Dos artículos publicados en el Boletín IX de la Academia de Buenas Letras de Granada

En el Boletín IX de la Academia de Buenas Letras, que abarca desde julio a diciembre de 2017, me han publicado dos artículos sobre Juan Rulfo, el escritor mexicano de tan escasa producción, y Guillermo Cabrera Infante, el cubano, que, por contraste, escribió bastante e incluso hizo mucha crítica de cine. Del primero se celebraba el año pasado el centenario de su nacimiento. Del segundo, el cincuentenario de la primera edición de Tres tristes tigres, su novela emblemática y con la que consiguió el premio Biblioteca Breve, como se verá, algunos años antes. Los adjunto para quien quiera leerlos.

En el centenario de Juan Rulfo

Juan Rulfo

Al padre de Juan Rulfo lo mataron por una nadería. Según testimonio de sus hermanos Severiano y Eva, “Ni fue un peón de la finca, ni fueron unos asaltantes de caminos”. Al parecer, unas reses del hijo del presidente municipal de Tolimán se metieron en la tierra de labor del padre del escritor. Este habló con el joven tratando de conseguir una compensación, y en vez de ello, en un pacífico viaje donde el hombre debía entregar unas medicinas a una enferma, el hijo del cargo, que se llamaba Guadalupe Nava, le disparó por la espalda. Por supuesto, al muchacho no le pasó nada, no hubo investigación ni juicio[i].

Rulfo contó la historia mil veces y todas de forma diferente. Le gustaba inventarse su vida y también inventarse la de los demás. Le gustaba inventarse un mundo. Así debe ser en el caso de un narrador. Algunos lo achacaron a pudor familiar del escritor mexicano. Yo creo que es oficio.

Hay autores que representan a su país más que cualquier estudio antropológico o que cualquier embajada pública (así dijo Lukacs, o quizá Lenin, de Balzac). Y hay países que se prestan a ello. Tal vez todos los países se prestan a ello. Nada más francés que madame Bovary. Nada más español que el Quijote. Nada más alemán que un Buddenbrook. México tuvo una historia muy movida y violenta a partir de su independencia a principios del siglo XIX. Rulfo consiguió retratar su país en apenas 250 páginas. Otros colaboraron e hicieron sus pinitos, como Paz, Azuela, Fuentes, del Paso y, actualmente Villoro y más, pero nadie dijo tanto con tan pocas palabras.

Portada de una de las muchas ediciones de la única novela escrita por Juan Rulfo, Pedro Páramo. Una sola, pero pa’qué más?

En ese mismo artículo citado, Abad Faciolince cuenta que Arreola, otro grande, le dijo: “siempre fue retraído, sí, y tímido. Pero quizás esas no son palabras adecuadas para describirlo. Era al mismo tiempo un poco huraño, cazurro, ladino… mozongo y entrambulicado”. Doy fe de ello porque cuando tuve el honor de conocer a Juan José Arreola y le pregunté por Rulfo, me contó que a veces él conseguía hablar con el autor de Pedro Páramo, si bien de hábito era un monólogo del propio Arreola (que en verdad hablaba por los codos), pero que había presenciado una entrevista entre Borges y Rulfo en la cual apenas nadie habló, se despidieron con un apretón de manos y no recuerdo quién de los dos dijo “ha sido un placer la plática”.

Otra información, cuanto menos, curiosa que da este articulista que menciono, es que Rulfo cursó dos años en un Seminario. Y subraya que para un católico, al menos para un católico mexicano, fervoroso e ingenuo, la lectura de Pedro Páramo con todos esos muertos que pululan por sus páginas, empezando por el mismo  protagonista, no tiene nada de fantástica: es sencillamente escatología católica.

De niño vivió la Rebelión Cristera mexicana. Esa violencia lo marcó para siempre, no solo la muerte absurda de su padre y de varios familiares en una u otra circunstancia. Esa revuelta sería digna de ser estudiada porque tenemos la repugnante costumbre de atribuir a propagandas ajenas cuando la gente hace lo contrario de lo que deseamos, y a justicia y razón cuando hacen lo que queremos que hagan. He conocido muchos españoles que no tienen ni idea de tal revuelta ni de sus causas y final.

Muchos se han preguntado cómo un hombre que escribió una novela y un libro de cuentos, tras los cuales se pasó 30 años de silencio, en los que sacó algún texto, más bien solo entrevistas, y unas cuantas fotografías, pues era un extraordinario fotógrafo del desértico campo mexicano, cómo ha podido tener tanta influencia y calidad. Se le ha comparado con el caso de Rimbaud. Puede. ¡Tantos escritores escriben con profusión y luego solo se les recuerda por uno o dos libros, o quizá por ninguno! Él mismo contó que Pedro Páramo surgió de un ideal al que llamó Susana: una jovencita a la que conoció teniendo él tres años; la idealizó y le inventó un nombre, Susana San Juan, para luego no volver a coincidir jamás[ii]. ¿Será verdad, o se lo inventó de cabo a rabo?

Fotografía de Juan Rulfo, que además era fotógrafo

¿Qué es lo admirable en Rulfo? Tal vez dos aspectos: el laconismo y el uso del lenguaje popular de su Jalisco natal. Pero hay algo en eso que se escapa, quizá porque esos dos carices son simplificadores. Lo admirable es su originalidad tan arraigada en lo tradicional de su tierra: ese pueblo habitado solo por muertos, ectoplasmas que tienen la naturalidad y viveza de los vivos. Esas historias en sus cuentos en las que revive los chismorreos de las comadres o las historias de taberna de las zonas rurales muy depauperadas y que, a pesar de móviles y televisores, hoy siguen escuchándose en nuestras aldeas alejadas de la ciudad y que seguramente, en las décadas posteriores a nuestra Guerra Civil, se escuchaban cuando se obviaba el miedo o este había pasado a la historia, es decir cuando ya la democracia se había instalado y hasta el guardia civil de puesto las contaba.

De Rulfo llama la atención su obra, claro, pero también su personalidad. Interrogado por una periodista, quien por la pregunta formulada no debía ser muy hábil, sobre qué sentía al escribir, Rulfo contestó: “Remordimiento”. Es la responsabilidad del artista ante su arte, pero también la del “historiador”, no en el sentido científico de la palabra sino en el revivir la memoria de su pueblo, porque esa violencia, ese importar poco la muerte ajena y el fatalismo ante la propia, viene de muy lejos, no solo  de los sangrientos siglos XIX y XX sino de aztecas, mayas, toltecas, etc., y no hay sino leer las crónicas de Indias o mirar las esculturas y códices de esos tiempos.

Juan García Hortelano dijo: “Juan Rulfo no tiene rostro para mí, pero sí voz”. Guillermo Cabrera Infante opinó: “Rulfo es un libro, pero un solo libro, Pedro Páramo, es una obra maestra absoluta”. Severo Sarduy declaró: “Con Rulfo desaparece no solo una parte del idioma, sino también un particular timbre de voz, un deje, un acento textual que se corresponde con el color de México”.

Una década después de publicar sus dos libros, Juan Rulfo se vio a sí mismo en un mar de inseguridades y de aguardiente, de alucinaciones con sus personajes. Salió de ello como buenamente pudo, incluso en el aciago año de 1968 para México, participó en manifestaciones y asambleas, firmando disidencias y poniendo la fama de su nombre al servicio de la justicia ante la barbarie. Cuenta Arturo Azuela que se había comprometido, cuando emergió del pozo de sí mismo y sus fantasmas, a escribir una nueva novela, La cordillera. Hablaba mucho de ella, pero al parecer solo habló. Debió destruir sus bocetos si es que algo hizo.

Otra fotografía del gran escritor

Para terminar, una anécdota que da al traste con muchos enfoques de esa personalidad algo pasiva, tristona, del escritor mexicano. Leopoldo Castedo explica que cuando le publicaron su novela, en un arranque de euforia, Rulfo se puso a dar saltos sobre las máquinas de la imprenta y se quebró una pierna[iii]. Y es que la juventud es una enfermedad que se cura con la edad.

[i] Resumen de las declaraciones de los hermanos de Juan Rulfo al periodista Guillermo C. Aguilera Lozano, publicadas en la revista Letras Libres de España, nº  188. Art. de Héctor Abad Faciolince.

[ii] Extraído de un artículo escrito por el propio Rulfo en marzo de 1985 con motivo del 30 aniversario de la aparición de su única novela. Publicado en el periódico El País el 9 de enero de 1986.

[iii] Artículo titulado El escritor salta las vallas, de Leopoldo Castedo, en ese mismo periódico El País de 9 de enero de 1986

Cincuentenario de la publicación de Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante

La censura le puso tantas zancadillas a su edición que la historia de ellas es tan sugestiva e hilarante, si cabe, como la misma novela. En la prohibición se pusieron de acuerdo la dictadura derechista del general Franco y la comunista de Fidel Castro. Extrañas alianzas sin pacto en las que solo las consecuencias son acordes. Carlos Barral escribió en una de las cartas al señor censor, como era de obligado cumplimiento: “Es gracia que espero alcanzar del recto proceder de V. E. cuya vida guarde Dios por muchos años”. Por suerte, el deseo no se cumplió y el censor estará criando malvas desde hace algunos lustros y sufriendo en el infierno de los tontos.

Portada de la primera edición de Tres tristes tigres

La novela ganó el premio Biblioteca Breve en 1964 con el título Vista del amanecer en el trópico y en él contaba, además del ambiente musical y de cabarés de La Habana, sus bombas eróticas y sus daiquirís, contaba los atentados y sabotajes contra el régimen de Fulgencio Batista. La censura española, por supuesto, pensó que eso era dar ideas, además de que las alusiones sexuales eran escandalosas, aunque teóricamente de ellas no deberían haber tenido ni idea gracias al celibato. También es cierto que ya algunos censores eran laicos, de estricta formación religiosa y frecuentadores de queridas y casas de lenocinio.

Fue preciso cambiar de contenido y título el manuscrito para que Barral pudiera compensar con ganancias el premio ya adjudicado. Al parecer, Cabrera Infante hubo de viajar a la isla para el sepelio de su madre y allí pudo comprobar cómo había cambiado todo: se había censurado el documental titulado PM de su hermano menor, Sabá Cabrera, y se procedió al cierre del semanario Lunes.

Otro factor configuró la nueva forma de la novela: la Dirección General de Inteligencia cubana (debió haber algún error en el nombre de tal organismo) lo retuvo cuatro meses y por fin pudo salir, no para ocupar su antiguo cargo diplomático en Bruselas, sino al exilio, aterrizando primero en Madrid y luego en Barcelona, aunque problemas económicos en tales ciudades, pues el régimen franquista se negó a regularizar su situación, lo obligaron a trasladarse a Londres, capital donde viviría ya el resto de sus días. Esa experiencia cubana, esos cuatro meses con la obsesión de no poder salir del país, le hicieron escribir una novela llamada Mapa dibujado por un espía, que se editó póstumamente, y reescribir la premiada, dejando apenas 100 páginas de la obra original y añadiendo a ellas otras 300. El título primero fue Ella cantaba boleros, que finalmente se convirtió en Tres tristes tigres, aunque Guillermo acostumbraba llamarla simplemente TTT.

Guillermo Cabrera Infante. Su aspecto adusto o malhumorado no congeniaba con el sentido del humor que derrochaba en sus novelas y los interminables juegos de palabras de los que abundaba su prosa impecable

La censura española borró tetas (de resultas de esas obsesiones mamarias del franquismo, estoy convencido de que al Régimen lo finiquitaron, entre otras elementos, los fabricantes de sujetadores; y en el uso de este sentido del humor no hago sino jugar con el propio de Guillermo Cabrera Infante), alusiones a lo militar, una al deicidio, parece ser, y las frases finales. Con este último corte sucedió algo muy parecido a lo de Viridiana y aquello de “Desde que te vi, dije que yo acabaría echando unas manos de tute con mi primita”, porque el final quedó abierto en ese corto epílogo que recuerda el monólogo de Molly Bloom pero en caribeño, con cubanismos “descaraos” y sabrosos, y que acaba diciendo: “me saca las tripas    el mondongo para ver qué color tiene    ya no se puede más”, sin especificar con qué no se puede más, si no es con el ambiente gris, opresivo, irrespirable que produce cualquier dictadura, sea de la directriz que sea, quizá porque las dictaduras no son de izquierdas ni de derechas, las dictaduras son dictaduras.

De hecho, en la carta que le dirigió el autor a su censor, que aparece en una edición revisada y llena de documentos ilustrativos de toda esa lucha, le dice con retranca que ambos han escrito el mismo libro, reconociendo que a menudo el censor colabora y modela la obra como ha hecho el autor, la mayoría de las veces estropeándola y dejándola inservible, pero en otras y por casualidad, mejorando algún aspecto al lograr que se insinúe mejor que se diga.

Respecto a la censura cubana, es muy posible que ni siquiera hiciese falta que los de esa Dirección General de Inteligencia se la leyeran, pues proviniendo de tal “elemento antisocial”, capaz de exiliarse traicionando a la Causa, podía temerse cualquier cosa. Se ha tenido que esperar años para que en la isla pueda leerse con normalidad.

Imagen de esa Habana que tanto amó y en la que no pudo vivir durante los últimos 40 años de su vida

Respecto a la novela, ¿qué decir que no esté ya dicho? Aclarar que el título es falsario, un juego de palabras de los que tanto gustaban al autor. Ni son tres, que son cinco los personajes principales, ni son tristes, que están alegres, al menos en presencia de mujeres, ni son tigres sino músicos. Ya el título mismo apunta formas: es un trabalenguas. Los infinitos juegos de palabras, las derivaciones de estas, convirtiendo ciertos textos en variaciones sobre una sola nota, son la impronta de este escritor que fue capaz de escribir una novela llamada La Habana para un Infante difunto, parodiando el título de la composición de Maurice Ravel, Pavana para una infanta difunta.

Porque la obra es musical, tremendamente musical (ya hablé de eso, sobre TTT, en mi discurso de entrada en la Academia de las Buenas Letras de Granada, que se puede consultar en esta misma página web). Pero también lúdica. Por eso no puede ser una narración al uso. Lástima que ya no se estile ese estilo (¡ah, Willy!, me haces decir barbaridades), que el ingenio no sea moda sino el aburrido nudo, planteamiento y desenlace; aristotélicamente escolásticos que nos hemos vuelto. De Guillermo Cabrera Infante decía Fernando Iwasaki que en él el juego se convierte en una de las más poderosas expresiones de la inteligencia. Y de tal cosa carecemos hoy en literatura, de inteligencia. Una pena.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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