Cuento publicado en el Boletín de la Academia de Buenas Letras de Granada

Portada del Boletín nº 13 de la Academia de Buenas Letras de Granada

Coloco aquí hoy un cuento que publiqué en el Boletín número 13, julio-diciembre de 2019, de la Academia de Buenas Letras de Granada. En realidad no es un cuento sino que está integrado en mi novela inédita La novena, un intento que hice de combinar la novela con la música, aprovechando la estructura de la novena sinfonía de Beethoven y reflexionando en esas novenas sinfonías que, músicos como el mismo Beethoven, Bruckner, Mahler, Schubert (aunque este es muy discutible) y Vaughan Williams compusieron y murieron al poco. Mis esperanzas de que esa novela se publique o sea premiada son tan escasas que coloco aquí este fragmento como capítulo independiente.

La carta que Gustav Mahler nunca llegó a enviar a su esposa Alma

Mi queridísima Almscherl:

Me dispongo a escribirte una carta que no leerás. Parece no tener sentido, pues las cartas no se hacen para uno mismo sino para los otros, pero yo no sé hablarme, necesito hablarte a ti aun a sabiendas de que no serás la destinataria de estas palabras, y no lo serás porque siempre he sido alegre en mis cartitas y ya no puedo serlo, por eso no deseo que la recibas.

Gustav Mahler

Este año moriré, lo sé bien. Te escribo frente al mar, ya sabes, pues tú me acompañas en este viaje de vuelta a Europa. Aprovecho tu descanso en el camarote para escribirte estas frases que luego destruiré: bastante te entristecerá mi fallecimiento, o al menos eso quiero creer. Como cualquier enamorado adolescente, deseo confiar en que tu amor será tan grande como el mío, pero estoy demasiado cerca de la tumba para creer con ingenuidad en ello. También estoy demasiado cerca de la realidad para ser un tonto.

Siempre me he negado a pensar en la muerte, has sido más bien tú quien me ha prevenido contra ella. Me conminaste a que no pusiera música a las Canciones a los niños muertos de Rückert, y a los pocos años falleció nuestra pequeña María. Me prohibiste componer una novena sinfonía, ya que Beethoven, Bruckner y Schubert habían compuesto sus novenas y murieron después. También Dvorak, mi compatriota, hizo su novena y ya no compuso ninguna sinfonía hasta su muerte once años después. Compuse la que tenía que ser mi novena y, para engañar al destino la nombré La Canción de la Tierra. Ahora, sin poder evitarlo, he acabado la novena sinfonía. No iba a seguir haciendo trampas y llamarla Canción del Cielo, del Día o de las Zarandajas. He empezado la décima pero no la acabaré: la dejaré inacabada y otro la acabará por mí si es que alguien está dispuesto a ello. No me dará tiempo. Lo sé, y no quiero decírtelo.

Me hablabas, hace un par de años, de conquistar un centro espiritual. Tendrás tiempo de hacerlo. A mí ya no me queda, aunque debo reconocer ante ti que el dolor me ha hecho acercarme. El dolor por la pérdida de nuestra hija, la sensación de que puedo morir de un momento a otro sin haber acabado toda la música que necesito componer, sin haber dirigido todas las orquestas, todas las óperas, el dolor que me causó tu desafección. Desafecto esperable por mi terquedad de atender al trabajo y no a ti. Claro. ¡Qué daño me hizo la carta de Herr Gropius!

AUSTRIA – JANUARY 01: Alma Mahler (Mahler-Werfel), nee Schindler. Photography, 1909. (Photo by Imagno/Getty Images) [Alma Mahler-Werfel, geborene Schindler. Photographie, 1909.]

El mar está tan calmo que parece que uno pueda caminar sobre él. Pero tú sabes que eso a mí no me gusta, que me agrada la tormenta, el fragor insoportable, feroz como el tutti de una orquesta. Sin embargo, esta laguna que en cualquier momento puede transformarse en monstruosa, tiene su encanto, como si Dios pactara una tregua.

Una tregua como la que te ofrecí y sigo ofreciéndote.

Gropius. Aún duele esa herida a pesar de la cauterización que me aplicó el doctor Freud. La carta de Gropius me desgarró al decirme la verdad: yo ya no te quería porque estimaba más mi trabajo, y debía dejarle sitio a él que no caería en semejante error. Tú sabes que siempre he deseado hacer todas mis cosas junto a ti, contigo, y sin embargo hoy necesito escribirte esta carta sin que me veas, sin que sepas siquiera que la escribí, sin que la recibas ni leas nunca. ¡Pero si yo entiendo a la perfección que se enamorase de ti!, ¡eres una mujer tan hermosa, tan inteligente, tan exquisita!, y sin embargo, ¡yo te quiero solo para mí!, te quiero para mí, mas sin preocuparme de tenerte, sin desvivirme por estar junto a ti, solo pendiente de mi trabajo. Y por eso estuve a punto de perderte. Porque Gropius era tentador, lo sé. Y nunca sabrás, o quizá lo intuyas, cuánto he agradecido que me eligieras a mí, que ya empiezo a ser el pasado cuando él habría podido ser el futuro, que me prefirieras después de todo. Es verdad que luché por ti, no con Gropius sino ante ti, reconociendo mis errores, mis negligencias. Es verdad que rogué. Pero fuiste tú quien eligió.

Walter Gropius

Me voy apagando, y recuerdo el final del último movimiento de esta mi novena sinfonía. Poco a poco el silencio. Poco a poco, el barco insonoro surca un mar de aire, que no de agua. Dejarán de haber tutti para no haber sino silencio. Y no habrá aplausos. No los ha habido para esta mi novena: no presenciaré su estreno. No sabré nunca qué efecto produce sobre quien la dirija, en el público, en los músicos ese tema inicial, tan sereno como lo estoy yo hoy ante la muerte, no sabré si alguien se asustará con los fortissimi, no sabré si algún oyente sentirá el aletear de Átropos con su tijera que corta el hilo. No sabré si a cualquier crítico se le ocurrirá compararla con mi sexta y señalar que, en tanto en esta la muerte era temida, en mi novena se la espera.

Balneario de Tobelbad, donde Alma Mahler veraneó en 1910 y la siguió Walter Gropius

Te dejaré viuda. Y me duele, sí, no poder componer, dirigir, trabajar, pero más me duele no poder seguir amándote. En París intentarán curarme. Solo lo intentarán, lo sé, aunque ante ti diga y proclame que van a poder con la enfermedad. Yo sé que no. No. No volver a verte. Eso es lo imperdonable, por mucha vida eterna que me prometan, pues esa eternidad no tiene objeto sin ti. Tú eres mi Diosa, y no me importa blasfemar. Tú eres mi Diosa. También el sol es el Dios de este mar y este mar es el Dios del sol y del cielo entero. Tú eres mi Diosa. Al decir esto empiezo a sentirme ya un intruso, al igual que este barco es un intruso sobre el abismo.

Mi Almscherl, amadísima, queridísima Almscherl, cielo mío. Te voy a dejar sola y esta vez no será el trabajo quien te prive de mí sino la muerte, la maldita muerte. Ya pueden venir todos los Gropius del mundo y elegir tú entre ellos. Espero haberte merecido.

Tu Gustav

Alma Mahler (o mejor, Alma Schindler) y Walter Gropius cuando ya, enviudada de Gustav Mahler, se casó con el arquitecto fundador de la Bauhaus

Se levantó el hombre con gran esfuerzo. La voluntad lo puede todo, parecía pensar. Pero la voluntad no puede con la muerte. Desde que dirigió la orquesta en el Carnegie Hall con cuarenta de fiebre, parece invencible. Todo es apariencia. Con el mismo esfuerzo se acercó a la barandilla de estribor. Miró hacia abajo. El mar pasaba como el camino bajo el caminante. El agua ronroneaba suave contra el costado del barco, igual que si ambos se repartieran algo entre la caricia y el cachete. El papel en el que se entretuvo toda la tarde, y que había traído desde la hamaca hasta aquí con extremo cuidado, lo llevaba en la mano izquierda. De pronto, como si tuviera un insecto en la mano, acercó la otra y estrujó el papel, lanzándolo con fuerza, con inusitada fuerza pues este hombre no parecía capaz siquiera de levantar el brazo. Impulsado por el viento, el papel rebotó en la borda, se arrastró por la pared metálica, se enganchó en un ojo de buey pero cayó al agua, quedándose pronto atrás. Si el destino está escrito, pensó el hombre levemente abocado hacia el mar y sujetándose a un candelero, ¿a qué escribirlo más veces? Al levantarse, se había puesto la manta que lo abrigaba. Parecía el talit gadol de un viejo rabino. Ahora se tendió de nuevo en la hamaca arrebujándose en ella.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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4 respuestas a Cuento publicado en el Boletín de la Academia de Buenas Letras de Granada

  1. Me ha parecido bellísimo. Es curiosa la inevitable cercanía entre la música y la escritura. De eso se ha ocupado mucho AMM, aparte de tu precioso “Música en pájaro”.
    Con tu permiso, comparto este enlace en mi perfil de Facebook.
    Un abrazo

  2. Francisco Gil Craviotto dijo:

    Precioso cuento sobre las postrimerías de un músico cada día más actual y escuchado. Mi más sincera felicitación.-F. G. C.

  3. Josefina Martos Peregrín dijo:

    Bellísimo, Miguel, me lanzo a escuchar la Novena de Mahler. Gracias por este regalo.

  4. Se cumplió el mal fario: la compuso y se murió. La décima empezó a componerla y no la acabó. Tuvo que acabarla un tal Cooke, con los apuntes de Mahler que le proporcionó su hija.

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