Severo Sarduy, el barroco polifacético o el travestismo literario 5

Severo antes de ser calvo. Se apoya en una de las figuras (casi barrocas, aunque no, ya sé que son góticas) del techo de Notre Dame de París.

Continúo con mi extenso ensayo sobre la obra de Severo Sarduy. Dos son las novelas de las que hablaré ahora: De donde son los cantantes y Cobra. Según él mismo, las más importantes de su producción. Espero que os guste.

De donde son los cantantes: (Un análisis mucho más extenso y en profundidad podrá hallarse en el prólogo a esta novela en la edición de Cátedra, firmado por el cubano-estadounidense, profesor de la universidad de Yale, Roberto González Echevarría) Ya el título es ambiguo. Ese donde no lleva acento, luego no es una pregunta, pero cualquier lector desprevenido puede tomárselo como tal, de modo que es a la vez pregunta y afirmación. La ambigüedad se mantiene a lo largo de todos los capítulos que parecen narraciones independientes, aunque no lo son. Este título procede de una canción del Trío Matamoros, que cantan “mamá yo quiero saber/ de dónde son los cantantes”, aunque se titulara originalmente Son de la loma. Pero ahí sí, el dónde lleva acento. Fue publicada en 1967 por la editorial mexicana de Joaquín Mortiz.

Portada de la edición de Cátedra de la novela sarduyana De donde son los cantantes. Edición muy interesante por las notas y la introducción de Roberto González Echevarría

La novela se compone de cuatro capítulos, que según Roberto González Echevarría, responde a la estructura cuaternaria de la cosmogonía yoruba, y nombra al dios Elegguá, dios de las encrucijadas, y por tanto de los cuatro caminos. Se titulan estos, y por orden, Curriculum cubense, Junto al río de cenizas de rosa, La Dolores Rondón y La entrada de Cristo en La Habana. Esas cuatro partes también hacen referencia a Heidegger, al que llama “lechosito de la Selva Negra”, partes que, según el filósofo alemán, componen el ser, aunque Sarduy lo parodia.

Ya el comienzo es ilustrativo. La primera palabra es “Plumas”. Tener pluma en España es ser homosexual, incluso indicativo de ser un tanto amanerado. En Cuba se les llama “pájaros”. Ese primer sustantivo ya está diciendo que no serán mujeres todas las que lo parezcan. Y en la misma página, sin necesidad de pasar a la siguiente, Auxilio, una de las (o los) protagonistas o hilos de conducción a lo largo de toda la obra, exclama: “Seré ceniza, mas tendré sentido”, parafraseando el soneto quevediano, lo cual también da pista del barroco que marcará el estilo del libro. Un barroco muy propio de Quevedo (aunque también Góngora entra a saco) por la mezcla de alta cultura y cultura popular que ya remarqué en las generalidades sobre las novelas sarduyanas. Recuérdense los Sonetos al ojo del culo, poemas que no solo son satíricos sino muy populares, pues la cultura popular acostumbra el abuso de la escatología no teleológica; o piénsese en los Romances gongorinos.

Portada de De donde son los cantantes, de Severo Sarduy, en la edición de Seix Barral

Tal vez esta novela sea en la que más se da la mezcla de culturas cubana: la española, la negra y la china. Este mestizaje fue una obsesión para Sarduy. Como en Gestos, la lotería china, tan llena de símbolos zoológicos, está presente; también el teatro chino, como espectáculo medio serio, medio cabaretero, seguramente inspirado en el Teatro Shanghai que estaba en el barrio chino de La Habana. La santería negra y mulata, como se ha dicho referente a la estructura de esta narración, también destaca; y la música, el choteo y la parranda cubana, son por excelencia africanos. Por último, lo blanco, lo europeo, lo español está como raza dominante a lo largo de toda la historia cubana. Incluso ahora: ¿cuántos altos cargos del gobierno revolucionario mulatos o negros ha habido?

Socorro y Auxilio son dos mujeres-travestís que mantienen el hilo durante toda la obra, aunque en el segundo capítulo cambien sus nombres en chinos. Especie de Quijote y Sancho respectivamente, son espejos deformantes la una de la otra, más culta o redicha Socorro, más asentada en el suelo Auxilio, aunque a veces parecen transmutarse los papeles.

Desde el principio, ambas van detrás de cierto General (también nombrado Gene o G.), rubio y español, del que están enamoradas. Su búsqueda es el tema. Pero el General está enamorado de cierta Flor de Loto, a la que no consigue ni siquiera ver y de quien ignora que es, a su vez, un travestí. Muy en concordia con el empeño del cubano en relacionar dolor o muerte con el erotismo, El General regala a Flor una pulsera con un dispositivo

El trío Matamoros, autores del son De dónde son los cantantes

que, al ponérsela, le cortará las venas (¿alusión o inspirado en el regalo que Picasso le hizo a Dora Maar: un anillo con un pincho en la cara interna?), y compra un negocio frente al local donde ella actúa para verla pasar pálida y yerta. “Quien posee por la mirada, posee por la daga”, asegura el militarote.

Este General también sufre permutaciones a lo largo de la novela, pues aunque aparentemente sean personajes diferentes, puede entenderse como el mismo por la persecución a la que lo someten Auxilio y Socorro. En la segunda mitad del texto se convierte en cierto Mortal Pérez, candidato municipal que llega a ser electo senador de la Nación, se supone, aunque nunca lo especifique Sarduy, en el tiempo republicano, es decir previo a la revolución castrista, y si bien sus promesas de agua corriente y potable coincidan con las promesas del general Machado en las elecciones de 1924, donde ofrecía “agua, carreteras y escuelas”. En el último capítulo, después de un arrebato místico-erótico por parte de las dos protagonistas, acompañadas en algún momento por una tal Clemencia, místico por las alusiones a la mística castellana y erótico por la sensualidad de unas cuantas citas de poesía arábigo-andalusí, las dos Divinas, Sedientas, Floridas, Majas… o también llamadas Parcas (ver mitología griega al respecto), encuentran un Cristo de madera deteriorado que reparan y transportan desde Camagüey, más o menos en el centro de la isla aunque más hacia el oriente, hasta La

Fidel Castro en una foto un tanto sesgada

Habana. En el trayecto, las llagas del Cristo cobran vida y supuran y sangran, e incluso el mismo Cristo sufre y se queja. Vitoreado en algunos pueblos y repudiado en otros, cuando llega a La Habana, entre una gran nevada (nunca ha nevado en La Habana ni tampoco ha habido ferrocarril metropolitano, y Sarduy habla de una boca de metro), toda la comitiva del Cristo es tiroteada desde unos helicópteros que hasta ese momento no habían intervenido sino solo intimidado. ¿Es Castro ese Cristo? Sí y no. Es una parodia dolorosa de ese viaje que Castro y los barbudos hicieron desde Sierra Madre hasta La Habana y provocaron la huida de Batista. Aunque no hay sentido del humor ni ridiculización: solo parodia. En Cuba todo lo importante, bueno o malo, ha venido del oriente: los conquistadores españoles (España está al oriente de Cuba, o sea al este), los refugiados europeos tras la revolución en Haití en el XVIII, Castro. Ese es uno de los motivos de la fijación de Severo Sarduy por lo oriental. El otro puede ser que en su familia hubo un tal Cantón, chino de aquella localidad, se supone.

¿Por qué esa inusitada nieve de la capital? En la santería, el blanco es color de muerte. Y esos amores de Auxilio y Socorro devienen en dolor y muerte. En el tercer capítulo, Dolores Rondón es una mulata que está enterrada en Camagüey y cuyo epitafio es una décima, estrofa usada para la guajira cantada. Los parágrafos de ese capítulo van titulados con cada uno de los versos de ese epitafio. Dolores seduce y se casa con Mortal Pérez, el

El general Fulgencio Batista

político. Lo acompaña en su destino a La Habana y vive entre lujos. A Mortal le encarga el Presidente de la nación (¿Batista?) una bailarina hawaiana, y él le proporciona una que resulta ser una mulatona de Camagüey. Tal “traición” le cuesta el puesto y a Dolores la pobreza. Dolores Rondón es trasunto de Cecilia Valdés, personaje de la novela romántica del mismo nombre escrita por Cirilo Valverde, zarzuela compuesta por Gonzalo Roig, y emblema de esa mujer que, por su belleza, escala posición social. En España tenemos un mito parecido: la gitana que también, por su hermosura, se casa con un marqués. En Dolores Rondón no hay duda, al parecer, sobre su sexo, pero ¿esa bailarina mulata que le proporciona Mortal al Presidente, ¿no será un travestí, y es por eso repudiada y castigado el proveedor? A lo mejor es buscarle tres pies al gato, pero es coherente con la novela.

El argumento es enrevesado porque lo que de veras le interesaba a Sarduy era el juego, un experimentalismo más allá de lo logrado por otros autores del boom, y el lenguaje. Por eso resumir o dar una idea de él, tan desquiciado, es bastante difícil. Estoy convencido de que escribiéndola disfrutó muchísimo aunque también creo que le costó sudores. “Un poco de desorden en el orden, ¿no?”, pide en uno de los capítulos, y continúa: “Todo está permitido. Todo, Pero con orden. Con apariencia de orden. Con orden en el desorden”.

Louis Ferdinand Céline cuarentón. Ya la mirada prometía, luego la tuvo peor.

El humor tiene un papel grande, independientemente de la parodia. Citaré algunas frases que hacen aflorar la sonrisa o, incluso, la carcajada. Hablando del General dice: “… ¿qué general soporta la vista de la sangre?”, frase que hace recordar la de Louis Ferdinand Céline en Viaje al fin de la noche: “Nadie como los generales para amar las rosas”. Cuando Mortal pronuncia un discurso para prometer lo que luego no piensa cumplir, tiene problemas con el micrófono que da interferencias, y la mezcla de palabras, ruidos, e incluso mensajes publicitarios de una emisora de radio (Sarduy, como Cabrera Infante, había trabajado en una agencia de publicidad), recuerdan de forma hilarante a la técnica del cut-up de William Borroughs. Las intervenciones en diálogo teatral de un Yo, el mismo autor, o del Narrador 1º y el Narrador 2º, y las contestaciones de las personajes son de veras ingeniosas y jocosas, pero también componen una metaliteratura en la que se reflexiona, muy en la línea estructuralista (ya hablé de su amistad con Lacan o con Barthes), sobre el sentido de las palabras, e incluso se plantea un acertijo sobre ese tema y la imposibilidad de alcanzar el verdadero sentido de todo, adivinanza que no se resuelve y queda en el aire como una inmensa pregunta llena de zoofagia y socarronería. El “choteo” cubano es el tipo de humor que gasta Sarduy y que recuerda al de Lezama y el de Cabrera Infante.

Otra frase chusca es: “La vida es una jabonera, el que no se cae, resbala”. O hablando de Mortal, o acaso del General, gallegos ambos, es decir, españoles, lo definen como alguien que pronuncia las eses finales.

Fotograma de la película Guantanamera de Gutiérrez Alea. Quien aparece en la foto es el actor Carlos Cruz que encarna a Adolfo (curioso nombre) que al final se encarama al pedestal

Pero lo que más hizo reír a este lector que escribe, o intenta, este ensayo, fue el recuerdo de una de las dos Parcas citando a José Martí: “La patria es un ara, no un pedestal”, criticando la garrulería demagógica de los oradores políticos. Y se me vino a la cabeza, claro, el final de la película Guantanamera, de Gutiérrez Alea, con el burócrata perorando en el cementerio, sobre un pedestal vacío, que quizá había soportado un ángel o una Virgen María, cuando se pone a llover y todo el mundo sale corriendo para protegerse del aguacero, y Adolfo, el burócrata, sigue hablando, cubriéndose como puede con los brazos, a grito pelado y sin que, ni se le oigan las palabras porque el agua cae con fuerza y ruido, ni quede nadie para escucharlo. Y no se olvide que Martí fue el poeta de la revolución, aquel a quien Castro llamó el inspirador intelectual de la revolución.

Un texto, en fin, muy barroco y juguetón, en el que lo inesperado le salta a la cara del lector como un gato cariñoso, con una ambigüedad enorme que ni siquiera la Nota final, capítulo diminuto y aparte, a guisa de epílogo elucidador, aclara porque no es ni deseo del autor ni falta que hace. Y divertido, muy divertido.

Portada de la novela Cobra, de Severo Sarduy

Cobra: Otro título con clave: puede hacer referencia al verbo cobrar, quizá porque se habla de prostitución, de dinero, aludir a la serpiente, a un grupo de pintores, ser un anagrama de Copenhague, Bruselas y Ámsterdam, o ser un eco de Barroco y de Córdoba (por Góngora, claro). O cuanto menos, eso explica la contraportada de la edición que dispongo: la de Editorial Sudamericana de 1974, posiblemente redactada por el mismo Sarduy. Por esta novela se le concedió el premio Médicis Extranjero en 1970 y fue publicada en español en 1972 por la editorial antedicha.

Cobra, travestí que trabaja en un burdel propiedad de la Señora, participa, también bajo sus órdenes y dirección en un Teatro Lírico de Muñecas (el bunraku japonés, teatro de marionetas de tamaño considerable: en él se inspira) para deleite de los clientes. Tiene varias compañeras, entre ellas la Cadillac, especie de antípoda de ella. Obsesionada, al parecer, la Señora con la pequeñez de los pies de las mujeres chinas, estudia la manera de los jíbaros de reducir cabezas y la aplica a Cobra para conseguir la perfección de la belleza. Fracasa, evidentemente. Entre sufrimientos, Cobra descubre bajo la cama, surgida de la nada a Pup, su doble a escala pequeña. De hecho, Sarduy asegura que Pup es la raíz cuadrada de Cobra. Luego Coba no es 1, pues la raíz cuadrada de 1 es 1: Cobra tiene que ser mayor que 1.

Cobra gigante

Esta Pup es una enana, una niña, una muñeca rabiosa y traviesa, de muy mal carácter, de modo que es también, al mismo tiempo que la doble de Cobra, su contrapunto, pues la protagonista es el paradigma mismo de la dulzura y la sumisión. De momento.

El afán reduccionista de la Señora las convierte a ambas, Cobra y ella, en tan pequeñas que, en una escena onírica y casi surrealista, las hace enredarse entre las hilachas de las sábanas, como si hubiesen adquirido el tamaño de liendres o pulgas. La solución aplicada por Sarduy es metaliteraria, como es hábito en él: asegura de inmediato que “Eran enanas, pero no para tanto. El relato que precede, como todos los de la infundiosa Señora, adolece de la hipérbole tapageuse (escandalosa: nota mía), el rococó abracadabrante y la exageración sin coto. Eran enanas, sí, pero como cualquier enano”. Y a continuación nos las compara con la enana de Las meninas velazqueña o con la niña que contempla La ronda nocturna de Rembrandt. De nuevo la fijación sarduyana con la pintura, sobre todo la barroca y la contemporánea. En esa misma línea, compara a estos personajes, en ese momento alucinado de la narración, con las mujeres “piernilargas” de

Oleo del pintor cubano Wilfredo Lam

Wilfredo Lam, pintor cubano de quien conocía a fondo la obra.

Siguiendo en esa terquedad de la Señora con las transformaciones, terquedad de la que no se sabe si Cobra es solo víctima o partícipe contenta, se le mete en la cabeza hacer operar a esta para eliminarle el “pingajo sobrante”, es decir, emascularlo para cambiarle el sexo. Intentan localizar al doctor Ktazob, al que llega a nombrar Sarduy como “Instructor de Cobra”, que hace intervenciones de cirugía estética en Marruecos. En la búsqueda pasan por el monasterio de Guadalupe, donde un fraile intenta teológicamente convencerlas de que desistan del proyecto y cuyos razonamientos contradicen ambas de forma muy escolástica. Se tropiezan también en Cádiz (ya sabemos que “La Habana es Cádiz con más negritos”, como cantaba Carlos Cano) con las protagonistas de la anterior novela: Auxilio y Socorro. Y ya en Marruecos, entre pistas verdaderas y falsas dadas por algunos: entre otros, William Borroughs, el escritor americano que vivió largo tiempo en el Maghreb, así

El escritor norteamericano William Borroughs junto al pintor inglés Francis Bacon, cuya obra es asimilable al último Sarduy por la descomposición de los cuerpos.

como Paul Bowles, y este último les da razón del doctor, asegurándoles que también se dedica a desfigurar a huidos gerifaltes nazis.

Para la operación, el doctor le dice que intervendrá sin anestesia, y la entrena para que transmita su dolor a alguien. ¿Y quién mejor que Pup, la enana?, de quien dice: “…ella es diabólica, menesterosa y fea, ¿qué más da lo que pueda sucederle? No es más que tu desperdicio, tu residuo grosero, lo que de ti se desprende informe, la mirada o la voz. Tu excremento, tus senos falsos…”. Se puede entender que Pup es como su pene: algo de lo que prescindir. Para entrenarla en esa transferencia del dolor, el medicucho le muestra, y lo dibuja el autor, un esquema hexagonal y diamantino, que no es sino parodia de esos esquemas, o quizá mapas conceptuales, que elaboraban los estructuralistas.

Como puede verse, todo es muy teatral y muy paródico.

Poco después, Cobra se encuentra con la Cadillac, que se ha hecho la operación contraria, de modo que ahora es un machote desenvuelto y algo violento.

Marlon Brando en un fotograma de la película motera Salvaje

El inicio de la segunda parte es desconcertante porque parece no tener que ver con lo anterior. ¿Quiénes son esos Tundra, Escorpión, Tigre y Totem?, ¿moteros como los de la película de Marlon Brando (de hecho, alude al título en inglés del film)?, ¿monjes tibetanos? Quizá las dos cosas a la vez, porque someten a Cobra a un proceso de iniciación, siempre doloroso como es esperable en Sarduy, en el que la rebautizan, llamándola justo Cobra, “…para que envenene… Para que hipnotice con el aliento y sus ojos brillen en la noche, enormes, de oro… Para que repte y se confunda con las piedras. Y muerda en el tobillo. Y de un zarpazo, escamas afiladas, hiera”. ¿No suena a Jesucristo: “por tanto, sed astutos como serpientes”?, ¿no era la serpiente uno de los animales emblemáticos de Zaratustra?

El grupo, ya de cinco con la integrada Cobra, llega a un monasterio, ahora sí, tibetano. Y en esta segunda parte, se sustituye la narración en tercera persona por una primera persona que, indudablemente, pertenece a Cobra (¡aunque utiliza el masculino!), si bien usa el autor un nosotros cuando se refiere a todo el grupo de moteros-monjes. Pero, tratándose de Sarduy, no se van a quedar ahí: aparecen en un coffee-shop decorado con pósters variopintos en la plaza Rembrandtsplein, de Ámsterdam. Sin solución de continuidad, Totem recoge de la morgue, tras haber asesinado al guardián de la institución, el cadáver de Cobra.

Sin embargo, tras un ceremonial, se supone que basado en el Bardo Thodol o Libro Tibetano de los Muertos, y quizá también en la imaginación del autor, elaborado con solemnidad por los cuatro moteros-monjes y por un lama-gurú, que aparece en el coffee-shop, y que más tiene de aprovechado de las tonterías ajenas además de drogadicto, como todos los que frecuentan el bar, y con un amante rubio, Cobra vuelve a la vida. Aunque quizá no, porque en el inicio del último capítulo, titulado Diario indio, se asegura que “La muerte -la pausa que refresca- forma parte de la vida”. En el hinduismo y el budismo quien muere, renace: la perpetua cadena de reencarnaciones solo cesa para quien alcanza el nirvana, de modo que esas resucitaciones o nuevas existencias no deben extrañarnos. La muerte no es paso para el autor, sino episodio integrado en la vida, y por tanto, la vida sigue en esa ficción, en ese mundo irreal que representa la novela. Irreal pero que al mismo tiempo es decididamente real, y recordemos la observación de González Echeverría sobre la historicidad de las obras sarduyanas.

Una calle cualquiera de Nueva Delhi

Este Diario indio, precedido de una extensa cita de Octavio Paz, también alusiva a la India donde el mexicano fue embajador de su país, se inicia con una escena de cremación y continúa con fragmentos descriptivos de la vida cotidiana en una ciudad, que puede ser Benarés, Calcuta, Madrás o Delhi, aunque en alguna entrevista afirmó que él estuvo en Colombo y quizá fuera en esa ciudad de Sri Lanka donde ambientó este Diario. No describe nada más gentes, calles o mercados, también las hay de los dioses, que decorados con colores chillones, debieron ser muy del gusto de Sarduy, un tanto kitsch, como dijo Sontag de él. Mas no solo está el hinduismo, sino también el Islam o el sijismo.

Y, por supuesto, las músicas. La sorpresa, siempre esperable en el cubano, viene de la inclusión de fragmentos del diario de Colón, que creyó haber llegado a las Indias cuando

Severo Sarduy con el escritor mexicano y premio Nobel Octavio Paz

ancló sus barcos en el Caribe. ¿Nos estará diciendo el camagüeyano que si el descubridor erró geográficamente, no se equivocó en lo exótico, que consiste siempre en lo extraño y ajeno para el que llega o para el que está en su casa y ve venir extranjeros?, ¿serán Guanahaní, Cuba o La Española ese oriente exótico para nosotros aunque estén al occidente? En un artículo suyo (Q. nº 102) en el que reflexiona sobre el porqué de esa obsesión con oriente, aventura que el primer motivo es sexual: “En Cobra, la oposición de los sexos no podía terminar más que en un sitio donde, por definición quedan abolidas todas las oposiciones: el budismo”.

Nos describe también las escenas eróticas de los templos hindúes cercanos a Khayurajo, pero en lugar de referirse a estatuas, lo hace sobre seres vivos, y más atribuidos a un Yo y en un tono que recuerda sospechosamente al Shir ha-Shirim, el Cantar de los Cantares.

La escena cambia al Nepal. Se mezcla la actividad espiritual con las más cotidianas actividades como comer, fornicar, orinar o defecar, como en la vida misma. Las preguntas de los moteros-monjes, que ya hicieron al lama-gurú embustero de Ámsterdam y luego a un santón hindú, se repiten aquí al Gran Lama, y son contestadas con mantras y sabiduría que a veces roza lo popular, y otras lo interesado y económico, con la venta de amuletos y mandalas.

Vista de Ámsterdam, una de las ciudades que podrían conformar el acróstico de Cobra

Finalmente, narrado en segunda persona, quien se supone es Cobra en su postrer metamorfosis, se ha convertido en dios o, quizá en diosa, para quien los fieles hacen ofrendas.

De esta segunda parte no puede hablarse como novela sino como serie de fragmentos de prosa poética, o mejor, de poesía en prosa. Hay descripciones, sí, pero más desde el punto de vista lírico que desde el épico o narrativo. En la primera predomina lo barroco, y de hecho utiliza el adjetivo lezamesco en una ocasión para definir un color morado y episcopal; pero no es alusión vacía. En la segunda es Octavio Paz quien prevalece: es su espiritualidad poética hindú, su sabiduría budista, pero mezclada con cierta crueldad iniciática.

En lo erótico, el propio Sarduy reconoció en la mencionada entrevista a Ernesto Parra (VT. nº 19) lo siguiente: “… lo que se produce en Cobra es eso: el deseo sube, la energía sexual sube, irrumpe en el cuerpo, en la mano, conduce los dedos para que vayan armando la trama de las palabras y eso hasta en el nivel más anecdótico y «figurativo»: me excito a veces describiendo un personaje, sus ademanes, su cuerpo, su sexo, que en definitiva no es más que la concreción de la energía irradiada por el mío, lo seminal transmutado en verbo. Hay algo parecido pero, creo, de signo contrario, en la noción lezamiana de logos spermatikos”. María Zambrano también utiliza ese concepto neoplatónico.

Vista de Córdoba, ciudad a la que también hace alusión como acróstico el título Cobra. Además, ciudad donde nació el admiradísimo, por Severo Sarduy, poeta Luis de Góngora

El sentido del humor está más difuso que en De donde son los cantantes, es más generalizado, aunque se concreta cuando señala, más que denuncia, esas falsas espiritualidades exóticas y orientales de los gurús para uso y abuso de tontorrones occidentales. Eso sí, la pintura como expresión artística tiene presencia: los bodegones y los cuadros de Velázquez y Rembrandt ya mencionados en la primera parte, la pintura y colorido de los dioses hindúes o de los Budas en la segunda.

Solo voy a copiar aquí un fragmento para que se compruebe la poesía y el barroquismo que trasluce la prosa de esta novela: “Rauda, enredándose en sus propios trapos, arrancándose con el tacón mostacillas, rosetones de perlas y lacerías flordelisadas, soltando llameantes carros de coños, la Señora desapareció en la sucesión de salas -no es un espejo: a partir de un punto medio y sin falacias, de un lado y otro del corredor, con inclemente simetría se repiten garras egipcias, molduras, cifras entrelazadas y ramajes corintios-. Volvió un rato después resoplante y desrizada; traía un cofre de plata abombado y liso que mostraba con igual sorpresa que un santo bizantino un osario”.

Continuará.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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