Al límite, de Thomas Pynchon

Portada de la novela Al límite, de Thomas Pynchon, editada por Tusquets

Ya en otras reseñas para este blog me preguntaba yo qué me da Thomas Pynchon que, con este, ya llevo tres artículos dedicados a sus novelas. ¡Y mira que es difícil de leer a veces! Quizá es eso precisamente: una reacción ante esa tan trivial y repulsiva imposición de la estructura antigua, y que hoy se consigna como imprescindible para la narrativa: lo lineal, lo sentimental, el sobado planteamiento-nudo-desenlace.

Al límite es novela recordatoria de las anteriores Vicio propio, Vineland o La subasta del lote 49. Novelas de investigación pero cuya pesquisa lleva a escasas certezas y sí a muchas teorías e incluso a paranoias, a obsesión pynchoniana con las conspiraciones del Estado norteamericano o de empresas íntimamente ligadas a él. Y ahí está lo curioso y original de Al límite: en ella, y después de muchas críticas por esa conspiranoia, el autor se ríe muy seriamente de sí mismo y de las conspiraciones. Novedad grande, porque si Cervantes se rió de las novelas de caballerías, anteriores a él y de las que él no escribió ninguna, Pynchon se cachondea de su propia obra al tiempo que de todos aquellos que lo han criticado.

Abarca la narración un año en la vida de Maxine, una judía neoyorquina madre de dos hijos que se dedica a investigar casos de fraude fiscal. Le han retirado la licencia por meter la nariz excesivamente donde no debiera, lo que le permite ir por libre. Todo sucede entre primeros de año de 2001 y enero de 2002, así que pilla en medio el atentado del 11 S. No es que todo gire en torno a ese horror, pero sí buena parte de la trama se refiere a él.

Investiga la protagonista a un empresario de grandísimo éxito en el terreno de la cibernética, Gabriel Ice, tanto en software (programas), como en hardware (soporte físico

Nueva York antes del 2001

de tales programas) y en inversiones extrañas y desviadas, protegiendo con dinero empresas y organizaciones por mandato indirecto, es decir organismos a quienes el Estado quiere favorecer pero sin mancharse, por lo que utiliza a particulares que hacen de intermediarios. El tema es viejo como la misma política, pero lo curioso es que Maxine averigua poco y desordenado.

Y esa es la gracia, que para algunos será desgracia, de esta novela: la trama y la cantidad de personajes es de tal complejidad que es casi imposible seguirla, y finalmente no se llega a conclusiones determinantes, sino a un monto de teorías y de posibles conspiraciones. Tal es el recurso que Pynchon utiliza para reírse de la paranoia ajena y propia: aportar tantos indicios de conspiración que todos parecen ciertos y ninguno de ellos plausible.

No debo entrar en detalles de los posibles contubernios que rodean, entre otras cosas pero principalmente a esta, al 11 S neoyorquino, de la misma forma que en novela de crímenes no debe el reseñista decir quién es el asesino (aunque siempre pueda ser el mayordomo). Sí queda claro que los negocios de Garbriel Ice que lo enriquecen en muy poco tiempo haciendo que nade en monedas de oro como el tío Gilito, no son limpios ni mucho menos.

Peral en flor

Este empresario queda eficazmente retratado en la escena callejera de la discusión tras el alejamiento de su esposa Tallis: inseguro, convencido de que sus abogados todo lo podrán porque todo lo puede el dinero, amenazando que se quedará con todo, y al comprobar que su mujer no desea arramblar con la mitad del capital, advirtiendo que se quedará con el hijo de ambos.

Los personajes, aunque muchos, están definidos, si bien insiste mucho más en los más principales, por descontado, quedando la mayoría de los otros en un marasmo de hackers, nerds, geeks, etc., todos frikis o chiflados de la informática, incluida en ella la programación, claro, y no solo el quedarse pegados ante la pantalla con un juego. El título inglés de la novela es bleeding-edge, que según especifica, y citando el contenido de la narración, el glosario de términos que al final se incluye es “una tecnología sin ninguna utilidad demostrada todavía, material de alto riesgo, algo con lo que solo se sienten cómodos los adictos a la adopción temprana de novedades”. Los motivos por los que se ha traducido como Al límite tampoco están muy claros, aunque hacia el final de la obra algunos personajes, y especialmente la protagonista Maxine, se encuentran así, al límite.

Ya sabéis

Supongo que si se hubiera titulado con el nombre original en inglés, tal cosa habría echado atrás a muchos lectores. Pero el título es explicativo: todo es demasiado nuevo e ininteligible, los diferentes contubernios propuestos no tienen “utilidad demostrada todavía”, pero son explicativos de que un Estado, y menos uno tan poderoso económica, política y militarmente en el mundo como USA, tiene mucho más parte oculta que a la vista, como un iceberg. Se dijo con insistencia que en las torres no había en el momento del atentado ni un solo judío. Este reseñista, extrañado, miró listas y pudo ver apellidos indudablemente judíos, pero por otra parte, los hebreos tienen fama de discutir siempre, de modo que si se hubiera corrido la voz, avisando del inminente atentado y del riesgo de muerte, al cabo de poco lo habría sabido hasta el último vendedor de salchichas de Manhattan. Tal vez pensando en ese rumor, Pynchon cuenta otro: puesto que los carritos de venta de café, donuts y cruasanes cercanos al World Trade Center eran propiedad, en su mayoría, de musulmanes, se dijo que ese día no había uno solo en las inmediaciones de los edificios gemelos. Esa es la risa de Pynchon. Lo que no quiere decir que desmienta nada, sino que se mofa de algunos extremos, puesto que la rumorología es a menudo ridícula. Basta escuchar en un barrio o en un pueblo lo que comadres y compadres dicen de fulanita o de menganito, y el mundo, en el que está inmerso Nueva York, es a menudo pueblerino.

El tipo que va con una cámara rodando (que por cierto se llama Reg, demasiado semejante a rec) es demasiado increíble para ser real: nadie lo ve y puede ser de lo más impertinente y cotilla con escenas de aparente confabulación en la que están implicados estamentos u organizaciones que superan a la CIA en perversidad y abuso.

Thomas Pynchon en una de las únicas fotos que se tienen de él. Ahora tiene 80 años.

En la novela entran, por descontado, muchos de los tics y características del novelista norteamericano. Maxine se mete en una especie de juego de ordenador, Deep Archer, en el cual, como en un programa de inteligencia artificial, personas vivas o ya muertas, hablan con ella, la llevan a lugares alucinantes o le proporcionan datos que pueden o no ayudar en su investigación; es decir, la ya tradicional y muy postmoderna introducción de elementos fantásticos tratados como si fueran la realidad más pedestre. La narración alterna el uso de los verbos en pasado con el presente, lo que distancia o acerca al lector según la intención del autor. Los diálogos tienen dos caras: por una parte son tan realistas como pudieran ser los de Hemingway (lo que tiene un gran mérito), pero al mismo tiempo Pynchon concede a sus personajes, especialmente a la protagonista y a su casi anciana amiga March, una ingeniosidad y una capacidad de improvisación en las palabras y en los argumentos, así como en los insultos, que no parece demasiado natural. Claro que, como March y Maxine son judías, igual ese wit inglés, ese ingenio es habitual entre los judíos neoyorquinos. La inclusión de palabras en otros idiomas, como el español, el yidish, el ruso o el italiano (que en la traducción española no incluye equivalencia, seguramente a imitación de la versión original inglesa, pero que ni falta que hace porque uno puede imaginarse lo que están diciendo o qué clase de insulto o improperio es la palabra usada) recuerda novelas anteriores de Pynchon como El arco iris de gravedad.

Maxine, Heidi, Vyrva, personajes de la novela, son hijas de aquellos hippies de los años sesenta, y ellas también, a su manera, son marginales a pesar de su vida cotidiana más bien burguesa, porque su obsesión con los ordenadores las lleva a meterse en terrenos resbaladizos que minan los aparentemente seguros terrenos de gubernamentales y capitalistas (la locución “capitalismo tardío” se repite innumerables veces). También los personajes de Vineland, La subasta del lote 49 o Vicio propio eran a su vez hippies ellos mismos o herederos y añorantes de aquellos tiempos.

Circuito cibernético

Otra característica de la práctica del postmodernismo norteamericano es la relación irónica con la tradición, y a eso me refería al hablar de los diálogos que son hemingwayanos al tiempo que antinaturales. Otra ironía grande es la preocupación maternal de Maxine por sus hijos y su seguridad, mezclada con su inconsciencia de meterse en secretos cuya investigación hace peligrar esa misma seguridad. Y por último la mezcla de la alta cultura (a los padres de Maxine les chifla la ópera italiana y han conseguido contagiar tal afición a sus nietos) con el rock ochentero y noventero más duro y ruidoso, así como con las baladas cuyas letras, no solo cita Pynchon, sino que a menudo se las inventa metiéndolas de rondón en el texto. Y aun una más: los encuentros casuales en ciudad tan enorme como Nueva York, difíciles pero que el autor los hace posibles y creíbles.

Podría acusarse a Pynchon de que se repite, de que hay asuntos que salen en todas sus novelas, o casi. Cierto, pero lo compensa con una calidad de prosa envidiable. Otro aspecto que hoy se valora mucho es la documentación para escribir algo (es una pregunta recurrente, ¿y te has tenido que documentar mucho para esto?), y en eso nada se le puede reprochar porque el novelista, o ha sido programador, hacker o algo peor, o se ha leído un montón de libros de informática, que por suerte entonces, en el 2001, no era tan compleja como hoy, aunque también tenía su carga de profundidad.

En fin, otra exquisitez que nos obsequia un hombre, que tiene ya 80 años, del que hay un solo retrato de cuando hizo la mili, al que nunca le darán el Nobel porque no aparecería ni a recogerlo ni en ningún medio de comunicación, al revés de tantos que solo buscan la fotografía, la televisión y la fama, y que tiene ya una obra consolidada, rica y osada. Tusquets, editorial de riesgo, no se reprime de publicarlo, lo mismo que no se reprime de publicar a un español que se mete en honduras literarias y que no responde a lo manido y “tumbonero” (de tumbona), como es Gonzalo Hidalgo Bayal. Léase a Pynchon y no apure no comprender alguna de sus partes porque lo importante de él es el conjunto.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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