Mi historia, algunos casos que recordar quisiera

Encaramado en el púlpito y con cara de circunstancias

Coloco aquí en mi blog el discurso que debí pronunciar ante la Academia de Buenas Letras de Granada al pasar a supernumerario. ¿En qué consiste eso?, se continúa dentro de la Academia pero sin derecho a voto. Cuando se elaboraron los estatutos de ella, el pensamiento que dirigió esta decisión fue dar cabida en nuestra Institución a los más jóvenes, apartando de las tomas de decisiones a los más viejos. Ahora ocurre que casi vamos más viejos que jóvenes, pero bueno, eso son cosas que pasan. El caso es que allá por el mes de febrero de este año, es decir, 6 meses antes de cumplir mis 70 y por tanto de alcanzar el grado de súper (siempre quise ser súper en algo y al fin lo logré), se me ocurrió de qué hablar y cómo. Ese es siempre el planteamiento que se debe uno hacer al empezar a escribir: de qué y cómo. Quizá esto último es lo más importante. La idea me la proporcionó mi compañero académico y amigo Esteban de las Heras, hombre honesto y bueno, que habló algo de su vida intelectual y decidí hacer lo mismo. Mi historia, algunos casos que recordar no quiero, dijo Antonio Machado, y me puse a hacer todo lo contrario, contando lo que sí quiero recordar y callándome lo estrictamente privado. Cuáles fueron mis influencias, además de las lógicas y desconocidas personalmente, que son los escritores: mis amigos, aunque alguno me dejé en el tintero, fueron esas influencias tempranas y a ellos quise homenajear. Aquí está el resultado. Espero que os complazca y os suelte, aunque solo sea, alguna sonrisa.

Excmo. Sr. Presidente,

Excmos. e Ilmos. Sres. Académicos,

Señoras y señores:

El Paraninfo de la Universidad de Granada

No me gusta que digan de mí que estoy en la tercera edad, porque si es tal, díganme dónde está o estuvo mi segunda. No me importa que digan que soy viejo porque es verdad, aunque eso sí, me defiendo, aún no soy un anciano, gracias. Hago este prolegómeno porque uno de los placeres del viejo es recordar, y eso no solo es así desde Epicuro, cuyo recuerdo guarde Dios, sino desde el alborear de la humanidad, allá cuando cuatro neuronas empezaron a juntarse con otras cuatro. Y mis recuerdos siempre están algo relacionados con esos tres puntos de los que llevo años diciendo que conforman el plano de mi vida: el amor, la música y la literatura. Pero estamos en una Junta Extraordinaria de la Academia de Buenas Letras de Granada y deberé hablar de literatura. De música se me escapará algo y el amor lo guardaré, con el permiso de ustedes, en el almario, que no armario, de mi intimidad.

La vida es a menudo simétrica. Se empieza aprendiendo a leer, escribir y hacer cuentas, y acaba uno aprendiendo a leer y a escribir, aunque si aún no sabe hacer cuentas lo tiene crudo para llegar a final de mes o se tiene que fiar de la declaración de renta automática entregada por Hacienda. Me gusta hacer bromas con la realidad porque así esta pierde algo de su dramatismo y aun de su tragedia.

Enid Blyton

Debo aclarar que mi primera lectura seria no fue de broma: la mitad de Los episodios nacionales de don Benito Pérez Galdós. Como tantos adolescentes de entonces, yo había leído a Enid Blyton y a Julio Verne, y no es que no sean serias sus narraciones sino que los Episodios lo son más y, encima, nuestros.

Tendría yo los quince años y ya había empezado a trabajar, al principio como aprendiz mecánico en la Escuela de Aprendices de Hispano Olivetti. Lo pasé mal porque tenía yo tanta gracia para la lima como para, años antes, la tuve para el violín: ninguna. Me consolaba de las dolorosas ampollas en las manos silbando o pensando el vals del Lago de los Cisnes, de Tchaikovski. De joven ya apuntaba maneras un tanto cursis.

Pero antes, la música había entrado a saco en mi vida. Y no hablo del empeño paterno porque estudiara solfeo y violín, instrumento este que se me truncó en las manos por enfermedad, lo que me libró de hacer el ridículo, sino hablo de la primera vez que escuché la 5ª sinfonía de Beethoven completa. Ya conocía el comienzo, claro, ¿y quién no?, pero escuchando la radio mientras me sometían a sesiones de infrarrojos, en el convencimiento médico de que tal terapia me sería beneficiosa, la programaron completa (sería Semana Santa) y coincidió en tiempo con aquel estar tumbado bajo una lámpara que emitía una luz rara, sin poder hacer nada y sumergido en el aburrimiento, porque es mi deber resaltar el hecho de que, para la formación artística de una persona, nada mejor que el aburrimiento

Marcel Proust, insigne enfermo

en su infancia o primera juventud. ¡Cuántos escritores se han hecho tales a consecuencia de una enfermedad infantil o juvenil larga, con inacabables días de cama y lecturas!

Mi formación continuó. Tras ser cesado de aquella Escuela de Aprendices por clarísima incompetencia, pasé a trabajar en varias oficinas técnicas como delineante, lo que no se me daba mal y me hastiaba casi tanto como los infrarrojos. Me hice lector de metro. Era el medio de transporte que debía tomar para ir desde mi casa a la oficina y más de una vez me pasé de estación, no por sueño, sino por interesarme demasiado en lo que leía. También en aquellas oficinas luminosas, mas no por ello menos tétricas, me acostumbré a encerrarme en el lavabo, sujeto el libro con el cinto del pantalón, para pasar un rato de lectura cuchitrilesca.

Todo a mi aire, según los libros caían en mis manos procedentes de dos fuentes: algunos que había comprado mi padre a cierto señor Sendra que vendía libros a domicilio y a fábrica, pues el buen hombre se pasaba por los lugares de trabajo donde se le permitía ejercer su oficio y colocaba entre los trabajadores enciclopedias u obras completas. Fue así como leí la curiosa ortografía de la traducción de Rabindranath Tagore por Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez. La otra fuente era el Círculo de Lectores. Devoraba los catálogos que enviaban mensualmente y hacía mi pedido con el refunfuñe de mi padre, pues el buen hombre no era tacaño sino simplemente pobre. Flaubert, Papini, Dostoievski, Tolstoi, Thomas Mann, aunque también Vicky Baum, Waltari, Ayn Rand o Passuth.

Fachada de la Escuela del Trabajo de Barcelona

Es decir, una formación absolutamente autodidacta. En mi escuela de los Hermanos de Lasalle no había estudiado apenas literatura. Debíamos aprendernos de memoria el lugar y fecha de nacimiento, así como las obras principales de Pereda o del padre Coloma pero apenas oímos hablar de Cervantes, Lope o Quevedo. Mucho menos, leerlos, ni tampoco a aquellos que nombré antes. No sé si los buenos Hermanos le tenían miedo a la lectura, porque me consta que en otras escuelas de la misma Congregación sí leían clásicos. También es cierto que dejé aquella escuela de Lasalle con catorce años, es decir, en cuarto de bachillerato, para estudiar Formación Profesional. El caso es que, la primera vez que yo leí el Quijote, tenía más de cuatro lustros.

Claro, olvidaba los tebeos. Me niego a llamarlos cómics porque algunos no tenían nada de cómicos y sí de épicos: Hazañas bélicas, Rintintín (nombre que yo, en mi ignorancia infantil, confundía con retintín), El Capitán Trueno, etcétera. En ellos y en los cromos comenzó mi obsesión coleccionista. Prefiero tener todas las novelas de Juan Goytisolo o todo lo publicado en español de Ernst Jünger o Thomas Pynchon, que solo lo que me gusta especialmente.

Mi padre, sonriente por toda la eternidad

Y ahí, además, estaba el señor Ángel Arnas Val. La rebeldía ante el padre es enfermedad que crea sus propios anticuerpos. Cuando empecé a llevarme bien con él, es cuando empecé a escucharlo. Contaba anécdotas de la guerra y de los campos de concentración franceses, o de los españoles, aún peores. Por no hablar de la posguerra, el hambre, la ilusión por sobrevivir y su colaboración casual con Socorro Rojo. Mi padre no era hombre valiente. Tampoco cobarde. Un hombre normal. Pero sabía contar historias y me contagió la manía. Solo que yo me las invento, aunque solo sea por llevarle la contraria al señor Arnas que contaba fielmente lo que le ocurrió.

Como puede colegirse de esto que acabo de contar, mi formación literaria fue ecléctica y muy poco poética, como algo ecléctico es este discurso o explicación. Pero lo prefiero así, pues de la misma manera que con la edad, me tocó ordenar aquellas lecturas y conocimientos al modo que lo hacen los jugadores de dominó después de revolver las fichas y elegir siete cada uno, de igual forma espero que mis oyentes o lectores organicen este follón narrativo en su cacumen para percatarse al fin de que en mi interior bulle un cincuenta por ciento de cordura y otro tanto de extravagancia. Extravagancia o chifladura que, por suerte o gracias a Dios, según convenga a cada cual, no he perdido a mis setenta.

Pero en realidad acabo de empezar, pues solo he hablado de mi infancia y primerísima juventud. Queda lo mejor, se lo garantizo.

Cuando acabé la Formación Profesional en sus dos ciclos, Oficialía y Maestría de Delineación, estudios que compaginaba con mi trabajo en la oficina técnica de la fábrica FRAPE, donde cumplí mi labor y aprendí de veras el oficio durante 9 años, leyendo a todo esto como un poseso cuanta novela caía en mis manos, me planteé qué hacer por las tardes y decidí continuar estudiando Ingeniería Técnica, estudios de los que nunca me he arrepentido pues me dieron una pátina científica y tecnológica, además de permitirme, años más tarde, ejercer de profesor de Dibujo Técnico en la Educación Secundaria.

La sierra de Montserrat

Quedaban los fines de semana, y en algo había que emplearlos. El ocio es lo contrario del negocio, y a pesar de que no he sido jamás buen negociante, tampoco he sabido estarme quieto. Me dediqué, con la misma pasión que a la novela, al excursionismo. Conocí Cataluña bastante a fondo y algunas zonas del Pirineo aragonés. Me encantaba el paisaje, el esfuerzo, el aire puro, el frío, las amistades.

Cuento esto del excursionismo porque es importante, no por engordar el discurso, que ya bastante engorda por asuntos de tiroides. No hablaré, así, de las múltiples aventuras, goces y desventuras que produce el deporte del montañismo. Rondaría yo los dieciocho cuando decidimos pasar un fin de semana caminando desde el nacimiento del río Llobregat, en Castellar d’en Hug, hasta la villa de Ribas de Fresser. Al llegar al refugio de Castellar, nevaba. Nos sacudimos la nieve de las mochilas y, en ese acto perruno de sacudirse, escuché una canción con acento argentino que me subyugó. En un rincón sonaba un radiocasete. Entonces no se veían muchos porque acababan de salir al mercado, y tanto la música como el aparato emisor me llamaron la atención. Quien cantaba-recitaba era el cantautor pampeño José Larralde; para mí, don José. El dueño de cachivache y cinta era un excursionista llamado Salvador Montero, un año más joven que yo y cuya amistad aún conservo.

De don José Larralde, el cantautor, diré que, aun a sabiendas de que soy hereje de lesa poesía, continúa siendo para mí dueño de una de las voces poéticas más importantes e

Salvador Montero en una excursión a Montgrony. Aquí hace de bolóbolo

inspiradoras. De Salvador Montero añadiré que era hijo de un constructor en la segunda mitad de la década de los sesenta. Podía permitirse el lujo de comprar libros, discos, películas que veíamos en su casa. Y debo aclarar que no es que no le diera valor a lo que tenía, sino que era y es tan desprendido que prestaba o regalaba libros o discos a quien estimaba y podía apreciarlos. Gracias a él conocí a Henry Miller, a Jean Genet, a Joyce, a D. H. Lawrence, algunos de cuyos libros estaban prohibidos en España o eran inencontrables. Me llevó a una librería de la barcelonesa calle Viladomat esquina Sepúlveda a cuyo dueño conocía. Nada más entrar, el hombre corrió una estantería y nos hizo pasar a un recinto, digamos, clandestino, donde uno podía encontrar una cantidad enorme de libros prohibidos, tanto por razones políticas como morales. Un paraíso.

En química se necesita un catalizador para posibilitar algunas reacciones. Sin ese producto pueden juntarse dos compuestos sin que ocurra nada. En su presencia, todo se dispara. Pues bien, Salvador Montero fue mi catalizador con el asunto de la literatura, o cuanto menos uno de ellos.

Fue por aquel entonces que, con varios amigos, adquirimos entradas para escuchar El Mesías de Haendel. En aquella España un tanto oscura, unos pensaban que esa música culta era una chorrada, y otros que escuchar música de iglesia era propio de meapilas. Para mí fue otra revelación. No es que me iniciara en la música solo con estas audiciones

Interior del Palau de la Música de Barcelona

de las que hablo, porque mi padre, gran amante de ella, compraba discos en Andorra, por más baratos, y tendríamos veinte o treinta: Tchaikovski, Beethoven, Mozart, Grieg, Vivaldi, etc. Pero escuchar en vivo y completo el oratorio al que me refiero, en el Palau de la Música barcelonés, tan bellamente decorado por Doménech i Montaner, con la claraboya de Antoni Rigalt i Blanch y las esculturas que bordean el escenario elaboradas por Diego Massana y Pablo Gargallo, escenario que yo conocía porque la entrega de notas finales del colegio de Lasalle se hacía allí, escuchar aquella música excelsa cantada, entre otros, por Sigmund Nimsgern y Siegfried Jerusalem, fue una iluminación.

Estos recuerdos que expongo son solo, como en cualquier ser humano, la punta del iceberg de lo que me ocurrió, de los libros que leí, de la influencia de las canciones de Joan Manuel Serrat y Paco Ibáñez, por ejemplo, en mis escasos conocimientos juveniles de la poesía. Soy de poco soñar, y normalmente no me acuerdo de los sueños o, a veces, pesadillas, que gozo o padezco, de modo que la entraña desconocida de estos recuerdos, aquello que aparentemente no quedó en mi cerebro, suelo sacarlo en mis narraciones y solo me doy cuenta de ello cuando lo tengo escrito: mis miedos, mis obsesiones, mis placeres discretos aparecen como por ensalmo en la pantalla de mi ordenador. En el sueño no existe el

Portada de una de las múltiples ediciones (no la que yo leí) de La montaña mágica de Thomas Mann

tiempo. En la narración, el tiempo vuela o se remansa. Nunca olvidaré el primer tomo de La montaña mágica, de Thomas Mann, y buena parte del segundo, páginas en las que se detiene el calendario y abarcan apenas unos pocos meses, en tanto el final se dispara y en escasos capítulos cubre cinco años, quizá porque en ese lustro apenas hay nada que contar. Tampoco en la narración hay tiempo, si no es el de la lectura, porque el tiempo contado no es físico, medible, sino literario, subjetivo. Y en eso del tiempo es magistral, porque enseña, el cine. Él fue uno de mis profesores y no me entretengo en nombrar cátedros de esta disciplina porque aquí tenemos al académico D. Ignacio Fernández Dugnac para hacerlo con más conocimiento que yo.

Como he dicho, compaginaba trabajo con estudios, de modo que me presentaba por libre y estudiaba en una academia. Fue allí donde conocí a Patrocinio Picazo. Era otro letraherido. La ventaja de tratar con camaradas de aficiones es que las vivencias que uno no ha tenido, quizá las tuvo el otro o viceversa. Es un intercambio de vidas, un trasiego de vinos de distintas clases del cual, quizá, surge un caldo de calidad inquietante o espléndida. No sé cuál fue mi destilación, si espantosa o magnífica, pero es la que tengo: descentralizada sobre todo, ecléctica y desordenada como dije, pero parto de un precepto que sirve para la de cualquier artista: que este debe dominar tal cantidad de disciplinas que quizá no hay suficiente vida con una sola, pero sin ser enfermizamente ambicioso, sí he intentado alcanzar, si no la maestría, al menos el grado de aprendiz en muchas materias.

Semana Santa en Ciurana. Patrocinio Picazo es el primero lor la izquierda.

Patrocinio Picazo, de extraño nombre para un varón, trabajaba en Seat antes de que llegaran los alemanes de Volkswagen y en su oficina no tenía gran cosa que hacer. En su tiempo libre tradujo los Pomes penyeach, de James Joyce. Ya es tener tiempo libre y voluntad. Él me llevó por otros senderos y diversas curiosidades además de aquellos que me había hecho transitar Salvador Montero y los que yo mismo había ensayado. Para ellos va mi homenaje y agradecimiento, pues gracias a su ayuda estoy aquí. También a las revistas literarias, pero ellas entraron de forma constante en mi formación a partir de mi llegada a Granada a los 31 años. Muy posteriormente me llegó el interés por la mística, tanto cristiana como islámica o hebrea. A menudo pienso que Patrocinio tuvo que ver en tal interés. Él y mi amiga Montserrat Cruz, a la que yo llamaba “la esotérica”. También es de agradecer tal fascinación porque los escritores somos gente individualista, en general, y la mística corresponde a ese individualismo, ese apartarse del gentío para ser uno ante la divinidad.

Montse Cruz con mi hijo Miguel. Tal vez el año 76

Friedrich Nietzsche aseguraba que la cultura es casualidad. En efecto: encontrarse con un texto rico, sugerente, es como ligar con una real moza por la calle: es tropezarse con algo o alguien que puede ser amado. Solo puede. Si no lo es, lo catamos y a otra cosa. Si lo es, lo gozamos y queda con nosotros, aunque sea un poso, para toda la vida. Porque la memoria de lo leído, al menos en los autodidactas y eclécticos como yo, no es un disco duro donde todo se acumula, sino especie de almacén con salida de deshechos: de vez en cuando se requiere una relectura o una evocación para volver a aprender de lo leído hace tiempo o para disfrutarlo de nuevo. La relectura es placer de viejos, porque uno ya sabe qué releer. Además, como en los viejos amores que retornan, uno se deleita más con ellas porque cuenta con cierta sabiduría, aunque solo sea la que aporta la edad.

Julio Cortázar

Cortázar, por ejemplo, me llevó a Lezama Lima y a Severo Sarduy en sus libros-miscelánea La vuelta al día en ochenta mundos y Último round. Y no solo a ellos, sino a apreciar más el jazz (cómo olvidar su artículo sobre Thelonius Monk o el gran Satchmo, es decir, Louis Armstrong; cómo no reverenciar a Charlie Parker y su agonía artística narrada en El perseguidor), la pintura moderna, a los “piantaos”, o el erotismo de las bicicletas. Juan Goytisolo me condujo de la mano a los clásicos más irreverentes.

También las revistas literarias, y aun políticas o culturales, me llevaron por ese camino del azar. De muchos de esos artículos no recuerdo nada en absoluto, pero entre todos formaron una especie de aluvión, una piedra de conglomerado que forma mi propia ciencia. Pobre, y, sin duda, algo desquiciada, eso no lo voy a negar, pero mía al fin y al cabo. Quimera, sobre todo Quimera, El viejo topo, Ajoblanco, Camp de l’Arpa o Claves, más, últimamente, Letras libres, son también las madres de este cordero que rehúye el rebaño, de este cordero que algo tiene de hormiguita o de camaleón, quién sabe.

Acaba uno por querer escribir aquello que le gustaría leer. También ocurre que ciertas obras marcan un camino e incluso otras insinúan temas. En mi caso han sido las personas que me han rodeado quienes me han inspirado personajes, además de, naturalmente, mi

Una de las innumerables manifestaciones reivindicativas durante la Transición Española

propia vida, la historia que he vivido con más gusto o disgusto. Todos los momentos son históricos, por supuesto, pero los hay con más enjundia, y yo viví la Transición. Esto de la Transición es como la Conquista de América, unos están orgullosos de ella y otros la denigran, en tanto algunos, con datos históricos comparativos, la juzgan. Lo que no se puede negar es que fue momento histórico y que tuvo aciertos como tuvo errores. Para unos, los errores serán estos, en tanto para aquellos esos errores serán aciertos. “La novela”, según María Zambrano, “no pretende restaurar nada, ni reformar nada; se sumerge en el fracaso y encuentra en él, sin razón y hasta sin fe, un mundo”. ¡En el fracaso, vean ustedes!, ¿o acaso no fracasaron don Quijote, al convertirse en Alonso Quijano el bueno, o Ana Ozores, la Regenta, enamorándose del cura y acostándose con el seductor pueblerino? Por no hablar de Emma Bovary, con sus obsesiones por el lujo y por cambiar la rutina, o la señora Karenina, encandilándose con un militar y creyendo que, de una forma u otra, la sociedad la aceptaría. La novela es el reino de la ambigüedad: es el lector quien debe juzgar lo narrado; si el autor juzga, hace una mala novela. De ahí la diferencia entre novela y panfleto. Y por azar, durante el siglo XX han abundado tanto los panfletos como las novelas ambiguas. Para la posteridad han quedado las ambiguas y alguna de las panfletarias, mal que solo sirvan de muestra, es todo.

Y ahí entra de nuevo Julio Cortázar. No solo innovó la narrativa con esa aleatoriedad de lecturas en Rayuela, sino que introdujo las figuras patafísicas de los tártaros: Polanco y Calac en 62, modelo para armar, o el encaje de recortes de periódico en El libro de Manuel. No he osado llegar a tanto. Ni siquiera conseguí leer del todo Larva, de Julián Ríos, a quien por cierto me llevó Goytisolo, aunque sí otras de sus obras, como la gran Sombreros para Alicia. Sé que, en algunos aspectos, me quedé anclado en ese experimentalismo, enfermedad de la que me curé relativamente en la segunda versión

Portada de Nos

reducidísima de Nos, novela que me publicó editorial Nazarí. Y no obstante, ¿por qué se puede innovar en pintura, en música, incluso en teatro pero no en novela?, ¿nos agarramos al entretenimiento sin calentarnos la cabeza?, ¡pues muy mal!

Sí he intentado agarrarme a mi modelo musical, imitando formas o estructuras musicales en mi narrativa: la fuga esencialmente, con la paralela historia de Todros ben Virga en Ashaverus el libidinoso, o la autonecrografía del diablo Dé en El desvelamiento, que permanece inédita y sin revisar. Incluso el uso y estudio del papel de la música y los números en la filosofía pitagórica en la también inédita El circo de Pitágoras. O la polifonía en las escenas grupales de Nos. Y no debo olvidar la mención de la también inédita La novena, cuya armazón sigue, espero que fielmente, la estructura musical de la novena sinfonía beethoveniana.

Pero, si no les importa, me gustaría seguir con mi historia, con todos esos casos que recordar quisiera y que algunos son vergonzantes, por eso no los digo, y otros son gratos y con ellos intentaré entretenerlos.

La mili fue tiempo de lectura. Y de amargura porque no hay cosa peor que sentirse inútil. Pero al final me supe organizar y tuve bastante tiempo libre que dediqué a leer. Dos lecturas fueron importantes: Borges, y su El Aleph y Luis Martín Santos con Tiempo de

José Lezama Lima

silencio. Toda una experiencia. Ya había leído el Ulises joyceano o Paradiso, de José Lezama Lima, prestados por Salvador Montero, como tantos libros, pero aquello de Martín Santos era otra historia, algo como de casa.

Acabado el período militar todo se disparó. Pareció ese tiempo atropellado del final de La montaña mágica. Me metí en la lucha sindical clandestina, me casé, tuve un hijo, cambié de trabajo, murió el dictador, empezó esa Transición que me obsesiona como tema novelístico, encontré empleo en la Enseñanza Secundaria, me separé, empecé a escribir en serio, me vine a vivir a Granada, conocí a mi amor por lo sentimental y esposa por lo legal. Por ese orden. Todo acelerado, sufriente, apasionado. Y, repito, empecé a escribir en serio. Lo hice casi a tientas, sin saber cómo hacerlo. Mi primera novela, Nos, tenía casi quinientas páginas. Veinticuatro años más tarde la reduje a la mitad y la publiqué. Estoy orgulloso de ella. Según algunos amigos es lo mejor que he escrito. Y es la que menos ventas ha tenido. Así son las cosas. Creo que refleja qué fue la Transición desde el lado menos poderoso. Refleja la ilusión de un grupo por hacer las cosas nuevas y bien. Y el fracaso, claro está.

Mi primera plaza granadina fue Guadix. Nueve años de relativo aislamiento. Fue bueno.

Nada más llegar a Granada en el año 90 me añadí a una tertulia en el bar del mismo nombre. Filosófica la llamaban. Unamuno reconoce que como mejor se piensa es conversando. Lo peripatético, vamos, pero sentados ante una cerveza, no paseando por un jardín. Y seguí escribiendo ficción. En el año 2003 ocurrieron dos cosas que me transportaron a un estado de optimismo exacerbado. La una, familiar, la reservo para mi

José Vicente Pascual

intimidad. La otra fue la publicación de mi primera novela, que en realidad era la tercera en mi producción, edición que fue gracias a mi querido amigo y académico D. José Vicente Pascual, que también tuvo en mi vida el papel de introductor en el ambiente literario granadino y a quien asimismo quiero aquí expresar mi agradecimiento. Mi euforia entonces, en aquel annus splendidus, la notaron incluso mis alumnos más crecidos. Muy poco tiempo más tarde y tras la práctica desaparición de la anterior tertulia, gracias a D. Gregorio Morales me añadí a la tertulia del Pelín, que después fue del Salón. Tal cosa me llevó no solo a posteriores publicaciones sino a amistades muy queridas y entrañables y a disfrutar de pláticas sobre los asuntos que me apasionan. Los dos premios de novela concedidos: el Provincia de Guadalajara por Buscar o no buscar, y el Francisco Umbral de Majadahonda por La insigne chimenea, no me catapultaron a la fama pero sí a la consideración literaria de mis amigos y al ingreso en esta Academia de la cual hoy se celebra mi paso a

Gregorio Morales

Supernumerario.

Porque esa fue la guinda del pastel: mi ingreso en la Academia de Buenas Letras de Granada. Nunca agradeceré bastante esta distinción que para mí significó no solo el reconocimiento y un agradabilísimo festejo a mi ego, sino la colaboración en proyectos de los que estoy satisfecho y espero los demás lo estén asimismo, y el contacto con nuevos amigos a quienes aprecio y con los que me regocijo en departir. Esta admisión fue, como digo, el colofón. Más, la correspondiente al Institutum Pataphisicum Granatensis que me permite sacar mi yo más satírico e irónico, mi risa que, como el amor, es vida siempre, y mi imaginación más alocada.

Tal vez con estos recuerdos estoy soñando, acaso porque en ellos deformo algo lo ocurrido tanto en mi exterior como dentro de mí de idéntica forma a como los espejos cóncavos o convexos deforman profunda o ligeramente lo reflejado. Es inevitable esa aberración que no es óptica sino sentimental porque el tiempo va entelando los acontecimientos, acaso magnificándolos, y debo reconocer que esa es mi tendencia desde que me vine a vivir a Granada y encontré la paz espiritual, física e intelectual.

Portada de Pasados los setenta, de Ernst Jünger

“La esperanza cumplida es un sueño potenciado”, dice María Zambrano. Y continúa: “sueño, porque confiere retrospectivamente carácter de sueño a la vida real”. Mi vida real, es cierto, se ha convertido en sueño. Nunca creí demasiado en la esperanza; para mí, la gran embustera, dije en un texto publicado. Y sin embargo, debo admitir que la tuve: la esperanza de ser leído aunque solo fuese por mis amigos, la esperanza de poder conversar amistosamente sobre esos temas que me mueven a vivir, la esperanza de saber todo lo que cabe en una vida, que no es mucho. Y las esperanzas cumplidas, las ilusiones realizadas, producen un éxtasis placentero incomparable.

Tengo de mi personaje Enrique Fuster Bonín, cuyas aventuras fueron publicadas por Nazarí y Port Royal en ambos Ashaverus, la curiosidad, una inmensa curiosidad que me convierte en niño de mirar pasmado o en adolescente malcontento. No tengo su valentía, y quizá por eso se la

Portada de Ashaverus el libidinoso

atribuí, para compensar mi propia timidez. Carezco de la capacidad seductora y amatoria de mi personaje Roberto, protagonista de Buscar o no buscar y que aparece en varias de mis obras inéditas. No tengo la lucidez de Simeón, coprotagonista de Nos. Ni siquiera poseo la esperanza de parecerme a ellos. Demasiado tarde, demasiada pequeñoburguesía por mi parte. Pero esos personajes existen en mi interior, son mis amigos invisibles a los que adoro y a quienes me gustaría parecerme. Solo un personaje, Julio, es mi otro yo. Apocado, tímido, honesto, sempiternamente insatisfecho. Es cierto que de algunos de esos defectos, no de la honestidad, creo, me han curado Granada y la edad. Solo en una novela publicada no he puesto nada de mí mismo y sí de un amigo real muy querido: la que esta Academia de Buenas Letras de Granada tuvo a bien publicarme en 2018, Concierto triste para trío y coro. Creo que en la novela es acto de lesa traición literaria la autobiografía, asunto que debería atañer con exclusividad al Diario o a la Confesión. Con todo, caí en ella en ciertos aspectos en aquella primera novela publicada por el Excmo. Ayuntamiento de Granada en su colección Granada Literaria, Bajo la encina. Y es que los principios, si no quiere uno convertirlos en fundamentalistas, lo mejor es traicionarlos… moderadamente. Estoy convencido de que la novela tiene como

Portada de Bajo la encina

asunto la ficción, el invento, aunque también es inevitable la entrada en ella de la idiosincrasia o las inquietudes del autor.

Y de lo que no hablaré es de la constante inseguridad, del trastorno bipolar no agresivo pero doloroso que me hace pasar de la euforia de sentir el trabajo bien hecho al desánimo porque lo escrito es un asco, incluido lo ya publicado. Y no hablaré porque no deseo confesión ni participación de ustedes en un problema que harto nos atosiga a muchos artistas… excepto a aquellos que están seguros de sí mismos o a quienes el éxito ha convencido de ello. ¿Y por qué sigo haciéndolo, por qué este “sufrigozo”? Escribo para gustar, para seducir, escribo para explicarme el mundo al mismo tiempo que me invento otro más (o menos) placentero en el que habitar, sigo escribiendo, o lo intento al menos, porque no puedo hacer otra cosa, escribo con la ilusión de ser eterno, y todas las ilusiones son falsas e ilusas.

En fin, todo este excurso, porque discurso no ha sido, tenía como objeto rememorar cuestiones, homenajear a amigos que me ayudaron en mi formación literaria y agradecer, repito, a esta Institución Académica que me ha permitido, no solo pertenecer a ella, sino sobre todo amistar con muchos de sus miembros y enriquecerme con sus conocimientos y sabiduría que han venido a complementar esa gran curiosidad que me mantiene vivo. Muchas gracias.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
Esta entrada fue publicada en Presentaciones. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Mi historia, algunos casos que recordar quisiera

  1. Josefina Martos dijo:

    Miguel, conozco sobradamente el “sufrigozo” y la bipolaridad que nos corroe, por tanto, como apuntalamiento para evitar derribos, te digo: “Gracias por escribir. Yo necesito tus novelas.”

  2. Pues es cuestión de ir intentándolo, Josefina. También yo necesito tus cuentos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s