Severo Sarduy, el barroco polifacético o el travestismo literario 6

Severo Sarduy

Avisé al principio de estas entregas de mi ensayo sobre Severo Sarduy que las colgaría en mi blog con escaso intervalo de tiempo para que no se pierda la relación evidente, pues forman parte del mismo trabajo, entre ellas. De modo que ahí va la reseña o crítica de dos novelas más: Maitreya y Colibrí. Desde luego, no es mi intención fatigar con tanto fragmento de este ensayo, pero tampoco desearía que quedasen deslavazados los envíos por excesivamente separados en el tiempo.

Maitreya: En la literatura budista, Maitreya es el próximo Buda que reemplazará a Siddharta Gautama (hacia el siglo V o IV a. de C.), el inspirador actual del budismo, y vendrá para alcanzar la completa iluminación. Aparecerá dentro de unos cuantos años, que se cifran, como mínimo, en 30000. También los judíos aguardan la llegada del Mesías, los cristianos el nuevo advenimiento de Cristo, y los islámicos suníes la llegada del Mahdí.

Portada de Maitreya, de Severo Sarduy

De eso trata esta novela de Severo Sarduy. Salió al mercado en 1978 en la editorial Seix Barral. Si el magisterio de Lezama es indudable en Sarduy, en esta novela le es infiel porque el fundador de la revista Orígenes se inspiraba en el barroco hispano, la tradición y los mitos europeos, en tanto Severo aquí se centró en lo oriental.

Tanto de estructura como de prosa, es de más fácil lectura que las anteriores segunda y tercera, acercándose en el estilo, siempre barroco y pletórico de imágenes, a Gestos. Al parecer, la influencia de Octavio Paz y su fijación con la India, el budismo y todo el panteón de dioses hindúes, fue calando progresivamente en Sarduy y ya Cobra, como se ha visto, tenía mucho de oriental, aunque la dirección geográfica de ambas novelas, Cobra y Maitreya, es contraria. Sarduy nunca se apartó desde aquí de esa mezcla, amalgama o mestizaje entre lo exótico oriental y el cubanismo, con todos sus orishas, su santería y sus dichos, gracejos y peculiaridades en el lenguaje. Andrés Sánchez Robayna dijo de esta obra (revista Quimera nº 8; en adelante será Q.): “Un regreso gozoso, reconciliado, de Oriente: para demostrar la impermanencia y vacuidad de todo”. Coincide este regreso o interés, en los inicios de su obra, con el hipismo y las revueltas del 68, pero su fascinación no es una moda sino que es afinidad propia por sus ancestros chinos (presuntos, aunque seguramente ciertos) en su isla natal, de modo que es independiente de aquellos movimientos revolucionarios en los cuales del cansancio de la civilización “judeo-cristiana” derivaba la sugestión hacia un Oriente utópico y espiritual.

Asistimos, al principio, a la agonía reposada, al progresivo apagamiento de un monje

El Buda Maitreya, que aparecerá para renovar el budismo.

tibetano del que podemos suponer es un Lama. Sus acólitos lo incineran y se preparan para huir del monasterio disfrazados, llevándose escondidos los escritos, estatuillas y reliquias más importantes, ante la inminencia de la invasión china. Sin solución de continuidad, dando los saltos a los que nos tiene acostumbrado el autor, nos encontramos a unas viejas lavando en una jofaina a un niño. Los monjes que veneraban al Lama fallecido, buscan por aquí y por allá su reencarnación, hasta que encuentran a ese niño aseado por las ancianas. Elige adecuadamente, de cada par de objetos ofrecidos, el que fue usado o preferido por el anterior Lama y contesta a las preguntas, no solo con una sabiduría sorprendente, sino con un choteo, e incluso a veces displicencia, más cubano que tibetano. Sin lugar a dudas, este niño es la reencarnación esperada. Pero las viejas que lo han cuidado, temiéndose una servidumbre para ellas no deseada, huyen con él. Se aposentan en una isla (¿Cuba?, con características tibetanas pero detalles caribeños) y se rodean de devotos del niño, ya adolescente, del que exigen consejos, bendiciones, interpretación de los textos sagrados, milagros. A todo esto, y como detalle significativo, las viejas se apellidan Leng, que es el mismo apellido del cocinero chino que aparece brevemente en el inicio de Paradiso, de Lezama Lima. Finalmente, en esta primera parte del libro, harto el muchacho de que todos le exijan vulgaridades y muy poca espiritualidad, decide

José Lezama LIma con Virgilio Piñerz

adentrarse por su cuenta en el nirvana. Fallece, en apariencia, y sus restos se convierten en reliquias, fragmentos de huesos, pelos, extremidades, con las que trafican, no solo las viejas sino todo bicho viviente que ha tenido algo que ver con ellas y puede agenciarse alguno de los trozos. Es el espiritualismo que practican unos pocos, convertido con facilidad en tráfico y especulación económica.

En el último párrafo de esta primera parte, esos pedazos de cuerpo escapan hacia el Tibet, su lugar de origen, y en un abismo, bajo dos monasterios abandonados y ocupados ahora por tropas chinas, se juntan formando un nuevo cuerpo.

Esa “nadificación”, tan budista, enlaza con uno de los intereses de Sarduy: Yukio MIshima y su sepuku ante el fracaso de su quijotesco intento de golpe estado. Y digo quijotesco porque él mismo así lo calificó en un artículo titulado El hidalgo y el samurái (Q. nº 5).

La segunda parte, que va titulada El doble, empieza con el nacimiento de dos gemelas. Nótese cómo, si la primera comenzó con una defunción, la segunda empieza con un parto. Las atiende comadrona china pero las asperja con jaculatorias afrocubanas. Luego, el nacimiento se produce en Cuba, concretamente en Sagua la Grande, pueblo contiguo a Camagüey.

Iglesia de Sagua la grande, Cuba

Las gemelas resultan ser sanadoras. Pierden su poder al bajarles la menstruación, pero a cambio, descubren que sus voces, “asopranadas”, son prodigiosas para el canto. Gracias a ese don representan una ópera china, a raíz de la cual son apodadas La Divina y La Tremenda.

Acaban en Miami (o tal vez en California), como tantos isleños, y allí, un enano que las acompaña (mira que le gustaban a Sarduy los enanos; eran alusión a Las Meninas de Velázquez, el cuadro que tanto le inspiraba) recoge de la playa a un semiahogado que resulta ser Luis Leng, el cocinero del Paradiso lezamiano y pariente, se supone, de las viejas que cuidaron al joven Lama, o reencarnación de él, en la primera parte. Las gemelas, a todo esto, han engordado hasta extremos inauditos: son “monstruas”.

A partir de ahí, todo se centra en la Tremenda y la Divina desaparece de escena. Se pone a trabajar en un local con espectáculo tropical, llamado ¡Sí, cómo no!, en el que canta con arte y lirismo disminuidos por la grasa y el alcohol. Luis Leng se encarga de la cocina y satisface a algunas chicas y a la Tremenda, pues asegura el autor que tiene “tremendo troyón”. Todo se desquicia un tanto. Mientras la dueña del local la insta a que cante, una enigmática enfermera le fabrica una doble exacta a ella y le da a comer un guiso. La Tremenda, también llamada la Obesa, la Delirium o la Toda-masa, escupe porque en el estofado se encuentra a su hermana Divina reducida. Escapa y de la fuente de Washington Square, surge un iranio grande y viril que emerge del agua recitando un sura coránico.

María Callas

A pesar de todo, la Tremenda triunfa. Pero se oponen a ella las Tétricas, devotas de la Callas y que ya hundieron la carrera de Florence Foster Jenkins (se recomienda escuchar en youtube la desafinadísima grabación suya del aria de La Reina de la Noche, de La flauta mágica mozartiana). También aquí se trata de dobles, de “herederos”: a la Callas no hay quien la sustituya, quien la “herede”, o sea su Maitreya. Para hurtarse de las tretas tecnológicas de las Tétricas, la Tremenda contrata a John de Andrea (ver sus esculturas hiperrealistas) para que le haga una doble exacta a ella y automatizada de forma que repita sus gestos. Las Tétricas fracasan y ella triunfa con Wagner y su Tetralogía. Al entrar en su camerino cae en un gratísimo baño de agua caliente: “Así la pintó Botero, para citar a Bonnard y para la historia del bel canto. Tersa y expandida, reflejos de agua sobre la piel rosada. Boca rojo coral. Los pies pequeños. El pelo rojo en ondas laqueadas. El bollo: rajadura de alcancía en un triangulillo negro. Fondo blanco”.

Se hace en esta 2ª parte una cantidad enorme de alusiones a personajes de las décadas 5ª, 6ª y 7ª del siglo XX y aun anteriores: Jackie Kennedy, la ya nombrada Foster Jenkins, Nitza Villapol, Mao Tze Dong, Shirley Temple, Uri Geller o Brigitte Bardot.

Baños árabes

El siguiente salto geográfico es a un país árabe y petrolero. La Tremenda tiene allí una casa de baños con masajistas y servicios especiales. Y tales servicios consisten, o al menos el narrador se centra en ellos en el fist-fucking. Hasta que un potentando omaní se siente ofendido por el tratamiento que, profesionalmente, le da el enano, que es el encargado de tal tratamiento especial, y manda prenderlo. No lo consiguen, o todo es una farsa teatrera como le gustaban al autor.

La novela carece de resolución: la Tremenda expulsa (que no da a luz) a un ser palmípedo que va exhibiendo por ahí. Acaban todos en el desierto. El texto parece decirnos finalmente que las religiones, sean cuales sean, se desvirtúan cuando caen en manos de fanáticos que trascendentalizan el ritual dejando a un lado la espiritualidad porque nos muestra a un gentío que sigue a la protagonista y al enano ya entre dunas y ruinas asaltadas por la arena, igual que en la primera parte, en la que el muchacho entra en el nirvana (extinción) harto de pamplinas populacheras con las reliquias, y ni muriéndose logra evitarlas, aunque bien es verdad que él sí se quita de en medio.

El argumento, de nuevo, tiene poca importancia. Sarduy prescindió de planteamiento, nudo y desenlace. Tal vez de ahí, acostumbrados a ello, proceda su dificultad. ¿Cuál es, entonces, el tema de sus textos? El lenguaje, por supuesto, el juego, el erotismo (que no el amor), esa espiritualidad tan budista, y recuérdese que el budismo no es una religión y es compatible con cualquiera de ellas. El doble puede ser también un asunto que toque esta narración, aunque solo sea por el título mismo, esa esperanza de vuelta del gran representante de Dios o de la espiritualidad y la filosofía (en el caso del budismo), y

Gemelas. El título de esta foto es “todo el mundo tiene un doble”

también por el título de la segunda parte. Sin embargo, si en la primera mitad la reencarnación del Lama sí es un doble o heredero, en la segunda solo lo toca de pasada al nacer las dos niñas, Divina y Tremenda, tomadas de la mano. Pero ¿qué sucede después con Divina? Nada. Podríamos comprender que en ese guiso que le es servido a la Tremenda está incluida su hermana y ella la ingiere, la deglute, la asimila, y de ahí su enorme tamaño corporal al ser dos en una. Pero quizá eso es buscarle tres pies al gato. ¿Es la Tremenda doble o heredera de la Callas o de Kirsten Flagstad, la gran soprano wagneriana? Queda en el aire, como tantas cosas en Sarduy.

También en esta novela se recae en la improcedencia de sus personajes: el muchacho reencarnación del Lama aparece cuando lo están bañando; nada se habla de su madre, y las dos viejas que lo asean y que luego escapan con él a una isla son especie de servidoras más que tías o tutoras. El nacimiento de las dos gemelas es de una madre, claro, pero esta no aparece, es un telón de fondo tan difuso como el también fondo de un cuadro abstracto. No hay antecedentes de los personajes, nacen por generación espontánea o casi, como ese iranio que hace de chófer a Tremenda, viril y bien armado, que surge de las aguas de una fuente pública en su forma definitiva, cuando aquella tira en ella una tableta u oblea para la indigestión.

Un lector. ¿Fueron Unamuno y Pirandello quienes metieron por primera vez al lector en sus obras, o simplemente, Cervantes?

Y de nuevo, por descontado, la implicación del lector en el texto, así como la del autor, esa metaliteratura que tan grata le era. Dice en la primera parte: “Ahora, lo que ella, enmarcado en un paisaje raído y por el espejo de la coqueta, vislumbró, era mucho menos verosímil y -peor para mí- descriptible: un gato bellaco y gordo, ocupando el lugar del pasante y de su tamaño, bailaba en un solo pie, mostrando ufano la planta del otro”. Dos aspectos en esta breve muestra: el barroquismo y la inverosimilitud de lo que se describe, y la dificultad de dicha descripción que hace “sufrir” al autor: “peor para mí”.

Las novelas de Sarduy, se ha dicho, tienen mucho de pictóricas, pero no se espere un paisaje inglés o escenas de taberna holandesas con borrachos y meseras(que las hay), sino pinturas abstractas: Wilfredo Lam, Franz Kline, Antonio Saura, y también Fernando Botero, Velázquez y Zurbarán. De estos últimos toma los temas tratándolos como Picasso hizo con Las Meninas: deformándolos, referenciando los colores, las estructuras o detalles en apariencia intrascendentes. El espejo en la obra velazquiana nombrada tiene para Sarduy una gran importancia, y el blanco de las pinturas de frailes en Zurbarán. Y en esta, afirmó, usó como fondo-base las obras de Richard Dadd, pintor victoriano inglés muy onírico y con enigmáticas escenas y detalles obsesivos en lo minúsculo (se recomienda ver sus obras en internet). Otra influencia: Rothko y sus tonos naranja que coinciden con el color de las túnicas de los monjes budistas, además de las fascinaciones del rojo, como anteriormente dije.

De Maitreya aseguró él mismo (entrevista concedida a Julián Ríos) que nació como oposición a Cobra. Sus palabras en la antedicha entrevista fueron: “De modo que hice sistemáticamente lo contrario. Maitreya empieza exactamente dónde y cómo terminó Cobra: en un monasterio tibetano durante la plegaria y va exactamente en el sentido contrario. Es decir, comienza en Oriente y termina en Occidente. Al revés de Cobra, que comenzaba casi aquí mismo, donde estamos en este momento, en el Drugstore de Saint Germain des Prés, con uno de esos grupos de black-jackets, de gamberros, me gustaría decir, ¿no? Y terminaba en un monasterio tibetano, en anulación de las contradicciones, incluso de la contradicción sexual, puesto que se trataba de un travestí. En el caso de

Templo budista y, tal vez, ceremonia de velatorio.

Maitreya ocurre lo contrario, comienza en ese lugar de anulaciones, durante una ceremonia en un monasterio, cuando muere el Maestro, y termina al contrario en pleno Occidente, entre esas sectas bastante recalcitrantes de practicantes eróticos californianos, una de las cuales, por ejemplo, el «Fist-Fucking of America», está muy presente y bastante practicada en el libro. De modo que invierte el trayecto y la palabra de Cobra”.

En esta misma entrevista, muy clarificadora del laberinto de Maitreya, a una pregunta muy capciosa por parte del escritor español, Sarduy contestó que en efecto, esta novela tenía mucho de policíaca, donde lo buscado no es el asesino ni la bolsa con dinero o droga, sino lo buscado era Dios. Y podría añadirse, o la Divinidad: y no debemos olvidar que la gemela Divina desaparece en la segunda parte. Pudo ser un “choteo” del cubano, o pudo ser el reconocimiento de su búsqueda personal, más bien, en el budismo, de una espiritualidad que ya alcanzó en su misma literatura.

Portada de Colibrí, de Severo Sarduy

Colibrí: Como se sabe, el colibrí es un pájaro diminuto que liba el néctar de las flores tropicales de su entorno, como abejorro o mariposa. Existen más de 300 especies de estos pájaros. A Sarduy le regaló su padre uno, o al menos eso dice en la dedicatoria de esta novela, que no vivió porque estos animales, en cautividad, dejan de comer. Fue publicada en 1984 por Argos Vergara.

Sarduy retorna aquí al tema de los burdeles de homosexuales. Ballenas o cetáceos llama a los clientes, y cazadores a los muchachos. La Casona, que así llama al prostíbulo, está dirigido por La Regente o La Canosa, viejo homo que se lleva las ganancias de los porcentajes, las bebidas y monta espectáculos de lucha libidinosa, ligeramente sangrienta y simulada con descaro para goce de los cachalotes que van allí a gastarse los dineros del caucho, entre otras explotaciones. Porque la casona está junto a un río selvático de no se especifica qué país latinoamericano (lo que integra Sud y Centroamérica). A la dueña la ayuda un enano que recoge las apuestas en los pugilatos.

Colibrí, rubio, de negras cejas, musculoso y bien dotado, aparece como llovido de la selva desde el estuario de ese gran río. Lleva la intención de ser tatuado y participar en los combates. Del interés de Severo por los tatuajes como decoración del propio cuerpo, como adorno y trasmutación, ya se ha hablado respecto a sus Ensayos. Es inocente de lo que allí

Selva centroamericana

se cuece. Nada más llegar le organizan una pelea con el japonesón, especie de luchador de sumo oriental si bien la técnica que practica es el karate, enorme y lubricado, a quien vence solo con su agilidad: Sarduy, tan irreal siempre, asegura que cuando el ciclópeo salta sobre él para machacarlo, Colibrí desaparece y el otro se estrella contra el mural que hace de fondo al recinto.

A raíz de la subasta en la cual el objeto por el que se puja es él mismo, Colibrí se escapa acompañado por el Japonesote, que lo sigue como un perrillo. Se adentran en la selva. Consiguen escapar. En todas las películas pasa: el bueno siempre escapa.

Reaparece decorando pulgas. Es un negocio circense con exportación de sifonápteros y exposición en las fiestas nacionales. De pronto aparecen tres enviados (o enviadas) de La Regente. Entre ellos está el enano. Colibrí se ha tatuado y las figuras espantan a sus captores. Además, parece que hay un grano de jade que lo protege si lo tiene en la boca. Ante el fracaso le envían a una monja gigantona, en realidad la doble o anamorfosis de la Enana, que le inyecta un sedante y consigue raptarlo.

Colibrí

De nuevo se escapa, pero el tema, ya en esta segunda mitad de la novela, aunque sigue siendo Colibrí, se enrarece. No se complica, pues esta es de las más simples y lineales del autor. Hay un capítulo llamado El robo del relato donde hay un yo narrador. Un yo que, puede ser asimilable a la Regente o puede que sea el mismo Sarduy. Un yo que se queja de que “…me han robado, esas bandoleras, el relato, para llenármelo de pompones, arcaísmos y mariconerías de novelas pastorales, adjetivos inútiles, sinónimos y antónimos, complicaciones gratuitas y palabras repetidas”, y poco antes se ha quejado también de que para eso podría “…haber escrito El derecho de nacer”, y recuérdese que esta era telenovela mexicana lacrimosa y moralizante. Ese yo entona un mea culpa estilístico, pero todo es impostado, como siempre. De hecho, otro capítulo anterior a este se titulaba Dios es simulación. Y sí anticipaba o denunciaba novelas pastorales, pues ahí introduce una: al escapar de nuevo, Colibrí se encumbra hasta la cima de una montaña “alpestre” que domina un lago y se encuentra con un pastor que lo guía, y con gentes que viven humildemente en bohíos. La simulación consiste en que tanto ha subido que descendió a La Casona, pues aunque parezca mentira y de ella se evada, ha vuelto aunque haya cambiado la decoración. De nuevo las ballenas y los cazadores, pero todos más ajados, más impresentables y apestosos.

Entre instigaciones de no se sabe quién al narrador para que detalle, La Regente consigue al fin castigar a Colibrí. Hay una intrusión del propio padre de Sarduy recriminándole que, no solo pierde el tiempo escribiendo, sino que además quema lo que escribe. Y le dice que hasta ahora no ha habido ningún pájaro en la familia y no quiere ser señalado por la calle. Antes ya había hecho ese padre una aparición un tanto enigmática.

Cabeza olmeca

Si hasta ahora la geografía ha sido misteriosa y hasta tergiversadora, alguien paga unos bolívares, lo que nos hace pensar que la Casona puede estar en Venezuela. ¿Se le escapó al autor? La respuesta es no. Porque al encontrarse Colibrí en la selva con una cabeza olmeca, Sarduy nos está diciendo que la cosa ocurre en México. El caso es despistar.

Se escapa Colibrí, liberado poco antes de que La Regente lo asesine por la monja gigantona, travestí en realidad, que lo hace sin que haya un motivo lógico. Desaparece. Esos entes que le roban el relato, desfigurándolo, recomiendan a Severo que duerma porque ya es tarde. Y Severo Sarduy es muy probable que se vaya a dormir porque aquí empieza la tercera y última parte de la novela.

Colibrí se encuentra de nuevo en la selva con la cabeza olmeca que ya el Japonesón y él se tropezaron en su huida. Esa cabeza gigantesca lo protege, como si fuera el origen de algo sin saberse de qué. Hay a continuación un detalle hilarante en el que mezcla a una persona real que, quizá, fue su amigo en París: se ha hablado de un enano que coordina apuestas y

Hervé de Villechaize parodiando a Felipe González

bebidas, y es secuaz de La Gerente; también él se aparta de la Casona y acaba en Hollywood siendo actor de fama, cierto Hervé de Villechaize. ¿Recuerdan a aquel actor enano que Javier Gurruchaga sacó en su programa televisivo Viaje con nosotros y que tanto se parecía al presidente Felipe González?: ese era Hervé de Villechaize. Y digo que debió ser amigo suyo porque de lo contrario jamás se habría atrevido a adjudicar a persona pública y extraña semejantes antecedentes delictivos o, cuanto menos, depravados. Si es como supongo, quiero imaginar las carcajadas estentóreas del francés revejido al leer esta novela, personaje que tuvo éxito en Hollywood, se divorció y lo perdió todo, se convirtió en alcohólico y se pegó un tiro a los 50 años.

Vuelvo al argumento, que es uno de los menos enrevesados de la obra sarduyana. En su enésima huída, el Japonesón y Colibrí van a parar a una casa colonial invadida por la selva. La descripción de esta mansión es soberbia: “Se enredaban en la fachada, vástagos de las distintas semillas algodonosas que seguían remolineando en el aire como una

Santa Teresa, de Bernini. Tal vez el éxtasis religioso, el éxtasis erótico y el color estén demasiado cerca

nevada, herencia de las sucesivas lluvias, los flagelos de varias trepadoras, asidos a una costra lechosa, líquenes de cristalillos azucarados, que manchaba con su archipiélago de texturas de calcio, como un reguero de tiza o de morfina, el óvalo dilatado de un ventanal”. En esa villa arruinada aparecen los cazadores y los rodean. Pero no vienen a capturarlos sino a ofrecer a Colibrí la sustitución de La Regente, pues esta se ha vuelto loca soñando en él, de modo que solo el mozallón será capaz de penetrar en el burdel y tomar posesión. Vuelven en un barco traficante de monos selváticos en el que el capitán se ha obsesionado con una mona blanca que lo mordió y dejó rengo. Nuevo Ahab tropical y de tierra adentro.

A la Casona consiguen llegar el Japonesón y Colibrí, acompañados de un botánico mulato y un catalogador de hojas devoradas por las hormigas. De los cazadores, ni rastro, como suele ocurrir en Sarduy con los personajes secundarios. Todo está en decadencia, según observan por un agujero en el tabique. Colibrí, que ha asumido del todo el papel de jefe, y casi de tirano, prende fuego al techo de palma. Toma posesión de las paredes calcinadas, y le espeta rabioso al autor: “Tu papel es el más fácil: partir, contar y no jugar”. Ignoro qué cara puso Sarduy ante las palabras de su propio personaje. No sería la misma que la de un enérgico don Miguel soportando los ruegos sin esperanza de Augusto Pérez.

Queda, como se ha dicho, Colibrí dueño y señor de la Casona. El japonés halla entre los escombros una botellita de gin. Se emborracha y se pone a bailar y adornarse. Colibrí, a aquel compañero que le salvó la vida, le da un bofetón y le dice: “Además, déjate de mariconerías. El poder es cosa de machos”. Y en un eterno retorno, como si todo volviese a

Bailarines

empezar, acaba la narración diciendo: “A ver si traen dos o tres muchachones del estuario, que bailen un poco, para que animen esto”. ¿Es un dejar caer que el humano es siempre el mismo, pozo negro de tiranías y corruptelas?, ¿es un recuerdo de aquel dicho tan hispano que dice “Si quieres saber cómo es fulanito, dale un carguito”?, ¿es una alusión política, pues a la postre Castro sustituyó la dictadura de Batista por la suya? Cada una y todo a la vez.

De nuevo en esta obra hay que destacar el sentido del humor. Si en la segunda mitad nos encontramos con esas denuncias de incongruencias al autor por parte de esos entes que recuerdan a las brujas (o hadas) macbethianas, que por ejemplo le exigen: “Pero, por favor, vamos a lo esencial -suplican, mientras añaden unos floripondios en fuschia y mueven, con el cabo de un pincel, el hielo de unos coctelitos anisados, los veteranos de la cacerola-: ¿cómo iban vestidas?”, en sugerencia pajarera muy en la línea de revista fotografiada por paparazzis. Más las citas socarronas: “Todo volvió a su lugar. Volvieron las chillonas golondrinas”. O, de forma muy gay: “como un mártir que ofrece su cuerpo blanco a las flecas de los blasfemadores”. Si en esa segunda mitad el sarcasmo es ese, en la primera lo consigue con citas al pie: define parametrados como: “Argot laboral neo-

Academias para producir machos en Cuba, también llamadas Campos de reeducación.

cubano. Los que, aún aptos para ocupar los cargos más encumbrados, caen en el «diversionismo ideológico», o en su variante más perversa, el uranismo, se ven parametrados de la noche a la mañana a la limpieza de letrinas y cloacas, o a la suplencia de zacatecas integrados, cuando azota, obra del anófeles apapipio, el dengue viral”, lo que confirma el sutil interés de denuncia política o, cuanto menos, de banderilla guasona a gerifaltes a quienes se les llena la boca de palabras y “usan la patria como pedestal y no como ara”. O en la que acota una descripción de un local: “…frutas, neón, orquestas, teatrillos”, y anota a fin de página: “Según la expresión de Andrés Sánchez Robayna, para dar el marco de mis infundios narrativos”, ridiculizándose a sí mismo en base a críticas y reseñas del poeta canario. Y alguna otra aún más jocosa.

Continuará.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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