Los europeos, de Orlando Figes

Portada de la edición de Taurus (Mondadori Random House editorial) de Los europeos. Tres vidas y el nacimiento de una cultura cosmopolita, de Orlando Figes

A los amigos, a los esposos o las esposas (léase también novios, pues hoy en día es casi lo mismo, solo que no inscritos en registro) hay que criticarlos siempre para que no se crean más de lo que ya son. A menudo le comento a mi amigo Jesús Moreno Sanz que me sale carísimo. Y es cierto. Cuando me recomienda un libro me veo obligado a comprarlo porque, igual de a menudo, sus recomendaciones son como las de usar la mascarilla en algunos países donde no se ha puesto obligatoria o las de no salir de casa. Por eso me sale caro. Son dineros gastados con gusto, pero son dineros. Lo mismo de caro le salgo yo a mi amigo Ismael Ramos, que también se ve compulsado a comprar mis recomendaciones, de modo que esto se convierte en una cadena que es, justo, la que conforma la cultura. Ya lo dijo Nietzsche, que la cultura es casualidad, y se refería a esto: al boca a boca en cuestión de libros, músicas, exposiciones plásticas e incluso en innovaciones científicas.

La penúltima recomendación de Jesús fue Los europeos, de Orlando Figes. Ya hubo una novela titulada así de Henry James, a quien Figes nombra y lo relaciona con los personajes que protagonizan su obra. Porque usando tres personajes como excusa, este autor inglés pero nacionalizado alemán desde el Brexit, hace un repaso a la historia cultural de Europa y sus individuos en el siglo XIX. De todas las historias de la historia (como diría León Felipe en un célebre verso), la más interesante es la historia cultural. Y entretenida.

Pauline Viardot en su papel de Orfeo (papel elaborado antiguamente para contratenor o castrato), ópera de Gluck

Digo entretenida porque, como en esas revistas mal llamadas femeninas, o en los televisivos programas basura, hay también chismorreo porque los artistas suelen ser muy amorales, mire usted, y andan “arrejuntándose” unos con otras o con otros como si no existiera una cosa llamada moral y solo hubiera arte por ahí. Pero en fin, lo cierto es que se repudiaban esos devaneos (y se repudian, no me vengan con tonterías) pero todo el mundo quería olisquear en intimidad ajena.

Además, está la historia propiamente dicha. Figes nos ilustra de cómo los avances técnicos del siglo XIX favorecieron, no solo la extensión de la cultura a lugares tan perdidos como la península ibérica o Rusia. El ferrocarril (avanzar a 60, y aun 80 km/h. no es lo mismo que una diligencia que alcanzaba los 15 en buen terreno), el telégrafo, las nuevas técnicas de imprenta, la fotografía (al principio llamada daguerrotipo y luego… selfie, ¡puñeta!), todo eso junto logró que las formas artísticas, es decir, literarias, musicales, plásticas, se extendieran por toda Europa alcanzando una cierta homologación, eso que hoy llamamos globalización, pero que entonces atañió a la cultura y no a lo político y económico. Fue todo un intento, casi de forma involuntaria, de unificar Europa, unificación que hundieron los nacionalismos varios y que desembocó en el naufragio total con la guerra franco-prusiana de 1870-71. También en política hubo un intento de unificación con las diferentes Internacionales, unificación que, como la fotografía que desembocó en selfie, el internacionalismo proletario se corrompió en estalinismo. Los humanos somos como el rey Midas, solo que todo lo que tocamos lo convertimos en mierda y no en oro.

Pauline Viardot ya jubilada del bel canto

Esos tres personajes, pues no en vano el librote (538 páginas de texto más un montón de notas e índices; notas que no son sino indicaciones de las fuentes de las citas de cartas, notas de diario, etc., y que por lo tanto no dificultan la lectura si no es para el experto que busca rastrear dichas fuentes) lleva como subtítulo Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita, son Ivan Turguénev, escritor y el más célebre novelista ruso de aquel siglo, Pauline Viardot-García, hermana de María Malibrán, sopranos ambas hijas de Manuel García, tenor español y profesor de canto, y esta Pauline amante del narrador ruso, y el marido de ella, Louis Viardot, animador cultural, experto en cultura española, traductor, escritor de libros de viaje y esposo muy, pero que muy comprensivo, y no solo porque era 21 años mayor que Pauline, sino porque creía firmísimamente en la libertad, empezando por la libertad individual. Viardot fue divulgador de arte, que no crítico aunque también: escribió varios libros sobre los museos europeos y lo que en ellos merecía el gusto de verse, destacando los detalles que al viajero podían pasarle desapercibidos. En fin, tres intelectuales de talla porque Pauline, además de cantante de ópera, se dedicó, como otras prima donnas, a la enseñanza en sus últimos años y además fue compositora, si bien en aquel siglo en el que se avanzó mucho pero nunca lo suficiente, las mujeres no debían componer, y grandísimas músicas como Fanny Mendelsohn o Clara Schumann pasaron desapercibidas en sus obras por ser mujeres (incluso uno de los primeros cuartetos de Felix Mendelsohn fue compuesto por su hermana, cosa que él mismo reconoció, y se dice en este libro, cuando hubo de ser interpretado).

Paul Viardot en un grabado hecho cuando era joven

Las mujeres no podían, según cuenta Figes, tocar instrumentos de viento porque había que poner los labios en postura desagradable, ni tampoco el violín por tener que torcer el busto, y menos el violonchelo por ser necesario abrirse de piernas, de modo que quedaban relegadas al piano (se toca con las piernas juntas) o al canto, siempre y cuando este no fuera sacro y dentro de la iglesia, porque en ellas, y siguiendo en plan fundamentalista a San Pablo, las mujeres debían permanecer en silencio.

Turguénev tomó la responsabilidad, como cosmopolita, pues vivió en París principalmente, y también en Londres y Baden-Baden, de difundir en Europa la literatura rusa, y si se conoció a Lermontov o Pushkin en Francia, Inglaterra o Alemania, fue gracias a sus traducciones. Figes se extiende mucho con esta proliferación de ediciones traducidas, que también fueron posibles gracias a técnicas de imprenta que abarataron costes. Es algo que hoy, cuando la máxima aspiración de alguien es comprarse un coche lo más rápido posible (limitación de velocidad 120) y que haga mucho ruido o, cuanto menos, que sea aparatoso, no valoramos, pues entonces, los avances tecnológicos posibilitaron que grandes masas de clase media baja, y aun de las clases trabajadoras en Francia, Inglaterra, Alemania, Austria, Polonia, etc., pudieran leer literatura oriunda o traducida, también gracias a su recién adquirida alfabetización. La modernidad se extendió por Europa como una gran mancha, abarcando incluso a países tradicionalmente retrasados como España: ¿cómo, si no, pudieron darse fenómenos de ventas como Pedro Antonio de Alarcón, Juan Varela, Benito Pérez Galdós o Emilia Pardo Bazán? Otro aspecto que describe Figes es el de la consecución de los derechos de autor extendidos a la legislación de todos los países y la lucha contra la piratería, tanto en literatura como en música, batalla esa en la que Turgénev tuvo gran protagonismo.

Ivan Turguenev pintado por Alexei Harlamov

Pero quizá donde más insiste Figes es en la música. Las descripciones que hace de las representaciones operísticas, así como de la evolución de ese teatro musical, desde Rossini, Bellini y Donizetti hasta Verdi, Massenet, Wagner o Richard Strauss, y de las óperas nacionales, como Weber y Beethoven en Alemania, Grieg en Suecia, Meyerbeer en Francia, o en este país la opereta, con el gran Offenbach y sus tremendos éxitos, son de una ilustración musical sugestiva. Al seguir la evolución y gustos de Pauline Viardot como primerísima soprano europea, con sus giras por todo el continente gracias a los trenes, que posibilitaban la movilidad de grandes compañías, incluidos cantantes, coros, tramoyistas, músicos, etc., hace una historia de la música que puede poner al día a cualquier persona que no disponga de una gran cultura al respecto.

Portada de la traducción española de Cátedra de Padres e hijos, de Iván Turguénev

Sus papeles de diva con Mozart, Gluck, Rossini, en la Norma de Bellini (que luego Callas interpretaría con igual magisterio), en las grandes óperas (para distinguir de la ópera bufa) de Meyerbeer, hicieron gentes entonces, pues literalmente había peleas por conseguir una entrada para sus representaciones, o incluso para rozar el borde de su vestido, y hoy nos sirven para conocer la evolución de aquel teatro musical que hoy es apreciado por algunos aficionados aunque ha perdido su predicamente ante cierta juventud. Su protección a Gounod, por ejemplo, la promoción de Meyerbeer, pues nunca se sabrá si la gente iba a escuchar aquella música, hoy casi olvidada, o a escucharla a ella, el gusto por la música entonces moderna, como era la de Wagner, la de Berlioz, Massenet o la de los modernísimos como Fauré o Debussy, fue decisiva para estas músicas.

Portada de una edición del siglo XIX de Las maravillas de la escultura, de Louis Viardot

Número enorme de intelectuales, escritores, compositores, pintores y escultores pueblan sus páginas, y esa multitud puede hacernos acudir a la wikipedia para interesarnos por tal o cual, cuya obra nos picará la curiosidad, lo que siempre es de agradecer por lo que de formación cultural implica y por el placer que esas novelas, óperas, cuadros pueden proporcionarnos. No me extiendo más en la recomendación de este libro, imprescindible como formación y gratísimo de lectura. Y no me extiendo porque, de la misma forma que critico a mis amigos, estos me critican a mí, y ya pregona José Luis Gärtner que soy incapaz de síntesis, de resumen. Aunque también es cierto que, ¿cómo sería esta reseña o recomendación si en lugar de todo este rollo hubiera dicho escuetamente: léanlo, es muy bueno, o peor: ‘tá bien?

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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