Reseñas de tres libros, tres

Aquel que filosofaba a martillazos

Las reseñas de libros que coloco en este blog tienen una clara intención: animar a su lectura. Pienso que, si a mí me gustaron, también gustarán a los ojeadores de este cuaderno de bitácora en el cual el mar que se describe es el del goce de la lectura, de esa actividad que tiene dos enfoques: discutir con las personas más inteligentes que en el mundo han sido, y disfrutar de mundos imaginados y descritos con mayor o menor habilidad. La cultura es casualidad, dijo Nietzsche, y esa casualidad se da, sobre todo, en el boca a boca (no seáis mal pensados y no os figuréis besos retorcidos, que también así se trasmite la cultura, sino mensajitos que se dan de uno a otro, ¡por Dios Bendito!). A veces son las páginas culturales, siempre interesadas en promocionar ediciones y editoriales, y a veces el boca a boca llega por los amigos. Este último es aquí el caso.

Voy, pues a recomendar tres libros que en los últimos meses me han subyugado. Incluyo tres como el jugador de cartas hace su reparto en el tapete verde: para que el contrincante pueda elegir si se queda con una, con dos o con las tres. Los tres están escritos por amigos, pero también digo: aunque leo libros de amigos, no todos los recomiendo, no se me debe ni se me puede acusar de amiguismo ni de parcialidad. Lo de los amigos está muy bien, pero potenciar amiguetes no es honesto.

Portada de María Zambrano, mínima biografía

El primero será María Zambrano, mínima biografía, de Jesús Moreno Sanz, en editorial Isla de Siltolá. De Zambrano ya he hablado en este blog, pero su biografía no solo es interesante sino que explica algunos de sus pensamientos, sobre todo en lo que atañe a su discipulado, admiración y fidelidad a Ortega, su acercamiento y pasión hacia el misticismo y el gnosticismo, y el papel del exilio en la vida. Como se sabe, la malagueña tuvo que exiliarse a razón de la Guerra Civil: vivió en México, Cuba, Puerto Rico, Italia y Francia. Todo un periplo muy normal entre quienes tuvieron que dejar su casa por culpa de aquella guerra estúpida. Jesús detalla año por año estos avatares, su aprendizaje, sus primeras obsesiones académicas, su papel como intelectual en la 2ª República, el exilio y sus penurias económicas subsanadas muy a menudo gracias a los amigos y a una capacidad de trabajo que, si no tan grande como la de Unamuno, se le acercaba, la expulsión de Italia por culpa de la enorme cantidad de gatos que recogieron su hermana Araceli y ella, el refugio de La Pièce, cerca de Ginebra, la relación con Araceli y lo que significó su muerte para ella, la vuelta a Madrid y los trámites necesarios para tal cosa, con el dinero necesario para su mantenimiento, dónde viviría y quién o quienes la atenderían porque ya necesitaba, por la salud, atención continua.

El autor, Jesús Moreno fue uno de los principales artífices de esa vuelta, y por eso conoce de primera mano lo que ocurrió. Y lo cuenta con gracia, con estilo. Me leí el librito en un par de días: no pude dejarlo. Porque, además de un detalle de la vida, sin meterse en

Jesús Moreno Sanz en sus buenos momentos

camisas oncevarescas sobre el pensamiento de la filósofa, cosa que ya hizo en El logos oscuro, un obrón (u obra grande) en cuatro tomos donde pormenoriza sus ideas sobre todo en lo que atañen a la mística y la gnosis, sí que apunta sus inquietudes, como ya he dicho, y estas llevan de la mano hacia su reflexión. Ligero de leer, barato, manejable por ser libro chico, bien contado y con fidelidad. ¿Qué más hace falta que os diga? Tal vez destacar una anécdota pues a veces estas alegran una biografía llena de datos que podría, y no es el caso, ser árida: la primera idea de residencia en España en el año 84 fue Valdepeñas en un convento de monjas; le prepararon una estancia muy cómoda; para demostrarle a la Superiora que acomodar allí a esta señora, el negociador le dijo, ¡por Dios, hermana, que María Zambrano fuma y bebe güisqui!, a lo que respondió la monja con alegría, ¿de qué marca?

El segundo será una novela. José Antonio López Nevot ha escrito una maravilla llamada El jardín del Ginkgo, publicada en editorial Carena. Imagínense aquellos últimos años del franquismo, cuando ni siquiera la policía osaba hacer barbaridades con los militantes

Portada de El jardín del Ginkgo.

izquierdistas que encarcelaban porque no sabían por dónde iba a salir la cosa. O al menos eso fue así en muchos casos. En otros, no. Aquellos tiempos en que cualquiera podía ser un confidente o un izquierdoso, en los que el país lo mismo podía ir hacia algo mucho peor aún de lo visto, quedarse como estaba o mejorar.

El jardín, en el que en efecto, hay un Ginkgo, es el que está a un lado del edificio de la Facultad de Derecho de Granada, pero en ningún momento se aclara si la ciudad es la nuestra u otra cualquiera de las medianas que había y hay en España. El protagonista es un estudiante en esa Facultad, pero la trama, en la que ocurre todo y nada, es, como la califica otro amigo, expresionista, es decir reflejada en espejos deformantes, casi surrealista, absurda. Con una luz disparatada, deslumbrante en los días de sol y enlutada en las noches, donde perderse en la propia ciudad es normal. Hay personajes que podrían estar perfectamente en ambas Alicias, las de Lewis Carroll, como los dos profesores que aparecen disfrazados de esto o de aquello, que incordian a otro profesor más bisoño con quien el protagonista hace amistad, y que recuerdan a los absurdos gemelos Tweedledee y Tweedledum. Hay un cine con forma de huevo, con programas dobles donde ponen excelentes películas y bodrios; uno piensa en el ovoide

José Antonio López Nevot. Parece su foto de carné

Humpty Dumpty. Hay un grupo de extrema derecha casi inofensivo: les gustan los uniformes, las armas, ir a todas partes juntos, y solo se permiten darle una paliza a un absurdo vagabundo que reparte barajas pornográficas de cartas; en la presentación de esta novela los califiqué de más tontos que un zapato, y lo son: no reflejan a aquellas bestias pardas de los Guerrilleros de Cristo Rey sino que José Antonio se los inventa. Se roba un ornitorrinco disecado que asoma en el lugar más inesperado. Hay una chica (¿cómo no va a haber una chica?, ¡ay, las chicas…!) que parece la Maga cortazariana, y por eso aparece cuando menos se la espera. Hay un tipejo que se gana la vida robando libros. Parece un follón. Pues no. ¿O es que no recordamos lo absurda que fue aquella época?. Lo que pasa es que López Nevot la retrata absurdamente. Algo semejante ya hizo Cirlot en su única novela Nebiros, irracionalizar la noche porque la época que retrató en esa novela era irracional: un mundo de represión sexual y putas.

La tercera no es una guía turística. Tampoco es una novela. Ni mucho menos, una autobiografía sentimental. Porque es todas esas cosas a la vez. Se trata de Por los barrios de Granada, de Fernando de Villena, editada por Port Royal cuyo dueño, Ángel Moyano, también es amigo. Lo aviso para no darse a engaño. Pero prometo, y lo puedo prometer,

Portada de Por los barrios de Granada

que el libro me ha encantado y por eso le hago propaganda, no por nada espúrio. Fernando de Villena, además de ser una excelente persona, escribe bien y escribe mucho. Si algún día, que sea muy tarde, hubiera que publicar sus obras completas, estas llenarían estanterías, muchas. Goza de varias virtudes para poder tener una producción tan amplia: imaginación, una cultura envidiable, muy buena memoria y un dominio del lenguaje que ya quisiera más de uno.

El libro está dividido en capítulos, cada uno de ellos dedicado a un barrio o zona granadina. A su vez, en cada capítulo hay párrafos alternados entre la descripción, que nunca es rutinaria y sí poética, las aventuras del narrador y autor, el propio Fernando, casi todas en su infancia y juventud, y por último algunos de esos párrafos dedicados a personajes nacidos en Granada o que pasaron por aquí, y entre ellos los hay narrativos, hay cartas, opiniones de otros, encomios de la ciudad o añoranzas desde lejos. Debo aclarar que Fernando es también un gran conocedor de la historia, sobre todo de la del siglo de Oro, época en la que, me parece a mí, le habría gustado nacer. Aunque ya quisiera verlo yo con espada al cinto y desenvainándola para algo más que limpiarle el orín. Estos párrafos son subyugantes porque el lenguaje se adapta a los usos lingüísticos del siglo al que pertenecen, pudiéndose encontrar fragmentos con lenguaje del XVI o XVII, con estilo romántico o clásico, etc., asunto este para el que el autor tiene especial gracia. Y puedo

Fernando de Villena.

asegurar esto pues, sin haber leído su obra narrativa completa, sí me acerco bastante: una elegancia inmensa cuando se trata de usar los lenguajes que significaron las cotas más altas del español.

El amor por su ciudad es, desde luego, palpable. Como tantos que en ella han nacido o que vivimos entre sus calles y barrios, sí, pero él tiene esa iluminación exacta para revelar ese amor con palabras.

Debo aclarar que esta edición es segunda. Ya se publicó este libro, con el mismo título, en el año 94. Esta, de este 2019, elaborada magistralmente por editorial Port Royal, y con fotografías a color de nuestra “imperial y papal villa”, está corregida y aumentada mínimamente. El autor se planteó, al parecer, modificarla en profundidad, pero decidió al final dejarla casi como está, añadiéndole algún párrafo que enriquece más aún el libro. Y lo decidió así por puro respeto a lo que ya hizo y por un ataque de nostalgia, achaque este que padecemos todos los que superamos los cuatro lustros.

Son tres libros, tres, muy recomendables. Se leen del tirón, no puedes evitarlo. Producen placer. Ilustran y educan. ¿Qué más se puede pedir? En serio, leedlos, merece la pena.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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