Severo Sarduy, el barroco polifacético o el travestismo literario 1

Severo Sarduy

La verdad es que para colocar esto aquí en el blog he estado dudando casi tanto como dudé para hacer este trabajo que he acabado, no gracias al confinamiento (¡qué palabreja!, menos mal que contiene la palabra fin, que es lo que esperamos todos), sino gracias a mi inconsciencia y a mi fatuidad. No me veía capaz de hacer un ensayo sobre la obra de Severo Sarduy porque, si bien escribo novelas, en esto de hacer análisis artísticos y filológicos sobre un escritor consagrado no es que yo sea un experto ni un conocedor. Al final, lo he conseguido, no creo que esté muy bien pero esto es lo que hay. Como siempre no he puesto en él sabiduría, pues carezco de ella, sino corazón, gusto y ese placer del que Severo hablaba continuamente. Tiene un total de 64 páginas, de modo que lo iré colocando aquí en mi blog de poco en poco, aunque tarde tiempo en ponerlo entero. Al final pondré aquello tan bonito de las novelas por entregas en la prensa que decía: continuará, y así a quien no haya leído esta introducción no le extrañará que se interrumpa abruptamente. Espero que os guste y os toméis la paciencia de leerlo completo.

Severo Sarduy el barroco polifacético o el travestismo literario

Se ha hablado mucho del barroco caribeño, y Sarduy, es cierto, pertenece a él, pero en la literatura latinoamericana no solo estuvo Cuba, aunque ella se situara en primera línea en el barroquismo, sino que otros escritores de ese continente y en nuestra lengua, o en la hermana portuguesa, fueron también barrocos. Está el Carlos Fuentes de Terra Nostra y Cristóbal Nonato, José Donoso con su El lugar sin límites, o Zama de Antonio di

Portada de Cristóbal Nonato, de Carlos Fuentes

Benedetto. O el poeta venezolano Rafael José Muñoz. Incluso al brasileño Haroldo de Campos se le adscribe de costumbre al movimiento. Y el también brasileño Joao Guimaraes Rosa tiene un cierto barroquismo en el retorcimiento del lenguaje, al menos en Gran Sertón. Veredas. Al propiamente caribeño se vinculan Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante, José Lezama Lima o Severo Sarduy y, de alguna manera, Reinaldo Arenas o Julieta Campos. Tal vez haya más, pero los ignoro. Estos son los consagrados. Con todo, debo decir que Sarduy descalifica a Carpentier como barroco y lo inscribe en el neogoticismo. Es asunto discutible, claro está. Lo que ocurre es que nuestro Severo es severo al respecto y tanta es su adoración por Lezama que le cuesta alinearlo con nadie. Al menos, alinearlo con alegría y superficialidad.

Freddy Castillo Castellanos dice en una intervención en la IV Bienal de Literatura Mariano Picón Salas de Mérida, Venezuela (1999): “…el neobarroco (término acuñado por Haroldo Campos y Severo Sarduy) posible no se limita al rescate del hipérbaton o de otras figuras más o menos gongorinas. Es algo más que una tendencia literaria o que unas audaces torceduras de las formas verbales. Es una arriesgada travesía de la palabra por el laberinto de las eras imaginarias, tanto más subversiva cuanto menos correspondencia mantiene con el entorno, con el «tiempo nublado» de este fin de siglo”. Aunque Gustavo Guerrero da

José Lezama Lima

a entender en su artículo titulado Lezama Lima, una posteridad disputada, publicado en Letras Libres España (de ahora en adelante Ll.) nº 113, que el término neobarroco y su filiación de Lezama Lima por parte de Sarduy fue una manera de darse a sí mismo un cimiento sólido, al considerarse heredero del gran escritor habanero, no creo que le hiciera falta a Sarduy darse autobombo con tal atribución, opino que más bien es reconocer una paternidad, un antecedente que no justifica, sino avanza lo que él luego, modificándolo como buen heredero, ampliará y profundizará.

Eugenio Trías definió el barroco, en Lo bello y lo siniestro, como: “…la escenificación teatral del infinito… todo el arte barroco es una prueba epistemológica de gran estilo acerca de la no fiabilidad del sentido de la vista, así como de la absoluta capacidad de metamorfosis de todo el mundo sensible”.

Doy estas observaciones, más que definiciones del barroco, y no otras más al uso o más académicas, por acercarse mucho al arte de Sarduy.

Sarduy fue novelista, poeta, periodista, ensayista, pintor y autor de teatro. Hay una actividad que me gustaría destacar aunque poco se conoce de ella: locutor de radio en Francia; para él la voz era importantísima como luego se especificará analizando sus obras teatrales. Nació en Camagüey en el 37 y falleció en París por SIDA en el 93. Es, como

Guillermo Cabrera Infante

Cabrera Infante, exiliado exterior de la dictadura cubana, en tanto Lezama lo fue también pero interior, como lo fue nuestro Gil-Albert. “Ya se sabe que nadie puede encontrarse a sí mismo si antes no abandona lo que lo rodea, lengua y país natal, el universo estorboso de lo conocido”, asegura nuestro autor en su artículo En un florero encantado se desmaya una flor, homenaje a Rubén Darío.

Si no volvió a Cuba fue porque tras resultarle inhabitable el Madrid de la época (1960) a donde llegó becado por el gobierno cubano, y era su primer destino, se trasladó a París y fue allí donde estudió pintura: estaba a gusto, se sentía libre, pero había, digamos, desperdiciado la beca pues se había ido a otro país. Luego prolongó el exilio por vergüenza al no haber vuelto a tiempo, y posteriormente al enterarse de la represión a la que fueron sometidos los homosexuales por el régimen castrista. Mejor que exiliado, a él le gustaba apodarse “quedado”. De hecho, Cabrera Infante y él fueron borrados, ninguneados de los manuales de literatura nacional cubana.

Su homosexualidad, a la que en apariencia da gran importancia pues sus novelas son muchas travestidas o transexuales, tema del que hablaré más tarde, es intrascendente. Digamos que es cosa suya y él no hace un mundo de ello: ni siquiera la reivindica. Aseguró que la homosexualidad es “como ser diabético o filatélico”; indudablemente, utilizó la

Severo en plan sexy, aunque es posible que solo estuviera en la postura del loto.

palabra diabético por eufonía, no porque pensara que la homofilia es una enfermedad; quiso decir con ello que “contra gustos no hay nada escrito”. La única trascendencia, desgraciadamente, estuvo en su vida privada: murió a causa de la pandemia, como la llamó Juan Goytisolo, de quien era amigo y que habló de él lo mismo que hizo otro grande, y gran compañero también: Julio Cortázar. Sí aparece esa homosexualidad en la mayoría de sus novelas, pero no olvidemos que la narrativa es ficción, es un mundo no existente. Comprender la narrativa como autobiografía es un error colosal, aunque sí puede traslucir algunos aspectos de la personalidad del autor, aspectos que, por otra parte, no deben tener importancia alguna por cuanto de un autor lo trascendente es su obra, no su vida que, como la de cualquier hijo de vecino,  no le concierne a nadie.

Portada de la grandísima novela de José Lezama LIma, Paradiso

Respecto a sus influencias, es evidente la de Lezama, para él, el más grande: “no me siento próximo a Lezama sino en Lezama”, declara en la entrevista con Ernesto Parra, Viejo Topo, (en adelante, VT.), nº 19; también asegura que todos sus escritos son “notas a pie de página a Lezama”. Y por supuesto, la de Carpentier, pero no hay que olvidar la de Octavio Paz, pues sin él su obsesión novelesca por la India, el budismo y los dioses hindúes no existiría. Fue en los libros de este donde se le creó la curiosidad por aquel país, y los causantes de sus múltiples viajes allí, a Sri Lanka e Indonesia. En él y en la atracción islámica de su amigo Juan Goytisolo o en los escritos del sinólogo francés François Cheng fue donde se coció la sugestión sarduyana por Oriente.

Hay otra un tanto oculta: la de Valle Inclán. Sus novelas en especial son esperpénticas, aunque al revés del gran gallego él no pretende denunciar nada. Es deformante pero carece de voluntad crítica hacia la sociedad, ni siquiera a favor de la marginación de los travestís u homosexuales. No le apetece señalar el sentido trágico de la vida sino solo disfrutar, jugar, obtener placer de lo deformante, de la simulación, que le parece mucho más divertida que la realidad. Si Valle usa la animalización o fusión de f

Don Ramón del Valle-Inclán

ormas humanas y animales, Sarduy directamente nombra a sus personajes con nombres animales.

Volviendo a José Lezama Lima, en el principio de la colaboración de Severo con la revista Ciclos, se enfrentó con el gran pope de la literatura cubana, que dirigía la revista Orígenes. Ambas eran opuestas en planteamientos, aunque esas oposiciones literarias no fueron guerreras sino, con el tiempo, divertidas y dignas de motivar estudios y tesis. Al parecer, de ese enfrentamiento surgió el inevitable “choteo” cubano pues, como el mismo Sarduy cuenta años después de ese hecho y con la ternura del tiempo y el afecto por su admirado Lezama, en la revista de este, y por un error tipográfico, se habló de la famosa y romana Fontana de Travers, en lugar de Trevi.

Continuará, empezando por la reseña de sus Ensayos.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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