Severo Sarduy, el barroco polifacético o el travestismo literario 9

Severo Sarduy

Y por fin, remato con esta entrega el ensayo sobre la obra de Severo Sarsuy. En ella hablo de mis consideraciones personales y las que algunos entrevistadores o articulistas expresaron sobre él u obtuvieron de sus labios. Ha sido un trabajo muy gratificante para mí. Confío en que su lectura también lo haya sido para vosotros y os haya animado a leer a Sarduy y saber más de él. Todo un personaje y un gran artista. Un extravagante, sí, alguien que se salió de las constantes de la literatura del boom latinoamericano.

Algunas consideraciones propias y ajenas

¿Puede hablarse de Sarduy como un artista de vanguardia, un dinamitero de tradiciones? Él mismo aclara esta pregunta en la ya citada entrevista concedida a Julián Ríos: “Los llamados movimientos de vanguardia, en consecuencia, son siempre tradicionales cuando realmente son de vanguardia. En ninguna vanguardia estética, tradición y originalidad están reñidas, porque lo tradicional, sustancialmente entendido, es el anhelo que incita a buscar la originalidad”.

El tiempo era una obsesión para Sarduy. Lo fue, desde luego, en su primera novela, donde Ella, la cantante-lavandera, no solo mide el tiempo para acudir al cabaré, sino sobre todo, para lograr poner la bomba en la estación transformadora. De sus otras obsesiones: el barroco, la simulación, etc., ya se ha hablado.

Soren Kierkegaard, filósofo danés

Esa simulación, el travestismo, el afán de ser otro sin quedarse en el otro sino seguir siendo el de siempre ha sido obsesión humana desde muchísimo antes del nacimiento de Sarduy. En ese sentido, el cubano no inventa nada, solo lo reflexiona. No hay sino pensar en Pessoa y sus heterónimos, o en Soren Kierkegaard y sus seudónimos, en todos los personajes en la historia que, siendo mujeres, se han disfrazado de hombres para conseguir esto o aquello o para no conseguir nada sino por ser otros durante breve tiempo o para siempre: George Elliot, George Sand, el chevalier Eon de Beaumont, la monja alférez, llamada Catalina de Erauso, el cantante de jazz Billi Tipton, que se llamaba en realidad Dorothy Lucille Tipton, se casó con una bailarina e incluso llegó en su matrimonio a adoptar niños, el cirujano James Barry que cambió su aspecto sexual para poder ejercer la medicina. Y desde luego, el carnaval: siendo profesor de enseñanza media he presenciado muchísimos carnavales en los institutos, y en todos ha habido algún alumno o grupo de ellos que se han disfrazado de mujeres y viceversa, lo que

Charles Eon de Beaumont, caballero y dama a la vez

en absoluto ponía en duda su género o su atractivo sexual desde el punto de vista de su propio sexo, cuya heterosexualidad nadie ponía en duda. Todos somos muchos, no solo uno ni tampoco dos. El dios Jano miraba al pasado y al futuro, y para ello tenía dos caras, pero esas dos caras han sido abrazadas por muchos. Hay todo un mito novelístico, cinematográfico, y desde luego real, sobre las dobles vidas de algunas personas: serio/a de día, desmadrado/a de noche.

“Fabricamos maquetas del universo para poder proyectar una idea del espacio y de nosotros en él”, apuntaba Severo Sarduy para sostener esa idea del simulacro, idea que bien pudo proceder, ser inspirada o confirmada por las concepciones sociales del Situacionismo y sus popes: Castoriadis y Débord, cuyos textos debió conocer, si no directamente, que es lo más probable, a través de Foucault, Barthes o Lacan.

“Al llegar a Europa no me bastaban las iglesias, los museos, los castillos y quesos de ese vasto museo que es el continente, quería además y con ellos su doble en las palabras, su analogía en los sonidos, su otra verdad”, y habría que añadir: en los colores. Un museo no

Museo del Louvre

es sino la sustitución de la realidad, y en ese sentido, creo, hablaba Sarduy: él quería, o mejor exigía, una simulación, una farsa, un disfraz y una impostura sinceras, sin falsas ocultaciones, que son lo que caracteriza a la sociedad burguesa. Sus novelas, que a fin de cuentas es de su obra lo que más se conoce, son patrañas veraces, como toda novela que se precie, pero él las reivindica tales, mentiras verídicas, sin trampa ni cartón, sin ápice de hipocresía, como sus personajes. “Falso frívolo” lo definió Juan Goytisolo.

Este último, además de amigo y uno de sus principales comentaristas, no se contentó con asegurar que no era, como otros del boom, autor preocupado por el público y las ventas, sino que también afirmó que Sarduy consideraba al lenguaje no como algo que se hereda, sino como algo que se conquista músculo a músculo.

Juan Cruz, que lo entrevistó (Q. nº 102) en su casa de París a finales de los 80 o en los primerísimos años 90, cuenta: “Severo es hombre que se ríe como una catarata. Llena la habitación con su risa”, aparte de afirmar que cantaba boleros muy bien, con buena voz y gracia, solo que, igual que bailar, lo hacía en la calle. La risa nunca ha sido signo de superficialidad sino, muy al contrario, de alegría de vivir. Él la tenía. Fue íntimo de Barthes, como ya se ha dicho, y amigo de Lacan, y se tomó en serio el estructuralismo, pero nunca pudo ni quiso evitar un cierto “choteo” (de nuevo la palabra tan cubana), la

Alain Robbe-Grillet

parodia de esa seriedad que tanto fatiga en las novelas del nouveau roman, en las de Robbe-Grillet, por ejemplo. No se piense que ese “choteo” es puro fuego de artificio, pura superficialidad. Se apartó de los protagonistas de la revista Tel Quel: “Hice bien en no seguir sus virajes intelectuales, que llegaron a convertirse en una burda expresión de la moda y que ha llevado a muchos de ellos a la práctica de una literatura del chisme, la anécdota fácil, cuando no la calumnia o la denuncia”, a pesar de lo cual mantuvo amistad con algunos de esos protagonistas. Esto último se lo confesó a Julio Ortega en la entrevista que este le hizo en 1985 y que fue publicada con el título de Severo Sarduy: escribir con colores en el suplemento Culturas de Diario 16.

Su relación con el mayo del 68 parisino fue ambigua. Por una parte, su condición de exiliado cubano y de hipercrítico con el castrismo era un obstáculo en un mundillo plagado de maoístas (Mao se puso de moda, como criticaba en la entrevista antes citada), pero por otra vio que, al menos una parte de sus protagonistas se implicaron en una revolución que no era, como las hasta entonces vistas, solo económica y política. Pero su lucidez le hacía ver que, justo por eso, por no ser solo económica y política, esa utopía tendría escaso futuro. Su soneto acabado en x, de sus Últimos poemas, es clarísima denuncia muy

Una de las múltiples manifestaciones de mayo del 68 parisino

“choteica” de que aquello se convirtió luego en moda: “El óleo abandonó por Liquitex,/ Lacan y Lévi-Strauss por Asterix;/ vendió el Max Ernst y compró Otto Dix;/ el amor renegó por “sea-sun-sex”.// Botó el «Heno de Pravia» y usó Ajax;/ dejó la Leica por la Relleiflex./ No se arriesgaba sino con Durex/ y en ciudades remotas -Aix o Dax-.// Su alimento era el whisky. Y el Viandox./ Se burló de Pierre Dax y de Pierre Dux/ y sobre el sexo se tatuó «DE LUX».// Hoy su furbizzia en Wall Street es vox/ populi y sus arreglos con el tax./ De aquellos tiempos conservó el Mandrax.” Como lo más destacable por aclarar, diré que el Mandrax fue una de las llamadas drogas recreativas y el Viandox es lo que aquí llegó como Bovril, es decir, extracto de carne. Metió con este soneto el dedo en la llaga (o en el ojo, visual o fecal) de esa simulación falsa, hipócrita, de esa conversión en fashion y modernuras que se dio tras aquella explosión de libertad que significó mayo del 68 para algunos, aunque para otros fuera su forma de promocionarse o de intentar imponer sus consignas maoístas, soviéticas, castristas, descolonialistas, etc.

Algo que explica muy bien la manera de ser de Sarduy, tan fiestero y a la vez tan divino (es decir religioso, pero no en el sentido que se le suele dar a la palabra: su fijación por el budismo puede dar idea del significado que en él tenía la palabra religioso), es lo que explica en El Cristo de la rue Jacob: estando en Benarés, en la India, alquiló una de esas “…canoas contrahechas y ahuecadas” junto con su amigo (no especifica quién) y tiró a las aguas del Ganges, el río sagrado, el manuscrito de una de sus novelas. No hubo manera de que el condenado manuscrito se sumergiera: “…las aguas no aceptan la «ofrenda»”, así

Dibujo de Severo Sarduy

que hubo que emprenderla a “remazos encarnizados”. Y es que allí se entera de que quien muere del lado equivocado del río va derechito al infierno o se reencarna, que es peor, en tanto si se muere en el buen lado, goza uno de buena rebaja o exoneración de penas, de modo que, como veían que el perverso mamotreto de folios se iba hacia el lado malo, se vieron obligados a intervenir. Y añade: “Hasta que se lo lleva la corriente. Hacia el delta, hacia dios”. Y podría añadirse muy búdicamente, hacia el Océano, hacia la Nada, hacia el Todo.

Dada su condición de exiliado de la Cuba castrista, puede pensarse que pasó de colaborador de Lunes de Revolución, y por tanto izquierdoso y revolucionario, a conservador y, no ya crítico con el castrismo, sino contrarrevolucionario. Nada más falso: Sarduy era un libertario, alguien que ponía muy por encima de esa revolución que consistió, a fin de cuentas, en una nueva dictadura, como ya se ha visto y asimilado por buena parte de la izquierda, ponía por encima la libertad, incluso la personal, y sobre todo las de creación y erótica. La revolución pasaba, desde su punto de vista, por un cambio de paradigmas sexuales. Para Sarduy era imposible pasar por revolucionario y ser conservador en cuanto a costumbres, en cuanto al respeto que se debe a cualquier alternativa personal que no haga daño a los demás. La revolución, pues, no era un asunto puramente económico y político sino algo que trascendiera esos asuntos que, a fin de cuentas, son superficiales, y deberían ser justo la economía y la política revolucionaria quienes favorecieran esos otros aspectos sociales más importantes, quedando aquellas en un plano, si no secundario, sí al menos subsidiario, vicario.

En este sentido, no debemos olvidar que Castro se abstuvo de criticar los crímenes de la plaza de Tlatelolco, en Ciudad de México, no entró en consideraciones sobre el mayo parisino y entabló amistades con la España de Franco (o con el Franco de España).

Interior de catedral barroca

Sobre la teoría sarduyana del barroco y esa descentralización, esa reflexión en torno a Kepler y las órbitas elípticas de los planetas, con los dos focos de la elipse, pienso que esa obsesión que le condujo a cavilar tanto en el tema está íntimamente relacionada con el simulacro y el travestismo, el adorno del cuerpo que tanto le desveló. El travestí o el disfrazado son lo que son y con su acto desean ser momentáneamente otros: son dos centros, una duplicidad en el ser personal que lleva de la mano a ese fenómeno. Pues ese querer ser otro no empuja por obligación al cambio: no todo travestí, y mucho menos quien se disfraza con trapos femeninos en un carnaval, por ejemplo, quiere convertirse en mujer, quiere alcanzar la condición de transexual: de serlo, dejaría de tener dos centros, de tener dos personas en una. Esta dualidad me evoca a dos filósofos o pensadores españoles: María Zambrano y Eugenio Trías, ambos estudiosos, aunque desde luego de forma diferente, de esa dualidad. Zambrano dice en texto redactado el 28 de mayo de 1974 como uno de los apuntes a su obra Notas de un método: “Y entonces el centro será doble: El aparente aún para mí misma. Y el centro recóndito inspirador que arde e inspira”. Y más tarde, el 25 de abril del mismo año apunta también como esbozos de aquel libro: “Se trata -a mi sentir y pensar- de unir, unificar los dos árboles: el de la Vida y el de la Ciencia del Bien y del Mal”. Zambrano pretendía que para elaborar un verdadero pensamiento totalizador era preciso combinar la razón aristotélica con la pitagórica, un logos, o razón, razonable, valga la repetición, con una razón poética, es decir, con una razón intuitiva, compasiva (la llamaba ella), discursiva (que así llamaba a la mística), o también expresado de otra forma, la razón occidental y la razón oriental, asunto geográfico que interesó

El filósofo Eugenio Trías

muchísimo al cubano como ya he dicho. También Xavier Zubiri habla de la inteligencia sintiente: una inteligencia que, además de ser pensada, es sentida. Respecto a Eugenio Trías, esa dualidad nos la representa con su filosofía del límite: Trías exige al filósofo seguidor de su método que se sitúe en el límite o limes, en la tierra de nadie de los fenómenos para poder analizarlos y conocerlos, de modo que pueda verse de ellos ambas caras y no una sola. Pedía emplazarse en esa zona neutra, digamos, entre el Ser y la Nada, entre el Yo y el Otro, entre lo Bueno y lo Malo. La dualidad, así, nos permite conocer mejor, profundizar, aprehender, igual que en Zambrano y, opino yo, igual que en Sarduy, quien confía en sus ensayos en algo muy cercano a la razón razonable, en tanto en sus novelas, sobre todo, y también, por supuesto, en sus poesías, se acerca a una razón, por expresarlo de alguna forma, musical.

Tal vez en este largo intento de análisis de la obra de Sarduy me haya quedado corto en la apreciación de su poesía, acaso porque esta no es mi especialidad. Pero hay un video en youtube que recoge la ponencia del profesor de la universidad de Córdoba Joaquín Roses sobre la obra poética de Sarduy, haciendo una comparación oportunísima entre esos versos del camagüeyano y Góngora. Esta es la dirección donde se puede escuchar tal conferencia, referencia que me proporcionó mi querido amigo Fernando de Villena, cosa que le agradezco: https://www.youtube.com/watch?v=JwvNyHDdwYw&t=2611s

Fotograma de la entrevista que Joaquín Soler Serrano le hizo a Severo Sarduy en el programa de televisión A fondo

La entrevista que le hizo en el año 78 Joaquín Soler Serrano, dentro del programa (maravilloso programa irrepetible hoy, tiempo de vulgaridades televisivas) A fondo es muy, muy recomendable. Y afirmo que es muy recomendable porque Severo era tan oral como escrito, era tan digno de ser escuchado como de ser leído. En esa entrevista confiesa datos autobiográficos, da detalle de sus obras y de su manera de pensar. Es curioso porque a un entrevistador tan excelente y veterano como el mencionado, no es que lo supere porque Sarduy era demasiado educado y cortés para llegar a tal barbaridad, pero sí que está a la altura del periodista, sabiendo, no solo contestar a las preguntas sino extenderse sin abusar y diciendo lo que quiere decir, sin balbuceos ni contradicciones, con un lenguaje hablado envidiable, rico y colorido, hablando de su pintura, sus novelas y su poesía, además, claro, de sus ensayos y, sobre todo, de su gran obsesión: el barroco y algo del travestismo. El enlace es el siguiente: https://www.youtube.com/watch?v=VAHiWbjf3Vk&t=175s. Leerlo es deseable, pero esta entrevista puede perfectamente ser acicate de esa lectura, puede seducir, pues a fin de cuentas es lo que Severo hace, para ser leído. En un momento dado asegura que con su literatura, con sus palabras, él intenta hacer el amor con el lector: es el derroche barroco que se hace por placer y no por economía.

Hay un poema de Haroldo de Campos que resume con más eficacia de lo que yo haya podido hacer en este ensayo la vida y obra de Severo Sarduy. El poema se llama Para un tombeau de Severo Sarduy. No lo incluyo porque no debo reproducirlo sin permiso, pero se puede encontrar en la antología Crisantemo, publicada en portugués. Traducido, fue publicado en Ll. nº 24 de septiembre de 2003.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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Una respuesta a Severo Sarduy, el barroco polifacético o el travestismo literario 9

  1. Gart dijo:

    Severo Sarduy cantaba boleros y usted canta zarzuela (de marisco o de pescado, da igual) solo que usted es de Barcelona y Sarduy de Camagüey, donde en su propia afirmación (entrevista A Fondo TVE) se habla muy buen español, algo que no sucede en ningún lugar de España.

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