Artículos en el periódico Ideal de Granada

Estos dos artículos fueron publicados en el periódico Ideal de Granada. Es gracia que se da a la Academia de las Buenas Letras, una columna semanal reservada a los académicos para que publiquen lo que vean conveniente. Columna corta, claro está: no más de 600 palabras, pero está muy bien porque permite expresar nuestra opinión en temas cercanos a la ciudad o a la literatura y la lengua. Ahí van estos dos primeros míos. Espero que os gusten.

La Academia amstelodana de los Floridos.

Ámsterdam, segunda mitad del siglo XVII. La ciudad se ha convertido para los judíos sefarditas, es decir los procedentes de España y Portugal, en una segunda Sefarad, tierra de acogida. Expulsados de España, o mejor, perseguidos por judaizantes, hostigados en Portugal, algunos judíos marranos van a parar a esa ciudad, donde la primera democracia europea los acoge benévola. La palabra marranos viene de marrar, equivocarse, aunque las otras connotaciones son también considerables. Allí gobiernan los calvinistas que creen en la predestinación. Si Dios predestina a sus elegidos, ¿quiénes iban a ser estos sino los propios calvinistas?, luego los otros no molestan: son bienvenidos. Todos excepto los católicos que tienen prohibida su liturgia.

Plano antiguo de Ámsterdam

Plano antiguo de Ámsterdam

Allí forman los hebreos una comunidad floreciente y rica. ¿Por qué?: debido a su manía de que los niños, pobres y ricos, estudien, y por tanto tengan capacidades diversas, entre otras la contabilidad y el enriquecimiento. La Compañía Holandesa de las Indias Orientales y su invento de las acciones no es asunto banal.

Los sefardíes venían de lugares donde se les obligó a bautizarse, pero continuaban practicando ciertos ritos no visibles arraigados en el judaísmo. No creían, por tanto ya, o habían perdido la costumbre de la fe, ni en el cristianismo ni apenas en el judaísmo. Solo les quedaba el nuevo racionalismo inventado, entre otros, por René Descartes. Bento de Espinosa, o Baruch Spinoza, es una muestra de ello.

Manuel de Belmonte, judío y conde palatino del rey español, funda primero la Academia de los Sitibundos, y en 1685, quizá para soslayar un tanto la vigilancia de la sinagoga, la Academia de los Floridos, asamblea a la que llamaríamos hoy tertulia, conciliábulo en el que se reúnen las mentes más preclaras intelectualmente de la comunidad. En ella se discuten los textos sagrados judíos, pero sobre todo, se lee y critica la poesía compuesta por los miembros de la Academia, se hace música, se comenta a los nuevos pintores holandeses, se ríe.

Isaac Aboab de Fonseca, rabino máximo de la sinagoga, desconfía porque se dedican a asuntos laicos como la literatura y otros temas superficiales. Consigue colar entre sus miembros, y como fiscal, al severísimo Orobio de Castro, antiguamente torturado por la Inquisición española. Pero Orobio no se atreve del todo, al parecer, a meterse con lo más “florido” de la sociedad sefardí, y además la salud no lo acompaña.

Joseph Penso de la Vega

Joseph Penso de la Vega

Muchas de las reuniones de esa Academia se celebran en casa de Isabel Rebeca Correa, poeta, traductora del Pastor Fido de Guarini, mujer sabia, y tercera esposa de Nicolás Oliver Fullana, un personaje propio de novela. Entre sus miembros están Joseph Penso de la Vega, cuya Confusión de confusiones es una delicia hilarante y barroca en forma de diálogo entre un filósofo, un comerciante y un accionista, Miguel de Barrios, autor de Flor de Apolo, Piratas de la América, etc., su esposa, Abigail de Pina, representada por Rembrand en La novia judía, el propio Oliver cuya colaboración en un Atlas mundial es notoria, etc.

Sobre todo el personaje de Isabel Rebeca Correa autora, además de la antedicha traducción, de un libro de poemas perdido, sería digna de ser investigada en profundidad, tanto por sabia como por mujer, pues no era habitual que una muchacha fuese tan culta, ya que entre los judíos la mujer no podía estudiar el Talmud, en tanto ella hablaba y comprendía español, portugués, italiano, francés, latín, griego y hebreo. También estos emigrados forman parte de la historia española: escritores en español, herederos de Góngora, Lope, Calderón o Gracián, son también nuestros ancestros literarios.

La habitación cerrada, de Juan José Castro

Juan José Castro, nacido en Motril y residente en nuestra ciudad de Granada, obtuvo el pasado año el Premio Internacional de «Poesía Antonio Machado en Baeza». Independientemente de galardones, el libro es un  hallazgo para el lector, un conjunto de poemas no excesivamente largos que golpean, como debe ser en toda literatura o producto artístico que merezca tal nombre.

Juan José Castro

Juan José Castro

Sin alharacas retóricas, habla de la soledad y del dolor, pero también de la magia de los objetos, de los recuerdos y de la sabiduría del autor. Su valor no se reduce a la técnica, lo que es siempre de agradecer porque los alardes satisfacen a los entendidos pero no al común de los lectores. Es un poemario inteligente compuesto en apariencia por una persona de mucha más edad de la que tiene Juan José, de contenido denso y sugerente, que nos enseña qué es la poesía y qué es la vida. Con su lectura, el goce está garantizado.

Porque, ¿qué les exijo yo a unos poemas? Exijo que me digan algo importante, que me afecte, que llegue a mi más hondo yo. Se habla de la poesía sencilla que pueda ser entendida por todo el mundo. La poesía sencilla, de cuya interpretación solo pueden esperarse lugares comunes, vulgaridades, simplemente no es poesía. Quien esto pregona, a mi entender, desprecia al lector. La palabra poética debe contener en su interior un mundo, una riqueza de la que carece la palabra cotidiana. Si un poema dice exactamente lo mismo a uno y a otro, su calidad es sospechosa. La poesía debe sugerir más que decir, debe ser tan exquisita que si nos pusiéramos a hablar de ella llenaríamos tomos, sin contar con que un lector diferente llenaría a su vez otro buen número de páginas. La poesía debe tener más detrás de ella que delante. Y no por difícil, sino por densa, cargada, henchida. Antonio Machado, que da nombre al premio otorgado a este poeta granadino, escribe poesía sencilla, sí, pero no cumple esos preceptos requeridos por ciertos “oficialistas” de ser comprendida por todo el mundo a la primera lectura de la misma forma que se comprende una frase del tipo “esto es una mesa”. También Jaime Gil de Biedma está “aquejado” del mismo bien y al ser leído, uno se percata de que el trasfondo del poema es mayor que la simple carga de palabras que aporta.

La habitación cerrada

La habitación cerrada

La primera parte del poemario de Castro viene dedicada a la enfermedad sufrida por su padre y de la que, por suerte, mejoró. Son poemas de soledad y dolor, de humanidad. “Di, qué escribe el azul de tus venas y en dónde/ te vas hundiendo.” Eso quiere saber el poeta/hijo, qué palabras salen del dolor y dónde va el padre, en qué absurdo mundo de muerte se sumerge. La segunda parte, “Los lirios amarillos”, son recuerdos con su punto nostálgico pero también divertido. “Las heridas o los nombres” es la constatación sorprendente de la propia madurez, de las experiencias adquiridas y ya pasadas. Y el último poema, “Pequeño legado”, forma la herencia dejada a los hijos pero también al lector, como si éste fuera hijo, no del poeta, sino del poema, y ahí está la gracia de esa polisemia, de esos muchos sentidos que unos versos deben tener si es que merecen ser considerado tales: el poema enriquece a quien lo lee como el legado sentimental enriquece a los hijos.

Un libro recomendable, de esos que uno guarda en la estantería y, de vez en cuando, después de esas dos primeras lecturas inevitables, saca para gozarlo nuevamente con algún poema suelto.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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