Dos artículos periodísticos

Como otras veces, coloco aquí dos artículos aparecidos en el periódico Ideal de Granada, en la sección que cede a la Academia de Buenas Letras de esta ciudad. El uno es una reflexión, como se verá. El otro es homenaje a una persona que se dedica de forma altruista y por mera afición a fotografiarnos a todos los intelectuales granadinos en aquellos actos en los que participamos. Espero que os gusten.

La indiferencia

Portada de dos de los siete libros que conforman En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust

Me contaba un amigo filósofo, especialista en María Zambrano, la forma en la que leyó los siete tomos de A la búsqueda del tiempo perdido en su juventud: viviendo en una Residencia de Estudiantes madrileña, se sacaba un sobresueldo dando clases particulares en la otra punta de Madrid. Debía, por tanto, tomar un autobús y pasar largo rato en él. Leer en un medio de transporte como ese es incómodo si uno viaja de pie: baches, frenazos, acelerones. Sentado es más cómodo. Doy fe de ello por cuanto he sido lector de metro en Barcelona. Pues bien, él subía al autobús cojeando y atravesaba el pasillo haciéndose el rengo por ver si alguien le cedía el asiento. Normalmente lo conseguía y podía leer cómodamente su Proust. Parece historia extraída de nuestra picaresca.

Mi hijo mayor, nacido en el año 74, tenía que viajar a menudo conmigo en el metro o autobús barceloneses. Le enseñé a ceder el asiento a personas mayores, cojos (entonces no se decía discapacitados) y señoras embarazadas o cargando bebés. Con cinco o seis años, si podía sentarse lo hacía con la mirada atenta a cuantos subieran al transporte, y se levantaba apresuradamente ofreciendo su asiento a quien pudiera necesitarlo.

No solo quienes van absortos en el móvil, seres con quienes no se puede contar para nada, sino cualquiera que lleve la mirada perdida, ausente o vacía, joven o no tan joven, se abstendrá hoy de ofrecer su puesto a alguien en las circunstancias que antes detallaba. Ni siquiera se apartarán, como si el resto de la humanidad fuese transparente. Salvo excepciones, claro, que las hay. Si no las hubiera, tal vez me tentaría un suicidio colectivo.

Autobús hasta los topes (esto de hasta los topes se decía por los antiguos tranvías, donde la gente se encaramaba a los topes traseros para no pagar o cuando ya estaba el tranvía muy lleno).

¿Qué nos está pasando? Tal vez sea inexorable que la ciudad cruel nos oprime tanto que si alguien recriminase, oiga, ¿no ve que hay personas a su alrededor?, el interrogado contestaría, ¿personas, dónde hay personas?, mirando inquisitivamente a su alrededor como si en lugar de hallarse en mitad de Puerta Real, estuviese en la isla de Robinson.

¿Es que nos ha atacado de pronto y masivamente una epidemia de egocentrismo o de ignorancia de la existencia ajena? Hay enfermos que, desgraciadamente, son incapaces de sentir empatía alguna con las personas que los rodean, pero no es el caso. El personal, generalmente, no padece enfermedad. Simplemente nos negamos a contemplar la existencia del otro. No somos capaces de distinguir la molestia ajena, y por eso podemos ver sin inmutarnos a un discapacitado, una embarazada o una anciana que apenas puede agarrarse a la barra de sujeción del autobús, sin pensar que ese asiento que ocupamos podría ser mucho más necesario para esa persona que para el yo. Para esas cosas hay psiquiatras. ¿Será la psiquiatría el oficio del futuro, mucho más que el de diseñador de página web?

No solo es de buena educación ceder el asiento a personas mayores, sino propio de personas solidarias. Y ahora que se habla tanto de solidaridad…

Es evidente que, de inmediato, se piensa que la culpa es de la enseñanza, de la educación que imparten maestros y profesores de secundaria. No me imagino yo a esos profesionales poniéndole voluntad a demostrar a sus alumnos que los viejos o minusválidos merecen todo lo malo que les pase ¿Cómo podemos ser tan cínicos?, ¿cuándo hemos abandonado por completo la educación de nuestros hijos a la televisión o la calle? Cierto compañero escuchó una conversación de progenitores diciendo: ¿yo?, ¡vamos!, si mi niño se pone malo, lo llevo al médico, ¿no?, pues si tiene un problema en la escuela, que lo solucionen los maestros. Ese problema gravísimo de nuestra sociedad no se soluciona con asignaturas sino con sociedad.

O acabaremos como en la novela de Bioy Casares, Diario de la guerra del cerdo, donde el objetivo de bandas y grupos de jóvenes son los viejos, a quienes golpean o matan sin motivo alguno, solo porque sobran, ya no son útiles.

Nuestra fotógrafa, Ana Jiménez Valladolid

Granada es ciudad productora de sorpresas. Todas las ciudades lo son, es cierto, pero algunas más que otras. En estas son sus edificios, aquellas, los paisajes que las rodean, otras tienen una vida cultural intensa, las de más allá poseen barrios que maravillan. Unas son más acogedoras u hospitalarias, otras menos. Pero, ¿y las caracterizadas por sus personajes? Más que personajes, personalidades centradas en extraños entretenimientos, estrafalarios aunque todos lo seamos un poco.

Con la fotógrafa Ana Jiménez Valladolid, cronista gráfica cultural de la ciudad de Granada

En Granada es destacable todo lo dicho, pero conviene hoy hablar de uno de esos personajes: Ana Jiménez Valladolid. Maestra de escuela jubilada, andarina incansable aunque ya algún estrago sufre por la edad (si no los sufriera, sería angélica), tiene dos aficiones: una es un coleccionismo no muy habitual, el de los marcadores de libros, y por la cual suele pasarse por las Ferias del libro o librerías de la ciudad pidiéndolos a quien buenamente quiera dárselos, o en ocasiones los consigue por la colaboración de sus amigos. Es de la segunda afición de la que quiero hablar, homenajeándola de paso. Esta consiste en fotografiarnos a todos los personajes importantes, o no tanto, de la cultura granadina. Gasta una cámara digital, pequeña y manejable, armada de la cual se sienta en primera fila (cuando puede) de cualquier acto programado. La he visto salir corriendo, y lo de correr es literal pues camina con la ligereza propia de una quinceañera, de un acto a medio acabar para volar hacia otro y poder fotografiar a sus protagonistas. Y es que en Granada, la actividad cultural es, si atendemos comparativamente a su población, superior a la de algunas ciudades como Madrid, Sevilla o Barcelona.

Depués, revela en papel las que le interesa, apetece, o considera de calidad y las regala a quienes aparecemos en la imagen, quedándose siempre un ejemplar para ella que archiva en carpetas. Carpetas físicas, no virtuales. Y lo digo en plural porque Ana tiene una para cada personaje de la cultura granadina. Una para menganita, otra para zutanita, y la de más allá para fulanito o sotanito. Un fondo documental interesantísimo y abundante.

Uno cualquiera de los muchos actos culturales celebrados en Granada quién sabe cuándo. Ana Jiménez Valladolid está, como de costumbre, en primera fila para poder fotografiar a gusto. Aquí se la ve de espaldas.

La hemos homenajeado en el Centro Artístico, Literario y Científico de Granada, obsequiándola con un acto al que asistió engañada y un cartapacio con textos y dibujos de algunos que hemos sido fotografiados por ella. Fue un diminuto agradecimiento por su labor, por su tarea de hormiga que sí, a ella le da sentido a su existir, que la entretiene como cualquier afición, pero también da un servicio, no solo personal a cada uno de esos raros que nos dedicamos a escribir, pensar, pintar o hacer música, sino un servicio social que sería una verdadera lástima que se desperdiciara y perdiese.

Hay, pues, personas que se dedican a una afición que solo las beneficia a ellas, y las hay cuya afición, entretenimiento, afán o gusto beneficia a la comunidad. Ana hace historia con sus fotos, y no porque yo crea que nosotros, esos a quienes fotografía, seamos importantes, sino porque nuestra obra sí lo es para la ciudad en la que vivimos y el país en el que pagamos nuestros impuestos. Cualquier día se perderá todo esto, lo sé, víctimas de ese desprecio ancestral del español por la cultura, desprecio que últimamente se ve incrementado por esa pandemia llamada teléfono móvil. Pero entonces quizá seremos menos yoes, menos personas, menos individuos y nos habremos convertido más y más en borregos comandados, no ya por un pastor o dirigente, que ya de por sí es malo, sino por una maquinita absurda que nos hace creer que estamos “conectados”. Conectada con la realidad está Ana Jiménez Valladolid, con sus fotografías de esa realidad que hace moverse a la ciudad, que la aguijonea, la despierta, o cuanto menos eso intentamos, me parece a mí.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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2 respuestas a Dos artículos periodísticos

  1. Josefina dijo:

    Miguel, Ana es lo más opuesto al egocentrismo miope, e incluso ciego, que tan bien describes en la primera entrada. Y con respecto a la educación, hay buenas costumbres que solo se aprenden con el ejemplo, en especial, el ejemplo que nos dan en casa.

    • Evidentemente, Josefina, que las buenas costumbres se aprenden con el ejemplo en casa, y eso es justo lo que está fallando. Una mezcla de exceso de trabajo (todos nos hemos vuelto muy ambiciosos) y desidia. Gonçalo Tavares dice que el consumo no lo inventó el capitalismo; los dioses nos hicieron hambrientos, frioleros y presumidos.

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