Los libros más curiosos de mi biblioteca (1ª parte)

Junto a Juan Chirveches, vocal de literatura del Centro Artístico de Granada

Juan Chirveches, vocal de Literatura del Centro Artístico, Literario y Científico de Granada, ha organizado un ciclo de charlas por parte de distintos intelectuales de Granada para hablar del o los libros más curiosos de la biblioteca personal. Entre distinguidos personajes como Fernando de Villena, Álvaro Salvador, Manuel Titos o Ángel Olgoso, este 6 de abril me tocó a mí hablar de ese asunto: ¿cuáles son los libros más curiosos de mi biblioteca? Me fui cargado, sobre todo por uno del que hablaré a continuación. El planteamiento que me hice fue hablar de libros que, si no por curiosos o extraños para la gente, sí al menos son libros especiales para mí por diferentes motivos.

Colocaré en mi blog la trascripción aproximada de lo que hablé, y lo haré en dos partes para no poner una entrada cansina.

En mis manos, el primer libro curioso que presenté, Liber Chronicorum. Puede hacerse una idea, por comparación, del tamaño del volumen.

Juan empezó la charla haciéndome las preguntas de rigor que formula a todos los invitados a este ciclo: ¿cuántos libros tienes en tu biblioteca personal?, unos cuatro mil, tampoco los he contado; ¿qué autores te son más atractivos o cuál es tu canon?, soy muy enamoradizo y lo mismo me enamoré en su momento de Julio Cortázar que de Ernst Jünger, Malcolm Lowry, Galdós o muchos más; es muy difícil contestar a eso porque tengo en mi haber muchos enamoramientos o predilecciones; ¿qué otros libros curiosos tienes además de los que traes?, tengo un facsímil de la Gramática de Nebrija y… pues no sé, tampoco es que yo tenga joyas de un valor de cambio enorme, pero sí tengo libros que para mí tienen un gran valor de uso.

Acto seguido, el presentador, Juan Chirveches, me dejó solo en la mesa para que me explayara en esos libros que aporté.

El primero fue el Liber Chronicorum, de Hartman Scheidel, editor, facsímil del original de 1493. Tres kilos y medio de libro; respecto a las dimensiones pueden apreciarse en la fotografía. En él se habla ya de la toma de Granada pero no del descubrimiento de

Xilografía de la ciudad de Nüremberg del Liber Chronicorum

América, quizá porque aún no les había dado tiempo de tomársela demasiado en serio. El libro tiene gran cantidad de ilustraciones (xilografías) hechas por Wilhelm Pleydenwurff y Michael Volgemut. Pero uno de los aprendices de estos grabadores fue Albrecht Dürer, es decir, Durero, de lo que puede deducirse que hay obra suya en él. Fue publicado en latín (unos 1000 o 1500 ejemplares) y en alemán (unos 600). Este libro lo vi por primera vez en casa del hermano de Fernando de Villena, mi amigo Ignacio Martín Villena, que tiene uno de los pocos originales que quedan en el mundo. Además, el suyo está completo, puesto que muchos de esos ejemplares tienen hojas arrancadas para ser vendidas como hojas sueltas (grabados para colgarlos en las paredes). La impresión de ese original está en color. Una maravilla. Lo comenté con mi mujer y mi hijo pequeño, Julio, que aún vivía en casa. Muy poco después llegó una publicidad de cierta editorial dedicada a publicar facsímiles con una oferta de

Montruitos o seres humanos raros representados en la versión original (en color) del Liber Chronicorum.

este libro más otros varios: la Gramática de Nebrija, la Mujeres Preclaras, de Boccaccio y otro par. Me regalaron el lote. Le tengo, por eso, un especial cariño. Enseñé varias ilustraciones: una danza de la muerte, varias litografías de ciudades diversas que responden poco a la realidad, y aún menos las ciudades antiguas como Babilonia y otras.

Espejo, antología de cuentos húngaros. Publicado a mediados de la década de los 60. Me lo regaló mi amiga Judith Sárosdy en 1972. Las traducciones son magníficas. Varios autores de los antologados han sido después famosos o ya lo eran antes, como Tibor Déry o Attila József. Uno de los traductores se llama José María Rancaño. Es curioso el apellido, no demasiado habitual en España. En mis años de profesor en Barcelona, desde 1977 hasta el 80, conocí a dos muchachas, hermanas: Amelia y Emilia Rancaño; tenían otra hermana, a la que no llegué a ver nunca, que se llamaba Amalia. Caprichos del padre, parece ser. Este hombre, el señor Rancaño, trabó amistad, creo que en el campo de concentración de Vernet, con Max Aub, otro de mis escritores muy apreciados. Cuando escribí Ashaverus el libidinoso, me pregunté cómo llamar al editor que contrata a Enrique Fuster en París a instancias de Max Aub y de Federico Mompou, y me dijo ¡Rancaño!, por

Portada de Espejo

las Rancaño sisters. Pues bien, ya publicada la novela, me enteré de que uno de los editores de la emigración española en la capital francesa se llamó Rancaño, dueño de Editorial Nuestro Pueblo. Casualidades. Leí, después de narrar estas anécdotas, un fragmento muy corto del cuento Szerelem, Amor, de Tibor Dery.

Libro de Manuel, de Julio Cortázar. Este libro lo llevé porque, sin ser raro, no es habitual. Desgraciadamente, casi ha caído en el olvido. Fue la última novela que escribió Cortázar porque Los Autonautas de la Cosmopista no se puede considerar novela, si bien es cierto que el mismo autor nos convenció, como ya venía siendo teoría narratológica, que novela es todo, o cuanto menos, en la novela cabe todo. El libro habla de un grupo de latinoamericanos que planea secuestrar al

Portada del Libro de Manuel, de Julio Cortázar

Vip (Very Important Person) y a su mujer, la Vipa para exigir la liberación de presos políticos de América del Sur y Centroamérica. No quieren hacer daño a nadie sino solo publicitar la situación política allá. En eso, Cortázar se mostró muy ingenuo porque el terrorismo no suele ser inocuo. Todo sale mal y acaban todos en la cárcel, claro. La innovación que introduce el novelista en esta obra es la inclusión de recortes de periódico en sus páginas, además de su lenguaje ligero y directo, lleno de argentinismos, y la característica coral de ella. Este libro lo incluyo, además de por mi fascinación por él, por estar hecho polvo, deshojado y con el lomo inexistente (por broma, miré con sorna a mi amigo Ángel Moyano, excelente editor cuidadosísimo, y le aseguré que la edición no era suya). Mi admiración por Cortázar me llevó a ponerle Julio a mi hijo pequeño por el autor argentino, allá por el año 86. Leí un fragmento pequeño de un  diálogo entre Susana y Ludmila, dos personajes. Hablé también de cierto ensayo corto escrito hace años comparando varias escenas de novela y cine con sodomizaciones femeninas: esta de la que hablé, en Libro de Manuel, una escena de La cólera de Aquiles, de la cuatrilogía

Ejemplar del Libro de Manuel que poseo abierto por la página de la que leí un fragmento. Puede verse el estado cochambroso del tomo.

Recuento, de Luis Goytisolo, la famosa secuencia de la mantequilla en El último tango en París, de Bernardo Bertolucci y otra de Muerte a crédito, de Louis Ferdinand Céline, y justo en esta última, escrita por un antisemita colaborador de los nazis y peor que ellos, o sea un hijo de perra enorme, es la única donde la mujer disfruta del acto, en tanto en las otras son formas de demostrar a las “víctimas” su aburguesamiento y los prejuicios que las bloquean. Curiosamente, olvidé en este acto que narro de incluir otra escena famosa y que también entraba en mi comparata: la de Paradiso, de José Lezama Lima, donde la criadita española se deja sodomizar por Farraluque para preservar su virginidad. Es lástima que esas innovaciones artísticas en la novela, como las elaboradas por Cortázar, Perec, Sebald, Bulgákov, Julián Ríos, Juan Goytisolo, etcétera, no tengan hoy éxito y nadie que pretenda ser leído se atreva con ellas.

Continuará en la segunda parte.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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Una respuesta a Los libros más curiosos de mi biblioteca (1ª parte)

  1. José Gutiérrez, poeta amigo y colega en la Academia de Buenas Letras de Granada, me ha hecho notar un error dicho en esta entrada: respecto al Liber Chronicorum, digo que vi un original, propiedad de Ignacio Martín Villena, impreso en color. Evidentemente, me equivoqué porque entonces, en 1493, no se había inventado la cuatricromía, es decir, la impresión en color. Ocurre que algunos ejemplares aún existentes fueron coloreados a mano por sus primeros propietarios en el siglo XVI, e Ignacio posee uno de ellos. No impreso en color sino coloreado a mano. Pido excusas por ese error..

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