Dos nuevos artículos en el periódico Ideal

El primer artículo

Coloco aquí otros artículos aparecidos en la sección que el periódico Ideal de Granada dedica a los miembros de la Academia de Buenas Letras de Granada. Leí con gran entusiasmo el diario de viaje que Pedro Antonio de Alarcón escribió sobre el suyo empezando en París y terminando en la Italia removida por la guerra de unificación. La anécdota que cuento aparece en ese libro y atañe a Granada por ambos protagonistas. El otro artículo es producto de uno de esos momentos en que se pone uno a pensar. Quizá ese pensamiento no interese a nadie o quizá sí. El tiempo es la gran tragedia: siempre es corto o inoportuno para quien lo sufre.

El gran tour de Pedro Antonio de Alarcón y su amigo Giorgio Ronconi

Pedro Antonio de Alarcón

Hay en Guadix un monumento a aquel su ilustre paisano. Aparece sentado, con la mirada en el horizonte como si evocara pasadas aventuras en tierras lejanas. Y digo pasadas porque las corrió. El 29 de agosto de 1860 salió de Madrid para llegar a París. Tren, barco y paciencia. Horas o días, y disfrutar del paisaje y de la compañía, de las múltiples vicisitudes que entonces tenían los viajes, no como hoy donde el destino es lo importante sin gozar del itinerario. Tras una estancia en París, el final del viaje debía ser Nápoles, tras cinco meses de goce e incidencias de toda clase.

De ese viaje surgió una memoria y un libro, más de seiscientas páginas donde el lector puede sentirse compañero del accitano, de su capacidad de observación y de su prosa.

Desde años antes, era típico entre los jóvenes ingleses de las clases pudientes viajar a Italia. A eso lo llamaban el Gran Tour. Era su iniciación. En todos los aspectos: artísticos, de relaciones sociales, históricos y hasta eróticos, todo hay que decirlo.

Pedro Antonio de Alarcón

Para Pedro Antonio no era una iniciación, de ningún modo. Tenía 27 años cuando lo emprendió, ya había gozado del éxito en Madrid con una novela y un drama e incluso tenía experiencia en narraciones viajeras, pues había publicado algunas de ellas en el periódico El Museo Universal. Para concretar más sus triunfos, tenía escrito y publicado en 1859 un libro también extenso llamado Diario de un testigo de la guerra de África en el que pormenorizaba sus experiencias como soldado y periodista en aquella contienda.

De Madrid a Nápoles es rico en todos los aspectos. Una anécdota es quizá la que más me emocionó de las tantas y tantas que lo adornan. Alarcón no detalla cómo se encontró en la capital francesa con el cantante de ópera Giorgio Ronconi, a quien conocía por sus exitosas actuaciones en el Teatro Real de Madrid, pero este, tras exigirle que fuera de rigurosa etiqueta, lo condujo en tren y en noche cerrada a las afueras de París. No consintió en decirle el destino al que se dirigían, solo habló de “una gran sorpresa”. El caso es que, apeados en cierta solitaria estación, se encaminaron hacia una casona que resultó ser la mansión de Gioacchino Rossini, el famoso autor de Guillermo Tell. Este llevaba ya retirado treinta años y dedicaba su ocio a recibir amigos en casa y dar soirées musicales en las que siempre, según Alarcón, estrenaba alguna pieza pianística: divertimentos y aun tonadas humorísticas. En efecto, el viaje fue una gran sorpresa, pues el joven Pedro Antonio se encontró de pronto frente al músico que había sido la admiración de toda Europa y causa de las iras de Beethoven.

El barítono Giorgio Ronconi

Ronconi, (de mote “Ropones” en la Granada de entonces) que había estrenado varias óperas de Donizetti y el Nabucco de Verdi, actuó por última vez en Madrid representando Lucrezia Borgia, que fue un fracaso pues había empezado a perder la voz. Decidió instalarse en Granada, quizá animado por el escritor, donde compró el Carmen de Buenavista, sito entre la Cuesta del Realejo y el callejón Niño del Royo. Este Carmen se denomina hoy de Ronconi, donde el barítono o tenor, pues su tesitura era amplia, estableció una escuela de canto. Finalmente, se fue a Madrid donde murió, quizá víctima en Granada de desidias políticas o Dios sabe qué. Acaso sería una buena idea recuperar dicho Carmen e instalar en él algún museo musical u operístico, recompensando

El Carmen de Ronconi en la cuesta del Realejo, en Granada

así algún mal rato que, seguramente, el cantante debió pasar en nuestra ciudad. Es lástima que haya sido olvidado y los visitantes o, aún peor, los lugareños que por allí pasamos, ignoremos quién fue ese Ronconi que da nombre italiano a una casa granadina.

El tiempo petrificado

Es un tópico quejarse de la falta de tiempo, de la velocidad que nos imprimen trabajo, obligaciones y necesidades de tal forma que nuestra vida se dispara hasta tal extremo que llegamos a casa exhaustos, no por fatiga como antaño se fatigaba el campesino o el minero, sino por velocidad, siempre corriendo de un lado a otro.

El dios Cronos devorando a sus hijos, de Goya

Pero no hemos pensado qué ocurriría si se nos congelara el tiempo. Tal vez no haya imagen más terrorífica que esa. Se nos debería representar cuál sería nuestra suerte: podríamos estar sentados o derechos, qué más da, y ver cómo transcurre la vida a nuestro alrededor, cómo la gente camina sometidos a esa aceleración que imprime la vida hoy, todos haciendo cosas mientras nuestro cuerpo permanece ahí, paralizado porque el tiempo no pasa, seríamos invisibles para los demás porque los demás no ven el ayer ni el anteayer. Ellos no se cruzan de nuevo con ese vecino o con aquel coche verde de hace un mes o un año. Los fosilizados seríamos exánimes pero lúcidos, sin poder intervenir en nada porque nuestro tiempo se quedó en pasado. Impotentes, espectadores sin poder siquiera pensar, solo ver, oír, oler, sentir, quizá gustar el sabor de los labios de aquella persona que nos ha atravesado como se atraviesa el aire, pero sin poder degustarlos, gozarlos, poseerlos.

La Medusa, en la mitología griega, petrificaba con su mirada. Sus víctimas quedaban así, como he descrito antes, en un estado de perfecto terror y por los siglos de los siglos, inmovilizados, solo consciencia, pues ni morían ni les pasaba el tiempo. Perseo, a quien la diosa Atenea le obsequió con un escudo-espejo, pudo decapitarla sin peligro, pues Medusa

La Medusa, de Caravaggio

se petrificó al ver su propio reflejo. La diosa Atenea fijó esa cabeza terrible, con serpientes en lugar de cabellos, en su escudo, lo que lo convertía en una poderosa arma.

Las serpientes en continuo movimiento son lo contrario a la paralización a que sometía a sus víctimas. Las serpientes viven un presente que se convierte en futuro y que fue pasado. Las víctimas viven un presente perfecto, eterno. San Agustín decía que el pasado no existe porque ya fue, el futuro aún no existe, luego solo hay presente, pero el presente es un fluir constante, inasible, veloz. De esa velocidad del presente curaba la Gorgona Medusa congelándolo, convirtiendo la muerte en eterna vida inmóvil.

Por eso no deberíamos quejarnos de ese tiempo que se nos escapa como nieve entre las manos, pues además, nos las deja frías. No deberíamos quejarnos de la falta de tiempo porque acostumbramos perderlo de la forma más deprimente. Sí deberíamos quejarnos de la velocidad impuesta por un sistema de vida del que no sabemos escapar, justo igual que si estuviéramos petrificados, en una petrificación movediza.

Prensa hidráulica semejante a la que vi trabajar tras una mampara aislante

Vi una vez una prensa que producía láminas para radiadores de automóvil. Funcionaba a 600 golpes por minuto. El ruido era tan infernal que la habían instalado en el interior de una urna insonorizada. La vista no era capaz de ver qué diablos hacía aquella máquina. Así estamos nosotros: metidos en una urna en la que nos encerramos nosotros mismos por incapacidad, impotencia, debilidad para salir del marasmo. En esa urna, nuestra velocidad es tan grande, tan ruidosa, tan invisible, tan impalpable, tan insulsa que nos hemos convertido en piedra, en un eterno presente terrorífico, tanto como pudo serlo el del señor Valdemar en el cuento de Edgar Allan Poe, quien sometido a hipnosis en su agonía para que le contase al hipnotizador alguna cosa del Más Allá, acabó rogando, urgiendo, exigiendo con voz cavernosa ser liberado de aquel horrible tormento, y dejado morir al fin.

¿Han visto ustedes la película Y Johnny cogió su fusil? Pues eso.

Bendigamos el tiempo, el que nos es dado o nos toca en suerte, es lo mismo.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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3 respuestas a Dos nuevos artículos en el periódico Ideal

  1. Siempre creí que Ronconi se llamaba Enrico de nombre.
    A ver cuándo nos vemos.

  2. Según wikipedia, que lo sabe todo, es Giorgio. Incluso en la wiki italiana dice así. Llámame y quedamos. Las cervecitas y la charleta tientan. Un abrazo.

  3. Josefina Martos Peregrín dijo:

    Gracias, Miguel. Leído y degustado. Un abrazo,

    Josefina Martos Peregrín http://josefinamartosperegrin.blogspot.com.es/

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