La sabiduría literaria de Gonzalo Hidalgo Bayal

Gonzalo Hidalgo Bayal

Se me ha repetido tantas veces que leer no sirve de nada, aunque esas palabras hayan sido dichas en silencio, sin vocalización ni consonantización, y han sido producto de una labor de trujimán desde una mirada o un gesto, que al final han producido el efecto contrario: especie de orgullo, que no fatuidad ni engreimiento porque cada uno se entretiene como le apetece. Y la palabra apetecer viene del latín appetere, y petere significaba aspirar a algo, además de pedir, naturalmente, también tiene dos derivados que son las palabras apetito y avidez, y esta da sensación de ansiar algo sin lo que no se puede pasar, o de apropiárselo apasionadamente (beber con avidez), siendo esa codicia lo mismo algo bueno que algo malo. Véase el Corominas, si no. Bien, hablaba de esas críticas a mi afición o pasión lectora. Mire usted por dónde, ahora me es útil, lo mismo que a otros les es útil la imaginación para cantar en los balcones, caminar sin moverse mediante un plástico pegado al suelo y huntado con aceite o grasa, los de más allá la filatelia o montar aquella maqueta que uno tenía arramblada a la espera de tiempo, etc.

Portada de El espíritu áspero en edición de Tusquets

En estos días he leído mucho a Severo Sarduy, el escritor cubano, y sobre él, porque ya llevaba más de un año con la obsesión de hacer un ensayo amplio sobre toda su obra: novela, teatro, poesía, ensayo y pintura. Y también estoy leyendo un libro que encontré (el azar conforma la vida, y más la cultural) en la Cuesta de Moyano: El espíritu áspero, de Gonzalo Hidalgo Bayal. Ya he hablado en este blog de tan grande escritor y mayor novelista. No lo he acabado, por tanto no voy a hacer una reseña sobre él, sino que quiero recomendar la obra entera de este extremeño publicada casi toda en Tusquets, excepto aquellos libros que le editaron entidades públicas cacereñas. Tal vez Hidalgo Bayal sea el mejor prosista en español peninsular tras la muerte del murciano Miguel Espinosa o de Juan Goytisolo. La filigrana de sus palabras y frases, no ya bien construidas, sino perfectamente artísticas, hace que leerlo sea como degustar un buen plato: hay que hacerlo lentamente, entreteniendo el bocado entre la lengua y el paladar. Me gustaría hablar de su afición a las figuras retóricas, especialmente al palíndromo, que le hace titular dos de sus novelas con tal truco lingüístico: Amad a la dama y La sed de sal. Leed estos títulos al revés y sabréis lo que es un palíndromo, si no lo sabéis ya.

Portada de La sed de sal

No voy a hablar de sus argumentos sino del placer. Aunque no me ahorraré explicar que uno de sus temas favoritos es el del extraño que llega a un pueblo y cómo es admitido o repudiado, criticado o admirado, odiado o querido. Yo he sido uno de esos extraños que llega a un pueblo: en Guadix, cuando llegué en el 80 y pasé en el pueblo 9 años, me escuché de todas: tristes y alegres; o cuando aparecí en Loja, pueblo donde vivía y aún vive la familia de mi esposa, con toda una carga de prejuicio y curiosidad que se ha mutado en afecto, si bien algún caso también habrá de envidia, emoción ante la que siempre me preguntaré ¿de qué? Pero repito, como en cualquier obra de un buen escritor, de un gran escritor, el argumento, el tema, la historia que se narra no es lo más importante, sin que sea exactamente algo prescindible o insignificante.

Este, El espíritu áspero, tiene muchísimos detalles de humor, y podría asegurarse de carcajada, quizá la novela bayaliana con más risa y cachondeo, pero al igual que El Quijote, no es un libro solo de risa: es rico, señalador de las debilidades humanas y por tanto ridiculizador de ellas, desmitificador de la vida en los pueblos, muy buena para los niños e insoportable, por culpa del chismorreo y el sentirse siempre observados, para edades más avanzadas, desde la juventud que no puede hacer nada sin ser mirados, hasta la madurez y ancianidad aquejadas de un aburrimiento letal, y de un prejuicio que convierte en simplona la vida, sin aliciente, aunque también señala esas cosas buenas de los pueblos que algunos creen únicas.

Portada de La escapada

Desde La paradoja del interventor, primer libro que leí gracias a mi amigo Antonio Ramírez, pasando por Nemo, La escapada, la ya nombrada La sed de sal, y los libros de relatos Campo de amapolas blancas, La princesa y la muerte y Conversación, hasta esta El espíritu áspero, que son los libros que hasta ahora he conseguido, sean nuevos o usados, ninguna me ha cansado o defraudado, de verdad merece la pena deleitarse con este hombre que respeta tanto al lector que no piensa ni que sea tonto para comprender el lenguaje (estamos todo el día pegados al móvil y somos incapaces de consultar en él el significado de una palabra, pues el DRAE está íntegramente digitalizado, así como otras entradas sobre palabras dialectales), ni que sea bobo para entender técnicas narrativas que, sin ser complejas, sí escapan del tan manido y decimonónico introducción, nudo y desenlace. Leerlo absuelve a la actual literatura española, tan llena de lugares comunes, lenguaje ramplón y simplificado, moderneces temáticas que ni siquiera reflejan una época si no es como tiempo de imbéciles, búsqueda compulsiva de una comercialidad que asimilaría la novela con las lavadoras, y ni eso porque al menos estas son útiles. Gonzalo Hidalgo Bayal: leed cualquier cosa suya, todo es bueno.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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2 respuestas a La sabiduría literaria de Gonzalo Hidalgo Bayal

  1. En todos sus libros ridiculiza a otros para decir de si mismo que es el único con cabeza suficiente para .destacar sobre los demás humanos que pisan la tierra ¿Sus lectores aun no os habéis dado cuenta de esa particularidad del sabio que nunca venderá más de 1000 libros de cada una de sus historias?

    • Ignotis Parentibus, si aún no te has enterado de que vender o no más o menos de 1000 libros no tiene nada que ver con la literatura ni con el arte, es que no te has enterado de nada. ¿Es mucho mejor escribir chorradas mal pergeñadas pero vender? Yo creo que no, tú piensa lo que creas conveniente.

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