Del morbo ¿inevitable?

Supongo que cualquier persona que lea esto se habrá encontrado alguna vez dentro de un atasco en una autovía o carretera. Suelen suceder esos apiñamientos por obras o a causa de accidentes. Muy a menudo, por suerte, estos accidentes son nimiedades, golpes que solo afectan a la chapa del coche, es decir a su parte estética, no afectan a las personas si no es por el disgusto. Y se habrá observado también que, cuando por fin se supera el percance, puede verse que ya los coches accidentados hace rato que no ocupan carril alguno de la vía, sino que están en el arcén y sus propietarios rellenando papeles o incluso despidiéndose. Si ya hace un tiempo que se solucionó la causa de la retención, ¿cómo es que continúa? Porque la gente detiene, o casi, los automóviles, para mirar, fisgonear, curiosear, otear por si puede verse sangre en algún rincón, si hay un fiambre cubierto por una sábana o alguna persona sentada en el suelo doliéndose o con las manos en la cabeza. Lo más probable es que solo vean discutidores por quién ha sido el causante “usted frenó demasiado bruscamente”, o “usted iba demasiado pegado a mi culo”, o “es usted un imbécil”, o “y tú un hijo de perra”. Eso también atrae, cuando hay pelea. En tal caso el atasco puede ser mayor: ya no habrá retención por baja velocidad sino simplemente paro, y no para atajar la posible agresión o pedir sosiego, sino para acechar si aparecen navajas, pistolas o lanzagranadas. Es el morbo.

Durante siglos, el cristianismo intentó acabar con la lujuria (o al menos encauzarla) y no lo logró. ¿Podremos acabar con la morobisidad, o educarla, en nuestra naturaleza, pues vivimos en unos tiempos de buenas intenciones, donde todos somos extremadamente optimistas y bondadosos? Lo ignoro. Ese afán de sangre se manifiesta en dos ámbitos: los deportes de riesgo, donde el protagonista se la juega él solo (aunque a veces la insensatez obliga a jugarse la de los demás, verbigracia los rescates peligrosos en montaña porque a alguien se le ocurre adentrarse en ella con zapatillas de deporte, ropa muy bonita y de poco abrigo, y nula experiencia), y las peleas con motivo de fiestas, eventos multitudinarios o enfrentamientos entre grupos deportivos, políticos, etc. Hay otro entorno en el que se da ese afán de peligro y sangre: las manifestaciones callejeras violentas. Algunas van acompañadas de la razón; en otros casos y para algunos participantes, es pura diversión, por ejemplo, ciertas algaradas contra la mascarilla o el pasaporte covid que acaban con incendios de contenedores, etc.: ¿no habría que arremeter contra los laboratorios de ensayos o contra las farmacéuticas?, no, es demasiado difícil, lo divertido es tener a la policía delante. Es una apreciación personal, como todo este pequeño artículo, pero a lo mejor digo algo de verdad.

En este nuestro primer mundo ya no hay guerras. Mandamos a nuestros soldados a otras contiendas, a veces con misión de paz, pero las guerras ya no están aquí. No estoy defendiéndolas, ni muchísimo menos. Me horrorizan y lo mismo me da que estén aquí, que allá donde no las veo. Pero ¿acaso sucede que la gente las echa de menos y por eso sufre el morbo de la sangre, sea en manifestaciones, accidentes, peleas o deportes riesgosos? No lo sé.

J. M. Coetzee

Ese apetito sangriento tiene como contrapunto la defensa de los animales. El escritor sudafricano y premio Nobel J. M. Coetzee, en su novela Elizabeth Costello, plantea muy bien esa defensa. La protagonista contrapone en ella el sacrificio industrial de animales para alimentación, con los antiguos ritos de caza de las comunidades prehistóricas, donde se sacralizaba al animal que se iba a cazar o al ya cazado. Los indios norteamericanos, se ha hablado mucho de ello en nuestra actualidad ecologista, pedían perdón al animal cazado, excusándose en su necesidad de comida. El animal era respetado, consagrado, considerado. Los cazadores sioux o navajos eran artesanos: mataban lo que necesitaban, es decir, poco. ¿Por qué?, porque ellos mismos eran pocos: con un par de bisontes comía toda la tribu durante un mes. Los cazadores profesionales para el ejército norteamericano mataban mucho porque servían a muchos (no solo por la carne, sino también por las pieles). Los defensores de la caza aficionada, aquí o en África, para el caso es lo mismo, se escudan en el equilibrio de las poblaciones animales. De hecho, la presencia de jabalíes (peligrosa, no nos engañemos: un macho solitario puede agredir, y por supuesto una hembra con sus jabatos arremeterá para defenderlos cuando los suponga amenazados) en ciudades y pueblos grandes de nuestra península, abala este argumento. También es cierto que en nuestro país (y me temo que también en otros) somos muy de pasar de don Juan a Juanillo, y desde eliminar prácticamente a lobos y osos en León o Asturias, hemos pasado a ver hasta con buenos ojos que aquellos devoren ovejas a pesar de las clamores y protestas de los ganaderos. También es una apreciación personal. Solo aspiro, no a tener razón, sino a obligar a la reflexión a quien esto lea, y a una reflexión lo más exenta posible de prejuicio, pues, y esto sí lo digo de forma tajante y sin apreciación personal: el prejuicio es lo más tonto del ser humano, y lo más recurrido, porque es fácil, basta con hacer caso a lo que “se” dice, sin pensar en ello uno mismo.

Portada d ela novela de Coetzee Elizabeth Costello

Elizabeth Costello, la protagonista de la novela homónima de Coetzee, llega a hablar, tratando este tema, ¡de los toros! Insinúa, aunque tampoco el autor da certezas, que en ese espectáculo también se sacraliza al animal, como los indios norteamericanos sacralizaban al bisonte. En realidad, tanto en un caso como en otro, la carne se come: para la tribu o para abastecer los mercados, y bien preciada que es la carne de toro bravo. Si pensamos bien en los sistemas de caza de aquellos indios, armados con arcos y flechas o con lanzas, la forma de matar al animal no era menos sangrienta y dolorosa que en la plaza de toros. Siempre he temido que la lucha contra las corridas de toros tiene más de odio a lo que se dio en llamar “fiesta nacional” que de defensa zoológica. La denominación huele a franquismo (¡me he enterado de que Franco orinaba!, ¡qué escándalo!, deberíamos dejar de orinar todos). Además, todos los nacionalismos están bien menos lo que se llama nacional español. Me es absolutamente indiferente: no puedo enorgullecerme de ser español ni catalán: nacer en Barcelona fue casualidad, lo mismo habría podido mi espíritu, mi alma, mi carne, ser engendrado en Tombuctú que en Rejkiavik. Sí me enorgullezco, sin embargo, de haber emigrado a Andalucía: lo decidí yo y me salió bien, nacer en Barcelona no lo decidí yo. Para mí, el nacionalismo es mero afán de pertenencia. Esto también es una opinión, discutible e intransferible. Aunque quiero recordar aquí la frase de Samuel Johnson: “El patriotismo es el último refugio de un canalla”. Insisto, no es mía, no soy quién para juzgar, pero apunto, sino del Dr. Johnson, poeta, ensayista y biógrafo, y sobre todo, crítico literario.

Volvamos a los toros. Se habla de arte. El torero debe respetar al toro (se habla de su nobleza como una de las virtudes imprescindibles cuando se da el “indulto”), lo reconocen casi todos los diestros y también lo afirma José Bergamín en su maravilloso y muy recomendable libro El arte de birlibirloque. No puede negarse elegancia a ciertos lances como, por ejemplo, los pases de muleta. Tampoco puede negarse elegancia y eficacia al acercamiento sioux a las manadas de bisontes, con aquellas cabezas y pieles de esos animales para ser confundidos con ellos. Cabezas y pieles para los que, por supuesto debían haber matado a un animal previamente. Se dice que el morlaco, excitado por la lucha contra el torero, sufre poco. No lo sé. Dudo mucho que se haya podido efectuar una resonania magnética cerebral al toro, mientras está en plena faena, para averiguar si los núcleos (corteza prefrontal ventromedial, núcleo accumbens e hipocampo, según internet) responden al dolor infligido. Pero pocos hablan del dolor de los mataderos. Del olor a muerte y a sangre que sienten los animales que esperan ser sacrificados, de la escucha atenta que hacen de los berridos de aquellos sobre los cuales ha caído ya la cuchilla. De hecho, tanta repugnancia nos causa esto que los mataderos se han llevado a las afueras de las ciudades. El Matadero de Madrid se ha convertido en Centro Cultural. Ya no tenemos cercanía con ese dolor: las matanzas de cerdos en las casas privadas están prohibidas, o cuanto menos, se han puesto tantas dificultades a ellas que las han convertido en imposibles. No así las de pollos, pavos, etc., en los cortijos, masías, caseríos; pero parece que las aves son menos afines a nosotros, sufren menos que los mamíferos. Nos importan menos. Ser matado duele, eso es todo, y podemos anular las corridas de toros por sangrientas o los mataderos, pero mientras las hamburguesas no crezcan en los árboles (algunos así lo deben creer, pues las devoran alegremente mientras se niegan al bistec por no hacer daño a los animales), seguiremos necesitando de ese aporte proteínico. De hecho, si toda la humanidad se convirtiese en vegetariana, al no haber suficiente alimento para todos deberíamos renunciar a más de la mitad de nuestra especie. Si estamos dispuestos a ello, es decir a que tres o cuatro mil millones de personas mueran de hambre (siempre y cuando no le toque al yo de cada uno, por supuesto) y no inmutarnos (Hitler ya lo intentó con otros medios, y se quedó en pocos humanos; además, le dio por algunas razas, judíos, gitanos y hasta eslavos, sin pensar en sus propios coterráneos, a quienes también, pues los envió a morir a los múltiples frentes de batalla; por cierto, Hitler era vegetariano), si aceptamos esa hambruna generalizada, de acuerdo. De lo contrario, deberemos admitir ese uso animal para el condumio.

Empecé escribiendo sobre el morbo cuando la gente detiene su coche para mirar un accidente, para husmear si hay o no sangre. Acabo hablando de las corridas de toros (públicas) y los mataderos (privados y apartados de la comunidad; por no mencionar las granjas de pollos: piojos en costura). ¿Es el mismo morbo el que nos lleva a presenciar esas corridas? Para algunos, sí, evidentemente; otros de veras entienden y saben lo que en ellas ocurre, gozando de un espectáculo hermoso, o cuanto menos hermoso lo consideran ellos.

No me gustan especialmente los toros, pero intento respetar a quienes sí gustan de ellos. Lo que sí me gusta es reflexionar y no quedarme con el pensamiento dado, hecho. No hace mucho, el filósofo Emilio Lledó, en un reportaje televisivo dedicado a su persona, decía que la libertad de expresión está muy bien y es necesaria siempre y cuando exista la libertad de pensamiento; si esta se encuentra condicionada por el bombardeo de información, por el prejuicio irreflexivo que nos hace repetir lo política o socialmente correcto, por los políticos (o influencers, como ahora se les llama a los listillos) populistas que prometen lo que nunca conseguirán y afirman lo que la gente desea oir, sea o no verdad, la libertad de expresión solo sirve para que digamos tonterías. Lledó dixit. En resumidas cuentas: estaré de acuerdo en que se prohíban las corridas de toros cuando se prohíba asimismo pararse o pasar lentamente ante un accidente por el morbo de saber si hay sangre. Ya sé que en una autovía es obligatorio circular a más de 60 y menos de 120 km./h, siempre y cuando no haya señal contraindicatoria, pero en tanto saltarse ambas limitaciones (y no hay país más proclive a saltarse leyes y normas que este, a no ser que consideremos Nápoles), es fácil, hacer corridas de toros clandestinas es francamente difícil.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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4 respuestas a Del morbo ¿inevitable?

  1. josluismunoz dijo:

    Muy acertada reflexión, colega. Si los que están contra las corridas luego no se ponen ciegos con hamburguesas, los acepto. El toro muere en una lid. Hasta que llega a la corrida ha tenido una vida privilegiada que es la envidia de terneras, cerdos y pollps. Pena que no se les informe.

  2. Esther dijo:

    Miguel, pues yo me tomo la libertad de decir que no me gustan los toros, qué sí, que a mi abuelo le gustaban mucho y a mí mi abuelo pero eso no quita que no me guste el espectáculo de ver sufrir a un animal. Claro una se puede preguntar dónde están los límites, dónde termina la razón y comienza la hipocresía, o lo que es peor la ignorancia, o la borreguería. Sea como fuera, no siento ningún deleite en ver sufrir a ninguna criatura, y no sé qué es lo que pensarán los antitaurinos comehamburguesas, pero en cualquier caso, tampoco me parece acertado que nos echen a todos en un mismo saco. Creo haber escuchado que sin el espectáculo taurino, el toro de lidia no existiría, este podría ser un argumento, aunque a mí siga pareciendo algo flojo, resulta que tenemos un robot por ahí moviéndose por Marte y no somos capaces de preservar aquí especies, esto también puede ser mucha hipocresía y poca ética. En fin, que bajo mi punto de vista, todos los animales, nosotros mismos, todos los seres vivos, e incluso diría yo, la creación, tienen una dignidad intrínseca, y una cosa es que los tengamos que sacrificar porque necesitemos sus proteínas y otra que nos regocijemos en la estetización de la violencia por muy enraizada que esté en nuestra historia y la llamemos tradición.
    Feliz 2022!
    Un abrazo.

  3. Querida Esther, completamente de acuerdo contigo. Solo que… solo que a lo que he intentado referirme en mi articulillo no es exactamente a lo que le gusta a cada uno sino a lo que nos apasiona o seduce como humanidad. De idéntica forma que decimos: tenemos una vida media de 84 años en las mujeres y 80 en los hombres, y yo dijese, «pues mi madre murió con 92». Qué somos como humanidad, esa es la pregunta, y el caso claro no es los toros, que por supuesto, también, sino esa detención morbosa ante el accidente de coche para ver si hay sangre. A lo que se refería Coetzee en esa reflexión de Elizabeth Costello es que, cuanto menos, el torero y algunos cazadores, no todos, de hoy (los de hace milenios es evidentemente que practicaban el respeto por los animales), al menos respeta y aprecia al animal, le da oportunidades, lo considera casi «sagrado», en tanto en los mataderos industriales se les considera tuercas, microchips, bielas o tambores de lavadora.

  4. Esther dijo:

    Tienes razón, el problema es precisamente ese, que abstraemos, generalizamos y la realidad es bien distinta, hablamos de humanidad y en realidad, la humanidad solo existe en nuestras cabezas, no es algo que vaya corriendo por ahí, algo a lo que le duelan las carnes. Cuando tú dices que tu padre murió con 92 años, tu experiencia forma parte de la realidad y parte de la estadística aunque no lo parezca y es tan válida como cualquier resultado abstracto. Ni todos los amantes de los toros son sádicos, mi abuelo desde luego no lo era, ni todos los que están en contra de los toros son comehamburguesas populistas seguidores de la moda de turno así que lo mejor, al menos, eso es lo que creo, es que cada uno se remita a su experiencia sin atrincherarse en éste o aquel bando. Me parece que tú no lo haces pero es que yo tampoco. Te leí, te entendí y resalté un aspecto de lo que nos mostrabas.

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