Quinto relato de Pluma, de Henri Michaux

LA NOCHE DE LOS BÚLGAROS

Henri Michaux

Henri Michaux

Ya está, íbamos por el camino de vuelta. Nos hemos equivocado de tren. Entonces, como estábamos ahí con un montón de Búlgaros que murmuraban entre ellos sobre no se sabía qué, que se rebullían todo el tiempo, hemos preferido acabar de una vez. Hemos sacado nuestros revólveres y hemos disparado. Hemos disparado precipitadamente, porque no nos fiábamos de ellos. Era preferible ponerlos fuera de combate antes de nada. Ellos, en conjunto, parecieron sorprendidos, pero de los Búlgaros no hay que fiarse.
-En la próxima estación suben cantidad de viajeros, dice el jefe de tren. Arréglense con los de al lado (y señala los muertos) para no ocupar más que un compartimento. No hay ya ningún motivo para que ustedes y ellos ocupen compartimentos distintos.
Y los mira con aire severo.
-¡Sí, sí, nos arreglaremos! ¡Cómo no! ¡Seguro! ¡Enseguida!
Y apresuradamente se sitúan al lado de los muertos y los sostienen.
Lo que no es nada fácil. Siete muertos y tres vivos. Se arrellanan entre los cuerpos fríos, y las cabezas de estos «durmientes» se inclinan continuamente. Caen sobre el cuello de tres hombres jóvenes. Como urnas que se llevan a hombros, estas cabezas frías. Como urnas granujientas, contra las mejillas, esas barbas duras, que se lían a crecer a velocidad redoblada.
Y la noche por pasar. Después se nos acusará de salir pitando al amanecer. Tal vez el jefe de tren lo habrá olvidado todo. Lo que es preciso, es quedarse muy tranquilo. Tratar de no despertar su atención. Quedarse apretaditos como él ha dicho. Mostrar buena voluntad. Por la mañana, nos iremos a la chita callando. Antes de llegar a la frontera, el tren disminuye la velocidad normalmente. La huida será más fácil, pasaremos un poco más lejos por el bosque con un guía.
Y así se exhortan a tener paciencia.
En el tren, los muertos son más sacudidos que los vivos. La velocidad los inquieta. No pueden quedarse tranquilos ni un momento, se inclinan más y más, bajan a hablaros al estómago, no pueden más.
Hay que manejarlos con dureza y no soltarlos ni un instante: hay que aplastarlos contra los respaldos, uno a su izquierda, el otro a su derecha, apiñarse encima, pero es su cabeza entonces lo que golpea.
Hay que sujetarlos firmemente, eso es lo más importante.

Man Ray

Man Ray

-¿Uno de estos Señores podría hacerle un sitio a esta anciana?
Imposible rehusar. Pluma toma sobre sus rodillas a un muerto (tiene otro a su derecha) y la señora se sienta a su izquierda. Ahora la anciana se ha dormido y su cabeza se inclina. Y su cabeza y la del muerto se encuentran. Pero sólo la cabeza de la señora se despierta, y dice que el otro está muy frío, y ella tiene miedo.
Pero aseguran fervientemente que es que hace mucho frío.
No tiene nada que tocar. Y muchas manos se tienden hacia ella, todas frías. Quizá haría mejor en mudarse a un compartimento más caliente. Se levanta. Vuelve enseguida con el revisor. El revisor quiere comprobar si la calefacción funciona normalmente. La señora le dice: «Toque estas manos». Pero todos gritan: «No, no, es la inmovilidad, los dedos se nos han quedado dormidos por la inmovilidad, no es nada. Todos tenemos bastante calor aquí. Sudamos, toque esta frente. En un lugar del cuerpo hay transpiración, en otro impera el frío, es la inmovilidad la que produce esto, no es otra cosa que la inmovilidad».
-Los que tengan frío, dice Pluma, que se abriguen la cabeza con un periódico. Eso da calor.
Los otros comprenden. Enseguida todos los muertos son encapuchados con periódicos, encapuchados en lo blanco, encapuchados crujientes. Es más cómodo, lo reconocemos de inmediato a pesar de la oscuridad. Y además la señora no osará ya tocar ninguna cabeza fría.
Mientras tanto, sube una muchacha. Han puesto su equipaje en el pasillo. No intenta sentarse, una chica muy reservada, la modestia y la fatiga pesan en sus párpados. No pide nada. Pero habrá que hacerle sitio. Ellos lo quieren así decididamente, así que piensan en deshacerse de sus muertos, deshacerse de ellos poco a poco. Pero bien pensado, sería mejor intentar hacerles salir de inmediato, uno después del otro, pues a la anciana se le podrá ocultar el asunto, pero si hubiera dos o tres personas extrañas eso sería bastante más difícil.
Bajan el la ventanilla con precaución y empieza la operación. Se les hace asomarse hasta la cintura, y una vez ahí se les hace volcar. Pero hay que doblarles bien las rodillas para que no se agarren -pues mientras quedan suspendidos, su cabeza da golpes sordos contra la portezuela, de hecho como si quisiera volver a entrar.
¡Vamos! ¡Valor! Pronto se podrá respirar de nuevo convenientemente. Aún un muerto, y esto se habrá acabado. Pero el frío del aire que ha entrado ha despertado a la anciana.
Y al oír movimiento, el revisor viene de nuevo a comprobar, para mayor tranquilidad y por afectar galantería, si no habría en el interior, aunque sepa con certeza lo contrario, sitio para la muchacha que está en el pasillo.
-¡Por supuesto! ¡Por supuesto!, gritan todos.
-Pues es bien curioso, exclama el revisor… yo habría jurado…
-Pues es bien curioso, dice también la mirada de la anciana, pero el sueño envía las preguntas para más tarde.
¡Con tal que pueda dormir ahora la chica! Un muerto, es verdad, es un asunto que se explicaría con más comodidad que cinco muertos. Pero es mejor evitar todas las preguntas. Porque, cuando a uno le preguntan, se embarulla fácilmente. La contradicción y las sinrazones aparecen por todos lados. Siempre es preferible no viajar con un muerto. Sobre todo cuando ha sido víctima de una bala de revólver, pues la sangre derramada le deja mala cara.

René Magritte

René Magritte

Pero ya que la muchacha, con su gran prudencia, no quiere dormirse antes que ellos, y que después de todo la noche es aún larga, y que antes de las 4 y ½ no hay ninguna estación, no se inquietan desmesuradamente, y cediendo a la fatiga, se duermen.
Y bruscamente, Pluma se da cuenta de que son las cuatro y cuarto, despierta a Pon… y al unísono se ponen como locos. Y sin preocuparse de ninguna otra cosa más que de la próxima parada y de que el día implacable lo descubrirá todo, echan apresuradamente al muerto por la portezuela. Pero cuando ya se enjugan la frente, sienten el muerto a sus pies. Entonces no es a él a quien han echado. ¿Cómo es posible? ¡Pero si tenía la cabeza bajo un periódico! ¡En fin, es demasiado tarde para las preguntas! Empujan al muerto y lo lanzan a la noche. ¡Uf!
Porque la vida es buena para los vivos. ¡Qué alegre es este compartimento! Despiertan a su compañero. Fíjate, es D… Despiertan a las dos mujeres.
-Despierten, que nos acercamos. Llegaremos muy pronto. ¿Todo ha ido bien? Un tren excelente, ¿no? ¿Han dormido bien, al menos?
Ayudan a la anciana a bajar, y a la muchacha. La chica los mira sin decir nada. Ellos se quedan. No saben qué hacer. Es como si hubieran acabado con todo.
El jefe del tren aparece y dice:
-Vamos, rápido. ¡Bajen con sus testigos!
-Pero si nosotros no tenemos testigos, dicen.
-Pues bien, dice el jefe del tren, si ustedes quieren un testigo, cuenten conmigo. Esperen un momento al otro lado de la estación, frente a las ventanillas. Vuelvo enseguida, ¿vale? Aquí tienen un pase. Vuelvo en un instante. Espérenme.
Llegan, y una vez allí, huyen, huyen.
¡Oh!, vivir ahora, ¡oh!, vivir al fin.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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Una respuesta a Quinto relato de Pluma, de Henri Michaux

  1. Marcelo Fernandez dijo:

    Me fascinan estos relatos de plume me gustaria leerlos todos , lastima que no esta en pdf la edicion en español y solo esta en españa

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