Severo Sarduy, el barroco polifacético o el travestismo literario 7

Severo Sarduy

Coloco aquí las reseñas de dos novelas, las últimas que escribió y publicó Severo Sarduy. Esta es una nueva entrega del ensayo sobre la obra del escritor cubano. Espero que os guste.

Cocuyo: El cocuyo es un insecto de la familia de las luciérnagas. Son típicos de zonas cálidas de América, abundando principalmente en las zonas intertropicales y subtropicales. Cuerpo negro, entre 3 y 5 cm., parecido a una cucaracha pero con dos manchas amarillas en los élitros y cercanas a la cabeza que son las que emiten luz por la noche. La novela fue publicada por Tusquets en 1990.

¡Qué difícil es resumir el argumento de una novela de Sarduy!, porque resulta que en ellas son más importantes los detalles que el fondo. Y sin embargo, esta novela se contradice con las anteriores en varios frentes: la ausencia de argumento tradicional, la norma de hacer que los personajes principales aparezcan como por ensalmo, sin progenitores ni antecedentes de ningún tipo y el sempiterno protagonismo de homosexuales, que solo contravino en Gestos.

Portada de Cocuyo, de Severo Sarduy. La ilustración de portada es un cuadro de su amigo Wilfredo Lam

El niño Cocuyo está haciendo caca en un bacín y lo miran sus tres tías. Cuando se tira desde lo alto del bacín, que se apoya en un tinajón, lo abraza y limpia su madre. ¡Traición! Mas no hay que apurarse: pronto el protagonista se va a zafar de madre, padre y tías. Tiempo después (¿mucho, poco?, aquí el tiempo va al ritmo que le conviene al autor y da brincos como un saltamontes; anuncia en varias ocasiones, no solo en esta novela, que “…en el conteo aritmético y ramplón que los hombres hacen del tiempo habían pasado”… x, para «fulano», días o segundos) hay un huracán en la isla (porque es una isla, ¿no?), Cocuyo se asoma, trepando a una escalera de mano, a un ventanuco y ve volar una cubierta metálica que decapita a un negro que atraviesa la calle defendiéndose del viento. Eso lo impresiona tanto que llora y tiembla. Su padre y sus tías se burlan de él: “…un machito no llora”. Decide envenenar con matarratas a toda la familia. La venganza, parece pensar el personaje, que no el autor, es placer de dioses. Descubren el intento (que en tal se queda, aunque haya motivos para creer que pudo tener éxito y matarlos a todos) dos individuos, un radiestesista y un herborista, Caimán e Isidro (tal vez sea, hasta aquí, el primer personaje con nombre, y no mote, de su obra). Lo acusan de criminal. Se refugia bajo la ceiba y el estanque del patio pero la persecución de los tipejos lo atosiga, de modo que huye despavorido.

Acaba en la calle donde una negra lo lleva a casa de la Bondadosa, mujer que lo acoge, le da de comer y le da trabajo en un archivo para uso de leguleyos y notarios. En esa misma casa, la Bondadosa tiene varias becadas o pupilas, jovencitas que viven allí. Entre ellas, Cocuyo repara en Ada, de quien se enamora por el olor a lavanda y naftalina. Esos olores van cambiando en la narración, aunque siempre está presente la naftalina. Intenta hablar con ella y ante la altivez de la muchacha, fracasa. O así lo cree él.

Cocuyo

Un buen día descubre en las dependencias a los dos tipejos, Caimán e Isidro, hablando con la Bondadosa y en presencia de Ada. Sospecha algo inconcebible, pero le teme a la realidad. Lo descubren, de nuevo, los dos esperpentos y lo obligan a fumar un Pertegas. Eso forma parte de su formación, en esta novela de eso, de formación.

Se ha hecho un hombre, sin que el tiempo pasado lo haya manifestado el autor de forma alguna, como si le hubiera nacido el bigote y las erecciones de la noche a la mañana. Se masturba a menudo y acaba en brazos de una prostituta bastante repulsiva. Presenciamos una escena terrorífica: dos viejucas (lo mismo que Sarduy saca enanos, también aparecen esas viejas que recuerdan a las brujas macbethianas) llevan a Ada al despacho de la Bondadosa y el lector se teme la mayor fechoría, puesto en antecedentes por esos encuentros en los que Cocuyo quiere pensar que todo es un sueño. Las ancianas solo quieren perforarle los lóbulos de las orejas para ponerle los zarcillos. Pero ese acto sangriento presagia los sufrimientos de ser mujer (así se lo recalca la Bondadosa): o puta o virgen.

Cocuyo empieza a beber. Colándose en la casona por la parte de atrás, ve lo que él mismo no quiere creer, pero es evidente: la subasta de Ada que, como otras jóvenes que están en la casa, ha alcanzado la madurez. Ese será su destino: no virgen.

Un personaje que quedó en algo anecdótico y aparentemente sin consecuencia, una vieja-niña, una raquítica arrugada que tiene al mismo tiempo las características de vieja y de jovencita, es expulsada de la casa por la Bondadosa. Los encuentros de Cocuyo con esta persona hacen de agüeros de lo que le va a suceder. Se emborracha en una taberna con un

¿Será este el mural que vio Severo?

extrañísimo mural de azulejo donde unos esqueletos tocan instrumentos, bailan y juegan (¿dónde pudo ver Sarduy ese mural, si es que existió?). Por fin, la raquítica le insinúa que debe ir a una villa sita en el lodazal, la ciénaga, la marisma cercana a la ciudad. Acercándose a ella resbala y cae en una poza de fango donde cree morir. Lo rescatan, precisamente, ¿y quién no?, Caimán e Isidro, que lo llevan a la casa donde hay espectáculo de peep-show con Ada como protagonista, a quien se mira pero no se toca. Después de intentar el destrozo del escenario y ser amenazado por un negrazo, huye y decide volver para envenenarlos con matarratas. Acaba como empezó: mierda y veneno. En su espantada se ve herido y decide no curarse: “Estas heridas -dijo en voz alta-, no voy a curarlas. Son las marcas de la mentira, las firmas en mi cuerpo de la indignidad”.

Son necesarias varias observaciones: si bien es cierto que es novela de formación, nadie ayuda a Cocuyo, todo debe aprenderlo solo, incluso a leer, pues empieza a interpretar las letras cuando, bajo los cogotazos de picapleitos y notarios ante los legajos, estos le indican por sadismo las letras silabeando las palabras (dice cuando está ahogándose en el cenagal: “…entonces se dio cuenta de que estaba solo”). La única persona que le señala dónde ir, lo hace aterrizar, o mejor dicho, despeñarse en la realidad, que es la raquítica vieja-niña. Salir huyendo de su casa parece la condena a una realidad sucia y “gusarapienta”, palabra

Ceiba

que, como “cucarachienta”, usa a menudo. La ceiba y la alberca de su casa son refugio de pureza y bondad, por eso siempre las añora, así como a su hermana, personaje que no aparece sino en ese primer capítulo que desencadena la huída y luego como nostalgia. Los padres y las tías no lo buscan, sino que él queda en la casona de La Bondadosa como si no tuviera familia; es eso lo que lleva a creer que quizá sí los mató, incluida su hermana, y es castigo por ese crimen, que la realidad se le presenta como al despeñado el suelo. Con lo que Sarduy adoraba la simulación, el aparentar ser otro, aquí lo denuesta, pero no es una simulación teatral, cabaretera, sino interesada, económica, con la utilización del otro como si fuera una cosa vendible o subastable. Pensando en Ada, se dice: “…lo habían manipulado, fácil presa de los cabecillas, para sus juegos venenosos, para el minucioso trabajo de la simulación”. Tal vez sea esa misma odiosa simulación, la que anima al narrador a montar ese circo temporal: circo con el tiempo, con la época; repetidas veces llegan barcos esclavistas al puerto de la ciudad (¿La Habana?) donde descargan su mercancía, maltratada, enferma y apestosa; pero ese esclavismo que desapareció, teóricamente, en el siglo XIX, se mezcla con televisores y asesores soviéticos, y estos últimos a pesar de que, al parecer, todo ocurre en la época republicana de Cuba, es decir en la dictadura de Batista o durante el gobierno del general Machado.

La última observación afecta a la forma. Esta Cocuyo tiene una sencillez en el argumento, como ya se dijo, de la cual carecen las anteriores, incluso Colibrí. Tal vez con los años Sarduy fue afilando su estilete, al mismo tiempo que refrenándolo, conteniéndolo de sus propias locuras. En sus apariciones públicas no fue una loca, en cambio sus personajes sí lo son. Excepto en esta recién comentada, que fue la última que publicó en vida y penúltima que escribió, y en la primera, Gestos, como ya se ha dicho. El lenguaje cultiva el cubanismo, quizá más que en otras, como si también en ese sentido hubiera querido profundizar, compensando la sencillez de la nueva forma con un lenguaje cada vez más localista. Acaso las aventuras cortazarianas en ese aspecto, así como las de otros escritores latinoamericanos que se atrevieron a apartarse del español peninsular (Julio Cortázar aseguraba que los escritores españoles siempre escribían con el diccionario bajo el brazo,

Alejo Carpentier

lo que les limitaba la soltura), lo animaran en el uso de ese léxico. Ni Carpentier ni Cabrera Infante, por no hablar de Lezama, abusaron de los modismos cubanos. Tampoco Reinaldo Arenas. En Sarduy, creo, es más una añoranza propia que una voluntad de dinamitar el lenguaje o hacerlo popular. En las descripciones del puerto y las acumulaciones de objetos en habitaciones y almacenes, hay mucho del Carpentier de El siglo de las luces.

Pájaros de la playa: Ya sabemos lo que en el argot cubano significa pájaro. Aquí hay una asamblea de ellos. Fue publicada por Tusquets, de nuevo, en 1993, un mes después de su muerte, que fue el 8 de junio.

Portada de Pájaros de la playa, de Severo Sarduy

La técnica narrativa es idéntica a la de Cocuyo: capítulos cortos, con títulos muy explicativos, como resumen de lo que se va a narrar y parágrafos, a veces de una sola línea, que facilitan la lectura y la reflexión. Porque si en Cocuyo había más acción que reflexión, aquí es al revés: Cocuyo era novela de formación; Pájaros de la playa es novela de desformación, de consunción. Aquella era paso de la ingenuidad a la sabiduría a palos; esta es paso de la sabiduría de la vida a la sabiduría de la muerte.

Hay, esencialmente, dos puntos de vista, aunque parece predominar un yo: el Cosmólogo, trasunto, quizá, del propio Sarduy. Pero también está Siempreviva, que es de la única persona de quien se detalla el pasado.

El tema de Pájaros de la playa es el SIDA, la pandemia, los desahuciados, aquellos a los que “la energía abandonó”. Hay una isla, siempre la hay, y una autopista que la divide, por decirlo así. A un lado de ella, unos jóvenes naturistas corren, como atletas griegos en olimpiada, desnudos, felices y fuertes. Del otro lado, una casona en la que se refugian esos apestados, especie de hospital-hotel cuyo jardín es “por supuesto un pentágono”. ¿Alusión a la vieja leyenda o teoría confabulatoria de que fueron los americanos quienes crearon el virus del SIDA para cargarse a drogadictos y homosexuales?, ¿cuándo Sarduy ha dejado algo claro y prístino?: siempre ambigüedades.

Enfermo de SIDA. La fotografía es de un hospital en Tailandia que atiende a estos enfermos

Uno de los internos infectados, el Cosmólogo al parecer, pierde la paciencia y exclama lo siguiente: “Que otros acepten con resignación; yo no. A pesar de estos andamiajes, me queda una última libertad: la de insurgirme contra el desorden divino, contra el simulacro de la armonía universal. Ante la indiferencia de Dios caen fulminados hombres y pájaros. Las víctimas se escogen al azar, como en una galaxia el astro que va a consumirse”.

Llega Siempreviva, una anciana (parece que esta vez va de veras: mujer y de edad avanzada), que opta, siempre sofisticada y elegante, por quedarse en la casona colonial entre los apestados “…porque eran jóvenes y porque no hay nada peor que la soledad”. Cuando empieza a deprimirse llega un médico que tiene el físico de un caballo. Esos son los motes que adoptan, él, el Caballo, ella Siempreviva por haber sobrevivido a un accidente de coche.

Y ahora ¡sorpresa! Son tan habituales en Sarduy que cuando lo son, uno sonríe, pero no las toma como sorpresas porque las esperaba: no esa, sino una cualquiera. Aparece Caimán, el yerbero de Cocuyo, y Auxilio y Socorro, las dos locas de De donde son los cantantes. “Somos del sur de España -declaró la ambulanciera que iba al volante (Auxilio o Socorro, tanto monta, monta tanto: nota mía)-. Recorrimos Cuba por motivos procesionales y ahora, sin saber a ciencia por qué, nos encontramos aquí”. Sin comentarios. Caimán, Auxilio y Socorro han coincidido con el Caballo para llevar a un bebé al hospital, no a la casona colonial.

Muñecas de trapo, que parecen ser las que le gustan a Siempreviva

Caimán trae un propósito a esta historia de Siempreviva: rejuvenecerla con sus hierbas y cocimientos. Él y el Caballo se presentan con el bebé como regalo a la señora. Entre preocupaciones por su bienestar, de pronto se les ocurre a los cuatro (Auxilio, Socorro, Caimán y Caballo): “Dios mío… ¿y si se tratara de un muñeco de cuerda minuciosamente armado, de una pura simulación”: la simulación, si no la hay, hay que inventársela. Este bebé, posiblemente no más que un invento, una muñeca,  un adorno, carece de continuidad en la historia, lo que confirma la importancia que tienen los detalles en la obra sarduyana, incluso más que el transcurso de la anécdota en sí.

Inevitablemente, las terapias de Caimán y de Caballo se enfrentan: la una de herbolario, la otra de farmacopea. Acaban peleados y huidos de la casona. Aunque el motivo no es la competencia en los tratamientos, sino que Caballo descubre a Caimán dándole un masaje a Siempreviva que si empieza siendo propio de fisioterapeuta y acaba siendo erótico para gran gusto de ambos. Siempre llega más allá el deseo que la potencia, aseguran que decía Quevedo. Y eso es así, aun en las más graves dolencias: el deseo no desaparece porque con él desaparecería la vida.

Curiosamente, los vegetales de Caimán han tenido éxito con Siempreviva y esta ha rejuvenecido. ¿O todo es un sueño de ella, por el deseo que no muere? Y aquí se produce una intrusión: se retrocede 40 años en varios capítulos que cuentan la historia de Siempreviva, que entonces tenía por verdadero nombre Sonia. Esta Sonia era dama de alcurnia, dada a fiestas y jolgorios de la alta sociedad. Hace amistad y hasta amor con un

César Manrique fotografiado en El Jardín del Cáctus

arquitecto, que a todas luces es César Manrique, lo que confirma en la sensación isleña del lector de que la novela se ambienta en alguna de las islas Canarias, tal vez Lanzarote o la misma Tenerife. En el desmadre posterior a una de esas fiestas, Sonia tiene un accidente con su Bugatti (esa era la marca del coche de carreras en el que murió Isadora Duncan al enredársele el fular en una rueda y estrangularla; es un símbolo de glamour). Sale ilesa y el coche, siniestro total. De ahí el mote de Siempreviva. Ya en la casona, hospital o sanatorio, se entera la anciana rejuvenecida de la muerte del arquitecto. Manrique murió 9 meses antes que Sarduy. Debieron conocerse por el intermedio del poeta Andrés Sánchez Robayna que sí fue su amigo y crítico. Algunos de los capítulos dedicados a Siempreviva están redactados en primera persona, siendo ella misma la narradora.

Hay otro punto de vista: el del Cosmólogo. Es aquel mismo que recriminaba a Dios su indiferencia. Sus reflexiones sobre el cosmos, sus enigmas y los volcanes, que en las Canarias todos tienen tan cerca, tanto en presencia como teniendo enfrente sus efectos, son verdaderamente interesantes, pues, claro está, son las del propio Sarduy. Puede parecer que este segundo narrador o punto de vista está de más; sin embargo, si lo leemos bien nos percatamos, primero de que tiene que ver con el arquitecto: también él quiso integrar su obra en la naturaleza, en la tierra viva producto de los volcanes; y segundo, el sentido de la vida o el origen y final de ella que plantea el Cosmólogo enlaza con esa pandemia que puso fin a la vida de quienes le dieron un sentido: el suyo, que indudablemente no es el mismo que el de otros, e incluso en algunos casos y en algunos países era y es un sentido ilegal o, cuanto menos, mal visto, pero, y estoy seguro de que

¿Hay un Más Allá?

Sarduy me daría la razón en esta máxima: todos somos raros. “El verdadero infierno consistiría en que hubiera algo -cualquier cosa que fuera- después de la muerte, en que esta no fuera una cesación, un reposo total”, dice en uno de los capítulos titulados Diario del cosmólogo. Y continúa “Habría que escribir un breviario: De la dificultad de morir”.

El capítulo 16 comienza con una metaliteraria propuesta: “¿Y si cambiáramos de fondo? ¿Y si este enrevesado relato se desarrollara en un lugar distinto al desinfectado hospital, fuera de esos muros de gaviotas compulsivas sobre las olas? Se ahoga uno en ese mundo de anemia, de fetidez y encierro, en que cada personaje sigue un declive irreversible hacia su caquexia, hacia su desencarnamiento final…” Todos quienes, por una causa o por otra, han estado internados, encarcelados, condenados, sueñan con mundos fuera de esa situación. No hace mucho, buena parte del mundo se vio confinada a causa del virus Covid-19: la pandemia era el principal tema de conversación, hasta que alguien interrumpía proponiendo cambiarlo para evitar la angustia y la hipocondría. A esto se añade la argucia metaliteraria para quitar hierro a una tragedia que el autor, víctima, como en este caso, transmite al inocente lector. Mas llevar la literatura a la reflexión sobre ella también es testarudez, como ya he dicho, en el autor cubano: “Economicemos los pormenores, que solo sirven para entorpecer la narración, derivando hacia lo anecdótico y secundario la mariposeante atención del lector”: ¡pero vamos a ver!, ¡si los pormenores han sido siempre la gran afición de Sarduy!, ¿será que nos está diciendo que ya no le quedaba tiempo,

Hierbas para todos los males

tiempo de vida, para ahondar en su afición? Así empieza el capítulo Terrorismo botánico, y por cierto, es necesario aclarar que los títulos son ya resumen de lo que contendrán, y no al estilo de las novelas del Siglo de Oro, sino resumidos, con pocas palabras.

He hablado de que, con toda probabilidad la acción se sitúa en Canarias. En Sarduy, ya lo hemos visto, hablar de ubicación geográfica y época histórica es difícil porque la ambigüedad era, no solo uno de sus recursos literarios, sino una voluntad muy acorde con la ambigüedad sexual de sus personajes. Hay una alusión directa a algo absolutamente canario: habla de que el patio de la mansión de Sonia había podido albergar al cabildo para acto seguido afirmar “…y aun antes resguardo del menceyato”, y esa palabra es exclusivamente canaria, pues viene del idioma guanche: mencey era el jefe o rey de una demarcación territorial.

“El tiempo todo lo pudre”, “…la meticulosa erosión del tiempo”, son frases que proliferan, y no es la maravilla ante la pudrición por el calor y la humedad caribeña, sino que es la vida la que se pudre y erosiona. Pájaros de la playa es un canto del cisne, y no solo porque murió poco después de acabarla, como luego demostraré. También hay una reiteración a citar la famosa frase del diario de Colón “toda la noche oyeron pasar pájaros”.

Pájaros los hay, pero están demediados, caídos, agónicos. El título habla de pájaros “de” la playa, y la playa es lugar de disfrute del sol, del relajo, del mar, de la desnudez, del ligue,

Playa de Varadero, en Cuba

de ese juego de miradas que, tanto en el caso de héteros como de homos, es forma de acercamiento, de insinuación. De eso ya no queda nada en la casona u hospital-hotel. Todo se ha acabado: el sol y el mar, el relajo y el ligue por el temor a contagiar al ser al que se ama, aunque ese amor sea momentáneo y efímero, ya no hay desnudez porque la ha sustituido un cuerpo demacrado, tempranamente envejecido, afeado en muchos casos por las enormes manchas del sarcoma de Kaposi, por una delgadez moribunda. Ya no hay relajo, solo muerte.

Las descripciones de la enfermedad son arrasadoras como lo fue la misma pandemia para quienes murieron como consecuencia de ella. No las cito por extensas, pero solo una diminuta mención: “Asumir la fatiga hasta el máximo: hasta dejar de escribir, de respirar. Abandonarse. Dar paso libre al dejar de ser”. “Aquí escribo, en esta ausencia de tiempo y de lugar, para que esa negación sea dicha y cada uno sienta en sí mismo esa inmóvil privación de ser”. La vejez, asegura en otro párrafo, se asemeja a la enfermedad en que cada día se pierde una capacidad, una potencia: atarse los zapatos, comer la sopa sin derramarla, orinar sin ponerse perdido.

El doble o los gemelos también se repite aquí: de Auxilio y Socorro se dice que quieren aprender a diferenciarse, como si fueran idénticas. Y Sonia, la que luego será Siempreviva, tiene como amigas de sarao para ricachones a dos gemelas. El gemelo es nuestro otro de tan semejante, pero no el mismo. Se ha dicho mucho que a un hermano le duele la muela al mismo tiempo que a su gemelo, pero es falso. Y Sarduy sabía eso, de la misma manera que sus personajes quieren ser otros, tener un doble.

Severo gesticulando ante un visionario Borges

Y bien, dije que demostraría cómo esta novela es su canto del cisne, su despedida. Pero no es la despedida de sus lectores sino de sus personajes, como si fueran sus amigos invisibles, seres a quienes de puro tratarlos, ha tomado afecto. Eso nos pasa a todos los escritores. Y la muestra está en un párrafo que, al principio del texto, dice: “Luego lo imaginó envuelto en un círculo de amistades que se devoraban unos a otros. Un caimán verdoso y voraz que se atragantaba con una cobra, que ondulaba en las manos de un dios indio, esta se tragaba a un colibrí ingrávido en el aire sobre un terrón de azúcar, y el pájaro a su vez, atraído por la fosforescencia, ingurgitaba de un solo bocado a un cocuyo. El Caballo centraba la deglución en cadena de los animales emblemas: un círculo de ojos saltones, garras, plumas y escamas”. Caimán, Cobra, Maitreya (el dios indio), Colibrí, Cocuyo (recuérdese lo dicho sobre la animalización de las personas, lo valleinclanesco, lo esperpéntico). Agitaba un pañuelo en despedida: él en el tren del SIDA, ellos en el andén de lo inexistente.

A ese final se le añaden unos poemas, ¿escritos por el Cosmólogo, por el propio Sarduy?, es irrelevante o quizá, como de costumbre, es lo ambiguo. Poemas que no constan en la edición de Fondo de Cultura Económica de su Poesía Completa. Y para rematar, como epílogo, como un crédito de los que se ponen al principio de los libros, citando a autores que gustan o frases o versos que se relacionan con el contenido de ellos, pero en este caso

La poeta rusa Marina Tsvietáieva

Sarduy lo sitúa al final, unos versos de la poeta rusa Marina Tsvietáieva estremecedores.

Tal vez esta última sea su mejor novela. A pesar de que todas son buenas. O quizá sería mejor puntualizar: esta, para mi gusto, es su mejor novela para un lector “normal”, es decir para un lector habituado a formas casi tradicionales, en tanto De donde son los cantantes, es, acaso, su mejor novela para un lector que busca sorpresas, estructuras extravagantes que no responden al planteamiento, nudo y desenlace, mezclas posmodernas de cultura popular y alta cultura, puestas en solfa de lo tradicional pero considerando lo tradicional, siguiendo aquel viejo dicho dorsiano: “todo lo que no es tradición, es plagio”. Dicho de otro modo: Pájaros de la playa satisface a un lector aficionado en tanto De donde son los cantantes parece una novela para novelistas. Lo que no empece que ambas novelas puedan ser del gusto de todo lector activo. Pues, como dice Eduardo Moga (Ll. nº 72), “…su literatura no se lee, se amasa, se mastica, nos envuelve en aromas y en fragor; embute plantas, flores, frutos, árboles, piedras, y nos los refriega por el paladar de las pupilas”.

Continuará

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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