Dos artículos periodísticos

Miembros fundadores del OuLiPo parisién

No voy a repetir cómo aparecen estos articulillos míos en el periódico Ideal: ya sabéis, Academia de Buenas Letras de Granada. Digo articulillos porque realmente lo son: se limitan a 400 palabras. Parece mentira cómo la falta de libertad, en literatura, agudiza el ingenio. Ya lo vienen demostrando los del OuLiPo, Ouvroir de littérature potentielle, que inventan trabas para acicatear la creatividad. Eso de la traba tiene su enjundia, y someterse a decir lo que quieres decir en ese número de palabras te obliga a reducir o ampliar, eliminando lo superfluo o permitiéndote algún lujo. La verdad es que no había yo experimentado jamás tal cosa, e incluso llegué a despreciar, tan amante de la libertad, esas coacciones, mirando por encima del hombro a quienes colaboran en los diarios o revistas. Craso error. Y errare humanum est, sí pero en mi caso era culpa de la bobaliconería. No lo haré más, se lo prometo a usted. Lo cierto es que someterse, entrena. Al menos, en esto. Y sigo.

Cosas veredes

Cierta famosilla (¿Tamara Falcó, acaso?) ha publicado un libro cuyo título es Las recetas de mi madre. En un programa radiofónico, una periodista se extrañaba ante título y contenido, arguyendo que la madre de la tal famosuela no había cocinado en su vida, que como no fueran las recetas de la cocinera contratada por la casa materna, no tenía idea de en quién podía inspirarse tal librito. No cabe duda de que la autora habrá concertado los servicios de cualquier finalista de Master Chef, pues ni ella ni la progenitora saben qué cosa es un fogón, y menos aún, qué contiene un aliño.

Famosillos de diverso pelaje y de toda laya

Pero el libro se venderá. De hecho, la antedicha periodista comentaba la larguísima cola que se formó ante las puertas de un centro comercial para lograr una firma autógrafa de la “escritora”. Y eso en tiempos de pandemia, donde las aglomeraciones son, cuanto menos, peligrosas.

Se asegura en las encuestas que en España se lee poco. A juzgar por fenómenos como este, la aseveración es falsa. Aunque quizá lo que sí ocurre es que se mercan libros, sobre todo nimiedades como esta o infantiles. Que se lean es otro cantar. ¿Se vendería igual si la famosilla en cuestión hubiese escrito un título tal que La doxología de los chamanes siberianos, o Vermes intestinales y paranoia médica? Posiblemente sí. La cuestión apenas estriba en el título, la letra, la encuadernación (eso, pelín más) o las “estampicas”. El asunto es la nombradía. Periodistas mediáticos, políticos (estos siempre son mediáticos), artistas en declive o en la cresta de la ola pero urgidos de dinerillo para vicios, deportistas recomendando comida sana y gimnasias resuelve-todo (siempre me pregunté por qué los atletas exhortan a hacer deporte, y nadie los encamina a ellos hacia la lectura, por qué ahora todo estudio debe ser útil para la vida laboral pero no se aconseja el, en apariencia, inútil estudio de humanidades para el mejoramiento espiritual, si no es en los deleznables librillos de autoayuda), famosos de dudosísimo provecho público aunque de jeta conocida, todos escriben libros. De la misma manera que a los militares se les presupone el valor y a los políticos la honestidad, tampoco se pone en solfa la autoría, cuando todos sabemos que usan “negros”. Mientras, la literatura de verdad, no la premiada, o la filosofía, la historia, etc., siguen ninguneadas. Mundo. El problema no es del que engaña, sino del que se deja engañar.

El escritor mexicano Juan José Arreola. Así era cuando yo lo conocí. De hecho, murió muypocos años después

Experiencias y lecturas

Esta anécdota no la he transcrito jamás sino que la he contado como especie de tradición oral. Cuando a finales del siglo pasado, el narrador mexicano Juan José Arreola recibió homenaje en Granada y se pronunciaron una serie de conferencias en el Palacio de la Madraza en torno a su obra, cierta profesora, creo, de la Universidad de Barcelona, habló de la relación entre el cuento La caverna, donde el autor de Zapotlán nos expone la muerte de todo aquel osado que penetra en esa cueva de Tribenciano, y la vagina dentada, devoradora de hombres, siguiendo una crítica puramente lacaniana.

Acabada la conferencia me acerqué al maestro y le pregunté algo intrascendente. Me tomó del brazo y bajamos la escalera de la Madraza, con ese pasamanos ancho del cual nadie se puede prender para asegurarse el descenso. Llegados al descansillo se detuvo, me miró y dijo: “Joven, nunca imaginé que mi cuento La caverna tuviera algo que ver con las mujeres”. Aún escucho su suave acento mexicano expresándome esta sorpresa.

Crítico literario al uso (también los hay buenos), en plena acción investigadora, microscopio en mano y sombrero puesto para que no se le escapen las ideas.

El crítico no es, o no debería ser, sino un lector cualificado, especial, con herramientas para juzgar. El crítico apunta… y no siempre atina. De idéntica forma, a veces el lector normal y moliente, acierta a ver cosas que no vio el mismo autor. Alguien me dijo de cierta novela mía que tenía un fuerte potencial femenino. No me había percatado. Leo ahora, tiempo de lecturas reposadas, al pintor Ramón Gaya, coetáneo de la generación del 27. También él critica la crítica. Y lo hace asegurando que el crítico suele confundir la “criatura” con el “producto”, aquello que es creación y deviene creadora como obra de arte, con lo que no pasa de simple producto. Es posible. Su amiga María Zambrano lo hubiera suscrito. Siempre he creído que el crítico (literario, cinematográfico, plástico, etc.) debe tener mirada polifacética, como las moscas. No basta con criticar desde el marxismo, o desde el estructuralismo o la deconstrucción, sino que convendría criticar con todo a la vez en la cabeza y utilizando todas las herramientas ofrecidas por dichas teorías. El eclecticismo. La hibridación o el mestizaje. A fin de cuentas, ese ha sido el principio de la humanidad: ahora nos enteramos de que el hombre de Cromañón no desapareció sino fue absorbido, mestizado con el Neanderthal, ancestro del Homo Sapiens, lo que al parecer somos ahora, si bien no todos somos sapiens, y algunas bestias violentas, embusteras, ni homo.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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