Tres artículos periodísticos. Una reflexión y dos indignaciones

Estatua de Federico García Lorca en la Avenida de la Constitución de Granada

De nuevo adjunto aquí unos artículos publicados en el periódico Ideal en la columna que el periódico ofrece a la Academia de Buenas Letras de Granada para que sus miembros numerarios, supernumerarios, correspondientes y aun honorarios puedan colaborar en ella si así lo desean. Aporto cuatro ideas que se me ocurren (en este caso, son tres). De la última debo decir que me sorprende en mi propia ciudad cómo todo el mundo tiene en la boca el nombre de Federico García Lorca y, sin embargo, pocos lo leen, con la consabida excepción de profesores y alumnos de secundaria y universidad y cuatro o cinco de esos a quienes nos llaman chiflados, mas tan solo somos aficionados al tercer arte que la humanidad inventó: si el primero fue la pintura y el segundo la música, o viceversa, el tercero fue la literatura, la ficción o la aventura, la hazaña narrada alrededor de la hoguera, la poesía para dar ritmo al trabajo o más énfasis al cuento contado. El segundo artículo también refleja una indignación mía, ya la veréis. Y el primero es una reflexión: vivimos una sociedad desequilibrada, donde se da importancia a unas cosas y se les resta a otras, donde creemos a pies juntillas que ciertos desequilibrios, ciertas injusticias que no vienen de arriba sino de nuestros adláteres, son inevitables, donde se quiere negar lo evidente, lo que duele, lo molesto. También es homenaje a un intelectual español vivo y magnífico: Ramón Andrés, cuyos libros recomendaría a todo el mundo.

El equilibrio

Nicolás de Cusa

“No hubiera más tierra en la tierra que agua en el agua, y de aire en el aire y de fuego en el fuego”, asegura Nicolás de Cusa que ocurrió en la Creación. O en la evolución. (En el fondo, ¿qué más da?, ¿no preferimos la película al telediario?). Quiso decir con eso que el mundo es equilibrio. Muchas sentencias de la sabiduría antañona pueden aplicarse al hoy sin necesidad siquiera de mano de barniz. Si nos apropiamos de esa frase de Nicolás de Cusa, la contaminación, que no es aire ni agua ni tierra, sino fuego, está invadiendo terrenos impropios. Esas opiniones escolásticas proceden del pitagorismo y del concepto musical de armonía, de coherencia y equilibrio producido por la maravilla del número y la proporción que acomodan esa ponderación y medida del universo. La armonía, en griego antiguo, era el buen ensamblaje entre elementos que forman un todo: las maderas de un barco, las piedras de una casa. De ahí pasó la palabra a la música: equilibrio, trabazón.

Portada de Filosofía y consuelo de la música, de Ramón Andrés

Ese mismo Nicolás, cuyo verdadero apellido era Krebs (en alemán, cangrejo), habló de la docta ignorancia. ¿Se anticipó al quietismo o siguió a Meister Eckhart? El no saber, que enarbolaron Juan de la Cruz y, por extraño que parezca, también Nietzsche, consistente en dejar la mente en blanco, ignorante, para permitir la inmersión en la sabiduría inefable. Hoy hemos caído en la ignorancia pero no docta, en la voluntad de no saber. En la obsesión por la diversión. Diversión que no responde a la palabra: di-verter, verter en dos direcciones, el trabajo o lo que es obligado, y el entretenimiento. Ya dijo Ernst Jünger que ese solaz, actualmente, ha dejado de serlo porque si es imperativo, ya no es solaz. Lo expresó muy bien aquella especie de sansirolé detenida por la policía en plena pandemia cuando aseguró tajante: “es que yo me tengo que divertir”. Ni demasiada responsabilidad ni exceso de cachondeo.

Eso nos falla, el equilibrio. No solo sin equilibrio no hay belleza, sino que sin él no hay vida. Chinos y griegos adivinaron que ciertos sonidos musicales podían conducir a la decadencia de la sociedad, o cuanto menos anunciarla de forma inminente.

Estas reflexiones me las inspira un libro riquísimo titulado Filosofía y consuelo de la música, de Ramón Andrés. Compendio de filosofía inspirada por la música o viceversa, mezclado con el consuelo que aportan en tiempos nefastos. Un sabio, este Ramón Andrés, cuya lectura es imprescindible.

Lo virtual

Cartel de Caprichos del destino, de Sidney Lumet

He visto una película que no me pareció excepcional. Narra la historia de dos personas cuyos cónyuges fallecen en un accidente de avión. Tal vez me enganchó a ella el sentimentalismo, el aferrarse a la persona muerta, en el caso de un protagonista, y la voluntad o necesidad de superar la pérdida en el caso de la otra: la vida sigue y hay que vivirla hasta el final. Final que, por supuesto, nadie pone en duda aunque sorprenda, naturalmente, cuando se muere fuera de tiempo, a deshora.

No fue la actuación de los actores, ni siquiera una excelente dirección, fue un detalle insólito el desencadenante de este pensamiento. Cuando ambos viudos acuden a identificar los cadáveres no se ve esa escena tan repetida en el cine de destapar la sábana o abrir esos horrendos sacos en los que meten los cuerpos como si fueran bolsas de la basura a punto de ser echadas en el contenedor. No se enfrentan a la cara difunta, acaso deforme o no, de sus deudos. Al menos, no de una forma real. Les muestran esas mismas caras en fotografías expuestas en cámaras de televisión. Todo muy virtual.

Móviles, móviles, móviles

El asunto es significativo. Parece como si el dolor no fuera tan doloroso. Basta con ocultar la realidad de la causa, sustituyéndola por una imagen. No solo queremos apartar de nosotros el dolor y la muerte. No se trata de carpe diem. Deseamos que no existan. O, mejor dicho, no queremos aceptar que existen. Y para eso lo virtual es solución eficacísima.

Hoy todo es virtual. A todo sustituye lo virtual. Una vez pregunté a una jovencita, que pasaba el día pegada a su móvil, si tendría novio por el móvil, si comería o bebería por el móvil, si defecaría por el móvil. Las dos primeras cuestiones le parecieron propias de un imbécil, la última, de un grosero degenerado. Se lo tendría que haber preguntado virtualmente. De modo que la muerte también se ha convertido en virtual. Habrá cementerios virtuales a los que acudiremos haciéndonos selfis, iremos a ver a los enfermos terminales armados de nuestro terminal, sustituyendo las contraídas jetas de los enfermos por fotos de ellos muy sonrientes y muy jóvenes; a ellos no los veremos, pero ¿qué más da? Yo mismo puedo presentarme en las redes sociales como un muchachote veinteañero dispuesto a correrme juergas de tres días. Y no crean, esto mismo que escribo también es virtual, por supuesto.

Estatua de Gerardo Diego en los soportales de la calle del Collado, en Soria

Un viaje y un reproche

Acabo de volver de un viaje (ya tocaba) por varias ciudades castellanas. Soria, Valladolid, Segovia, Ávila y Salamanca. Todas ellas eran para mí ya conocidas, pero siempre hay algo que desearía uno ver o apetecible de revisitar. En todas hay monumentos famosos, rincones deleitables, itinerarios maravillosos o pueblos cercanos dignos de verse.

Tumba de San Juan de la Cruz en el convento homónimo de Segovia. Al santo no le habría gustado nada, por recargado, por lujoso, por presuntuoso. Es mi opinión.

Hay un aspecto, aparte de la monumentalidad, que une a estas ciudades con la nuestra: Granada. Y este es sus escritores nacidos, residentes o enterrados en ellas. Soria es Machado y Gerardo Diego. Valladolid es Delibes, por supuesto. Segovia es San Juan de la Cruz, o Juan de Yepes, como gustéis, pues allí está enterrado. Ávila es “la Santa”, como la llaman los abulenses, es decir Teresa de Cepeda o Santa Teresa de Jesús, que para el caso es lo mismo, aunque últimamente todos nos hemos vuelto muy severos con determinadas cosas y tolerantes con otras. Y Salamanca es Unamuno, el gran don Miguel (tres Migueles tiene mi santoral: Cervantes, Unamuno y Montaigne), el olvidado rector a quien hoy se le achaca desde lo más excelso hasta lo más ruin, habiendo muy pocos defensores de una u otra postura que tengan ni la más remota idea de quién fue y qué pensó aquel hombre un tanto malhumorado, gran trabajador, paseante, cocotólogo y contradictorio, pues no se le podía exigir ser objetivo ya que él no era objeto sino sujeto.

Monumento a don MIguel de Unamuno, obra de Pablo Serrano, ubicada en la calle Bordadores de Salamanca

En todas esas ciudades se habla de sus autores hasta la saciedad, se les homenajea, se erigen bustos o grandes bronces, en sus universidades se elaboran sesudas tesis y estudios sobre su obra. Mas la gente de a pie, que están saturados de escuchar esos nombres, no los leen. Y no se busquen responsabilidades fuera: el problema casi nunca es tanto del que engaña como del que se deja engañar. Es comidilla popular que leer es aburrido, que ahora lo tenemos todo solucionado con el batiburrillo audiovisual y virtual. Lo de no tener tiempo para la lectura es excusa insípida, pues nos dedicamos a ver series de televisión que proporcionan el juicio masticado o que, llana y simplemente, carecen de él porque son pura acción tontorrona o espectáculo para mantener bobos boquiabiertos. Tal cosa conviene al poder, a qué negarlo, pero quien toma la decisión de abstenerse de la lectura, del pensamiento (acto mal titulado como “calentamiento de cabeza”), es el pueblo. Todos nos sentimos muy orgullosos de los personajes citados, o quizá los criticamos moderada o acerbamente, pero convenimos en que su existencia eximia atrae al turismo. Todos beneficiados. Y todos empobrecidos. Una lástima. ¿Cuántos granadinos han leído de veras y en suficiente cantidad a Lorca? Sería cuestión de hacer una encuesta veraz, no política.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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