Severo Sarduy, el barroco polifacético o el travestismo literario 8

Severo Sarduy en difícil y juvenil postura

Esta es la penúltima entrega de este larguísimo ensayo mío sobre la obra múltiple de Severo Sarduy. En ella hablo de los cuentos, que fueron pocos, y del teatro, que apenas fue representado en escenario y sí en radio porque la mayor parte de las obras era teatro radiofónico o leído. Espero que os guste.

Cuentos

Los primeros cuentos, El seguro y El torturador, son de una narrativa naturalista y de protesta, directa, carecen de la fantasía lingüística de sus novelas, incluso de la primera. Son cuentos publicados en las revistas que nacieron con la Revolución cubana. El primero fue publicado en la revista Carteles y el segundo en Diario libre. Eso sí, sus recursos literarios y la anécdota que cuentan es totalmente moderna en la Cuba republicana, es decir la anterior al castrismo. Sarduy está al tanto de lo que ocurre en la calle y lo refleja. El seguro cuenta la historia de un campesino obsesionado con que su hijo pueda estudiar. El muchacho enferma y el padre, desesperado, se corta los dedos de una mano, alegando que ha sido con la hoz, para poder cobrar el seguro y salvar la vida del niño. Comete el error de cercenarse los de la mano derecha y el médico descubre el engaño pues el hombre es diestro. Cuando llega a su casa, el niño ha muerto. El torturador es una escalofriante narración en primera persona en el que un torturador de la policía explica sus métodos.

Campesino con hoz, dibujo de Vincent van Gogh

El cuento Las bombas, que apareció en Nueva Generación. Revolución en 1959, no es sino un fragmento de Gestos. Otros cuentos aparecidos en esa época habanera, como El general y El cuento cubano, aparecieron en esa misma revista.

El manuscrito es un cuento aparecido en la revista mexicana Vuelta en junio de 1992, y luego en Ll. nº 107. Es el más interesante de entre los anteriores, a los que he tenido acceso de una forma u otra. Recuerda su contenido a la aversión que tenía Milan Kundera por firmar manifiestos a los que se veía obligado por su posición intelectual. El protagonista, un poeta que dormita en su sillón, tiene un sueño, o mejor, una pesadilla. No se aclara si esa alucinación es cierta o solo eso, un mal sueño. Una banda de desarrapados jovencitos se dedica a devastar la ciudad, rompiendo solo por romper. Tres trajeados se presentan en casa del poeta y lo instan a firmar un poema-manifiesto contra los desmanes, o mejor, a favor de las propuestas del poder del cual son emisarios. Tras dudarlo mucho, lo hace. Su poema se convierte en himno, en enseña. Se malinterpreta, se tergiversa siempre a favor del poder. El hombre muere. Le ponen una placa conmemorativa en la que fue puerta de su casa. El final es demoledor: “…nunca nadie se detuvo a descifrar el nombre, la fecha y el texto, porque ¿quién se para a leer una placa pública?”. ¿Alusión a Martí, el “inspirador intelectual de la Revolución”?, ¿o simplemente alusión a sí mismo que será olvidado en su tierra y en el resto del mundo? Esperemos que no.

Teatro

Un locutor de radio (no he encontrado fotos de Sarduy frente a los micrófonos, aunque sí frente a cámaras de televisión).

Como ya se ha dicho, uno de los trabajos que más satisfacciones le produjo, aparte de los de traductor, lector y selector de obras publicables en Seuil y Gallimard, fue el de locutor de radio, dirigiendo un programa de divulgación científica pues, como se recordará cuando hablé de su poesía, le apasionaba la cosmología. Tenía una voz profunda, muy bien modulada, con el inevitable acento cubano pero no cerrado, inteligible para cualquier hablante peninsular o sudamericano. ¿Le vino su afición a escribir obras de teatro de ahí? Seguramente, porque sus obras son cortas y más hablables que representables, es decir que es teatro radiofónico, para ser leído ante los micrófonos. Es más, el título impuesto al libro con el texto de sus cuatro trabajos teatrales fue Para la voz, con prólogo de Guy Scarpetta y un pequeño comentario de Roland Barthes que ya fue publicado anteriormente en el diario Le Monde el 24-3-77. Siempre admiró la profunda y contundente voz de José Lezama Lima, su gran influencia. Solo se vieron, al parecer, una vez, en un teatro habanero en el que actuaron los solistas del ballet del Bolshoi de Moscú, pero luego mantuvieron una correspondencia rica e interesante.

Escena de ballet en el Teatro Bolshoi

Su representación en escenario puede coincidir con un tipo de teatro que se fue imponiendo en las últimas décadas del siglo XX, en el cual se interpreta danza contemporánea, sin actuación correspondiente al texto sobre un escenario. Incluso tiene párrafos recitados simultáneamente, lo que, como él mismo reconoce en la introducción a Relato, puede dificultar la inteligibilidad de lo dicho. Es posible que no importe, que lo de veras trascendente sea el sonido y, como luego indicaré, la decoración. A la música acompañante, o también a los ruidos, les da Sarduy gran valor, y están tan regidos, la una o los otros, que su intrusión forma parte de la obra tanto como pueda formar parte de ella el texto. Por supuesto, en una función teatral el espectador ve y oye lo que ocurre en el escenario, en tanto en una representación radiofónica el oyente debe imaginarse los sucesos relatados o las ambientaciones descritas. Es por ello que el autor tiene la habilidad de dar las pistas suficientes para esta figuración pero sin fatigar con excesivas descripciones, le bastan cuatro pinceladas (en el pleno sentido de la palabra pues en esos indicios se nota la calidad de Sarduy como pintor: colores, luces, distribución de masas).

No existen, en estos cuatro textos, cubanismos, ni parece que se interese mucho por travestís, transexuales u homosexuales. Los papeles son casi intercambiables y lo mismo puede decir el texto un hombre que una mujer.

Todas ellas fueron radioemitidas a principios de la década de los setenta del pasado siglo. Solo la primera, La playa, fue representada en teatro y se rodó completa para el cine en México, y algunas secuencias de ella para la cadena de televisión Antenne Deux de París.

Estas obras son: La playa, La caída, Relato y Los matadores de hormigas.

El goce de los cuerpos en una playa

La playa, como anuncian tanto Barthes como Scarpetta, es un canto al deseo. Pero también al buen vivir. La acción, si es que la hay, ocurre en una playa no mediterránea, pues sube la marea. Los actores o las voces corresponden a tres hombres y tres mujeres, aunque sus papeles son intercambiables, restándole todo el protagonismo al sexo de unas voces u otras, aunque sí es cierto que se emplean modismos de género; eso sin insistir en que el mismo autor avisa en la introducción que dos voces distintas pueden ser interpretadas por la misma persona, es decir, que ese número de seis actores también es discutible: pueden ser menos.

En esa misma introducción dice lo siguiente: “He tratado de significar este universo (el de la playa, nota mía) con el mínimo de elementos: un vocabulario reducido, repetitivo, «vaciado». El barroco es la tendencia natural del español. Vaciar la frase es postular, otra vez, la literatura como artificio”.

Hay una serie de hechos que se repiten: personas que corren, conversaciones con fines eróticos, alguien se hinca fragmentos de vidrio en el pie (en una escena es una voz masculina o se hace referencia a ella y en otra cambia el sexo de la persona herida; el texto, siempre narrado por alguien, se entretiene leve pero eficazmente en esa sangre goteando del pie herido, manchando la estera y la arena, en la cojera de la persona lesionada, tan parecida a la de la borrachera), el tropiezo con una persona desnuda en la playa (hombre, mujer o en una de las secuencias es una pareja) que puede estar dormida, borracha o

Sombrillas coloreadas en la playa

ahogada, también se repite la presencia de un árabe que pone mesas y sombrillas, estas, coloreadas, le dan una tonalidad que el oyente fantasea como muy teñida. Tampoco se puede aquí rastrear, como en sus novelas, un argumento claro. Quizá en estas obras teatrales menos aún. En La playa sí puede adivinarse un verano de sol, bebidas, conversaciones, risas (muchas risas: el verbo “reíamos” se repite y aun se corea) y sexo. Se habla de un yate, o sea que los protagonistas son gente adinerada, y más a principios de los años setenta, cuando el veraneo playero no se había popularizado ni masificado. Los cuerpos, desde luego, se adivinan hermosos excepto en algún caso que se especifica: un seboso millonario o una familia sobrealimentada. Quizá puede intuirse el prolegómeno de la separación de una pareja (si homo o heterosexual, es irrelevante), divorcio del que no se sabe si tendrá lugar, si se arreglará con sesiones intensivas de sexo, borrachera y charla, o bien si interfieren otras relaciones. Las descripciones de la luz en la arena y en el mar, así como de los arrecifes o de las olas, son soberbias, precisamente por escuetas, como si se condensaran. El oyente o, en cualquier caso el lector si no escucha ni presencia la obra sino que la lee, puede recordar de su propia experiencia momentos de relajo absoluto en la arena que se amolda al cuerpo, el sonido repetitivo del mar, los cuerpos que desfilan ante la mirada, el contraste entre el calor del sol y la frescura del

Las playas son lugares donde relajarse, pero también son lugares donde adorar los cuerpos ajenos que se doran.

agua. Alude a lo largo de todas las secuencias, que son 18, a anuncios y publicidad en francés, o alguna en inglés, procedentes de carteles, aparatos de radio o aviones que pasean letreros anunciadores sobre la playa y el mar, publicidad que se refiere a locales o cremas solares. Estos anuncios son como insertos, voces de fondo molestas como moscardones que ronronean de continuo sobre los bañistas.

La caída no hace referencia a tropezón ni desastre alguno sino a esos fragmentos que en las grabaciones radiofónicas se desechan, se caen de la grabación definitiva. También aquí hay seis voces, mitad masculinas y mitad femeninas. Pero hay un sonido que cumple función, en apariencia, de telón o de acompañamiento o subrayado (“de repetición, de obsesión: vida mecánica frente a lo inanimado”, dice el autor en la introducción): el que producen esas bolas unidas por un cordón que los niños hacen girar para que choquen entre ellas y hagan un “clic-clac” (taka taka o bolas tronadoras, se las llama), que es justo lo que indica el texto para hacer que algún utillero las haga sonar. Tal vez es una manera de marcar el tiempo o recordar que existe, porque reitera en que al girar marcan las doce en la parte superior y las seis en la inferior.

En las primeras secuencias se describe una galería, pero en el sentido que puede serlo una de exposiciones o un pasillo en el que varias puertas lo comunican con habitaciones.

Juego del Tiki-taka o bolas tronadoras

Podría ser, como dice también el autor, una cita o sugerencia de las catacumbas palermitanas, llamadas de los Capuchinos. De hecho, en la tercera se describen esas catacumbas llenas de momias y se alude a la niña Rosalia Lombardo que falleció a los dos años y fue embalsamada, a causa de lo cual su cadáver se conserva incorrupto en dichas catacumbas. Si La playa era el deseo y la juventud, La caída es la decrepitud o la muerte, y ese “clic-clac” constante es la marca del tiempo que pasa, el tiempo que indefectiblemente nos empuja hacia la muerte.

Se habla de continuo de flores. Esas voces se encargan de repetirnos su belleza y fragancia, pero todos sabemos lo efímeras que son, y verlas marchitarse es imagen de la precariedad de la existencia. También, como contraste, acaso, de lo anterior, se menciona obras de arte modernas, pictóricas o escultóricas, como si estas, no ya decoraran las paredes sino estuvieran incrustadas en ellas. ¿O no es tal contraste?: el arte moderno es efímero, incluso hay obras artísticas actuales destinadas a no durar. Aunque también describe tarecos, es decir, cachivaches, trastos viejos de los que se encuentran, polvorientos, en ciertas tiendas de antigüedades o en los rastros y mercadillos. Y eso sí es duradero. Pero por definición, los cacharros están deteriorados. Ya por último, como si hubiera ido el espectador u oyente asomándose a las diferentes estancias de esa galería, se encuentra la

Varias diosas hindúes

Kumara Devi, la niña que, en la religión hindú, es princesa y tratada como tal hasta que tiene su primera regla, momento en el que vuelve a su casa natal y los astrólogos se dedican a buscar una nueva Kumara Devi. Nuevamente lo efímero, lo caduco, y esta vez en una niña impúber que pasa a púber, o sea nada deteriorado ni avejentado, sino todo lo contrario, pero pasajero por la misma tradición.

No debemos esperar en esta obra caracteres ni personajes. No los hay. La protagonista misma es esa “galería”, ese lugar desde el cual el espectador u oyente presencia el paso del tiempo y el deterioro y caducidad de todo. También lo demuestra Sarduy con un truco textual: en algún momento las voces protagonistas repiten frases de anteriores secuencias, repetición que puede hacerse o no, a voluntad de los intérpretes o actores, y frases que pueden cambiarse por otras citas del texto según el albedrío de aquellos.

Imaginemos una obra teatral donde lo importante no fuera el texto ni la acción de los actores sino el decorado: la intriga está en él. Así es La caída.

La cantante Dionne Warwick

Relato es quizá la más imaginativa de todas. Nos encontramos en ella a viejos conocidos: Cobra, Tundra, Escorpión, Totem y Tigre, es decir los personajes de la novela Cobra. Aquí la introducción o el texto que Sarduy hace preceder a la obra como especie de instrucciones de uso, es mínima. Se especifican en ella los personajes que son, además de los anteriores, cuatro más: un camarero, un monje tibetano (cuya voz puede ser la misma que la del camarero) y dos congresistas, uno de ellos un orador y la otra una asistente a dicho congreso. Especifica también las músicas que deberán sonar y dice de determinados textos que habrán de ser pronunciados simultáneamente por dos o más voces. Las músicas, tan importantes como en las anteriores obras,  son música tibetana y temas de la cantante de soul Dionne Warwick, más un fragmento de Ray Charles.

De nuevo la ambientación, el decorado que se describe, es más importante que la acción o los personajes, quizá porque el decorado es la acción. El asunto empieza en un bar un tanto psicodélico en el que hay un gran acuario poblado de seres que se deslizan de una forma sinuosa y sugerente. En el bar están Cobra y sus amigos moteros. Hay una lectura simultánea de Cobra y de Escorpión, el primero hablando en español en tanto el segundo lee en inglés anuncios por palabras de hombres ofreciéndose a relaciones, se supone que con otros hombres. El camarero los echa después de que uno de ellos dé por accidente un manotazo en la mampara vítrea del acuario. Pasan a una selva que puede ser tropical, aunque a partir de un momento y por los seres que se les acercan ellos parecen estar dentro del acuario, rodeados de esos peces con flagelos que nadan resbalando. El orador congresista habla de un sistema de control mental de toda la población a base de insertos en los cuerpos de los recién nacidos y emisiones por radio de sensaciones o ideas, aunque finalmente se aclara que tal control absoluto se dará por ¡las drogas! Puesto que las descripciones son tan lisérgicas, esa alusión del control por las drogas hace pensar en aquella conspiración de la que habla Thomas Pynchon en alguna de sus novelas sobre la sustitución de los alucinógenos como el hachís o la LSD, por otras excitantes y violentas

De izquierda a derecha, Ricardo Porro, Ramón Alejandro, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas y Néstor Almendros

como la cocaína y la heroína, complot que, según ese autor se inició a principios de los años 70 del pasado siglo, en concreto en determinado concierto donde participaron los Rolling Stones. El final enlaza con el principio y se describe la misma escena, quedando en el aire esa sospecha de que ahora todo ocurre dentro del acuario. De nuevo alguien los expulsa del bar tras el ruido de un manotazo contra el vidrio de aquel, pero esta vez no es el camarero sino el monje tibetano, lo que hace pensar que estamos en un periplo semejante al de la novela Cobra, desde el occidente hasta el oriente.

Con los monólogos, porque lo son, más que diálogos, que describen estas escenas, se mezclan las músicas ya enumeradas y ruidos: un vaso que se rompe, el murmullo del gentío, aplausos cuando habla el orador, el recitado de un texto anterior. El final es muy sugestivo: Cobra y sus amigos se preguntan cuánto tiempo han permanecido en el bar, como si el tiempo, que no coincide con el de la representación o lectura, o sí, quién sabe, fuese lo de veras vital, tiempo marcado por ese desplazamiento desde el occidente hasta el oriente, desplazamiento que se produce en la imaginación del espectador u oyente y, por tanto, es tan rápido o lento como se desee.

Copiaré un fragmento ilustrativo de esas descripciones psicodélicas, concretamente la del acuario, descripción que se repite palabra por palabra al final, y que Sarduy pone en boca de Cobra: “Entramos en el bar. Uno de los muros estaba totalmente ocupado por un acuarium. Adentro había lámparas de neón sumergidas entre las piedras y las madréporas de poliestireno, entre inmóviles hipocampos de vidrio fluorescente y flores inoxidables

Acuarium casero, aunque no tan imaginativo y hortera como el que describe Sarduy

blanquísimas, siempre abiertas. Del fondo del acuarium, filtrada por las algas, emanaba una claridad que iluminaba los estantes de botellas, las mamparas, los taburetes turcos. Sombras lentas, vibraciones de aletas, atravesaban esa claridad, como mariposas negras”.

Los matadores de hormigas es una obra sobre la descolonización. Se escribió mientras se producía la liberación de las antiguas colonias portuguesas: Angola, Guinea-Bisáu y Mozambique después de la llamada guerra de Ultramar entre 1961 y 1974. Pero también habla de la descolonización del cuerpo, es decir de la progresiva libertad sexual que tuvo su punto álgido en el año 68 y se prolongó hasta ya iniciados los 70 (en España, gracias al nacionalcatolicismo fue más tardío). Tenemos seis voces: cuatro hombres y dos mujeres, que en unas secuencias son turistas alemanes en Portugal, en otras son también alemanes fotógrafos en Angola, o soldados portugueses. La música es la que se componía e interpretaba en esas antiguas colonias, más algunos ruidos, una canción de Billy Holliday, canto de pájaros, música brasileña y de Goa y una canción de Michel Delpech que Sarduy titula Ça ira, como la vieja canción revolucionaria francesa pero que parece ser la titulada Que Marianne était jolie, y este título auténtico hace que lo nombre uno de los personajes.

Independencia mozambiqueña

¿Es la primera vez que el cubano se mete en temas políticos? No, recordemos lo dicho por Roberto González: las novelas de Sarduy son puramente históricas. En esta obra de teatro radiofónico no hace sino recordar esas situaciones de liberación, que él resume en dos: política y erótica.

Hay un accidente de coche en el sur de Portugal: el automóvil queda volcado y al borde de un acantilado. Exceso de velocidad. Pero no ha habido víctimas. Los alemanes que lo ocupaban atraviesan un bosquecillo espinoso (aunque se han reducido desde los seis ocupantes turistas a dos fotógrafos) y se encuentran con una tienda de campaña: dentro hay un muchacho que hace el mismo gesto que en una de las secuencias de La playa: lleva una camisa que abre mostrando el torso desnudo, aunque en algún otro momento no es solo el torso. Los dos alemanes hacen el amor con el muchacho. La abertura de la camisa es una señal: los moradores de esa tienda luchan contra las hormigas que les devoran las escasísimas provisiones que les quedan. Luchan contra ellas en tres círculos concéntricos y conforme más se aproximan a la tienda, más violenta es la lucha contra las hormigas. Más allá hay un claro en el bosquecillo espinoso donde se han instalado en varias tiendas unos jóvenes: son anarquistas. La escena se traslada a Angola: unos soldados vigilan un puesto de avanzadilla en zona despoblada. Han establecido tres círculos de vigilancia, centinela que se ha ido relajando al no notarse hostilidad alguna. Por radio reciben la orden de abandonar el puesto. Lo recogen todo y las escasas provisiones que tienen coinciden con las de los muchachos en la tienda de campaña. Entre las moscas, el calor y una bebida fermentada que les dan unos negros, están atontados.

La revolución de los claveles en Portugal

Son estos soldados, al parecer, quienes recogen a los turistas alemanes y los llevan a Lisboa. Estos desean hacer fotos. No encuentran por ningún lado el morbo necesario para las revistas con noticias de guerra, ni en el Portugal recién rebelado contra la dictadura de Caetano, ni en la Angola que aún está en armas: solo fotos turísticas. Los muchachos que ocupaban las tiendas de campaña del claro del bosque quieren rebautizar el puente Salazar lisboeta y ponerle Bakunin, Borroughs, Brecht, Reich o el Che, Mao o Lenin. Un gesto revolucionario, como los del amigo de Ella en Gestos.

Las narraciones de los locutores-actores se ven continuamente interrumpidas por las músicas previstas y por noticias radiofónicas que dan parte del avance de las negociaciones de descolonización, y aun del naufragio de un buque español llamado Franco.

Toda la obra es una alegoría, por una parte de ese proceso descolonizador, como ya se ha dicho, pero también del morbo y la curiosidad de las democracias occidentales, representadas por esos turistas o fotógrafos alemanes, por esas aventuras revolucionarias a las que no se atreven en sus países, o que se atrevieron, fracasaron y se les olvidó, o por

La famosísima foto de Kevin Carter, de un niño agonizando y el buitre a la espera

esas instantáneas llenas de sangre y vísceras, hambre y moscas, que satisfacen la morbosidad del cómodo lector burgués sentado en su sillón muelle. La comparación entre los soldados que protegen la avanzadilla en Angola y los muchachos que luchan contra las hormigas recuerda el asunto ecológico de que esa batalla es injusta, pues los jóvenes han ocupado el terreno, digamos salvaje, de ellas. ¿O es al revés y las hormigas representan a los colonizadores que quieren arrebatar lo que pertenece legítimamente a los colonizados? ¿Cuándo algo ha estado meridianamente claro en Sarduy?

Continuará y finalizará.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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