Tour por los Países Bajos II

Continúa la crónica de ese viaje. Lo dejé saliendo de Ámsterdam.

La Haya. Tribunal internacional de Justicia

Den Haajjjjjj. Así fuimos despertados de la modorra autocaril al llegar a la ciudad de La Haya, cuyo nombre en neerlandés, Den Haag, se pronuncia exagerando bastante la guturalidad, según lección de Roberto el guía (Führer en alemán, aunque él aseguraba que por eliminar asimilaciones, a los guías turísticos se les llama Reiseleiter). A menudo no sabíamos si estaba de cachondeo o en serio. La llama de la paz frente al Palacio de Justicia Internacional: ver el lugar donde fueron juzgados Mladic y Karadzic, los asesinos serbios de Srebrenica y Sarajevo, emociona aunque no quieras, pues toda condena se queda corta.

En Delft no encontramos el amarillo Vermeer si no fue en reproducciones de sus cuadros, porque los cuadros de este pintor no están en Delft. Sí resultó interesante ver ambas iglesias, la Nueva y la Vieja, aunque a la terminación de ambas las separan solo 80 años, al

Vidrieras de la Iglesia Nueva de Delft

parecer. No subimos a la torre de la Nueva, Nieuwe Kerk, la más alta, porque la artrosis nos impide subir torres ni escalar Everestes.

Róterdam fue tan bombardeada que apenas quedó nada en pie. Era un puerto de abastecimiento y los nazis lo querían para sí. Luego fue un puerto de abastecimiento alemán y los aliados también lo bombardearon.  Las historias bárbaras de la Segunda Guerra Mundial quedan aquí en el aire. Acaso mientras las recordemos, las evitaremos. Lo triste es que ciertos idealismos que disfrazan al humano de lo que no es, hagan repetir aquello; eso sí, revestidos de muy buenas intenciones. Porque no se puede negar que los nazis tenían buenas intenciones: deseaban devolverle al pueblo alemán el orgullo arrebatado, no solo por la derrota de la Primera Gran Guerra sino resarcirlo y liberarlo del nefasto e irreflexivo Tratado de Versalles.

La entrada en Bélgica fue adornada por el himno nacional belga. Roberto es asturiano pero nacido en Bruselas. Las emigraciones siempre han sido buenas. Ahora parece que no tanto. Todos tenemos miedo, y resulta que cada uno ya no es dueño de su miedo. El caso es que empezó a hablarnos de Leopoldo II. Además de genocida en el Congo, era partidario de la grandeur antes de que la inventara De Gaulle. Mientras los holandeses,

Estación central de Amberes. La obra a lo grande de Leopoldito II

muy calvinistas ellos, no demuestran ni demostraban su poderío económico con alardes publicitarios, Leopoldito, como lo llama el guía, era partidario de mostrar al mundo lo rico que era el país, pequeño solo en tamaño. La estación central de Amberes es muestra de esa ostentación. El paseo hasta la Plaza Mayor (Grote Markt) nos permite ver la catedral por fuera: había oficio religioso o no tenían ganas de dejarnos entrar. En la Plaza Mayor, la estatua dedicada al centurión que cortó la mano al gigante que hacía pagar por pasar por el río Escalda y al que no pagaba, a su vez le cortaba una mano. La colosal extremidad fue arrojada al río por el bravo centurión. Es lo que tienen los grandes ejércitos, como el romano, que no hay quien les pueda. Mano por mano, no está mal. El caso es que según la leyenda de ahí proviene el nombre de la ciudad: Ant, mano y Werpen, arrojar, es decir, Antwerpen. De estas chorradas se entera uno por internet, y hay que hurgar, o porque el guía es un tipo en condiciones.

Plaza Mayor de Amberes

La llegada a Brujas, espectacular, porque Roberto nos llevó de paseo solo a quienes no estábamos demasiado cansados, para ver la Plaza Mayor iluminada. Brugge, que es su nombre en flamenco, o sea en neerlandés (la u es como la u francesa), ya que Bélgica tiene dos lenguas diferentes: el flamenco y el valón, el primero holandés y el segundo francés, Brugge quiere decir puentes, o puertos de atraque, nada que ver con esas elementas montadas en escobas. Tenía un canal natural de unión con el mar y en el siglo XVI los sedimentos lo cubrieron, de modo que dejó de ser lugar de comercio. De todas formas, les dio tiempo de inventar la Bolsa, lugar donde se negocia el precio de compra y venta de mercancías. Roberto, hombre sabio en anecdotarios curiosos, nos contó que en la ciudad había una posada de cierto donaire llamada La Bourse, y los comerciantes decían a sus familiares que se iban allá, a La Bourse. De ahí el nombre. Hay historias más creíbles, pero esta es bonita y si non é vero, é ben trobatto.

Brujas. Uno de los innumerables rincones fantásticos

Brujas es una ciudad de cuento fantástico. Se ha conservado casi abandonada desde aquella debacle, de modo que los edificios, o cuanto menos la mayoría de ellos, son producto de la abundancia económica y de la despoblación sin que el deterioro sea excesivo. Hay incluso un beguinato. Las beguinas eran mujeres que, sin querer meterse a monjas, ingresaban en tales instituciones donde formaban lo que hoy llamaríamos una cooperativa. Era una forma de no correr peligros que hoy nos parecen horrorosos pero que durante muchos siglos fueron normales.

La Madonna de Miguel Ángel. Se la encargaron, luego no la quisieron y un comerciante flamenco la compró para llevársela a su pueblo: Brugge

No logramos ver la Virgen tallada por Miguel Ángel porque llegamos media hora antes del cierre y ya no vendían tickets. Tampoco es muy inteligible por cuanto en esa semana final de abril no había tanto visitante. Sí vimos el museo Groeninge, que tiene una hermosa colección de pinturas flamencas. No es un museo que agobie, prudente pero hermoso. La sorpresa vino en un bar. Ya nos había hablado Roberto de las cervezas belgas (cerveza, chocolate y cómics, son las grandes producciones belgas). Las trapists son cervezas hechas por los monjes, y son las mejores. Por el colocón que me produjo una, puedo garantizarlo. Pero llegar a un bar, tratar de pedir dos cervezas trapists y que el camarero te responda sin que te enteres de un cuerno (tampoco se expresó en francés, si es que conocía esa lengua) y que el cliente en la barra levante la cabeza y te diga en español si necesitas ayuda, es reconfortante. Un técnico, me pareció entender, que había vivido varios años en España enviado por su empresa. Lo invitamos a la suya, naturalmente. Eso sí lo entendió el camarero.

El problema de estos viajes es que son un aperitivo, solo un aperitivo: te dejan las ganas de volver y ver más porque siempre te quedan cosas por ver: no da tiempo de todo. Pero está bien. Con la experiencia quizá volvamos, no es tan difícil hacerse entender. De hecho, no vimos Lieja ni Utrecht, que están muy cerca en tren de Ámsterdam. Siempre y cuándo, claro, no te saquen del vagón con prisas y cambies sin saber muy bien a dónde te llevan.

Gante. Castillo medieval de los condes de Flandes

En Gante nos sorprendió el castillo medieval. Pero nos quedamos con la boca abierta dentro de la catedral de San Bavón (el juego de palabras con San Bobón era inevitable, aunque el tal Bavón resultó ser un jefe bárbaro que se convirtió e hizo convertir a todo su pueblo; normal entonces; la Iglesia, muy hábil, lo canonizó por política) y fue por la amabilidad de nuestro guía y por lo que nos recomendó ver. Aseguró que en una pequeña dependencia había un cuadro hermosísimo de Jan van Eyk a quien ayudó esta vez su hermano Hubert. Justamente, me llevé para lectura durante el viaje Los reconocimientos, de William Gaddis, un posmoderno norteamericano. En esta novela, a uno de los personajes le encargan falsificar un cuadro firmado por Hubert van Eyk de quien no se ha conservado nada pintado si no es la colaboración con su hermano en esta Adoración del Cordero Místico. Casualidades. Pues bien, el guía quería decir que, mientras el resto veían la Iglesia, quienes estuvieran interesados podían ver el cuadro, pero nosotros entendimos que podríamos verlo a la salida. Cuando vimos que el grupo salía de la iglesia, se lo dijimos. Nos señaló unos árboles y dijo que allí llevaría al personal

La Adoración del Cordero Místico, de Jan y Hubert van Eyck

a visitar a “Madame Pipí”, y mientras, nosotros podíamos ver el cuadro. Nos esperó. Un detalle de agradecer.

Si en Vollendam comimos arenques, en Brujas y en Bruselas había que comer frikandel. También os digo que como el gazpacho o la paella, nada. Los arenques sí están buenos. Para el frikandel, prefiero la botifarra amb mongetes. Pero bueno, donde fueres, haz lo que vieres.

Desde Bruselas vimos Lovaina, Leuven allí, que es ciudad universitaria y con algún barrio antiguo bonito. Hartura de caminar. Ante un edificio muy hermoso, creo recordar que con dependencias universitarias, hay una enorme aguja con una enorme mosca pinchada. Cada uno que esculpa lo que le dé la gana: aquello quedaba allí como un Cristo con dos pistolas.

El Atomium. Como no había nadie que le aguantase las bolas, estaba a punto de caer, como puede observarse

Bruselas es punto y aparte, como Ámsterdam. Lo primero, el Atomium, como si fuera imprescindible. La verdad es que me hizo ilusión verlo porque mi padre me hablaba de él cuando se acababa de construir para la Feria Internacional, y me enseñó fotografías en el periódico. Yo tenía entonces 9 años. ¡Qué tiempo pasado! De la misma forma que determinadas novelas que en su momento fueron fastuosas, y sin embargo no aguantan años después una relectura (me pasó con Henry Miller; ya sé que blasfemo, pero es así), esta macroescultura arquitectónica no soporta bien una revisión. ¡Y eso que le acababan de lavar la cara, puliendo las esferas! Además, no soporté las fotos haciendo ver que aguantaban en la mano las bolas, como hay quien se la hace impidiendo que se caiga la torre de Pisa. ¡Que aguanten otras!

El Ayuntamiento, en la célebre Plaza Mayor, es un alarde de esculturas góticas. Entre ellas, como no, está la de Leopoldito, que se tuvo que poner en lugar visible: en una esquina; eso sí, no es gótica pero bien imitada. Odiamos las imitaciones y las falsificaciones. El sobrino y sucesor de este rey tiránico y asesino fue Alberto, muy querido por su pueblo porque en la Primera Guerra Mundial se metió en las trincheras con sus soldados, además de contestarle a los alemanes a su pedido de pasar por Bélgica para atacar Francia, que una nación no es un camino. En cambio, Alberto I no

Bruselas. Ayuntamiento. Pequeña muestra de la cantidad ingente de estatuas góticas y no tan góticas

puso su estatua en el Ayuntamiento de Bruselas, que tiene trescientas y pico, y no por miedo a las alturas pues en realidad, murió escalando las montañas del sur del país. Esa Plaza recuerda las Ramblas barcelonesas, la plaza del Callao madrileña o la Fuente de las Batallas granadina: un gentío, por todas partes, denso, impenetrable a veces.

Entramos en el Museo Real de Bellas Artes, aunque en realidad no vimos sino la exposición permanente sobre la vida y la obra de René Magritte. Mereció la pena. No están la mayoría de sus cuadros famosos porque seguramente están en USA, pero hay lo suficiente para impresionar. Además, han expuesto en vitrinas numerosa documentación, desde revistas dadaístas y surrealistas de la época hasta correspondencia personal. Y algunas de sus frases y opiniones escritas en las paredes, por suerte en francés. La que más me impresionó fue la siguiente: «La liberté, c’est la possibilité d’être et non l’obligation d’être», es decir «la libertad es la posibilidad de ser, no la obligación de ser». Sin comentarios.

La iglesia del Sablon y la Catedral son destacables, aunque lo que más llamó nuestra atención fueron sendos púlpitos grandilocuentes tallados en madera, con escenas bíblicas y horror vacui, es decir sin un rincón siquiera sin esculpir, allá donde la vista pueda descansar. También en la catedral de San Bavón de Gante había un púlpito semejante. Las

Bruselas. Púlpito de la Catedral, obra de Hendrik Frans Verbruggen

vidrieras son también hermosas. Junto a la iglesia del Sablon y por ser sábado, mercadillo de antigüedades. Cosas preciosas.

Por la tarde, muy cansados, decidimos subirnos a un taxi porque la estación de metro cercana al hotel estaba cerrada: a 200 m. del hotel está el edificio del Euractiv Brussels Office, es decir el lugar donde se reúnen los jefes de gobierno europeos, y ese día, cenáculo. Casualidades. Tampoco hubiéramos podido llegar bien porque no permitían acceso a pie, y hubiera sido un lío armados de un mapa a escala tan grande como el que teníamos. Al salir del hotel por la mañana, nos vimos obligados a coger el metro en Maalbeek, ¿os suena? Nada, donde ha caído una bomba ya no vuelve a caer otra, según la ley que rige los bombardeos.

Por otra parte y para colmo, aviso de bomba. Todos soliviantados, como es natural. Nunca sabremos si esos avisos son un infundio del poder para aumentar la seguridad, si son reales, o son producto de la llamada de ciertos gamberros que disfrutan sembrando el caos y el miedo. No olvidemos nunca que el miedo es el recurso del Estado, y si hay antisistemas que hacen esas cosas, están siendo más Estado que el propio Estado. En fin, el taxi no pudo entrar en el boulevard Charlemagne desde el sur, de modo que tuvo que dar una vuelta enorme para tomarlo desde el norte y dejarnos al otro lado de la calle del hotel Silken. 29 €. Una pasada. El taxista, un hombre mayor que fumaba dentro del taxi (no sé si es que eso está permitido en Bélgica), insultador de otros conductores (salopard, algo así como gilipollas, le escuché decirle al chofer de un Mercedes que quiso hacerse el listillo), tampoco llevaba a la vista el taxímetro. Pero al fin estábamos en el hotel y muy fatigados.

Foto de grupo en el comedor del hotel Silken de Bruselas. Es la despedida

Durante la cena se homenajeó al guía Roberto, que nos había conseguido un viaje grato e instructivo. Nos despedimos todos, intercambiando en algún caso tarjetas o números de teléfono para el whatsapp o correos electrónicos. Ha sido un placer, fue la frase más repetida. La verdad es que la gente bastante bien, cosa difícil cuando hay de todo como en botica. Algún incidente algo desagradable hubo, es cierto, pero quedó en tontería. El matrimonio canario, taxistas, las dos parejas vascas, los valencianos, uno de ellos, Jordi, escritor de relatos, las cuatro mujeres catalanas, una de ellas con 78 años aunque parecía sesentona, las dos parejas también catalanas, tarraconenses, entre ellos Ana que llamaba a mi Rosa su segunda mamá, el

Como concesión a lo popular, fotito de los protas en el Jardín del Mont des Arts de Bruselas

catalán casado con una italiana de Bologna, los pasteleros de Loja, pues resulta que nada más iniciar el viaje nos percatamos de que llevábamos como compañeros a paisanos de Rosa: los que nos venden los pastelillos blancos tan ricos, el matrimonio argentino, de Entrerríos, que me hicieron recordar a José Larralde.

El viaje de vuelta bien, gracias.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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