Lecturas azarosas

Feria del libro 2018 en Granada

El azar. El azar da la sensación de que domina el mundo, que nos hace ir de cabeza de un lado a otro o que nos pone delante circunstancias para que nos deleitemos o suframos. En la Feria del Libro de Granada, la última, esta del año 18, compré, entre algún otro, dos libros: uno de Eduardo Calvo, Los héroes están lejos, y otro de Jorge Fernández Bustos, El ciego de Delos. Los he leído seguidos por descansar un poco de lo denso de María Zambrano, de esa literatura que no da respiro porque la filosofía aspira a lo alto y a lo alto se llega trepando. La novela suele ser más tranquila, menos trabada. Depende. Cuando un novelista se empeña en decir veladamente, o sea en metaforizar ese velo que deberíamos descorrer, se empecina en desdibujar el de Maya que nos oculta le realidad porque tampoco le ponemos demasiada voluntad en contemplar lo que hay detrás, gritándonos ¡sé realista, destrózate las pituitarias y los retinas degustando lo que no quieres oír!, esa novela construida a formón es tan o más despabiladora que la más elevada filosofía. Y conste que no es por comparar. Por eso la novela hoy debe ser de supermercado: porque nadie quiere calentarse la cabeza, hasta tal punto que ya ha desaparecido la filosofía de los planes de estudio. Sigamos así: cualquier día los monos, mucho más inteligentes, nos colonizarán como profetizaba la película. Ojala sean los bonobos: igual me admitían en la comunidad.

Hablaba de dos novelas. Ha sido el azar, sin ninguna duda, lo que las ha unido. Ambas tienen característica común: el cuidado del lenguaje. El lenguaje (no la lengua, lo que se habla normalmente) es digno de atenciones, igual que un montón de macetas. Hay que conservarlo, ampliarlo y enriquecerlo, es preciso que haya una hoja donde debe haberla y

DRAE en el móvil, la tablet, el android y su puñetera madre.

no un tronco o una flor. Las palabras, lo mismo que la paleta de colores para un pintor, están para ser utilizadas. Y usarlas con eficacia y perfección. La máxima posible. Y no se me diga que leer palabras desconocidas dificulta la lectura porque estamos todo el día con el móvil en la mano y no somos capaces de consultar en él el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española) donde aparece el significado e incluso, si buscamos, la etimología y los sinónimos.

Eso sí, dos novelas donde el lenguaje es lo principal pero en las que se cuentan dos historias. Quiero decir que se ha dado en pregonar que la novela actual no debe tener anécdota a narrar y por ende, solo debe tener lenguaje. No. Falso. No me gustan las novelas en las que acabas de leerlas y te preguntas, bueno, ¿esto de qué iba? Famosas obras como Ulises, las narraciones de Miguel Espinosa, Lászlo Krasnahorkai o Arno Schmidt tienen argumento, nos cuentan algo aunque sea algo absurdo. Porque veréis, ¿hay algo más absurdo que un señor de pueblo que vive más o menos cómodamente, asiduo lector de novelas, que se toma estas en serio y se va de viaje sin el más mínimo tentempié, llevado a la aventura por un caballo flaco y feo, acompañado por un tipo gordo, buena persona, pero más tonto que un zapato, y por el mero afán de emular a los héroes de esas novelas? Y en cambio, ahí está. El argumento o el tema es también importante. O sea: lenguaje sin argumento, coñazo; argumento sin lenguaje: pifia.

Y, curiosamente, ambas novelas son contrarias o casi. La primera es una tragedia, la de la guerra. La segunda, sin ser una comedia, tiene detalles de humor aunque trate de la guerra: de sus consecuencias: el hijo ido a ella y del que no se vuelve a saber. Los héroes están lejos es la obcecación de mutua destrucción entre dos guerreros que involucran, claro, a todo el pueblo. Situada en un mundo aparentemente futuro, postapocalíptico, la narración oscila entre Juan Benet, Miguel Espinosa y los detalles de extrema crueldad de la saga Mad Max. De Benet tiene esa geografía apócrifa y el estudio de los movimientos

Portada de Los héroes están lejos, de Eduardo Calvo

tácticos y del material (pobre porque la tecnología ha desaparecido) de guerra. De Espinosa extrae el español riquísimo, introvertido suculento. ¿Podría criticársele un excesivo recrearse en la crueldad y en la guerra como fenómeno humano en apariencia ineludible?, quizá, pero que se me diga cómo criticar la guerra sin hablar de ella. Se recrea Calvo en los mal llamados “efectos colaterales”. Las poblaciones civiles son masacradas por ayudar o ser partidarios de estos o de los otros.

Además, como se puede intuir de lo dicho, la guerra que se describe es una guerra civil. Hoy todas las guerras son civiles como demostraron Enzensberger y Jünger, este con eso que él llama la movilización total, donde todos los efectivos sociales son implicados en la guerra, y esto es así en los países víctimas que de hábito están hoy situados en la periferia, porque los intervencionistas pueden irse de rositas si no es por las barbaridades terroristas. Los dirigentes participan en ambos bandos por una cierta fidelidad familiar, aunque hay casos (los gemelos Salas) de hermanos que militan en partidas contrarias. Honorables y Leales son esas dos banderías e incluso las ciudades desde las que se manifiesta el enfrentamiento se llaman Honor y Leal. Los movilizados van gustosos a la guerra por el viejo motivo: el afán aventurero y el ansia de rapiña. Incluso hay profesionales procedentes de otros lugares, de otras “tribus” que se especializan en la lucha cuerpo a cuerpo en la que se muestran especialmente salvajes, o en apiolar a los cabecillas de las facciones contrarias.

Los oficialistas son los Honorables, en tanto los rebeldes son los Leales. Nada que responda a la realidad de esos nombres porque no hay honor, si no es el militar, y a medias, ni hay lealtad. Es la guerra de todos contra todos, la de los Señores de la Guerra, expertos que no sirven para otra cosa, porque gobierno, lo que se dice gobierno en esas comunidades, no hay o al menos Calvo no lo detalla. El comercio, por ejemplo, va a su aire, sin compromiso social ni fiscal.

Eduardo Calvo

Calvo no toma partido, no demuestra que la guerra es un infierno además de ser el prurito de hombres aficionados a ella que más tienen de niños jugando a las guerritas que de hombres hecho y derechos, sino que solo lo muestra. Partido ya tomará el lector. A fin de cuentas, si usted está convencido de que la guerra es malísima, ¿para qué quiere que le repitan eso mismo como una especie de consigna? Las consignas dejémoslas a los políticos, el novelista debe hacer otra cosa. Calvo no hace ética o moralina sino que muestra. Ya decidirás tú, te dice.

Pero insisto, por mucha teoría que yo haga respecto al argumento, el tema o el cuento contado, el verdadero protagonista es el lenguaje, la constante degustación de un idioma con sabor, aunque sea amargo, o a veces con una cantidad de guindilla al gusto de los partidarios de ella.

Respecto a El ciego de Delos, puede argüirse en su favor algo muy divertido: no sé si fue Borges quien habló de la influencia posterior, es decir de las influencias que un artista puede tener de artistas que nacerán siglos más tarde que él. Por ejemplo, ¿hubo influencia de Joyce en Shakespeare o en Marlowe? (Estoy convencido de que Henry Moore influyó en Martínez Montañés). De eso se trata, porque Fernández Bustos hace algo parecido. La acción ocurre durante la gobernación de Pisístrato en la Grecia del siglo VI a, de C. y está narrada en primera persona por un tal Escamandrónimo, pescador y barquero de la isla sagrada de Delos, pero el narrador mienta a Cicerón, a Cervantes, a Cunqueiro (de quien tiene gran influencia), a Cavafis o al exquisito poeta Juan Carlos Friebe, común amigo de

Portada de El ciego de Delos

Fernández Bustos y mío, granadino de pro y medio alemán. Es más, en el último capítulo, Pisístrato, que se aburre, pone en su tocadiscos, pues prefiere el vinilo al cedé, a Wagner y luego la quinta de Beethoven. Tales cosas permiten la ficción y el buen sentido del humor. Respecto al tema o argumento, puede decirse que al escultor ciego Pettalacos se le va su único hijo a una guerra contra los persas en Egipto, donde se pierde para no regresar a Delos nunca más. Y al padre se le mete en la cabeza consultar al oráculo de Delfos tras once años de su partida. Esa consulta se convierte en la principal aventura de la novela, aunque no la única. Para el flete del barco que los llevará a Atenas y durante el viaje hasta Delfos para consultar a la Pitia, se les unirán personajes de lo más variopinto cuyas historias funcionan al modo cervantino del cuento dentro del cuento.

El humor forma parte del intríngulis, de modo que, no siendo una comedia, hay fragmentos donde lo parece. Varios ejemplos: el ciego Pittalacos se autoproclama vigía del navío y, no solo detecta antes de que los otros los vean a unos piratas, sino que lo hace por el olor, asegura, pues los percudidos filibusteros no se lavan ni por un apaño. Para colmo, cuando avistan tierra, el ciego grita ¡tierra al oído! Lógico. Para colmo, montados en el carro adquirido para arribar al oráculo, tirado por una burra con su cría, son adelantados por un atleta que corre desnudo como era preceptivo en los tiempos olímpicos. Tras conseguir su permiso corre a ocultarse en el carro para que no lo vean un grupo de

Jorge Fernández Bustos

mujeres que lo persiguen. Cuando los viajeros atribuyen el seguimiento a la admiración por ser “el más rápido corredor de Esparta”, el maratoniano (antes de producirse la batalla de Maratón) afirma que el acoso es debido a… ¡y muestra su miembro, hasta ahora oculto, atado a la rodilla para que no bambolee durante la carrera!

El conocimiento que demuestra Fernández Bustos de la geografía, de la historia y de la literatura (sobre todo de esta) griegas es sorprendente. Y de nuevo el protagonismo: el lenguaje, que en este caso trata de aproximarse lo máximo posible a las traducciones al español de esa literatura clásica, y no solo de los escritores más conocidos, sino de algunos que, de no ser porque uno consulta Internet para estas cosas, creería que son inventados.

Dos novelas muy, muy recomendables. La primera publicada por Nazarí, editorial granadina ya conocida por los lectores de mi blog. La segunda en autopublicación, pues al parecer las editoriales no se arriesgan a publicar de la misma manera que los fabricantes de neveras tienen pocas ventas en la Antártida. No las busquéis en los supermercados. Incluso en las librerías, habrá que recurrir a ser pedidas o, podría ser que en alguna granadina sí se hallase la primera. La segunda, creo, puede conseguirse solicitándola a la librería Praga de Granada, donde tuvo lugar la presentación a cargo del novelista José Vicente Pascual. O al menos, os lo juro, yo las he disfrutado y me han interesado muchísimo.

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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