Artículos en el periódico Ideal

De nuevo coloco en este blog dos artículos de los que el periódico Ideal de Granada publica a los miembros de la Academia de Buenas Letras de Granada. Estos se titulan Panegírico a la curiosidad y La necesidad de las humanidades, mire usted por dónde. Para aquellos que no los leísteis en su momento en las páginas del periódico, espero que os gusten.

Panegírico por la curiosidad

Debo anticipar que este panegírico no está dedicado a una muerta sino a una agonizante a la que se augura fallecimiento de muerte natural.

En cierta ocasión di una conferencia en un Instituto de Enseñanza Secundaria. Era uno de aquellos eventos llamados Escritores en las Aulas, idea hermosa y que está en vías de extinción por falta de presupuesto. Expliqué que había recibido dos premios literarios dotados con relativa generosidad. Vi caras de admiración entre los alumnos. Luego aclaré que el gasto en libros y en tiempo invertido en formación literaria, así como en la elaboración de los productos premiados superaba con creces el monto de los premios. Vi caras de decepción. Supuse, aunque lo llevaba previsto, que algunos de los presentes no concebían cómo alguien se dedica a semejante majadería tan poco rentable. Entonces, señalando a uno de los muchachos cuya cara de decepción había sido notoria, le pregunté, ¿cuánto te pagan por ver la televisión? La faz mutó a extrañeza y sinceridad. Nada, contestó. Entonces, ¿por qué lo haces? Le gustaba, era su entretenimiento. Un entretenimiento que poco te aporta, quizá porque puedes verla con el cerebro en su posición descansen, con un electroencefalograma que da puntos suspensivos. Eso no lo dije así de bruto, pero lo pensé y suavicé.

¿Qué me ha movido, a mí como a tantos otros, no ya a escribir sino sobre todo a leer compulsiva, maniáticamente, todo cuanto ha caído en mis manos?, y no solo literatura sino filosofía, arte, música, sociología, psicología y hasta botánica o zoología, si a fin de cuentas yo estudié Ingeniería Técnica, trabajé un tiempo como proyectista industrial, y luego ejercí la enseñanza de Dibujo Técnico en Institutos de Secundaria. Contestaré con una palabra, o mejor dos si contamos el artículo: la curiosidad. También puede llamársela afán de saber.

Hoy todo el mundo pone como condición para el estudio que realiza, sea este el que sea, o para lo que intenta averiguar, que su aprendizaje o sus conocimientos sean útiles, rentables, económicos, lucrativos. ¿Leer?, ¿para qué?, ¿eso se come?, ¿con eso puede uno comprarse un coche? Mucho mejor jugar con el móvil o teclear sin descanso mensajes que nada dicen, comunicaciones que no comunican.

Parece, por lo dicho hasta aquí, que quiera yo ponerme como ejemplo de algo, y no es así en absoluto. He conocido a un experto en piscinas que fotografía aviones en el aeropuerto. Para eso tiene que enterarse de los diferentes tipos de ellos, de sus características y horas de despegue o aterrizaje, incluso saber astronomía. Sé de un funcionario de justicia que pinta en sus ratos libres, y nadie como él para informar sobre las diferencias entre Cézanne y Van Gogh. Me contaron de un comercial de seguros cuya afición es la filosofía y sabe explicar a Heidegger mejor que algunos peritos universitarios.

Looking through paper hole

Eso significa que la curiosidad no ha fallecido. Vive y goza de salud, pero la está perdiendo a causa del desprecio. Esa mirada de arriba abajo que se prodiga ante tamaño despropósito: leer libros o visitar museos, si no es en vacaciones y detrás de un paraguas o un abanico, o asistir a conciertos sin que tenga uno que lucir el último grito en moda, eso tan hispano de menospreciar cualquier tipo de intelectualidad hace daño, no al que ya ha decidido gozar de esas cosas, sino a las nuevas generaciones que se niegan a estudiar (y no me refiero solo a la universidad o a la secundaria) si no es con la expectativa de ganar dinero. Luego se encuentran con lo que se encuentran. Recordemos el millón de “ninis”.

La necesidad de las Humanidades, mire usted por dónde

Edificio del MIT

El M.I.T., Massachussets Institut of Technology, la más prestigiosa universidad del mundo en tecnología y ciencia, con sede en Estados Unidos de América, exige a sus alumnos de carreras tecnológicas que se matriculen en asignaturas de Humanidades (literatura, economía, historia, filosofía, idiomas a nivel filológico, etc.) en una proporción de un 25 % respecto de otras asignaturas de su especialidad. ¡Mire usted por dónde!

La justificación es que han observado y comprendido que para la innovación tecnológica y el intento de mejorar ciertas condiciones del mundo y de las entidades (mayor beneficio, sí, pero con miras a mantenerlo, no con el obtuso fin de que sea pan para hoy y hambre para mañana), necesitan conocimientos sociales y humanísticos por parte de sus técnicos y dirigentes. Ya hace tiempo que ciertas empresas, sobre todo extranjeras, vienen pidiendo estudios de Humanidades a sus expertos de los departamentos de Recursos Humanos. En Europa están desprestigiados esas disciplinas, pero muchísimo más en España. El cateto de turno, y no se entienda tal apelativo como pueblerino, inculto o simple, pues los hay hasta en las cátedras, piensa ¿eso para qué sirve?, ¿eso se come? Saber de historia, de poesía, de filosofía, ¡qué barbaridad!

Hay un par de Universidades españolas que imitan a las americanas en esto, pero son privadas. Una lástima.

No nos olvidemos que Inglaterra fundó un imperio desde los siglos XVII al XX, y sus dirigentes habían estudiado en los colleges, entre otras cosas, poesía, latín y griego. Lo mismo ocurrió en España, donde el cuadrívium y el trívium seguían cursándose. Y se dirá: no se necesita saber mucho para masacrar y conquistar. Cierto, si la conquista hubiera sido solo eso, un llegar, robar y marcharse, como hacían los mogoles en algunos lugares. Pero los españoles e ingleses de entonces se quedaron y fundaron gobiernos en los que nunca basta con simple mano dura y mala saña, hay que saber mantenerlos. Siempre durante un tiempo, claro está. Las cosas humanas nunca son eternas, y para saber eso hay que tener una formación humanística, precisamente. Cuanta más se tenga, más probabilidad hay de que lo fundado dure tiempo. No indefinido, pero tiempo.

Durante años, los de ciencias y tecnología supimos de humanidades, y no solo por la formación en el bachillerato antiguo, sino también por gusto y responsabilidad. No era tanto así entre los de letras, que poco solían saber de ciencias (siempre hay excepciones). La cosa ha cambiado. La especialización está cada vez más en boga. Influye que las disciplinas docentes son más y más amplias. Es cierto que no se le puede pedir a un médico, que bastante tiene con dominar su materia, que sepa si Garcilaso compuso sonetos entre otras cosas, pero también es cierto que por concentrarse en sus conocimientos terapéuticos, algunos apenas tienen idea del código deontológico. Y no se piense que estoy acusando a los médicos de nada: lo mismo pasa en tantas otras licenciaturas y doctorados. Hoy, quien domina la programación informática apenas sabe qué cosa es la endorfina si no se lo dicen en un gimnasio, que tampoco.

Es un error crear técnicos que nada sepan de asuntos que escapan a su especialidad. Pero más error es creer que todo eso son bobadas inútiles. En España la fobia viene de antiguo, y lo demostró Américo Castro en sus escritos: pensar, saber estaba mal visto. Para colmo, los pasados cuarenta años de nacionalcatolicismo, con sus odios a lo heterodoxo, dieron la puntilla. Es hora de que espabilemos. La Historia va por otro lado.

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Dos artículos publicados en el Boletín IX de la Academia de Buenas Letras de Granada

En el Boletín IX de la Academia de Buenas Letras, que abarca desde julio a diciembre de 2017, me han publicado dos artículos sobre Juan Rulfo, el escritor mexicano de tan escasa producción, y Guillermo Cabrera Infante, el cubano, que, por contraste, escribió bastante e incluso hizo mucha crítica de cine. Del primero se celebraba el año pasado el centenario de su nacimiento. Del segundo, el cincuentenario de la primera edición de Tres tristes tigres, su novela emblemática y con la que consiguió el premio Biblioteca Breve, como se verá, algunos años antes. Los adjunto para quien quiera leerlos.

En el centenario de Juan Rulfo

Juan Rulfo

Al padre de Juan Rulfo lo mataron por una nadería. Según testimonio de sus hermanos Severiano y Eva, “Ni fue un peón de la finca, ni fueron unos asaltantes de caminos”. Al parecer, unas reses del hijo del presidente municipal de Tolimán se metieron en la tierra de labor del padre del escritor. Este habló con el joven tratando de conseguir una compensación, y en vez de ello, en un pacífico viaje donde el hombre debía entregar unas medicinas a una enferma, el hijo del cargo, que se llamaba Guadalupe Nava, le disparó por la espalda. Por supuesto, al muchacho no le pasó nada, no hubo investigación ni juicio[i].

Rulfo contó la historia mil veces y todas de forma diferente. Le gustaba inventarse su vida y también inventarse la de los demás. Le gustaba inventarse un mundo. Así debe ser en el caso de un narrador. Algunos lo achacaron a pudor familiar del escritor mexicano. Yo creo que es oficio.

Hay autores que representan a su país más que cualquier estudio antropológico o que cualquier embajada pública (así dijo Lukacs, o quizá Lenin, de Balzac). Y hay países que se prestan a ello. Tal vez todos los países se prestan a ello. Nada más francés que madame Bovary. Nada más español que el Quijote. Nada más alemán que un Buddenbrook. México tuvo una historia muy movida y violenta a partir de su independencia a principios del siglo XIX. Rulfo consiguió retratar su país en apenas 250 páginas. Otros colaboraron e hicieron sus pinitos, como Paz, Azuela, Fuentes, del Paso y, actualmente Villoro y más, pero nadie dijo tanto con tan pocas palabras.

Portada de una de las muchas ediciones de la única novela escrita por Juan Rulfo, Pedro Páramo. Una sola, pero pa’qué más?

En ese mismo artículo citado, Abad Faciolince cuenta que Arreola, otro grande, le dijo: “siempre fue retraído, sí, y tímido. Pero quizás esas no son palabras adecuadas para describirlo. Era al mismo tiempo un poco huraño, cazurro, ladino… mozongo y entrambulicado”. Doy fe de ello porque cuando tuve el honor de conocer a Juan José Arreola y le pregunté por Rulfo, me contó que a veces él conseguía hablar con el autor de Pedro Páramo, si bien de hábito era un monólogo del propio Arreola (que en verdad hablaba por los codos), pero que había presenciado una entrevista entre Borges y Rulfo en la cual apenas nadie habló, se despidieron con un apretón de manos y no recuerdo quién de los dos dijo “ha sido un placer la plática”.

Otra información, cuanto menos, curiosa que da este articulista que menciono, es que Rulfo cursó dos años en un Seminario. Y subraya que para un católico, al menos para un católico mexicano, fervoroso e ingenuo, la lectura de Pedro Páramo con todos esos muertos que pululan por sus páginas, empezando por el mismo  protagonista, no tiene nada de fantástica: es sencillamente escatología católica.

De niño vivió la Rebelión Cristera mexicana. Esa violencia lo marcó para siempre, no solo la muerte absurda de su padre y de varios familiares en una u otra circunstancia. Esa revuelta sería digna de ser estudiada porque tenemos la repugnante costumbre de atribuir a propagandas ajenas cuando la gente hace lo contrario de lo que deseamos, y a justicia y razón cuando hacen lo que queremos que hagan. He conocido muchos españoles que no tienen ni idea de tal revuelta ni de sus causas y final.

Muchos se han preguntado cómo un hombre que escribió una novela y un libro de cuentos, tras los cuales se pasó 30 años de silencio, en los que sacó algún texto, más bien solo entrevistas, y unas cuantas fotografías, pues era un extraordinario fotógrafo del desértico campo mexicano, cómo ha podido tener tanta influencia y calidad. Se le ha comparado con el caso de Rimbaud. Puede. ¡Tantos escritores escriben con profusión y luego solo se les recuerda por uno o dos libros, o quizá por ninguno! Él mismo contó que Pedro Páramo surgió de un ideal al que llamó Susana: una jovencita a la que conoció teniendo él tres años; la idealizó y le inventó un nombre, Susana San Juan, para luego no volver a coincidir jamás[ii]. ¿Será verdad, o se lo inventó de cabo a rabo?

Fotografía de Juan Rulfo, que además era fotógrafo

¿Qué es lo admirable en Rulfo? Tal vez dos aspectos: el laconismo y el uso del lenguaje popular de su Jalisco natal. Pero hay algo en eso que se escapa, quizá porque esos dos carices son simplificadores. Lo admirable es su originalidad tan arraigada en lo tradicional de su tierra: ese pueblo habitado solo por muertos, ectoplasmas que tienen la naturalidad y viveza de los vivos. Esas historias en sus cuentos en las que revive los chismorreos de las comadres o las historias de taberna de las zonas rurales muy depauperadas y que, a pesar de móviles y televisores, hoy siguen escuchándose en nuestras aldeas alejadas de la ciudad y que seguramente, en las décadas posteriores a nuestra Guerra Civil, se escuchaban cuando se obviaba el miedo o este había pasado a la historia, es decir cuando ya la democracia se había instalado y hasta el guardia civil de puesto las contaba.

De Rulfo llama la atención su obra, claro, pero también su personalidad. Interrogado por una periodista, quien por la pregunta formulada no debía ser muy hábil, sobre qué sentía al escribir, Rulfo contestó: “Remordimiento”. Es la responsabilidad del artista ante su arte, pero también la del “historiador”, no en el sentido científico de la palabra sino en el revivir la memoria de su pueblo, porque esa violencia, ese importar poco la muerte ajena y el fatalismo ante la propia, viene de muy lejos, no solo  de los sangrientos siglos XIX y XX sino de aztecas, mayas, toltecas, etc., y no hay sino leer las crónicas de Indias o mirar las esculturas y códices de esos tiempos.

Juan García Hortelano dijo: “Juan Rulfo no tiene rostro para mí, pero sí voz”. Guillermo Cabrera Infante opinó: “Rulfo es un libro, pero un solo libro, Pedro Páramo, es una obra maestra absoluta”. Severo Sarduy declaró: “Con Rulfo desaparece no solo una parte del idioma, sino también un particular timbre de voz, un deje, un acento textual que se corresponde con el color de México”.

Una década después de publicar sus dos libros, Juan Rulfo se vio a sí mismo en un mar de inseguridades y de aguardiente, de alucinaciones con sus personajes. Salió de ello como buenamente pudo, incluso en el aciago año de 1968 para México, participó en manifestaciones y asambleas, firmando disidencias y poniendo la fama de su nombre al servicio de la justicia ante la barbarie. Cuenta Arturo Azuela que se había comprometido, cuando emergió del pozo de sí mismo y sus fantasmas, a escribir una nueva novela, La cordillera. Hablaba mucho de ella, pero al parecer solo habló. Debió destruir sus bocetos si es que algo hizo.

Otra fotografía del gran escritor

Para terminar, una anécdota que da al traste con muchos enfoques de esa personalidad algo pasiva, tristona, del escritor mexicano. Leopoldo Castedo explica que cuando le publicaron su novela, en un arranque de euforia, Rulfo se puso a dar saltos sobre las máquinas de la imprenta y se quebró una pierna[iii]. Y es que la juventud es una enfermedad que se cura con la edad.

[i] Resumen de las declaraciones de los hermanos de Juan Rulfo al periodista Guillermo C. Aguilera Lozano, publicadas en la revista Letras Libres de España, nº  188. Art. de Héctor Abad Faciolince.

[ii] Extraído de un artículo escrito por el propio Rulfo en marzo de 1985 con motivo del 30 aniversario de la aparición de su única novela. Publicado en el periódico El País el 9 de enero de 1986.

[iii] Artículo titulado El escritor salta las vallas, de Leopoldo Castedo, en ese mismo periódico El País de 9 de enero de 1986

Cincuentenario de la publicación de Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante

La censura le puso tantas zancadillas a su edición que la historia de ellas es tan sugestiva e hilarante, si cabe, como la misma novela. En la prohibición se pusieron de acuerdo la dictadura derechista del general Franco y la comunista de Fidel Castro. Extrañas alianzas sin pacto en las que solo las consecuencias son acordes. Carlos Barral escribió en una de las cartas al señor censor, como era de obligado cumplimiento: “Es gracia que espero alcanzar del recto proceder de V. E. cuya vida guarde Dios por muchos años”. Por suerte, el deseo no se cumplió y el censor estará criando malvas desde hace algunos lustros y sufriendo en el infierno de los tontos.

Portada de la primera edición de Tres tristes tigres

La novela ganó el premio Biblioteca Breve en 1964 con el título Vista del amanecer en el trópico y en él contaba, además del ambiente musical y de cabarés de La Habana, sus bombas eróticas y sus daiquirís, contaba los atentados y sabotajes contra el régimen de Fulgencio Batista. La censura española, por supuesto, pensó que eso era dar ideas, además de que las alusiones sexuales eran escandalosas, aunque teóricamente de ellas no deberían haber tenido ni idea gracias al celibato. También es cierto que ya algunos censores eran laicos, de estricta formación religiosa y frecuentadores de queridas y casas de lenocinio.

Fue preciso cambiar de contenido y título el manuscrito para que Barral pudiera compensar con ganancias el premio ya adjudicado. Al parecer, Cabrera Infante hubo de viajar a la isla para el sepelio de su madre y allí pudo comprobar cómo había cambiado todo: se había censurado el documental titulado PM de su hermano menor, Sabá Cabrera, y se procedió al cierre del semanario Lunes.

Otro factor configuró la nueva forma de la novela: la Dirección General de Inteligencia cubana (debió haber algún error en el nombre de tal organismo) lo retuvo cuatro meses y por fin pudo salir, no para ocupar su antiguo cargo diplomático en Bruselas, sino al exilio, aterrizando primero en Madrid y luego en Barcelona, aunque problemas económicos en tales ciudades, pues el régimen franquista se negó a regularizar su situación, lo obligaron a trasladarse a Londres, capital donde viviría ya el resto de sus días. Esa experiencia cubana, esos cuatro meses con la obsesión de no poder salir del país, le hicieron escribir una novela llamada Mapa dibujado por un espía, que se editó póstumamente, y reescribir la premiada, dejando apenas 100 páginas de la obra original y añadiendo a ellas otras 300. El título primero fue Ella cantaba boleros, que finalmente se convirtió en Tres tristes tigres, aunque Guillermo acostumbraba llamarla simplemente TTT.

Guillermo Cabrera Infante. Su aspecto adusto o malhumorado no congeniaba con el sentido del humor que derrochaba en sus novelas y los interminables juegos de palabras de los que abundaba su prosa impecable

La censura española borró tetas (de resultas de esas obsesiones mamarias del franquismo, estoy convencido de que al Régimen lo finiquitaron, entre otras elementos, los fabricantes de sujetadores; y en el uso de este sentido del humor no hago sino jugar con el propio de Guillermo Cabrera Infante), alusiones a lo militar, una al deicidio, parece ser, y las frases finales. Con este último corte sucedió algo muy parecido a lo de Viridiana y aquello de “Desde que te vi, dije que yo acabaría echando unas manos de tute con mi primita”, porque el final quedó abierto en ese corto epílogo que recuerda el monólogo de Molly Bloom pero en caribeño, con cubanismos “descaraos” y sabrosos, y que acaba diciendo: “me saca las tripas    el mondongo para ver qué color tiene    ya no se puede más”, sin especificar con qué no se puede más, si no es con el ambiente gris, opresivo, irrespirable que produce cualquier dictadura, sea de la directriz que sea, quizá porque las dictaduras no son de izquierdas ni de derechas, las dictaduras son dictaduras.

De hecho, en la carta que le dirigió el autor a su censor, que aparece en una edición revisada y llena de documentos ilustrativos de toda esa lucha, le dice con retranca que ambos han escrito el mismo libro, reconociendo que a menudo el censor colabora y modela la obra como ha hecho el autor, la mayoría de las veces estropeándola y dejándola inservible, pero en otras y por casualidad, mejorando algún aspecto al lograr que se insinúe mejor que se diga.

Respecto a la censura cubana, es muy posible que ni siquiera hiciese falta que los de esa Dirección General de Inteligencia se la leyeran, pues proviniendo de tal “elemento antisocial”, capaz de exiliarse traicionando a la Causa, podía temerse cualquier cosa. Se ha tenido que esperar años para que en la isla pueda leerse con normalidad.

Imagen de esa Habana que tanto amó y en la que no pudo vivir durante los últimos 40 años de su vida

Respecto a la novela, ¿qué decir que no esté ya dicho? Aclarar que el título es falsario, un juego de palabras de los que tanto gustaban al autor. Ni son tres, que son cinco los personajes principales, ni son tristes, que están alegres, al menos en presencia de mujeres, ni son tigres sino músicos. Ya el título mismo apunta formas: es un trabalenguas. Los infinitos juegos de palabras, las derivaciones de estas, convirtiendo ciertos textos en variaciones sobre una sola nota, son la impronta de este escritor que fue capaz de escribir una novela llamada La Habana para un Infante difunto, parodiando el título de la composición de Maurice Ravel, Pavana para una infanta difunta.

Porque la obra es musical, tremendamente musical (ya hablé de eso, sobre TTT, en mi discurso de entrada en la Academia de las Buenas Letras de Granada, que se puede consultar en esta misma página web). Pero también lúdica. Por eso no puede ser una narración al uso. Lástima que ya no se estile ese estilo (¡ah, Willy!, me haces decir barbaridades), que el ingenio no sea moda sino el aburrido nudo, planteamiento y desenlace; aristotélicamente escolásticos que nos hemos vuelto. De Guillermo Cabrera Infante decía Fernando Iwasaki que en él el juego se convierte en una de las más poderosas expresiones de la inteligencia. Y de tal cosa carecemos hoy en literatura, de inteligencia. Una pena.

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Lecturas azarosas

Feria del libro 2018 en Granada

El azar. El azar da la sensación de que domina el mundo, que nos hace ir de cabeza de un lado a otro o que nos pone delante circunstancias para que nos deleitemos o suframos. En la Feria del Libro de Granada, la última, esta del año 18, compré, entre algún otro, dos libros: uno de Eduardo Calvo, Los héroes están lejos, y otro de Jorge Fernández Bustos, El ciego de Delos. Los he leído seguidos por descansar un poco de lo denso de María Zambrano, de esa literatura que no da respiro porque la filosofía aspira a lo alto y a lo alto se llega trepando. La novela suele ser más tranquila, menos trabada. Depende. Cuando un novelista se empeña en decir veladamente, o sea en metaforizar ese velo que deberíamos descorrer, se empecina en desdibujar el de Maya que nos oculta le realidad porque tampoco le ponemos demasiada voluntad en contemplar lo que hay detrás, gritándonos ¡sé realista, destrózate las pituitarias y los retinas degustando lo que no quieres oír!, esa novela construida a formón es tan o más despabiladora que la más elevada filosofía. Y conste que no es por comparar. Por eso la novela hoy debe ser de supermercado: porque nadie quiere calentarse la cabeza, hasta tal punto que ya ha desaparecido la filosofía de los planes de estudio. Sigamos así: cualquier día los monos, mucho más inteligentes, nos colonizarán como profetizaba la película. Ojala sean los bonobos: igual me admitían en la comunidad.

Hablaba de dos novelas. Ha sido el azar, sin ninguna duda, lo que las ha unido. Ambas tienen característica común: el cuidado del lenguaje. El lenguaje (no la lengua, lo que se habla normalmente) es digno de atenciones, igual que un montón de macetas. Hay que conservarlo, ampliarlo y enriquecerlo, es preciso que haya una hoja donde debe haberla y

DRAE en el móvil, la tablet, el android y su puñetera madre.

no un tronco o una flor. Las palabras, lo mismo que la paleta de colores para un pintor, están para ser utilizadas. Y usarlas con eficacia y perfección. La máxima posible. Y no se me diga que leer palabras desconocidas dificulta la lectura porque estamos todo el día con el móvil en la mano y no somos capaces de consultar en él el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española) donde aparece el significado e incluso, si buscamos, la etimología y los sinónimos.

Eso sí, dos novelas donde el lenguaje es lo principal pero en las que se cuentan dos historias. Quiero decir que se ha dado en pregonar que la novela actual no debe tener anécdota a narrar y por ende, solo debe tener lenguaje. No. Falso. No me gustan las novelas en las que acabas de leerlas y te preguntas, bueno, ¿esto de qué iba? Famosas obras como Ulises, las narraciones de Miguel Espinosa, Lászlo Krasnahorkai o Arno Schmidt tienen argumento, nos cuentan algo aunque sea algo absurdo. Porque veréis, ¿hay algo más absurdo que un señor de pueblo que vive más o menos cómodamente, asiduo lector de novelas, que se toma estas en serio y se va de viaje sin el más mínimo tentempié, llevado a la aventura por un caballo flaco y feo, acompañado por un tipo gordo, buena persona, pero más tonto que un zapato, y por el mero afán de emular a los héroes de esas novelas? Y en cambio, ahí está. El argumento o el tema es también importante. O sea: lenguaje sin argumento, coñazo; argumento sin lenguaje: pifia.

Y, curiosamente, ambas novelas son contrarias o casi. La primera es una tragedia, la de la guerra. La segunda, sin ser una comedia, tiene detalles de humor aunque trate de la guerra: de sus consecuencias: el hijo ido a ella y del que no se vuelve a saber. Los héroes están lejos es la obcecación de mutua destrucción entre dos guerreros que involucran, claro, a todo el pueblo. Situada en un mundo aparentemente futuro, postapocalíptico, la narración oscila entre Juan Benet, Miguel Espinosa y los detalles de extrema crueldad de la saga Mad Max. De Benet tiene esa geografía apócrifa y el estudio de los movimientos

Portada de Los héroes están lejos, de Eduardo Calvo

tácticos y del material (pobre porque la tecnología ha desaparecido) de guerra. De Espinosa extrae el español riquísimo, introvertido suculento. ¿Podría criticársele un excesivo recrearse en la crueldad y en la guerra como fenómeno humano en apariencia ineludible?, quizá, pero que se me diga cómo criticar la guerra sin hablar de ella. Se recrea Calvo en los mal llamados “efectos colaterales”. Las poblaciones civiles son masacradas por ayudar o ser partidarios de estos o de los otros.

Además, como se puede intuir de lo dicho, la guerra que se describe es una guerra civil. Hoy todas las guerras son civiles como demostraron Enzensberger y Jünger, este con eso que él llama la movilización total, donde todos los efectivos sociales son implicados en la guerra, y esto es así en los países víctimas que de hábito están hoy situados en la periferia, porque los intervencionistas pueden irse de rositas si no es por las barbaridades terroristas. Los dirigentes participan en ambos bandos por una cierta fidelidad familiar, aunque hay casos (los gemelos Salas) de hermanos que militan en partidas contrarias. Honorables y Leales son esas dos banderías e incluso las ciudades desde las que se manifiesta el enfrentamiento se llaman Honor y Leal. Los movilizados van gustosos a la guerra por el viejo motivo: el afán aventurero y el ansia de rapiña. Incluso hay profesionales procedentes de otros lugares, de otras “tribus” que se especializan en la lucha cuerpo a cuerpo en la que se muestran especialmente salvajes, o en apiolar a los cabecillas de las facciones contrarias.

Los oficialistas son los Honorables, en tanto los rebeldes son los Leales. Nada que responda a la realidad de esos nombres porque no hay honor, si no es el militar, y a medias, ni hay lealtad. Es la guerra de todos contra todos, la de los Señores de la Guerra, expertos que no sirven para otra cosa, porque gobierno, lo que se dice gobierno en esas comunidades, no hay o al menos Calvo no lo detalla. El comercio, por ejemplo, va a su aire, sin compromiso social ni fiscal.

Eduardo Calvo

Calvo no toma partido, no demuestra que la guerra es un infierno además de ser el prurito de hombres aficionados a ella que más tienen de niños jugando a las guerritas que de hombres hecho y derechos, sino que solo lo muestra. Partido ya tomará el lector. A fin de cuentas, si usted está convencido de que la guerra es malísima, ¿para qué quiere que le repitan eso mismo como una especie de consigna? Las consignas dejémoslas a los políticos, el novelista debe hacer otra cosa. Calvo no hace ética o moralina sino que muestra. Ya decidirás tú, te dice.

Pero insisto, por mucha teoría que yo haga respecto al argumento, el tema o el cuento contado, el verdadero protagonista es el lenguaje, la constante degustación de un idioma con sabor, aunque sea amargo, o a veces con una cantidad de guindilla al gusto de los partidarios de ella.

Respecto a El ciego de Delos, puede argüirse en su favor algo muy divertido: no sé si fue Borges quien habló de la influencia posterior, es decir de las influencias que un artista puede tener de artistas que nacerán siglos más tarde que él. Por ejemplo, ¿hubo influencia de Joyce en Shakespeare o en Marlowe? (Estoy convencido de que Henry Moore influyó en Martínez Montañés). De eso se trata, porque Fernández Bustos hace algo parecido. La acción ocurre durante la gobernación de Pisístrato en la Grecia del siglo VI a, de C. y está narrada en primera persona por un tal Escamandrónimo, pescador y barquero de la isla sagrada de Delos, pero el narrador mienta a Cicerón, a Cervantes, a Cunqueiro (de quien tiene gran influencia), a Cavafis o al exquisito poeta Juan Carlos Friebe, común amigo de

Portada de El ciego de Delos

Fernández Bustos y mío, granadino de pro y medio alemán. Es más, en el último capítulo, Pisístrato, que se aburre, pone en su tocadiscos, pues prefiere el vinilo al cedé, a Wagner y luego la quinta de Beethoven. Tales cosas permiten la ficción y el buen sentido del humor. Respecto al tema o argumento, puede decirse que al escultor ciego Pettalacos se le va su único hijo a una guerra contra los persas en Egipto, donde se pierde para no regresar a Delos nunca más. Y al padre se le mete en la cabeza consultar al oráculo de Delfos tras once años de su partida. Esa consulta se convierte en la principal aventura de la novela, aunque no la única. Para el flete del barco que los llevará a Atenas y durante el viaje hasta Delfos para consultar a la Pitia, se les unirán personajes de lo más variopinto cuyas historias funcionan al modo cervantino del cuento dentro del cuento.

El humor forma parte del intríngulis, de modo que, no siendo una comedia, hay fragmentos donde lo parece. Varios ejemplos: el ciego Pittalacos se autoproclama vigía del navío y, no solo detecta antes de que los otros los vean a unos piratas, sino que lo hace por el olor, asegura, pues los percudidos filibusteros no se lavan ni por un apaño. Para colmo, cuando avistan tierra, el ciego grita ¡tierra al oído! Lógico. Para colmo, montados en el carro adquirido para arribar al oráculo, tirado por una burra con su cría, son adelantados por un atleta que corre desnudo como era preceptivo en los tiempos olímpicos. Tras conseguir su permiso corre a ocultarse en el carro para que no lo vean un grupo de

Jorge Fernández Bustos

mujeres que lo persiguen. Cuando los viajeros atribuyen el seguimiento a la admiración por ser “el más rápido corredor de Esparta”, el maratoniano (antes de producirse la batalla de Maratón) afirma que el acoso es debido a… ¡y muestra su miembro, hasta ahora oculto, atado a la rodilla para que no bambolee durante la carrera!

El conocimiento que demuestra Fernández Bustos de la geografía, de la historia y de la literatura (sobre todo de esta) griegas es sorprendente. Y de nuevo el protagonismo: el lenguaje, que en este caso trata de aproximarse lo máximo posible a las traducciones al español de esa literatura clásica, y no solo de los escritores más conocidos, sino de algunos que, de no ser porque uno consulta Internet para estas cosas, creería que son inventados.

Dos novelas muy, muy recomendables. La primera publicada por Nazarí, editorial granadina ya conocida por los lectores de mi blog. La segunda en autopublicación, pues al parecer las editoriales no se arriesgan a publicar de la misma manera que los fabricantes de neveras tienen pocas ventas en la Antártida. No las busquéis en los supermercados. Incluso en las librerías, habrá que recurrir a ser pedidas o, podría ser que en alguna granadina sí se hallase la primera. La segunda, creo, puede conseguirse solicitándola a la librería Praga de Granada, donde tuvo lugar la presentación a cargo del novelista José Vicente Pascual. O al menos, os lo juro, yo las he disfrutado y me han interesado muchísimo.

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María Zambrano, una lectura necesaria.

María Zambrano de jovencita

Cuando se comenta ante alguien respecto a María Zambrano, todo el mundo contesta, ¡oh, sí!, ¡muy buena!, la Zambrano es una maravilla. Y eso me resulta extraño y curioso. Extraño y curioso porque en general (no todos, naturalmente) los españoles hemos sido demasiadas veces unos cenutrios y últimamente lo somos más aún. Porque si uno habla de Ortega hay diversidad de opiniones, si bien la mayoría aseguran que fue un filósofo de mierda, que lo único que hizo fue divulgar (todos queremos lo sencillito pero odiamos a los divulgadores, precisamente porque por muy progres que seamos, despreciamos al vulgo, e insisto que hablo en general, es decir de un porcentaje alto de la población), que cobraba del franquismo (otro infundio “divulgado” por el señor Gregorio Morán: Ortega volvió del exilio y lo único que le dijo el franquismo es sigue ahí, pero calladito, y cobra tu cátedra; lo mismo que a Gil-Albert, pero como este es casi desconocido…; lo mismo que a Altolaguirre, aunque a este pobre no hizo falta insistirle mucho porque murió en accidente de coche poco después de volver a España, o años más tarde a Bergamín; este no calló y fue expulsado, si bien pudo volver definitivamente en 1970). Todo mi respeto, sin ninguna duda, para quien se lo haya leído y tenga argumentos para negarle la calidad, pero no suele ser esto lo habitual.

Don Miguel de Unamuno. Lo de don es porque para mí ha sido muy importante y porque me da la real gana, como él mismo decía

Si hablamos de Unamuno… bueno, ahí es Troya. He escuchado las barbaridades más energuménicas, como asegurar que La tía Tula es una publicidad del macho euskaldún, cuando en la novela no se menciona en ningún momento a Euskadi, o País Vasco, como prefiráis. De Unamuno recuerdan unos solo aquello de “venceréis pero no convenceréis”, otros solo lo de la plaza de toros de Salamanca, apoyando al Movimiento, otros solo lo de “¡que inventen ellos!” (frase que ha sido terriblemente mal interpretada; porque es como si hoy, ante el botellón, alguien dijera ¡que beban ellos!, y lo tomáramos como si los españoles no debiéramos beber ni agua, cuando lo que se está diciendo es que el botellón es copia de los anglosajones que salen a emborracharse, y en nuestro país siempre se ha salido de juerga, de ser posible a ligar, y como no lo era, de putas, siendo el alcohol no otra cosa sino un apoyo para perder un tanto la vergüenza, pero emborracharse por emborracharse no se había hecho nunca si no es en el caso de individuos muy señalados, como el borracho del pueblo). A Unamuno se la ha leído muy poco, y menos sus artículos periodísticos, desde luego sin comprender nada pero aherrojándose a una opinión, a menudo sin fundamento alguno.

Pues bien, igual pasa con María Zambrano. La filósofa reflexionó muchísimo sobre España, y además era creyente, cristiana. Sí, todo eso tan desprestigiado, tanto hablar de

Ortega y Gasset “en habit de penser”

España como tener fe cristiana. Y lo de tener fe cristiana, en el caso de Zambrano, no es comulgar con ruedas de molino, ni muchísimo menos. Solo los bobos de ciertos estados norteamericanos siguen creyendo en el creacionismo. Su cristianismo es del todo crítico y si habla sobre San Agustín lo hace con total conocimiento de causa y mirándoselo con lupa, no con la lente vaticanista con exclusividad. Muy probablemente quienes pregonan a los cuatro vientos que no les interesa el obispo de Hipona apenas saben nada de él y menos aún han leído sus Confesiones.

Y es que una cosa es ser laico, y otra ni siquiera querer pensar la idea de la religión, o de lo sagrado, que no es exactamente lo mismo, con lo que estamos apartando de un codazo toda la historia humana de los siglos anteriores. La relación del hombre con lo sagrado no está liquidada. Si lo estuviera, no deberíamos siquiera pensar ni mucho menos leer la Ilíada o la Odisea, o libros tan interesantes como las Metamorfosis de Ovidio o al mismo Horacio. Y por supuesto, expurgar el Quijote, al que le sobra más de un ¡Dios mío! Y todo esto, lo sagrado o las religiones, por supuesto, tienen tanto que ver con el Vaticano como con el templo de Zeus o las mezquitas.

Su razón poética, forma de filosofar no metódica, sus reflexiones sobre la poesía, la novela, sobre la democracia, no ya como sistema político sino como forma social que permite al hombre “llegar a ser quien es”, según la recomendación de Píndaro, su pensamiento en torno al alma, elemento humano que trasciende el relativo automatismo de la psique, es decir su crítica al cartesianismo y al positivismo, todo eso hace de Zambrano una lectura no solo interesante, sino creo yo, obligada.

Portada del volúmen I de la Obra completa zambraniana

Otro tema que sorprende al lector en esta mujer es que habla, sobre todo en sus primeras obras relacionadas con la II República española y la Guerra Civil (o Incivil), habla del hombre y de la hombría. Y no lo hace desde un punto de vista machista o masculino sino desde el genérico, eso que hoy se ha puesto tan de moda y que a los resistentes a rechazar el lenguaje inclusivista se nos tilda de políticamente incorrectos o, peor, de machistas irredentos (estaría dispuesto a proponer a la Academia la sustitución del genérico masculino por el femenino con tal de que no sigan dándonos la barrila con discursos interminables con compañeros y compañeras, andaluces y andaluzas; porque siempre ha sido así: el lenguaje es cambiado por la realidad, no la realidad es cambiada por el lenguaje; de modo que nosotras las escritoras, no todas, claro, estaríamos dispuestas a aceptar tal cosa, que no sería ni más buena ni más mala que la otra). Zambrano dice hombría cuando podría decir humanidad, más incluyente; dice hombre cuando podría decir persona. Pero en aquel momento de Europa y de España, utilizaba la palabra hombría para hablar de valor, de valentía, y no se arredraba en significar, y lo repitió hasta la saciedad, de aludir con ello a los hombres y mujeres que luchaban contra el franquismo. Hoy seríamos capaces de pasarnos al bando de los sublevados fascistas con tal que estos nos dijeran las cosas de la forma que nosotros queremos que nos las digan (compañer@s, ya me diréis cómo se pronuncia eso), independientemente de lo que se dice en sí o de la valoración sobre el posible embuste de esas palabras. No otra cosa es el populismo.

Y ahí viene mi conclusión: si a Unamuno se le ha leído poco, Zambrano no ha sido leída en absoluto. Y es por eso que todo el mundo dice ¡oh, sí!, ¡muy buena!, la Zambrano es una maravilla.

Volúmen II de la obra completa zambraniana. El que estoy leyendo ahora mismo

Galaxia Gutenberg está publicando las Obras Completas en ¡8 tomos! Pero qué ricura, qué riqueza, qué profundidad. El equipo encargado de elaborarlas, dirigidos por Jesús Moreno Sanz, ha hecho una labor exhaustiva y meritoria, con una carga de notas aclaratorias que facilitan la lectura y contextualizan. De momento han salido los volúmenes I, II, III, IV (el primer tomo, porque el volumen IV tiene dos tomos) y el VI. Por desgracia, el volumen III está agotado y desde aquí grito para que la editorial lo reedite. En estos primeros volúmenes están todos los libros más importantes, habiéndose dejado los artículos, inéditos y los escritos autobiográficos para el final.

Una obra imprescindible, de veras. Zambrano habla en determinados momentos de asuntos que tuvieron vigencia en su tiempo, sí, pero en general su pensamiento, que es filosófico pero no metódico (como el de Nietzsche, por mucho que les moleste a los positivistas), es del todo actual. Porque habla del humano, de lo más íntimo.

Hay un asunto que lleva años obsesionándome. Cualquier letraherido español admira a Friedrich Nietzsche. Su concepto del eterno retorno y el del superhombre son importantes. Los nazis lo malinterpretaron con mala intención, quizá porque no hay mejor forma de malinterpretar a alguien que leerlo por encima. De idéntica forma se habla mucho del “¿pero este viejo en su monte no se ha enterado de que Dios ha muerto?”, pero eso no significa que Nietzsche despreciara olímpicamente el cristianismo, y para saber eso no basta con pregonarlo, hay que haber leído sus últimos escritos. Tal vez él despreciaba la moral paulina que fue la que imperó en el cristianismo primero, dejando a un lado a apóstoles como Juan o Pedro, por no hablar de los evangelios apócrifos. Pero me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Lo que quiero decir es que Unamuno, y en cierta forma también Zambrano son nuestros “nietzsches”. Unamuno y Zambrano luchan contra el hombre acomplejado por sus propios prejuicios, por su incapacidad de poseer su propia interpretación del mundo y de sí mismo. ¿Y no es eso mismo acaso el superhombre, aquel que supera ese acomplejamiento y el sentir que son los demás quienes lo piensan y no el individuo por sí mismo? No hay cosa más tonta que el prejuicio, y los hispanos somos muy prejuiciosos. Por eso la lectura de esta mujer, que inevitablemente nos arrastrará a otras lecturas también enjundiosas, es no solo importante sino necesaria, urgente, imprescindible. Y sin quedarse ahí, la lectura de las prolijas e interesantísimas Presentaciones y Apéndices elaborados por el equipo redactor, también sugerirán la inmersión en otros textos y otros autores. Y eso es lo bueno de las lecturas: su carácter de rizoma.

María Zambrano ya mayor y viviendo en Madrid, armada de su inefable boquilla de fumar

Pero si aquel a quien yo seduzca para leer a Zambrano no quiere enredarse en unas obras completas, que quizá es mucho, están publicados varios libros específicos y todos recomendables. Incluso hay una antología de textos llamada La razón en la sombra, antología confeccionada por este gran zambranista que se llama Jesús Moreno Sanz (por otra parte, buen amigo mío), y que hizo consistir en una selección de fragmentos de unos y otros libros que ayuda a tener una idea bastante buena del pensamiento de la filósofa. Fue el primer libro de ella que leí, y la verdad es que me dejó con sed, pero en fin, que cada uno se maneje su sed o su ansia. También ese libro es recomendable y se puede encontrar en nuevo por 35 € y en usado por 24 como mínimo. Os he vendido la lavadora.

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Ágape patafísico de invierno e investigación nanoparticular y parasitaria

Tiempo ha que no garlo de patafísica. Es un tema, lo sabéis, del que no se puede hablar sino solo murmurar, bisbisear, parlotear, garlar.

La mesa y los que comen sal o comensales

El pasado 23 de febrero (1 Pedal 145 E. P., Erección del Sobremacho, en lenguaje auténtico, jarryniano y patafísico), fecha aciaga y festiva a la vez, fue celebrado, porque no se celebra, sino que nos celebra él a nosotros, el Ágape Estacional de Invierno, correspondiente al decimoctavo evento de este tipo, del Institutum Pataphisicum Granatensis (¡oh, ya sé que sería Granatense, por ser singular el caso latino!, pero es el asunto obligar al latín a convertirse en latinajo). La consigna era presentarse con algún aditamento disfraceril, cosa que se cumplió más o menos porque no es cosa de hacer demasiado el ridículo.

Además de los consabidos repartos de documentación por parte del Optimate señor Rector Magnífico y Perezoso, el Sátrapa Trascendente Guillermo nos obsequió con la visión, que no apropiación, de otro objeto encontrado (o fabricado por él, que para el caso es lo mismo, no en vano es nuestro faux monnayeur particular) consistente en el cuaderno de bitácora (o blog, porque eso sí) de cierto coronel francés cuyo viaje por tierras exóticas y extrañas, valga la redundancia (y esto sí lo es porque lo hago a propósito, y no cuando se

El “hallador” del libro de bitácora es el señor calvo que lo blande en sus manos, Sátrapa Trascendente Guillermo

hace por error, que es una mera repetición) viene detallado en tal cuaderno, en francés de principios del XIX y con caligrafía digna de uno de aquellos monjes guillotinados en la Place de la Concorde por la chusma sansculottiana. Corrió de mano en mano, como buena falsa moneda, de los Sátrapas presentes (los ausentes que se fastidien), siendo admirado y adulado su hallador. Pasó a incrementar el MOI: Musée d’Objets Insolites, entre la verdadera huella del pie de Viernes, el recipiente con el fragmento licuado del iceberg que hundió al Titanic o la Máquina de Averiguar Si Quien la Pulse es Verdadero Patafísico o No y otras maravillas.

No hubo, por extraño que parezca en fecha tan señalada e hispánica, nuevas defenestraciones, por no haberse producido incorporación de Sátrapa alguno al Institutum desde la última del periodista Andrés Cárdenas, ni golpe de estado contra nuestro Optimate, y no se dio para llevar la contraria.

El interfecto junto al periodista y Sátrapa Andrés Cárdenas

Si se hubiera celebrado el 22 de febrero, quizá otro gallo hubiera gorgoriteado al oído de nuestro Rector Magnífico y Perezoso, Optimate Capitángeneral, Ángel Olgoso.

Cenamos más o menos opíparamente y se procedió a conceder el Autopremio Fenómenos Fenomenales a doña Celia Correa, premio que se da por riguroso orden de nacimiento, de más antiguo a más moderno hasta llegar a anteayer. Doña Celia leyó un texto donde se acusaba al Sátrapa Andrés Sopeña (primer autopremiado) de haber nacido en el

La Sátrapa Trascendente Celia, invencible Presidenta del Centro Artístico, Literario y Científico de Granada, lee su declaración de principios piratescos, con sombrero ad hoc, tras recibir el Autopremio Epifenómenos Fenomenales

pleistoceno, y a Miguel Arnas (segundo autopremiado y quien esto escribe) de ser parido durante la Guerra de los Cien Años, cuando ni los amoríos, ni los partos ni las guerras corrían prisa ninguna. Se la coronó con gorra de pirata y poemilla en plan romance que leí para deleite y aburrición de los presentes, y gloria de la interfecta.

Entre los documentos entregados por el Optimate consta el siguiente artículo de investigación patafísica escrito por mí. Debo reconocer antes de proceder a su inclusión, que es un plagio, al menos en parte de él. El plagio es del invento cachondo-festivo de mi amigo Pere Casanovas que allá por nuestros mozalbeteros años de aprendices en “can” FRAPE, fábrica de agujeros de regaderas, hizo para regodeo del hastío frente a los tableros de dibujo. A él es debido el descubrimiento, armado de telescopio, instrumento adecuado para ver lo más pequeño, de las ladillas de las ladillas, y a su vez de las ladillas de estas últimas. Tal cual. Hecho el reconocimiento, pues una investigación patafísica no sería tal si no hubiera plagio, copia o remedo, se procede al cuelgue o colocón de dicho artículo:

Patafísica subatómica y zoológica

El interfecto, Sátrapa Trascendente, Secretario del Departamento de Cábala Agnóstica, Miguel Arnas, junto a Josefina Martos, cuyos ojos son bellísimos, por lo que los oculta para no deslumbrar, y José Antonio López Nevot, que iba disfrazado de sí mismo

Un neutrón: Estructura de quarks. La foto ha sido tomada aprovechando un momento de despiste del neutrón, que curiosamente se hallaba en estado neutro

La palabra quark proviene, al parecer del Finnegans wake joyceano. Alguien quería hacer rimar algo con algo, asunto este que provoca infinitos inventos e ideogramas. El primer sonido en aparecer fue cuork, pero sabido es que el inglés es la única lengua en la que aquello que se lee nada tiene que ver con lo que está escrito. Así, por ejemplo, uno podría leer: “La señora condesa salió de su casa a las cinco en punto de la tarde”, cuando en verdad lo escrito en inglés reza: “No se sabe si el torero gastaba taleguilla doblada o no”. Vale, dejémonos de prolegómenos. El aludido interfecto indagador de rimas halló la palabra quark releyendo el Finnegans en un alarde de heroicidad, o mejor expresado, en una repugnante ostentación de masoquismo literario. Y “le voilà”, o como diría un castizo, ¡ya está!, quedó quark, que algo tiene que ver con las gaviotas aunque quedan dudas sobre si ese es el sonido denotando asco que emiten tras un vertido hidrocarbúrico. Resulta que los quarks son los tres elementos, como mínimo, que componen los neutrones y protones conformadores del núcleo atómico, núcleo que absorbe, por decirlo de alguna manera, el 99,999 % de la masa total del átomo (de lo que se deduce que los electrones, o no tienen masa o esta es apenas perceptible, por lo que uno puede preguntarse de qué diablos van a hacer el pan, lo que los emparenta con las gasolineras). A su vez, parece ser, aunque los científicos no se ponen de acuerdo, estos quarks son fermiones, lo que lleva a pensar: ¿qué clase de gente seria le pone dos nombres a una misma cosa?, a no ser que fermión y quark sean dos cosas diferentes, en cuyo caso, ¿a qué santo la conjunción disyuntiva o entre ambos conceptos dados en la definición? Dejémoslo. Estos fermiones, quarks o como quiera llamárseles (yo les pondría Anicetos) son de seis tipos o ¡sabores! Sí señor, sabores. ¿Quién los habrá catado para llegar a semejante conclusión? Pero sí, sabores, que son arriba, abajo (no quiero ni pensar qué sabor será el de abajo), extraño,

Tipos o sabores de los quarks. El que no sepa inglés, que vaya aprendiendo

encanto (¡oh, el encanto, oh, el encanto!, ¡bella, bella Melanto, tu canto es un encanto!)[i], verdad y belleza. De lo cual se deduce que la verdad es que esa extraña belleza tiene encanto por arriba y por abajo. ¿O si no, qué, eh, qué? Pues eso, sí señores. Los quarks. O fermiones. ¡Ah, el señor Fermi!, cuya mamma puede ofenderse si se olvida a su insigne hijo.

Vamos aclarándonos: los átomos tienen un núcleo compuesto por protones y neutrones, los cuales se componen a su vez de quarks que están unidos entre sí por las cuatro fuerzas fundamentales (nucleares, electromagnéticas, débiles o de decaimiento [si esas fuerzas están decaídas, imagínense como estaremos nosotros, que no tenemos ya fuerza], y gravitatorias). Si para colmo, como fundamentales, son fundamentalistas, que venga Dios y lo vea. Mas, alto ahí, quietos paraos todos, porque según la teoría de cuerdas, los quarks a su vez estarían compuestos de cuerdas que vibran como viejas cuerdas triperas de violonchelo. Vibración y todo vibración. Esa es la verdadera traducción de Hebel hebelim, y no vanidad de vanidades.

Ladilla vulgaris. También estaba despistada, harta de comer pelos. Convendría que el lector determinase dónde, con exactitud, tiene el bicho sus partes pudendas para poder detectar sus uterococos.

O sea, descendiendo: átomos, núcleo, quarks, cuerdas vibrantes. Esto recuerda (re-cuerda), y de hecho es absolutamente parangonable, a las investigaciones de un grupo de biólogos que descubrieron, con la ayuda de microscopios electrónicos (dichos artefactos no ven sino que prácticamente palpan, pues es un chorro subatómico el que tienta la superficie u objeto que se trata de “ver”; de modo que la tentación, aquí, no vive arriba sino debajo de dicho chorro) de altísima potencia y resolución cómo las ladillas, esos asquerosos bichitos parientes de los piojos que se agarran pertinazmente (como la sequía) a las pilosidades de las partes pudendas humanas (en ocasiones homínidas), tienen a su vez otras alimañas en sus partes: los uterococos. Quienes por otra parte, tienen parásitos en sus herramientas testiculares o finstros vaginales llamados chiribiquis. Mas ¿se iban a quedar los chiribiquis sin ser acosados por picores irreprimibles donde te dije?, ¡no!, pues ellos tienen los gasolinos. No queda ahí el asunto porque los gasolinos sufren la presencia de los pipirurcios, y estos los de los pipiolios, y dada la diminutez de los insectos que los achacan, a los padecidos por los pipiolios se les apoda utc. Resumiendo y disminuyendo: ladillas, uterococos, chiribiquis, gasolinos, pipirurcios, pipiolios, utc. Gran hallazgo de la diversidad animal o, ¿quién sabe con estas cosas?, acaso vegetal porque capullos los hay para todos los gustos…o sabores.

El doctor Gartius, derecha, junto al Sátrapa Guillermius. La barba le hace recordar al profesor Tornasol. Pero no os preocupéis, no es él.

Dificultosa ha sido la clasificación taxonómica de estos animálculos, pues sus características morfológicas engloban a algunos de ellos por su minusculez más en la categoría subatómica que en la zoológica. Con todo, inspirados en el gran Linneo, podemos asegurar que las especies y subespecies serían, en lenguaje vulgar: piojos, piojillos, piojines, piojillillos, piojinines y piojísimos, en tanto los nombres latinos de las especies serían pthirus, pthirus minimus, pthirusculus, pthirusellas, pthirusellullas. Un follón.

Para colmo, se supone que si las ladillas están afectadas de parásitos subsidiarios y descendentes (los uterococos, ladillas de las ladillas, los chiribiquis, ladillas de las ladillas de las ladillas, y así más), también pulgas, chinches y mariquitas, sobre todo estas últimas, padecerán idénticas disminuciones en la escala linajuda y tamañística de esos animálculos. Es por eso que restan importantísimos proyectos de investigación de los que ya se está encargando Herr Dr. Joseph Ludwig Gartius que además de buena vista, posee un sentido práctico en el palpamiento y tienta muy adecuado para el manejo del microscopio de barrido electrónico tan necesario en este proyecto de clasificación zoológica o vegetal y subatómica.

Puede extrañar el nombre con el que se conoce al último animalillo investigado en esta curiosísima estirpe: el utc (¡cuidado!, no etc. que sería, cuanto menos sospechoso), mas es evidente en cuanto se piensa que son las siglas de la Unión de Transportistas Ciclópeos, pues acomplejados por su tamaño tan mínimo se suscribieron a dicho sindicato en el que

Algunos Satrapillos acompañan al Rector Magnífico y Perezoso, Ángel Olgoso ¡qué pareado!, pues están a su lado. Son como niños. Lo que hay bajo la gorra izquierda es cierto Sátrapa llamado Ismael Ramos, músico de campanillas, y el encasquetado es el Sátrapa López Nevot, de quien nunca sabremos si fue disfrazado de jedai o de antidisturbios.

los grandullones no se morían de la risa a costa de ellos: es sabido que extremos y extremeños se tocan, y gigantes y enanos suelen llevarse bien ya que ambos son malmirados y marginados por la gente normal. Con todo, si bien esto queda por averiguar y Herr Dr. Gartius está en ello, podría ser que, según todos los indicios, estos utcs no carecen a su vez de parásitos púbicos, sino que son aquejados por algo semejante a unos gusanos anales que les causan un prurito incontenible y de muy mala educación. De ser así, quizá por la vía zoológica o vegetativa se habría llegado a contemplar esas presuntas cuerdas que forman la innovadora teoría subatómica y energética, pues la diferencia morfológica entre una soga y un gusanito no es sino cuestión dimensional si no entendemos gusanitos como esos inmundos comestibles que son el furor de niños y adolescentes entre pantallazo y pantallazo del móvil.

Reconforta comprobar cómo las estructuras atómicas se reproducen en las biológicas, siendo las moléculas formadas por infinidad de compuestos, a su vez estos conformados por otros elementos y estos, que no por elementales se van a quedar sin estructura, hechos por partículas o nimiedades. La naturaleza es sabia y los científicos más aún, que para eso están.

 

[i] Letra indignantemente hortera que pertenece al libreto de la ópera Il ritorno d’Ulisse in patria, de don Claudio Monteverdi, que también sabía componer zarzuelas.

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Ausias March, un poeta a quien todo el mundo nombra pero poco leído

Ausias March

Se hablan en España cuatro lenguas. Una de ellas es la oficial y la que sirve como lengua franca, es decir aquella que todo el mundo conoce y mediante la cual nos podemos comunicar unos con otros. El desgraciado desconocimiento generalizado que tienen los españoles pertenecientes a Comunidades Autónomas monolingües, como esta en la que resido, lleva a extremos muy desafortunados. Por no hablar de la profunda ignorancia que, en ocasiones, conduce al desprecio, aventurando opiniones, no ya erróneas, sino desdichadas sobre la inexistencia de la literatura en esas otras lenguas. Claro que, habida cuenta el desprecio asimismo que la gente del común siente por la literatura en español, no es de extrañar que este sentimiento estúpido se extienda a las otras literaturas. Por suerte, hay gentes que sí valoramos la buena literatura sea en la lengua que sea, y sobre todo, si son las del Estado. Quizá porque la lectura es la forma de discutir con las personas más inteligentes y cultas que en el mundo han habitado. Sin contar la cuota de belleza que aporta esa lectura.

Portada de Dictats, de Ausias March en edición de Cátedra

Quiero hoy hablar de Ausias March, poeta valenciano que escribió excelsos poemas en esa lengua, que era el catalán o llamosí (lemosín) hablado por los pobladores procedentes de la Cataluña oriental, parece ser. En la España del momento no fue, ni mucho menos, poeta menor. El Marqués de Santillana lo resalta como uno de los más grandes poetas de los reinos de España. El enaltecimiento de March como máximo poeta español solo fue eclipsado cien años más tarde por Garcilaso de la Vega. Esa comunidad poética marca un poco lo que debería continuar siendo nuestro país. Sin complejos de superioridad ni de inferioridad. Sin complejos. Pero hablemos de poesía.

Su poesía, de la que se han conservado 128 poemas, toca, resumiendo, cuatro temas: el amor, quizá el más importante, la muerte, la metafísica, desde luego desde el punto de vista religioso pero basado en la duda y en lo que luego llamaría Unamuno el agonismo, y por último los satíricos o ridiculizadores de personajes.

Marqués de Santillana

Pero dejadme que, sin entrar en más detalles, que dejo a los filólogos, y que están profusamente analizados en los libros en el mercado de y sobre la poesía ausiasmarchiana (en especial la reciente edición de Cátedra titulada Dictats, en edición de Robert Archer y con traducción, que es la que usaré, de Marion Coderch y José María Micó), dejadme que trascriba algunas estrofas de esos poemas y su traducción. Lo haré tanto en la lengua original como en su traducción, la de esa edición que he nombrado. Creo que la poesía en lengua extraña, pues en este caso no es extranjera, o desconocida, es mejor leerla en bilingüe, pues con algo de esfuerzo consigue uno captar la musicalidad de los poemas.

Amor medieval

Si bé amor les passions avança,

en ser primer lo desig li da força,

e puis delit lo sosté dins son regne;

fallint aquest, defall d’amor lo ceptre.

No sia entés present deshonest acte,

car fina amor d’altra amor se contenta;

si no l’ateny, viu d’esperança sola,

e la gran por segueix lo seu contrari.

 

Cell qui d’amor del tot no-s lleixa vençre,

sí que raó de son consell no llunya,

no mereix pas la corona de martre

d’aquells passius no havents altre compte

sinó pensar haver lur vida terme,

finit aquell qui en tal extrem los mena,

creent de ferm los fets del món ser ombra

d’aquell sol clar qui tot llur cor escalfa.

Amor medieval

Aunque el amor es la mayor de las pasiones, el deseo llega en primer lugar y lo fortalece, y luego el placer lo perpetúa en su reino; si flaquea el placer, flaquea el reinado del amor, se contenta solo con otro amor; cuando no puede alcanzarse, vive de la sola esperanza y en caso de desesperanza desemboca en el miedo.

Quien no se deja vencer completamente por el amor, de manera que no ignora lo que aconseje la razón, no merece la corona de mártir. Se la ganan solo los que, objetos de la pasión, una vez extinguida la esperanza que a tal extremo los ha conducido, no tienen otra meta que llevar a término sus vidas, creyendo de veras que las acciones del mundo son la sombra de aquel claro sol que da calor a sus corazones.

Catòlic só, mas la fe no m’escalfa

que la fredor lenta dels senys apague,

car jo eleix ço que mos sentiments senten,

e paradís crec per fe i raó jutge.

Aquella part  de l’esperit és prompta,

mas la dels senys rossengant la m’acoste.

Doncs tu, Senyor, ab foc de fe m’acorre

tant que la part que-m porta fred abrase.

 

La muerte, siempre presente en el Medievo

Tu creïst mi perquè l’ànima salve,

e pot-se-fer de mi saps lo contrari.

Si és així, per què, doncs, me creaves,

puix fon en tu lo saber infal-lible?

Torna a no-res, jo-t suplic, lo meu ésser,

car més me val que tostemps l’escur càrcer.

Jo crec a tu com volguist dit de Judes

que-l fóra bo no fos nat al món home.

Giotto. El capítulo de Arlés

Soy católico, pero la fe no me inflama lo bastante para sofocar la tenue frialdad de los sentidos, porque escojo lo que percibo por las sensaciones, y creo en el paraíso por fe, y lo ratifico por la razón. Tengo la parte del espíritu dispuesta, mas la de los sentidos la llevo a rastras. Así pues, Señor, guíame con el fuego de la fe hasta el punto de que me abrase la parte que me enfría.

Me creaste para que salvase mi alma, y sabes que conmigo puede ocurrir lo contrario. Si es así, ¿para qué me creaste, siendo en ti el saber infalible? Te suplico que aniquiles mi ser, pues lo prefiero a la eterna cárcel oscura. Yo creo en ti por lo que dijiste de Judas: que sería mejor que ese hombre no hubiese nacido.

Caballeros en el medievo

Excelente poesía en un hombre inmerso aún en el Medievo pero que, conocedor de la poesía latina y la venida de Italia con Dante y Petrarca, supo adaptar magistralmente aquellas formas a una lengua que se usaba en las Cortes y pueblos, y también en la literatura en poetas tan importantes como Jordi de Sant Jordi, Andreu Febrer, Pau de Bellviure, Guillem de Berguedá y el padre de nuestro poeta, Pere March, y ajustarla mejorando la de moda entonces, la poesía trovadoresca, contagiando esta de una intelectualidad y delicadeza que aquella tenía, sí, pero mucho menos.

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Artículos en el periódico Ideal

Ya he comentado alguna vez que a través de la Academia de Buenas Letras de Granada, el diario Ideal publica los escritos por sus miembros una vez por semana, los jueves. Suelen ser artículos referentes, precisamente, a esas buenas letras. No sé si los míos poseen esas buenas letras o no, pero ahí van tres que publiqué últimamente, aunque uno de ellos, el dedicado a Juan Goytisolo, no se corresponde con esa publicación semanal sino que fue de circunstancias, coincidiendo con el fallecimiento de ese gran escritor español.

Bilingüismo y nostalgia

Empecé a hablar catalán a los quince años. Mi madre era murciana, emigrada a Barcelona en el 45. Mi padre, nacido en aquella ciudad, era bilingüe pero de ascendencia aragonesa, de modo que en casa hablábamos español. Esta es mi lengua materna y en ella escribo, pero de vez en vez, cuando hablo por teléfono con algún viejo camarada de allá, me gusta hacerlo en catalán.

Los Encantats, en el Pirineo leridano

Me solté a hablarlo con los amigos con quienes salíamos a la montaña. Es sabido que el deporte “nacional” catalán es el excursionismo, y muchos de aquellos compañeros de entonces eran de familias de clase media-baja catalana. Amigos queridos con quienes disfrutamos del deporte y el paisaje, de las ideas y aun de la literatura. Con algunos soñábamos un país más libre, más justo, más participativo. Y lo hacíamos en catalán. En los trenes, en los autobuses, en los bares. No recuerdo entre nosotros ningún caso de represión o censura contra esta lengua, que no era la imperial, y me refiero a los años posteriores al 64. Quizá habían pasado los tiempos duros de los 40 y los 50. Tal vez tuvimos la suerte de no encontrarnos con ningún energúmeno, que los había. Por supuesto, con los revisores o los guardias civiles que a veces nos cruzábamos en el monte, y en las taquillas de las estaciones trocábamos al español, pero entre nosotros lo cantábamos y lo gritábamos. Alternábamos el catalán y el castellano con la facilidad esperable en el caso de un perfecto bilingüismo, y todo eso sin algazaras ni ofensas.

Es evidente que el catalán no se aprendía en las escuelas, pero se hablaba en la calle y estaba vivo. La lengua se mestizaba con el español, nos reíamos de las posibles traducciones castellanas de dichos o refranes vernáculos, aprendíamos por nuestra cuenta la gramática y la aprendíamos hablando.

Llegó la “normalización”. España es un país en el que se hablan cuatro idiomas, uno de ellos es el constitucionalmente oficial y de uso común. Creo, y lo digo con el corazón, que en las escuelas de las autonomías sin lengua propia además del español sería conveniente dar nociones de las otras lenguas para que aprendiéramos de una vez el respeto que merecen, e incluso me arriesgaré a decir que comprendiéramos de veras su existencia.

TV3, televisión autonómica catalana

Pero en Cataluña existe desde hace años un fenómeno, que es menos lingüístico que político, consistente en la normalización de la lengua. Desde las televisiones, sobre todo, se insta al uso de un catalán reglamentario. Hablo ahora con algunos de aquellos amigos que siguen viviendo allí y parece que utilicen otro lenguaje, un idioma académico, sin descarríos, es cierto, sin vicios ni mestizajes, pero que a mí me parece falso en el sentido que puede serlo el de una persona que aprendiese una lengua en un aula y la utilizase con la rigidez de quien aspira a una corrección que ni siquiera poseen los nativos.

Consecuencias de una política de vencedores que duró cuarenta años, pero ya han pasado cuarenta de aquello y nos deberíamos haber curado del sarpullido.

Tal vez yo lo viva desde lejos y en realidad el vigor de la lengua de uso, tanto en la calle como en las redes sociales, sea el que había, pero como no escucho esa vitalidad siento nostalgia de ella. Acaso la nostalgia sea inherente a mi edad y la lejanía de aquellos amigos, de aquellas discusiones y cervezas, incluso de la lucha sindical en la que me sentí acompañado por algunos de ellos. Pero sí defiendo el bilingüismo cuando se tiene la suerte de tenerlo y defiendo la viveza de las lenguas callejeras.

 

Formas de hablar

Cartel de la película Bienvenidos al Norte. Divertidísima

Hace unos días vi una película francesa titulada Bienvenidos al norte. Tuvo un gran éxito en el país vecino. Tiene mucho de comedia bobalicona, pero la carga de humanidad es considerable. Un jefe de Correos de una oficina de la Provenza es enviado, como sanción, a Nord-Pas de Calais. Pasar del sol al frío, la lluvia constante, la humedad, la lejanía de la familia no es plato de gusto. Llega a su destino cargado de prejuicios y se encuentra con compañeros divertidos, hospitalarios, serviciales. Eso sí, al principio tiene un serio problema con la forma de hablar norteña: no comprende nada de lo que se le dice, lo que da lugar a situaciones muy cómicas.

Inevitablemente me hizo recordar mi propia llegada a estas tierras desde mi Barcelona natal. Al principio, Guadix, luego Santa Fe. Tales fueron mis destinos como profesor de secundaria. Tampoco yo, recién aterrizado, comprendía nada. Los conflictos lingüísticos son chuscos a veces, amargos otras. El primer curso hube de encargarme de un grupo de alumnos con problemas de poca o nula base. No había listas y me la tuve que hacer yo mismo. Tuve a un alumno inscrito como Pinosa hasta la primera evaluación. En realidad se llamaba Espinosa, pero lo que yo oía de su boca era Pinosa.

De muchas conversaciones no comprendía apenas la mitad. No era culpa de nadie, ni siquiera de mí mismo, sino de mi escasa familiarización con el acento de acá. Ya sabía que me encontraría con eso, y también con una riqueza de lenguaje, una corrección sintáctica, una imaginación en el habla y en las comparaciones que me iban a enseñar mucho. A eso vine, entre otras cosas. Al acento peculiar debía adaptarme. ¿Quién ha dicho, por ejemplo, que la s debe ser fricativa alveolar sorda y no aspirada, o incluso muda? El castellano es una forma de pronunciar el español, pero hay otras, y todas tan dignas como la que más. Tenía que aprender, eso era todo.

Portada de La tesis de Nancy, de Ramón J. Sender

Ramón J. Sender en La tesis de Nancy cuenta cómo la tal Nancy creía que todos los sevillanos iban armados porque decían “mi arma”.

En una ocasión, hablando con un amigo muy querido, me preguntó por qué había yo emigrado a Andalucía. Le contesté: “para que me enseñéis a hablar”. Se molestó, claro. Y tuve que explicárselo. Admiro profundamente el habla de los andaluces. Con todos sus defectos o virtudes, depende cómo la tome uno.

Repito que mi devoción se decanta por esta riqueza y también por la imaginación y el ingenio. Otro amigo decía para referirse a alguien a quien conocimos y que era pelín amanerado: “tiene un ramalazo como el jopo’un mulo”. ¡Fantástico! No solo la chispa de comparar el tamaño de su amaneramiento con el rabo de una acémila, sino el uso de la palabra jopo, tan perdida, por desgracia, como tantas palabras que se están llevando el whatsapp y la modernidad. Y conste que con tal frase no hacía distinción o crítica de sus gustos sexuales, que cada uno haga lo que quiera, sino solo de su gestualidad.

Aquí se habla un lenguaje que a menudo raya con el barroquismo. Somos herederos de Quevedo y otros. Otra cosa es el complejo de inferioridad, impuesto desde fuera, por descontado, que se tiene con nuestra forma de hablar. El folclorismo tontorrón la calificó de “salerosa”. Demencial. El castellano se habla en Castilla. Porque, díganme ustedes, ¿qué hablan en Perú o Cuba?, ¿castellano? Nosotros igual: hablamos español, una lengua que es materna para seiscientos millones de personas, y que es tan rica que admite fonéticas varias, sintaxis a veces retorcidas y un léxico copiosísimo: diversidad al fin. Sacrifiquemos a los dioses para que no se pierda tal riqueza.

 

Obituario por un grande: Juan Goytisolo

Juan Goytisolo

No se puede decir que el fallecimiento de Juan Goytisolo Gay nos haya cogido por sorpresa, pues tenía ya una edad avanzada, pero el sentimiento de pérdida sí es el evidente aunque de estos grandísimos escritores nos queda su obra y siguen vivos entre nosotros, como siguen vivos Cervantes, Alas o Galdós.

Autor de una prolífica obra novelística, que rompió esquemas en la literatura española, apenas se le reconoció su labor por las autoridades gubernamentales, aunque al final parece que se percataron del error y le concedieron el Premio Cervantes en 2014. Sin embargo, no puede decirse que su producción se redujese a la novela. Ensayos, artículos periodísticos, crítica literaria, cuentos, incluso un guión televisivo para la serie Alquibla, fueron también sus actividades intelectuales.

Con todo, quizá la característica general de su inmensa obra es el carácter de rompedora. Los esquemas novelísticos españoles los dinamitó con Señas de identidad, y de hecho cuando se le nombra es casi exclusivamente por aquella novela que, aupada por la novelística norteamericana o europea, dejaba el viejo esquema de nudo, planteamiento y desenlace como algo perteneciente al pasado. Luego vinieron otras, y de no menos importancia: Reivindicación del conde don Julián y Juan sin Tierra. Estas tres narraciones segaron la hierba a los pies de las antiguas formas, dejando en delantera la libertad absoluta del narrador. Y todo fue para después dar el salto definitivo con un ramillete de obras que van desde Makbara, la gran Makbara, hasta El exiliado de aquí y de allá. Estas últimas novelas que publicó entre el año 80 y 2008, tienen rasgos comunes: por una parte y al principio, el mestizaje del español hablado y literario con el árabe o los dialectos magrebíes y, por otra, su admiración, profundos estudios, y utilización de la mística cristiana y sufí. Ese mestizaje y la continua agresión a la España oficialoide y cutre, que le hizo exiliarse más por rabia y desacuerdo que por motivos políticos, hicieron que fuese calificado por muchos como escritor maldito, malditismo que en algunos ámbitos le

Goytisolo con otro grande: el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante

hizo daño y forzó su ninguneo (palabra acuñada por él y que ahora todo el mundo utiliza; otra palabra que usó en sus escritos fue letraherido, traducción directa del catalán lletraferits, para referirse a aquellos que aman la literatura y están marcados por ella; solo esa “invención” de palabras que luego han pasado al uso común, habría merecido su ingreso en la Real Academia de la Lengua, pero las cosas no son como deberían ser sino solamente como son). El mismo malditismo fue su obstáculo con la progresía, gracias a sus críticas acervas al comunismo estalinista y al mal llamado centralismo democrático, diatribas que expuso tras sus galanteos con Cuba y la URSS.

También fue rompedor con la crítica, reivindicando y divulgando entre unos lectores que entonces estábamos en desacuerdo con la oficialidad heredera del nacionalcatolicismo, el origen judío, por ejemplo, de La Celestina y de la Lozana Andaluza, así como su erotismo negado desde púlpitos y ciertas cátedras, criticando con aspereza el lugar de furgón de cola (y ese fue el título de uno de sus primeros libros de ensayo que me marcó profundamente) cultural de nuestro país, o recordando al afrancesado y liberal Blanco White de quien se encargó de una edición de su obra. El papel de traidores a su patria española siempre le apasionó a partir de su exilio y de Señas de identidad, acaso porque creía que, cuando la patria elimina o amarga a sus mejores hijos, lo mínimo que se merece es la traición, y así se consideraba él mismo como un traidor. Traidor de boquilla, claro, pues no otra cosa que pez moribundo por la boca puede ser el escritor. Por ello tituló uno de sus libros de ensayos: Pájaro que ensucia su propio nido.

La serie televisiva Alquibla

La serie televisiva Alquibla fue un repaso, siguiendo su guión, a los países árabes y a sus costumbres. Además de francés e inglés, hablaba árabe, dariya, turco y alguno más. Al aprendizaje de tales lenguas de países musulmanes lo llevó su afición por todo lo que se refiriera a las zonas que él llamaba “sotádicas”, siguiendo la definición de esa palabra que daba el viajero Richard Burton, con la que se refería a zonas de permisividad homosexual (compárese con los ahorcamientos hoy en Iran u otros países) y de sus tendencias homosexuales descubiertas de forma tardía a raíz de la frecuentación de barrios parisinos como el Sentier, mayoritariamente habitados por magrebíes. En esas incursiones de ligue homosexual acompañaba a Roland Barthes (RB en la segunda parte de sus memorias, En los reinos de taifas). Otro factor que debió influir en su opción fue el trato con el novelista y autor dramático francés Jean Genet, otro que hizo de su traición una bandera. Pero él estaba casado con Monique Lange, lectora que fue de editorial Gallimard, y lugar donde la conoció. El respeto, comprensión y amistad con la que Monique aceptó su preferencia es de destacar y envidiar.

Portada de la última novela de Juan Goytisolo: Telón de boca

Anunció su abandono de la novela al publicar en 2003 Telón de boca (el mismo título es sugestivo), pero incumplió su amenaza y escribió una más ya nombrada.

Un hombre que fue toda una vanguardia. Impulsor de experimentalistas literarios como Julián Ríos, por ejemplo, y “mosca cojonera” dedicado siempre a recordarnos quiénes somos aunque queramos olvidarlo. Le escuché en una conferencia en la que disertaba sobre la inmigración que, al igual que los españoles de los años 60 éramos acusados de gritones, demasiado fecundos y apestosos en nuestra cocina, los magrebíes y turcos en Europa eran acusados de lo mismo; también en esa misma charla nos tildó de nuevos ricos, nuevos modernos y nuevos europeos. La lucidez no goza de predicamento.

Un gran hombre de la literatura se ha ido, un innovador, un ensayista nada académico, como también lo sigue siendo Rafael Sánchez Ferlosio, alguien que insufló oxígeno a la novela acartonada y decimonónica española, precisamente ese tipo de literatura que se compra en las grandes superficies y que las editoriales promocionan y que ahora renace por la obsesión carpetovetónica de no calentarse la cabeza. Un opositor a la “literatura de tumbona”. Descansa en paz, Juan, que tus novelas y ensayos están en el corazón de tus admiradores.

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