Pequeños tratados, de Pascal Quignard

Caja con los dos tomos de Pequeños tratados, de Pascal Quignard

Hay libros que se le quedan a uno plasmados en el cerebro como un sello en una carta: hay que romper el sobre para poder coleccionar el sello. Hay lecturas veraniegas que impresionan, y no porque en verano tenga uno más tiempo de leer: para mí siempre son vacaciones a estas alturas de vida. Tampoco porque sean ligeras e intrascendentes, apropiadas para leer en la tumbona tostándose al sol como lagarto sin hambre. Sino porque son estupendas, y cuando me encuentro con ellas, tanto si son estivales como invernales, me gusta comentarlas aquí para poner en común con los amigos aquello que me ha sorprendido y golpeado, siempre en el sentido metafórico del verbo. Exactamente igual que cuando uno conoce a una persona de la cual se enamora: apetece presentarla a los amigos, si estos lo son de veras, para mostrarles no los éxitos sino la suerte.

No sé si habréis visto la película a la cual puso música Jordi Savall, Tous les matins du monde, Todas las mañanas del mundo en la que se hablaba de la conflictiva relación entre Monsieur de Sainte Colombe, violista, y Marin Marais, también intérprete de la viola da gamba. La película aprovechaba la coyuntura de ese vínculo de profesor-alumno para hablarnos de lo puritanos y ascetas que eran los adeptos a las ideas que difundieron Cornelius Jansen, Jean Duvergier de Hauranne, abad de Saint Cyran y más conocido por el mismo nombre del monasterio que regentó, y Blaise Pascal, es decir las críticas a la Iglesia romana emergidas del convento de Port-Royal durante aquel siglo XVI tan rico en

Escena de Tous les matins du monde, película de Alain Corneau

esas censuras a una Iglesia que se había convertido en lo contrario de lo que predicaba. Pues bien, esa película se basaba en la novela homónima de este mismo Pascal Quignard del que aquí comento esta nueva obra.

El libro se presenta en dos tomos metidos en una cajita hermosa, es decir que nada más la presentación ya es atractiva aunque la ilustración de la portada nada diga. Pero empezad a leer y veréis. Es una miscelánea de artículos o ensayos. Por eso nombra varias veces a Michel de Montaigne, porque seguramente en esta obra se inspiró en su paisano. Trata de la lectura en sí, de lo moderna que es, por extraño que hoy nos parezca, la lectura para sí, sin vocalizar las palabras o hacerlo con llaneza en voz alta. Trata de los libros, de la historia de ellos desde los volúmenes, que en Roma eran los rollos de pergamino o papel y de ahí el nombre, volumen que viene del verbo latino volvere, hasta el libro propiamente dicho que nace

Pascal Quignard

antes de la imprenta. Habla de personajes europeos extraños por desconocidos pero que marcaron la historia. Y todo con un estilo impecable, pues la traducción, cuidadosísima, de Miguel Morey, se lee con la fluidez de la buena prosa.

Estoy de acuerdo con la reseñadora Azahara Alonso que en la página web de Ámbito cultural asegura que son fragmentos. Cierto, pero la palabra fragmentos da la sensación de inacabados o faltos, de pedacitos que sí, se complementan entre ellos pero que hay que organizar como si de un puzle se tratara. Estos fragmentos valen por sí mismos como los añicos que quedan tras la rotura de un espejo: cada uno puede reflejar la realidad exactamente igual que el espejo entero, solo que el reflejo será tanto más pequeño cuanto más pequeño sea el trozo. Esa sensación de la realidad fragmentada, de poder apreciar un todo desde una pequeña parte de ese todo, es quizá la descripción mejor de este libro.

Son aspectos secundarios, digamos, de la historia, con personajes desconocidos para el común. Y ejemplo de ellos son Pierre Clement, traductor al latín de la obra de Blaise Pascal. Sinesio de Cirene y el invento de la excomunión, artificio que sirve para lo peor que le puede ocurrir a alguien que tenga muy interiorizado el concepto de la pertenencia a

Étienne de la Boétie y su Discurso sobre la servidumbre voluntaria o Contra el uno

grupo: la expulsión de su comunidad. Étienne de la Boétie, íntimo amigo de Montaigne, que le dedicó su ensayo Sobre la amistad y que fue autor de un librito también recomendable, muy recomendable, que es el Discurso sobre la servidumbre voluntaria, primer estudio sobre lo nefasto del poder unipersonal, y por ende, primer estudio sobre la Divina Acracia.

La editorial Sexto Piso ha recibido innumerables alabanzas por esta edición, por otra parte muy cuidadosa, aunque el precio es elevado y merece la pena practicar el préstamo. Yo de momento ya se lo he prometido a mi amigo Ignacio a quien le puede interesar mucho pues es intelectual de talla, anticuario y librero de antiguo. De veras, es de esos libros que merece la pena leer y, si gusta, que gustará, comprarlo porque puede ser de esos que se tiene en la mesilla de noche para relecturas salteadas.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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2 respuestas a Pequeños tratados, de Pascal Quignard

  1. GART dijo:

    Pos a mí, lo que viene a ser la portada de la caja, me gusta. Sugiere un chorro de tinta de esos que se te caían en los pantalones cuando cargabas la pluma. Los pantalones era, por supuesto, esos blanquitos de marca que te había regalado tu mami. Si no, no existiría la Ley de Murphy.
    En total desacuerdo con el último párrafo de la entrada: libros así, no merecen la pena; “merecen el placer” de saborearlos.
    Otrosí: aparte de las cuestiones religiosas, “Tous les matins du monde” exprime el formato de la dialéctica entre el arte como forma de triunfar, de vender mucho y hacerse very famous, y el artista que conoce de lo que va su oficio, en este caso la música como forma de trascender más allá de la individualidad, de sumirte en otros mundos que están en este, pero que suelen pasar desapercibidos más allá de las emociones simples.
    No se si me explico. Tú mentiendes.

  2. El asunto es que en esos mediados del siglo XVII apenas se había inventado la individualidad si no era en la conciencia del dolor de muelas personal e intransferible. El asunto de veras en los ascéticos de Port Royal y de Jean Duvergier de Hauranne, abad de Saint Cyran, era el asunto religioso y el arte, sea cual sea, pero especialmente la música porque tampoco ellos eran muy partidarios de la distracción en la contemplación que significa la plástica, el arte no era otra cosa que una forma de acercarse a Dios. Si hoy lo entendemos como afán de arte puro sin aspiraciones de enriquecimiento y señalamiento social, somos muy dueños porque nos gusta eso, sobre todo después del romanticismo y las vanguardias del siglo XX (las auténticas, no los avida dollars), pero el enfoque no era ese entonces. En fin, es la misma discusión sobre el papel de la religión en La casa de Bernarda Alba, amigo José Luis.

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