Un cuento sobre tango: Joaquín

Mi tío Joaquín de joven

En mi familia, cuando alguien habla del tango todos pensamos en mi tío Joaquín, esposo de una hermana de mi madre. Persona entrañable, acostumbraba venir a Granada, ya jubilado y cuando quedó viudo, para quedarse con nosotros y acudir a nuestro Instituto, donde entabló amistad con varios profesores de prácticas mecánicas. Había sido tornero y una de las primeras personas (si no la primera) que montó e hizo funcionar un torno automático en España allá por los años 40 o primeros 50 (uno de aquellos cuyo automatismo funcionaba a base de levas y empujadores, no como los actuales que son comandados por ordenador). Le encantaba tratar con los chavales y notar su entusiasmo cuando él les mostraba en el torno su experiencia de tantos años.

Gran bailarín, bailar el tango era su pasión. Cuanta mujer se prestaba a dejarse llevar por los difíciles pasos de ese baile, era sacada a la pista o al comedor de mi casa. Hombre ágil y delgado, lo bailaba con gran elegancia y conocimiento.

Foto de la boda de mi tía Anita con Joaquín

Por eso, cuando Ana Morilla, de editorial Artificios, me propuso escribir algo sobre el tango para un libro de muchos autores con ese tema, no lo dudé: escribí la historia que él me había contado tantas veces, adornándola solo con la poca ciencia que tengo en esto de escribir narraciones. Él estaba convencido de esa fe, convencimiento que me lleva a creer a mí también que cuando un humano cree algo, eso se convierte en realidad absoluta para él.

El libro ha salido al mercado granadino (ignoro si tiene distribución en otros lugares, aunque me temo que no) y está en las librerías más importantes (que son pocas, no las importantes, sino las librerías) con el título de Latidos del tango, antología de relatos, y finalmente lo ha publicado Ediciones P.G. Creo que se podrá conseguir por internet.

Reproduzco aquí mi cuento al que titulé, en un alarde de imaginación, Joaquín, porque él es el verdadero protagonista, no solo de la historia, sino de todo mi recuerdo en torno al tango y a su enorme bonhomía, su voluntad y también su júbilo, porque a pesar de haber tenido una vida ardua como todos aquellos que sobrevivieron a la guerra, y también lograron sobrevivir, aún más difícil, a una mísera y repugnante posguerra, a pesar de todo ello era un hombre alegre, amante de la buena vida, de su cigarrito, de los dulces y mientras le fue posible, del carajillo de anís. Nunca olvidaré cuando mi padre le echaba el chorrito en la taza y Joaquín decía con mucho cachondeo: “¡cuñao!, no seas miserable y echa un chorro, no una gota”. Él seguirá vivo mientras quienes lo conocimos sigamos recordándolo y queriéndolo. Tal vez mi cuento ayude a que algunos que no lo conocieron, se lo imaginen. Por cierto, las fotografías son herencia familiar.

De izquierda a derecha: mi madre, mi tía Anita, Joaquín, mi padre y, de pie, mi prima Maritina

Joaquín

Mi tío Joaquín, que nació a principios de la segunda década del siglo XX, creía con firmeza que él era la reencarnación de un estanciero argentino. En sus sueños veía una casa enorme en mitad de la pampa, con algunos árboles de sombra, galpones para aperos y trabajadores, cercados para las ovejas y un pozo. Había visto la mansión, decía, innumerables veces y siempre la misma. El hacendado tenía esposa pero no hijos. Trataba mal a los peones, pero gustaba de cabalgar con ellos, hacer también él su trabajo dando órdenes a gritos, dormir al raso cantando viejas canciones y pulsando una encordada. De un payador al que admiraba retenía, entre muchos, unos versos: “Hablan de pampas sin eco,/ cosa que no conocí”. Esa y cien coplas y milongas más eran entonadas por las voces roncas. Cebar mate, comer un asado, beber la caña y el aguardiente de los gauchos, liarse y encender un negro para tirar luego el pucho a las brasas, todas esas cosas eran su gusto.

La pampa argentina

También lo apasionaba darle cartucho a los pajonales que bordeaban los arroyos. Pero a menudo no cazaba por comer lo cobrado sino por matar. Ni gallaretas ni horneros ni calandrias ni torcazas irían a parar a la lumbre. Prefería la olla o el sancochado, mas no se iba a privar de los disparos.

Sin embargo, a pesar del trato con los gauchos, cuando a alguien se le escapaba un caracú a punto de ser marcado o no conseguía reunir las reses para el recuento, lo golpeaba con el rebenque mostrando una rabia desmesurada. Si su parejero, que no era siempre el mismo, corcoveaba o no corría lo suficiente, le clavaba las espuelas hasta que chorrease sangre. Muchos hombres, apegados al pago, soportaban su mal carácter y no les importaba, mas otros pedían las cuentas y rumbeaban para el palenque echándose atrás el ala del sombrero.

Le gustaba escuchar el chiflido de los pastores llamando al ovejero, pero no soportaba que alguien no supiera cinchar. He dicho que no siempre cabalgaba el mismo parejero. No fue así. Tuvo un malacara negro y ligero como el relámpago. Una vez, pidió a un peón joven que lo llevase de riendas al galpón, lo desparejase y le diese grano. El mozo, tentado de montarlo, lo intentó en la trasera de la casa para que no lo viera el patrón. El caballo se estremeció, quizá con el poco peso o extrañando las espuelas, y salió enloquecido hacia las cercas. Mil veces las había saltado, pero sin dominar, tropezó y se rompió una pata, cayendo sobre el peón. Rabioso, el estanciero tomó un revolver y primero mató a su querido malacara y luego, con el rebenque y a tiros, remató al muchacho.

Bailando el tango

Al principio de su matrimonio tomaron por costumbre viajar en Navidad a algún pueblito de la sierra huyendo del calor y los zancudos, pero allá el hastío era mayor aún que en la hacienda, de modo que tras dos o tres veranos empezaron a desplazarse a la capital, a Buenos Aires donde encontraron gusto en frecuentar conventillos y bailongos. Valses y polcas, chacareras, cuándos, carnavalitos y pericones. En alguna hora le tocó defender a su mujer de ciertos gallos de ciudad, y él, que era baquiano y diestro con el facón, acababa sacando sangre de los cueros. El malambo le gustaba a él, pues es danza de machos, y lo zapateaba con sus hombres al son de la encordada o allí, en los bailes que se topaban en sus holganzas veraniegas. Más de una vez escucharon los ritmos que venían de los tambos o tangos de los morenos que mareaban desde Cuba, pero no osaron entrar, que bien estaba que los negros hicieran sus cosas y los criollos las suyas.

También desvelaba el malhumor con su esposa. Era esta una belleza morena, tal vez con sangre mulata aunque no lo mostrara, de pechos amplios y caderas anchas, con una mirada suave que recordaba la de las vacas y una piel que para sí la quisieran las santas. No era la primera vez que le levantaba la mano. Su ira era irreprimible. Pero que le zurciera un poncho lo sacó de quicio. ¿Soy yo resero, soy yo hombre a quien tomen pa’la arada?, le dijo dándole fustazos.

Gaucho

No supo si su mujer murió por los golpes o del enojo por recibirlos, pero doña Beba, que así sabía Joaquín por sus sueños que se llamaba, si bien nunca supo cuál era el santo de su antecesor, doña Beba murió un invierno duro en el que las reses se tumbaban sobre los charcos sin ansia de pastar los herbazales semipodridos.

El estanciero falleció poco después. Cuando ella expiró cabalgó su parejero y pasó cinco días solo a la intemperie. Volvió mojado y tosiendo. Durante su agonía lloró como una pibita a la que dejó el amado. Tampoco se supo si murió de la pulmonía o por el disgusto y la mala conciencia. El que no domina su rabia, acaba pagando consigo mismo.

Joaquín había soñado tantas veces esta historia que me la contó con pelos y señales. Se despertaba sollozando como si en lugar de la esposa del estanciero hubiese sido su propia esposa la finada. Cargó, decía, con la culpa del hombre tras cuya muerte había heredado su alma.

Rambla abajo: Joaquín, Anita, mi tía Pepita y mi tío Antonio, hermano de mi madre

Mi tío Joaquín se había casado con una hermana de mi madre, Anita. Y mi tía Anita se parecía como un garbanzo a otro garbanzo a la descripción que Joaquín hacía de doña Beba. Mujer hermosa y con gracia, cantarina y alegre, buena madre y enamorada. Gustaban ambos de ir a bailar a cualquiera de las salas de fiesta que había en la ciudad. El pasodoble, el vals, incluso el calipso cuando apareció, les gustaba, pero nada como el tango. Joaquín sabía llevar a Anita en los quiebros de ese baile. Con cara de pícaro me decía, ante mi poco arte para la danza, que en el tango el hombre debía meter su rodilla entre las piernas de la mujer. Lo vi en una ocasión bailar ya setentón y tenía el aire de un adolescente.

Anita enfermó. La atacó un Alzheimer demoledor. Mal de Pick, lo llamaron. Se negó a ingresarla en una residencia. La presión de la familia, que no dábamos abasto para ayudarle, no hizo mella. Él la cuidó hasta el último momento. Mi tía Anita murió de hambre porque al final no era capaz de chupar de una pajita ni de un biberón. No recordaba cómo se hacía. En un hospital o en una residencia de ancianos la habrían alimentado con sonda, pero no habría tenido el inmenso cariño que él le prodigó hasta el final. Debía pagar aquella herencia malvada que recibió de su precedente en el uso de su alma buena. Y la pagó sobradamente. Nunca viajó a Argentina. Solo el tango, que muerta su esposa siguió bailando con cuantas mujeres de la familia se le ponían a tiro, lo consolaba. Eso, y el afecto comprensivo que todos intentamos prodigarle. Solía canturrear mientras se afeitaba aquello de Gardel que decía: “Sus ojos se cerraron/ y el mundo sigue andando/ su boca que era mía/ ya no me besa más”.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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