Severo Sarduy, el barroco polifacético o el travestismo literario 4

Severo Sarduy muy, muy jovencito

Empiezo ya con la obra novelística de Sarduy. Al principio, una introducción somera a todas sus novelas y luego la descripción de la primera escrita y publicada: Gestos.

Novelas

“Escribo para construir una imagen, palabra que, ante todo, debe interpretarse en el sentido visual y plástico del término y, a continuación, en otro sentido que a mí me resulta más difícil definir: algo en lo que uno mismo se reconoce, que en cierto modo nos refleja, que al mismo tiempo se nos escapa y nos mira desde una oscura afinidad”, explica en ¿Por qué la novela?

Sus novelas carecen de argumento o solo tienen de él un hilo de seda, algo que las une sutil pero firmemente. Es el lenguaje sobre todo lo que está en cuestión. Y las metamorfosis, que cualquiera podría llamar o considerar transformismo sexual, más el orientalismo y Cuba. En este último sentido, Sarduy no salió de Cuba pero se alejó de ella, como si la viera desde un helicóptero u, hoy en día, desde un dron, y esa visión “drónica”, aérea, es una de sus formas preferidas de visión, y digo “drónica” porque esos aparatos hacen poco ruido, en comparación con los helicópteros, y permiten también escuchar el sonido de fondo y las músicas. Con todo, no está de más recordar que cuando él las escribió el dron no se había inventado aún.

Portada de la edición de Cátedra de De donde son los cantantes

Piénsese que De donde son los cantantes es contemporánea de las mayores obras del Boom latinoamericano y sus planteamientos revolucionarios respecto a la narrativa convencional. Pero Sarduy llega aún más lejos. No solo sus novelas carecen de argumento sino que sus personajes no tienen psicología. Morelli, el personaje de la Rayuela cortazariana, proponía la eliminación de esa psicología y el autor, Julio Cortázar, no logró ese objetivo ni siquiera en su última novela como tal: El libro de Manuel. Sarduy sí lo hace: sus personajes parecen nacidos tal cual son en el instante en el que sucede la acción (acción sí la hay, lo que apenas hay es trascurso o, cuanto menos, es un trascurso dislocado, radicalmente ficcional o fantasioso); no tienen infancia ni adolescencia ni recuerdos; no hay familia ni vínculos familiares anteriores ni en expectativa; sus amores son apasionados: están dispuestos a convertirse en esclavos-esclavas de sus amados, y por tanto son amores sin futuro. Estos personajes suelen carecer incluso de nombre real, y se les conoce por un mote, a menudo propio de burdel o de corrillo de gente “baja”. El mote quita gravedad y grandilocuencia. Solo hay dos personajes con nombre propio normal, es decir, propio de “bautizados”: Isidro y Ada, en Cocuyo, y Sonia, en Pájaros de la playa, y aun a esta última se la conoce también por su mote, Siempreviva, que es el más utilizado en la narración. Ni siquiera en su primera novela, Gestos, existe esa trama necesaria (¿necesaria?: ¿qué sabemos de los padres de Alonso Quijano, de su infancia, de su adolescencia?: nada; del escudero sí conocemos a su esposa y a sus hijos, al menos a una; aunque sí es cierto que tanto Don

Ilustración de Gustavo Doré para El Quijote. Aquí sus ensoñaciones aún como Alonso Quijano

Quijote como Sancho tienen una psicología o una idiosincrasia; no así los personajes de Sarduy), por no decir en todas las demás. En cambio, en su vida personal sí se desvivió por su madre y hermana en Cuba; no fue alguien que al abandonar la isla se desgajara de sus querencias. Es en su mundo ficcional donde aplica ese, no distanciamiento, porque distanciarse significa que hubo antes cercanía, sino simplemente vacío.

Es curioso que se le relacione con el nouveau roman francés cuando este elimina la comparación, la metáfora, yendo a la referencia literal, dice las cosas por su nombre, en tanto él admiraba tanto el barroco y la retórica lezamiana y carpentieriana, que la practicó hasta la extenuación. La negativa de aquellos escritores franceses encabezados por Robbe-Grillet a describir a los personajes la cumple Sarduy a rajatabla, es cierto, solo que la lleva, como decía anteriormente, hasta un extremo. De todas formas, la relación más evidente,

Grupo Tel Quel, París, 1974. De derecha a izquierda Severo Sarduy, François Wahl, Roland Barthes, Julia Kristeva, Josephine Fellier, Marcelin Pleynet, Philippe Soler y otros

pues participó en ello con sus amigos Barthes, Lacan, Kristeva y Sollers, es con el estructuralismo. Íntimo de los dos primeros, se permitió en algún texto novelístico parodiar, si no ridiculizar, al famoso psiquiatra. De su estilo se ha dicho que es lezamesco. Y es cierto, las adjetivaciones, no ya sorprendentes, sino extravagantes, las comparaciones, los atributos de ciertas naciones o territorios que son pasmosos por desviados. Pero también hay mucho de Carpentier. Sin embargo, en las inquietudes orientalistas está Octavio Paz, como ya se dijo, a quien cita en sus créditos y en los ensayos. Y Lezama, claro. Pero al revés que él y Carpentier, Sarduy se recrea en la frase corta, contundente: “parecen haikus”, aseguró Julián Ríos en su entrevista (Q. nº 20). Y Sarduy le recordó que también Carlo Emilio Gadda le influyó mucho en esa frase corta. Nada dijo de los escritores norteamericanos, especialistas en esa parquedad.

Según Susan Sontag en su ensayo Notas sobre lo camp, Sarduy es absolutamente camp: exagerado, es la suya una manera de mirar el mundo como fenómeno estético, los sexos están indefinidos o son intercambiables. En el punto 14 de dicho artículo reconoce al barroco (finales del XVII, inicios del XVIII, dice ella) como antecesor de lo camp: artificio, superficie, simetría, lo pintoresco, lo emocionante, lo apasionado, lo ingenuo. Lo camp es

La escritora norteamericana Susan Sontag

arte que quiere ser serio pero que sin embargo no puede ser tomado enteramente en serio porque es “demasiado”, excesivo. No confundir con lo seudocamp, que es meramente decorativo o acomodaticio. Asegura que Genet no es camp porque quiere ser serio, elevado; Sarduy no tiene nada de serio en sus novelas, su elevación es la de los bajos fondos de mariquitas y “travestílas”. El mismo Sarduy recordó, y puede constatarse en su novelística, el exceso de luces de neón, luz artificial tan usada en su tiempo en cabarés y salas de espectáculo: es de nuevo la imitación, el oropel, la falsificación.

Otro aspecto muy destacable en su novelística es el sentido del humor. Hay momentos de veras hilarantes en los que el lector algo avezado alcanza la carcajada. En ese humor un tanto chusco en ocasiones, que se regodea en la ridiculización, aunque sus amigos aseguran que fue escrupulosamente respetuoso con todos, recuerda al cine de su compatriota Tomás Gutiérrez Alea; y hay una conexión entre ambos que más tarde detallaré.

De la misma manera que en su pintura ya hablé de esa serie hecha con un tema común: los horizontes, que al ser tan rectos y horizontales no pueden ser otra cosa que marinos, y que pueden llevarnos a pensar en la nostalgia de su isla (si alguna cosa tienen las islas es horizontes marinos), también en sus novelas las referencias a Cuba son constantes, y sobre todo musicales, que entre lo popular, que prolifera, es quizá lo más interesante; su fijación

Portada de La música en Cuba, de Alejo carpentier

con la música es común a los barrocos caribeños. Carpentier escribió un libro llamado La música en Cuba (y cómo olvidar su Concierto barroco; aunque este habla de música culta y no popular como la que le obsesiona a Sarduy) y Cabrera Infante también hace constantes alusiones a la música isleña, llegando a asegurar en Mi música extremada que toda la música latinoamericana procede de la cubana.

En la novelística de Sarduy, lo barroco implica lo kitsch, o mejor expresado, lo kitsch es su obsesión lo mismo que lo es el barroco. Sus descripciones, sobre todo de los adornos que rodean a sus “locas”, a sus travestís, son algo cursis, pretenciosas, o por decirlo de forma castiza, horteras. ¿O lo son sus personajes y no él? En su vida privada, al parecer, no era nada amanerado, incluso como se verá después, su voz era armoniosa y viril, sin rasgos teatrales.

Pero algo importantísimo: la opinión de González Echevarría en el prólogo a De donde son los cantantes en la edición de Cátedra, que afirma la calidad de históricas de las novelas de Severo Sarduy, pues representan un mundo nuevo donde las drogas, la libertad sexual y por ende la aceptación de las sexualidades fuera de lo corriente, y la preocupación por religiones, espiritualidades y misticismos aparte del cristianismo (que sigue siendo la religión general, que no obligatoria ni total, en occidente) se han convertido en lo cotidiano y ordinario.

Leyendo estas novelas sorprenden las transformaciones inesperadas, los traslados sorpresivos e imposibles, los renacimientos, los poderes extraordinarios de los personajes. No es que cueste creerlos porque más o menos, todos tenemos clara la diferencia entre ficción y realidad, pero a algunos lectores pasivos o tradicionales puede molestarles estos fenómenos fantasiosos. Sin embargo, vemos con agrado esos saltos inverosímiles en las películas orientales de luchadores, o aún más, de luchadoras: se encaraman por las

Cartel de la película El tigre y el dragón

paredes lisas y marmóreas, brincan hacia arriba y adelante como si fueran saltamontes descomunales, aparecen detrás del enemigo cuando hace una décima de segundo estaban delante. En resumen, nos creemos o cuanto menos disfrutamos con las inverosimilitudes del cine pero nos molestan en la literatura.

Y no solo transformaciones. Acontecimientos que, en cuanto quedan narrados, son contradichos poco más adelante por el acontecimiento contrario. Por ejemplo: alguien muere o es encarcelado y después, aparece vivo o libre, quizá porque lo primero fue un sueño, un trampantojo, y lo segundo es lo que sucede de veras, o a la inversa, es lo segundo la alucinación de un muerto o de un prisionero. Es otro aspecto de ese travestismo, de esa simulación que tanto se da en la narrativa sarduyana.

Gestos: Esta primera novela se publicó en 1963. Como otras de su producción, primero en francés y luego en la versión original española. Fue Seix Barral la encargada de tal publicación.

Portada de Gestos, de Severo Sarduy

Ese tema sutil, característico de las novelas de Sarduy, es en esta primera novela el seguimiento de una cantante nocturna de cabaré y lavandera matinal. Se trata de una negra zumbona, con constantes dolores de cabeza que palía, o cuanto menos amaina, con obsesivas aspirinas, y quejumbrosa hasta la extenuación: pelos y uñas nunca están en condiciones, por su oficio de jabón y lejía, para que una artista actúe en el escenario. Además de cantar, en algún momento debe ensayar un papel en la clásica Antígona, pero la adjudicación de ese papel no se aclara. Tal vez el autor quiso relacionar a aquella tebana que, por cumplir con los sentimientos, contraviene la ley, pues nuestra Ella, que así la llama en una repetición tenaz del pronombre como sujeto, siguiendo a su amante coloca una bomba en la estación transformadora que proporciona electricidad a La Habana, en los preámbulos de la revolución castrista, al parecer, si bien, como de hábito en Sarduy, no hace alusión ni a Batista ni a los barbudos, sino remacha la frase habanera de “están viniendo”, y digo habanera porque pone en boca de niños y gente del pueblo ese miedo mezclado con fatalismo que la gente de a pie tiene a cualquier altercado, revolución o disturbio que altere su vida cotidiana, o ponga en peligro su vida o la de sus allegados, con esa morbosidad que provoca en la multitud todo incidente sangriento. La presencia de esas bombas sucede en la segunda mitad de la narración, así como la aparición de la policía, que llega a ponerle una pistola en la mano a un muerto como consecuencia de la deflagración para adjudicarle la autoría de esta y publicar que la bomba le explotó mientras la manipulaba. Los registros recuerdan a los que efectuaba la policía española en el franquismo: severos, hoscos y bruscos, aunque cualquier cosa los puede distraer y abandonar su misión, de modo que se les escapan las mejores. De hecho, en un registro la

El dictador general Fulgencio Batista

policía está a punto de descubrir la bomba que Ella lleva en la jaba (bolsa), pero un borracho desde la otra punta de la cola los distrae y la negra puede escapar con su carga destructiva encima.

El caos producido por las bombas es descrito con un tipo de belleza, sobre todo popular, con el marasmo de gritos, histeria, y alegría de los niños que siempre juegan aunque sea a la misma muerte. Esos juegos de niños aparecen de continuo, y no solo con motivo del caos terrorista. Son juegos serios, imitadores del comportamiento adulto y con un lenguaje popular que a nosotros nos resulta exótico y hermoso.

El título, a mi entender, hace referencia a dos aspectos: por una parte el terrorismo que antecede a la revolución y que no es otra cosa que gestos, inútiles posturas cuya sola utilidad es alterar la vida cotidiana y crear ese estado de inquietud que favorece la revolución aunque solo sea por cansancio: llega un punto en el cual el personal desea que se alcance el cambio radical para poner fin a tanto desmán y pejiguera. En nuestros días hemos visto tal cosa con el Brexit, y en nuestro país con el afán independentista, que si alguna vez tiene éxito será más por fatiga que por convencimiento del interés y beneficio de tal meta. El otro aspecto es más popular: los

Celia Cruz, la grande

gestos exagerados de los malos actores y los cantantes en los cabarés, que Sarduy repite tanto sobre los dolores de cabeza de Ella entre otras muchas representaciones. A fin de cuentas esos gestos no son sino las simulaciones que tanto proliferan luego en su obra.

Esa Ella es Ella mientras no se demuestre lo contrario. En esta primera novela no hay travestismo ni ambigüedad respecto al sexo. El único transformismo es aquel que hace transfigurarse a la lavandera matinal en cantante vestida de lentejuelas o en actriz con clámide.

Ya se nota aquí la influencia de Lezama y de Cabrera Infante. Especialmente de este último, de quien con gran probabilidad conocía sus primeros escritos y los bocetos y primigenios capítulos de su más famosa novela, publicada cuatro años después de Gestos. Claro que también es posible que todo naciera de un totum revolutum producto de las tertulias y discusiones en la redacción del suplemento literario Lunes de revolución, en el

Ejemplar de Lunes de Revolución

que trabajaron ambos. La musicalidad de la prosa es característica general de estos escritores cubanos, y Sarduy la consigue, no solo con alusiones a la música popular, tal y como hace también Cabrera, sino con repeticiones de palabras o frases cortas, y con una elección de léxico que casi es erección por lo sensual. Esas frases cortas, contundentes, muy adjetivadas, ricas y barrocas, ya se ha dicho que son marca de la casa sarduyana, con una cantidad grande, en ocasiones, de cubanismos. Tal vez en Colibrí, Cocuyo y en De donde son los cantantes es en las que más cubanismos aparecen.

Cita numerosas letras de canciones populares: boleros, guajiras, chachachás. Pero lo curioso es que no las cita completas, sino solo unos versos, de forma que esas letrillas no interrumpen la acción sino que la acompañan, le sirven de música de fondo. Es un recurso que también utilizó Cabrera Infante.

Continuará.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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Una respuesta a Severo Sarduy, el barroco polifacético o el travestismo literario 4

  1. Gart dijo:

    De las tres entradas sobre Sarduy, esta es la que más me ha gustado, y no solo por que sacas oportunamente a colación el fabuloso libro de Cabrera Infante (que yo te presté) sino porque rezuma música por los nueve o diez costados, y sabe a Cuba, huele a cuba, y suena a Cuba como pocos escritos. Acertadísima introducción de la obra de Sontag, sobre lo Camp.
    Es usted un icono, afirmo.

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