Amistad. Homenaje a Ismael Ramos

Hay personas cuyo trato no solo enriquece sino que, además, lo hacen sentir a uno algo, alguien. ¿Alguien especial?, con toda probabilidad. Alguien que cuenta.

POrtada de Musicotramas, de Ismael Ramos

El pasado martes estuve en la presentación de un librito llamado Musicotramas, de Ismael Ramos. Según aseguró el autor, el título debería haber sido Musicodramas, pero se le fue el dedo y cambió la d por una t. En la sala del Centro Artístico de Granada, además de un buen número de amigos, estaba la hija de Ángel Barrios, guitarrista y compositor granadino (1982-64). Esta señora tuvo como padrinos de bautismo a Manuel de Falla y a su hermana María del Carmen. En fin, una auténtica muestra de la historia de la música granadina, pues su padre fue también muy amigo de Lorca y colaboraron en composiciones, como por ejemplo en un ballet sobre el poema Preciosa y el aire.

El librito es producto de una demanda que la Junta de Andalucía le hizo al autor para que hablase de unos cuantos músicos, en este caso 10, andaluces. Se trata de dramatizaciones sobre la vida y obra de esos compositores o intérpretes, como si ellos mismos, o a veces un simple narrador y una narradora, intervinieran desde el pasado con voces de hoy. Pudiéramos decir que es teatro radiofónico, y realmente, algunos de esos diálogos fueron grabados por los integrantes del grupo  Histrion, e Ismael nos deleitó con fragmentos de esas grabaciones en lugar de leer él mismo su obra. Lo gracioso es que el libro lleva música incorporada. O casi. En mitad de esas pláticas, que a veces implican, como ya he dicho, al mismo músico de quien se habla, se citan composiciones de tales autores y en nota al pie se hace referencia a ellas, con lo que el lector puede acompañar el deleite de esos coloquios con la audición de esas músicas que con facilidad pueden encontrarse en Spotify o cualquier otra plataforma musical. Una joya que presenta a diez personas: Zyriab, Francisco Guerrero, Luis de Narváez, Isaac Albéniz, Manuel de Falla, Ángel Barrios, Joaquín Turina, Francisco Alonso, Andrés Segovia y Manuel Castillo, hablando personalmente o referidas a ellos, todos andaluces aunque Zyriab nació en Bagdad e Isaac Albéniz fue catalán, mas su música es tan andaluza, española e internacional que podría llamársele cataluz, como quien esto escribe.

Trío Albéniz. El del centro es Ismael Ramos. A la derecha, José Luis Recuerda a la bandurria, y a la izquierda, José Armillas, guitarra

Por desgracia el libro ha sido publicado en versión no venal, es decir que lo ha editado el propio autor, imprimiendo unos cuantos ejemplares que se agotaron en la presentación. El precio era la voluntad, innegable forma de manifestar su anarquismo y su generosidad. No creo que nadie se lo llevase sin pagar algo: “a cada uno según sus necesidades, cada uno según sus posibilidades”. De manera que esta vez no hago la reseña para que mis lectores lo compren, aunque siempre pueden tomarse el trabajo de localizar a Ismael Ramos por internet, que está y mucho, pues es el laudista del trío Albéniz, uno de los mejores conjuntos musicales de España (bandurria, guitarra y laúd), y pedirle que lo reimprima y se lo envíe. Os aseguro que es una experiencia, indudablemente musical, pero también literaria, pues por ejemplo, el diálogo que plantea sobre Falla, repasando en él los cuatro elementos: agua, fuego, tierra y aire, es de antología y merecedor de ser el fruto de la pluma de un experto y vigoroso literato, capaz de expresar la belleza en las palabras de idéntica forma que es capaz de expresar la belleza en la música. Ismael es un artista integral y puede atestiguarse: músico (también ha sido y es compositor), literato, diseñador, teatrero (director y autor).

Abogado, porque también tiene esa carrera, lo es del sindicato libertario granadino. Profesor de secundaria, por descontado de música, si bien contemplando la agonía de esta asignatura, ha decidido pasarse a historia tras aprobar la correspondiente oposición. Lo he

Portada de la lujosa edición de la ópera La pájara pinta, música de Elizalde y libreto de Alberti, edición que corrió a cargo de Ismael Ramos

visto ser abordado en la calle por una jovencita quien, saltando de alegría, lo saludó como el mejor profesor que ha tenido nunca. Colaboró en la edición de la ópera basada en La pájara pinta, de Alberti, con música de Federico Elizalde e incluso dirigió a la orquesta en los ensayos. Publicó una biografía sentimental-musical de Ángel Barrios. Si tuviera barba y el pelo largo y lacio, parecería una reproducción de Leonardo da Vinci, pero no: es calvo y barbilampiño o casi.

¡Ah!, y también es patafísico. Diréis, claro, es de tu mismo club. Ya quisiera yo pertenecer a su mismo club, el de las buenas personas, el de quienes saben hacer bien lo que hacen y con eficacia, y darse a los demás sin esperar nada, ni siquiera reconocimiento en el más allá. Porque sobre todo es un gran ser humano, como le decían a Henry Miller. Un gran ser humano.

Le pedí que me acompañara con su música en la presentación de mi libro Piano en pájaro, serie de poemas en prosa sobre el tema de la música, que se hará en el CALC granadino el 11 de octubre de este año. Se despendoló. Vista su predisposición y abusando, le he pedido que además me lo presente

Dos pájaros para un piano. La amistad honra, y algunas más.

con sus palabras. Aceptó porque cuando un amigo le pide un favor, corre. Al menos cuando un amigo lo es de veras. Ismael no es un pánfilo, por supuesto (en el sentido etimológico de esta palabra: pánfilo es el que se enamora de todo o le gusta todo).

Al principio dije que hay personas que lo hacen a uno sentirse alguien. ¿Entendéis ahora por qué? Quizá otro con sus logros habría degenerado en engreído. La excelencia siempre es humilde. No todos los humildes son excelentes, pero sí es cierto que aquellos que no lo son dejan mucho que desear en excelencia. Seguro.

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Pequeños tratados, de Pascal Quignard

Caja con los dos tomos de Pequeños tratados, de Pascal Quignard

Hay libros que se le quedan a uno plasmados en el cerebro como un sello en una carta: hay que romper el sobre para poder coleccionar el sello. Hay lecturas veraniegas que impresionan, y no porque en verano tenga uno más tiempo de leer: para mí siempre son vacaciones a estas alturas de vida. Tampoco porque sean ligeras e intrascendentes, apropiadas para leer en la tumbona tostándose al sol como lagarto sin hambre. Sino porque son estupendas, y cuando me encuentro con ellas, tanto si son estivales como invernales, me gusta comentarlas aquí para poner en común con los amigos aquello que me ha sorprendido y golpeado, siempre en el sentido metafórico del verbo. Exactamente igual que cuando uno conoce a una persona de la cual se enamora: apetece presentarla a los amigos, si estos lo son de veras, para mostrarles no los éxitos sino la suerte.

No sé si habréis visto la película a la cual puso música Jordi Savall, Tous les matins du monde, Todas las mañanas del mundo en la que se hablaba de la conflictiva relación entre Monsieur de Sainte Colombe, violista, y Marin Marais, también intérprete de la viola da gamba. La película aprovechaba la coyuntura de ese vínculo de profesor-alumno para hablarnos de lo puritanos y ascetas que eran los adeptos a las ideas que difundieron Cornelius Jansen, Jean Duvergier de Hauranne, abad de Saint Cyran y más conocido por el mismo nombre del monasterio que regentó, y Blaise Pascal, es decir las críticas a la Iglesia romana emergidas del convento de Port-Royal durante aquel siglo XVI tan rico en

Escena de Tous les matins du monde, película de Alain Corneau

esas censuras a una Iglesia que se había convertido en lo contrario de lo que predicaba. Pues bien, esa película se basaba en la novela homónima de este mismo Pascal Quignard del que aquí comento esta nueva obra.

El libro se presenta en dos tomos metidos en una cajita hermosa, es decir que nada más la presentación ya es atractiva aunque la ilustración de la portada nada diga. Pero empezad a leer y veréis. Es una miscelánea de artículos o ensayos. Por eso nombra varias veces a Michel de Montaigne, porque seguramente en esta obra se inspiró en su paisano. Trata de la lectura en sí, de lo moderna que es, por extraño que hoy nos parezca, la lectura para sí, sin vocalizar las palabras o hacerlo con llaneza en voz alta. Trata de los libros, de la historia de ellos desde los volúmenes, que en Roma eran los rollos de pergamino o papel y de ahí el nombre, volumen que viene del verbo latino volvere, hasta el libro propiamente dicho que nace

Pascal Quignard

antes de la imprenta. Habla de personajes europeos extraños por desconocidos pero que marcaron la historia. Y todo con un estilo impecable, pues la traducción, cuidadosísima, de Miguel Morey, se lee con la fluidez de la buena prosa.

Estoy de acuerdo con la reseñadora Azahara Alonso que en la página web de Ámbito cultural asegura que son fragmentos. Cierto, pero la palabra fragmentos da la sensación de inacabados o faltos, de pedacitos que sí, se complementan entre ellos pero que hay que organizar como si de un puzle se tratara. Estos fragmentos valen por sí mismos como los añicos que quedan tras la rotura de un espejo: cada uno puede reflejar la realidad exactamente igual que el espejo entero, solo que el reflejo será tanto más pequeño cuanto más pequeño sea el trozo. Esa sensación de la realidad fragmentada, de poder apreciar un todo desde una pequeña parte de ese todo, es quizá la descripción mejor de este libro.

Son aspectos secundarios, digamos, de la historia, con personajes desconocidos para el común. Y ejemplo de ellos son Pierre Clement, traductor al latín de la obra de Blaise Pascal. Sinesio de Cirene y el invento de la excomunión, artificio que sirve para lo peor que le puede ocurrir a alguien que tenga muy interiorizado el concepto de la pertenencia a

Étienne de la Boétie y su Discurso sobre la servidumbre voluntaria o Contra el uno

grupo: la expulsión de su comunidad. Étienne de la Boétie, íntimo amigo de Montaigne, que le dedicó su ensayo Sobre la amistad y que fue autor de un librito también recomendable, muy recomendable, que es el Discurso sobre la servidumbre voluntaria, primer estudio sobre lo nefasto del poder unipersonal, y por ende, primer estudio sobre la Divina Acracia.

La editorial Sexto Piso ha recibido innumerables alabanzas por esta edición, por otra parte muy cuidadosa, aunque el precio es elevado y merece la pena practicar el préstamo. Yo de momento ya se lo he prometido a mi amigo Ignacio a quien le puede interesar mucho pues es intelectual de talla, anticuario y librero de antiguo. De veras, es de esos libros que merece la pena leer y, si gusta, que gustará, comprarlo porque puede ser de esos que se tiene en la mesilla de noche para relecturas salteadas.

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Tour por los Países Bajos II

Continúa la crónica de ese viaje. Lo dejé saliendo de Ámsterdam.

La Haya. Tribunal internacional de Justicia

Den Haajjjjjj. Así fuimos despertados de la modorra autocaril al llegar a la ciudad de La Haya, cuyo nombre en neerlandés, Den Haag, se pronuncia exagerando bastante la guturalidad, según lección de Roberto el guía (Führer en alemán, aunque él aseguraba que por eliminar asimilaciones, a los guías turísticos se les llama Reiseleiter). A menudo no sabíamos si estaba de cachondeo o en serio. La llama de la paz frente al Palacio de Justicia Internacional: ver el lugar donde fueron juzgados Mladic y Karadzic, los asesinos serbios de Srebrenica y Sarajevo, emociona aunque no quieras, pues toda condena se queda corta.

En Delft no encontramos el amarillo Vermeer si no fue en reproducciones de sus cuadros, porque los cuadros de este pintor no están en Delft. Sí resultó interesante ver ambas iglesias, la Nueva y la Vieja, aunque a la terminación de ambas las separan solo 80 años, al

Vidrieras de la Iglesia Nueva de Delft

parecer. No subimos a la torre de la Nueva, Nieuwe Kerk, la más alta, porque la artrosis nos impide subir torres ni escalar Everestes.

Róterdam fue tan bombardeada que apenas quedó nada en pie. Era un puerto de abastecimiento y los nazis lo querían para sí. Luego fue un puerto de abastecimiento alemán y los aliados también lo bombardearon.  Las historias bárbaras de la Segunda Guerra Mundial quedan aquí en el aire. Acaso mientras las recordemos, las evitaremos. Lo triste es que ciertos idealismos que disfrazan al humano de lo que no es, hagan repetir aquello; eso sí, revestidos de muy buenas intenciones. Porque no se puede negar que los nazis tenían buenas intenciones: deseaban devolverle al pueblo alemán el orgullo arrebatado, no solo por la derrota de la Primera Gran Guerra sino resarcirlo y liberarlo del nefasto e irreflexivo Tratado de Versalles.

La entrada en Bélgica fue adornada por el himno nacional belga. Roberto es asturiano pero nacido en Bruselas. Las emigraciones siempre han sido buenas. Ahora parece que no tanto. Todos tenemos miedo, y resulta que cada uno ya no es dueño de su miedo. El caso es que empezó a hablarnos de Leopoldo II. Además de genocida en el Congo, era partidario de la grandeur antes de que la inventara De Gaulle. Mientras los holandeses,

Estación central de Amberes. La obra a lo grande de Leopoldito II

muy calvinistas ellos, no demuestran ni demostraban su poderío económico con alardes publicitarios, Leopoldito, como lo llama el guía, era partidario de mostrar al mundo lo rico que era el país, pequeño solo en tamaño. La estación central de Amberes es muestra de esa ostentación. El paseo hasta la Plaza Mayor (Grote Markt) nos permite ver la catedral por fuera: había oficio religioso o no tenían ganas de dejarnos entrar. En la Plaza Mayor, la estatua dedicada al centurión que cortó la mano al gigante que hacía pagar por pasar por el río Escalda y al que no pagaba, a su vez le cortaba una mano. La colosal extremidad fue arrojada al río por el bravo centurión. Es lo que tienen los grandes ejércitos, como el romano, que no hay quien les pueda. Mano por mano, no está mal. El caso es que según la leyenda de ahí proviene el nombre de la ciudad: Ant, mano y Werpen, arrojar, es decir, Antwerpen. De estas chorradas se entera uno por internet, y hay que hurgar, o porque el guía es un tipo en condiciones.

Plaza Mayor de Amberes

La llegada a Brujas, espectacular, porque Roberto nos llevó de paseo solo a quienes no estábamos demasiado cansados, para ver la Plaza Mayor iluminada. Brugge, que es su nombre en flamenco, o sea en neerlandés (la u es como la u francesa), ya que Bélgica tiene dos lenguas diferentes: el flamenco y el valón, el primero holandés y el segundo francés, Brugge quiere decir puentes, o puertos de atraque, nada que ver con esas elementas montadas en escobas. Tenía un canal natural de unión con el mar y en el siglo XVI los sedimentos lo cubrieron, de modo que dejó de ser lugar de comercio. De todas formas, les dio tiempo de inventar la Bolsa, lugar donde se negocia el precio de compra y venta de mercancías. Roberto, hombre sabio en anecdotarios curiosos, nos contó que en la ciudad había una posada de cierto donaire llamada La Bourse, y los comerciantes decían a sus familiares que se iban allá, a La Bourse. De ahí el nombre. Hay historias más creíbles, pero esta es bonita y si non é vero, é ben trobatto.

Brujas. Uno de los innumerables rincones fantásticos

Brujas es una ciudad de cuento fantástico. Se ha conservado casi abandonada desde aquella debacle, de modo que los edificios, o cuanto menos la mayoría de ellos, son producto de la abundancia económica y de la despoblación sin que el deterioro sea excesivo. Hay incluso un beguinato. Las beguinas eran mujeres que, sin querer meterse a monjas, ingresaban en tales instituciones donde formaban lo que hoy llamaríamos una cooperativa. Era una forma de no correr peligros que hoy nos parecen horrorosos pero que durante muchos siglos fueron normales.

La Madonna de Miguel Ángel. Se la encargaron, luego no la quisieron y un comerciante flamenco la compró para llevársela a su pueblo: Brugge

No logramos ver la Virgen tallada por Miguel Ángel porque llegamos media hora antes del cierre y ya no vendían tickets. Tampoco es muy inteligible por cuanto en esa semana final de abril no había tanto visitante. Sí vimos el museo Groeninge, que tiene una hermosa colección de pinturas flamencas. No es un museo que agobie, prudente pero hermoso. La sorpresa vino en un bar. Ya nos había hablado Roberto de las cervezas belgas (cerveza, chocolate y cómics, son las grandes producciones belgas). Las trapists son cervezas hechas por los monjes, y son las mejores. Por el colocón que me produjo una, puedo garantizarlo. Pero llegar a un bar, tratar de pedir dos cervezas trapists y que el camarero te responda sin que te enteres de un cuerno (tampoco se expresó en francés, si es que conocía esa lengua) y que el cliente en la barra levante la cabeza y te diga en español si necesitas ayuda, es reconfortante. Un técnico, me pareció entender, que había vivido varios años en España enviado por su empresa. Lo invitamos a la suya, naturalmente. Eso sí lo entendió el camarero.

El problema de estos viajes es que son un aperitivo, solo un aperitivo: te dejan las ganas de volver y ver más porque siempre te quedan cosas por ver: no da tiempo de todo. Pero está bien. Con la experiencia quizá volvamos, no es tan difícil hacerse entender. De hecho, no vimos Lieja ni Utrecht, que están muy cerca en tren de Ámsterdam. Siempre y cuándo, claro, no te saquen del vagón con prisas y cambies sin saber muy bien a dónde te llevan.

Gante. Castillo medieval de los condes de Flandes

En Gante nos sorprendió el castillo medieval. Pero nos quedamos con la boca abierta dentro de la catedral de San Bavón (el juego de palabras con San Bobón era inevitable, aunque el tal Bavón resultó ser un jefe bárbaro que se convirtió e hizo convertir a todo su pueblo; normal entonces; la Iglesia, muy hábil, lo canonizó por política) y fue por la amabilidad de nuestro guía y por lo que nos recomendó ver. Aseguró que en una pequeña dependencia había un cuadro hermosísimo de Jan van Eyk a quien ayudó esta vez su hermano Hubert. Justamente, me llevé para lectura durante el viaje Los reconocimientos, de William Gaddis, un posmoderno norteamericano. En esta novela, a uno de los personajes le encargan falsificar un cuadro firmado por Hubert van Eyk de quien no se ha conservado nada pintado si no es la colaboración con su hermano en esta Adoración del Cordero Místico. Casualidades. Pues bien, el guía quería decir que, mientras el resto veían la Iglesia, quienes estuvieran interesados podían ver el cuadro, pero nosotros entendimos que podríamos verlo a la salida. Cuando vimos que el grupo salía de la iglesia, se lo dijimos. Nos señaló unos árboles y dijo que allí llevaría al personal

La Adoración del Cordero Místico, de Jan y Hubert van Eyck

a visitar a “Madame Pipí”, y mientras, nosotros podíamos ver el cuadro. Nos esperó. Un detalle de agradecer.

Si en Vollendam comimos arenques, en Brujas y en Bruselas había que comer frikandel. También os digo que como el gazpacho o la paella, nada. Los arenques sí están buenos. Para el frikandel, prefiero la botifarra amb mongetes. Pero bueno, donde fueres, haz lo que vieres.

Desde Bruselas vimos Lovaina, Leuven allí, que es ciudad universitaria y con algún barrio antiguo bonito. Hartura de caminar. Ante un edificio muy hermoso, creo recordar que con dependencias universitarias, hay una enorme aguja con una enorme mosca pinchada. Cada uno que esculpa lo que le dé la gana: aquello quedaba allí como un Cristo con dos pistolas.

El Atomium. Como no había nadie que le aguantase las bolas, estaba a punto de caer, como puede observarse

Bruselas es punto y aparte, como Ámsterdam. Lo primero, el Atomium, como si fuera imprescindible. La verdad es que me hizo ilusión verlo porque mi padre me hablaba de él cuando se acababa de construir para la Feria Internacional, y me enseñó fotografías en el periódico. Yo tenía entonces 9 años. ¡Qué tiempo pasado! De la misma forma que determinadas novelas que en su momento fueron fastuosas, y sin embargo no aguantan años después una relectura (me pasó con Henry Miller; ya sé que blasfemo, pero es así), esta macroescultura arquitectónica no soporta bien una revisión. ¡Y eso que le acababan de lavar la cara, puliendo las esferas! Además, no soporté las fotos haciendo ver que aguantaban en la mano las bolas, como hay quien se la hace impidiendo que se caiga la torre de Pisa. ¡Que aguanten otras!

El Ayuntamiento, en la célebre Plaza Mayor, es un alarde de esculturas góticas. Entre ellas, como no, está la de Leopoldito, que se tuvo que poner en lugar visible: en una esquina; eso sí, no es gótica pero bien imitada. Odiamos las imitaciones y las falsificaciones. El sobrino y sucesor de este rey tiránico y asesino fue Alberto, muy querido por su pueblo porque en la Primera Guerra Mundial se metió en las trincheras con sus soldados, además de contestarle a los alemanes a su pedido de pasar por Bélgica para atacar Francia, que una nación no es un camino. En cambio, Alberto I no

Bruselas. Ayuntamiento. Pequeña muestra de la cantidad ingente de estatuas góticas y no tan góticas

puso su estatua en el Ayuntamiento de Bruselas, que tiene trescientas y pico, y no por miedo a las alturas pues en realidad, murió escalando las montañas del sur del país. Esa Plaza recuerda las Ramblas barcelonesas, la plaza del Callao madrileña o la Fuente de las Batallas granadina: un gentío, por todas partes, denso, impenetrable a veces.

Entramos en el Museo Real de Bellas Artes, aunque en realidad no vimos sino la exposición permanente sobre la vida y la obra de René Magritte. Mereció la pena. No están la mayoría de sus cuadros famosos porque seguramente están en USA, pero hay lo suficiente para impresionar. Además, han expuesto en vitrinas numerosa documentación, desde revistas dadaístas y surrealistas de la época hasta correspondencia personal. Y algunas de sus frases y opiniones escritas en las paredes, por suerte en francés. La que más me impresionó fue la siguiente: «La liberté, c’est la possibilité d’être et non l’obligation d’être», es decir «la libertad es la posibilidad de ser, no la obligación de ser». Sin comentarios.

La iglesia del Sablon y la Catedral son destacables, aunque lo que más llamó nuestra atención fueron sendos púlpitos grandilocuentes tallados en madera, con escenas bíblicas y horror vacui, es decir sin un rincón siquiera sin esculpir, allá donde la vista pueda descansar. También en la catedral de San Bavón de Gante había un púlpito semejante. Las

Bruselas. Púlpito de la Catedral, obra de Hendrik Frans Verbruggen

vidrieras son también hermosas. Junto a la iglesia del Sablon y por ser sábado, mercadillo de antigüedades. Cosas preciosas.

Por la tarde, muy cansados, decidimos subirnos a un taxi porque la estación de metro cercana al hotel estaba cerrada: a 200 m. del hotel está el edificio del Euractiv Brussels Office, es decir el lugar donde se reúnen los jefes de gobierno europeos, y ese día, cenáculo. Casualidades. Tampoco hubiéramos podido llegar bien porque no permitían acceso a pie, y hubiera sido un lío armados de un mapa a escala tan grande como el que teníamos. Al salir del hotel por la mañana, nos vimos obligados a coger el metro en Maalbeek, ¿os suena? Nada, donde ha caído una bomba ya no vuelve a caer otra, según la ley que rige los bombardeos.

Por otra parte y para colmo, aviso de bomba. Todos soliviantados, como es natural. Nunca sabremos si esos avisos son un infundio del poder para aumentar la seguridad, si son reales, o son producto de la llamada de ciertos gamberros que disfrutan sembrando el caos y el miedo. No olvidemos nunca que el miedo es el recurso del Estado, y si hay antisistemas que hacen esas cosas, están siendo más Estado que el propio Estado. En fin, el taxi no pudo entrar en el boulevard Charlemagne desde el sur, de modo que tuvo que dar una vuelta enorme para tomarlo desde el norte y dejarnos al otro lado de la calle del hotel Silken. 29 €. Una pasada. El taxista, un hombre mayor que fumaba dentro del taxi (no sé si es que eso está permitido en Bélgica), insultador de otros conductores (salopard, algo así como gilipollas, le escuché decirle al chofer de un Mercedes que quiso hacerse el listillo), tampoco llevaba a la vista el taxímetro. Pero al fin estábamos en el hotel y muy fatigados.

Foto de grupo en el comedor del hotel Silken de Bruselas. Es la despedida

Durante la cena se homenajeó al guía Roberto, que nos había conseguido un viaje grato e instructivo. Nos despedimos todos, intercambiando en algún caso tarjetas o números de teléfono para el whatsapp o correos electrónicos. Ha sido un placer, fue la frase más repetida. La verdad es que la gente bastante bien, cosa difícil cuando hay de todo como en botica. Algún incidente algo desagradable hubo, es cierto, pero quedó en tontería. El matrimonio canario, taxistas, las dos parejas vascas, los valencianos, uno de ellos, Jordi, escritor de relatos, las cuatro mujeres catalanas, una de ellas con 78 años aunque parecía sesentona, las dos parejas también catalanas, tarraconenses, entre ellos Ana que llamaba a mi Rosa su segunda mamá, el

Como concesión a lo popular, fotito de los protas en el Jardín del Mont des Arts de Bruselas

catalán casado con una italiana de Bologna, los pasteleros de Loja, pues resulta que nada más iniciar el viaje nos percatamos de que llevábamos como compañeros a paisanos de Rosa: los que nos venden los pastelillos blancos tan ricos, el matrimonio argentino, de Entrerríos, que me hicieron recordar a José Larralde.

El viaje de vuelta bien, gracias.

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Viaje-tour por los Países Bajos I

No fue un viaje infortunado a pesar de que lo que mal empieza, mal acaba. En el hotel de Madrid donde dormimos, pues el avión destino Ámsterdam salía muy temprano por la mañana, hubo un apagón de luz que duró más de tres horas. La ventaja es que nos fuimos a dormir muy temprano.

El grupo: no estamos todos. Éramos unos 30. En el centro y a la izquierda, con gafas claras y sonriente, el guía Roberto,

Siempre  odié ir detrás de un paraguas o un abanico. Cuando veo esos grupos de turistas siguiendo a un guía en manada, borreguilmente tras el cencerro, se me ponen los pelos de punta. Con todo, propuse a Rosa hacer un tour por los Países Bajos por la dificultad del idioma. Apenas farfullo tres palabras en inglés y tengo una soltura muy limitada con el francés. Ni te cuento del neerlandés. Por eso nos decidimos. Al principio, ir detrás del paraguas marrón de Roberto me deprimió hasta que me di cuenta de que bajo ese paraguas cerrado había un gran ser humano. Y lo de grande, en ambos sentidos. Nos tocó en suerte un guía que, no solo explicaba los lugares, sino que nos hablaba de historia (y no únicamente de reyes y duques, sino de la historia mínima, la intrahistoria, que decía Unamuno, la de las personas aparentemente sin trascendencia pero que les tocó vivir un tiempo u otro), conocía anecdotarios de lugares y barrios, nos habló de lingüística y se empeñó en que aprendiéramos los rudimentos de la pronunciación neerlandesa y cuatro expresiones, unas útiles y otras simplemente cachondas. Amenizaba los viajes en autobús, que allí no son largos, con ilustraciones que incluso llegaron a ser gráficas al aportar un mapa de Holanda hecho con un rotulador, para que comprendiéramos la estrategia de los diques (damm, en aquel idioma; ¿tendrá algo que ver con la cerveza barcelonesa?). Pues, ¿y el conductor del autobús?, un abulense llamado Enrique, que hablaba lo justo y siempre con amabilidad, paciente y de sonrisa fácil, aparte de habilísimo con semejante trasto, tan grande.

Esta fue la primera sorpresa grata. Lo que demuestra que no hay nada más tonto que el prejuicio.

Ámsterdam es populosa. En el Rijksmuseum pido two tickets a una señorita y le comento a Rosa que no vamos a coger audioguías. La señorita me responde en español. Me fijo y la tarjeta identificativa dice Lloveras. Catalana. Nos sonreímos y le hablo del alivio que uno siente cuando se escucha contestar en el idioma propio. Quizá es la invasión catalana al mundo. Cuando alcancen el desierto de Taklamakán habrán cubierto objetivos.

La novia judía, de Rembrandt

Vi en ese museo el cuadro La novia judía, de Rembrandt. Se ha dicho con insistencia que en esa pintura el artista representó a Miguel de Barrios y Abigail de Pina, hija de Isaac de Pina y segunda esposa de Miguel. La ilusión fue mayúscula por una razón: Miguel e Isaac pertenecieron a la Academia de los Floridos, tertulia de la que participaban también Isabel Rebeca Correa y su marido Nicolás Oliver Fullana. En la continuación de mi novela Ashaverus el libidinoso, Ashaverus el creador, convierto a esta Isabel Rebeca en verdadera autora del manuscrito del primer Ashaverus que cuenta la azarosa vida de Todros ben Virga, de modo que utilizo un personaje real, que en verdad era escritora y poeta y tradujo del italiano y en verso el Pastor fido, de Gian Batista Guarini. En esa continuación o segunda parte, hay otro manuscrito, este más buscado que encontrado, en el que Isabel Rebeca cuenta su vida y el amor que tenía por su marido Nicolás; en ella hablo de su gran amistad con Abigail de Pina (debió de ser cierta pues ambas pertenecían a la comunidad judía amstelodana, ambas estaban ligadas a la antedicha Academia y ambas sefardíes asistían a la sinagoga). Conocía ya el cuadro, por supuesto, pero la emoción fue grande.

Lo mismo que la emoción que sentí al entrar en la sinagoga o esnoga portuguesa sefardí de esa misma ciudad, a cuya inauguración en 1675 debió asistir Isabel Rebeca con 25 años. Y pasear por el barrio judío, el Jodenbuurt, del que no quedó casi nada en la II Guerra Mundial.

El Rosse buurt de Ámsterdam

El Rosse buurt, o Barrio rojo, me dejó un tanto indiferente. Es de esas cosas que si ya la has visto en televisión, te haces una idea. O cuanto menos esa es mi impresión. Roberto nos lo hizo patear a conciencia, tomando las calles en zigzag. No así los canales, nosotros que somos de secano, pues esos sí nos sorprendieron.

Ámsterdam está llena de casas inclinadas. Unas lo están porque han cedido los pilotes que sirven de cimentación. Otras lo son de fachada: las que así se ven es porque tenían almacenes en los pisos altos: si inclinan la fachada y ponen en lo alto una viga y una polea, se puede subir las mercancías sin que tropiecen en ventanas y enfoscados. Te fijas si te hacen reparar en ello o lo has leído en algún lado. Esos pilotes no han impedido edificar iglesias con campanarios muy altos. La mayoría son calvinistas, desnudas de cualquier imagen, pero también está la de San Nicolás, que es católica.

Se ha dicho mucho que en Ámsterdam hay muchas bicicletas y todo el mundo va en ellas. Es como decir que en Venecia hay barcas. Casi no les queda más remedio a causa de los canales y la estrechez de los espacios entre ellos y las casas, al menos en el centro de la

Bicicletero en Gante.

ciudad. Pero eso no obsta para que haya coches. La autovía que llega a la ciudad desde el sur tiene cuatro carriles en cada sentido. Pues bien, a primera hora de la mañana, atasco. Hay coches, y muchos. Tardamos veinte minutos en atravesar la plaza entre Sint Nikolaaskerk (el templo católico) y la Estación central de Ámsterdam en autocar: tranvías, autocares turísticos, coches. Eso sí, los carriles para bicicletas son absolutamente respetados, aunque si un peatón se despista puede ser atropellado por una bici. Hay que caminar con mucho cuidado, no por los coches o los tranvías sino por las bicis. Eso sí, el aparcamiento de bicicletas de la Estación Central recuerda al ejército de guerreros chinos de terracota de Xi’an.

Otra sorpresa importante fue la visita al gran dique que separa el Mar del norte del Zuidersee o Mar del sur, que gracias al dique se ha convertido en un lago de agua dulce.

Puente sobre la autovía que pasa sobre el dique. el horizonte es el del Mar del Norte y la estatua a la izquierda y lejos, es la de Cornelis Lely

Adornado, sí, con un viento exagerado que, como decía mi tío Joaquín, era mejor mantener la boca cerrada para que el viento no se llevase la dentadura postiza. La explicación de cómo fue la idea de Cornelis Lely, un gran ingeniero que fue ministro (¿pero no tenían que ser todos abogados, de forma que sepan mucho de leyes pero ni pajolera idea de todo lo demás?, ¿Spain is diferent?). Los trabajos que debieron hacer con medios rudimentarios y la solidez de la obra que ni siquiera los alemanes pudieron dinamitar. Cómo desalaron ese Mar del Sur simplemente porque las aguas del Rin limpiaron la sal, cómo muchos pueblos pesqueros se quedaron sin pesca (solo sobrevivieron las anguilas), y cómo el gobierno holandés de entonces proporcionó otras actividades económicas a aquellas zonas condenadas al paro y al hambre porque ya no podían dedicarse a la industria pesquera. ¡Jolín!, ¡un gobierno que sirve para algo!, ¡yo pensaba que no existían!

Volendam

El mismo día, Vollendam y Marken. Lluvia y frío. Pueblos bonitos, mantenidos para el turismo. Nos llama la atención que las casas de madera tengan un zócalo de ladrillo: esas casas de madera eran palafitos, y al desecarse el pólder, se ganó un semisótano. Quesos. Una granja. Compramos alguno y os garantizo que están buenísimos. Si ese es el precio que hay que pagar por este tipo de viajes (te llevan de visita a esta granja quesera y a una factoría de diamantes) porque agencias o guías cobran comisión por tal cosa, en el caso de los quesos merece la pena pagarlo. No es la tienda de suvenires repugnantes.

Los molinos conservados en Zaanse

Y los molinos, naturalmente. Me impresionó en especial la aclaración de Roberto: mediante esos molinos de viento (me temo que es inconcebible un Quijote holandés) aserraban a la perfección los maderos para la construcción de barcos, de forma que era rapidísimo construirlos, superando así con facilidad a la temible armada inglesa. El gran Michiel De Ruyter, almirante de esa flota neerlandesa, que protegía con eficacia a los barcos mercantes de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, inventores de la acción bancaria como forma de capitalización. Los viajes, para mí, no son solo hacerse fotos o ver iglesias o museos, ni siquiera ver lugares típicos; es conocer gente, sí, pero sobre todo, ver cómo viven y por qué otras naciones que tienen otra historia y otra costumbre. La historia de esas naciones es diferente; la gente también, pero cada vez nos parecemos más a causa de la dichosa televisión y la americanización de todo. Por eso es tan interesante la historia y la intrahistoria.

Luego, la subsiguiente explicación sobre el sentido práctico de los holandeses, gobernantes y gobernados, muy calvinistas ellos pero sin la bestialidad fundamentalista de Calvino que hizo estragos en Ginebra, encarcelando o ejecutando a todo aquel que no fuera de su honda o simplemente bailara o hiciera música que no fuera de iglesia. Los holandeses son más prácticos: calvinistamente saben que pocos humanos se salvarán en el Juicio Final, y lo más probable es que quienes se salven serán calvinistas. Desde luego, no serán papistas.

Sinagoga sefardí de Ámsterdam.

De modo que, quienes no sean calvinistas, como los judíos, que hagan lo que les venga en gana siempre y cuando no practiquen ningún proselitismo público. Incluso aceptaron, con reticencias, algún que otro católico (muy vigilados, naturalmente, para que no espiaran para el rey español). Ese sentido práctico ha hecho que semilegalicen, pues saben que no pueden impedirlo, las drogas blandas y la prostitución. De esta última se han quitado de encima el problema de los macarras, de la explotación y de la desatención médica, pues las meretrices pagan su seguro de autónomos así como impuestos, tienen Seguridad Social y percibirán una jubilación como cualquier ciudadano. No entramos en ningún Coffee-shop. Me temo que ver los cuadros de Rembrandt, Frans Hals, Vermeer, etc. ya es alucinante de por sí.

Para emoción fuerte la que tuvimos en la vuelta en tren, Rosa y yo solos, a Breukeleen. En primer lugar, aclarar que el hotel en ese pueblo se lo cambiaron a la agencia en el último momento. Está a 23 km. de Ámsterdam y es el origen del nombre del barrio neoyorkino de Brooklyn, porque los ingleses no sabían pronunciar Breukeleen (ese diptongo eu es como en francés y las dos es se pronuncian como una e larga). Bien, cuando decidimos visitar el Rijksmuseum y las sinagogas, el autobús nos llevó a Ámsterdam pero no pudo devolvernos, de modo que nos propuso el guía tomar un tren. Nos dio toda clase de explicaciones pero estas nunca son suficientes. De momento, no comprendimos cómo diablos funcionaban las máquinas expendedoras de billetes. Tuvimos que buscar la oficina donde se expedían personalmente. El empleado nos dice: andén 4B (imaginaos para un

Estación Central de Ámsterdam.

oído semivirgen en cuestiones angloparlantes cuando una voz rápida y un tanto gutural te dice foobi). Buscamos, encontramos y dice 4A, no 4B. Bravo. Preguntamos a un muchacho y nos dice en inglés que él es finlandés y ni puñetera idea. Vale. Por fin vemos dos paneles luminosos: uno decía Utrecht y Rotterdam, sin más, y otro lo mismo pero nombrando todas las estaciones y apeaderos. Evidentemente, eso quería decir que uno era directo y el otro se detenía hasta en Breukeleen. Nos subimos y empezamos a relajarnos. Con las mismas vemos que todo el mundo se levanta y sale del tren apresuradamente tras un mensaje de megafonía. ¿Qué podíamos hacer? Nadie sabía la hora que era, ni siquiera los empleados ferroviarios, pero al parecer no era bomba sino avería. ¡Uf! ¿Y ahora cuál pillamos? Por fin veo que en el otro andén (la estación se parecía mucho a la de cercanías en Atocha), el de los trenes directos, indica el nombre de todas las estaciones intermedias, Breukeleen y la estación que está al lado del estadio del Ajax. Me negué a seguir preguntando, nos subimos y que sea lo que Dios quiera. Llegamos. Menos mal.

Continuará la próxima semana.

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Al límite, de Thomas Pynchon

Portada de la novela Al límite, de Thomas Pynchon, editada por Tusquets

Ya en otras reseñas para este blog me preguntaba yo qué me da Thomas Pynchon que, con este, ya llevo tres artículos dedicados a sus novelas. ¡Y mira que es difícil de leer a veces! Quizá es eso precisamente: una reacción ante esa tan trivial y repulsiva imposición de la estructura antigua, y que hoy se consigna como imprescindible para la narrativa: lo lineal, lo sentimental, el sobado planteamiento-nudo-desenlace.

Al límite es novela recordatoria de las anteriores Vicio propio, Vineland o La subasta del lote 49. Novelas de investigación pero cuya pesquisa lleva a escasas certezas y sí a muchas teorías e incluso a paranoias, a obsesión pynchoniana con las conspiraciones del Estado norteamericano o de empresas íntimamente ligadas a él. Y ahí está lo curioso y original de Al límite: en ella, y después de muchas críticas por esa conspiranoia, el autor se ríe muy seriamente de sí mismo y de las conspiraciones. Novedad grande, porque si Cervantes se rió de las novelas de caballerías, anteriores a él y de las que él no escribió ninguna, Pynchon se cachondea de su propia obra al tiempo que de todos aquellos que lo han criticado.

Abarca la narración un año en la vida de Maxine, una judía neoyorquina madre de dos hijos que se dedica a investigar casos de fraude fiscal. Le han retirado la licencia por meter la nariz excesivamente donde no debiera, lo que le permite ir por libre. Todo sucede entre primeros de año de 2001 y enero de 2002, así que pilla en medio el atentado del 11 S. No es que todo gire en torno a ese horror, pero sí buena parte de la trama se refiere a él.

Investiga la protagonista a un empresario de grandísimo éxito en el terreno de la cibernética, Gabriel Ice, tanto en software (programas), como en hardware (soporte físico

Nueva York antes del 2001

de tales programas) y en inversiones extrañas y desviadas, protegiendo con dinero empresas y organizaciones por mandato indirecto, es decir organismos a quienes el Estado quiere favorecer pero sin mancharse, por lo que utiliza a particulares que hacen de intermediarios. El tema es viejo como la misma política, pero lo curioso es que Maxine averigua poco y desordenado.

Y esa es la gracia, que para algunos será desgracia, de esta novela: la trama y la cantidad de personajes es de tal complejidad que es casi imposible seguirla, y finalmente no se llega a conclusiones determinantes, sino a un monto de teorías y de posibles conspiraciones. Tal es el recurso que Pynchon utiliza para reírse de la paranoia ajena y propia: aportar tantos indicios de conspiración que todos parecen ciertos y ninguno de ellos plausible.

No debo entrar en detalles de los posibles contubernios que rodean, entre otras cosas pero principalmente a esta, al 11 S neoyorquino, de la misma forma que en novela de crímenes no debe el reseñista decir quién es el asesino (aunque siempre pueda ser el mayordomo). Sí queda claro que los negocios de Garbriel Ice que lo enriquecen en muy poco tiempo haciendo que nade en monedas de oro como el tío Gilito, no son limpios ni mucho menos.

Peral en flor

Este empresario queda eficazmente retratado en la escena callejera de la discusión tras el alejamiento de su esposa Tallis: inseguro, convencido de que sus abogados todo lo podrán porque todo lo puede el dinero, amenazando que se quedará con todo, y al comprobar que su mujer no desea arramblar con la mitad del capital, advirtiendo que se quedará con el hijo de ambos.

Los personajes, aunque muchos, están definidos, si bien insiste mucho más en los más principales, por descontado, quedando la mayoría de los otros en un marasmo de hackers, nerds, geeks, etc., todos frikis o chiflados de la informática, incluida en ella la programación, claro, y no solo el quedarse pegados ante la pantalla con un juego. El título inglés de la novela es bleeding-edge, que según especifica, y citando el contenido de la narración, el glosario de términos que al final se incluye es “una tecnología sin ninguna utilidad demostrada todavía, material de alto riesgo, algo con lo que solo se sienten cómodos los adictos a la adopción temprana de novedades”. Los motivos por los que se ha traducido como Al límite tampoco están muy claros, aunque hacia el final de la obra algunos personajes, y especialmente la protagonista Maxine, se encuentran así, al límite.

Ya sabéis

Supongo que si se hubiera titulado con el nombre original en inglés, tal cosa habría echado atrás a muchos lectores. Pero el título es explicativo: todo es demasiado nuevo e ininteligible, los diferentes contubernios propuestos no tienen “utilidad demostrada todavía”, pero son explicativos de que un Estado, y menos uno tan poderoso económica, política y militarmente en el mundo como USA, tiene mucho más parte oculta que a la vista, como un iceberg. Se dijo con insistencia que en las torres no había en el momento del atentado ni un solo judío. Este reseñista, extrañado, miró listas y pudo ver apellidos indudablemente judíos, pero por otra parte, los hebreos tienen fama de discutir siempre, de modo que si se hubiera corrido la voz, avisando del inminente atentado y del riesgo de muerte, al cabo de poco lo habría sabido hasta el último vendedor de salchichas de Manhattan. Tal vez pensando en ese rumor, Pynchon cuenta otro: puesto que los carritos de venta de café, donuts y cruasanes cercanos al World Trade Center eran propiedad, en su mayoría, de musulmanes, se dijo que ese día no había uno solo en las inmediaciones de los edificios gemelos. Esa es la risa de Pynchon. Lo que no quiere decir que desmienta nada, sino que se mofa de algunos extremos, puesto que la rumorología es a menudo ridícula. Basta escuchar en un barrio o en un pueblo lo que comadres y compadres dicen de fulanita o de menganito, y el mundo, en el que está inmerso Nueva York, es a menudo pueblerino.

El tipo que va con una cámara rodando (que por cierto se llama Reg, demasiado semejante a rec) es demasiado increíble para ser real: nadie lo ve y puede ser de lo más impertinente y cotilla con escenas de aparente confabulación en la que están implicados estamentos u organizaciones que superan a la CIA en perversidad y abuso.

Thomas Pynchon en una de las únicas fotos que se tienen de él. Ahora tiene 80 años.

En la novela entran, por descontado, muchos de los tics y características del novelista norteamericano. Maxine se mete en una especie de juego de ordenador, Deep Archer, en el cual, como en un programa de inteligencia artificial, personas vivas o ya muertas, hablan con ella, la llevan a lugares alucinantes o le proporcionan datos que pueden o no ayudar en su investigación; es decir, la ya tradicional y muy postmoderna introducción de elementos fantásticos tratados como si fueran la realidad más pedestre. La narración alterna el uso de los verbos en pasado con el presente, lo que distancia o acerca al lector según la intención del autor. Los diálogos tienen dos caras: por una parte son tan realistas como pudieran ser los de Hemingway (lo que tiene un gran mérito), pero al mismo tiempo Pynchon concede a sus personajes, especialmente a la protagonista y a su casi anciana amiga March, una ingeniosidad y una capacidad de improvisación en las palabras y en los argumentos, así como en los insultos, que no parece demasiado natural. Claro que, como March y Maxine son judías, igual ese wit inglés, ese ingenio es habitual entre los judíos neoyorquinos. La inclusión de palabras en otros idiomas, como el español, el yidish, el ruso o el italiano (que en la traducción española no incluye equivalencia, seguramente a imitación de la versión original inglesa, pero que ni falta que hace porque uno puede imaginarse lo que están diciendo o qué clase de insulto o improperio es la palabra usada) recuerda novelas anteriores de Pynchon como El arco iris de gravedad.

Maxine, Heidi, Vyrva, personajes de la novela, son hijas de aquellos hippies de los años sesenta, y ellas también, a su manera, son marginales a pesar de su vida cotidiana más bien burguesa, porque su obsesión con los ordenadores las lleva a meterse en terrenos resbaladizos que minan los aparentemente seguros terrenos de gubernamentales y capitalistas (la locución “capitalismo tardío” se repite innumerables veces). También los personajes de Vineland, La subasta del lote 49 o Vicio propio eran a su vez hippies ellos mismos o herederos y añorantes de aquellos tiempos.

Circuito cibernético

Otra característica de la práctica del postmodernismo norteamericano es la relación irónica con la tradición, y a eso me refería al hablar de los diálogos que son hemingwayanos al tiempo que antinaturales. Otra ironía grande es la preocupación maternal de Maxine por sus hijos y su seguridad, mezclada con su inconsciencia de meterse en secretos cuya investigación hace peligrar esa misma seguridad. Y por último la mezcla de la alta cultura (a los padres de Maxine les chifla la ópera italiana y han conseguido contagiar tal afición a sus nietos) con el rock ochentero y noventero más duro y ruidoso, así como con las baladas cuyas letras, no solo cita Pynchon, sino que a menudo se las inventa metiéndolas de rondón en el texto. Y aun una más: los encuentros casuales en ciudad tan enorme como Nueva York, difíciles pero que el autor los hace posibles y creíbles.

Podría acusarse a Pynchon de que se repite, de que hay asuntos que salen en todas sus novelas, o casi. Cierto, pero lo compensa con una calidad de prosa envidiable. Otro aspecto que hoy se valora mucho es la documentación para escribir algo (es una pregunta recurrente, ¿y te has tenido que documentar mucho para esto?), y en eso nada se le puede reprochar porque el novelista, o ha sido programador, hacker o algo peor, o se ha leído un montón de libros de informática, que por suerte entonces, en el 2001, no era tan compleja como hoy, aunque también tenía su carga de profundidad.

En fin, otra exquisitez que nos obsequia un hombre, que tiene ya 80 años, del que hay un solo retrato de cuando hizo la mili, al que nunca le darán el Nobel porque no aparecería ni a recogerlo ni en ningún medio de comunicación, al revés de tantos que solo buscan la fotografía, la televisión y la fama, y que tiene ya una obra consolidada, rica y osada. Tusquets, editorial de riesgo, no se reprime de publicarlo, lo mismo que no se reprime de publicar a un español que se mete en honduras literarias y que no responde a lo manido y “tumbonero” (de tumbona), como es Gonzalo Hidalgo Bayal. Léase a Pynchon y no apure no comprender alguna de sus partes porque lo importante de él es el conjunto.

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Qué sé yo de Patafísica o cómo adaptarla a los tiempos que corren.

Alfred Jarry antes de su última petición antes de espicharla: un escarbadientes

Alfred Jarry antes de su última petición antes de espicharla: un escarbadientes

De entrada debe saberse que la Patafísica fue inventada como nombre por Alfred Jarry, escritor francés de principios del XX que compuso la maravilla aquella del ciclo teatral sobre Ubu, que inaugura el teatro del absurdo y la ridiculización de realeza, aristocracia, milicia y burguesía. Pero no es ahí donde Jarry utiliza el palabro Patafísica sino en Gestas y opiniones del Doctor Faustroll. Citando a nuestro Rector Magnífico Ángel Olgoso, “Patafísica es una formación onomatopéyica a partir de sucesivas contracciones de epi ta meta ta physika, es decir, la ciencia que se sobreañade a la metafísica, extendiéndose más allá de ésta como ésta se extiende más allá de la física”. También es la ciencia de las soluciones imaginarias, o la ciencia que estudia las excepciones (si es que puede haber tal ciencia).

En los años cincuenta del pasado siglo nació en París el Collège de Pataphysique al que pertenecieron o pertenecen tipos como Umberto Eco, Fernando Arrabal, Boris Vian, Georges Perec, Raymond Queneau, Marcel Duchamp, etc.

En el 2007 se desoculta al fin el Institutum Pataphisicum Granatensis (ya sabemos que

Alfred Jarry montado en la bicicleta que nunca acabó de pagar

Alfred Jarry montado en la bicicleta que nunca acabó de pagar

debería ser, en puro latín, Granatense; pero así se consigue latinajo en lugar de latín; nada más patafísico que el latín macarrónico). Actualmente pertenecemos a él más de treinta Sátrapas Trascendentes. ¿Somos Sátrapas?, si no tenemos mando en plaza, ni poseemos harén, y ni siquiera arenque, ¿cómo vamos a satrapear? ¿Somos trascendentes? Si no somos ni necesarios, ¿cómo vamos a ser trascendentes?, pero lo importante y lo tradicionalmente patafísico es ponerse nombres rimbombantes. Existen cargos como la Secretaría del Departamento de Cábala Agnóstica, o el del Departamento de las nubes, los silencios y los eremitas, la Cátedra de Iconoplastia o la de Liricogénesis Despojada.

¿Es esto reírse de algo? Es esto reírse de algo. Aún hay entes mal llamados humanos que gozan con poseer una gerencia, una jefatura de Recursos Humanos, una subsecretaría o un ministerio, aunque sea de cosas totalmente inútiles. ¿Están pagados nuestros cargos? Están pagados nuestros cargos porque, a fin de cuentas, por mucho glamour y categoría que conceda un carguito, nada como un buen salario, y nada mejor que buenas mordidas. El Rector Magnífico, Ángel Olgoso, cobra tres trillones de agapitercios al mes (¿o era por

Cuerpo de Sátrapas del Institutum Pataphisicum Granatensis (incompleto)

Cuerpo de Sátrapas del Institutum Pataphisicum Granatensis (incompleto)

quincena?), pero como se gasta en euros la publicación de la revista interna El Escarbadientes Espiral, de la que ya han salido 19 números, además de numeroso material que nos obsequia al resto de omisionados (de omisión más que de comisión), ignoramos si le sale a cuenta. Las omisiones o primas que recibimos los Sátrapas son tan sustanciosas como los nueve millones de agapitercios, y nuestro salario monta unos veintisiete millones de agapitercios en negro, naturalmente. Y acaso se preguntarán ustedes, ¿qué valor de cambio tiene el agapitercio? ¡Y a ustedes qué diablos les importa!, ¿eh?

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El Rector Magnífico Perezoso, Ángel Olgoso, amenazado y amordazado, o mejor dicho entaponado con corcho vinatero. Los plátanos no llegaron a dispararse: estaban duros porque el proveedor los compró de baratillo

La actividad más importante del Institutum es los ágapes estacionales. Uno en cada estación del año. La afluencia de personal oscila entre la decena y la docena y media. El ágape clásico es deleitar el pico, usíase el hocico, comiendo, bebiendo y demás, adornándolo con la conversación. Esta puede ser sabia o no, ad libitum. Los antiguos griegos lo oponían a Eros. Una lástima, porque excepto honrosas excepciones, por otra parte conocidas, no hay refocile de miembros y miembras, a no ser cada uno en su casa y Dios en la de todos. Acostumbra suceder en tales ágapes que alguien aporta un escrito con sesudas investigaciones patafísicas, un pataobjeto en forma de máquina que no fabrica absolutamente nada u objeto de gran utilidad y veracidad (una vez apareció el ínclito Sátrapa Guillermo, especialista en tales asuntos, con la vera huella del pie de Viernes, el amigo de Robinson Crusoe), una canción, como es el caso del Himno de la Camellería Patafísica, o música patafísica que de todo hay. Incluso apareció una santa imagen reducida del Père Ubu. Gran deleite producen estos ágapes por las defenestraciones de las que los seguidores de este blog tienen ya cumplida noticia. El golpe de Estado a plátano armado en el que el Rector Magnífico y Perezoso, Ángel Olgoso (nótese la rima) fue depuesto, defenestrado, propuesto nuevamente para el cargo, pues hasta entonces lo había hecho muy bien, y elevado a la categoría que le corresponde por votación unánime, ese golpe de Estado fue famoso aunque no ocupó la primera página de los periódicos porque ese día los caballos se pusieron a hablar en perfecto inglés, y esa noticia era más importante. Posteriormente, todos los Sátrapas quisieron ser defenestrados (la envidia es mala muy mala) y se procedió al hecho en diferentes sesiones.

Y bien, acabo de hablar de reírse de algo. Ahí está buena parte de la cuestión. ¿Somos pioneros o abanderados en ese tema? ¡Noooo! Ya Henry Bergson escribió un libro sobre él. En la actualidad, los premios IgNobel, que se otorgan a quienes han inventado o investigado asuntos tan absurdos como demostrar que el asma se puede curar subiéndose en una montaña rusa, al inventor de un sistema electromecánico para atrapar secuestradores aéreos a base de una escotilla, un empaquetador y el lanzamiento de individuo así encapsulado al aire, con su paracaídas para que no haya nada que lamentar y sí tipejo al que encarcelar, o la propuesta de ilegalización del aplauso público por el presidente de Bielorrusia, Lukashenko. A menudo, los inventores o investigadores premiados (si son políticos, no) se personan en la adjudicación de los premios IgNobel y suelen reírse de sí mismos.

Père Ubu

Père Ubu

La risa es sana y buena para el cutis, eso no tiene duda.

Pero, ¿se trata de épater le bourgeois, es decir de molestar al burgués? En mi opinión ya no, y ahí va mi llamamiento a la actualización. Para molestar de veras al burgués, creo yo, bastaría con quitar de en medio todos los teléfonos móviles, Ipods, tabletas, etc. O lo que sería equivalente: provocar un apagón mundial cibernético, es decir de todas las webs, redes sociales, de internet en pleno. ¿Quién se quedaría indiferente ante todo ello?, unos cuantos pueblerinos (también llamados villanos que acostumbran a tener algo de villanía pero no toda), algunos salvajes de las selvas y muchos, muchos paupérrimos de ciertos países de los mal llamados en vías de desarrollo porque sus vías ya descarrilaron hace tiempo. El resto, todos somos burgueses. “El sueño entero de la democracia reside en elevar al proletariado al nivel de estupidez del burgués. En parte, éste es un sueño que ya se ha realizado. El proletariado lee los mismos periódicos y tiene las mismas pasiones que el burgués”, y es frase de Gustav Flaubert, es decir de hace por lo menos 137 años. Según Ernst Jünger, que en eso de la lucidez tumbaba a más de uno excepto en su época casi juvenil, cuando cayó en las garras de un nacionalismo que siempre, o casi siempre, es estúpido, decía que trabajamos incluso cuando estamos de vacaciones porque durante ese tiempo también hacemos lo que es obligado, es decir lo que hace todo el mundo: playa, hoteles rurales, cruceros, viajes programados, etc., y que se convierte en un trabajo porque con ello nos damos poco placer (comparado con ir por libre) y producimos una plusvalía considerable a otros. Pagar la tarifa del celular (homenajeemos a nuestros colegas latinoamericanos) se ha convertido en algo mucho más importante y vital que comer o tener electricidad.

La Sátrapa Trascendente Celia Correa abrazada a la imagen sacrsanta y reducida del Père Ubu, obra de la imaginera Marina Tapia

La Sátrapa Trascendente Celia Correa abrazada a la imagen sacrsanta y reducida del Père Ubu, obra de la imaginera Marina Tapia

Todos aspiramos a tener un teléfono móvil (o equivalentes) y pagar la mensualidad, por supuesto, ordenador, coche, casa, segunda vivienda. El coche no debe ser de calidad y seguro, sino aparente, lujoso. La casa es importante que sea más grande y equipada que la del vecino. Importantísimo tener una cocina completa y espaciosa aunque ya no cocinemos. El Voyvolando y el Pizzahut son nuestros proveedores de rancho. Somos burgueses. No podemos incomodar o impresionar al burgués porque nosotros mismos estamos dentro de esa categoría.

Cuantos esfuerzos hagamos patafísicos y otros por molestar al burgués son inútiles, en mi opinión.

Dos principios quisiera yo que fuesen patafísicos y entrarían en los extremos que acabo de mencionar: a) el mayor logro de la derecha, y no solo en este país, ha sido convertir a todos los partidos de izquierda en derechas, y nótese que digo todos aunque algunos quieran creer que hay excepciones; b) el político español, quizá más que otros, es el anti Midas: el rey Midas lo convertía todo en oro, en tanto el político español lo convierte todo en mierda. Ojalá fuera Mierdra (grito de guerra de los patafísicos).

¿Nos queda la risa? Nos queda la risa. Pero solo como rebeldía propia, individual, personal aunque no intransferible. Como piratas que se gozaran de serlo pero sin robar a nadie, pues en el momento en que robasen se convertirían en idénticos al enemigo, o si hay que transigir, en robar lo justo para la juerga, porque la fiesta, el desmadre, la orgía, sería lo único que compensaría nuestro aburguesamiento. Es decir lo inútil, lo placentero, eso sí, ¡sin beneficio económico!

Multitudinaria defenestración del Rector Magnífico Perezoso, Ángel Olgoso. Salió tan bien que se ha ido repitiendo para los diferentes Satrapillas

Multitudinaria defenestración del Sátrapa Trascendente recién ascendido a las alturas, Ismael Ramos, cuya cara de angustia delata el temor a que puños, capones y muletazos caigan sobre su calva.

La seriedad está bien para los asuntos serios, pero cuando la seriedad encubre la estupidez, ahí debemos estar los patafísicos. La mediocridad se ha vuelto ingrediente imprescindible de cuantos propietarios de DNI hay en este país, y en otros. La mediocridad es risible. Y no es solo burguesa (aunque si recordamos que todos somos burgueses, sí lo es, claro). Cuando un niñato le hace la vida imposible al empollón de la clase, ese niñato no es del todo burgués por falta de peculio, pero aspira a serlo. Y lo conseguirá.

¿He hecho alguna propuesta? Hacer propuestas reales no es patafísico. De modo que ahí os quedáis.

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Artículos míos aparecidos en el periódico Ideal

A los miembros de la Academia de las Buenas Letras de Granada nos pide colaboración el periódico Ideal de Granada en forma de artículos cortos que no deben superar las 600 palabras. Estas colaboraciones aparecen cada jueves. Estas son las dos últimas mías que el diario me  ha editado.

Una publicación necesaria

Compré un libro por internet. Hacía tiempo que lo buscaba. Se trata de Perfección y fracaso de la técnica (Die perfektion der technik), de Friedrich Georg Jünger, hermano del mucho más famoso Ernst Jünger. Solo se había publicado de él en España Los mitos griegos, un texto imprescindible por sus análisis sobre el titanismo. Su poesía no está traducida al español.

Portada de La perfección de la técnica, precisamente la edición que no tengo.

Portada de La perfección de la técnica, precisamente la edición que no tengo.

Bien, recibo el libro, abro el paquete y empiezo a hojearlo. Me percato de que la encuadernación es paupérrima: las páginas están grapadas (con 3 grapas metálicas mal distribuidas) y encoladas a la cubierta, rústica, por supuesto. Edición mexicana de 1999. Debemos aprender de nuestros hermanos latinoamericanos. Al menos ellos leen, me parece. Es curioso porque ya escrito este artículo veo en un escaparate de librería una edición española del texto: publicado este año 2016 por Página indómita.

Y no es que el libro sea moco de pavo. Su contenido, quiero decir. Escrito en los primeros años 30 del pasado siglo, fue destruido varias veces, reescrito y publicado al fin en Alemania en el año 46. Llegó a ser inspiración y base teórica del movimiento ecologista. No por planteamientos visionarios o ese buenismo que a veces desprestigia a algunos bienintencionados, sino con un estudio en profundidad del mundo técnico, masivo, industrial y productivo. Ni siquiera plantea enfrentamientos ni propuestas revolucionarias. Solo señala, explica con lucidez envidiable en qué consiste este mundo técnico en el que vivimos y aplica esos esclarecimientos a todos los ámbitos de la vida: lo fabril, el deporte, el ocio, la guerra, etc.

¿Cómo es que no se había publicado hasta ahora en España para ilustración de un movimiento tan fuerte como el ecologismo? Tal vez seamos más de inventar ideas o acciones que de elaborarlas partiendo de donde ya llegaron otros. Así nos luce el pelo.

Friedrich Georg Jünger

Friedrich Georg Jünger

Jünger muestra y demuestra, no solo el esquilmo de los recursos naturales inherente a la sociedad industrial, sino también cómo el maquinismo y su inevitable consecuencia, la organización técnica, en lugar de liberar al hombre del trabajo se lo agrava, haciéndole depender absolutamente de la máquina incluso en sus ocios, pues el reloj, máquina al fin y quizá la más esclavista, rige también nuestras actividades “libres” (o la dependencia del móvil, p. ej.). También nos señala cómo la alienación del trabajador no viene por su falta de propiedad de los medios de producción sino que procede sobre todo de la subordinación tiránica del hombre a la máquina y la productividad. La música preferida y oficial de la URSS es clarísima muestra de ello: mecánica, repetitiva, titánica pero no heroica, parece música de guerra, mas no de guerra de hombres sino de máquinas.

Cuando este libro se publicó la robótica no había llegado a su auge en los centros de producción. Sin embargo, la descripción de la sociedad sigue teniendo absoluta vigencia: no hay más que echar una ojeada dentro de esas oficinas donde cada empleado tiene ante sí una pantalla de ordenador o varias, y cómo durante un tiempo marcado, el laboral, toda la atención de este es exigida por la máquina (ingenio sin sentimientos, es preciso recordarlo). Incluso el técnico que controla robots de mecanizado o de montaje en una cadena está supeditado a ellos, pudiendo ocurrir que el más mínimo descuido provoque un parón en la producción por más tiempo del deseable. Y el parón productivo es la mayor catástrofe que le puede caer a una fábrica. A fin de cuentas, y Friedrich Georg Jünger ya lo insinúa, es tan importante en nuestra sociedad el consumo como la producción misma. ¿Hay consumo porque hay producción, o hay producción porque hay demanda como quieren hacernos creer?

Mijail Bulgákov, un grande de la narrativa

Si hubiéramos de confeccionar una de esas absurdas listas con “las 25 mejores novelas escritas en el siglo XX”, es seguro que El Maestro y Margarita, de Mijail Bulgákov, estaría en ella. Claro que no fue ese el único libro que escribió.

Se hizo simpático al régimen soviético escribiendo una sátira teatral sobre Iván el Terrible, lo que machacaba el zarismo. Pero al mismo tiempo inició su carrera como narrador con más sátiras sobre la situación de aquel momento, y eso ya ofendió al Sistema. Tal vez una de sus primeras novelas blasfemas fue Los huevos fatídicos. No se rían ustedes, porque la cosa tuvo y tiene… perejiles.

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Portada de la hilarante novela Los huevos fatídicos

Pues bien, la novela, recientemente publicada y por tanto asequible en librerías, narra las desventuras de un científico, muy estilo universitario alemán, versión granaíno mala-follá, que descubre casualmente, como suele suceder en ciencia, el modo de potenciar mediante rayos luminoso-calóricos de incubación la madurez rapidísima de huevos de aves y reptiles. Y no solo la madurez, sino un tamaño del animal muy considerable. Por supuesto, el descubrimiento se mantiene en pruebas hasta que se evidencie su validez y control. Pero ahí entran los periodistas y, no faltaba más, los funcionarios del partido.

Si algo caracterizó a la industria soviética fue la alta voluntad de eficacia y productividad, aspiraciones que siempre se iban al garete por uno u otro motivo, normalmente por exceso de burocracia y/o dirigentes inútiles.

Da la casualidad de que en ese tiempo una especie de peste aviar acaba con casi toda la cabaña gallinácea de la República, con la consiguiente escasez de huevos, en el buen sentido de la frase. De modo que urge poner al día los ensayos del científico Pérsikov. Y eso sí, que rindan, que rindan mucho. Y si no rinden, la responsabilidad siberiable será de esa estirada rata de laboratorio.

Por supuesto, Pérsikov se pone a la tarea, pero la ciencia no quiere prisas. Las cosas salen cuando tienen que salir, no a capricho de un político. Porque el problema, y me repito, es que no hay huevos: no hay gallinas que los pongan para continuar con los experimentos. Se hace pedido al extranjero, naturalmente Alemania, que son más serios.

Mijail Bulgákov

Mijail Bulgákov

La cosa se complica porque un arribista, un aprovechado llamado Fatum, roba las incubadoras que generan los rayos milagrosos, para que salgan gallinitas como churros. El fulano quiere bienquistarse con las autoridades solucionando problemas irresolubles a la corta.

Mientras este pide huevos de gallina, Pérsikov, como buen experimentador, pide huevos de avestruz, serpientes varias, iguanas y otros bichos. La gran eficiencia burocrática hace que se permuten los huevos y que, mientras Pérsikov se queda con un palmo de narices, el ignorante de Fatum meta en las incubadoras los huevos recibidos, que producen anacondas de 30 metros, avestruces dinosáuricas, aguiluchos como bombarderos Mig. Y hablando de bombardear, eso es lo que se ve obligado a hacer el gobierno con la región de Smolensk, donde Fatum tiene su factoría, para acabar con tanto bicho monstruoso.

Da mucha risa, pero lo triste es que apenas 10 años más tarde, cuando la novela ya se había vendido como rosquillas y el mal fario había caído sobre Bulgákov, Lysenko, el falso biólogo que intentó cambiar los cultivos de cereales en toda Rusia, provocó una hambruna en la URSS que se llevó por delante a tantos rusos como se llevó luego la 2ª Guerra Mundial. Y por idéntico motivo que ocurre en la novela: una mezcla de ideologismo, ignorancia, fatuidad, protección de unas autoridades obsesionadas con la productividad y competir con el capitalismo occidental. Y luego dicen que Julio Verne hizo novelas anticipativas.

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