María Zambrano, una lectura necesaria.

María Zambrano de jovencita

Cuando se comenta ante alguien respecto a María Zambrano, todo el mundo contesta, ¡oh, sí!, ¡muy buena!, la Zambrano es una maravilla. Y eso me resulta extraño y curioso. Extraño y curioso porque en general (no todos, naturalmente) los españoles hemos sido demasiadas veces unos cenutrios y últimamente lo somos más aún. Porque si uno habla de Ortega hay diversidad de opiniones, si bien la mayoría aseguran que fue un filósofo de mierda, que lo único que hizo fue divulgar (todos queremos lo sencillito pero odiamos a los divulgadores, precisamente porque por muy progres que seamos, despreciamos al vulgo, e insisto que hablo en general, es decir de un porcentaje alto de la población), que cobraba del franquismo (otro infundio “divulgado” por el señor Gregorio Morán: Ortega volvió del exilio y lo único que le dijo el franquismo es sigue ahí, pero calladito, y cobra tu cátedra; lo mismo que a Gil-Albert, pero como este es casi desconocido…; lo mismo que a Altolaguirre, aunque a este pobre no hizo falta insistirle mucho porque murió en accidente de coche poco después de volver a España, o años más tarde a Bergamín; este no calló y fue expulsado, si bien pudo volver definitivamente en 1970). Todo mi respeto, sin ninguna duda, para quien se lo haya leído y tenga argumentos para negarle la calidad, pero no suele ser esto lo habitual.

Don Miguel de Unamuno. Lo de don es porque para mí ha sido muy importante y porque me da la real gana, como él mismo decía

Si hablamos de Unamuno… bueno, ahí es Troya. He escuchado las barbaridades más energuménicas, como asegurar que La tía Tula es una publicidad del macho euskaldún, cuando en la novela no se menciona en ningún momento a Euskadi, o País Vasco, como prefiráis. De Unamuno recuerdan unos solo aquello de “venceréis pero no convenceréis”, otros solo lo de la plaza de toros de Salamanca, apoyando al Movimiento, otros solo lo de “¡que inventen ellos!” (frase que ha sido terriblemente mal interpretada; porque es como si hoy, ante el botellón, alguien dijera ¡que beban ellos!, y lo tomáramos como si los españoles no debiéramos beber ni agua, cuando lo que se está diciendo es que el botellón es copia de los anglosajones que salen a emborracharse, y en nuestro país siempre se ha salido de juerga, de ser posible a ligar, y como no lo era, de putas, siendo el alcohol no otra cosa sino un apoyo para perder un tanto la vergüenza, pero emborracharse por emborracharse no se había hecho nunca si no es en el caso de individuos muy señalados, como el borracho del pueblo). A Unamuno se la ha leído muy poco, y menos sus artículos periodísticos, desde luego sin comprender nada pero aherrojándose a una opinión, a menudo sin fundamento alguno.

Pues bien, igual pasa con María Zambrano. La filósofa reflexionó muchísimo sobre España, y además era creyente, cristiana. Sí, todo eso tan desprestigiado, tanto hablar de

Ortega y Gasset “en habit de penser”

España como tener fe cristiana. Y lo de tener fe cristiana, en el caso de Zambrano, no es comulgar con ruedas de molino, ni muchísimo menos. Solo los bobos de ciertos estados norteamericanos siguen creyendo en el creacionismo. Su cristianismo es del todo crítico y si habla sobre San Agustín lo hace con total conocimiento de causa y mirándoselo con lupa, no con la lente vaticanista con exclusividad. Muy probablemente quienes pregonan a los cuatro vientos que no les interesa el obispo de Hipona apenas saben nada de él y menos aún han leído sus Confesiones.

Y es que una cosa es ser laico, y otra ni siquiera querer pensar la idea de la religión, o de lo sagrado, que no es exactamente lo mismo, con lo que estamos apartando de un codazo toda la historia humana de los siglos anteriores. La relación del hombre con lo sagrado no está liquidada. Si lo estuviera, no deberíamos siquiera pensar ni mucho menos leer la Ilíada o la Odisea, o libros tan interesantes como las Metamorfosis de Ovidio o al mismo Horacio. Y por supuesto, expurgar el Quijote, al que le sobra más de un ¡Dios mío! Y todo esto, lo sagrado o las religiones, por supuesto, tienen tanto que ver con el Vaticano como con el templo de Zeus o las mezquitas.

Su razón poética, forma de filosofar no metódica, sus reflexiones sobre la poesía, la novela, sobre la democracia, no ya como sistema político sino como forma social que permite al hombre “llegar a ser quien es”, según la recomendación de Píndaro, su pensamiento en torno al alma, elemento humano que trasciende el relativo automatismo de la psique, es decir su crítica al cartesianismo y al positivismo, todo eso hace de Zambrano una lectura no solo interesante, sino creo yo, obligada.

Portada del volúmen I de la Obra completa zambraniana

Otro tema que sorprende al lector en esta mujer es que habla, sobre todo en sus primeras obras relacionadas con la II República española y la Guerra Civil (o Incivil), habla del hombre y de la hombría. Y no lo hace desde un punto de vista machista o masculino sino desde el genérico, eso que hoy se ha puesto tan de moda y que a los resistentes a rechazar el lenguaje inclusivista se nos tilda de políticamente incorrectos o, peor, de machistas irredentos (estaría dispuesto a proponer a la Academia la sustitución del genérico masculino por el femenino con tal de que no sigan dándonos la barrila con discursos interminables con compañeros y compañeras, andaluces y andaluzas; porque siempre ha sido así: el lenguaje es cambiado por la realidad, no la realidad es cambiada por el lenguaje; de modo que nosotras las escritoras, no todas, claro, estaríamos dispuestas a aceptar tal cosa, que no sería ni más buena ni más mala que la otra). Zambrano dice hombría cuando podría decir humanidad, más incluyente; dice hombre cuando podría decir persona. Pero en aquel momento de Europa y de España, utilizaba la palabra hombría para hablar de valor, de valentía, y no se arredraba en significar, y lo repitió hasta la saciedad, de aludir con ello a los hombres y mujeres que luchaban contra el franquismo. Hoy seríamos capaces de pasarnos al bando de los sublevados fascistas con tal que estos nos dijeran las cosas de la forma que nosotros queremos que nos las digan (compañer@s, ya me diréis cómo se pronuncia eso), independientemente de lo que se dice en sí o de la valoración sobre el posible embuste de esas palabras. No otra cosa es el populismo.

Y ahí viene mi conclusión: si a Unamuno se le ha leído poco, Zambrano no ha sido leída en absoluto. Y es por eso que todo el mundo dice ¡oh, sí!, ¡muy buena!, la Zambrano es una maravilla.

Volúmen II de la obra completa zambraniana. El que estoy leyendo ahora mismo

Galaxia Gutenberg está publicando las Obras Completas en ¡8 tomos! Pero qué ricura, qué riqueza, qué profundidad. El equipo encargado de elaborarlas, dirigidos por Jesús Moreno Sanz, ha hecho una labor exhaustiva y meritoria, con una carga de notas aclaratorias que facilitan la lectura y contextualizan. De momento han salido los volúmenes I, II, III, IV (el primer tomo, porque el volumen IV tiene dos tomos) y el VI. Por desgracia, el volumen III está agotado y desde aquí grito para que la editorial lo reedite. En estos primeros volúmenes están todos los libros más importantes, habiéndose dejado los artículos, inéditos y los escritos autobiográficos para el final.

Una obra imprescindible, de veras. Zambrano habla en determinados momentos de asuntos que tuvieron vigencia en su tiempo, sí, pero en general su pensamiento, que es filosófico pero no metódico (como el de Nietzsche, por mucho que les moleste a los positivistas), es del todo actual. Porque habla del humano, de lo más íntimo.

Hay un asunto que lleva años obsesionándome. Cualquier letraherido español admira a Friedrich Nietzsche. Su concepto del eterno retorno y el del superhombre son importantes. Los nazis lo malinterpretaron con mala intención, quizá porque no hay mejor forma de malinterpretar a alguien que leerlo por encima. De idéntica forma se habla mucho del “¿pero este viejo en su monte no se ha enterado de que Dios ha muerto?”, pero eso no significa que Nietzsche despreciara olímpicamente el cristianismo, y para saber eso no basta con pregonarlo, hay que haber leído sus últimos escritos. Tal vez él despreciaba la moral paulina que fue la que imperó en el cristianismo primero, dejando a un lado a apóstoles como Juan o Pedro, por no hablar de los evangelios apócrifos. Pero me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Lo que quiero decir es que Unamuno, y en cierta forma también Zambrano son nuestros “nietzsches”. Unamuno y Zambrano luchan contra el hombre acomplejado por sus propios prejuicios, por su incapacidad de poseer su propia interpretación del mundo y de sí mismo. ¿Y no es eso mismo acaso el superhombre, aquel que supera ese acomplejamiento y el sentir que son los demás quienes lo piensan y no el individuo por sí mismo? No hay cosa más tonta que el prejuicio, y los hispanos somos muy prejuiciosos. Por eso la lectura de esta mujer, que inevitablemente nos arrastrará a otras lecturas también enjundiosas, es no solo importante sino necesaria, urgente, imprescindible. Y sin quedarse ahí, la lectura de las prolijas e interesantísimas Presentaciones y Apéndices elaborados por el equipo redactor, también sugerirán la inmersión en otros textos y otros autores. Y eso es lo bueno de las lecturas: su carácter de rizoma.

María Zambrano ya mayor y viviendo en Madrid, armada de su inefable boquilla de fumar

Pero si aquel a quien yo seduzca para leer a Zambrano no quiere enredarse en unas obras completas, que quizá es mucho, están publicados varios libros específicos y todos recomendables. Incluso hay una antología de textos llamada La razón en la sombra, antología confeccionada por este gran zambranista que se llama Jesús Moreno Sanz (por otra parte, buen amigo mío), y que hizo consistir en una selección de fragmentos de unos y otros libros que ayuda a tener una idea bastante buena del pensamiento de la filósofa. Fue el primer libro de ella que leí, y la verdad es que me dejó con sed, pero en fin, que cada uno se maneje su sed o su ansia. También ese libro es recomendable y se puede encontrar en nuevo por 35 € y en usado por 24 como mínimo. Os he vendido la lavadora.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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2 respuestas a María Zambrano, una lectura necesaria.

  1. Josefina Martos Peregrin dijo:

    Desde luego que me la has vendido, porque he leído poco de Zambrano; en cambio, de Unamuno, casi todo: siento debilidad por él, incluso cuando me irrita, pero… Me identifico con su duda y su valentía para dudar y equivocarse y arrepentirse, admiro su razón apasionada.
    Pero, desde hoy, me dedico a Zambrano. Gracias, Miguel.

  2. Gracias a ti, Josefina. También yo admiro a Unamuno y por los mismos motivos que tú. Zambrano es tan rica como él, o quizá más en otros sentidos. Es imprescindible.

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