Segunda parte de El libro más curioso de mi biblioteca

Pimera página introductoria de Confusión de confusiones, de Joseph Penso de la Vega en Ámsterdam 1688

Confusión de confusiones, de Joseph Penso de la Vega. Es también un facsímil. Penso de la Vega perteneció a la Academia de los Floridos, aquella tertulia del Ámsterdam del siglo XVII en la que también participó Isabel Rebeca Correa, presunta autora de la novelita sobre Todros ben Virga, que introduzco en mi novela Ashaverus el libidinoso, y protagonista de la autobiografía apócrifa que incluyo en Ashaverus el creador. Su hallazgo fue una de las casualidades que me acompañaron en la elaboración y documentación de estas novelas. Fue también un regalo de mi esposa y comprado a Ignacio Martín Villena, de quien hablé sobre el Liber Chronicorum. Su armazón es un diálogo entre un Filósofo, un Comerciante y un Accionista. Las acciones bancarias acababan de inventarse por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales u organismos afines. Invertir en uno o dos barcos que zarpasen hacia las Indias para comprar u obtener (el robo o la compra a cambio de naderías era normal) especias y otras riquezas era arriesgado: estaban los naufragios y los piratas malayos o ingleses. En cambio, invertir en una organización para la cual zarpasen muchos barcos era diversificar riesgos, ampliar el porcentaje de

Un servidor hablando de su pasión: sus libros

barcos que llegaban con bien a los puertos holandeses. Llegaron a sacar beneficios del 300 % anual. Penso de la Vega era experto en tales especulaciones. Tenía tres principios sobre su experiencia: no dar consejos a nadie, que nadie esperase gran cosa de su inversión, pues lo mismo se gana que se pierde, y no gastar en invertir más de lo que se tiene. Como buen judío, no solo era inteligente sino además hábil negociador. En el diálogo, el Accionista trata de convencer a los otros dos. En tanto al Comerciante le da miedo, el Filósofo no hace sino aducir razones metafísicas que lo hacen caer en un feroz ridículo. Es hilarante en ocasiones. Leí también un breve párrafo.

Portada de Umbría lumbre, de Mario Satz

Umbría lumbre, de Mario Satz. Mario Satz me obsequia con su amistad desde hace unos meses, desde que empezamos a cartearnos por correo electrónico. Pero el libro lo compré y leí en 1992. Para mí fue una revelación: me mostró cómo los misticismos, a mí que no soy, con precisión, creyente, son todos muy parecidos, desde el cristiano hasta el islámico, pasando por el hebreo. Es un estudio de la poesía y las prosas de San Juan de la Cruz, comparándolas con el sufismo, o misticismo islámico y la cábala (sería mejor decir cabalá). Lo curioso del libro es que en él, sin obstar a su grandísima calidad y sabiduría, tengo trascritas al hebreo las palabras en ese idioma pero escritas con alfabeto latino, pues la editorial no puso esas palabras hebreas con las letras del alefato. Tanto me entusiasmó. También esas trascripciones me hicieron comprender muchas cosas, y algunas de ellas las expliqué aquí, en el Centro Artístico, durante la conferencia que di hablando de la Cábala hebrea. Leí un fragmento donde se habla del medaber, el intermediario o portavoz, el que habla, asimilándolo al papel de la lengua, pues, como dice un antiguo proverbio: “La muerte y la vida están en poder de la lengua y el que la ama comerá de sus frutos”. ¿Nos

Una de las páginas de Umbría lumbre con un Árbol de la Vida cabalístico y mis trascripciones al hebreo

extraña que un escritor se interese por la Cábala, ya que esta da papel primordial a la letra, a la palabra? Y Mario Satz, ya lo he dicho en algunas ocasiones, es el mayor entendido en Cábala que escribe en español. Un sabio, no de conocimientos (los conocimientos son una pamema muy adecuada a nuestro mundo utilitarista) sino de sabiduría.

Poesìa soviética, antología de 1987, traducción de escritores cubanos. Este libro lo seleccioné por malo e indignante. Mi amigo Rafael Guzmán Tirado, catedrático de eslavas de la Universidad de Granada, me lo regaló al volver de Rusia en 1998, creo. Para empezar, algunas traducciones son deprimentes. Ripios y más ripios. Leí un fragmento de

Portada de Poesía soviética, antología.

poema para demostrarlo. Hay algunas de ellas que sí son buenas, como por ejemplo las de Eliseo Diego, uno de los intelectuales cubanos que hizo un buen trabajo. Leí también el principio de un poema de Maiakovski dedicado a Lenin. Pueden imaginárselo. Desde luego, del suicidio de este poeta en 1930, cuando a Stalin ya se le habían visto las intenciones, no dice nada. Mas lo peor del libro son las mínimas biografías de los poetas antologados. Especialmente las de tres poetas disidentes: Anna Ajmátova, Ossip Mandelstam y Marina Tsvietáieva. Para empezar los califica como poetas soviéticos. Habría sido como si Franco clasificase a Miguel Hernández como poeta franquista, puesto que escribió algunas obras cuando ya el general gallego había ocupado el poder. Vergonzoso. Expliqué la anécdota de la pobre Ajmátova, cuyo primer marido Nikolai Nikolaievich Gumiliov fue fusilado pues era oficial del ejército del zar, y cuyo tercer marido y su hijo fueron enviados a Siberia. Aguardando en la cola de la prisión para entregarle un paquete de comida a su hijo, hazaña que no siempre tenía éxito, no por la cola, sino una vez llegada a ventanilla, aguardando, digo, se le acercó una señora empañolada de negro y

Anna Ajmátova retratada por Nathan Altman

le preguntó si ella era la escritora; Anna asintió y la señora le preguntó si podría explicar eso, lo que estaban viviendo, fuera de Rusia. Es relato que pone los pelos de punta. Desde luego, en las biografías nada dice de eso ni de que Mandelstam fue enviado a Siberia y, al parecer, murió en el tren de transporte de ganado donde fue introducido, ni del suicidio de Tsvietáieva al volver de París a su patria. Leí un poema de Gumiliov, el primer marido de Ajmátova, titulado Me he burlado de mí mismo, traducido por Jorge Bustamante García (se encuentra fácilmente en internet en la página amediavoz).

Vista la hora me di cuenta de que podía hablar del séptimo libro.

Portada de La caza del Snark, de Lewis Carroll

La caza del Snark, de Lewis Carroll. El reverendo Dogson, cuyo seudónimo era Lewis Carroll, escribió dos obras famosas, sobre todo la primera: Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo. Pero también escribió, por ejemplo Matemática demente, con cuentos matemáticos de lógica y absurdidez. Y este La caza del Snark, un libro divertido donde se narran las aventuras de ciertos individuos para cazar al “snark”, un bicho que nadie sabe cómo ni qué es. Las ilustraciones hechas a propósito para la primera edición, fueron de un tal Henry Holiday, y este libro que poseo es una edición posterior pero en la que se incluyen versos geniales y delirantes dibujos, como delirante es la propia narración poética. Elogié lo que cada uno tiene de niño, sin lo cual, dije mirando hacia Ángel Olgoso, el Rector Magnífico del Instituto Patafísico, no seríamos lo que somos. Mostré algunas de dichas ilustraciones y leí un pequeño fragmento. Más tarde, mi querido amigo Ismael Ramos me contó que había representado esta obrita en teatro, situándola como la creación imaginativa de un niño que se aburre.

Uno de los maravillosos dibujos de Henry Holiday para La caza del Snark

Acabada la exposición, Juan Chirveches me preguntó si había algún otro libro destacable entre los míos. Sí, le contesté, claro, pero es difícil ir eligiendo: esa Gramática de Lebrija, por ejemplo, de la que ya hablé, pero mi pasión por los libros es tal que todos son como hijos, es imposible diferenciar y apreciar más a uno que a otro. Recordé la anécdota, al leer el fragmento de La caza del Snark, de la novela Morfina, de Mijail Bulgákov, novela en la que este escritor ruso, autor de una de las novelas más importantes del siglo XX: El Maestro y Margarita, narra sus vicisitudes como médico en un hospital en medio de la planicie, creo que muy al sur de Moscú y la ignorancia, esperable desde luego, de los campesinos rusos. La historia es la siguiente: atendiendo a un parto difícil porque el niño venía atravesado, notó al hacer el tacto cierta

Portada de Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie

sustancia untuosa en el útero de la madre. ¿Esto qué es?, pensó. Y resultó que las comadres del pueblo, cuando notaban que el niño no quería salir introducían en el sexo de la madre un terrón de azúcar para atraerlo. Hilarante y triste al mismo tiempo.

Recordé también un libro extraordinario que tengo desde hace años en mi biblioteca y que ha sobrevivido a préstamos: Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie, noble francés amigo de Michel de Montaigne que murió muy joven, maravilla de opúsculo, porque lo es por su escasa extensión que es, ni más ni menos, un primer ensayo del anarquismo ¡¡¡del siglo XVI!!!.

Preguntó Juan si había algún libro leído últimamente que me hubiera impresionado. No pude por menos que

Clara Janés

mencionar el poemario de Clara Janés Kamasutra para dormir a un espectro, uno de los pocos libros de poemas que he leído completo, pues normalmente en estos libros se picotea, se leen algunos poemas y otro día se leen algunos más. Muy recomendable ese último libro de Clara Janés.

Algunas personas se aproximaron a la mesa para hojear los libros primero y último: el Liber chronicoum y La caza del Snark, sobre todo el primero, porque las ilustraciones son muy bellas. Agradecí profusamente a Juan Chirveches y al Centro Artístico la oportunidad de disertar sobre mis cosas, que pueden no interesar a nadie y sin embargo allí tienen buena acogida. Y se acabó: cada mochuelo a su olivo.

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Los libros más curiosos de mi biblioteca (1ª parte)

Junto a Juan Chirveches, vocal de literatura del Centro Artístico de Granada

Juan Chirveches, vocal de Literatura del Centro Artístico, Literario y Científico de Granada, ha organizado un ciclo de charlas por parte de distintos intelectuales de Granada para hablar del o los libros más curiosos de la biblioteca personal. Entre distinguidos personajes como Fernando de Villena, Álvaro Salvador, Manuel Titos o Ángel Olgoso, este 6 de abril me tocó a mí hablar de ese asunto: ¿cuáles son los libros más curiosos de mi biblioteca? Me fui cargado, sobre todo por uno del que hablaré a continuación. El planteamiento que me hice fue hablar de libros que, si no por curiosos o extraños para la gente, sí al menos son libros especiales para mí por diferentes motivos.

Colocaré en mi blog la trascripción aproximada de lo que hablé, y lo haré en dos partes para no poner una entrada cansina.

En mis manos, el primer libro curioso que presenté, Liber Chronicorum. Puede hacerse una idea, por comparación, del tamaño del volumen.

Juan empezó la charla haciéndome las preguntas de rigor que formula a todos los invitados a este ciclo: ¿cuántos libros tienes en tu biblioteca personal?, unos cuatro mil, tampoco los he contado; ¿qué autores te son más atractivos o cuál es tu canon?, soy muy enamoradizo y lo mismo me enamoré en su momento de Julio Cortázar que de Ernst Jünger, Malcolm Lowry, Galdós o muchos más; es muy difícil contestar a eso porque tengo en mi haber muchos enamoramientos o predilecciones; ¿qué otros libros curiosos tienes además de los que traes?, tengo un facsímil de la Gramática de Nebrija y… pues no sé, tampoco es que yo tenga joyas de un valor de cambio enorme, pero sí tengo libros que para mí tienen un gran valor de uso.

Acto seguido, el presentador, Juan Chirveches, me dejó solo en la mesa para que me explayara en esos libros que aporté.

El primero fue el Liber Chronicorum, de Hartman Scheidel, editor, facsímil del original de 1493. Tres kilos y medio de libro; respecto a las dimensiones pueden apreciarse en la fotografía. En él se habla ya de la toma de Granada pero no del descubrimiento de

Xilografía de la ciudad de Nüremberg del Liber Chronicorum

América, quizá porque aún no les había dado tiempo de tomársela demasiado en serio. El libro tiene gran cantidad de ilustraciones (xilografías) hechas por Wilhelm Pleydenwurff y Michael Volgemut. Pero uno de los aprendices de estos grabadores fue Albrecht Dürer, es decir, Durero, de lo que puede deducirse que hay obra suya en él. Fue publicado en latín (unos 1000 o 1500 ejemplares) y en alemán (unos 600). Este libro lo vi por primera vez en casa del hermano de Fernando de Villena, mi amigo Ignacio Martín Villena, que tiene uno de los pocos originales que quedan en el mundo. Además, el suyo está completo, puesto que muchos de esos ejemplares tienen hojas arrancadas para ser vendidas como hojas sueltas (grabados para colgarlos en las paredes). La impresión de ese original está en color. Una maravilla. Lo comenté con mi mujer y mi hijo pequeño, Julio, que aún vivía en casa. Muy poco después llegó una publicidad de cierta editorial dedicada a publicar facsímiles con una oferta de

Montruitos o seres humanos raros representados en la versión original (en color) del Liber Chronicorum.

este libro más otros varios: la Gramática de Nebrija, la Mujeres Preclaras, de Boccaccio y otro par. Me regalaron el lote. Le tengo, por eso, un especial cariño. Enseñé varias ilustraciones: una danza de la muerte, varias litografías de ciudades diversas que responden poco a la realidad, y aún menos las ciudades antiguas como Babilonia y otras.

Espejo, antología de cuentos húngaros. Publicado a mediados de la década de los 60. Me lo regaló mi amiga Judith Sárosdy en 1972. Las traducciones son magníficas. Varios autores de los antologados han sido después famosos o ya lo eran antes, como Tibor Déry o Attila József. Uno de los traductores se llama José María Rancaño. Es curioso el apellido, no demasiado habitual en España. En mis años de profesor en Barcelona, desde 1977 hasta el 80, conocí a dos muchachas, hermanas: Amelia y Emilia Rancaño; tenían otra hermana, a la que no llegué a ver nunca, que se llamaba Amalia. Caprichos del padre, parece ser. Este hombre, el señor Rancaño, trabó amistad, creo que en el campo de concentración de Vernet, con Max Aub, otro de mis escritores muy apreciados. Cuando escribí Ashaverus el libidinoso, me pregunté cómo llamar al editor que contrata a Enrique Fuster en París a instancias de Max Aub y de Federico Mompou, y me dijo ¡Rancaño!, por

Portada de Espejo

las Rancaño sisters. Pues bien, ya publicada la novela, me enteré de que uno de los editores de la emigración española en la capital francesa se llamó Rancaño, dueño de Editorial Nuestro Pueblo. Casualidades. Leí, después de narrar estas anécdotas, un fragmento muy corto del cuento Szerelem, Amor, de Tibor Dery.

Libro de Manuel, de Julio Cortázar. Este libro lo llevé porque, sin ser raro, no es habitual. Desgraciadamente, casi ha caído en el olvido. Fue la última novela que escribió Cortázar porque Los Autonautas de la Cosmopista no se puede considerar novela, si bien es cierto que el mismo autor nos convenció, como ya venía siendo teoría narratológica, que novela es todo, o cuanto menos, en la novela cabe todo. El libro habla de un grupo de latinoamericanos que planea secuestrar al

Portada del Libro de Manuel, de Julio Cortázar

Vip (Very Important Person) y a su mujer, la Vipa para exigir la liberación de presos políticos de América del Sur y Centroamérica. No quieren hacer daño a nadie sino solo publicitar la situación política allá. En eso, Cortázar se mostró muy ingenuo porque el terrorismo no suele ser inocuo. Todo sale mal y acaban todos en la cárcel, claro. La innovación que introduce el novelista en esta obra es la inclusión de recortes de periódico en sus páginas, además de su lenguaje ligero y directo, lleno de argentinismos, y la característica coral de ella. Este libro lo incluyo, además de por mi fascinación por él, por estar hecho polvo, deshojado y con el lomo inexistente (por broma, miré con sorna a mi amigo Ángel Moyano, excelente editor cuidadosísimo, y le aseguré que la edición no era suya). Mi admiración por Cortázar me llevó a ponerle Julio a mi hijo pequeño por el autor argentino, allá por el año 86. Leí un fragmento pequeño de un  diálogo entre Susana y Ludmila, dos personajes. Hablé también de cierto ensayo corto escrito hace años comparando varias escenas de novela y cine con sodomizaciones femeninas: esta de la que hablé, en Libro de Manuel, una escena de La cólera de Aquiles, de la cuatrilogía

Ejemplar del Libro de Manuel que poseo abierto por la página de la que leí un fragmento. Puede verse el estado cochambroso del tomo.

Recuento, de Luis Goytisolo, la famosa secuencia de la mantequilla en El último tango en París, de Bernardo Bertolucci y otra de Muerte a crédito, de Louis Ferdinand Céline, y justo en esta última, escrita por un antisemita colaborador de los nazis y peor que ellos, o sea un hijo de perra enorme, es la única donde la mujer disfruta del acto, en tanto en las otras son formas de demostrar a las “víctimas” su aburguesamiento y los prejuicios que las bloquean. Curiosamente, olvidé en este acto que narro de incluir otra escena famosa y que también entraba en mi comparata: la de Paradiso, de José Lezama Lima, donde la criadita española se deja sodomizar por Farraluque para preservar su virginidad. Es lástima que esas innovaciones artísticas en la novela, como las elaboradas por Cortázar, Perec, Sebald, Bulgákov, Julián Ríos, Juan Goytisolo, etcétera, no tengan hoy éxito y nadie que pretenda ser leído se atreva con ellas.

Continuará en la segunda parte.

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Comparata de dos novelas menores: Tristana y Troteras y danzaderas.

Portada de la novela Tristana, de don Benito Pérez Galdós

Tristana, de don Benito Pérez Galdós y Troteras y danzaderas, de don Ramón Pérez de Ayala, tienen en común sus mujeres. Si en la primera el protagonismo se lo lleva, indudablemente, ella pues incluso da título a la novela, en Troteras y danzaderas trataré de demostrar que, si bien es novela coral y el protagonismo propiamente se lo llevan Alberto Guzmán y Teófilo Pajares, Verónica y Rosina, pero sobre todo la primera, son secundarias tan importantes por lo que de ellas se dice que los dos hombres y artistas que parecen dirigir la obra.

El argumento de Tristana es triste. Huérfana y protegida por un caballero, don Lope, que parece sacado de novelón de capa y espada, antiguo don Juan y con más ínfulas que el hidalgo de las migas en el Lazarillo, es “deshonrada” por él, que no puede evitar su donjuanismo ya bastante otoñal, y le sirve, además de Saturna, de criada aunque según el don sea hija y a veces querida, porque decir amante sería incierto: al fin y al cabo amante es la o el que ama, y ella tiene con él una relación de respeto-odio que no se acerca ni por asomo al amor, para posteriormente sentir una especie de lástima cuando don Lope alcanza la verdadera senectud. Paseando con la criada Saturna se tropieza con un joven, Horacio, pintor, del que se enamora. Ha sido algo antes cuando descubre que sus inquietudes, sus deseos de independencia económica pasan por dedicarse al arte, pues las mujeres de la época tienen, como muy bien le dice Saturna, cuatro salidas de independencia económica: servir, la costura, el teatro, y este es poco honesto y respetable, y… la otra; es entonces, digo, cuando le da primero por pintar y demuestra tener buena habilidad, y luego por los idiomas, con lo que podría ser profesora, y muestra gran disposición y facilidad para aprenderlos; posteriormente estudia música y también ahí manifiesta tener dotes. Es decir, que a Tristana le sobran inteligencia y sensibilidad.

Fotograma de la película Tristana, de Luis Buñuel

Cuando el joven Horacio se va a su pueblo levantino, Tristana enferma y los médicos (uno de ellos, el doctor Miquis ya conocido de otras novelas galdosianas) se ven obligados a amputarle una pierna. No enferma por la marcha del novio sino porque la naturaleza tiene sus cosas, y nadie estamos libres de la enfermedad sorpresiva y a veces letal. El pintor vuelve para ver a la enferma coja, mas ya no sienten ambos el mismo amor y Tristana se aficiona, cuando ya puede caminar con muletas, a la iglesia, en lo que la sigue un don Lope casi gagá. Cierta beata consigue convencerlos de la necesidad de poner en orden sus asuntos ante Dios y acceden a casarse, aunque ese sea ya, ahora sí, un matrimonio blanco.

Troteras y danzaderas describe la bohemia madrileña: poetas, pintores, actores, empresarios de espectáculo sin ningún éxito, el ambiente de las pensiones de mala muerte en las que viven pero apenas pagan, las tabernas que frecuentan donde ocurre lo mismo que en las pensiones. Pero son dos las mujeres que en esta novela me interesan: Rosina y Verónica. La primera fue “deshonrada”, como Tristana, en su pueblo cántabro por un joven de vacaciones, Fernando, que luego se convierte en galán de la floreciente industria cinematográfica. En Madrid se convierte en la mantenida de un inversionista y político llamado don Sabas, prototipo de la sinvergonzonería política y empresarial hispana, cuyas características y opiniones son tremendamente actuales, por desgracia. La segunda, Verónica, es prostituta. Pero se codea con los artistas y estos la introducen en un cierto mundillo cultural. Ambas tienen inquietudes. Rosina acompaña a Teófilo al Museo del

Portada de la novela Portada de la novela Troteras y danzaderas, de don Ramón Pérez de Ayala

Prado y allí, ante Las Meninas velazqueñas da unas ideas que dejan pasmado al poeta. Verónica comenta con Alberto la traducción que este está haciendo del Otelo de Shakespeare, apasionándose con las actitudes de Yago, Desdémona y Otelo, llegando incluso a negarse a escuchar la escena de la muerte de la esposa del moro veneciano porque no puede soportar que sea castigada a pesar de su inocencia. Ambas tienen la suficiente sensibilidad y sentido crítico, mas no ese serio y encorbatado de los intelectuales estériles que sientan cátedra con sus palabras, sino el apasionado de una persona que siente.

Y nótese que digo persona. La palabra, como es sabido, procede del latín personare, aquella máscara o carátula que llevaban los actores con una especie de trompetilla que aumentaba el volumen de sus voces. Persona: la que se hace oír. Y se hace oír con razones y sentimientos, no con pamemas.

También Tristana quiere hacerse oír. Desea su independencia, ella que se educó bajo la protección de sus padres y ahora tiene la protección de un hombre que, si bien la alimenta, digamos caritativamente, también abusa de ella o ha abusado. Ella quiere ser persona, hacerse oír.

Rosina y Verónica acaban bien, digamos. La primera llega a ser cupletista de fama y, huyendo de su mantenedor, el político don Sabas, y también del amor serio de Teófilo, se va con Fernando, su desflorador y padre de su hija. De Teófilo, poeta, se enamora en comparación con don Sabas en algo que recuerda a las damas medievales que amaban a sus trovadores, finos y galantes, comparándolos con los guerreros burdos y brutales que eran sus maridos. En este caso, don Sabas no es exactamente burdo ni brutal, sí viejo y

Ramón Pérez de Ayala retratado por Gregorio Prieto

muy pagado de su dinero. Aunque hay algo peor en don Sabas: considerándola como solo una puta, de lujo y mantenida, pero puta, no le importa que coquetee y aun se acueste con Teófilo. No son celos lo que se echa a faltar sino consideración. Piensa que joven y viciosa, es lógico que busque a otros aun viviendo de su dinero. Como actitud es un insulto repugnante.

¿Por qué se va con Fernando y desprecia el amor serio, verdadero de Teófilo? Por amor, porque también es amor la atracción física, la admiración de esa fortaleza que hace gozar, en tanto Teófilo la rodea de atenciones pero no alcanza, se da a entender, la capacidad amatoria de Fernando. Es persona: quiere hacerse oír en su sexualidad, aunque Pérez de Ayala habla siempre de sensualidad. Y es que la novela se publicó en 1913.

Verónica llega a ser bailarina. Y lo consigue sin estudios, expresándose sobre el escenario tal es ella. Algunos de sus amigos la ven bailar apasionadamente, ella sola, siguiendo solo la música y su propio cuerpo, y la convencen para que debute, teniendo un gran éxito. También ella se hace oír. Es su cuerpo el que grita armonía y ritmo, el que grita danza. En cambio ella no quiere amores. Debería haberse enamorado de Alberto, pero no es así. Ella quiere su independencia, cuando al fin consigue desprenderse de los hombres que le pagaban el placer efímero. El de ellos, claro. Verónica lo único que obtenía era un mal vivir para ella y su familia. Por eso no quiere amores.

Ellas son, pues, las verdaderas protagonistas de esta novela coral, pues hablar de la bohemia lo habían hecho ya otros que alcanzaron, si cabe e indirectamente, más fama que Pérez de Ayala, como es Henri Murger (¿quién se acuerda hoy de él?), autor de la obra en la que se basó el libreto de la ópera La Bohème de Puccini. Se dice de esta novela que tiene diversos puntos de vista, que va de una historia a otra con agilidad, que fragmenta las acciones, que las simultanea. La técnica es ambiciosa, cierto, incluso el uso del habla popular, con los diferentes acentos (eso sí, en el andaluz no atina el cántabro don Ramón). A veces parece deslavazada, la verdad, y no es la mejor novela del autor, con obras maestras como A.M.D.G. o Tigre Juán y El curandero de su honra, y sin embargo es digna de consideración.

Benito Pérez Galdós retratado por Joaquín Sorolla

Ya he dicho que la historia de Tristana es triste, como su propio nombre, un nombre masculino y feminizado, como el de la criada Saturna. Y es que Galdós era bastante pesimista. Ella aspira a su independencia, a su libertad y Saturna, la analfabeta, intenta demostrarle cómo en la sociedad que viven, la mujer solo tiene esas salidas de las que ella le habla. Finalmente es la realidad, la sucia realidad la que le demuestra que son esas las salidas y no hay otras. Ni siquiera el matrimonio feliz con Horacio, que no le daría la independencia total ni mucho menos, pues ella no para de repetir que cada uno en su casa, ella con sus pinturas o sus idiomas o la música, y él con los cuadros. Ganándose la vida aparte y compartiendo solo lo compartible, no toda la vida en su inmensa riqueza. Tampoco esta obra de Galdós es Fortunata y Jacinta ni Los Episodios Nacionales, pero Galdós, veréis, es como el marrano: de él se aprovecha todo, hasta los andares.

Hoy se ha puesto de moda que las mujeres, por otra parte, al parecer, casi las únicas lectoras, lean solo a mujeres. Es estupendo que se lea y promocione a las escritoras, pero no nos debemos circunscribir a un solo tipo de lectura, y menos por el sexo. Eso lo hacen, dicen, los norteamericanos: los negros leen a los negros, los italianos a los italianos y las mujeres a las mujeres. Es un error. Muchas de las mujeres que hoy escriben serán olvidadas. Muchos hombres también. Pero deberíamos atender a la calidad, y no al género. Leer a Galdós o a Pérez de Ayala puede ser tan concienciador o más que cualquiera de los textos que hoy se estilan. ¿Por qué los olvidamos, ladeamos, ninguneamos? ¿Es excusa que ellos sean de otros tiempos? Wollstonecraft escribió hace dos siglos, Beauvoir lo hizo hace setenta años, y no obstante, siguen vigentes en algunas cosas.

 

Este artículo ha salido publicado en el Boletín nº 11 de la Academia de Buenas Letras de Granada, y puede verse en la siguiente página web: https://academiadebuenasletrasdegranada.org/boletin/

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Dos nuevos artículos en el periódico Ideal

El primer artículo

Coloco aquí otros artículos aparecidos en la sección que el periódico Ideal de Granada dedica a los miembros de la Academia de Buenas Letras de Granada. Leí con gran entusiasmo el diario de viaje que Pedro Antonio de Alarcón escribió sobre el suyo empezando en París y terminando en la Italia removida por la guerra de unificación. La anécdota que cuento aparece en ese libro y atañe a Granada por ambos protagonistas. El otro artículo es producto de uno de esos momentos en que se pone uno a pensar. Quizá ese pensamiento no interese a nadie o quizá sí. El tiempo es la gran tragedia: siempre es corto o inoportuno para quien lo sufre.

El gran tour de Pedro Antonio de Alarcón y su amigo Giorgio Ronconi

Pedro Antonio de Alarcón

Hay en Guadix un monumento a aquel su ilustre paisano. Aparece sentado, con la mirada en el horizonte como si evocara pasadas aventuras en tierras lejanas. Y digo pasadas porque las corrió. El 29 de agosto de 1860 salió de Madrid para llegar a París. Tren, barco y paciencia. Horas o días, y disfrutar del paisaje y de la compañía, de las múltiples vicisitudes que entonces tenían los viajes, no como hoy donde el destino es lo importante sin gozar del itinerario. Tras una estancia en París, el final del viaje debía ser Nápoles, tras cinco meses de goce e incidencias de toda clase.

De ese viaje surgió una memoria y un libro, más de seiscientas páginas donde el lector puede sentirse compañero del accitano, de su capacidad de observación y de su prosa.

Desde años antes, era típico entre los jóvenes ingleses de las clases pudientes viajar a Italia. A eso lo llamaban el Gran Tour. Era su iniciación. En todos los aspectos: artísticos, de relaciones sociales, históricos y hasta eróticos, todo hay que decirlo.

Pedro Antonio de Alarcón

Para Pedro Antonio no era una iniciación, de ningún modo. Tenía 27 años cuando lo emprendió, ya había gozado del éxito en Madrid con una novela y un drama e incluso tenía experiencia en narraciones viajeras, pues había publicado algunas de ellas en el periódico El Museo Universal. Para concretar más sus triunfos, tenía escrito y publicado en 1859 un libro también extenso llamado Diario de un testigo de la guerra de África en el que pormenorizaba sus experiencias como soldado y periodista en aquella contienda.

De Madrid a Nápoles es rico en todos los aspectos. Una anécdota es quizá la que más me emocionó de las tantas y tantas que lo adornan. Alarcón no detalla cómo se encontró en la capital francesa con el cantante de ópera Giorgio Ronconi, a quien conocía por sus exitosas actuaciones en el Teatro Real de Madrid, pero este, tras exigirle que fuera de rigurosa etiqueta, lo condujo en tren y en noche cerrada a las afueras de París. No consintió en decirle el destino al que se dirigían, solo habló de “una gran sorpresa”. El caso es que, apeados en cierta solitaria estación, se encaminaron hacia una casona que resultó ser la mansión de Gioacchino Rossini, el famoso autor de Guillermo Tell. Este llevaba ya retirado treinta años y dedicaba su ocio a recibir amigos en casa y dar soirées musicales en las que siempre, según Alarcón, estrenaba alguna pieza pianística: divertimentos y aun tonadas humorísticas. En efecto, el viaje fue una gran sorpresa, pues el joven Pedro Antonio se encontró de pronto frente al músico que había sido la admiración de toda Europa y causa de las iras de Beethoven.

El barítono Giorgio Ronconi

Ronconi, (de mote “Ropones” en la Granada de entonces) que había estrenado varias óperas de Donizetti y el Nabucco de Verdi, actuó por última vez en Madrid representando Lucrezia Borgia, que fue un fracaso pues había empezado a perder la voz. Decidió instalarse en Granada, quizá animado por el escritor, donde compró el Carmen de Buenavista, sito entre la Cuesta del Realejo y el callejón Niño del Royo. Este Carmen se denomina hoy de Ronconi, donde el barítono o tenor, pues su tesitura era amplia, estableció una escuela de canto. Finalmente, se fue a Madrid donde murió, quizá víctima en Granada de desidias políticas o Dios sabe qué. Acaso sería una buena idea recuperar dicho Carmen e instalar en él algún museo musical u operístico, recompensando

El Carmen de Ronconi en la cuesta del Realejo, en Granada

así algún mal rato que, seguramente, el cantante debió pasar en nuestra ciudad. Es lástima que haya sido olvidado y los visitantes o, aún peor, los lugareños que por allí pasamos, ignoremos quién fue ese Ronconi que da nombre italiano a una casa granadina.

El tiempo petrificado

Es un tópico quejarse de la falta de tiempo, de la velocidad que nos imprimen trabajo, obligaciones y necesidades de tal forma que nuestra vida se dispara hasta tal extremo que llegamos a casa exhaustos, no por fatiga como antaño se fatigaba el campesino o el minero, sino por velocidad, siempre corriendo de un lado a otro.

El dios Cronos devorando a sus hijos, de Goya

Pero no hemos pensado qué ocurriría si se nos congelara el tiempo. Tal vez no haya imagen más terrorífica que esa. Se nos debería representar cuál sería nuestra suerte: podríamos estar sentados o derechos, qué más da, y ver cómo transcurre la vida a nuestro alrededor, cómo la gente camina sometidos a esa aceleración que imprime la vida hoy, todos haciendo cosas mientras nuestro cuerpo permanece ahí, paralizado porque el tiempo no pasa, seríamos invisibles para los demás porque los demás no ven el ayer ni el anteayer. Ellos no se cruzan de nuevo con ese vecino o con aquel coche verde de hace un mes o un año. Los fosilizados seríamos exánimes pero lúcidos, sin poder intervenir en nada porque nuestro tiempo se quedó en pasado. Impotentes, espectadores sin poder siquiera pensar, solo ver, oír, oler, sentir, quizá gustar el sabor de los labios de aquella persona que nos ha atravesado como se atraviesa el aire, pero sin poder degustarlos, gozarlos, poseerlos.

La Medusa, en la mitología griega, petrificaba con su mirada. Sus víctimas quedaban así, como he descrito antes, en un estado de perfecto terror y por los siglos de los siglos, inmovilizados, solo consciencia, pues ni morían ni les pasaba el tiempo. Perseo, a quien la diosa Atenea le obsequió con un escudo-espejo, pudo decapitarla sin peligro, pues Medusa

La Medusa, de Caravaggio

se petrificó al ver su propio reflejo. La diosa Atenea fijó esa cabeza terrible, con serpientes en lugar de cabellos, en su escudo, lo que lo convertía en una poderosa arma.

Las serpientes en continuo movimiento son lo contrario a la paralización a que sometía a sus víctimas. Las serpientes viven un presente que se convierte en futuro y que fue pasado. Las víctimas viven un presente perfecto, eterno. San Agustín decía que el pasado no existe porque ya fue, el futuro aún no existe, luego solo hay presente, pero el presente es un fluir constante, inasible, veloz. De esa velocidad del presente curaba la Gorgona Medusa congelándolo, convirtiendo la muerte en eterna vida inmóvil.

Por eso no deberíamos quejarnos de ese tiempo que se nos escapa como nieve entre las manos, pues además, nos las deja frías. No deberíamos quejarnos de la falta de tiempo porque acostumbramos perderlo de la forma más deprimente. Sí deberíamos quejarnos de la velocidad impuesta por un sistema de vida del que no sabemos escapar, justo igual que si estuviéramos petrificados, en una petrificación movediza.

Prensa hidráulica semejante a la que vi trabajar tras una mampara aislante

Vi una vez una prensa que producía láminas para radiadores de automóvil. Funcionaba a 600 golpes por minuto. El ruido era tan infernal que la habían instalado en el interior de una urna insonorizada. La vista no era capaz de ver qué diablos hacía aquella máquina. Así estamos nosotros: metidos en una urna en la que nos encerramos nosotros mismos por incapacidad, impotencia, debilidad para salir del marasmo. En esa urna, nuestra velocidad es tan grande, tan ruidosa, tan invisible, tan impalpable, tan insulsa que nos hemos convertido en piedra, en un eterno presente terrorífico, tanto como pudo serlo el del señor Valdemar en el cuento de Edgar Allan Poe, quien sometido a hipnosis en su agonía para que le contase al hipnotizador alguna cosa del Más Allá, acabó rogando, urgiendo, exigiendo con voz cavernosa ser liberado de aquel horrible tormento, y dejado morir al fin.

¿Han visto ustedes la película Y Johnny cogió su fusil? Pues eso.

Bendigamos el tiempo, el que nos es dado o nos toca en suerte, es lo mismo.

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Artículos en el diario Ideal

Aquí van  otros dos artículos de los publicados en Ideal a través de la Academia de Buenas Letras de Granada. El primero se ha escrito con la esperanza de que alguien se acuerde del insigne y desaparecido escritor, poeta y pintor cubano Severo Sarduy. Si hubo un barroco caribeño, que lo hubo, Sarduy es el ejemplo del barroquísimo caribeño-parisino, pues allí buscó refugio. Lo conocí a través de Juan Goytisolo y Julio Cortázar, disparaderos ambos de otros escritores y artistas para muchos de nosotros que fuimos algo más jóvenes que ellos. El otro es homenaje a una excelente poeta chilena residente en Granada, donde ha encontrado inspiración y amor, dos cosas sin las que el artista no puede vivir. Espero que os gusten.

¿Alguien se acuerda de Severo Sarduy?

Severo Sarduy

Alguien dijo que hay escritores que se sirven del lenguaje y otros que sirven al lenguaje. ¿Qué cuál es la diferencia? Los primeros usan el lenguaje como usan la servilleta, para aquello que consideran útil. Los segundos veneran el lenguaje y lo modulan, lo crean, lo imaginan en obras donde él es el protagonista. James Joyce, Juan Goytisolo, Luis Martín Santos, Mijail Bulgákov, Paul Celan, Julián Ríos, José Lezama Lima… entre otros muchos. Y Severo Sarduy.

Este cubano exiliado en París desde 1960 fue poeta, ensayista, pintor y novelista. Todo eso.

Como poeta fue extremadamente barroco en sus postrimerías. Al principio, rindió homenaje a la poesía, la música y la imaginería popular cubana. Curiosamente, idénticas características tiene su novelística con algunas salvedades. Como ensayista le preocupó el barroco del Siglo de Oro español, el cubanismo, la música popular y la literatura de su país.

Cuadro de Severo Sarduy, con eso que parece una caligrafía o un texto ininteligible

Su pintura es abstracta y algunas de sus telas son inconfundibles. Preguntado por el motivo de su pintura contestó: “pinto porque escribo”. Y esa afirmación la lleva, en algunas de sus obras, hasta el extremo. Juan Goytisolo, que fue amigo suyo en la capital francesa, decía que dichos lienzos son diminutas caligrafías inexistentes repetidas hasta el agotamiento. Textos incomprensibles, pues no hay alfabeto al que respondan. Un rellenar la tela de arriba abajo y de izquierda a derecha, aunque en ella no exista norte ni sur, este ni oeste. Tiene algunos paisajes y figurativismos muy mitigados donde lo importante es el color y la evocación, siempre, de su querida isla de la que, a pesar de su estancia en París hasta su muerte en 1993, espiritualmente nunca salió. Hay una influencia, más que paisajística, anímica, tanto en su obra gráfica como en sus narraciones, de la India y su espiritualidad tan a flor de piel.

Respecto a sus novelas, unas cuantas características las resumirían si es que esta aberración que acabo de escribir fuera posible. La homosexualidad, o más bien, la indefinición sexual de sus personajes es una de ellas. El transformismo o la mutación, quizá, serían una descripción más precisa de esos héroes, que acaso sean heroínas. La mezcla de cultura popular y alta cultura, signo incontestable de un cierto posmodernismo. La no pertenencia a familia ni grupo de esos mismos personajes, que a menudo van a la busca de un amor, las más veces homosexual, o de una metamorfosis que los convierta en seres nuevos, sea esta física o mental, que para el caso de Sarduy es lo mismo. Cuba y su santería, sobre todo en su segunda novela De donde son los cantantes. La reivindicación de una libertad que en ningún caso es política, sino de costumbres. La religiosidad hindú, sus intrincados dioses, su contemplación, los éxtasis y el quietismo, y también, claro, la ascesis más severa, la realización mental a través del cuerpo y a la inversa. Y el humor, por supuesto.

Portada de Cobra, de Severo sarduy

Sus novelas son complicadas, a qué negarlo. A diferencia de Lezama Lima, de quien tiene un barroquismo semejante (con Carpentier fueron clasificados como barroco caribeño), él sí mezcla lo popular y lo culto, como hizo de una forma mucho más moderada Cabrera Infante.

Una verdadera lástima que hoy esté tan olvidado, ninguneado. ¿Difícil?, por supuesto. Pero ¿qué amor es delicioso si no tiene su pizca de dificultad? De hecho, toda esa generación llamada del boom está hoy olvidada o casi. Sus epígonos en España, o están tan arrinconados como ellos, o son inexistentes. Por suerte, nos quedan otros latinoamericanos que mantienen la respetabilidad del español. Una pena no dejar influencias. Eso sí, todo el mundo habla de aquellos autores… sin leerlos.

Una chilena en Granada

Marina Tapia con su poemario El relámpago en la habitación en las manos

Cualquiera sabe que para que se sostenga un taburete se necesitan tres patas. Sostenerse en dos es difícil pero posible: nosotros lo hacemos. Cuanto menos, que sean esas dos. El español se sostiene porque se habla aquí y allá. Sin ese allá, sería mucho más pobre. ¿Cuánto les debemos literariamente hablando a los latinoamericanos? No es ya cosa del llamado boom, sino desde siempre. Ahora mismo. Hace quinientos años. Siempre. Tenemos el privilegio de tener en Granada, ciudad de poetas, a una chilena que escribe poesía.

Marina Tapia, chilena de nacimiento y granadina de adopción y de amores, es poeta de campanillas. Premios ha recibido, pero no hablaré de ellos porque lo importante es lo que dice, lo que anuncia, el reconocimiento viene de sí. Su último libro publicado, Marjales de interior, fue escrito en Fuentevaqueros, mientras ella vivió allí durante un año.

María Zambrano, la gran pensadora malagueña, decía que inevitablemente la poesía se acerca a lo sagrado. En este libro de Tapia hay tres aspectos sacros que son tratados con belleza nada desdeñable: el tiempo, tanto en el aspecto del paso de él como en el climático, la naturaleza y el amor.

Marina Tapia con el poeta cartagenero Antonio Marín Albalate

El tiempo es cíclico: las cuatro estaciones aludidas de forma un tanto lateral, sutil. La naturaleza está presente en todo el poemario, brilla como los cerezos en abril. El amor está imbricado en las otras índoles y la muestra mayor está en el único poema en prosa del libro, titulado Carmen de los mártires. Empieza con una invocación, con un deseo gritado: “Qué debo hacer, decidme, para quedarme allí”, equivalente al goetheano “¡Detente, instante, eres tan bello!”. Y ese anhelo de parar el tiempo tiene dos motivos que coinciden con los otros dos motivos del libro: la esencia de ese jardín, su carácter de hortus conclusus, la naturaleza civilizada, domesticada pero no por ello menos hermosa, y el amor con quien comparte instante, sentimiento y embeleso.

En el eficaz prólogo se dice: “Ahora, con este Marjales de interior, ha compuesto una oración a la totalidad, escrita como quien oye un pájaro”. Las alusiones a la mística son constantes, a una mística particular e intransferible, una mística sin Dios, quizá, pero en la que se ha sustituido a este por la naturaleza y el amor, que para hacerlo bien, habría que escribir ambas palabras con mayúscula pues ambas fueron Dioses. ¿Panteísmo?, quizá. Pero misticismo, seguro. Esa apreciación del prologuista, alusiva a la escucha de los pájaros, es decir al lenguaje de los pájaros: hablarlo, comprenderlo, es hablar con Dios o con los Dioses pues es ese el lenguaje que Ellos utilizan, convirtiendo a los pájaros en intermediarios.

Con la editora y escritora Ana Morilla

Así es todo el libro. En Carta antes del viaje, poema preparatorio, aludiendo al corazón dice: “Que curaste tu arritmia en la vega./ Que de nuevo sonríes.// Espero tu respuesta, quiero ir”, y ese es otro motivo que mezcla los esenciales: el viaje, el quitarse de en medio para reiniciar la vida, el ponerle voluntad para ser de otro lugar, pues no elegimos el punto de nuestro nacimiento. Ella de Chile a Andalucía, yo de Barcelona a Granada. No deberíamos sentirnos orgullosos de nuestro lugar de nacimiento pues nos vino dado, sino del lugar en el que queremos vivir, aunque sea el mismo, pues es producto de nuestra voluntad, y ay de aquel que se queda por inercia.

La poeta está presente ante el desarrollo y la variación de la naturaleza. También lo está ante lo mismo del amor. Y lo grita susurrando, con grito suave de mujer porque también ellas son cíclicas. Y los últimos poemas son una despedida aterciopelada, mansa, un olvido de lo secundario para eternizar lo importante: el tiempo, la naturaleza, el amor.

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Un cuento sobre tango: Joaquín

Mi tío Joaquín de joven

En mi familia, cuando alguien habla del tango todos pensamos en mi tío Joaquín, esposo de una hermana de mi madre. Persona entrañable, acostumbraba venir a Granada, ya jubilado y cuando quedó viudo, para quedarse con nosotros y acudir a nuestro Instituto, donde entabló amistad con varios profesores de prácticas mecánicas. Había sido tornero y una de las primeras personas (si no la primera) que montó e hizo funcionar un torno automático en España allá por los años 40 o primeros 50 (uno de aquellos cuyo automatismo funcionaba a base de levas y empujadores, no como los actuales que son comandados por ordenador). Le encantaba tratar con los chavales y notar su entusiasmo cuando él les mostraba en el torno su experiencia de tantos años.

Gran bailarín, bailar el tango era su pasión. Cuanta mujer se prestaba a dejarse llevar por los difíciles pasos de ese baile, era sacada a la pista o al comedor de mi casa. Hombre ágil y delgado, lo bailaba con gran elegancia y conocimiento.

Foto de la boda de mi tía Anita con Joaquín

Por eso, cuando Ana Morilla, de editorial Artificios, me propuso escribir algo sobre el tango para un libro de muchos autores con ese tema, no lo dudé: escribí la historia que él me había contado tantas veces, adornándola solo con la poca ciencia que tengo en esto de escribir narraciones. Él estaba convencido de esa fe, convencimiento que me lleva a creer a mí también que cuando un humano cree algo, eso se convierte en realidad absoluta para él.

El libro ha salido al mercado granadino (ignoro si tiene distribución en otros lugares, aunque me temo que no) y está en las librerías más importantes (que son pocas, no las importantes, sino las librerías) con el título de Latidos del tango, antología de relatos, y finalmente lo ha publicado Ediciones P.G. Creo que se podrá conseguir por internet.

Reproduzco aquí mi cuento al que titulé, en un alarde de imaginación, Joaquín, porque él es el verdadero protagonista, no solo de la historia, sino de todo mi recuerdo en torno al tango y a su enorme bonhomía, su voluntad y también su júbilo, porque a pesar de haber tenido una vida ardua como todos aquellos que sobrevivieron a la guerra, y también lograron sobrevivir, aún más difícil, a una mísera y repugnante posguerra, a pesar de todo ello era un hombre alegre, amante de la buena vida, de su cigarrito, de los dulces y mientras le fue posible, del carajillo de anís. Nunca olvidaré cuando mi padre le echaba el chorrito en la taza y Joaquín decía con mucho cachondeo: “¡cuñao!, no seas miserable y echa un chorro, no una gota”. Él seguirá vivo mientras quienes lo conocimos sigamos recordándolo y queriéndolo. Tal vez mi cuento ayude a que algunos que no lo conocieron, se lo imaginen. Por cierto, las fotografías son herencia familiar.

De izquierda a derecha: mi madre, mi tía Anita, Joaquín, mi padre y, de pie, mi prima Maritina

Joaquín

Mi tío Joaquín, que nació a principios de la segunda década del siglo XX, creía con firmeza que él era la reencarnación de un estanciero argentino. En sus sueños veía una casa enorme en mitad de la pampa, con algunos árboles de sombra, galpones para aperos y trabajadores, cercados para las ovejas y un pozo. Había visto la mansión, decía, innumerables veces y siempre la misma. El hacendado tenía esposa pero no hijos. Trataba mal a los peones, pero gustaba de cabalgar con ellos, hacer también él su trabajo dando órdenes a gritos, dormir al raso cantando viejas canciones y pulsando una encordada. De un payador al que admiraba retenía, entre muchos, unos versos: “Hablan de pampas sin eco,/ cosa que no conocí”. Esa y cien coplas y milongas más eran entonadas por las voces roncas. Cebar mate, comer un asado, beber la caña y el aguardiente de los gauchos, liarse y encender un negro para tirar luego el pucho a las brasas, todas esas cosas eran su gusto.

La pampa argentina

También lo apasionaba darle cartucho a los pajonales que bordeaban los arroyos. Pero a menudo no cazaba por comer lo cobrado sino por matar. Ni gallaretas ni horneros ni calandrias ni torcazas irían a parar a la lumbre. Prefería la olla o el sancochado, mas no se iba a privar de los disparos.

Sin embargo, a pesar del trato con los gauchos, cuando a alguien se le escapaba un caracú a punto de ser marcado o no conseguía reunir las reses para el recuento, lo golpeaba con el rebenque mostrando una rabia desmesurada. Si su parejero, que no era siempre el mismo, corcoveaba o no corría lo suficiente, le clavaba las espuelas hasta que chorrease sangre. Muchos hombres, apegados al pago, soportaban su mal carácter y no les importaba, mas otros pedían las cuentas y rumbeaban para el palenque echándose atrás el ala del sombrero.

Le gustaba escuchar el chiflido de los pastores llamando al ovejero, pero no soportaba que alguien no supiera cinchar. He dicho que no siempre cabalgaba el mismo parejero. No fue así. Tuvo un malacara negro y ligero como el relámpago. Una vez, pidió a un peón joven que lo llevase de riendas al galpón, lo desparejase y le diese grano. El mozo, tentado de montarlo, lo intentó en la trasera de la casa para que no lo viera el patrón. El caballo se estremeció, quizá con el poco peso o extrañando las espuelas, y salió enloquecido hacia las cercas. Mil veces las había saltado, pero sin dominar, tropezó y se rompió una pata, cayendo sobre el peón. Rabioso, el estanciero tomó un revolver y primero mató a su querido malacara y luego, con el rebenque y a tiros, remató al muchacho.

Bailando el tango

Al principio de su matrimonio tomaron por costumbre viajar en Navidad a algún pueblito de la sierra huyendo del calor y los zancudos, pero allá el hastío era mayor aún que en la hacienda, de modo que tras dos o tres veranos empezaron a desplazarse a la capital, a Buenos Aires donde encontraron gusto en frecuentar conventillos y bailongos. Valses y polcas, chacareras, cuándos, carnavalitos y pericones. En alguna hora le tocó defender a su mujer de ciertos gallos de ciudad, y él, que era baquiano y diestro con el facón, acababa sacando sangre de los cueros. El malambo le gustaba a él, pues es danza de machos, y lo zapateaba con sus hombres al son de la encordada o allí, en los bailes que se topaban en sus holganzas veraniegas. Más de una vez escucharon los ritmos que venían de los tambos o tangos de los morenos que mareaban desde Cuba, pero no osaron entrar, que bien estaba que los negros hicieran sus cosas y los criollos las suyas.

También desvelaba el malhumor con su esposa. Era esta una belleza morena, tal vez con sangre mulata aunque no lo mostrara, de pechos amplios y caderas anchas, con una mirada suave que recordaba la de las vacas y una piel que para sí la quisieran las santas. No era la primera vez que le levantaba la mano. Su ira era irreprimible. Pero que le zurciera un poncho lo sacó de quicio. ¿Soy yo resero, soy yo hombre a quien tomen pa’la arada?, le dijo dándole fustazos.

Gaucho

No supo si su mujer murió por los golpes o del enojo por recibirlos, pero doña Beba, que así sabía Joaquín por sus sueños que se llamaba, si bien nunca supo cuál era el santo de su antecesor, doña Beba murió un invierno duro en el que las reses se tumbaban sobre los charcos sin ansia de pastar los herbazales semipodridos.

El estanciero falleció poco después. Cuando ella expiró cabalgó su parejero y pasó cinco días solo a la intemperie. Volvió mojado y tosiendo. Durante su agonía lloró como una pibita a la que dejó el amado. Tampoco se supo si murió de la pulmonía o por el disgusto y la mala conciencia. El que no domina su rabia, acaba pagando consigo mismo.

Joaquín había soñado tantas veces esta historia que me la contó con pelos y señales. Se despertaba sollozando como si en lugar de la esposa del estanciero hubiese sido su propia esposa la finada. Cargó, decía, con la culpa del hombre tras cuya muerte había heredado su alma.

Rambla abajo: Joaquín, Anita, mi tía Pepita y mi tío Antonio, hermano de mi madre

Mi tío Joaquín se había casado con una hermana de mi madre, Anita. Y mi tía Anita se parecía como un garbanzo a otro garbanzo a la descripción que Joaquín hacía de doña Beba. Mujer hermosa y con gracia, cantarina y alegre, buena madre y enamorada. Gustaban ambos de ir a bailar a cualquiera de las salas de fiesta que había en la ciudad. El pasodoble, el vals, incluso el calipso cuando apareció, les gustaba, pero nada como el tango. Joaquín sabía llevar a Anita en los quiebros de ese baile. Con cara de pícaro me decía, ante mi poco arte para la danza, que en el tango el hombre debía meter su rodilla entre las piernas de la mujer. Lo vi en una ocasión bailar ya setentón y tenía el aire de un adolescente.

Anita enfermó. La atacó un Alzheimer demoledor. Mal de Pick, lo llamaron. Se negó a ingresarla en una residencia. La presión de la familia, que no dábamos abasto para ayudarle, no hizo mella. Él la cuidó hasta el último momento. Mi tía Anita murió de hambre porque al final no era capaz de chupar de una pajita ni de un biberón. No recordaba cómo se hacía. En un hospital o en una residencia de ancianos la habrían alimentado con sonda, pero no habría tenido el inmenso cariño que él le prodigó hasta el final. Debía pagar aquella herencia malvada que recibió de su precedente en el uso de su alma buena. Y la pagó sobradamente. Nunca viajó a Argentina. Solo el tango, que muerta su esposa siguió bailando con cuantas mujeres de la familia se le ponían a tiro, lo consolaba. Eso, y el afecto comprensivo que todos intentamos prodigarle. Solía canturrear mientras se afeitaba aquello de Gardel que decía: “Sus ojos se cerraron/ y el mundo sigue andando/ su boca que era mía/ ya no me besa más”.

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El oboe paraguayo

Ximo Osca, fatogista de la OCG, con su cara de valenciano buena gente

Ser traducido es, o debería ser una experiencia. Puesto que soy un mindundi, no hubo tiempo siquiera de que la traductora y yo nos pusiéramos en contacto. Además, aquí nadie cobraba, por supuesto, sino que la ilusión y la voluntad lo han hecho todo. Me propusieron escribir un poema o un cuento para la revista que debía salir como resumen de la 47 Conferencia Internacional del IDRS (International Double Reed Society, Sociedad Internacional de la Doble Lengüeta, o algo así) que agrupa a los intérpretes, fabricantes y compositores de instrumentos de doble lengüeta, es decir oboes y fagotes, que debía celebrarse este año en Granada. Desgraciadamente, ni siquiera pude asistir al último concierto que cerraba la Conferencia porque me lo impidió un lumbago (cosas de viejos). Pero antes de eso, el asunto me hizo ilusión. Fue mi amigo Alberto Granados quien me lo propuso y me contactó con Ximo Osca, fagotista de la Orquesta Ciudad de Granada y organizador del evento. Escribí un texto corto y se lo envié. Hubo problemas porque al parecer yo nombraba, sin intención, a una marca de oboes y eso podía molestar a los otros fabricantes. Con todo, parece que no se cambió gran cosa.

Un oboe en su estuche

Incluyo la traducción inglesa. Me ha hecho mucha ilusión ser traducido porque es la primera vez. Mi estreno. Mi desvirgue. Me temo que algún problema habrá con ella. Quizá hay una frase “and so on bacè to the Jesuit fathers who came here” que rechina o es un error de tipo Dios sabe. Ese bacè es más raro en inglés que el what en español. Pero es igual. Me gusta. Por eso la incluyo, por ilusión. Y lo comparto con vosotros, todos aquellos a quienes envío este blog. Gracias por leerme.

El oboe paraguayo

Será mejor que yo lo acompañe, dijo monsieur Klart, un francés de Lille que se comía la mitad de las letras. A Georges Gillet, nacido en Louviers, le agradó el acento y le agradeció el servicio: en países como aquel era mejor ir protegido por alguien de la Embajada en Buenos Aires. Además, Klart hablaba español. Encontraremos a ese hombre, no se preocupe, le aseguró. Y lo encontraron. Tardaron días desde la capital remontando el Paraná hasta la aldea de Obligado.

El taller era una mísera choza y su inquilino debía dormir en ella porque a un lado había un catre. De las paredes colgaban los más variados instrumentos musicales, todos de viento madera. El indio, pues lo era, no los oyó ni los vio, los sintió y se giró a mirarlos en el umbral.

Georges Gillet, oboísta francés

Klart empezó las presentaciones en su buen español. El paraguayo dijo buenos días, señor Gillet, y extendió su mano oscura y algo callosa al músico francés. Usted quiere un oboe que suene como las voces angélicas, continuó, usted quiere un instrumento que le permita hacer lo que se le antoje, quiere lo que decía San Juan de la Cruz: un pájaro solitario. ¿Cómo lo sabe?, preguntó el francés. Lo sé, de igual forma que sé fabricar estos instrumentos: mi padre me dejó la sabiduría, y a este el suyo y así hasta llegar a los padres jesuitas que aquí vinieron, lo sé, es todo, y conocida su fama también sabía que tarde o temprano vendría usted, por eso empecé a hacerlo con buena madera de jacarandá.

Hasta entonces nadie había llegado tan lejos en la técnica oboísta. Fue Gillet, mostrando el instrumento construido por el indio, quien enseñó a François Lorée cómo debían ser elaborados. Este, que había sido capataz de Triébert, montó su propia fábrica y el modelo mostrado por Gillet fue su fortuna.

Sin aquel oboe americano, Georges Gillet nunca habría podido componer sus 25 estudios. En la dedicatoria no constaron ni el paraguayo ni Klart: se habría descubierto el secreto.

 

The paraguayan oboe

I’d better accompany you, said Monsieur Klart, a Frenchman from Lille who missed half the letters when he spoke. Georges Gillet, born in Louviers, was delighted by the accent and thanked the offering: in countries such as that one it was better to move around protected by someone from the Buenos Aires Embassy. Moreover, Klart spoke Spanish. We’ll find that man, don’t you worry, he assured him. And they did. It took them days, travelling from the capital, up the Paraná to the hamlet of Obligado.

Primera página de los 25 Estudios de Georges Gillet

The workshop was a dismal hut, and is tenant must have slept in it because there was a cot on one side. Hanging from the walls was the greatest variety of musical instruments, all woodwind. The Indian, for so he was, did not hear or see them; he felt and turned to look at them from the threshold.

Klart started the introductions in his good Spanish. The Paraguayan said good morning. Mr. Gillet, and held his dark and somewhat calloused hand to the French musician. You want an oboe that sounds like angelic voices, he continued, you want an instrument that allows you to do whatever you feel like; you want what Saint John of the Cross said: a solitary bird. How do you know that? asked the Frenchman. I just know, as I know how to make these instruments: my father left me his wisdom, and his father to him, and so on bacè to the Jesuit fathers who came here. I know, that’s all; and knowing your reputation. I also knew that sooner or later you would come. That’s why I started making it with good rosewood.

No one till then had come that far in the oboe making technique. It was Gillet, showing him the instrument the Indian had made, who taught François Laurot how they should be

El Paraguay, tan olvidado a veces

manufactured. Laurot, who had been Trièbert’s foreman, set up his own factory, and the model shown by Gillet made his fortune.

Without that American oboe, Georges Gillet could have never composed his 25 fantasies. Neither the Paraguayan nor Klart appeared in the dedication. The secret would have been discovered.

Traductora: Margarita Carretero González

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