Nebiros, de Juan Eduardo Cirlot

Portada de Nebiros, de Juan Eduardo Cirlot, en la edición de Siruela

Portada de Nebiros, de Juan Eduardo Cirlot, en la edición de Siruela

Juan Eduardo Cirlot es principalmente conocido por su poesía, en ciclos o poemarios como Bronwyn o Del no mundo (este último una antología o colectánea), ya reseñadas por mí para la revista Adamar, y también por obras en prosa como el Diccionario de los símbolos. Ahora Siruela publica Nebiros, la única novela escrita por el autor e inédita por el veto de la censura franquista.

Nebiros es un demonio encargado del desorden y del pecado desconocido, y esos son los problemas del protagonista, un individuo sin nombre, dueño de una pequeña empresa en la que él mismo trabaja como oficinista, trabajo que ni le produce beneficio pues siempre está al borde de la quiebra, ni le satisface lo más mínimo, y que durante una post-jornada se dedica a callejear y reflexionar, o mejor, más que reflexionar, lucubrar, calentarse la cabeza. Y aun llega más allá porque el tipo parece tener altibajos sentimentales o peor, trastorno bipolar: lo mismo padece una euforia casi mística que ve a los demás como enemigos porque él mismo es enemigo de sí mismo. Una educación demasiado férrea, la influencia de la religión más represiva, una sensibilidad exacerbada, un sentimiento de culpa dañino. Esos son los demonios del protagonista. Nebiros, en suma.

No estoy de acuerdo con la contraportada en la que se asegura que el protagonista “pasea” por los prostíbulos nocturnos de la asimismo innominada ciudad portuaria (quizá no sea sino un recurso comercial). De hecho entra en dos. Del primero huye. En el segundo sí alquila una mujer, y elige a la más fea. El atolladero del hombre no son los prostíbulos sino las relaciones con los demás, y en ese demás entran sus relaciones con las mujeres. Antaño una le dijo no, cosa que todos hemos debido soportar mal que bien. Pero se pasa esa noche meditando si debería asentar su vida, valorando incluso casarse con la señora que le hace la limpieza en su casa, de quien admira la pelambrera de sus axilas, y no es asunto de fetichismo sino de vulgaridad porque huye de lo selecto, de modo que su desconsideración social no es altanería, sino solo eso, desconsideración social: él no se piensa superior a nadie.

Juan Eduardo Crilot en 1945 en la Rambla barcelonesa

Juan Eduardo Crilot en 1945 en la Rambla barcelonesa

Nos viene a decir el poeta-novelista  que el sexo o la ternura (lo que viene a ser lo mismo), no es sino un puente que facilita la travesía siempre peliaguda entre los otros y el yo. Puente también difícil, si no imposible, pero puente a la postre continuamente dinamitado por cada uno de nosotros, por moralistas y por los otros para quienes todo son trabas o ascos.

De hecho, el paseo no es por los prostíbulos sino por esa ciudad enemiga, llena de gente que él cree lo miran con odio o, lo que es peor, con indiferencia, resaltando sus ridiculeces, su traje ajado, sus manchas. El paseo es por su propia individualidad y por la existencia de los otros, haciéndole exclamar para sí mismo en cierto momento: “¡Sus semejantes! Otra vez la difícil palabra, clavada ante sus ojos, desprovista de toda significación”. Y algo antes: “Lo único realmente espantoso era la nada, ser una sombra, transitar en silencio sin ser visto por la gente, sin ser querido ni aborrecido, sin sentir el beso ni el golpe de los demás, de aquella masa incierta que le atraía y rechazaba como una marea continuamente presente en su pensamiento”.

Sí, no se puede negar que la educación religiosa marcó al personaje, y lo menciona así: “…una inmensa sensación de culpabilidad…que había recibido en su infancia, en el colegio de los Padres Jesuitas”, lo que nos hace recordar a A.M.D.G., de Ramón Pérez de Ayala y a Sébastien Roch, de Octave Mirbeau, pero las severas admoniciones del padre también tienen su papel. Y es curioso cómo hacia el final de la novela encuentra entre los papeles de este, nunca revisados, un diario con anotaciones íntimas en las que se ve extrañamente retratado, como si ese demonio, Nebiros, también hubiese atormentado al progenitor.

Selección de programas de radio censurados como "no radiables" por la censura franquista. Nótese que hay uno en catalán que se llama "Amb Deu al costat", "Con Dios al lado", o sea que se censuraba hasta a Dios

Selección de programas de radio censurados como “no radiables” por la censura franquista. Nótese que hay uno en catalán que se llama “Amb Deu al costat”, “Con Dios al lado”, o sea que se censuraba hasta a Dios

Pero Cirlot, muy en la línea existencialista que en el año 50 era tan actual, hurgó, como ya he insistido, en la idea de que el conflicto es con los otros. La religión, así, no es sino un fenómeno social más. Por eso esta obra es heredera de La náusea o El muro, novelas sartrianas. Incluso en el aspecto social, hay un odio, más que un desprecio hacia todo socialismo, entendiendo este no como idea política (tema este que al personaje le importa un comino), sino como preferencia de la sociedad, del grupo, frente al individuo.

Llama la atención también la aparición de actrices de cine, verdaderas o inventadas, como la que inspiró el ciclo de poemas de Bronwyn, y que son especie de modelos o sueños del personaje. Lo cierto es que cada escritor tiene sus constantes y sus obsesiones.

 Y todo eso en una prosa envidiable, digna de poeta de su calidad. Una prosa silenciosa, pues no hay ni un solo diálogo, que golpea, que grita al oído del lector verdades como puñetazos, aunque solo sean las verdades del protagonista, o quizá del autor.

No obstante, si bien la novela es muy buena (¡y corta!, lo que no es moco de pavo en tiempos de prisas) como corresponde a autor tan genial, lo que me ha parecido tan interesante como la obra en sí es el añadido por la editora Victoria Cirlot, su hija, de los pasajes subrayados por la censura y que el autor se negó a eliminar, consecuencia de lo cual ha sido que no se publicase hasta hoy (aunque no estaría de más recordar que esa censura acabó hace 40 años, y no debemos excusarnos en ella para justificar la indiferencia del español medio hacia la literatura de calidad). A este reseñista le da la sensación, analizando esos subrayados y pensando en la lógica cronología de la lectura, tanto por parte mía como por el censor, que este no se percató del aspecto tan espinoso que planteaba Cirlot, sino que solo reparó en los párrafos de contenido sexual o prostibulario. Eso me confirma en la idea de que a la censura se le escapaban las mejores por su obsesión ultramontana con la entrepierna. Al parecer, según esos señores, Dios no residía en el cielo sino en lugares más íntimos, malolientes y, en su opinión, pecaminosos.

Victoria Cirlot, hija del escritor y autora del epílogo de esta novela, donde se cuenta la azarosa historia de su no publicación.

Victoria Cirlot, hija del escritor y autora del epílogo de esta novela, donde se cuenta la azarosa historia de su no publicación.

Solo a partir de la última tercera parte del texto, aproximadamente, el revisor empezó a husmear el contenido altamente antisocial y antirreligioso (no se olvide que religión es la forma comunal y societaria de relacionarse con la divinidad) de la ficción que tenía entre sus manos. “¿Por qué tanto vicio? Sencillamente, porque el contacto carnal se puede lograr cuando se quiere y el sentimental o espiritual no”, nos dice al principio de uno de esos párrafos censurados. Me temo que, por mucho que anatematizasen la prostitución, y ante la impotencia de lograr un trato social amable y tolerante, un “contacto espiritual” por definición imposible si tenemos en cuenta la obligatoriedad de la ortodoxia y por tanto la sospecha que cae sobre toda divergencia, y por definición imposible si pensamos en la calidad biválvica de una sociedad donde nadie se sincera y menos aún escucha, en el fondo estaban de acuerdo con el meretricio por representar un mal menor, y a los malos (y sobre todo a las malas) que los mate Dios. “Pero ¿la bondad de los justos, valía lo bastante como para compensar la existencia de las abominaciones de los malos?”, se pregunta en otro párrafo, lo que pone en duda el sentido mismo de la existencia de Dios porque le arranca a la consciente vida humana el vector de salvación, le arrebata la “trayectoria Noé”, el rescate teleológico por la presencia de un justo. Demasiado inculto el censor, ni idea de teología por muchos estudios de ella que tuviera, estudios que más parecían memorización de papagayo que interiorización de la fe. Al revés de los censores soviéticos, nuestros carpetovetónicos curánganos no se enteraban de la misa la mitad.

Muy recomendable esta Nebiros de Juan Eduardo Cirlot en una edición cuidada y con un epílogo de la misma editora, Victoria Cirlot, muy ilustrativo de la peripecia del manuscrito, así como de la obra en sí.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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9 respuestas a Nebiros, de Juan Eduardo Cirlot

  1. No conozco de Cirlot más que el Diccionario, que he consultado a veces para saber qué se esconde detrás de tantas realidades cotidianas. Me parece un libro excepcional. Tu reseña me ha dejado con ganas de ocuparme de su novela. Cuando acabe varias cosas que están en el horno.
    Nos vemos, espero que pronto.
    Un abrazo

    • El Diccionario es una delicia, pero sus libros de poemas son soberbios. Fue uno de los poetas más interesantes de posguerra. Si mi reseña te ha dado ganas de leer la novela, es que he triunfado como los Chichos, porque una crítica positiva es lo que debe hacer: animar a la lectura. Gracias, Alberto

  2. José Vicente Pascual dijo:

    Leyendo Nebiros. Cuando acabe te paso mi opinión. Creo que tendremos puntos de encuentro en un constructivo debate. Abrazos.

  3. José Vicente Pascual dijo:

    Concluso. Impresionante. No es el existencialismo glamouroso y tramposo de Sartre, ni el claustrofóbico-culpable de Camus. Es otro ámbito (España, 1950), y otra sensibilidad. “Lo que ha de morir, en esencia está muerto”. Para mí ese es el meollo de la novela. Hacía falta ser español, vivir en España en aquella época, tener el talento y lucidez de Cirlot para explicar tan rematadamente bien por qué, como decía Nietzsche, “las naturalezas agotadas necesitan continuos estímulos para sobrevivir”. Novelón.

    • Ya lo poetizó Dámaso Alonso: Madrid es una ciudad de más de un millón de muertos. Solo que en lugar de Madrid es Barcelona. Lo mismo. Completamente de acuerdo en lo de Sartre y Camus, pero es existencialismo en estado puro. Recuerdo aquella época, aunque nací algunos años después de ser escrita Nebiros, como sucia, ocre. Lástima que no explotase su vena novelística.

  4. gart dijo:

    ME da la sensación de que se ha tardado demasiado en publicar esta novela. Cuando el existencialismo apenas es un recuerdo para generaciones muy maduras. Más vale tarde que nunca.

    • Claro, si en el año 46 fue prohibida porque Cirlot dijo que no admitía las tachaduras de la censura y, o se publicaba así o no se publicaba. De todas formas, querido amigo, también el barroco está pasado de moda y los Sueños de Quevedo siguen siendo una gran obra.

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