Limónov, de Emmanuel Carrère

Portada de la edición de Anagrama de Limónov, de Emmanuel Carrère, en traducción muy digna de Jaime Zulaika

Limónov. Es un nombre que en España suena a cachondeo: podría llamarse también Patátov. Pero Limónov existió. Murió hace unos meses, concretamente el 17 de marzo de este año 2020, habiendo nacido en el 43.

Acabado el confinamiento, algo que yo ansiaba tal vez no tanto como el drogadicto ansía encontrar a su camello, pero casi, era pasarme por las librerías. De lance hay algunas en Granada, quizá porque los hijos de los letraheridos no quieren para nada los libros y los venden al peso, o algo parecido. No saben los fríos que los libros quitaron en el asedio de Sarajevo: quien tenía una biblioteca, tenía una bendición. Pues bien, pasé por Atlas, una de esas librerías de lance. Saludé a Emilio, el dueño, me alegré de verlo sano y husmeé entre los estantes y un mostrador donde los libros están visibles, asequibles, con la portada hacia arriba. No iba a comprar nada, pero me dio algo de reparo porque sé los apuros que han pasado los libreros. Vi un par de ejemplares que podían interesarme. La literatura francesa me gusta porque no solo los creadores se toman a sí mismos en serio sino porque los lectores franceses también toman en serio a sus creadores. Tiradas de 2000 ejemplares en Francia son normales con los escritores desconocidos, de modo que a los conocidos se les publica a lo grande. Vamos, que no es España, donde una tirada de 200 para un desconocido como mi persona es difícil colocarla. Vi que el autor era Emmanuel Carrère y dije, bueno, pues este. El título era Limónov. Como no conocía al personaje, un tipo real como he dicho más arriba, pensé que podía ser una broma de esos franceses que inventaron la patafísica, un invento como el de Max Aub y su Josep Torres Campalans. Leí algo de la contraportada y vi que el autor declaraba: “Limónov no es un personaje de ficción. Existe y yo lo conozco”. Y ahora invito a quienes me lean a que consulten Limónov en el buscador Google. Verán. Al leer ese encabezamiento del texto de contraportada pensé, esto promete. Y puse el billete de 10 € ante Emilio. “Justo y cabal”, exclamó el joven, porque aún lo es aunque, frisando los cincuenta, le queda poco de serlo.

Emmanuel Carrère.

La verdad es que he tenido mucha suerte con los libros que he leído en este confinamiento, lo he dicho ya en algún otro sitio. Ninguno ha sido un pestiño. También es verdad que con los años uno gana en perspicacia a la hora de comprarlos. También toca leer alguno de alguien que te ruega una lectura porque sabe que has publicado y te pide que le digas lo que piensas; no todos se lo toman bien, pero así somos los humanos.

Me suele suceder con los libros: al principio me cuesta entrar en ellos, pero con este se me fueron poniendo, metafóricamente, claro, los ojos como platos, es decir, platónicos. ¡Qué personaje!, como Louis Ferdinand Céline pero en más humano, lo que no le resta en absoluto ser un “hideputa”, como decían los del Siglo de Oro. Pero un hideputa que tiene sus ramalazos de buena persona. Claro que cuando acabe de explicar de qué iba el tipo, muchos estarán en desacuerdo conmigo y solo de acuerdo en el insulto.

Se llamaba en realidad Eduard Veniamínovich Savienko. Como era un hombre ácido, algunos amigos le pusieron Limónov, puesto que en ruso, limón se dice limon, así, en llano. La madre de Carrère es rusóloga, historiadora de ese país y, si bien francesa, de origen georgiano, de modo que al novelista francés no le costó conocer al personaje e investigar sobre él. ¿Es una biografía? No. Al menos no lo es a secas. No es la obra de un historiador o biógrafo sino la de un literato. Biografía novelada la nombran. Para mí, es más novela que vida real. Escrita con técnicas novelísticas y con un lenguaje propio de un gran escritor. La traducción también es impecable, con algunas notas para facilitar la comprensión de ciertos términos e instituciones soviéticas, o de la sociedad posterior (¿se le puede llamar democrática?, ¡por Dios bendito y la Virgen Santa!).

Limónov y Elena Scapova

Nacido en 1943, LImónov se educó en la sociedad soviética. Fue un dandy en Moscú, novio de una de las muchachas más atractivas de la ciudad, una pintora que, muerto Stalin, pudo pintar lo que le salió de sus pinceles. Fue protagonista de lo más underground, lo más punky de aquel país que no era libre aún, ni mucho menos, pero donde se permitían algunas cosillas por las cuales el georgiano Dzhugashvili, alias Stalin, habría enviado a Siberia a su misma madre. Empezó escribiendo poesía y acabó en la novela, con mucho de Henri Miller y otro tanto de Bukovski; pero no eran influencias: aunque quizá los leyó, él escribía dando detalles de su vida privada o “dormitorial”. Emigró a Nueva York (las autoridades postestalinistas pensaban, en plan moderno, que enemigo que huye, puente de plata) con otra mujer, esta vez poetisa. Vivió en París y a la caída del sistema comunista volvió a Moscú. No le gustó lo que veía: la desmembración del imperio soviético, el comportamiento de Gorbachov quien, según él, fue un tonto a quien todo se le escapó de las manos, el gobierno de Yeltsin que, también a su entender, puso en ridículo a Rusia, el nuevo capitalismo feroz del país, donde antiguos miembros de la élite política soviética se estaban enriqueciendo y formando la nueva élite capitalista e incluso monopolizadora. Junto a Kaspárov, el campeón de ajedrez, fundó un partido llamado Nacional Bochevique, donde militaban jóvenes de extrema derecha y de extrema izquierda, añorantes del viejo sistema. Sus guardaespaldas eran cabezas rapadas vestidos íntegramente de negro, nacionalistas, a quienes mejor se les llamaba nazionalistas, y bolcheviques porque en las manifestaciones gritaban ¡Beria! y ¡Gulag! He llamado en algún momento nazionanistas a ese tipo de individuos, que están por todas partes, claro por lo de nazis y porque se hacen pajas mentales.

Eduard Limónov con otra de sus “musas”

Limónov estuvo al lado del criminal de guerra Radovan Karadzic, por ese nazionalismo que lo caracterizó y también por una tontería de paneslavismo muy semejante al que llevó al Bronsky de Ana Karenina a luchar en la rebelión de Serbia contra los turcos. En 2001 fue encarcelado con la acusación de terrorismo. Es una manera de quitarse de encima a las moscas cojoneras. Hay otra más contundente: la que llevó a la periodista Anna Politóvskaia a ser ametrallada a la salida de su casa. Luego el poder le echa la culpa a quien sea y a tomar viento. Lo liberaron antes de tiempo a cambio de reconocerse culpable. Defendido, entre otros, por el Pen Club, como gran escritor ruso (sin la calidad de otros, creo yo, como por ejemplo Vodolazkin, aunque con una frescura e inmediatez envidiable), al gobierno de Putin (putinesco) le resultaba incómodo tenerlo encarcelado. Pasó lo mismo en España con Miguel Hernández y, hay que decirlo, con Miguel de Unamuno: a Hernández fue más cómodo dejarlo morir de inanición y tuberculosis que matarlo como a García Lorca, y con Unamuno no quisieron reproducir el error cometido con el poeta granadino y lo condenaron a prisión domiciliaria hasta que el rector salmantino tuvo a bien morirse justo el último día de 1936, como si no pudiese soportar la vergüenza, no ya de aquel año, sino sobre todo la de no haber sido lo suficientemente lúcido como para ver qué era aquello que él apoyó al principio.

Limónov junto a la bandera insignia de su partido Nacional Bolchevique. Téngase en cuenta que en ruso limon quiere decir limón y granada de mano.

Es un resumen sandio y bobalicón de una vida pletórica y de una novela-biografía que hace palidecer a otras novelas hitóricas mal escritas, a veces, aburridas las más, y en ocasiones tontas hasta repugnar. Un efecto que consigue Carrère, no sé si intencionado o no, es poner en solfa ante el bienintencionado lector occidental todos sus conceptos políticos de izquierda, derecha, centro y demás memeces. Limónov adoraba a Stalin y a Lenin, pero también a Bakunin el anarquista. Es como si alguno de nosotros, españoles, admiráramos a Franco y Millán Astray, además de a Juan Negrín o a Azaña. En fin. Solo que Carrère hace esta contradicción comprensible retratándonos a un personaje que tiene más de molesto, incómodo, mosca cojonera, que de coherente. Limónov no fue un político, fue un punky, un escritor estrafalario que convirtió sus experiencias íntimas, vagabundas, borrachuzas, políticamente incorrectísimas, en literatura. Libro admirable el de Emmanuel Carrère, bien construido, que convierte una vida, sí, aventurera, pero que en ocasiones puede ser aborrecible como lo fue, ya lo he dicho, la del francés Céline o la de los mujeriegos y algo alcohólicos, e incluso drogatas Burroughs, Miller o Bukovski. Limónov fue, según Carrère, fiel a sus esposas y novias, solo que tuvo tantas que hablar de fidelidad se convierte, cuanto menos, en conflictivo y casi increíble. Ellas lo fueron a él a medias nada más. Conocer la historia de la Rusia de los últimos años, con ese personaje tramposo que es Putin, y que en el fondo tanto se parece a Limónov, como nos demuestra el autor, es una tentación grande y algo sumamente útil para sacudirse los idealismos pánfilos que nos aquejan a algunos occidentales. Y desde luego, si el o la lectora es feminista acérrima (como se puede ser católico acérrimo) odiará al personaje. Este libro tiene varios premios franceses: el Renaudot, el de la Lengua y el Prix des Prix.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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2 respuestas a Limónov, de Emmanuel Carrère

  1. Gart dijo:

    Si no fuera porque soy un descreído, diría que puedo dar fe de lo que afirma el Arnas, pero aun no teniendo fe en nada de lo humano y lo divino, diré que este libro es una de esas raras avis, que no abundan pero que da gusto leer. Entra como el helado pero no empalaga, porque la dinámica narrativa es de una frescura singular. Entre lo novelado y lo biográfico Carrere da prioridad a la narración sobre los diálogos, y lo hace porque puede hacerlo, porque su desparpajo se lo permite y porque el tono es absolutamente irreverente con todo lo que se considera sagrado, empezando por las vacas.

  2. Carrère es muy grande, la verdad, José Luis. Quiero leerme de las suyas, El reino, que me la han recomendado.

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