Comparata de dos novelas menores: Tristana y Troteras y danzaderas.

Portada de la novela Tristana, de don Benito Pérez Galdós

Tristana, de don Benito Pérez Galdós y Troteras y danzaderas, de don Ramón Pérez de Ayala, tienen en común sus mujeres. Si en la primera el protagonismo se lo lleva, indudablemente, ella pues incluso da título a la novela, en Troteras y danzaderas trataré de demostrar que, si bien es novela coral y el protagonismo propiamente se lo llevan Alberto Guzmán y Teófilo Pajares, Verónica y Rosina, pero sobre todo la primera, son secundarias tan importantes por lo que de ellas se dice que los dos hombres y artistas que parecen dirigir la obra.

El argumento de Tristana es triste. Huérfana y protegida por un caballero, don Lope, que parece sacado de novelón de capa y espada, antiguo don Juan y con más ínfulas que el hidalgo de las migas en el Lazarillo, es “deshonrada” por él, que no puede evitar su donjuanismo ya bastante otoñal, y le sirve, además de Saturna, de criada aunque según el don sea hija y a veces querida, porque decir amante sería incierto: al fin y al cabo amante es la o el que ama, y ella tiene con él una relación de respeto-odio que no se acerca ni por asomo al amor, para posteriormente sentir una especie de lástima cuando don Lope alcanza la verdadera senectud. Paseando con la criada Saturna se tropieza con un joven, Horacio, pintor, del que se enamora. Ha sido algo antes cuando descubre que sus inquietudes, sus deseos de independencia económica pasan por dedicarse al arte, pues las mujeres de la época tienen, como muy bien le dice Saturna, cuatro salidas de independencia económica: servir, la costura, el teatro, y este es poco honesto y respetable, y… la otra; es entonces, digo, cuando le da primero por pintar y demuestra tener buena habilidad, y luego por los idiomas, con lo que podría ser profesora, y muestra gran disposición y facilidad para aprenderlos; posteriormente estudia música y también ahí manifiesta tener dotes. Es decir, que a Tristana le sobran inteligencia y sensibilidad.

Fotograma de la película Tristana, de Luis Buñuel

Cuando el joven Horacio se va a su pueblo levantino, Tristana enferma y los médicos (uno de ellos, el doctor Miquis ya conocido de otras novelas galdosianas) se ven obligados a amputarle una pierna. No enferma por la marcha del novio sino porque la naturaleza tiene sus cosas, y nadie estamos libres de la enfermedad sorpresiva y a veces letal. El pintor vuelve para ver a la enferma coja, mas ya no sienten ambos el mismo amor y Tristana se aficiona, cuando ya puede caminar con muletas, a la iglesia, en lo que la sigue un don Lope casi gagá. Cierta beata consigue convencerlos de la necesidad de poner en orden sus asuntos ante Dios y acceden a casarse, aunque ese sea ya, ahora sí, un matrimonio blanco.

Troteras y danzaderas describe la bohemia madrileña: poetas, pintores, actores, empresarios de espectáculo sin ningún éxito, el ambiente de las pensiones de mala muerte en las que viven pero apenas pagan, las tabernas que frecuentan donde ocurre lo mismo que en las pensiones. Pero son dos las mujeres que en esta novela me interesan: Rosina y Verónica. La primera fue “deshonrada”, como Tristana, en su pueblo cántabro por un joven de vacaciones, Fernando, que luego se convierte en galán de la floreciente industria cinematográfica. En Madrid se convierte en la mantenida de un inversionista y político llamado don Sabas, prototipo de la sinvergonzonería política y empresarial hispana, cuyas características y opiniones son tremendamente actuales, por desgracia. La segunda, Verónica, es prostituta. Pero se codea con los artistas y estos la introducen en un cierto mundillo cultural. Ambas tienen inquietudes. Rosina acompaña a Teófilo al Museo del

Portada de la novela Portada de la novela Troteras y danzaderas, de don Ramón Pérez de Ayala

Prado y allí, ante Las Meninas velazqueñas da unas ideas que dejan pasmado al poeta. Verónica comenta con Alberto la traducción que este está haciendo del Otelo de Shakespeare, apasionándose con las actitudes de Yago, Desdémona y Otelo, llegando incluso a negarse a escuchar la escena de la muerte de la esposa del moro veneciano porque no puede soportar que sea castigada a pesar de su inocencia. Ambas tienen la suficiente sensibilidad y sentido crítico, mas no ese serio y encorbatado de los intelectuales estériles que sientan cátedra con sus palabras, sino el apasionado de una persona que siente.

Y nótese que digo persona. La palabra, como es sabido, procede del latín personare, aquella máscara o carátula que llevaban los actores con una especie de trompetilla que aumentaba el volumen de sus voces. Persona: la que se hace oír. Y se hace oír con razones y sentimientos, no con pamemas.

También Tristana quiere hacerse oír. Desea su independencia, ella que se educó bajo la protección de sus padres y ahora tiene la protección de un hombre que, si bien la alimenta, digamos caritativamente, también abusa de ella o ha abusado. Ella quiere ser persona, hacerse oír.

Rosina y Verónica acaban bien, digamos. La primera llega a ser cupletista de fama y, huyendo de su mantenedor, el político don Sabas, y también del amor serio de Teófilo, se va con Fernando, su desflorador y padre de su hija. De Teófilo, poeta, se enamora en comparación con don Sabas en algo que recuerda a las damas medievales que amaban a sus trovadores, finos y galantes, comparándolos con los guerreros burdos y brutales que eran sus maridos. En este caso, don Sabas no es exactamente burdo ni brutal, sí viejo y

Ramón Pérez de Ayala retratado por Gregorio Prieto

muy pagado de su dinero. Aunque hay algo peor en don Sabas: considerándola como solo una puta, de lujo y mantenida, pero puta, no le importa que coquetee y aun se acueste con Teófilo. No son celos lo que se echa a faltar sino consideración. Piensa que joven y viciosa, es lógico que busque a otros aun viviendo de su dinero. Como actitud es un insulto repugnante.

¿Por qué se va con Fernando y desprecia el amor serio, verdadero de Teófilo? Por amor, porque también es amor la atracción física, la admiración de esa fortaleza que hace gozar, en tanto Teófilo la rodea de atenciones pero no alcanza, se da a entender, la capacidad amatoria de Fernando. Es persona: quiere hacerse oír en su sexualidad, aunque Pérez de Ayala habla siempre de sensualidad. Y es que la novela se publicó en 1913.

Verónica llega a ser bailarina. Y lo consigue sin estudios, expresándose sobre el escenario tal es ella. Algunos de sus amigos la ven bailar apasionadamente, ella sola, siguiendo solo la música y su propio cuerpo, y la convencen para que debute, teniendo un gran éxito. También ella se hace oír. Es su cuerpo el que grita armonía y ritmo, el que grita danza. En cambio ella no quiere amores. Debería haberse enamorado de Alberto, pero no es así. Ella quiere su independencia, cuando al fin consigue desprenderse de los hombres que le pagaban el placer efímero. El de ellos, claro. Verónica lo único que obtenía era un mal vivir para ella y su familia. Por eso no quiere amores.

Ellas son, pues, las verdaderas protagonistas de esta novela coral, pues hablar de la bohemia lo habían hecho ya otros que alcanzaron, si cabe e indirectamente, más fama que Pérez de Ayala, como es Henri Murger (¿quién se acuerda hoy de él?), autor de la obra en la que se basó el libreto de la ópera La Bohème de Puccini. Se dice de esta novela que tiene diversos puntos de vista, que va de una historia a otra con agilidad, que fragmenta las acciones, que las simultanea. La técnica es ambiciosa, cierto, incluso el uso del habla popular, con los diferentes acentos (eso sí, en el andaluz no atina el cántabro don Ramón). A veces parece deslavazada, la verdad, y no es la mejor novela del autor, con obras maestras como A.M.D.G. o Tigre Juán y El curandero de su honra, y sin embargo es digna de consideración.

Benito Pérez Galdós retratado por Joaquín Sorolla

Ya he dicho que la historia de Tristana es triste, como su propio nombre, un nombre masculino y feminizado, como el de la criada Saturna. Y es que Galdós era bastante pesimista. Ella aspira a su independencia, a su libertad y Saturna, la analfabeta, intenta demostrarle cómo en la sociedad que viven, la mujer solo tiene esas salidas de las que ella le habla. Finalmente es la realidad, la sucia realidad la que le demuestra que son esas las salidas y no hay otras. Ni siquiera el matrimonio feliz con Horacio, que no le daría la independencia total ni mucho menos, pues ella no para de repetir que cada uno en su casa, ella con sus pinturas o sus idiomas o la música, y él con los cuadros. Ganándose la vida aparte y compartiendo solo lo compartible, no toda la vida en su inmensa riqueza. Tampoco esta obra de Galdós es Fortunata y Jacinta ni Los Episodios Nacionales, pero Galdós, veréis, es como el marrano: de él se aprovecha todo, hasta los andares.

Hoy se ha puesto de moda que las mujeres, por otra parte, al parecer, casi las únicas lectoras, lean solo a mujeres. Es estupendo que se lea y promocione a las escritoras, pero no nos debemos circunscribir a un solo tipo de lectura, y menos por el sexo. Eso lo hacen, dicen, los norteamericanos: los negros leen a los negros, los italianos a los italianos y las mujeres a las mujeres. Es un error. Muchas de las mujeres que hoy escriben serán olvidadas. Muchos hombres también. Pero deberíamos atender a la calidad, y no al género. Leer a Galdós o a Pérez de Ayala puede ser tan concienciador o más que cualquiera de los textos que hoy se estilan. ¿Por qué los olvidamos, ladeamos, ninguneamos? ¿Es excusa que ellos sean de otros tiempos? Wollstonecraft escribió hace dos siglos, Beauvoir lo hizo hace setenta años, y no obstante, siguen vigentes en algunas cosas.

 

Este artículo ha salido publicado en el Boletín nº 11 de la Academia de Buenas Letras de Granada, y puede verse en la siguiente página web: https://academiadebuenasletrasdegranada.org/boletin/

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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Una respuesta a Comparata de dos novelas menores: Tristana y Troteras y danzaderas.

  1. Josefina dijo:

    Aprecio y aprovecho especialmente este artículo tuyo, porque acabo de leer “Misericordia”, también de don Benito, que Galdós es mucho Galdós y te aplaudo la imagen del cerdo, por certera y sabrosa. A Pérez de Ayala lo he leído menos, pero no me urge, de momento.
    Gracias, Miguel, sigue leyendo y escribiendo, que lo agradecemos.

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