La trilogía de Jorge Carrión

El escritor Jorge Carrión

En estos tiempos duros que estamos viviendo, lo peor que nos puede atacar es el aburrimiento. Leer es una buena opción. Lo malo es que hay gente a quienes aburre leer. Habida cuenta que también hay gente a quienes les aburre el amor, uno puede temerse cualquier cosa del humano. Coloco aquí, en mi blog, este artículo o reseña triple, de las tres novelas que forman una trilogía escritas por Jorge Carrión. Es mi costumbre no atosigar a los lectores de este blog colocando en él demasiadas cosas y demasiado a menudo, pero si esta vez añado con una diferencia de escasos días otro texto es por ese miedo al aburrimiento que todos podemos padecer. No es momento de comprar estas novelas en una librería: están todas cerradas, pero sí se pueden localizar por internet o en plataformas de segunda mano como Iberlibro. También este artículo ha sido publicado en el Boletín número 13 de la Academia de Buenas Letras de Granada. Espero que os anime a leer a este autor tan interesante porque no solo, como digo en el texto, es autor de ficción sino de ensayos atractivísimos.

Portada del Boletín 13 de la Academia de Buenas Letras de Granada

Jorge Carrión (Tarragona, 1976) ha publicado varios ensayos: Norte es Sur. Crónicas americanas, Viaje contra espacio. Juan Goytisolo y W. G. Sebald, Teleshakespeare, Librerías o Barcelona. Libro de los pasajes. Librerías fue finalista del premio Anagrama de Ensayo y ha sido traducido y publicado en varios países. También es autor de una trilogía de novelas que carece de un título común: Los muertos, Los huérfanos y Los turistas.

En esos ensayos ya comparecen las inquietudes que le llevaron a escribir la trilogía: las series de televisión, y el viaje turístico como experiencia casi inane, donde el turista (que no el viajero) apenas se entera ni digiere lo que mira. Las tres novelas se leen independientemente pero están ligadas entre sí por ligeros detalles que, en las dos últimas, se descubren al final. Lo arrebatador de ellas es que retratan a la perfección el mundo moderno y las obsesiones que lo caracterizan: la necesidad de distracción, la obligatoriedad de divertirse, de pasarlo bien, eso que se ha dado en llamar “cultura del ocio”, el miedo al desastre nuclear provocado por políticos y grandes corporaciones privadas, y la urgencia de moverse de un lado a otro para encontrar en todas partes lo mismo, lo ya conocido aunque se disfrace de exotismo y de dolce fare niente.

En Los muertos se retrata lo que podría ser un mundo futuro o, acaso, un más allá, o escrito con propiedad, un Más Allá que nada tiene que ver con paraíso o infierno, sino

Portada de Los muertos en edición de Galaxia Gutemberg

quizá con un purgatorio que, como ya mostró El Bosco en su cuadro El jardín de las delicias, se parece mucho a nuestro mundo. Carrión no juega con la religión, ni siquiera con las religiones, sino con la ficción: se inventa un mundo. En él, aparecen en las calles de Nueva York los llamados “nuevos”, individuos que sorpresivamente y de pronto se manifiestan o, aparecen, porque no hay otra palabra, en los lugares más insospechados: andenes de metro o callejones. Estos individuos que aparecen no tienen memoria y, lo peor para ellos, ni siquiera tienen nombre, es decir, carecen de identidad. Muchos recurren, cuando consiguen acumular dinero suficiente para la consulta, a adivinos que “ven” su pasado y les adjudican un nombre. Otros caen en las manos de empresarios sin escrúpulos que los obligan a trabajar encadenados a máquinas. De estos últimos se dice que no parpadean: trabajan como autómatas. ¿Les suena?: algo muy semejante sucede en países del tercer mundo y esos empresarios bandidos son los dueños de afamadas marcas de ropa deportiva, por ejemplo, solo que Carrión se inventa la ausencia de parpadeo para darle más sensación de irrealidad, de ficción, un aire novelesco.

Uno de esos tipos es ayudado por un tal Roy después de haber sido apaleado por un grupito de cabezas rapadas. La acción transcurre alrededor de esos personajes. Sorprende el lenguaje: entrecortado, contundente y muy visual. Hasta que en la segunda parte el lector se entera de que está “leyendo” una serie de televisión llamada Los muertos, serie de gran éxito comercial, idéntico al que pudieron tener en su tiempo Perdidos o Los Soprano.

Serie de televisión Los Soprano

Porque esa segunda parte es el ensayo escrito por un intelectual sobre esa serie y su repercusión social, con fenómenos de aficionados y hasta de identificaciones físicas con los personajes, identificaciones que rayan en lo asombroso pues uno de los personajes de esa primera parte, la niña Jessica, resulta ser la niña vestida de rojo, único color aparecido en La lista de Schindler de Spielberg en la parte ambientada en los terribles años 40 del siglo pasado en Alemania y Polonia. Un detalle que es esencial para la concertación de la trilogía: los autores de esta serie televisiva que conforma toda la novela son un tal Mario Alvares y cierto Georges Carrington. Estos dos jóvenes, pues lo son, firman un contrato con la productora según el cual solo habrá dos temporadas de la serie y los actores y actrices que en ella participan no podrán trabajar en cine ni en televisión a partir del fin del rodaje. La idea de Alvares y Carrington es comprar una isla desierta con los beneficios ganados y apartarse del mundo.

La tercera parte es la segunda temporada de la serie. En ella se inicia un movimiento de repulsa hacia las autoridades de esa sociedad futura o irreal, o quizá escatológica, en forma de “comunidades”, integradas a veces por fanáticos de tal o cual personaje histórico o de la ficción, y con citas textuales de series televisivas reales: las de nuestro tiempo. Lo curioso es que finalmente se inicia un fenómeno que deshace esas comunidades: no hay represión, simplemente sus miembros empiezan a desaparecer. Nadie los rapta, nadie los secuestra: desaparecen igual que en la primera temporada aparecían aquí o allá. Pero esas desapariciones, que se inician como anomalía que ocurre a cualquiera y en cualquier lugar, y que son investigadas por unos periodistas que sospechan algo que no llega a esclarecerse del todo, como la mayoría de escándalos que han afectado a miembros de la clase política o empresarial de nuestra realidad actual, afectan también, igual que una pandemia, a dirigentes de esa sociedad. El clímax de esas desapariciones sucede cuando una enorme manifestación de un millón de personas, ocupa Central Park y en un plis plas, por ensalmo, desaparecen dejando el parque lleno de deshechos, muestra de que han estado allí pero ya no están.

Portada de Los huérfanos en la edición de Galaxia Gutemberg

Los huérfanos está escrita en primera persona, al revés de la anterior entrega que tenía un narrador omnisciente, excepto en ese ensayo que divide las dos “temporadas” de la serie, escrito con tono neutro, como corresponde al género. El protagonista, Marcelo, sobrevive con un reducido grupo de personas en un búnker bajo la ciudad de Pekín, donde se refugiaron tras una guerra nuclear que destruyó toda forma de vida en la Tierra. La convivencia en lugar tan exiguo, las paranoias de los habitantes y los celos o rencores entre ellos, la escasez de alimentos tras trece años de aislamiento, la sexualidad que sigue existiendo pero debe ser reprimida justo para evitar enfrentamientos entre ellos, el casi nulo contacto con otros supervivientes y la conciencia de la imposibilidad de salir al exterior porque los contadores Geiger de fuera siguen indicando un índice elevado de radiactividad, son el argumento obsesivo de la novela.

La red de Internet se ha caído solo en parte porque los satélites de comunicación siguen existiendo y los repetidores terrestres, aunque carecen de mantenimiento, continúan funcionando hasta que dejen de hacerlo, de modo que Marcelo mantiene contacto con un tal Mario. Hay historias truculentas, paranoicas. Hay un loco al que deben encerrar en un habitáculo del que se escapa. Hay una niña, Thei, nacida en el búnker a las pocas horas de cerrarse definitivamente. Hay un líder, padre de la niña. Hay varias mujeres que se vuelcan con la niña para satisfacer su ya segura frustrada maternidad, e incluso una

Esquema de un búnker antiatómico

atracción lésbica, quizá hacia la jovencita en que la niña ya se ha transformado. Incluso dos de los primeros habitantes del búnker se han suicidado. Hasta se da un duelo entre el mismo Marcelo y Chang, el líder o autoridad del búnker, pero es un duelo al ajedrez, partida que se narra detalladamente como si fuera una batalla o un partido de fútbol.

La acción, si es que la hay en el búnker, sucede en la cuarta o quinta década del siglo XXI. No nos lo sitúa Carrión demasiado lejano. Cuenta el mismo Marcelo, en parágrafos intercalados, de su actividad como investigador social para un organismo internacional, y nos habla de la sociedad anterior a la hecatombe atómica donde grandes grupos se obsesionaron con los personajes de ficción (de nuevo esa fijación con las imitaciones de personajes famosos que se da en nuestro tiempo), llegando el extremo a la existencia de un cirujano plástico que modifica las facciones de forma temporal, pues el operado puede recuperar sus facciones originales o volver a las intervenidas de forma voluntaria, con un grandísimo éxito en ese mundo pre-guerra atómica. Se dan así casos de reuniones de veinte mil personas con la misma cara: la de algún célebre actor o actriz de Hollywood.

El tal Mario, único contacto de Marcelo con alguien foráneo al refugio, y único, al parecer, habitante del suyo, acaba contándole en un largo correo electrónico cómo él y un amigo compraron una isla para apartarse del mundo y el aislamiento fue truncándose por admiradores, fiestas y orgías con esos visitantes, consumo de alcohol y drogas, etc. Es evidente que ese Mario es uno de los dos autores de la serie Los muertos, es decir, Mario Alvares, refugiado en un búnker construido en su propia isla. Su utopía televisiva se ha convertido en su misma muerte, si no física porque sobrevive, sí mental y moral.

La serie televisiva Lost

Por fin, Marcelo ve, en las últimas páginas, una hormiga vagabundear por las piezas del búnker. Eso podría querer decir que fuera hay posibilidad de vida, pero ¿ve realmente a la hormiga?, ¿es sugestión porque Mario le ha dicho en ese largo y último correo, pues ahí sí se da a entender que Internet se ha desmoronado, que cuenta hormiguitas?, ¿es la paranoia la que le hace verla?, ¿no sería de esperar una mutación monstruosa en la hormiga debido a la radiación? Nada de eso queda aclarado.

Los turistas cuenta en tercera persona la aventura de un hombre que, a causa de un accidente que lo deja absolutamente solo, sin familia, pero con una gran fortuna, decide pasar sus días sentado en una terraza-bar-restaurante del aeropuerto de Heathrow, en Londres, observando a las personas que forman la multitud y adivinando por su apariencia externa su historia, su destino y sus defectos o virtudes. La acción comienza cuando tras

Portada de Los turistas en edición de Galaxia Gutemberg

diez años de esa actividad absurda y del todo sedentaria, ve a una anciana de quien no consigue distinguir las facciones. La sigue, toma el mismo avión que ella dejándose incluso la chaqueta en la terraza-bar, y se dedica a perseguirla por medio mundo hasta que un accidente en un parque natural del sur de África, siega la vida de la mujer. A partir de ahí continúa esos viajes sin sentido y sin ver nada de esos países que visita hasta ir a parar a Egipto, donde coincide con otro turista norteamericano, un joven llamado Ahmed, que también hace una especie de vuelta al mundo caótica, yendo de un lado para otro. Establecen tanta amistad que el joven acaba por confesarle que no se llama Ahmed y no tiene orígenes iraníes, sino irlandeses y se llama George Bush. Nada tiene que ver, si no es la coincidencia de nombre y apellidos, con el que en ese momento es el presidente de los Estados Unidos. Es más, lo odia y odia lo que aquel hombre significa para su país y el mundo. Evidentemente, se refiere el autor al Bush padre, pues la acción se ambienta en el tiempo previo al atentado de las Torres Gemelas, ataque que representó casi el final del turismo por determinados países.

Safari de imágenes en África

El accidente que mata a la señora a la cual perseguía este señor Van der Roy (curiosa la coincidencia de apellidos o nombre propio con el Roy auxiliador del “nuevo” aparecido en el callejón, en la primera obra de la trilogía, Los muertos), que protagoniza la novela, se repite aunque de diferente manera en la persona del propio protagonista que queda en coma en un hospital cercano a Debah, en la península del Sinaí. Una mujer lo atiende, otra turista que a su vez había atendido hasta su fallecimiento a su marido, uno de los dos muertos en aquel accidente en Sudáfrica. Se da a entender al final que ambos acaban juntos. Pero ocurre antes algo que también enlaza esta novela con las dos anteriores. El trotamundos George conoce allí mismo, en Egipto, a otro joven norteamericano llamado Mario Alvares y este le propone cambiar su apellido paterno, Bush, por el materno Carrington. Se hacen íntimos. Ambos son inquietos, jóvenes y creativos, y se les ocurre escribir el guión de una película o serie televisiva que se podría llamar Los vivos.

Llama la atención esta simetría en las tres novelas, igual de simétrica que la que inicia el ciclo, donde en la primera “temporada” de la serie la gente aparece, y en la segunda la gente desaparece. La soledad de los personajes es también una constante: es cierto que el

Buceo

viejo morador del callejón donde aparece el “nuevo” en Los muertos lo socorre, pero esa acción está mal vista, e incluso las “comunidades” son reprimidas (ya he dicho que de una forma sutil, incruenta y extrañísima) porque representan amenaza contra el poder, amenaza que se revierte hacia él mismo. Incluso en la pequeña colectividad del búnker, la soledad es terrible porque solo se tienen entre ellos y se temen y odian más que se ayudan, lo mismo que en esa isla desierta que habita Mario Alvares, que sobrevive porque su amigo George, tras ver en la lejanía los múltiples hongos de las explosiones nucleares, ha matado a todos los otros habitantes de la isla y luego se ha suicidado, no sin antes encerrar a Mario en el búnker. La soledad del pobre hombre rico, señor Van der Roy, que rodeado de sirvientes y personas amables que lo atienden por sus generosas propinas, tiene finalmente suerte de encontrar a Sandra, la mujer que se dedica a cuidarlo porque es mejor atender a una persona que vagar sin sentido de un lado a otro sin mirar, en realidad, nada de lo que se ve.

Librerías, premio Anagrama de ensayo

Si la primera novela transcurre en una época sin tiempo, época que se insinúa podría ser hasta inexistente (un extraño Más Allá), la segunda sucede en un futuro que, si se ve como aún lejano, está ahí, a la vuelta de la esquina, pues puede llegar a ocurrir dentro de tres o cuatro lustros, en tanto la tercera tiene lugar en algún momento anterior a 1993, durante la presidencia de George Bush padre y la Primera Guerra del Golfo, que pareció iniciar toda una serie de acciones militares que nos han traído hasta aquí.

La primera sucede en ningún lugar, porque ese Nueva York del que se habla es una ciudad, digamos, inexistente, si entendemos como existencia aquello que se puede palpar, es una ciudad de ficción, mucho más ficcional que todas las Nueva York vistas en el cine y aun en las series de televisión actuales o pasadas. Los huérfanos está restringida al búnker, un lugar relativamente exiguo, donde sus moradores se tropiezan unos con otros en cuanto se mueven. Y la última entrega posee ubicaciones múltiples, si bien parece que nadie cambia de sitio porque todos los lugares son el mismo: semejantes a ese aeropuerto de Heathrow que, como todos los aeropuertos no es sino ningún lugar, un tráfago constante, unas multitudes que están y de pronto ya no están, embarcados en algún avión o vomitados por las salidas (vomitorium era el nombre romano de las salidas de los anfiteatros), igual que los personajes “desaparecidos” de la primera novela.

Se ha dicho de esta trilogía y de Jorge Carrión que “es uno de los autores que anuncian el turno del relevo” (Julio Ortega en Babelia, o al menos eso dice en la contraportada de Los turistas). La han alabado críticos y novelistas, como Juan Goytisolo. Lo cierto es que si la

El escritor granadino fallecido Gregorio Morales

literatura hoy ignora las ciencias evolucionadas actuales, los medios nuevos de comunicación, las redes sociales, no hará otra cosa que darnos más de lo mismo, repetir viejos moldes, o prodigarnos vinos nuevos en odres viejos. La literatura no puede ser ya la decimonónica. Gregorio Morales escribió un ensayo titulado El cadáver de Balzac, criticando esa literatura redundante. Muy respetable el siglo XIX y sus grandísimos autores, pero ¿consideraríamos a un pintor que no hiciera sino pintar un Greco tras otro? Y en efecto, Jorge Carrión, si no inaugura, sí al menos consolida y hace cosas nuevas, nos pone vinos nuevos en odres también nuevos. Más en Los muertos que en las otras dos, sí, pero las tres están tenuemente imbricadas y por tanto se implican una a otra. Es necesaria su lectura, y necesaria de forma consecutiva, gozando de esa trama que sigue, en cierta forma, a los héroes artísticos de hoy: los autores cinematográficos y televisivos, que también, a su manera, hacen ficción, y tal aseveración la confirma Carrión en sus ensayos, especialmente en Teleshakespeare y en numerosas entrevistas y artículos en la revista Quimera, de la que es asiduo colaborador.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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2 respuestas a La trilogía de Jorge Carrión

  1. Magnífica reseña triple. Y tentadora. ¿Conoces a Jaume Cabré? He leído sus 1000 páginas de su «Yo confieso» (2011) y he alucinado.

  2. No he leído a Cabré, aunque he oído hablar de él. No es más largo que las tres novelas de Carrión y por lo que dices suena tentador también. Un abrazo a distancia.

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