Dos artículos periodísticos

Clara Janés con su mejor sonrisa

De nuevo coloco en este blog dos artículos de los aparecidos en el periódico Ideal de Granada, de esa columna que cada jueves este periódico reserva para los miembros de la Academia de Buenas Letras de Granada. El uno habla de un gustazo, de un placer, en tanto el otro trata de un cabreo, de indignaciones personales que no siempre son universales, pero que, como propias, sí molestan: critico esa costumbre empresarial de llamar por teléfono, incluso a la hora de la siesta, para proponerte, en condiciones muy favorables, la adquisición de cabezas reducidas por los jíbaros o líneas telefónicas, que para el caso es lo mismo. Espero que os gusten.

De la sorpresa

La lectura es un vicio que no solo proporciona placer, a veces, sino también sorpresas. No hace mucho entré en una librería de lance de Granada. Esos pozos del asombro, del pasmo, son aventuras íntimas en las que a uno, en ocasiones, le dan ganas de arramblar con todo. O casi todo. Me encontré un librito, a un precio irrisorio, de Clara Janés, Jardín y laberinto. Memorias de su infancia y juventud, con su familia, especialmente su padre, Josep Janés, nombre que al lector moderadamente añoso le sonará de la editorial Plaza y Janés. El padre, además de editor y poeta (su poemario Combat del somni, o Combate del sueño, es muy destacable), fue amigo de sus amigos y tuvo la gran suerte de tener un buen e interesante número de ellos. Eugenio D’Ors, por ejemplo, le salvó la vida, junto a Luys SantaMarina, cuando fue condenado a muerte por el bando vencedor en 1939. Pero quizá el amigo más entrañable fue el músico Federico Mompou. Clara Janés escribió una biografía interesantísima sobre este hombre grande y bueno, sobre este genio que merece estar en los altares de la música española para piano entre Albéniz, Granados o Turina.

Portada de Jardín y laberinto, de Clara Janés

Pero vuelvo a Clara Janés. Ella vivió, y ahí se remiten sus memorias, en el barrio de Pedralbes, barrio alto de Barcelona. Yo nací en una calle estrecha y cutre del centro de la misma ciudad. No son las mismas vivencias pero aquellas me han hecho evocar las mías. Lugares, anhelos, caprichos infantiles, inquietudes cuando los cuerpos se lían a cambiar y no los reconoce ni su dueño.

Hay que leer a Clara Janés. Su poesía es quizá una de las más grandes del siglo pasado, y aun del presente, pese a que fue un siglo rico. Mujer curiosa y sabia. Su sabiduría le ha costado indagar en los más arduos temas: simbología, historia de las religiones, mitología, ciencia, y todo ese bagaje mochilero ha sabido traducirlo en bellísimas imágenes, en frases rutilantes, en versos iluminadores y en poemas de una lucidez y hermosura envidiables y, sobre todo, admirables. Su poesía enseña y ensueña. Ha traducido del francés, inglés, alemán, checo, persa, turco, etc. Y si nos vamos a la prosa, ahí se abre más el velo tras el cual se descubre esa sabiduría, tanto en novelas como en sus ensayos o memorias. Su antología poética, Movimientos insomnes, es para libro de cabecera. En resumen: Janés, obligatoria.

Márquetin agresivo

Supongo que a todo aquel que lea estas líneas lo habrán molestado por teléfono ofreciéndole tarifas beneficiosas y casi propias de ganga (es decir, gangosas), preferentemente a la hora de la siesta. Pues se ignora si el número que aparece en la pantallita es de un amigo que desapareció, del SAS notificando que ha llegado el momento de recibir vacuna o se han equivocado, se cae en el error de descolgar, claro. Y allí fue Troya, porque lo primero que la víctima se encuentra es que la o el comercial la tutea. Como si lo conociera a uno de toda la vida. Ya sé que existe la lista Robinson, y apuntado en ella estoy, lo que no me libra de recibir llamaditas. Alelado por esa siesta interrumpida, el torturado atiende con educación e incluso puede que trate al comercial de usted, que debería ser lo normal entre desconocidos.

Pues no, no es lo normal. Lo normal hoy es la familiaridad procedente del interés por sonsacarle a uno los cuartos, crear dependencias hacia tal o cual empresa. Conviene recordar que también en inglés existe el trato de usted y el tuteo: se usa el nombre de pila, o el apellido precedido del señor o señora.

Ignoro qué estarán pensando, o creyendo, o quizá ni una cosa ni otra, solo sintiendo, como los hipopótamos, los técnicos que dan cursillos a esos comerciales, convenciéndolos de que si tutean, si tratan con esa falsa familiaridad, adecuada en cuñado palmeante de espalda, el cliente se rendirá a los pies. Uno se siente tentado de proponer, ante tamaña intimidad, una cita en pub sin distancias de seguridad ni mascarillas, como convivientes.

Hablando en serio, es un error esa técnica confianzuda: el o la comercial no sabe si la persona con quien habla es partidaria de ella o no, si se sentirá a gusto como los viejecitos internos en residencia sonríen ante el cuidador que los tutea, sí, pero al menos les hace un servicio imprescindible. Mi pataleo, ya lo sé, querido lector, es inútil y patético, porque esos cursilleros (tal vez la palabra proceda de cursis) de márquetin no van a leer este artículo, y ni siquiera leerán el resto del periódico. Ya no se lee, ni periódicos ni nada, de igual manera que ya no se consideran necesarias las formalidades, la educación, la cortesía. Ahora se convence por invasión. ¡Pues convencerán a otro, no a mí!

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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2 respuestas a Dos artículos periodísticos

  1. Ximena Prieto dijo:

    Que conste que te he leído, Miguel Arnas, (te tuteo porque te conozco) e incluso me ha gustado.

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