Confinamiento y lecturas

Santa Bárbara leyendo, de Robert Campin en el Museo del Prado

En estos días aislado, confinado, encerrado, he leído tanto y he escuchado tanta música que los ojos me rechinan y los oídos sonríen. Es curioso porque eso de leer ha estado mal visto, y sin embargo a mí me ha servido para pasar el confinamiento entretenido, divertido, vivo, sin amarguras, sin que mi rutina se haya ido al carajo. Pero he visto tantas miradas de desprecio por esa manía mía de leer…, hasta que ahora, mira por dónde, resulta que sirve para algo, y han vuelto a leer los que antes no tenían tiempo, o eso decían, e incluso aquellos que despreciaban a quien lo hacía. Porque en algo hay que entretenerse.

Hablaré, si se me lo permite, y permiso para hablar es venia de ser escuchado, de las lecturas. Dos esenciales, aunque otras ha habido: Solenoide, de Mircea Cartarescu y lo que en principio creí relectura pero no: resulta que en su momento empecé a leer el libro y por lo que sea (debe hacer 35 años) lo abandoné (no puedo recordar la causa), Terra nostra, de Carlos Fuentes.

Comentado este estado lector de la última con mi querido amigo Fernando de Villena me dijo: ¡Qué novelón!, esos escritores de entonces tenían ambición. Y nada más cierto. Ambición. No de ventas, y apenas de ser leídos, aunque eso sí, sino ambición de modelar la arcilla de la novela, crearla nueva partiendo de la vieja cerámica, en este caso de la novela

Portada de Terra nostra, de Carlos Fuentes, en la edición de Seix-Barral

del Siglo de Oro, porque tal cosa hizo el mexicano, pero dinamitando la historia, recreándola e imponiendo la fantasía a los áridos tratados de Historia de España. Fantasía que se da por modificar la historia que fue, relatando la que pudo ser o la que el autor se inventa, y contando actos fantasiosos, falsos, imaginativos.

Esa ambición de la que me hablaba Fernando debería ser inherente al hecho artístico, no por el mero hecho de innovar, por la falsa creencia de que todo lo nuevo es bueno y si se crea artísticamente sin descubrir algún recurso novedoso, el producto no vale. No. Pero sí por no retreparse en lo ya hecho, lo manido, lo trillado. La creación debe ser incómoda para el artista y para el espectador, lector o melómano. Incómoda en el sentido de que la creación golpee de una forma u otra, sacuda, no deje tranquilo o, como se decía antes, amuermado, con el cerebro en su posición, descansen. Solo así, agitando o vapuleando, la tradición o la innovación pueden ser verdaderamente artísticas.

Esa ambición literaria apenas se encuentra hoy en España, y cuando la hay carece de lectores. Algo parecido ocurre con la música. En el cine o el teatro, artes que deben ser rentables porque no queda más remedio, la ambición no renta: se queda en lo camerístico, lo minoritario; lo que no es malo, pero sí es lástima. En la pintura y la escultura, la originalidad o lo revolucionario se somete al mercado del arte, que funciona según la nombradía que tenga el artista: ella es la que hace que el producto se venda o quede

Carlos Fuentes, el atractivo escritor mexicano a quien mi Enrique Fuster Bonín, en Ashaverus el creador, le levantaba las minas en las fiestas.

absolutamente relegado, con independencia de la calidad, sea esta conservadora u original (algo así también ocurre con la novela, sobre todo; la poesía está colonizada por unos pocos y parece que eso es lo único que se hace). Eso sí, si es muy conservadora, mirada por el gran público logrará cierta admiración porque lo que se aprecia no es el arte sino la artesanía.

Esa ambición hoy debe buscarse fuera. Cartarescu es un Pynchon metafísico. Un posmoderno que escribe como le sale del alma. Ambos, Fuentes hace 45 años y Cartarescu hará no más de tres o cuatro, han escrito sobre la tiranía. El primero narra la obcecación con lo religioso y la escatología, la trascendencia del Más Allá y la muerte en los Habsburgo. Y tergiversa la historia porque la reescribe, porque la historia que Fuentes cuenta no es la Historia, sino la que él quiere que sea: no es una novela histórica como hoy se estilan (por otra parte llenas de incongruencias, como una que leí también en este confinamiento en la que se pone a un moro del tiempo de Muhammad I, el constructor de la Alhambra, a tomarse un chocolate) sino que lo de Fuentes es literatura, o dicho de otra forma, mentira, como fue mentira muy verdadera la historia de don Quijote o la de Hamlet. Como si se me ocurriese escribir una novela sobre Napoleón, que fue un rey irlandés inventor de las alpargatas a pedales. ¿Es histórica porque habla de Napoleón?

Portada de Solenoide, de Mircea Cartarescu en la edición de Impedimenta

Cartarescu cuenta la forma de vida y las escapatorias imaginarias e imaginativas en la Rumanía del régimen, falsamente comunista, de Ceaucescu. Esas escapatorias imaginarias pasan por los efectos de varios solenoides bajo el suelo de Bucarest y que permiten levitar a algunos de sus habitantes, digamos que escogidos por ser iniciados, o al fin, levitar a la misma capital, como levitó Castroforte del Baralla en La saga/fuga de JB, de Gonzalo Torrente Ballester, otro ambicioso en algunas novelas, hasta que llegó el premio Planeta. Ambas ambiciosas, ambas, novelones de casi ochocientas páginas. Ambas muy recomendables. Pero no son literatura de tumbona, son literatura de pensar. Y pensar, ya sabemos, no está de moda, no es aconsejables, duele.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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4 respuestas a Confinamiento y lecturas

  1. Marina Tapia dijo:

    Me ha encantado, Miguel, todo lo que comentas en tu reseña, en especial la reflexión sobre lo que debe ser la literatura y el arte, estoy totalmente de acuerdo. En tu artículo hay muchísimas ideas que son para enmarcar como “La creación debe ser incómoda para el artista y para el espectador, lector o melómano. Incómoda en el sentido de que la creación golpee de una forma u otra, sacuda…” Enhorabuena, siempre es un placer leerte.

  2. Marina, muchísimas gracias. No hago más que traducir en palabras lo que siento de veras. Empiezo a creer que es un honor no estar de moda.

  3. Josefina Martos dijo:

    Muchas gracias, Miguel, por tus observaciones y porque me descubres dos obras muy apetecibles.

  4. Gracias a ti por tu lectura, Josefina.

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