Segunda parte de El libro más curioso de mi biblioteca

Pimera página introductoria de Confusión de confusiones, de Joseph Penso de la Vega en Ámsterdam 1688

Confusión de confusiones, de Joseph Penso de la Vega. Es también un facsímil. Penso de la Vega perteneció a la Academia de los Floridos, aquella tertulia del Ámsterdam del siglo XVII en la que también participó Isabel Rebeca Correa, presunta autora de la novelita sobre Todros ben Virga, que introduzco en mi novela Ashaverus el libidinoso, y protagonista de la autobiografía apócrifa que incluyo en Ashaverus el creador. Su hallazgo fue una de las casualidades que me acompañaron en la elaboración y documentación de estas novelas. Fue también un regalo de mi esposa y comprado a Ignacio Martín Villena, de quien hablé sobre el Liber Chronicorum. Su armazón es un diálogo entre un Filósofo, un Comerciante y un Accionista. Las acciones bancarias acababan de inventarse por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales u organismos afines. Invertir en uno o dos barcos que zarpasen hacia las Indias para comprar u obtener (el robo o la compra a cambio de naderías era normal) especias y otras riquezas era arriesgado: estaban los naufragios y los piratas malayos o ingleses. En cambio, invertir en una organización para la cual zarpasen muchos barcos era diversificar riesgos, ampliar el porcentaje de

Un servidor hablando de su pasión: sus libros

barcos que llegaban con bien a los puertos holandeses. Llegaron a sacar beneficios del 300 % anual. Penso de la Vega era experto en tales especulaciones. Tenía tres principios sobre su experiencia: no dar consejos a nadie, que nadie esperase gran cosa de su inversión, pues lo mismo se gana que se pierde, y no gastar en invertir más de lo que se tiene. Como buen judío, no solo era inteligente sino además hábil negociador. En el diálogo, el Accionista trata de convencer a los otros dos. En tanto al Comerciante le da miedo, el Filósofo no hace sino aducir razones metafísicas que lo hacen caer en un feroz ridículo. Es hilarante en ocasiones. Leí también un breve párrafo.

Portada de Umbría lumbre, de Mario Satz

Umbría lumbre, de Mario Satz. Mario Satz me obsequia con su amistad desde hace unos meses, desde que empezamos a cartearnos por correo electrónico. Pero el libro lo compré y leí en 1992. Para mí fue una revelación: me mostró cómo los misticismos, a mí que no soy, con precisión, creyente, son todos muy parecidos, desde el cristiano hasta el islámico, pasando por el hebreo. Es un estudio de la poesía y las prosas de San Juan de la Cruz, comparándolas con el sufismo, o misticismo islámico y la cábala (sería mejor decir cabalá). Lo curioso del libro es que en él, sin obstar a su grandísima calidad y sabiduría, tengo trascritas al hebreo las palabras en ese idioma pero escritas con alfabeto latino, pues la editorial no puso esas palabras hebreas con las letras del alefato. Tanto me entusiasmó. También esas trascripciones me hicieron comprender muchas cosas, y algunas de ellas las expliqué aquí, en el Centro Artístico, durante la conferencia que di hablando de la Cábala hebrea. Leí un fragmento donde se habla del medaber, el intermediario o portavoz, el que habla, asimilándolo al papel de la lengua, pues, como dice un antiguo proverbio: “La muerte y la vida están en poder de la lengua y el que la ama comerá de sus frutos”. ¿Nos

Una de las páginas de Umbría lumbre con un Árbol de la Vida cabalístico y mis trascripciones al hebreo

extraña que un escritor se interese por la Cábala, ya que esta da papel primordial a la letra, a la palabra? Y Mario Satz, ya lo he dicho en algunas ocasiones, es el mayor entendido en Cábala que escribe en español. Un sabio, no de conocimientos (los conocimientos son una pamema muy adecuada a nuestro mundo utilitarista) sino de sabiduría.

Poesìa soviética, antología de 1987, traducción de escritores cubanos. Este libro lo seleccioné por malo e indignante. Mi amigo Rafael Guzmán Tirado, catedrático de eslavas de la Universidad de Granada, me lo regaló al volver de Rusia en 1998, creo. Para empezar, algunas traducciones son deprimentes. Ripios y más ripios. Leí un fragmento de

Portada de Poesía soviética, antología.

poema para demostrarlo. Hay algunas de ellas que sí son buenas, como por ejemplo las de Eliseo Diego, uno de los intelectuales cubanos que hizo un buen trabajo. Leí también el principio de un poema de Maiakovski dedicado a Lenin. Pueden imaginárselo. Desde luego, del suicidio de este poeta en 1930, cuando a Stalin ya se le habían visto las intenciones, no dice nada. Mas lo peor del libro son las mínimas biografías de los poetas antologados. Especialmente las de tres poetas disidentes: Anna Ajmátova, Ossip Mandelstam y Marina Tsvietáieva. Para empezar los califica como poetas soviéticos. Habría sido como si Franco clasificase a Miguel Hernández como poeta franquista, puesto que escribió algunas obras cuando ya el general gallego había ocupado el poder. Vergonzoso. Expliqué la anécdota de la pobre Ajmátova, cuyo primer marido Nikolai Nikolaievich Gumiliov fue fusilado pues era oficial del ejército del zar, y cuyo tercer marido y su hijo fueron enviados a Siberia. Aguardando en la cola de la prisión para entregarle un paquete de comida a su hijo, hazaña que no siempre tenía éxito, no por la cola, sino una vez llegada a ventanilla, aguardando, digo, se le acercó una señora empañolada de negro y

Anna Ajmátova retratada por Nathan Altman

le preguntó si ella era la escritora; Anna asintió y la señora le preguntó si podría explicar eso, lo que estaban viviendo, fuera de Rusia. Es relato que pone los pelos de punta. Desde luego, en las biografías nada dice de eso ni de que Mandelstam fue enviado a Siberia y, al parecer, murió en el tren de transporte de ganado donde fue introducido, ni del suicidio de Tsvietáieva al volver de París a su patria. Leí un poema de Gumiliov, el primer marido de Ajmátova, titulado Me he burlado de mí mismo, traducido por Jorge Bustamante García (se encuentra fácilmente en internet en la página amediavoz).

Vista la hora me di cuenta de que podía hablar del séptimo libro.

Portada de La caza del Snark, de Lewis Carroll

La caza del Snark, de Lewis Carroll. El reverendo Dogson, cuyo seudónimo era Lewis Carroll, escribió dos obras famosas, sobre todo la primera: Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo. Pero también escribió, por ejemplo Matemática demente, con cuentos matemáticos de lógica y absurdidez. Y este La caza del Snark, un libro divertido donde se narran las aventuras de ciertos individuos para cazar al “snark”, un bicho que nadie sabe cómo ni qué es. Las ilustraciones hechas a propósito para la primera edición, fueron de un tal Henry Holiday, y este libro que poseo es una edición posterior pero en la que se incluyen versos geniales y delirantes dibujos, como delirante es la propia narración poética. Elogié lo que cada uno tiene de niño, sin lo cual, dije mirando hacia Ángel Olgoso, el Rector Magnífico del Instituto Patafísico, no seríamos lo que somos. Mostré algunas de dichas ilustraciones y leí un pequeño fragmento. Más tarde, mi querido amigo Ismael Ramos me contó que había representado esta obrita en teatro, situándola como la creación imaginativa de un niño que se aburre.

Uno de los maravillosos dibujos de Henry Holiday para La caza del Snark

Acabada la exposición, Juan Chirveches me preguntó si había algún otro libro destacable entre los míos. Sí, le contesté, claro, pero es difícil ir eligiendo: esa Gramática de Lebrija, por ejemplo, de la que ya hablé, pero mi pasión por los libros es tal que todos son como hijos, es imposible diferenciar y apreciar más a uno que a otro. Recordé la anécdota, al leer el fragmento de La caza del Snark, de la novela Morfina, de Mijail Bulgákov, novela en la que este escritor ruso, autor de una de las novelas más importantes del siglo XX: El Maestro y Margarita, narra sus vicisitudes como médico en un hospital en medio de la planicie, creo que muy al sur de Moscú y la ignorancia, esperable desde luego, de los campesinos rusos. La historia es la siguiente: atendiendo a un parto difícil porque el niño venía atravesado, notó al hacer el tacto cierta

Portada de Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie

sustancia untuosa en el útero de la madre. ¿Esto qué es?, pensó. Y resultó que las comadres del pueblo, cuando notaban que el niño no quería salir introducían en el sexo de la madre un terrón de azúcar para atraerlo. Hilarante y triste al mismo tiempo.

Recordé también un libro extraordinario que tengo desde hace años en mi biblioteca y que ha sobrevivido a préstamos: Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie, noble francés amigo de Michel de Montaigne que murió muy joven, maravilla de opúsculo, porque lo es por su escasa extensión que es, ni más ni menos, un primer ensayo del anarquismo ¡¡¡del siglo XVI!!!.

Preguntó Juan si había algún libro leído últimamente que me hubiera impresionado. No pude por menos que

Clara Janés

mencionar el poemario de Clara Janés Kamasutra para dormir a un espectro, uno de los pocos libros de poemas que he leído completo, pues normalmente en estos libros se picotea, se leen algunos poemas y otro día se leen algunos más. Muy recomendable ese último libro de Clara Janés.

Algunas personas se aproximaron a la mesa para hojear los libros primero y último: el Liber chronicoum y La caza del Snark, sobre todo el primero, porque las ilustraciones son muy bellas. Agradecí profusamente a Juan Chirveches y al Centro Artístico la oportunidad de disertar sobre mis cosas, que pueden no interesar a nadie y sin embargo allí tienen buena acogida. Y se acabó: cada mochuelo a su olivo.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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