Viaje-tour por los Países Bajos I

No fue un viaje infortunado a pesar de que lo que mal empieza, mal acaba. En el hotel de Madrid donde dormimos, pues el avión destino Ámsterdam salía muy temprano por la mañana, hubo un apagón de luz que duró más de tres horas. La ventaja es que nos fuimos a dormir muy temprano.

El grupo: no estamos todos. Éramos unos 30. En el centro y a la izquierda, con gafas claras y sonriente, el guía Roberto,

Siempre  odié ir detrás de un paraguas o un abanico. Cuando veo esos grupos de turistas siguiendo a un guía en manada, borreguilmente tras el cencerro, se me ponen los pelos de punta. Con todo, propuse a Rosa hacer un tour por los Países Bajos por la dificultad del idioma. Apenas farfullo tres palabras en inglés y tengo una soltura muy limitada con el francés. Ni te cuento del neerlandés. Por eso nos decidimos. Al principio, ir detrás del paraguas marrón de Roberto me deprimió hasta que me di cuenta de que bajo ese paraguas cerrado había un gran ser humano. Y lo de grande, en ambos sentidos. Nos tocó en suerte un guía que, no solo explicaba los lugares, sino que nos hablaba de historia (y no únicamente de reyes y duques, sino de la historia mínima, la intrahistoria, que decía Unamuno, la de las personas aparentemente sin trascendencia pero que les tocó vivir un tiempo u otro), conocía anecdotarios de lugares y barrios, nos habló de lingüística y se empeñó en que aprendiéramos los rudimentos de la pronunciación neerlandesa y cuatro expresiones, unas útiles y otras simplemente cachondas. Amenizaba los viajes en autobús, que allí no son largos, con ilustraciones que incluso llegaron a ser gráficas al aportar un mapa de Holanda hecho con un rotulador, para que comprendiéramos la estrategia de los diques (damm, en aquel idioma; ¿tendrá algo que ver con la cerveza barcelonesa?). Pues, ¿y el conductor del autobús?, un abulense llamado Enrique, que hablaba lo justo y siempre con amabilidad, paciente y de sonrisa fácil, aparte de habilísimo con semejante trasto, tan grande.

Esta fue la primera sorpresa grata. Lo que demuestra que no hay nada más tonto que el prejuicio.

Ámsterdam es populosa. En el Rijksmuseum pido two tickets a una señorita y le comento a Rosa que no vamos a coger audioguías. La señorita me responde en español. Me fijo y la tarjeta identificativa dice Lloveras. Catalana. Nos sonreímos y le hablo del alivio que uno siente cuando se escucha contestar en el idioma propio. Quizá es la invasión catalana al mundo. Cuando alcancen el desierto de Taklamakán habrán cubierto objetivos.

La novia judía, de Rembrandt

Vi en ese museo el cuadro La novia judía, de Rembrandt. Se ha dicho con insistencia que en esa pintura el artista representó a Miguel de Barrios y Abigail de Pina, hija de Isaac de Pina y segunda esposa de Miguel. La ilusión fue mayúscula por una razón: Miguel e Isaac pertenecieron a la Academia de los Floridos, tertulia de la que participaban también Isabel Rebeca Correa y su marido Nicolás Oliver Fullana. En la continuación de mi novela Ashaverus el libidinoso, Ashaverus el creador, convierto a esta Isabel Rebeca en verdadera autora del manuscrito del primer Ashaverus que cuenta la azarosa vida de Todros ben Virga, de modo que utilizo un personaje real, que en verdad era escritora y poeta y tradujo del italiano y en verso el Pastor fido, de Gian Batista Guarini. En esa continuación o segunda parte, hay otro manuscrito, este más buscado que encontrado, en el que Isabel Rebeca cuenta su vida y el amor que tenía por su marido Nicolás; en ella hablo de su gran amistad con Abigail de Pina (debió de ser cierta pues ambas pertenecían a la comunidad judía amstelodana, ambas estaban ligadas a la antedicha Academia y ambas sefardíes asistían a la sinagoga). Conocía ya el cuadro, por supuesto, pero la emoción fue grande.

Lo mismo que la emoción que sentí al entrar en la sinagoga o esnoga portuguesa sefardí de esa misma ciudad, a cuya inauguración en 1675 debió asistir Isabel Rebeca con 25 años. Y pasear por el barrio judío, el Jodenbuurt, del que no quedó casi nada en la II Guerra Mundial.

El Rosse buurt de Ámsterdam

El Rosse buurt, o Barrio rojo, me dejó un tanto indiferente. Es de esas cosas que si ya la has visto en televisión, te haces una idea. O cuanto menos esa es mi impresión. Roberto nos lo hizo patear a conciencia, tomando las calles en zigzag. No así los canales, nosotros que somos de secano, pues esos sí nos sorprendieron.

Ámsterdam está llena de casas inclinadas. Unas lo están porque han cedido los pilotes que sirven de cimentación. Otras lo son de fachada: las que así se ven es porque tenían almacenes en los pisos altos: si inclinan la fachada y ponen en lo alto una viga y una polea, se puede subir las mercancías sin que tropiecen en ventanas y enfoscados. Te fijas si te hacen reparar en ello o lo has leído en algún lado. Esos pilotes no han impedido edificar iglesias con campanarios muy altos. La mayoría son calvinistas, desnudas de cualquier imagen, pero también está la de San Nicolás, que es católica.

Se ha dicho mucho que en Ámsterdam hay muchas bicicletas y todo el mundo va en ellas. Es como decir que en Venecia hay barcas. Casi no les queda más remedio a causa de los canales y la estrechez de los espacios entre ellos y las casas, al menos en el centro de la

Bicicletero en Gante.

ciudad. Pero eso no obsta para que haya coches. La autovía que llega a la ciudad desde el sur tiene cuatro carriles en cada sentido. Pues bien, a primera hora de la mañana, atasco. Hay coches, y muchos. Tardamos veinte minutos en atravesar la plaza entre Sint Nikolaaskerk (el templo católico) y la Estación central de Ámsterdam en autocar: tranvías, autocares turísticos, coches. Eso sí, los carriles para bicicletas son absolutamente respetados, aunque si un peatón se despista puede ser atropellado por una bici. Hay que caminar con mucho cuidado, no por los coches o los tranvías sino por las bicis. Eso sí, el aparcamiento de bicicletas de la Estación Central recuerda al ejército de guerreros chinos de terracota de Xi’an.

Otra sorpresa importante fue la visita al gran dique que separa el Mar del norte del Zuidersee o Mar del sur, que gracias al dique se ha convertido en un lago de agua dulce.

Puente sobre la autovía que pasa sobre el dique. el horizonte es el del Mar del Norte y la estatua a la izquierda y lejos, es la de Cornelis Lely

Adornado, sí, con un viento exagerado que, como decía mi tío Joaquín, era mejor mantener la boca cerrada para que el viento no se llevase la dentadura postiza. La explicación de cómo fue la idea de Cornelis Lely, un gran ingeniero que fue ministro (¿pero no tenían que ser todos abogados, de forma que sepan mucho de leyes pero ni pajolera idea de todo lo demás?, ¿Spain is diferent?). Los trabajos que debieron hacer con medios rudimentarios y la solidez de la obra que ni siquiera los alemanes pudieron dinamitar. Cómo desalaron ese Mar del Sur simplemente porque las aguas del Rin limpiaron la sal, cómo muchos pueblos pesqueros se quedaron sin pesca (solo sobrevivieron las anguilas), y cómo el gobierno holandés de entonces proporcionó otras actividades económicas a aquellas zonas condenadas al paro y al hambre porque ya no podían dedicarse a la industria pesquera. ¡Jolín!, ¡un gobierno que sirve para algo!, ¡yo pensaba que no existían!

Volendam

El mismo día, Vollendam y Marken. Lluvia y frío. Pueblos bonitos, mantenidos para el turismo. Nos llama la atención que las casas de madera tengan un zócalo de ladrillo: esas casas de madera eran palafitos, y al desecarse el pólder, se ganó un semisótano. Quesos. Una granja. Compramos alguno y os garantizo que están buenísimos. Si ese es el precio que hay que pagar por este tipo de viajes (te llevan de visita a esta granja quesera y a una factoría de diamantes) porque agencias o guías cobran comisión por tal cosa, en el caso de los quesos merece la pena pagarlo. No es la tienda de suvenires repugnantes.

Los molinos conservados en Zaanse

Y los molinos, naturalmente. Me impresionó en especial la aclaración de Roberto: mediante esos molinos de viento (me temo que es inconcebible un Quijote holandés) aserraban a la perfección los maderos para la construcción de barcos, de forma que era rapidísimo construirlos, superando así con facilidad a la temible armada inglesa. El gran Michiel De Ruyter, almirante de esa flota neerlandesa, que protegía con eficacia a los barcos mercantes de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, inventores de la acción bancaria como forma de capitalización. Los viajes, para mí, no son solo hacerse fotos o ver iglesias o museos, ni siquiera ver lugares típicos; es conocer gente, sí, pero sobre todo, ver cómo viven y por qué otras naciones que tienen otra historia y otra costumbre. La historia de esas naciones es diferente; la gente también, pero cada vez nos parecemos más a causa de la dichosa televisión y la americanización de todo. Por eso es tan interesante la historia y la intrahistoria.

Luego, la subsiguiente explicación sobre el sentido práctico de los holandeses, gobernantes y gobernados, muy calvinistas ellos pero sin la bestialidad fundamentalista de Calvino que hizo estragos en Ginebra, encarcelando o ejecutando a todo aquel que no fuera de su honda o simplemente bailara o hiciera música que no fuera de iglesia. Los holandeses son más prácticos: calvinistamente saben que pocos humanos se salvarán en el Juicio Final, y lo más probable es que quienes se salven serán calvinistas. Desde luego, no serán papistas.

Sinagoga sefardí de Ámsterdam.

De modo que, quienes no sean calvinistas, como los judíos, que hagan lo que les venga en gana siempre y cuando no practiquen ningún proselitismo público. Incluso aceptaron, con reticencias, algún que otro católico (muy vigilados, naturalmente, para que no espiaran para el rey español). Ese sentido práctico ha hecho que semilegalicen, pues saben que no pueden impedirlo, las drogas blandas y la prostitución. De esta última se han quitado de encima el problema de los macarras, de la explotación y de la desatención médica, pues las meretrices pagan su seguro de autónomos así como impuestos, tienen Seguridad Social y percibirán una jubilación como cualquier ciudadano. No entramos en ningún Coffee-shop. Me temo que ver los cuadros de Rembrandt, Frans Hals, Vermeer, etc. ya es alucinante de por sí.

Para emoción fuerte la que tuvimos en la vuelta en tren, Rosa y yo solos, a Breukeleen. En primer lugar, aclarar que el hotel en ese pueblo se lo cambiaron a la agencia en el último momento. Está a 23 km. de Ámsterdam y es el origen del nombre del barrio neoyorkino de Brooklyn, porque los ingleses no sabían pronunciar Breukeleen (ese diptongo eu es como en francés y las dos es se pronuncian como una e larga). Bien, cuando decidimos visitar el Rijksmuseum y las sinagogas, el autobús nos llevó a Ámsterdam pero no pudo devolvernos, de modo que nos propuso el guía tomar un tren. Nos dio toda clase de explicaciones pero estas nunca son suficientes. De momento, no comprendimos cómo diablos funcionaban las máquinas expendedoras de billetes. Tuvimos que buscar la oficina donde se expedían personalmente. El empleado nos dice: andén 4B (imaginaos para un

Estación Central de Ámsterdam.

oído semivirgen en cuestiones angloparlantes cuando una voz rápida y un tanto gutural te dice foobi). Buscamos, encontramos y dice 4A, no 4B. Bravo. Preguntamos a un muchacho y nos dice en inglés que él es finlandés y ni puñetera idea. Vale. Por fin vemos dos paneles luminosos: uno decía Utrecht y Rotterdam, sin más, y otro lo mismo pero nombrando todas las estaciones y apeaderos. Evidentemente, eso quería decir que uno era directo y el otro se detenía hasta en Breukeleen. Nos subimos y empezamos a relajarnos. Con las mismas vemos que todo el mundo se levanta y sale del tren apresuradamente tras un mensaje de megafonía. ¿Qué podíamos hacer? Nadie sabía la hora que era, ni siquiera los empleados ferroviarios, pero al parecer no era bomba sino avería. ¡Uf! ¿Y ahora cuál pillamos? Por fin veo que en el otro andén (la estación se parecía mucho a la de cercanías en Atocha), el de los trenes directos, indica el nombre de todas las estaciones intermedias, Breukeleen y la estación que está al lado del estadio del Ajax. Me negué a seguir preguntando, nos subimos y que sea lo que Dios quiera. Llegamos. Menos mal.

Continuará la próxima semana.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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2 respuestas a Viaje-tour por los Países Bajos I

  1. En dos ocasiones hemos organizado un viaje de amigos a Ámsterdam y al final alguien se ha rajado. Y le tengo ganas a esta ciudad.
    Nos vemos,

    AG

  2. Pues no te la pierdas. Un tiempo bueno es en junio porque no hace frío y no hay tanta gente. En cuanto se jubile tu mujer, ya sabes, ¡zas!, a Ámsterdam

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