Matemágicas. Poesía y matemáticas, de Emilio Ballesteros

La qubba del Cuarto Real de Santo Domingo de Granada

El pasado 6 de mayo presenté en el Cuarto Real de Santo Domingo de Granada, un antiguo edificio nazarí restaurado en edificio moderno aprovechando cuanto de aprovechable había en el viejo palacio, incluida una qubba o sala de recepciones, presenté, digo, un libro de mi amigo Emilio Ballesteros llamado Matemágicas. Poesía y matemáticas. El interés del libro puede colegirse, espero, de mi presentación que aquí coloco.

En cierta ocasión recitó en Granada poemas suyos una poeta, quizá la más grande entre las mujeres aún vivas que escriben poesía en España. Lo hizo junto a un poeta famosillo, de esos que, como gracias a la fama publican todo cuanto escriben, ya no se preocupan por la calidad, no tienen esa dignidad exquisita que hace falta en cualquier artista: la de estar medianamente satisfecho, nunca del todo, de su propia obra. Este poeta recitó cuatro poesías. La primera y la última no estaban muy mal, quizá porque, como dijo el lírico alemán Gotfried Benn, un poeta puede envanecerse de haber escrito tan solo dos o tres versos inmortales; es muy raro que alguien haga alguno más de esos dos o tres. Puedo

Emilio Ballesteros

garantizarles que en esos dos poemas no había ningún verso de los que hablaba el germano, pero más o menos se sostenían. Los otros dos que recitó eran infumables. Las octavillas que tirábamos durante la clandestinidad tenían más lirismo del que ese señor puso en ellos. Pues bien, al acabar el acto me dirigí a la poeta, que me obsequia con una amistad inmerecida, y le pregunté, ¿qué te han parecido los poemas de Fulanito de Copas?, y la señora me respondió con cuatro escuetas palabras que bastaban para sentenciar lo escuchado, a saber: “que no es poesía”.

Explico esto porque el libro que presento viene a decir justamente eso en su prólogo. No basta con cortar las frases antes de llegar al margen para que lo escrito sea poesía. Hoy cualquiera la escribe y muy pocos alcanzan a rozar la sublimidad. Porque la poesía debe ser sublime o no ser. Eso no quiere decir que haya que prohibir nada, pero señoras y señores, es como si yo digo que juego al fútbol, cosa que es falsa, y tengo la osadía de alardear de ello ante Messi o ante Sergio Ramos, y nombro a dos para evitar que nadie de los presentes se mosquee conmigo.

Portada de Matemágicas. Poesía y matemáticas, de Emilio Ballesteros

Este libro, Matemágicas. Poesía y matemáticas, es en realidad una poética, la poética de Emilio. ¿Están todas las claves de su poesía en este volumen que presento? Creo que no, pero se aproximan. Es una poética porque, si bien como ejemplos de lo que dice entresaca poemas de otros poetas, también los suyos ejemplifican su teoría. Y esta tiene que ver tanto con las matemáticas como con la física. Habla de los colores al principio. Ustedes dirán, ¿qué tienen que ver los colores con las matemáticas? Todo. Los colores no son sino longitudes de onda. El color que vemos es el que no retiene el objeto observado. Una cosa roja absorbe toda la gama de colores de la luz que recibe menos, justamente, la correspondiente al rojo. Y ese color que devuelve, y por eso lo vemos, es a su vez un foco de luz de un solo color, una emisión de fotones que se comportan como ondas. Y la longitud de onda es ni más ni menos que la distancia entre sus crestas, pues una onda, como la de radio o la que nos permite usar los móviles, es parecida a las ondas que se producen en una superficie de agua cuando se tira una piedra: se forman pequeñas olas a cierta distancia una de otra.

Los humanos vemos un espectro de colores reducido. Otros animales nos superan. Las libélulas, por ejemplo, ven muchísimos más colores. Nosotros vemos los que están entre la longitud de onda del violeta y la del rojo. Aquella tiene una distancia entre crestas de 400 nanomilímetros y esta, la del rojo, una distancia entre crestas de 700 nanomilímetros. Y repito, ustedes dirán, ¿qué diablos tiene que ver eso con la poesía? Mucho, porque los poetas utilizan esos colores como definición, como metáfora, como semejanza, como

Portada de la primera edición de Azul de Rubén Darío

símbolo: Azul, de Rubén Darío, verde que te quiero verde, de Lorca, los amarillos de Elena Martín Vivaldi, el negro de la leche negra del alba de Paul Celan, rojos de Miguel Hernández y del propio Emilio Ballesteros, aunque él nos presenta toda la gama de colores, como demuestra y muestra en este libro. Y al usar esos colores están remitiéndose los poetas, también, a conceptos físicos y por tanto matemáticos.

Bien, estos discursitos como el que me gasto, obnubilan al público y permiten al presentador quedar como un caballero culto y de formación sólida. Y no se trata de eso. Ni muchísimo menos. Ahondemos en todo esto de las matemáticas y la poesía. Verán, como ejemplo del azul contrastando con el rojo incluye un poema suyo llamado La mer, el mar, la mar, y lo precede de una cita del cantautor francés Charles Trénet. Lo hace así porque la primera poesía fue cantada. Hoy nos extraña porque a la poesía que cantan algunos cantantes suele sucederle como al poeta del que hablaba al principio: que no es poesía, pero los recitadores utilizaban muletillas, estribillos y rimas, no solo para facilitar la memoria sino para darle ritmo a su recitado. Y el ritmo es matemáticas. Los ritmos se representan en música por fracciones. Si eso no es matemáticas, que venga Dios y lo vea. De hecho, toda la música es matemática. Un intervalo de quinta no es sino la diferencia de cinco tonos entre una nota y la siguiente. Esos tonos musicales se conseguían, según Pitágoras, haciendo vibrar una cuerda dividida, cada vez, por la mitad. Los tempos, es decir lo rápido o lento que se interpreta una música, es decir los Adagio, Presto, Allegro o Andante, expresan, cuántas negras, esas notas que son la mitad de una blanca y el doble de una corchea, deben caber en un minuto. Eso desde que se inventó el metrónomo, antes era más subjetivo.

Establecida la enorme deuda que la música tiene con las matemáticas, haremos un silogismo: si la música es matemáticas, y la poesía es música, la poesía es matemáticas.

El color verde en el Islam

Espero haberlos dejado boquiabiertos. Como dice el eslogan de un programa de Radio Clásica: la ciencia enseña a ver lo que todo el mundo ha visto, pero a pensar lo que nadie ha pensado. Bueno, decir nadie es una fatuidad, porque estoy seguro de que muchos de los presentes sabían lo de la poesía es música y matemáticas mucho antes de que Emilio, o yo mismo ahora, lo dijésemos. Continúo con el libro. Respecto a los colores hay dos aspectos que Emilio no dice pero sugiere: el místico y el simbólico. En las visiones místicas, sobre todo en el sufismo, los colores tienen un gran papel, especialmente el verde (Henry Corbin, el gran estudioso de la mística musulmana, lo demuestra). Todos sabemos también que los colores sugieren símbolos. Se dice de los rojos y amarillos que son cálidos, en tanto los azules y verdes son fríos. Pues uno toca objetos de esos colores y tienen la misma temperatura unos que otros. Luego eso tan simple, que conoce cualquier pintor y aun fotógrafo, ya es simbología. También de eso habla Emilio.

Pero Matemágicas no se reduce a los colores porque después analiza dos aspectos de la matemática más pura, menos física como son los colores, a saber: los números, que son aritmética, y las formas, que son geometría. Respecto a los números analiza su papel, sobre todo en la métrica, aunque no solo, porque las primeras cifras no responden a ninguna métrica de versificación. Ahí entra de nuevo el misticismo y la simbología: del cero como nada, del cero como invento de los matemáticos árabes, del cero como indicación de la nada malévola según explica Rüdiger Safranski en su El mal o el drama de la libertad. Luego Ballesteros analiza el papel del uno como unidad, del dos como dualidad, del tres como número del cristianismo, así como luego habla del cinco, número insignia del Islam y del siete, número no solo preferido de los pitagóricos y simbolizando la inteligencia, sino representativo del judaísmo. Para los porqués preferiría que ustedes leyeran el libro sin que yo me extienda más aquí.

El gran poeta y amigo Enrique Morón

Pero sí quiero hablar de la versificación, de la métrica. Verán: si yo tuviera que dar clase de esa disciplina poética elegiría este libro para hacerlo porque los ejemplos de versos de diferentes longitudes silábicas, lo que representan y en qué tipo de poesía se emplean, son tan sustanciosos y bien explicados que de veras, podría ser este un libro de texto.

En esta parte, utiliza ejemplos de Enrique Morón y sus Odas numerales, otro caso lírico de esos contactos que parecen absurdos entre poesía y matemáticas y cuya absurdidad demuestra aquí Emilio ser una absurdidad en sí mayor aún (es aquello que la negación de una negación es una afirmación). Pero claro, no solo da ejemplos de Morón sino de infinidad de poetas más, pasando también por sí mismo, como ya he dicho.

El estudio de esos números llega hasta el catorce, cantidad de sílabas de un alejandrino y número de días que tarda la luna en cambiar de signo: desde la llena hasta la nueva, y la luna también tiene un gran papel simbólico en numerosas religiones y mitologías, aunque de las hoy más practicadas, esencialmente es el Islam la que tiene la luna como emblema.

Como he dicho antes, Ballesteros dedica un capítulo a las formas. También Enrique Morón dedicaba algunos poemas de sus Odas numerales a las formas: la recta, el ángulo, la circunferencia, el polígono, etc.; e incluso a los signos, porque Morón poetizaba el signo más, el menos, el por, el infinito. Un repaso, vamos. Pues bien, Emilio también les da un repaso, y añade algo que me pareció interesantísimo: en los poemas gráficos, es decir en

Poema de Emilio Ballesteros en espiral titulado Espirales cósmicas, de su libro El viaje infinito

los caligramas, estos toman formas que pueden ser dibujos figurativos o también geométricos, y él mismo tiene en El viaje infinito, poemario enormemente recomendable por su riqueza, un poema helicoide, otro circular y otro espiral. En este mismo capítulo dedicado a las formas, consagra también unos párrafos al símbolo de infinito, hallazgo matemático cuya grafía se encuentra por primera vez en los escritos de John Wallis en el siglo XVII, pero cuya antigüedad como concepto es mucho mayor, pues el ouróboros, ese símbolo iconográfico consistente en una serpiente que se muerde la cola y cuya representación ya se hallaba en los albores icónicos de la historia del mundo: en el disco de Benín, el ouróboros, digo, ya es símbolo de ese infinito extraño, difícil de comprender para nosotros que somos tan finitos si no somos creyentes.

Es curioso porque uno consulta esta entrada, disco de Benín, en internet, y ¡habla de discotecas en Benín!, ¡pues vaya! Es una lástima porque el tal disco, que es de bronce si no me equivoco, es bellísimo y notable. Hay que recurrir a un diccionario de símbolos en papel. Y es que lo nuevo no siempre puede sustituir a lo viejo. Este disco de Benín, que simboliza el infinito, también alude al contacto entre el mundo de arriba y el mundo de abajo, lo macrocósmico y lo microcósmico, que luego los gnósticos aprovecharon

El ouroboros

convirtiendo el ouróboros, o sea el infinito, en su símbolo favorito.

En fin, de todo esto habla Emilio Ballesteros en un libro que, como tantos de sus poemarios y novelas, es absolutamente recomendable. Pero no acaba aquí la cosa porque yo debo añadir alguna más como corroboración de sus teorías en otras que él no cita, seguramente por economía, pero que yo sí me voy a permitir mencionar.

Primera: el OuLiPo. Esta entidad, nacida del Collège de Pataphisique de Paris, tiene como nombre el acróstico de Ouvroir de Littérature Potencielle, es decir, Obrador de Literatura Potencial, y sus objetivos consistían en plantear obstáculos, trabas o constricciones a la creación literaria que favorecieran, justamente, esta creación, entregando a otros escritores o a los mismos que componían el grupo, herramientas para agilizar, innovar y/o acicatear su creatividad. Lo que tiene que ver con el libro de Emilio es que esas trabas se basaban muy a menudo en las matemáticas, pues no en vano sus creadores primeros fueron Raymond Queneau, escritor y matemático aficionado, y François Le Lionnais, matemático. Una traba típica, no del OuLiPo sino anterior a él en quinientos años, es la que conforma ciertas estructuras poéticas como, por ejemplo, el soneto, que ha de tener catorce versos, de doce o catorce sílabas cada uno, aunque hay otras métricas, que rimen de tal o cual manera y cuyo ritmo sea este o aquel. Es un condicionamiento. Las trabas poéticas propuestas por el OuLiPo fueron, también por

Fotografía del equipo fundacional del OuLiPo. Entre otros, Raymond Quemeau, François Le Lionnais, Italo Calvino, Georges Perec, etc.

ejemplo, crear poemas cuyos versos tuvieran cada uno la longitud silábica correspondiente a las cifras del número pi (π); el tautograma, poema formado por palabras que empiezan todas por la misma letra, aunque esta traba es lo que ellos llamaban un plagio por anticipación, porque está en poemas latinos y en uno de Quevedo que dice más o menos así: “Antes alegre andaba, agora apenas/ alcanzo alivio, ardiendo aprisionado,/ armas a Atlántida aumento acobardado;/aire abrazo, agua aprieto, aplico arenas”; o la escritura ropálica, donde cada palabra de un verso tiene una sílaba más que la palabra anterior, produciéndose un efecto de incrementación parecido a la pirámide o a la espiral de la que habla Emilio en ese penúltimo capítulo dedicado a las formas. (A esos rosales convendría despulgonarlos eficientemente, sutilísimamente, desconsideradamente, sería un ejemplo de esa escritura).

Segunda: Clara Janés. A la grandísima poeta siempre le ha obsesionado la ciencia, y especialmente las matemáticas, en contacto íntimo con la poesía. Ya en su poemario Vilanos hablaba de números, y especialmente en su Fractales utiliza ya las altas matemáticas, aunque en este caso deberíamos hablar de geometrías, con una eficacia

La gran poeta Clara Janés

enorme. Pero esa obsesión no se ha reducido a estos dos libros de poemas, sino que en cada una de sus nuevas producciones aparecen sus conocimientos y desvelos sobre mística, gnosticismo, simbología, erotismo y esoterismo, ciencia en su sentido más amplio y matemáticas. En su último libro, del que ya hablé el pasado mes de abril y muy recomendable, encontramos la siguiente joya: “Y aquí, juicio, se llega al claro nueve,/ Tres veces tres, el número gallardo./ Los ciclos van a su compás concordes./ Y la Realidad se multiplica/ Sin cesar por su causa, en el abrazo/ De lo que viene y lo que está; al ritmo/ De una energía viva, impetuosa,/ Invisible y latente en lo visible./ Todo te crea, amada, en las esferas,/ Y así, en lo oculto, tu esencia palpita,/ Flor sin sombra más allá de los ojos”. Poema de Kamasutra para dormir a un espectro. Y he leído esto porque guarda una enorme coherencia con las propuestas de Emilio Ballesteros, porque Emilio, querido amigo, ser comparado con Clara Janés, dentro de las diferencias, naturalmente, no es cualquier cosa, y te ofrezco este paralelo de corazón y con algo de conocimiento de causa, pues he leído un buen número de poemarios tuyos y suyos.

Tercero: al empezar a leer el libro para elaborar esta presentación, lo primero que se me vino a la cabeza fueron las Odas numerales de Enrique Morón, ya nombradas. Luego me percaté de que Emilio las nombraba. Pero no fue solo Morón el hacedor de poemas dedicados de una forma u otra a números o poesía. Además de la ya mentada Clara Janés,

Gabriel Celaya

tenemos a Grabriel Celaya en su Así soñé yo la verdad, que dice: “Kepler miró llorando los cinco poliedros/ encajados uno en otro, sistemáticos, perfectos,/ en orden musical hasta la gran esfera.// Amó al dodecaedro, lloró al icosaedro/ por sus inconsecuencias y sus complicaciones/ adorables y raras, pero, ¡ay!, tan necesarias,/ pues no cabe idear más sólidos perfectos/ que los cinco sabidos, cuando hay tres dimensiones”. Y no debe olvidarse que Celaya era ingeniero de profesión y estudios. Rafael Alberti, León Felipe o Pedro Salinas ratifican las ideas que Emilio Ballesteros vierte en este libro que encontré, al leerlo, y más al releerlo para elaborar esta presentación, apasionante. Y siguiendo con las corroboraciones, pensemos en algunos de los poetas más importantes de la historia: Dante, por ejemplo, impone estructuras numerales en su Divina Comedia, y no hay sino leer El esoterismo en Dante, de René Guénon para comprobar que, además, esas estructuras numerales tienen mucho que ver con la simbología y con la mística, con posturas religiosas opuestas, y por tanto ocultas, al Papado y a la ortodoxia eclesial. En la Odisea hay tres partes diferenciadas: el regreso de Ulises a Ítaca; el viaje de Telémaco, su hijo, en busca de su padre; y un conjunto de historias donde abundan los monstruos, lugares fantásticos y peligros propios de los viajes por mar en frágiles navíos; y esas tres partes son como aquellas que los griegos creían componen al humano: espíritu, alma y cuerpo; sin contar con que sus editores quisieron que fueran 24 los cantos que la componen, tantas como letras tiene el alfabeto griego.

En la mesa, el editor de Esdrújula Víctor Miguel Gallardo, Emilio Ballesteros y quien esto escribe

Goethe creó la teoría de los colores, volviendo a aquello de la física y en El poema del Mío Cid, poema fundacional del castellano primitivo, se repiten los números tres, cinco y siete, números referencia del cristianismo, el Islam y el judaísmo como dije antes. ¿Coincidencias? ¡No!, el número marca la composición poética y esta, normalmente, quiere decir mucho más de lo que dice, y a buen entendedor, salud, como decían los anarquistas en la Transición española.

No dejen ustedes de estudiar este libro de Emilio Ballesteros. Los atrapará como a mí. Cómprenlo, regálenlo, obséquienlo a sus sobrinas si ellas tienen veleidades poéticas, ¡róbenlo si es preciso!, ahora que no me oyen ni el autor ni el editor, pero ¡caramba!, léanlo y dénselo a leer a los demás. Libros como este forman parte de esa media sonrisa que se le queda a uno al estirar la pata (patas, porque son dos) y que indica los buenos momentos que uno (y aquí no son dos, porque cada uno se muere solo) que uno pasó en su vida. Muchas gracias.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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