¿Quién es László Krasznahorkai? Un narrador en la Puszta húngara.

Portada del número 413, de mayo de 2018, de la revista Quimera

En el número de mayo de la revista Quimera, revista de Literatura, ha aparecido un artículo mío referente a un escritor húngaro, traducido al español y casi desconocido. La editorial Acantilado ha publicado algunas de sus novelas y un libro de cuentos, como digo en el artículo. Creo que es un autor muy recomendable por ese ambiente deprimido, como después de una gran catástrofe, que describe en sus novelas. Aunque cuando se pone lírico, como en Y Seiobo descendió a la Tierra, canto a la belleza de aquello que el hombre ha sabido construir, es aún más interesante, si cabe. Espero seduciros  para que leáis a este novelista.

¿Quién es László Krasznahorkai? Un narrador en la Puszta húngara.

La palabra Puszta, que indica la tundra, la gran llanura húngara, significa en magyar vacío, desolado. Y así son parte de las novelas de Krasznahorkai: desoladas.

Nacido en 1954, ha recibido el premio Kossuth del gobierno húngaro y en 2015, el Man Booker International. No es un perfecto desconocido. Sí lo es, más o menos, en España a pesar de los esfuerzos de editorial Acantilado que le ha publicado ya cinco novelas y un libro de cuentos, Ha llegado Isaías, siempre en traducción de Adan Kovacsics. Impecables traducciones, por lo que se puede notar. Tiene en su haber siete novelas y cuatro libros de narraciones, lo que indica un considerable brío por parte de la editorial española al sacar al mercado, siempre minoritario, tan buena parte de la obra interesantísima de este autor.

László Krasznahorkai

El tono es denso, no puede negarse. Ha sido calificado de visionario y han hablado de él, entre otros, W. G. Sebald y Susan Sontag. Se le ha comparado con Gogol, Melville y sobre todo, con Kafka y Bernhard. Todo es cierto. Es Kafka llevado más allá. Sus mundos, en Tango satánico y Melancolía de la resistencia, son mundos desolados, como decía al principio, absurdos, en los que algo ha sucedido tan grave como para hacer perder el norte a las poblaciones, porque más son esto que personas, que los habitan. Pero también tiene otros libros donde lo importante no es esa aridez sino la búsqueda de la belleza que prefiere bucearla en el ambiente japonés: en su ortografía, sus decoraciones, sus cortos poemas, su delectación en la naturaleza. Este es el caso de Y Seiobo descendió a la tierra, y de Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río. Extraños títulos.

Seiobo es un dios japonés en cuyo jardín florece un melocotonero… cada trescientos años. Esa es la imagen de la belleza que define a Krasznahorkai: a lo bello hay que esperarlo y es efímero. Claro, pero ese segundo que apenas dura merece la pena, justifica. En esta novela, que más parece un conjunto de relatos unidos por esa recherche, se contemplan diversos escenarios: Japón con sus narraciones zen que nos hablan de la hermosura, la Pedrera de Barcelona, la Alhambra granadina, El Acrópolis, la Italia renacentista o la elaboración de los iconos rusos. Capítulos sin un solo punto y seguido pero con una fraseología que prohíbe perderse. Obsesivo y de apabullante belleza.

Portada de la traducción española, editorial Acantilado, de Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río

La novela de largo título Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río transcurre asimismo en Japón, con un príncipe que indaga el secreto de la belleza de un jardín en un monasterio.

Pero quizá sus otras novelas ganan en dramatismo, suponiendo que la búsqueda de la belleza no lo tenga. Se sitúan en un marco desnortado con el sistema comunista agonizando, o ya fallecido pero con el nuevo sistema capitalista aún sin consolidar. Estos cambios producen víctimas y estas siempre son las mismas: no aquellos que han participado activamente a favor o en contra, sino quienes han tratado simplemente de sobrevivir y que, en un momento impensado, se encuentran con que les falla, justo, ese deseo tan humano de vivir en paz y “haber mantenencia”, sin más. En Melancolía de la resistencia, llega a una pequeña ciudad un circo que carga con una enorme ballena. No se nos dice cuál es el motivo pero esa llegada produce una noche de motines en los que determinados grupos se dedican a saquear tiendas y agredir ciudadanos, como si hubiera algún tipo de contraseña para alterar el orden público, lo que obliga al ejército a reprimir y encerrar a algunos de esos grupos o a personas a quienes han pillado de casualidad en la calle. El ambiente es demencial, con montones de basura bajo el hielo, con señoras que van a visitar familiares y acaban asesinadas, con mozos preocupados por sus amadas que se implican de forma absurda. Todo está sucio y esa anciana de la que se habla, que llega de visita, parece ser la única porción de limpieza que hay en la ciudad. Esa falta aparente de motivación en los acontecimientos es lo que lo acerca a Kafka.

Portada de Tango Satánico

Tango satánico es otra muestra de esa desolación. Un grupo de personas, parejas maduras, algún hombre solo, un médico, un director de una escuela, un tabernero, malviven en una antigua explotación agrícola o ganadera fracasada ilusionados, al parecer, porque llegue un individuo que les hace de líder, si bien más parece un sinvergüenza, un chulo y un confidente, que alguien interesado por ellos. Entre los chismorreos y los rencores llega por fin ese líder y los convence para que se vayan a otro lugar donde iniciarán algo. Para que “no se aprovechen los gitanos de sus propiedades”, machacan los muebles que no pueden transportar y rompen puertas y ventanas de sus viejas casas. Cuando llegan al nuevo emplazamiento, se encuentran con un castillo antiguo en ruinas donde apenas se puede vivir. La esperanza en el líder hace que vuelvan a abandonar la ruina para irse a la ciudad donde al parecer les encarga tareas de vigilancia. No se sabe qué deben vigilar, pero al menos les proporciona un humilde empleo. Esta vez es el barro, pegajoso y retardador de cualquier movimiento el que representa el vacío que se produce tras un colapso político. Las peleas entre ellos, producto del nerviosismo, y la muerte, por supuesto absurda, de la única persona un tanto pura, una niña de diez años disminuida, marcan una convivencia que no es tal sino violencia, desprecio y animadversión.

En estas dos novelas hay afán del poder. En la primera, la señora Eszter, amante del comisario de policía, lo consigue con mala saña aprovechando los desórdenes. En la segunda, Irimiás lo logra engatusando, dando menos de lo prometido y exigiendo mucho. ¿Parodias políticas? Seguro, pero también es cierto que eso es lo de menos.

Página 53 de la revista Quimera, donde aparece, en ella y en la siguiente, mi artículo

Barro y basura bajo la nieve y el hielo. Siempre un frío inclemente. Obscenidad en el trato humano. Quizá por eso deba compensar con la búsqueda de la belleza en las otras novelas. Acaso Guerra y guerra sea una especie de intermedio de ambas tendencias. Un individuo encuentra un manuscrito de sorprendente belleza. Quiere preservarlo a costa de lo que sea. Le dicen que existe algo llamado internet que, si se coloca algo en ella, queda ahí para siempre. Para eso tendrá que viajar a Nueva York porque las ventajas de la tecnología y la ciencia siempre están en otro lugar. Tras conseguir su objetivo quiere suicidarse. Entre tanto, conoce una serie de personajes en varias ciudades europeas y en la capital norteamericana. Allí para todo se necesita dinero: igual que en todas partes, pero más. Del manuscrito solo sabemos que es hermoso porque el protagonista lo dice, de modo que estamos de nuevo ante el absurdo: viaje largo, suicidio, y todo ¿por qué?, ni se sabe.

László Krasznahorkai

Varias de sus novelas han sido convertidas en películas. Béla Tarr, director de esos films, ha traducido las frases largas, la falta de acción, en interminables planos secuencia, en una cámara obsesiva que muestra caras inexpresivas, hastiadas.

Frases inmensas, casi faulknerianas. Puntuación sui generis, que sí, dificulta la lectura, pero por ello justo, obliga a una mayor concentración que decanta el disfrute. Cada uno explica su historia sin conseguir apenas interesar a los demás. Comienzos in media res y finales donde no se ha solucionado nada. Crueldad sarcástica con sus personajes quienes, a fin de cuentas, se la merecen. Es la marca de la casa. Pero también una magnífica sutileza en la descripción, porque Krasznahorkai es ambiente, un ambiente siempre opresivo. Y sí, kafkiano en cierta forma. Extenuante y soberbio a la vez.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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Una respuesta a ¿Quién es László Krasznahorkai? Un narrador en la Puszta húngara.

  1. Josefina Martos Peregrin dijo:

    Pues sí, me has seducido. Lo leeré. Gracias.

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