Artículos periodísticos

Edición de Austral del libro de reportajes periodísticos de Julio Camba, Londres

Incluyo de nuevo un par de artículos que aparecieron en la columna del periódico Ideal de Granada, espacio que este periódico cede a las colaboraciones de los miembros de la Academia de Buenas Letras de Granada. Son muy diversos el uno del otro. Uno reivindica a un periodista-escritor no olvidado, pero casi, en tanto el otro habla de algo que me afecta personalmente: el bilingüismo, situación en la que se encuentra un tanto por ciento elevado de la población de España. También reivindico este último. Tal vez recientemente vuelvo a estar reivindicativo. No, a estas alturas, solo puedo patalear, que por mi edad y mi deseo, es de las pocas cosas que me quedan. La indiferencia, os confesaré, también sería nefasta. Por cierto, estos artículos pueden leerse asimismo en la página web de la Academia de Buenas Letras de Granada, en Hemeroteca, y en Columna De Buenas Letras

Leer a Julio Camba

Existió un periodismo de reportaje que no era políticamente correcto, que no era turístico, que no era complaciente. Un periodismo en el cual el periodista trataba de divertir a sus lectores haciéndole reflexionar de forma indirecta, sin dogmas ni moralinas. Claro que en el tiempo del cual hablo había lectores, de forma que podía haber periodistas. Ahora continúa habiendo alguno, en estas páginas, por ejemplo, pero por desgracia son poco leídos.

A Julio Camba, que siendo casi un crío había sido expulsado de Argentina por coquetear con el anarquismo, le encargaron una serie de reportajes en los años diez, veinte y treinta del pasado siglo, sobre Londres, París, Berlín y Nueva York. Aprendió, pues no le quedó más remedio, las lenguas de esos países y desde sus artículos narró, de forma irónica y aun exagerada, la forma de vida de esos países, pues no se ciñó solo a las capitales. El lector disfrutaba de sus descripciones de caracteres, de idiosincrasias, y lo hacía de forma satírica y a veces con sarcasmo un tanto cruel. No halagaba la mentalidad española sin más, pero tampoco se derretía de admiración si no es por lo de veras admirable de tales naciones, que eran pocas cosas.

Caricatura de Julio Camba

Le salía del alma, en fin, su acracia, que no su anarquismo, que quedó en la cuneta al volver de Sudamérica. Acracia porque no intentaba convencer a nadie de la necesidad social de tal forma, o mejor dicho, ausencia de forma, política. Simple y personalmente, no creía en el poder y sancionaba, como digo, de forma cruel, algunas formas de vida que hoy se han hecho generales, como el maquinismo, la normalización, el eclipse de la inteligencia, la falta de tiempo para uno mismo, la obsesión dineraria, la obligación de divertirse como una forma más de ser máquina, de cumplir con una exigencia social, el menoscabo, en fin, de personalidad en una sociedad alienante donde el alienado se siente tan a gusto, según se dice en Granada, como un marrano en un charco. Le molesta el mecanicismo de la forma de vida alemana, sobre todo en Berlín, aunque no así en Munich, ciudad y ciudadanos que adora. Le incomoda esa apariencia de no tener tiempo para nada que manifiestan los americanos. Hoy, cien años después, es necesario leerlo porque nos habla de nuestro propio mundo que, en vez de mejorar, ha empeorado en aquello que él sancionaba. Aún se pueden encontrar sus libros, aún es tiempo.

Bilingüismo

Esto sí reivindica, yo apenas

Tengo el honor de ser bilingüe. Nací en Barcelona aunque hace ya cuarenta años que resido en Granada o su provincia. Mi madre era murciana; emigró a Barcelona en 1945. Mi padre nació en Barcelona, hijo de emigrantes aragoneses. En ambos casos, su lengua materna era el español. Mi padre empezó a hablar catalán en su adolescencia para relacionarse con sus amigos. Yo estuve en su mismo caso, pues me lancé a hablar catalán a los quince cuando me inicié en el montañismo con amigos catalanoparlantes. Soy capaz de expresarme en ambas lenguas, aunque mi literatura es en la que aprendí en mi casa.

Debo recordar que en España se hablan cuatro idiomas y unos cuantos dialectos. De entre esos cuatro, el español es la lengua franca, la común a todo el país. Esto de los cuatro idiomas y los dialectos es algo inherente a nuestro país y se acerca mucho a las leyes que nos rigen: a quien no le guste tiene dos opciones, tratar de cambiar el asunto pacíficamente o aceptarlo porque eso es lo que hay. Sin olvidar, claro está, que excepto en la generalidad del español como lengua común, ninguna de las cuatro es superior ni inferior a las otras y todas merecen ser conservadas; ni siquiera los dialectos son más o menos cultos que las lenguas oficiales.

Vuelvo a la primera frase de este artículo: tengo el honor de ser bilingüe. Es un lugar común decir que quien habla dos idiomas desde pequeño tiene más facilidad para aprender otros. Es cierto, lo garantizo. De modo que reducir la enseñanza a una sola lengua es un error, y mucho más si esta, por muy materna que sea, es minoritaria. Supongo que el lector habrá adivinado dónde quiero ir a parar.

De toda ha de haber en la viña del Señor: hasta uvas y remolques

Recuerdo un alumno que me dijo, quejándose de sus malas notas en inglés y su nulo interés por aprender ni siquiera ese mínimo que se imparte en la secundaria obligatoria, que a él no le serviría de nada el inglés porque nunca iría a Inglaterra. Es difícil ser más cateto. Y no es un insulto, sino una definición.

Reducirse a sí mismo, y aún más, ser reducido por las autoridades es una barbaridad digna de país decimonónico. El problema no es de predominio de una lengua sobre otra, sino de afrontar el problema del fracaso escolar, por eso se reduce todo. Cualquier día nos reducen jibáricamente la cabeza.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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