Severo Sarduy, el barroco polifacético o el travestismo literario 3

Severo Sarduy indicando lo diminuto que es el mundo

Continúa con mi ensayo sobre Severo Sarduy. Hoy le toca a la poesía y a un libro un tanto excéntrico.

Poesía

En su primer poemario, según la edición de su Obra completa a cargo de Gustavo Guerrero, titulado Poemas Bizantinos, mezcla poesía en prosa con versos blancos. En mitad de una abundancia de gerundios que sorprende, habla de destrucción, ciudad tomada y guerra perdida. Pero introduce la cultura popular, la música cubana y la danza como contrapunto a esa devastación. El responsable de esa Obra completa asegura que Sarduy nunca salió de Cuba, aunque viviera a miles de kilómetros de distancia. Posiblemente sea esa la clave de mucha de su poesía y también de su prosa, pues antes se ha visto de su pintura. Mienta a la reina Isabel I de España y escribe unos versos que repite en algún momento más: “Te comiste un Zohar/ te comiste un Corán”, aludiendo a la expulsión de judíos y moriscos de la península y, por tanto, de las tierras que se iban a conquistar, y añade “Que ardas per secula (sic) seculorum/ con tus biblias y tus brújulas”.

Retablo de Eisenheim, de Matías Grünewald. La Pasión, también como la entiende Sarduy. Además, lo barroco.

Hay algo ya en este primer libro de poemas que alude de forma constante: la pasión, tanto en el sentido psicológico: “Sentimiento vehemente, capaz de dominar la voluntad y perturbar la razón”, dice el DRAE, como en el sentido de sufrimiento, en el sentido cristiano. En sus sonetos eróticos lo repite a menudo: es identificación, o casi, entre dolor y placer, entre el éxtasis y el ardor, al igual que en la poesía mística. Y lo curioso es que en sus últimos poemas entra de lleno en el tema e incluso imita a San Juan de la Cruz o a Santa Teresa de Ávila, poetas a los que admiró de forma muy intensa. De hecho murió con un tomo de la poesía de Juan de Yepes en su mesita de noche.

En el poemario Big bang, habla de esa teoría cosmológica o fenómeno del que ya no parece haber dudas. Lo hace desde una poesía más experimental: poesía visual unos poemas, y repetitiva en otros, como si solo le interesara la musicalidad. Y tanto es así que dedica varios poemas en verso libre, y aun en disposiciones de los versos no alineadas, a diferentes palos del flamenco español, y otros a la música negra, al jazz, mezclando ideas sobre ella y la atracción sexual por esos negros que la interpretan y componen. Al final, vuelve al tema del Big bang y convierte en poesía (poemas en prosa) los conocimientos cosmológicos a los que llegaba la ciencia en el tiempo en que fueron escritos estos poemas. Retorna en ellos a esa obsesión que ya mostró en sus ensayos sobre

Portada del poemario Big Bang, de Severo Sarduy

el barroco. En efecto, también él cree que los avances científicos alteran y modifican las tendencias artísticas. Pero hay otra obsesión, aunque la niegue en artículos y entrevistas: la homosexualidad, y establece un extraño parangón entre ella y la cosmología pues sugiere paralelismo entre el semen y el polvo de estrellas o fluido estelar, así como insinúa correlaciones entre el choque de galaxias y la zona sotádica en Marruecos (según la teoría de Richard Francis Burton), país que recorrió con su compañero (además del mismo Roland Barthes, que también fue amante, según dicen) François Wahl.

La crítica al poder es soterrada. Habla del poderoso que huye de la revolución, pero puede fácilmente entenderse que no solo lo es el que huye sino también el que se queda, pues el poder, por muchas caras gratas que adopte, siempre es el poder, y escudado tras la coartada del orden y la eficacia, reprime cuanto le molesta o se le antoja: “Perdido, El Poderoso se va huyendo/ de la revolución y de la quema./ Dos noches sobre el mar vela y blasfema/ y contempla las cúpulas ardiendo”. Y subraya esta crítica hablando de los travestís, locas, transexuales y bailarinas: “Cayeron ya la Dalia,/ la Rufeta,/ la Bonita-de-un-lado y la China./ Los inquisidores,/ hogueras heráldicas,/ violan las puertas todas y los signos./… ¿Quién dirige la caza,/ quién tiró la primera metralla,/ qué dioses las

Severo con Roland Barthes

han abandonado?”

En Un testigo fugaz y disfrazado los sonetos eróticos son impecables y de una finura que parece imposible al tratar de tema escabroso y según algunos, en mi opinión equivocados, pervertido. Copiaré uno de esos sonetos que me parece maravilloso: “Omítemela más, que lo omitido/ cuando alcanza y define su aporía,/ enciende en el reverso de su día/ un planeta en la noche del sentido.// A pulso no, que no disfruta herido,/ por flecha berniniana o por manía/ de brusquedad, el templo humedecido/ (de Venus, el segundo). Ya algún día// lubricantes o medios naturales/ pondrás entre los bordes con taimada/prudencia, o con cautela ensalivada// que atenúen la quema de tu entrada/ pues de amor y de ardor en los anales/ de la historia la nupcia está cifrada.” Recitó estos poemas en Caracas y, según Gustavo Guerrero, los leyó como tanta solemnidad y fervor que los convirtió en plegarias.

Escribió sonetos en endecasílabos, en alejandrinos y alguno en octosílabos. La disciplina del soneto le gusta por una frase que repite en varias ocasiones, también en entrevistas: “El régimen del sentido es el de la libertad vigilada. Si la libertad es total o nula, el sentido no existe”. Es de su amigo Roland Barthes y podría haber sido suscrita por los miembros del OuLiPo, aquel grupo de artistas y matemáticos que crearon la traba como norma de sus productos artísticos.

La muerte y el caballero, de Alberto Durero

Aún otra obsesión se repite: la muerte. Y nada tiene que ver con la enfermedad que lo mató. Es una fijación barroca. Los barrocos hablaban tanto de la muerte justo porque la temían, y Sarduy hace lo propio: la exorciza incluso cuando está en plena salud. Un ejemplo de este gran poemario: “No es la muerte/ lo que derrumba con su hachazo -fuerte/ así es el hombre-, sino el espejo// que nos tiende.” La muerte ajena (la propia se puede ver venir pero no se presencia) nos indica, con su frialdad característica, que también a nosotros nos tocará. En las décimas que componen este mismo libro, décimas de gran belleza en su sencillez, tan barroca como la de los sonetos, repite la angustia y la enlaza con el sexo, cosa que realmente le ocurrió más tarde: “Divierte/ el placer así obtenido/ por el sendero invertido:/ más vida cuanto más muerte”. Sarduy convierte la literatura, la poesía, en carne, y la carne duele y goza. En estas décimas describe por enésima vez el homoerotismo que lo llevó, al igual que a Roland Barthes

François Wahl, con quien viajó numerosas veces

quien, según reconoce Juan Goytisolo de sí mismo, se iba con él a los urinarios públicos del barrio parisino del Barbés a encontrarse con magrebíes, lo llevó, digo, a concurrencias sexuales con los argelinos que en aquel quartier viven y otras en el mismo Marruecos. De ahí, quizá, esa mezcla de placer y dolor (por la penetración) que describe en la siguiente décima: “Tanto arder, tanto valor,/ tanto ataque y retirada/ ante ese umbral en que nada/ alivia más el dolor/ que su incremento. O mejor:/ hay un punto en que exceso/ -y que mediten en eso/ los mesurados -bascula/ en su contrario. Calcula:/ ir más allá en su regreso.” Como puede comprobarse, los paréntesis y los encabalgamientos son muy usados por Severo Sarduy, en imitación de sus modelos barrocos, sobre todo Góngora.

Star Apple

En Un testigo perenne y delatado, y nótese la semejanza en los títulos de ambos poemarios, dedica sonetos a sus místicos españoles del Siglo de Oro: Teresa y Juan, más algunos a amigos o pintores a quienes admira, y décimas con dos temas: las frutas cubanas, que titula Corona de las frutas y los dioses y mitos de la santería isleña, titulados Orishas (de los poemas dedicados a las frutas: caimito, guayaba, mango, etc., obsequió 10 a la revista Quimera en su número 100, quizá en agradecimiento porque 2 números más tarde le dedicó un dossier con artículos propios y de varios escritores e intelectuales). Un soneto consagra al árbol de “La recoleta” donde el símbolo arbóreo como enlace entre el mundo de arriba y el mundo de abajo es glosado y convertido en belleza. Es de destacar el soneto en acróstico donde las primeras letras de cada verso forman las palabras “Aurelio y Severo”. Aurelio Asiaín narra su encuentro con Sarduy en Francfurt; se puede leer en https://aurelioasiain.com/tag/sarduy/. Y en el antepenúltimo soneto se encuentran estos dos versos que muestran esa nostalgia cuya realización se sabe imposible: “Por las tardes me vienen de repente/

Guayabas

bruscos deseos de volver a casa”. Por último, en este poemario hay una décima que insiste en la idea barroca de la máscara, del engaño del cual tanto habló en sus ensayos: el trompe l’oeil o trampantojo en la pintura: “Convenzo más cuando engaño,/ soy más creíble si miento/… Más fingiría si no fuera/ que aparentar aparento.”, con esas paradojas y ese ser no siendo que tanto le agradaban.

Sus Últimos poemas tienen mucho de juego y de “choteo”, como dice el recopilador de su Obra Completa, Gustavo Guerrero. Desde un soneto cuyos versos todos acaban en z, y otro en x, pasando por aquel en los que acaban todos los versos en cuenta o en tiempo, a imitación de un soneto de Miguel de Guevara (¿1585-1646?), hasta un acróstico alfabético, es decir un poema de 27 versos donde cada uno empieza y acaba, el primero por la letra a, el segundo por la b, el tercero por la c, etc., incluyendo las letras ll, k q y w, pero no la ñ, pues él mismo reconoció en conferencia pronunciada en Canarias invitado por su amigo, el poeta español Andrés Sánchez Robayna, que podría haber empezado ese verso con ñáñigo, pero ¿con qué diablos lo acababa?

Que se quede el infinito sin estrellas, soneto de Severo Sarduy

Siguen esos postreros poemas con unos dedicados de nuevo a los místicos, con liras a la manera de San Juan de la Cruz, junto a los que incluye comentarios semejantes a los que hizo el carmelita a sus “versillos”, comentarios místico-eróticos demostrando y demostrándose la vieja teoría tan hermosa de que amor divino y amor profano se acercan tanto, se tangencian de tal manera que a veces, como piensan y practican los cabalistas hebreos, son la misma cosa.

Pero el humor, el cachondeo, el “choteo”, como ya dije, que tanto ejerció en su vida, están en sus Epitafios. Escribió seis y consigno aquí el primero para que se vea esa broma, ese sarcasmo que utiliza con la muerte propia, que ya, al escribirlo, se veía venir por estar afectado de la pandemia, como la llamaba Juan Goytisolo: “Yace aquí, sordo y severo/ quien suelas tantas usó/ y de cadera abusó/ por delantero y postrero./ Parco adagio -y agorero-/ para inscribir en su tumba/ -la osamenta se derrumba,/ oro de joyas deshechas-:/ su nombre, y entre dos fechas,/ «el muerto se fue de rumba».”

Un libro fuera de género

Portada de El Cristo de la rue Jacob, con uno de sus cuadros como ilustración

Antes de hablar de sus novelas, lo haré de un libro que es, en apariencia, especie de autobiografía. Él las odiaba. Se trata de El Cristo de la rue Jacob. En la escasa página que hace de prólogo, nos habla de esta obra suya como conjunto de epifanías, en tiempos privados “…de religiosidad donde todo se bautiza con un nombre que lo ligue a lo absoluto”. Y dice que en él se tratará de huellas, de marcas físicas, sobre todo cicatrices, “…una arqueología de la piel”. Es decir que continúa con su obsesión con el dolor y los tatuajes, lo que queda escrito en la piel. Parece un álbum de fotos, un recorrido por algunas cosas que le han resultado importantes, y donde, aun retratando un conjunto, se va a lo de veras importante, al punctum del que hablaba Roland Barthes en La chambre claire como lo único resaltable de una fotografía.

Rue Jacob, París

El título es significativo: utiliza Sarduy el nombre de Cristo por la expresión tan manida de “ir hecho un Cristo”: maltratado, apaleado, harapiento, percudido, abofeteado, en contraposición a otra frase hecha: “más bonito que un San Luis” o “ir hecho un San Luis”, por elegante, limpio, acicalado, como suelen estarlo las estatuas de tal santo, patrono jesuita de la juventud. Vuelta a esa manía con las cicatrices o marcas de guerra, las de la vida. Y de hecho empieza así, con una herida en la cabeza, siendo un niño, que se hizo con la espina de un naranjo. Y lo que aún es más sugerente: el recuerdo que la estancia en un hammam marroquí, con más que probables encuentros sexuales, le inspira sobre su operación de apendicitis siendo un adolescente. Para acto seguido referirse a un juego con un joven karateka que le rompió el labio sin querer. Y acabar en la rue Jacob esquina Napoleón, en París, donde ve pasar un camión transportista de un gran cuadro que representa un Santo Cristo, posiblemente un Crucificado. ¡Pero es que en la rue Jacob estaba el local de la Éditions du Seuil, donde trabajó algunos años como lector, y donde fueron publicados sus libros!, por tanto ¡fue calle que frecuentó, naturalmente!

El resto del libro lo componen descripciones de lugares donde estuvo, reflexiones sobre los asuntos que lo inquietan: el budismo, los dioses hindúes, la muerte y su “tránsito”, la pesadilla de la guerra, recuerdos de los amigos fallecidos relacionados con el Libro Tibetano de los Muertos, experiencias, y aun paisajes, que lo impresionaron.

José Lezama Lima con Julio Cortázar

Termina este pequeño volumen con una carta que le dirigió Lezama Lima en 1969 para reusar un viaje a París que Sarduy le ofreció. Mas lo curioso no es la carta en sí, que ya es curiosa, sino el texto que le sigue, consistente en una exégesis de dicha carta, una interpretación bajo el signo del cubanismo y sus léxicos, de la manera de pensar de Lezama, tan católico viviendo en sus últimos años en un mundo negado, no ya a la religiosidad interna, sino lo que más le dolía a él, al parecer, a las formas externas de religiosidad: los cultos, las ceremonias, los ritos.

Continuará…

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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