COMIENDO FLORES

Las hermanas de Suzette

113 ***

La poesía como las flores: rosas, margaritas o amapolas; begonias o pasionarias; lilas, lavandas o claveles, flores narciso , de cerezo, tatuadas; lirios o tulipanes; flores diminutas y silvestres: campanillas, violas o viboreras; flores selváticas; de sal o de canela, – las cultivadas- , orquídeas de lágrimas Waqanki o Trianeras, de jardín y en tu pupila una oscura magnolia, -maniatadas, aromáticas y de Bach-; la primera flor de la tierra: una flor azul con dos labios; flores dulces y siemprevivas: rojas, verdes o moradas; flores de luz, amarillas, llueven flores por todas partes: flores de otro mundo, más rosas: rosadas, mansas y delicadas, las flores de tu boca; flores del más allá, las negras flores de tus ojos, las flores del Paraíso son de Platero; flores para comérselas: escarchadas o de nieve, de mazapán, de beso, desfloradas; la flor blanca del silencio y la sonrisa del azahar, la…

Ver la entrada original 113 palabras más

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Blue boy

Blue boy, de Thomas Gainsborough

Ya otras veces he colaborado con algún cuento en la revista Absolem La Oruga Azul. Me pidieron algo que tuviera que ver con el colectivo LGTBI y recordé una narración escrita por mí en el año 79, creo. La arreglé, revisé, pulí, etc., como se debe hacer y quedó lo que adjunto y publicado en la antedicha revista. Si queréis leerla en su blog, el enlace es https://laorugazl.blogspot.com/2021/07/blue-boy-por-miguel-arnas-coronado.html pero también lo incluyo aquí por si os apetece más. Aquella versión, y también la de ahora, me la inspiró un cuadro del pintor inglés del XVIII Gainsborough, titulado igual que el cuento: Blue boy. Sigo creyendo que no era un mal cuento, aunque mejorable. Incluso la versión revisada sigue siendo mejorable, pero habría que esperar unos años y no sé si podré o tendré ganas, de modo que así se queda. Aviso: no es lectura veraniega (demasiado corta) ni lectura de tumbona (he intentado hacer un lenguaje barroco, creo que apropiado al personaje; en ese sentido, no puedo olvidar a Severo Sarduy). Espero que os guste.

Blue boy

Narrar lo pasado se ha convertido en mal endémico, en obsesión. Se olvidaron la litomancia, los arúspices, la astrología, los auspicios, la tradición verde y escarlata de la Sibila vaticinando desgracias o adivinando uniones de países o familias, presagiando victorias o derrotas. Solo la seguridad de lo ya acaecido.

Sin embargo, la ficción es evidencia de lo que ni ocurrió ni ocurrirá, y se disfraza de ella lo que no es sino intento de retrato fiel de un pasado. Y es que todo ejercicio de futuro tiene su historia.

Achinados me vienen los recuerdos de mirar lo ya añejo. Aquellos gustos míos por las redondeces, las turgencias, los senos areolados, los vellos púbicos, las pieles suaves como dunas marinas, por las caritas pintadas como si les fuera la vida por un golpe menos de sombra de ojos, las ropitas ribeteadas de encajes, sedosas, transparentes. Acaso de ese regusto por lo suave, la pasión por esa paranoia ocultista, al tiempo que exhibidora, de los cuerpos femeninos, vino mi posterior (en ambos sentidos) y más maduro afán por ostentar suavidad yo mismo, por lucir esas ropillas yo misma, por ocultar coquetamente, por metamorfosearme de macho cuitado en travestí recatado y artero, me fui en trueques de ajenas finuras por ajenas brusquedades, de curvas insinuantes en angulosas longitudes, me tomó el ansia por ardientes tratamientos.

Mas la dignidad llega con los años, y brotó de la mano de mi hijo ante quien me avergonzaba por mis locuras. Me convertí en homosexual, olvidado de mis mariconerías, de mi urgencia bujarrona, viniendo a ser solo rarito y travestido a veces con las cortinas corridas.

Caballero vestido al estilo del siglo XVIII

De mi periodo, digamos, erróneo, quedóme un disgusto por las mujeres, un afán por mantener la casa limpia, una ex y ese primor homicida que es mi hijo.

Este vivió al principio con su madre, con prohibición expresa de ver a “la mujercita” en que se había convertido su progenitor, pero más tarde pesó la rebeldía y la voluntad del joven, unidas a una indiferencia, cuando no odio, por aquella que le dispensó el cuerpo, de modo que buscó mi casa, me conoció clandestinamente y al fin, dando portazo, se asentó en ella tras acarrear sus libros, bártulos y ropas, exclamando tras aparecer cargado y sudoroso: “¿Verdad que no te importa?”.

Lo previsible sucedió: la que fue su matriz denunció y vinieron a prenderme acusado de secuestro. No le había dado tiempo siquiera a ordenar sus cosas. Luego sí las vi ordenadas: los tres tomos en cartoné verde y cantos dorados de Las Mil y Una Noches, un ejemplar de la Biblia, regalo de su abuelo materno, y varios libros de yoga y sexualidad, con un letrero pegado al borde de la balda que los albergó donde rezaba: “Orientalismos varios”, y los discos, aprestados por afinidades subjetivas y no por cronología alguna, situando por ejemplo a Bach y Beethoven junto a Pink Floyd, o a Emerson Lake and Palmer pegado a varios oratorios y óperas de Haendel, autor al que se preciaba de coleccionar.

Dormí en el calabozo. Por la mañana fue él quien me trajo muda de ropa y maquinilla de afeitar. Impidió el encargo de ese detalle a mi amante para no dar lugar a escándalo y empeorar mi situación. Admirando su juventud y devoción, lo dejaron entrar en mi celda y conversar conmigo. Por la tarde volvió con comida más apropiada que el comistrajo servido según ley. Argumentó ante los guardias que era mi hijo, que su madre nos odiaba y que ya había habido casos en la judicatura de fallos a favor de la patria potestad paterna, aportando incluso fechas y número de expediente, en los cuales se valoraba sobre todo la voluntad del menor en caso de que este ostentase madurez. Se olvidaron de él y por la mañana nos descubrieron abrazados en el estrecho camastro. El testimonio de estos escoltas fue definitivo en el juicio. El juez estableció custodia para mí y régimen de visitas para su madre, régimen que ella misma se decidió después a trasgredir.

Todo me pareció tan grotesco que, de no haber sido el veredicto favorable, habría compuesto una sátira ditirámbica en honor del señor juez, que era un joven nervudo y tocado por el don del junco, respecto a quien no supe ver el proceso de seducción ejercido sobre él por mi hijo.

En tanto se instruyó el caso y se entrevistaron interesados, testigos y expertos, la arpía lo internó en un colegio jesuítico. Dos veces escapó tras ridiculizar a varios profesores, que lo ignoraban todo del Aquinate y más del Estagirita, y dos veces fue recluido de nuevo. Días antes de resolverse el juicio, escapó de nuevo, esta vez con éxito, y después de haber pintado innumerables veces en los ocres pasillos del edificio modernista la frase “A LA TERCERA VA LA VENCIDA”.

Fotograma de la película Pisando fuerte, de Kevin Bray

Mucho me dolió que en todo ese tiempo no pudiera yo ver siquiera al ya aludido amante, pues de haberse hecho público mi afición, muy otra habría sido la sentencia. El endriago maternal me acusó de mal ejemplo por practicar el vicio nefando, por supuesto, pero nadie, de no ser personas de su familia, pudo testificar con pruebas tal extremo y mi hijo aseguró, con británica flema, que durante el corto tiempo que pudimos vernos con libertad me había oído conversar telefónicamente con alguna mujer, acaso colega o pariente.

La exclusividad no existe entre mi amigo y yo. Somos moderadamente fieles e ídem respecto a la infidelidad. Él me cuenta sus iniciaciones a universitarios de su facultad, y yo le hago detalle de mis incursiones secretas para ver a mis viejas compañeras travestis acompañadas de sus chulos, hombrones violentos y ajados que cuando los requiero me tratan como a mí me agrada en ocasiones. Ni sus jóvenes camaradas empecen el gusto que tiene por mí, ni ese afán mío por la dureza obsta para que aprecie sus tiernas caricias, su soberbia delicadeza, su querencia alabanciosa, pues le agrada comparar las turgencias juveniles de sus amantes esporádicos con mis ya un tanto desmejoradas carnes.

El niño, aunque ya medie su segunda década, juega con nosotros: me viste con clámide y coturnos y me invita a declamar a Edipo, o me disfraza de marchito pederasta parisino. Se deja pintarrajear como una bailarina balinesa o rizarse el pelo como un maorí, aceitándose el esbelto cuerpo. Nos canta madrigales del cinquecento compuestos para castrati, o viste traje de gitana y baila algo que quieren ser bulerías. A él lo embute en terno inglés negro, acompañado de hongo y sombrero, imitando un squire de la City, o lo convence de asumir la moda más elegante que, según el chico, ha adornado al hombre a lo largo de los siglos, la del XVIII: peluca blanca, levita rojo sangre, leontina de oro, calzón corto, medias de seda y zapato de tacón grueso. Afirma que el disfraz convierte a la persona en lo que no es aunque aspire a serlo y que, en ocasiones, cuando se da la hipertelia, palabra que descubrió en Severo Sarduy, exagera su modelo llegando más allá de él.

Noble romano

Prefiero el traje de chaqueta azul grisáceo, que aún puedo lucir con gusto y sin ofensa pues mis formas son las de una dama high society de treinta y cinco tórridos veranos, sin exageraciones ni falsificación, trucos o manías que quedaron atrás en el tiempo. Pero el juego es el juego, y satisfacer a mi joven vástago se ha convertido, no en obsesión pero sí en pertinacia. Además, veo que mi amigo goza con estos solaces y tal cosa soslaya cualquier reticencia.

Su agudeza y dominio de las matemáticas le permiten ganar al ajedrez, damas o parchís. Sus múltiples lecturas le hacen arrasar con nuestras apuestas jugando al scrabble u otros juegos de mesa con palabras. Con mucho de Adonis, algo de Ganímedes, y demasiado de Dionisos, mi hijo es un ser adorable que disfruta lo que hace, sea escuchar música, conversar, leer o distraerse.

Y aquí vocifera Casandra, llora el augur, parlotea el arúspice, dibuja, compás y regla, el astrólogo: él me lo arrebatará, será él quien ocupe mi trono, mi triclinio en el ágape de mi amante. Chamán sin otros poderes que los adivinatorios, he devenido mi propio enterrador.

Él será quien ocupe el sitial. Como los antiguos reyes de tribus remotas, vencidos y muertos por el extranjero que llega al poblado, el cual los reta, despoja y usurpa, yo seré desalojado de mi lugar y será él quien acaramele a mi amante. El digno heredero de todo. Como Electra, no me perdona el asesinato de su madre, a quien mató él mismo, aquella que yo fui y ya no soy. Su venganza, ladina y sagaz, no será señalar mis arrugas y semialopecias, sino abandonarme a la conciencia de ellas. Deberé volver a mi papel de buscón solitario y reconcomido, bujarrón que se sabe presa si es que algún depredador se interesa. Seré aliviadero de excesos, carne triste, venéreas.

Giacomo Leopardi

Esta tarde será, esta tarde cuando aparezca resplandeciente vestido igual al Blue boy de Gainsborough, la misma pose principesca, el puño izquierdo en la cadera, la mano derecha sujetando el negro sombrero con plumas de avestruz, la chaquetilla y el calzón de terciopelo azul, los escarpines con lazo a juego con el traje. Disertando sobre Leonardo, recitando a Leopardi y Ajmátova, tarareando antiguas melodías escocesas e irlandesas, hablándonos de los lakistas y comparándolos con Keats, que según él los supera, deslumbrándonos con sus conocimientos de la literatura erótica china y japonesa, alternando en el tocadiscos a Mike Oldfield y el Vivaldi operístico, extendiéndose sobre las arquitecturas descritas por Vasari.

Cuando constate mi irrevocable deslizamiento por el tobogán, me pondré mi túnica negra, maquillaré, no ya mi cara, sino mi cuerpo entero, me empenacharé con plumas de ave del paraíso, calzaré mis borceguíes de luto, y ante ellos emprenderé el vuelo hacia el Walhalla donde seré valkiria, hacia el Edén donde seré hurí, hacia el Érebo donde seré bacante preferida de Príapo. Beberé la socrática cicuta y me encerraré en mi muerte exclamando: “A todos los agonizantes les asciende el frío desde los pies… excepto a Juana de Arco”.

Publicado en Ficción | Deja un comentario

Artículos periodísticos

Edición de Austral del libro de reportajes periodísticos de Julio Camba, Londres

Incluyo de nuevo un par de artículos que aparecieron en la columna del periódico Ideal de Granada, espacio que este periódico cede a las colaboraciones de los miembros de la Academia de Buenas Letras de Granada. Son muy diversos el uno del otro. Uno reivindica a un periodista-escritor no olvidado, pero casi, en tanto el otro habla de algo que me afecta personalmente: el bilingüismo, situación en la que se encuentra un tanto por ciento elevado de la población de España. También reivindico este último. Tal vez recientemente vuelvo a estar reivindicativo. No, a estas alturas, solo puedo patalear, que por mi edad y mi deseo, es de las pocas cosas que me quedan. La indiferencia, os confesaré, también sería nefasta. Por cierto, estos artículos pueden leerse asimismo en la página web de la Academia de Buenas Letras de Granada, en Hemeroteca, y en Columna De Buenas Letras

Leer a Julio Camba

Existió un periodismo de reportaje que no era políticamente correcto, que no era turístico, que no era complaciente. Un periodismo en el cual el periodista trataba de divertir a sus lectores haciéndole reflexionar de forma indirecta, sin dogmas ni moralinas. Claro que en el tiempo del cual hablo había lectores, de forma que podía haber periodistas. Ahora continúa habiendo alguno, en estas páginas, por ejemplo, pero por desgracia son poco leídos.

A Julio Camba, que siendo casi un crío había sido expulsado de Argentina por coquetear con el anarquismo, le encargaron una serie de reportajes en los años diez, veinte y treinta del pasado siglo, sobre Londres, París, Berlín y Nueva York. Aprendió, pues no le quedó más remedio, las lenguas de esos países y desde sus artículos narró, de forma irónica y aun exagerada, la forma de vida de esos países, pues no se ciñó solo a las capitales. El lector disfrutaba de sus descripciones de caracteres, de idiosincrasias, y lo hacía de forma satírica y a veces con sarcasmo un tanto cruel. No halagaba la mentalidad española sin más, pero tampoco se derretía de admiración si no es por lo de veras admirable de tales naciones, que eran pocas cosas.

Caricatura de Julio Camba

Le salía del alma, en fin, su acracia, que no su anarquismo, que quedó en la cuneta al volver de Sudamérica. Acracia porque no intentaba convencer a nadie de la necesidad social de tal forma, o mejor dicho, ausencia de forma, política. Simple y personalmente, no creía en el poder y sancionaba, como digo, de forma cruel, algunas formas de vida que hoy se han hecho generales, como el maquinismo, la normalización, el eclipse de la inteligencia, la falta de tiempo para uno mismo, la obsesión dineraria, la obligación de divertirse como una forma más de ser máquina, de cumplir con una exigencia social, el menoscabo, en fin, de personalidad en una sociedad alienante donde el alienado se siente tan a gusto, según se dice en Granada, como un marrano en un charco. Le molesta el mecanicismo de la forma de vida alemana, sobre todo en Berlín, aunque no así en Munich, ciudad y ciudadanos que adora. Le incomoda esa apariencia de no tener tiempo para nada que manifiestan los americanos. Hoy, cien años después, es necesario leerlo porque nos habla de nuestro propio mundo que, en vez de mejorar, ha empeorado en aquello que él sancionaba. Aún se pueden encontrar sus libros, aún es tiempo.

Bilingüismo

Esto sí reivindica, yo apenas

Tengo el honor de ser bilingüe. Nací en Barcelona aunque hace ya cuarenta años que resido en Granada o su provincia. Mi madre era murciana; emigró a Barcelona en 1945. Mi padre nació en Barcelona, hijo de emigrantes aragoneses. En ambos casos, su lengua materna era el español. Mi padre empezó a hablar catalán en su adolescencia para relacionarse con sus amigos. Yo estuve en su mismo caso, pues me lancé a hablar catalán a los quince cuando me inicié en el montañismo con amigos catalanoparlantes. Soy capaz de expresarme en ambas lenguas, aunque mi literatura es en la que aprendí en mi casa.

Debo recordar que en España se hablan cuatro idiomas y unos cuantos dialectos. De entre esos cuatro, el español es la lengua franca, la común a todo el país. Esto de los cuatro idiomas y los dialectos es algo inherente a nuestro país y se acerca mucho a las leyes que nos rigen: a quien no le guste tiene dos opciones, tratar de cambiar el asunto pacíficamente o aceptarlo porque eso es lo que hay. Sin olvidar, claro está, que excepto en la generalidad del español como lengua común, ninguna de las cuatro es superior ni inferior a las otras y todas merecen ser conservadas; ni siquiera los dialectos son más o menos cultos que las lenguas oficiales.

Vuelvo a la primera frase de este artículo: tengo el honor de ser bilingüe. Es un lugar común decir que quien habla dos idiomas desde pequeño tiene más facilidad para aprender otros. Es cierto, lo garantizo. De modo que reducir la enseñanza a una sola lengua es un error, y mucho más si esta, por muy materna que sea, es minoritaria. Supongo que el lector habrá adivinado dónde quiero ir a parar.

De toda ha de haber en la viña del Señor: hasta uvas y remolques

Recuerdo un alumno que me dijo, quejándose de sus malas notas en inglés y su nulo interés por aprender ni siquiera ese mínimo que se imparte en la secundaria obligatoria, que a él no le serviría de nada el inglés porque nunca iría a Inglaterra. Es difícil ser más cateto. Y no es un insulto, sino una definición.

Reducirse a sí mismo, y aún más, ser reducido por las autoridades es una barbaridad digna de país decimonónico. El problema no es de predominio de una lengua sobre otra, sino de afrontar el problema del fracaso escolar, por eso se reduce todo. Cualquier día nos reducen jibáricamente la cabeza.

Publicado en Artículos periodísticos | Deja un comentario

Reflexiones sobre Pepita Jiménez, novela de Juan Valera

Una casualidad me ha llevado a leer un par de libros de Juan Valera. Bueno, el siglo XIX novelístico español, si dejamos a un lado La Regenta  y unas cuantas de Pérez Galdós, no es que esté olvidado, pero casi. Demasiado realismo, demasiado idealismo que se mata con lo anterior o se pelea de modo sangriento, y a veces demasiada moralina. Al menos, en novela. Sin embargo, como dijo el cantante, la vida te da sorpresas y, ya lo he dicho en otra ocasión, no hay cosa más tonta que el prejuicio. Las obras leídas por mí de Valera son Genio y figura y Pepita Jiménez. De la primera, decir que la imagen que se recibe de su protagonista, Rafaela, es la de una mujer absolutamente libre y que, si finalmente decide suicidarse, no es por arrepentimiento de su vida que podría ser juzgada en su tiempo como disoluta, sino para evitarle a su hija la vergüenza que ella no siente pero comprende que otros puedan sentir. Su decisión es altruista y no contiene ni remordimiento ni contrición. Genio y figura es tan moderna, en su moralidad, como pudiera ser cualquiera de las tan celebradas novelas de la literatura francesa.

De esta obra he dicho hasta aquí lo que quería decir. Más interesante me ha parecido Pepita Jiménez. Resumiré algo el tema, aunque lo mejor de ella no es ni siquiera la estructura, de la que también diré algo, sino los personajes secundarios, y especialmente una de ellas. Bien, ese tema es el de un mozo veinteañero que llega al pueblo a ver a su padre desde el seminario, donde ingresó con 10 años y del que trae voluntad inquebrantable de ser sacerdote, habiendo ya hecho sus primeros votos. El padre es el cacique del pueblo, si bien Valera lo pinta como bonachón y un tanto juerguista. Este hombre, ya de 55 otoños, pretende a una viuda, Pepita, joven de 20 añitos, hija natural y pobretona a quien otro ricacho del pueblo, octogenario prestamista aunque muy querido (este es el inconveniente de Valera: no hay “cuestión social” en sus novelas, al revés que en Galdós), hombre cariñoso y bromista a quien invitan a todos los saraos, le propuso matrimonio. Se supone que este ha sido semi-blanco, pues el anciano no está para trotes. Pepita, sin embargo, lo atiende con afecto incluso en su enfermedad. El buen hombre no le dura ni tres inviernos, por lo que queda una viudita muy joven que no da qué hablar, caritativa con esa fortuna que heredó, y que rechaza a cuantos pretendientes se le acercan. Con don Pedro de Vargas, el cacique padre del aspirante a cura, es afectuosa y solícita, pero manteniéndolo a distancia.

Aparece Luis, el aprendiz de cura y parece que hay un cierto magnetismo entre ambos, también gracias al párroco que les habla bien al uno de la otra y a la otra del uno. Es el joven quien pretende anteponer su voluntad de profesar contra ese amor que crece y crece (no se tomen sentidos viciados, que Valera, como todos los de su generación, es púdico; recuérdese el viajecito en coche de caballos de madame Bovary y su amante, trayecto que dura cinco horas con las cortinillas corridas, y aunque se hable de las calles recorridas, en ningún momento asoman piel ni miembros). Finalmente hay una seducción, sí, en la que ella, y en cierto modo también el padre cacique y Antoñona, la fiel criada de Pepita, participan para convencer a Luis de que cuando la tentación es fuerte, lo mejor es sucumbir a ella, como bien dijo Oscar Wilde.

Lo del padre es curioso porque el lector se ve venir una truculenta reacción por parte del oligarca. Pero uno se percata de que lo único que pretendía el hombre, aunque sí le excitase la perspectiva de la suculenta viudita, era tener descendencia, ya que el hijo (natural pero reconocido), puesto a ser cura, nunca se la habría dado, al menos oficialmente y con posibilidades de heredar. También se da a entender que no le faltan oportunidades al cincuentón de sembrar el aire de canas, y se sugiere que, justo con quien “se entiende”, es con la Antoñona.

Esta, a mi ver, es el personaje más interesante de la novela, aunque aparezca relativamente poco. No puede esta mujerona, casada con un borrachín de quien se separó para no aguantar sus melopeas, y no por miedo a que el tiparraco le sacudiera la badana, pues era más bien al revés: es ella quien finalmente, y reconciliados, amplía los periodos de sobriedad a base de reconvenirlo con buenos pescozones, no puede, digo, comprender cómo es posible que dos personas jóvenes, sanas y hermosas pierdan su vida amorosa por una vocación religiosa, vocación que implica, y ella tampoco lo comprende, el celibato. A lo mejor veo cosas donde no las hay. Sé que Valera, aun siendo liberal, fue muy religioso, pero quizá el haber visto mucho mundo gracias a sus empleos como diplomático aquí y alla, le ayudó a intuir si ciertas normas de la religión católica no serían erróneas o, al menos, le provocó dudar de ellas.

De hecho, el contubernio para que Luis de Vargas abandone su vocación y disfrute de una vida que, no por laica y de casado, pueda ser menos santa, viene como he dicho del mismo padre y pretendiente de Pepita, y también de Antoñona, sino incluso del Deán, hermano de don Pedro de Vargas y preceptor desde los 10 años de Luis. Por las cartas que este le envía, su tío colige su progresivo enamoramiento de la joven viuda y avisa de ello al padre para que, por el bien mismo de la Iglesia, desvíe esa vocación que no es tal, y lo insinúa varias veces Valera, sino imbuida por los libros de teología y de mística, como a don Quijote lo llevaron a su insania los de caballería. ¿Por qué por el bien de la Iglesia? Porque, y eso debieron verlo desde hace siglos, un cura enamoradizo, un cura a quien tiente demasiado el placer del amor y del sexo (y ¡¡¡¿quién no, por Dios?!!!, aunque habrá personas a quienes no tiente tal cosa, pero son pocos), es un peligro no solo para sí mismo, también para la Institución. Ya he contado aquí de aquel amigo cura, Germán, profesor de historia, quien aseguraba que el celibato de veras, veras, solo se había cumplido en el siglo XX. Y ya estamos viendo, no solo que si en este siglo recién extinto se ha cumplido, ¿cómo serían los anteriores?, también las consecuencias en abusos infantiles que, por otra parte, es cierto siempre los hubo. Recordemos aquella recomendación de un jesuita en un libro normativo sobre que los miembros de una orden tan militante no deberían quitarse jamás el hábito, ¡a no ser en el caso de acudir a casas de lenocinio para evitar el escándalo! Ya dijo san Pablo: “vale más casarse que quemarse”, pero de ir de putas no dijo nada.

Sigo creyendo que el celibato, la obsesión por la castidad, no es sino resabio de reacciones ascéticas a sociedades paganas donde la orgía era también forma de culto, liturgia para animar a la naturaleza a seguir su curso y ser feraz. Si verdaderamente es pagano, ¿por qué mantenerlo?

Repito que tal vez yo quiera ver donde no hay, pero Valera parece insinuarlo dando lugar a pocas dudas. Un joven pariente mío con aficiones religiosas, sobre todo inspiradas por la Semana Santa andaluza, tan estéticamente bella, tuvo impulsos de profesar. A los quince años, aunque eso era lo típico, y aun en edades más tempranas, no se sabe lo que se quiere, y menos en compromiso tan férreo como el sacerdocio, pero le dio por ahí. Lo cogí por banda y le dije que haría mal cura. ¿Por qué?, quiso saber. Pues no porque a ti te gusten las mujeres más que a nadie, sino porque eres tú el que gustas a las mujeres, y eso será un peligro como cura y una bendición como laico, le contesté.

Volviendo a la obra de Valera, Antoñona, mujer bragada, de lenguaje muy popular, incluso con palabras del caló, lengua gitana, y que el novelista sabe reflejar muy bien sorprendiendo al lector, le suelta al curilla, aunque aún no lo sea, cuatro frescas, diciéndole que ha sembrado el amor en Pepita, su señora, y ahora abandona la mies, cosa que no se hace, y es que también los curas o las monjas son personas e inspiran amor o se dejan inspirar por este. El celibato antiguo era practicado con rigidez por los eremitas, ya vivieran en soledad o en grupo, pero era en el desierto (lugar no habitado, y no solo arenal reseco y ardiente), sin tentaciones alrededor ni para ellos o ellas ni para los demás. La clausura tiene ese objeto y existe, sí, entre los hombres, pero mucho más entre las mujeres. La criada Antoñona así lo ve, como desperdicio porque lo conveniente para la sociedad es, bueno, vale, la vida santa, pero también la vida en pareja, los hijos, la vida humana. Y eso es lo que desea don Pedro de Vargas, descendencia, y al final de la novela la obtiene con el nacimiento de Periquito, hijo de Luis y Pepita.

Un aspecto criticable, en mi opinión, de la novela, es la extensa, y algo cargante por la insistencia religiosa, conversación de teórica despedida entre Luis y Pepita, en la cual él intenta azuzarla a conformarse con el olvido de su amor, admitiendo que mucho más importante es el amor y servicio de Dios que el amor profano entre hombres y mujeres. Y total, “pa ná”, porque ella se retira llorando a su habitación, él la sigue compadecido para consolarla y el consuelo acaba donde debe acabar.

La estructura de la novela (y sabéis que esa es una de mis obsesiones) es muy elaborada: tres partes, la primera son cartas de Luis a su tío el Deán contándole de su estancia en el pueblo y, mucho, de Pepita; la segunda, titulada Paralipómenos (lo que queda oculto) es especie de crónica de los amores descritos y de la lucha soterrada, por una parte de Luis contra ellos y por su aparente vocación, y por otra de quienes lo rodean para que acepte lo que de veras es su destino; la tercera, epílogo, consiste en un “fueron felices y comieron perdices”. Esto último muy tradicional, sí, muy decimonónico, aunque Galdós, por ejemplo, evita a veces esos finales felices hollywoodienses antes de que se inventara el cine. Mas esa estructura es, si no novedosa, sí al menos con ínfulas de modernidad: lo epistolar ya se había experimentado en abundancia, por ejemplo, en Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos. El narrador, por quien el autor se pregunta, y ese es otro signo de absoluta modernidad y casi posmodernidad, parece ser el Deán, pero no está claro, aunque lo cierto es que autor y narrador no se confunden en ningún momento como sí ocurre las más veces en el caso del narrador omnisciente.

Respecto a las estructuras novelísticas, hace poco me enteraba de que la palabra armonía en griego, hasta que autores como Pitágoras o Platón la utilizasen en el sentido musical, quería decir la estabilidad y perfección en el ensamblaje de elementos que conforman el objeto acabado: la tablazón de un barco, por ejemplo, las paredes de una casa o el maderamen de una máquina de asedio.

¡Hay que ver la de cosas que se le ocurren a uno a partir de una novelita que no es de las mejores de su época ni de su autor! Es que la cabeza da muchas vueltas cuando no se tiene otra cosa que hacer.

Publicado en Reseñas | Deja un comentario

Artículo sobre Delirio y destino, de María Zambrano

No sé si alguien me podrá achacar obsesión por María Zambrano. Cierto que soy tendente a esos enamoramientos literarios, pero podría demostrar con hechos anímicos que todos son y han sido justificados (aunque el tiempo derriba ídolos y esa demolición se demuestra en las relecturas, mas eso son pecadillos de juventud siempre excusables y penitenciables). Lo cierto es que desde mi adquisición y lectura de La razón en la sombra, antología de textos de la pensadora, que leí comprendiendo poco y admirando mucho, me interesó todo de la malagueña. Esta antología estaba preparada por un tal Jesús Moreno Sanz, pero ni me percaté de ello porque tal señor no me sonaba de nada. Un buen día compré Edith Stein en compañía: vidas filosóficas entrecruzadas de María Zambrano, Hannah Arendt y Simone Weil, libro firmado de nuevo por este Jesús Moreno, que me sedujo por lo interesantísimo de las maneras de pensar y vicisitudes vitales de esas cuatro mujeres y muy bien escrito y expllicado por Jesús.

María Zambrano charlando con Jesús Moreno Sanz hace muchos años (no digo cuántos para no ofender a nadie; no hay necesidad aunque sea de dominio público)

Hablando con Clara Janés le comenté el gusto que había tenido leyendo este libro y me respondió que conocía a su autor. Me dio su dirección electrónica, le escribí agradeciéndole haber fabricado semejante maravilla, permitiéndome así leerla, y ahí se inició “una hermosa amistad”, como le dijo Claude Rains a Humphrey Bogart. Ya he comentado aquí en el blog que me sale caro, pero caro también quiere decir querido, estimado, de forma que muy contento estoy de tal encarecimiento, que no carestía. Gracias a él he leído, por compra y aun por obsequio suyo, los 6 libros aparecidos de las Obras Completas zambranianas. Me dice que soy una de las pocas personas que ha emprendido y coronado tal hazaña. Pues es posible. Todos los demás, eso que se pierden. Es por tal causa que escribí este articulito para la revista Rincón Académico, que edita digitalmente la Academia Norteamericana de Literatura Moderna a la que tengo el honor de pertenecer. Más tarde colocaré aquí, si es posible, algo de mayor alcance en extensión y profundidad sobre esta pensadora, algo no centrado solamente en este libro suyo, Delirio y destino. El enlace es el que sigue: https://www.otromundoesposible.net/necesidad-de-zambrano/ . Adjunto el texto del artículo pero, con todo, os recomiendo que lo veáis en el formato de la revista que es de gran calidad y donde podréis encontrar textos de otros autores mejores que yo.

Necesidad de Zambrano

Portada de una de las ediciones de Delirio y destino

Delirio y destino es algo parecido a una autobiografía de la filósofa española. ¿Algo parecido? ¡No!, se dirá, o es, o no es. Bien, intentaré definir qué es Delirio y destino. En primer lugar está escrito en tercera persona, o sea que se acerca más a lo que hoy se llama autoficción. En segundo lugar, no es una relación estricta de hechos sino que, además de novelada, está pensada, es decir que Zambrano incluye en ella pensamiento, valoración de las situaciones, no ya personales, sino sociales y políticas. En tercer lugar, y en su segunda parte, la decantación hacia la filosofía es radical, apartándose completamente de lo que podría llamarse biografía, sea auto o ajena.

Hablaré principalmente de la primera parte, pues sobre la segunda requeriría páginas y páginas para analizar o resumir su pensamiento. En esa primera parte narra su infancia, de la que habla someramente, y sobre todo su juventud, sus estudios, la influencia de su maestro José Ortega y Gasset, su militancia, no política sino social, junto a otros jóvenes que aunados a los “maduros”, es decir algunos intelectuales ya consagrados por cátedra o labor escrita, como el citado Ortega, Besteiro, Jiménez de Asúa, Marañón, etc, recogieron las inquietudes de cambio social y político en España a partir del año 29 del pasado siglo. Y abarca con todo ello hasta la proclamación de la 2ª República, porque lo que es curioso es que de ella, de esos apenas 5 años de libertad en nuestro país, casi no habla, saltando en el tiempo hasta el exilio obligado y lo que ello significó.

Esta obra la escribió María Zambrano para participar en un concurso literario en Francia, premio que no obtuvo (se lo dieron a Czeslav Milosz) aunque el presidente del jurado la telefoneó para comentarle el agrado que le produjo su escrito y lo que le hubiera gustado que ella se llevase ese codiciado premio. Habría solucionado algunos de los problemas económicos que, excepto en México, donde dio clases en la Universidad de Morelia, siempre agobiaron a la pensadora desde que salió de España.

Cuenta cómo los intelectuales de entonces, de tendencias derechistas o izquierdistas, hablaban entre ellos y discutían. Ni se ignoraban unos a otros, ni se insultaban, respetándose aunque disintieran profundamente. Zambrano llegó a colaborar en la revista Azor, donde también colaboró Max Aub, ambos en nada sospechosos de fascismo alguno. Pero lo curioso es que la revista Azor era de corriente falangista y había sido fundada, entre otros, por Luys Santa Marina, jefe de Falange en Barcelona. Y colaboraron, por supuesto, sin negar ni disimular sus ideas. Cuantos hoy magnifican esa 2ª República y quisieran verla como sistema político nacional, deberían recordar que la primera característica que tuvo fue la de la libertad, como especie de isla soleada entre dos barbaridades. Y la libertad no siempre es fácil, pues pasa por el respeto a los demás, por la discusión y no el ninguneo precedido por el insulto. Deberíamos leer a quienes vivieron aquello, incluso a quienes tuvieron opciones políticas contrarias a nosotros, para conocerlo y poder opinar, no pregonar mitos ni quimeras que solo campean en los cerebros de esos perorantes.

Don Luis Jiménez de Asúa, uno de sus interlocutores en aquellos lances prerrepublicanos.

Lo excitante para cualquier lector de hoy que emprenda la labor de empaparse de esta obra es que contrasta con algunas de las ideas que hoy tenemos sobre la 2ª República y sus intelectuales. La tensión, no solo ideológica, que hoy hay en el país, y que cada uno de sus responsables achaca a los demás, no se daba si no era en pequeños grupos y sobre todo, entre las clases proletarias. Hoy son estas clases, en mi opinión, las que más exigen tranquilidad y acuerdo entre los dirigentes, y son estos los que se empecinan en pugnas (más basadas en aspiraciones a sillones o mantenimiento de ellos que en verdaderas oposiciones de ideas, ideas que contienen sobre todo puyas en contra y no verdaderas propuestas políticas), mientras entonces, y siempre según describe Zambrano, era al revés.

La filósofa niega continuamente que hubiera deseos revolucionarios. Si bien los anarquistas tenían una buena mayoría entre los trabajadores en algunas regiones como Cataluña o Andalucía, y la afiliación de miembros al Partido Comunista era muy mínima, sí es cierto que hubo algunos dirigentes socialistas (Largo Caballero, Araquistaín) que tenían mucho de marxistas, pero la gran masa del país, según ella, no tenía aspiraciones de cambios radicales, llegando a asegurar que de haber tenido el país una monarquía (un monarca) más flexible y conocedor de las verdaderas ansias populares, quizá se habría podido conservar el trono. Es decir, que según la tesis de Zambrano, había más aspiraciones de libertad en todos los aspectos, de separación Iglesia-Estado, de eliminación del caciquismo, por ejemplo, que de revolución alguna, e incluso de república.

Adenda: tras publicar este escrito, me comunica mi amigo Jesús Moreno Sanz, director de la edición de las Obras Completas de María Zambrano, que, mire usted por dónde, la portada de esa edición de Delirio y destino que coloco aquí como fotografía acompañante pertenece a una edición tan incorrecta como para haber “reducido” (por no decir censurado) 150 páginas, ahí es nada, del verdadero texto zambraniano. La edición buena se publicó en la Fundación Ramón Areces y basada en ella es la que consta en el volumen VI de esas Obras Completas, que son un modelo de rigurosidad y eficacia. Si puse tal portada fue meramente por casualidad: era una de las que me ofrecía Imágenes de Google. Un error y errare miguelitum est.

Publicado en Reseñas | Deja un comentario

Tres reseñas publicadas en el periódico

Portada del periódico que tiene a bien publicar mis reseñitas.

Como ya hay que hablar de “antes de la pandemia” y después se podrá decir “después de la pandemia”, pues eso, antes de la pandemia me encontré por la calle a Remedios Sánchez. Granada es ciudad pequeña y encontrarse amigos en el paseo o en las gestiones es normal, cosa que a barceloneses o madrileños les cuesta comprender. Pues sí, me encontré a Remedios Sánchez, profesora de la UGR y Secretaria de la Asociación Andaluza de Críticos y Escritores. Además de los saludos pertinentes y los tan granaínos “me alegro de verte”, que cuando son auténticos dan alegría y cuando son mera formalidad o hipocresía, dan pena, siendo en este caso, por suerte, lo primero, me propuso elaborar reseñas de libros para la Página de Libros, del periódico Ideal, diario (aún escrito, aunque quizá por desgracia dure poco) de las provincias de Granada, Jaén y Almería. Le adelanté que me dedicaría, si era posible, casi exclusivamente a la prosa, pues pocos conocimientos, si no son los del goce, tengo de poesía. De lo otro tampoco son aquellos para echar cohetes, solo dispongo de ese goce y del corazón, máquina corporal que, en colaboración con el cerebro, nos produce algunos beneficios. He elaborado hasta ahora 24 reseñas, 20 publicadas a día de hoy y 4 pendientes. Las reseñas tienen una extensión determinada, más bien exigua, de la que uno no puede sobrepasarse. Como siempre, esto obliga a resumir, comprimir, sintetizar. No es mal ejercicio para un escritor. Además, eso es lo que hay.

No pensé colocarlas en este blog tras haberlas publicado el periódico, considerando que no son sino reseñas sin demasiada importancia si no es la de animar a la compra y lectura de algunos libros actuales que me han gustado. He hecho algunas de publicaciones de amigos, no por sentirme obligado, sino por verdadero gusto. Al revés de lo que opina cierto colega, estas no son críticas sino reseñas, humildes reseñitas que se hacen, sobre todo, por darle gusto a Remedios, por dar algo de publicidad a libros que me agradaron. Críticas no son porque de serlo, no tratarían solo de libros recién aparecidos, recientes, ni serían exclusivamente de libros de los que hablo bien, sino también lo serían de aquellos que no me han gustado nada, señalando en ellos los defectos, cosa que me exigiría mi ética pero me prohíbe mi vergüenza.

Reseña ya publicada de Los europeos, de Orlando Figes, libro del que ya hablé en este blog.

Lo curioso, la vida da muchas vueltas, es que si Remedios Sánchez es amiga de Granada, conocida de los múltiples actos culturales que en nuestra ciudad, precovid, se dan, ella es Secretaria de la antedicha Asociación, Francisco Morales Lomas es su Presidente. ¿Qué por qué digo esto?, porque Paco llegó al Instituto de Guadix el mismo año que yo, en septiembre del 81, recién conseguidas las oposiciones ambos, recién acabada la carrera él y recién casado con Pilar, buenos amigos cuya relación se fraguó allí, los dos unos pipiolos con veinte y muy pocos años. Solo estuvieron un año en Guadix, luego él se trasladó a Barcelona para acercarse a uno de los centros de la producción y publicación literaria, aunque poco tiempo después volvió a Andalucía, concretamente a Málaga, y se convirtió, no solo en excelente escritor, novelista y poeta, sino en crítico de campanillas. Nuestras vidas se separaron, pero al empezar yo a publicar y meterme en este mundillo coincidimos y, también de veras, “nos alegramos de vernos”.

Pongo aquí hoy tres de estas reseñitas: a Luis Rodríguez no lo conozco de nada, simplemente su novela me dejó patidifuso. A Sergio Mayor lo sigo en facebook, hemos intercambiado algún privado y me agradeció la reseña. José Vicente Pascual sí es amigo, muy buen escritor y la persona gracias a la cual, además de al fallecido Gregorio Morales, entré en el ambiente literario granadino. Espero que os tienten a leerlos pues las tres obras son interesantísimas.

Cuando la aventura es la misma narración

8.38 Luis Rodríguez. Editorial Candaya. 2019.

Miguel Arnas Coronado

Enfrentarse a una novela que recuerda por su hechura al Tristram Shandy o a Jacques el fatalista no es moco de pavo. Porque, al igual que esas, promete que va a contar una historia, la de los emboscados o maquis Opo y Manuel, y la del brigada Aníbal Briz, y no la cuenta. Porque su verdadero tema es la novela en sí, el hecho de la escritura. El propio Luis Rodríguez es el personaje que va a escribir la novela, 10 años mayor que el autor y suicida. En torno a las dificultades de contar algo y de sus diferentes interpretaciones es de lo que va el asunto. Asunto que se complica, se va por las ramas, tantas como casas tiene el pueblo inventado de Soyube, en Cantabria, sus habitantes y algunos santanderinos. Suena esta novela a las conversaciones de chimenea donde se empieza a hablar de si llueve o no y se acaba contando la historia de la aparecida de tal y cual, pasando por las veleidades eróticas de la vecina de enfrente. Pero aderezado con reflexiones sobre el hecho de narrar. Esa novela, que no se llega a escribir a causa del suicidio, o quizá solo desaparición y emboscamiento, de Luis Rodríguez, cuenta algo que calienta la cabeza de los soyubianos e incluso de los capitalinos, dando lugar a que la narre una niña de doce años, Claudia, que habla como si tuviera cuarenta, o un empleado de banca que acaso atraca otros bancos o quizá es víctima de alguno de esos atracos. Pero apenas rozan el tema de la novela: son historias raras como esa extrañísima lotería en la que participa todo el pueblo. El azar como protagonista, pues es ese azar el que impide que la novela sea escrita y quede para lo posteridad, quedando a cambio las lucubraciones de unos vecinos que se reúnen en la taberna frente a unos vasos de vino y hablan y hablan. Y como contrapunto, también la lógica protagoniza estas divagaciones de personajes y autor. Los problemas lógicos, que recuerdan los de Lewis Carroll aunque más populares, próximos a los chascarrillos y a los absurdos que se plantean las tertulias de aldea en las tabernas. En tiempos de un realismo un tanto romo, esta es narración digna y necesaria.

Ciudad donde se muere, donde se vive

Sergio Mayor Ciudad mori. Karima Editora

Miguel Arnas Coronado

¿Granada es una ciudad o una mujer? Seductora, aromada, semioculta, epifanía para los ojos. Esa es la visión de Sergio Mayor. El título es juego de palabras con el memento mori, momento de la muerte, recordatorio. Y es ciudad que hace morir de amor. Es mujer que hace morir de amor. Un paseo por la ciudad como se pasea por un cuerpo, con delectación.

¿Y la prosa? No se busque argumento. Es soliloquio de vividor en fragmentos cortos, como la respiración del enamorado. Conocí a Sergio en facebook y me fascinaron esos textos que colocaba. Siempre creí que debió publicarlos y lo ha hecho con algunos, mejorándolos. Demuestra que se puede gozar tanto de los pecados como de las virtudes, de la cháchara de los borrachos como de los libros u obras de arte que ha cortejado, de las músicas que ha compartido, de las ginebras que ha saboreado. Pero, ¿es importante si Sergio Mayor disfruta o no con sus cosas? El asunto estriba en que me hace disfrutar a mí y, seguro, a todo posible lector. Si este ama a Granada y la ha galanteado como él hace, mejor. Pocos libros se han escrito tan poéticos como este, con palabras arrobadas de amor y rencor por esta ciudad. Y se han escrito pocos porque es difícil amar tanto.

Podrá achacársele dificultad, pero es falsa: hoy no la hay pudiendo consultar cosas en internet. Nombres de poetas, conceptos místicos, canciones que pueden oírse cuando de ellas habla Mayor. Historias inventadas, porque ninguna vida da para todos esos licores bebidos a lo largo del mundo, pero la imaginación es viva y visual: Sergio Mayor ha viajado con la cabeza, y con ella se viaja mucho mejor que con los pies, las ruedas o los cascos de los caballos. Aquí está Huysmans, Swedenborg, Lowry, aquí está la maldad y también la bondad.

Al batiburrillo, añádasele el sentido del humor, las alusiones extemporáneas que hacen saltar la conciencia de que no estamos ante descripciones al uso sino ante un exabrupto, salida de tono, el resoplido de un búfalo cansado.

“Escribo de Granada como el jesuita que practica sus ejercicios espirituales”. Sobre todo, la ciudad. Aquella mujer le contagió, dice, “una teología venérea”. ¿Cabe mayor imaginación, más grande riqueza?  Mayor, lo he leído de su prologuista, habla como el cónsul Firmin lo hizo en Bajo el volcán: desde la locura. ¿Es solo esto Ciudad mori? Es mucho más: amoríos, alcoholismo, amplísima cultura, misticismo, delectación.

De idéntica forma que el musulmán tiene la obligación de peregrinar una vez en su vida a La Meca, el granadino debería tener el deber de rezar este libro. Han leído bien: rezarlo.

Primeras pinturas, primeros balbuceos

El alma en la piedra

José Vicente Pascual. Ed. Pámies. 2020

Miguel Arnas Coronado

Una tribu que ya no es nómada. Cazadores-recolectores pero sedentarios. Es novela histórica, sí, mas ¿qué historia si hablamos de la prehistoria? Esa es la maravilla de esta obra: que siendo histórica es totalmente producto de la imaginación y ficción del autor, aunque para su escritura se haya basado en los múltiples estudios etno y antropológicos que existen sobre aquella época que abarca aproximadamente entre los 15000 y los 10000 años antes de nuestra era.

Dos son los seres alrededor de quienes sucede esta historia, aunque a su vez alrededor de ellos existan otros tantos personajes que enriquecen el cuento. Esos dos seres son una osa y un humano que pinta en las paredes de la cueva los animales cazados y comidos. La osa se convierte de depredadora en presa y es abatida. El hombre, depredador, deviene presa tanto para otra osa que aspira vengar la muerte de la anterior, como para otros humanos habitantes del llano y caníbales. Esta es la aventura que José Vicente Pascual sabe describir, ambientar e intrigar con ella al lector.

Pero hay una reflexión sobre temas aparentemente secundarios aunque vitales. La pintura prohibida de seres humanos y de depredadores, es decir, el tabú mismo que nadie sabe de dónde procede ni qué utilidad tiene pero se sigue respetando y de cuya transgresión vienen todas las desgracias y maldiciones. El respeto del clan por quien conoce esos tabús, el chamán, el anciano, que ejerce su poder de forma acertada a veces y equivocada las más. El miedo, constante en los miembros del clan Tiznado, de ser devorados, sea por animales, sea por otros hombres. El deseo de reproducción, tanto en hombres como en mujeres. El papel de ellas como dueñas de esa reproducción deseable y de los secretos de la curación, el alimento y del lenguaje. El odio ancestral de ese clan del llano, odio y deseo de muerte que no procede solo de la antropofagia, ni tampoco de la competencia, sino de algo desconocido, antiguo, mistérico. A fin de cuentas, ¿qué pasó en la guerra serbo-bosnia?: odios con quinientos años de antigüedad, recuerdos de algo que nadie puede recordar por haber sucedido entonces. 15000 años después sigue pasando lo mismo. Todos esos ingredientes conforman una novela magistral que atrapa, de la que se goza y que intriga. El autor, de larga trayectoria literaria, se ha lucido una vez más y nos ha seducido con su cuento de humanos primitivos.

Publicado en Reseñas | Deja un comentario

Porrón de Elea

Hace exactamente 8 años ya publiqué en este cuaderno de bitácora la crónica de agrias disputas entre José Luis Gart y yo sobre los intríngulis de los Pneuma y Poemai de Porrón de Elea y quién debía llevarse las glorias de su descubrimiento. No quiero alardear de nuevas investigaciones ni de novísimas respuestas, pero expondré lo cierto, lo histórico, lo definitivo. La revista Absolem. La oruga azul, ha tenido a bien publicar estas inquisiciones nuevas sobre el ínclito presocrático y yo desde aquí se lo agradezco. El lector juzgará.

LOS MISTERIOSOS ROLLOS DE PORRÓN DE ELEA

Miguel Arnas Coronado

Cuando el turco Quismet Ustuclul conoció a Roberto López no estaba en su mejor momento profesional. Un espía mediocre sólo se mantiene si husmea asuntos mediocres. En nómina del Mossad, Quismet vigilaba las actividades de los grupos islámicos proliferantes en Granada y provincia. Estos grupos estaban compuestos por inofensivos místicos y vigilarlos no tenía más razón para el Mossad que mantener el control de todo. Quismet llevaba en Granada una vida inocua, tratando, entre el calor andaluz, de no quitar ojo a mujeres cejudas cubiertas con gabardina y shador, o a barbudos en mangas de camisa y cráneo rasurado. Combinaba sus actividades secretas con negocios muy propios de su nacionalidad y de su ascendencia hebrea por vía de abuela materna, ascendencia de la cual había logrado un remoto apellido Peretz y un español pronunciado a la antigua lleno de camaretas, agoras, ondses y dodsenas. Conoció a Roberto López Pedrosa al paso de éste por la ciudad, de regreso de una misión en Almería, misión que le había dado más de un disgusto y por culpa de la cual se vio envuelto en ciudad ajena en toda la patulea del intento de golpe de Estado del 81. Porque también Roberto López trabajaba para unos servicios secretos, en este caso para el SSME, Servicio Secreto Militar Español, a las órdenes del general Reguero. Descansó en Granada y tuvo tiempo de coincidir con Quismet, intercambiar impresiones y recibir la oferta de compra de unos rollos antiguos, escritos en griego, lengua que Quismet conocía sin dominar, obra al parecer alusiva a cierto Porrón de Elea, acompañada de citas textuales de su obra perdida, sin duda filósofo presocrático con influencias de Epicuro y Heráclito; la primera sospecha de falsía por el presunto comprador se dio al recordar que Epicuro fue posterior a los presocráticos.

Quismet nada le dijo de cómo habían llegado a sus manos, y si lo hizo, mintió. López, aficionado a mercadillo y engañabobos como Quismet, supo ponerse a su altura con disimulo y logró una rebaja en el precio tan sustancial que cerraron el acuerdo. Regresó a Barcelona cargado con los manuscritos, procedió a traducirlos y se aprendió párrafos completos de memoria, párrafos que recitaba a sus embelesadas amigas que, admiradas de la erudición y muertas de risa por los estrafalarios aforismos del presocrático, se rendían a los morenos brazos del seductor López. Hizo, al cabo del tiempo, entrega de ellos a la Universidad barcelonesa, manera sibilina de adquirir fama y continuar en el candelero femenino, actividad valorada por él más que ninguna.

Sabido es que, ante la aparición de creaciones antiguas y desconocidas, sobre todo si su descubrimiento viene rodeado por una nebulosa de misterio, surgen las más variopintas teorías que contradicen versiones más o menos oficiales. Un grupo de despechadas (por abandonadas) amigas de Roberto López, comparecieron de inmediato tras el portentoso interés universitario por los manuscritos, asegurando que él ya les había contado las aventuras y teorías de Porrón de Elea, allá por la temprana fecha del año 68, cuando, estudiante preuniversitario y subyugado por Parménides, Zenón y otros, se había inventado un rijoso filósofo que aseguraba cosas tales como “lo único que merece la pena hacerse es la coyunda”, y que tras sesudas demostraciones sobre el sentido del verbo hacer y su comunidad etimológica con poetizar, conseguía vencer las más acérrimas virtudes. Se vendría así abajo toda la historia de Quismet Ustuclul y serían, por supuesto, falsos los manuscritos de Porrón y de su exégeta autor de los manuscritos, de quien se especulaba podía ser Plotino o quizá el docto esclavo Epícteto.

Pero sigamos el rastro de Roberto López, el último detentador particular y conocido de los manuscritos, y con más precisión, sigamos el rastro de estos últimos. Hay quien dice, lisa y llanamente, que no existen. Es demostrable que los tan traídos manuscritos desaparecieron nada más llegar a la Universidad barcelonesa, anunciando su rector, el señor D. Mariá Sistachs i Viadiu, que para desgracia de la filología, la humedad catalana los había deteriorado hasta un extremo, convirtiéndolos en ilegibles; habían sido enviados para su casi imposible recuperación a la universidad de Brightonhyde, USA. También es demostrable que el señor D. Mariá Sistachs i Viadiu había a su vez desaparecido misteriosamente de la ciudad condal dejando atrás una malcarada esposa y cuatro hijos ataviados a lo punky. Corrió el rumor dudoso sobre si había sido visto en las Bahamas acompañado de algunas mulatas aparentes.

Athene (Minerva), Apollo, Sacrifice to Mars; Other Mythological Figures Engraving Antique Illustration, Published 1851., Source: Original edition from my own archives. Copyright has expired on this artwork. Digitally restored.

Resumiendo, de dos versiones disponemos sobre la posible naturaleza de estos escritos de y sobre el presocrático Porrón de Elea: tal vez Roberto López logró de veras obtener los manuscritos comprándoselos al turco Ustuclul, quizá Roberto López se inventó de cabo a rabo al personaje, inventándose, de paso, la existencia de los manuscritos.

¿Habrá una tercera? En febrero del 96, un desconocido Miguel Arnas publicó en la revista Ficciones de Granada una selecta enjundiosa sobre la filosofía de Porrón de Elea, más amplia que la aquí consignada, atribuyéndole la fábula a un tal Carlos Moreno, quizá un personaje de sus novelas pues se dice en los mentideros que el tal Arnas es novelista.

Tal vez no remate aquí la historia. ¿Existió verdaderamente Porrón de Elea? Es más, ¿existen Roberto López, Quismet Ustuclul o Miguel Arnas? Volvemos al problema de siempre, ¿quién narra? Tal es la respuesta al enigma Porrón: otra pregunta.

Pneuma y poiemai de Porrón de Elea

Porrón de Elea, a quien los chinos, con su tópica confusión de líquidas, cambiaban el nombre por otro figurable y de connotaciones diferentes, aseguraba que el cosmos tenía forma cónica.

Los primeros conocimientos geométricos sobre el cono datan de Menecmo y Apolonio de Perga, pero Porrón, como en tantas cosas, fue un adelantado, suponiendo que naciera antes que el primero.

Según él, la base de ese cono cósmico era infinita. En dicha base, y también en su generatriz, moraba la divinidad, causa generativa, como su propio nombre indica, del cosmos. En el vértice se situaba la méntula de la divinidad.

El cono porrístico o porrero, pues en dicha derivación no se ponen de acuerdo los exégetas, es, a pesar de su extensión, finito: lo infinito es su base y su vértice: lo extenso y lo intenso. Es éste uno de los enigmas de la cosmología porrera (adoptaremos aquí este derivado por parecernos más exento de alusiones indeseables a nuestro tratado). Pero dicho enigma tiene, como casi todo, su explicación.

El cosmos tiene medida, es mensurable y, por tanto, finito. Por contra, la divinidad carece de ella: su base es desmesurada, así como su vértice, aunque éste lo es, digamos, de signo negativo pues la imposibilidad de medición es debida a su pequeñez extremada o atómica, indivisible. Mas la manifestación de la divinidad es su filósofo (su en el sentido de propiedad exclusiva en ambos sentidos, es decir que la divinidad no tenía otro filósofo-cosmógono sino él), y el esquema cónico universal se reproducía en el microscosmos de Porrón de Elea. De tal guisa, el diminuto príapo porrero era la epifanía de la divinidad en el mundo conocido.

En el vértice, hemos dicho, se situaba según el eléata la méntula de la Divinidad, que al girar el cosmos cónico, se retorcía y retorcía hasta que el dolor se hacía insufrible. Cuando tal malestar se producía, la Divinidad invertía el sentido de giro cósmico. De tales inversiones se deriva, con una explicación que riza el rizo del absurdo vital, la fortuna, la suerte, la moira o la baraka, y según se tome, el eterno retorno. Esta creencia es la causa de uno de sus fragmentos: “lo que ha sido, a menudo no vuelve más, y sin embargo, a veces, lo que será ya ha sido”.

Porrón, si bien consciente de la categoría chuchurrinosa de su miembro, se sentía orgulloso de él por dos razones: a/ por ser la manifestación del sistema cónico de la divinidad y b/ carecía de recambio.

La desmesura priápica porrera y divina, tenía su correspondencia social. Una correspondencia en el jardín, que así era llamada la diminuta comunidad formada por Porrón, sus discípulas o amantes (como prefería nombrarlas), y sus discípulos o amigos. Puede colegirse la preferencia sexual del eléata, preferencia por la que fue muy criticado.

Volvamos a la desmesura. Ésta no se exteriorizaba en el priapismo de Porrón, sino en la inmoderación de su eros. No vayamos a creer que Porrón era físicamente un anormal, ni por uno ni por el otro aspecto. Porrón era priápicamente diminuto como la mayoría de machos humanos. Sólo una minoría goza de un tamaño auténticamente desmesurado; pero esta minoría no goza de ser la manifestación microcósmica de la Divinidad.

Así, lo único que en el cosmos tiene derecho a ser desmesurado es la infinitud del vértice divino, y la constancia erótica de Porrón y sus amantes. Porque si el paralelismo entre el vértice divino, decreciente hasta la plétora, y el extremo priápico del filósofo, más bien cilíndrico y en ocasiones esférico o informe, podía entrar en contradicción (contradicción que preocupó innúmeras veces a Porrón durante su vida), no había, sin embargo, paradoja alguna entre dicho vértice divino y la más íntima feminidad, a su vez cónica aunque a la inversa de la conicidad teológica.

Porrón reconoció la urgente importancia de lo femenino. Esa importancia la da la infinita generatriz cónica, símbolo de: a/ la desmesurada capacidad humana, animal y vegetal de generación y b/ la desmesurada capacidad porrera de generación, contacto necesario éste entre la desmesura divina y la humana.

No debemos inferir de esto último que Porrón daba una importancia vital a la maternidad, es decir, a la reproducción. Cuando Porrón habla de generación, se refiere a la monstruosa capacidad vital de placer, titilación microcósmica que repercute en el macrocosmos y en la creación, en el caso humano, de pensamiento. Porrón, es más, entendía la reproducción como un mal, a veces necesario, a veces evitable. “¡Que se perpetúe quienquiera!”, exclama en otro de los múltiples fragmentos sueltos que nos quedan, para goce y disfrute de las generaciones venideras.

Pero acaso el mayor logro filosófico de Porrón estriba en un celebérrimo aforismo que reproduciremos al final. Ya se ha hablado de las investigaciones porreras sobre las curvas cónicas. Entre ellas, la elipse era su favorita. La aplicó innumerables veces en los parterres de su jardín (de inspiración epicúrea) dándoles forma elíptica mediante el célebre trazado del jardinero: dos estacas hundidas en el suelo, una cuerda de longitud mayor que la distancia entre ellas y sujeta a dichos maderos por sus extremos, y una tercera estaca marcadora del mantillo conservando tenso el triángulo formado por la cuerda entre las dos estacas fijas y la móvil que se movía alrededor de ellas. Pues bien, reflexionando sobre esa característica de la elipse que tiene dos centros, al revés del círculo que tiene uno solo, llegó a dos conclusiones diferentes: en primer lugar, que la forma perfecta y bella no es el círculo sino la elipse, y que a imitación de ella, los humanos debemos “no tener jamás una sola idea ni un solo amante”.

En un próximo volumen hablaremos de la amistad entrañable, ya en edad provecta, de Porrón de Elea con otro filósofo de fama: Heráclito Ris.

Publicado en Ficción, Patafísica | Deja un comentario

Artículos periodísticos

Coloco de nuevo dos artículos de los sacados en el periódico Ideal en su sección De Buenas Letras. Espero que os sugieran algo bueno.

De utilidades y conveniencias

Portada del libro de Ramón Tamames

En estos meses de confinamiento, y lo que nos queda por pasar, ha sido muy útil tener un entretenimiento concreto, una forma de pasar el tiempo que no sea aplatanarse frente al televisor ni salir a correr por calles o caminos, actividad vetada. Leer sirve tanto como hacer maquetas. Solo que lo primero acostumbra tener mala fama en este país de todos los diablos donde he sido insultado alguna vez con la palabra intelectual.

Por la entidad a la que pertenezco, se me supone afición a leer y escribir. En estos meses me ha dado por leer historia, además de mis habituales temas: novela o cuento, ensayo, preferentemente literario y filosófico. Mas, durante unos meses, historia: la biografía de Hernán Cortés, de Tamames, la de Shakespeare, de Greenblatt, la del emperador Carlos y la de su hijo Felipe, ambas de Parker. Leer historia tiene como ventaja-inconveniente que te enteras de las cosas. ¿Por qué inconveniente?, porque dinamita el prejuicio. Los prejuicios son como los zapatos viejos, muy cómodos aunque atenten contra la industria y el buen gusto. Calzarse unos nuevos puede producir ampollas, pero es absolutamente necesario porque el apoltronamiento prejuicioso es nefasto para la inteligencia. Muchos creen que la conquista americana por los españoles fue nefasta. Seguramente con razón, pero no tanta. Tamames no es sospechoso de conservadurismo, ni económico ni político. Los reinados del emperador Carlos y su hijo Felipe tuvieron sombras y luces. Muchos ven solo las sombras. Parker pone luz, no para eliminar las negruras sino para darla a todo, lo bueno y lo malo. La biografía de Shakespeare no es una mera enumeración de acontecimientos y éxitos teatrales o fracasos amorosos, sino un retrato profundo de una sociedad. A veces temo que la formación histórica de nuestra juventud, tan dada a juzgar con patrones actuales los hechos antiguos (y es antiguo todo lo de 20 años atrás) alcance el nivel de preguntarse por qué Carlos V no les ponía un whatsapp a sus conquistadores en América para enterarse de cómo iba el asunto, o cómo es que estos no hacían una transferencia bancaria a los Felipes Habsburgo con el oro capturado en lugar de enviarlo por barco, con la de piratas que había. Lo peor no es eso: los jóvenes suelen ser ingenuos respecto a lo que ignoran. Lo peor es la gente madura que se aferra a lo que cree saber sin ponerlo jamás en duda leyendo o enterándose de la verdad.

Una consigna

José María Gil Robles

En 1934, durante la II República, un grupo de partidos conservadores ganaron las elecciones. Entre esos partidos se contó la CEDA, Confederación Española de Derechas Autónomas, con un presidente, José María Gil-Robles, que reunía las características de algunos líderes fascistas de Europa, al menos en sus intenciones primeras, a pesar de lo cual, en el 36 se fue de España y no pudo volver hasta 1953, con una actitud clara de oposición al régimen del general Franco y a favor de la monarquía.

En los tiempos de la fundación y triunfo de la CEDA, así como otros partidos no democráticos europeos también los tenían, se impuso un eslogan que caracterizaba a su jefatura e ideología: Todo para el Jefe. Como buena frase política, se repetía hasta la saciedad. La CEDA no era Falange, aunque algunos de sus postulados se aproximaban peligrosamente.

Mi padre, barcelonés, me contaba que entró en una ocasión en los servicios de una cervecería famosa de la ciudad y vio una pintada que decía así: ¡No tirar de la cadena!, ¡todo para el Jefe! Admirable la capacidad del pueblo español de traducir a broma las barbaridades que siempre han hecho y dicho sus dirigentes (podría decirse de nosotros aquello de “qué gran vasallo si hubiere mejor señor”). La chirigota siempre ha hecho daño a esos mismos dirigentes cuando se toman demasiado en serio a sí mismos. Y esto se da no solo en casos de clarísima dictadura, sino también en ciertos dirigentes democráticos que se creen imprescindibles e insustituibles.

CArtel electoral en la Puerta del Sol madrileña. Justo encima de donde hoy aún está Doña Manolita. No sé yo.

Muchos opositores a esos dirigentes que se toman a pechos a sí mismos consideran que la cuchufleta va en contra de la seriedad que exige la Historia, la Política, el Pueblo y el País, magnificación de lo que ellos consideran trascendente. Están en un error, y aunque no lo estén, los españoles nos seguiremos tomando a chufla lo que hagan. Si nos reímos del dictador a pesar del peligro, seguiremos riéndonos de los políticos democráticos porque es la manera de darle salida de espita a la impotencia que el pueblo tiene ante quien está arriba. La pregunta, para mí importante, que no trascendente, es: ¿seguirán pensando algunos seguidores de ciertos mandamases de hoy, que todo se debe al Jefe, que todo debe darse en función de los deseos, oníricos a veces, del Jefe? Cada partidario verá la paja en el ajeno y no la viga en el propio. Tendremos que seguir riéndonos. Además, la chanza, la mojiganga son dignas de estudio lingüístico, que los hay.

Publicado en Artículos periodísticos | Deja un comentario

Encuesta-entrevista para Absolem-La oruga azul

La narradora y poeta, mi buena amiga Carmen Hérnández Montalbán, que fue alumna de Rosa, mi mujer, en Guadix, me pidió contestar a una especie de encuesta-entrevista para la revista electrónica Absolem-La oruga azul en su número de 29 de noviembre de 2020. En este aciago año pasado, que continúa, de momento, en el presente porque las fechas señaladas no cambian nada sino que el tiempo es un continuo de aconteceres o hastíos, contestar a la dicha entrevista, no solo fue un placer sino también un honor y un entretenimiento sano. La coloco a continuación por si a alguno de los amigos a quienes alcanza este blog le apetece leer sobre mis manías, inquietudes y pamplinas varias. Gracias por vuestra lectura.

HABLANDO DE LETRAS

-Breve reseña biobibliográfica.

Mi nombre es Miguel Arnas Coronado y vivo en Cájar, Granada. Nací en Barcelona en 1949. Sin alcanzar la categoría de anciano, me acerco. Mi afición a la literatura, porque afición es, me viene de antiguo. Me fui a vivir a Guadix en el 80. Allí encontré tiempo para escribir, meditar y encontrar a mi amor. En el 89 nos vinimos a vivir a la capital. En el 2003 publiqué mi primera novela, que era la tercera escrita por mí, Bajo la encina, en la colección Granada Literaria del Excmo. Ayto. de esta ciudad. En el 2007 se me concedió el premio Ciudad de Guadalajara de novela por Buscar o no buscar, que fue publicado por Ediciones Irreverentes. En 2010 fui premiado con el Francisco Umbral de Majadahonda por la novela La insigne chimenea, que se publicó en editorial Everest. La editorial granadina Nazarí me ha publicado dos novelas: Ashaverus el libidinoso y Nos. La editorial granadina Artificios publicó mi libro de poemas en prosa Piano en pájaro, en tanto fue la editorial madrileña Adamaramada la responsable de publicar otro poemario semejante, El árbol. La editorial Port Royal me publicó la continuación de Ashaverus, que titulé Ashaverus el creador. Además, guardo en mi disco duro 13 novelas inéditas. He participado en unos cuantos libros de cuentos de autoría común, así como he colaborado con críticas y reseñas en algunas revistas. En 2016 ingresé como miembro de número en la Academia de Buenas Letras de Granada, y fue en el seno de ella que publiqué la novela Concierto triste para trío y coro. Siempre termino este tipo de biobibliografías con la frase siguiente: confieso que he escrito y leído como el lujurioso confiesa que fornicó.

-¿Qué significa para usted la lectura y la escritura?

Se escribe porque se lee. También acostumbro asegurar que, por haber sido profesor de dibujo técnico, y por tanto, de geometría, sé que un plano se define, entre otros conceptos, por tres puntos. Pues bien, el plano de mi vida se define por los siguientes: la literatura, la música y el amor. Sin ellos mi vida carecería de sentido. Leer es discutir con las personas más inteligentes de la historia. He dicho discutir porque al leer uno puede o no estar de acuerdo con lo que el autor asegura, incluso puede entusiasmarle o disgustarle la forma en que lo dice. Respecto a escribir, a veces es una forma de ahorrarse el psiquiatra con la llamada autoficción. Otras, cuando uno se inventa mundos, es manera de vivir muchas vidas. Mis personajes son mis amigos y también platico con ellos.

-Cite los títulos de algunos libros con los que ha disfrutado y cuéntenos el motivo.

Siempre se evoca el goce último, pero trataré de evitarlo. Al principio leí mucha novela. Luego me decanté también por el ensayo. He leído abundante filosofía, tal vez porque mis estudios no fueron humanísticos sino tecnológicos y ese defecto de formación académica me hizo rebuscar en lo que espiritual y psicológicamente me motiva. Disfruté con Rayuela, de Julio Cortázar. He adorado los diarios (Radiaciones y Pasados los setenta) de Ernst Jünger. Juan Goytisolo, Benito Pérez Galdós, Max Aub y, desde luego, todo Cervantes. Recomiendo mucho a un novelista español aún vivo y en activo: Gonzalo Hidalgo Bayal. Me encantó leer a fondo al filósofo Eugenio Trías y a la pensadora María Zambrano. En Historia me encanta la de la cultura, es decir, aquella en la que se cuenta la forma de vida de la gente corriente y la evolución de las artes, la ciencia y la tecnología. Mi última lectura de veras arrebatadora a este respecto ha sido Los europeos, de Orlando Figes. Y dejo sin mentar un ciento, pues como soy muy enamoradizo, enumerar todos mis amores sería imposible. La cultura, decía Nietzsche, es producto de la casualidad, o dicho de otra forma, del boca a boca. Y yo hago mucho caso de determinados amigos o revistas literarias que me recomiendan esto o lo otro.

-¿Cree que los certámenes literarios son catalizadores fiables de la buena literatura?

Mis dioses lares: Julio Cortázar

Como he dicho anteriormente, he ganado dos premios literarios. Son fiables los pequeños, los que convocan algunos Ayuntamientos o Diputaciones. En cierta ocasión hablé con una persona que había ganado el Planeta y me confesó abiertamente que es un premio adjudicado con anterioridad: a esta persona “le encargaron un Planeta” meses antes de que se fallara a su favor. En ninguno de los dos que gané me conocía nadie, y en el Francisco Umbral de Majadahonda estaban en el jurado nada más ni nada menos que Soledad Puértolas, Fernando Sánchez Dragó y Luis Mateo Díez. Lo malo de estos premios es que la organización paga al autor y al editor y este, a menudo, se desentiende de obra y escritor por la simple razón de que ya han cobrado, les compensa la edición. En el mundillo de las editoriales hay gente honradísima y gente cuya honradez parece un trapo percudido. Y no debemos olvidar que, también en cuestión cultural, darle a la gente lo que quiere es puro populismo, demagogia, ese gran mal que afecta a nuestra sociedad.

-¿Qué opina del mundo editorial en la actualidad?

Ya he apuntado algo en la anterior respuesta. Son mejores las pequeñas que las grandes. Planeta, por ejemplo, ha dejado de publicar libros, si no son los de su afamado premio. Ya posee otras editoriales que se dedican a ello. La edición es un negocio. A veces es un negocio heroico, pero no podemos creer que un editor se arruinará por publicar a alguien desconocido. Se lee muy poco. Vender libros en España hoy es casi tan difícil como vender calefactores en el trópico. De modo que con cada publicación el editor se la juega. Tusquets, por ejemplo, publica libros mediocres y vendibles para poder editar maravillas menos rentables. O Acantilado. Normalmente, con las editoriales pequeñas el autor se compromete a vender un mínimo de tantos ejemplares. Si no consigue venderlos, el autor deberá comprar el resto de ese mínimo. Hablo de los editores honestos. Luego están los que te cobran la edición más su ganancia, así, descaradamente, y luego, tú espabila. Una edición de un desconocido en una editorial pequeña puede alcanzar en nuestro país a los 200 o, siendo muy optimistas, los 500 ejemplares. En Francia, en las mismas circunstancias (desconocido y editor pequeño), se alcanzan con facilidad los 10000. Y pienso que un país que no lee, un país inculto, jamás será un país rico, y si lo es, le durará poco.

Mis dioses lares: Ludwig van Beethoven

-¿Cuál es, en su opinión, la brújula de un buen crítico literario?

Con franqueza, no tengo ni la más remota idea. Ya he dicho que mis estudios académicos no fueron del ámbito de las humanidades, de modo que lo que aprendí sobre lo literario lo hice por mi cuenta. Las críticas o reseñas que he escrito las elaboré siguiendo mi gusto, fueron construidas con el corazón, apenas con la cabeza. No tengo método ni brújula. Sé lo que me place y también lo que me aburre o deprime por falta de calidad, y con eso escribo como quien habla con un amigo para convencerlo de que lea esto o aquello.

-Cite sus libros y diga con pocas palabras qué puede encontrar el lector en cada uno de ellos.

Mis dioses lares: Miguel de Unamuno

De mis dos libros de poemas en prosa creo que puede sacarse belleza y pensamiento, o cuanto menos eso intenté. Bajo la encina habla de un fracaso, alguien que quiere cambiar el mundillo que lo rodea y no lo logra: es, más o menos, un trío amoroso. La insigne chimenea, es crítica social y política mezclada con sentido del humor que raya en la ridiculización. Soledad Puértolas me dijo que se había reído mucho con ella. Buscar o no buscar es casi novela negra con una crítica mordaz al terrorismo y al fundamentalismo político. Los dos Ashaverus son la crónica de la curiosidad y el riesgo, mezclada con otra de mis obsesiones: el judaísmo y la Cábala, a los que añado el erotismo. Nos es la memoria de la Transición española desde la óptica de la enseñanza: narra el proyecto de un instituto (lo que luego se institucionalizó en la reforma educativa de 1990, la llamada LOGSE) que fracasó por culpa de las disensiones entre el profesorado (el peor enemigo de la izquierda política es la izquierda) y por falta de tiempo: una enseñanza como debería ser esa requeriría una dedicación de 25 horas al día. Sé que más de uno se reirá de esto, pero estoy convencido de que es cierto. En el Concierto triste traté de explayarme en el detalle de un ser humano. Cuando ya la hube escrito me percaté de que había retratado a ese hombre que María Zambrano definió como el exiliado o el idiota (no se tome este término en el sentido de majadero sino en el de alguien separado de la sociedad, no por decisión propia sino ajena, el que es alienado por los demás).

Por último solo quiero agradecer a esta revista la oportunidad de expresar mis inquietudes literarias. De lo dicho anteriormente se deduce que si algo deseo es ser leído (las posibles y probablemente inexistentes ganancias económicas me importan un bledo), y estas entrevistas pueden ser plataformas para hacer que a alguien le pique la curiosidad y me lea. Gracias.

Publicado en Presentaciones | 2 comentarios

El tapiz de la servidumbre

El escritor granadino, y miembro correspondiente de la Academia de Buenas Letras de Granada, Francisco (Paco, siempre, para los amigos) Gil Craviotto.

El año 2007 se propuso, en el seno de la antigua Tertulia del Salón de Granada, homenajear al escritor Francisco Gil Craviotto mediante un librito en el que sus amigos escritores, e incluso un pintor, nos encargaríamos con nuestras obras de obsequiarle con una velada-sorpresa agradable. Gil Craviotto, granadino de pro, ha vivido muchos años en París. Allí viven sus hijas y conserva casa. Por su categoría de francés de adopción, se me ocurrió la narración que adjunto en la cual dos amigos, Michel de Montaigne y Étienne de la Boétie sostienen una conversación. La incluí con la esperanza de que le agradase y satisficiera su talante liberal y su muy conocida repugnancia contra todo tipo de sumisión. Michel de Montaigne, autor de los célebres Ensayos (hay en la actualidad una edición completa en Acantilado), reflexionó por extenso y de forma nada rígida sobre todo los temas habidos y, casi, por haber. De su amistad con Étienne surgió uno de los ensayos que dedicó, justo, a ese tema, la amistad; y fue ello por la prematura muerte de aquel, víctima, al parecer, de una disentería, a los 33 años. Este De la Boétie escribió una maravilla (es algo más que un pequeño tratado, es una delicia para cualquiera que piense que la libertad es vital para el humano) titulada Discurso sobre la servidumbre voluntaria o Conta el uno, en donde se preguntaba el autor el porqué de la obediencia ciega y fanática a una sola persona, caso de los reyes (o los presidentes de repúblicas bananeras, que para el caso es lo mismo), pero también aplicable, hoy, a cualquier líder de apariencia carismática que sabe engatusar con palabritas en las que se cuelan, no mentiras, sino falacias que son seductoras a los oídos de quienes se emboban con ellas. Hay hoy edición, creo, en Mandala, Trotta y una bilingüe en Tecnos. Si los Ensayos de Montaigne son recomendables, el Discurso de De la Boétie es imprescindible. Se me ha ocurrido añadir este cuentecito, escrito para una ocasión especial, en mi blog por si alguno se entusiasma en la lectura de estos dos grandes de la literatura mundial. De Étienne puede deducirse mi pasión de lo que acabo de decir, y de Montaigne me gusta repetir que hay tres Migueles que me exaltan: Montaigne, Cervantes y Unamuno (y debería añadir a Bulgákov). Aclarararé que por un artículo de Pablo Sol Mora en la revista Letras libres nº 228, sé que la torre donde transcurre la acción del cuento tiene varios cuadros con escenas clásicas que se conservan de la verdadera decoración de Montaigne, pero no existe en ella, que sigue en pie en el pueblo de Castillon-la-Bataille y fue propiedad del ensayista francés y la que, por desgracia, no he tenido oportunidad de visitar, no existe, digo, ningún tapiz que recuerde, ni por asomo, al descrito por mí. Espero que os guste

El tapiz de la servidumbre

Torre del chateau que fue propiedad de Michel de Montaigne y donde este pasó sus últimos años

Las copas se han llenado de un vino de Saint-Emilion, áspero y negro, clareado con agua, miel y canela al estilo romano, gusto que pocas veces se permiten los amigos en sus veladas pero justificado hoy por el temprano calor primaveral y la rudeza de un día de caza.

Michel de Montaigne y Etienne de la Boëtie descansan en el salón del primero en este junio de 1563. Michel es tres años más joven y, desde luego, más corpulento. Ambos están satisfechos de su propio cansancio. Al segundo, lo sabemos nosotros mas no él, le quedan dos fugaces meses de vida. A pesar de su juventud, ambos son exquisitamente cultos y gozan de sus conocimientos como otros de su clase gozan de posición militar.

Un tapiz algo polvoriento, mas al que Michel cuida como a las niñas de sus ojos, impidiendo que las criadas lo tundan demasiado, adorna el salón. Representa unos salvajes semidesnudos y con cresta de pelo en la cabeza, pertenecientes a ese nuevo mundo del que aún se sabe tan poco. El artista dibujó a los indios homenajeando a una reina vestida de terciopelos y con escote abundante, sentada de lado en su trono, como si estuviese a punto de intervenir en algo, coronada de oro, rubíes y esmeraldas y con zapatitos de raso que contrastan con los burdos pies desnudos de los aborígenes. A lo lejos, caballeros, hombres a pie y perros persiguen a otro salvaje que se supone huido de la generosa tutela de la reina.

Los dos amigos están sentados en amplios butacones de madera noble de las Indias, cubiertos de cojines de pluma forrados en algodón para paliar el calor. Los ilumina el sol poniente desde la ventana de vidrios cuartelados a la que han descorrido cortinajes, pues Michel conoce el aprecio de su huésped por la luz natural y el aire libre. Las camisas abiertas, las calzas descolgadas, la actitud abiertamente amistosa habla de una confianza antigua. La conversación confirmará un afecto que durará años pues Michel jamás olvidará a su amigo Etienne.

Michel Eyquem de Montaigne

-¿Os gusta el tapiz?

-Es admirable.

-Fue regalo de un embajador inglés a mi padre, de aquellos tiempos felices en que fuimos aliados, quien a su vez lo recibió como parte de la dote de su esposa española. Pero ¿qué es lo que os llama tan poderosamente la atención?

-La actitud humilde, dadivosa de los indios. Es, evidentemente, una impostura, una licencia artística a mayor honra de la reina española, la madre del rey Carlos.

-¿Por qué ha de ser una impostura, Etienne?, ¿no creéis que os habéis vuelto en exceso exigente, incisivo? Y en cualquier caso, ¿ese envilecimiento no es esperable en el vencido?

-Acaso tengáis razón –contesta éste tras un momento de examen- no hay ningún motivo para creer que sea una impostura. Es mi enfado, mi rabia ante tal servilismo, servilismo en el que todos caemos. En el fondo, el vencido siempre mantiene la bajeza de esperar clemencia.

La estancia es una de las habitaciones redondas de la torre en la cual, años más tarde, Michel se refugiará hasta su muerte y donde redactará el tercer libro de sus Ensayos. La luz del ocaso, casi ya necesitada de las bujías, resalta de forma extraña el tapiz. La curvatura de la pared hace que los salvajes, cuyos cuerpos musculosos en los hombres y sensualmente redondeados en las hembras ocupan el centro del paño, dejen más cercanos a los espectadores las figuras de los extremos, la reina y ese cimarrón que escapa acosado por la jauría, los caballeros y una multitud de indios de minúscula estatura comparada con los gigantescos jinetes y el huido.

Sobre las cabezas de ambos amigos, una lámpara redonda provista de ocho bujías parece dispuesta a sustituir orgullosamente al sol cuando éste desaparezca. La lámpara semeja burda imitación de la corona que adorna la real testa de la reina española.

-¿Sabéis lo que más me molesta, Michel?

-¿El servilismo del que hablabais?

Étienne de la Boétie

-Como vos mismo decís, el servilismo puede ser esperable.

-Pensad, Etienne -interrumpe Michel Eyquem de Montaigne, más joven y más impulsivo- que la reina ofrece a sus vasallos seguridad y religión.

-No hay duda, y con ello salen ganando, pero no es la reina quien me preocupa. De todos es conocida la rapacidad de virreyes, adelantados y colonos que los españoles han enviado a ese nuevo mundo, y que tarde o temprano otros reinos europeos se apresurarán a enviar para afanar su parte del pastel. Tanto es así que me han informado de cierto fraile de religión dominica que anda reclamando en la corte la exención de esclavitud a los indios, pues éstos no aguantan ni el trabajo ni esa condición. Me han dicho que mueren a miles.

-Sin embargo, insisto, esos pueblos adquirirán algo que no tenían, civilización.

-Sois juvenilmente ingenuo, Michel. ¿Os habéis preguntado si la desean?

-¿Queréis decir que acaso sin civilización, ciencia ni religión eran más felices?

-También ellos tenían sus formas de tiranía. Es por ello por lo que con tanta disposición han acatado las nuestras. Ni siquiera ahora, tras todos estos años desde que escribí el Discurso que tanto decís admirar, creo en el Gobierno de la República Veneciana. Me consta que la tiranía y la corrupción campan allí por sus respetos tanto como por cualquier otra monarquía.

Edición española bilingüe del Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de la Boétie, que deberían leer todas las personas que se consideran libres

-¿Entonces?

-No me habéis dejado que os diga qué cosa me molesta más del dibujo del tapiz.

-¡Oh, perdonad!, algún día aprenderé a escuchar, y sobre todo a escucharos.

-Contentaos con saber escuchar en general, Michel. Esas figuras enanas que persiguen al huido son, del tema representado, lo que más odio. ¡Persiguen a su semejante, a su igual!, ¡y lo hacen por orden ajena, no de su caudillo, sino a instancias del conquistador! La servidumbre es una mera cuestión de hábito. Se empieza por el miedo y se acaba en la complacencia.

-Ese es el asunto, Etienne, el miedo.

-¡El miedo, el miedo! No sólo degrada a quien lo padece sino sobre todo a quien lo inspira. Miradlos, fijaos bien en esos que postrados ante la reina le rinden pleitesía.

-Me fijo y os digo que a pesar del cansancio de la jornada, aún sería capaz de pasar un rato con alguna de esas indias de carnosidades morbosas.

-Guardaos de la lujuria, amigo Michel. Ella es gusano que corrompe antes de la tumba, y si no, pensad en la insania de esa reina que domina la parte izquierda del tapiz y que fue la culpable de la pérdida de su trono. Volveré al miedo, con vuestro permiso pues sois mi anfitrión. Los que rinden pleitesía obtienen a cambio un bien inapreciable, o dos, como habéis dicho antes, religión y seguridad. La primera, sobre todo, es un bien que nosotros, que lo poseemos, no apreciamos en todo su valor. En cambio, esos que corren tras el huido, ¿qué obtienen a cambio? Os lo diré, nada. Ni siquiera la protección o preferencia del señor, pues esta preferencia desaparecerá igual que vino, por el más inicuo detalle. No son personas para sí y para su comunidad, son personas para otro. Los perros de la jauría tienen más independencia de criterio que estos. ¿Qué bravura van a demostrar contra ese desgraciado?, y si la muestran, ¿cuál no sería la derrochada en caso de tener que defender su libertad?, ¿no sería esa ocasión para que el tirano de turno se eche a temblar?

-Os admiro, Etienne. Filosófico estáis. Yo, sin embargo, en este momento sólo ansío cenar y acostarme.

Portad de la edición de Acantilado de los Ensayos de Michel de Montaigne

-Tenéis razón. No sé qué cosa pueda ocurrirme en estos últimos meses que me parece faltarme el tiempo, de modo que si no os incomoda me quedaré después de cenar en vuestra biblioteca hasta que el sueño sea más fuerte que yo. Si no nos viéramos mañana, pues partiré temprano, agradecedle a monseigneur de Montaigne, vuestro padre, su hospitalidad. Y a vos no es preciso os muestre mi reconocimiento por la jornada tan grata y vuestra compañía, siempre estimulante.

Se dirigen a la cocina donde las criadas han preparado algo de comer. La escena del tapiz parece tomar vida en la oscuridad. Los perros corren tras el huido. Los caballeros lo alcanzan pero dejan que sea la jauría quien lo ultime, y sin embargo, los perros son ahuyentados en última instancia por los indios que, entre alaridos, lo tajan con sus recién adquiridas armas de acero. Mientras, la untuosidad de los nuevos siervos de la reina rebosa halagos y zalemas. Juana I de Castilla, Aragón y Navarra, con la mirada un tanto perdida, indica con el gesto su voluntad de que aquéllos se aparten y acaricia melosa un perrillo que a sus pies cumple la función de simbolizar fidelidad.

Publicado en Ficción | 3 comentarios