Dos nuevos artículos periodísticos

Sin comentarios

Incluyo ahora otros dos nuevos artículos de los que el periódico Ideal destina los jueves a colaboraciones de la Academia de Buenas Letras de Granada. Me dio por criticar ese pensamiento estúpido que se ha puesto de moda, pensamiento exclusivamente dedicado justo a no pensar, a no calentarse la cabeza. Prejuicios ha habido siempre, claro que sí, solo que ahora, tan científicos como somos, estamos convencidos de que no son prejuicios sino certezas. Ahí van con la esperanza de que gusten.

Del pensamiento simplón

Si el pensamiento único era nefasto, el pensamiento simplón lo es doblemente. Aclaremos conceptos. El pensamiento único es aquel que hace pensar a todo el mundo lo mismo. Herbert Marcuse muestra cómo las estructuras ideológicas de las clases dominantes (hoy, las multinacionales y especialmente las propietarias de redes sociales) se imponen en el personal, no solo desde las ideas mismas sino desde sus manifestaciones en medios de comunicación y el arte. Bien, esas clases dominantes pueden hacerlo: tienen poder para ello. Por eso consiguen que la gente piense lo que ellas quieren que piense. Ese “lo” implica que en realidad no hay pensamiento sino copia, seguimiento, imitación. Al parecer, todos queremos tener un yate o una moto potentísima, igual que ellos la tienen. De modo que han conseguido que sintamos como ellos desean. Y todos deseamos seguridad, por eso nos hacemos seguros de vida, de casa, de coche, de salud, etc. No se crea que estos deseos no sean ideas.

El artículo publicado

El pensamiento simplón ha ido más allá. Nótese que utilizo la palabra simplón, aumentativa coloquial de simple, mentecato, según el DRAE. En Granada se usa muchísimo para designar a persona bobalicona, tontorrona, aunque también es cariñoso. Y digo que ha trascendido el pensamiento simple porque ya no son solo las clases poderosas o dominantes sino cualquier organización, por mucho que repugne del poder tradicional, quien puede expresar ese pensamiento copiado por la gente. Ya sé que en eso consiste la democracia, naturalmente, o cuanto menos esta democracia formal que obtuvimos hace cuarenta años (las otras han fracasado estrepitosamente). Pero quizá, lo mismo que en el pensamiento único, en el pensamiento simplón la culpa la tiene quien cae en él. O más bien debería decir quienes caen en él, porque no es problema que individuos aislados o sueltos caigan en la simplonada, sino que masas enteras absorban y emitan ese pensamiento simplón.

¿Y en qué consiste ese pensamiento simplón? Hablando claro y directo, consiste en el mundo de buenos y malos, en la teoría aplicada de las películas de indios. Para que se me comprenda deberé, seguro, poner ejemplos. Hay quienes están a favor de la Iglesia o de las religiones y todo aquello que se salga de ellas es funesto. Y a su vez hay quienes consideran a las religiones engendros diabólicos para engañar a la gente y que deberían desaparecer. En cierta ocasión una persona me decía que el Rocío debería prohibirse. Te cargarías, le dije, 5000 años de tradición. ¡Imposible!, si el cristianismo no tiene más de 2000 años, me respondió. El Rocío es continuidad de antiguas romerías al templo de la diosa Ishtar, que estaba por allí, cerca de Almonte. Me miró con incredulidad: esa persona ya tenía su idea hecha.

Tampoco hay comentarios, ¿para qué?

Otra: quienes pertenecen o simpatizan, o solo son votantes de un partido. Todo lo que haga su partido estará bien hecho. Todo lo que hagan los demás, y sobre todo aquellos que jamás pactarían con el propio, estará mal hecho. Sea lo que sea, aunque le beneficie, porque si es así, será por demagogia o populismo.

Recuerda a los forofos de un equipo de fútbol. Los suyos jamás son penaltis. Si los contrarios no son pitados, el árbitro está vendido.

El pensamiento simplón en realidad permite no pensar, solo clasificar. ¿Quiénes son los buenos?, los míos. ¿Quiénes son los malos?, los otros. Y no hará falta juzgar cada hecho, sino solo mirar quién lo ha promovido. Si estos, bien. Si aquellos, mal.

Esta deformación cerebral tiene una ventaja enorme: la que acabo de describir en el anterior párrafo, pero pone en peligro la democracia, que es el sistema, como aseguraba María Zambrano, donde la persona puede manifestarse como persona, de per sonare, para sonar, para decir lo que en verdad piensa, no lo que solo repite.

Nada hay más necio que el prejuicio

Vivimos en un mundo regido por el utilitarismo, por la lógica. Lo que no es útil no sirve, se aparta. Un error porque, por ejemplo, ¿por qué ama usted a esta persona y no a otra? En tal caso, ¿lógica?: ninguna, no la busquen porque no la hay. La razón, entonces, por mucho que se pregone, no alcanza, no da casi ni para empezar, o solo para empezar.

El artículo publicado

Tenemos un cerebro que también tiene su economía. Ahorramos energía en él. Pero esa economía, ese ahorro como en ocasiones al avaro, nos sale cara. Es mucho más cómodo seguir el común sentir, el prejuicio, el creer que se sabe sin saber, que estar pensando y replanteándose las cosas de continuo. Y eso nos sale caro. Es funesto.

Hablaba en anterior artículo del “pensamiento simplón”. Este tiene mucho que ver con el prejuicio. En un mundo ideológico de buenos y malos es muy sencillo pensar: los buenos son los míos y los malos, los otros. Se prejuzga. Muchos creen, y lo peor es que lo pregonan, que tal o cual comunidad étnica (hoy no se debe decir racial, pero es lo mismo) es así o asá. Todos caemos en eso, sin querer o queriendo. Y lo malo es que introducimos en el mismo saco a toda esa comunidad. Y esta idea es idéntica a cuando negamos que esa misma comunidad no tenga, en general (es decir en un porcentaje más o menos alto, pues cuando hablamos de sociología siempre hablamos de porcentajes) esa característica o defecto que otros le achacan.

Es muy normal escuchar a alguien asegurar que no le gusta la música clásica, o el fútbol, o leer, o la copla. Pero ¿hemos escuchado, visto o practicado alguna vez eso que negamos nos guste? A menudo por leer un autor o escuchar tal o cual tipo de música, ya deducimos que en general ese autor o esa música no nos gustan. ¿Es lógico que juzguemos por un solo ejemplo? No, ¡y sin embargo lo hacemos! Lo hacemos por comodidad, por economía, para no pensar, para no calentarnos la cabeza. Todos, desde fuera y en los otros, pensamos que eso es una barbaridad. Tengo un amigo que le niega a cierto filósofo la calidad de tal porque habla de religión. Solo leyó el título de un libro de ese pensador que decía tal cosa: “Hablemos de religión” o quizá “La religión como meditación”, no sé, y si lo sé no quiero decirlo porque el ejemplo es falso, naturalmente. Ese erudito ya no le interesa. Pero ¿ha pensado que quizá al cavilar sobre la religión, el tal filósofo dice exactamente lo mismo que él opina? Si es así, no lo sabrá nunca porque esa negativa le impide que conozca nada de él. Se niega a cualquier otra obra de ese autor.

¡He tenido una idea!, ¡auch, auch, auch!

Lo mismo pasa en política o en tantas cosas. Oímos decir que tal medicamento es dañino. Hoy disponemos de un cúmulo de información en internet. No se nos ocurre consultarla a pesar de que nos pasamos el día pegados al móvil conversando patochadas si es que a tal engendro se le puede llamar conversación. Nos dijeron que es dañino, pues lo es. Sin más. Hay curas pederastas, cierto. Muchos quisieran que se prohibiera la religión. También hay entrenadores deportivos acusados de tal, pero ni por asomo se les ocurre proponer que se prohíba el deporte. El asunto ya está decidido, ¿para qué pensar más?

Unamuno creía en un hombre que fuera crítico con todo, que lo recapacitase todo. Nietzsche hablaba del superhombre, que viene a ser ese individuo activo que repiensa todo antes de formarse una opinión (no solo pero también eso). Zambrano teoriza el “hombre verdadero” (y mete en ese sustantivo hombre a los humanos todos, sin distinción). Deberíamos seguirlos. Pero no. Es más cómodo no pensar.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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