De mi desidia

Ayer me encontré en el Centro Artístico de Granada con mi amigo Manuel, hombre bondadoso y culto, con mucha vida por detrás y, espero, con aún mucha vida por delante. Se alegró de verme porque me dijo había sospechado pudiera yo estar enfermo, pues además de no verme, por motivos obvios últimamente, se extrañaba de mi ausencia en los escritos de mi blog. Me halagó en profundidad que alguien echase de menos estas tonterías mías. Explicaré, o intentaré explicar, este absentismo.

Me apetece leer. Llevo tiempo que me encharco en esta actividad, no pasiva, que no lo es, sino algo menos activa que la creación misma. También me apetece escuchar música, igualmente en absoluto una tarea estática. Me ha atacado la pereza. Ya Paul Lafargue, yerno de Marx, la defendió en contra de ese prurito ensalzador del trabajo, un tanto calvinista, que implica el marxismo, o la izquierda, al uso.

Debo confesar que escribo una enésima novela que no tendrá más lectores, es decir, casi ninguno si no son mis queridos amigos, que las anteriores, publicadas o no. Es por entretenerme. Necesito ese sumergirme en el otro en que consiste inventarse un personaje. No en otro yo mismo, sino en un otro, en seres con diferentes circunstancias o idiosincrasias. Si bien es cierto que soy un poco Julio, el de Nos, y el “verdadero” autor de mis Ashaverus, no soy en absoluto Enrique Fuster, ni Ulises Sanramón, personaje de La insigne chimenea, ni ese Roberto que, si bien carecía de nombre en Buscar o no buscar, ya le he concedido uno en la inédita La novena. Ni mucho menos soy Óscar Gütig, el de Concierto triste para trío y coro: demasiado benigno para parecérseme. A veces pienso: qué más quisiera yo que asemejarme a Enrique o a ese Roberto, pero no, yo soy quien soy, y con eso debo conformarme. Pero me permito el lujo de crearlos para tenerlos como amigos y conversar con ellos.

Mi blog es otra historia, ahí pongo parte de lo que en verdad soy, incluyendo en tal cosa algo de mis personajes y de mis obsesiones literarias, ideológicas, etc. Y en ocasiones tengo la sensación de que pocos me leen. Manuel vino ayer a reivindicarlo, a darme un alegrón. Yo ya sabía que él, cuanto menos, me lee, y también otros, pero a veces me ataca una aflicción de inutilidad, de bagatela, y con ella, de pereza. En fin, que uno piensa, aparte de pocos familiares y algunos amigos muy queridos, ¿a quién le importa como pienso?, ¿a quién le importa lo que yo haga, lo que yo diga, como cantaba Alaska?

Tal es el motivo de mi pereza. Y no se crea que me faltan temas para añadir. Tengo los artículos que de vez en cuando el periódico Ideal y la Academia de Buenas Letras de Granada me permiten publicar. Tengo algunas traducciones del francés que, pues es imposible editar, me gustaría poner aquí, fragmentos de novela sin esperanzas, cuentos, en los que no soy muy hábil, que me gustaría dar a conocer, reseñas ya impresas en revistas o en el diario citado, que podría colocar. Simplemente, me da pereza. No me aburre, eso no es cierto, pero sí tengo galbana, flojera, me siento un zangolotino gandul, remolón.

Conste, ¡qué horror!, que no digo esto para que me déis ánimos. Agradezco mucho las palabras de mi amigo Manuel, pero sigo con mi pesimismo, algo que también empuja a la inacción. Envidio profundamente a mi querido amigo Fernando de Villena, no solo por sus treinta y tantas novelas publicadas y un sinfín de poemas escritos y editados, sino por su constante actividad. Por lo mismo me gustaría parecerme a otro apreciadísimo amigo, Enrique Morón, por quien siento pelusilla, no ya por su Obra Completa recién editada, sino por la grandísima calidad de sus poemas, que golpean el alma (llamadle alma, espíritu, psicología o cacumen, a mí me es absolutamente inverosímil, como dice el chascarrillo a los que él es tan aficionado) con bellísimas palabras, que rellenan el sentimiento de ansias, de añoranzas y de esperanzas en la vida. Me gustaría decir, como mi estimado Ángel Olgoso, quien asegura se acabó su labor como creador de ficción a lo corto, en la cual es, no un maestro, sino un verdadero catedrático, mucho más que algunos que sí ostentan tal título oficial, que ya no escribiré más narrativa. No lo diré: mis personajes me acompañan de tal forma que son parte de mí. Pero repito: me da pereza. Leer, caminar, escuchar música, seguir amando. E incluyo en ese seguir amando, no solo a mi mujer, a los hijos que son cuatro, a los pocos familiares, y a mis amigos, sino también a mis personajes. Incluyo esa diminuta habilidad, altamente defectuosa, que he alcanzado con las palabras, y que aspiro a hacer crecer, si es que mi también diminuta inteligencia me lo consiente.

En fin. ¿Habrá más? Espero, porque mi galbana no es tanta como para aplastarme en el sillón. Ahí queda.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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3 respuestas a De mi desidia

  1. Josefina Martos dijo:

    Un poquito de galbana, otro poquito de tarea, ve alternando una y otra y no nos dejes sin el alimento espiritual de tus palabras. ¡Un abrazo, cacho gandúl!

  2. Esther dijo:

    «Leer, caminar, escuchar música, seguir amando …» lo que le nazca del alma, a eso le llamo vivir con emoción y no desperdiciar el presente. Peeero, en la buena vida no se olvide de lectores, por aquí, es verdad que se te echa de menos. Un abrazo.

  3. Pues me he reído a gusto con tus reflexiones, je. Y, bueno: comparto contigo muchas de las cosas que te impulsan a escribir o a «galbanear», independientemente de si lo que se escriba será publicado o si no…, porque, efectivamente, la cosa se trata de un estado de ánimo. UN ABRAZO. Antonio.

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