Artículos en el periódico Ideal

De nuevo coloco en este blog dos artículos de los que el periódico Ideal de Granada publica a los miembros de la Academia de Buenas Letras de Granada. Estos se titulan Panegírico a la curiosidad y La necesidad de las humanidades, mire usted por dónde. Para aquellos que no los leísteis en su momento en las páginas del periódico, espero que os gusten.

Panegírico por la curiosidad

Debo anticipar que este panegírico no está dedicado a una muerta sino a una agonizante a la que se augura fallecimiento de muerte natural.

En cierta ocasión di una conferencia en un Instituto de Enseñanza Secundaria. Era uno de aquellos eventos llamados Escritores en las Aulas, idea hermosa y que está en vías de extinción por falta de presupuesto. Expliqué que había recibido dos premios literarios dotados con relativa generosidad. Vi caras de admiración entre los alumnos. Luego aclaré que el gasto en libros y en tiempo invertido en formación literaria, así como en la elaboración de los productos premiados superaba con creces el monto de los premios. Vi caras de decepción. Supuse, aunque lo llevaba previsto, que algunos de los presentes no concebían cómo alguien se dedica a semejante majadería tan poco rentable. Entonces, señalando a uno de los muchachos cuya cara de decepción había sido notoria, le pregunté, ¿cuánto te pagan por ver la televisión? La faz mutó a extrañeza y sinceridad. Nada, contestó. Entonces, ¿por qué lo haces? Le gustaba, era su entretenimiento. Un entretenimiento que poco te aporta, quizá porque puedes verla con el cerebro en su posición descansen, con un electroencefalograma que da puntos suspensivos. Eso no lo dije así de bruto, pero lo pensé y suavicé.

¿Qué me ha movido, a mí como a tantos otros, no ya a escribir sino sobre todo a leer compulsiva, maniáticamente, todo cuanto ha caído en mis manos?, y no solo literatura sino filosofía, arte, música, sociología, psicología y hasta botánica o zoología, si a fin de cuentas yo estudié Ingeniería Técnica, trabajé un tiempo como proyectista industrial, y luego ejercí la enseñanza de Dibujo Técnico en Institutos de Secundaria. Contestaré con una palabra, o mejor dos si contamos el artículo: la curiosidad. También puede llamársela afán de saber.

Hoy todo el mundo pone como condición para el estudio que realiza, sea este el que sea, o para lo que intenta averiguar, que su aprendizaje o sus conocimientos sean útiles, rentables, económicos, lucrativos. ¿Leer?, ¿para qué?, ¿eso se come?, ¿con eso puede uno comprarse un coche? Mucho mejor jugar con el móvil o teclear sin descanso mensajes que nada dicen, comunicaciones que no comunican.

Parece, por lo dicho hasta aquí, que quiera yo ponerme como ejemplo de algo, y no es así en absoluto. He conocido a un experto en piscinas que fotografía aviones en el aeropuerto. Para eso tiene que enterarse de los diferentes tipos de ellos, de sus características y horas de despegue o aterrizaje, incluso saber astronomía. Sé de un funcionario de justicia que pinta en sus ratos libres, y nadie como él para informar sobre las diferencias entre Cézanne y Van Gogh. Me contaron de un comercial de seguros cuya afición es la filosofía y sabe explicar a Heidegger mejor que algunos peritos universitarios.

Looking through paper hole

Eso significa que la curiosidad no ha fallecido. Vive y goza de salud, pero la está perdiendo a causa del desprecio. Esa mirada de arriba abajo que se prodiga ante tamaño despropósito: leer libros o visitar museos, si no es en vacaciones y detrás de un paraguas o un abanico, o asistir a conciertos sin que tenga uno que lucir el último grito en moda, eso tan hispano de menospreciar cualquier tipo de intelectualidad hace daño, no al que ya ha decidido gozar de esas cosas, sino a las nuevas generaciones que se niegan a estudiar (y no me refiero solo a la universidad o a la secundaria) si no es con la expectativa de ganar dinero. Luego se encuentran con lo que se encuentran. Recordemos el millón de “ninis”.

La necesidad de las Humanidades, mire usted por dónde

Edificio del MIT

El M.I.T., Massachussets Institut of Technology, la más prestigiosa universidad del mundo en tecnología y ciencia, con sede en Estados Unidos de América, exige a sus alumnos de carreras tecnológicas que se matriculen en asignaturas de Humanidades (literatura, economía, historia, filosofía, idiomas a nivel filológico, etc.) en una proporción de un 25 % respecto de otras asignaturas de su especialidad. ¡Mire usted por dónde!

La justificación es que han observado y comprendido que para la innovación tecnológica y el intento de mejorar ciertas condiciones del mundo y de las entidades (mayor beneficio, sí, pero con miras a mantenerlo, no con el obtuso fin de que sea pan para hoy y hambre para mañana), necesitan conocimientos sociales y humanísticos por parte de sus técnicos y dirigentes. Ya hace tiempo que ciertas empresas, sobre todo extranjeras, vienen pidiendo estudios de Humanidades a sus expertos de los departamentos de Recursos Humanos. En Europa están desprestigiados esas disciplinas, pero muchísimo más en España. El cateto de turno, y no se entienda tal apelativo como pueblerino, inculto o simple, pues los hay hasta en las cátedras, piensa ¿eso para qué sirve?, ¿eso se come? Saber de historia, de poesía, de filosofía, ¡qué barbaridad!

Hay un par de Universidades españolas que imitan a las americanas en esto, pero son privadas. Una lástima.

No nos olvidemos que Inglaterra fundó un imperio desde los siglos XVII al XX, y sus dirigentes habían estudiado en los colleges, entre otras cosas, poesía, latín y griego. Lo mismo ocurrió en España, donde el cuadrívium y el trívium seguían cursándose. Y se dirá: no se necesita saber mucho para masacrar y conquistar. Cierto, si la conquista hubiera sido solo eso, un llegar, robar y marcharse, como hacían los mogoles en algunos lugares. Pero los españoles e ingleses de entonces se quedaron y fundaron gobiernos en los que nunca basta con simple mano dura y mala saña, hay que saber mantenerlos. Siempre durante un tiempo, claro está. Las cosas humanas nunca son eternas, y para saber eso hay que tener una formación humanística, precisamente. Cuanta más se tenga, más probabilidad hay de que lo fundado dure tiempo. No indefinido, pero tiempo.

Durante años, los de ciencias y tecnología supimos de humanidades, y no solo por la formación en el bachillerato antiguo, sino también por gusto y responsabilidad. No era tanto así entre los de letras, que poco solían saber de ciencias (siempre hay excepciones). La cosa ha cambiado. La especialización está cada vez más en boga. Influye que las disciplinas docentes son más y más amplias. Es cierto que no se le puede pedir a un médico, que bastante tiene con dominar su materia, que sepa si Garcilaso compuso sonetos entre otras cosas, pero también es cierto que por concentrarse en sus conocimientos terapéuticos, algunos apenas tienen idea del código deontológico. Y no se piense que estoy acusando a los médicos de nada: lo mismo pasa en tantas otras licenciaturas y doctorados. Hoy, quien domina la programación informática apenas sabe qué cosa es la endorfina si no se lo dicen en un gimnasio, que tampoco.

Es un error crear técnicos que nada sepan de asuntos que escapan a su especialidad. Pero más error es creer que todo eso son bobadas inútiles. En España la fobia viene de antiguo, y lo demostró Américo Castro en sus escritos: pensar, saber estaba mal visto. Para colmo, los pasados cuarenta años de nacionalcatolicismo, con sus odios a lo heterodoxo, dieron la puntilla. Es hora de que espabilemos. La Historia va por otro lado.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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