Las Obras Completas de María Zambrano

Retrato juvenil de María Zambrano

En marzo de este año me encargó Jesús Moreno Sanz una reseña amplia sobre la edición de las Obras Completas de María Zambrano para la revista Recensión que se publica digitalmente. Me había leído ya los 4 primeros volúmenes, el último de los cuales tiene dos tomos, y todos rondando las 1000 páginas. Me tocó, para poder abordar el trabajo, leer el tomo VI y último de lo publicado hasta ahora. La lectura de la pensadora me ha producido enormes placeres y beneficios, pero no dejo, ni mucho menos, en último lugar la amistad con Jesús, que no solo me honra con ella sino que además me contagia sabiduría, tanto en las pocas ocasiones (la puñetera pandemia) en las que hemos podido acompañar la charla con unas cervezas o una comida, como en las pláticas telefónicas en las cuales me recomienda libros (ya dije que me salía carísimo porque me los recomienda gordos, brillantes y costosos) y me explica conceptos para mí difíciles, o me habla de sus múltiples conocidos del mundo cultural. No fue él quien me hizo conocer a Zambrano, pues ya la conocía de una antología de sus textos llamada La razón en la sombra, y de algunos libros con títulos como Las islas o Unamuno. Mucho después me enteré de que esa antología había sido seleccionada y prologada por el mismo Jesús a quien luego, a través de Clara Janés que me proporcionó su dirección de correo electrónico, pude conocer personalmente. El libro lo he regalado a una persona muy querida (esa hija que me hubiera gustado tener), pues en posesión ya de la Obra Completa, alguno de cuyos tomos me regaló el propio Jesús, carecía de sentido conservarlo, prefiriendo que pasara a otras manos de las que sabía lo valorarían y se aplicarían en su lectura.

Algunos pensarán que me obsesiona Zambrano por la cantidad de veces que en este blog he hablado de ella. No es así. Me gusta, por supuesto, y mucho. Sus textos me han aportado mucho. Solo que en los últimos tiempos me ha tocado lidiar con ellos, gozando de la faena y rematando buena parte de su obra sin matar a nadie. Lamento repetirme si es que a alguien le aburre, pero es lo que hay.

Jesús Moreno Sanz

Sin la ayuda de Jesús Moreno, esta reseña, que debió ser también artículo de fondo y no solo por su extensión sino también por su intensidad, no habría sido posible. Él me retocó párrafos en los que mi profundidad filosófica no alcanzaba, y me rectificó allí donde daba datos erróneos o incompletos, sobre todo sobre ese pensamiento tan “de las entrañas”, tan poético propio de Zambrano. De modo que a él le agradezco, no solo el encargo, que ha permitido que mi nombre aparezca en revista de la enjundia de Recensión, sino también la inestimable colaboración de la que solo aquí, en mi blog, se da noticia. Por cierto que en el mismo número de esa revista hay una reseña sobre la Biografía de la malagueña, escrita por Jesús Moreno, reseña de J. A. Antón Pacheco, muy clarificadora y eficaz. La dirección electrónica donde se puede encontrar este artículo es esta: https://revistarecension.com/2021/08/30/las-obras-completas-de-maria-zambrano/ y corresponde al Volumen VI, de julio-diciembre de 2021. Espero que leáis este largo artículo-reseña con gusto y os tiente para entrar en el mundillo de esta filósofa española que tan importante fue para el pensamiento hispano del siglo XX.

Sin duda, editar las obras completas de un autor o autora es arduo: si se trata de aquel tiempo cuando se escribía a mano, es preciso descifrar las indescifrables letras acostumbradas, localizar aquí o allá textos publicados, o inéditos que quedaron arrinconados en bibliotecas y archivos, e incluso en casas de amigos o diversos domicilios de los autores. En el caso de las Obras Completas de María Zambrano, el trabajo de edición ha sido algo más que dificultoso, pero es tarea que, se nota, ha sido hecha con amor y meticulosidad, alcanzando un nivel de calidad pocas veces logrado en una publicación de tal enjundia.

Que Zambrano es vital en la filosofía española del siglo XX ya nadie lo pone en solfa. O casi nadie, creo; que si alguno hay, bastaría con que la leyera para convencerse de su error. Se alinea ella con los tres grandes pensadores del siglo pasado: los Unamuno, Ortega y Zubiri, si bien otras personas añadirían, acaso, algún otro. No fue, eso sí, una divulgadora, como su maestro Ortega, o actualmente Savater, ni una teórica estricta como Zubiri. Conocida es la anécdota en la que Ortega y Gasset, don José, como ella lo llamaba, más molesto que admirado, le dijo tras la publicación de su Hacia un saber sobre el alma: “No ha llegado usted aquí (señalándose el pecho) y ya quiere ir lejos”. Es decir, y hoy lo sabemos, que la alumna adelantaba al maestro, si bien haciéndolo con la más estricta corrección: poniendo el intermitente y con prudencia pero con firmeza. E insistió en ello, pues su razón poética es un paso más allá, más abarcadora, que la razón vital orteguiana. No obstante, en ningún momento desdeñó el magisterio de su predecesor, y siempre hizo encomio de su obra, considerándolo un guía.

La obra de María Zambrano recuerda a un abanico. Lo importante es el abanico entero: el país desplegado. Pues ocurre con ella como con Friedrich Nietzsche: si se lee un solo libro apenas se entera uno de nada, y lo conveniente es acaparar los textos por entero o acercarse lo más posible a esa cabal obra. Ella misma utiliza para su trabajo la imagen de la espiral: círculo que se expande desde un mínimo y que llega, o aspira a llegar, a lo más; un círculo que partiendo de un punto central, crece y crece.

Un tópico cuando se habla de esta pensadora es la dificultad de su lectura. En efecto, pues tiene la dificultad de la gran poesía del siglo XX, la de Celan, Eliot o Pound, Char, Valente (ambos amigos suyos), Valéry o Rilke. Y este “en efecto” mío podría desanimar de adentrarse en sus libros. No es mi intención. El lenguaje que ella emplea, como es de esperar y desear al hablar de razón poética, es el perteneciente a la poesía, lenguaje de vocabulario ceñido, con metáforas y demás figuras retóricas, lenguaje personal e íntimo. Cuanto menos, eso sucede a partir de 1954, cuando tuvo su gran “iluminación” o “camino recibido” sobre esa razón poética y el necesario estudio de los sueños, ideas que ya le rondaban de antes pero que a partir de ahí fueron conscientes, creadas y utilizadas. Ya mencionó a la “razón poética”, referida a Antonio Machado, en 1938, y más tarde, en el 44, reconoce, en carta a Rafael Dieste que anda a la búsqueda de ella. La obra escrita a partir de 1954, aproximadamente, es la más conocida, entre la que se encuentra, por supuesto, su Claros del bosque.

Citaba al principio la complejidad de editar unas Obras Completas. En estas, concretando, se ha seguido una estructura rigurosa y una investigación del todo exhaustiva. El orden cronológico de la aparición de los libros ya publicados anteriormente, así como de los múltiples inéditos, anotaciones y artículos, ha sido la primera de esas reglas estructurales. Cada volumen va precedido de una Nota introductoria, y cada libro contenido en ellos va a su vez antecedido de una Presentación y, ya al final del tomo, en los Anejos, una Descripción del libro, enumeración de las diferentes Ediciones, la Genealogía u origen de cada uno, sus Relaciones temáticas, los Criterios de edición y, por fin, el corpus de Notas. Además, claro está, de Índices onomásticos y de topónimos.

Pero toda esta carga de introducciones, presentaciones, notas, etc., incluidas en estos volúmenes, no son un alarde de los responsables, no son una dificultad añadida a la lectura sino al contrario, una ayuda imprescindible para poner en antecedentes, para aclarar y explicar lo que podría quedar oscuro, para relacionar unos escritos con otros en una obra que, como ya dije, recuerda a un abanico y que la propia Zambrano compara a los granos de una granada o a los gajos de una naranja. Las notas, en estas Obras Completas, son como el aire caliente al globo: permiten elevarse en el cielo, alcanzar esas cotas altas que Zambrano quiso y logró descubrir. Un trabajo, en fin, que el director de la edición, Jesús Moreno Sanz y su equipo (formado por los mejores especialistas en la pensadora: Pedro Chacón, Karolina Enquist Källgren, Sebastián Fenoy, Mercedes Gómez Blesa, María Luisa Maillard, Fernando Muñoz, Goretti Ramírez, Mariano Rodríguez, Antolín Sánchez Cuervo y Ricardo Tejada, además de la colaboración puntual en algunos artículos de Elena Laurenzi y José Luis Mora), han elaborado de forma exhaustiva y detallada, un trabajo sumamente útil para el lector interesado. Una labor que mejora cualquier otra edición anterior, y posiblemente posterior, de las obras por separado.

Pues las alturas en Zambrano son muchas. Su razón poética, por ejemplo, consiste en una unión íntima entre filosofía, poesía, religión, historia y tragedia. Aunque una salvedad cabría oponer a esto, y ella misma lo confiesa en uno de sus escritos autobiográficos: más que religión es mística lo tratado en esa razón poética. Y así es, pues la mística, tanto cristiana como islámica (a la que llegó desde San Juan de la Cruz, Ibn Arabí, Asín Palacios, Massignon, Corbin y posteriormente Guénon), y en menor medida pero presente, la cábala hebrea (Gershom Scholem) y la oriental (especialmente Tao, budismo e hinduismo) es la que hace distribuir “el logos por las entrañas”, como quería Empédocles, filósofo presocrático. Y de esos presocráticos es de donde la filósofa también extrae, y mucho, su inspiración, pues ellos escribieron largos poemas, como Parménides, donde definieron su filosofía (aunque a veces se conserven solo fragmentos). De hecho, reivindica a Pitágoras frente a Aristóteles. Es de la mística sufí de donde extrae los conceptos, tan útiles en su filosofía, del baqâ, literalmente, lo que queda, y el fanâ o extinción, esa extinción de las pasiones que exigía Spinoza, para lo cual es imprescindible haber descendido a ellas, conocerlas, visitarlas en los ínferos, y el aprovechamiento o vivencia de lo que queda. También Nietzsche, tantas veces su compañero de andadura, escribió en Dichtende Vernunft, es decir, que escribió en, precisamente, “razón poética”. Éste, acompañado de Kierkegaard y el ya nombrado Spinoza, sobre quien trató su inacabada tesis doctoral, son los dioses lares de María Zambrano. Esta razón poética no se le presenta como algo producto de mera reflexión, como ha sido habitual en filósofos del tipo de Descartes, Kant o Hegel, sino como donación, igual que el poeta patentiza revelación y dona su texto. Pues, como dice Zambrano, la filosofía se agota en la pregunta, en tanto que la poesía encuentra, revela. Y así, ya en su libro final, Los bienaventurados, dirá que lo que ella busca es aunar la respuesta de la filosofía con la acción de la poesía.

Y es que nuestra pensadora sabía que con solo la Razón representativa no comprendemos al hombre entero. Necesitamos una “Razón más ancha y total” que se sumerja en lo oculto: los sueños, esa mística de la que hablaba, los sentimientos. Su pensamiento es, según fórmula de Jesús Moreno Sanz,  una “lógica del sentir”.

Pero prosigamos con la estructura dada a estas Obras Completas, tan ejemplar en sí misma. La división de los 4 primeros volúmenes es cronológica, distinguiendo los periodos según la evolución de la pensadora. De los 23 libros publicados y directamente preparados por María Zambrano, aparecen 22 en los 4 primeros volúmenes: Vol. I (1930-39), desde que empieza a publicar hasta que ocurre aquello que cambió por completo su vida física y anímica: el exilio; Vol. II (1940-50), el exilio propiamente; Vol. III (1955-73), con su producción desde que halla la forma, ya intuida anteriormente, de esa razón poética; Vol. IV (en 2 tomos) (1977-90), sus últimos libros que conforman las ramas superiores de ese árbol que configura su pensamiento, dando así a ver en ellas el producto de su médula más honda. El Vol. VI contiene los escritos autobiográficos, desde apuntes o cuadernos inéditos que conforman un largo Diario que cubre toda su vida, hasta Delirio y destino (libro 23 de su producción), autobiografía muy singular y que se atiene al género literario de la “confesión” que Zambrano había recorrido con anterioridad en su La confesión: género literario y método (1945, vol. II), de modo que no es narración de hechos escuetos sino de sentimientos, estados de ánimo y aun de análisis histórico subjetivo de la España entre el nacimiento de la autora y el gran desastre de la Guerra Civil y el forzado exilio, así como repaso de su propio pensamiento filosófico hasta 1952. Intercalados en ese diario, siempre cronológicamente, que ocupa la primera parte, tenemos tanto los “delirios” como los poemas escritos por María Zambrano. Esta obra puramente poética fue, de tan íntima, oculta y solo visible en cartas a sus amigos más allegados. También al final de este libro aparecen ya como explícitos “delirios” los heterónimos de la malagueña, que hay que sumar a los mayores que constituyen la denominada por ella “estirpe de Perséfone”, tal como la va recogiendo cronológicamente el vol. VI: Antígona, Diotima, Ofelia, y la final Ana de Carabantes, esta última a modo de “otro yo” de Zambrano quien toma para ella el segundo apellido de su padre, don Blas Zambrano. Las tres primeras, Antígona, Diotima y Ofelia, fueron apareciendo en explícitos “delirios” desde 1947 (“Delirios de Antígona”) o ya en 1956 el artículo “Diotima de Mantinea”, el primer escrito de Zambrano en que practica propiamente la razón poética, y que irá corrigiendo y ampliando hasta 1983, y por último, en 1972, Ofelia.

Respecto a este postrer volumen publicado, el VI, el conjunto de esas memorias, tanto las recogidas en esas notas de diario, como la autobiografía, ayudan a conformar la Historia sin prejuicios, a comprender lo hodierno conociendo lo pasado. El exilio fue para Zambrano traumático al par que, según ella misma, salvador, como tan claro queda en su artículo final “Amo mi exilio” (en este mismo vol. VI) no menos que el decisivo capítulo de Los bienaventurados “El exiliado” (vol. IV, tomo II); una experiencia que otros exiliados forzosos, y aun aquellos voluntarios como Juan Goytisolo, han señalado como dolorosa: desarraigo, enfrentamiento con otras realidades. Así fue como lo vivió María en México, donde dio clases en la universidad de Morelia, en Cuba y Puerto Rico, islas en las que impartió conferencias y clases, además de su corta estancia en Chile con su marido, secretario de la embajada española, o ya en Roma, París, o Suiza donde el exilio es, por fin, contemplado como la fase plenamente mística que da sentido a su vida y a toda su obra.

Es curioso que este vol. VI, sin que ello excuse la lectura de los otros volúmenes, contiene en agraz a esos anteriores, como si en todos los escritos en él recogidos se hubiera planteado, más que resumir, repasar su pensamiento al completo, y no solo en ese Delirio y destino sino también en sus manuscritos inéditos que conforman especie de diario en el cual, a veces, los editores han debido ejercer de sabuesos para esclarecer la datación, y por supuesto, en sus delirios así como en sus poesías líricas aquí incluidas al completo. Mi impresión personal es que, en la contemporaneidad, pocos autores han reflexionado tan en profundidad sobre el hecho poético como nuestra pensadora. Estos poemas suyos, que consideró también como delirios poéticos, constituyen otro de sus hallazgos estilísticos: los delirios, que serían la necesidad humana de inventar o encontrar lo divino, la urgencia de sacrificar lo mejor de sí a ese “algo” o “alguien” desconocido, y de ahí -según la tesis de El hombre y lo divino (en el vol. III)- nacen dioses y poesía. El delirio es, así, la pasión de la vida, el grito, el llanto, la risa o la invocación que es la palabra. Y eso lo aplica tanto en su poesía “delirante” como en otros delirios que estima como tales.

El resto de volúmenes, V, VII y VIII previstos en principio, y que han de contener artículos periodísticos y multitud de inéditos, no se han publicado, aunque bien es cierto que dichos artículos e inéditos son, en su gran mayoría, citados y contextualizados en los Anejos críticos de los volúmenes ya aparecidos.

Mas, ¿cómo no hablar de otro de sus hallazgos filosóficos, la razón mediadora? Pues, como bien muestra la dinámica de estas Obras Completas, el vol. I se ocupa de la primera “razón cívica” (1930-1939); el vol. II de esa “razón mediadora” (1940-1950), de la que dimana, ya en el vol. III, un conocimiento poético que es esencialmente una razón sumergida en la Piedad, que, a su vez será el impulso hacia la plena Razón poética (1955-1973 y 1977-1990). De forma que es a través de esta razón mediadora justo donde el pensamiento de Zambrano se arraigará en la misericordia o la piedad, la consideración del Otro como merecedor de atención, cuidado y afecto, aquello que Octavio Paz -tan influido por su admirada amiga Zambrano- llamó la Otredad.

De sus obsesiones explayadas en sus obras cabría destacar, pues, la mencionada misericordia, y sin duda en ello guiada por toda la obra de Galdós (Ricardo Gullón la reconoció como redescubridora de don Benito), en especial por su novela Misericordia; el tiempo, en lo que siguió investigaciones de filósofos del siglo XX como Bergson, Heidegger y Husserl; la confesión como estilo literario, de la cual pone como ejemplos dos casi contrapuestos: San Agustín y Rousseau; los sueños como paradigma de eso irracional que ella usa para completar el conocimiento de lo humano; la música, de la que dirá ya en De la Aurora que “sostiene sobre el abismo a la palabra”; el umbral como idea de ese “asomarse al pozo” que caracteriza a la buena poesía, asunto al que denomina enquiciarse de la razón poética, no quedarse paralizado sino asomarse al quicio para transponerlo alcanzando ese “más allá”; los ínferos o entrañas, también referidos a esa razón poética a la cual no le basta el cerebro sino que le es menester el corazón; las islas, en concreto Cuba y Puerto Rico, donde vivió parte de su exilio; la pintura, sobre la que se extendió en torno a la obra de pintores contemporáneos y amigos, pero también sobre Velázquez, Zurbarán y Goya, sus amores pictóricos, de lo que es muestra su gran libro Algunos lugares de la pintura (vol. IV); y muy amiga de sus amigos, a quienes dedica textos de homenaje o de alabanza y hermosa crítica a algunos de los cuales (como Machado, Miguel Hernández, Rafael Dieste o Lezama Lima) no teme incluir entre la nómina de los seres de la aurora, de los hombres verdaderos, los bienaventurados de su libro homónimo, y a quienes define como “los exiliados del poder”; y otros temas que conforman el abanico, la granada o la naranja, la espiral en que consiste su pensamiento.

Así es como Zambrano llega, con gran coherencia y fidelidad a su impulso originario en su camino del pensar, al culmen en sus últimos 4 libros publicados: Claros del bosque, Notas de un método, De la aurora y Los bienaventurados. Y para el modo en que llegó a discernir esos cuatro libros, desde una raíz y tronco común desde el año 1954, enuncia Zambrano su teoría de dos vías: la positiva y la negativa, que vendrían a ser, según ella misma las define en el texto de 1974 “La Ordenación” (que se ofrece en el vol. IV de estas OOCC), como la teoría del conocimiento la primera, teoría que conduce -también- a la reflexión sobre el sentido de la mística, y el núcleo más abisal, plenamente místico y simbólico la segunda, en cuya imbricación o amalgama reside la razón poética, de modo que así irá exponiendo Claros del bosque y Notas de un método como pertenecientes a la vía positiva, y De la Aurora y Los bienaventurados a la vía negativa. Así es cómo, en ese cruce de tiempo y eternidad, en el conocimiento que trasciende al conocimiento solar, rígidamente racional y sometido al puro poder, se insertan los cuatro libros finales que tienen como base los anteriores, siempre con esa costumbre de elaborar pares de textos, pas de deux como en el ballet clásico, según lo señalado por Jesús Moreno Sanz, que danzan uno alrededor del otro como serpientes enlazadas. Esto, que en mi pobre reseña queda oscuro, se clarifica de maravilla en estas Obras Completas tan bien preparadas.

En cierta forma, este modo de pensar más allá de la filosofía, habla de un renacer continuo, una aurora (la clave de todas sus obsesiones desde su primerizo artículo de 1928 “Ciudad ausente”) que reitera como un eterno retorno del “no-poder”, siempre en el umbral que nos permite atisbar ese “más allá” de la historia, del crimen y de la violencia en que consiste la historia trágica, tema crucial en Zambrano. Dicho renacer incesante del “núcleo invulnerable” del alma humana no es solo un ascenso sino un extenderse, tanto hacia ese “arriba” como hacia los “ínferos”, los abismos o entrañas, el corazón y el alma. Es decir, y usando su símil, la figura de la espiral. Continuamente interrumpida y renacida para alcanzar el “más lejos” y “más dentro”.

Sería una lástima que no se pudiera continuar la publicación del resto de volúmenes proyectados, los V, VII y VIII, que deberían contener lo especificado anteriormente. También es cierto, con todo, que en los volúmenes ya editados, y dificilísimos de encontrar en el mercado, por lo que sería de desear que Galaxia Gutenberg los reeditara, en esos volúmenes, digo, están ya los 23 libros preparados y acabados como tales por Zambrano, los 23 que ya fueron publicados en otros tomos y editoriales, si bien sin el absoluto rigor derrochado en estas Obras Completas que las hace incomparables y de una fidelidad y rigurosidad formidables.

Por todo eso, es lectura imprescindible y grata, difícil, sí, pero remuneradora como la montaña fatigosa lo es para el buen escalador. Lectura fragante y bella.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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3 respuestas a Las Obras Completas de María Zambrano

  1. Querido Miguel: como bien dices al principio, me has picado. No te digo que vaya a leer toda la obra completa de Zambrano, pero sí que intentaré un acercamiento a la autora, de la que confieso no haber leído ni siquiera algún libro suyo que duerme en las estanterías de mi casa desde hace más de 30 años. Vislumbrar siquiera alguna de sus «razones».
    Y si la pandemia nos deja, charlaremos de la Zambrano junto a una cerveza.
    Un abrazo

  2. Pues me alegra haberte tentado, igualito que se alegró Lucifer de su éxito. Y esa cerveza está pendiente, querido Alberto.

  3. Josefina Martos dijo:

    Inagotable sabiduría, la tuya, Miguel, y la de María Zambrano. Pasito a paso llegaré al claro del bosque.

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