Reflexiones sobre Pepita Jiménez, novela de Juan Valera

Una casualidad me ha llevado a leer un par de libros de Juan Valera. Bueno, el siglo XIX novelístico español, si dejamos a un lado La Regenta  y unas cuantas de Pérez Galdós, no es que esté olvidado, pero casi. Demasiado realismo, demasiado idealismo que se mata con lo anterior o se pelea de modo sangriento, y a veces demasiada moralina. Al menos, en novela. Sin embargo, como dijo el cantante, la vida te da sorpresas y, ya lo he dicho en otra ocasión, no hay cosa más tonta que el prejuicio. Las obras leídas por mí de Valera son Genio y figura y Pepita Jiménez. De la primera, decir que la imagen que se recibe de su protagonista, Rafaela, es la de una mujer absolutamente libre y que, si finalmente decide suicidarse, no es por arrepentimiento de su vida que podría ser juzgada en su tiempo como disoluta, sino para evitarle a su hija la vergüenza que ella no siente pero comprende que otros puedan sentir. Su decisión es altruista y no contiene ni remordimiento ni contrición. Genio y figura es tan moderna, en su moralidad, como pudiera ser cualquiera de las tan celebradas novelas de la literatura francesa.

De esta obra he dicho hasta aquí lo que quería decir. Más interesante me ha parecido Pepita Jiménez. Resumiré algo el tema, aunque lo mejor de ella no es ni siquiera la estructura, de la que también diré algo, sino los personajes secundarios, y especialmente una de ellas. Bien, ese tema es el de un mozo veinteañero que llega al pueblo a ver a su padre desde el seminario, donde ingresó con 10 años y del que trae voluntad inquebrantable de ser sacerdote, habiendo ya hecho sus primeros votos. El padre es el cacique del pueblo, si bien Valera lo pinta como bonachón y un tanto juerguista. Este hombre, ya de 55 otoños, pretende a una viuda, Pepita, joven de 20 añitos, hija natural y pobretona a quien otro ricacho del pueblo, octogenario prestamista aunque muy querido (este es el inconveniente de Valera: no hay “cuestión social” en sus novelas, al revés que en Galdós), hombre cariñoso y bromista a quien invitan a todos los saraos, le propuso matrimonio. Se supone que este ha sido semi-blanco, pues el anciano no está para trotes. Pepita, sin embargo, lo atiende con afecto incluso en su enfermedad. El buen hombre no le dura ni tres inviernos, por lo que queda una viudita muy joven que no da qué hablar, caritativa con esa fortuna que heredó, y que rechaza a cuantos pretendientes se le acercan. Con don Pedro de Vargas, el cacique padre del aspirante a cura, es afectuosa y solícita, pero manteniéndolo a distancia.

Aparece Luis, el aprendiz de cura y parece que hay un cierto magnetismo entre ambos, también gracias al párroco que les habla bien al uno de la otra y a la otra del uno. Es el joven quien pretende anteponer su voluntad de profesar contra ese amor que crece y crece (no se tomen sentidos viciados, que Valera, como todos los de su generación, es púdico; recuérdese el viajecito en coche de caballos de madame Bovary y su amante, trayecto que dura cinco horas con las cortinillas corridas, y aunque se hable de las calles recorridas, en ningún momento asoman piel ni miembros). Finalmente hay una seducción, sí, en la que ella, y en cierto modo también el padre cacique y Antoñona, la fiel criada de Pepita, participan para convencer a Luis de que cuando la tentación es fuerte, lo mejor es sucumbir a ella, como bien dijo Oscar Wilde.

Lo del padre es curioso porque el lector se ve venir una truculenta reacción por parte del oligarca. Pero uno se percata de que lo único que pretendía el hombre, aunque sí le excitase la perspectiva de la suculenta viudita, era tener descendencia, ya que el hijo (natural pero reconocido), puesto a ser cura, nunca se la habría dado, al menos oficialmente y con posibilidades de heredar. También se da a entender que no le faltan oportunidades al cincuentón de sembrar el aire de canas, y se sugiere que, justo con quien “se entiende”, es con la Antoñona.

Esta, a mi ver, es el personaje más interesante de la novela, aunque aparezca relativamente poco. No puede esta mujerona, casada con un borrachín de quien se separó para no aguantar sus melopeas, y no por miedo a que el tiparraco le sacudiera la badana, pues era más bien al revés: es ella quien finalmente, y reconciliados, amplía los periodos de sobriedad a base de reconvenirlo con buenos pescozones, no puede, digo, comprender cómo es posible que dos personas jóvenes, sanas y hermosas pierdan su vida amorosa por una vocación religiosa, vocación que implica, y ella tampoco lo comprende, el celibato. A lo mejor veo cosas donde no las hay. Sé que Valera, aun siendo liberal, fue muy religioso, pero quizá el haber visto mucho mundo gracias a sus empleos como diplomático aquí y alla, le ayudó a intuir si ciertas normas de la religión católica no serían erróneas o, al menos, le provocó dudar de ellas.

De hecho, el contubernio para que Luis de Vargas abandone su vocación y disfrute de una vida que, no por laica y de casado, pueda ser menos santa, viene como he dicho del mismo padre y pretendiente de Pepita, y también de Antoñona, sino incluso del Deán, hermano de don Pedro de Vargas y preceptor desde los 10 años de Luis. Por las cartas que este le envía, su tío colige su progresivo enamoramiento de la joven viuda y avisa de ello al padre para que, por el bien mismo de la Iglesia, desvíe esa vocación que no es tal, y lo insinúa varias veces Valera, sino imbuida por los libros de teología y de mística, como a don Quijote lo llevaron a su insania los de caballería. ¿Por qué por el bien de la Iglesia? Porque, y eso debieron verlo desde hace siglos, un cura enamoradizo, un cura a quien tiente demasiado el placer del amor y del sexo (y ¡¡¡¿quién no, por Dios?!!!, aunque habrá personas a quienes no tiente tal cosa, pero son pocos), es un peligro no solo para sí mismo, también para la Institución. Ya he contado aquí de aquel amigo cura, Germán, profesor de historia, quien aseguraba que el celibato de veras, veras, solo se había cumplido en el siglo XX. Y ya estamos viendo, no solo que si en este siglo recién extinto se ha cumplido, ¿cómo serían los anteriores?, también las consecuencias en abusos infantiles que, por otra parte, es cierto siempre los hubo. Recordemos aquella recomendación de un jesuita en un libro normativo sobre que los miembros de una orden tan militante no deberían quitarse jamás el hábito, ¡a no ser en el caso de acudir a casas de lenocinio para evitar el escándalo! Ya dijo san Pablo: “vale más casarse que quemarse”, pero de ir de putas no dijo nada.

Sigo creyendo que el celibato, la obsesión por la castidad, no es sino resabio de reacciones ascéticas a sociedades paganas donde la orgía era también forma de culto, liturgia para animar a la naturaleza a seguir su curso y ser feraz. Si verdaderamente es pagano, ¿por qué mantenerlo?

Repito que tal vez yo quiera ver donde no hay, pero Valera parece insinuarlo dando lugar a pocas dudas. Un joven pariente mío con aficiones religiosas, sobre todo inspiradas por la Semana Santa andaluza, tan estéticamente bella, tuvo impulsos de profesar. A los quince años, aunque eso era lo típico, y aun en edades más tempranas, no se sabe lo que se quiere, y menos en compromiso tan férreo como el sacerdocio, pero le dio por ahí. Lo cogí por banda y le dije que haría mal cura. ¿Por qué?, quiso saber. Pues no porque a ti te gusten las mujeres más que a nadie, sino porque eres tú el que gustas a las mujeres, y eso será un peligro como cura y una bendición como laico, le contesté.

Volviendo a la obra de Valera, Antoñona, mujer bragada, de lenguaje muy popular, incluso con palabras del caló, lengua gitana, y que el novelista sabe reflejar muy bien sorprendiendo al lector, le suelta al curilla, aunque aún no lo sea, cuatro frescas, diciéndole que ha sembrado el amor en Pepita, su señora, y ahora abandona la mies, cosa que no se hace, y es que también los curas o las monjas son personas e inspiran amor o se dejan inspirar por este. El celibato antiguo era practicado con rigidez por los eremitas, ya vivieran en soledad o en grupo, pero era en el desierto (lugar no habitado, y no solo arenal reseco y ardiente), sin tentaciones alrededor ni para ellos o ellas ni para los demás. La clausura tiene ese objeto y existe, sí, entre los hombres, pero mucho más entre las mujeres. La criada Antoñona así lo ve, como desperdicio porque lo conveniente para la sociedad es, bueno, vale, la vida santa, pero también la vida en pareja, los hijos, la vida humana. Y eso es lo que desea don Pedro de Vargas, descendencia, y al final de la novela la obtiene con el nacimiento de Periquito, hijo de Luis y Pepita.

Un aspecto criticable, en mi opinión, de la novela, es la extensa, y algo cargante por la insistencia religiosa, conversación de teórica despedida entre Luis y Pepita, en la cual él intenta azuzarla a conformarse con el olvido de su amor, admitiendo que mucho más importante es el amor y servicio de Dios que el amor profano entre hombres y mujeres. Y total, “pa ná”, porque ella se retira llorando a su habitación, él la sigue compadecido para consolarla y el consuelo acaba donde debe acabar.

La estructura de la novela (y sabéis que esa es una de mis obsesiones) es muy elaborada: tres partes, la primera son cartas de Luis a su tío el Deán contándole de su estancia en el pueblo y, mucho, de Pepita; la segunda, titulada Paralipómenos (lo que queda oculto) es especie de crónica de los amores descritos y de la lucha soterrada, por una parte de Luis contra ellos y por su aparente vocación, y por otra de quienes lo rodean para que acepte lo que de veras es su destino; la tercera, epílogo, consiste en un “fueron felices y comieron perdices”. Esto último muy tradicional, sí, muy decimonónico, aunque Galdós, por ejemplo, evita a veces esos finales felices hollywoodienses antes de que se inventara el cine. Mas esa estructura es, si no novedosa, sí al menos con ínfulas de modernidad: lo epistolar ya se había experimentado en abundancia, por ejemplo, en Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos. El narrador, por quien el autor se pregunta, y ese es otro signo de absoluta modernidad y casi posmodernidad, parece ser el Deán, pero no está claro, aunque lo cierto es que autor y narrador no se confunden en ningún momento como sí ocurre las más veces en el caso del narrador omnisciente.

Respecto a las estructuras novelísticas, hace poco me enteraba de que la palabra armonía en griego, hasta que autores como Pitágoras o Platón la utilizasen en el sentido musical, quería decir la estabilidad y perfección en el ensamblaje de elementos que conforman el objeto acabado: la tablazón de un barco, por ejemplo, las paredes de una casa o el maderamen de una máquina de asedio.

¡Hay que ver la de cosas que se le ocurren a uno a partir de una novelita que no es de las mejores de su época ni de su autor! Es que la cabeza da muchas vueltas cuando no se tiene otra cosa que hacer.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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