Un francés y dos españoles: comparación entre tres novelas que tratan la educación religiosa a principios del siglo XX

Octave Mirbeau (1848-1917)

Tal vez en abril o mayo de este año, Francisco Gil Craviotto me pidió que diera una conferencia para la Maison de France de Granada donde se quería conmemorar el centenario de la muerte del escritor francés Octave Mirbeau. Él mismo me ofreció el tema: puesto que la novela que había traducido de ese autor y publicado en Granada hacía poco, Sebastien Roch, trataba de las escuelas de curas, concretamente de jesuitas, ¿por qué no la comparaba con el AMDG de Ramón Pérez de Ayala, y de paso con la de Alejandro Sawa, Criadero de curas, que aun no tratando de escuelas jesuíticas, sí habla de un seminario? A mí eso de la literatura comparada siempre me ha gustado, de modo que en agosto me puse las pilas y la escribí tras leerme o releerme los tres textos, pensando luego darle un último repaso. El día 13 de noviembre, en el Cuarto Real de Santo Domingo la leí ante madame Françoise Souchet, presidenta de dicha casa de Francia en Granada y monsieur Pierre Michel, presidente de la Sociedad Octave Mirbeau de Angers, Francia. Me presentó Francisco Gil Craviotto. Esta fue la conferencia. Aviso que es larga: me pidieron que hablara, aproximadamente, durante 45 m., y así lo hice. Espero que os guste.

Yo estudié en una escuela de curas. Cursé cinco años en el Colegio La Salle Condal de Barcelona, regentado por los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Nunca me he arrepentido de esa educación, y no porque siga siendo creyente, que no lo soy, sino por su calidad, al menos en ciencias, y por la disciplina en el estudio y el trabajo que me inculcaron. Mi padre, obrero, gastaba la mitad del mayor de sus sueldos, pues tenía tres empleos para poder mantener la familia, en la mensualidad de esa institución educativa.

La Salle Condal de Barcelona en 1924

Recuerdo que, quizá en segundo de Bachillerato, que cursé con 11 años, hubo un problema con un libro que mi padre no me podía comprar o quizá no encontraba en las librerías. El hermano D., Prefecto, me llamó a su despacho y me dijo no sé qué sobre el libro. Mientras hablábamos, el lasaliano empezó a tocarme la pierna izquierda, la más cercana a él, pues estaba sentado y yo de pie y vestido, naturalmente, con un pantalón corto. Sentí extrañeza, no incomodidad ni asco, tanta era mi inocencia en aquel momento. De inmediato, el hermano Dionisio dejó su soba y me hizo salir del despacho. El hombre se reprimió, simplemente, que es lo que hay que hacer.

No parece extraño que, de tanto repetir que las mujeres son el demonio, que tienen en su cuerpo la entrada al infierno, los curas y frailes se decanten por los niños, al menos en estos últimos cien años que, según algunos historiadores de la Iglesia, ha sido la primera vez en que de forma genérica se ha respetado el celibato. No en vano Zwinglio, el reformador del siglo XVI, en su tesis 49 decía: “No conozco escándalo mayor que el de prohibir el matrimonio a los eclesiásticos y el de autorizarles el mantenimiento de una concubina pagada”. Digo esto porque en las tres novelas que voy a comentar se da el caso de abusos sexuales, aunque en una de ellas, la de Alejandro Sawa, no hay propiamente tales sino la aplicación sobre un adolescente de un sadismo fuera de lo común, y el sadismo, que se sepa, es una perversión sexual si no es aceptado por un masoquismo de la parte contraria.

Empiezo esta charla con consideraciones teológicas, o casi, porque es imprescindible para la comprensión de estas tres obras. En verdad, además de describir una realidad, pues no en vano son realistas, ponen en solfa no solo la educación religiosa, sino también ciertos aspectos de la misma religión, y todo eso con la libertad que da el estar fuera de ella. Tanto Pérez de Ayala como Octave Mirbeau se plantean, como luego demostraré, que quizá podría creerse en un Dios menos terrible, menos vengativo y amedrentador, en un Dios comprensivo con las debilidades humanas pues, al menos teóricamente, esas debilidades las creó Él mismo. Y sobre todo, en un Dios más justo, dando importancia a lo que realmente la tiene: el latrocinio, la hipocresía, la preferencia por los privilegiados de la tierra, la violencia, en lugar de penalizar tanto el sexo y la desobediencia a los enseñantes sacerdotes. De hecho hay momentos en los que no se sabe si la religiosidad infantil de Sebastián, tan fuerte, es propia o identificable con la del mismo autor. Cuando el vecino Larroque, de Pervenchères, agoniza y entra el párroco a visitarlo, los ánimos de este son mucho más eficaces que los de Sebastián, y consiguen darle esperanza, no solo de seguir vivo, sino sobre todo del milagro. Cuando sale de la casa, Sebastián, ya veinteañero, piensa que si él agonizase llamaría a un cura.

Pues de la novela de Mirbeau ya ha hablado mi colega y amigo Francisco Gil Craviotto, y demasiado bien como para que yo trate de alcanzarle, me ceñiré a compararla con las otras dos aunque antes daré un par de pinceladas sobre la personalidad y obra de los españoles.

Ramón Pérez de Ayala, periodista, diplomático y escritor, nació en 1880. Puede encuadrársele en el realismo, sí, pero es un realismo modernista al que dieron en llamar novecentismo, con un estilo brillante y rico de leer, lleno de arcaísmos y de localismos, incluso de formas dialectales, que le da a su prosa un aire reflexivo acompañante de veras

Ramón Pérez de Ayala

del contenido y mensaje de sus novelas. A.M.D.G. (Ad maiorem Dei Gloriam, Para la mayor gloria de Dios, que es el lema de los jesuitas), su narración sobre un colegio de jesuitas en la ciudad llamada por él Regium, trasunto de Gijón, en Asturias, fue publicada en 1910. Las críticas que hicieron José Ortega y Gasset y José Ferrándiz cuando apareció impresa, hablan de su calidad. Mas no es solo su calidad, sino su oportunidad, en una España colonizada por el jesuitismo, a pesar de lo cual no fue prohibida hasta el nefasto franquismo, siendo la última edición de 1931 hasta que se volvió a publicar a la vuelta de la democracia. Es novela anticlerical, no antirreligiosa, y posteriormente lo reconocerá así su autor tras el desastroso estreno de la mala obra de teatro inspirada en ella, cuya adaptación se debió a Julio Gómez de la Serna.

Alejandro Sawa, prototipo de bohemio madrileño de principios del siglo XX, fue el inspirador del personaje valleinclanesco Max Estrella. Nacido en 1868, escribió su novela corta Criadero de curas en 1888, y en ella habla de un Seminario en el que ingresan al niño Manolito a la muerte de su madre, porque desde pequeño parecía destinado a ser cura.

Situados en el tiempo, deberíamos pasar lo antes posible a las comparaciones, que no siempre deben ser odiosas.

Lo primero, por supuesto, sería decir que las tres son bastante autobiográficas, haciendo lo que debe hacer un buen novelista: distorsionar la realidad para que esta sea literaria.

Respecto a los antecedentes de los niños protagonistas, sin duda los mejor descritos son los de la novela francesa y la de Sawa. En Mirbeau, el señor Joseph Hippolyte Elphège Roch es un perfecto imbécil. De hecho, Mirbeau podría haber ambientado su obra en Yonville, el pueblo donde vive el matrimonio Bovary en la novela de Flaubert. Es un burgués orondo, si no avaro, sí continuo contador de su capital, exhibicionista de su “petite grandeur”, gustoso de soltar discursos que nadie comprende, en los que además de repetirse más que la morcilla, expresa una cantidad de lugares comunes y despropósitos que podría haber integrado el Catalogue des idées reçues, siguiendo con el paralelo flaubertiano. En Cataluña los llamamos “botiguers”, tenderos, y el paradigma de esos

L’Auca del senyor Esteva, de Santiago Rusiñol

diminutos burgueses porque ni siquiera alcanzan el grado de pequeños, fue el personaje del Auca del senyor Esteva, de Santiago Rusiñol. En realidad, la negativa de monsieur Roch de que su hijo estudie música es idéntica a la negativa del senyor Esteva de que su hijo sea escultor. Escuchando al bobalicón padre de Sebastián, porque leer sus mamarrachadas es casi oírlo, llega uno a la conclusión de que la Revolución Francesa no sirvió para nada. Su fijación con la nobleza, con los aristócratas, con la gente de categoría, a las que quiere asimilar a su hijo Sebastián, es enfermiza. Con razón dijo, no sé si Lukacs o Lenin, que para entender el período burgués de Louis Philippe, aunque en este caso sea el de Napoleón III, nada como leer a Flaubert en lugar de a los historiadores. La tía Rufina es quien le dice la verdad a Sebastián, pero las verdades duelen y además, son en ocasiones difícilmente asimilables por un niño, de modo que en principio esas palabras lo impresionan pero sin comprenderlas. El padre desea que su hijo vaya a ese colegio, no porque pueda recibir una buena enseñanza sino porque allí se codeará con la élite y porque cree, como buen cretino, que la pátina que le dejen personas con tanta influencia como los jesuitas le harán en un futuro pertenecer a esa raza superior que él cree ver en grandes propietarios, dueños de industrias y aristócratas. La realidad que el mismo Sebastián atisba en el castillo de la familia Kertal, que está casi en ruinas, recuerda en la esencia al episodio del Lazarillo de Tormes en el cual el hidalgo se echa migajas de pan, que tiene atesoradas en un baúl y que están ya duras como ripios, en la barba para simular que ha comido, saliendo a la calle así maculado de migas y hurgándose los dientes con un palillo. La única oportunidad en que esa estulticia humana, que es el padre, se  humaniza es en la despedida al niño en la estación, y en ese momento Sebastián se enternece por su padre.

En la novela de Pérez de Ayala, la madre del niño protagonista, Bertuco, falleció y el padre siempre está ausente, con lo que el niño se cría, hasta el ingreso en el colegio jesuítico, con su tío don Alberto y la anciana criada Teodora, quien, por cierto, habla bable, el dialecto asturiano y así lo trascribe fielmente Pérez de Ayala anticipándose a Cortázar, por ejemplo y otros latinoamericanos que escribieron el español auténtico de las calles y campos hispanos.

Alejandro Sawa

En Criadero de curas, de Alejandro Sawa, los ascendientes del niño Manolito lo ven desde pequeño tan aficionado a las cosas de Iglesia que lo predestinan al curato. El niño se monta su altarcito como otros se hacen su fuerte de indios, reproduce con fijación infantil los movimientos del cura en la misa, recita de memoria las oraciones. Me perdonarán que vuelva por un instante a la anécdota privada: eso también lo hacía mi hijo menor, y hoy tiene de cura lo mismo que yo: nada. Los padres de Manolito son piadosos, abulenses convencidos de tener a santa Teresa como ascendiente, pero a la muerte del padre, la madre, que también se sabe enferma, se empeña en que el chiquillo no ingrese en el Seminario hasta que ella muera, cosa que ocurre en menos de un año, pero en ese tiempo el muchacho se percata de que carece por completo de vocación, mas por su falta de entidad legal no puede negarse, y con el cadáver de su madre aún sin enterrar, lo obligan a internarse en el colegio. Al revés de los otros dos protagonistas, nunca saldrá del edificio si no es con los pies por delante.

El protagonista de Sebastián Roch es el mozo que da nombre a la novela, y el narrador lo sigue hasta su desdichado final. En la narración de Pérez de Ayala, el protagonismo, creo yo, lo asume el propio edificio del colegio jesuítico, aunque el autor se centra en la figura de Bertuco, pero se habla mucho de los curas, de los compañeros del niño, de cómo la Compañía logró edificar e inaugurar la escuela, se habla de los hábitos y reglas de los jesuitas, de las argucias para conseguir dinero, de su papel de confesores y regentes de la vida espiritual de la ciudad de Regium que, ya dije, es Gijón.

En la obra de Sawa aún me pregunto quién es el protagonista. Quizá no lo hay y el protagonismo se cede a la mala uva, al sadismo, permítanme, a la mala leche, a la horrorosa represión que se ejerce sobre las mentes y los cuerpos de los niños en el Seminario. Eso es lo peor de esta novela: no que no haya protagonista sino que retrata un mundo en blanco y negro, sin matices, sin grises. Es una película de indios, un cuento con buenos y malos porque los curas son todos muy malos y los niños todos muy buenos, aunque tal vez su autor quiso componer una pintura como los aguafuertes goyescos. En Sebastián Roch y en AMDG, la humanidad de los personajes centellea en algunos casos. Mucho más en esta segunda obra, en AMDG, aunque el padre Marel en la novela francesa es bondadoso pero cobarde, y muy disciplinado, como corresponde a la mentalidad jesuítica, pues no en vano Ignacio de Loyola, su fundador, fue militar y la constituyó con orden militar.

¡Y es que los jesuitas…! Los jesuitas, la verdad es que son punto y aparte. Nacen al mismo tiempo que las intenciones de reforma dentro de la Iglesia católica, intenciones y casi urgencias que ya se venían produciendo desde antes del desafío luterano, pero que este no hizo otra cosa que acelerar y decidir a un papa, Paulo III, pues algunos de los  anteriores, León X y Clemente VII,  se negaron a convocar un concilio, convocatoria a la que apremiaba el emperador Carlos V y algunos príncipes alemanes, y a la que se negaban Francisco I de Francia y Enrique VIII de Inglaterra. Ignacio de Loyola la funda en ese ambiente de necesidad de reformas, reformas que, desde luego, y en lo que el pueblo podía observar, no se dieron. Las expectativas que no se cumplieron no eran ya cuestión de mayor o menor severidad, de mayor o menor actividad de la Inquisición, sino de ejemplo,

San Ignacio de Loyola

de modelo moral, tanto de las autoridades vaticanas o locales, o sea los obispados, como del bajo clero: párrocos y frailes. Pero sí es cierto que colaboraron en el desarrollo del capitalismo. M. Robertson, en su The Rise of Economic Individualism, de 1933, dice: “El argumento según el cual el calvinismo relajó la disciplina del cristiano en su comportamiento ante los asuntos económicos es incierto. El jesuitismo relajó mucho más que cualquier otra rama religiosa esta disciplina. Pero ello no fue debido a que el jesuitismo fuera especialmente favorable al estímulo del espíritu capitalista, sino porque los jesuitas fueron, como los más preeminentes casuistas y confesores, quienes estuvieron más en contacto con el mundo laico, con sus anhelos y sus dificultades”.

Los autores Ricardo García Cárcel y Josep Palau i Orta, historiadores de la Universidad Autónoma de Barcelona, que colaboraron en la Historia del Cristianismo publicada por editorial Trotta en 2006, en su artículo titulado Reforma y Contrarreforma Católicas, dicen: “Las innovaciones de la Compañía son incuestionables: la introducción del concepto de productividad o de rentabilidad del propio trabajo, que implicaba la exención de penitencias feroces de otras órdenes y un concepto pragmático y voluntarista de la vida, nada contemplativo (de ahí su afamado optimismo religioso de salvación, contra el que tanto lucharon los teólogos de Port Royal), el retraso de la profesionalización con un largo período de formación (a tal norma es debido que en AMDG haya jesuitas, hermanos, legos, etc.; incluso el P. Atienza, tan inteligente y creativo, tan formado, aún no ha profesado como jesuita), el sentido jerárquico militar de la

Jesuitas

disciplina y la obediencia al superior, el romanismo o fidelidad al Papado por encima de la lealtad política a la propia Corona (ese es el motivo de tanta expulsión de jesuitas en diversos países europeos y americanos), la preocupación mediática o control de la enseñanza y de todas las vías de aprendizaje, la trascendentalización del monopolio de los confesionarios conscientes de la importancia del control de las conciencias, novedades formales como la ausencia de hábito propio (San Ignacio solo los instó a que vistieran la sotana de los clérigos honestos del lugar donde estuvieran, eso sí, de color negro) o el abandono de la práctica del coro”.

Pero hay más características jesuíticas: y podríamos empezar por: 1/ la negativa a la mendicación, lo que no les impide pedir, no limosna sino herencias a ricachones y sobre todo ricachonas, garantizándolas que tal acto de caridad les avalará una eterna estancia agradable en el cielo. 2/ la hipocresía, la untuosidad para lograr sus fines, y no hay más que leer la que derrocha el P. de Kern con Sebastián; además, esa hipocresía les hace decir acá esto y allá lo contrario, según conveniencia; tal cosa parece contradecir un tanto su militarismo, pues el militar suele ser hombre de palabra… excepto cuando da un golpe de Estado y traiciona sus juramentos. 3/ el sadismo, a veces, aunque eso depende más de los individuos que de la propia entidad. 4/ las condenas al ostracismo y a la reclusión de los compañeros que, por cualquier motivo, pueden ser sospechosos. 5/ los recelos de todo, porque funciona lubricadísimamente la maledicencia, el chismorreo (que según ellos no es tal sino obligación de denunciar las malas tendencias del compañero), así como los malos pensamientos allí donde no hay, por definición, sino pureza: en la infancia. 6/ la insistencia en esa pureza que se sitúa exclusivamente en la entrepierna masculina, porque la femenina se da por sentada, como si eso fuera un dogma inamovible e incomprobable. Y por último, aunque hay más que no se me ocurren, 7/ esa máxima siniestra y, curiosamente, también leninista: el fin justifica los medios.

Todo esto no es sino forma de mostrar cómo, al igual que cualquier institución civil, militar o religiosa, la Compañía de Jesús tuvo y tiene aspectos muy negativos y otros positivos y eso es consecuencia de sus contradicciones en lo pregonado que antes señalé.

Misiones en Latinoamérica. Jesuitas en la aldea de los Tapuyos. Cuadro de Mauricio Rugendas

No podemos olvidar el papel que tuvieron en las Fundaciones del Paraguay, Brasil, Uruguay y norte de Argentina, papel civilizador y organizativo estupendo. Y también: mientras las misiones jesuíticas de predicación en la España del XVII pregonaban el pecado y los terribles tormentos del infierno, en China respetaron e incluso promocionaron los días dedicados a Confucio y se negaron a representaciones sangrientas de la crucifixión de Jesús para no ofender susceptibilidades de posibles conversos, por interés y productividad, claro.

En AMDG, hay un capítulo llamado Fronti nulla fides en el que Telva les burres, la madame de una casa de lenocinio, o como la llama Pérez de Ayala, la “celestina”, acude al colegio de los jesuitas para ser reconvenida por las damas de sociedad, o “madreselvas”, como son denominadas por los Reverendos Padres, por una monja, Sor Florentina, y el por P. Olano, el prototipo junto al P. Mur de esa hipocresía malvada. Acaba la escena en un viejo chiste, que es el recordatorio irónico a las damas de que sus respectivos padre y marido suelen ir por la casa comportándose como auténticos caballeros. Solo le faltó a Pérez de Ayala poner en boca de la meretriz aquello de “y a todo esto, cuán caro se hace de ver por nuestra casa su paternidad”, para acabar con la guinda sobre el pastel. Quizá no lo escribió por un prurito de autocensura. Ese intento de intervenir en la vida, no solo religiosa sino moral y política de las ciudades o lugares donde vivían, es otro componente importante de la Compañía de Jesús y en ese capítulo que, aparentemente carece de contacto con lo demás, lo confirma. Y digo que carece de contacto pero claro que lo tiene para demostrar ese intervencionismo, y narrativamente funciona como las novelas dentro de la novela al estilo cervantino, lo mismo que el episodio de Ruth, la inglesa.

En Sebastián Roch, el P. de Kern abusa del protagonista y este queda sumido en un estado de estupefacción y desesperanza producto, sí, de la humillación y del asco, pero también de haber roto esa pureza de la que tanto hablan los curas. Sin embargo, el jesuita no tiene sentimiento de culpa alguno. Luego, la explosión de Sebastián ante el P. Marel contándole todo lo sucedido, y su silencio, o mejor dicho, el silencio del Rector, que es informado por Marel puntualmente sin que haga nada contra el acosador, da una idea clarísima, primero de la hipocresía que impide que se reconozca el pecado por miedo al escándalo, sin recordar el fragmento evangélico en Lucas 17 1-6 sobre la corrupción o la provocación de escándalo en “uno de estos pequeños”, y segundo de la obediencia militar en el seno de la Orden, obediencia que más parece la de marines norteamericanos, auténticas máquinas de matar después de haber sido sometidos a entrenamientos, maltratos y humillaciones sin fin, que la de civiles, aunque sean religiosos, cuya única obediencia debería ser, según sus reglas, a Jesús y al Papa, pero como el representante inmediato de este es el Rector de la entidad o el Provincial, todo queda justificado y en casa. Sebastián ya había perdido la “pureza” con su amiguita del

Actual colegio de preparatoria San Francisco Javier de Vannes, Francia

pueblo de Pervenchères de una forma absolutamente infantil, o al menos ese es el remordimiento que de continuo saca a relucir el pobre cuando es aleccionado por los jesuitas sobre los pecados de la carne, pero su experiencia con el P. de Kern es algo mucho más allá. En el fondo, lo primero son juegos de niños producto de la curiosidad de unos por otros. Lo segundo no, lo segundo es perfectamente adulto para el cura, no para el niño, y eso es lo que le asquea. Pero al mismo tiempo, siente una inclinación, un gusto que años más tarde le hace sufrir sueños dolorosos y placenteros todo a la vez.

En AMDG, el enfermero hermano Echevarría toca a los niños cuando les tiene que tentar la barriga para ver si padecen empacho o cualquier otra afección. Bajando, bajando, alcanza la “punta de la barriga”, como dice Pérez de Ayala evocando a La Celestina, de Fernando de Rojas. Bertuco, que también acaba siendo víctima de tal cosa, simplemente le aparta la mano y se aparta él mismo, aunque le consta que otros adolescentes, complacidos con el tratamiento, se han dejado hacer.

Curas

En la obra de Sawa, en cambio, ya he comentado que la única sexualidad existente es la del sadismo, más propio de las policías dictatoriales en sus interrogatorios que de un colegio de niños y adolescentes. En el capítulo V, titulado A muerte, la reunión de curas empeñados en la lucubración de castigos para Manolito cuando este huye del Seminario es un muestrario de monstruosidad, de perversidad que si no digno de sex shop especializada, sí es digno de manual de policía social o de Inquisición terrible, o de retorcida escena del divino Marqués de Sade. Porque para colmo, no solo se escapa Manolito del Seminario, sino con él cincuenta y cinco mil duros que la madre deja dispuestos en el testamento. Ahí ninguno de los curas tiene nombre, para acentuar más su inhumanidad. Curiosa es la comparación que los tres autores hacen entre los sufrimientos de los niños y los de Cristo en el Gólgota.

Y habré de volver a la teología, quizá porque es el cristal de aumento a través del cual mejor se verá la desviación de estos curas y jesuitas protagonistas, también, de estas novelas. Se sabe que los Mandamientos católicos son diez, de los que dos contemplan la sexualidad, el 6º y el 9º. El primero de ellos dice “No cometerás actos impuros”. Si siguiéramos los preceptos judíos, en los que están basados pues se extraen precisamente de dos de los libros de la Torah o Pentateuco, cometer actos impuros sería por ejemplo, comer cerdo o cualquier animal impuro como serpientes o lagartos, pero admitamos que la Iglesia ha reducido la impureza a los asuntos sexuales, en pareja o en solitario. Bien, son actos. Pero el 9º dice “No consentirás pensamientos ni deseos impuros”. Vale. ¿Quién puede dominar sus pensamientos o sus deseos? Eso ni siquiera está en la Biblia, ni en Éxodo 20, ni en Deuteronomio 5. Es un invento puramente católico, cristiano. Por supuesto, lo que hay que hacer es reprimir la puesta en acción de esos pensamientos, porque si, por ejemplo yo tuviera tendencias pederásticas y me gustasen las muchachitas de catorce años, el único camino es la autorrepresión de esas tendencias, mas no podré, claro está, impedir mis sueños con ellas. Ni en ese aspecto, el cristianismo oficial es humano. ¿Por qué? La respuesta la han dado algunos teólogos que sí han pensado en estas cosas un poco a contracorriente de la escuela ortodoxa (léase, por ejemplo, a María Tabuyo, presidenta de la Asociación de Teólogas femeninas de España). Según esos estrafalarios de la ortodoxia vaticana, el cristianismo que finalmente se impuso fue el paulino en lugar del que deseaba seguir la línea, por ejemplo, de San Pedro y otros apóstoles. Cristo perdonó en varias ocasiones a mujeres adúlteras, se rodeó de prostitutas y mala gente, pero insultó con rabia a los hipócritas (sepulcros blanqueados) y arremetió violentamente contra quienes hacían negocio a costa de la religión. Ni siquiera la Vulgata consiguió ocultar esto. Con razón la Iglesia, hasta el siglo XX, casi, no fue en absoluto partidaria de que los fieles leyesen y pensasen por su cuenta los textos sagrados. Ahora no les ha quedado más remedio, y no solo porque se quedan sin clientela sino porque no han tenido otra opción que aceptar el racionalismo, con toda la moderación que se pueda dar a este concepto. Además de que también ellos, con la escolástica aquinate y aristotélica aceptaron de entrada ese racionalismo que luego los ha fagocitado sin compasión.

Sin embargo, curiosamente, y ahora lo demostraré, se admite entre los jesuitas pasar del deseo a la realización del acto, lo que es el colmo de la doblez. Me explico: cuando el P. Olano, en AMDG, trata de violar a la inglesita Ruth Flowers, se quita el hábito. Esta inglesa es esposa de un ingeniero español que dirige las obras del puerto de Regium. No se sabe si es protestante o judía. El esposo, tanto como ella misma, es incapaz de manifestar su amor, de decir palabras cariñosas, de demostrar su deseo, y la mujer se siente incitada hacia la religión católica como consuelo por lo que interpreta como desamor. Pide consejo en el Colegio de jesuitas y le adjudican como iniciador al P. Sequeros, el místico que apenas tiene responsabilidades en la institución. Este siente un infinito amor sagrado por esa mujer, amor que en ningún momento se mezcla conscientemente con un amor profano pues el cura es un verdadero místico, un alma de Dios que además quiere con verdadero cariño a los niños internos en el Colegio. Pero en oración, exclama “¡Si supieras, Ruth, cuánto te amo, cuánto, cuánto…!”, frasecita que el hermano Cervino, un correveidile, escucha y entiende como hoy lo entendería cualquiera: que el P. Sequeros y la inglesita “se entienden”, pero tal conclusión es evidentemente falsa. Se lo denuncia al Rector, como es su obligación según las reglas de la Orden, y este aparta a Sequeros de la catequización. Eso sucede un día antes del bautismo de la inglesa. Cuando la novedad es comunicada a

Vicios privados, pública virtud

Ruth, se encalabrina y exige ver a su adoctrinador. Olano, que la atiende, decide que si una mujer se ha acostado fuera del matrimonio con uno, y es lo que él colige como toda la Congregación, se puede acostar con cualquiera, de modo que intenta violarla. Y es para eso que se quita el hábito. Ramón Pérez de Ayala, que se estudió bien las normas y autores que elaboraron las costumbres y reglas que rigen la Compañía de Jesús, dice literalmente en ese capítulo: “Así, Olano no ignoraba que el religioso que se despoja de sus hábitos, se hace ipso facto reo de excomunión; pero, el mismo aligeramiento indumentario se trueca en acto meritorio cuando, por no profanar las santas vestiduras, se realiza para fornicar, por ejemplo, o ir de incógnito a un prostíbulo, según concretamente se asegura en los Veinticuatro Padres, en la praxis ex Societatis Jesu scola, y en el padre Diana: Si habitum dimitat ut furetur occulte vel fornicetur. Ut eat incognitus ad lupanar”. Hasta aquí la cita. Bien. Alucinante. ¡Viva la hipocresía!, ¡que los sepulcros blanqueados se conviertan en modelos de moralidad y santidad!

Pero volvamos a la comparación de nuestras novelas aunque antes permítanme que me justifique: si traigo a colación estos ejemplos o estas anécdotas, por otra parte extraídas de los textos que nos ocupan, no es por animadversión, pues soy muy consciente de que muchas cosas han cambiado (desgraciadamente no todas), sino porque vienen a cuento de esta charla en la que se trata de analizar cómo los autores correspondientes critican, y en qué y por qué motivos, aquella educación. He sido profesor de enseñanza secundaria durante 33 años y sé que no todo puede ser palo, ni muchísimo menos, si bien tampoco todo puede ser zanahoria porque el fracaso es seguro, como ya está sucediendo. Por otra parte, soy exquisitamente respetuoso con los creyentes, al menos con los sinceros.

Y a pesar de todo, sonríen

Si les parece bien nos ocuparemos ahora de los alumnos compañeros de los protagonistas. Manolito, en Criadero de curas, solo tiene un amigo y de hecho es el único que, además de aquel, toma nombre y carta de existencia en el Seminario del que se habla. Con este Federico se da un episodio que clarifica la mentalidad católica que los curas, por un método absolutamente deleznable, trataban de inculcar a sus pupilos. Federico es castigado por ser el único de la clase que se sabe la lección. El cura lo justifica alegando que en el mundo, es decir, no en el Más Allá, deberán pagar justos por pecadores, pues a fin de cuentas ese es el espíritu del pecado original. Manolito se levanta y le dice al sacerdote que eso es injusto. La reacción de este es castigar a Manolito en lugar de a Federico, pero a este le mantiene otro tipo de castigo peor.

En AMDG hay porción de alumnos, aunque quizá el más simpático es Coste el gallego. Incluso aparecen las típicas trastadas de los niños en clase, que mientras unos jesuitas aceptan con bondad, otros castigan con maldad desproporcionada. Y los paradigmas de esto último son el P. Eraña, a quien se aplica el mote de Conejo, y el P. Mur, la bestia parda, o negra, de la novela, trasunto, al parecer, de dos jesuitas reales que impartían clases en el colegio de Gijón, los Padres Gutiérrez y González; de uno de ellos dice Pérez Ferrero, biógrafo del novelista, que “tenía proclividades de rata de alcantarilla”, y no olvidemos que los múridos son la familia de roedores que abarca ratas y ratones.

Una anécdota ilustra esto: Conejo está explicando la frase evangélica de que es más difícil que entre un camello por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos y exclama,

La carne es débil

¿de qué le van a servir al rico sus riquezas para ir al cielo?, ¿irá en coche?, ¿en ferrocarril rápido?, ¿montado en una bala de cañón?, y en ese momento, para coronar onomatopéyicamente la hipérbole artillera del jesuita, Coste suelta una ventosidad atronadora y explosiva. Los alumnos se ríen y el P. Conejo tiene que reprimirse la carcajada. En cambio, por asuntos menos graves, el P. Mur castiga obligando a algunos niños, por ejemplo, a meterse en el hueco del púlpito del refectorio, diminuto nicho en el cual caben retorciendo los miembros y del que salen al cabo de unas horas acalambrados y doloridos. De nuevo el sadismo, como en los otros dos textos.

En la obra del francés, la primera humillación que Sebastián recibe en la escuela procede de un compañero, el pequeño aristócrata Guy de Kerdaniel, a quien al final veremos muerto como oficial en la guerra Franco-prusiana. El primero y único que se le acerca con buenas intenciones es Jean de Kerral, con esa bondad impuesta de ayuda al débil pero que no tiene al lado auténtico afecto. De hecho, lo invita a su castillo (en ruinas, como ya he dicho) pero cuando le dice a sus padres que Sebastián es hijo de un quincallero, estos se niegan y él se lo comunica a su amigo sintiéndolo mucho pero viéndolo natural, presumible. ¡Pero con Kerral va Bolorec!, y este es el personaje más interesante de la escuela. Un nihilista que no hace caso de nadie, de clase pobre, aún más que el protagonista, que no demuestra perturbación por las humillaciones de los alumnos ricos, que siempre está tallando madera y a quien uno le augura un futuro entre los artistas impresionistas o expresionistas, si bien se ventea que resultará ser uno de los futuros héroes de la Commune de 1871, ya fuera del panorama de la novela.

Esta última novela es la única de las tres, como ya he anticipado, donde el narrador sigue las huellas del protagonista una vez salido de la escuela. Criadero de curas acaba con la muerte de Manolito, el niño protagonista. AMDG finaliza justo cuando Bertuco sale del colegio. Sebastian Roch es expulsado del San Francisco Javier y queda convertido en un “adolescente desorientado, desequilibrado, culpabilizado”, como cita el traductor en su introducción, a consecuencia de la violación. En AMDG el autor solo hace un augurio de las consecuencias de la terrible humillación como castigo que el P. Mur inflige a Bertuco: dice que no reirá más; eso resume toda una vida sin que sea necesario entrar en más detalles.

Castigos corporales. Pero lo peor son las humillaciones

Ya he hablado algo de los curas que pueblan los tres textos, pero insistiré porque hay algunas personalidades interesantes. En la obra de Mirbeau los hay con nombre, si bien aparecen tan poco que ni siquiera merece la pena consignarlos. Solo el P. Marel, el pederasta P. de Kern y el rector son dignos de mención. Como en AMDG los P’s. Eraña, malnombrado Conejo, y Mur, los franceses son paradigmas de la educación algo más relajada y de la basada en puro palo. Lo curioso es que, según mi experiencia, el asunto continúa siendo idéntico por muchos buenos propósitos que se plasmen en los llamados “Diseños Curriculares”, “Programaciones” o como quieran ser denominados hoy. En la secundaria, existe el buen profesor, capaz de captar la atención y provocar la curiosidad del alumno, y el mal profesional que, pues no existe hoy apenas el palo, solo castigan a los pupilos con la indiferencia y el cumplimiento apenas por encima de las obligaciones.

Con todo, quizá quien más humaniza a esos curas, porque los individualiza, hace que la espiritualidad o mentalidad o psicología de cada uno sea diferente y realmente novelística, es Pérez de Ayala. Y no porque les tenga más cariño que nadie. En el capítulo titulado Mirabile Visu los define así: “bestias negras y traidoras, hijas de la lobreguez y de la inmundicia, ratas y murciélagos enormes”. Y desde luego, siguiendo una no sé si justificada leyenda negra española, los hace sucios, con una ropa interior asquerosamente maculada, apestosa y remendada, no por pobreza, que también porque el P. Arostegui, Rector del colegio, destina todo el dinero recaudado a otros fines como la Provincia o Roma, sino por dejadez y adanismo.

Monasterio de San Zoilo en Carrión de los Condes, actualmente un hotel

Y en ese colegio, el del asturiano Pérez de Ayala, hay una personalidad interesantísima: la del P. Atienza. Es trasunto de Julio Cejador, antiguo profesor del colegio de San Zoilo de Carrión de los Condes donde estudió Pérez de Ayala entre los 8 y los 10 años, jesuita exclaustrado y filólogo de campanillas, que vivió en casa de su alumno Ramonín, autor de la novela que comparamos, cuando se salió de la Compañía. El ficticio Atienza es un intelectual de gran talla, un investigador. Athanasius Kircher también jesuita, lo fue y de órdago en el siglo XVII. Los jesuitas siempre tuvieron una gran formación cultural. En general, supongo que habrá excepciones, y nuestros autores las denuncian, o en cualquier caso no hay sino leer las críticas del antiguo jesuita Miguel Mir. Pues bien, Atienza se ríe de sus compañeros, los ridiculiza, “sin acritud”, como dicen los políticos, con la sana intención de que se percaten de sus pecados y defectos y los enmienden. Utiliza un ingenio finísimo, casi un wit inglés. Por ejemplo, al P. Mur lo llama Petrita, quizá por su empalago acompañado de su mala uva y de un cierto atildamiento. Amonestado, él mismo solicita el aislamiento en su celda dedicado a sus investigaciones. Pero cuando llega el momento de publicar su libro, consagrado al concepto de evolución (Darwin hizo mucho daño a los literalistas bíblicos), la Compañía le niega este derecho. Pues bien, decide escaparse y cuando el tío Alberto va en busca de Bertuco para llevárselo cuando este enferma a consecuencia de la humillación del P. Mur, Atienza, que había sido compañero de bachillerato de Alberto, se cuela en su coche y sale de estampía.

La pérdida de la fe en las víctimas de la mala saña o la mala gestión de los curas aparece en los tres libros, aunque en el de Sawa no da tiempo de mostrarla por cuanto el pobre Manolito muere de miedo. La aventura de Ruth, tras el intento de violación del P. Olano, continúa y nos prueba la gran capacidad narrativa de Pérez de Ayala. Al principio de la novela cuenta una anécdota sobre un tal Gonzalfáñez, uno de esos personajes que había en todos los pueblos españoles, ancianos, cascarrabias pero honestos a machamartillo, que suelen estar en contra de todo y de todos, y encima con razón. Pues bien, tras ese intento de violación, Ruth, cuyo marido ingeniero se ha suicidado, vaga por las “veredicas y pradezuelos” y es encontrada en estado de shock, y protegida por Gonzalfáñez, un ateo irredento, que no había vuelto a aparecer desde el principio y de quien uno pensaba ¿este qué pintaba ahí?, ¿no será un error del novelista?

Nada como la naturaleza para los niños (que no hayan nacido en el campo, en cuyo caso se aburren, como es lógico)

Otro aspecto a destacar y en el cual coinciden las tres narraciones consideradas es el papel sobre los niños o adolescentes de la naturaleza, la que han vivido de niños, antes de entrar en esos lugares donde se pretende los van a educar. Sebastián en su pueblo apenas jugaba con otros niños porque el mameluco de su padre se lo impedía por considerar que un futuro educando de los jesuitas no debía codearse con hijos de jornaleros, ganaderos o destripaterrones. Además es niño retraído y falto de cariño. La única relación que finalmente se le permite es con Margarita, hija de la encargada de Correos y huérfana de un general del ejército. Esos ascendientes sí parecen dignos de la fatuidad idiota de su padre. Los bosquecillos, los regatos de agua son el motivo de su nostalgia. Solo tiene una ilusión al llegar a Vannes, localidad donde está ubicado el colegio, relacionada con la naturaleza: ver el mar, y cuando al fin lo ve es un mar sucio, portuario, propio de una dársena o rada, maloliente y pringoso.

Bertuco, igualmente, siente morriña de los juegos y travesuras en su pueblo donde la ausencia del padre y la bondad del tío Alberto le permiten campar a sus anchas con apenas responsabilidades si no es la de acudir al colegio de Pilares, trasunto de Oviedo, donde el narrador reconoce que no ha aprendido nada si no es unos deberes hechos de cualquier manera y unos conceptos aprendidos de memoria e incomprendidos. También hay una

Clima desapacible en la Bretaña francesa

niña con la que Bertuco ha tenido ciertas iniciaciones, pero no debe de considerarse asunto trascendental si no es en la mala conciencia que los jesuitas tratan de inculcarle, porque no vuelve a aparecer en toda la narración. Hay algo que une, en lo que atañe a naturaleza, las historias de Octave Mirbeau y Ramón Pérez de Ayala: ambos colegios están sometidos a un clima desapacible, lluvioso, lleno de nieblas, fríos e indefiniciones.

Manolito, el niño que protagoniza Criadero de curas, no ha conocido esa naturaleza que tanto añoran los dos zagales anteriores, pero ha conocido a su madre. ¿Y hay mayor naturaleza que la que ellas nos prodigan con sus besos, sus caricias y sus achuchones? Y esa ausencia es lo que produce la melancolía del niño. De hecho, cuando muere a causa del pánico a resultas de encerrarlo en una especie de calabozo subterráneo, oscuro y lleno de ratas y arañas, como castigo por su intento de fuga, lo hace llamando ardientemente a su madre.

Por último, creo yo, o casi, quedan las fugas. Sebastián Roch no se fuga porque parece imposible. A él lo echan. ¿Por qué?, pues porque después de la corrupción a la que lo somete el P. de Kern, este quiere más pero se da cuenta de que el niño no consentirá, además de que corre el riesgo de ser denunciado, como en verdad ocurre. Aprovechando que lo ve salir con Bolorec de la desierta clase de música, los denuncia falsamente por cometer el pecado de sodomía que él comete en verdad, y ambos son expulsados. Tras ello, Sebastián, que vuelve a su pueblo, claro está, se encuentra con la regañina y posterior indiferencia de su padre, y con la impotencia para aceptar los requerimientos amorosos de Margarita que se ha convertido en una mujer. ¡La pobre!, uno llega a compadecerse de ella porque lo que pide es lo que le exigen las hormonas y su feminidad. Pero Sebastián ha culpabilizado el sexo, incluso el voluntario y sano, no solo el perverso. Finalmente, una noche en el bosque consiguen consumar para gusto de ambos, aunque a Sebastián no lo abandona el sentimiento de culpa, quizá porque él es incapaz, menos de hacer el amor, que de sentir amor. Casi inmediatamente después se declara la guerra Franco-Prusiana y Mirbeau aprovecha para darles un buen varapalo a los militares que complementará luego Kubrik en Senderos de Gloria, por ejemplo.

Gijón, o sea Regium

Bertuco no huye, es Coste quien huye e, ignorante del camino y miedoso de la tormenta, se despeña de noche en un acantilado. Bertuco enferma como consecuencia de que el sádico P. Mur lo obliga a lamer el suelo en un pasillo muy cerca de los “lugares”, eufemismo jesuítico para denominar los retretes, enfermedad que le hace rogar a su tío que lo saque del Colegio.

Manolito sí huye y es encontrado por un hombre de los muchos que lo buscan aspirando a la recompensa que los curas del Seminario han ofrecido por él. Como si fuera un delincuente.

Una coincidencia curiosa hay en las novelas del normando y del asturiano: Bertuco y Sebastián escriben un diario hacia el final de la novela, un diario inacabado en ambos casos y que es un intento por parte del autor de acercarse más al espíritu de los protagonistas. En este último, además, hay reflexiones que podrían atribuirse a Nietzsche.

Solo queda recomendarles la lectura, especialmente de estas dos recién aludidas, pues la de Sawa adolece de poca calidad, para disfrute y conocimiento. Respecto a los sacerdotes, debería ser, justamente, lectura obligada para saber aquello en lo que hasta ahora han fallado y, al estilo irónico del evadido P. Atienza, puedan purificarse de sus pecados. Y en lo que atañe a profesores, también les exhorto a leerlas para evitar barbaridades, pero en la clara conciencia de que los competidores que hoy tiene la enseñanza son múltiples, y se llaman: móviles, televisión, internet y la poca consideración social que en la actualidad tiene la enseñanza reglada como fuente de sabiduría. En lo que afecta a las autoridades educativas solo sería necesario una cosa: que piensen, nada más, con eso bastaría. Gracias.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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Una respuesta a Un francés y dos españoles: comparación entre tres novelas que tratan la educación religiosa a principios del siglo XX

  1. Josefina Martos Peregrin dijo:

    Gracias, Miguel, por proporcionarme este texto, ya que no pude asistir a la conferencia. No he leído a Mirbeau, pero me has abierto el apetito. Por mis lecturas y las confidencias de amigos sobre su educación en colegios de curas, yo diría que los jesuitas son especialmente sibilinos, pero no eran los únicos ni los peores en sus agresiones a los educandos. “Eran”, digo, porque espero que, al menos, los castigos desproporcionados ya no se apliquen. Con respecto a abusos sexuales, no soy tan optimista.

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