiendo al hijo estudios de económicas (que abandona tras la muerte del progenitor, sustituyéndolos por los literarios) para continuar con el negocio. Y por último, el amor de su vida, la dominante, aunque a su manera, Charity, que la comprende, pero que, a sabiendas de lo efímero del dinero, le exige medrar en sus puestos universitarios, para conseguir la estabilidad y el ascenso, sacrificando el posible tiempo dedicado a la composición de versos.

Universidad de Wisconsin, donde trascurre la primera parte de la narración

Los ejemplos más claros de la rígida organización de Charity son: la excursión que organizan los cuatro, donde obliga a su marido de deshacer el equipaje un par de veces por no estar segura de si se incluyó esto o aquello de la cabal lista confeccionada por ella; el fracaso al atravesar un bosque, empeñada en utilizar la brújula en lugar de la intuitiva marcha siguiendo el curso del arroyo (la línea recta, en montaña, casi nunca es el camino más corto); los horarios estrictos con los niños: deporte, lectura, entretenimiento, etc. No siempre pide perdón ante los errores por esa rigidez, pero en ocasiones, lo hace. Es justamente en esa excursión cuando Sally, la esposa del narrador Larry, enferma de poliomelitis y queda paralítica. Y ahí es donde empieza el auténtico tema de la segunda mitad de la novela: la supervivencia, la necesidad humana de superar las dificultades, las malas pasadas de eso que, llámesele destino, azar o Providencia, qué más da, suele sucedernos a las personas. Pues otra de esas demostraciones de la manía organizativa de Charity (de su propia vida, sí, pero también de la ajena, por hacerlo lo mejor posible), es las disposiciones finales ante su inminente fallecimiento por cáncer terminal, donde vuelven a encontrarse los cuatro junto con hijos, nietos, yernos y nueras, etc. Lo hace por bondad, bien es cierto, pero esa bondad tan preocupada e integral es, en ocasiones, nefasta para los demás, pues el criterio propio, aunque equivocado, no deja de ser el propio. A pesar de toda esta ingerencia, tan inherente al personaje de Charity, su marido Sid la adora y depende de ella hasta para atarse los zapatos. Es el final, tan maravilloso, el que nos demuestra de nuevo esa capacidad de sobrevivir a los dramas que nos ocurren, cómo este hombre tan en manos de su esposa, tanto en el bueno como en el mal sentido de la frase, podrá y deberá sobrevivirla, continuar la vida porque esta es demasiado fuerte como para seguir a la muerte en su tenebroso camino.

Portada de Ángulo de reposo, otra de las novelas de Stegner traducidas al español

De prosa simple pero sustanciosa, con algunas reflexiones del narrador que no obstaculizan la acción, recuerda por momentos a Scott Fitzgerald, mezclado con la facilidad de Hemingway. Es libro que no se puede dejar, que te agarra por las solapas hasta que lo acabas.

Tengo pendientes un par de novelas más de este autor. Dicen que esta es una de sus mejores obras, pero por mucho que se diga, esa es cuestión que debe decidir cada lector. Solo si esos dos textos pendientes conservan la calidad, como mínimo, merecerá la pena leerlos. Todas estas traducciones están editadas por Libros del asteroide. Un autor a considerar. Nacido en 1909, fallecido en 1993. Una vida rica. Fue maestro, en su taller de escritura de, entre otros, Raymond Carver, lo que ya indica calidad. Espero haberos creado la urgencia de conseguir esta novela, que he leído en libro electrónico: apenas me queda espacio ya para nuevos libros, y el escaso que resta lo reservo para los tomos de peso, voluminosos y ricos que me recomienda, alevosa, malévola, cariñosamente, mi querido Jesús Moreno Sanz.

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Tres artículos periodísticos. Una reflexión y dos indignaciones

Estatua de Federico García Lorca en la Avenida de la Constitución de Granada

De nuevo adjunto aquí unos artículos publicados en el periódico Ideal en la columna que el periódico ofrece a la Academia de Buenas Letras de Granada para que sus miembros numerarios, supernumerarios, correspondientes y aun honorarios puedan colaborar en ella si así lo desean. Aporto cuatro ideas que se me ocurren (en este caso, son tres). De la última debo decir que me sorprende en mi propia ciudad cómo todo el mundo tiene en la boca el nombre de Federico García Lorca y, sin embargo, pocos lo leen, con la consabida excepción de profesores y alumnos de secundaria y universidad y cuatro o cinco de esos a quienes nos llaman chiflados, mas tan solo somos aficionados al tercer arte que la humanidad inventó: si el primero fue la pintura y el segundo la música, o viceversa, el tercero fue la literatura, la ficción o la aventura, la hazaña narrada alrededor de la hoguera, la poesía para dar ritmo al trabajo o más énfasis al cuento contado. El segundo artículo también refleja una indignación mía, ya la veréis. Y el primero es una reflexión: vivimos una sociedad desequilibrada, donde se da importancia a unas cosas y se les resta a otras, donde creemos a pies juntillas que ciertos desequilibrios, ciertas injusticias que no vienen de arriba sino de nuestros adláteres, son inevitables, donde se quiere negar lo evidente, lo que duele, lo molesto. También es homenaje a un intelectual español vivo y magnífico: Ramón Andrés, cuyos libros recomendaría a todo el mundo.

El equilibrio

Nicolás de Cusa

“No hubiera más tierra en la tierra que agua en el agua, y de aire en el aire y de fuego en el fuego”, asegura Nicolás de Cusa que ocurrió en la Creación. O en la evolución. (En el fondo, ¿qué más da?, ¿no preferimos la película al telediario?). Quiso decir con eso que el mundo es equilibrio. Muchas sentencias de la sabiduría antañona pueden aplicarse al hoy sin necesidad siquiera de mano de barniz. Si nos apropiamos de esa frase de Nicolás de Cusa, la contaminación, que no es aire ni agua ni tierra, sino fuego, está invadiendo terrenos impropios. Esas opiniones escolásticas proceden del pitagorismo y del concepto musical de armonía, de coherencia y equilibrio producido por la maravilla del número y la proporción que acomodan esa ponderación y medida del universo. La armonía, en griego antiguo, era el buen ensamblaje entre elementos que forman un todo: las maderas de un barco, las piedras de una casa. De ahí pasó la palabra a la música: equilibrio, trabazón.

Portada de Filosofía y consuelo de la música, de Ramón Andrés

Ese mismo Nicolás, cuyo verdadero apellido era Krebs (en alemán, cangrejo), habló de la docta ignorancia. ¿Se anticipó al quietismo o siguió a Meister Eckhart? El no saber, que enarbolaron Juan de la Cruz y, por extraño que parezca, también Nietzsche, consistente en dejar la mente en blanco, ignorante, para permitir la inmersión en la sabiduría inefable. Hoy hemos caído en la ignorancia pero no docta, en la voluntad de no saber. En la obsesión por la diversión. Diversión que no responde a la palabra: di-verter, verter en dos direcciones, el trabajo o lo que es obligado, y el entretenimiento. Ya dijo Ernst Jünger que ese solaz, actualmente, ha dejado de serlo porque si es imperativo, ya no es solaz. Lo expresó muy bien aquella especie de sansirolé detenida por la policía en plena pandemia cuando aseguró tajante: “es que yo me tengo que divertir”. Ni demasiada responsabilidad ni exceso de cachondeo.

Eso nos falla, el equilibrio. No solo sin equilibrio no hay belleza, sino que sin él no hay vida. Chinos y griegos adivinaron que ciertos sonidos musicales podían conducir a la decadencia de la sociedad, o cuanto menos anunciarla de forma inminente.

Estas reflexiones me las inspira un libro riquísimo titulado Filosofía y consuelo de la música, de Ramón Andrés. Compendio de filosofía inspirada por la música o viceversa, mezclado con el consuelo que aportan en tiempos nefastos. Un sabio, este Ramón Andrés, cuya lectura es imprescindible.

Lo virtual

Cartel de Caprichos del destino, de Sidney Lumet

He visto una película que no me pareció excepcional. Narra la historia de dos personas cuyos cónyuges fallecen en un accidente de avión. Tal vez me enganchó a ella el sentimentalismo, el aferrarse a la persona muerta, en el caso de un protagonista, y la voluntad o necesidad de superar la pérdida en el caso de la otra: la vida sigue y hay que vivirla hasta el final. Final que, por supuesto, nadie pone en duda aunque sorprenda, naturalmente, cuando se muere fuera de tiempo, a deshora.

No fue la actuación de los actores, ni siquiera una excelente dirección, fue un detalle insólito el desencadenante de este pensamiento. Cuando ambos viudos acuden a identificar los cadáveres no se ve esa escena tan repetida en el cine de destapar la sábana o abrir esos horrendos sacos en los que meten los cuerpos como si fueran bolsas de la basura a punto de ser echadas en el contenedor. No se enfrentan a la cara difunta, acaso deforme o no, de sus deudos. Al menos, no de una forma real. Les muestran esas mismas caras en fotografías expuestas en cámaras de televisión. Todo muy virtual.

Móviles, móviles, móviles

El asunto es significativo. Parece como si el dolor no fuera tan doloroso. Basta con ocultar la realidad de la causa, sustituyéndola por una imagen. No solo queremos apartar de nosotros el dolor y la muerte. No se trata de carpe diem. Deseamos que no existan. O, mejor dicho, no queremos aceptar que existen. Y para eso lo virtual es solución eficacísima.

Hoy todo es virtual. A todo sustituye lo virtual. Una vez pregunté a una jovencita, que pasaba el día pegada a su móvil, si tendría novio por el móvil, si comería o bebería por el móvil, si defecaría por el móvil. Las dos primeras cuestiones le parecieron propias de un imbécil, la última, de un grosero degenerado. Se lo tendría que haber preguntado virtualmente. De modo que la muerte también se ha convertido en virtual. Habrá cementerios virtuales a los que acudiremos haciéndonos selfis, iremos a ver a los enfermos terminales armados de nuestro terminal, sustituyendo las contraídas jetas de los enfermos por fotos de ellos muy sonrientes y muy jóvenes; a ellos no los veremos, pero ¿qué más da? Yo mismo puedo presentarme en las redes sociales como un muchachote veinteañero dispuesto a correrme juergas de tres días. Y no crean, esto mismo que escribo también es virtual, por supuesto.

Estatua de Gerardo Diego en los soportales de la calle del Collado, en Soria

Un viaje y un reproche

Acabo de volver de un viaje (ya tocaba) por varias ciudades castellanas. Soria, Valladolid, Segovia, Ávila y Salamanca. Todas ellas eran para mí ya conocidas, pero siempre hay algo que desearía uno ver o apetecible de revisitar. En todas hay monumentos famosos, rincones deleitables, itinerarios maravillosos o pueblos cercanos dignos de verse.

Tumba de San Juan de la Cruz en el convento homónimo de Segovia. Al santo no le habría gustado nada, por recargado, por lujoso, por presuntuoso. Es mi opinión.

Hay un aspecto, aparte de la monumentalidad, que une a estas ciudades con la nuestra: Granada. Y este es sus escritores nacidos, residentes o enterrados en ellas. Soria es Machado y Gerardo Diego. Valladolid es Delibes, por supuesto. Segovia es San Juan de la Cruz, o Juan de Yepes, como gustéis, pues allí está enterrado. Ávila es “la Santa”, como la llaman los abulenses, es decir Teresa de Cepeda o Santa Teresa de Jesús, que para el caso es lo mismo, aunque últimamente todos nos hemos vuelto muy severos con determinadas cosas y tolerantes con otras. Y Salamanca es Unamuno, el gran don Miguel (tres Migueles tiene mi santoral: Cervantes, Unamuno y Montaigne), el olvidado rector a quien hoy se le achaca desde lo más excelso hasta lo más ruin, habiendo muy pocos defensores de una u otra postura que tengan ni la más remota idea de quién fue y qué pensó aquel hombre un tanto malhumorado, gran trabajador, paseante, cocotólogo y contradictorio, pues no se le podía exigir ser objetivo ya que él no era objeto sino sujeto.

Monumento a don MIguel de Unamuno, obra de Pablo Serrano, ubicada en la calle Bordadores de Salamanca

En todas esas ciudades se habla de sus autores hasta la saciedad, se les homenajea, se erigen bustos o grandes bronces, en sus universidades se elaboran sesudas tesis y estudios sobre su obra. Mas la gente de a pie, que están saturados de escuchar esos nombres, no los leen. Y no se busquen responsabilidades fuera: el problema casi nunca es tanto del que engaña como del que se deja engañar. Es comidilla popular que leer es aburrido, que ahora lo tenemos todo solucionado con el batiburrillo audiovisual y virtual. Lo de no tener tiempo para la lectura es excusa insípida, pues nos dedicamos a ver series de televisión que proporcionan el juicio masticado o que, llana y simplemente, carecen de él porque son pura acción tontorrona o espectáculo para mantener bobos boquiabiertos. Tal cosa conviene al poder, a qué negarlo, pero quien toma la decisión de abstenerse de la lectura, del pensamiento (acto mal titulado como “calentamiento de cabeza”), es el pueblo. Todos nos sentimos muy orgullosos de los personajes citados, o quizá los criticamos moderada o acerbamente, pero convenimos en que su existencia eximia atrae al turismo. Todos beneficiados. Y todos empobrecidos. Una lástima. ¿Cuántos granadinos han leído de veras y en suficiente cantidad a Lorca? Sería cuestión de hacer una encuesta veraz, no política.

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De mi desidia

Ayer me encontré en el Centro Artístico de Granada con mi amigo Manuel, hombre bondadoso y culto, con mucha vida por detrás y, espero, con aún mucha vida por delante. Se alegró de verme porque me dijo había sospechado pudiera yo estar enfermo, pues además de no verme, por motivos obvios últimamente, se extrañaba de mi ausencia en los escritos de mi blog. Me halagó en profundidad que alguien echase de menos estas tonterías mías. Explicaré, o intentaré explicar, este absentismo.

Me apetece leer. Llevo tiempo que me encharco en esta actividad, no pasiva, que no lo es, sino algo menos activa que la creación misma. También me apetece escuchar música, igualmente en absoluto una tarea estática. Me ha atacado la pereza. Ya Paul Lafargue, yerno de Marx, la defendió en contra de ese prurito ensalzador del trabajo, un tanto calvinista, que implica el marxismo, o la izquierda, al uso.

Debo confesar que escribo una enésima novela que no tendrá más lectores, es decir, casi ninguno si no son mis queridos amigos, que las anteriores, publicadas o no. Es por entretenerme. Necesito ese sumergirme en el otro en que consiste inventarse un personaje. No en otro yo mismo, sino en un otro, en seres con diferentes circunstancias o idiosincrasias. Si bien es cierto que soy un poco Julio, el de Nos, y el “verdadero” autor de mis Ashaverus, no soy en absoluto Enrique Fuster, ni Ulises Sanramón, personaje de La insigne chimenea, ni ese Roberto que, si bien carecía de nombre en Buscar o no buscar, ya le he concedido uno en la inédita La novena. Ni mucho menos soy Óscar Gütig, el de Concierto triste para trío y coro: demasiado benigno para parecérseme. A veces pienso: qué más quisiera yo que asemejarme a Enrique o a ese Roberto, pero no, yo soy quien soy, y con eso debo conformarme. Pero me permito el lujo de crearlos para tenerlos como amigos y conversar con ellos.

Mi blog es otra historia, ahí pongo parte de lo que en verdad soy, incluyendo en tal cosa algo de mis personajes y de mis obsesiones literarias, ideológicas, etc. Y en ocasiones tengo la sensación de que pocos me leen. Manuel vino ayer a reivindicarlo, a darme un alegrón. Yo ya sabía que él, cuanto menos, me lee, y también otros, pero a veces me ataca una aflicción de inutilidad, de bagatela, y con ella, de pereza. En fin, que uno piensa, aparte de pocos familiares y algunos amigos muy queridos, ¿a quién le importa como pienso?, ¿a quién le importa lo que yo haga, lo que yo diga, como cantaba Alaska?

Tal es el motivo de mi pereza. Y no se crea que me faltan temas para añadir. Tengo los artículos que de vez en cuando el periódico Ideal y la Academia de Buenas Letras de Granada me permiten publicar. Tengo algunas traducciones del francés que, pues es imposible editar, me gustaría poner aquí, fragmentos de novela sin esperanzas, cuentos, en los que no soy muy hábil, que me gustaría dar a conocer, reseñas ya impresas en revistas o en el diario citado, que podría colocar. Simplemente, me da pereza. No me aburre, eso no es cierto, pero sí tengo galbana, flojera, me siento un zangolotino gandul, remolón.

Conste, ¡qué horror!, que no digo esto para que me déis ánimos. Agradezco mucho las palabras de mi amigo Manuel, pero sigo con mi pesimismo, algo que también empuja a la inacción. Envidio profundamente a mi querido amigo Fernando de Villena, no solo por sus treinta y tantas novelas publicadas y un sinfín de poemas escritos y editados, sino por su constante actividad. Por lo mismo me gustaría parecerme a otro apreciadísimo amigo, Enrique Morón, por quien siento pelusilla, no ya por su Obra Completa recién editada, sino por la grandísima calidad de sus poemas, que golpean el alma (llamadle alma, espíritu, psicología o cacumen, a mí me es absolutamente inverosímil, como dice el chascarrillo a los que él es tan aficionado) con bellísimas palabras, que rellenan el sentimiento de ansias, de añoranzas y de esperanzas en la vida. Me gustaría decir, como mi estimado Ángel Olgoso, quien asegura se acabó su labor como creador de ficción a lo corto, en la cual es, no un maestro, sino un verdadero catedrático, mucho más que algunos que sí ostentan tal título oficial, que ya no escribiré más narrativa. No lo diré: mis personajes me acompañan de tal forma que son parte de mí. Pero repito: me da pereza. Leer, caminar, escuchar música, seguir amando. E incluyo en ese seguir amando, no solo a mi mujer, a los hijos que son cuatro, a los pocos familiares, y a mis amigos, sino también a mis personajes. Incluyo esa diminuta habilidad, altamente defectuosa, que he alcanzado con las palabras, y que aspiro a hacer crecer, si es que mi también diminuta inteligencia me lo consiente.

En fin. ¿Habrá más? Espero, porque mi galbana no es tanta como para aplastarme en el sillón. Ahí queda.

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Del morbo ¿inevitable?

Supongo que cualquier persona que lea esto se habrá encontrado alguna vez dentro de un atasco en una autovía o carretera. Suelen suceder esos apiñamientos por obras o a causa de accidentes. Muy a menudo, por suerte, estos accidentes son nimiedades, golpes que solo afectan a la chapa del coche, es decir a su parte estética, no afectan a las personas si no es por el disgusto. Y se habrá observado también que, cuando por fin se supera el percance, puede verse que ya los coches accidentados hace rato que no ocupan carril alguno de la vía, sino que están en el arcén y sus propietarios rellenando papeles o incluso despidiéndose. Si ya hace un tiempo que se solucionó la causa de la retención, ¿cómo es que continúa? Porque la gente detiene, o casi, los automóviles, para mirar, fisgonear, curiosear, otear por si puede verse sangre en algún rincón, si hay un fiambre cubierto por una sábana o alguna persona sentada en el suelo doliéndose o con las manos en la cabeza. Lo más probable es que solo vean discutidores por quién ha sido el causante “usted frenó demasiado bruscamente”, o “usted iba demasiado pegado a mi culo”, o “es usted un imbécil”, o “y tú un hijo de perra”. Eso también atrae, cuando hay pelea. En tal caso el atasco puede ser mayor: ya no habrá retención por baja velocidad sino simplemente paro, y no para atajar la posible agresión o pedir sosiego, sino para acechar si aparecen navajas, pistolas o lanzagranadas. Es el morbo.

Durante siglos, el cristianismo intentó acabar con la lujuria (o al menos encauzarla) y no lo logró. ¿Podremos acabar con la morobisidad, o educarla, en nuestra naturaleza, pues vivimos en unos tiempos de buenas intenciones, donde todos somos extremadamente optimistas y bondadosos? Lo ignoro. Ese afán de sangre se manifiesta en dos ámbitos: los deportes de riesgo, donde el protagonista se la juega él solo (aunque a veces la insensatez obliga a jugarse la de los demás, verbigracia los rescates peligrosos en montaña porque a alguien se le ocurre adentrarse en ella con zapatillas de deporte, ropa muy bonita y de poco abrigo, y nula experiencia), y las peleas con motivo de fiestas, eventos multitudinarios o enfrentamientos entre grupos deportivos, políticos, etc. Hay otro entorno en el que se da ese afán de peligro y sangre: las manifestaciones callejeras violentas. Algunas van acompañadas de la razón; en otros casos y para algunos participantes, es pura diversión, por ejemplo, ciertas algaradas contra la mascarilla o el pasaporte covid que acaban con incendios de contenedores, etc.: ¿no habría que arremeter contra los laboratorios de ensayos o contra las farmacéuticas?, no, es demasiado difícil, lo divertido es tener a la policía delante. Es una apreciación personal, como todo este pequeño artículo, pero a lo mejor digo algo de verdad.

En este nuestro primer mundo ya no hay guerras. Mandamos a nuestros soldados a otras contiendas, a veces con misión de paz, pero las guerras ya no están aquí. No estoy defendiéndolas, ni muchísimo menos. Me horrorizan y lo mismo me da que estén aquí, que allá donde no las veo. Pero ¿acaso sucede que la gente las echa de menos y por eso sufre el morbo de la sangre, sea en manifestaciones, accidentes, peleas o deportes riesgosos? No lo sé.

J. M. Coetzee

Ese apetito sangriento tiene como contrapunto la defensa de los animales. El escritor sudafricano y premio Nobel J. M. Coetzee, en su novela Elizabeth Costello, plantea muy bien esa defensa. La protagonista contrapone en ella el sacrificio industrial de animales para alimentación, con los antiguos ritos de caza de las comunidades prehistóricas, donde se sacralizaba al animal que se iba a cazar o al ya cazado. Los indios norteamericanos, se ha hablado mucho de ello en nuestra actualidad ecologista, pedían perdón al animal cazado, excusándose en su necesidad de comida. El animal era respetado, consagrado, considerado. Los cazadores sioux o navajos eran artesanos: mataban lo que necesitaban, es decir, poco. ¿Por qué?, porque ellos mismos eran pocos: con un par de bisontes comía toda la tribu durante un mes. Los cazadores profesionales para el ejército norteamericano mataban mucho porque servían a muchos (no solo por la carne, sino también por las pieles). Los defensores de la caza aficionada, aquí o en África, para el caso es lo mismo, se escudan en el equilibrio de las poblaciones animales. De hecho, la presencia de jabalíes (peligrosa, no nos engañemos: un macho solitario puede agredir, y por supuesto una hembra con sus jabatos arremeterá para defenderlos cuando los suponga amenazados) en ciudades y pueblos grandes de nuestra península, abala este argumento. También es cierto que en nuestro país (y me temo que también en otros) somos muy de pasar de don Juan a Juanillo, y desde eliminar prácticamente a lobos y osos en León o Asturias, hemos pasado a ver hasta con buenos ojos que aquellos devoren ovejas a pesar de las clamores y protestas de los ganaderos. También es una apreciación personal. Solo aspiro, no a tener razón, sino a obligar a la reflexión a quien esto lea, y a una reflexión lo más exenta posible de prejuicio, pues, y esto sí lo digo de forma tajante y sin apreciación personal: el prejuicio es lo más tonto del ser humano, y lo más recurrido, porque es fácil, basta con hacer caso a lo que “se” dice, sin pensar en ello uno mismo.

Portada d ela novela de Coetzee Elizabeth Costello

Elizabeth Costello, la protagonista de la novela homónima de Coetzee, llega a hablar, tratando este tema, ¡de los toros! Insinúa, aunque tampoco el autor da certezas, que en ese espectáculo también se sacraliza al animal, como los indios norteamericanos sacralizaban al bisonte. En realidad, tanto en un caso como en otro, la carne se come: para la tribu o para abastecer los mercados, y bien preciada que es la carne de toro bravo. Si pensamos bien en los sistemas de caza de aquellos indios, armados con arcos y flechas o con lanzas, la forma de matar al animal no era menos sangrienta y dolorosa que en la plaza de toros. Siempre he temido que la lucha contra las corridas de toros tiene más de odio a lo que se dio en llamar “fiesta nacional” que de defensa zoológica. La denominación huele a franquismo (¡me he enterado de que Franco orinaba!, ¡qué escándalo!, deberíamos dejar de orinar todos). Además, todos los nacionalismos están bien menos lo que se llama nacional español. Me es absolutamente indiferente: no puedo enorgullecerme de ser español ni catalán: nacer en Barcelona fue casualidad, lo mismo habría podido mi espíritu, mi alma, mi carne, ser engendrado en Tombuctú que en Rejkiavik. Sí me enorgullezco, sin embargo, de haber emigrado a Andalucía: lo decidí yo y me salió bien, nacer en Barcelona no lo decidí yo. Para mí, el nacionalismo es mero afán de pertenencia. Esto también es una opinión, discutible e intransferible. Aunque quiero recordar aquí la frase de Samuel Johnson: “El patriotismo es el último refugio de un canalla”. Insisto, no es mía, no soy quién para juzgar, pero apunto, sino del Dr. Johnson, poeta, ensayista y biógrafo, y sobre todo, crítico literario.

Volvamos a los toros. Se habla de arte. El torero debe respetar al toro (se habla de su nobleza como una de las virtudes imprescindibles cuando se da el “indulto”), lo reconocen casi todos los diestros y también lo afirma José Bergamín en su maravilloso y muy recomendable libro El arte de birlibirloque. No puede negarse elegancia a ciertos lances como, por ejemplo, los pases de muleta. Tampoco puede negarse elegancia y eficacia al acercamiento sioux a las manadas de bisontes, con aquellas cabezas y pieles de esos animales para ser confundidos con ellos. Cabezas y pieles para los que, por supuesto debían haber matado a un animal previamente. Se dice que el morlaco, excitado por la lucha contra el torero, sufre poco. No lo sé. Dudo mucho que se haya podido efectuar una resonania magnética cerebral al toro, mientras está en plena faena, para averiguar si los núcleos (corteza prefrontal ventromedial, núcleo accumbens e hipocampo, según internet) responden al dolor infligido. Pero pocos hablan del dolor de los mataderos. Del olor a muerte y a sangre que sienten los animales que esperan ser sacrificados, de la escucha atenta que hacen de los berridos de aquellos sobre los cuales ha caído ya la cuchilla. De hecho, tanta repugnancia nos causa esto que los mataderos se han llevado a las afueras de las ciudades. El Matadero de Madrid se ha convertido en Centro Cultural. Ya no tenemos cercanía con ese dolor: las matanzas de cerdos en las casas privadas están prohibidas, o cuanto menos, se han puesto tantas dificultades a ellas que las han convertido en imposibles. No así las de pollos, pavos, etc., en los cortijos, masías, caseríos; pero parece que las aves son menos afines a nosotros, sufren menos que los mamíferos. Nos importan menos. Ser matado duele, eso es todo, y podemos anular las corridas de toros por sangrientas o los mataderos, pero mientras las hamburguesas no crezcan en los árboles (algunos así lo deben creer, pues las devoran alegremente mientras se niegan al bistec por no hacer daño a los animales), seguiremos necesitando de ese aporte proteínico. De hecho, si toda la humanidad se convirtiese en vegetariana, al no haber suficiente alimento para todos deberíamos renunciar a más de la mitad de nuestra especie. Si estamos dispuestos a ello, es decir a que tres o cuatro mil millones de personas mueran de hambre (siempre y cuando no le toque al yo de cada uno, por supuesto) y no inmutarnos (Hitler ya lo intentó con otros medios, y se quedó en pocos humanos; además, le dio por algunas razas, judíos, gitanos y hasta eslavos, sin pensar en sus propios coterráneos, a quienes también, pues los envió a morir a los múltiples frentes de batalla; por cierto, Hitler era vegetariano), si aceptamos esa hambruna generalizada, de acuerdo. De lo contrario, deberemos admitir ese uso animal para el condumio.

Empecé escribiendo sobre el morbo cuando la gente detiene su coche para mirar un accidente, para husmear si hay o no sangre. Acabo hablando de las corridas de toros (públicas) y los mataderos (privados y apartados de la comunidad; por no mencionar las granjas de pollos: piojos en costura). ¿Es el mismo morbo el que nos lleva a presenciar esas corridas? Para algunos, sí, evidentemente; otros de veras entienden y saben lo que en ellas ocurre, gozando de un espectáculo hermoso, o cuanto menos hermoso lo consideran ellos.

No me gustan especialmente los toros, pero intento respetar a quienes sí gustan de ellos. Lo que sí me gusta es reflexionar y no quedarme con el pensamiento dado, hecho. No hace mucho, el filósofo Emilio Lledó, en un reportaje televisivo dedicado a su persona, decía que la libertad de expresión está muy bien y es necesaria siempre y cuando exista la libertad de pensamiento; si esta se encuentra condicionada por el bombardeo de información, por el prejuicio irreflexivo que nos hace repetir lo política o socialmente correcto, por los políticos (o influencers, como ahora se les llama a los listillos) populistas que prometen lo que nunca conseguirán y afirman lo que la gente desea oir, sea o no verdad, la libertad de expresión solo sirve para que digamos tonterías. Lledó dixit. En resumidas cuentas: estaré de acuerdo en que se prohíban las corridas de toros cuando se prohíba asimismo pararse o pasar lentamente ante un accidente por el morbo de saber si hay sangre. Ya sé que en una autovía es obligatorio circular a más de 60 y menos de 120 km./h, siempre y cuando no haya señal contraindicatoria, pero en tanto saltarse ambas limitaciones (y no hay país más proclive a saltarse leyes y normas que este, a no ser que consideremos Nápoles), es fácil, hacer corridas de toros clandestinas es francamente difícil.

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Dos artículos periodísticos

Clara Janés con su mejor sonrisa

De nuevo coloco en este blog dos artículos de los aparecidos en el periódico Ideal de Granada, de esa columna que cada jueves este periódico reserva para los miembros de la Academia de Buenas Letras de Granada. El uno habla de un gustazo, de un placer, en tanto el otro trata de un cabreo, de indignaciones personales que no siempre son universales, pero que, como propias, sí molestan: critico esa costumbre empresarial de llamar por teléfono, incluso a la hora de la siesta, para proponerte, en condiciones muy favorables, la adquisición de cabezas reducidas por los jíbaros o líneas telefónicas, que para el caso es lo mismo. Espero que os gusten.

De la sorpresa

La lectura es un vicio que no solo proporciona placer, a veces, sino también sorpresas. No hace mucho entré en una librería de lance de Granada. Esos pozos del asombro, del pasmo, son aventuras íntimas en las que a uno, en ocasiones, le dan ganas de arramblar con todo. O casi todo. Me encontré un librito, a un precio irrisorio, de Clara Janés, Jardín y laberinto. Memorias de su infancia y juventud, con su familia, especialmente su padre, Josep Janés, nombre que al lector moderadamente añoso le sonará de la editorial Plaza y Janés. El padre, además de editor y poeta (su poemario Combat del somni, o Combate del sueño, es muy destacable), fue amigo de sus amigos y tuvo la gran suerte de tener un buen e interesante número de ellos. Eugenio D’Ors, por ejemplo, le salvó la vida, junto a Luys SantaMarina, cuando fue condenado a muerte por el bando vencedor en 1939. Pero quizá el amigo más entrañable fue el músico Federico Mompou. Clara Janés escribió una biografía interesantísima sobre este hombre grande y bueno, sobre este genio que merece estar en los altares de la música española para piano entre Albéniz, Granados o Turina.

Portada de Jardín y laberinto, de Clara Janés

Pero vuelvo a Clara Janés. Ella vivió, y ahí se remiten sus memorias, en el barrio de Pedralbes, barrio alto de Barcelona. Yo nací en una calle estrecha y cutre del centro de la misma ciudad. No son las mismas vivencias pero aquellas me han hecho evocar las mías. Lugares, anhelos, caprichos infantiles, inquietudes cuando los cuerpos se lían a cambiar y no los reconoce ni su dueño.

Hay que leer a Clara Janés. Su poesía es quizá una de las más grandes del siglo pasado, y aun del presente, pese a que fue un siglo rico. Mujer curiosa y sabia. Su sabiduría le ha costado indagar en los más arduos temas: simbología, historia de las religiones, mitología, ciencia, y todo ese bagaje mochilero ha sabido traducirlo en bellísimas imágenes, en frases rutilantes, en versos iluminadores y en poemas de una lucidez y hermosura envidiables y, sobre todo, admirables. Su poesía enseña y ensueña. Ha traducido del francés, inglés, alemán, checo, persa, turco, etc. Y si nos vamos a la prosa, ahí se abre más el velo tras el cual se descubre esa sabiduría, tanto en novelas como en sus ensayos o memorias. Su antología poética, Movimientos insomnes, es para libro de cabecera. En resumen: Janés, obligatoria.

Márquetin agresivo

Supongo que a todo aquel que lea estas líneas lo habrán molestado por teléfono ofreciéndole tarifas beneficiosas y casi propias de ganga (es decir, gangosas), preferentemente a la hora de la siesta. Pues se ignora si el número que aparece en la pantallita es de un amigo que desapareció, del SAS notificando que ha llegado el momento de recibir vacuna o se han equivocado, se cae en el error de descolgar, claro. Y allí fue Troya, porque lo primero que la víctima se encuentra es que la o el comercial la tutea. Como si lo conociera a uno de toda la vida. Ya sé que existe la lista Robinson, y apuntado en ella estoy, lo que no me libra de recibir llamaditas. Alelado por esa siesta interrumpida, el torturado atiende con educación e incluso puede que trate al comercial de usted, que debería ser lo normal entre desconocidos.

Pues no, no es lo normal. Lo normal hoy es la familiaridad procedente del interés por sonsacarle a uno los cuartos, crear dependencias hacia tal o cual empresa. Conviene recordar que también en inglés existe el trato de usted y el tuteo: se usa el nombre de pila, o el apellido precedido del señor o señora.

Ignoro qué estarán pensando, o creyendo, o quizá ni una cosa ni otra, solo sintiendo, como los hipopótamos, los técnicos que dan cursillos a esos comerciales, convenciéndolos de que si tutean, si tratan con esa falsa familiaridad, adecuada en cuñado palmeante de espalda, el cliente se rendirá a los pies. Uno se siente tentado de proponer, ante tamaña intimidad, una cita en pub sin distancias de seguridad ni mascarillas, como convivientes.

Hablando en serio, es un error esa técnica confianzuda: el o la comercial no sabe si la persona con quien habla es partidaria de ella o no, si se sentirá a gusto como los viejecitos internos en residencia sonríen ante el cuidador que los tutea, sí, pero al menos les hace un servicio imprescindible. Mi pataleo, ya lo sé, querido lector, es inútil y patético, porque esos cursilleros (tal vez la palabra proceda de cursis) de márquetin no van a leer este artículo, y ni siquiera leerán el resto del periódico. Ya no se lee, ni periódicos ni nada, de igual manera que ya no se consideran necesarias las formalidades, la educación, la cortesía. Ahora se convence por invasión. ¡Pues convencerán a otro, no a mí!

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Las Obras Completas de María Zambrano

Retrato juvenil de María Zambrano

En marzo de este año me encargó Jesús Moreno Sanz una reseña amplia sobre la edición de las Obras Completas de María Zambrano para la revista Recensión que se publica digitalmente. Me había leído ya los 4 primeros volúmenes, el último de los cuales tiene dos tomos, y todos rondando las 1000 páginas. Me tocó, para poder abordar el trabajo, leer el tomo VI y último de lo publicado hasta ahora. La lectura de la pensadora me ha producido enormes placeres y beneficios, pero no dejo, ni mucho menos, en último lugar la amistad con Jesús, que no solo me honra con ella sino que además me contagia sabiduría, tanto en las pocas ocasiones (la puñetera pandemia) en las que hemos podido acompañar la charla con unas cervezas o una comida, como en las pláticas telefónicas en las cuales me recomienda libros (ya dije que me salía carísimo porque me los recomienda gordos, brillantes y costosos) y me explica conceptos para mí difíciles, o me habla de sus múltiples conocidos del mundo cultural. No fue él quien me hizo conocer a Zambrano, pues ya la conocía de una antología de sus textos llamada La razón en la sombra, y de algunos libros con títulos como Las islas o Unamuno. Mucho después me enteré de que esa antología había sido seleccionada y prologada por el mismo Jesús a quien luego, a través de Clara Janés que me proporcionó su dirección de correo electrónico, pude conocer personalmente. El libro lo he regalado a una persona muy querida (esa hija que me hubiera gustado tener), pues en posesión ya de la Obra Completa, alguno de cuyos tomos me regaló el propio Jesús, carecía de sentido conservarlo, prefiriendo que pasara a otras manos de las que sabía lo valorarían y se aplicarían en su lectura.

Algunos pensarán que me obsesiona Zambrano por la cantidad de veces que en este blog he hablado de ella. No es así. Me gusta, por supuesto, y mucho. Sus textos me han aportado mucho. Solo que en los últimos tiempos me ha tocado lidiar con ellos, gozando de la faena y rematando buena parte de su obra sin matar a nadie. Lamento repetirme si es que a alguien le aburre, pero es lo que hay.

Jesús Moreno Sanz

Sin la ayuda de Jesús Moreno, esta reseña, que debió ser también artículo de fondo y no solo por su extensión sino también por su intensidad, no habría sido posible. Él me retocó párrafos en los que mi profundidad filosófica no alcanzaba, y me rectificó allí donde daba datos erróneos o incompletos, sobre todo sobre ese pensamiento tan “de las entrañas”, tan poético propio de Zambrano. De modo que a él le agradezco, no solo el encargo, que ha permitido que mi nombre aparezca en revista de la enjundia de Recensión, sino también la inestimable colaboración de la que solo aquí, en mi blog, se da noticia. Por cierto que en el mismo número de esa revista hay una reseña sobre la Biografía de la malagueña, escrita por Jesús Moreno, reseña de J. A. Antón Pacheco, muy clarificadora y eficaz. La dirección electrónica donde se puede encontrar este artículo es esta: https://revistarecension.com/2021/08/30/las-obras-completas-de-maria-zambrano/ y corresponde al Volumen VI, de julio-diciembre de 2021. Espero que leáis este largo artículo-reseña con gusto y os tiente para entrar en el mundillo de esta filósofa española que tan importante fue para el pensamiento hispano del siglo XX.

Sin duda, editar las obras completas de un autor o autora es arduo: si se trata de aquel tiempo cuando se escribía a mano, es preciso descifrar las indescifrables letras acostumbradas, localizar aquí o allá textos publicados, o inéditos que quedaron arrinconados en bibliotecas y archivos, e incluso en casas de amigos o diversos domicilios de los autores. En el caso de las Obras Completas de María Zambrano, el trabajo de edición ha sido algo más que dificultoso, pero es tarea que, se nota, ha sido hecha con amor y meticulosidad, alcanzando un nivel de calidad pocas veces logrado en una publicación de tal enjundia.

Que Zambrano es vital en la filosofía española del siglo XX ya nadie lo pone en solfa. O casi nadie, creo; que si alguno hay, bastaría con que la leyera para convencerse de su error. Se alinea ella con los tres grandes pensadores del siglo pasado: los Unamuno, Ortega y Zubiri, si bien otras personas añadirían, acaso, algún otro. No fue, eso sí, una divulgadora, como su maestro Ortega, o actualmente Savater, ni una teórica estricta como Zubiri. Conocida es la anécdota en la que Ortega y Gasset, don José, como ella lo llamaba, más molesto que admirado, le dijo tras la publicación de su Hacia un saber sobre el alma: “No ha llegado usted aquí (señalándose el pecho) y ya quiere ir lejos”. Es decir, y hoy lo sabemos, que la alumna adelantaba al maestro, si bien haciéndolo con la más estricta corrección: poniendo el intermitente y con prudencia pero con firmeza. E insistió en ello, pues su razón poética es un paso más allá, más abarcadora, que la razón vital orteguiana. No obstante, en ningún momento desdeñó el magisterio de su predecesor, y siempre hizo encomio de su obra, considerándolo un guía.

La obra de María Zambrano recuerda a un abanico. Lo importante es el abanico entero: el país desplegado. Pues ocurre con ella como con Friedrich Nietzsche: si se lee un solo libro apenas se entera uno de nada, y lo conveniente es acaparar los textos por entero o acercarse lo más posible a esa cabal obra. Ella misma utiliza para su trabajo la imagen de la espiral: círculo que se expande desde un mínimo y que llega, o aspira a llegar, a lo más; un círculo que partiendo de un punto central, crece y crece.

Un tópico cuando se habla de esta pensadora es la dificultad de su lectura. En efecto, pues tiene la dificultad de la gran poesía del siglo XX, la de Celan, Eliot o Pound, Char, Valente (ambos amigos suyos), Valéry o Rilke. Y este “en efecto” mío podría desanimar de adentrarse en sus libros. No es mi intención. El lenguaje que ella emplea, como es de esperar y desear al hablar de razón poética, es el perteneciente a la poesía, lenguaje de vocabulario ceñido, con metáforas y demás figuras retóricas, lenguaje personal e íntimo. Cuanto menos, eso sucede a partir de 1954, cuando tuvo su gran “iluminación” o “camino recibido” sobre esa razón poética y el necesario estudio de los sueños, ideas que ya le rondaban de antes pero que a partir de ahí fueron conscientes, creadas y utilizadas. Ya mencionó a la “razón poética”, referida a Antonio Machado, en 1938, y más tarde, en el 44, reconoce, en carta a Rafael Dieste que anda a la búsqueda de ella. La obra escrita a partir de 1954, aproximadamente, es la más conocida, entre la que se encuentra, por supuesto, su Claros del bosque.

Citaba al principio la complejidad de editar unas Obras Completas. En estas, concretando, se ha seguido una estructura rigurosa y una investigación del todo exhaustiva. El orden cronológico de la aparición de los libros ya publicados anteriormente, así como de los múltiples inéditos, anotaciones y artículos, ha sido la primera de esas reglas estructurales. Cada volumen va precedido de una Nota introductoria, y cada libro contenido en ellos va a su vez antecedido de una Presentación y, ya al final del tomo, en los Anejos, una Descripción del libro, enumeración de las diferentes Ediciones, la Genealogía u origen de cada uno, sus Relaciones temáticas, los Criterios de edición y, por fin, el corpus de Notas. Además, claro está, de Índices onomásticos y de topónimos.

Pero toda esta carga de introducciones, presentaciones, notas, etc., incluidas en estos volúmenes, no son un alarde de los responsables, no son una dificultad añadida a la lectura sino al contrario, una ayuda imprescindible para poner en antecedentes, para aclarar y explicar lo que podría quedar oscuro, para relacionar unos escritos con otros en una obra que, como ya dije, recuerda a un abanico y que la propia Zambrano compara a los granos de una granada o a los gajos de una naranja. Las notas, en estas Obras Completas, son como el aire caliente al globo: permiten elevarse en el cielo, alcanzar esas cotas altas que Zambrano quiso y logró descubrir. Un trabajo, en fin, que el director de la edición, Jesús Moreno Sanz y su equipo (formado por los mejores especialistas en la pensadora: Pedro Chacón, Karolina Enquist Källgren, Sebastián Fenoy, Mercedes Gómez Blesa, María Luisa Maillard, Fernando Muñoz, Goretti Ramírez, Mariano Rodríguez, Antolín Sánchez Cuervo y Ricardo Tejada, además de la colaboración puntual en algunos artículos de Elena Laurenzi y José Luis Mora), han elaborado de forma exhaustiva y detallada, un trabajo sumamente útil para el lector interesado. Una labor que mejora cualquier otra edición anterior, y posiblemente posterior, de las obras por separado.

Pues las alturas en Zambrano son muchas. Su razón poética, por ejemplo, consiste en una unión íntima entre filosofía, poesía, religión, historia y tragedia. Aunque una salvedad cabría oponer a esto, y ella misma lo confiesa en uno de sus escritos autobiográficos: más que religión es mística lo tratado en esa razón poética. Y así es, pues la mística, tanto cristiana como islámica (a la que llegó desde San Juan de la Cruz, Ibn Arabí, Asín Palacios, Massignon, Corbin y posteriormente Guénon), y en menor medida pero presente, la cábala hebrea (Gershom Scholem) y la oriental (especialmente Tao, budismo e hinduismo) es la que hace distribuir “el logos por las entrañas”, como quería Empédocles, filósofo presocrático. Y de esos presocráticos es de donde la filósofa también extrae, y mucho, su inspiración, pues ellos escribieron largos poemas, como Parménides, donde definieron su filosofía (aunque a veces se conserven solo fragmentos). De hecho, reivindica a Pitágoras frente a Aristóteles. Es de la mística sufí de donde extrae los conceptos, tan útiles en su filosofía, del baqâ, literalmente, lo que queda, y el fanâ o extinción, esa extinción de las pasiones que exigía Spinoza, para lo cual es imprescindible haber descendido a ellas, conocerlas, visitarlas en los ínferos, y el aprovechamiento o vivencia de lo que queda. También Nietzsche, tantas veces su compañero de andadura, escribió en Dichtende Vernunft, es decir, que escribió en, precisamente, “razón poética”. Éste, acompañado de Kierkegaard y el ya nombrado Spinoza, sobre quien trató su inacabada tesis doctoral, son los dioses lares de María Zambrano. Esta razón poética no se le presenta como algo producto de mera reflexión, como ha sido habitual en filósofos del tipo de Descartes, Kant o Hegel, sino como donación, igual que el poeta patentiza revelación y dona su texto. Pues, como dice Zambrano, la filosofía se agota en la pregunta, en tanto que la poesía encuentra, revela. Y así, ya en su libro final, Los bienaventurados, dirá que lo que ella busca es aunar la respuesta de la filosofía con la acción de la poesía.

Y es que nuestra pensadora sabía que con solo la Razón representativa no comprendemos al hombre entero. Necesitamos una “Razón más ancha y total” que se sumerja en lo oculto: los sueños, esa mística de la que hablaba, los sentimientos. Su pensamiento es, según fórmula de Jesús Moreno Sanz,  una “lógica del sentir”.

Pero prosigamos con la estructura dada a estas Obras Completas, tan ejemplar en sí misma. La división de los 4 primeros volúmenes es cronológica, distinguiendo los periodos según la evolución de la pensadora. De los 23 libros publicados y directamente preparados por María Zambrano, aparecen 22 en los 4 primeros volúmenes: Vol. I (1930-39), desde que empieza a publicar hasta que ocurre aquello que cambió por completo su vida física y anímica: el exilio; Vol. II (1940-50), el exilio propiamente; Vol. III (1955-73), con su producción desde que halla la forma, ya intuida anteriormente, de esa razón poética; Vol. IV (en 2 tomos) (1977-90), sus últimos libros que conforman las ramas superiores de ese árbol que configura su pensamiento, dando así a ver en ellas el producto de su médula más honda. El Vol. VI contiene los escritos autobiográficos, desde apuntes o cuadernos inéditos que conforman un largo Diario que cubre toda su vida, hasta Delirio y destino (libro 23 de su producción), autobiografía muy singular y que se atiene al género literario de la “confesión” que Zambrano había recorrido con anterioridad en su La confesión: género literario y método (1945, vol. II), de modo que no es narración de hechos escuetos sino de sentimientos, estados de ánimo y aun de análisis histórico subjetivo de la España entre el nacimiento de la autora y el gran desastre de la Guerra Civil y el forzado exilio, así como repaso de su propio pensamiento filosófico hasta 1952. Intercalados en ese diario, siempre cronológicamente, que ocupa la primera parte, tenemos tanto los “delirios” como los poemas escritos por María Zambrano. Esta obra puramente poética fue, de tan íntima, oculta y solo visible en cartas a sus amigos más allegados. También al final de este libro aparecen ya como explícitos “delirios” los heterónimos de la malagueña, que hay que sumar a los mayores que constituyen la denominada por ella “estirpe de Perséfone”, tal como la va recogiendo cronológicamente el vol. VI: Antígona, Diotima, Ofelia, y la final Ana de Carabantes, esta última a modo de “otro yo” de Zambrano quien toma para ella el segundo apellido de su padre, don Blas Zambrano. Las tres primeras, Antígona, Diotima y Ofelia, fueron apareciendo en explícitos “delirios” desde 1947 (“Delirios de Antígona”) o ya en 1956 el artículo “Diotima de Mantinea”, el primer escrito de Zambrano en que practica propiamente la razón poética, y que irá corrigiendo y ampliando hasta 1983, y por último, en 1972, Ofelia.

Respecto a este postrer volumen publicado, el VI, el conjunto de esas memorias, tanto las recogidas en esas notas de diario, como la autobiografía, ayudan a conformar la Historia sin prejuicios, a comprender lo hodierno conociendo lo pasado. El exilio fue para Zambrano traumático al par que, según ella misma, salvador, como tan claro queda en su artículo final “Amo mi exilio” (en este mismo vol. VI) no menos que el decisivo capítulo de Los bienaventurados “El exiliado” (vol. IV, tomo II); una experiencia que otros exiliados forzosos, y aun aquellos voluntarios como Juan Goytisolo, han señalado como dolorosa: desarraigo, enfrentamiento con otras realidades. Así fue como lo vivió María en México, donde dio clases en la universidad de Morelia, en Cuba y Puerto Rico, islas en las que impartió conferencias y clases, además de su corta estancia en Chile con su marido, secretario de la embajada española, o ya en Roma, París, o Suiza donde el exilio es, por fin, contemplado como la fase plenamente mística que da sentido a su vida y a toda su obra.

Es curioso que este vol. VI, sin que ello excuse la lectura de los otros volúmenes, contiene en agraz a esos anteriores, como si en todos los escritos en él recogidos se hubiera planteado, más que resumir, repasar su pensamiento al completo, y no solo en ese Delirio y destino sino también en sus manuscritos inéditos que conforman especie de diario en el cual, a veces, los editores han debido ejercer de sabuesos para esclarecer la datación, y por supuesto, en sus delirios así como en sus poesías líricas aquí incluidas al completo. Mi impresión personal es que, en la contemporaneidad, pocos autores han reflexionado tan en profundidad sobre el hecho poético como nuestra pensadora. Estos poemas suyos, que consideró también como delirios poéticos, constituyen otro de sus hallazgos estilísticos: los delirios, que serían la necesidad humana de inventar o encontrar lo divino, la urgencia de sacrificar lo mejor de sí a ese “algo” o “alguien” desconocido, y de ahí -según la tesis de El hombre y lo divino (en el vol. III)- nacen dioses y poesía. El delirio es, así, la pasión de la vida, el grito, el llanto, la risa o la invocación que es la palabra. Y eso lo aplica tanto en su poesía “delirante” como en otros delirios que estima como tales.

El resto de volúmenes, V, VII y VIII previstos en principio, y que han de contener artículos periodísticos y multitud de inéditos, no se han publicado, aunque bien es cierto que dichos artículos e inéditos son, en su gran mayoría, citados y contextualizados en los Anejos críticos de los volúmenes ya aparecidos.

Mas, ¿cómo no hablar de otro de sus hallazgos filosóficos, la razón mediadora? Pues, como bien muestra la dinámica de estas Obras Completas, el vol. I se ocupa de la primera “razón cívica” (1930-1939); el vol. II de esa “razón mediadora” (1940-1950), de la que dimana, ya en el vol. III, un conocimiento poético que es esencialmente una razón sumergida en la Piedad, que, a su vez será el impulso hacia la plena Razón poética (1955-1973 y 1977-1990). De forma que es a través de esta razón mediadora justo donde el pensamiento de Zambrano se arraigará en la misericordia o la piedad, la consideración del Otro como merecedor de atención, cuidado y afecto, aquello que Octavio Paz -tan influido por su admirada amiga Zambrano- llamó la Otredad.

De sus obsesiones explayadas en sus obras cabría destacar, pues, la mencionada misericordia, y sin duda en ello guiada por toda la obra de Galdós (Ricardo Gullón la reconoció como redescubridora de don Benito), en especial por su novela Misericordia; el tiempo, en lo que siguió investigaciones de filósofos del siglo XX como Bergson, Heidegger y Husserl; la confesión como estilo literario, de la cual pone como ejemplos dos casi contrapuestos: San Agustín y Rousseau; los sueños como paradigma de eso irracional que ella usa para completar el conocimiento de lo humano; la música, de la que dirá ya en De la Aurora que “sostiene sobre el abismo a la palabra”; el umbral como idea de ese “asomarse al pozo” que caracteriza a la buena poesía, asunto al que denomina enquiciarse de la razón poética, no quedarse paralizado sino asomarse al quicio para transponerlo alcanzando ese “más allá”; los ínferos o entrañas, también referidos a esa razón poética a la cual no le basta el cerebro sino que le es menester el corazón; las islas, en concreto Cuba y Puerto Rico, donde vivió parte de su exilio; la pintura, sobre la que se extendió en torno a la obra de pintores contemporáneos y amigos, pero también sobre Velázquez, Zurbarán y Goya, sus amores pictóricos, de lo que es muestra su gran libro Algunos lugares de la pintura (vol. IV); y muy amiga de sus amigos, a quienes dedica textos de homenaje o de alabanza y hermosa crítica a algunos de los cuales (como Machado, Miguel Hernández, Rafael Dieste o Lezama Lima) no teme incluir entre la nómina de los seres de la aurora, de los hombres verdaderos, los bienaventurados de su libro homónimo, y a quienes define como “los exiliados del poder”; y otros temas que conforman el abanico, la granada o la naranja, la espiral en que consiste su pensamiento.

Así es como Zambrano llega, con gran coherencia y fidelidad a su impulso originario en su camino del pensar, al culmen en sus últimos 4 libros publicados: Claros del bosque, Notas de un método, De la aurora y Los bienaventurados. Y para el modo en que llegó a discernir esos cuatro libros, desde una raíz y tronco común desde el año 1954, enuncia Zambrano su teoría de dos vías: la positiva y la negativa, que vendrían a ser, según ella misma las define en el texto de 1974 “La Ordenación” (que se ofrece en el vol. IV de estas OOCC), como la teoría del conocimiento la primera, teoría que conduce -también- a la reflexión sobre el sentido de la mística, y el núcleo más abisal, plenamente místico y simbólico la segunda, en cuya imbricación o amalgama reside la razón poética, de modo que así irá exponiendo Claros del bosque y Notas de un método como pertenecientes a la vía positiva, y De la Aurora y Los bienaventurados a la vía negativa. Así es cómo, en ese cruce de tiempo y eternidad, en el conocimiento que trasciende al conocimiento solar, rígidamente racional y sometido al puro poder, se insertan los cuatro libros finales que tienen como base los anteriores, siempre con esa costumbre de elaborar pares de textos, pas de deux como en el ballet clásico, según lo señalado por Jesús Moreno Sanz, que danzan uno alrededor del otro como serpientes enlazadas. Esto, que en mi pobre reseña queda oscuro, se clarifica de maravilla en estas Obras Completas tan bien preparadas.

En cierta forma, este modo de pensar más allá de la filosofía, habla de un renacer continuo, una aurora (la clave de todas sus obsesiones desde su primerizo artículo de 1928 “Ciudad ausente”) que reitera como un eterno retorno del “no-poder”, siempre en el umbral que nos permite atisbar ese “más allá” de la historia, del crimen y de la violencia en que consiste la historia trágica, tema crucial en Zambrano. Dicho renacer incesante del “núcleo invulnerable” del alma humana no es solo un ascenso sino un extenderse, tanto hacia ese “arriba” como hacia los “ínferos”, los abismos o entrañas, el corazón y el alma. Es decir, y usando su símil, la figura de la espiral. Continuamente interrumpida y renacida para alcanzar el “más lejos” y “más dentro”.

Sería una lástima que no se pudiera continuar la publicación del resto de volúmenes proyectados, los V, VII y VIII, que deberían contener lo especificado anteriormente. También es cierto, con todo, que en los volúmenes ya editados, y dificilísimos de encontrar en el mercado, por lo que sería de desear que Galaxia Gutenberg los reeditara, en esos volúmenes, digo, están ya los 23 libros preparados y acabados como tales por Zambrano, los 23 que ya fueron publicados en otros tomos y editoriales, si bien sin el absoluto rigor derrochado en estas Obras Completas que las hace incomparables y de una fidelidad y rigurosidad formidables.

Por todo eso, es lectura imprescindible y grata, difícil, sí, pero remuneradora como la montaña fatigosa lo es para el buen escalador. Lectura fragante y bella.

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COMIENDO FLORES

Las hermanas de Suzette

113 ***

La poesía como las flores: rosas, margaritas o amapolas; begonias o pasionarias; lilas, lavandas o claveles, flores narciso , de cerezo, tatuadas; lirios o tulipanes; flores diminutas y silvestres: campanillas, violas o viboreras; flores selváticas; de sal o de canela, – las cultivadas- , orquídeas de lágrimas Waqanki o Trianeras, de jardín y en tu pupila una oscura magnolia, -maniatadas, aromáticas y de Bach-; la primera flor de la tierra: una flor azul con dos labios; flores dulces y siemprevivas: rojas, verdes o moradas; flores de luz, amarillas, llueven flores por todas partes: flores de otro mundo, más rosas: rosadas, mansas y delicadas, las flores de tu boca; flores del más allá, las negras flores de tus ojos, las flores del Paraíso son de Platero; flores para comérselas: escarchadas o de nieve, de mazapán, de beso, desfloradas; la flor blanca del silencio y la sonrisa del azahar, la…

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Blue boy

Blue boy, de Thomas Gainsborough

Ya otras veces he colaborado con algún cuento en la revista Absolem La Oruga Azul. Me pidieron algo que tuviera que ver con el colectivo LGTBI y recordé una narración escrita por mí en el año 79, creo. La arreglé, revisé, pulí, etc., como se debe hacer y quedó lo que adjunto y publicado en la antedicha revista. Si queréis leerla en su blog, el enlace es https://laorugazl.blogspot.com/2021/07/blue-boy-por-miguel-arnas-coronado.html pero también lo incluyo aquí por si os apetece más. Aquella versión, y también la de ahora, me la inspiró un cuadro del pintor inglés del XVIII Gainsborough, titulado igual que el cuento: Blue boy. Sigo creyendo que no era un mal cuento, aunque mejorable. Incluso la versión revisada sigue siendo mejorable, pero habría que esperar unos años y no sé si podré o tendré ganas, de modo que así se queda. Aviso: no es lectura veraniega (demasiado corta) ni lectura de tumbona (he intentado hacer un lenguaje barroco, creo que apropiado al personaje; en ese sentido, no puedo olvidar a Severo Sarduy). Espero que os guste.

Blue boy

Narrar lo pasado se ha convertido en mal endémico, en obsesión. Se olvidaron la litomancia, los arúspices, la astrología, los auspicios, la tradición verde y escarlata de la Sibila vaticinando desgracias o adivinando uniones de países o familias, presagiando victorias o derrotas. Solo la seguridad de lo ya acaecido.

Sin embargo, la ficción es evidencia de lo que ni ocurrió ni ocurrirá, y se disfraza de ella lo que no es sino intento de retrato fiel de un pasado. Y es que todo ejercicio de futuro tiene su historia.

Achinados me vienen los recuerdos de mirar lo ya añejo. Aquellos gustos míos por las redondeces, las turgencias, los senos areolados, los vellos púbicos, las pieles suaves como dunas marinas, por las caritas pintadas como si les fuera la vida por un golpe menos de sombra de ojos, las ropitas ribeteadas de encajes, sedosas, transparentes. Acaso de ese regusto por lo suave, la pasión por esa paranoia ocultista, al tiempo que exhibidora, de los cuerpos femeninos, vino mi posterior (en ambos sentidos) y más maduro afán por ostentar suavidad yo mismo, por lucir esas ropillas yo misma, por ocultar coquetamente, por metamorfosearme de macho cuitado en travestí recatado y artero, me fui en trueques de ajenas finuras por ajenas brusquedades, de curvas insinuantes en angulosas longitudes, me tomó el ansia por ardientes tratamientos.

Mas la dignidad llega con los años, y brotó de la mano de mi hijo ante quien me avergonzaba por mis locuras. Me convertí en homosexual, olvidado de mis mariconerías, de mi urgencia bujarrona, viniendo a ser solo rarito y travestido a veces con las cortinas corridas.

Caballero vestido al estilo del siglo XVIII

De mi periodo, digamos, erróneo, quedóme un disgusto por las mujeres, un afán por mantener la casa limpia, una ex y ese primor homicida que es mi hijo.

Este vivió al principio con su madre, con prohibición expresa de ver a “la mujercita” en que se había convertido su progenitor, pero más tarde pesó la rebeldía y la voluntad del joven, unidas a una indiferencia, cuando no odio, por aquella que le dispensó el cuerpo, de modo que buscó mi casa, me conoció clandestinamente y al fin, dando portazo, se asentó en ella tras acarrear sus libros, bártulos y ropas, exclamando tras aparecer cargado y sudoroso: “¿Verdad que no te importa?”.

Lo previsible sucedió: la que fue su matriz denunció y vinieron a prenderme acusado de secuestro. No le había dado tiempo siquiera a ordenar sus cosas. Luego sí las vi ordenadas: los tres tomos en cartoné verde y cantos dorados de Las Mil y Una Noches, un ejemplar de la Biblia, regalo de su abuelo materno, y varios libros de yoga y sexualidad, con un letrero pegado al borde de la balda que los albergó donde rezaba: “Orientalismos varios”, y los discos, aprestados por afinidades subjetivas y no por cronología alguna, situando por ejemplo a Bach y Beethoven junto a Pink Floyd, o a Emerson Lake and Palmer pegado a varios oratorios y óperas de Haendel, autor al que se preciaba de coleccionar.

Dormí en el calabozo. Por la mañana fue él quien me trajo muda de ropa y maquinilla de afeitar. Impidió el encargo de ese detalle a mi amante para no dar lugar a escándalo y empeorar mi situación. Admirando su juventud y devoción, lo dejaron entrar en mi celda y conversar conmigo. Por la tarde volvió con comida más apropiada que el comistrajo servido según ley. Argumentó ante los guardias que era mi hijo, que su madre nos odiaba y que ya había habido casos en la judicatura de fallos a favor de la patria potestad paterna, aportando incluso fechas y número de expediente, en los cuales se valoraba sobre todo la voluntad del menor en caso de que este ostentase madurez. Se olvidaron de él y por la mañana nos descubrieron abrazados en el estrecho camastro. El testimonio de estos escoltas fue definitivo en el juicio. El juez estableció custodia para mí y régimen de visitas para su madre, régimen que ella misma se decidió después a trasgredir.

Todo me pareció tan grotesco que, de no haber sido el veredicto favorable, habría compuesto una sátira ditirámbica en honor del señor juez, que era un joven nervudo y tocado por el don del junco, respecto a quien no supe ver el proceso de seducción ejercido sobre él por mi hijo.

En tanto se instruyó el caso y se entrevistaron interesados, testigos y expertos, la arpía lo internó en un colegio jesuítico. Dos veces escapó tras ridiculizar a varios profesores, que lo ignoraban todo del Aquinate y más del Estagirita, y dos veces fue recluido de nuevo. Días antes de resolverse el juicio, escapó de nuevo, esta vez con éxito, y después de haber pintado innumerables veces en los ocres pasillos del edificio modernista la frase “A LA TERCERA VA LA VENCIDA”.

Fotograma de la película Pisando fuerte, de Kevin Bray

Mucho me dolió que en todo ese tiempo no pudiera yo ver siquiera al ya aludido amante, pues de haberse hecho público mi afición, muy otra habría sido la sentencia. El endriago maternal me acusó de mal ejemplo por practicar el vicio nefando, por supuesto, pero nadie, de no ser personas de su familia, pudo testificar con pruebas tal extremo y mi hijo aseguró, con británica flema, que durante el corto tiempo que pudimos vernos con libertad me había oído conversar telefónicamente con alguna mujer, acaso colega o pariente.

La exclusividad no existe entre mi amigo y yo. Somos moderadamente fieles e ídem respecto a la infidelidad. Él me cuenta sus iniciaciones a universitarios de su facultad, y yo le hago detalle de mis incursiones secretas para ver a mis viejas compañeras travestis acompañadas de sus chulos, hombrones violentos y ajados que cuando los requiero me tratan como a mí me agrada en ocasiones. Ni sus jóvenes camaradas empecen el gusto que tiene por mí, ni ese afán mío por la dureza obsta para que aprecie sus tiernas caricias, su soberbia delicadeza, su querencia alabanciosa, pues le agrada comparar las turgencias juveniles de sus amantes esporádicos con mis ya un tanto desmejoradas carnes.

El niño, aunque ya medie su segunda década, juega con nosotros: me viste con clámide y coturnos y me invita a declamar a Edipo, o me disfraza de marchito pederasta parisino. Se deja pintarrajear como una bailarina balinesa o rizarse el pelo como un maorí, aceitándose el esbelto cuerpo. Nos canta madrigales del cinquecento compuestos para castrati, o viste traje de gitana y baila algo que quieren ser bulerías. A él lo embute en terno inglés negro, acompañado de hongo y sombrero, imitando un squire de la City, o lo convence de asumir la moda más elegante que, según el chico, ha adornado al hombre a lo largo de los siglos, la del XVIII: peluca blanca, levita rojo sangre, leontina de oro, calzón corto, medias de seda y zapato de tacón grueso. Afirma que el disfraz convierte a la persona en lo que no es aunque aspire a serlo y que, en ocasiones, cuando se da la hipertelia, palabra que descubrió en Severo Sarduy, exagera su modelo llegando más allá de él.

Noble romano

Prefiero el traje de chaqueta azul grisáceo, que aún puedo lucir con gusto y sin ofensa pues mis formas son las de una dama high society de treinta y cinco tórridos veranos, sin exageraciones ni falsificación, trucos o manías que quedaron atrás en el tiempo. Pero el juego es el juego, y satisfacer a mi joven vástago se ha convertido, no en obsesión pero sí en pertinacia. Además, veo que mi amigo goza con estos solaces y tal cosa soslaya cualquier reticencia.

Su agudeza y dominio de las matemáticas le permiten ganar al ajedrez, damas o parchís. Sus múltiples lecturas le hacen arrasar con nuestras apuestas jugando al scrabble u otros juegos de mesa con palabras. Con mucho de Adonis, algo de Ganímedes, y demasiado de Dionisos, mi hijo es un ser adorable que disfruta lo que hace, sea escuchar música, conversar, leer o distraerse.

Y aquí vocifera Casandra, llora el augur, parlotea el arúspice, dibuja, compás y regla, el astrólogo: él me lo arrebatará, será él quien ocupe mi trono, mi triclinio en el ágape de mi amante. Chamán sin otros poderes que los adivinatorios, he devenido mi propio enterrador.

Él será quien ocupe el sitial. Como los antiguos reyes de tribus remotas, vencidos y muertos por el extranjero que llega al poblado, el cual los reta, despoja y usurpa, yo seré desalojado de mi lugar y será él quien acaramele a mi amante. El digno heredero de todo. Como Electra, no me perdona el asesinato de su madre, a quien mató él mismo, aquella que yo fui y ya no soy. Su venganza, ladina y sagaz, no será señalar mis arrugas y semialopecias, sino abandonarme a la conciencia de ellas. Deberé volver a mi papel de buscón solitario y reconcomido, bujarrón que se sabe presa si es que algún depredador se interesa. Seré aliviadero de excesos, carne triste, venéreas.

Giacomo Leopardi

Esta tarde será, esta tarde cuando aparezca resplandeciente vestido igual al Blue boy de Gainsborough, la misma pose principesca, el puño izquierdo en la cadera, la mano derecha sujetando el negro sombrero con plumas de avestruz, la chaquetilla y el calzón de terciopelo azul, los escarpines con lazo a juego con el traje. Disertando sobre Leonardo, recitando a Leopardi y Ajmátova, tarareando antiguas melodías escocesas e irlandesas, hablándonos de los lakistas y comparándolos con Keats, que según él los supera, deslumbrándonos con sus conocimientos de la literatura erótica china y japonesa, alternando en el tocadiscos a Mike Oldfield y el Vivaldi operístico, extendiéndose sobre las arquitecturas descritas por Vasari.

Cuando constate mi irrevocable deslizamiento por el tobogán, me pondré mi túnica negra, maquillaré, no ya mi cara, sino mi cuerpo entero, me empenacharé con plumas de ave del paraíso, calzaré mis borceguíes de luto, y ante ellos emprenderé el vuelo hacia el Walhalla donde seré valkiria, hacia el Edén donde seré hurí, hacia el Érebo donde seré bacante preferida de Príapo. Beberé la socrática cicuta y me encerraré en mi muerte exclamando: “A todos los agonizantes les asciende el frío desde los pies… excepto a Juana de Arco”.

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Artículos periodísticos

Edición de Austral del libro de reportajes periodísticos de Julio Camba, Londres

Incluyo de nuevo un par de artículos que aparecieron en la columna del periódico Ideal de Granada, espacio que este periódico cede a las colaboraciones de los miembros de la Academia de Buenas Letras de Granada. Son muy diversos el uno del otro. Uno reivindica a un periodista-escritor no olvidado, pero casi, en tanto el otro habla de algo que me afecta personalmente: el bilingüismo, situación en la que se encuentra un tanto por ciento elevado de la población de España. También reivindico este último. Tal vez recientemente vuelvo a estar reivindicativo. No, a estas alturas, solo puedo patalear, que por mi edad y mi deseo, es de las pocas cosas que me quedan. La indiferencia, os confesaré, también sería nefasta. Por cierto, estos artículos pueden leerse asimismo en la página web de la Academia de Buenas Letras de Granada, en Hemeroteca, y en Columna De Buenas Letras

Leer a Julio Camba

Existió un periodismo de reportaje que no era políticamente correcto, que no era turístico, que no era complaciente. Un periodismo en el cual el periodista trataba de divertir a sus lectores haciéndole reflexionar de forma indirecta, sin dogmas ni moralinas. Claro que en el tiempo del cual hablo había lectores, de forma que podía haber periodistas. Ahora continúa habiendo alguno, en estas páginas, por ejemplo, pero por desgracia son poco leídos.

A Julio Camba, que siendo casi un crío había sido expulsado de Argentina por coquetear con el anarquismo, le encargaron una serie de reportajes en los años diez, veinte y treinta del pasado siglo, sobre Londres, París, Berlín y Nueva York. Aprendió, pues no le quedó más remedio, las lenguas de esos países y desde sus artículos narró, de forma irónica y aun exagerada, la forma de vida de esos países, pues no se ciñó solo a las capitales. El lector disfrutaba de sus descripciones de caracteres, de idiosincrasias, y lo hacía de forma satírica y a veces con sarcasmo un tanto cruel. No halagaba la mentalidad española sin más, pero tampoco se derretía de admiración si no es por lo de veras admirable de tales naciones, que eran pocas cosas.

Caricatura de Julio Camba

Le salía del alma, en fin, su acracia, que no su anarquismo, que quedó en la cuneta al volver de Sudamérica. Acracia porque no intentaba convencer a nadie de la necesidad social de tal forma, o mejor dicho, ausencia de forma, política. Simple y personalmente, no creía en el poder y sancionaba, como digo, de forma cruel, algunas formas de vida que hoy se han hecho generales, como el maquinismo, la normalización, el eclipse de la inteligencia, la falta de tiempo para uno mismo, la obsesión dineraria, la obligación de divertirse como una forma más de ser máquina, de cumplir con una exigencia social, el menoscabo, en fin, de personalidad en una sociedad alienante donde el alienado se siente tan a gusto, según se dice en Granada, como un marrano en un charco. Le molesta el mecanicismo de la forma de vida alemana, sobre todo en Berlín, aunque no así en Munich, ciudad y ciudadanos que adora. Le incomoda esa apariencia de no tener tiempo para nada que manifiestan los americanos. Hoy, cien años después, es necesario leerlo porque nos habla de nuestro propio mundo que, en vez de mejorar, ha empeorado en aquello que él sancionaba. Aún se pueden encontrar sus libros, aún es tiempo.

Bilingüismo

Esto sí reivindica, yo apenas

Tengo el honor de ser bilingüe. Nací en Barcelona aunque hace ya cuarenta años que resido en Granada o su provincia. Mi madre era murciana; emigró a Barcelona en 1945. Mi padre nació en Barcelona, hijo de emigrantes aragoneses. En ambos casos, su lengua materna era el español. Mi padre empezó a hablar catalán en su adolescencia para relacionarse con sus amigos. Yo estuve en su mismo caso, pues me lancé a hablar catalán a los quince cuando me inicié en el montañismo con amigos catalanoparlantes. Soy capaz de expresarme en ambas lenguas, aunque mi literatura es en la que aprendí en mi casa.

Debo recordar que en España se hablan cuatro idiomas y unos cuantos dialectos. De entre esos cuatro, el español es la lengua franca, la común a todo el país. Esto de los cuatro idiomas y los dialectos es algo inherente a nuestro país y se acerca mucho a las leyes que nos rigen: a quien no le guste tiene dos opciones, tratar de cambiar el asunto pacíficamente o aceptarlo porque eso es lo que hay. Sin olvidar, claro está, que excepto en la generalidad del español como lengua común, ninguna de las cuatro es superior ni inferior a las otras y todas merecen ser conservadas; ni siquiera los dialectos son más o menos cultos que las lenguas oficiales.

Vuelvo a la primera frase de este artículo: tengo el honor de ser bilingüe. Es un lugar común decir que quien habla dos idiomas desde pequeño tiene más facilidad para aprender otros. Es cierto, lo garantizo. De modo que reducir la enseñanza a una sola lengua es un error, y mucho más si esta, por muy materna que sea, es minoritaria. Supongo que el lector habrá adivinado dónde quiero ir a parar.

De toda ha de haber en la viña del Señor: hasta uvas y remolques

Recuerdo un alumno que me dijo, quejándose de sus malas notas en inglés y su nulo interés por aprender ni siquiera ese mínimo que se imparte en la secundaria obligatoria, que a él no le serviría de nada el inglés porque nunca iría a Inglaterra. Es difícil ser más cateto. Y no es un insulto, sino una definición.

Reducirse a sí mismo, y aún más, ser reducido por las autoridades es una barbaridad digna de país decimonónico. El problema no es de predominio de una lengua sobre otra, sino de afrontar el problema del fracaso escolar, por eso se reduce todo. Cualquier día nos reducen jibáricamente la cabeza.

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Reflexiones sobre Pepita Jiménez, novela de Juan Valera

Una casualidad me ha llevado a leer un par de libros de Juan Valera. Bueno, el siglo XIX novelístico español, si dejamos a un lado La Regenta  y unas cuantas de Pérez Galdós, no es que esté olvidado, pero casi. Demasiado realismo, demasiado idealismo que se mata con lo anterior o se pelea de modo sangriento, y a veces demasiada moralina. Al menos, en novela. Sin embargo, como dijo el cantante, la vida te da sorpresas y, ya lo he dicho en otra ocasión, no hay cosa más tonta que el prejuicio. Las obras leídas por mí de Valera son Genio y figura y Pepita Jiménez. De la primera, decir que la imagen que se recibe de su protagonista, Rafaela, es la de una mujer absolutamente libre y que, si finalmente decide suicidarse, no es por arrepentimiento de su vida que podría ser juzgada en su tiempo como disoluta, sino para evitarle a su hija la vergüenza que ella no siente pero comprende que otros puedan sentir. Su decisión es altruista y no contiene ni remordimiento ni contrición. Genio y figura es tan moderna, en su moralidad, como pudiera ser cualquiera de las tan celebradas novelas de la literatura francesa.

De esta obra he dicho hasta aquí lo que quería decir. Más interesante me ha parecido Pepita Jiménez. Resumiré algo el tema, aunque lo mejor de ella no es ni siquiera la estructura, de la que también diré algo, sino los personajes secundarios, y especialmente una de ellas. Bien, ese tema es el de un mozo veinteañero que llega al pueblo a ver a su padre desde el seminario, donde ingresó con 10 años y del que trae voluntad inquebrantable de ser sacerdote, habiendo ya hecho sus primeros votos. El padre es el cacique del pueblo, si bien Valera lo pinta como bonachón y un tanto juerguista. Este hombre, ya de 55 otoños, pretende a una viuda, Pepita, joven de 20 añitos, hija natural y pobretona a quien otro ricacho del pueblo, octogenario prestamista aunque muy querido (este es el inconveniente de Valera: no hay “cuestión social” en sus novelas, al revés que en Galdós), hombre cariñoso y bromista a quien invitan a todos los saraos, le propuso matrimonio. Se supone que este ha sido semi-blanco, pues el anciano no está para trotes. Pepita, sin embargo, lo atiende con afecto incluso en su enfermedad. El buen hombre no le dura ni tres inviernos, por lo que queda una viudita muy joven que no da qué hablar, caritativa con esa fortuna que heredó, y que rechaza a cuantos pretendientes se le acercan. Con don Pedro de Vargas, el cacique padre del aspirante a cura, es afectuosa y solícita, pero manteniéndolo a distancia.

Aparece Luis, el aprendiz de cura y parece que hay un cierto magnetismo entre ambos, también gracias al párroco que les habla bien al uno de la otra y a la otra del uno. Es el joven quien pretende anteponer su voluntad de profesar contra ese amor que crece y crece (no se tomen sentidos viciados, que Valera, como todos los de su generación, es púdico; recuérdese el viajecito en coche de caballos de madame Bovary y su amante, trayecto que dura cinco horas con las cortinillas corridas, y aunque se hable de las calles recorridas, en ningún momento asoman piel ni miembros). Finalmente hay una seducción, sí, en la que ella, y en cierto modo también el padre cacique y Antoñona, la fiel criada de Pepita, participan para convencer a Luis de que cuando la tentación es fuerte, lo mejor es sucumbir a ella, como bien dijo Oscar Wilde.

Lo del padre es curioso porque el lector se ve venir una truculenta reacción por parte del oligarca. Pero uno se percata de que lo único que pretendía el hombre, aunque sí le excitase la perspectiva de la suculenta viudita, era tener descendencia, ya que el hijo (natural pero reconocido), puesto a ser cura, nunca se la habría dado, al menos oficialmente y con posibilidades de heredar. También se da a entender que no le faltan oportunidades al cincuentón de sembrar el aire de canas, y se sugiere que, justo con quien “se entiende”, es con la Antoñona.

Esta, a mi ver, es el personaje más interesante de la novela, aunque aparezca relativamente poco. No puede esta mujerona, casada con un borrachín de quien se separó para no aguantar sus melopeas, y no por miedo a que el tiparraco le sacudiera la badana, pues era más bien al revés: es ella quien finalmente, y reconciliados, amplía los periodos de sobriedad a base de reconvenirlo con buenos pescozones, no puede, digo, comprender cómo es posible que dos personas jóvenes, sanas y hermosas pierdan su vida amorosa por una vocación religiosa, vocación que implica, y ella tampoco lo comprende, el celibato. A lo mejor veo cosas donde no las hay. Sé que Valera, aun siendo liberal, fue muy religioso, pero quizá el haber visto mucho mundo gracias a sus empleos como diplomático aquí y alla, le ayudó a intuir si ciertas normas de la religión católica no serían erróneas o, al menos, le provocó dudar de ellas.

De hecho, el contubernio para que Luis de Vargas abandone su vocación y disfrute de una vida que, no por laica y de casado, pueda ser menos santa, viene como he dicho del mismo padre y pretendiente de Pepita, y también de Antoñona, sino incluso del Deán, hermano de don Pedro de Vargas y preceptor desde los 10 años de Luis. Por las cartas que este le envía, su tío colige su progresivo enamoramiento de la joven viuda y avisa de ello al padre para que, por el bien mismo de la Iglesia, desvíe esa vocación que no es tal, y lo insinúa varias veces Valera, sino imbuida por los libros de teología y de mística, como a don Quijote lo llevaron a su insania los de caballería. ¿Por qué por el bien de la Iglesia? Porque, y eso debieron verlo desde hace siglos, un cura enamoradizo, un cura a quien tiente demasiado el placer del amor y del sexo (y ¡¡¡¿quién no, por Dios?!!!, aunque habrá personas a quienes no tiente tal cosa, pero son pocos), es un peligro no solo para sí mismo, también para la Institución. Ya he contado aquí de aquel amigo cura, Germán, profesor de historia, quien aseguraba que el celibato de veras, veras, solo se había cumplido en el siglo XX. Y ya estamos viendo, no solo que si en este siglo recién extinto se ha cumplido, ¿cómo serían los anteriores?, también las consecuencias en abusos infantiles que, por otra parte, es cierto siempre los hubo. Recordemos aquella recomendación de un jesuita en un libro normativo sobre que los miembros de una orden tan militante no deberían quitarse jamás el hábito, ¡a no ser en el caso de acudir a casas de lenocinio para evitar el escándalo! Ya dijo san Pablo: “vale más casarse que quemarse”, pero de ir de putas no dijo nada.

Sigo creyendo que el celibato, la obsesión por la castidad, no es sino resabio de reacciones ascéticas a sociedades paganas donde la orgía era también forma de culto, liturgia para animar a la naturaleza a seguir su curso y ser feraz. Si verdaderamente es pagano, ¿por qué mantenerlo?

Repito que tal vez yo quiera ver donde no hay, pero Valera parece insinuarlo dando lugar a pocas dudas. Un joven pariente mío con aficiones religiosas, sobre todo inspiradas por la Semana Santa andaluza, tan estéticamente bella, tuvo impulsos de profesar. A los quince años, aunque eso era lo típico, y aun en edades más tempranas, no se sabe lo que se quiere, y menos en compromiso tan férreo como el sacerdocio, pero le dio por ahí. Lo cogí por banda y le dije que haría mal cura. ¿Por qué?, quiso saber. Pues no porque a ti te gusten las mujeres más que a nadie, sino porque eres tú el que gustas a las mujeres, y eso será un peligro como cura y una bendición como laico, le contesté.

Volviendo a la obra de Valera, Antoñona, mujer bragada, de lenguaje muy popular, incluso con palabras del caló, lengua gitana, y que el novelista sabe reflejar muy bien sorprendiendo al lector, le suelta al curilla, aunque aún no lo sea, cuatro frescas, diciéndole que ha sembrado el amor en Pepita, su señora, y ahora abandona la mies, cosa que no se hace, y es que también los curas o las monjas son personas e inspiran amor o se dejan inspirar por este. El celibato antiguo era practicado con rigidez por los eremitas, ya vivieran en soledad o en grupo, pero era en el desierto (lugar no habitado, y no solo arenal reseco y ardiente), sin tentaciones alrededor ni para ellos o ellas ni para los demás. La clausura tiene ese objeto y existe, sí, entre los hombres, pero mucho más entre las mujeres. La criada Antoñona así lo ve, como desperdicio porque lo conveniente para la sociedad es, bueno, vale, la vida santa, pero también la vida en pareja, los hijos, la vida humana. Y eso es lo que desea don Pedro de Vargas, descendencia, y al final de la novela la obtiene con el nacimiento de Periquito, hijo de Luis y Pepita.

Un aspecto criticable, en mi opinión, de la novela, es la extensa, y algo cargante por la insistencia religiosa, conversación de teórica despedida entre Luis y Pepita, en la cual él intenta azuzarla a conformarse con el olvido de su amor, admitiendo que mucho más importante es el amor y servicio de Dios que el amor profano entre hombres y mujeres. Y total, “pa ná”, porque ella se retira llorando a su habitación, él la sigue compadecido para consolarla y el consuelo acaba donde debe acabar.

La estructura de la novela (y sabéis que esa es una de mis obsesiones) es muy elaborada: tres partes, la primera son cartas de Luis a su tío el Deán contándole de su estancia en el pueblo y, mucho, de Pepita; la segunda, titulada Paralipómenos (lo que queda oculto) es especie de crónica de los amores descritos y de la lucha soterrada, por una parte de Luis contra ellos y por su aparente vocación, y por otra de quienes lo rodean para que acepte lo que de veras es su destino; la tercera, epílogo, consiste en un “fueron felices y comieron perdices”. Esto último muy tradicional, sí, muy decimonónico, aunque Galdós, por ejemplo, evita a veces esos finales felices hollywoodienses antes de que se inventara el cine. Mas esa estructura es, si no novedosa, sí al menos con ínfulas de modernidad: lo epistolar ya se había experimentado en abundancia, por ejemplo, en Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos. El narrador, por quien el autor se pregunta, y ese es otro signo de absoluta modernidad y casi posmodernidad, parece ser el Deán, pero no está claro, aunque lo cierto es que autor y narrador no se confunden en ningún momento como sí ocurre las más veces en el caso del narrador omnisciente.

Respecto a las estructuras novelísticas, hace poco me enteraba de que la palabra armonía en griego, hasta que autores como Pitágoras o Platón la utilizasen en el sentido musical, quería decir la estabilidad y perfección en el ensamblaje de elementos que conforman el objeto acabado: la tablazón de un barco, por ejemplo, las paredes de una casa o el maderamen de una máquina de asedio.

¡Hay que ver la de cosas que se le ocurren a uno a partir de una novelita que no es de las mejores de su época ni de su autor! Es que la cabeza da muchas vueltas cuando no se tiene otra cosa que hacer.

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