Una sorpresa

Max Aub ya en los años 70

Aquellos de mis lectores de este blog que hayan leído mis novelas dedicadas a las aventuras de Enrique Fuster Bonín, tituladas Ashaverus el libidinoso y Ashaverus el creador conocerán la amistad de este con el escritor español, de origen germano-judío, Max Aub, a mi entender, uno de los mejores narradores de la literatura hispana del siglo XX.

Se conocieron en la cafetería El Oro del Rhin, de Barcelona, en la tertulia que reunía a los colaboradores de la revista Azor, dirigida por Luys Santa Marina, y que tenía tintes falangistas aunque aceptaba la contribución de escritores de otro cariz, como el mismo Max Aub.

Acabaron una noche en el cabaré La Criolla, donde se sinceraron, judíos ambos, al fin y al cabo.

Portada de Ashaverus el libidinoso, publicada por editorial Nazarí en 2014

Volvieron a encontrarse bajo la lluvia en París, asomado Aub al Pont Neuf. A Fuster le pareció que el hombre abocado al puente podía tener intención de suicidarse. Pero no, solo contemplaba el fluir de las aguas, y la sorpresa fue de ambos cuando, españoles en agosto del año treinta y siete, se tropezaron en París al echarle Enrique la mano al hombro al aparentemente desconocido y suicida, y encontrarse con que era su amigo Max. Fue este quien lo llevó a casa de Federico Mompou para que le consiguiera algún empleo en la capital francesa, negándose a llevarlo a ver a Picasso, por quien estaba en París para encargarle el Guernika por delegación del Gobierno de la República, aduciendo la tacañería del pintor y su renuencia a ayudar a cuantos españoles se presentaban en París en aquella época dura o en otras anteriores. Mompou ayudó a Enrique Fuster recomendándole a su amigo el editor Rancaño (de quien en alguna otra entrada en este blog hablaré sobre la casualidad que representó su apellido), quien lo contrató como traductor, puesto que el español hablaba perfectamente francés, alemán e inglés.

Enrique y Ana, su mujer, se fueron a vivir a París en 1946, para que ella estudiara allí medicina, y se quedaron en la ciudad hasta 1976, año en el cual la curiosidad pudo con él y regresaron a Barcelona para averiguar qué era eso de la Transición. Cuatro años antes, poco antes de la muerte de Max Aub, Enrique se lo encontró en la Librería Española de la Rue du Seine. Lo invitó a comer y Ana Sefamí, esposa de Enrique, a quien el novelista no conocía, le preparó, a instancias propias, una tortilla de patata con cebolla (algunos dicen que la verdadera tortilla de patata no es tal si no lleva cebolla; otros afirman lo contrario, seguramente por odio a la cebolla y su gusto repetitivo). Tertuliaron después de comer y Max le comentó a Fuster que en su honor le había puesto Enrique al protagonista de una novela que debía ser la mejor de su producción. Puede quedar la duda si lo dijo por quedar bien y animado por el coñac Napoleón, porque también podría ser que se la hubiera dedicado a su amigo Enrique Díez-Canedo.

Portada de Ashaverus el creador, publicada por editorial Port Royal en 2018

Hasta aquí el cuento que yo narraba en mis novelas. Mi querido Enrique Fuster Bonín, personaje inventado y que tiene de mí solo la curiosidad, porque ya quisiera yo poseer la valentía de meterse en la boca del lobo como él hizo, mi querido Enrique a quien a veces parece que tenga delante, charlando ambos y bebiendo una cerveza con las tapas de salchichón y chorizo casero que suele disponer mi esposa, él, que aunque judío, no le hace ascos a la chacina. Ahora tendría 119 años, pero no hay nada imposible para un muerto, y menos para un personaje de ficción.

Pues bien, leyendo los diarios de Max Aub, editados por Renacimiento, que abarcan desde 1939 hasta 1972 (Aub murió el 22 de julio de ese mismo año, de vuelta en México), me tropiezo con una entrada del mes de junio de ese último año de su vida, en París, donde, con el estilo telegráfico que caracteriza a esa obra suya de apuntes cotidianos, dice: “Rue du Seine, Enrique Fuster. Tortilla de patatas en su casa. Exquisita. Charla por lo largo. Un hombre interesante, este Enrique. Un aventurero. Y de una curiosidad insaciable”.

Como si a Aub se le hubiera presentado en su casa, una tarde de lluvia mexicana, el mismísimo Josep Torres Campalans con una carpeta de óleos bajo el brazo y, esta vez, no pintados por Picasso, sino por él mismo.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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2 respuestas a Una sorpresa

  1. Josefina Martos Peregrín dijo:

    Incontrolables, los personajes, Miguel; a menudo más libres que su autor.

  2. Por supuesto, Josefina. Hay momentos en que me habría gustado ser Enrique Fuster, Y en otros, estoy seguro que a Enrique le habría gustado ser yo.

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