El tapiz de la servidumbre

El escritor granadino, y miembro correspondiente de la Academia de Buenas Letras de Granada, Francisco (Paco, siempre, para los amigos) Gil Craviotto.

El año 2007 se propuso, en el seno de la antigua Tertulia del Salón de Granada, homenajear al escritor Francisco Gil Craviotto mediante un librito en el que sus amigos escritores, e incluso un pintor, nos encargaríamos con nuestras obras de obsequiarle con una velada-sorpresa agradable. Gil Craviotto, granadino de pro, ha vivido muchos años en París. Allí viven sus hijas y conserva casa. Por su categoría de francés de adopción, se me ocurrió la narración que adjunto en la cual dos amigos, Michel de Montaigne y Étienne de la Boétie sostienen una conversación. La incluí con la esperanza de que le agradase y satisficiera su talante liberal y su muy conocida repugnancia contra todo tipo de sumisión. Michel de Montaigne, autor de los célebres Ensayos (hay en la actualidad una edición completa en Acantilado), reflexionó por extenso y de forma nada rígida sobre todo los temas habidos y, casi, por haber. De su amistad con Étienne surgió uno de los ensayos que dedicó, justo, a ese tema, la amistad; y fue ello por la prematura muerte de aquel, víctima, al parecer, de una disentería, a los 33 años. Este De la Boétie escribió una maravilla (es algo más que un pequeño tratado, es una delicia para cualquiera que piense que la libertad es vital para el humano) titulada Discurso sobre la servidumbre voluntaria o Conta el uno, en donde se preguntaba el autor el porqué de la obediencia ciega y fanática a una sola persona, caso de los reyes (o los presidentes de repúblicas bananeras, que para el caso es lo mismo), pero también aplicable, hoy, a cualquier líder de apariencia carismática que sabe engatusar con palabritas en las que se cuelan, no mentiras, sino falacias que son seductoras a los oídos de quienes se emboban con ellas. Hay hoy edición, creo, en Mandala, Trotta y una bilingüe en Tecnos. Si los Ensayos de Montaigne son recomendables, el Discurso de De la Boétie es imprescindible. Se me ha ocurrido añadir este cuentecito, escrito para una ocasión especial, en mi blog por si alguno se entusiasma en la lectura de estos dos grandes de la literatura mundial. De Étienne puede deducirse mi pasión de lo que acabo de decir, y de Montaigne me gusta repetir que hay tres Migueles que me exaltan: Montaigne, Cervantes y Unamuno (y debería añadir a Bulgákov). Aclarararé que por un artículo de Pablo Sol Mora en la revista Letras libres nº 228, sé que la torre donde transcurre la acción del cuento tiene varios cuadros con escenas clásicas que se conservan de la verdadera decoración de Montaigne, pero no existe en ella, que sigue en pie en el pueblo de Castillon-la-Bataille y fue propiedad del ensayista francés y la que, por desgracia, no he tenido oportunidad de visitar, no existe, digo, ningún tapiz que recuerde, ni por asomo, al descrito por mí. Espero que os guste

El tapiz de la servidumbre

Torre del chateau que fue propiedad de Michel de Montaigne y donde este pasó sus últimos años

Las copas se han llenado de un vino de Saint-Emilion, áspero y negro, clareado con agua, miel y canela al estilo romano, gusto que pocas veces se permiten los amigos en sus veladas pero justificado hoy por el temprano calor primaveral y la rudeza de un día de caza.

Michel de Montaigne y Etienne de la Boëtie descansan en el salón del primero en este junio de 1563. Michel es tres años más joven y, desde luego, más corpulento. Ambos están satisfechos de su propio cansancio. Al segundo, lo sabemos nosotros mas no él, le quedan dos fugaces meses de vida. A pesar de su juventud, ambos son exquisitamente cultos y gozan de sus conocimientos como otros de su clase gozan de posición militar.

Un tapiz algo polvoriento, mas al que Michel cuida como a las niñas de sus ojos, impidiendo que las criadas lo tundan demasiado, adorna el salón. Representa unos salvajes semidesnudos y con cresta de pelo en la cabeza, pertenecientes a ese nuevo mundo del que aún se sabe tan poco. El artista dibujó a los indios homenajeando a una reina vestida de terciopelos y con escote abundante, sentada de lado en su trono, como si estuviese a punto de intervenir en algo, coronada de oro, rubíes y esmeraldas y con zapatitos de raso que contrastan con los burdos pies desnudos de los aborígenes. A lo lejos, caballeros, hombres a pie y perros persiguen a otro salvaje que se supone huido de la generosa tutela de la reina.

Los dos amigos están sentados en amplios butacones de madera noble de las Indias, cubiertos de cojines de pluma forrados en algodón para paliar el calor. Los ilumina el sol poniente desde la ventana de vidrios cuartelados a la que han descorrido cortinajes, pues Michel conoce el aprecio de su huésped por la luz natural y el aire libre. Las camisas abiertas, las calzas descolgadas, la actitud abiertamente amistosa habla de una confianza antigua. La conversación confirmará un afecto que durará años pues Michel jamás olvidará a su amigo Etienne.

Michel Eyquem de Montaigne

-¿Os gusta el tapiz?

-Es admirable.

-Fue regalo de un embajador inglés a mi padre, de aquellos tiempos felices en que fuimos aliados, quien a su vez lo recibió como parte de la dote de su esposa española. Pero ¿qué es lo que os llama tan poderosamente la atención?

-La actitud humilde, dadivosa de los indios. Es, evidentemente, una impostura, una licencia artística a mayor honra de la reina española, la madre del rey Carlos.

-¿Por qué ha de ser una impostura, Etienne?, ¿no creéis que os habéis vuelto en exceso exigente, incisivo? Y en cualquier caso, ¿ese envilecimiento no es esperable en el vencido?

-Acaso tengáis razón –contesta éste tras un momento de examen- no hay ningún motivo para creer que sea una impostura. Es mi enfado, mi rabia ante tal servilismo, servilismo en el que todos caemos. En el fondo, el vencido siempre mantiene la bajeza de esperar clemencia.

La estancia es una de las habitaciones redondas de la torre en la cual, años más tarde, Michel se refugiará hasta su muerte y donde redactará el tercer libro de sus Ensayos. La luz del ocaso, casi ya necesitada de las bujías, resalta de forma extraña el tapiz. La curvatura de la pared hace que los salvajes, cuyos cuerpos musculosos en los hombres y sensualmente redondeados en las hembras ocupan el centro del paño, dejen más cercanos a los espectadores las figuras de los extremos, la reina y ese cimarrón que escapa acosado por la jauría, los caballeros y una multitud de indios de minúscula estatura comparada con los gigantescos jinetes y el huido.

Sobre las cabezas de ambos amigos, una lámpara redonda provista de ocho bujías parece dispuesta a sustituir orgullosamente al sol cuando éste desaparezca. La lámpara semeja burda imitación de la corona que adorna la real testa de la reina española.

-¿Sabéis lo que más me molesta, Michel?

-¿El servilismo del que hablabais?

Étienne de la Boétie

-Como vos mismo decís, el servilismo puede ser esperable.

-Pensad, Etienne -interrumpe Michel Eyquem de Montaigne, más joven y más impulsivo- que la reina ofrece a sus vasallos seguridad y religión.

-No hay duda, y con ello salen ganando, pero no es la reina quien me preocupa. De todos es conocida la rapacidad de virreyes, adelantados y colonos que los españoles han enviado a ese nuevo mundo, y que tarde o temprano otros reinos europeos se apresurarán a enviar para afanar su parte del pastel. Tanto es así que me han informado de cierto fraile de religión dominica que anda reclamando en la corte la exención de esclavitud a los indios, pues éstos no aguantan ni el trabajo ni esa condición. Me han dicho que mueren a miles.

-Sin embargo, insisto, esos pueblos adquirirán algo que no tenían, civilización.

-Sois juvenilmente ingenuo, Michel. ¿Os habéis preguntado si la desean?

-¿Queréis decir que acaso sin civilización, ciencia ni religión eran más felices?

-También ellos tenían sus formas de tiranía. Es por ello por lo que con tanta disposición han acatado las nuestras. Ni siquiera ahora, tras todos estos años desde que escribí el Discurso que tanto decís admirar, creo en el Gobierno de la República Veneciana. Me consta que la tiranía y la corrupción campan allí por sus respetos tanto como por cualquier otra monarquía.

Edición española bilingüe del Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de la Boétie, que deberían leer todas las personas que se consideran libres

-¿Entonces?

-No me habéis dejado que os diga qué cosa me molesta más del dibujo del tapiz.

-¡Oh, perdonad!, algún día aprenderé a escuchar, y sobre todo a escucharos.

-Contentaos con saber escuchar en general, Michel. Esas figuras enanas que persiguen al huido son, del tema representado, lo que más odio. ¡Persiguen a su semejante, a su igual!, ¡y lo hacen por orden ajena, no de su caudillo, sino a instancias del conquistador! La servidumbre es una mera cuestión de hábito. Se empieza por el miedo y se acaba en la complacencia.

-Ese es el asunto, Etienne, el miedo.

-¡El miedo, el miedo! No sólo degrada a quien lo padece sino sobre todo a quien lo inspira. Miradlos, fijaos bien en esos que postrados ante la reina le rinden pleitesía.

-Me fijo y os digo que a pesar del cansancio de la jornada, aún sería capaz de pasar un rato con alguna de esas indias de carnosidades morbosas.

-Guardaos de la lujuria, amigo Michel. Ella es gusano que corrompe antes de la tumba, y si no, pensad en la insania de esa reina que domina la parte izquierda del tapiz y que fue la culpable de la pérdida de su trono. Volveré al miedo, con vuestro permiso pues sois mi anfitrión. Los que rinden pleitesía obtienen a cambio un bien inapreciable, o dos, como habéis dicho antes, religión y seguridad. La primera, sobre todo, es un bien que nosotros, que lo poseemos, no apreciamos en todo su valor. En cambio, esos que corren tras el huido, ¿qué obtienen a cambio? Os lo diré, nada. Ni siquiera la protección o preferencia del señor, pues esta preferencia desaparecerá igual que vino, por el más inicuo detalle. No son personas para sí y para su comunidad, son personas para otro. Los perros de la jauría tienen más independencia de criterio que estos. ¿Qué bravura van a demostrar contra ese desgraciado?, y si la muestran, ¿cuál no sería la derrochada en caso de tener que defender su libertad?, ¿no sería esa ocasión para que el tirano de turno se eche a temblar?

-Os admiro, Etienne. Filosófico estáis. Yo, sin embargo, en este momento sólo ansío cenar y acostarme.

Portad de la edición de Acantilado de los Ensayos de Michel de Montaigne

-Tenéis razón. No sé qué cosa pueda ocurrirme en estos últimos meses que me parece faltarme el tiempo, de modo que si no os incomoda me quedaré después de cenar en vuestra biblioteca hasta que el sueño sea más fuerte que yo. Si no nos viéramos mañana, pues partiré temprano, agradecedle a monseigneur de Montaigne, vuestro padre, su hospitalidad. Y a vos no es preciso os muestre mi reconocimiento por la jornada tan grata y vuestra compañía, siempre estimulante.

Se dirigen a la cocina donde las criadas han preparado algo de comer. La escena del tapiz parece tomar vida en la oscuridad. Los perros corren tras el huido. Los caballeros lo alcanzan pero dejan que sea la jauría quien lo ultime, y sin embargo, los perros son ahuyentados en última instancia por los indios que, entre alaridos, lo tajan con sus recién adquiridas armas de acero. Mientras, la untuosidad de los nuevos siervos de la reina rebosa halagos y zalemas. Juana I de Castilla, Aragón y Navarra, con la mirada un tanto perdida, indica con el gesto su voluntad de que aquéllos se aparten y acaricia melosa un perrillo que a sus pies cumple la función de simbolizar fidelidad.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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3 respuestas a El tapiz de la servidumbre

  1. Gran relato, Miguel. Supongo que al maestro le agradaría.
    Solo una duda. ¿Realmente las camisas de algodón existían en la época de Montaigne? En mi cuento “La copa del viajero”, que se desarrolla en una época voluntariamente difusa de la Gracia clásica, yo puse que el anfitrión leía pergaminos entre unas sedas, aunque la seda no nos llegaría hasta varios siglos después.
    Cuidaos Rosa y tú.
    Un abrazo

    • Pues sí, Alberto, parece ser, según Wikipedia, que se conocía aunque no estaba muy extendido. Su uso generalizado empezó más bien a partir de finales del XVII y en todo el XVIII. Gracias por la corrección.

  2. Josefina Martos dijo:

    Buena tu amistad, bueno tu relato. Y además me has abierto el apetito de leer los Ensayos en la edición de Acantilado y el Discurso de La Boetie. Gracias y un abrazo, Miguel.

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