Artículos periodísticos en Ideal

Aquí van  otros dos artículos de los publicados en Ideal a través de la Academia de Buenas Letras de Granada. Son reflexiones literarias, la una sobre un libro que me impresionó el verano pasado. Texto muy digno… el que recomiendo, claro, no el mío. La otra es reflexión  sobre la negativa actual a leer literatura moderna, o mejor, narrativa que no siga los cánones y la facilidad que hoy parece imponerse por pereza del lector, aunque se disfrace de falta de tiempo para pensar. Espero que os gusten.

Del goce

Pascal Quignard

De vez en cuando se cansa uno de leer novelas. Me fascina la narrativa, pero también lo agota a uno tanto disfrute. Por suerte, se han escrito algunas narraciones que combinan géneros, aquellas en las que no está claro si lo que se lee es poema, novela o ensayo. Sebald abrió la veda, aunque otros ya lo habían hecho antes.

Cuando uno encuentra un libro que, conforme se va leyendo aumenta el placer, y más si, hastiado de novelas, no responde con exactitud a esa etiqueta, siente como si hubiera hallado el tesoro célebre de la isla de Stevenson. Es el caso de Pequeños Tratados, de Pascal Quignard. Este hombre, uno de los mejores escritores franceses de la actualidad, y hay muchos y buenos pues Francia es un país que se toma en serio a sus escritores, este hombre es el autor de Tous les matins du monde, que luego Alain Corneau llevó con gran maestría al cine y cuya música fue interpretada por Jordi Savall.

Estos Pequeños Tratados ocupan ocho tomos, que en España se han publicado en dos volúmenes presentados muy hermosamente en una caja. Se trata de una miscelánea en la que se habla de diversos temas. Pero son novecientas páginas de delicia, de degustación de pensamientos y palabras.

Edición española de Pequeños tratados

Quignard es lector y traductor de griego y latín, y se conoce bien a sus clásicos. Digo sus clásicos y no los clásicos porque parece tener especial delectación por los más desconocidos: como Sidonio Apolinar o Sinesio de Cirene; en el barroco francés por Scève; o por un clásico en pleno romanticismo: Littré; adora las antañonas historias japonesas o chinas. Cómo describe su manera de pensar o las circunstancias en las que vivieron es acercarse a otros tiempos de la sola manera que conocemos, en tanto no se invente la wellsiana máquina para viajar hacia ellos. Porque esa virtud le sobra a Quignard: la capacidad descriptiva sin ponerse estupendo, sin hartarnos de detalles y adjetivos.

Si bien lo más sabroso es, desde luego, el pensamiento. No es un pensamiento estructurado al estilo de un tratado de filosofía sino que el autor francés emite “ensayos”. Gran admirador de Montaigne, sigue el ejemplo, aunque sus párrafos son mucho más cortos y por tanto de una lectura más actual, más ágil. No por ello deja de obligar a una lectura reposada: el lector puede cerrar el libro y meditar más a menudo porque al revés del sieur de Montaigne, no se extiende durante páginas y páginas sin dar respiro. ¡Y sin embargo, sus reflexiones no son menos enjundiosas!

Fotograma de Todas las mañanas del mundo, de Alain Corneau

Habla de los libros y su evolución histórica, de la lectura, del silencio y de la intimidad necesaria para la música y para la literatura, medita sobre los espejos, habla de esos personajes secundarios que ya menté anteriormente, le da vueltas a las ideas a lo largo de la historia, pero dando su opinión: “ensaya”.

Respecto a la traducción, impecable. Miguel Morey añade entre paréntesis los términos franceses cuando no se puede captar del todo el juego de palabras usado por el autor. Porque juguetón lo es un rato este Pascal Quignard. ¿Por qué en España carecemos de autores juguetones, alegres diciendo cosas profundas? Nos queda Félix de Azúa, claro. Tuvimos a Savater que ya está casi callado. Quizá el asunto está en eso que dije antes: en Francia se toman en serio a sus escritores, y los miman, los leen, los compran. Aquí bastante menos. Y un pueblo inculto nunca será un pueblo rico, aunque momentáneamente lo sea.

No es literatura de tumbona pero si apetece, puede leerse tumbado. Eso sí, debe leerse con la disposición abierta al placer, como cuando uno entra en un cinco estrellas Michelin.

¿Tan extraña suena la narrativa moderna?

Cómo defender a un asesino, con su actriz principal Viola Davis

No suelo ver series televisivas, pero he seguido algunas que me han interesado. Cómo defender a un asesino y, cómo no, Cuéntame. Las series de televisión son populares en este país y tienen gran cantidad de seguidores, incluso otras tienen auténticos fanáticos. En esas series, el tiempo (por ejemplo en Perdidos) es tomado como algo casi aleatorio, desordenado. Las escenas se suceden sin aparente concierto y las elipsis, o datos que se dan por sabidos, son abundantes. Pasan varias cosas a la vez y los personajes se entremezclan obligando al telespectador, al que no consideran bobo, a un cierto esfuerzo de concentración y deducción.

Me parece bien. El consumidor de arte, sea este el que sea, no tiene porqué recibir el producto masticado y deglutido. Precisamente se piensa o se sabe que ese esfuerzo añadido es bueno para que el usuario (de cualquier arte plástica, de literatura, de música o cine y televisión) no sea absolutamente pasivo. En la mal llamada caja tonta, que no debería ser tan estúpida como a veces es, eso se acepta y el televidente cuenta con ello y lo disfruta. ¡Claro, es imagen!, se dice.

Thomas Pynchon, en una de sus escasísimas fotografías. Aquí aún hacía la mili y nació en el 37

Sin embargo, y he nombrado en ese cómputo de artes a la literatura, en la novela no se acepta esos mismos principios que sí son admisibles en la tele o el cine. En narrativa, el principio sacrosanto de “planteamiento-nudo-desenlace”, es inamovible. Quien se sale de ahí ni vende ni es leído (aunque siempre nos quedará Vila-Matas). Pero ¡atentos!, hablo de aquí, solo de aquí, de este país que ha vuelto a ser cutre y algo casposo, a pesar de anunciadísimos champús. ¿Qué es eso, parece decir el mercado, de jugar con el tiempo, mezclar fantasía con realidad, saltar de un punto de vista a otro, citar antiguos, o no tan antiguos narradores, o incluir asuntos filosóficos arduos que se salgan de eso tan manido de, eso no está bien, muchacho, Dios o papá Estado te van a castigar? Las novelas deben ser fáciles de leer, no calentar la cabeza, han de acomodarse a la tumbona playera donde uno va a descansar, y por supuesto, nada de cargarlas con ínfulas de que también de ellas se aprende. Lo que se acepta en la tele, es pecado de lesa superficialidad en la novela.

Ya digo, todo eso es aquí. Incluso en Latinoamérica nos vuelven a pasar la mano por la cara. En U.S.A. tenemos a Pynchon, Barthelme, Gaddis o a Don Delillo; incluso Auster pone dinamita bajo el “sacrosanto principio”. Krasznahorkai hace barrabasadas en Hungría. Modiano, Le Clézio, Quignard o Tournier en Francia. Arno Schmidt o Sebald en Alemania, aunque el último escribía en inglés. El mismo Murakami no sigue pautas trilladas. En fin, hacer listados es odioso y aburrido. Pero lo cierto es que estos autores

Arno Schmidt

están traducidos y se venden en España. ¿Por qué diablos, entonces, no consentimos que nuestros autores hagan lo propio (excepto el ya citado Vila-Matas y algún que otro excéntrico)?, ¿son los lectores?, ¿son las editoriales? Pero si los lectores los leyesen, las editoriales se rascarían el bolsillo. ¿Será que aborrecemos en nuestra gente lo que consideramos, aunque no lo sea, engreído, fatuo o presuntuoso, y sin embargo lo admiramos en los demás?, ¿porque nuestro propio sentimiento de inferioridad nos convence de que aquí nadie debe destacar? ¡Cuánto papanatismo!

No solo en el Quijote Cervantes fue más moderno de lo que le correspondió: cuando Persiles narra su historia a sus amigos, algunos de ellos murmuran que se extiende demasiado, como si tal cosa fuera una crítica al autor, ¡pero del autor mismo!, en la que hace cómplice al lector. Estamos estropeando esa tradición. La modernidad hizo su última aparición en los años 70 y ahora retrocedemos cangrejilmente. ¡Una pena!

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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2 respuestas a Artículos periodísticos en Ideal

  1. GART dijo:

    Al mercado le interesan las novelas, no solo fáciles, sino también con estructuras cinematográficas. Al mercado le interesan las frases con sujeto y predicado, punto. Lo que no le interesa al mercado es nada que pueda parecer inteligente. Ergo al mercado no le interesa la literatura. Ya que la literatura es un espacio para el pensamiento. Lo demás no es muy diferente al circo: entretenimiento para los nuevos burgueses que no saben lo que quieren y se aburren.

    • ¡Ojalá les interesasen las novelas con estructura cinematográfica!, algo sería algo, porque a veces el cine, incluso el comercial, incurre en estructuras complejas que se perdonan y se admiran por ser eso, cine, es decir imagen, algo masticado previamente en algún aspecto. idénticas estructuras en narrativa no se admiten y parecen demasiado complicadas. Lo mismo ocurre con las series televisivas, que son complejas a menudo.

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