Artículos en el diario Ideal

Aquí van  otros dos artículos de los publicados en Ideal a través de la Academia de Buenas Letras de Granada. El primero se ha escrito con la esperanza de que alguien se acuerde del insigne y desaparecido escritor, poeta y pintor cubano Severo Sarduy. Si hubo un barroco caribeño, que lo hubo, Sarduy es el ejemplo del barroquísimo caribeño-parisino, pues allí buscó refugio. Lo conocí a través de Juan Goytisolo y Julio Cortázar, disparaderos ambos de otros escritores y artistas para muchos de nosotros que fuimos algo más jóvenes que ellos. El otro es homenaje a una excelente poeta chilena residente en Granada, donde ha encontrado inspiración y amor, dos cosas sin las que el artista no puede vivir. Espero que os gusten.

¿Alguien se acuerda de Severo Sarduy?

Severo Sarduy

Alguien dijo que hay escritores que se sirven del lenguaje y otros que sirven al lenguaje. ¿Qué cuál es la diferencia? Los primeros usan el lenguaje como usan la servilleta, para aquello que consideran útil. Los segundos veneran el lenguaje y lo modulan, lo crean, lo imaginan en obras donde él es el protagonista. James Joyce, Juan Goytisolo, Luis Martín Santos, Mijail Bulgákov, Paul Celan, Julián Ríos, José Lezama Lima… entre otros muchos. Y Severo Sarduy.

Este cubano exiliado en París desde 1960 fue poeta, ensayista, pintor y novelista. Todo eso.

Como poeta fue extremadamente barroco en sus postrimerías. Al principio, rindió homenaje a la poesía, la música y la imaginería popular cubana. Curiosamente, idénticas características tiene su novelística con algunas salvedades. Como ensayista le preocupó el barroco del Siglo de Oro español, el cubanismo, la música popular y la literatura de su país.

Cuadro de Severo Sarduy, con eso que parece una caligrafía o un texto ininteligible

Su pintura es abstracta y algunas de sus telas son inconfundibles. Preguntado por el motivo de su pintura contestó: “pinto porque escribo”. Y esa afirmación la lleva, en algunas de sus obras, hasta el extremo. Juan Goytisolo, que fue amigo suyo en la capital francesa, decía que dichos lienzos son diminutas caligrafías inexistentes repetidas hasta el agotamiento. Textos incomprensibles, pues no hay alfabeto al que respondan. Un rellenar la tela de arriba abajo y de izquierda a derecha, aunque en ella no exista norte ni sur, este ni oeste. Tiene algunos paisajes y figurativismos muy mitigados donde lo importante es el color y la evocación, siempre, de su querida isla de la que, a pesar de su estancia en París hasta su muerte en 1993, espiritualmente nunca salió. Hay una influencia, más que paisajística, anímica, tanto en su obra gráfica como en sus narraciones, de la India y su espiritualidad tan a flor de piel.

Respecto a sus novelas, unas cuantas características las resumirían si es que esta aberración que acabo de escribir fuera posible. La homosexualidad, o más bien, la indefinición sexual de sus personajes es una de ellas. El transformismo o la mutación, quizá, serían una descripción más precisa de esos héroes, que acaso sean heroínas. La mezcla de cultura popular y alta cultura, signo incontestable de un cierto posmodernismo. La no pertenencia a familia ni grupo de esos mismos personajes, que a menudo van a la busca de un amor, las más veces homosexual, o de una metamorfosis que los convierta en seres nuevos, sea esta física o mental, que para el caso de Sarduy es lo mismo. Cuba y su santería, sobre todo en su segunda novela De donde son los cantantes. La reivindicación de una libertad que en ningún caso es política, sino de costumbres. La religiosidad hindú, sus intrincados dioses, su contemplación, los éxtasis y el quietismo, y también, claro, la ascesis más severa, la realización mental a través del cuerpo y a la inversa. Y el humor, por supuesto.

Portada de Cobra, de Severo sarduy

Sus novelas son complicadas, a qué negarlo. A diferencia de Lezama Lima, de quien tiene un barroquismo semejante (con Carpentier fueron clasificados como barroco caribeño), él sí mezcla lo popular y lo culto, como hizo de una forma mucho más moderada Cabrera Infante.

Una verdadera lástima que hoy esté tan olvidado, ninguneado. ¿Difícil?, por supuesto. Pero ¿qué amor es delicioso si no tiene su pizca de dificultad? De hecho, toda esa generación llamada del boom está hoy olvidada o casi. Sus epígonos en España, o están tan arrinconados como ellos, o son inexistentes. Por suerte, nos quedan otros latinoamericanos que mantienen la respetabilidad del español. Una pena no dejar influencias. Eso sí, todo el mundo habla de aquellos autores… sin leerlos.

Una chilena en Granada

Marina Tapia con su poemario El relámpago en la habitación en las manos

Cualquiera sabe que para que se sostenga un taburete se necesitan tres patas. Sostenerse en dos es difícil pero posible: nosotros lo hacemos. Cuanto menos, que sean esas dos. El español se sostiene porque se habla aquí y allá. Sin ese allá, sería mucho más pobre. ¿Cuánto les debemos literariamente hablando a los latinoamericanos? No es ya cosa del llamado boom, sino desde siempre. Ahora mismo. Hace quinientos años. Siempre. Tenemos el privilegio de tener en Granada, ciudad de poetas, a una chilena que escribe poesía.

Marina Tapia, chilena de nacimiento y granadina de adopción y de amores, es poeta de campanillas. Premios ha recibido, pero no hablaré de ellos porque lo importante es lo que dice, lo que anuncia, el reconocimiento viene de sí. Su último libro publicado, Marjales de interior, fue escrito en Fuentevaqueros, mientras ella vivió allí durante un año.

María Zambrano, la gran pensadora malagueña, decía que inevitablemente la poesía se acerca a lo sagrado. En este libro de Tapia hay tres aspectos sacros que son tratados con belleza nada desdeñable: el tiempo, tanto en el aspecto del paso de él como en el climático, la naturaleza y el amor.

Marina Tapia con el lamentablemente fallecido poeta granadino Juan de Loxa

El tiempo es cíclico: las cuatro estaciones aludidas de forma un tanto lateral, sutil. La naturaleza está presente en todo el poemario, brilla como los cerezos en abril. El amor está imbricado en las otras índoles y la muestra mayor está en el único poema en prosa del libro, titulado Carmen de los mártires. Empieza con una invocación, con un deseo gritado: “Qué debo hacer, decidme, para quedarme allí”, equivalente al goetheano “¡Detente, instante, eres tan bello!”. Y ese anhelo de parar el tiempo tiene dos motivos que coinciden con los otros dos motivos del libro: la esencia de ese jardín, su carácter de hortus conclusus, la naturaleza civilizada, domesticada pero no por ello menos hermosa, y el amor con quien comparte instante, sentimiento y embeleso.

En el eficaz prólogo se dice: “Ahora, con este Marjales de interior, ha compuesto una oración a la totalidad, escrita como quien oye un pájaro”. Las alusiones a la mística son constantes, a una mística particular e intransferible, una mística sin Dios, quizá, pero en la que se ha sustituido a este por la naturaleza y el amor, que para hacerlo bien, habría que escribir ambas palabras con mayúscula pues ambas fueron Dioses. ¿Panteísmo?, quizá. Pero misticismo, seguro. Esa apreciación del prologuista, alusiva a la escucha de los pájaros, es decir al lenguaje de los pájaros: hablarlo, comprenderlo, es hablar con Dios o con los Dioses pues es ese el lenguaje que Ellos utilizan, convirtiendo a los pájaros en intermediarios.

Con la editora y escritora Ana Morilla

Así es todo el libro. En Carta antes del viaje, poema preparatorio, aludiendo al corazón dice: “Que curaste tu arritmia en la vega./ Que de nuevo sonríes.// Espero tu respuesta, quiero ir”, y ese es otro motivo que mezcla los esenciales: el viaje, el quitarse de en medio para reiniciar la vida, el ponerle voluntad para ser de otro lugar, pues no elegimos el punto de nuestro nacimiento. Ella de Chile a Andalucía, yo de Barcelona a Granada. No deberíamos sentirnos orgullosos de nuestro lugar de nacimiento pues nos vino dado, sino del lugar en el que queremos vivir, aunque sea el mismo, pues es producto de nuestra voluntad, y ay de aquel que se queda por inercia.

La poeta está presente ante el desarrollo y la variación de la naturaleza. También lo está ante lo mismo del amor. Y lo grita susurrando, con grito suave de mujer porque también ellas son cíclicas. Y los últimos poemas son una despedida aterciopelada, mansa, un olvido de lo secundario para eternizar lo importante: el tiempo, la naturaleza, el amor.

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Un cuento sobre tango: Joaquín

Mi tío Joaquín de joven

En mi familia, cuando alguien habla del tango todos pensamos en mi tío Joaquín, esposo de una hermana de mi madre. Persona entrañable, acostumbraba venir a Granada, ya jubilado y cuando quedó viudo, para quedarse con nosotros y acudir a nuestro Instituto, donde entabló amistad con varios profesores de prácticas mecánicas. Había sido tornero y una de las primeras personas (si no la primera) que montó e hizo funcionar un torno automático en España allá por los años 40 o primeros 50 (uno de aquellos cuyo automatismo funcionaba a base de levas y empujadores, no como los actuales que son comandados por ordenador). Le encantaba tratar con los chavales y notar su entusiasmo cuando él les mostraba en el torno su experiencia de tantos años.

Gran bailarín, bailar el tango era su pasión. Cuanta mujer se prestaba a dejarse llevar por los difíciles pasos de ese baile, era sacada a la pista o al comedor de mi casa. Hombre ágil y delgado, lo bailaba con gran elegancia y conocimiento.

Foto de la boda de mi tía Anita con Joaquín

Por eso, cuando Ana Morilla, de editorial Artificios, me propuso escribir algo sobre el tango para un libro de muchos autores con ese tema, no lo dudé: escribí la historia que él me había contado tantas veces, adornándola solo con la poca ciencia que tengo en esto de escribir narraciones. Él estaba convencido de esa fe, convencimiento que me lleva a creer a mí también que cuando un humano cree algo, eso se convierte en realidad absoluta para él.

El libro ha salido al mercado granadino (ignoro si tiene distribución en otros lugares, aunque me temo que no) y está en las librerías más importantes (que son pocas, no las importantes, sino las librerías) con el título de Latidos del tango, antología de relatos, y finalmente lo ha publicado Ediciones P.G. Creo que se podrá conseguir por internet.

Reproduzco aquí mi cuento al que titulé, en un alarde de imaginación, Joaquín, porque él es el verdadero protagonista, no solo de la historia, sino de todo mi recuerdo en torno al tango y a su enorme bonhomía, su voluntad y también su júbilo, porque a pesar de haber tenido una vida ardua como todos aquellos que sobrevivieron a la guerra, y también lograron sobrevivir, aún más difícil, a una mísera y repugnante posguerra, a pesar de todo ello era un hombre alegre, amante de la buena vida, de su cigarrito, de los dulces y mientras le fue posible, del carajillo de anís. Nunca olvidaré cuando mi padre le echaba el chorrito en la taza y Joaquín decía con mucho cachondeo: “¡cuñao!, no seas miserable y echa un chorro, no una gota”. Él seguirá vivo mientras quienes lo conocimos sigamos recordándolo y queriéndolo. Tal vez mi cuento ayude a que algunos que no lo conocieron, se lo imaginen. Por cierto, las fotografías son herencia familiar.

De izquierda a derecha: mi madre, mi tía Anita, Joaquín, mi padre y, de pie, mi prima Maritina

Joaquín

Mi tío Joaquín, que nació a principios de la segunda década del siglo XX, creía con firmeza que él era la reencarnación de un estanciero argentino. En sus sueños veía una casa enorme en mitad de la pampa, con algunos árboles de sombra, galpones para aperos y trabajadores, cercados para las ovejas y un pozo. Había visto la mansión, decía, innumerables veces y siempre la misma. El hacendado tenía esposa pero no hijos. Trataba mal a los peones, pero gustaba de cabalgar con ellos, hacer también él su trabajo dando órdenes a gritos, dormir al raso cantando viejas canciones y pulsando una encordada. De un payador al que admiraba retenía, entre muchos, unos versos: “Hablan de pampas sin eco,/ cosa que no conocí”. Esa y cien coplas y milongas más eran entonadas por las voces roncas. Cebar mate, comer un asado, beber la caña y el aguardiente de los gauchos, liarse y encender un negro para tirar luego el pucho a las brasas, todas esas cosas eran su gusto.

La pampa argentina

También lo apasionaba darle cartucho a los pajonales que bordeaban los arroyos. Pero a menudo no cazaba por comer lo cobrado sino por matar. Ni gallaretas ni horneros ni calandrias ni torcazas irían a parar a la lumbre. Prefería la olla o el sancochado, mas no se iba a privar de los disparos.

Sin embargo, a pesar del trato con los gauchos, cuando a alguien se le escapaba un caracú a punto de ser marcado o no conseguía reunir las reses para el recuento, lo golpeaba con el rebenque mostrando una rabia desmesurada. Si su parejero, que no era siempre el mismo, corcoveaba o no corría lo suficiente, le clavaba las espuelas hasta que chorrease sangre. Muchos hombres, apegados al pago, soportaban su mal carácter y no les importaba, mas otros pedían las cuentas y rumbeaban para el palenque echándose atrás el ala del sombrero.

Le gustaba escuchar el chiflido de los pastores llamando al ovejero, pero no soportaba que alguien no supiera cinchar. He dicho que no siempre cabalgaba el mismo parejero. No fue así. Tuvo un malacara negro y ligero como el relámpago. Una vez, pidió a un peón joven que lo llevase de riendas al galpón, lo desparejase y le diese grano. El mozo, tentado de montarlo, lo intentó en la trasera de la casa para que no lo viera el patrón. El caballo se estremeció, quizá con el poco peso o extrañando las espuelas, y salió enloquecido hacia las cercas. Mil veces las había saltado, pero sin dominar, tropezó y se rompió una pata, cayendo sobre el peón. Rabioso, el estanciero tomó un revolver y primero mató a su querido malacara y luego, con el rebenque y a tiros, remató al muchacho.

Bailando el tango

Al principio de su matrimonio tomaron por costumbre viajar en Navidad a algún pueblito de la sierra huyendo del calor y los zancudos, pero allá el hastío era mayor aún que en la hacienda, de modo que tras dos o tres veranos empezaron a desplazarse a la capital, a Buenos Aires donde encontraron gusto en frecuentar conventillos y bailongos. Valses y polcas, chacareras, cuándos, carnavalitos y pericones. En alguna hora le tocó defender a su mujer de ciertos gallos de ciudad, y él, que era baquiano y diestro con el facón, acababa sacando sangre de los cueros. El malambo le gustaba a él, pues es danza de machos, y lo zapateaba con sus hombres al son de la encordada o allí, en los bailes que se topaban en sus holganzas veraniegas. Más de una vez escucharon los ritmos que venían de los tambos o tangos de los morenos que mareaban desde Cuba, pero no osaron entrar, que bien estaba que los negros hicieran sus cosas y los criollos las suyas.

También desvelaba el malhumor con su esposa. Era esta una belleza morena, tal vez con sangre mulata aunque no lo mostrara, de pechos amplios y caderas anchas, con una mirada suave que recordaba la de las vacas y una piel que para sí la quisieran las santas. No era la primera vez que le levantaba la mano. Su ira era irreprimible. Pero que le zurciera un poncho lo sacó de quicio. ¿Soy yo resero, soy yo hombre a quien tomen pa’la arada?, le dijo dándole fustazos.

Gaucho

No supo si su mujer murió por los golpes o del enojo por recibirlos, pero doña Beba, que así sabía Joaquín por sus sueños que se llamaba, si bien nunca supo cuál era el santo de su antecesor, doña Beba murió un invierno duro en el que las reses se tumbaban sobre los charcos sin ansia de pastar los herbazales semipodridos.

El estanciero falleció poco después. Cuando ella expiró cabalgó su parejero y pasó cinco días solo a la intemperie. Volvió mojado y tosiendo. Durante su agonía lloró como una pibita a la que dejó el amado. Tampoco se supo si murió de la pulmonía o por el disgusto y la mala conciencia. El que no domina su rabia, acaba pagando consigo mismo.

Joaquín había soñado tantas veces esta historia que me la contó con pelos y señales. Se despertaba sollozando como si en lugar de la esposa del estanciero hubiese sido su propia esposa la finada. Cargó, decía, con la culpa del hombre tras cuya muerte había heredado su alma.

Rambla abajo: Joaquín, Anita, mi tía Pepita y mi tío Antonio, hermano de mi madre

Mi tío Joaquín se había casado con una hermana de mi madre, Anita. Y mi tía Anita se parecía como un garbanzo a otro garbanzo a la descripción que Joaquín hacía de doña Beba. Mujer hermosa y con gracia, cantarina y alegre, buena madre y enamorada. Gustaban ambos de ir a bailar a cualquiera de las salas de fiesta que había en la ciudad. El pasodoble, el vals, incluso el calipso cuando apareció, les gustaba, pero nada como el tango. Joaquín sabía llevar a Anita en los quiebros de ese baile. Con cara de pícaro me decía, ante mi poco arte para la danza, que en el tango el hombre debía meter su rodilla entre las piernas de la mujer. Lo vi en una ocasión bailar ya setentón y tenía el aire de un adolescente.

Anita enfermó. La atacó un Alzheimer demoledor. Mal de Pick, lo llamaron. Se negó a ingresarla en una residencia. La presión de la familia, que no dábamos abasto para ayudarle, no hizo mella. Él la cuidó hasta el último momento. Mi tía Anita murió de hambre porque al final no era capaz de chupar de una pajita ni de un biberón. No recordaba cómo se hacía. En un hospital o en una residencia de ancianos la habrían alimentado con sonda, pero no habría tenido el inmenso cariño que él le prodigó hasta el final. Debía pagar aquella herencia malvada que recibió de su precedente en el uso de su alma buena. Y la pagó sobradamente. Nunca viajó a Argentina. Solo el tango, que muerta su esposa siguió bailando con cuantas mujeres de la familia se le ponían a tiro, lo consolaba. Eso, y el afecto comprensivo que todos intentamos prodigarle. Solía canturrear mientras se afeitaba aquello de Gardel que decía: “Sus ojos se cerraron/ y el mundo sigue andando/ su boca que era mía/ ya no me besa más”.

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El oboe paraguayo

Ximo Osca, fatogista de la OCG, con su cara de valenciano buena gente

Ser traducido es, o debería ser una experiencia. Puesto que soy un mindundi, no hubo tiempo siquiera de que la traductora y yo nos pusiéramos en contacto. Además, aquí nadie cobraba, por supuesto, sino que la ilusión y la voluntad lo han hecho todo. Me propusieron escribir un poema o un cuento para la revista que debía salir como resumen de la 47 Conferencia Internacional del IDRS (International Double Reed Society, Sociedad Internacional de la Doble Lengüeta, o algo así) que agrupa a los intérpretes, fabricantes y compositores de instrumentos de doble lengüeta, es decir oboes y fagotes, que debía celebrarse este año en Granada. Desgraciadamente, ni siquiera pude asistir al último concierto que cerraba la Conferencia porque me lo impidió un lumbago (cosas de viejos). Pero antes de eso, el asunto me hizo ilusión. Fue mi amigo Alberto Granados quien me lo propuso y me contactó con Ximo Osca, fagotista de la Orquesta Ciudad de Granada y organizador del evento. Escribí un texto corto y se lo envié. Hubo problemas porque al parecer yo nombraba, sin intención, a una marca de oboes y eso podía molestar a los otros fabricantes. Con todo, parece que no se cambió gran cosa.

Un oboe en su estuche

Incluyo la traducción inglesa. Me ha hecho mucha ilusión ser traducido porque es la primera vez. Mi estreno. Mi desvirgue. Me temo que algún problema habrá con ella. Quizá hay una frase “and so on bacè to the Jesuit fathers who came here” que rechina o es un error de tipo Dios sabe. Ese bacè es más raro en inglés que el what en español. Pero es igual. Me gusta. Por eso la incluyo, por ilusión. Y lo comparto con vosotros, todos aquellos a quienes envío este blog. Gracias por leerme.

El oboe paraguayo

Será mejor que yo lo acompañe, dijo monsieur Klart, un francés de Lille que se comía la mitad de las letras. A Georges Gillet, nacido en Louviers, le agradó el acento y le agradeció el servicio: en países como aquel era mejor ir protegido por alguien de la Embajada en Buenos Aires. Además, Klart hablaba español. Encontraremos a ese hombre, no se preocupe, le aseguró. Y lo encontraron. Tardaron días desde la capital remontando el Paraná hasta la aldea de Obligado.

El taller era una mísera choza y su inquilino debía dormir en ella porque a un lado había un catre. De las paredes colgaban los más variados instrumentos musicales, todos de viento madera. El indio, pues lo era, no los oyó ni los vio, los sintió y se giró a mirarlos en el umbral.

Georges Gillet, oboísta francés

Klart empezó las presentaciones en su buen español. El paraguayo dijo buenos días, señor Gillet, y extendió su mano oscura y algo callosa al músico francés. Usted quiere un oboe que suene como las voces angélicas, continuó, usted quiere un instrumento que le permita hacer lo que se le antoje, quiere lo que decía San Juan de la Cruz: un pájaro solitario. ¿Cómo lo sabe?, preguntó el francés. Lo sé, de igual forma que sé fabricar estos instrumentos: mi padre me dejó la sabiduría, y a este el suyo y así hasta llegar a los padres jesuitas que aquí vinieron, lo sé, es todo, y conocida su fama también sabía que tarde o temprano vendría usted, por eso empecé a hacerlo con buena madera de jacarandá.

Hasta entonces nadie había llegado tan lejos en la técnica oboísta. Fue Gillet, mostrando el instrumento construido por el indio, quien enseñó a François Lorée cómo debían ser elaborados. Este, que había sido capataz de Triébert, montó su propia fábrica y el modelo mostrado por Gillet fue su fortuna.

Sin aquel oboe americano, Georges Gillet nunca habría podido componer sus 25 estudios. En la dedicatoria no constaron ni el paraguayo ni Klart: se habría descubierto el secreto.

 

The paraguayan oboe

I’d better accompany you, said Monsieur Klart, a Frenchman from Lille who missed half the letters when he spoke. Georges Gillet, born in Louviers, was delighted by the accent and thanked the offering: in countries such as that one it was better to move around protected by someone from the Buenos Aires Embassy. Moreover, Klart spoke Spanish. We’ll find that man, don’t you worry, he assured him. And they did. It took them days, travelling from the capital, up the Paraná to the hamlet of Obligado.

Primera página de los 25 Estudios de Georges Gillet

The workshop was a dismal hut, and is tenant must have slept in it because there was a cot on one side. Hanging from the walls was the greatest variety of musical instruments, all woodwind. The Indian, for so he was, did not hear or see them; he felt and turned to look at them from the threshold.

Klart started the introductions in his good Spanish. The Paraguayan said good morning. Mr. Gillet, and held his dark and somewhat calloused hand to the French musician. You want an oboe that sounds like angelic voices, he continued, you want an instrument that allows you to do whatever you feel like; you want what Saint John of the Cross said: a solitary bird. How do you know that? asked the Frenchman. I just know, as I know how to make these instruments: my father left me his wisdom, and his father to him, and so on bacè to the Jesuit fathers who came here. I know, that’s all; and knowing your reputation. I also knew that sooner or later you would come. That’s why I started making it with good rosewood.

No one till then had come that far in the oboe making technique. It was Gillet, showing him the instrument the Indian had made, who taught François Laurot how they should be

El Paraguay, tan olvidado a veces

manufactured. Laurot, who had been Trièbert’s foreman, set up his own factory, and the model shown by Gillet made his fortune.

Without that American oboe, Georges Gillet could have never composed his 25 fantasies. Neither the Paraguayan nor Klart appeared in the dedication. The secret would have been discovered.

Traductora: Margarita Carretero González

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Artículos periodísticos en Ideal

Aquí van  otros dos artículos de los publicados en Ideal a través de la Academia de Buenas Letras de Granada. Son reflexiones literarias, la una sobre un libro que me impresionó el verano pasado. Texto muy digno… el que recomiendo, claro, no el mío. La otra es reflexión  sobre la negativa actual a leer literatura moderna, o mejor, narrativa que no siga los cánones y la facilidad que hoy parece imponerse por pereza del lector, aunque se disfrace de falta de tiempo para pensar. Espero que os gusten.

Del goce

Pascal Quignard

De vez en cuando se cansa uno de leer novelas. Me fascina la narrativa, pero también lo agota a uno tanto disfrute. Por suerte, se han escrito algunas narraciones que combinan géneros, aquellas en las que no está claro si lo que se lee es poema, novela o ensayo. Sebald abrió la veda, aunque otros ya lo habían hecho antes.

Cuando uno encuentra un libro que, conforme se va leyendo aumenta el placer, y más si, hastiado de novelas, no responde con exactitud a esa etiqueta, siente como si hubiera hallado el tesoro célebre de la isla de Stevenson. Es el caso de Pequeños Tratados, de Pascal Quignard. Este hombre, uno de los mejores escritores franceses de la actualidad, y hay muchos y buenos pues Francia es un país que se toma en serio a sus escritores, este hombre es el autor de Tous les matins du monde, que luego Alain Corneau llevó con gran maestría al cine y cuya música fue interpretada por Jordi Savall.

Estos Pequeños Tratados ocupan ocho tomos, que en España se han publicado en dos volúmenes presentados muy hermosamente en una caja. Se trata de una miscelánea en la que se habla de diversos temas. Pero son novecientas páginas de delicia, de degustación de pensamientos y palabras.

Edición española de Pequeños tratados

Quignard es lector y traductor de griego y latín, y se conoce bien a sus clásicos. Digo sus clásicos y no los clásicos porque parece tener especial delectación por los más desconocidos: como Sidonio Apolinar o Sinesio de Cirene; en el barroco francés por Scève; o por un clásico en pleno romanticismo: Littré; adora las antañonas historias japonesas o chinas. Cómo describe su manera de pensar o las circunstancias en las que vivieron es acercarse a otros tiempos de la sola manera que conocemos, en tanto no se invente la wellsiana máquina para viajar hacia ellos. Porque esa virtud le sobra a Quignard: la capacidad descriptiva sin ponerse estupendo, sin hartarnos de detalles y adjetivos.

Si bien lo más sabroso es, desde luego, el pensamiento. No es un pensamiento estructurado al estilo de un tratado de filosofía sino que el autor francés emite “ensayos”. Gran admirador de Montaigne, sigue el ejemplo, aunque sus párrafos son mucho más cortos y por tanto de una lectura más actual, más ágil. No por ello deja de obligar a una lectura reposada: el lector puede cerrar el libro y meditar más a menudo porque al revés del sieur de Montaigne, no se extiende durante páginas y páginas sin dar respiro. ¡Y sin embargo, sus reflexiones no son menos enjundiosas!

Fotograma de Todas las mañanas del mundo, de Alain Corneau

Habla de los libros y su evolución histórica, de la lectura, del silencio y de la intimidad necesaria para la música y para la literatura, medita sobre los espejos, habla de esos personajes secundarios que ya menté anteriormente, le da vueltas a las ideas a lo largo de la historia, pero dando su opinión: “ensaya”.

Respecto a la traducción, impecable. Miguel Morey añade entre paréntesis los términos franceses cuando no se puede captar del todo el juego de palabras usado por el autor. Porque juguetón lo es un rato este Pascal Quignard. ¿Por qué en España carecemos de autores juguetones, alegres diciendo cosas profundas? Nos queda Félix de Azúa, claro. Tuvimos a Savater que ya está casi callado. Quizá el asunto está en eso que dije antes: en Francia se toman en serio a sus escritores, y los miman, los leen, los compran. Aquí bastante menos. Y un pueblo inculto nunca será un pueblo rico, aunque momentáneamente lo sea.

No es literatura de tumbona pero si apetece, puede leerse tumbado. Eso sí, debe leerse con la disposición abierta al placer, como cuando uno entra en un cinco estrellas Michelin.

¿Tan extraña suena la narrativa moderna?

Cómo defender a un asesino, con su actriz principal Viola Davis

No suelo ver series televisivas, pero he seguido algunas que me han interesado. Cómo defender a un asesino y, cómo no, Cuéntame. Las series de televisión son populares en este país y tienen gran cantidad de seguidores, incluso otras tienen auténticos fanáticos. En esas series, el tiempo (por ejemplo en Perdidos) es tomado como algo casi aleatorio, desordenado. Las escenas se suceden sin aparente concierto y las elipsis, o datos que se dan por sabidos, son abundantes. Pasan varias cosas a la vez y los personajes se entremezclan obligando al telespectador, al que no consideran bobo, a un cierto esfuerzo de concentración y deducción.

Me parece bien. El consumidor de arte, sea este el que sea, no tiene porqué recibir el producto masticado y deglutido. Precisamente se piensa o se sabe que ese esfuerzo añadido es bueno para que el usuario (de cualquier arte plástica, de literatura, de música o cine y televisión) no sea absolutamente pasivo. En la mal llamada caja tonta, que no debería ser tan estúpida como a veces es, eso se acepta y el televidente cuenta con ello y lo disfruta. ¡Claro, es imagen!, se dice.

Thomas Pynchon, en una de sus escasísimas fotografías. Aquí aún hacía la mili y nació en el 37

Sin embargo, y he nombrado en ese cómputo de artes a la literatura, en la novela no se acepta esos mismos principios que sí son admisibles en la tele o el cine. En narrativa, el principio sacrosanto de “planteamiento-nudo-desenlace”, es inamovible. Quien se sale de ahí ni vende ni es leído (aunque siempre nos quedará Vila-Matas). Pero ¡atentos!, hablo de aquí, solo de aquí, de este país que ha vuelto a ser cutre y algo casposo, a pesar de anunciadísimos champús. ¿Qué es eso, parece decir el mercado, de jugar con el tiempo, mezclar fantasía con realidad, saltar de un punto de vista a otro, citar antiguos, o no tan antiguos narradores, o incluir asuntos filosóficos arduos que se salgan de eso tan manido de, eso no está bien, muchacho, Dios o papá Estado te van a castigar? Las novelas deben ser fáciles de leer, no calentar la cabeza, han de acomodarse a la tumbona playera donde uno va a descansar, y por supuesto, nada de cargarlas con ínfulas de que también de ellas se aprende. Lo que se acepta en la tele, es pecado de lesa superficialidad en la novela.

Ya digo, todo eso es aquí. Incluso en Latinoamérica nos vuelven a pasar la mano por la cara. En U.S.A. tenemos a Pynchon, Barthelme, Gaddis o a Don Delillo; incluso Auster pone dinamita bajo el “sacrosanto principio”. Krasznahorkai hace barrabasadas en Hungría. Modiano, Le Clézio, Quignard o Tournier en Francia. Arno Schmidt o Sebald en Alemania, aunque el último escribía en inglés. El mismo Murakami no sigue pautas trilladas. En fin, hacer listados es odioso y aburrido. Pero lo cierto es que estos autores

Arno Schmidt

están traducidos y se venden en España. ¿Por qué diablos, entonces, no consentimos que nuestros autores hagan lo propio (excepto el ya citado Vila-Matas y algún que otro excéntrico)?, ¿son los lectores?, ¿son las editoriales? Pero si los lectores los leyesen, las editoriales se rascarían el bolsillo. ¿Será que aborrecemos en nuestra gente lo que consideramos, aunque no lo sea, engreído, fatuo o presuntuoso, y sin embargo lo admiramos en los demás?, ¿porque nuestro propio sentimiento de inferioridad nos convence de que aquí nadie debe destacar? ¡Cuánto papanatismo!

No solo en el Quijote Cervantes fue más moderno de lo que le correspondió: cuando Persiles narra su historia a sus amigos, algunos de ellos murmuran que se extiende demasiado, como si tal cosa fuera una crítica al autor, ¡pero del autor mismo!, en la que hace cómplice al lector. Estamos estropeando esa tradición. La modernidad hizo su última aparición en los años 70 y ahora retrocedemos cangrejilmente. ¡Una pena!

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¿Quién es László Krasznahorkai? Un narrador en la Puszta húngara.

Portada del número 413, de mayo de 2018, de la revista Quimera

En el número de mayo de la revista Quimera, revista de Literatura, ha aparecido un artículo mío referente a un escritor húngaro, traducido al español y casi desconocido. La editorial Acantilado ha publicado algunas de sus novelas y un libro de cuentos, como digo en el artículo. Creo que es un autor muy recomendable por ese ambiente deprimido, como después de una gran catástrofe, que describe en sus novelas. Aunque cuando se pone lírico, como en Y Seiobo descendió a la Tierra, canto a la belleza de aquello que el hombre ha sabido construir, es aún más interesante, si cabe. Espero seduciros  para que leáis a este novelista.

¿Quién es László Krasznahorkai? Un narrador en la Puszta húngara.

La palabra Puszta, que indica la tundra, la gran llanura húngara, significa en magyar vacío, desolado. Y así son parte de las novelas de Krasznahorkai: desoladas.

Nacido en 1954, ha recibido el premio Kossuth del gobierno húngaro y en 2015, el Man Booker International. No es un perfecto desconocido. Sí lo es, más o menos, en España a pesar de los esfuerzos de editorial Acantilado que le ha publicado ya cinco novelas y un libro de cuentos, Ha llegado Isaías, siempre en traducción de Adan Kovacsics. Impecables traducciones, por lo que se puede notar. Tiene en su haber siete novelas y cuatro libros de narraciones, lo que indica un considerable brío por parte de la editorial española al sacar al mercado, siempre minoritario, tan buena parte de la obra interesantísima de este autor.

László Krasznahorkai

El tono es denso, no puede negarse. Ha sido calificado de visionario y han hablado de él, entre otros, W. G. Sebald y Susan Sontag. Se le ha comparado con Gogol, Melville y sobre todo, con Kafka y Bernhard. Todo es cierto. Es Kafka llevado más allá. Sus mundos, en Tango satánico y Melancolía de la resistencia, son mundos desolados, como decía al principio, absurdos, en los que algo ha sucedido tan grave como para hacer perder el norte a las poblaciones, porque más son esto que personas, que los habitan. Pero también tiene otros libros donde lo importante no es esa aridez sino la búsqueda de la belleza que prefiere bucearla en el ambiente japonés: en su ortografía, sus decoraciones, sus cortos poemas, su delectación en la naturaleza. Este es el caso de Y Seiobo descendió a la tierra, y de Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río. Extraños títulos.

Seiobo es un dios japonés en cuyo jardín florece un melocotonero… cada trescientos años. Esa es la imagen de la belleza que define a Krasznahorkai: a lo bello hay que esperarlo y es efímero. Claro, pero ese segundo que apenas dura merece la pena, justifica. En esta novela, que más parece un conjunto de relatos unidos por esa recherche, se contemplan diversos escenarios: Japón con sus narraciones zen que nos hablan de la hermosura, la Pedrera de Barcelona, la Alhambra granadina, El Acrópolis, la Italia renacentista o la elaboración de los iconos rusos. Capítulos sin un solo punto y seguido pero con una fraseología que prohíbe perderse. Obsesivo y de apabullante belleza.

Portada de la traducción española, editorial Acantilado, de Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río

La novela de largo título Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río transcurre asimismo en Japón, con un príncipe que indaga el secreto de la belleza de un jardín en un monasterio.

Pero quizá sus otras novelas ganan en dramatismo, suponiendo que la búsqueda de la belleza no lo tenga. Se sitúan en un marco desnortado con el sistema comunista agonizando, o ya fallecido pero con el nuevo sistema capitalista aún sin consolidar. Estos cambios producen víctimas y estas siempre son las mismas: no aquellos que han participado activamente a favor o en contra, sino quienes han tratado simplemente de sobrevivir y que, en un momento impensado, se encuentran con que les falla, justo, ese deseo tan humano de vivir en paz y “haber mantenencia”, sin más. En Melancolía de la resistencia, llega a una pequeña ciudad un circo que carga con una enorme ballena. No se nos dice cuál es el motivo pero esa llegada produce una noche de motines en los que determinados grupos se dedican a saquear tiendas y agredir ciudadanos, como si hubiera algún tipo de contraseña para alterar el orden público, lo que obliga al ejército a reprimir y encerrar a algunos de esos grupos o a personas a quienes han pillado de casualidad en la calle. El ambiente es demencial, con montones de basura bajo el hielo, con señoras que van a visitar familiares y acaban asesinadas, con mozos preocupados por sus amadas que se implican de forma absurda. Todo está sucio y esa anciana de la que se habla, que llega de visita, parece ser la única porción de limpieza que hay en la ciudad. Esa falta aparente de motivación en los acontecimientos es lo que lo acerca a Kafka.

Portada de Tango Satánico

Tango satánico es otra muestra de esa desolación. Un grupo de personas, parejas maduras, algún hombre solo, un médico, un director de una escuela, un tabernero, malviven en una antigua explotación agrícola o ganadera fracasada ilusionados, al parecer, porque llegue un individuo que les hace de líder, si bien más parece un sinvergüenza, un chulo y un confidente, que alguien interesado por ellos. Entre los chismorreos y los rencores llega por fin ese líder y los convence para que se vayan a otro lugar donde iniciarán algo. Para que “no se aprovechen los gitanos de sus propiedades”, machacan los muebles que no pueden transportar y rompen puertas y ventanas de sus viejas casas. Cuando llegan al nuevo emplazamiento, se encuentran con un castillo antiguo en ruinas donde apenas se puede vivir. La esperanza en el líder hace que vuelvan a abandonar la ruina para irse a la ciudad donde al parecer les encarga tareas de vigilancia. No se sabe qué deben vigilar, pero al menos les proporciona un humilde empleo. Esta vez es el barro, pegajoso y retardador de cualquier movimiento el que representa el vacío que se produce tras un colapso político. Las peleas entre ellos, producto del nerviosismo, y la muerte, por supuesto absurda, de la única persona un tanto pura, una niña de diez años disminuida, marcan una convivencia que no es tal sino violencia, desprecio y animadversión.

En estas dos novelas hay afán del poder. En la primera, la señora Eszter, amante del comisario de policía, lo consigue con mala saña aprovechando los desórdenes. En la segunda, Irimiás lo logra engatusando, dando menos de lo prometido y exigiendo mucho. ¿Parodias políticas? Seguro, pero también es cierto que eso es lo de menos.

Página 53 de la revista Quimera, donde aparece, en ella y en la siguiente, mi artículo

Barro y basura bajo la nieve y el hielo. Siempre un frío inclemente. Obscenidad en el trato humano. Quizá por eso deba compensar con la búsqueda de la belleza en las otras novelas. Acaso Guerra y guerra sea una especie de intermedio de ambas tendencias. Un individuo encuentra un manuscrito de sorprendente belleza. Quiere preservarlo a costa de lo que sea. Le dicen que existe algo llamado internet que, si se coloca algo en ella, queda ahí para siempre. Para eso tendrá que viajar a Nueva York porque las ventajas de la tecnología y la ciencia siempre están en otro lugar. Tras conseguir su objetivo quiere suicidarse. Entre tanto, conoce una serie de personajes en varias ciudades europeas y en la capital norteamericana. Allí para todo se necesita dinero: igual que en todas partes, pero más. Del manuscrito solo sabemos que es hermoso porque el protagonista lo dice, de modo que estamos de nuevo ante el absurdo: viaje largo, suicidio, y todo ¿por qué?, ni se sabe.

László Krasznahorkai

Varias de sus novelas han sido convertidas en películas. Béla Tarr, director de esos films, ha traducido las frases largas, la falta de acción, en interminables planos secuencia, en una cámara obsesiva que muestra caras inexpresivas, hastiadas.

Frases inmensas, casi faulknerianas. Puntuación sui generis, que sí, dificulta la lectura, pero por ello justo, obliga a una mayor concentración que decanta el disfrute. Cada uno explica su historia sin conseguir apenas interesar a los demás. Comienzos in media res y finales donde no se ha solucionado nada. Crueldad sarcástica con sus personajes quienes, a fin de cuentas, se la merecen. Es la marca de la casa. Pero también una magnífica sutileza en la descripción, porque Krasznahorkai es ambiente, un ambiente siempre opresivo. Y sí, kafkiano en cierta forma. Extenuante y soberbio a la vez.

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Artículos en el periódico Ideal

De nuevo coloco en este blog dos artículos de los que el periódico Ideal de Granada publica a los miembros de la Academia de Buenas Letras de Granada. Estos se titulan Panegírico a la curiosidad y La necesidad de las humanidades, mire usted por dónde. Para aquellos que no los leísteis en su momento en las páginas del periódico, espero que os gusten.

Panegírico por la curiosidad

Debo anticipar que este panegírico no está dedicado a una muerta sino a una agonizante a la que se augura fallecimiento de muerte natural.

En cierta ocasión di una conferencia en un Instituto de Enseñanza Secundaria. Era uno de aquellos eventos llamados Escritores en las Aulas, idea hermosa y que está en vías de extinción por falta de presupuesto. Expliqué que había recibido dos premios literarios dotados con relativa generosidad. Vi caras de admiración entre los alumnos. Luego aclaré que el gasto en libros y en tiempo invertido en formación literaria, así como en la elaboración de los productos premiados superaba con creces el monto de los premios. Vi caras de decepción. Supuse, aunque lo llevaba previsto, que algunos de los presentes no concebían cómo alguien se dedica a semejante majadería tan poco rentable. Entonces, señalando a uno de los muchachos cuya cara de decepción había sido notoria, le pregunté, ¿cuánto te pagan por ver la televisión? La faz mutó a extrañeza y sinceridad. Nada, contestó. Entonces, ¿por qué lo haces? Le gustaba, era su entretenimiento. Un entretenimiento que poco te aporta, quizá porque puedes verla con el cerebro en su posición descansen, con un electroencefalograma que da puntos suspensivos. Eso no lo dije así de bruto, pero lo pensé y suavicé.

¿Qué me ha movido, a mí como a tantos otros, no ya a escribir sino sobre todo a leer compulsiva, maniáticamente, todo cuanto ha caído en mis manos?, y no solo literatura sino filosofía, arte, música, sociología, psicología y hasta botánica o zoología, si a fin de cuentas yo estudié Ingeniería Técnica, trabajé un tiempo como proyectista industrial, y luego ejercí la enseñanza de Dibujo Técnico en Institutos de Secundaria. Contestaré con una palabra, o mejor dos si contamos el artículo: la curiosidad. También puede llamársela afán de saber.

Hoy todo el mundo pone como condición para el estudio que realiza, sea este el que sea, o para lo que intenta averiguar, que su aprendizaje o sus conocimientos sean útiles, rentables, económicos, lucrativos. ¿Leer?, ¿para qué?, ¿eso se come?, ¿con eso puede uno comprarse un coche? Mucho mejor jugar con el móvil o teclear sin descanso mensajes que nada dicen, comunicaciones que no comunican.

Parece, por lo dicho hasta aquí, que quiera yo ponerme como ejemplo de algo, y no es así en absoluto. He conocido a un experto en piscinas que fotografía aviones en el aeropuerto. Para eso tiene que enterarse de los diferentes tipos de ellos, de sus características y horas de despegue o aterrizaje, incluso saber astronomía. Sé de un funcionario de justicia que pinta en sus ratos libres, y nadie como él para informar sobre las diferencias entre Cézanne y Van Gogh. Me contaron de un comercial de seguros cuya afición es la filosofía y sabe explicar a Heidegger mejor que algunos peritos universitarios.

Looking through paper hole

Eso significa que la curiosidad no ha fallecido. Vive y goza de salud, pero la está perdiendo a causa del desprecio. Esa mirada de arriba abajo que se prodiga ante tamaño despropósito: leer libros o visitar museos, si no es en vacaciones y detrás de un paraguas o un abanico, o asistir a conciertos sin que tenga uno que lucir el último grito en moda, eso tan hispano de menospreciar cualquier tipo de intelectualidad hace daño, no al que ya ha decidido gozar de esas cosas, sino a las nuevas generaciones que se niegan a estudiar (y no me refiero solo a la universidad o a la secundaria) si no es con la expectativa de ganar dinero. Luego se encuentran con lo que se encuentran. Recordemos el millón de “ninis”.

La necesidad de las Humanidades, mire usted por dónde

Edificio del MIT

El M.I.T., Massachussets Institut of Technology, la más prestigiosa universidad del mundo en tecnología y ciencia, con sede en Estados Unidos de América, exige a sus alumnos de carreras tecnológicas que se matriculen en asignaturas de Humanidades (literatura, economía, historia, filosofía, idiomas a nivel filológico, etc.) en una proporción de un 25 % respecto de otras asignaturas de su especialidad. ¡Mire usted por dónde!

La justificación es que han observado y comprendido que para la innovación tecnológica y el intento de mejorar ciertas condiciones del mundo y de las entidades (mayor beneficio, sí, pero con miras a mantenerlo, no con el obtuso fin de que sea pan para hoy y hambre para mañana), necesitan conocimientos sociales y humanísticos por parte de sus técnicos y dirigentes. Ya hace tiempo que ciertas empresas, sobre todo extranjeras, vienen pidiendo estudios de Humanidades a sus expertos de los departamentos de Recursos Humanos. En Europa están desprestigiados esas disciplinas, pero muchísimo más en España. El cateto de turno, y no se entienda tal apelativo como pueblerino, inculto o simple, pues los hay hasta en las cátedras, piensa ¿eso para qué sirve?, ¿eso se come? Saber de historia, de poesía, de filosofía, ¡qué barbaridad!

Hay un par de Universidades españolas que imitan a las americanas en esto, pero son privadas. Una lástima.

No nos olvidemos que Inglaterra fundó un imperio desde los siglos XVII al XX, y sus dirigentes habían estudiado en los colleges, entre otras cosas, poesía, latín y griego. Lo mismo ocurrió en España, donde el cuadrívium y el trívium seguían cursándose. Y se dirá: no se necesita saber mucho para masacrar y conquistar. Cierto, si la conquista hubiera sido solo eso, un llegar, robar y marcharse, como hacían los mogoles en algunos lugares. Pero los españoles e ingleses de entonces se quedaron y fundaron gobiernos en los que nunca basta con simple mano dura y mala saña, hay que saber mantenerlos. Siempre durante un tiempo, claro está. Las cosas humanas nunca son eternas, y para saber eso hay que tener una formación humanística, precisamente. Cuanta más se tenga, más probabilidad hay de que lo fundado dure tiempo. No indefinido, pero tiempo.

Durante años, los de ciencias y tecnología supimos de humanidades, y no solo por la formación en el bachillerato antiguo, sino también por gusto y responsabilidad. No era tanto así entre los de letras, que poco solían saber de ciencias (siempre hay excepciones). La cosa ha cambiado. La especialización está cada vez más en boga. Influye que las disciplinas docentes son más y más amplias. Es cierto que no se le puede pedir a un médico, que bastante tiene con dominar su materia, que sepa si Garcilaso compuso sonetos entre otras cosas, pero también es cierto que por concentrarse en sus conocimientos terapéuticos, algunos apenas tienen idea del código deontológico. Y no se piense que estoy acusando a los médicos de nada: lo mismo pasa en tantas otras licenciaturas y doctorados. Hoy, quien domina la programación informática apenas sabe qué cosa es la endorfina si no se lo dicen en un gimnasio, que tampoco.

Es un error crear técnicos que nada sepan de asuntos que escapan a su especialidad. Pero más error es creer que todo eso son bobadas inútiles. En España la fobia viene de antiguo, y lo demostró Américo Castro en sus escritos: pensar, saber estaba mal visto. Para colmo, los pasados cuarenta años de nacionalcatolicismo, con sus odios a lo heterodoxo, dieron la puntilla. Es hora de que espabilemos. La Historia va por otro lado.

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Dos artículos publicados en el Boletín IX de la Academia de Buenas Letras de Granada

En el Boletín IX de la Academia de Buenas Letras, que abarca desde julio a diciembre de 2017, me han publicado dos artículos sobre Juan Rulfo, el escritor mexicano de tan escasa producción, y Guillermo Cabrera Infante, el cubano, que, por contraste, escribió bastante e incluso hizo mucha crítica de cine. Del primero se celebraba el año pasado el centenario de su nacimiento. Del segundo, el cincuentenario de la primera edición de Tres tristes tigres, su novela emblemática y con la que consiguió el premio Biblioteca Breve, como se verá, algunos años antes. Los adjunto para quien quiera leerlos.

En el centenario de Juan Rulfo

Juan Rulfo

Al padre de Juan Rulfo lo mataron por una nadería. Según testimonio de sus hermanos Severiano y Eva, “Ni fue un peón de la finca, ni fueron unos asaltantes de caminos”. Al parecer, unas reses del hijo del presidente municipal de Tolimán se metieron en la tierra de labor del padre del escritor. Este habló con el joven tratando de conseguir una compensación, y en vez de ello, en un pacífico viaje donde el hombre debía entregar unas medicinas a una enferma, el hijo del cargo, que se llamaba Guadalupe Nava, le disparó por la espalda. Por supuesto, al muchacho no le pasó nada, no hubo investigación ni juicio[i].

Rulfo contó la historia mil veces y todas de forma diferente. Le gustaba inventarse su vida y también inventarse la de los demás. Le gustaba inventarse un mundo. Así debe ser en el caso de un narrador. Algunos lo achacaron a pudor familiar del escritor mexicano. Yo creo que es oficio.

Hay autores que representan a su país más que cualquier estudio antropológico o que cualquier embajada pública (así dijo Lukacs, o quizá Lenin, de Balzac). Y hay países que se prestan a ello. Tal vez todos los países se prestan a ello. Nada más francés que madame Bovary. Nada más español que el Quijote. Nada más alemán que un Buddenbrook. México tuvo una historia muy movida y violenta a partir de su independencia a principios del siglo XIX. Rulfo consiguió retratar su país en apenas 250 páginas. Otros colaboraron e hicieron sus pinitos, como Paz, Azuela, Fuentes, del Paso y, actualmente Villoro y más, pero nadie dijo tanto con tan pocas palabras.

Portada de una de las muchas ediciones de la única novela escrita por Juan Rulfo, Pedro Páramo. Una sola, pero pa’qué más?

En ese mismo artículo citado, Abad Faciolince cuenta que Arreola, otro grande, le dijo: “siempre fue retraído, sí, y tímido. Pero quizás esas no son palabras adecuadas para describirlo. Era al mismo tiempo un poco huraño, cazurro, ladino… mozongo y entrambulicado”. Doy fe de ello porque cuando tuve el honor de conocer a Juan José Arreola y le pregunté por Rulfo, me contó que a veces él conseguía hablar con el autor de Pedro Páramo, si bien de hábito era un monólogo del propio Arreola (que en verdad hablaba por los codos), pero que había presenciado una entrevista entre Borges y Rulfo en la cual apenas nadie habló, se despidieron con un apretón de manos y no recuerdo quién de los dos dijo “ha sido un placer la plática”.

Otra información, cuanto menos, curiosa que da este articulista que menciono, es que Rulfo cursó dos años en un Seminario. Y subraya que para un católico, al menos para un católico mexicano, fervoroso e ingenuo, la lectura de Pedro Páramo con todos esos muertos que pululan por sus páginas, empezando por el mismo  protagonista, no tiene nada de fantástica: es sencillamente escatología católica.

De niño vivió la Rebelión Cristera mexicana. Esa violencia lo marcó para siempre, no solo la muerte absurda de su padre y de varios familiares en una u otra circunstancia. Esa revuelta sería digna de ser estudiada porque tenemos la repugnante costumbre de atribuir a propagandas ajenas cuando la gente hace lo contrario de lo que deseamos, y a justicia y razón cuando hacen lo que queremos que hagan. He conocido muchos españoles que no tienen ni idea de tal revuelta ni de sus causas y final.

Muchos se han preguntado cómo un hombre que escribió una novela y un libro de cuentos, tras los cuales se pasó 30 años de silencio, en los que sacó algún texto, más bien solo entrevistas, y unas cuantas fotografías, pues era un extraordinario fotógrafo del desértico campo mexicano, cómo ha podido tener tanta influencia y calidad. Se le ha comparado con el caso de Rimbaud. Puede. ¡Tantos escritores escriben con profusión y luego solo se les recuerda por uno o dos libros, o quizá por ninguno! Él mismo contó que Pedro Páramo surgió de un ideal al que llamó Susana: una jovencita a la que conoció teniendo él tres años; la idealizó y le inventó un nombre, Susana San Juan, para luego no volver a coincidir jamás[ii]. ¿Será verdad, o se lo inventó de cabo a rabo?

Fotografía de Juan Rulfo, que además era fotógrafo

¿Qué es lo admirable en Rulfo? Tal vez dos aspectos: el laconismo y el uso del lenguaje popular de su Jalisco natal. Pero hay algo en eso que se escapa, quizá porque esos dos carices son simplificadores. Lo admirable es su originalidad tan arraigada en lo tradicional de su tierra: ese pueblo habitado solo por muertos, ectoplasmas que tienen la naturalidad y viveza de los vivos. Esas historias en sus cuentos en las que revive los chismorreos de las comadres o las historias de taberna de las zonas rurales muy depauperadas y que, a pesar de móviles y televisores, hoy siguen escuchándose en nuestras aldeas alejadas de la ciudad y que seguramente, en las décadas posteriores a nuestra Guerra Civil, se escuchaban cuando se obviaba el miedo o este había pasado a la historia, es decir cuando ya la democracia se había instalado y hasta el guardia civil de puesto las contaba.

De Rulfo llama la atención su obra, claro, pero también su personalidad. Interrogado por una periodista, quien por la pregunta formulada no debía ser muy hábil, sobre qué sentía al escribir, Rulfo contestó: “Remordimiento”. Es la responsabilidad del artista ante su arte, pero también la del “historiador”, no en el sentido científico de la palabra sino en el revivir la memoria de su pueblo, porque esa violencia, ese importar poco la muerte ajena y el fatalismo ante la propia, viene de muy lejos, no solo  de los sangrientos siglos XIX y XX sino de aztecas, mayas, toltecas, etc., y no hay sino leer las crónicas de Indias o mirar las esculturas y códices de esos tiempos.

Juan García Hortelano dijo: “Juan Rulfo no tiene rostro para mí, pero sí voz”. Guillermo Cabrera Infante opinó: “Rulfo es un libro, pero un solo libro, Pedro Páramo, es una obra maestra absoluta”. Severo Sarduy declaró: “Con Rulfo desaparece no solo una parte del idioma, sino también un particular timbre de voz, un deje, un acento textual que se corresponde con el color de México”.

Una década después de publicar sus dos libros, Juan Rulfo se vio a sí mismo en un mar de inseguridades y de aguardiente, de alucinaciones con sus personajes. Salió de ello como buenamente pudo, incluso en el aciago año de 1968 para México, participó en manifestaciones y asambleas, firmando disidencias y poniendo la fama de su nombre al servicio de la justicia ante la barbarie. Cuenta Arturo Azuela que se había comprometido, cuando emergió del pozo de sí mismo y sus fantasmas, a escribir una nueva novela, La cordillera. Hablaba mucho de ella, pero al parecer solo habló. Debió destruir sus bocetos si es que algo hizo.

Otra fotografía del gran escritor

Para terminar, una anécdota que da al traste con muchos enfoques de esa personalidad algo pasiva, tristona, del escritor mexicano. Leopoldo Castedo explica que cuando le publicaron su novela, en un arranque de euforia, Rulfo se puso a dar saltos sobre las máquinas de la imprenta y se quebró una pierna[iii]. Y es que la juventud es una enfermedad que se cura con la edad.

[i] Resumen de las declaraciones de los hermanos de Juan Rulfo al periodista Guillermo C. Aguilera Lozano, publicadas en la revista Letras Libres de España, nº  188. Art. de Héctor Abad Faciolince.

[ii] Extraído de un artículo escrito por el propio Rulfo en marzo de 1985 con motivo del 30 aniversario de la aparición de su única novela. Publicado en el periódico El País el 9 de enero de 1986.

[iii] Artículo titulado El escritor salta las vallas, de Leopoldo Castedo, en ese mismo periódico El País de 9 de enero de 1986

Cincuentenario de la publicación de Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante

La censura le puso tantas zancadillas a su edición que la historia de ellas es tan sugestiva e hilarante, si cabe, como la misma novela. En la prohibición se pusieron de acuerdo la dictadura derechista del general Franco y la comunista de Fidel Castro. Extrañas alianzas sin pacto en las que solo las consecuencias son acordes. Carlos Barral escribió en una de las cartas al señor censor, como era de obligado cumplimiento: “Es gracia que espero alcanzar del recto proceder de V. E. cuya vida guarde Dios por muchos años”. Por suerte, el deseo no se cumplió y el censor estará criando malvas desde hace algunos lustros y sufriendo en el infierno de los tontos.

Portada de la primera edición de Tres tristes tigres

La novela ganó el premio Biblioteca Breve en 1964 con el título Vista del amanecer en el trópico y en él contaba, además del ambiente musical y de cabarés de La Habana, sus bombas eróticas y sus daiquirís, contaba los atentados y sabotajes contra el régimen de Fulgencio Batista. La censura española, por supuesto, pensó que eso era dar ideas, además de que las alusiones sexuales eran escandalosas, aunque teóricamente de ellas no deberían haber tenido ni idea gracias al celibato. También es cierto que ya algunos censores eran laicos, de estricta formación religiosa y frecuentadores de queridas y casas de lenocinio.

Fue preciso cambiar de contenido y título el manuscrito para que Barral pudiera compensar con ganancias el premio ya adjudicado. Al parecer, Cabrera Infante hubo de viajar a la isla para el sepelio de su madre y allí pudo comprobar cómo había cambiado todo: se había censurado el documental titulado PM de su hermano menor, Sabá Cabrera, y se procedió al cierre del semanario Lunes.

Otro factor configuró la nueva forma de la novela: la Dirección General de Inteligencia cubana (debió haber algún error en el nombre de tal organismo) lo retuvo cuatro meses y por fin pudo salir, no para ocupar su antiguo cargo diplomático en Bruselas, sino al exilio, aterrizando primero en Madrid y luego en Barcelona, aunque problemas económicos en tales ciudades, pues el régimen franquista se negó a regularizar su situación, lo obligaron a trasladarse a Londres, capital donde viviría ya el resto de sus días. Esa experiencia cubana, esos cuatro meses con la obsesión de no poder salir del país, le hicieron escribir una novela llamada Mapa dibujado por un espía, que se editó póstumamente, y reescribir la premiada, dejando apenas 100 páginas de la obra original y añadiendo a ellas otras 300. El título primero fue Ella cantaba boleros, que finalmente se convirtió en Tres tristes tigres, aunque Guillermo acostumbraba llamarla simplemente TTT.

Guillermo Cabrera Infante. Su aspecto adusto o malhumorado no congeniaba con el sentido del humor que derrochaba en sus novelas y los interminables juegos de palabras de los que abundaba su prosa impecable

La censura española borró tetas (de resultas de esas obsesiones mamarias del franquismo, estoy convencido de que al Régimen lo finiquitaron, entre otras elementos, los fabricantes de sujetadores; y en el uso de este sentido del humor no hago sino jugar con el propio de Guillermo Cabrera Infante), alusiones a lo militar, una al deicidio, parece ser, y las frases finales. Con este último corte sucedió algo muy parecido a lo de Viridiana y aquello de “Desde que te vi, dije que yo acabaría echando unas manos de tute con mi primita”, porque el final quedó abierto en ese corto epílogo que recuerda el monólogo de Molly Bloom pero en caribeño, con cubanismos “descaraos” y sabrosos, y que acaba diciendo: “me saca las tripas    el mondongo para ver qué color tiene    ya no se puede más”, sin especificar con qué no se puede más, si no es con el ambiente gris, opresivo, irrespirable que produce cualquier dictadura, sea de la directriz que sea, quizá porque las dictaduras no son de izquierdas ni de derechas, las dictaduras son dictaduras.

De hecho, en la carta que le dirigió el autor a su censor, que aparece en una edición revisada y llena de documentos ilustrativos de toda esa lucha, le dice con retranca que ambos han escrito el mismo libro, reconociendo que a menudo el censor colabora y modela la obra como ha hecho el autor, la mayoría de las veces estropeándola y dejándola inservible, pero en otras y por casualidad, mejorando algún aspecto al lograr que se insinúe mejor que se diga.

Respecto a la censura cubana, es muy posible que ni siquiera hiciese falta que los de esa Dirección General de Inteligencia se la leyeran, pues proviniendo de tal “elemento antisocial”, capaz de exiliarse traicionando a la Causa, podía temerse cualquier cosa. Se ha tenido que esperar años para que en la isla pueda leerse con normalidad.

Imagen de esa Habana que tanto amó y en la que no pudo vivir durante los últimos 40 años de su vida

Respecto a la novela, ¿qué decir que no esté ya dicho? Aclarar que el título es falsario, un juego de palabras de los que tanto gustaban al autor. Ni son tres, que son cinco los personajes principales, ni son tristes, que están alegres, al menos en presencia de mujeres, ni son tigres sino músicos. Ya el título mismo apunta formas: es un trabalenguas. Los infinitos juegos de palabras, las derivaciones de estas, convirtiendo ciertos textos en variaciones sobre una sola nota, son la impronta de este escritor que fue capaz de escribir una novela llamada La Habana para un Infante difunto, parodiando el título de la composición de Maurice Ravel, Pavana para una infanta difunta.

Porque la obra es musical, tremendamente musical (ya hablé de eso, sobre TTT, en mi discurso de entrada en la Academia de las Buenas Letras de Granada, que se puede consultar en esta misma página web). Pero también lúdica. Por eso no puede ser una narración al uso. Lástima que ya no se estile ese estilo (¡ah, Willy!, me haces decir barbaridades), que el ingenio no sea moda sino el aburrido nudo, planteamiento y desenlace; aristotélicamente escolásticos que nos hemos vuelto. De Guillermo Cabrera Infante decía Fernando Iwasaki que en él el juego se convierte en una de las más poderosas expresiones de la inteligencia. Y de tal cosa carecemos hoy en literatura, de inteligencia. Una pena.

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