Artículos en el diario Ideal

Aquí van  otros dos artículos de los publicados en Ideal a través de la Academia de Buenas Letras de Granada. El primero se ha escrito con la esperanza de que alguien se acuerde del insigne y desaparecido escritor, poeta y pintor cubano Severo Sarduy. Si hubo un barroco caribeño, que lo hubo, Sarduy es el ejemplo del barroquísimo caribeño-parisino, pues allí buscó refugio. Lo conocí a través de Juan Goytisolo y Julio Cortázar, disparaderos ambos de otros escritores y artistas para muchos de nosotros que fuimos algo más jóvenes que ellos. El otro es homenaje a una excelente poeta chilena residente en Granada, donde ha encontrado inspiración y amor, dos cosas sin las que el artista no puede vivir. Espero que os gusten.

¿Alguien se acuerda de Severo Sarduy?

Severo Sarduy

Alguien dijo que hay escritores que se sirven del lenguaje y otros que sirven al lenguaje. ¿Qué cuál es la diferencia? Los primeros usan el lenguaje como usan la servilleta, para aquello que consideran útil. Los segundos veneran el lenguaje y lo modulan, lo crean, lo imaginan en obras donde él es el protagonista. James Joyce, Juan Goytisolo, Luis Martín Santos, Mijail Bulgákov, Paul Celan, Julián Ríos, José Lezama Lima… entre otros muchos. Y Severo Sarduy.

Este cubano exiliado en París desde 1960 fue poeta, ensayista, pintor y novelista. Todo eso.

Como poeta fue extremadamente barroco en sus postrimerías. Al principio, rindió homenaje a la poesía, la música y la imaginería popular cubana. Curiosamente, idénticas características tiene su novelística con algunas salvedades. Como ensayista le preocupó el barroco del Siglo de Oro español, el cubanismo, la música popular y la literatura de su país.

Cuadro de Severo Sarduy, con eso que parece una caligrafía o un texto ininteligible

Su pintura es abstracta y algunas de sus telas son inconfundibles. Preguntado por el motivo de su pintura contestó: “pinto porque escribo”. Y esa afirmación la lleva, en algunas de sus obras, hasta el extremo. Juan Goytisolo, que fue amigo suyo en la capital francesa, decía que dichos lienzos son diminutas caligrafías inexistentes repetidas hasta el agotamiento. Textos incomprensibles, pues no hay alfabeto al que respondan. Un rellenar la tela de arriba abajo y de izquierda a derecha, aunque en ella no exista norte ni sur, este ni oeste. Tiene algunos paisajes y figurativismos muy mitigados donde lo importante es el color y la evocación, siempre, de su querida isla de la que, a pesar de su estancia en París hasta su muerte en 1993, espiritualmente nunca salió. Hay una influencia, más que paisajística, anímica, tanto en su obra gráfica como en sus narraciones, de la India y su espiritualidad tan a flor de piel.

Respecto a sus novelas, unas cuantas características las resumirían si es que esta aberración que acabo de escribir fuera posible. La homosexualidad, o más bien, la indefinición sexual de sus personajes es una de ellas. El transformismo o la mutación, quizá, serían una descripción más precisa de esos héroes, que acaso sean heroínas. La mezcla de cultura popular y alta cultura, signo incontestable de un cierto posmodernismo. La no pertenencia a familia ni grupo de esos mismos personajes, que a menudo van a la busca de un amor, las más veces homosexual, o de una metamorfosis que los convierta en seres nuevos, sea esta física o mental, que para el caso de Sarduy es lo mismo. Cuba y su santería, sobre todo en su segunda novela De donde son los cantantes. La reivindicación de una libertad que en ningún caso es política, sino de costumbres. La religiosidad hindú, sus intrincados dioses, su contemplación, los éxtasis y el quietismo, y también, claro, la ascesis más severa, la realización mental a través del cuerpo y a la inversa. Y el humor, por supuesto.

Portada de Cobra, de Severo sarduy

Sus novelas son complicadas, a qué negarlo. A diferencia de Lezama Lima, de quien tiene un barroquismo semejante (con Carpentier fueron clasificados como barroco caribeño), él sí mezcla lo popular y lo culto, como hizo de una forma mucho más moderada Cabrera Infante.

Una verdadera lástima que hoy esté tan olvidado, ninguneado. ¿Difícil?, por supuesto. Pero ¿qué amor es delicioso si no tiene su pizca de dificultad? De hecho, toda esa generación llamada del boom está hoy olvidada o casi. Sus epígonos en España, o están tan arrinconados como ellos, o son inexistentes. Por suerte, nos quedan otros latinoamericanos que mantienen la respetabilidad del español. Una pena no dejar influencias. Eso sí, todo el mundo habla de aquellos autores… sin leerlos.

Una chilena en Granada

Marina Tapia con su poemario El relámpago en la habitación en las manos

Cualquiera sabe que para que se sostenga un taburete se necesitan tres patas. Sostenerse en dos es difícil pero posible: nosotros lo hacemos. Cuanto menos, que sean esas dos. El español se sostiene porque se habla aquí y allá. Sin ese allá, sería mucho más pobre. ¿Cuánto les debemos literariamente hablando a los latinoamericanos? No es ya cosa del llamado boom, sino desde siempre. Ahora mismo. Hace quinientos años. Siempre. Tenemos el privilegio de tener en Granada, ciudad de poetas, a una chilena que escribe poesía.

Marina Tapia, chilena de nacimiento y granadina de adopción y de amores, es poeta de campanillas. Premios ha recibido, pero no hablaré de ellos porque lo importante es lo que dice, lo que anuncia, el reconocimiento viene de sí. Su último libro publicado, Marjales de interior, fue escrito en Fuentevaqueros, mientras ella vivió allí durante un año.

María Zambrano, la gran pensadora malagueña, decía que inevitablemente la poesía se acerca a lo sagrado. En este libro de Tapia hay tres aspectos sacros que son tratados con belleza nada desdeñable: el tiempo, tanto en el aspecto del paso de él como en el climático, la naturaleza y el amor.

Marina Tapia con el poeta cartagenero Antonio Marín Albalate

El tiempo es cíclico: las cuatro estaciones aludidas de forma un tanto lateral, sutil. La naturaleza está presente en todo el poemario, brilla como los cerezos en abril. El amor está imbricado en las otras índoles y la muestra mayor está en el único poema en prosa del libro, titulado Carmen de los mártires. Empieza con una invocación, con un deseo gritado: “Qué debo hacer, decidme, para quedarme allí”, equivalente al goetheano “¡Detente, instante, eres tan bello!”. Y ese anhelo de parar el tiempo tiene dos motivos que coinciden con los otros dos motivos del libro: la esencia de ese jardín, su carácter de hortus conclusus, la naturaleza civilizada, domesticada pero no por ello menos hermosa, y el amor con quien comparte instante, sentimiento y embeleso.

En el eficaz prólogo se dice: “Ahora, con este Marjales de interior, ha compuesto una oración a la totalidad, escrita como quien oye un pájaro”. Las alusiones a la mística son constantes, a una mística particular e intransferible, una mística sin Dios, quizá, pero en la que se ha sustituido a este por la naturaleza y el amor, que para hacerlo bien, habría que escribir ambas palabras con mayúscula pues ambas fueron Dioses. ¿Panteísmo?, quizá. Pero misticismo, seguro. Esa apreciación del prologuista, alusiva a la escucha de los pájaros, es decir al lenguaje de los pájaros: hablarlo, comprenderlo, es hablar con Dios o con los Dioses pues es ese el lenguaje que Ellos utilizan, convirtiendo a los pájaros en intermediarios.

Con la editora y escritora Ana Morilla

Así es todo el libro. En Carta antes del viaje, poema preparatorio, aludiendo al corazón dice: “Que curaste tu arritmia en la vega./ Que de nuevo sonríes.// Espero tu respuesta, quiero ir”, y ese es otro motivo que mezcla los esenciales: el viaje, el quitarse de en medio para reiniciar la vida, el ponerle voluntad para ser de otro lugar, pues no elegimos el punto de nuestro nacimiento. Ella de Chile a Andalucía, yo de Barcelona a Granada. No deberíamos sentirnos orgullosos de nuestro lugar de nacimiento pues nos vino dado, sino del lugar en el que queremos vivir, aunque sea el mismo, pues es producto de nuestra voluntad, y ay de aquel que se queda por inercia.

La poeta está presente ante el desarrollo y la variación de la naturaleza. También lo está ante lo mismo del amor. Y lo grita susurrando, con grito suave de mujer porque también ellas son cíclicas. Y los últimos poemas son una despedida aterciopelada, mansa, un olvido de lo secundario para eternizar lo importante: el tiempo, la naturaleza, el amor.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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