Artículos periodísticos

Coloco de nuevo dos artículos de los sacados en el periódico Ideal en su sección De Buenas Letras. Espero que os sugieran algo bueno.

De utilidades y conveniencias

Portada del libro de Ramón Tamames

En estos meses de confinamiento, y lo que nos queda por pasar, ha sido muy útil tener un entretenimiento concreto, una forma de pasar el tiempo que no sea aplatanarse frente al televisor ni salir a correr por calles o caminos, actividad vetada. Leer sirve tanto como hacer maquetas. Solo que lo primero acostumbra tener mala fama en este país de todos los diablos donde he sido insultado alguna vez con la palabra intelectual.

Por la entidad a la que pertenezco, se me supone afición a leer y escribir. En estos meses me ha dado por leer historia, además de mis habituales temas: novela o cuento, ensayo, preferentemente literario y filosófico. Mas, durante unos meses, historia: la biografía de Hernán Cortés, de Tamames, la de Shakespeare, de Greenblatt, la del emperador Carlos y la de su hijo Felipe, ambas de Parker. Leer historia tiene como ventaja-inconveniente que te enteras de las cosas. ¿Por qué inconveniente?, porque dinamita el prejuicio. Los prejuicios son como los zapatos viejos, muy cómodos aunque atenten contra la industria y el buen gusto. Calzarse unos nuevos puede producir ampollas, pero es absolutamente necesario porque el apoltronamiento prejuicioso es nefasto para la inteligencia. Muchos creen que la conquista americana por los españoles fue nefasta. Seguramente con razón, pero no tanta. Tamames no es sospechoso de conservadurismo, ni económico ni político. Los reinados del emperador Carlos y su hijo Felipe tuvieron sombras y luces. Muchos ven solo las sombras. Parker pone luz, no para eliminar las negruras sino para darla a todo, lo bueno y lo malo. La biografía de Shakespeare no es una mera enumeración de acontecimientos y éxitos teatrales o fracasos amorosos, sino un retrato profundo de una sociedad. A veces temo que la formación histórica de nuestra juventud, tan dada a juzgar con patrones actuales los hechos antiguos (y es antiguo todo lo de 20 años atrás) alcance el nivel de preguntarse por qué Carlos V no les ponía un whatsapp a sus conquistadores en América para enterarse de cómo iba el asunto, o cómo es que estos no hacían una transferencia bancaria a los Felipes Habsburgo con el oro capturado en lugar de enviarlo por barco, con la de piratas que había. Lo peor no es eso: los jóvenes suelen ser ingenuos respecto a lo que ignoran. Lo peor es la gente madura que se aferra a lo que cree saber sin ponerlo jamás en duda leyendo o enterándose de la verdad.

Una consigna

José María Gil Robles

En 1934, durante la II República, un grupo de partidos conservadores ganaron las elecciones. Entre esos partidos se contó la CEDA, Confederación Española de Derechas Autónomas, con un presidente, José María Gil-Robles, que reunía las características de algunos líderes fascistas de Europa, al menos en sus intenciones primeras, a pesar de lo cual, en el 36 se fue de España y no pudo volver hasta 1953, con una actitud clara de oposición al régimen del general Franco y a favor de la monarquía.

En los tiempos de la fundación y triunfo de la CEDA, así como otros partidos no democráticos europeos también los tenían, se impuso un eslogan que caracterizaba a su jefatura e ideología: Todo para el Jefe. Como buena frase política, se repetía hasta la saciedad. La CEDA no era Falange, aunque algunos de sus postulados se aproximaban peligrosamente.

Mi padre, barcelonés, me contaba que entró en una ocasión en los servicios de una cervecería famosa de la ciudad y vio una pintada que decía así: ¡No tirar de la cadena!, ¡todo para el Jefe! Admirable la capacidad del pueblo español de traducir a broma las barbaridades que siempre han hecho y dicho sus dirigentes (podría decirse de nosotros aquello de “qué gran vasallo si hubiere mejor señor”). La chirigota siempre ha hecho daño a esos mismos dirigentes cuando se toman demasiado en serio a sí mismos. Y esto se da no solo en casos de clarísima dictadura, sino también en ciertos dirigentes democráticos que se creen imprescindibles e insustituibles.

CArtel electoral en la Puerta del Sol madrileña. Justo encima de donde hoy aún está Doña Manolita. No sé yo.

Muchos opositores a esos dirigentes que se toman a pechos a sí mismos consideran que la cuchufleta va en contra de la seriedad que exige la Historia, la Política, el Pueblo y el País, magnificación de lo que ellos consideran trascendente. Están en un error, y aunque no lo estén, los españoles nos seguiremos tomando a chufla lo que hagan. Si nos reímos del dictador a pesar del peligro, seguiremos riéndonos de los políticos democráticos porque es la manera de darle salida de espita a la impotencia que el pueblo tiene ante quien está arriba. La pregunta, para mí importante, que no trascendente, es: ¿seguirán pensando algunos seguidores de ciertos mandamases de hoy, que todo se debe al Jefe, que todo debe darse en función de los deseos, oníricos a veces, del Jefe? Cada partidario verá la paja en el ajeno y no la viga en el propio. Tendremos que seguir riéndonos. Además, la chanza, la mojiganga son dignas de estudio lingüístico, que los hay.

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Encuesta-entrevista para Absolem-La oruga azul

La narradora y poeta, mi buena amiga Carmen Hérnández Montalbán, que fue alumna de Rosa, mi mujer, en Guadix, me pidió contestar a una especie de encuesta-entrevista para la revista electrónica Absolem-La oruga azul en su número de 29 de noviembre de 2020. En este aciago año pasado, que continúa, de momento, en el presente porque las fechas señaladas no cambian nada sino que el tiempo es un continuo de aconteceres o hastíos, contestar a la dicha entrevista, no solo fue un placer sino también un honor y un entretenimiento sano. La coloco a continuación por si a alguno de los amigos a quienes alcanza este blog le apetece leer sobre mis manías, inquietudes y pamplinas varias. Gracias por vuestra lectura.

HABLANDO DE LETRAS

-Breve reseña biobibliográfica.

Mi nombre es Miguel Arnas Coronado y vivo en Cájar, Granada. Nací en Barcelona en 1949. Sin alcanzar la categoría de anciano, me acerco. Mi afición a la literatura, porque afición es, me viene de antiguo. Me fui a vivir a Guadix en el 80. Allí encontré tiempo para escribir, meditar y encontrar a mi amor. En el 89 nos vinimos a vivir a la capital. En el 2003 publiqué mi primera novela, que era la tercera escrita por mí, Bajo la encina, en la colección Granada Literaria del Excmo. Ayto. de esta ciudad. En el 2007 se me concedió el premio Ciudad de Guadalajara de novela por Buscar o no buscar, que fue publicado por Ediciones Irreverentes. En 2010 fui premiado con el Francisco Umbral de Majadahonda por la novela La insigne chimenea, que se publicó en editorial Everest. La editorial granadina Nazarí me ha publicado dos novelas: Ashaverus el libidinoso y Nos. La editorial granadina Artificios publicó mi libro de poemas en prosa Piano en pájaro, en tanto fue la editorial madrileña Adamaramada la responsable de publicar otro poemario semejante, El árbol. La editorial Port Royal me publicó la continuación de Ashaverus, que titulé Ashaverus el creador. Además, guardo en mi disco duro 13 novelas inéditas. He participado en unos cuantos libros de cuentos de autoría común, así como he colaborado con críticas y reseñas en algunas revistas. En 2016 ingresé como miembro de número en la Academia de Buenas Letras de Granada, y fue en el seno de ella que publiqué la novela Concierto triste para trío y coro. Siempre termino este tipo de biobibliografías con la frase siguiente: confieso que he escrito y leído como el lujurioso confiesa que fornicó.

-¿Qué significa para usted la lectura y la escritura?

Se escribe porque se lee. También acostumbro asegurar que, por haber sido profesor de dibujo técnico, y por tanto, de geometría, sé que un plano se define, entre otros conceptos, por tres puntos. Pues bien, el plano de mi vida se define por los siguientes: la literatura, la música y el amor. Sin ellos mi vida carecería de sentido. Leer es discutir con las personas más inteligentes de la historia. He dicho discutir porque al leer uno puede o no estar de acuerdo con lo que el autor asegura, incluso puede entusiasmarle o disgustarle la forma en que lo dice. Respecto a escribir, a veces es una forma de ahorrarse el psiquiatra con la llamada autoficción. Otras, cuando uno se inventa mundos, es manera de vivir muchas vidas. Mis personajes son mis amigos y también platico con ellos.

-Cite los títulos de algunos libros con los que ha disfrutado y cuéntenos el motivo.

Siempre se evoca el goce último, pero trataré de evitarlo. Al principio leí mucha novela. Luego me decanté también por el ensayo. He leído abundante filosofía, tal vez porque mis estudios no fueron humanísticos sino tecnológicos y ese defecto de formación académica me hizo rebuscar en lo que espiritual y psicológicamente me motiva. Disfruté con Rayuela, de Julio Cortázar. He adorado los diarios (Radiaciones y Pasados los setenta) de Ernst Jünger. Juan Goytisolo, Benito Pérez Galdós, Max Aub y, desde luego, todo Cervantes. Recomiendo mucho a un novelista español aún vivo y en activo: Gonzalo Hidalgo Bayal. Me encantó leer a fondo al filósofo Eugenio Trías y a la pensadora María Zambrano. En Historia me encanta la de la cultura, es decir, aquella en la que se cuenta la forma de vida de la gente corriente y la evolución de las artes, la ciencia y la tecnología. Mi última lectura de veras arrebatadora a este respecto ha sido Los europeos, de Orlando Figes. Y dejo sin mentar un ciento, pues como soy muy enamoradizo, enumerar todos mis amores sería imposible. La cultura, decía Nietzsche, es producto de la casualidad, o dicho de otra forma, del boca a boca. Y yo hago mucho caso de determinados amigos o revistas literarias que me recomiendan esto o lo otro.

-¿Cree que los certámenes literarios son catalizadores fiables de la buena literatura?

Mis dioses lares: Julio Cortázar

Como he dicho anteriormente, he ganado dos premios literarios. Son fiables los pequeños, los que convocan algunos Ayuntamientos o Diputaciones. En cierta ocasión hablé con una persona que había ganado el Planeta y me confesó abiertamente que es un premio adjudicado con anterioridad: a esta persona “le encargaron un Planeta” meses antes de que se fallara a su favor. En ninguno de los dos que gané me conocía nadie, y en el Francisco Umbral de Majadahonda estaban en el jurado nada más ni nada menos que Soledad Puértolas, Fernando Sánchez Dragó y Luis Mateo Díez. Lo malo de estos premios es que la organización paga al autor y al editor y este, a menudo, se desentiende de obra y escritor por la simple razón de que ya han cobrado, les compensa la edición. En el mundillo de las editoriales hay gente honradísima y gente cuya honradez parece un trapo percudido. Y no debemos olvidar que, también en cuestión cultural, darle a la gente lo que quiere es puro populismo, demagogia, ese gran mal que afecta a nuestra sociedad.

-¿Qué opina del mundo editorial en la actualidad?

Ya he apuntado algo en la anterior respuesta. Son mejores las pequeñas que las grandes. Planeta, por ejemplo, ha dejado de publicar libros, si no son los de su afamado premio. Ya posee otras editoriales que se dedican a ello. La edición es un negocio. A veces es un negocio heroico, pero no podemos creer que un editor se arruinará por publicar a alguien desconocido. Se lee muy poco. Vender libros en España hoy es casi tan difícil como vender calefactores en el trópico. De modo que con cada publicación el editor se la juega. Tusquets, por ejemplo, publica libros mediocres y vendibles para poder editar maravillas menos rentables. O Acantilado. Normalmente, con las editoriales pequeñas el autor se compromete a vender un mínimo de tantos ejemplares. Si no consigue venderlos, el autor deberá comprar el resto de ese mínimo. Hablo de los editores honestos. Luego están los que te cobran la edición más su ganancia, así, descaradamente, y luego, tú espabila. Una edición de un desconocido en una editorial pequeña puede alcanzar en nuestro país a los 200 o, siendo muy optimistas, los 500 ejemplares. En Francia, en las mismas circunstancias (desconocido y editor pequeño), se alcanzan con facilidad los 10000. Y pienso que un país que no lee, un país inculto, jamás será un país rico, y si lo es, le durará poco.

Mis dioses lares: Ludwig van Beethoven

-¿Cuál es, en su opinión, la brújula de un buen crítico literario?

Con franqueza, no tengo ni la más remota idea. Ya he dicho que mis estudios académicos no fueron del ámbito de las humanidades, de modo que lo que aprendí sobre lo literario lo hice por mi cuenta. Las críticas o reseñas que he escrito las elaboré siguiendo mi gusto, fueron construidas con el corazón, apenas con la cabeza. No tengo método ni brújula. Sé lo que me place y también lo que me aburre o deprime por falta de calidad, y con eso escribo como quien habla con un amigo para convencerlo de que lea esto o aquello.

-Cite sus libros y diga con pocas palabras qué puede encontrar el lector en cada uno de ellos.

Mis dioses lares: Miguel de Unamuno

De mis dos libros de poemas en prosa creo que puede sacarse belleza y pensamiento, o cuanto menos eso intenté. Bajo la encina habla de un fracaso, alguien que quiere cambiar el mundillo que lo rodea y no lo logra: es, más o menos, un trío amoroso. La insigne chimenea, es crítica social y política mezclada con sentido del humor que raya en la ridiculización. Soledad Puértolas me dijo que se había reído mucho con ella. Buscar o no buscar es casi novela negra con una crítica mordaz al terrorismo y al fundamentalismo político. Los dos Ashaverus son la crónica de la curiosidad y el riesgo, mezclada con otra de mis obsesiones: el judaísmo y la Cábala, a los que añado el erotismo. Nos es la memoria de la Transición española desde la óptica de la enseñanza: narra el proyecto de un instituto (lo que luego se institucionalizó en la reforma educativa de 1990, la llamada LOGSE) que fracasó por culpa de las disensiones entre el profesorado (el peor enemigo de la izquierda política es la izquierda) y por falta de tiempo: una enseñanza como debería ser esa requeriría una dedicación de 25 horas al día. Sé que más de uno se reirá de esto, pero estoy convencido de que es cierto. En el Concierto triste traté de explayarme en el detalle de un ser humano. Cuando ya la hube escrito me percaté de que había retratado a ese hombre que María Zambrano definió como el exiliado o el idiota (no se tome este término en el sentido de majadero sino en el de alguien separado de la sociedad, no por decisión propia sino ajena, el que es alienado por los demás).

Por último solo quiero agradecer a esta revista la oportunidad de expresar mis inquietudes literarias. De lo dicho anteriormente se deduce que si algo deseo es ser leído (las posibles y probablemente inexistentes ganancias económicas me importan un bledo), y estas entrevistas pueden ser plataformas para hacer que a alguien le pique la curiosidad y me lea. Gracias.

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El tapiz de la servidumbre

El escritor granadino, y miembro correspondiente de la Academia de Buenas Letras de Granada, Francisco (Paco, siempre, para los amigos) Gil Craviotto.

El año 2007 se propuso, en el seno de la antigua Tertulia del Salón de Granada, homenajear al escritor Francisco Gil Craviotto mediante un librito en el que sus amigos escritores, e incluso un pintor, nos encargaríamos con nuestras obras de obsequiarle con una velada-sorpresa agradable. Gil Craviotto, granadino de pro, ha vivido muchos años en París. Allí viven sus hijas y conserva casa. Por su categoría de francés de adopción, se me ocurrió la narración que adjunto en la cual dos amigos, Michel de Montaigne y Étienne de la Boétie sostienen una conversación. La incluí con la esperanza de que le agradase y satisficiera su talante liberal y su muy conocida repugnancia contra todo tipo de sumisión. Michel de Montaigne, autor de los célebres Ensayos (hay en la actualidad una edición completa en Acantilado), reflexionó por extenso y de forma nada rígida sobre todo los temas habidos y, casi, por haber. De su amistad con Étienne surgió uno de los ensayos que dedicó, justo, a ese tema, la amistad; y fue ello por la prematura muerte de aquel, víctima, al parecer, de una disentería, a los 33 años. Este De la Boétie escribió una maravilla (es algo más que un pequeño tratado, es una delicia para cualquiera que piense que la libertad es vital para el humano) titulada Discurso sobre la servidumbre voluntaria o Conta el uno, en donde se preguntaba el autor el porqué de la obediencia ciega y fanática a una sola persona, caso de los reyes (o los presidentes de repúblicas bananeras, que para el caso es lo mismo), pero también aplicable, hoy, a cualquier líder de apariencia carismática que sabe engatusar con palabritas en las que se cuelan, no mentiras, sino falacias que son seductoras a los oídos de quienes se emboban con ellas. Hay hoy edición, creo, en Mandala, Trotta y una bilingüe en Tecnos. Si los Ensayos de Montaigne son recomendables, el Discurso de De la Boétie es imprescindible. Se me ha ocurrido añadir este cuentecito, escrito para una ocasión especial, en mi blog por si alguno se entusiasma en la lectura de estos dos grandes de la literatura mundial. De Étienne puede deducirse mi pasión de lo que acabo de decir, y de Montaigne me gusta repetir que hay tres Migueles que me exaltan: Montaigne, Cervantes y Unamuno (y debería añadir a Bulgákov). Aclarararé que por un artículo de Pablo Sol Mora en la revista Letras libres nº 228, sé que la torre donde transcurre la acción del cuento tiene varios cuadros con escenas clásicas que se conservan de la verdadera decoración de Montaigne, pero no existe en ella, que sigue en pie en el pueblo de Castillon-la-Bataille y fue propiedad del ensayista francés y la que, por desgracia, no he tenido oportunidad de visitar, no existe, digo, ningún tapiz que recuerde, ni por asomo, al descrito por mí. Espero que os guste

El tapiz de la servidumbre

Torre del chateau que fue propiedad de Michel de Montaigne y donde este pasó sus últimos años

Las copas se han llenado de un vino de Saint-Emilion, áspero y negro, clareado con agua, miel y canela al estilo romano, gusto que pocas veces se permiten los amigos en sus veladas pero justificado hoy por el temprano calor primaveral y la rudeza de un día de caza.

Michel de Montaigne y Etienne de la Boëtie descansan en el salón del primero en este junio de 1563. Michel es tres años más joven y, desde luego, más corpulento. Ambos están satisfechos de su propio cansancio. Al segundo, lo sabemos nosotros mas no él, le quedan dos fugaces meses de vida. A pesar de su juventud, ambos son exquisitamente cultos y gozan de sus conocimientos como otros de su clase gozan de posición militar.

Un tapiz algo polvoriento, mas al que Michel cuida como a las niñas de sus ojos, impidiendo que las criadas lo tundan demasiado, adorna el salón. Representa unos salvajes semidesnudos y con cresta de pelo en la cabeza, pertenecientes a ese nuevo mundo del que aún se sabe tan poco. El artista dibujó a los indios homenajeando a una reina vestida de terciopelos y con escote abundante, sentada de lado en su trono, como si estuviese a punto de intervenir en algo, coronada de oro, rubíes y esmeraldas y con zapatitos de raso que contrastan con los burdos pies desnudos de los aborígenes. A lo lejos, caballeros, hombres a pie y perros persiguen a otro salvaje que se supone huido de la generosa tutela de la reina.

Los dos amigos están sentados en amplios butacones de madera noble de las Indias, cubiertos de cojines de pluma forrados en algodón para paliar el calor. Los ilumina el sol poniente desde la ventana de vidrios cuartelados a la que han descorrido cortinajes, pues Michel conoce el aprecio de su huésped por la luz natural y el aire libre. Las camisas abiertas, las calzas descolgadas, la actitud abiertamente amistosa habla de una confianza antigua. La conversación confirmará un afecto que durará años pues Michel jamás olvidará a su amigo Etienne.

Michel Eyquem de Montaigne

-¿Os gusta el tapiz?

-Es admirable.

-Fue regalo de un embajador inglés a mi padre, de aquellos tiempos felices en que fuimos aliados, quien a su vez lo recibió como parte de la dote de su esposa española. Pero ¿qué es lo que os llama tan poderosamente la atención?

-La actitud humilde, dadivosa de los indios. Es, evidentemente, una impostura, una licencia artística a mayor honra de la reina española, la madre del rey Carlos.

-¿Por qué ha de ser una impostura, Etienne?, ¿no creéis que os habéis vuelto en exceso exigente, incisivo? Y en cualquier caso, ¿ese envilecimiento no es esperable en el vencido?

-Acaso tengáis razón –contesta éste tras un momento de examen- no hay ningún motivo para creer que sea una impostura. Es mi enfado, mi rabia ante tal servilismo, servilismo en el que todos caemos. En el fondo, el vencido siempre mantiene la bajeza de esperar clemencia.

La estancia es una de las habitaciones redondas de la torre en la cual, años más tarde, Michel se refugiará hasta su muerte y donde redactará el tercer libro de sus Ensayos. La luz del ocaso, casi ya necesitada de las bujías, resalta de forma extraña el tapiz. La curvatura de la pared hace que los salvajes, cuyos cuerpos musculosos en los hombres y sensualmente redondeados en las hembras ocupan el centro del paño, dejen más cercanos a los espectadores las figuras de los extremos, la reina y ese cimarrón que escapa acosado por la jauría, los caballeros y una multitud de indios de minúscula estatura comparada con los gigantescos jinetes y el huido.

Sobre las cabezas de ambos amigos, una lámpara redonda provista de ocho bujías parece dispuesta a sustituir orgullosamente al sol cuando éste desaparezca. La lámpara semeja burda imitación de la corona que adorna la real testa de la reina española.

-¿Sabéis lo que más me molesta, Michel?

-¿El servilismo del que hablabais?

Étienne de la Boétie

-Como vos mismo decís, el servilismo puede ser esperable.

-Pensad, Etienne -interrumpe Michel Eyquem de Montaigne, más joven y más impulsivo- que la reina ofrece a sus vasallos seguridad y religión.

-No hay duda, y con ello salen ganando, pero no es la reina quien me preocupa. De todos es conocida la rapacidad de virreyes, adelantados y colonos que los españoles han enviado a ese nuevo mundo, y que tarde o temprano otros reinos europeos se apresurarán a enviar para afanar su parte del pastel. Tanto es así que me han informado de cierto fraile de religión dominica que anda reclamando en la corte la exención de esclavitud a los indios, pues éstos no aguantan ni el trabajo ni esa condición. Me han dicho que mueren a miles.

-Sin embargo, insisto, esos pueblos adquirirán algo que no tenían, civilización.

-Sois juvenilmente ingenuo, Michel. ¿Os habéis preguntado si la desean?

-¿Queréis decir que acaso sin civilización, ciencia ni religión eran más felices?

-También ellos tenían sus formas de tiranía. Es por ello por lo que con tanta disposición han acatado las nuestras. Ni siquiera ahora, tras todos estos años desde que escribí el Discurso que tanto decís admirar, creo en el Gobierno de la República Veneciana. Me consta que la tiranía y la corrupción campan allí por sus respetos tanto como por cualquier otra monarquía.

Edición española bilingüe del Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de la Boétie, que deberían leer todas las personas que se consideran libres

-¿Entonces?

-No me habéis dejado que os diga qué cosa me molesta más del dibujo del tapiz.

-¡Oh, perdonad!, algún día aprenderé a escuchar, y sobre todo a escucharos.

-Contentaos con saber escuchar en general, Michel. Esas figuras enanas que persiguen al huido son, del tema representado, lo que más odio. ¡Persiguen a su semejante, a su igual!, ¡y lo hacen por orden ajena, no de su caudillo, sino a instancias del conquistador! La servidumbre es una mera cuestión de hábito. Se empieza por el miedo y se acaba en la complacencia.

-Ese es el asunto, Etienne, el miedo.

-¡El miedo, el miedo! No sólo degrada a quien lo padece sino sobre todo a quien lo inspira. Miradlos, fijaos bien en esos que postrados ante la reina le rinden pleitesía.

-Me fijo y os digo que a pesar del cansancio de la jornada, aún sería capaz de pasar un rato con alguna de esas indias de carnosidades morbosas.

-Guardaos de la lujuria, amigo Michel. Ella es gusano que corrompe antes de la tumba, y si no, pensad en la insania de esa reina que domina la parte izquierda del tapiz y que fue la culpable de la pérdida de su trono. Volveré al miedo, con vuestro permiso pues sois mi anfitrión. Los que rinden pleitesía obtienen a cambio un bien inapreciable, o dos, como habéis dicho antes, religión y seguridad. La primera, sobre todo, es un bien que nosotros, que lo poseemos, no apreciamos en todo su valor. En cambio, esos que corren tras el huido, ¿qué obtienen a cambio? Os lo diré, nada. Ni siquiera la protección o preferencia del señor, pues esta preferencia desaparecerá igual que vino, por el más inicuo detalle. No son personas para sí y para su comunidad, son personas para otro. Los perros de la jauría tienen más independencia de criterio que estos. ¿Qué bravura van a demostrar contra ese desgraciado?, y si la muestran, ¿cuál no sería la derrochada en caso de tener que defender su libertad?, ¿no sería esa ocasión para que el tirano de turno se eche a temblar?

-Os admiro, Etienne. Filosófico estáis. Yo, sin embargo, en este momento sólo ansío cenar y acostarme.

Portad de la edición de Acantilado de los Ensayos de Michel de Montaigne

-Tenéis razón. No sé qué cosa pueda ocurrirme en estos últimos meses que me parece faltarme el tiempo, de modo que si no os incomoda me quedaré después de cenar en vuestra biblioteca hasta que el sueño sea más fuerte que yo. Si no nos viéramos mañana, pues partiré temprano, agradecedle a monseigneur de Montaigne, vuestro padre, su hospitalidad. Y a vos no es preciso os muestre mi reconocimiento por la jornada tan grata y vuestra compañía, siempre estimulante.

Se dirigen a la cocina donde las criadas han preparado algo de comer. La escena del tapiz parece tomar vida en la oscuridad. Los perros corren tras el huido. Los caballeros lo alcanzan pero dejan que sea la jauría quien lo ultime, y sin embargo, los perros son ahuyentados en última instancia por los indios que, entre alaridos, lo tajan con sus recién adquiridas armas de acero. Mientras, la untuosidad de los nuevos siervos de la reina rebosa halagos y zalemas. Juana I de Castilla, Aragón y Navarra, con la mirada un tanto perdida, indica con el gesto su voluntad de que aquéllos se aparten y acaricia melosa un perrillo que a sus pies cumple la función de simbolizar fidelidad.

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Los europeos, de Orlando Figes

Portada de la edición de Taurus (Mondadori Random House editorial) de Los europeos. Tres vidas y el nacimiento de una cultura cosmopolita, de Orlando Figes

A los amigos, a los esposos o las esposas (léase también novios, pues hoy en día es casi lo mismo, solo que no inscritos en registro) hay que criticarlos siempre para que no se crean más de lo que ya son. A menudo le comento a mi amigo Jesús Moreno Sanz que me sale carísimo. Y es cierto. Cuando me recomienda un libro me veo obligado a comprarlo porque, igual de a menudo, sus recomendaciones son como las de usar la mascarilla en algunos países donde no se ha puesto obligatoria o las de no salir de casa. Por eso me sale caro. Son dineros gastados con gusto, pero son dineros. Lo mismo de caro le salgo yo a mi amigo Ismael Ramos, que también se ve compulsado a comprar mis recomendaciones, de modo que esto se convierte en una cadena que es, justo, la que conforma la cultura. Ya lo dijo Nietzsche, que la cultura es casualidad, y se refería a esto: al boca a boca en cuestión de libros, músicas, exposiciones plásticas e incluso en innovaciones científicas.

La penúltima recomendación de Jesús fue Los europeos, de Orlando Figes. Ya hubo una novela titulada así de Henry James, a quien Figes nombra y lo relaciona con los personajes que protagonizan su obra. Porque usando tres personajes como excusa, este autor inglés pero nacionalizado alemán desde el Brexit, hace un repaso a la historia cultural de Europa y sus individuos en el siglo XIX. De todas las historias de la historia (como diría León Felipe en un célebre verso), la más interesante es la historia cultural. Y entretenida.

Pauline Viardot en su papel de Orfeo (papel elaborado antiguamente para contratenor o castrato), ópera de Gluck

Digo entretenida porque, como en esas revistas mal llamadas femeninas, o en los televisivos programas basura, hay también chismorreo porque los artistas suelen ser muy amorales, mire usted, y andan “arrejuntándose” unos con otras o con otros como si no existiera una cosa llamada moral y solo hubiera arte por ahí. Pero en fin, lo cierto es que se repudiaban esos devaneos (y se repudian, no me vengan con tonterías) pero todo el mundo quería olisquear en intimidad ajena.

Además, está la historia propiamente dicha. Figes nos ilustra de cómo los avances técnicos del siglo XIX favorecieron, no solo la extensión de la cultura a lugares tan perdidos como la península ibérica o Rusia. El ferrocarril (avanzar a 60, y aun 80 km/h. no es lo mismo que una diligencia que alcanzaba los 15 en buen terreno), el telégrafo, las nuevas técnicas de imprenta, la fotografía (al principio llamada daguerrotipo y luego… selfie, ¡puñeta!), todo eso junto logró que las formas artísticas, es decir, literarias, musicales, plásticas, se extendieran por toda Europa alcanzando una cierta homologación, eso que hoy llamamos globalización, pero que entonces atañió a la cultura y no a lo político y económico. Fue todo un intento, casi de forma involuntaria, de unificar Europa, unificación que hundieron los nacionalismos varios y que desembocó en el naufragio total con la guerra franco-prusiana de 1870-71. También en política hubo un intento de unificación con las diferentes Internacionales, unificación que, como la fotografía que desembocó en selfie, el internacionalismo proletario se corrompió en estalinismo. Los humanos somos como el rey Midas, solo que todo lo que tocamos lo convertimos en mierda y no en oro.

Pauline Viardot ya jubilada del bel canto

Esos tres personajes, pues no en vano el librote (538 páginas de texto más un montón de notas e índices; notas que no son sino indicaciones de las fuentes de las citas de cartas, notas de diario, etc., y que por lo tanto no dificultan la lectura si no es para el experto que busca rastrear dichas fuentes) lleva como subtítulo Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita, son Ivan Turguénev, escritor y el más célebre novelista ruso de aquel siglo, Pauline Viardot-García, hermana de María Malibrán, sopranos ambas hijas de Manuel García, tenor español y profesor de canto, y esta Pauline amante del narrador ruso, y el marido de ella, Louis Viardot, animador cultural, experto en cultura española, traductor, escritor de libros de viaje y esposo muy, pero que muy comprensivo, y no solo porque era 21 años mayor que Pauline, sino porque creía firmísimamente en la libertad, empezando por la libertad individual. Viardot fue divulgador de arte, que no crítico aunque también: escribió varios libros sobre los museos europeos y lo que en ellos merecía el gusto de verse, destacando los detalles que al viajero podían pasarle desapercibidos. En fin, tres intelectuales de talla porque Pauline, además de cantante de ópera, se dedicó, como otras prima donnas, a la enseñanza en sus últimos años y además fue compositora, si bien en aquel siglo en el que se avanzó mucho pero nunca lo suficiente, las mujeres no debían componer, y grandísimas músicas como Fanny Mendelsohn o Clara Schumann pasaron desapercibidas en sus obras por ser mujeres (incluso uno de los primeros cuartetos de Felix Mendelsohn fue compuesto por su hermana, cosa que él mismo reconoció, y se dice en este libro, cuando hubo de ser interpretado).

Paul Viardot en un grabado hecho cuando era joven

Las mujeres no podían, según cuenta Figes, tocar instrumentos de viento porque había que poner los labios en postura desagradable, ni tampoco el violín por tener que torcer el busto, y menos el violonchelo por ser necesario abrirse de piernas, de modo que quedaban relegadas al piano (se toca con las piernas juntas) o al canto, siempre y cuando este no fuera sacro y dentro de la iglesia, porque en ellas, y siguiendo en plan fundamentalista a San Pablo, las mujeres debían permanecer en silencio.

Turguénev tomó la responsabilidad, como cosmopolita, pues vivió en París principalmente, y también en Londres y Baden-Baden, de difundir en Europa la literatura rusa, y si se conoció a Lermontov o Pushkin en Francia, Inglaterra o Alemania, fue gracias a sus traducciones. Figes se extiende mucho con esta proliferación de ediciones traducidas, que también fueron posibles gracias a técnicas de imprenta que abarataron costes. Es algo que hoy, cuando la máxima aspiración de alguien es comprarse un coche lo más rápido posible (limitación de velocidad 120) y que haga mucho ruido o, cuanto menos, que sea aparatoso, no valoramos, pues entonces, los avances tecnológicos posibilitaron que grandes masas de clase media baja, y aun de las clases trabajadoras en Francia, Inglaterra, Alemania, Austria, Polonia, etc., pudieran leer literatura oriunda o traducida, también gracias a su recién adquirida alfabetización. La modernidad se extendió por Europa como una gran mancha, abarcando incluso a países tradicionalmente retrasados como España: ¿cómo, si no, pudieron darse fenómenos de ventas como Pedro Antonio de Alarcón, Juan Varela, Benito Pérez Galdós o Emilia Pardo Bazán? Otro aspecto que describe Figes es el de la consecución de los derechos de autor extendidos a la legislación de todos los países y la lucha contra la piratería, tanto en literatura como en música, batalla esa en la que Turgénev tuvo gran protagonismo.

Ivan Turguenev pintado por Alexei Harlamov

Pero quizá donde más insiste Figes es en la música. Las descripciones que hace de las representaciones operísticas, así como de la evolución de ese teatro musical, desde Rossini, Bellini y Donizetti hasta Verdi, Massenet, Wagner o Richard Strauss, y de las óperas nacionales, como Weber y Beethoven en Alemania, Grieg en Suecia, Meyerbeer en Francia, o en este país la opereta, con el gran Offenbach y sus tremendos éxitos, son de una ilustración musical sugestiva. Al seguir la evolución y gustos de Pauline Viardot como primerísima soprano europea, con sus giras por todo el continente gracias a los trenes, que posibilitaban la movilidad de grandes compañías, incluidos cantantes, coros, tramoyistas, músicos, etc., hace una historia de la música que puede poner al día a cualquier persona que no disponga de una gran cultura al respecto.

Portada de la traducción española de Cátedra de Padres e hijos, de Iván Turguénev

Sus papeles de diva con Mozart, Gluck, Rossini, en la Norma de Bellini (que luego Callas interpretaría con igual magisterio), en las grandes óperas (para distinguir de la ópera bufa) de Meyerbeer, hicieron gentes entonces, pues literalmente había peleas por conseguir una entrada para sus representaciones, o incluso para rozar el borde de su vestido, y hoy nos sirven para conocer la evolución de aquel teatro musical que hoy es apreciado por algunos aficionados aunque ha perdido su predicamente ante cierta juventud. Su protección a Gounod, por ejemplo, la promoción de Meyerbeer, pues nunca se sabrá si la gente iba a escuchar aquella música, hoy casi olvidada, o a escucharla a ella, el gusto por la música entonces moderna, como era la de Wagner, la de Berlioz, Massenet o la de los modernísimos como Fauré o Debussy, fue decisiva para estas músicas.

Portada de una edición del siglo XIX de Las maravillas de la escultura, de Louis Viardot

Número enorme de intelectuales, escritores, compositores, pintores y escultores pueblan sus páginas, y esa multitud puede hacernos acudir a la wikipedia para interesarnos por tal o cual, cuya obra nos picará la curiosidad, lo que siempre es de agradecer por lo que de formación cultural implica y por el placer que esas novelas, óperas, cuadros pueden proporcionarnos. No me extiendo más en la recomendación de este libro, imprescindible como formación y gratísimo de lectura. Y no me extiendo porque, de la misma forma que critico a mis amigos, estos me critican a mí, y ya pregona José Luis Gärtner que soy incapaz de síntesis, de resumen. Aunque también es cierto que, ¿cómo sería esta reseña o recomendación si en lugar de todo este rollo hubiera dicho escuetamente: léanlo, es muy bueno, o peor: ‘tá bien?

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Una sorpresa

Max Aub ya en los años 70

Aquellos de mis lectores de este blog que hayan leído mis novelas dedicadas a las aventuras de Enrique Fuster Bonín, tituladas Ashaverus el libidinoso y Ashaverus el creador conocerán la amistad de este con el escritor español, de origen germano-judío, Max Aub, a mi entender, uno de los mejores narradores de la literatura hispana del siglo XX.

Se conocieron en la cafetería El Oro del Rhin, de Barcelona, en la tertulia que reunía a los colaboradores de la revista Azor, dirigida por Luys Santa Marina, y que tenía tintes falangistas aunque aceptaba la contribución de escritores de otro cariz, como el mismo Max Aub.

Acabaron una noche en el cabaré La Criolla, donde se sinceraron, judíos ambos, al fin y al cabo.

Portada de Ashaverus el libidinoso, publicada por editorial Nazarí en 2014

Volvieron a encontrarse bajo la lluvia en París, asomado Aub al Pont Neuf. A Fuster le pareció que el hombre abocado al puente podía tener intención de suicidarse. Pero no, solo contemplaba el fluir de las aguas, y la sorpresa fue de ambos cuando, españoles en agosto del año treinta y siete, se tropezaron en París al echarle Enrique la mano al hombro al aparentemente desconocido y suicida, y encontrarse con que era su amigo Max. Fue este quien lo llevó a casa de Federico Mompou para que le consiguiera algún empleo en la capital francesa, negándose a llevarlo a ver a Picasso, por quien estaba en París para encargarle el Guernika por delegación del Gobierno de la República, aduciendo la tacañería del pintor y su renuencia a ayudar a cuantos españoles se presentaban en París en aquella época dura o en otras anteriores. Mompou ayudó a Enrique Fuster recomendándole a su amigo el editor Rancaño (de quien en alguna otra entrada en este blog hablaré sobre la casualidad que representó su apellido), quien lo contrató como traductor, puesto que el español hablaba perfectamente francés, alemán e inglés.

Enrique y Ana, su mujer, se fueron a vivir a París en 1946, para que ella estudiara allí medicina, y se quedaron en la ciudad hasta 1976, año en el cual la curiosidad pudo con él y regresaron a Barcelona para averiguar qué era eso de la Transición. Cuatro años antes, poco antes de la muerte de Max Aub, Enrique se lo encontró en la Librería Española de la Rue du Seine. Lo invitó a comer y Ana Sefamí, esposa de Enrique, a quien el novelista no conocía, le preparó, a instancias propias, una tortilla de patata con cebolla (algunos dicen que la verdadera tortilla de patata no es tal si no lleva cebolla; otros afirman lo contrario, seguramente por odio a la cebolla y su gusto repetitivo). Tertuliaron después de comer y Max le comentó a Fuster que en su honor le había puesto Enrique al protagonista de una novela que debía ser la mejor de su producción. Puede quedar la duda si lo dijo por quedar bien y animado por el coñac Napoleón, porque también podría ser que se la hubiera dedicado a su amigo Enrique Díez-Canedo.

Portada de Ashaverus el creador, publicada por editorial Port Royal en 2018

Hasta aquí el cuento que yo narraba en mis novelas. Mi querido Enrique Fuster Bonín, personaje inventado y que tiene de mí solo la curiosidad, porque ya quisiera yo poseer la valentía de meterse en la boca del lobo como él hizo, mi querido Enrique a quien a veces parece que tenga delante, charlando ambos y bebiendo una cerveza con las tapas de salchichón y chorizo casero que suele disponer mi esposa, él, que aunque judío, no le hace ascos a la chacina. Ahora tendría 119 años, pero no hay nada imposible para un muerto, y menos para un personaje de ficción.

Pues bien, leyendo los diarios de Max Aub, editados por Renacimiento, que abarcan desde 1939 hasta 1972 (Aub murió el 22 de julio de ese mismo año, de vuelta en México), me tropiezo con una entrada del mes de junio de ese último año de su vida, en París, donde, con el estilo telegráfico que caracteriza a esa obra suya de apuntes cotidianos, dice: “Rue du Seine, Enrique Fuster. Tortilla de patatas en su casa. Exquisita. Charla por lo largo. Un hombre interesante, este Enrique. Un aventurero. Y de una curiosidad insaciable”.

Como si a Aub se le hubiera presentado en su casa, una tarde de lluvia mexicana, el mismísimo Josep Torres Campalans con una carpeta de óleos bajo el brazo y, esta vez, no pintados por Picasso, sino por él mismo.

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Dos artículos periodísticos

Recorte de la página de Ideal del 12-3-2020 con el artículo de mi autoría.

De nuevo coloco en este blog dos artículos de los que el periódico Ideal de Granada publica a los miembros de la Academia de Buenas Letras. El primero habla de qué cosa fueron las academias en el pasado. El segundo habla de tres mujeres místicas del Medievo, que no fue, ni mucho menos, tan oscuro como se ha dicho. Del primero ignoro si se ha publicado aunque supongo que sí por el tiempo que hace se lo envié al responsable, mi compañero de la Academia y amigo, Esteban de las Heras. Y lo ignoro porque con esto del coronavirus y la dichosa pandemia consecuencia de él, Esteban no ha recibido los pdf de dichos artículos publicados, y por tanto, no los ha enviado a los académicos. Espero no quebrar la condición de inéditos que se exige para estos artículos. Confío en que os gusten.

La Edad Media no tan oscura

Que el Medievo no fue tan oscuro como se nos pintó en el XIX está ya muy demostrado. La religión, que dominó entonces, también puede y debe ser luminosa, los místicos nos lo demostraron. Hubo tres mujeres (fueron más pero me voy a centrar en ellas) en esa época que abundaron en la idea de luz, de repulsa de la oscuridad: Santa Hildegard von Bingen,

Dibujo de una de las visiones de santa Hildegard von Bingen, dibujos que los efectuaba un monje amigo las descripciones de ella.

Hadewijch de Amberes y Juliana de Norwich: alemana, holandesa e inglesa respectivamente.

Hildegard (1098-1179) es muy conocida por sus composiciones musicales. Sus visiones, editadas en español por Siruela, son apocalípticas, muy simbólicas y visuales. Van acompañadas de dibujos ilustrativos que no hizo ella sino un monje que la ayudaba en eso. El color y las alegorías caracterizan tanto las imágenes como los textos. Por descontado que su teología es escolástica, pero de forma imaginativa, onírica. Es una de las cuatro Doctoras de la Iglesia.

Hadewijch (finales del XII-c.1248) fue beguina. Las beguinas no eran monjas sino mujeres que vivían en comunidad, viudas o solteras. Se comprometían, no solo a una vida común y religiosa, sino a servir a los demás. Ni siquiera hay certeza absoluta de que sus visiones, poemas y cartas sean de ella y no de toda una comunidad. Nada o muy poco se sabe de su vida, solo que al final tuvo que huir de la represión eclesial que significó el ataque a una espiritualidad libre. Sus poemas, cartas y visiones son tan eróticos como pueda serlo el Cantar de los Cantares, donde el amor profano se confunde y se imbrica con el sagrado. Es lo que se llama “mística nupcial”.

Juliana de Norwich

Juliana de Norwich (1342-1416), fue anacoreta en una celda construida junto a la iglesia de San Julián, en Norwich. De sus experiencias se trasluce un optimismo supremo, pues repite innúmeras veces las palabras que le dijo Dios: “todo acabará bien”. Para ella, incluso el pecado es bueno y positivo pues el dolor por haberlo cometido hace reconciliarse al hombre con Dios. Rayaba esto en la herejía y llevó buen cuidado de matizar sus palabras, de ajustarlas a la ortodoxia y adherirse fielmente a la Iglesia, a pesar de lo cual lo suyo sigue sonando a sacrilegio.

Siempre me ha llamado la atención el desapego actual hacia nuestra historia religiosa, digamos hacia nuestra mitología, cuando nos despendolamos por saber y gozar con las mitologías antiguas, sean griegas, hindúes, nórdicas o celtas. Todas tienen el pecado como límite. No el mismo, pero…

¿Qué fueron las Academias?

Reunión de la academia francesa de las ciencias Grabado de Sébastien LeClerc

La palabra Academia procede de cierto bosquecillo que albergó la tumba de Academo o de un rico que cedió su propiedad a la ciudad de Atenas. En él se daba una tertulia donde se opinaba, se criticaba y se recibían críticas. Véanse los diálogos platónicos. En Roma se las llamó universitas. En el Renacimiento comenzaron las tertulias, a las que se llamó academias, donde se discutía de todo. La palabra tertulia, según Corominas y Von Schack, viene de lo que hoy llamamos gallinero en los teatros: allí se juntaban los señores y clérigos para estar separados del populacho que llenaba la platea, y se discutía. Se puso de moda hablar sobre Tertuliano, y de ahí el nombre. En el siglo XVII proliferan las Academias, que siguen siendo tertulias. Ya hablé en esta columna de las integradas por los sefardíes de Ámsterdam. Luego nacieron los salones, donde una señora, normalmente, convocaba a artistas y hombres de ciencias para amenizar charlando, y no de banalidades, las tardes y noches. La literatura está llena de muestras de ellas.

Salón de la Real Academia de la Lengua Española

En 1582 apareció la primera Academia de la Lengua, en Italia y para regular el toscano en oposición al latín universitario. Luego, las Academias oficiales se propagaron. Las hubo de Ciencias, de Arte, etc. En Francia se fundaron varias como oposición a la rigidez universitaria. Lo curioso es que los universitarios fueron copándolas y se produjo un fenómeno extraño: la inversión; las Academias fueron aún más conservadoras, en el XIX, que las Universidades. De hecho, la palabra francesa academisme quiere decir falta de originalidad, y la inglesa academic, significa poco práctico. Las Academias, que empezaron como simples tertulias pero de las que surgieron ideas nuevas que modificaron el arte y las ciencias, no estaban reguladas, no dependían de subvenciones ni de gobiernos, eran libres dentro de la libertad que permitían estos, aunque siempre tuvieron mayor independencia las clases poderosas y cultas que los pobres. Cuando se institucionalizaron no solo perdieron autonomía por las monarquías o repúblicas que las pagaban, sino que la perdieron porque así lo desearon, apartándose con cerrilismo de las nuevas tendencias que calificaron de escandalosas. No solo lo que toca el poder lo corrompe, sino que el poder, según parece, es apetitoso aunque sea mínimo. Sería deseable recuperar aquella independencia y la compensación, que no oposición, a la rigidez universitaria, además de ser foros de debate.

Extraigo los datos históricos de tres artículos magistrales del mexicano Gabriel Zaid en la revista Letras Libres de España.

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Limónov, de Emmanuel Carrère

Portada de la edición de Anagrama de Limónov, de Emmanuel Carrère, en traducción muy digna de Jaime Zulaika

Limónov. Es un nombre que en España suena a cachondeo: podría llamarse también Patátov. Pero Limónov existió. Murió hace unos meses, concretamente el 17 de marzo de este año 2020, habiendo nacido en el 43.

Acabado el confinamiento, algo que yo ansiaba tal vez no tanto como el drogadicto ansía encontrar a su camello, pero casi, era pasarme por las librerías. De lance hay algunas en Granada, quizá porque los hijos de los letraheridos no quieren para nada los libros y los venden al peso, o algo parecido. No saben los fríos que los libros quitaron en el asedio de Sarajevo: quien tenía una biblioteca, tenía una bendición. Pues bien, pasé por Atlas, una de esas librerías de lance. Saludé a Emilio, el dueño, me alegré de verlo sano y husmeé entre los estantes y un mostrador donde los libros están visibles, asequibles, con la portada hacia arriba. No iba a comprar nada, pero me dio algo de reparo porque sé los apuros que han pasado los libreros. Vi un par de ejemplares que podían interesarme. La literatura francesa me gusta porque no solo los creadores se toman a sí mismos en serio sino porque los lectores franceses también toman en serio a sus creadores. Tiradas de 2000 ejemplares en Francia son normales con los escritores desconocidos, de modo que a los conocidos se les publica a lo grande. Vamos, que no es España, donde una tirada de 200 para un desconocido como mi persona es difícil colocarla. Vi que el autor era Emmanuel Carrère y dije, bueno, pues este. El título era Limónov. Como no conocía al personaje, un tipo real como he dicho más arriba, pensé que podía ser una broma de esos franceses que inventaron la patafísica, un invento como el de Max Aub y su Josep Torres Campalans. Leí algo de la contraportada y vi que el autor declaraba: “Limónov no es un personaje de ficción. Existe y yo lo conozco”. Y ahora invito a quienes me lean a que consulten Limónov en el buscador Google. Verán. Al leer ese encabezamiento del texto de contraportada pensé, esto promete. Y puse el billete de 10 € ante Emilio. “Justo y cabal”, exclamó el joven, porque aún lo es aunque, frisando los cincuenta, le queda poco de serlo.

Emmanuel Carrère.

La verdad es que he tenido mucha suerte con los libros que he leído en este confinamiento, lo he dicho ya en algún otro sitio. Ninguno ha sido un pestiño. También es verdad que con los años uno gana en perspicacia a la hora de comprarlos. También toca leer alguno de alguien que te ruega una lectura porque sabe que has publicado y te pide que le digas lo que piensas; no todos se lo toman bien, pero así somos los humanos.

Me suele suceder con los libros: al principio me cuesta entrar en ellos, pero con este se me fueron poniendo, metafóricamente, claro, los ojos como platos, es decir, platónicos. ¡Qué personaje!, como Louis Ferdinand Céline pero en más humano, lo que no le resta en absoluto ser un “hideputa”, como decían los del Siglo de Oro. Pero un hideputa que tiene sus ramalazos de buena persona. Claro que cuando acabe de explicar de qué iba el tipo, muchos estarán en desacuerdo conmigo y solo de acuerdo en el insulto.

Se llamaba en realidad Eduard Veniamínovich Savienko. Como era un hombre ácido, algunos amigos le pusieron Limónov, puesto que en ruso, limón se dice limon, así, en llano. La madre de Carrère es rusóloga, historiadora de ese país y, si bien francesa, de origen georgiano, de modo que al novelista francés no le costó conocer al personaje e investigar sobre él. ¿Es una biografía? No. Al menos no lo es a secas. No es la obra de un historiador o biógrafo sino la de un literato. Biografía novelada la nombran. Para mí, es más novela que vida real. Escrita con técnicas novelísticas y con un lenguaje propio de un gran escritor. La traducción también es impecable, con algunas notas para facilitar la comprensión de ciertos términos e instituciones soviéticas, o de la sociedad posterior (¿se le puede llamar democrática?, ¡por Dios bendito y la Virgen Santa!).

Limónov y Elena Scapova

Nacido en 1943, LImónov se educó en la sociedad soviética. Fue un dandy en Moscú, novio de una de las muchachas más atractivas de la ciudad, una pintora que, muerto Stalin, pudo pintar lo que le salió de sus pinceles. Fue protagonista de lo más underground, lo más punky de aquel país que no era libre aún, ni mucho menos, pero donde se permitían algunas cosillas por las cuales el georgiano Dzhugashvili, alias Stalin, habría enviado a Siberia a su misma madre. Empezó escribiendo poesía y acabó en la novela, con mucho de Henri Miller y otro tanto de Bukovski; pero no eran influencias: aunque quizá los leyó, él escribía dando detalles de su vida privada o “dormitorial”. Emigró a Nueva York (las autoridades postestalinistas pensaban, en plan moderno, que enemigo que huye, puente de plata) con otra mujer, esta vez poetisa. Vivió en París y a la caída del sistema comunista volvió a Moscú. No le gustó lo que veía: la desmembración del imperio soviético, el comportamiento de Gorbachov quien, según él, fue un tonto a quien todo se le escapó de las manos, el gobierno de Yeltsin que, también a su entender, puso en ridículo a Rusia, el nuevo capitalismo feroz del país, donde antiguos miembros de la élite política soviética se estaban enriqueciendo y formando la nueva élite capitalista e incluso monopolizadora. Junto a Kaspárov, el campeón de ajedrez, fundó un partido llamado Nacional Bochevique, donde militaban jóvenes de extrema derecha y de extrema izquierda, añorantes del viejo sistema. Sus guardaespaldas eran cabezas rapadas vestidos íntegramente de negro, nacionalistas, a quienes mejor se les llamaba nazionalistas, y bolcheviques porque en las manifestaciones gritaban ¡Beria! y ¡Gulag! He llamado en algún momento nazionanistas a ese tipo de individuos, que están por todas partes, claro por lo de nazis y porque se hacen pajas mentales.

Eduard Limónov con otra de sus “musas”

Limónov estuvo al lado del criminal de guerra Radovan Karadzic, por ese nazionalismo que lo caracterizó y también por una tontería de paneslavismo muy semejante al que llevó al Bronsky de Ana Karenina a luchar en la rebelión de Serbia contra los turcos. En 2001 fue encarcelado con la acusación de terrorismo. Es una manera de quitarse de encima a las moscas cojoneras. Hay otra más contundente: la que llevó a la periodista Anna Politóvskaia a ser ametrallada a la salida de su casa. Luego el poder le echa la culpa a quien sea y a tomar viento. Lo liberaron antes de tiempo a cambio de reconocerse culpable. Defendido, entre otros, por el Pen Club, como gran escritor ruso (sin la calidad de otros, creo yo, como por ejemplo Vodolazkin, aunque con una frescura e inmediatez envidiable), al gobierno de Putin (putinesco) le resultaba incómodo tenerlo encarcelado. Pasó lo mismo en España con Miguel Hernández y, hay que decirlo, con Miguel de Unamuno: a Hernández fue más cómodo dejarlo morir de inanición y tuberculosis que matarlo como a García Lorca, y con Unamuno no quisieron reproducir el error cometido con el poeta granadino y lo condenaron a prisión domiciliaria hasta que el rector salmantino tuvo a bien morirse justo el último día de 1936, como si no pudiese soportar la vergüenza, no ya de aquel año, sino sobre todo la de no haber sido lo suficientemente lúcido como para ver qué era aquello que él apoyó al principio.

Limónov junto a la bandera insignia de su partido Nacional Bolchevique. Téngase en cuenta que en ruso limon quiere decir limón y granada de mano.

Es un resumen sandio y bobalicón de una vida pletórica y de una novela-biografía que hace palidecer a otras novelas hitóricas mal escritas, a veces, aburridas las más, y en ocasiones tontas hasta repugnar. Un efecto que consigue Carrère, no sé si intencionado o no, es poner en solfa ante el bienintencionado lector occidental todos sus conceptos políticos de izquierda, derecha, centro y demás memeces. Limónov adoraba a Stalin y a Lenin, pero también a Bakunin el anarquista. Es como si alguno de nosotros, españoles, admiráramos a Franco y Millán Astray, además de a Juan Negrín o a Azaña. En fin. Solo que Carrère hace esta contradicción comprensible retratándonos a un personaje que tiene más de molesto, incómodo, mosca cojonera, que de coherente. Limónov no fue un político, fue un punky, un escritor estrafalario que convirtió sus experiencias íntimas, vagabundas, borrachuzas, políticamente incorrectísimas, en literatura. Libro admirable el de Emmanuel Carrère, bien construido, que convierte una vida, sí, aventurera, pero que en ocasiones puede ser aborrecible como lo fue, ya lo he dicho, la del francés Céline o la de los mujeriegos y algo alcohólicos, e incluso drogatas Burroughs, Miller o Bukovski. Limónov fue, según Carrère, fiel a sus esposas y novias, solo que tuvo tantas que hablar de fidelidad se convierte, cuanto menos, en conflictivo y casi increíble. Ellas lo fueron a él a medias nada más. Conocer la historia de la Rusia de los últimos años, con ese personaje tramposo que es Putin, y que en el fondo tanto se parece a Limónov, como nos demuestra el autor, es una tentación grande y algo sumamente útil para sacudirse los idealismos pánfilos que nos aquejan a algunos occidentales. Y desde luego, si el o la lectora es feminista acérrima (como se puede ser católico acérrimo) odiará al personaje. Este libro tiene varios premios franceses: el Renaudot, el de la Lengua y el Prix des Prix.

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Confinamiento y lecturas

Santa Bárbara leyendo, de Robert Campin en el Museo del Prado

En estos días aislado, confinado, encerrado, he leído tanto y he escuchado tanta música que los ojos me rechinan y los oídos sonríen. Es curioso porque eso de leer ha estado mal visto, y sin embargo a mí me ha servido para pasar el confinamiento entretenido, divertido, vivo, sin amarguras, sin que mi rutina se haya ido al carajo. Pero he visto tantas miradas de desprecio por esa manía mía de leer…, hasta que ahora, mira por dónde, resulta que sirve para algo, y han vuelto a leer los que antes no tenían tiempo, o eso decían, e incluso aquellos que despreciaban a quien lo hacía. Porque en algo hay que entretenerse.

Hablaré, si se me lo permite, y permiso para hablar es venia de ser escuchado, de las lecturas. Dos esenciales, aunque otras ha habido: Solenoide, de Mircea Cartarescu y lo que en principio creí relectura pero no: resulta que en su momento empecé a leer el libro y por lo que sea (debe hacer 35 años) lo abandoné (no puedo recordar la causa), Terra nostra, de Carlos Fuentes.

Comentado este estado lector de la última con mi querido amigo Fernando de Villena me dijo: ¡Qué novelón!, esos escritores de entonces tenían ambición. Y nada más cierto. Ambición. No de ventas, y apenas de ser leídos, aunque eso sí, sino ambición de modelar la arcilla de la novela, crearla nueva partiendo de la vieja cerámica, en este caso de la novela

Portada de Terra nostra, de Carlos Fuentes, en la edición de Seix-Barral

del Siglo de Oro, porque tal cosa hizo el mexicano, pero dinamitando la historia, recreándola e imponiendo la fantasía a los áridos tratados de Historia de España. Fantasía que se da por modificar la historia que fue, relatando la que pudo ser o la que el autor se inventa, y contando actos fantasiosos, falsos, imaginativos.

Esa ambición de la que me hablaba Fernando debería ser inherente al hecho artístico, no por el mero hecho de innovar, por la falsa creencia de que todo lo nuevo es bueno y si se crea artísticamente sin descubrir algún recurso novedoso, el producto no vale. No. Pero sí por no retreparse en lo ya hecho, lo manido, lo trillado. La creación debe ser incómoda para el artista y para el espectador, lector o melómano. Incómoda en el sentido de que la creación golpee de una forma u otra, sacuda, no deje tranquilo o, como se decía antes, amuermado, con el cerebro en su posición, descansen. Solo así, agitando o vapuleando, la tradición o la innovación pueden ser verdaderamente artísticas.

Esa ambición literaria apenas se encuentra hoy en España, y cuando la hay carece de lectores. Algo parecido ocurre con la música. En el cine o el teatro, artes que deben ser rentables porque no queda más remedio, la ambición no renta: se queda en lo camerístico, lo minoritario; lo que no es malo, pero sí es lástima. En la pintura y la escultura, la originalidad o lo revolucionario se somete al mercado del arte, que funciona según la nombradía que tenga el artista: ella es la que hace que el producto se venda o quede

Carlos Fuentes, el atractivo escritor mexicano a quien mi Enrique Fuster Bonín, en Ashaverus el creador, le levantaba las minas en las fiestas.

absolutamente relegado, con independencia de la calidad, sea esta conservadora u original (algo así también ocurre con la novela, sobre todo; la poesía está colonizada por unos pocos y parece que eso es lo único que se hace). Eso sí, si es muy conservadora, mirada por el gran público logrará cierta admiración porque lo que se aprecia no es el arte sino la artesanía.

Esa ambición hoy debe buscarse fuera. Cartarescu es un Pynchon metafísico. Un posmoderno que escribe como le sale del alma. Ambos, Fuentes hace 45 años y Cartarescu hará no más de tres o cuatro, han escrito sobre la tiranía. El primero narra la obcecación con lo religioso y la escatología, la trascendencia del Más Allá y la muerte en los Habsburgo. Y tergiversa la historia porque la reescribe, porque la historia que Fuentes cuenta no es la Historia, sino la que él quiere que sea: no es una novela histórica como hoy se estilan (por otra parte llenas de incongruencias, como una que leí también en este confinamiento en la que se pone a un moro del tiempo de Muhammad I, el constructor de la Alhambra, a tomarse un chocolate) sino que lo de Fuentes es literatura, o dicho de otra forma, mentira, como fue mentira muy verdadera la historia de don Quijote o la de Hamlet. Como si se me ocurriese escribir una novela sobre Napoleón, que fue un rey irlandés inventor de las alpargatas a pedales. ¿Es histórica porque habla de Napoleón?

Portada de Solenoide, de Mircea Cartarescu en la edición de Impedimenta

Cartarescu cuenta la forma de vida y las escapatorias imaginarias e imaginativas en la Rumanía del régimen, falsamente comunista, de Ceaucescu. Esas escapatorias imaginarias pasan por los efectos de varios solenoides bajo el suelo de Bucarest y que permiten levitar a algunos de sus habitantes, digamos que escogidos por ser iniciados, o al fin, levitar a la misma capital, como levitó Castroforte del Baralla en La saga/fuga de JB, de Gonzalo Torrente Ballester, otro ambicioso en algunas novelas, hasta que llegó el premio Planeta. Ambas ambiciosas, ambas, novelones de casi ochocientas páginas. Ambas muy recomendables. Pero no son literatura de tumbona, son literatura de pensar. Y pensar, ya sabemos, no está de moda, no es aconsejables, duele.

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Severo Sarduy, el barroco polifacético o el travestismo literario 9

Severo Sarduy

Y por fin, remato con esta entrega el ensayo sobre la obra de Severo Sarsuy. En ella hablo de mis consideraciones personales y las que algunos entrevistadores o articulistas expresaron sobre él u obtuvieron de sus labios. Ha sido un trabajo muy gratificante para mí. Confío en que su lectura también lo haya sido para vosotros y os haya animado a leer a Sarduy y saber más de él. Todo un personaje y un gran artista. Un extravagante, sí, alguien que se salió de las constantes de la literatura del boom latinoamericano.

Algunas consideraciones propias y ajenas

¿Puede hablarse de Sarduy como un artista de vanguardia, un dinamitero de tradiciones? Él mismo aclara esta pregunta en la ya citada entrevista concedida a Julián Ríos: “Los llamados movimientos de vanguardia, en consecuencia, son siempre tradicionales cuando realmente son de vanguardia. En ninguna vanguardia estética, tradición y originalidad están reñidas, porque lo tradicional, sustancialmente entendido, es el anhelo que incita a buscar la originalidad”.

El tiempo era una obsesión para Sarduy. Lo fue, desde luego, en su primera novela, donde Ella, la cantante-lavandera, no solo mide el tiempo para acudir al cabaré, sino sobre todo, para lograr poner la bomba en la estación transformadora. De sus otras obsesiones: el barroco, la simulación, etc., ya se ha hablado.

Soren Kierkegaard, filósofo danés

Esa simulación, el travestismo, el afán de ser otro sin quedarse en el otro sino seguir siendo el de siempre ha sido obsesión humana desde muchísimo antes del nacimiento de Sarduy. En ese sentido, el cubano no inventa nada, solo lo reflexiona. No hay sino pensar en Pessoa y sus heterónimos, o en Soren Kierkegaard y sus seudónimos, en todos los personajes en la historia que, siendo mujeres, se han disfrazado de hombres para conseguir esto o aquello o para no conseguir nada sino por ser otros durante breve tiempo o para siempre: George Elliot, George Sand, el chevalier Eon de Beaumont, la monja alférez, llamada Catalina de Erauso, el cantante de jazz Billi Tipton, que se llamaba en realidad Dorothy Lucille Tipton, se casó con una bailarina e incluso llegó en su matrimonio a adoptar niños, el cirujano James Barry que cambió su aspecto sexual para poder ejercer la medicina. Y desde luego, el carnaval: siendo profesor de enseñanza media he presenciado muchísimos carnavales en los institutos, y en todos ha habido algún alumno o grupo de ellos que se han disfrazado de mujeres y viceversa, lo que

Charles Eon de Beaumont, caballero y dama a la vez

en absoluto ponía en duda su género o su atractivo sexual desde el punto de vista de su propio sexo, cuya heterosexualidad nadie ponía en duda. Todos somos muchos, no solo uno ni tampoco dos. El dios Jano miraba al pasado y al futuro, y para ello tenía dos caras, pero esas dos caras han sido abrazadas por muchos. Hay todo un mito novelístico, cinematográfico, y desde luego real, sobre las dobles vidas de algunas personas: serio/a de día, desmadrado/a de noche.

“Fabricamos maquetas del universo para poder proyectar una idea del espacio y de nosotros en él”, apuntaba Severo Sarduy para sostener esa idea del simulacro, idea que bien pudo proceder, ser inspirada o confirmada por las concepciones sociales del Situacionismo y sus popes: Castoriadis y Débord, cuyos textos debió conocer, si no directamente, que es lo más probable, a través de Foucault, Barthes o Lacan.

“Al llegar a Europa no me bastaban las iglesias, los museos, los castillos y quesos de ese vasto museo que es el continente, quería además y con ellos su doble en las palabras, su analogía en los sonidos, su otra verdad”, y habría que añadir: en los colores. Un museo no

Museo del Louvre

es sino la sustitución de la realidad, y en ese sentido, creo, hablaba Sarduy: él quería, o mejor exigía, una simulación, una farsa, un disfraz y una impostura sinceras, sin falsas ocultaciones, que son lo que caracteriza a la sociedad burguesa. Sus novelas, que a fin de cuentas es de su obra lo que más se conoce, son patrañas veraces, como toda novela que se precie, pero él las reivindica tales, mentiras verídicas, sin trampa ni cartón, sin ápice de hipocresía, como sus personajes. “Falso frívolo” lo definió Juan Goytisolo.

Este último, además de amigo y uno de sus principales comentaristas, no se contentó con asegurar que no era, como otros del boom, autor preocupado por el público y las ventas, sino que también afirmó que Sarduy consideraba al lenguaje no como algo que se hereda, sino como algo que se conquista músculo a músculo.

Juan Cruz, que lo entrevistó (Q. nº 102) en su casa de París a finales de los 80 o en los primerísimos años 90, cuenta: “Severo es hombre que se ríe como una catarata. Llena la habitación con su risa”, aparte de afirmar que cantaba boleros muy bien, con buena voz y gracia, solo que, igual que bailar, lo hacía en la calle. La risa nunca ha sido signo de superficialidad sino, muy al contrario, de alegría de vivir. Él la tenía. Fue íntimo de Barthes, como ya se ha dicho, y amigo de Lacan, y se tomó en serio el estructuralismo, pero nunca pudo ni quiso evitar un cierto “choteo” (de nuevo la palabra tan cubana), la

Alain Robbe-Grillet

parodia de esa seriedad que tanto fatiga en las novelas del nouveau roman, en las de Robbe-Grillet, por ejemplo. No se piense que ese “choteo” es puro fuego de artificio, pura superficialidad. Se apartó de los protagonistas de la revista Tel Quel: “Hice bien en no seguir sus virajes intelectuales, que llegaron a convertirse en una burda expresión de la moda y que ha llevado a muchos de ellos a la práctica de una literatura del chisme, la anécdota fácil, cuando no la calumnia o la denuncia”, a pesar de lo cual mantuvo amistad con algunos de esos protagonistas. Esto último se lo confesó a Julio Ortega en la entrevista que este le hizo en 1985 y que fue publicada con el título de Severo Sarduy: escribir con colores en el suplemento Culturas de Diario 16.

Su relación con el mayo del 68 parisino fue ambigua. Por una parte, su condición de exiliado cubano y de hipercrítico con el castrismo era un obstáculo en un mundillo plagado de maoístas (Mao se puso de moda, como criticaba en la entrevista antes citada), pero por otra vio que, al menos una parte de sus protagonistas se implicaron en una revolución que no era, como las hasta entonces vistas, solo económica y política. Pero su lucidez le hacía ver que, justo por eso, por no ser solo económica y política, esa utopía tendría escaso futuro. Su soneto acabado en x, de sus Últimos poemas, es clarísima denuncia muy

Una de las múltiples manifestaciones de mayo del 68 parisino

“choteica” de que aquello se convirtió luego en moda: “El óleo abandonó por Liquitex,/ Lacan y Lévi-Strauss por Asterix;/ vendió el Max Ernst y compró Otto Dix;/ el amor renegó por “sea-sun-sex”.// Botó el «Heno de Pravia» y usó Ajax;/ dejó la Leica por la Relleiflex./ No se arriesgaba sino con Durex/ y en ciudades remotas -Aix o Dax-.// Su alimento era el whisky. Y el Viandox./ Se burló de Pierre Dax y de Pierre Dux/ y sobre el sexo se tatuó «DE LUX».// Hoy su furbizzia en Wall Street es vox/ populi y sus arreglos con el tax./ De aquellos tiempos conservó el Mandrax.” Como lo más destacable por aclarar, diré que el Mandrax fue una de las llamadas drogas recreativas y el Viandox es lo que aquí llegó como Bovril, es decir, extracto de carne. Metió con este soneto el dedo en la llaga (o en el ojo, visual o fecal) de esa simulación falsa, hipócrita, de esa conversión en fashion y modernuras que se dio tras aquella explosión de libertad que significó mayo del 68 para algunos, aunque para otros fuera su forma de promocionarse o de intentar imponer sus consignas maoístas, soviéticas, castristas, descolonialistas, etc.

Algo que explica muy bien la manera de ser de Sarduy, tan fiestero y a la vez tan divino (es decir religioso, pero no en el sentido que se le suele dar a la palabra: su fijación por el budismo puede dar idea del significado que en él tenía la palabra religioso), es lo que explica en El Cristo de la rue Jacob: estando en Benarés, en la India, alquiló una de esas “…canoas contrahechas y ahuecadas” junto con su amigo (no especifica quién) y tiró a las aguas del Ganges, el río sagrado, el manuscrito de una de sus novelas. No hubo manera de que el condenado manuscrito se sumergiera: “…las aguas no aceptan la «ofrenda»”, así

Dibujo de Severo Sarduy

que hubo que emprenderla a “remazos encarnizados”. Y es que allí se entera de que quien muere del lado equivocado del río va derechito al infierno o se reencarna, que es peor, en tanto si se muere en el buen lado, goza uno de buena rebaja o exoneración de penas, de modo que, como veían que el perverso mamotreto de folios se iba hacia el lado malo, se vieron obligados a intervenir. Y añade: “Hasta que se lo lleva la corriente. Hacia el delta, hacia dios”. Y podría añadirse muy búdicamente, hacia el Océano, hacia la Nada, hacia el Todo.

Dada su condición de exiliado de la Cuba castrista, puede pensarse que pasó de colaborador de Lunes de Revolución, y por tanto izquierdoso y revolucionario, a conservador y, no ya crítico con el castrismo, sino contrarrevolucionario. Nada más falso: Sarduy era un libertario, alguien que ponía muy por encima de esa revolución que consistió, a fin de cuentas, en una nueva dictadura, como ya se ha visto y asimilado por buena parte de la izquierda, ponía por encima la libertad, incluso la personal, y sobre todo las de creación y erótica. La revolución pasaba, desde su punto de vista, por un cambio de paradigmas sexuales. Para Sarduy era imposible pasar por revolucionario y ser conservador en cuanto a costumbres, en cuanto al respeto que se debe a cualquier alternativa personal que no haga daño a los demás. La revolución, pues, no era un asunto puramente económico y político sino algo que trascendiera esos asuntos que, a fin de cuentas, son superficiales, y deberían ser justo la economía y la política revolucionaria quienes favorecieran esos otros aspectos sociales más importantes, quedando aquellas en un plano, si no secundario, sí al menos subsidiario, vicario.

En este sentido, no debemos olvidar que Castro se abstuvo de criticar los crímenes de la plaza de Tlatelolco, en Ciudad de México, no entró en consideraciones sobre el mayo parisino y entabló amistades con la España de Franco (o con el Franco de España).

Interior de catedral barroca

Sobre la teoría sarduyana del barroco y esa descentralización, esa reflexión en torno a Kepler y las órbitas elípticas de los planetas, con los dos focos de la elipse, pienso que esa obsesión que le condujo a cavilar tanto en el tema está íntimamente relacionada con el simulacro y el travestismo, el adorno del cuerpo que tanto le desveló. El travestí o el disfrazado son lo que son y con su acto desean ser momentáneamente otros: son dos centros, una duplicidad en el ser personal que lleva de la mano a ese fenómeno. Pues ese querer ser otro no empuja por obligación al cambio: no todo travestí, y mucho menos quien se disfraza con trapos femeninos en un carnaval, por ejemplo, quiere convertirse en mujer, quiere alcanzar la condición de transexual: de serlo, dejaría de tener dos centros, de tener dos personas en una. Esta dualidad me evoca a dos filósofos o pensadores españoles: María Zambrano y Eugenio Trías, ambos estudiosos, aunque desde luego de forma diferente, de esa dualidad. Zambrano dice en texto redactado el 28 de mayo de 1974 como uno de los apuntes a su obra Notas de un método: “Y entonces el centro será doble: El aparente aún para mí misma. Y el centro recóndito inspirador que arde e inspira”. Y más tarde, el 25 de abril del mismo año apunta también como esbozos de aquel libro: “Se trata -a mi sentir y pensar- de unir, unificar los dos árboles: el de la Vida y el de la Ciencia del Bien y del Mal”. Zambrano pretendía que para elaborar un verdadero pensamiento totalizador era preciso combinar la razón aristotélica con la pitagórica, un logos, o razón, razonable, valga la repetición, con una razón poética, es decir, con una razón intuitiva, compasiva (la llamaba ella), discursiva (que así llamaba a la mística), o también expresado de otra forma, la razón occidental y la razón oriental, asunto geográfico que interesó

El filósofo Eugenio Trías

muchísimo al cubano como ya he dicho. También Xavier Zubiri habla de la inteligencia sintiente: una inteligencia que, además de ser pensada, es sentida. Respecto a Eugenio Trías, esa dualidad nos la representa con su filosofía del límite: Trías exige al filósofo seguidor de su método que se sitúe en el límite o limes, en la tierra de nadie de los fenómenos para poder analizarlos y conocerlos, de modo que pueda verse de ellos ambas caras y no una sola. Pedía emplazarse en esa zona neutra, digamos, entre el Ser y la Nada, entre el Yo y el Otro, entre lo Bueno y lo Malo. La dualidad, así, nos permite conocer mejor, profundizar, aprehender, igual que en Zambrano y, opino yo, igual que en Sarduy, quien confía en sus ensayos en algo muy cercano a la razón razonable, en tanto en sus novelas, sobre todo, y también, por supuesto, en sus poesías, se acerca a una razón, por expresarlo de alguna forma, musical.

Tal vez en este largo intento de análisis de la obra de Sarduy me haya quedado corto en la apreciación de su poesía, acaso porque esta no es mi especialidad. Pero hay un video en youtube que recoge la ponencia del profesor de la universidad de Córdoba Joaquín Roses sobre la obra poética de Sarduy, haciendo una comparación oportunísima entre esos versos del camagüeyano y Góngora. Esta es la dirección donde se puede escuchar tal conferencia, referencia que me proporcionó mi querido amigo Fernando de Villena, cosa que le agradezco: https://www.youtube.com/watch?v=JwvNyHDdwYw&t=2611s

Fotograma de la entrevista que Joaquín Soler Serrano le hizo a Severo Sarduy en el programa de televisión A fondo

La entrevista que le hizo en el año 78 Joaquín Soler Serrano, dentro del programa (maravilloso programa irrepetible hoy, tiempo de vulgaridades televisivas) A fondo es muy, muy recomendable. Y afirmo que es muy recomendable porque Severo era tan oral como escrito, era tan digno de ser escuchado como de ser leído. En esa entrevista confiesa datos autobiográficos, da detalle de sus obras y de su manera de pensar. Es curioso porque a un entrevistador tan excelente y veterano como el mencionado, no es que lo supere porque Sarduy era demasiado educado y cortés para llegar a tal barbaridad, pero sí que está a la altura del periodista, sabiendo, no solo contestar a las preguntas sino extenderse sin abusar y diciendo lo que quiere decir, sin balbuceos ni contradicciones, con un lenguaje hablado envidiable, rico y colorido, hablando de su pintura, sus novelas y su poesía, además, claro, de sus ensayos y, sobre todo, de su gran obsesión: el barroco y algo del travestismo. El enlace es el siguiente: https://www.youtube.com/watch?v=VAHiWbjf3Vk&t=175s. Leerlo es deseable, pero esta entrevista puede perfectamente ser acicate de esa lectura, puede seducir, pues a fin de cuentas es lo que Severo hace, para ser leído. En un momento dado asegura que con su literatura, con sus palabras, él intenta hacer el amor con el lector: es el derroche barroco que se hace por placer y no por economía.

Hay un poema de Haroldo de Campos que resume con más eficacia de lo que yo haya podido hacer en este ensayo la vida y obra de Severo Sarduy. El poema se llama Para un tombeau de Severo Sarduy. No lo incluyo porque no debo reproducirlo sin permiso, pero se puede encontrar en la antología Crisantemo, publicada en portugués. Traducido, fue publicado en Ll. nº 24 de septiembre de 2003.

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Severo Sarduy, el barroco polifacético o el travestismo literario 8

Severo Sarduy en difícil y juvenil postura

Esta es la penúltima entrega de este larguísimo ensayo mío sobre la obra múltiple de Severo Sarduy. En ella hablo de los cuentos, que fueron pocos, y del teatro, que apenas fue representado en escenario y sí en radio porque la mayor parte de las obras era teatro radiofónico o leído. Espero que os guste.

Cuentos

Los primeros cuentos, El seguro y El torturador, son de una narrativa naturalista y de protesta, directa, carecen de la fantasía lingüística de sus novelas, incluso de la primera. Son cuentos publicados en las revistas que nacieron con la Revolución cubana. El primero fue publicado en la revista Carteles y el segundo en Diario libre. Eso sí, sus recursos literarios y la anécdota que cuentan es totalmente moderna en la Cuba republicana, es decir la anterior al castrismo. Sarduy está al tanto de lo que ocurre en la calle y lo refleja. El seguro cuenta la historia de un campesino obsesionado con que su hijo pueda estudiar. El muchacho enferma y el padre, desesperado, se corta los dedos de una mano, alegando que ha sido con la hoz, para poder cobrar el seguro y salvar la vida del niño. Comete el error de cercenarse los de la mano derecha y el médico descubre el engaño pues el hombre es diestro. Cuando llega a su casa, el niño ha muerto. El torturador es una escalofriante narración en primera persona en el que un torturador de la policía explica sus métodos.

Campesino con hoz, dibujo de Vincent van Gogh

El cuento Las bombas, que apareció en Nueva Generación. Revolución en 1959, no es sino un fragmento de Gestos. Otros cuentos aparecidos en esa época habanera, como El general y El cuento cubano, aparecieron en esa misma revista.

El manuscrito es un cuento aparecido en la revista mexicana Vuelta en junio de 1992, y luego en Ll. nº 107. Es el más interesante de entre los anteriores, a los que he tenido acceso de una forma u otra. Recuerda su contenido a la aversión que tenía Milan Kundera por firmar manifiestos a los que se veía obligado por su posición intelectual. El protagonista, un poeta que dormita en su sillón, tiene un sueño, o mejor, una pesadilla. No se aclara si esa alucinación es cierta o solo eso, un mal sueño. Una banda de desarrapados jovencitos se dedica a devastar la ciudad, rompiendo solo por romper. Tres trajeados se presentan en casa del poeta y lo instan a firmar un poema-manifiesto contra los desmanes, o mejor, a favor de las propuestas del poder del cual son emisarios. Tras dudarlo mucho, lo hace. Su poema se convierte en himno, en enseña. Se malinterpreta, se tergiversa siempre a favor del poder. El hombre muere. Le ponen una placa conmemorativa en la que fue puerta de su casa. El final es demoledor: “…nunca nadie se detuvo a descifrar el nombre, la fecha y el texto, porque ¿quién se para a leer una placa pública?”. ¿Alusión a Martí, el “inspirador intelectual de la Revolución”?, ¿o simplemente alusión a sí mismo que será olvidado en su tierra y en el resto del mundo? Esperemos que no.

Teatro

Un locutor de radio (no he encontrado fotos de Sarduy frente a los micrófonos, aunque sí frente a cámaras de televisión).

Como ya se ha dicho, uno de los trabajos que más satisfacciones le produjo, aparte de los de traductor, lector y selector de obras publicables en Seuil y Gallimard, fue el de locutor de radio, dirigiendo un programa de divulgación científica pues, como se recordará cuando hablé de su poesía, le apasionaba la cosmología. Tenía una voz profunda, muy bien modulada, con el inevitable acento cubano pero no cerrado, inteligible para cualquier hablante peninsular o sudamericano. ¿Le vino su afición a escribir obras de teatro de ahí? Seguramente, porque sus obras son cortas y más hablables que representables, es decir que es teatro radiofónico, para ser leído ante los micrófonos. Es más, el título impuesto al libro con el texto de sus cuatro trabajos teatrales fue Para la voz, con prólogo de Guy Scarpetta y un pequeño comentario de Roland Barthes que ya fue publicado anteriormente en el diario Le Monde el 24-3-77. Siempre admiró la profunda y contundente voz de José Lezama Lima, su gran influencia. Solo se vieron, al parecer, una vez, en un teatro habanero en el que actuaron los solistas del ballet del Bolshoi de Moscú, pero luego mantuvieron una correspondencia rica e interesante.

Escena de ballet en el Teatro Bolshoi

Su representación en escenario puede coincidir con un tipo de teatro que se fue imponiendo en las últimas décadas del siglo XX, en el cual se interpreta danza contemporánea, sin actuación correspondiente al texto sobre un escenario. Incluso tiene párrafos recitados simultáneamente, lo que, como él mismo reconoce en la introducción a Relato, puede dificultar la inteligibilidad de lo dicho. Es posible que no importe, que lo de veras trascendente sea el sonido y, como luego indicaré, la decoración. A la música acompañante, o también a los ruidos, les da Sarduy gran valor, y están tan regidos, la una o los otros, que su intrusión forma parte de la obra tanto como pueda formar parte de ella el texto. Por supuesto, en una función teatral el espectador ve y oye lo que ocurre en el escenario, en tanto en una representación radiofónica el oyente debe imaginarse los sucesos relatados o las ambientaciones descritas. Es por ello que el autor tiene la habilidad de dar las pistas suficientes para esta figuración pero sin fatigar con excesivas descripciones, le bastan cuatro pinceladas (en el pleno sentido de la palabra pues en esos indicios se nota la calidad de Sarduy como pintor: colores, luces, distribución de masas).

No existen, en estos cuatro textos, cubanismos, ni parece que se interese mucho por travestís, transexuales u homosexuales. Los papeles son casi intercambiables y lo mismo puede decir el texto un hombre que una mujer.

Todas ellas fueron radioemitidas a principios de la década de los setenta del pasado siglo. Solo la primera, La playa, fue representada en teatro y se rodó completa para el cine en México, y algunas secuencias de ella para la cadena de televisión Antenne Deux de París.

Estas obras son: La playa, La caída, Relato y Los matadores de hormigas.

El goce de los cuerpos en una playa

La playa, como anuncian tanto Barthes como Scarpetta, es un canto al deseo. Pero también al buen vivir. La acción, si es que la hay, ocurre en una playa no mediterránea, pues sube la marea. Los actores o las voces corresponden a tres hombres y tres mujeres, aunque sus papeles son intercambiables, restándole todo el protagonismo al sexo de unas voces u otras, aunque sí es cierto que se emplean modismos de género; eso sin insistir en que el mismo autor avisa en la introducción que dos voces distintas pueden ser interpretadas por la misma persona, es decir, que ese número de seis actores también es discutible: pueden ser menos.

En esa misma introducción dice lo siguiente: “He tratado de significar este universo (el de la playa, nota mía) con el mínimo de elementos: un vocabulario reducido, repetitivo, «vaciado». El barroco es la tendencia natural del español. Vaciar la frase es postular, otra vez, la literatura como artificio”.

Hay una serie de hechos que se repiten: personas que corren, conversaciones con fines eróticos, alguien se hinca fragmentos de vidrio en el pie (en una escena es una voz masculina o se hace referencia a ella y en otra cambia el sexo de la persona herida; el texto, siempre narrado por alguien, se entretiene leve pero eficazmente en esa sangre goteando del pie herido, manchando la estera y la arena, en la cojera de la persona lesionada, tan parecida a la de la borrachera), el tropiezo con una persona desnuda en la playa (hombre, mujer o en una de las secuencias es una pareja) que puede estar dormida, borracha o

Sombrillas coloreadas en la playa

ahogada, también se repite la presencia de un árabe que pone mesas y sombrillas, estas, coloreadas, le dan una tonalidad que el oyente fantasea como muy teñida. Tampoco se puede aquí rastrear, como en sus novelas, un argumento claro. Quizá en estas obras teatrales menos aún. En La playa sí puede adivinarse un verano de sol, bebidas, conversaciones, risas (muchas risas: el verbo “reíamos” se repite y aun se corea) y sexo. Se habla de un yate, o sea que los protagonistas son gente adinerada, y más a principios de los años setenta, cuando el veraneo playero no se había popularizado ni masificado. Los cuerpos, desde luego, se adivinan hermosos excepto en algún caso que se especifica: un seboso millonario o una familia sobrealimentada. Quizá puede intuirse el prolegómeno de la separación de una pareja (si homo o heterosexual, es irrelevante), divorcio del que no se sabe si tendrá lugar, si se arreglará con sesiones intensivas de sexo, borrachera y charla, o bien si interfieren otras relaciones. Las descripciones de la luz en la arena y en el mar, así como de los arrecifes o de las olas, son soberbias, precisamente por escuetas, como si se condensaran. El oyente o, en cualquier caso el lector si no escucha ni presencia la obra sino que la lee, puede recordar de su propia experiencia momentos de relajo absoluto en la arena que se amolda al cuerpo, el sonido repetitivo del mar, los cuerpos que desfilan ante la mirada, el contraste entre el calor del sol y la frescura del

Las playas son lugares donde relajarse, pero también son lugares donde adorar los cuerpos ajenos que se doran.

agua. Alude a lo largo de todas las secuencias, que son 18, a anuncios y publicidad en francés, o alguna en inglés, procedentes de carteles, aparatos de radio o aviones que pasean letreros anunciadores sobre la playa y el mar, publicidad que se refiere a locales o cremas solares. Estos anuncios son como insertos, voces de fondo molestas como moscardones que ronronean de continuo sobre los bañistas.

La caída no hace referencia a tropezón ni desastre alguno sino a esos fragmentos que en las grabaciones radiofónicas se desechan, se caen de la grabación definitiva. También aquí hay seis voces, mitad masculinas y mitad femeninas. Pero hay un sonido que cumple función, en apariencia, de telón o de acompañamiento o subrayado (“de repetición, de obsesión: vida mecánica frente a lo inanimado”, dice el autor en la introducción): el que producen esas bolas unidas por un cordón que los niños hacen girar para que choquen entre ellas y hagan un “clic-clac” (taka taka o bolas tronadoras, se las llama), que es justo lo que indica el texto para hacer que algún utillero las haga sonar. Tal vez es una manera de marcar el tiempo o recordar que existe, porque reitera en que al girar marcan las doce en la parte superior y las seis en la inferior.

En las primeras secuencias se describe una galería, pero en el sentido que puede serlo una de exposiciones o un pasillo en el que varias puertas lo comunican con habitaciones.

Juego del Tiki-taka o bolas tronadoras

Podría ser, como dice también el autor, una cita o sugerencia de las catacumbas palermitanas, llamadas de los Capuchinos. De hecho, en la tercera se describen esas catacumbas llenas de momias y se alude a la niña Rosalia Lombardo que falleció a los dos años y fue embalsamada, a causa de lo cual su cadáver se conserva incorrupto en dichas catacumbas. Si La playa era el deseo y la juventud, La caída es la decrepitud o la muerte, y ese “clic-clac” constante es la marca del tiempo que pasa, el tiempo que indefectiblemente nos empuja hacia la muerte.

Se habla de continuo de flores. Esas voces se encargan de repetirnos su belleza y fragancia, pero todos sabemos lo efímeras que son, y verlas marchitarse es imagen de la precariedad de la existencia. También, como contraste, acaso, de lo anterior, se menciona obras de arte modernas, pictóricas o escultóricas, como si estas, no ya decoraran las paredes sino estuvieran incrustadas en ellas. ¿O no es tal contraste?: el arte moderno es efímero, incluso hay obras artísticas actuales destinadas a no durar. Aunque también describe tarecos, es decir, cachivaches, trastos viejos de los que se encuentran, polvorientos, en ciertas tiendas de antigüedades o en los rastros y mercadillos. Y eso sí es duradero. Pero por definición, los cacharros están deteriorados. Ya por último, como si hubiera ido el espectador u oyente asomándose a las diferentes estancias de esa galería, se encuentra la

Varias diosas hindúes

Kumara Devi, la niña que, en la religión hindú, es princesa y tratada como tal hasta que tiene su primera regla, momento en el que vuelve a su casa natal y los astrólogos se dedican a buscar una nueva Kumara Devi. Nuevamente lo efímero, lo caduco, y esta vez en una niña impúber que pasa a púber, o sea nada deteriorado ni avejentado, sino todo lo contrario, pero pasajero por la misma tradición.

No debemos esperar en esta obra caracteres ni personajes. No los hay. La protagonista misma es esa “galería”, ese lugar desde el cual el espectador u oyente presencia el paso del tiempo y el deterioro y caducidad de todo. También lo demuestra Sarduy con un truco textual: en algún momento las voces protagonistas repiten frases de anteriores secuencias, repetición que puede hacerse o no, a voluntad de los intérpretes o actores, y frases que pueden cambiarse por otras citas del texto según el albedrío de aquellos.

Imaginemos una obra teatral donde lo importante no fuera el texto ni la acción de los actores sino el decorado: la intriga está en él. Así es La caída.

La cantante Dionne Warwick

Relato es quizá la más imaginativa de todas. Nos encontramos en ella a viejos conocidos: Cobra, Tundra, Escorpión, Totem y Tigre, es decir los personajes de la novela Cobra. Aquí la introducción o el texto que Sarduy hace preceder a la obra como especie de instrucciones de uso, es mínima. Se especifican en ella los personajes que son, además de los anteriores, cuatro más: un camarero, un monje tibetano (cuya voz puede ser la misma que la del camarero) y dos congresistas, uno de ellos un orador y la otra una asistente a dicho congreso. Especifica también las músicas que deberán sonar y dice de determinados textos que habrán de ser pronunciados simultáneamente por dos o más voces. Las músicas, tan importantes como en las anteriores obras,  son música tibetana y temas de la cantante de soul Dionne Warwick, más un fragmento de Ray Charles.

De nuevo la ambientación, el decorado que se describe, es más importante que la acción o los personajes, quizá porque el decorado es la acción. El asunto empieza en un bar un tanto psicodélico en el que hay un gran acuario poblado de seres que se deslizan de una forma sinuosa y sugerente. En el bar están Cobra y sus amigos moteros. Hay una lectura simultánea de Cobra y de Escorpión, el primero hablando en español en tanto el segundo lee en inglés anuncios por palabras de hombres ofreciéndose a relaciones, se supone que con otros hombres. El camarero los echa después de que uno de ellos dé por accidente un manotazo en la mampara vítrea del acuario. Pasan a una selva que puede ser tropical, aunque a partir de un momento y por los seres que se les acercan ellos parecen estar dentro del acuario, rodeados de esos peces con flagelos que nadan resbalando. El orador congresista habla de un sistema de control mental de toda la población a base de insertos en los cuerpos de los recién nacidos y emisiones por radio de sensaciones o ideas, aunque finalmente se aclara que tal control absoluto se dará por ¡las drogas! Puesto que las descripciones son tan lisérgicas, esa alusión del control por las drogas hace pensar en aquella conspiración de la que habla Thomas Pynchon en alguna de sus novelas sobre la sustitución de los alucinógenos como el hachís o la LSD, por otras excitantes y violentas

De izquierda a derecha, Ricardo Porro, Ramón Alejandro, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas y Néstor Almendros

como la cocaína y la heroína, complot que, según ese autor se inició a principios de los años 70 del pasado siglo, en concreto en determinado concierto donde participaron los Rolling Stones. El final enlaza con el principio y se describe la misma escena, quedando en el aire esa sospecha de que ahora todo ocurre dentro del acuario. De nuevo alguien los expulsa del bar tras el ruido de un manotazo contra el vidrio de aquel, pero esta vez no es el camarero sino el monje tibetano, lo que hace pensar que estamos en un periplo semejante al de la novela Cobra, desde el occidente hasta el oriente.

Con los monólogos, porque lo son, más que diálogos, que describen estas escenas, se mezclan las músicas ya enumeradas y ruidos: un vaso que se rompe, el murmullo del gentío, aplausos cuando habla el orador, el recitado de un texto anterior. El final es muy sugestivo: Cobra y sus amigos se preguntan cuánto tiempo han permanecido en el bar, como si el tiempo, que no coincide con el de la representación o lectura, o sí, quién sabe, fuese lo de veras vital, tiempo marcado por ese desplazamiento desde el occidente hasta el oriente, desplazamiento que se produce en la imaginación del espectador u oyente y, por tanto, es tan rápido o lento como se desee.

Copiaré un fragmento ilustrativo de esas descripciones psicodélicas, concretamente la del acuario, descripción que se repite palabra por palabra al final, y que Sarduy pone en boca de Cobra: “Entramos en el bar. Uno de los muros estaba totalmente ocupado por un acuarium. Adentro había lámparas de neón sumergidas entre las piedras y las madréporas de poliestireno, entre inmóviles hipocampos de vidrio fluorescente y flores inoxidables

Acuarium casero, aunque no tan imaginativo y hortera como el que describe Sarduy

blanquísimas, siempre abiertas. Del fondo del acuarium, filtrada por las algas, emanaba una claridad que iluminaba los estantes de botellas, las mamparas, los taburetes turcos. Sombras lentas, vibraciones de aletas, atravesaban esa claridad, como mariposas negras”.

Los matadores de hormigas es una obra sobre la descolonización. Se escribió mientras se producía la liberación de las antiguas colonias portuguesas: Angola, Guinea-Bisáu y Mozambique después de la llamada guerra de Ultramar entre 1961 y 1974. Pero también habla de la descolonización del cuerpo, es decir de la progresiva libertad sexual que tuvo su punto álgido en el año 68 y se prolongó hasta ya iniciados los 70 (en España, gracias al nacionalcatolicismo fue más tardío). Tenemos seis voces: cuatro hombres y dos mujeres, que en unas secuencias son turistas alemanes en Portugal, en otras son también alemanes fotógrafos en Angola, o soldados portugueses. La música es la que se componía e interpretaba en esas antiguas colonias, más algunos ruidos, una canción de Billy Holliday, canto de pájaros, música brasileña y de Goa y una canción de Michel Delpech que Sarduy titula Ça ira, como la vieja canción revolucionaria francesa pero que parece ser la titulada Que Marianne était jolie, y este título auténtico hace que lo nombre uno de los personajes.

Independencia mozambiqueña

¿Es la primera vez que el cubano se mete en temas políticos? No, recordemos lo dicho por Roberto González: las novelas de Sarduy son puramente históricas. En esta obra de teatro radiofónico no hace sino recordar esas situaciones de liberación, que él resume en dos: política y erótica.

Hay un accidente de coche en el sur de Portugal: el automóvil queda volcado y al borde de un acantilado. Exceso de velocidad. Pero no ha habido víctimas. Los alemanes que lo ocupaban atraviesan un bosquecillo espinoso (aunque se han reducido desde los seis ocupantes turistas a dos fotógrafos) y se encuentran con una tienda de campaña: dentro hay un muchacho que hace el mismo gesto que en una de las secuencias de La playa: lleva una camisa que abre mostrando el torso desnudo, aunque en algún otro momento no es solo el torso. Los dos alemanes hacen el amor con el muchacho. La abertura de la camisa es una señal: los moradores de esa tienda luchan contra las hormigas que les devoran las escasísimas provisiones que les quedan. Luchan contra ellas en tres círculos concéntricos y conforme más se aproximan a la tienda, más violenta es la lucha contra las hormigas. Más allá hay un claro en el bosquecillo espinoso donde se han instalado en varias tiendas unos jóvenes: son anarquistas. La escena se traslada a Angola: unos soldados vigilan un puesto de avanzadilla en zona despoblada. Han establecido tres círculos de vigilancia, centinela que se ha ido relajando al no notarse hostilidad alguna. Por radio reciben la orden de abandonar el puesto. Lo recogen todo y las escasas provisiones que tienen coinciden con las de los muchachos en la tienda de campaña. Entre las moscas, el calor y una bebida fermentada que les dan unos negros, están atontados.

La revolución de los claveles en Portugal

Son estos soldados, al parecer, quienes recogen a los turistas alemanes y los llevan a Lisboa. Estos desean hacer fotos. No encuentran por ningún lado el morbo necesario para las revistas con noticias de guerra, ni en el Portugal recién rebelado contra la dictadura de Caetano, ni en la Angola que aún está en armas: solo fotos turísticas. Los muchachos que ocupaban las tiendas de campaña del claro del bosque quieren rebautizar el puente Salazar lisboeta y ponerle Bakunin, Borroughs, Brecht, Reich o el Che, Mao o Lenin. Un gesto revolucionario, como los del amigo de Ella en Gestos.

Las narraciones de los locutores-actores se ven continuamente interrumpidas por las músicas previstas y por noticias radiofónicas que dan parte del avance de las negociaciones de descolonización, y aun del naufragio de un buque español llamado Franco.

Toda la obra es una alegoría, por una parte de ese proceso descolonizador, como ya se ha dicho, pero también del morbo y la curiosidad de las democracias occidentales, representadas por esos turistas o fotógrafos alemanes, por esas aventuras revolucionarias a las que no se atreven en sus países, o que se atrevieron, fracasaron y se les olvidó, o por

La famosísima foto de Kevin Carter, de un niño agonizando y el buitre a la espera

esas instantáneas llenas de sangre y vísceras, hambre y moscas, que satisfacen la morbosidad del cómodo lector burgués sentado en su sillón muelle. La comparación entre los soldados que protegen la avanzadilla en Angola y los muchachos que luchan contra las hormigas recuerda el asunto ecológico de que esa batalla es injusta, pues los jóvenes han ocupado el terreno, digamos salvaje, de ellas. ¿O es al revés y las hormigas representan a los colonizadores que quieren arrebatar lo que pertenece legítimamente a los colonizados? ¿Cuándo algo ha estado meridianamente claro en Sarduy?

Continuará y finalizará.

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